martes, 22 de mayo de 2018

EL QUE AMA NUNCA SE QUEDA VACIO (MI VIDA EN CRISTO)

Por Kenneth Pierce
San Pablo decía que había mayor felicidad en dar que en recibir. Cuando uno lo piensa un poco puede sonar paradójico. Al dar me estoy desprendiendo de algo que poseo. Tengo, en un sentido, menos. Sin embargo, ¿quién no ha comprobado la gran verdad de la frase de San Pablo? Aunque sea en cosas pequeñas, cuando doy experimento una felicidad auténtica y sé que, en algún sentido, he ganado más de lo que di.
Hay algo muy profundo en la identidad de todo hombre y mujer que nos hace experimentar alegría cuando nos damos a los demás. La razón, en el fondo, no es muy difícil encontrarla. Cuando Dios creo al ser humano lo creó a imagen y semejanza suya. Dios, como sabemos es amor. El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo se aman plenamente entre ellos, constantemente se donan uno al otro.
Cuando con recta intención damos algo que es valioso para nosotros –sea tiempo, dones personales, o bienes– y nos donamos, nos acercamos un poco a la experiencia del amor de Dios. Vivimos en un sentido aquello que está en lo más profundo de la intimidad de Dios.
Nutridos del amor de Dios iremos aprendiendo que el amor es donación, y que cuanto más nos donamos por amor, más nos acercamos a Dios y vivimos aquello que estamos llamados a vivir.
El que vive la caridad, el que ama, nunca se queda vacío. Es imposible que una vela se apague por haber encendido otras velas. Podría, en un sentido, seguir compartiendo su luz a cada vez más velas, sin agotarse. ¡Así es el amor de Dios, que nosotros podemos también testimoniar en nuestras vidas!

lunes, 21 de mayo de 2018

HOMILIA Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cB (27 de mayo 2018)

Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cB (27 de mayo 2018)
PrimeraDeut 4, 32-34.39-40; Salmo: Sal 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22; Segunda: Romanos 8, 14-17; Evangelio: Mateo Mt 28, 16-20
Nexo entre las LECTURAS
Es bien mostrado en las lecturas de esta liturgia que Dios es Dios-Amor e interviene con mano fuerte y brazo poderoso para sacar a su pueblo de Egipto, símbolo de servidumbre y opresión (primera lectura). Es Dios-Amor que regala a sus discípulos una misión maravillosa y les asegura su compañía a lo largo de los siglos (evangelio). Es Dios-Amor que hace a los hombres sus hijos adoptivos para que puedan clamar con Jesucristo: "Abba", es decir, "Padre". Es DIOS-AMOR y quiere que seamos HIJOS-AMOR para vivir con Él y con todos la plenitud del amor y de la comunión en el banquete de la vida.
Temas...
El “Dios” de Moisés. En el AT se encuentran figuras que preparan la revelación del misterio trinitario. Dios en el AT (el ‘Dios de Moisés’) se revela en su unicidad de cara a otros que les dicen dioses y que no lo son. En la pedagogía de Dios con el hombre tiene lugar, primeramente, la revelación de un Dios único y personal que en su amor inenarrable se elige un pueblo, lo libera y hace alianza con él. En la capacidad de apertura del hombre a lo divino, está primero la revelación de su carácter único, personal y salvífico ante los acontecimientos y situaciones que en aquellos siglos remotos encontraron los israelitas. El politeísmo circundante (sobre todo los dioses cananeos: Baal, dios de la tierra y de sus frutos, Astarté, diosa de la fecundidad, y Moloch, dios que exigía sacrificios humanos) ejercían un fuerte atractivo sobre la religiosidad, todavía elemental, de las tribus de Israel. Dios elige proclamar y mostrar Su unicidad: "Reconoce hoy y convéncete de que el Señor es Dios allá arriba en los cielos y aquí abajo en la tierra, y de que no hay otro" (primera lectura). En la misma línea que el deuteronomista, el segundo Isaías pone en boca de Dios estas palabras: "¿Hay algún dios fuera de mí, algún otro apoyo que yo no conozca? (Is 44,8) y poco antes había dicho de los ídolos: "Todos ellos son una nulidad, sus obras una nada, viento y vacío son sus estatuas"" (Is 41,29). La tentación de la idolatría no pertenece al pasado. Acecha cada época y en cada momento de la historia. En nuestros días, en una sociedad pluri-étnica y religiosamente individualista, la tentación casi parece invadir todo.
