lunes, 4 de diciembre de 2017

Solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre de 2017)




Primera: Génesis 3, 9-15.20; Salmo: Sal 97, 1. 2-3b. 3c-4; Segunda: Éfeso 1, 3-6. 11-12;  Evangelio: Lucas 1, 26-38

Nexo entre las LECTURAS
Las palabras del ángel a la Virgen María: "¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo" nos dan el sentido profundo de la solemnidad que hoy celebramos. El ángel se dirige a María como si su nombre fuese precisamente "la llena de gracia"(Evangelio). A lo largo de los siglos la Iglesia ha tomado conciencia de que María -"llena de gracia"- había sido redimida por Dios desde su concepción. Se trata de un singular don concedido a María para que pudiese dar el libre asentimiento de su fe al anuncio de su vocación. Era necesario que ella estuviese totalmente habitada por la gracia de Dios para responder adecuadamente al plan de Dios sobre ella (Prefacio). El Padre eligió a María "antes de la creación del mundo para que fuera santa e inmaculada en su presencia en el amor" (Cfr. Ef 1,4). El así llamado "protoevangelio" del libro del Génesis, por su parte, hace presente la promesa de un redentor: pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo, éste te aplastará la cabeza y tú le morderás el calcañal (1 Lectura). En la carta a los Efesios (2 Lectura) san Pablo indica cómo el Padre nos ha elegido desde la eternidad en Cristo para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor. El primer fruto excelente de este plan salvífico es María, quien, en previsión de los méritos de Cristo, fue preservada de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción.

Temas...
La eterna voluntad salvífica de Dios. "Pongo enemistad entre ti y la mujer entre su linaje y el tuyo..." (Ge. 3, 15) estas palabras pronunciadas en el prólogo de la humanidad una vez que el hombre había cometido el pecado, anuncian la eterna voluntad salvífica de Dios. La transgresión de nuestros primeros padres había provocado el desquiciamiento de la familia humana. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios sufre una herida de incalculables consecuencias. Por eso, siente miedo, experimenta la desnudez y el desamparo, su concepto de Dios se obscurece y corre a esconderse lejos de su mirada. Las palabras de Yahveh Dios: "¿Dónde estás?" ponen de manifiesto su dramática condición. El hombre es expulsado del Paraíso y al mismo tiempo recibe la promesa de un redentor.
Así, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rom 5). En su eterno plan, Dios había creado al hombre por sobreabundancia de amor y lo había elegido para ser santo e inmaculado en su presencia (Ef 1, 3-6) lo había colocado entre excelsos bienes. El pecado, sin embargo, introduce la desobediencia, el desorden y la pérdida de la armonía original, la armonía del "principio", pero no cancela el plan amoroso de Dios. Había que rescatar al hombre también por sobreabundancia de amor. Si se busca, por tanto, la razón de la presencia de Dios entre los hombres y la razón de la Encarnación, ahí la tienes: el amor por el hombre. "El Señor se enamoró de su creatura" y el Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre (San Ireneo haer. 3,20,2; cf. por ejemplo 17,1; 4,12,4; 21,3). El Pastor se ha hecho oveja (San Gregorio de Nisa). Cristo ha venido a la tierra para tomar de la mano al hombre y presentarlo nuevamente al Padre según la gracia del principio.
María Inmaculada. En este ‘extraordinario’ plan de salvación aparece María, como la primicia de la salvación, como la estrella de la mañana que anuncia a Cristo, "sol de justicia" (Cf. Mal 3,20), como la primera creatura surgida del amor redentor de Cristo, como aquella que ha sido redimida de modo eminente por Dios en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano. En un mundo inundado por el pecado, la Gracia divina ha querido ‘hacer’ surgir una creatura absolutamente pura y le ha conferido una perfección sin la más mínima sombra de pecado. El plan del Padre que quería enviar a su Hijo a la humanidad exigía (Prefacio) para la mujer destinada a llevarlo en su seno, una perfecta santidad que fuese reflejo de la santidad plena. Ella que no conoció el pecado, está -misteriosamente- en el centro de esta enemistad entre el demonio y la estirpe humana redimida por Jesucristo, la estirpe de los hijos de Dios, ayudándonos a todos a llegar a Dios. Ella aparece en medio de esta singular batalla como la aurora que anuncia la victoria definitiva de la luz sobre la obscuridad (Mensaje de Fátima). Ella va al frente de ese grande peregrinar de la Iglesia hacia la casa del Padre. En medio de las tempestades que por todas partes nos apremian, ella no abandona a los hombres que peregrinan en el claro oscuro de la fe (oración del Salve). Ella es signo de segura esperanza y ardiente caridad.
Me parece importante señalar que la preservación del pecado en María es obra sólo de la gracia, pues no había en María mérito alguno: la santidad concedida a María es solamente el fruto de la obra redentora de Cristo.
El pecado original y la lucha ascética -una unión más perfecta con Dios-. Sabemos que el pecado original, aunque es cancelado por el bautismo, normalmente deja en el interior del hombre un desorden que tiene que ser superado, deja una propensión hacia el pecado, que tiene que ser vencida con la gracia y con el esfuerzo humano (Cf. Conc. Trid. Decretum De iustificatione cap. 10). El hombre se da cuenta de que, en su interior, por ser creatura herida por el pecado, se combaten dos fuerzas antagónicas: el bien y el mal. No todo aquello que nace espontáneamente en el interior del hombre, es bueno por sí mismo. Se requiere un sano y serio discernimiento de los propios pensamientos e intenciones para elegir, a la luz de Dios y de su palabra, aquello que es bueno y santo. Aquello que es verdadero no siempre lo hacemos, pues es mandato de Dios ‘hacer la verdad en el amor’. En consecuencia, la vida humana y cristiana se revela como una "lucha" contra el mal (Cf. Gaudium et spes 13,15). Una lucha en la que Dios está de parte del hombre y en la que el hombre debe elegir libremente la voluntad de Dios. El cristiano, pues, tiene la misión de entablar este combate contra el pecado en sí mismo, pero al mismo tiempo debe combatir para que los demás no caigan en el pecado. Debe luchar (hacer sacrificios espirituales agradables al Padre) para que la buena noticia de la salvación en Jesucristo llegue a todos los hombres. El cristiano, así, se encuentra con María y le implora ayuda para vivir fielmente y en gracia el lugar que le corresponde en la historia de la salvación. Con nuestra vida y con nuestra muerte debemos dar testimonio de que la salvación está presente en Cristo Jesús, Camino, Verdad y Vida, y que el amor de Dios es más fuerte que todo pecado.
Sugerencias...
El cultivo de la vida de gracia. Al contemplar a María Inmaculada apreciamos la belleza sin par de la creatura sin pecado: "Toda hermosa eres María". La Gracia concedida a María inaugura todo el régimen de Gracia que animará a la humanidad hasta el fin de los tiempos. Al contemplar a María experimentamos al mismo tiempo la invitación de Dios para que, aunque heridos por el pecado original, vivamos en gracia, luchemos contra el pecado, contra el demonio y sus acechanzas. Los hombres tenemos necesidad de Dios, tenemos necesidad de vivir en gracia de Dios para ser realmente felices, para poder realizarnos como personas y ser verdaderamente humanos y solo se alcanza si somos cristianos (Papa Francisco). Y la gracia la tenemos en Cristo. En el misterio de la Redención el hombre es "confirmado" y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Somos creados de nuevo! ... El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo -no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes- debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo (san Juan Pablo II; Redemptor Hominis 10). Para vivir en gracia es necesario: orar y vigilar. La oración nos da la fuerza que viene de Dios. La vigilancia rechaza los ataques del enemigo. Vigilemos atentamente para rechazar las tentaciones que nos ofrece el mundo: el placer desordenado, el poder y la negación del servicio, la avaricia, el desenfreno sexual, las pasiones… Por el contrario, formemos una conciencia que busque, en todo, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo en Dios.
Nuestra participación en la obra de la redención. La peregrinación que nos corresponde vivir al inicio de este Año Litúrgico tiene mucho de peregrinación ascendente y de combate apostólico y de conquistas para la casa de Dios que es la Iglesia y el Mundo. Aquella enemistad anunciada en el protoevangelio sigue siendo hoy en día una dramática realidad, se trata de una especie de combate del espíritu, pues las fuerzas del mal se oponen al avance del Reino de Dios. Vemos que, por desgracia, sigue habiendo guerras, muertes, crímenes, olvido de los más pobres, débiles y sufrientes. Más aún, advertimos amenazas, en otro tiempo desconocidas, para el género humano: la manipulación genética, la corrupción del lenguaje, la amenaza de una destrucción total, el eclipse de la razón ante temas fundamentales como son la familia, la defensa de la vida desde su concepción hasta su término natural, el relativismo y el nihilismo que conducen a la pérdida total de los valores (beato Papa Pablo VI). Nuestro peregrinar cristiano por esta tierra, más que el paseo del curioso transeúnte tiene rasgos del hombre que conquista terreno para su ‘bandera’ (cfr.: Santo Cura Brochero). Nuestro peregrinar es un amor que no puede estar sin obrar por amor de Jesucristo, el Jefe supremo (San Ignacio de Loyola). Es anticipar la llegada del Reino de Dios por la caridad. Es avanzar dejando a las espaldas surcos regados de semilla. No nos cansemos de sembrar el bien en el puesto que la providencia nos ha asignado, no desertemos de nuestro puesto, que las futuras generaciones tienen necesidad de la semilla que hoy esparcimos por los campos de la Iglesia. Santa Teresa de Jesús que experimentó también la llamada de Dios para tomar parte en el singular combate del bien contra el mal, nos dejó en una de sus poesías una valiosa indicación de cómo el amor, cuando es verdadero, no puede estar sin actuar, sin entregarse, sin luchar por el ser querido.
María Inmaculada, ruega por nosotros y por el mundo entero.

