lunes, 11 de mayo de 2020

HOMILIA DOMINGO SEXTO DE PASCUA cA (17 de mayo 2020)

DOMINGO SEXTO DE PASCUA cA (17 de mayo 2020) Primera: Hechos 8, 5-8; Salmo: 65, 1-3a.4-7a.16.20; Segunda: 1Pedro 3, 15-18 o bien 4, 13-16; Evangelio: Juan 14, 15-21 o bien 17, 1-11a Nexo entre las LECTURAS Este sexto Domingo del tiempo pascual prepara y en cierto modo anticipa la fiesta de Pentecostés. La liturgia nos presenta a Jesús prometiendo el Espíritu, ese mismo Espíritu que le devolvió a la vida, y que en nombre de Jesús los apóstoles comunican a los samaritanos bautizados. "Yo rogaré al Padre para que les envíe otro Paráclito, para que esté siempre con ustedes", promete Jesús en el evangelio. San Pedro en su primera carta dice: "Cristo en cuanto hombre sufrió la muerte, pero fue devuelto a la vida por el Espíritu" (segunda lectura). Y san Lucas en los Hechos de los Apóstoles presenta a Pedro y a Juan "orando por los bautizados de Samaria, para que recibieran el Espíritu Santo" (primera lectura). Temas... (Juan 14, 15-21) En la historia de la salvación hay una sucesión armoniosa en la actuación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en beneficio siempre de la salvación del hombre. El Padre es el origen y fuente de toda iniciativa salvífica. En su amor envía a su Hijo para redimir al hombre y devolverle su condición filial. Una vez que el Hijo realizó su misión en la tierra, es enviado el Espíritu (otro Paráclito) para que acompañe al hombre en su peregrinar por este mundo hacia el Cielo. La liturgia de hoy nos presenta la promesa, hecha por Jesús a los discípulos, de enviarles el Espíritu Santo, para que esté siempre con ellos. ¿Para qué Jesucristo les hace esta promesa? Para que los discípulos no se sintieran huérfanos, ya que Jesús estaba por ir a la muerte y regresar a la casa del Padre. Jesús les dice: "No los dejaré huérfanos, volveré a estar con ustedes" (evangelio), pero no físicamente como lo conocieron en la historia sino mediante su Espíritu. El Espíritu Santo, que Jesús promete, es ante todo el (otro) Paráclito, es decir, consolador, abogado, animador e iluminador en el proceso interno de la fe, como lo fue Él (primer Paráclito). Los discípulos y primeros cristianos experimentarán en Pentecostés, de una manera especial, esta presencia poderosa e iluminante del Espíritu. Es también el Espíritu de la verdad, de la revelación de Dios al hombre, con la que Dios ilumina toda la existencia humana y le da su verdadero significado y razón de ser. Esta verdad será plenamente acogida por los discípulos, proclamada, confesada, y también defendida ante la 'mentira' del mundo, ante los ataques de la falsedad de la mente y del corazón humanos. Es además el Espíritu que da la vida, que devuelve a la vida a Jesús (segunda lectura) y vivifica a los cristianos que creen en el Evangelio, como los habitantes de Samaria (primera lectura); el Espíritu da la vida de Dios, esa vida que, como la zarza ardiente vista por Moisés a los pies del Sinaí, no se consume ni se apaga jamás. El Espíritu es, finalmente, el impulsor de la evangelización tanto de los judíos como de los samaritanos y paganos. Por eso, los comentaristas de los Hechos de los Apóstoles suelen hablar de tres "Pentecostés": el de los judíos en Jerusalén (Hch 2), el de los samaritanos en Samaria (Hch 8) y el de los paganos en Cesarea marítima (Hch 10). Con la recepción del Espíritu Santo se pone en movimiento la evangelización, la proclamación del Evangelio y la agregación de otros muchos hombres a la comunidad de los creyentes en Cristo. De este modo, el Espíritu hará realidad las palabras de Jesús: "El que me ama será amado por mi Padre; también yo lo amaré y me manifestaré a él". Los santos saben y experimentan que Dios cumple sus promesas. Para los primeros cristianos, ésta fue una verdad indiscutible, objeto de experiencia. Bien, las promesas de Dios se siguen cumpliendo también hoy entre los hombres. Claro que hemos de ser muy conscientes de que Dios no nos promete una 'felicidad a la carta', como a veces quisiéramos los hombres; ni un 'mundo' o una 'Iglesia' sin problemas o libres de toda incoherencia; ni unos hermanos cristianos intachables, impecables, siempre con la bondad y la sonrisa en el rostro; tampoco nos promete liberarnos de la calumnia, la persecución, la indiferencia, los malos tratos, o incluso el martirio. Nos promete ‘únicamente’ el Espíritu, Su Espíritu, y con Él nos da la capacidad para ser felices de un modo nuevo, ajeno a la