El Dios de Jesucristo. Tras la preparación en el antiguo Israel, Dios revela su vida íntima, su misterio trinitario. Dios-Amor envía a su Hijo para que nos descorra lo posible del velo de su misteriosa intimidad, y el Espíritu Santo nos instruye interiormente para que no seamos necios ni quedemos ofuscados o ciegos ante el resplandor divino. Dios en Jesucristo se revela como Dios de donación: el Padre nos dona a su Hijo, el Padre y el Hijo nos donan su Espíritu. El Padre y el Hijo y el Espíritu (se) nos donan su propia vida haciéndonos hijos de Dios. El Dios de Jesucristo es un Dios salvador, redentor: El Padre quiere que todos los hombres se salven, el Hijo lleva a cabo la salvación de todos en su Sacrificio y el Espíritu hace eficaz en el corazón de cada hombre la salvación de Dios. El Dios de Jesucristo es un Dios de misión: Póngase en camino, hagan discípulos a todos los pueblos, bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enséñenles a poner por obra todo lo que yo les he mandado. La revelación de este misterio divino se puede captar un poco con la inteligencia, pero se penetra todavía algo más con el corazón y con la experiencia de Dios en la oración.
Dios con nosotros. El evangelio según san Mateo comienza con el nacimiento del Enmanuel (Dios con nosotros) y termina igualmente con la presencia de Jesucristo glorioso entre sus discípulos y en la historia humana: "Yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de este mundo" (evangelio). Israel había ya experimentado en su historia la presencia y cercanía de Yahvéh. Ahora el nuevo Israel, la Iglesia, experimenta la cercanía del Padre en la presencia y en el rostro de su Hijo, Jesucristo, en virtud del Espíritu Santo cuya misión es hacer presente en el tiempo y en la historia la verdad completa ‘sobre Dios y sobre el hombre’. En el tiempo de la Iglesia, no sólo el Hijo, sino también el Padre y el Espíritu, están realmente con nosotros y en nosotros (cfr.: mensaje de la Virgen en Fátima a los pastorcitos).
Sugerencias...
La “nada” de los ídolos. En la religiosidad del hombre herido por el pecado ha sido verdad que si Dios no existe, habrá que inventarlo. No hay pueblo ni cultura, desde la más primitiva hasta la más avanzada, que no se haya fabricado sus dioses. La historia de las religiones da fe de ello. Ni siquiera los que se llaman o son ateos están exentos de esta realidad. Ellos cambiarán el rostro de sus ídolos, divinizarán al "Partido", darán culto al "Jefe", lucharán por plantar el cielo en la tierra... Es evidente que no se puede eliminar eso que el hombre lleva inscrito en su misma naturaleza “nos hiciste para Ti…”. En la historia humana, las generaciones han visto caer muchos ídolos, pero surgen otros nuevos. Estamos llamados los discípulos-misioneros para hablar al mundo del Dios único y verdadero, que nos ha revelado Jesucristo y no de ídolos, que ‘no son’. Es una deformidad grave, un pecado que no hablemos de Dios, que nos sumerjamos en el silencio por ignorancia, por temor o por excesiva prudencia humana. No tengamos miedo, Dios mismo pondrá en nuestros labios las palabras justas para que hablemos bien de Él. El mundo tiene necesidad de Dios, aunque parece que no lo sabe… cfr. Papa Francisco.
Hacer visible a Dios-Amor. No solo hablar, debemos obrar de tal manera que hagamos visible a Dios. Estamos llamados a tener una experiencia viva de Él, mejorar nuestro trato con Dios, que no se reduzca a una abstracción, sino que dialoguemos con Dios Vivo, que es Padre y es Hijo y es Espíritu Santo. La justicia se hace visible en un hombre justo, la verdad en un hombre veraz, el amor en un hombre que ama y sirve realmente, pues de esa misma manera Dios se hace visible en un hombre que ha experimentado el amor, la ternura, la grandeza y belleza de Dios; en un hombre "que ha visto, ha oído, ha tocado" a Dios en la Sagrada Escritura, en la oración, en los sacramentos, en el hermano, en las prácticas de las obras de Misericordia (Bula del Papa Francisco). ¿No es verdad que cada cristiano debería ser como un ostensorio del Dios viviente, del Amor trinitario? Si Dios no está más presente en nuestro mundo, no nos desalentemos... digámonos: "Es hora de esfuerzos, es hora de responsabilidad". ¡Manos a la obra!
María, Estrella de la Evangelización y causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.

