Madre de Dios y Madre mía María!
Yo no soy digno de pronunciar tu nombre;
pero tú que deseas y quieres mi salvación,
me has de otorgar, aunque mi lengua no es pura,
que pueda llamar en mi socorro
tu santo y poderoso nombre,
que es ayuda en la vida y salvación al morir.
¡Dulce Madre, María!
haz que tu nombre, de hoy en adelante,
sea la respiración de mi vida.
No tardes, Señora, en auxiliarme
cada vez que te llame.
Pues en cada tentación que me combata,
y en cualquier necesidad que experimente,
quiero llamarte sin cesar; ¡María!
Así espero hacerlo en la vida,
y así, sobre todo, en la última hora,
para alabar, siempre en el cielo tu nombre amado:
“¡Oh clementísima, oh piadosa,
oh dulce Virgen María!”
¡Qué aliento, dulzura y confianza,
qué ternura siento
con sólo nombrarte y pensar en ti!
Doy gracias a nuestro Señor y Dios,
que nos ha dado para nuestro bien,
este nombre tan dulce, tan amable y poderoso.
Señora, no me contento
con sólo pronunciar tu nombre;
quiero que tu amor me recuerde
que debo llamarte a cada instante;
y que pueda exclamar con san Anselmo:
“¡Oh nombre de la Madre de Dios,
tú eres el amor mío!”
Amada María y amado Jesús mío,
que vivan siempre en mi corazón y en el de todos,
vuestros nombres salvadores.
Que se olvide mi mente de cualquier otro nombre,
para acordarme sólo y siempre,
de invocar vuestros nombres adorados.
Jesús, Redentor mío, y Madre mía María,
cuando llegue la hora de dejar esta vida,
concédeme entonces la gracia de deciros:
“Os amo, Jesús y María;
Jesús y María,
os doy el corazón y el alma mía”.
martes, 12 de septiembre de 2017
HOMILIA DOMINGO VIGESIMOCUARTO DEL TIEMPO ORDINARIO
Domingo vigesimocuarto del TIEMPO ORDINARIO cA (17 de septiembre de 2017)
Primera: Eclesiástico 27, 30-28, 7; Salmo: Sal 102, 1-4. 9-12; Segunda: Rom 14, 7-9; Evangelio: Mateo 18, 21-35
Nexo entre las LECTURAS
El perdón es el tema sobresaliente en las lecturas de este Domingo. La Primera Lectura nos habla de la actitud que el israelita debía adoptar ante un ofensor. El texto sagrado anticipa, de algún modo, la petición del Padre Nuestro en el evangelio: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. El autor considera la inevitable caducidad de la vida terrena, la muerte de los vivientes y la consiguiente corrupción. Esta meditación le hace ver que es vano adoptar una actitud de ira y de venganza en relación con nuestros semejantes. ¿Qué misericordia seremos capaces de pedir a Dios el día del juicio, si nosotros mismos nunca ofrecimos esta misericordia a los demás? Por ello, la venganza, la ira y el rencor son cosas de pecadores. No caben en un hombre creyente. La postura sabia, por el contrario, consiste en refrenar la ira, observar los mandamientos y recordar la alianza del Señor. La idea de fondo es profunda: aquel que no perdona las ofensas recibidas, no recibirá la remisión de sus pecados. En el evangelio el tema se propone nuevamente en la parábola de los deudores insolventes. Jesús nos muestra que delante de Dios, no hay hombre justo que esté libre de débito. Más aún, expresa con vigor y firmeza que no hay quien pueda solventar la deuda contraída por los propios pecados. Si Dios, en su infinita misericordia, ha tenido compasión de nuestras miserias, ¿no debemos hacer nosotros lo mismo en relación con nuestros semejantes? (Evangelio). La carta a los romanos, por su parte, nos presenta la soberanía de Cristo, Señor de vivos y muertos. Si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos para el Señor morimos. Nosotros no podemos constituirnos en dueños de la vida y de la muerte, ni tampoco en jueces de nuestros hermanos (2 lectura).
Temas...
Perdona nuestras ofensas. Pocas parábolas hay en el evangelio con una fuerza tan impresionante como la de hoy: no se le puede poner la menor objeción. Y ninguna como ésta pone ante nuestros ojos de una manera más rápida las auténticas dimensiones de nuestra falta de amor, de la culpabilidad de nuestro desamor: continuamente exigimos a nuestros semejantes que nos paguen lo que en nuestra opinión nos deben, sin pensar ni por un instante en la formidable culpa que Dios nos ha perdonado a nosotros totalmente. Con frecuencia rezamos distraídos las palabras del «Padrenuestro»: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros...», sin pararnos a pensar cuán poco renunciamos a nuestra justicia terrestre, aunque Dios ha renunciado a la justicia celeste por nosotros. La lectura de la Antigua Alianza sabe ya exactamente todo esto, hasta el más pequeño detalle: «No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?». Para el sabio veterotestamentario esto es ya una imposibilidad que salta a la vista. Y para demostrarlo remite no solamente a un sentimiento humano general, sino también a la alianza de Dios, que era una oferta de gracia a la vez que una remisión de la culpa para el pueblo de Israel: «Recuerda la alianza del Señor y perdona el error».
Libre para perdonar. La segunda lectura profundiza esta fundamentación cristológicamente. Nosotros, que juzgamos sobre lo que es justo e injusto, no nos pertenecemos en absoluto a nosotros mismos. En toda nuestra existencia somos ya deudores de la bondad misericordiosa del que nos ha perdonado y ha llevado por nosotros ya desde siempre nuestra culpa. Cuando se dice: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo», se quieren decir dos cosas: nadie debe su existencia a sí mismo, sino que cada uno de nosotros como existente se debe a Dios; pero se dice aún más: se debe más profundamente al que ha pagado ya por su culpa y del que sigue siendo deudor en lo más profundo. Esto no significa en modo alguno que él sería siervo o esclavo de un amigo, al contrario: el rey deja marchar en libertad al empleado al que ha perdonado la deuda. Si nosotros nos debemos enteramente a Cristo, entonces nos debemos al amor divino que llegó por nosotros «hasta el extremo» (Jn 13,1); y deberse al amor significa poder y deber amar. Y esto es precisamente la suprema libertad para el hombre.
Juzgarle y condenarse a si mismo. «El furor y la cólera son odiosos: el pecador los posee», dice Jesús Ben Sirá. El evangelio, sin embargo, habla de la cólera del rey, que mete en la cárcel al «siervo malvado», es decir, le entrega a la justicia que él reclama para sí mismo. Pero entonces ¿qué es la cólera de Dios? Es el efecto que el hombre que actúa sin amor produce en el amor infinito de Dios. O lo que es lo mismo: el efecto que el amor de Dios produce en el hombre que obra sin amor. El hombre sin amor, el que no practica el amor, el que no deja entrar en él la misericordia divina porque entiende de un modo puramente egoísta la remisión de la falta, se condena claramente a sí mismo. El amor de Dios no condena, el juicio, dice Juan, consiste en que el hombre no acepta el amor de Dios (Jn 3,18- 20; 12,47-48). Santiago resume muy bien todo esto en pocas palabras: «El juicio será sin corazón para el que no tuvo corazón: el buen corazón se ríe del juicio» (St 2,13). Y el propio Señor también: «La medida que usen la usarán con ustedes» (Lc 6,38).
Sugerencias...