mentalidad del mundo; nos da la mirada limpia para ver al mundo y a la Iglesia con fe, con optimismo, con paz, con amor; nos da un corazón generoso para abrirnos y acoger a nuestros hermanos en la fe tal como son, con sus debilidades y miserias, con sus cualidades y virtudes, con su fe, su amor y su esperanza auténticos; nos da la gracia de buscar la verdadera liberación, que es primeramente interior y espiritual, y que desde dentro trabaja por conseguir toda otra liberación de los males de este mundo. Temas... (Juan 17, 1-11a) Jesús implora el Espíritu. El evangelio (opcional) de hoy contiene el comienzo de la gran plegaria de Jesús al despedirse de este mundo y podemos comprenderlo, en el sentido de los días previos a Pentecostés, como una oración de Jesús al Padre para pedirle que envíe al Espíritu. Jesús pronuncia esta oración en el momento de pasar de este mundo al Padre: «Yo ya no voy a estar en el mundo, voy a ti» (v. 11). Ya le había sido dado «el poder sobre toda carne», pero sólo podía revelar a unos pocos el nombre del Padre y con él la vida eterna. Jesús tiene que rezar por ellos, ahora que se va; y lo hace para que comprendan realmente lo que significa ser uno en Él como Él es uno con el Padre. Comprender eso sólo será posible mediante el envío del Espíritu, y este envío sólo será posible a su vez cuando Jesús haya «coronado su obra» y transmitido el Espíritu Santo a su Iglesia. Seguramente Jesús pronunció esta oración antes de su pasión, pero la oración conserva su eterna validez, dado que Él es en todo tiempo «nuestro defensor ante el Padre» (1 Jn 2,1), precisamente también en lo que se refiere al Espíritu Santo que ha prometido enviar a los suyos de parte de su Padre (Jn 15, 26). La Iglesia reza para implorar el Espíritu. La Iglesia hace (en la primera lectura) lo que Jesús le ha mandado: como discípulos de Jesús, junto con María, algunas mujeres y los hermanos de Jesús, los apóstoles «se dedican a la oración en común» para implorar el Espíritu prometido. No tenemos ningún derecho a menospreciar esta orden expresa del Señor, oremos implorando el Espíritu Santo. Este, como Espíritu Santo que es, sólo puede entrar en los que son «pobres en el espíritu» (Mt 5,3), es decir: en aquellos que tienen su propio espíritu vacío y limpio o lo vacían para hacer sitio al Espíritu de Dios. La oración de la comunidad reunida implora esta pobreza (con ocasión de la cuarentena esta pobreza se nos nota más y nos hace bien) para tener sitio para la riqueza del Espíritu. No deja de ser maravilloso que María, el receptáculo perfectamente pobre del Espíritu Santo, se encuentre entre los que rezan para completar con su oración perfecta toda oración raquítica e imperfecta. Por medio de ella la invocación del don del cielo se torna perfecta y es oída infaliblemente. La Iglesia que ama es la que mejor reza. La carta de Pedro (segunda lectura) añade una nota más. Repite una de las bienaventuranzas del Señor: «Si los ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos ustedes»; y añade inmediatamente: «porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre ustedes». Es que el padecimiento de la humillación por amor a Cristo es ya, en sí, una oración para implorar el Espíritu, una oración que es escuchada al instante. Sí, es una oración que quizá hace ya que no soportemos nuestros padecimientos en el abatimiento o en la rebelión o en la pandemia, sino en el Espíritu de Dios. Esto, que visto con los ojos del mundo es una vergüenza, no debe ser percibido por el cristiano como algo de lo que hay que «avergonzarse»; el cristiano debe saber más bien que es precisamente, así como da gloria a Dios. Los Hechos de los Apóstoles lo confirmarán en muchos pasajes, así como las vidas de los múltiples santos que han existido a lo largo de la historia de la Iglesia. En efecto: es siempre la Iglesia perseguida y humillada la que puede rezar más eficazmente para implorar el Espíritu. Sugerencias... Puesto que Dios cumple sus promesas, nuestras comunidades han de ser comunidades gozosas y seguras en su fe (Papa Francisco, E. Gaudium). Sin querer cerrar los ojos al mal existente (cuarentena/pandemia y las mismas fake news), la promesa de Dios continúa actuándose y realizándose en medio de la comunidad. Si no la percibimos, ¿no será que nuestra fe es débil, y quizá enfermiza y que DEBEMOS pedir ayuda a Dios? Por otra parte, sin dejar a un lado las dudas y perplejidades de los cristianos en la concepción y vivencia de su fe, la presencia