jueves, 17 de abril de 2025

HOMILIA VIERNES SANTO



VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (18 de abril 2025)

Primera: Isaías 52,13 – 53,12; Salmo: Sal 30, 2.6.12-13.15-16.17.25; Segunda: Hebreos 4, 14-16; 5,7-9 Evangelio: Juan 18, 1 – 19, 42

Nexo entre las LECTURAS

Las grandes lecturas de la liturgia de hoy giran en torno al misterio central de la cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar adecuadamente. Pero las tres  aproximaciones bíblicas tienen algo en común: que el milagro inagotable e inefable de la cruz se ha realizado «por nosotros». El siervo de Dios de la primera lectura ha sido ultrajado  por nosotros, por su pueblo; el sumo sacerdote de la segunda lectura, a gritos y con  lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el  autor de la salvación; y el rey de los judíos, tal y como lo describe la pasión según san Juan,  ha «cumplido» por nosotros todo lo que exigía la Escritura, para finalmente, con la sangre y  el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la salvación del mundo.

Temas... Sugerencias... (Cfr.: San Pablo VI)

Acabamos de contemplar/escuchar devotamente la Pasión del Señor en el SEÑOR. Queremos creer que todos hemos intuido su profundidad y riqueza.

Ahora extenderemos una mirada a la irradiación de esta Pasión, única y típica, centro de los destinos humanos, en la humanidad misma. Es el faro que ilumina al mundo: LA CRUZ ES LA LUZ.

Uno de estos aspectos es el sufrimiento humano. Está iluminado de un modo bien conocido, pero siempre singular, a la luz de la cruz el dolor (podríamos señalar todas las miserias, toda la pobreza, todas las enfermedades y hasta todas las debilidades, es decir, todas las condiciones que hacen una vida deficiente y necesitada de atenciones), el dolor aparece extrañamente asimilable a la Pasión de Cristo, como llamado a integrarse con ella, como constituyendo una condición de favor respecto a la redención obrada por la Cruz del Señor. El dolor se hace sagrado. Antes –y todavía, para quien se olvida que es cristiano– el sufrimiento parecía pura desgracia, pura inferioridad, más digna de desprecio y repugnancia que merecedora de comprensión, de compasión, de amor. Quien ha dado al dolor del hombre su carácter sobrehumano, objeto de respeto, de cuidados y de culto, es Cristo doliente, el gran hermano de todos los pobres, de todos los afligidos. Hay más, Cristo no muestra solamente la dignidad del dolor, Cristo lanza un llamamiento al dolor. Esta voz, hijos y hermanos, es la más misteriosa y la más benéfica que ha atravesado la escena de la vida humana. Cristo invita al dolor a salir de su desesperada inutilidad, a ser, unido al suyo, fuente positiva de bien, fuente no sólo de las más sublimes virtudes –desde la paciencia hasta el heroísmo y la sabiduría–, sino también de capacidad expiadora, redentora, beatificante, propia de la Cruz de Cristo. El poder salvífico de la Pasión de Cristo puede hacerse universal e inmanente en nuestros sufrimientos, sí –he ahí la condición– se acepta y soporta en comunión con sus sufrimientos. La “com–pasión”, de pasiva se hace activa; idealiza y santifica el dolor humano, lo complementa con el del Redentor (Cfr. Col 1, 24).

Todos, debemos recordar esta inefable posibilidad. Nuestros sufrimientos (siempre dignos de cuidados y remedios), se hacen buenos, preciosos. En el cristiano se inicia un arte extraño y estupendo, de saber sufrir, hacer que el propio dolor sirva para la redención propia y ajena.

Esta providencialidad del sufrimiento nos hace pensar en las condiciones, siempre tristes y ofensivas para los ideales humanos, en que la civilización moderna quisiera inspirarse, en las cuales todavía se encuentra en gran parte a la Iglesia católica. El cuerpo de Cristo está crucificado moralmente, pero con saña, todavía hoy, en muchas regiones del mundo; la Iglesia del silencio es todavía la Iglesia doliente, la Iglesia paciente, y en ciertos lugares, la Iglesia amordazada. Cristo podría preguntar, hoy también, a los modernos y hábiles perseguidores: “… ¿por qué me persigues?” (Hch 9, 4). Es triste para quien es objeto de tales tratos; es indigno para quienes los practican, aunque se enmascaren de hipocresías legales. Pero estamos seguros de que estas prolongadas pasiones están fortificadas por la asistencia divina y consoladas por nuestra com–pasión y la de toda la fraternidad universal cristiana, y esperarnos que sean precisamente, en virtud de la cruz de Cristo a la que se ofrecen y por la que sufren, fuente de gracia para cuantos las padecen, para toda la Iglesia y para todo el mundo.