Aprender a perdonar, perdonando. San Juan Pablo II nos dice: "En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen»" (Lc 23, 34). (Mensaje mundial de la paz 1 de enero de 2002) Se trata pues de una decisión personal que debemos cultivar en nuestra vida doméstica primeramente. En efecto, en el ámbito restringido de la familia, donde los contactos humanos son más frecuentes y más intensos, es donde especialmente debemos perdonar las ofensas recibidas. Que no se ponga el sol sobre un hogar cristiano, sin que una palabra de perdón venga a suavizar y a borrar los malentendidos y los malos momentos de alguno de los miembros. Perdón entre los esposos. Perdón entre padres e hijos. Perdón entre hermanos. ¡Qué hermoso y qué bello es vivir los hermanos en la unidad!, recita el salmo 133. Esto exige dos actitudes: saber pedir perdón cuando se ofende a alguien, especialmente a alguien querido; y saber ofrecer perdón, sin humillar, a quien se arrepiente y lo solicita.
El perdón puede y debe aplicarse también en el ámbito social y profesional. Debe aplicarse en las relaciones sociales, en los grupos de amigos y en el círculo familiar ampliado. ¡Cuántas penas se podrían evitar si el perdón fuera un hábito en nuestro comportamiento! El perdón tiene también unas razones humanas: cuando uno comete el mal, desea que los otros sean indulgentes con él. Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso. (Cf. San Juan Pablo II, Mensaje por la paz 2002)
Quienes mejor nos hablan del perdón son los mártires. Ellos sufren a manos de sus verdugos, sin embargo, no permiten que la más mínima apariencia de rencor se anide en su alma. Así, san Esteban pide a Dios que perdone el pecado de aquellos que lo están apedreando. Miles de sacerdotes internados en Dachau, en Vietnam, en Tirana, en Lituania etc.… dieron sus vidas por la conversión de sus verdugos. Esto es vida cristiana, vocación cristiana. El perdón en el mártir autentifica su amor.
PADRE BETO
lunes, 11 de septiembre de 2017
miércoles, 6 de septiembre de 2017
HOMILIA Domingo vigesimotercero del TIEMPO ORDINARIO cA (10 de septiembre de 2017)
Domingo vigesimotercero del TIEMPO ORDINARIO cA (10 de septiembre de 2017)
Primera: Ezequiel 33, 7-9; Salmo: Sal 94, 1-2. 6-9; Segunda: Rom 13, 8-10; Evangelio: Mateo 18, 15-20
Nexo entre las LECTURAS
El catecismo, basándose en el Concilio Vaticano II, presenta varios símbolos de la Iglesia: Redil, Labranza, Construcción, Templo, Familia, Cuerpo Místico de Cristo, Pueblo de Dios (cf. 753-757). La celebración litúrgica de hoy muestra una: la Iglesia-comunión. El texto evangélico elegido para este Domingo, está tomado del llamado discurso eclesial, cuyo núcleo es el amor fraterno. En la primera lectura, Ezequiel, constituido centinela del pueblo de Israel, siente la responsabilidad de corregir al hermano extraviado, para ser fiel a su vocación de vigía de la comunidad. San Pablo, dirigiéndose a los cristianos de Roma, no duda en afirmar rotundamente: "El amor es la plenitud de la ley".
Temas...
La Iglesia-comunión es ante todo el sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios. La comunión de los hombres con Dios es el primer fin de la Iglesia (LG). En el evangelio Jesús nos dice: "donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos ". La voz de Ezequiel debe resonar en medio del pueblo para que el malvado se corrija de su conducta y se convierta a Dios (primera lectura). La Iglesia, por tanto, es responsable de invitar a los hombres a la unión con Dios, y habrá de usar para ello de todos los medios legítimos y eficaces. Dejaría de ser Iglesia-comunión si olvidase esta dimensión vertical, que pone de relieve el carácter instrumental de la Iglesia, a la vez que su vocación universal (ningún hombre está excluido del llamado de la Iglesia a la comunión con Dios). La Iglesia ha tomado mayor conciencia de su vocación de instrumento de comunión de los hombres con Dios: primero en relación a sus hijos, a quienes ofrece la revelación de Dios en Jesucristo y los medios para dar una respuesta adecuada y generosa; luego, mediante el diálogo ecuménico y el diálogo interreligioso, que constituyen dos formas actuales de esta conciencia eclesial, para quienes no pertenecen visiblemente a ella (cfr. Papa Francisco).
La comunión de los hombres con Dios desemboca, casi espontáneamente, en la unión fraterna. Es la unión de todos en el amor, en cuanto que somos hermanos de fe, pero en la que cada uno cumple con su función (ministerio) propia. Quien es centinela y guía expresará su amor dirigiendo y, si es necesario, corrigiendo a quien se desvía, en un clima de responsabilidad y de libertad. En la Iglesia-comunión todos nos sentimos obligados a fomentar la unión y el amor, a buscar el bien de los demás, a amarlos deseándoles lo mejor. La corrección fraterna, de la que nos habla el Evangelio, tiene aquí su aplicación, si bien el modo de llevarla a cabo reviste formas de realización muy diversas, según las circunstancias de tiempos y lugares, y según las tradiciones religiosas significativas o ancestrales y las culturas propias.
La Iglesia-comunión habrá de procurar el evitar la excomunión de alguno de sus miembros, pero ésta puede llegar a ser, en ocasiones, necesaria como exigencia de la misma comunión, para preservar la unidad y la paz entre los hermanos y para evangelizar a aquel que de alguna manera hemos conocido con actitudes o comportamientos contrarios al Evangelio. "Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano", nos enseña Jesús. Propiamente hablando, no es la Iglesia quien excomulga a uno de sus miembros, es más bien él quien libremente se autoexcluye de la comunión y la Iglesia se lo avisa y se compromete a buscarlo más intensamente. En efecto, son bien sabidos todos los esfuerzos de la Iglesia para salvar la comunión y la salvación de todos cuando surgen posiciones de disenso en puntos esenciales del dogma o de la moral. En todo caso, la Iglesia-comunión siempre tiene los brazos abiertos para acoger de nuevo al hermano e integrarlo en la familia eclesial. Todos estamos llamados a ser, en la Iglesia, testigos alegres de la misericordia de Dios y tenemos la necesidad de experimentar la misericordia de Dios.
Sugerencias...
El amor es la plenitud de la ley. Cada parroquia, cada comunidad eclesial, cada familia, es auténtica si hay entre sus miembros verdadero amor a Dios y verdadero amor recíproco. Debemos ser, ante todo, un proyecto visible de la respuesta de amor de los hombres a Dios y mostrar el amor de Dios al hombre. La primera ocupación del párroco y de los parroquianos, de un padre de familia, de un empleador cristiano habrá de ser, no que funcionen bien ‘las actividades’, sino que cada uno abra su mente y su corazón a Dios y lo escuche en el interior de su conciencia. Después vendrá todo lo demás, como por añadidura: asistencia a la Misa dominical, recepción de los sacramentos, amor sincero a los hermanos e interés por su bien y felicidad, organización de actividades, acción benéfica y solidaridad con los necesitados, beneficencia, espíritu de colaboración, buen salario, servicio entre todos, buen descanso, las obras de misericordia, etcétera.