viernes, 1 de diciembre de 2017

MONSEÑOR JOSE PEDRO POZZI SDB

Si hoy volviera atras en mis recuerdos, se me viene la imagen de aquel dìa 16 de octubre de 1993, donde celebrábamos como Iglesia, tu llegada... era multitudinaria la cantidad de fieles que te esperaba. Hoy han pasado varios años y muchos momentos compartidos... doy gracias a Dios por haberme elegido para servirte, para acompañarte. Doy gracias a Dios por cada consejo, cada  escucha, gracias porque siempre prestaste oído a mis rebeldías, enojos y momentos de dolor. Gracias por el regalo de tu amistad que me hacia sentir parte de tu vida. Gracias, porque aunque sè que te enfadaba mi impuntualidad, sé que siempre me esperabas... para compartir esos ratitos  donde muchas veces tratábamos de cambiar la Iglesia, la congregación, la vida. jaja siempre volvíamos a lo mismo.. y principal..SOLO LA ORACION, SOLO LA ORACION nos va a ayudar.
.  Gracias por ser cómplice de las escapaditas a comer a la PYCAR, gracias por cada chocolate,comido con gusto, gracias por tus reniegos y consejos. Gracias Viejo querido, te extraño, sé que intercedes por todos desde el cielo y que solo te adelantaste. anda preparando un lugar ante el Señor para volver a encontrarnos.  Vive en el Señor querido Josè Pedro.silvina

martes, 28 de noviembre de 2017

HOMILIA 2 Primer Domingo de ADVIENTO cB (03 de diciembre 2017)