miércoles, 16 de mayo de 2018

HOMILIA Solemnidad de PENTECOSTÉS cB (20 de mayo 2018)

Solemnidad de PENTECOSTÉS cB (20 de mayo 2018)
PrimeraHechos 2, 1-11; Salmo: Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34; Segunda: 1 Corinto 12, 3b-7. 12-13, o bien Gálatas 5, 16-25; Evangelio: Juan 20, 19-23, o bien Juan 15, 26-27; 16, 12-15
Nexo entre las LECTURAS
En la fiesta de Pentecostés, el Espíritu Santo inunda, con su presencia, todos los textos litúrgicos. El evangelio anuncia el Espíritu de Verdad, que iluminará y llevará a los discípulos a la verdad completa. En la primera lectura, lo que fue promesa se hace cumplimiento, y el Espíritu Santo viene con su poder sobre los apóstoles y otros discípulos de Jesús, reunidos con María en el Cenáculo. Cuando el Espíritu Santo entra y se apodera del corazón de un discípulo de Jesús, entonces toda su existencia cristiana y su comportamiento cambian y producen los frutos del Espíritu, que se sintetizan en el amor -caridad- dice san Pablo.
Temas...
El Espíritu Santo es revelado mediante símbolos y mostrando su acción en el interior del hombre. Son dos los símbolos que utiliza san Lucas en los Hechos. El primero es el viento impetuoso y creador, como el aliento de Dios sobre el primer hombre (Gén 2), que sacude al ser humano, lo despoja de sí, penetra en el recinto secreto del alma y aporta vida y santidad. El segundo es el fuego, que bajo forma de lenguas, se posa sobre los discípulos y los purifica y transforma. Ese fuego del Espíritu debe arder siempre, por eso san Pablo nos exhorta a no apagar el Espíritu (cf 1Tes 5,19).
En los textos de hoy se nos señalan diversos modos de obrar del Espíritu Santo en los hombres: 1) Es el Espíritu de verdad, que ilumina al hombre para que comprenda y acepte, en la fe, la verdad completa. Como Jesucristo es la plenitud de la verdad y de la revelación (Dei Verbum 2) el Espíritu nos iluminará para que comprendamos el misterio de Cristo. Así fue con los discípulos en el día de Pentecostés, ellos recibieron esa luz que abrió sus mentes a una comprensión superior y más plena de toda la vida de Cristo, de su origen y de su destino, y sobre todo del misterio de su pasión, muerte y resurrección. 2) El Espíritu da testimonio de Cristo, es decir, no sólo enseña sino que acredita con autoridad el misterio de Cristo. Dará ante todo testimonio en el corazón de los discípulos reunidos en el Cenáculo, un testimonio tan fidedigno que se transmite convirtiendo a esos discípulos en testigos. A lo largo del tiempo, dará testimonio en el alma de cada cristiano, sirviéndose de la palabra y de la vida de los testigos humanos. Sí, el Espíritu es el testigo de Cristo en el corazón de la historia. 3) El Espíritu glorifica a Cristo, porque no tiene mensaje propio, sino que dirá únicamente lo que ha oído. La gloria con que Cristo aparece, en su esplendor y grandeza, a los ojos de los hombres es obra del Espíritu Santo: su maravilloso poder de hacer milagros, el fulgor de su mirada, la fascinación de su Palabra, la fuerza y generosidad de su amor infinito, la conmovedora ternura hacia los niños y hacia los enfermos y necesitados...
Los frutos del Espíritu. En el interior de cada hombre se enfrentan fuerzas opuestas. De un lado, la carne (el hombre con sus pasiones desordenadas, con su tendencia hacia el mal) y de otro el espíritu (los nobles anhelos que anidan en el hombre, su aspiración hacia el bien, gracias al Espíritu Santo). En ese campo de batalla, que es el corazón del hombre, el mal trata de vencer mediante sus obras en los diversos ámbitos de la vida: el ámbito religioso con la idolatría y la hechicería; el ámbito social con las enemistades y discordias, la rivalidad, la ira, el egoísmo, las disensiones, cismas y envidias; el ámbito personal con intemperancias, borracheras y orgías; el ámbito sexual mediante la fornicación, la impureza y el desenfreno. En ese mismo corazón, el bien y con la ayuda de la gracia -el Espíritu Santo que lo alienta y promueve-, ‘pretende’ vencer al mal mediante el amor auténtico, fundado en Cristo y en su testimonio; un amor que se muestra operativamente en tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo; un amor que se disfruta en la alegría verdadera y en la paz, que es compendio de todos los bienes. La batalla es cierta y constante. Con la ayuda de su gracia podremos salir victoriosos de la tentación y practicar las virtudes para gloria y alabanza de la Santísima Trinidad.
Sugerencias...
El corazón de la vida cristiana. La imagen del corazón nos refiere y trae a la mente el amor, y el Espíritu Santo es el Amor personal dentro del misterio trinitario, y por eso es el corazón de la vida cristiana. Ser cristiano significa, en definitiva, saber-querer amar. ¿Y quién nos enseña el arte de amar de modo cristiano? No precisamente los libros ni las ideas. El arte del amor cristiano nos lo enseña personalmente, a cada uno, el Espíritu Santo poniendo ante nuestros ojos a Cristo, sobre todo a Cristo crucificado. El Espíritu Santo nos enseña el arte de amar la verdad cristiana, contenida sustancialmente en el Credo y desarrollada con gran belleza y autoridad en el catecismo de la Iglesia católica. El Espíritu nos enseña el arte de amar la liturgia de la Iglesia y sus sacramentos, fuente de gracia y santidad para cada cristiano y para toda la Iglesia. El Espíritu nos enseña también el arte de amar en la moral cristiana que, con sus exigencias a veces no fáciles, infunde nobleza y dignidad, elevación y prestancia moral a todo el que la ama y la vive. El Espíritu enseña, también, el arte de amar la oración y la vida espiritual, como camino seguro y eficaz de unirse a Dios y de vivir en el gozo del amor la misma vida divina. Si dejamos actuar al Espíritu con libertad, Él nos hará hombres auténticos y santos en la Iglesia y al servicio de la Iglesia, y de la humanidad.
Caminar según el Espíritu. La exhortación de san Pablo abarca toda la vida del cristiano, a cualquier edad y en cualquier condición o profesión, cada día de la semana y cada hora del día (Gaudete et exsutate). Estés en casa con la familia, en clase de geografía en la escuela, en el club deportivo jugando bien, en la Iglesia participando en la celebración eucarística... compórtate según el Espíritu. Estás metido en un trabajo difícil en la oficina, estás feliz porque te has encontrado a un amigo que no veías desde hacía tiempo, estás divirtiéndote, has ido a visitar a tus suegros, has salido con la familia de paseo al campo... actúa movido por el Espíritu. Estás desganado y apagado por una mala noticia, rebosas de euforia porque has hecho un examen brillante, tienes un problema con tu esposa o esposo, con tus hijos... invoca al Espíritu Santo, pídele su luz y su fuerza, guíate por lo que Él te inspire. ¡Eso es ser cristiano! Con Él sabrás que es posible y además es fuente de paz y felicidad… con el Espíritu seamos santos de la casa de al lado…
María, esposa y madre, fiel discípula de Jesús, ruega por nosotros.