Y otro aspecto, reflejo de la cruz de Cristo, sobre la faz de la tierra, es la paz. La paz, que es el bien supremo del orden humano, esa paz que es tanto más deseable, cuanto más se inclina el mundo a formas de vida interdependientes y comunitarias, de forma que una infracción de la paz en un punto determinado repercute sobre todo el sistema organizativo de las naciones; esa paz que se hace, por tanto, cada vez más necesaria y obligada; esa paz, que los esfuerzos humanos, aunque muy nobles y dignos de aplauso y de solidaridad, difícilmente consiguen tutelar en su integridad y sostener con otros medios que no sean el temor y el interés temporal. La paz de Cristo llueve de lo alto, es decir, proyecta sobre la tierra y entre los hombres motivos y sentimientos originales y prodigiosos; lo sabemos, y viene precisamente de Aquel, como escribe San Pablo, que “por divina complacencia debía recapitular en sí todas las cosas habiéndolas pacificado con su sangre desde su cruz” (Cfr. Col 1, 20), de forma que los hombres, divididos y enemigos entre sí fueran “reconciliados en un cuerpo único por medio de la cruz” (Cfr. Ef 2, 16). Cristo Redentor nos ha enseñado cómo y por qué los hombres debemos y podemos vivir en la verdadera paz, y nos la ha conseguido si de verdad queremos.

Deberíamos terminar esta “conmovida y pública adoración” del Viernes Santo pidiendo a Cristo “nuestra paz” (Ef 2, 14.) la paz para el mundo. En este momento están presentes a nuestro espíritu, los puntos geográficos y políticos, donde está herida la paz, donde está amenazada. Enviemos nuestro pensamiento lleno de buenos augurios a los hombres que se esfuerzan rectamente por salvar la paz, y para que los hombres sepan mantenerse hermanos en Cristo enviemos al mundo –y a todos los aquí presentes que oramos y esperamos (Jubileo)–, la bendición de Dios.

'Solo la misericordia salvara al mundo'. Gracias, amado Redentor, ¡gracias!

HOMILIA JUEVES SANTO 2025


JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (17 de abril 2025)

Primera: Éxodo 12, 1-8.11-14; Salmo: Sal 115, 12-13.15-16bc.17-18; Segunda: 1Corintios 11, 23-26; Evangelio: Juan 13, 1-15

Nexo entre las LECTURAS

El Jueves Santo es un canto a la liberación. En él celebramos la Pascua cristiana: el paso liberador de Dios por la historia mediante la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, conmemorada en la celebración de la Eucaristía (segunda lectura). La Pascua –cristiana– revive y perfecciona otra pascua, otra liberación, llevada a cabo por Dios mediante su siervo Moisés: la liberación de los israelitas de la esclavitud egipcia (primera lectura). El texto evangélico nos sitúa ante una liberación interior, la liberación de nuestro egoísmo para ser libres, amar y servir a nuestros hermanos, siguiendo el ejemplo de Jesucristo.

Temas... Sugerencias... (cfr.: San Pablo VI)

Que ésta sea para nosotros la hora del renacimiento de la gran memoria. Está presente en nuestra mente todo lo que se dijo, todo lo que se realizó en esta última Cena nocturna, tan querida por el mismo divino Maestro (Lc 22, 15), en la víspera de su pasión y de su muerte. Él mismo quiso dar a ese encuentro tal plenitud de significado, tal riqueza de recuerdos, tal emoción de palabras y de sentimientos, tal novedad de acciones y de preceptos, que nunca terminaremos de meditar y explorar. Es una Cena testamentaria; Es una Cena infinitamente cariñosa (Jn 13,1), inmensamente triste (Ibíd 16,6), y al mismo tiempo misteriosamente reveladora de promesas divinas, visiones supremas. La muerte se avecina, con presagios inauditos de traición, abandono, inmolación; la conversación se apaga inmediatamente, mientras las palabras de Jesús fluyen continuamente, nuevas, dulcísimas, tendiendo a confidencias supremas, casi flotando entre la vida y la muerte. El carácter pascual de aquella Cena se intensifica y evoluciona; la antigua alianza centenaria que allí se reflejaba se transforma y se convierte en una nueva alianza; el valor sacrificial, liberador y salvador del cordero inmolado, que da alimento y símbolo a la comida ritual, se explica y se concentra en una nueva víctima, en una nueva comida; Jesús declara que Él mismo, su Cuerpo y su Sangre, son el objeto y el sujeto del sacrificio, aquí, en la mesa, previsto, significado, ofrecido, para ser realizado, consumido, sufrido en continuidad de intención y acción; hizo alimento para aquellos que tenían la capacidad y el hambre de la vida eterna. De aquella Cena de despedida, dolorosa y amorosa, brota el sacrificio eucarístico; lo sabemos y estamos deslumbrados por ello; Pero he aquí una sorpresa extrema, una que para nosotros, esta noche, forma el punto focal de nuestra atracción y de nuestra compasión; ¿Quién hubiera podido imaginar una palabra tan sintética y perpetuadora saliendo de los labios del Maestro, ahora candidato a la muerte, y a ser Él el verdadero, el único cordero pascual: «Hagan esto en memoria mía»? (1 Corintios 11,24)