Primer Domingo de ADVIENTO cB (03 de diciembre 2017)
Primera: Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2-7; Salmo: Sal 79, 2ac. 3b. 15-16. 18-19; Segunda: 1Corintios 1, 3-9; Evangelio: Marcos 13, 33-37
Nexo entre las LECTURAS
Actitud vigilante entre la espera y la esperanza: aquí está el tema de las lecturas. El evangelio repite por tres veces: "estén prevenidos", porque no saben cuándo llegará el momento, cuándo llegará el dueño de la casa. En la primera carta a los corintios, Pablo habla de esperar la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que "los mantendrá firmes hasta el fin". La bellísima invocación a Dios del llamado ‘tercer’ Isaías (primera lectura) expresa el deseo de que el Señor irrumpa con su poder en la historia, como si se tratase de un nuevo Éxodo, recordando que "Tú, Señor, eres nuestro padre… y Tú, nuestro alfarero".
Temas...
El día del Señor. En el adviento la tradición de la Iglesia ha unido dos venidas: la del Verbo en la debilidad de la carne, que celebramos en Navidad, y la del Señor en la majestad de su gloria, que pertenece, en cuanto al tiempo y al modo de realizarse, al misterio escondido en el Padre. Entre ambas hay un hilo de continuidad: la venida histórica de Jesús preanuncia y anticipa en cierto modo su venida última, al final de la historia; quien sale con gozo al encuentro de Jesús en el misterio de su nacimiento, no tiene motivo para temer o desesperar del encuentro definitivo con Cristo glorioso, Señor del universo y de la historia. Para el fiel cristiano, el día del Señor no tiene que estar revestido de escenas y miedos atenazadores, paralizantes, ni deslumbrantes. Con san Pablo, el cristiano está seguro de que "el Señor nos mantendrá firmes hasta el fin, para que nadie tenga de qué acusarnos en el día de nuestro Señor Jesucristo" (segunda lectura). El día del Señor nos llama a la responsabilidad de cara al misterio infinito de la encarnación y de la redención.
Certeza e ignorancia. La revelación de Dios nos habla de la certeza de la última venida de Jesús, al final de los tiempos. Entonces no tenemos duda, ¡vendrá! Dios nos ha dejado en oscuridad respecto al tiempo y a la manera en que tendrá lugar la parusía. Dios no se revela para satisfacer nuestra curiosidad ni para arrancar de nuestra alma la saludable esperanza… se revela para nuestro bien y para nuestra salvación. La ignorancia sobre el cuándo y el cómo nos mantiene en estado de alerta y vigilancia, es lo que Jesús nos dice en el Evangelio.
Abandono en las manos del Padre. Junto a esta actitud evangélica, el texto de Isaías nos propone la actitud de abandono filial, pues Dios es nuestro padre y libertador, nuestro alfarero y nosotros somos su arcilla. Una actitud que se obtiene y configura de manera especial en la plegaria. Este espíritu filial hace gritar al profeta con envidiable confianza: "¡Ojalá rasgases el cielo y bajases”! Cinco siglos después el deseo se convertiría en realidad con la Encarnación del Verbo. Cuando en los designios de Dios esté determinado, el cielo volverá de nuevo a rasgarse y aparecerá el Hijo del hombre para juzgar a vivos y muertos y para establecer definitivamente su reinado de justicia, de amor y de paz (Liturgia del Domingo pasado).
Sugerencias...
¡VigilanciaLlega la Navidad. En nuestra sociedad corremos el peligro de "pasar bien" la Navidad, como se pasan bien las vacaciones o un día de fiesta nacional. Es decir, vamos quizá a la Misa, porque "tradición obliga", adornamos nuestra casa con un arbolito de luces y un belén, festejamos en familia con un buen banquete, vemos en televisión algún programa relativo a las fiestas navideñas, hacemos hermosos regalos a nuestros amigos y seres queridos y recibimos regalos de ellos, reavivamos los lazos familiares en torno al hogar...¡todas ellas, cosas buenas! Pero la sustancia de la Navidad, el misterio más sublime de la historia: Dios entre nosotros, Enmanuel, se nos escapa como agua entre los dedos de las manos o se diluye como el humo en nuestra mente superficial y poco propensa a la meditación profunda de las cosas que realmente valen la pena. Hoy la liturgia nos dice: ¡Atentos! Vigilen para no perder la ocasión de meditar en algo importante, de valorar debidamente el misterio que vamos a celebrar.
¡VigilanciaSomos pecadores. No sabemos ni el día ni la hora en que vendrá el Señor al término de la historia, pero sí conocemos su venida en Belén. No vivamos no ocupados y ajenos del todo al Niño divino de Belén y al Señor de la gloria. Somos pecadores y por eso llevamos en nosotros la herencia al pecado y la posibilidad de atender al llamado de Dios. No dejemos de vigilar y que la llegada del Señor nos encuentre preparados, engalanados con el vestido adecuado para entrar en la boda. Somos pecadores: y la Navidad nos recuerda que el Hijo de Dios se ha hecho hombre para redimir al hombre de la esclavitud del pecado ¡Recordemos! ¡Vigilemos! Que la venida histórica de Dios entre los hombres reavive nuestra conciencia y nuestra necesidad de salvación. La Navidad no es sólo tiempo para sentimientos de ternura, de intimidad, de fiesta; lo es también para despertar del letargo nuestra conciencia y "hacer nacer" a Dios en nuestro corazón.
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HOMILÍA 1 Primer Domingo de ADVIENTO cB (03 de diciembre 2017)

Primer Domingo de ADVIENTO cB (03 de diciembre 2017)
Primera: Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2-7; Salmo: Sal 79, 2ac. 3b. 15-16. 18-19; Segunda: 1Corintios 1, 3-9; Evangelio: Marcos 13, 33-37
Nexo entre las LECTURAS
Actitud vigilante entre la espera y la esperanza: aquí está el tema de las lecturas. El evangelio repite por tres veces: "estén prevenidos", porque no saben cuándo llegará el momento, cuándo llegará el dueño de la casa. En la primera carta a los corintios, Pablo habla de esperar la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que "los mantendrá firmes hasta el fin". La bellísima invocación a Dios del llamado ‘tercer’ Isaías (primera lectura) expresa el deseo de que el Señor irrumpa con su poder en la historia, como si se tratase de un nuevo Éxodo, recordando que "Tú, Señor, eres nuestro padre… y Tú, nuestro alfarero".
Temas...
El día del Señor. En el adviento la tradición de la Iglesia ha unido dos venidas: la del Verbo en la debilidad de la carne, que celebramos en Navidad, y la del Señor en la majestad de su gloria, que pertenece, en cuanto al tiempo y al modo de realizarse, al misterio escondido en el Padre. Entre ambas hay un hilo de continuidad: la venida histórica de Jesús preanuncia y anticipa en cierto modo su venida última, al final de la historia; quien sale con gozo al encuentro de Jesús en el misterio de su nacimiento, no tiene motivo para temer o desesperar del encuentro definitivo con Cristo glorioso, Señor del universo y de la historia. Para el fiel cristiano, el día del Señor no tiene que estar revestido de escenas y miedos atenazadores, paralizantes, ni deslumbrantes. Con san Pablo, el cristiano está seguro de que "el Señor nos mantendrá firmes hasta el fin, para que nadie tenga de qué acusarnos en el día de nuestro Señor Jesucristo" (segunda lectura). El día del Señor nos llama a la responsabilidad de cara al misterio infinito de la encarnación y de la redención.
Certeza e ignorancia. La revelación de Dios nos habla de la certeza de la última venida de Jesús, al final de los tiempos. Entonces no tenemos duda, ¡vendrá! Dios nos ha dejado en oscuridad respecto al tiempo y a la manera en que tendrá lugar la parusía. Dios no se revela para satisfacer nuestra curiosidad ni para arrancar de nuestra alma la saludable esperanza… se revela para nuestro bien y para nuestra salvación. La ignorancia sobre el cuándo y el cómo nos mantiene en estado de alerta y vigilancia, es lo que Jesús nos dice en el Evangelio.
Abandono en las manos del Padre. Junto a esta actitud evangélica, el texto de Isaías nos propone la actitud de abandono filial, pues Dios es nuestro padre y libertador, nuestro alfarero y nosotros somos su arcilla. Una actitud que se obtiene y configura de manera especial en la plegaria. Este espíritu filial hace gritar al profeta con envidiable confianza: "¡Ojalá rasgases el cielo y bajases”! Cinco siglos después el deseo se convertiría en realidad con la Encarnación del Verbo. Cuando en los designios de Dios esté determinado, el cielo volverá de nuevo a rasgarse y aparecerá el Hijo del hombre para juzgar a vivos y muertos y para establecer definitivamente su reinado de justicia, de amor y de paz (Liturgia del Domingo pasado).
Sugerencias...
¡VigilanciaLlega la Navidad. En nuestra sociedad corremos el peligro de "pasar bien" la Navidad, como se pasan bien las vacaciones o un día de fiesta nacional. Es decir, vamos quizá a la Misa, porque "tradición obliga", adornamos nuestra casa con un arbolito de luces y un belén, festejamos en familia con un buen banquete, vemos en televisión algún programa relativo a las fiestas navideñas, hacemos hermosos regalos a nuestros amigos y seres queridos y recibimos regalos de ellos, reavivamos los lazos familiares en torno al hogar...¡todas ellas, cosas buenas! Pero la sustancia de la Navidad, el misterio más sublime de la historia: Dios entre nosotros, Enmanuel, se nos escapa como agua entre los dedos de las manos o se diluye como el humo en nuestra mente superficial y poco propensa a la meditación profunda de las cosas que realmente valen la pena. Hoy la liturgia nos dice: ¡Atentos! Vigilen para no perder la ocasión de meditar en algo importante, de valorar debidamente el misterio que vamos a celebrar.
¡VigilanciaSomos pecadores. No sabemos ni el día ni la hora en que vendrá el Señor al término de la historia, pero sí conocemos su venida en Belén. No vivamos no ocupados y ajenos del todo al Niño divino de Belén y al Señor de la gloria. Somos pecadores y por eso llevamos en nosotros la herencia al pecado y la posibilidad de atender al llamado de Dios. No dejemos de vigilar y que la llegada del Señor nos encuentre preparados, engalanados con el vestido adecuado para entrar en la boda. Somos pecadores: y la Navidad nos recuerda que el Hijo de Dios se ha hecho hombre para redimir al hombre de la esclavitud del pecado ¡Recordemos! ¡Vigilemos! Que la venida histórica de Dios entre los hombres reavive nuestra conciencia y nuestra necesidad de salvación. La Navidad no es sólo tiempo para sentimientos de ternura, de intimidad, de fiesta; lo es también para despertar del letargo nuestra conciencia y "hacer nacer" a Dios en nuestro corazón.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