La corrección fraterna. En la enseñanza de Cristo, la corrección fraterna hace concreto el amor a los hermanos. En una diócesis, en una parroquia, en una comunidad religiosa, en un barrio –entre cristianos– no todo ni todos/todas serán perfectos y siempre habrá cosas y comportamientos que se puedan mejorar. La corrección fraterna tiene aquí su razón de ser: responder, como individuos y como comunidad, lo mejor posible a la vocación cristiana y eclesial que hemos recibido. ¿Cómo? No parece acertado el camino de la murmuración, de la maledicencia o de la rebeldía, (Papa Francisco) que ciertamente no es nada cristiano. La respuesta al cómo admite muchísimas variaciones, que serán todas buenas si se realizan con respeto, prudencia y caridad sincera. "El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley"
P. Beto
lunes, 4 de septiembre de 2017
martes, 29 de agosto de 2017
HOMILÍA DOMINGO VIGESIMOSEGUNDO
Domingo vigesimosegundo del TIEMPO ORDINARIO cA (03 de septiembre de 2017)
Primera: Jeremías 20, 7-9; Salmo: Sal 62, 2-6.8-9; Segunda: Romanos 12, 1-2; Evangelio: Mateo 16, 21-27
Nexo entre las LECTURAS
La Voluntad de Dios es la suprema norma del profeta Jeremías, de Jesucristo y de los cristianos. Jeremías siente el aguijón de la rebelión, de tirar todo por la borda; pero "(la Palabra de Dios) era dentro de mí como un fuego devorador encerrado en mis huesos; me esforzaba en contenerlo, pero no podía" (Primera lectura). El Evangelio de hoy sigue a la proclamación que Pedro hace de Jesús como Mesías e Hijo de Dios (Domingo anterior). Jesús quiere dejar bien sentado cuál es el sentido de su mesianismo según el designio de Dios: "Ir a Jerusalén y sufrir mucho por causa de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley; morir y al tercer día resucitar" (Evangelio). San Pablo nos enseña que el auténtico culto consiste en ofrecerse como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (segunda lectura).
Temas...
La Voluntad de Dios es para salvación de los hombres. Este ordenamiento, siendo divino, tiene una lógica diversa de la humana, puede incluso llegar a parecer contradictorio y hostil. El profeta Jeremías sabe algo de esto. Él era un hombre pacífico, pero Dios le llamó a una vocación opuesta a su inclinación natural: tiene que gritar "ruina, destrucción". A pesar de todo, es tal la fuerza con que la Voluntad divina le sacude interiormente y le devora, que siente que no puede decirle que no. La "pasión" de Jeremías, como él nos la cuenta en sus "confesiones" es la expresión más fiel de su fidelidad al plan misterioso de Dios sobre la historia humana.
En el relato evangélico, Jesús anuncia por primera vez cuál es la voluntad de Dios para Él: "Comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y que tenía que sufrir mucho" (Evangelio). Pedro, movido quizás por afán de protagonismo y por amor mal entendido a Jesús, quiere apartar a éste del camino de Dios, camino de pasión y de cruz. Jesús conoce cuál es la Voluntad de su Padre, y no puede permitir que nadie se interponga en su relación personal con Dios. Como DIOS hecho hombre, le cuesta muchísimo aceptar este camino de Dios, tan duro y penoso, pero la adhesión al Padre tiene tal peso en su vida que nada ni nadie le podrá apartar de su Voluntad. Es tal la pasión por la Voluntad del Padre que no tiene reparos en llamar a Pedro "Satanás", pues ante sus ojos es el tentador el que pretende apartarle del designio de Dios sobre Él.
Jeremías y sobre todo Jesús nos muestran la necesidad e importancia de conocer la voluntad de Dios y, consiguientemente, de adherirse a ella con todo el corazón y con todas las fuerzas del alma, sin titubeos, sin complicidad, aunque sea pequeña, con el maligno. Del conocimiento y del amor a la Voluntad divina se ha de pasar a la Vida: hacer la Voluntad de Dios, con las dificultades, sufrimientos y penalidades que esto implique. Por eso, Jesús es muy claro: "Si alguno quiere venir detrás de mí (es decir, si alguien quiere hacer en todo, como yo, la Voluntad de mi Padre), que renuncie a sí mismo (es decir, a su propio pensar y querer, tan humanos, y tan lejos del pensar y querer de Dios), cargue con su cruz y me siga" (Evangelio).
San Pablo, por su parte, pide a los cristianos de Roma ofrecerse "como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios" (segunda lectura). Conocer, amar y hacer la Voluntad de Dios es una tarea para "hombres nuevos", que trabajamos para deshacernos de los criterios de este mundo, y sobre todo nos dedicamos a renovarnos y transformarnos interiormente. Sólo estos hombres renovados "podemos descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto" (segunda lectura).
Sugerencias...
Las huellas de la Voluntad de Dios. Las grandes huellas de la Voluntad de Dios están inscritas primeramente en nuestra misma naturaleza, luego en nuestra vocación cristiana, y finalmente en nuestro estado y condición de vida. Por eso, hace la voluntad divina aquel que se comporta conforme a su condición de ser racional y espiritual, vive como fiel seguidor de Jesucristo dentro de la comunidad eclesial, cumple bien con sus deberes de estado y con su trabajo o profesión. La mayoría de los hombres percibimos con relativa facilidad estas huellas, pero caminar por ellas y seguirlas ya es otra cosa. Encontramos muchas cosas atractivas que nos distraen, muchos obstáculos que no siempre estamos dispuestos a superar, muchas resistencias a comportarnos según nos dicta nuestra conciencia. ¿Cuáles son las distracciones, obstáculos, resistencias que hay en nuestro ambiente, en nuestra parroquia, en nuestra comunidad, en nosotros mismos?
La cruz y la gloria. En la Pascua, cima del plan de Dios para Jesucristo, se entretejen la cruz y la gloria. En la vida del cristiano, en el proyecto de Dios para cada uno de nosotros, no es diferente. La voluntad de Dios no es que sea primero cruz y luego gloria, o viceversa. Es cruz y gloria (al mismo tiempo). Conocer, adherirse, hacer la voluntad de Dios comporta un tanto por ciento de cruz y otro tanto por ciento de gloria, distinta pero inseparablemente. Quien hace la voluntad de Dios ofrece un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Quien hace la voluntad de Dios percibe, en medio del dolor, un canto interior de gozo y de paz, que preludia la gloria de la que participará con Cristo en el reino de los cielos. Hay quienes sólo ven la cruz, y hay quienes sólo quisieran ver la gloria. El auténtico cristiano anuda entrambas en la misma voluntad de Dios, y las acepta con amor y gozo, ayudado por Aquella a la que llamamos ‘Desatanudos’ (cfr.: Papa Francisco)
Gentileza P. Beto
martes, 22 de agosto de 2017
ORACION PARA EL ESTRES
Salmo 121
Levanto mis ojos a las montañas:¿de dónde me vendrá la ayuda?
La ayuda me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
Él no dejará que resbale tu pie:
¡tu guardián no duerme!
No, no duerme ni dormita
él guardián de Israel.
El Señor es tu guardián,
es la sombra protectora a tu derecha:
de día, no te dañará el sol,
ni la luna de noche.
El Señor te protegerá de todo mal
y cuidará tu vida.
Él te protegerá en la partida y el regreso,
ahora y para siempre.
