miércoles, 15 de noviembre de 2017

Manuel, el pequeño guerrero

Manuel, el pequeño guerrero que compartió dos espinas de la corona con Jesús

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La conmovedora historia de un niño italiano que ofreció su cáncer por la salvación de los demás

Manuel Foderà fue un niño italiano que, a sólo 9 años, dejó la vida terrena para alcanzar la vida celeste, por un tumor muy grave que lo afligía. Un niño alegre, sociable, bromista, como él mismo se definía, que estaba convencido de tener una gran misión que cumplir en nombre de Dios: dar a conocer y amar a su gran amigo Jesús.
Cuenta el sacerdote Ignazio Vazzana, quien lo visitaba asiduamente en el hospital de Palermo, que el pequeño muchas veces no lograba entender las cosas que Jesús le revelaba. Por ejemplo, un día le preguntó: “¿Por qué Jesús me dice siempre esta frase: tu corazón no es tuyo, es mío, y yo vivo en ti? No entiendo que quiere decirme”. Padre Ignazio se dio cuenta, reflexionando después, de que aquellas palabras reflejaban la frase de San Pablo en Galatas 2,20 “…y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”
Manuel decía que Jesús le había donado el sufrimiento, y que era necesario, porque tenían que salvar el mundo juntos, y que Jesús lo había proclamado “guerrero de la Luz”.
Padre Ignazio recuerda con mucha conmoción ver a Manuel con un gran sentimiento de pecado cuando iba a confesarse, y era tan grande, que a veces estallaba en lágrimas durante la confesión misma.
También recuerda que tenía una gran devoción por la Sagrada Eucaristía. Cada vez que la recibía se cubría su rostro y permanecía así por casi 20 minutos en absoluto silencio. Este era el momento culminante de la Comunión, porque entraba en diálogo de manera espontánea con Jesús, como dos amigos íntimos. El sacerdote le preguntaba si veía directamente a Jesús a lo que respondía que no lo veía físicamente, pero sentía su voz en su corazón.
Don Ignazio fue su guía espiritual los dos últimos años de vida del niño, y nos cuenta que “Manuel siempre luchó como un verdadero guerrero, a imitación de Cristo, hasta entregar su vida por la salvación y la conversión de todos”.
“Aún recuerdo muy vivamente la gran capacidad de soportar el dolor que tenía, sólo por amor a Jesús. La madre me llamó en diversas ocasiones para que intentara convencer a Manuel a tomarse, por lo menos, el Paracetamol y así aliviar los grandes dolores que tenía. Él me respondía que quería esperar un poco más antes de tomárselo, porque Jesús necesitaba su sufrimiento en ese día para salvar las almas”.
“Hacia el final, después de una gammagrafía, los médicos se dieron cuenta que tenía dos masas tumorales en la cabeza. Sin saberlo, Manuel nos reveló que Jesús le había hecho un gran regalo. En esos días Manuel tenía dolores de cabeza muy fuertes y no sabía realmente qué tenía”.
“Un día, tras recibir la Comunión estalla en un llanto y confía a su madre, y después a mí, lo que Jesús le había dicho. Nosotros le habíamos preguntado qué le pasaba, puesto que lloraba, y él nos dijo que Jesús le había hecho un regalo especial y al ser feliz lloraba por esto: Jesús le había entregado dos espinas de su corona y ahora las tenía en su cabeza. Yo me quedé estupefacto ante sus palabras, porque humanamente esto es inexplicable. Hubo una coincidencia perfecta en los hechos: dos masas tumorales y las dos espinas de la corona de Jesús, como don, en su cabeza”.
Dos meses antes de morir, en una noche de terrible sufrimiento, dijo a su madre Enza: “Eres mi único testigo verdadero. Tendrás que escribir muchos libros sobre mí para que todos puedan conocer mi historia”. No fue fácil para ella mantener su promesa, por tanto dolor después de la partida de su hijo pero al final ganó el amor, el mismo que mantuvo unidos día y noche a madre e hijo, desde el momento de la concepción hasta su renacimiento en el Cielo.
El 20 de julio de 2010 Manuel subió a los Cielos y del diario que escribió Enza durante la larga agonía nace la conmovedora biografía: “Manuel. Il piccolo guerriero della Luce”. Un libro con muchas enseñanzas de este pequeño amigo de Jesús que, como dijo Don Pierino Fragnelli, obispo de Trapani: “Desde su cama, en hospital como en casa, Manuel nos ha enseñado la lección de la confianza en la vida que no muere”.

VIVA CRISTO REY



martes, 14 de noviembre de 2017

Domingo trigésimotercero del TIEMPO ORDINARIO cA (19 de noviembre de 2017)