CRISTO REY DE REYES


HOMILIA II Último domingo del tiempo «durante el año». JESUCRISTO, REY UNIVERSAL, Solemnidad. cA (26 de noviembre 2017)



Último domingo del tiempo «durante el año». JESUCRISTO, REY UNIVERSAL, Solemnidad. cA (26 de noviembre 2017)
Primera: Ezequiel 34, 11-12. 15-17; Salmo: Sal 22, 1-3. 5-6; Segunda: 1 Corintios 15, 20-26. 28; Evangelio: Mateo 25, 31-46
Nexo entre las LECTURAS… Temas… Sugerencias…
La Iglesia, después de haber conmemorado en el curso del año litúrgico los misterios de la vida de Cristo a través de los cuales se cumple la obra de la salvación, en el último Domingo dei año se recoge en torno a su Señor para celebrar su triunfo final. Cuando vuelva como Rey glorioso a recoger los frutos de su redención. Este es en síntesis el significado de la solemnidad de hoy.
La Liturgia de la Palabra presenta hoy tres aspectos particulares de la realeza de Cristo. La segunda lectura (1 Cr 15, 20-26a. 28) pone en evidencia su poder soberano sobre el pecado y sobre la muerte. Cristo muerto y resucitado para la salvación de la humanidad es la «primicia» de los que, habiendo creído en él, resucitarán un día a la vida eterna. En efecto, «si por Adán murieron todos» a causa del pecado, por Cristo todos volverán a la vida» (lb 22) gracias a su resurrección. La victoria sobre la muerte -último enemigo de Cristo- coronará la obra de salvación: y al fin de los tiempos, cuando los muertos resuciten, Cristo podrá entregar al Padre el reino conquistado por Él, reino de resucitados que cantarán eternamente las alabanzas del Dios de la vida. Así toda la creación que el Padre sometió al Hijo para que la librase del pecado y de la muerte, ya completamente redimida y renovada, será sometida y devuelta por el mismo Hijo al Padre, «y así Dios lo será todo en todos» (lb 28) y será glorificado eternamente por toda criatura.
La primera lectura (Ez 34, 11-12. 15-17) subraya por su parte el amor de Cristo Rey. Vino a la tierra a establecer el Reino del Padre no con la fuerza del conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro. Como un pastor sigue el rastro de su rebaño cuando se encuentran las ovejas dispersas, así seguiré yo el rastro de mis ovejas» (ib. 11-12). Cristo fue el buen pastor por excelencia, solicito en guardar, apacentar, defender y salvar el rebaño que el Padre le confió. Y como los hombres estaban dispersos y alejados de Dios y de su amor, Él los buscó, como busca el pastor las ovejas descarriadas, y los curó, como venda el pastor las ovejas heridas y cura las enfermas (ib. 16). Además, para devolverlos al amor del Padre, dio su vida. Después de una entrega tal, bien puede Cristo decir, mirando su rebaño: «Yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre cabra y macho cabrío» (ib 17). Cristo Rey-Pastor será un día Rey-Juez.
Es éste el tercer aspecto de su realeza, el juicio, desarrollado ampliamente en el Evangelio (Mt 25, 31-46). «Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre y todos los ángeles con Él, serán reunidas ante Él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de los cabritos» (ib. 31-33). El Hijo del hombre, que vino en humildad y sufrimiento a salvar el rebaño que el Padre le confió (pesebre en Belén), volverá Rey glorioso al final de los tiempos a juzgar a los que fueron objeto de su amor. ¿Sobre qué los juzgará? Sobre el amor; porque el amor es la síntesis de su mensaje, el móvil y fin de toda su obra de salvación. El que no ama se excluye voluntariamente del reino de Cristo y el último día verá confirmada para siempre esa exclusión. El juicio sobre el amor será muy concreto (podemos tener en cuenta el mensaje del Papa para la primera jornada mundial del pobre); no versará sobre palabras sino sobre hechos: «Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber...» (ib. 35). Aunque Rey glorioso, Jesús no olvida que se ha hecho nuestro hermano y premia como hechos a Él los más humildes actos de caridad-misericordia realizados con el más pequeño de los hombres: «reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo» (ib. 34). El amor, síntesis del cristianismo -y de la humanidad-, es la condición para ser admitidos al reino de Cristo que es reino de amor. El que ama no tendrá nada que temer del juicio de Cristo Rey de Amor.