HOMILIA PARA EL 27 DE AGOSTO DE 2017
Domingo vigesimoprimero del TIEMPO ORDINARIO cA (27 de agosto de 2017)
Primera: Isaías 22, 19-23; Salmo: Sal 137, 1-3. 6. 8bc; Segunda: Romanos 11, 33-36; Evangelio: Mateo 16, 13-20
Nexo entre las LECTURAS
La figura de Pedro, que confiesa a Jesús Mesías e Hijo de Dios, llena la escena litúrgica de este Domingo. Jesús lo constituye ‘Roca’ de la Iglesia, le da las llaves del Reino y le otorga el poder de atar y desatar (Evangelio). La primera lectura nos habla de Eliaquín, elegido por Dios para ser mayordomo de palacio, en tiempos del rey Ezequías, y que prefigura a Pedro: "El será padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré en sus manos las llaves del palacio de David". San Pablo, en la segunda lectura, se asombra de las decisiones insondables de Dios y de sus inescrutables caminos respecto al pueblo de Israel. La liturgia nos permite maravillarnos y sobrecogernos ante el gran misterio de la elección de Pedro para ser Roca y Mayordomo de su Iglesia y desde él, poder pensar y rezar nuestra vocación. Recemos por el Papa Francisco, sus intenciones y necesidades, su salud y santidad.
Temas...
En el Antiguo Testamento, el símbolo de la Roca se aplica a Yahveh: "Sólo Dios es mi Roca" (Sal 62,3). En el Nuevo Testamento, Pablo lo atribuye a Cristo: "No puede haber otro cimiento del que ya está puesto, y este cimiento es Cristo" (1Cor 3,11). En los labios de Jesús, según el Evangelio de Mateo, el símbolo es adjudicado a Pedro. No hay contradicción en la pluralidad de símbolos: Dios es el único fundamento sólido de nuestra seguridad y de nuestra fe; para revelársenos como tal a lo largo del tiempo instituyó la Iglesia, cuyo fundamento invisible es Jesucristo. Pedro en sus sucesores es, por misteriosa voluntad de Cristo, el fundamento visible sobre el que se yergue el edificio de la Iglesia. Siendo Pedro sólo representación de un fundamento divino, se entiende la promesa del Señor: "El poder de la Muerte no prevalecerá contra ella" (Mt 16,19). Ningún poder, por oscuro y tenebroso que sea, puede destruir a Dios y, por tanto, a la Iglesia, de la que Dios es el verdadero fundamento.
Pedro recibe de Cristo el poder y la autoridad sobre la Iglesia, como Eliaquín recibió las llaves del palacio de David. Mayordomo sólo hay uno, por eso su autoridad es única y exclusiva: "Cuando abra, nadie podrá cerrar; cuando cierre, nadie podrá abrir" (Is 22,22). Es mayordomo, pero a la vez es padre: "El será un padre para los habitantes de Jerusalén y la casa de Judá" (Is 22,21), que debe imitar la paternidad de Dios: "Sean perfectos como lo es el Padre celestial" (Mt 5,48). Por consiguiente, es un mayordomo cuya autoridad está orientada a servir lo mejor posible a la familia de Dios, está presidida por el amor y dirigida a ofrecer a todos el mejor servicio al bien y a la verdad.
Pedro es el intérprete autorizado del designio de Dios sobre los hombres en las vicisitudes, con no poca frecuencia embrolladas, de la historia. Lo que "ata y desata" responde, no a inclinación natural o pasional, sino a una voluntad extraordinaria de fidelidad y obediencia a Dios que le ha dado tal encargo. Esto es un gran misterio, como nos recuerda la segunda lectura, pues son decisiones de un hombre, que afectan a la vida de los hombres, pero decisiones cuyo origen y proveniencia es Dios mismo. Por eso, maduran, sobre todo, en la escucha de la Palabra de Dios y en la plegaria constante y humilde.
Sugerencias... (Lectio)
La roca. Dos imágenes dominan en el evangelio la respuesta de Jesús a la confesión de fe de Simón Pedro: la imagen de la roca y la de las llaves. Ambas tienen su origen en el Antiguo Testamento, se retoman en el Nuevo y finalmente, como muestra el evangelio, se aplican a la fundación de Jesucristo. Primero la roca: en los Salmos se designa a Dios constantemente como la roca, es decir, el fundamento sobre el que puede uno apoyarse incondicionalmente: «Sólo él es mi roca y mi salvación» (Sal 62,3). Su divina palabra es perfectamente fidedigna, absolutamente segura, incluso cuando esa palabra se hace hombre y como tal se convierte en salvador del pueblo: «Y la roca era Cristo» (1 Co 10,4). Sin renunciar a esta su propiedad, Jesús hace partícipe de ella a Simón Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». También la Iglesia participará de esa propiedad de la fiabilidad, de la seguridad total: «El poder del infierno no la derrotará». La transmisión de esta propiedad sólo puede realizarse mediante la fe perfecta, que se debe a la gracia del Padre celeste, y no mediante una buena inspiración humana de Pedro. La fe en Dios y en Cristo, que nos lleva a apoyarnos en ellos con la firmeza y la seguridad que da una roca, se convierte ella misma en firme como la roca sólo gracias a Dios y a Cristo, un fundamento sobre el que Cristo, y no el hombre, edifica su Iglesia.
La llave. En realidad la propiedad de ser roca y fundamento contiene ya la segunda cosa: los plenos poderes, simbolizados en la entrega de las llaves a un seguro servidor del rey y del pueblo; las llaves eran entonces muy grandes, por lo que el Señor puede cargar sobre las espaldas de Eliaquín «la llave del palacio de David» casi como una cruz y en todo caso como una grave responsabilidad. Estos son los plenos poderes: «Lo que él abra nadie lo cerrará, lo que el cierre nadie lo abrirá» (Is 22,22). En la Nueva Alianza es Jesús «el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cierra, el que cierra y nadie abre» (Ap 3,7). Es la llave principal de la vida eterna, a la que pertenecen también «las llaves de la muerte y del infierno» (Ap 1,18). Y ahora Cristo hace partícipe a un hombre, a Pedro, sobre el que se edifica su Iglesia, de este poder de las llaves que llega hasta el más allá: lo que él ate o desate en la tierra, quedará atado o desatado en el cielo. Adviértase que tanto en la Antigua Alianza como en los casos de Jesús y de Pedro es siempre una persona muy concreta la que recibe estas llaves. No se trata de una función impersonal como ocurre por ejemplo en una presidencia, donde en lugar del titular de la misma puede elegirse a otro. En la Iglesia fundada por Cristo es siempre una persona muy determinada la que tiene la llave. Ninguna otra persona puede procurarse una ganzúa o una copia de la llave que pudiera también abrir o cerrar. Esto vale asimismo para todos aquellos que participan del ministerio sacerdotal derivado de los apóstoles: en una comunidad o parroquia sólo los discípulos-misioneros, colaboradores en la evangelización, tienen las llaves, y no puede ceder sino compartir para anunciar el Reino. El párroco, por el sacramento de la Reconciliación tiene la llave, pero debe distribuir tareas y «ministerios», para que todos anunciemos responsablemente el Evangelio. La Iglesia, está edificada sobre la roca de Pedro, del que participan todos los ministerios: recemos por el aumento de las vocaciones sacerdotales y por las vocaciones laicales.
Lo mejor posible. Ahora la alabanza de Dios en la segunda lectura puede sonar a conclusión: ¡qué ricas y sin embargo insondables son las decisiones de Dios también con respecto a la Iglesia! «¿Quién fue su consejero?». ¿Cómo hubiera podido construirse mejor su Iglesia, de un modo más moderno, más adaptado al mundo de hoy? La Iglesia edificada sobre la roca de Pedro y sobre su poder de las llaves se manifiesta siempre, y también hoy, como la mejor posible.
Sugerencias...
¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Jesús pregunta qué opinión tienen los hombres de Él. El interrogante que Jesús abre en esta ocasión sigue abierto para todos los hombres de todos los tiempos. ¿Y ustedes, quién dicen que Soy Yo? La respuesta solamente puede darse desde dos puntos de vista.
El punto de vista de los hombres, la apreciación humana sobre este personaje de la Historia, y el punto de vista de Dios, el de la revelación y el conocimiento sobrenatural. Pedro personifica la confesión cristiano-católica de la fe; el Mesías, el Hijo de Dios.
Pero esta confesión de fe "no procede de la carne ni de la sangre", es decir, no es posible llegar a través de la lógica y de la razón humana, Se hace posible únicamente gracias a la revelación del Padre. Sí, la fe viene de fuera. El hombre, por muy inteligente que sea, es radicalmente incapaz de acceder a lo que es dominio ‘misterioso’ de Dios.
"Mi Padre te lo ha revelado." Mi Padre: esa relación fundamental de Jesús con el Padre, esa unión esencial con el Padre: "mi Padre y Yo somos uno", y al mismo tiempo esa distinción. Nos deja entrever el abismo infinito de su persona.
Cuando Pedro supo quién es Jesús, solo ahí supo quién es él. ¿Hablamos con Jesús para aprender quien soy?
jueves, 10 de agosto de 2017
HOMILIA PARA EL 15 DE AGOSTO-
Solemnidad de la Asunción de la VIRGEN MARÍA (15 de agosto de 2017)
Primera: Apocalipsis 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab; Salmo: Sal 44, 10bc. 11-12. 15b-16; Segunda: 1Corintios 15, 20-26;Evangelio: Lucas 1, 39-56
Nexo entre las LECTURAS
Toda la celebración de hoy tiene un color de victoria y de esperanza que nos va muy bien: en medio de un mundo sin demasiadas perspectivas, cuando, confuso en muchos aspectos y especialmente por la dictadura del relativismo reinante, los cristianos celebramos la victoria de María, la Madre de Jesús y de la Iglesia, y nos dejamos contagiar de su alegría, nexo de las lecturas y centro de la Solemnidad. Teniendo en cuenta que ésta es una de las fiestas más grandes de la Virgen, todo el estilo de la celebración, de las moniciones y de la homilía y las actividades de los cristianos el 15, deberían mostrar nuestra alegría por la obra que Dios ha hecho en la Virgen y por lo que esto supone de esperanza para nosotros. ¡Vivamos de manera muy festiva esta Liturgia y este día!
Temas...
La victoria de Cristo Jesús: Cristo Resucitado, tal como nos lo presenta Pablo, es el punto culminante de la Historia de la Salvación, del plan salvador de Dios. Él es la "primicia", el primero que triunfa plenamente de la muerte y del mal, pasando a la nueva existencia. El segundo y definitivo Adán que corrige la culpa del primero.
La Virgen María, como primera cristiana, como la primera salvada por Cristo, participa de la victoria de su Hijo: es elevada también Ella a la gloria en cuerpo y alma. Ella, que supo decir su "sí" fundamental a Dios, que creyó en Él y le fue plenamente obediente en su vida ("hágase en mí según tu Palabra"), es glorificada, como primer fruto de la Pascua de Jesús, asociada a su victoria. En verdad "ha hecho obras grandes" en Ella el Señor.
La fiesta de hoy presenta el triunfo de Cristo y de su Madre en su proyección a todos nosotros, a la Iglesia y en cierto modo a toda la humanidad. María, como miembro entrañable de la familia eclesial, condensa en sí misma nuestro destino. Su "sí" a Dios fue, en cierto modo, en nombre de todos nosotros. El "sí" de Dios a Ella, glorificándola, es también un "sí" a todos nosotros: nos señala el destino que Dios nos prepara a todos. La Iglesia es una comunidad en marcha, en entrega constante contra el mal: pero la Mujer del Apocalipsis, aunque directamente sea la Iglesia misma, es también de modo eminente la Virgen María, la Madre del Mesías y auxilio constante para la Iglesia contra todos los "dragones" que luchan contra ella y la quieren hacer callar. Al celebrar la victoria de María, celebramos nuestra propia esperanza, porque como diremos en el prefacio: "ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra".
Fiesta mayor de esperanza en tiempos difíciles. La imagen de comunidad en lucha que aparece en el Apocalipsis la estamos viviendo también en nuestra generación. En su encíclica ("Señor y dador de vida") san Juan Pablo II se extraña de que el mundo pueda prescindir sistemáticamente de la presencia de Dios en su vida y condena la insensatez del ateísmo, del materialismo, o sea, de la cerrazón a las verdades y valores trascendentes que afectan a la realización misma del hombre. Los tiempos que vivimos son difíciles. El evangelio de Jesús no sólo es no apreciado, sino muchas veces explícitamente marginado o perseguido. Hoy, y mirando a la Virgen, celebramos la victoria. La Asunción nos muestra que el plan de Dios es plan de vida y salvación para todos y que se cumple, en Cristo, en nuestra familia, la Iglesia y en la humanidad ¡Gracias, Madre por animarnos y alegrarnos y cuidarnos en la entrega!
Sugerencias...
La Asunción es un grito de fe en que es posible esta salvación. Es una respuesta a los pesimistas y a los perezosos. Es una respuesta de Dios al hombre materialista y secularizado que no ve más que los valores económicos o humanos: algo está presente en nuestro mundo, que trasciende de nuestras fuerzas y que lleva más allá. El destino del hombre es la glorificación en Cristo y con Cristo.
El hombre, cuerpo y alma, está destinado a la vida. Esa es la dignidad y futuro del hombre. Por eso en la Misa de hoy pedimos repetidamente que también a nosotros, como a la Virgen María, nos conceda "el premio de la gloria" (oración de la vigilia), que "lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo" (oración del día). Estamos celebrando nuestro propio futuro (optimistas) realizado ya en María.
Nuestro Magníficat: la Eucaristía. Los Domingos, y también otros días (preceptos) como hoy que la Iglesia considera muy importantes, la comunidad cristiana se reúne y entona a Dios su alabanza y su acción de gracias. Como la Virgen prorrumpió en el canto del Magníficat, así nosotros expresamos nuestra alegría, con fe y esperanza, por lo que Dios hace, en cantos, en aclamaciones y, sobre todo, en la Plegaria Eucarística. Es nuestra respuesta a la acción de Dios: nuestro "Magníficat" continuado. Y no sólo damos gracias, sino que en la Eucaristía participamos del misterio pascual, la Muerte y Resurrección de Cristo, del que la Virgen ha participado en cuerpo y alma, y así tenemos la garantía de la vida: "quien come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá la vida eterna, y yo le resucitaré el último día" (Jn 6.). La Eucaristía nos invita a mirar y a caminar en la misma dirección en la que nos alegra hoy la fiesta de la Asunción.
María, Hija de Sión, Madre de misericordia, ruega por nosotros.