Domingo trigésimotercero del TIEMPO ORDINARIO cA (19 de noviembre de 2017)
Primera: Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Salmo: Sal 127, 1-5; Segunda: 1 Tesalónica 5, 1-6; Evangelio: Mt 25, 14-30
Nexo entre las LECTURAS
Trabajar para dar fruto -en el Reino de Dios-, en esta frase puede condensarse la Liturgia de este Domingo. Hacer fructificar los talentos recibidos para realizar el encargo del que se nos pedirá luego cuenta (Evangelio). Trabajar para hacer el bien en el temor de Dios, como la mujer buena y hacendosa del libro de los Proverbios (primera lectura). Trabajar, no dormir, puesto que somos hijos del día y de la luz (tiempo en el que se puede trabajar), y no de la noche ni de las tinieblas (segunda lectura).
Temas...
La espiritualidad del trabajo. El trabajo es un don de Dios para que el hombre madure plenamente hasta alcanzar la Vida Eterna. El trabajo no es, entonces, opcional, sino un deber y derecho, una ley inscrita por Dios en nuestra dignidad de hombres y de bautizados. El cristiano trabaja, a imagen de Dios y a imagen de Jesucristo, que siempre trabajan (Jn 5,17). De Jesús nos dirá el Concilio Vaticano II: "Trabajó con manos de hombre". Así es como el trabajo señala la superioridad y el señorío del hombre sobre la creación, y la subordinación de la creación al bien material y espiritual del hombre; es pecado anteponer la creación al hombre. Es verdad que el hombre ha de actuar sobre la creación con responsabilidad y teniendo en cuenta el bien integral del hombre y de la humanidad presente y futura. Si el trabajo es un don, también lo son los instrumentos (cualidades, habilidades, aptitudes, circunstancias, relaciones...) que Dios otorga a cada uno para llevar a cabo el propio trabajo. La espiritualidad del trabajo permite que veamos la vida como misión, para realizar la tarea que Él nos ha encomendado, que en común es ‘amar y servir’. El hombre dignifica el trabajo, no el trabajo al hombre.
Las dimensiones del trabajo. Está la dimensión creyente del trabajo: trabajo porque creo. Creo en que Dios me ha dado una labor que realizar para vivir; creo sobre todo en el valor redentor del trabajo, unido al misterio de Cristo redentor. Otra dimensión es la psicológica: el trabajo es el camino de desarrollo de las propias aptitudes y cualidades, es camino de satisfacción después de la labor bien hecha, es, en definitiva, camino de realización personal. No puede faltar la dimensión ética, es decir, la sumisión voluntaria y, si es posible, gozosa, a la ley "natural" del trabajo, al deber de poner en juego todos nuestros "talentos" para servir mejor a la sociedad y a nuestros hermanos, los hombres, sin distinción de credos ni de etnicidades. Finalmente, tengamos en cuenta la dimensión espiritual. El trabajo no es sólo habilidad y fatiga, es antes que nada fuente de virtud y camino de santidad. Mediante el trabajo, el espíritu humano se afina más y más, se abre a la providencia divina que no deja de actuar en el mundo, reconoce su competencia y al mismo tiempo su limitación y pequeñez ante la grandeza de la obra de Dios creador y de Jesucristo redentor.
Sugerencias...
- Todo hombre, todo cristiano con más razón, tiene que rechazar la pereza. Pereza entendida como no hacer lo que se tiene obligación de hacer, como pérdida voluntaria e irresponsable del tiempo, como dejarse arrastrar por la inclinación a la inactividad: ‘ese descansar por estar cansado de haber descansado’. Una cosa es el legítimo descanso, que cada uno ha de procurarse, y otra la pereza, que cada uno ha de tratar de rechazar con decisión. El legítimo descanso es voluntad de Dios, la pereza es un vicio. El legítimo descanso restaura las fuerzas gastadas por el trabajo, la pereza no hace sino incrementar la tendencia a la pereza.
- Somos tentados a dejarnos arrastrar por la pereza: los estudiantes sobre todo cuando no quieren estudiar y rendir bien; en una familia, cuando sus miembros están poco dispuestos a efectuar los trabajos domésticos; los funcionarios y profesionales: cuando llegan tarde al trabajo, cuando hacen lo menos posible y quieren ‘ganar’ lo más posible; cuando ponemos excusas o depositamos la culpa de lo que no sale bien en los demás…
- Se trabaja para compartir, ante todo, con la propia familia la paga recibida o los bienes producidos. Además, se puede compartir y ayudar a la sociedad, sobre todo en los más necesitados y abandonados por las instituciones sociales. Trabajar, también, estudiando, instruyéndose, haciendo cursos de catequesis u otros para compartir la propia fe (algo a lo que no pueden renunciar sin daño para los hijos los padres de familia, los educadores de los niños y adolescentes...). Trabajar en la parroquia, que es la familia de todos los que a ella pertenecen, y en la que todos son necesarios y tienen una tarea que llevar a cabo. Trabajar en grandes y en pequeños proyectos, propios o de otras personas, para cambiar en mejor nuestro entorno mediante un esfuerzo común y constante por lograr el nivel de ecología moral y espiritual que se desea. Trabajar para buscar, crear fuentes de trabajo para tantos jóvenes que no lo encuentran y están deseando tener su primer trabajo. Trabajar por la santidad y conversión de todos y para llegar a todos con el anuncio del Reino.
Nuestra Señora del Trabajo y del Si, ruega por nosotros.

HOMILIA Domingo trigésimotercero del TIEMPO ORDINARIO cA (19 de noviembre de 2017)

Domingo trigésimotercero del TIEMPO ORDINARIO cA (19 de noviembre de 2017)
Primera: Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Salmo: Sal 127, 1-5; Segunda: 1 Tesalónica 5, 1-6; Evangelio: Mt 25, 14-30
Nexo entre las LECTURAS
Trabajar para dar fruto -en el Reino de Dios-, en esta frase puede condensarse la Liturgia de este Domingo. Hacer fructificar los talentos recibidos para realizar el encargo del que se nos pedirá luego cuenta (Evangelio). Trabajar para hacer el bien en el temor de Dios, como la mujer buena y hacendosa del libro de los Proverbios (primera lectura). Trabajar, no dormir, puesto que somos hijos del día y de la luz (tiempo en el que se puede trabajar), y no de la noche ni de las tinieblas (segunda lectura).
Temas...
La espiritualidad del trabajo. El trabajo es un don de Dios para que el hombre madure plenamente hasta alcanzar la Vida Eterna. El trabajo no es, entonces, opcional, sino un deber y derecho, una ley inscrita por Dios en nuestra dignidad de hombres y de bautizados. El cristiano trabaja, a imagen de Dios y a imagen de Jesucristo, que siempre trabajan (Jn 5,17). De Jesús nos dirá el Concilio Vaticano II: "Trabajó con manos de hombre". Así es como el trabajo señala la superioridad y el señorío del hombre sobre la creación, y la subordinación de la creación al bien material y espiritual del hombre; es pecado anteponer la creación al hombre. Es verdad que el hombre ha de actuar sobre la creación con responsabilidad y teniendo en cuenta el bien integral del hombre y de la humanidad presente y futura. Si el trabajo es un don, también lo son los instrumentos (cualidades, habilidades, aptitudes, circunstancias, relaciones...) que Dios otorga a cada uno para llevar a cabo el propio trabajo. La espiritualidad del trabajo permite que veamos la vida como misión, para realizar la tarea que Él nos ha encomendado, que en común es ‘amar y servir’. El hombre dignifica el trabajo, no el trabajo al hombre.
Las dimensiones del trabajo. Está la dimensión creyente del trabajo: trabajo porque creo. Creo en que Dios me ha dado una labor que realizar para vivir; creo sobre todo en el valor redentor del trabajo, unido al misterio de Cristo redentor. Otra dimensión es la psicológica: el trabajo es el camino de desarrollo de las propias aptitudes y cualidades, es camino de satisfacción después de la labor bien hecha, es, en definitiva, camino de realización personal. No puede faltar la dimensión ética, es decir, la sumisión voluntaria y, si es posible, gozosa, a la ley "natural" del trabajo, al deber de poner en juego todos nuestros "talentos" para servir mejor a la sociedad y a nuestros hermanos, los hombres, sin distinción de credos ni de etnicidades. Finalmente, tengamos en cuenta la dimensión espiritual. El trabajo no es sólo habilidad y fatiga, es antes que nada fuente de virtud y camino de santidad. Mediante el trabajo, el espíritu humano se afina más y más, se abre a la providencia divina que no deja de actuar en el mundo, reconoce su competencia y al mismo tiempo su limitación y pequeñez ante la grandeza de la obra de Dios creador y de Jesucristo redentor.
Sugerencias...
- Todo hombre, todo cristiano con más razón, tiene que rechazar la pereza. Pereza entendida como no hacer lo que se tiene obligación de hacer, como pérdida voluntaria e irresponsable del tiempo, como dejarse arrastrar por la inclinación a la inactividad: ‘ese descansar por estar cansado de haber descansado’. Una cosa es el legítimo descanso, que cada uno ha de procurarse, y otra la pereza, que cada uno ha de tratar de rechazar con decisión. El legítimo descanso es voluntad de Dios, la pereza es un vicio. El legítimo descanso restaura las fuerzas gastadas por el trabajo, la pereza no hace sino incrementar la tendencia a la pereza.
- Somos tentados a dejarnos arrastrar por la pereza: los estudiantes sobre todo cuando no quieren estudiar y rendir bien; en una familia, cuando sus miembros están poco dispuestos a efectuar los trabajos domésticos; los funcionarios y profesionales: cuando llegan tarde al trabajo, cuando hacen lo menos posible y quieren ‘ganar’ lo más posible; cuando ponemos excusas o depositamos la culpa de lo que no sale bien en los demás…
- Se trabaja para compartir, ante todo, con la propia familia la paga recibida o los bienes producidos. Además, se puede compartir y ayudar a la sociedad, sobre todo en los más necesitados y abandonados por las instituciones sociales. Trabajar, también, estudiando, instruyéndose, haciendo cursos de catequesis u otros para compartir la propia fe (algo a lo que no pueden renunciar sin daño para los hijos los padres de familia, los educadores de los niños y adolescentes...). Trabajar en la parroquia, que es la familia de todos los que a ella pertenecen, y en la que todos son necesarios y tienen una tarea que llevar a cabo. Trabajar en grandes y en pequeños proyectos, propios o de otras personas, para cambiar en mejor nuestro entorno mediante un esfuerzo común y constante por lograr el nivel de ecología moral y espiritual que se desea. Trabajar para buscar, crear fuentes de trabajo para tantos jóvenes que no lo encuentran y están deseando tener su primer trabajo. Trabajar por la santidad y conversión de todos y para llegar a todos con el anuncio del Reino.
P. BETO