martes, 8 de mayo de 2018

HOMILÍA Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR cB (13 de mayo 2018) Primera: Hechos 1, 1-11; Salmo: Sal 46, 2-3. 6-9; Segunda: Efesios 1, 17-23; Evangelio: Marcos 16, 15-20

Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR cB (13 de mayo 2018)
PrimeraHechos 1, 1-11; Salmo: Sal 46, 2-3. 6-9; Segunda: Efesios 1, 17-23; Evangelio: Marcos 16, 15-20
Nexo entre las LECTURAS
La segunda Lectura, y toda la Liturgia (conjunto de textos) de la fiesta, son un esclarecimiento magnífico del contenido pascual del misterio de la ASCENSIÓN. Se trata de la exaltación de Jesús a la derecha del Padre, que confesamos en el Símbolo apostólico. Y, por tanto, de este aspecto del misterio pascual que completa, con la entrega del Espíritu Santo, el tránsito por la muerte hacia la Vida nueva, celebrado especialmente en el triduo pascual. En realidad, las celebraciones de este tiempo sirven más para acentuar los diferentes aspectos del misterio y no para marcar un ritmo cronológico.
La ascensión de Jesús señala, en la narración de Lucas (primera Lectura), la tensión en la que entra la comunidad de los discípulos desde aquel momento, una vez terminadas las apariciones del Resucitado: una tensión entre la ausencia del Señor y, al mismo tiempo, su presencia. San Lucas une íntimamente la ausencia física del Resucitado con el Don del Espíritu Santo.
Temas...
La Ascensión para Jesús. El Verbo de Dios se hizo carne en Jesús de Nazaret (Jn 1,14). Ahora, tras la resurrección y un período de apariciones a los discípulos para confirmarlos en la fe, "el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios" (evangelio). Su misión como revelador del Padre, como Maestro de la humanidad, como Redentor de todos los hombres, está como acabada no terminada. Dicho con nuestras palabras, que son pobres para contar el misterio: está como acabada en Él, que es nuestra Cabeza, pero no terminada en nosotros, que somos el Cuerpo Místico. La Ascensión es, según nuestro modo imperfecto de expresarnos, el punto de llegada de la misión de Jesús y el punto de partida de la misión del Espíritu Santo a la comunidad de los creyentes en Cristo.
Con la Ascensión, Jesús ingresa como Señor ‘a la derecha Padre’ y comienza a reinar glorioso con justicia y amor, con misericordia y perdón, con verdad y santidad (último Domingo del T Ordinario). Reina sobre los acontecimientos de la historia y sobre la vida de los hombres, de un modo que nosotros en gran parte ignoramos y a veces nos desconcierta. Subiendo a los cielos llevó consigo como cautivos a los hombres que aceptan su reinado en el corazón y en la existencia diaria (segunda lectura), abriendo así a la humanidad las puertas de la casa del Padre, es decir, la vida y la felicidad de Dios (cf CIC 661). (cfr. Beato Pablo VI)
La Ascensión para los Apóstoles. Hasta ahora (antes de la Ascensión) los apóstoles han recibido al Señor Jesús, su persona y su mensaje. Con la Ascensión y con Pentecostés inicia para ellos una etapa nueva: la transmisión de lo que han recibido de su Maestro y Señor. Van a ejercer su actividad ‘apostólica’ mediante el anuncio y la predicación de la Buena Nueva, y de modo muy especial mediante el testimonio del Evangelio incluso hasta el martirio. Es necesario anunciar el Evangelio y testimoniarlo "hasta que Cristo vuelva". Para esa misión los ha preparado el Maestro, el Mesías, el Señor. Para esa misión estarán acompañados por el Espíritu de Jesús, que recibirán dentro de no muchos días (primera lectura). Esa misión está marcada por la esperanza, sin que se pueda tener certeza del tiempo y del momento fijados por el Padre para el establecimiento definitivo del Reino mediante la segunda venida de Cristo. Ponemos el acento en la esperanza en su venida.
La Ascensión para nosotros. Al igual que los Apóstoles, nosotros hemos de ser los hombres de la esperanza, a la cual la Ascensión de Jesucristo nos estimula. Esperamos ante todo la venida gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo (Liturgia). Y esperamos con serenidad un futuro mejor y más cristiano, más impregnado por el evangelio de Jesucristo, más dócil al designio de Dios sobre la historia y a su acción misteriosa. La Ascensión suscita en nosotros el esfuerzo ascético para disponernos a la acción salvadora de Dios. Despierta igualmente el interés y el trabajo por la unidad de todos los cristianos y de todos los hombres, esa unidad posible, real, pero imperfecta, que logrará su cumplimiento en el cielo en la unión entre los hombres y con Dios. Así lo expresan el Documento de Aparecida y el Papa en Evangelii Gaudium.
Sugerencias...
Gastarse por el Reino. La constitución dogmática sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II, presenta a ésta bajo la figura del Reino: "La Iglesia es el Reino de Cristo presente ya en misterio" (LG 3). Gastarse por el Reino significa gastarse por la Iglesia según la condición, las posibilidades y la entrega de cada uno. Este gastarse por el Reino se puede realizar en cualquier circunstancia de la vida diaria, porque lo que más cuenta es la actitud interior y la ofrenda de la vida al Reino de Dios. Sin embargo, gastarse por el Reino adquiere una connotación particular: trabajar en la Iglesia, por la Iglesia y al servicio de la misión histórico-salvífica de la Iglesia. Si un joven o un adulto pasan unas cuantas horas de la semana ante la televisión o en diversiones ociosas, ¿por qué no dedicar ‘al menos’ el mismo número de horas a trabajar por el Reino de Cristo entre los hombres? (cfr.: Santa Teresa de Calcuta). Si hay tantos que buscan divertirse de manera desordenada, ¿no será posible que esos mismos se pongan a hacer el bien (acción social, visita a enfermos en los hospitales, voluntariado católico, acompañamiento de ancianos, etc.) en esos mismos horarios -alejándose del vicio y practicando heroicamente las virtudes-? Si todos los cristianos colaboramos, seguramente que el Reino de Cristo crecerá entre los hombres más allá de nuestras propias expectativas (cfr.: mensaje de la Virgen en Fátima como nos lo cuenta Lucía).
A la medida del don de Cristo. Todos estamos llamados a colaborar en la labor de la Iglesia, pero cada uno según el don recibido. Quien ha recibido el carisma de la autoridad, colaborará ejerciendo con amor, verdad y misericordia, y con firmeza al mismo tiempo la autoridad. Quien ha recibido el don de la enseñanza, que colabore en la edificación y difusión del Reino con su enseñanza recta, completa, expuesta de modo adecuado y convincente. Aquéllos a quienes se les ha dado el carisma de dar-comunicar la vida (padres de familia, ministros de los sacramentos, directores espirituales), pongan con generosidad todas sus cualidades al servicio de la vida, sea ésta la vida física, la sacramental o la vida espiritual. Los que han sido elegidos para ser misioneros (obispos, sacerdotes, religiosos-religiosas y laicos), que construyan el Reino de Cristo allí donde todavía no existe de manera explícita, o donde apenas está en los cimientos, o donde una vez fue construcción acabada y bella y hoy se halla en ruinas. Todos, sin excepción, trabajemos y que cada uno lo haga en la medida del don de Cristo. ¿Estaremos disponibles para esta gran tarea que Cristo nos encomienda al inicio del tercer milenio? ¿gustamos de ser santos, como nos quiere Dios? eh! (Gaudete et exsultate)
María, Madre de gracia y estrella de la Evangelización, ruega por nosotros.

jueves, 3 de mayo de 2018

HOMILIA DOMINGO SEXTO DE PASCUA cB (06 de mayo 2018)