HOMILIA 1 Último domingo del tiempo «durante el año». JESUCRISTO, REY UNIVERSAL, Solemnidad. cA (26 de noviembre 2017)

Último domingo del tiempo «durante el año». JESUCRISTO, REY UNIVERSAL, Solemnidad. cA (26 de noviembre 2017)
Primera: Ezequiel 34, 11-12. 15-17; Salmo: Sal 22, 1-3. 5-6; Segunda: 1 Corintios 15, 20-26. 28; Evangelio: Mt 25, 31-46
Nexo entre las LECTURAS...
Jesucristo, rey-pastor y juez de la historia y del universo: éste es el gran final del ciclo litúrgico y de la historia de la salvación que hemos recorrido a lo largo del mismo. Rey, Pastor y juez de todas las naciones y de todos y cada uno de los individuos (evangelio). Rey-pastor preanunciado por el profeta Ezequiel, en sustitución de los malos reyes, que usufructuaban abusivamente del rebaño (primera lectura). Rey, que habiendo sometido a sí todo, entregará el reino a su Padre para que Dios sea todo en todos (segunda lectura).
Temas...
La consumación del Reino, en el designio de Dios. No sabemos cuándo el reino universal de Dios llegará a su término histórico y último, pero creemos con seguridad y certeza de que tendrá lugar. Cristo, al final de los tiempos, dará consumación a su realeza. La consumación del Reino tendrá lugar con la consumación de la historia y el fin universal, con lo que Dios constituirá, en sus providenciales designios y con su poder infinito, unos cielos nuevos y una tierra nueva en que habite la justicia. Cristo rey y juez, en su juicio, reconocerá y aceptará el buen o mal uso que el hombre hizo de la libertad, por la que se obedeció amorosamente a su reino o por la que se rebeló contra él y se puso al servicio del tentador. En el reino de Dios, el hombre ya no tendrá que preocuparse por la comida y la bebida, como en este mundo, sino que será un reino de verdad y de gracia, de justicia, de amor y de paz. Un reino edificado libremente por los hombres, sostenidos con la ayuda de la gracia, y agradecidos a nuestro rey y señor.
Ante este misterio de nuestra fe se pueden adoptar actitudes diversas. Hay quienes toman una actitud de duda: "demasiado hermoso para ser verdad", suelen decir. O de despreocupación, pues son muchas las cosas en que ocuparse en la tierra para estar pensando en algo "desconocido" y ahora fuera de nuestro alcance. Y están también quienes consideran eso de Cristo rey y juez, eso de juicio final, como algo "mítico", ya superado y pasado de moda. ¿No es verdad que esas actitudes no cristianas pueden darse entre los mismos cristianos? A veces hay cristianos paganos (cfr.: Francisco, papa) ¿Qué pasa con la fe cristiana en el juicio, en el infierno, en el purgatorio, en el cielo? ¡Momento importante esta fiesta de Cristo Rey para quitar el polvo a estas verdades ‘tan antiguas’ y siempre tan originales y llenas de sorpresas! La actitud y la fe cristianas nos vienen enseñadas en la segunda lectura: "Después tendrá lugar el fin, cuando, destruido todo principado, toda potestad y todo poder, Cristo entregue el reino a Dios Padre" y en el evangelio: realizar obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, porque el rey-juez-pastor nos juzgará por nuestro amor al prójimo motivado por nuestro amor a Dios.
Sugerencias...
El cristiano tiene que personalizar la fe, encarnarla en su propia vida, pero ha de personalizar y encarnar la fe de la Iglesia, tal como se nos presenta en el Credo, en los sacramentos, en los mandamientos y en el padrenuestro, como oración del creyente (el Papa Francisco en la catequesis del miércoles 19.11). No es correcto "fabricar" la propia fe, perdiéndose la unidad de los cristianos, unidad de fe y de costumbres. El reino y el reinado de Cristo, ya aquí en la historia, y luego en el ámbito de la eternidad, es algo objetivo, que no está a merced de lo que piense cada cual. Está claro que la eternidad no es un invento, una hija de la imaginación o de la creatividad humanas, tiene la objetividad austera, pero firme y segura, de la fe.
El reino y reinado de Dios es también una realidad temporal e histórica. Dios reina en el cosmos, en cuanto éste ha sido creado al servicio de un designio divino en favor del hombre. Dios reina, de modo muy especial, en la Iglesia, aunque ciertamente no sólo en ella. Reina en los hombres, cuando en ellos reina la verdad, la justicia, la inocencia, la solidaridad, la santidad de vida... Es importante que nosotros, cristianos, reconozcamos, promovamos el reinado de Cristo en la humanidad, en la Iglesia, en el cosmos. Estamos todos invitados por el mismo Cristo a trabajar por extender y dilatar las fronteras internas (las existentes en el interior de cada hombre) y externas (la extensión espacial y temporal) del reino. Puede ser provechoso para los cristianos celebrar con gran solemnidad esta fiesta última del ciclo litúrgico: mediante una buena preparación para que la gente participe y viva la fiesta con más conciencia e intensidad de fe, mediante la memoria de tantos hombres y mujeres que murieron, por ejemplo en México, gritando: "¡Viva Cristo Rey!", mediante un mejor conocimiento de que el reino de Cristo es un reino de amor, de justicia y de paz.

martes, 21 de noviembre de 2017

Rezar algún misterio de gozo.

MEDITACIÓN SOBRE LA PRESENTACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN
I. Desde los tres años de edad, es decir, lo más pronto que puede, María se consagra al servicio del Señor. Sus padres la ofrecen con gusto a Aquél que se las había concedido accediendo a sus plegarias. ¡Dichosos los que desde tierna edad comienzan a servir a Dios! ¿Qué esperas tú para darte a Dios? Dale todo lo que tengas; nada perderás en el cambio, porque Él se dará a ti enteramente. Es un cambio ventajoso abandonar todo por un bien que es superior a todo (San Bernardo).
II. María, en este día, ofrece al Señor todo lo que tiene, todo lo que puede hacer, y todo lo que es; en una palabra, se da a Él sin reserva. ¿Imitas a María, tú que das a Dios una partícula de tu corazón y que lo reservas por entero para el mundo y para ti mismo? Quieres dividir tu corazón entre las creaturas y Dios; es imposible. ¡Señor, es tardar demasiado no darme a un Señor tan bueno! Os ofrezco mi cuerpo y mi alma, todo lo que tengo, todo lo que puedo y todo lo que soy.
III. María se consagra para siempre al servicio de Dios, y si sale del Templo es solamente porque Ella es el templo vivo en que debe habitar Jesús. ¿No es verdad acaso que te has presentado alguna vez a Dios para servirlo? Pero, cobarde de ti, pronto te has cansado de servir a un Señor tan bueno: te has retractado, con tus acciones, de la promesa que le habías hecho! Virgen Santa, preséntame a tu Hijo muy amado; quiero ser todo de Él hasta el fin de mi vida. En un cristiano, no es el comienzo, sino el fin lo que merece elogios (San Jerónimo).