lunes, 6 de noviembre de 2017

HOMILIA DEL Domingo trigésimosegundo del TIEMPO ORDINARIO cA (12 de noviembre de 2017)

Domingo trigésimosegundo del TIEMPO ORDINARIO cA (12 de noviembre de 2017)
Primera: Sabiduría 6, 12-16; Salmo: Sal 62, 2-8; Segunda: 1 Tesalónica 4, 13-18; Evangelio: Mt 23, 1-13
Nexo entre las LECTURAS
Los textos litúrgicos nos invitan a tener una actitud de vigilancia en el mundo para llegar felices a la eternidad de Dios: "Vigilen, porque no saben el día ni la hora" (evangelio). Esta es la actitud propia del sabio, porque "meditar en la sabiduría es prudencia consumada, y el que por ella se desvela pronto estará libre de inquietud" (primera lectura). Así podremos concluir nuestra vida en paz, y estar siempre con el Señor (segunda lectura).
Temas...
La vigilancia es la virtud de los que esperan. Es propio de las esperanzas humanas estar atento, mirar hacia el horizonte del futuro, pero es más propio todavía de la esperanza cristiana. La esperanza cristiana se lleva a cabo tanto dentro de la historia, como sobre todo más allá de la historia. Dentro de la historia es la esperanza en la gracia y misericordia de Dios, es la esperanza en el progreso espiritual, es la esperanza en una conversión continua y creciente hasta el término de la vida, es la esperanza en la fidelidad y santidad de la Iglesia que nunca fallarán... Más allá de la historia es la esperanza en la posesión de Dios, tan deseada en nuestra vida terrena, y por fin realizada. Es la esperanza del abrazo del PADRE y de la comunión de los santos, satisfaciendo en plenitud el anhelo universal del amor fraterno, que abarca ahora todos los tiempos y todos los espacios. Es la esperanza en la consumación definitiva y gloriosa de la historia de la salvación, trazada por Dios desde la eternidad y finalmente cumplida.
La esperanza cristiana está estrechamente relacionada con otras virtudes. En primer lugar, con el amor, porque se espera lo que se ama y lo que se desea poseer total y definitivamente en el amor. Está muy unida a la oración, según la misma enseñanza de Jesús: "Vigilen y oren, para no entrar en tentación" (Mt 26, 41), sobre todo en la tentación extrema de la apostasía y pérdida de la fe. Se relaciona además con la virtud de la prudencia, sobre todo ante la tentación. La tentación forma parte de la trama humana, pero el trato con ella requiere de mucha prudencia. Si Adán y Eva en el paraíso, si David desde la terraza de su casa, si Pedro en el palacio de Anás... hubiesen realmente "vigilado", ¿habrían caído en la tentación? Finalmente, la vigilancia implica la virtud de la fortaleza para realizar eficazmente lo que el amor, la oración y la prudencia nos dictan como más conforme con la voluntad de Dios.
El premio a la vigilancia cristiana. Primeramente, el banquete con Cristo: "las que estaban preparadas entraron con él a la boda" (evangelio). Es decir, la intimidad con Dios vivida ya aquí en la tierra y llevada a su culminación en el cielo. Luego, la participación en el "triunfo" de Cristo, que entrará en la Jerusalén celeste como el Rey de reyes y el Señor de los señores. Participación, por tanto, en el poder y la gloria de Cristo, Señor de la historia y del universo. Y desde luego, un gozo indescriptible e inimaginable aquí en la tierra, pues sobrepuja toda capacidad mundana y cualquier gozo de este mundo palidece ante el júbilo de la gloria celeste. En todo esto esperamos y para lograrlo: vigilamos. Nos esforzamos para lograrlo, con la ayuda de la gracia, cada uno de nosotros individualmente, y a la vez en comunión, todos, como Iglesia en camino hacia la meta y premio de nuestra esperanza.
Sugerencias...
¿Es actual y necesaria la esperanza entre los fieles cristianos? Ciertamente hemos de responder: es muy necesaria. Necesaria frente al mundo interior de nuestras pasiones, que tratan de sobreponerse y explayarse en nuestro interior sin control y sin disciplina. Es también necesaria frente a las ideologías y a la mentalidad de la época, no siempre favorables de la virtud, de los valores y de la vida cristiana. Mucha ha de ser la vigilancia ante los medios masivos de comunicación y redes, antiguos y nuevos, para ponerlos al servicio de la información y educación del hombre y del cristiano, y no al servicio de su desinformación e inmoralidad. Se requiere también vigilancia de los padres respecto al ambiente escolar de sus hijos y a las amistades que frecuentan, porque un mal amigo es malo para un hijo. Vigilancia, por último, sobre el ambiente profesional en que se pasan largas horas del día, y que puede influir negativamente en ciertos casos respecto a nuestros valores y decisiones morales.
¿Por qué estar vigilantes? ¿Qué es lo que induce a los cristianos a la vigilancia? Ante todo, la simple conciencia de la atracción natural que el mal ejerce sobre todo hombre, también sobre el cristiano. Además, la necesidad de discernimiento para separar el bien del mal, la paja del trigo, el trigo de la cizaña, de modo que podamos escoger el bien y evitar el mal en toda ocasión.
Vigilancia en la esperanza… especialmente en la esperanza en el más allá, es decir, en el Cielo y en todo lo que el Cielo significa, según la enseñanza del catecismo de la Iglesia. ¿Hablamos, en nuestra predicación, o como guías de las almas, de la realidad, misteriosa pero verdadera, del Cielo? ¿Hacemos deseable a los cristianos, con nuestra predicación, el reino de los cielos? O, ¿acaso somos responsables de que lo consideren irreal o la culminación del aburrimiento? A lo largo del año la liturgia de la Iglesia nos ofrece varias ocasiones para hablar del Cielo: la fiesta de todos los santos, el día de todos los difuntos, la fiesta de la Ascensión del Señor y de la Asunción de la Virgen Santísima, algunos Domingos del tiempo ordinario, Misa por algún hermano difunto... El propio testimonio cristiano, ¿eleva la mirada de los fieles hacia la esperanza y la certeza del cielo?