Estamos en este momento cumpliendo esta palabra del Señor. Siempre, celebrando la Misa, renovando el sacrificio eucarístico, repetimos aquella palabra, que asocia la institución del sacramento de la presencia inmolada de Cristo, es decir, la Eucaristía, a la institución de otro sacramento, el del sacerdocio ministerial, mediante el cual el «memorial» de la Última Cena y del sacrificio de la cruz no es simplemente nuestro acto de memoria religiosa (como quieren algunos disidentes), sino que es una “anamnesis misteriosa”, eficaz, real de lo que Jesús realizó en la Cena y en el Calvario; es decir, el reflejo fiel de su sacrificio único, con misteriosa victoria sobre las distancias del tiempo y del espacio, y con la prodigiosa y renovada coincidencia de nuestra Misa con la presencia y acción del divino Cordero Eucarístico, reinando glorioso a la diestra del Padre, pero para nosotros, en la historia presente, verdaderamente representado en su acción sacrificial y redentora.

¡Misterio de fe! También nosotros lo sabemos y lo adoramos y lo contemplamos siempre, con fervor inagotable: reavivaremos su fuego en la fiesta del «Cuerpo y Sangre de Cristo». Pero ahora estamos en camino desde este descubrimiento, porque tal nos parece siempre la consideración del Sacerdocio católico, del poder conferido a un ministerio humano para renovar, perpetuar, difundir el misterio eucarístico.

Podemos decir dos cosas inmediatamente: que en la ofrenda de la Eucaristía participa y es activo todo el Pueblo de Dios, creyentes y fieles, revestido como está de un «sacerdocio real», como escribe el apóstol Pedro (1 Pe 2, 5 y 9) y como felizmente ha reafirmado el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium , 10); y como tal hoy, Jueves Santo, está particularmente invitado a alegrarse por la institución de la Eucaristía, a exaltar sus infinitos tesoros divinos de amor y de sabiduría, y a participar en ella precisamente respondiendo a la intención difusiva y multiplicadora que Cristo, y con él la Iglesia, han querido caracterizar este sublime misterio del Pan eucarístico puesto a disposición de todos. Y, en segundo lugar, recordaremos que la distinción esencial entre el Sacerdocio ministerial y el Sacerdocio común no se concibe como un privilegio, que separa al Sacerdote de los fieles cristianos laicos, sino como un ministerio, un servicio que el primero debe rendir a los segundos, un carácter, sí, enteramente propio de quien es elegido para actuar como ministro sacerdotal del Pueblo de Dios, pero intencionadamente social, o mejor, capacitado para la caridad, dispensador amoroso de los misterios de Dios (Cf. 1 Cor . 4,1; 2 Cor . 6,4; cf. M. DE LA TAILLE, Mysterium Fidei , p. 327 ss.).

Es nuestro deber reafirmar en la consciente plenitud de este momento sagrado es el misterio de nuestro Sacerdocio Católico, que está junto al Sacerdocio Eucarístico, y se entrelaza y se confunde con él. Debe surgir espontáneamente en nuestro corazón una alegría inefable por la comunión específica que nos une hoy a todos nuestros hermanos en el sacerdocio y al santo pueblo de Dios que se beneficia con nuestra entrega. ¿Quién más que nosotros, Sacerdotes, podemos decir con auténtica y mística realidad: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí»? (Gal 2, 20) ¿Qué mayor caridad podría manifestar Jesucristo hacia nosotros que llamándonos, a todos y cada uno, sus amigos (Jn 15, 14; 15, 15) y transfiriendo a cada uno de nosotros el poder prodigioso de consagrar la Eucaristía? ¿Podría habernos dado mayores pruebas de confianza? ¿Y cómo podríamos cuestionar nuestra elección por un ministerio así, cuando debemos recordar que surge de su iniciativa preferencial (cf. Jn 15,16), en el encuentro con nuestra respuesta personal, libre y amorosa? ¿No deberíamos –tal vez– hacer nuestra una respuesta sencilla pero estupenda aunque estemos sacudidos, como tantos, por las inquietudes y las dudas de las protestas típicas de nuestro tiempo: diciendo con nuestra vida y nuestras palabras: “Soy feliz”?

Sí: hoy debemos dar gracias al Señor por haber instituido este divino y misterioso Sacramento, la Eucaristía; y todos debemos añadir a su gloria y a nuestro consuelo: somos felices de que, junto a ella, la Eucaristía, para hacerla actual, multiplicarla y difundirla, tú, Señor, hayas comunicado a algunas personas elegidas y responsables, en tu Iglesia, tu santo y maravilloso Sacerdocio. ¡Que ésta sea nuestra expresión espiritual para este Jueves Santo!

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...