DOMINGO SEXTO DE PASCUA cB (06 de mayo 2018)
Primera: Hechos 10, 25-27.34-35.44-48; Salmo: Sal 97, 1-4; Segunda: 1Juan 4,7-10; Evangelio: Juan 15, 9-17
Nexo entre las LECTURAS
La palabra clave de los textos de los pasados Domingos ha sido “vida”, la palabra clave del texto de hoy es “amor”. El amor del Padre se manifiesta en Jesús. Manifestar el amor de Jesús a la humanidad es responder a su amor y la misión de sus seguidores y seguidoras. "Quien no ama no conoce a Dios porque Dios es amor". Hermosa síntesis de la presente liturgia. La vida cristiana se desenvuelve en el círculo del amor, que comienza en Dios, se hace visible en Jesucristo, se dilata entre los hombres y retorna al mismo Dios. Siendo Dios amor, en Él está el inicio de todo movimiento de amor (segunda lectura). Jesucristo, encarnación de Dios Amor, llama a sus discípulos amigos, es decir, creados por el amor y para el amor (evangelio). El amor de Dios en Cristo a los hombres es abierto y universal, pues en el amor de Dios no hay acepción de personas, y a todos los quiere hacer partícipes de su Espíritu, fuerza y presencia (primera lectura).
Temas...
El ‘círculo’ del amor. "El amor consiste en que Él nos amó a nosotros" (1Jn 4,10). No se origina el amor en el corazón del hombre, sino en el de Dios. Dios es la fuente inextinguible y única del amor. Lejos de Él, el amor no merece tal nombre. Y todo amor verdadero ha nacido de Dios, y retorna a Dios, al modo del ciclo del agua que se evapora, llueve, nutre el caudal de los ríos y regresan, tras un largo recorrido, a su mismo origen. Dios está en el principio de todo amor, pero el amor cristiano pasa por Jesucristo…. el Padre descarga todo su amor en el Hijo, y el Hijo a su vez lo comunica a sus discípulos. "Como el Padre me ha amado, así los he amado yo a ustedes". Amigos de Jesucristo, ya no siervos, estamos ‘capacitados’ para amarnos mutuamente, con el amor nuevo e incontaminado del Padre, que nos concede ser hermanos de su Hijo. Dada la vocación del hombre a la vida y, dada la eternidad del amor, éste se orienta, ya en este mundo y sobre todo en el más allá, hacia su origen que coincide ahora con su fin: Dios mismo. Allí obtendremos el conocimiento verdadero de Dios y de todas las cosas en Él, que nos será concedido por la fuerza incontenible del amor.
Las características del amor. Un amor, primeramente, inmerecido. El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios (segunda lectura), ni en que nosotros hayamos tomado la iniciativa de elegir a Jesucristo, como maestro y modelo de nuestra vida (evangelio), ni en que Cornelio y su familia eran dignos de recibir el evangelio y la fe en Jesucristo. Si así fuera, el amor no tendría su definición en Dios, sino en el hombre. Entonces, ¡qué distinta, qué pobre sería la definición del amor! En realidad, el amor se define desde Dios, quien nos lo concede gratuitamente, como la existencia, como la misión, como el destino último de la vida. Si mereciéramos el amor, no sería amor sino recompensa debida.
El amor además es creativo y universal, es sacrificado y gozoso. Crea la amistad, esa capacidad extraordinaria de amor mutuo y desinteresado, como el de Jesús a sus discípulos, como el de los discípulos hacia Jesús. Crea también la vocación, sea a la fe en el mensaje y en la persona de Cristo (primera lectura), sea al discipulado y al seguimiento de su estilo de vida y de su misión (evangelio). El amor es universal, porque no hace distinciones ni de temperamentos, ni de razas, ni de culturas, ni de cualidades. Se ama porque se ama, sin más, sin acepción alguna de personas (segunda lectura). El amor sabe de sacrificio, "porque nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos" y porque el amor exige la obediencia a los mandamientos del amado (evangelio). ¿Y no tuvo que sacrificar Pedro su mentalidad judía cuando, ante el don del Espíritu Santo a Cornelio y su familia, manda que sean bautizados en el nombre de Jesucristo? ¿Y acaso no debe sacrificarse el cristiano a quien se dirige la primera carta de Juan para poner por encima del conocimiento (la razón) el amor? El amor, finalmente, es gozoso. El gozo que siente Jesucristo de ser amado y amar a su Padre; el gozo de los discípulos, al saberse amados y al poder amar con el mismo amor de Dios. El gozo de Cornelio y los suyos que, investidos del Espíritu Santo, ensalzan con alegría la grandeza de Dios.
Sugerencias...
Amor y responsabilidad. ¡Palabras que evocan un libro de san Juan Pablo II sobre el amor humano, especialmente en el matrimonio y en la familia! Dos palabras que en la experiencia cristiana se entrecruzan y mutuamente se requieren: el amor por fuerza de su naturaleza es responsable; la responsabilidad auténtica se funda y mantiene sólo a base de amor. Una responsabilidad, que en el caso del amor cristiano, se configura en primer lugar como oración de súplica a Dios: "Señor, dame, concédenos el don del amor", porque en el amor no existen los autodidactas, somos eternos aprendices de Dios, nuestro único Maestro. Una responsabilidad que adquiere la forma de la constancia en el amor, porque no se contempla en el espejo de los amores solo sensoriales del gusto o de las novelas ni del me gusta… sino en las fuentes del amor permanente y fiel del mismo Dios. Una responsabilidad en el amor, nada fácil, y por ello, ha de apoyarse y fortalecerse en la acción del Espíritu Santo, que posee en sí la fuerza del amor. Al finalizar el período de Pascua nos viene bien, seguramente, un pequeño examen sobre el amor. Y luego... ¡manos a la obra!
En la ‘órbita’ del amor. La psicología enseña que el hombre busca un centro en torno al cual hacer girar su existencia terrena. Cuando ha logrado ese centro, que puede ser muy variado, adquiere la vida humana estabilidad, significado y una cierta armonía y felicidad. Cuando el centro en cuya órbita giramos es el amor, todo en la vida, todo sin excepción, queda enamorado, es decir, impregnado, embebido por el amor. Y entonces el sol del amor resplandece en el firmamento de nuestras horas y nuestros días, haciéndolos brillar con una luz duradera, regocijante, rejuvenecedora y gratificante. ¿Qué no puede hacer el amor, sobre todo si proviene del mismo Dios? Se ama en la escuela y en el trabajo, en la familia y en la vida social, en la enfermedad y en la vejez, en los momentos de dolor y en las horas de gozo. Se ama a los propios seres queridos, al vecino que pertenece a otro movimiento político, al compañero de trabajo que no va a Misa aunque es católico, al jefe de la oficina con su mal carácter, al chusma a quien todos los días encuentro en la parada del colectivo o en el súper, al policía que me llama al orden... No dejes pasar ocasión alguna para ejercitarte en el amor de verdad.
María, Madre del AMOR HERMOSO, ruega por nosotros que recurrimos a Vos.
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martes, 24 de abril de 2018

HOMILIA DOMINGO QUINTO DE PASCUA cB (29 de abril 2018)