martes, 31 de octubre de 2017

HOMILÍA CONMEMORACIÓN DE LOS DIFUNTOS

Conmemoración de todos los DIFUNTOS, jueves (02 de noviembre de 2017)
La liturgia de la Palabra de este día tiene varias opciones
Nexo entre las LECTURAS
Los textos litúrgicos hacen referencia, de modo diverso, a la esperanza cristiana. El gran apocalipsis de Isaías (Is 24-27) nos dice que Yahvéh destruirá la muerte para siempre y los redimidos celebrarán un gran festín (Is 25, 6-7). San Pablo nos habla de los cristianos que "justificados por su sangre, seremos salvados de la ira" (Rom 5,10). Finalmente, Jesús nos dice que "su (de Dios) voluntad es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el último día" (Jn 6,39).
Temas...
En la fe de la Iglesia, LA VIDA, no la muerte, es quien tiene la última palabra. Por eso, la muerte es vista no sólo como un término natural de la existencia, sino como un inicio de un modo nuevo de vivir en un mundo que nos es desconocido, pero en el que Dios nuestro Padre habita. Frente a la visión materialista del ser humano (todo acaba con la muerte; no existe nada después de ella), para el cristiano la muerte es un puente, una pasarela hacia la otra ribera de la vida, donde se encontrará en un abrazo con Dios y de nuevo con sus hermanos en la fe, que le han precedido en el tiempo. Como se dice en la recomendación del alma: "Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos".
La destrucción definitiva de la muerte tendrá lugar con el fin de la historia. Con la victoria sobre la muerte, Cristo inaugurará su reino de vida sin fin, que es también reino de verdad y de felicidad. Sólo Dios sabe cómo y cuándo se verificará todo esto, pero nuestra ignorancia del modo y del tiempo, no disminuye en lo más mínimo nuestra certeza y confianza de que se realizará. "Al final de los tiempos -nos enseña el catecismo 1042- el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado".
Inmortalidad, resurrección, salvación. "Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna" (CIC 1022). La resurrección de la "carne", tal como la entiende la Iglesia no es inmediata a la muerte, sino sólo al fin de los tiempos. En la muerte, el cuerpo del hombre (cadáver) cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado (cf. CIC 997). La resurrección aporta a la inmortalidad plenitud y totalidad, puesto que el alma es el alma de un ser humano con su propia historia, del que el cuerpo continúa siendo un elemento constitutivo por naturaleza. El alma no alcanzará totalidad ni plenitud hasta unirse de nuevo con su cuerpo, en la resurrección de los muertos. El cristiano, y cualquier ser humano, resucitará para la salvación o para la condenación, según sus obras: "Tú pagas a cada uno según sus obras" (Sal 62,13). Con palabras del catecismo: "Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo" (1023); pero "morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección" (1033).
Sugerencias...
El ‘culto’ cristiano a los difuntos. Es algo inscrito en el corazón del hombre el recuerdo y afecto de los vivos hacia sus seres queridos difuntos, pero el culto cristiano a los que ya murieron es algo más. Es creer que están vivos y que podemos continuar espiritualmente unidos a ellos. Es confiar-esperar en que algún día nos volveremos a encontrar en la eternidad y volveremos a renovar nuestro amor y comunión. Es tener la certeza de que desde el cielo nos acompañan e interceden por nosotros ante Dios en nuestras necesidades y tribulaciones de la vida. Es creer que participan ya del amor y de la gloria de Cristo resucitado y viven en una estable y permanente felicidad en compañía de los redimidos... aun cuando, estando en el Purgatorio, ellos mismos están en espera de esta plenitud. Por todo ello, celebramos exequias cristianas por los difuntos, visitamos y honramos sus tumbas, les traemos flores en diversas ocasiones del año, nos convocamos en celebrar una Misa en el aniversario de la muerte... Las formas de expresión cultual a los difuntos varían mucho de país a país, de cultura a cultura; lo importante es que, a través de esas formas, se exprese la única y misma fe de la Iglesia.
La actitud del cristiano ante la enfermedad grave y muerte de un hombre, sobre todo de los seres queridos. En medio del dolor y las lágrimas por la muerte del ser querido, el cristiano se ha de mostrar fuerte en la fe y de gran entereza humana y espiritual. Ha de intensificar en esos momentos su esperanza en la vida eterna y su amor al pariente enfermo y a Dios Nuestro Señor. ¿Cómo se puede manifestar ese amor? Mediante la presencia y cercanía al enfermo, sobre todo mediante la oración humilde para que se haga la voluntad de Dios, por más penosa que nos resulte. Es necesario no tener "miedo" de llamar al sacerdote, cuando sea el caso, y pedirle que atienda espiritualmente al enfermo y le administre el sacramento de la Unción de los Enfermos, si éste así lo desea. Con la seguridad de que el enfermo cristiano agradecerá esta muestra de amor de sus seres queridos. Tampoco se ha de tener "miedo" de hablar claramente al enfermo sobre sus condiciones de salud, sobre la proximidad de su partida de este mundo. Así el enfermo se preparará con serenidad a bien morir que es bien vivir y podrá, consciente y libremente, ofrecer su vida al Dios que se la dio, unirse en su dolor y muerte a Jesucristo que sufre y muere sobre el madero de la cruz.

lunes, 30 de octubre de 2017

HOMILIA Domingo trigésimo primero del TIEMPO ORDINARIO cA (05 de noviembre de 2017)