HOMILIA DE UN SACERDOTE AMIGO
miércoles, 9 de agosto de 2017
HOMILIA DOMINGO decimonoveno del TIEMPO ORDINARIO cA
Nexo entre las LECTURAS
Dios se revela a Elías en el suave susurro de la brisa sobre el monte Horeb (primera lectura); Jesucristo se revela a los discípulos como Hijo de Dios mediante su señorío sobre las aguas agitadas del mar y sus misteriosas palabras: "Yo soy, no tengan miedo" (Evangelio). Por su parte, Pablo es muy consciente de que Dios se ha revelado al pueblo de Israel: "Les pertenecen la adopción filial, la presencia gloriosa de Dios, la alianza, las leyes, el culto y las promesas" (Rom 9,4). La respuesta de Elías es de temor sagrado ante la presencia del Señor: "Se cubrió el rostro con su manto" (1Re 19,13). La respuesta-actitud de Pedro es de duda y surge el: "Señor, sálvame" (Mt 14,31), mientras que la del conjunto de los discípulos es de fe: "Verdaderamente eres Hijo de Dios" (Mt 14,33). Pablo sabe muy bien que el pueblo de Israel ha dado una respuesta desacertada y no ha sido fiel a la revelación divina, por eso le invade una gran tristeza y un continuo dolor del corazón (segunda lectura). Revelación de Dios, respuestas del hombre, he aquí en síntesis el mensaje de la liturgia.
Temas...
Dios se revela a los hombres no por conceptos sino mediante acciones simbólicas o en una relación dialogal. A Elías que huyó del monte Carmelo para no ser asesinado por Jezabel (1Re 19,1-3), Dios le hace atravesar la tierra de Palestina de norte a sur, para llevarle hasta el monte Horeb, el monte santo de las revelaciones divinas. En el ámbito sagrado de la montaña, en soledad y oración, Dios se revela a Elías. A Moisés se le reveló entre relámpagos, fuego y truenos (cf. Ex 19,16-19), como señor de las fuerzas de la naturaleza. A Elías, sobre el mismo monte, siglos más tarde, se le revelará como el susurro de una suave brisa, con la suavidad de un beso de madre o de una caricia de mujer.
Jesucristo ha pasado largas horas de oración, en diálogo con el Padre. Los discípulos luchan casi impotentes contra las olas embravecidas del lago de Tiberíades. De repente ven que viene hacia ellos una figura humana, semejante a la de Jesús. Se asustan. Creen ver un fantasma. Jesús aprovecha esta circunstancia para revelárseles en su identidad más íntima, mediante un gesto simbólico. Como YO SOY (Job 9,8; cf Sal 77,20), Él camina sobre las ondas del mar, mostrando así que es el señor del mar y de la naturaleza. Como YO SOY a Moisés (cf. Ex 3,15), Él revela a los discípulos su nombre divino: "YO SOY". Jesús muestra su ser divino, pero sobre todo revela a los suyos su filiación divina, es el Hijo de Dios y quiere que lo seamos nosotros.
Pablo nos recuerda las prerrogativas extraordinarias de Dios para con Israel, subrayando que "suyos son los patriarcas y de ellos, en cuanto hombre, procede Cristo" (Rom 9,5). Con los patriarcas comienza la revelación histórica de Dios, con Cristo dicha revelación culmina y llega a su plenitud; y este misterio de revelación se lleva a cabo en el ámbito del pueblo elegido. Así es como Dios se nos revela “el fiel” por excelencia, que no se arrepiente de su elección ni de sus promesas. La elección y la alianza de Dios con Israel, a pesar de su infidelidad, sigue en pie. Siendo la revelación de Dios la expresión de un diálogo con el hombre, requiere por su misma naturaleza de una respuesta. Elías responde con la obediencia de fe (1Re 19,15-18) a fin de que el monoteísmo se mantenga en la tierra de Israel. Pedro responde con el miedo y la duda, ante una situación que el mismo ha provocado, poniendo a prueba el poder de Jesús. El pueblo de Israel ha respondido rechazando la revelación de Jesús como Mesías y su filiación divina.
Los discípulos, finalmente, son los que han dado la respuesta mejor y más completa: "Verdaderamente tu eres Hijo de Dios". Nuestra respuesta a la revelación de Dios, que nos ha sido conservada y transmitida por la Iglesia, debe ser, en palabras del Vaticano II, "someterse con la fe. Por la fe, el hombre se entrega entera y libremente a Dios..., asintiendo libremente a lo que Dios revela" (DV 5).
Sugerencias...
Para poder dar una respuesta a un interlocutor, se debe conocer el contenido de sus palabras o de su propuesta. Si el hombre de hoy quiere dar una respuesta responsable y madura a la revelación de Dios, lo primero es que conozca esta revelación. Es bastante evidente que durante un período de años hubo un como "vacío doctrinal" en la catequesis (tal vez todavía exista en algunas partes), y que la revelación de Dios que la Iglesia nos transmite en parte se desconoce o se conoce mal o de modo incompleto. Hay aquí una gran labor formativa para realizar en las parroquias, en los grupos juveniles, en los movimientos de la Iglesia, en las familias, en las catequesis y en las Escuelas. Esta labor es dura, pero indispensable, para que la experiencia fuerte de conversión de unos o el entusiasmo religioso de otros no lleguen a ser una experiencia defraudante o una explosión temporal del sentimiento. Nunca se insistirá demasiado en la urgencia de buenos maestros testigos de la fe (Beato Papa Pablo VI y Francisco), numerosos y bien formados, formadores de niños, de jóvenes y de adultos, discípulos-misioneros (Aparecida) para que la respuesta de la fe sea auténtica y madura y en ese ‘terreno fértil’ germinen, además, las semillas de la vocación de especial consagración.
No basta conocer la revelación de Dios, la fe de la Iglesia. Sabemos por experiencia de los siglos y de nuestros días —y de ello da fe la liturgia de este Domingo— que el hombre, en virtud de su libertad, puede dar respuestas muy variadas, y de hecho las da. Está quien da la respuesta del rechazo, del desinterés o indiferencia, incluso de la hostilidad abierta al mensaje cristiano. Hay quienes creen, pero a su manera, dejándose guiar por criterios subjetivos ante el depósito de la fe objetiva de la Iglesia. Otros creen, pero tienen "agujeros o goteras" en su fe, pues les resulta "imposible" aceptar ciertas verdades de fe o de moral católicas. La verdadera respuesta, la que hemos de buscar para nosotros mismos y para quienes entrarán en contacto con nosotros, es la respuesta completa, segura, responsable: LA OBEDIENCIA DE LA FE.
Nuestra Señora del SI, ruega por nosotros
lunes, 24 de julio de 2017
HOMILIA "EL REINO DE LOS CIELOS.. " DOMINGO XVII
Domingo decimoséptimo del TIEMPO ORDINARIO cA (30 de julio de 2017)
Primera: 1 Reyes 3, 5-6a. 7-12; Salmo:118, 57. 72. 76-77. 127-130; Segunda: Rom 8, 28-30; Evangelio: Mateo 13, 44-46
Nexo entre las LECTURAS
Una ‘nota’ del hombre es la libertad de elección. La elección es el tema que puede agrupar (nexo) los textos litúrgicos, mediante los cuales la Iglesia nos invita a reflexionar para vivir más evangélicamente. En el evangelio el hombre ‘que encuentra’ elige vender todos sus bienes para comprar el campo en el que ha descubierto un tesoro, y el que se dedicaba a buscar perlas finas sacrifica todas las que tenía con tal de obtener una perla preciosa sin comparación. En la parábola de la red ‘barredera’ ya no es el hombre el que elige, sino Dios mismo, conforme a las elecciones que el hombre haya hecho en su vida. La segunda lectura nos habla de la llamada de Dios y de la consiguiente respuesta-elección del hombre. La figura de Salomón orante, en la primera lectura, muestra que es en el ámbito de la oración donde el hombre se capacita para hacer las elecciones más auténticas, para discernir bien lo que hay que hacer y tener la fortaleza de poder practicarlo.
Temas...