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Manuel, el pequeño guerrero

Manuel, el pequeño guerrero que compartió dos espinas de la corona con Jesús

Papaboys.org
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La conmovedora historia de un niño italiano que ofreció su cáncer por la salvación de los demás

Manuel Foderà fue un niño italiano que, a sólo 9 años, dejó la vida terrena para alcanzar la vida celeste, por un tumor muy grave que lo afligía. Un niño alegre, sociable, bromista, como él mismo se definía, que estaba convencido de tener una gran misión que cumplir en nombre de Dios: dar a conocer y amar a su gran amigo Jesús.
Cuenta el sacerdote Ignazio Vazzana, quien lo visitaba asiduamente en el hospital de Palermo, que el pequeño muchas veces no lograba entender las cosas que Jesús le revelaba. Por ejemplo, un día le preguntó: “¿Por qué Jesús me dice siempre esta frase: tu corazón no es tuyo, es mío, y yo vivo en ti? No entiendo que quiere decirme”. Padre Ignazio se dio cuenta, reflexionando después, de que aquellas palabras reflejaban la frase de San Pablo en Galatas 2,20 “…y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”
Manuel decía que Jesús le había donado el sufrimiento, y que era necesario, porque tenían que salvar el mundo juntos, y que Jesús lo había proclamado “guerrero de la Luz”.
Padre Ignazio recuerda con mucha conmoción ver a Manuel con un gran sentimiento de pecado cuando iba a confesarse, y era tan grande, que a veces estallaba en lágrimas durante la confesión misma.
También recuerda que tenía una gran devoción por la Sagrada Eucaristía. Cada vez que la recibía se cubría su rostro y permanecía así por casi 20 minutos en absoluto silencio. Este era el momento culminante de la Comunión, porque entraba en diálogo de manera espontánea con Jesús, como dos amigos íntimos. El sacerdote le preguntaba si veía directamente a Jesús a lo que respondía que no lo veía físicamente, pero sentía su voz en su corazón.
Don Ignazio fue su guía espiritual los dos últimos años de vida del niño, y nos cuenta que “Manuel siempre luchó como un verdadero guerrero, a imitación de Cristo, hasta entregar su vida por la salvación y la conversión de todos”.
“Aún recuerdo muy vivamente la gran capacidad de soportar el dolor que tenía, sólo por amor a Jesús. La madre me llamó en diversas ocasiones para que intentara convencer a Manuel a tomarse, por lo menos, el Paracetamol y así aliviar los grandes dolores que tenía. Él me respondía que quería esperar un poco más antes de tomárselo, porque Jesús necesitaba su sufrimiento en ese día para salvar las almas”.
“Hacia el final, después de una gammagrafía, los médicos se dieron cuenta que tenía dos masas tumorales en la cabeza. Sin saberlo, Manuel nos reveló que Jesús le había hecho un gran regalo. En esos días Manuel tenía dolores de cabeza muy fuertes y no sabía realmente qué tenía”.
“Un día, tras recibir la Comunión estalla en un llanto y confía a su madre, y después a mí, lo que Jesús le había dicho. Nosotros le habíamos preguntado qué le pasaba, puesto que lloraba, y él nos dijo que Jesús le había hecho un regalo especial y al ser feliz lloraba por esto: Jesús le había entregado dos espinas de su corona y ahora las tenía en su cabeza. Yo me quedé estupefacto ante sus palabras, porque humanamente esto es inexplicable. Hubo una coincidencia perfecta en los hechos: dos masas tumorales y las dos espinas de la corona de Jesús, como don, en su cabeza”.
Dos meses antes de morir, en una noche de terrible sufrimiento, dijo a su madre Enza: “Eres mi único testigo verdadero. Tendrás que escribir muchos libros sobre mí para que todos puedan conocer mi historia”. No fue fácil para ella mantener su promesa, por tanto dolor después de la partida de su hijo pero al final ganó el amor, el mismo que mantuvo unidos día y noche a madre e hijo, desde el momento de la concepción hasta su renacimiento en el Cielo.
El 20 de julio de 2010 Manuel subió a los Cielos y del diario que escribió Enza durante la larga agonía nace la conmovedora biografía: “Manuel. Il piccolo guerriero della Luce”. Un libro con muchas enseñanzas de este pequeño amigo de Jesús que, como dijo Don Pierino Fragnelli, obispo de Trapani: “Desde su cama, en hospital como en casa, Manuel nos ha enseñado la lección de la confianza en la vida que no muere”.

VIVA CRISTO REY



martes, 14 de noviembre de 2017

Domingo trigésimotercero del TIEMPO ORDINARIO cA (19 de noviembre de 2017)

Domingo trigésimotercero del TIEMPO ORDINARIO cA (19 de noviembre de 2017)
Primera: Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Salmo: Sal 127, 1-5; Segunda: 1 Tesalónica 5, 1-6; Evangelio: Mt 25, 14-30
Nexo entre las LECTURAS
Trabajar para dar fruto -en el Reino de Dios-, en esta frase puede condensarse la Liturgia de este Domingo. Hacer fructificar los talentos recibidos para realizar el encargo del que se nos pedirá luego cuenta (Evangelio). Trabajar para hacer el bien en el temor de Dios, como la mujer buena y hacendosa del libro de los Proverbios (primera lectura). Trabajar, no dormir, puesto que somos hijos del día y de la luz (tiempo en el que se puede trabajar), y no de la noche ni de las tinieblas (segunda lectura).
Temas...
La espiritualidad del trabajo. El trabajo es un don de Dios para que el hombre madure plenamente hasta alcanzar la Vida Eterna. El trabajo no es, entonces, opcional, sino un deber y derecho, una ley inscrita por Dios en nuestra dignidad de hombres y de bautizados. El cristiano trabaja, a imagen de Dios y a imagen de Jesucristo, que siempre trabajan (Jn 5,17). De Jesús nos dirá el Concilio Vaticano II: "Trabajó con manos de hombre". Así es como el trabajo señala la superioridad y el señorío del hombre sobre la creación, y la subordinación de la creación al bien material y espiritual del hombre; es pecado anteponer la creación al hombre. Es verdad que el hombre ha de actuar sobre la creación con responsabilidad y teniendo en cuenta el bien integral del hombre y de la humanidad presente y futura. Si el trabajo es un don, también lo son los instrumentos (cualidades, habilidades, aptitudes, circunstancias, relaciones...) que Dios otorga a cada uno para llevar a cabo el propio trabajo. La espiritualidad del trabajo permite que veamos la vida como misión, para realizar la tarea que Él nos ha encomendado, que en común es ‘amar y servir’. El hombre dignifica el trabajo, no el trabajo al hombre.
Las dimensiones del trabajo. Está la dimensión creyente del trabajo: trabajo porque creo. Creo en que Dios me ha dado una labor que realizar para vivir; creo sobre todo en el valor redentor del trabajo, unido al misterio de Cristo redentor. Otra dimensión es la psicológica: el trabajo es el camino de desarrollo de las propias aptitudes y cualidades, es camino de satisfacción después de la labor bien hecha, es, en definitiva, camino de realización personal. No puede faltar la dimensión ética, es decir, la sumisión voluntaria y, si es posible, gozosa, a la ley "natural" del trabajo, al deber de poner en juego todos nuestros "talentos" para servir mejor a la sociedad y a nuestros hermanos, los hombres, sin distinción de credos ni de etnicidades. Finalmente, tengamos en cuenta la dimensión espiritual. El trabajo no es sólo habilidad y fatiga, es antes que nada fuente de virtud y camino de santidad. Mediante el trabajo, el espíritu humano se afina más y más, se abre a la providencia divina que no deja de actuar en el mundo, reconoce su competencia y al mismo tiempo su limitación y pequeñez ante la grandeza de la obra de Dios creador y de Jesucristo redentor.
Sugerencias...
- Todo hombre, todo cristiano con más razón, tiene que rechazar la pereza. Pereza entendida como no hacer lo que se tiene obligación de hacer, como pérdida voluntaria e irresponsable del tiempo, como dejarse arrastrar por la inclinación a la inactividad: ‘ese descansar por estar cansado de haber descansado’. Una cosa es el legítimo descanso, que cada uno ha de procurarse, y otra la pereza, que cada uno ha de tratar de rechazar con decisión. El legítimo descanso es voluntad de Dios, la pereza es un vicio. El legítimo descanso restaura las fuerzas gastadas por el trabajo, la pereza no hace sino incrementar la tendencia a la pereza.
- Somos tentados a dejarnos arrastrar por la pereza: los estudiantes sobre todo cuando no quieren estudiar y rendir bien; en una familia, cuando sus miembros están poco dispuestos a efectuar los trabajos domésticos; los funcionarios y profesionales: cuando llegan tarde al trabajo, cuando hacen lo menos posible y quieren ‘ganar’ lo más posible; cuando ponemos excusas o depositamos la culpa de lo que no sale bien en los demás…
- Se trabaja para compartir, ante todo, con la propia familia la paga recibida o los bienes producidos. Además, se puede compartir y ayudar a la sociedad, sobre todo en los más necesitados y abandonados por las instituciones sociales. Trabajar, también, estudiando, instruyéndose, haciendo cursos de catequesis u otros para compartir la propia fe (algo a lo que no pueden renunciar sin daño para los hijos los padres de familia, los educadores de los niños y adolescentes...). Trabajar en la parroquia, que es la familia de todos los que a ella pertenecen, y en la que todos son necesarios y tienen una tarea que llevar a cabo. Trabajar en grandes y en pequeños proyectos, propios o de otras personas, para cambiar en mejor nuestro entorno mediante un esfuerzo común y constante por lograr el nivel de ecología moral y espiritual que se desea. Trabajar para buscar, crear fuentes de trabajo para tantos jóvenes que no lo encuentran y están deseando tener su primer trabajo. Trabajar por la santidad y conversión de todos y para llegar a todos con el anuncio del Reino.
Nuestra Señora del Trabajo y del Si, ruega por nosotros.