Domingo trigésimo primero del TIEMPO ORDINARIO cA (05 de noviembre de 2017)
Primera: Malaquías 1, 14b-2, 2b. 8-10; Salmo: Sal 130, 1-3; Segunda: 1Tesalónica 1, 5b; 2, 7b-9. 13; Evangelio: Mateo 23, 1-12
Nexo entre las LECTURAS
¿Cómo deben comportarse las autoridades del pueblo de Israel y del pueblo cristiano? A esta pregunta dan respuesta los textos litúrgicos. En el evangelio y en la primera lectura se nos advierte sobre el comportamiento que no deben tener: "ustedes (sacerdotes) no siguen mis caminos y hacen acepción de personas al aplicar la Ley" (Mal 2,9); "En la cátedra de Moisés se han sentado los maestros de la ley y los fariseos...No imiten su ejemplo, porque no hacen lo que dicen" (Mt 23,2-3). En la segunda lectura se presenta la figura de san Pablo como modelo de dirigente de la comunidad cristiana: "Nos comportamos condescendientes con ustedes, como una madre que alimenta y cuida a sus hijos" (1Tes 2,7).
Temas...
La autoridad existe en la comunidad cristiana, y es además necesaria. a) La existencia de la autoridad no se justifica, en la Iglesia de Cristo, por razones sociológicas o políticas, sin que haya que quitar importancia a estas razones, sino por revelación de Jesucristo resucitado: "Me ha sido dada autoridad plena sobre cielo y tierra. Vayan, pues, en camino, hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo" (Mt 28,18-19). El ejercicio de la autoridad cambia, de hecho, con los tiempos y lugares, pero el origen siempre será el mismo: Cristo. La jerarquía eclesiástica (Obispo de Roma, demás obispos, presbíteros, diáconos), que ejerce la autoridad en la Iglesia, no es un invento de los hombres ni encargo de los hombres, sino un designio providencial de Dios y hay que vivirla en comunión con Dios y con los demás. b) La autoridad es además necesaria para mantener y consolidar la unidad y la comunión de fe y de vida en todos los miembros de la Iglesia. Lo es también para obtener mayor eficacia en el ministerio de la predicación, en el del culto divino y en el de guía espiritual de los hermanos, evitando cualquier manipulación del mensaje y del culto cristianos. Es necesaria para hacer presente a Cristo en medio de la comunidad por los sacramentos, porque con san Agustín podemos decir: cuando el sacerdote bautiza, es Cristo quien bautiza, y así con los demás sacramentos de la Iglesia.
El abuso de la autoridad. En la primera lectura se nos advierte sobre algunos abusos de los sacerdotes, encargados del culto en el templo; en el evangelio, sobre los de los fariseos, encargados de la educación y enseñanza del pueblo. ¿Cómo se podrían traducir hoy en día esos abusos señalados en la Escritura? He aquí, a modo de ejemplo, algunas traducciones: Sustituyen en la predicación, no raras veces, la Palabra de Dios por la psicología y la sociología; dan mal testimonio de vida a sus fieles; se muestran incoherentes entre lo que dicen y lo que luego hacen; son tal vez elitistas, trabajando con grupúsculos selectos, y dejando el resto a la deriva y sin atención religiosa; buscan la alabanza de los hombres y el ser tenidos por simpáticos e inteligentes, etc. La autoridad como servicio al hombre y al creyente. "El mayor de ustedes será el que sirva a los demás" (evangelio). Un servicio que nace del amor al prójimo, y un servicio que se ejercita desde el amor más sincero y auténtico. Por eso, es que amar y servir tienen que ir juntos y complementarse: ni amor sin servicio ni servicio sin amor. Las formas concretas del servicio de la autoridad, algunas ya están establecidas por la Iglesia, otras, Dios mismo nos las irá inspirando a lo largo de los días, con tal de que en nuestro corazón (especialmente en los sacerdotes) haya arraigado la actitud de donación y servicio
Sugerencias...
Sacerdocio, ministerio de servicio. Todos los textos de la liturgia de hoy se refieren a la posición del clero en el pueblo de Dios. En el evangelio se critica ante todo el ejemplo falso y pernicioso que dan los letrados y fariseos, que ciertamente enseñan la ley de Dios, pero no la cumplen, cargan sobre las espaldas de los hombres fardos pesados e insoportables, pero ellos no mueven un dedo para empujar, y su ambición y vanagloria les llevan a buscar los primeros puestos y los lugares de honor en todo tiempo y lugar. La Iglesia de Dios, por el contrario, es un pueblo de hermanos, una comunión en Dios, el único Padre y Señor, en Cristo, el único Maestro. Y cuando Jesús funda su Iglesia sobre Pedro y los demás apóstoles, y les confiere unos poderes (carisma) del todo extraordinarios, unos poderes que no todo el mundo tiene -como Jesús inculca constantemente y demuestra con su propio ejemplo (Lc 22,26-27)-, es para ponerlos al servicio de sus hermanos. El ministerio instituido por Cristo es por su más íntima esencia servicio, «servicio hasta el fin». Se puede decir que el clero es hoy más consciente de esto que en tiempos pretéritos (sin olvidar la brillante homilía de san Agustín), y que los reproches que se esgrimen contra él de servirse del ministerio para dominar proceden de un modelo nada cristiano. Pero también hoy hay algunos que acceden al ministerio sacerdotal con ansia de poder y codicia de mando, como los fariseos, como si el ministerio les garantizara una posición superior, privilegiada, algo que ciertamente no se corresponde ni con el evangelio ni con la conciencia de la mayoría del clero mostrada con gestos y palabras por el Papa Francisco.
El verdadero sacerdote. Pablo nos da -en la segunda lectura- una imagen ideal del ministerio cristiano; el apóstol trata a la comunidad que le ha sido confiada con tanto cariño y delicadeza como una madre cuida al hijo de sus entrañas, y se comporta en ella no como un funcionario, sino de una manera personal: hace participar a los hermanos en su vida, como hizo Cristo. Además, no quiere ser gravoso para la comunidad, su servicio no debe ser una carga material para ella, y por eso trabaja. Y su mayor alegría consiste en que la gente le reconozca realmente como un servidor: en que comprendan su predicación como una pura transmisión de la Palabra de Dios, «cual es en verdad», y no como la palabra de un hombre, aunque sea un santo. Él no quiere conseguir una mayor influencia en la comunidad, sino que únicamente busca que la Palabra de Dios «permanezca operante en ustedes los creyentes». También él será objeto de calumnias: será acusado de ambición, de presunción etc. Pero sabe que tales cosas forman parte de su servicio sacerdotal. «Nos difaman y respondemos con buenos modos; se diría que somos basura del mundo, desecho de la humanidad» (1 Co 4,13).