La Iglesia es el Reino de Cristo "presente ya en misterio" (Cat. de la Iglesia Católica 763). La Iglesia es también el cuerpo místico de Cristo (Pío XII), es decir, el misterio de la encarnación prolongado en el tiempo de la historia. Las parábolas evangélicas poseen ante todo un sentido cristológico: los hombres, pero particularmente los discípulos de Cristo, son llamados a elegir "vender" todo con tal de conseguir el tesoro que es Cristo, la perla preciosa, que es el misterio de Cristo. Quien, después de la muerte, se acerca al Padre con este tesoro y esta perla, el Padre le hará partícipe de su vida y de su gloria.
Las parábolas tienen también un sentido eclesiológico, en cuanto que la Iglesia es el campo en el que el tesoro de Cristo está escondido, es quien nos ‘vende’ la perla preciosa que anhela nuestro corazón. Al hombre le interesa adquirir el tesoro y comprar la perla preciosa, y con la Iglesia y la ayuda de la gracia se puede conseguir. Elegir a Cristo-tesoro es elegir inseparablemente a la Iglesia, campo en que el tesoro se halla; elegir la perla preciosa es elegir a la Iglesia, el único que ‘me la puede vender’. Es absurdo, y contrario a la doctrina más genuina del Evangelio y de la Tradición eclesial, el oponer Cristo e Iglesia, o el pretender un Cristo sin Iglesia o una Iglesia sin Cristo.
La elección por el campo y el tesoro o por la perla de gran valor se lleva a cabo con el corazón lleno de alegría (Mt 13,44). Comprar el campo significa prescindir de muchas cosas, tal vez muy queridas y arraigadas en la propia vida, pero ante la realidad del tesoro, no se presta atención a lo que se deja ni a la nostalgia que el alma siente por ello, sino que la atención se centra en el tesoro, en la perla, y así el alma exulta de gozo. Es el gozo de quien valora la llamada que Dios le ha hecho a la fe cristiana, a la Iglesia católica. Es el gozo de quien, mediante esta llamada y su respuesta libre, se sabe poseedor de un tesoro maravilloso que Dios le regala, y por el que Dios le hace ya ahora -y le hará definitivamente en el Cielo- partícipe de su salvación y de su gloria (Rom 8,30).
Salomón en la oración supo discernir la voluntad de Dios e hizo una elección iluminada, de acuerdo con su vocación de rey y gobernante del pueblo de Israel (1Re 3,9). Es en la oración donde el hombre alcanza a descubrir más plenamente -y a elegir en consecuencia- el tesoro y la perla preciosa, es decir, el valor único y máximo de Cristo y de la Iglesia en el designio salvífico de Dios.
Sugerencias...
La elección cristiana. El mundo de hoy ofrece a los hombres y a los cristianos muchas posibilidades de elegir entre realidades muy atractivas y seductoras, al menos a la vista y al "bolsillo". Una enorme desgracia que incumbe sobre los hombres es el engaño y los espejismos, el creer que hay un tesoro en un campo donde no lo hay en realidad, el soñar con un tesoro que de verdad no existe, valorar como perla preciosa lo que no es sino ficción (fachada) y baratija. Luego, con el tiempo, vienen los desengaños, las frustraciones... ¿Quién les orientará en la búsqueda del verdadero tesoro?
Muchos cristianos, muchos fieles de nuestra parroquia y vecinos, necesitan posiblemente valorar, por sí mismos o con la ayuda de otro, el tesoro inapreciable de Cristo y el campo, la Iglesia, en que este tesoro está escondido. Lo poseen como una herencia, como un cuadro antiguo que adorna una de las paredes de la casa. El cuadro está ahí, como podía estar en otro lugar. Esa herencia debe ser objeto de elección. Pero, ¿cómo van a elegir a Cristo, si Cristo es sólo una herencia, y no es un tesoro para ellos, si no es el supremo valor de su existencia? ¿Cómo van a amar a la Iglesia y a trabajar en la Iglesia, si no es el único campo en el que se encuentra el tesoro de Cristo? Es urgente que el cristianismo sea una herencia que se valora, que se elige y que llena de gozo la vida.
El sentido de la vocación. Se ha de buscar ampliar el concepto de vocación en la mente de los hombres y de los mismos cristianos. Existe la vocación a la vida, la vocación al matrimonio, la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, la vocación al apostolado laical, a la entrega diaria, POR SOBRE TODAS: la vocación al Cielo... En definitiva, es importante que el hombre "se sienta llamado", es decir, elegido, interpelado. La vida humana, y de modo más hondo la vida cristiana, es un diálogo de libertad entre Dios y el hombre. Dios que llama y el hombre que responde. Dios nos llama a nuestra plena realización humana y cristiana, el hombre ha de responder a este llamado, y, según la respuesta, decide sobre su historia y su destino. Vivir la vida ordinaria con sentido de vocación ofrece una perspectiva nueva a la existencia. Realizar las pequeñas decisiones concretas de cada día como respuestas a Dios que llama nos ayuda a tomar nuestras decisiones con mayor responsabilidad y además da un gran valor al ejercicio de nuestra libertad en los pequeños asuntos diarios.
Nuestra Señora del SI, ruega por nosotros.
lunes, 17 de julio de 2017
HOMILIA PARA EL XVI DOMINGO" SEAMOS PACIENTES Y MISERICORDIOSOS"
Primera: Sabiduría 12, 13. 16-19; Salmo: Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a; Segunda: Romanos 8, 26-27; Evangelio: Mateo 13, 24-43
Nexo entre las LECTURAS
Jesús nos pide que seamos pacientes y misericordiosos, es el nexo. El texto que escuchamos del Libro de la Sabiduría nos habla del infinito poder de Dios, y de lo bien que sabe adminístralo, siendo benigno e indulgente. Así, es ejemplo para que nosotros también sepamos gestionar el tiempo que tenemos para hacer el bien en el amor y en el servicio. En relación con esta reflexión del Libro de la Sabiduría, el salmista proclama el amor, la bondad y la clemencia de Dios, ante quien se postran todos los pueblos y a quien el propio salmista le pide fortaleza. La segunda lectura se toma de la Carta a los Romanos. San Pablo nos habla de cómo el Espíritu Santo, de un modo misterioso, nos ayuda a orar desde lo más hondo de nuestro corazón. Y Dios Padre escucha esta oración. Del Evangelio, según san Mateo, escuchamos un largo texto del capítulo 13 en el que Jesús cuenta tres parábolas sobre el Reino de Dios: la cizaña, el grano de mostaza y la levadura. A continuación, los discípulos le piden que les explique la parábola de la cizaña… Jesús nos pide que seamos pacientes y misericordiosos.
Temas...