HOMILIA Domingo trigésimotercero del TIEMPO ORDINARIO cA (19 de noviembre de 2017)

Domingo trigésimotercero del TIEMPO ORDINARIO cA (19 de noviembre de 2017)
Primera: Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Salmo: Sal 127, 1-5; Segunda: 1 Tesalónica 5, 1-6; Evangelio: Mt 25, 14-30
Nexo entre las LECTURAS
Trabajar para dar fruto -en el Reino de Dios-, en esta frase puede condensarse la Liturgia de este Domingo. Hacer fructificar los talentos recibidos para realizar el encargo del que se nos pedirá luego cuenta (Evangelio). Trabajar para hacer el bien en el temor de Dios, como la mujer buena y hacendosa del libro de los Proverbios (primera lectura). Trabajar, no dormir, puesto que somos hijos del día y de la luz (tiempo en el que se puede trabajar), y no de la noche ni de las tinieblas (segunda lectura).
Temas...
La espiritualidad del trabajo. El trabajo es un don de Dios para que el hombre madure plenamente hasta alcanzar la Vida Eterna. El trabajo no es, entonces, opcional, sino un deber y derecho, una ley inscrita por Dios en nuestra dignidad de hombres y de bautizados. El cristiano trabaja, a imagen de Dios y a imagen de Jesucristo, que siempre trabajan (Jn 5,17). De Jesús nos dirá el Concilio Vaticano II: "Trabajó con manos de hombre". Así es como el trabajo señala la superioridad y el señorío del hombre sobre la creación, y la subordinación de la creación al bien material y espiritual del hombre; es pecado anteponer la creación al hombre. Es verdad que el hombre ha de actuar sobre la creación con responsabilidad y teniendo en cuenta el bien integral del hombre y de la humanidad presente y futura. Si el trabajo es un don, también lo son los instrumentos (cualidades, habilidades, aptitudes, circunstancias, relaciones...) que Dios otorga a cada uno para llevar a cabo el propio trabajo. La espiritualidad del trabajo permite que veamos la vida como misión, para realizar la tarea que Él nos ha encomendado, que en común es ‘amar y servir’. El hombre dignifica el trabajo, no el trabajo al hombre.
Las dimensiones del trabajo. Está la dimensión creyente del trabajo: trabajo porque creo. Creo en que Dios me ha dado una labor que realizar para vivir; creo sobre todo en el valor redentor del trabajo, unido al misterio de Cristo redentor. Otra dimensión es la psicológica: el trabajo es el camino de desarrollo de las propias aptitudes y cualidades, es camino de satisfacción después de la labor bien hecha, es, en definitiva, camino de realización personal. No puede faltar la dimensión ética, es decir, la sumisión voluntaria y, si es posible, gozosa, a la ley "natural" del trabajo, al deber de poner en juego todos nuestros "talentos" para servir mejor a la sociedad y a nuestros hermanos, los hombres, sin distinción de credos ni de etnicidades. Finalmente, tengamos en cuenta la dimensión espiritual. El trabajo no es sólo habilidad y fatiga, es antes que nada fuente de virtud y camino de santidad. Mediante el trabajo, el espíritu humano se afina más y más, se abre a la providencia divina que no deja de actuar en el mundo, reconoce su competencia y al mismo tiempo su limitación y pequeñez ante la grandeza de la obra de Dios creador y de Jesucristo redentor.
Sugerencias...
- Todo hombre, todo cristiano con más razón, tiene que rechazar la pereza. Pereza entendida como no hacer lo que se tiene obligación de hacer, como pérdida voluntaria e irresponsable del tiempo, como dejarse arrastrar por la inclinación a la inactividad: ‘ese descansar por estar cansado de haber descansado’. Una cosa es el legítimo descanso, que cada uno ha de procurarse, y otra la pereza, que cada uno ha de tratar de rechazar con decisión. El legítimo descanso es voluntad de Dios, la pereza es un vicio. El legítimo descanso restaura las fuerzas gastadas por el trabajo, la pereza no hace sino incrementar la tendencia a la pereza.
- Somos tentados a dejarnos arrastrar por la pereza: los estudiantes sobre todo cuando no quieren estudiar y rendir bien; en una familia, cuando sus miembros están poco dispuestos a efectuar los trabajos domésticos; los funcionarios y profesionales: cuando llegan tarde al trabajo, cuando hacen lo menos posible y quieren ‘ganar’ lo más posible; cuando ponemos excusas o depositamos la culpa de lo que no sale bien en los demás…
- Se trabaja para compartir, ante todo, con la propia familia la paga recibida o los bienes producidos. Además, se puede compartir y ayudar a la sociedad, sobre todo en los más necesitados y abandonados por las instituciones sociales. Trabajar, también, estudiando, instruyéndose, haciendo cursos de catequesis u otros para compartir la propia fe (algo a lo que no pueden renunciar sin daño para los hijos los padres de familia, los educadores de los niños y adolescentes...). Trabajar en la parroquia, que es la familia de todos los que a ella pertenecen, y en la que todos son necesarios y tienen una tarea que llevar a cabo. Trabajar en grandes y en pequeños proyectos, propios o de otras personas, para cambiar en mejor nuestro entorno mediante un esfuerzo común y constante por lograr el nivel de ecología moral y espiritual que se desea. Trabajar para buscar, crear fuentes de trabajo para tantos jóvenes que no lo encuentran y están deseando tener su primer trabajo. Trabajar por la santidad y conversión de todos y para llegar a todos con el anuncio del Reino.
P. BETO

lunes, 6 de noviembre de 2017

HOMILIA DEL Domingo trigésimosegundo del TIEMPO ORDINARIO cA (12 de noviembre de 2017)