HOMILIA SOLEMNIDAD TODOS LOS SANTOS

TODOS LOS SANTOS, solemnidad. Miércoles (01de noviembre de 2017)
Primera: Apocalipsis 7, 2-4.9-14; Salmo: Sal 23, 1-6; Segunda: 1Juan 3, 1-3; Evangelio: Mateo 5, 1-12a
Nexo entre las LECTURAS
Todos los Santos es una fiesta cristiana-católica, expresión de la esperanza que nos habita: lo que Dios ha realizado en los santos esperamos lo realice en nosotros, confiados en su amor, y lo vivimos ya ahora: "Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos... seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es" (2. lectura). También el prefacio: "y alcancemos, como ellos, la corona de gloria que no se marchita" (prefacio I).
Las lecturas (también el prefacio) anuncian la dicha (vestiduras blancas, palmas, cantos de alabanza; seremos semejantes a Dios y le veremos tal cual es; dichosos, el Reino de los Cielos...) por los caminos del seguimiento realista de Jesús ("vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero"; "el mundo no nos conoce"; a los dichosos...). Si nos llenamos el corazón de júbilo, no nos apartamos de la lucha, y si nos invitan a mirar hacia el final de nuestra aventura, no dejan de decirnos que "ahora somos hijos de Dios" y hemos sido marcados con el sello del Dios vivo.
El camino de los hijos -que es el que desemboca en la gloria de la Jerusalén celestial- no es otro que el camino del Hijo: Él ha pasado por la gran tribulación, el mundo no lo ha conocido, ha sido perseguido y calumniado. "Nos ofreces el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión" (prefacio I). “Todos los Santos”: es una fiesta familiar: la de quienes han caminado con Jesús y ahora gozan con su dicha.
Reconocemos en ellos a María, Pedro, Esteban, Agustín, Francisco, Ignacio, José Gabriel... Hombres y mujeres de carne y hueso como nosotros, que han recorrido esta tierra como nosotros. Es como una carrera de relevos, como una procesión inmensa, la cabeza de la cual ya ha "entrado", mientras nosotros vamos caminando y otros empiezan a salir o ‘esperan’ su turno: "para que, animados por su presencia alentadora, luchemos sin desfallecer en la carrera y alcancemos, como ellos, la corona que no se marchita".
Temas... Sugerencias… (I)
La visión de la Apocalipsis. a) Podemos meditar brevemente las características de la visión de los últimos tiempos que nos ofrece el apóstol. Juan presenta al Ángel venido de Oriente, lugar de donde llega la salvación, que, llevando el sello de Dios, grita con voz potente a otros cuatro ángeles para que no dañen la tierra. Se trata de dar tiempo para que todos los "siervos de nuestro Dios reciban el sello sobre su frente". En realidad, se trata de una visión teológica del tiempo presente (Mensaje de la Virgen en Fátima). Del tiempo de la espera de Dios, del tiempo del perdón, del tiempo en el que es necesario extender el Reino de Cristo hasta los confines de la tierra (Jubileo de la Misericordia); es el tiempo para poner sobre la frente de los siervos de Dios el sello que los distingue. Así, nuestro tiempo terreno es el tiempo para evangelizar, para anunciar la buena nueva, para bautizar, para llamar a todos a la convocación de nuestro Dios y Señor (E. Gaudium). La vida de cada uno de nosotros tiene un tiempo determinado y cada uno de los momentos de la misma tiene un valor específico. Cada momento me propone un rasgo concreto de mi donación-entrega. A través de esos momentos voy construyendo mi porción en la historia de la salvación. Así, el tiempo terreno revela todo su valor: es la preparación de la liturgia celeste, de los coros angélicos y de los santos que alaban al Señor día y noche. Recorramos, pues, el tiempo presente con la alegría de los tiempos futuros.
b) Ciertamente el tiempo presente es considerado también como "la gran tribulación" (oración del Salve). Desde el inicio de su evangelio, el apóstol Juan nos presenta la venida del Hijo de Dios hecho hombre como el inicio de un combate decisivo entre las tinieblas y la luz (la luz brilla en las tinieblas). La vida terrena de Jesús es una vida de entrega a la voluntad del Padre para dar testimonio de la verdad. Él es una bandera de contradicción. Él será juzgado en los acontecimientos de la pasión por defender el amor y la verdad. Es la "gran tribulación". Sus discípulos no seguirán una senda diversa. También ellos serán juzgados y llevados a tribunales a causa del nombre de Jesús. Pero todos son purificados por la sangre del Cordero, la sangre de Cristo derramada en la cruz por nuestra redención (meditaciones de los EE de san Ignacio).
Es muy instructivo contemplar las escenas del cielo que nos ofrecen pintores como el Giotto en la Capilla de los Scrovegni en Padua, o de Giusto de' Menabuoi, o del Beato Angélico o el cuadro de San Juan Bosco. En ellas se distinguen, en orden jerárquico, todas las esferas de los santos que alaban a Dios. En primer lugar, María Santísima, reina de los santos; luego los apóstoles, los mártires, los confesores etc. En todos ellos se descubre la alegría, danzan, cantan, se felicitan. Parece que tocan con sus manos la luz que emana del cielo. En sus rostros hay paz, alegría, serenidad. Muchos de ellos tienen instrumentos y parece que entonan himnos y cánticos inspirados (Cf. Ef 5,19). Ciertamente son pinturas, pero nos ayudan a penetrar con la fe esa realidad que supera todo lo que podemos esperar y que llamamos CIELO, vida eterna, encuentro definitivo con Dios que es amor.
El amor con el que nos ha amado el Padre. a) El amor con el que Dios nos ama es una de las constantes en el pensamiento de san Juan. El apóstol hace memoria frecuentemente de este amor, para que los cristianos sientan el deseo de corresponder a tan grande amor... Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. (1 Jn 4, 16). Se trata, pues, de considerar el amor con el que el Padre nos ha amado, de forma que nos ha llamado Hijos de Dios y los somos en realidad. Por ello, el Verbo se encarnó, para manifestar el amor del Padre. En un mundo transido por conflictos sociales, políticos, económicos, hasta enfrentamientos por posiciones diferentes; un mundo en el que vemos sucederse genocidios y venganzas violentas; un mundo que se inicia temeroso y superficial el tercer milenio por el riesgo del terrorismo y la ruina de la civilización y el avance de las tecnologías y las ciencias; en un mundo así, parece especialmente importante la predicación del amor del Padre; la predicación del triunfo del bien sobre el mal; la predicación de la necesidad de amar porque Dios nos ha amado y nos ha enviado a su Hijo en rescate de todos. En un mensaje mundial de la paz, el 1 de enero de 2002, el san Juan Pablo II nos decía: "Ante estos estados de ánimo, la Iglesia desea dar testimonio de su esperanza, fundada en la convicción de que el mal, el mysterium iniquitatis (misterio del mal), no tiene la última palabra en los avatares humanos. La historia de la salvación descrita en la Sagrada Escritura proyecta una gran luz sobre toda la historia del mundo, mostrando que está siempre acompañada por la solicitud diligente y misericordiosa de Dios, que conoce el modo de llegar a los corazones más endurecidos y sacar también buenos frutos de un terreno árido y estéril".
b) Si nos preguntamos, pues, cuál es el camino de santidad que debe recorrer un cristiano, podemos responder: el camino de las bienaventuranzas. Allí encontramos como la "carta magna" del cristianismo. En las bienaventuranzas encontramos la respuesta a la pregunta ¿Cómo ser cristiano, discípulo-misionero? ¿Cómo serlo especialmente en este mundo tan conflictivo? El camino es de la pobreza de espíritu, de la mansedumbre, del sufrimiento tolerado por amor, el camino de la justicia y del perdón, el camino de la paz y concordia de corazones. ¡Qué tarea tan enorme y entusiasmante nos espera! ¡Que nada nos detenga en este camino de santidad, en este itinerario (peregrinación) del cielo! Ahora es el tiempo de la salvación, ahora es el tiempo del perdón, ahora es el tiempo de la evangelización, no dejemos nuestras manos estériles u ociosas ante tan grande y hermosa tarea… no dejemos que nos roben la esperanza (Papa Francisco).