DOMINGO QUINTO DE PASCUA cB (29 de abril 2018)
PrimeraHechos 9, 26-31; Salmo: Sal 21, 26b-28. 30-32; Segunda: 1Juan 3,18-24; Evangelio: Juan 15, 1-8
Nexo entre las LECTURAS
“Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes”, nos dice Jesús en el evangelio. La unidad es el tema dominante en los textos de este Domingo. Unidad en primer lugar entre Cristo, el Padre, la vid, y los cristianos, los sarmientos (evangelio). Unidad de los cristianos entre sí, independientemente de su historia pasada y de su procedencia, como en el caso de Pablo (primera lectura). Unidad entre las palabras y los hechos, para lograr esa unidad interior de la conciencia, que está tranquila ante Dios (segunda lectura).
Temas...
La unidad fundante. En el judaísmo, la vid simbolizaba las relaciones (a veces difícil) entre Dios y su pueblo Israel durante doce largos siglos. Esta relación se fundaba sobre todo en tres elementos: la Tierra, la Torah y el Templo. Sobre las columnas del templo se podía ver la vid en relieves, símbolo del pueblo de Israel en presencia de Yahvéh, su Dios. Jesús retoma esta imagen y modifica su sentido renovándolo en un proyecto de vida y de ideal de santidad. Ahora Él es la vid y nosotros los sarmientos, -no ya el Antiguo Pueblo de Israel-. Dios, el Padre, es el viñador. En otros términos, es el Padre quien ha enviado a Jesús a este mundo y en Él ha puesto el fundamento de toda verdadera unidad. Él es el punto de unión que funda cualquier otra verdadera unión entre los hombres, "porque sin Mí nada pueden". La unión eclesial, familiar, religiosa, política..., que quiera ser auténtica, estable y fecunda, no puede dejar al margen la realidad de Cristo, clave de toda existencia (individual o colectiva). En ese sentido, el cristianismo no es sólo una opción, sino que es una exigencia de identidad y de progreso (varios pasajes de E. Gaudium). El designio del Padre es Cristo, y nosotros en Él. En último término, es Cristo amando en nosotros, porque «la santidad no es sino la caridad plenamente vivida» (G et exsultate 21).
La unidad eclesial. Cuando Pablo, después de convertido, se presenta en Jerusalén, los cristianos le tienen miedo, se apartan de él, porque no acaban de creer lo de su conversión. Por gracia de Dios, interviene Bernabé que lo presenta a la comunidad, certifica de su conversión y de su celo en la predicación del Evangelio de Jesucristo en Damasco. Pablo entonces es recibido en la comunidad, se integra en ella, y puede dedicarse con libertad a su labor de evangelización, sobre todo entre los judíos de procedencia helenista. Es evidente que desde los inicios los apóstoles tomaron conciencia de que la Iglesia era una sola y que todos los que de ella formaban parte estaban unidos en la misma fe y en el mismo celo ardiente por predicar el nombre de Jesús en todas partes. Aunque Pablo se convirtió a Jesús en el camino a Damasco y en Damasco recibió el bautismo, es recibido en Jerusalén, como luego lo será también en Antioquía y en Roma, porque la Iglesia es una sola en la diversidad de lugares y de culturas. Así fue desde los comienzos, así ha continuado siendo y lo es todavía. Los cristianos de hoy, ¿seremos capaces de poner, por encima de las tensiones internas, la unidad de la Iglesia? ¿Seremos capaces de disponernos para que Dios nos otorgue el don de la unidad de todos los cristianos? (Concilio Vaticano II).
La unidad interior (no intimista). San Juan en la segunda lectura nos exhorta a que “no amemos de palabra ni con la boca, sino con hechos y de verdad”. Debe haber unidad entre lo que pensamos y decimos y lo que hacemos. Sin esa unidad estaremos internamente divididos, en una incoherencia maligna que nos irá carcomiendo la conciencia. Es decir, el cristiano debe tener una conciencia unificada, sin fisuras ni divisiones, para que pueda estar tranquila delante de Dios, "guardando sus mandamientos y haciendo lo que a Él le agrada". Es verdad que no siempre el cristiano actúa de modo coherente, y con ello la conciencia le inquieta y condena, para que se convierta y viva. Entonces sabemos que "Dios, que es más grande que nuestra conciencia" nos puede purificar, y unificar. Es una invitación estupenda a la confianza en la acción de Dios, que es misericordioso y en el poder misterioso del "Espíritu que nos ha dado". Unidad interior, fruto de la fidelidad a la Palabra de Dios y a sus mandamientos.
Sugerencias...
Unidos, aunque diversos. Los católicos hemos de estar unidos afectiva y efectivamente, unidos con la Jerarquía eclesiástica, unidos entre nosotros mismos. Unidos en el mismo fin y destino, aceptando y respetando el pluralismo de opciones pastorales, manteniendo la unidad sustancial. ¿Es posible que haya diócesis, parroquias que no permitan la acción de grupos eclesiales aprobados por la autoridad de la Iglesia? ¿No es verdad que es mucho lo que todavía se puede hacer en el campo de la colaboración entre diócesis, parroquias, congregaciones religiosas, movimientos eclesiales? El enemigo es fuerte. Si no nos unimos, seremos con toda seguridad derrotados, habiendo gastado tal vez muchas energías en cuestiones inútiles o de poca importancia. Recemos para no ser ocasión de escándalo y sí, causa de edificación. Amemos, a Dios y al prójimo, en unidad. Busquemos la unidad, por encima de tantas pequeñas diferencias insustanciales.
Rezar por la unidad en y con las diversas Iglesias separadas: el diálogo, la colaboración ecuménica. Un proceso lento, pero irreversible, porque está empeñado en Él, más que los hombres, el mismo Dios, el "Espíritu que habla a las Iglesias" y las impulsa inconteniblemente hacia la unidad. Los pasos que se han dado y se van dando, son pequeños, pero seguros. Hemos de apoyar y animar una mentalidad "ecuménica" en nosotros mismos, en nuestras comunidades religiosas, parroquiales... La unidad es un gran bien que Dios nos quiere regalar. Oremos para acogerlo con gratitud y con amor.
Dar frutos. Unidos a la fuente de la vida y de la santidad que es Cristo, unidos como hermanos en la misma fe y en la única Iglesia, unificados en el interior de nuestra conciencia, daremos frutos. Y dar frutos es un imperativo de nuestra fe, de nuestra vocación cristiana. ¿Qué frutos? Ciertamente y en primer lugar, frutos de santidad, de riqueza espiritual en el corazón, de transparencia divina en nuestro ser y actuar. Frutos, luego, de solidaridad, de colaboración, de justicia, de respeto mutuo, de entrega a los más necesitados, de beneficencia, de bondad en el trato, etc. ¿Cuáles son los frutos que a ti Dios te está pidiendo ahora? ¿Cuáles son los frutos que Dios pide a nuestra parroquia, a nuestra comunidad? "Por los frutos será conocida nuestra fe católica". Por los frutos se sabrá si estamos unidos a Cristo, si permanecemos en su amor.
Quiero que María corone estas reflexiones, porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…». (G et exsultate 176)

lunes, 16 de abril de 2018

HOMILÍA DOMINGO CUARTO DE PASCUA cB (22 de abril 2018)