Domingo trigésimosegundo del TIEMPO ORDINARIO cA (12 de noviembre de 2017)
Primera: Sabiduría 6, 12-16; Salmo: Sal 62, 2-8; Segunda: 1 Tesalónica 4, 13-18; Evangelio: Mt 23, 1-13
Nexo entre las LECTURAS
Los textos litúrgicos nos invitan a tener una actitud de vigilancia en el mundo para llegar felices a la eternidad de Dios: "Vigilen, porque no saben el día ni la hora" (evangelio). Esta es la actitud propia del sabio, porque "meditar en la sabiduría es prudencia consumada, y el que por ella se desvela pronto estará libre de inquietud" (primera lectura). Así podremos concluir nuestra vida en paz, y estar siempre con el Señor (segunda lectura).
Temas...
La vigilancia es la virtud de los que esperan. Es propio de las esperanzas humanas estar atento, mirar hacia el horizonte del futuro, pero es más propio todavía de la esperanza cristiana. La esperanza cristiana se lleva a cabo tanto dentro de la historia, como sobre todo más allá de la historia. Dentro de la historia es la esperanza en la gracia y misericordia de Dios, es la esperanza en el progreso espiritual, es la esperanza en una conversión continua y creciente hasta el término de la vida, es la esperanza en la fidelidad y santidad de la Iglesia que nunca fallarán... Más allá de la historia es la esperanza en la posesión de Dios, tan deseada en nuestra vida terrena, y por fin realizada. Es la esperanza del abrazo del PADRE y de la comunión de los santos, satisfaciendo en plenitud el anhelo universal del amor fraterno, que abarca ahora todos los tiempos y todos los espacios. Es la esperanza en la consumación definitiva y gloriosa de la historia de la salvación, trazada por Dios desde la eternidad y finalmente cumplida.
La esperanza cristiana está estrechamente relacionada con otras virtudes. En primer lugar, con el amor, porque se espera lo que se ama y lo que se desea poseer total y definitivamente en el amor. Está muy unida a la oración, según la misma enseñanza de Jesús: "Vigilen y oren, para no entrar en tentación" (Mt 26, 41), sobre todo en la tentación extrema de la apostasía y pérdida de la fe. Se relaciona además con la virtud de la prudencia, sobre todo ante la tentación. La tentación forma parte de la trama humana, pero el trato con ella requiere de mucha prudencia. Si Adán y Eva en el paraíso, si David desde la terraza de su casa, si Pedro en el palacio de Anás... hubiesen realmente "vigilado", ¿habrían caído en la tentación? Finalmente, la vigilancia implica la virtud de la fortaleza para realizar eficazmente lo que el amor, la oración y la prudencia nos dictan como más conforme con la voluntad de Dios.
El premio a la vigilancia cristiana. Primeramente, el banquete con Cristo: "las que estaban preparadas entraron con él a la boda" (evangelio). Es decir, la intimidad con Dios vivida ya aquí en la tierra y llevada a su culminación en el cielo. Luego, la participación en el "triunfo" de Cristo, que entrará en la Jerusalén celeste como el Rey de reyes y el Señor de los señores. Participación, por tanto, en el poder y la gloria de Cristo, Señor de la historia y del universo. Y desde luego, un gozo indescriptible e inimaginable aquí en la tierra, pues sobrepuja toda capacidad mundana y cualquier gozo de este mundo palidece ante el júbilo de la gloria celeste. En todo esto esperamos y para lograrlo: vigilamos. Nos esforzamos para lograrlo, con la ayuda de la gracia, cada uno de nosotros individualmente, y a la vez en comunión, todos, como Iglesia en camino hacia la meta y premio de nuestra esperanza.
Sugerencias...
¿Es actual y necesaria la esperanza entre los fieles cristianos? Ciertamente hemos de responder: es muy necesaria. Necesaria frente al mundo interior de nuestras pasiones, que tratan de sobreponerse y explayarse en nuestro interior sin control y sin disciplina. Es también necesaria frente a las ideologías y a la mentalidad de la época, no siempre favorables de la virtud, de los valores y de la vida cristiana. Mucha ha de ser la vigilancia ante los medios masivos de comunicación y redes, antiguos y nuevos, para ponerlos al servicio de la información y educación del hombre y del cristiano, y no al servicio de su desinformación e inmoralidad. Se requiere también vigilancia de los padres respecto al ambiente escolar de sus hijos y a las amistades que frecuentan, porque un mal amigo es malo para un hijo. Vigilancia, por último, sobre el ambiente profesional en que se pasan largas horas del día, y que puede influir negativamente en ciertos casos respecto a nuestros valores y decisiones morales.
¿Por qué estar vigilantes? ¿Qué es lo que induce a los cristianos a la vigilancia? Ante todo, la simple conciencia de la atracción natural que el mal ejerce sobre todo hombre, también sobre el cristiano. Además, la necesidad de discernimiento para separar el bien del mal, la paja del trigo, el trigo de la cizaña, de modo que podamos escoger el bien y evitar el mal en toda ocasión.
Vigilancia en la esperanza… especialmente en la esperanza en el más allá, es decir, en el Cielo y en todo lo que el Cielo significa, según la enseñanza del catecismo de la Iglesia. ¿Hablamos, en nuestra predicación, o como guías de las almas, de la realidad, misteriosa pero verdadera, del Cielo? ¿Hacemos deseable a los cristianos, con nuestra predicación, el reino de los cielos? O, ¿acaso somos responsables de que lo consideren irreal o la culminación del aburrimiento? A lo largo del año la liturgia de la Iglesia nos ofrece varias ocasiones para hablar del Cielo: la fiesta de todos los santos, el día de todos los difuntos, la fiesta de la Ascensión del Señor y de la Asunción de la Virgen Santísima, algunos Domingos del tiempo ordinario, Misa por algún hermano difunto... El propio testimonio cristiano, ¿eleva la mirada de los fieles hacia la esperanza y la certeza del cielo?

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...