Temas… Sugerencias... (II)
La doxología de una vida santa. "Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos": ésta es la doxología que resuena sin cesar en labios de los santos del cielo. Esta doxología la hemos de pronunciar aquí en la tierra, de manera particular, los cristianos mediante una vida santa. Una doxología con la que manifestamos nuestra felicidad y nuestro agradecimiento a Dios. Somos felices en medio del sufrimiento, y alabamos a Dios. Somos felices, aunque a los ojos de los hombres no nos vaya bien, porque intuimos en ello la sabiduría divina. Somos felices, viviendo en la pobreza y en la falta de poder, y agradecemos a Dios las muestras de su providencia sobre nosotros. Somos felices, por más que la enfermedad nos tenga postrados y hasta inutilizados, para que Dios sea glorificado en nuestra carne enferma y haga más patente el poder de su resurrección. Somos felices, porque estamos en paz con Dios y con nuestra conciencia, porque creemos en la victoria de la gracia sobre el pecado, porque buscamos únicamente la voluntad y la gloria de Dios. La falsa felicidad que vende el mundo al por mayor, pero que dura lo que la flor de un día, y que recibe nombres efímeros como diversión, pasatiempo, placer, alborozo, contento y otros semejantes, son sólo deseos de pasarla bien. La felicidad es la posesión y el amor de Dios, iniciado aquí en la tierra y que tendrá su culminación en el cielo. Esta doxología de una vida santa se puede cantar, aquí en la tierra, en cualquier parte: en la iglesia y en la casa, en la oficina y en el gimnasio, en la montaña y en la playa, en todas partes. Sólo hemos de tener en cuenta el consejo de san Agustín: "cantad con los labios, cantad con el corazón; cantad siempre, cantad bien".
Comunión con los santos del cielo. La Iglesia, con la fiesta de todos los santos, celebra a todos los difuntos que ya gozan definitivamente y para siempre del amor a Dios y del amor a los hombres y entre sí. Tenemos la certeza, por otra parte, de que si vivimos en la gracia y amistad con Dios ya somos santos aquí en la tierra. Existe por tanto una comunión de los santos. Es decir, los santos del cielo están unidos a nosotros, se interesan por nosotros, iluminan nuestra vida con la suya, interceden por nosotros ante Dios. Todos podrían decir, como Teresa de Lisieux: "Me pasaré en el cielo haciendo el bien a la tierra". Yo quiero, sin embargo, referirme especialmente a la comunión de los santos de la tierra con los santos de cielo. Son nuestros hermanos mayores, que nos han precedido en la llegada a la meta y que anhelan que toda la familia vuelva a reunirse en la eternidad. Son las estrellas de nuestro firmamento que nos iluminan en la noche, no con luz propia, sino con la que han recibido del Sol Invicto, que es Cristo. Son modelos, por así decir caseros, que nos acercan de alguna manera una virtud o un aspecto de la plenitud de perfección y santidad que es Jesucristo. ¿No habrá que renovar y vitalizar nuestra comunión con los santos del cielo? Hoy es un buen día para hacerlo.
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jueves, 19 de octubre de 2017

HOMILIA PARA EL Domingo vigesimonoveno del TIEMPO ORDINARIO cA (22 de octubre de 2017)

Domingo vigesimonoveno del TIEMPO ORDINARIO cA (22 de octubre de 2017)
Primera: Isaías 45, 1. 4-6; Salmo: Sal 95, 1. 3-5. 7-10ac; Segunda: 1Tesalónica 1, 1-5b; Evangelio: Mateo 22, 15-21
Nexo entre las LECTURAS
Dios es el Señor del mundo y de la historia. Ciro reina sobre el inmenso imperio persa (primera lectura), pero Dios reina sobre Ciro y lo constituye providencialmente su mediador en sus designios sobre la historia. A Dios lo que es de Dios, nos enseña el Evangelio, y a los reyes y césares lo que a ellos les pertenece. A Dios, el designio y el fin de la historia; a los hombres, la acción y la marcha de la historia hacia adelante. Sabemos que es la potencia de Dios y de su Espíritu, dice san Pablo, quén está misteriosamente presente en las vicisitudes de la trama histórica (segunda lectura).
Temas...
No hay dos historias, una profana y otra sagrada, sino una única historia: la de Dios y la de los hombres. Él la ha iniciado, la continúa en el tiempo y la terminará cuando Él tenga dispuesto. Los hombres estamos en la historia y la escribimos haciendo lo que Dios manda o no. Escribimos la historia en los acontecimientos diarios, en las vicisitudes entre los pueblos y las naciones, en los cambios políticos o sociales... y de manera providente, Dios, gobierna el mundo y la historia, asistiéndonos con su gracia en la entrega y en las cosas de cada día. En Él vivimos, nos movemos y existimos.
Necesitamos a Dios para empezar a ser y para continuar y para terminar. Para ver, en efecto, se requiere la ciencia de Dios, la sabiduría que escruta las profundidades del mismo Dios. Para ver, se piden también actitudes de oración y de esperanza, para que los hombres colaboren y se presten gozosos a realizar el designio divino. A veces puede parecer que la historia se escapa de sus manos, pero no es así. Dios lo permite en sus inescrutables designios, para hacernos ver que es un camino equivocado, para hacer ver cuál es el camino para construir la historia según Dios. En realidad, ni Dios está a merced de los hombres, ni los hombres son marionetas de Dios. ¡Esto es un gran misterio! Historias e Historia. Bajo el concepto general de historia se cobijan muchos objetos: la historia política, religiosa, económica, social, nacional, continental, universal...Todas y cada una de ellas son piezas con las que Dios y los hombres, vamos construyendo la única historia: la historia de la salvación, que se entrecruza con las demás historias y trata de infundir en ellas un hálito espiritual, sin identificarse con ninguna. Sí, porque Dios quiere que todos los hombres se salven.
Por eso, el poder de Dios y la presencia del Espíritu en los hombres y en sus acciones y proyectos, transforman las pequeñas historias en la historia por encima de cualquier forma histórica: la historia que desemboca en la eternidad, más allá de la historia. Los hombres viven la historia, Dios da significado a la misma, significado oculto en un libro sellado..."A César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios". No todo es del César, no todo es temporal, no todo es material, no todo es lo que perciben nuestros sentidos… Dios es el autor de todo y por eso rezamos “Creador de todo lo visible y de lo invisible”.
Sugerencias...
La providencia divina. La historia humana no marcha sin rumbo y a la deriva. El término de la historia y su destino están en manos de Dios. "Miren las aves del cielo; ni siembran ni siegan ni recogen en graneros, y sin embargo el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas?" (Mt 6,26). Hemos de estar ciertos y convencidos de esta acción providencial de Dios en la historia de la humanidad y en la pequeña historia de cada ser humano; ciertamente el hombre no es un títere, pero tampoco es el dueño de la historia, es simplemente su administrador y como tal ha de comportarse. Hemos de tener también el sentido de la providencia en todo, independientemente de sus características. Como Job, hemos de decir: "El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor! A pesar de todo lo sucedido, Job no pecó ni maldijo a Dios" (Job 1,21-22). No olvidemos nunca que todo lo que pasa y todo lo que nos pasa, es para el bien y la salvación del hombre y la Gloria de Dios.
Sentido de responsabilidad ante la historia de la salvación. No se es neutral en el plan de Dios, no quedamos eximidos de jugar un papel en la historia. O se construye o se destruye. O se junta o se desparrama. Recordemos que, a la hora final, habrá que rendir cuentas de la labor desempeñada, tanto en la historia personal cuanto en la historia de la comunidad en que hemos vivido.
La objeción: "Como Dios dirige todo para bien, el mal que yo haga no importa", es una objeción mezquina. El mal jamás dejará de ser mal ante nosotros y ante Dios, por más que Dios en su bondad y poder llegue a obtener bien del mal. Dios dirige la historia, pero no suple nuestra mezquindad y poquedad humana. El sentido de la providencia no disminuye, más bien aquilata la responsabilidad ante Dios, que se muestra con tanta liberalidad para con los hombres. Es necesario, en este tema, formar la conciencia de los cristianos en la rectitud y fidelidad, por eso es urgente repasar los mandamientos, las bienaventuranzas, las obras de misericordia… el catecismo para tener conciencia recta para conocer bien la voluntad de Dios; conciencia fiel para actuar en conformidad con la misma. Qué seamos santos como Dios es Santo, Misericordioso, Fiel.