DOMINGO CUARTO DE PASCUA cB (22 de abril 2018)
Primera: Hechos 4, 8-12; Salmo: Sal 117, 1. 8-9. 21-23. 26. 28-29; Segunda: 1Juan 3,1-2; Evangelio: Juan 10, 11-18
Nexo entre las LECTURAS
Hoy se celebra en la Iglesia la 55 Jornada Mundial por las Vocaciones al sacerdocio. Los textos litúrgicos nos delinean a Jesús como Buen Pastor, llamando primordialmente a Obispos y Sacerdotes a imitarlo en el ejercicio del ministerio de la Caridad Pastoral. En primer lugar, el sacerdote -como Jesús- debe ser buen pastor, dispuesto a entregar su vida por sus ovejas (Evangelio). El sacerdote, al igual que Jesús, debe ser para los hombres como una piedra angular que sostiene todo el edificio de sus convicciones y valores espirituales, morales y humanos (primera lectura). Finalmente, el sacerdote, como Jesús, ha aceptado la llamada a ser elegido para ser hijo de Dios Sacerdote y para vivir la experiencia de un amor tierno y filial a Dios, su Padre (segunda lectura).
Temas...
Jesús, Buen Pastor. Pastor es aquel a quien se le encomienda el cuidado de un rebaño de ovejas. ¿Cuáles son las funciones que tal imagen implica? Conservar toda la oveja y TODAS las ovejas que se le han confiado. No perderlas. Darles de comer y de beber y que no mueran por hambre o por enfermedad. Los pastores, para conservarlas, deben estar dispuestos a defenderlas de los lobos, procurarles un lugar en el que refugiarse durante las frías noches, dirigirlas hacia prados con abundantes pastos. Debe además conocer a cada una para darse cuenta enseguida si le falta alguna, para ocuparse de cada una como si fuese la única. Jesús, el Buen Pastor, conserva, defiende, protege, guía, alimenta a los cristianos con su misma vida, mediante los sacramentos y mediante la jerarquía de la Iglesia. Llevarlas al aprisco, así los pastores conducen a la humanidad, en la santidad, a la eternidad (Gaudete et exsultate).
Jesucristo, ideal de los sacerdotes, que, como buenos pastores, deben dedicar su vida entera a conservar en la fe a los fieles que le han sido confiados. Como el buen pastor, el sacerdote tiene también que defender la fe de los fieles, de tantas tentaciones y asechanzas que hoy están presentes en nuestra sociedad. Les defenderá de una fe individualista y subjetiva, de una moral dominada por el criterio de la mayoría, de una espiritualidad acomodaticia, sensiblera y hecha de apariencias y/o relativistas, de una liturgia fría, legalista y casi sin resonancia interior. Sentirá además la necesidad de alimentar a sus fieles con la verdad de la Palabra de Dios, con la enseñanza de la doctrina católica enseñada en la Sagrada Escritura y compendiada en el Catecismo, con el testimonio de una vida santa y generosa, entregada sin medida al bien y servicio de los hermanos en la fe.
Jesucristo, piedra angular. Cristo es la piedra rechazada dice Pedro ante los miembros del sanedrín. Los hombres quieren, no pocas veces, construir una sociedad sin Cristo, considerando que Él es una Piedra más en la construcción del mundo. Nosotros creemos que Él es la Piedra fundamental sin la cual todo el edificio se viene abajo, sin la cual las demás piedras carecen de cohesión y de punto de referencia. Estamos llamados a edificar una Comunidad con Cristo en el centro, una sociedad que vaya a la Vida y no a la ruina (Gaudete et exsultate).
El sacerdote, representante de Cristo. Es el mismo Cristo que, por medio del sacerdote, continúa ejerciendo en la Iglesia su poder de salvación, su amor de hermano mayor y redentor, su impulso a la fraternidad y solidaridad humanas.
Jesucristo, modelo de Hijo. El Padre me ama, dice Jesús en el evangelio. Y Él ama al Padre, como el Unigénito, como el Hijo predilecto. Y porque le ama lo conoce íntimamente y hace sólo lo que es de Su agrado. En la segunda lectura escuchamos: "Somos llamados hijos de Dios, y así es en verdad". Somos hijos de Dios, que tienen su modelo en el Hijo, en Jesús. Los sacerdotes, deben desear ardientemente que todos los hombres gocen de la paternidad de Dios y se sientan felices de ser hijos suyos. Los sacerdotes, deben colaborar con el Padre para que los cristianos sean cada vez más conscientes de su filiación divina y encuentren en ella la base de sus actitudes y comportamientos. Los sacerdotes, darán testimonio a todos de lo que significa ser hijos de Dios y vivir como tales en la entrega de cada día. Sólo nos conocemos a nosotros mismos cuando nos conocemos a partir de Dios, y sólo conocemos al otro cuando vemos en él al misterio de Dios, en su unión trinitaria.
Sugerencias...
El Padre me ama... La necesidad de amar y ser amado es esencial en el corazón humano. El amor de los padres y de los hijos, el amor de los esposos, de los amigos, el amor de los hermanos en la fe, o de los hermanos en religión... Sin ese amor la vida se vuelve vacía y desaparecen las ganas de vivir. En nuestras comunidades cristianas puede haber fieles que se sientan solos y olvidados, que piensen que no son amados, que se consideren un poco inútiles en la Iglesia. A todos, pero de manera especial a ellos, hay que predicarles esta gran verdad del cristianismo: "El Padre me ama" (Papa Francisco, E. Gaudium). No estás solo, si el Padre te ama, te acompaña. Y tú, ¿amas a Dios Padre? No eres inútil, si el Padre te ama y con su amor da sentido a tu vida, haciéndola entrar en la historia de la salvación. Y tú, ¿crees de verdad en el amor que el Padre te tiene? ¿Crees que el amor del Padre da un sentido maravilloso a tu vida? Los sacerdotes, a ejemplo del Buen Pastor, tienen aquí una manera concreta de ayudar a los fieles y a la humanidad: recordarles y ayudarles a ser conscientes de que el Padre les ama y nunca les dejará a las solas fuerzas humanas, siempre viene con la ayuda de la gracia, es el Padre de las misericordias.
No hay otro... San Pedro, en la primera lectura, es muy claro y tajante: "No hay otro en quien podamos salvarnos". ¿Ningún hombre de la historia, por más grande y genial que haya sido? ¡Ninguno! ¿Ninguna medicina, ningún invento, ninguna técnica? ¡Ninguno! ¿Ninguna ideología, ningún sistema religioso? ¡Ninguno! ¿Ningún ángel venido del cielo? ¡Ninguno! Sólo Jesucristo es nuestro salvador, el salvador de todos y cada uno de los hombres. Predicar esto en nuestra sociedad, en nuestro mundo, puede escandalizar, pero es algo irrenunciable para los cristianos. Dejar de predicarlo sería esconder la luz para que no alumbre a los hombres, o hacer que la sal se vuelva insulsa y digna de desprecio. La pretensión cristiana de un único Salvador, Jesucristo, no nos la hemos inventado nosotros ni podemos usar a nuestro gusto y según las circunstancias. La confesión de Cristo, único Salvador, es esencial al cristianismo. El modo, el tacto, el tiempo y el lugar para la confesión de fe es obra de los cristianos, guiados por la luz del Espíritu Santo.
El Señor sigue llamando hoy para que le sigan. No podemos esperar a ser perfectos para responder con nuestro generoso «aquí estoy», ni asustarnos de nuestros límites y de nuestros pecados, sino escuchar su voz con corazón abierto, discernir nuestra misión personal en la Iglesia y en el mundo, y vivirla en el hoy que Dios nos da. María Santísima, la joven muchacha de periferia que escuchó, acogió y vivió la Palabra de Dios hecha carne, nos proteja y nos acompañe siempre en nuestro camino. (Vaticano, 3 de diciembre de 2017. Primer Domingo de Adviento. Francisco)