El grano de mostaza. Esta parábola parece indicarnos el ritmo de crecimiento, de transformación y consolidación del Reino, de la Iglesia. En la diminuta semilla de mostaza se encierra algo inmensamente grande, que irá creciendo de a poquito, al abrigo de la tierra fecunda. La pequeñez se transfigura en grandeza, la humildad en exaltación; en el Reino los últimos son los primeros, los poderosos son los últimos, los que pierden su vida, la ganan (Papa Francisco). Todo esto acontece en la Comunidad de los discípulos misioneros. Esta parábola sugiere algunos rasgos que han de configurar el rostro de la Iglesia a la luz del Reino. He aquí algunos: La pequeñez e insignificancia como garantía y augurio de crecimiento y consolidación. La Iglesia es el Pueblo que en su manera de ser y obrar no tiene aspiraciones de grandeza ni afanes de poder porque quiere ser decididamente sacramento de Cristo entre los hombres; quiere “parecerse a Jesús”, que, a pesar de su condición divina, se vació de sí mismo, se hizo esclavo y obediente hasta la muerte (Cf Fil 2, 5-11). No es una Iglesia presuntuosa ni vanidosa porque es consciente de que, como Jesús, ha nacido en la pobreza y, obediente a Jesús, vive en pobreza. Sabe que ella es la comunidad de los pobres, porque a ellos les pertenece el reino (Mt 3,3). Está dichosa de ser pobre y de parecerlo. Cuando esta Iglesia hace memoria de sí misma, de sus orígenes, recuerda que fue como una semilla de mostaza, tan minúscula como prometedora. No se acomoda a la mentalidad este mundo, sino que se transforma interiormente con una “mentalidad nueva” para discernir la voluntad de Dios, lo que “es bueno, y aceptable y perfecto” (Cr Rm 12, 2). Se hace un árbol, vienen los pájaros y anidan en sus ramas. La semilla de mostaza es potencia de vida, vigor exuberante. Poco a poco, de acuerdo a su propio ritmo lento pero firme, crece y se hace arbusto. La Iglesia, Reino, no atropella los ritmos de sus comunidades, sino que los cuida atentamente; tampoco se saltea las etapas precisas de su misión evangelizadora. No busca “lo eficaz” ni “lo pragmático” -tantas veces irrespetuoso e incluso, violento- sino que atiende con cuidado y responsabilidad a los “tallos” verdes que brotan porque son vida y, además, primicias y promesas del reino.
El trigo y la cizaña. La Iglesia -del Reino-, la que es trigo bueno, ha aprendido a convivir pacientemente con la cizaña. No se precipita en arrancarla, sino que espera al final de la cosecha. No es que la Iglesia desconozca, o no le importe la cizaña, sino que, con paciencia y esperanza, intenta que, mientras el trigo y la cizaña germinan juntos, la cizaña se marchita y el trigo crece hasta alcanzar la Vida. La Iglesia, Pueblo de Dios, Familia de Dios, imita la paciencia Dios; no juzga las conductas de los hombres con ligereza porque, como Jesús, no ha sido enviada para juzgar sino para salvar. El juicio ocurrirá al final del tiempo, cuando los cosechadores arrancarán la cizaña y la echarán al fuego; cosecharán el trigo y lo guardarán en los graneros del reino.
La levadura en la masa. La Iglesia, a la luz del Reino anunciado por Jesús, está inmersa en las realidades cotidianas de este mundo. No puede vivir separada, al margen de ellas y, menos aún, en contra de ellas. Es la “Iglesia en el mundo” del Vaticano II. Esta Iglesia pequeña es como un puñado de fermento mezclado con las realidades de este mundo: políticas, culturales, económicas, sociales. Es la levadura nueva de la Pascua -la “levadura de la sinceridad y la verdad”- que fermentará la “masa nueva”, el Reino de Dios. (Cf 1Co, 5, 6-8). La Iglesia, como fermento vivo, actúa lentamente en el mundo, tratándolo con la paciencia misericordiosa de Dios que, siendo eterno, no tiene prisas. Ella no compite con el mundo ni es su rival, sino que lo ama entrañablemente y lo respeta en su autonomía de criatura de Dios. Es una Iglesia persuasiva, acogedora, compasiva, más ocupada por salvar al mundo que por juzgarlo (Cf Jn 12, 47) El juicio ocurrirá -asegura Jesús- al final del tiempo.
Sugerencias...
Ser apóstoles del bien. No cerraremos los ojos al mal, mas ¿por qué casi nos volvemos ciegos para el bien? Casi que el bien no tiene apóstoles, sino más bien y con frecuencia críticos. En cambio, el mal, el crimen, el desorden moral está en las pantallas de la televisión y de las redes sociales, en los titulares de los periódicos y en los labios de muchos -que se dicen- cristianos. Muchos están ocupados por el medio ambiente y por la ecología del planeta, por las mascotas o las especies en extinción; habremos de interesarnos, al menos por igual, de la ‘ecología moral’ de nuestros medios de comunicación social, de la ‘limpieza ética’ de las calles de nuestras ciudades. Si el grado de contaminación atmosférica sube más allá de lo normal, enseguida se adoptan medidas para hacerlo descender, pero, ¿qué pasa si la contaminación inmoral sube más de lo decente y honesto? A cualquiera que ponga el dedo en la llaga, le lloverá un diluvio de críticas y no pocas veces de improperios. Ciertamente hay que aplacar el mal que se ve y que se propaganda; sepamos que es muy importante y eficaz acallar el mal con la proclamación del bien, desarraigar el mal a base de bien y de bondad, de paciencia y comprensión.
La Iglesia es de todos y hay lugar para todos. Hay santos y hay pecadores, hay líderes y hay liderados, hay trigo y hay cizaña, hay flaqueza del hombre y hay misericordia de Dios. Iglesia santa y pecadora. Así es nuestra Iglesia. Como la luna con fases de esplendor (llena) y ausencia de esplendor (nueva), con luz que no es propia, sino que nos viene del Sol, Jesucristo resucitado. Aquí está presente el profundo realismo que nos invade y nos envuelve. Por prolongación, podríamos también decir: "Parroquia santa y pecadora", "institución religiosa santa y pecadora". Seamos realistas con nosotros mismos y en nuestra actividad pastoral. Tengamos fe, con todo, en que puede crecer en medio de nuestra comunidad parroquial o religiosa y en la misma familia, la santidad y disminuir el pecado. Con la liturgia de hoy estemos seguros de que "Dios puede utilizar su poder cuando quiera" (primera lectura) y de que "el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza... e intercede por nosotros con gemidos inefables" (segunda lectura). Convenzámonos con el Evangelio de que la semilla del bien va a transformarse en un árbol gigante.
Es el tiempo de la siembra y el tiempo de la vida el Tiempo Ordinario. En invierno se nota más… pues, bajo una aridez aparente, fecundan las semillas. Parecería que no hay señales de vida porque la vida late bajo la tierra fértil. Día a día, semana tras semana, penetra en nosotros la semilla, la Palabra que Dios que el sembrador esparce en nuestra tierra, en las tierras diversas de las que Jesús hablaba (Mt 13, 1-8; 18-23). Mientras vivimos el “Tiempo Ordinario” atendemos a la profundidad de nuestras vidas personales, acogemos en nuestra entraña creyente la semilla; el Espíritu, la fecunda y van naciendo en nuestra entraña brotes de vida. El “Tiempo Ordinario” es tiempo de interioridad, de madurez, de silencio y contemplación, de lluvias y fríos y rocíos, de vida latente que crece y empuja. Tal vez es por eso (conveniencia), que el color verde sea el color de este Tiempo.
María, Virgen fecunda, ruega por nosotros.
jueves, 13 de julio de 2017
¿ Por qué buscamos a Dios?
Dios ha puesto en nuestro corazón el deseo de buscarle y encontrarle. San Agustín dice: «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti». Este deseo y búsqueda de Dios lo denominamos RELIGIÓN. [27-30]
Para el ser humano es natural buscar a Dios. Todo su afán por la verdad y la felicidad es en definitiva una búsqueda de aquello que lo sostiene absolutamente, lo satisface absolutamente y lo reclama absolutamente. El hombre sólo es plenamente él mismo cuando ha encontrado a Dios. «Quien busca la verdad busca a Dios, sea o no consciente de ello» (santa Edith Stein).
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