martes, 10 de octubre de 2017

HOMILIA PARA EL Domingo vigesimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cA (15 de octubre de 2017)

Domingo vigesimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cA (15 de octubre de 2017)
Primera: Isaías 25, 6-10a; Salmo: Sal 22, 1-6; Segunda: Flp 4, 12-14. 19-20; Evangelio: Mateo 22, 1-10
Nexo entre las LECTURAS
Predomina en la liturgia de hoy la “transformación” (el “cambio”). Cambio, en primer lugar, de una suerte desgraciada, en que vivía el pueblo de Israel, a una de felicidad y gozo, simbolizada en el festín sobre el monte Sión, en el que participarán todas las naciones (primera lectura). Cambio de las tareas diarias y rutinarias, con que se condimenta de modo habitual la existencia, a la condición excepcional de invitados del rey al banquete de bodas de su hijo (evangelio). Quien así está dispuesto a dejarse cambiar por la acción misma de Dios, puede decir como san Pablo: "Todo lo puedo en aquel que me da fuerza" (segunda lectura).
Temas...
El hombre, por condición natural, es un ser en devenir, en constante transformación. Sin dejar de ser él mismo, se transforma su cuerpo y su espíritu por medio del ambiente en que se transcurre la existencia, de la educación que recibe, sobre todo en la infancia y juventud, en la familia (recemos por el Sínodo de la Iglesia Católica sobre los Jóvenes), de las circunstancias vitales que le rodean y dan un molde a su personalidad, de los acontecimientos históricos que inciden sobre su dinamismo espiritual. Pero no sólo es un sujeto pasivo, sometido a influencias externas, es también sujeto activo que con su acción y sus decisiones influye en las personas y en el ambiente que le rodea. Todo hombre, aunque el grado pueda variar, cambia y es cambiado, influye y es influido por las personas y las realidades de su alrededor. Lo importante es que todo vaya enderezado al bien, verdad, justicia y caridad del hombre y de la sociedad en comunión con Dios.
El cristiano también es un ser en devenir, en transformación permanente. Siendo idéntico en su fe a los orígenes del Evangelio y del cristianismo, se transforma al contacto con realidades nuevas que tendrá que leer a la luz del Evangelio, con culturas nuevas que implican la labor de injertar en ellas la fe cristiana, con situaciones y desafíos nuevos -pensemos en los mensajes del Papa que nos invita a mirar, de nuevo, con corazón universal-, que exigen una respuesta coherente con la fe y la moral cristianas. Esta transformación no es autónoma ni total, sino que tiene que ir al ritmo de Dios en la historia, y realizarse tanto cuanto el Espíritu Santo inspire a la Iglesia y a la propia conciencia. Es bien sabido que tanto la excesiva lentitud cuanto el aceleramiento imprudente en la acción transformadora termina mal y suelen hacer mucho daño a la comunidad de los creyentes.
Quien no acepta el juego entre la identidad y el cambio, entre la identidad y la adaptación, se anquilosa por excesiva inercia y falta de dinamismo en la fe, y termina sin entrar en el compromiso como balconeando la vida, nos decía el Papa en Brasil. Quienes rechazan el compromiso con el Evangelio de Jesucristo no entrarán en el banquete de bodas, eligen vivir al margen del plan de Dios en la historia.
Sugerencias...
El rey del evangelio es Dios Padre, que prepara un banquete para celebrar la boda de su Hijo. Esta comida es descrita en la primera lectura como un festín del tiempo mesiánico, porque a él están convidados no solamente Israel sino todos los pueblos. El velo del duelo que cubría a los paganos ha sido arrancado, han desaparecido todos los motivos de tristeza, incluso la muerte.
Preguntémonos primero qué tipo de comida prepara Dios Padre para su Hijo: un banquete de bodas; el Apocalipsis lo llama las bodas del Cordero (Ap 19,7; 21,9ss). El Cordero es el Hijo que, por su entrega perfecta, consuma no solamente como Esposo sino también en la Eucaristía su unión nupcial con la Iglesia-Esposa. El Padre es el anfitrión en la celebración eucarística: «Tengo preparado el banquete», y encarga a sus criados que digan a los invitados: «Vengan a la boda». En la plegaria eucarística, la Iglesia da las gracias al Padre por su don supremo y más precioso: el Hijo como pan y vino. Y el agradecimiento viene de la Iglesia, que precisamente mediante este banquete se convierte en Esposa. El Padre da lo más precioso, lo mejor que tiene, no tiene nada más; por eso el que menosprecia este don preciosísimo no puede ya esperar nada más: se juzga a sí mismo y se condena.
Formas de rechazar la invitación son el desprecio de la invitación a la boda y la participación indigna en ella. Mateo une estas dos formas de ser indigno del don supremo del Padre. a) La primera es la indiferencia: los invitados no se preocupan de la gracia que se les ofrece, tienen cosas más importantes que hacer, sus tareas terrestres son más urgentes. Pero Dios, que ha pactado una alianza de gracia con el hombre, no puede permitir semejante desprecio de su invitación. Al igual que Jeremías tuvo que anunciar en la Antigua Alianza el fin de Jerusalén, así también el evangelista predice aquí el fin definitivo de la ciudad santa: los romanos «prendieron fuego» a la ciudad. b) La segunda forma de indignidad es, contrariamente a la indiferencia de los invitados, la indiferencia totalmente distinta del hombre que entra en la fiesta, en la celebración eucarística, como si entrara en un bar. ¿Para qué molestarse en llevar traje de fiesta?: el rey debería estar contento de que yo venga, de que todavía participe, de que me tome la molestia de salir de mi banco para meterme en la boca el trocito de pan. A éste ciertamente se le pedirán cuentas: ¿No te das cuenta de que estás participando en la fiesta suprema del rey del mundo y comiendo el más exquisito de los manjares, un manjar que sólo Dios puede ofrecer? «El otro no abrió la boca». Quizá sólo después de su expulsión del banquete se dé cuenta de lo que ha despreciado con su grosería.
Dios nos da dones inmensos. Pero nos los da en el fondo para que aprendamos de Él a dar sin ser tacaños y calculadores. Pablo se alegra en la segunda lectura de que su comunidad lo haya comprendido. Se regocija no tanto por los dones que él ha recibido de ella cuanto porque la comunidad ha aprendido a dar. En este nuestro dar de todo aquello que nos ha sido regalado por el rey, se cumple plenamente el sentido de la Eucaristía. Ciertamente jamás podremos agradecer bastante a Dios los dones con que nos colma, pero la mejor forma de agradecérselo, la que a Él más le gusta y alegra, es que aprendamos algo de su espíritu de entrega: que lo comprendamos y que lo pongamos en práctica.

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...