martes, 10 de abril de 2018

La exhortación apostólica ‘Gaudete et exsultate’ del papa Francisco en 20 frases- editorial Vida Nueva

1. Santos “de clase media”

“Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad ‘de la puerta de al lado’, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, ‘la clase media de la santidad'”.

2. La santidad tiene nombre de mujer “desconocida”

“Dentro de las formas variadas, quiero destacar que el ‘genio femenino’ también se manifiesta en estilos femeninos de santidad, indispensables para reflejar la santidad de Dios en este mundo. Precisamente, aun en épocas en que las mujeres fueron más relegadas, el Espíritu Santo suscitó santas cuya fascinación provocó nuevos dinamismos espirituales e importantes reformas en la Iglesia. (…). Pero me interesa recordar a tantas mujeres desconocidas u olvidadas quienes, cada una a su modo, han sostenido y transformado familias y comunidades con la potencia de su testimonio”.

3. ¿Estás casado? Sé santo

“Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales”.

4. La santidad de los pequeños gestos

“Esta santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos. Por ejemplo: una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: ‘No, no hablaré mal de nadie’. Este es un paso en la santidad. Luego, en casa, su hijo le pide conversar acerca de sus fantasías, y aunque esté cansada se sienta a su lado y escucha con paciencia y afecto. Esa es otra ofrenda que santifica. Luego vive un momento de angustia, pero recuerda el amor de la Virgen María, toma el rosario y reza con fe. Ese es otro camino de santidad. Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Ese es otro paso”.

5. Los santos no son perfectos

“Para reconocer cuál es esa palabra que el Señor quiere decir a través de un santo, no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas. No todo lo que dice un santo es plenamente fiel al Evangelio, no todo lo que hace es auténtico o perfecto. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona”.

6. Los escalones de la oración y la misión

“Nos hace falta un espíritu de santidad que impregne tanto la soledad como el servicio, tanto la intimidad como la tarea evangelizadora, de manera que cada instante sea expresión de amor entregado bajo la mirada del Señor. De este modo, todos los momentos serán escalones en nuestro camino de santificación”.

7. El gnosticismo como enemigo de la santidad

“Cuando alguien tiene respuestas a todas las preguntas, demuestra que no está en un sano camino y es posible que sea un falso profeta, que usa la religión en beneficio propio, al servicio de sus elucubraciones psicológicas y mentales (…). Con frecuencia se produce una peligrosa confusión: creer que porque sabemos algo o podemos explicarlo con una determinada lógica, ya somos santos, perfectos, mejores que la «masa ignorante”.

8. La tentación del pelagianismo

“Muchas veces, en contra del impulso del Espíritu, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. Esto ocurre cuando algunos grupos cristianos dan excesiva importancia al cumplimiento de determinadas normas propias, costumbres o estilos. De esa manera, se suele reducir y encorsetar el Evangelio, quitándole su sencillez cautivante y su sal. Es quizás una forma sutil de pelagianismo, porque parece someter la vida de la gracia a unas estructuras humanas”.

9. Las bienaventuranzas, el carnet del cristiano

“Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: ‘¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?’, la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas”.

10. Reconocer la dignidad del otro

“Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?”.

11. El concepto de defensa de la vida

“Suele escucharse que, frente al relativismo y a los límites del mundo actual, sería un asunto menor la situación de los migrantes, por ejemplo. Algunos católicos afirman que es un tema secundario al lado de los temas ‘serios’ de la bioética. Que diga algo así un político preocupado por sus éxitos se puede comprender; pero no un cristiano, a quien solo le cabe la actitud de ponerse en los zapatos de ese hermano que arriesga su vida para dar un futuro a sus hijos”.

12. El culto que más agrada

“La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor. Nuestro culto agrada a Dios cuando allí llevamos los intentos de vivir con generosidad y cuando dejamos que el don de Dios que recibimos en él se manifieste en la entrega a los hermanos”.

13. No difamarás en redes sociales

“Los cristianos pueden formar parte de redes de violencia verbal a través de internet y de los diversos foros o espacios de intercambio digital. Aun en medios católicos se pueden perder los límites, se suelen naturalizar la difamación y la calumnia, y parece quedar fuera toda ética y respeto por la fama ajena. Así se produce un peligroso dualismo, porque en estas redes se dicen cosas que no serían tolerables en la vida pública, y se busca compensar las propias insatisfacciones descargando con furia los deseos de venganza”.

14. Evitar la violencia verbal

“El santo no gasta sus energías lamentando los errores ajenos, es capaz de hacer silencio ante los defectos de sus hermanos y evita la violencia verbal que arrasa y maltrata, porque no se cree digno de ser duro con los demás, sino que los considera como superiores a uno mismo”.

15. La humildad como camino

“La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad. (…)No digo que la humillación sea algo agradable, porque eso sería masoquismo, sino que se trata de un camino para imitar a Jesús y crecer en la unión con él”.

16. El buen humor, imprescindible

“El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado. Ser cristianos es ‘gozo en el Espíritu Santo’ (…). El mal humor no es signo de santidad”.

17. Llamada a la audacia

“Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias. Él mismo se hizo periferia (…). La Iglesia no necesita tantos burócratas y funcionarios, sino misioneros apasionados, devorados por el entusiasmo de comunicar la verdadera vida. Los santos sorprenden, desinstalan, porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad tranquila y anestesiante”.

18. En comunidad

“La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor, donde los miembros se cuidan unos a otros y constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto del Padre”.

19. Combate contra “el Malo”

“La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida”.

20. El discernimiento como vía

“Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos (…).El discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos”.

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...