del Espíritu de la verdad debe confortar a la comunidad cristiana y proporcionarle una gran solidez en su fe. Nuestra fe no se apoya en los hombres, por más geniales que sean, ni en los ángeles, sino en el Espíritu mismo de Dios, que es Espíritu de Verdad, que es el Maestro Interior (otro Paráclito) que fortifica y garantiza la revelación de Dios y la respuesta de fe (martirial) a esa revelación. Temas... (otra) Cristo sigue presente. Nos quedan dos semanas ‘de Pascua’, hasta el Domingo 31 de mayo, en que la concluiremos con la solemnidad de Pentecostés. El Domingo próximo celebraremos lo que parece la "ausencia" del Señor, su Ascensión. Pero ¿es de veras una ausencia? Las lecturas de hoy nos han asegurado que Jesús sigue presente en medio de nosotros, aunque no le veamos (nosotros, los que vivimos prácticamente ya en el año 2020, pertenecemos a aquellos de los que Jesús habló a Tomás: los que creen sin haber visto). Jesús nos ha dicho en el evangelio que, a pesar de que "vuelve al Padre", sigue estando con nosotros: "no los dejaré huérfanos", "yo sigo viviendo", "Yo estoy con mi Padre, ustedes conmigo y yo con ustedes". Recordemos que las palabras de despedida el día de la Ascensión serán: "Yo estoy con ustedes todos los días". El Señor Resucitado nos está presente de muchas maneras: en la misma comunidad reunida en su nombre, en la Palabra que nos comunica, en sus sacramentos, y de modo particular en ese Pan y Vino (consagrados) que Él ha querido que fueran nuestro alimento para el camino. Y también en la persona del prójimo: "Lo que hicieren a uno de ellos, a mí me lo hacen". Si somos conscientes de esta presencia continuada del Señor Resucitado en nuestra vida, todo adquiere otro color y se nos llena de mayor confianza y optimismo la historia personal y comunitaria. ¡Vayamos con alegría a practicar las obras de misericordia! En tiempos de tormenta por el COVID-19 y las leyes de protección esto es aún mas urgente y necesario… El Espíritu, el don que nos hace el Resucitado. Empieza, de manera peculiar, a aparecer en las lecturas otro protagonista que llena de sentido nuestra vida y hace posible esa presencia del Señor Jesús: el Espíritu Santo que Él nos ha prometido y nos ha enviado. Oímos de Él en la primera lectura, que los creyentes de Samaria reciben el Espíritu por el ministerio del diácono Felipe y de los apóstoles, en lo que hoy llamamos, podemos decir, los sacramentos de la iniciación: el Bautismo y la Confirmación. De nuevo, en la segunda lectura, Pedro nos decía que Cristo, dándonos un ejemplo definitivo de entrega, bajó a la muerte, "pero volvió a la vida por el Espíritu". Y, por fin, Jesús, en la última cena, prometía a los suyos, como hemos leído en el evangelio, que nos enviaría su Espíritu como defensor y maestro de la verdad, un Espíritu que estará siempre con nosotros, que vivirá con nosotros y estará con nosotros. El Espíritu, alma de la Iglesia. El Espíritu es el que anima —también ahora— a la comunidad cristiana. Es como su alma, su motor interior. El misterio y la razón de ser de la Iglesia radican sobre todo en la presencia de Cristo y en la acción vivificadora de su Espíritu. Él es el que suscita y llena de su gracia a los ministros ordenados, signos de Cristo en y para la comunidad. En las lecturas de hoy aparecían diáconos predicando y bautizando, y los apóstoles comunicando más plenamente el don del Espíritu a los bautizados. Los ministros ordenados siguen también hoy, animando la comunidad, guiando su oración, presidiendo la celebración de sus sacramentos, evangelizando, atendiendo a los enfermos, construyendo fraternidad. Es una misión noble y difícil la que intentan cumplir: y es el Espíritu de Cristo Resucitado el que les da luz y fuerza para ello. Él es también el que anima a la comunidad entera, moviéndola interiormente, empujándola a la acción misionera y caritativa en medio de la sociedad, haciendo surgir en ella ideas e iniciativas de todo género, enriqueciéndola con sus dones de amor, de verdad, de alegría. Haciéndola una comunidad no conformista, sino trabajadora, testimonial, preocupada por la justicia y la promoción de todos. ¿No es obra del Espíritu el Concilio Vaticano II y todo lo que le ha seguido de renovación? ¿no es obra del Espíritu las obras de Misericordia que muchos cristianos están obrando en todo el mundo? Y ¿no es obra del Espíritu la paciencia fuerte de muchos cristianos laicos que padecen con fe y caridad el no poder acercarse a la Comunión Sacramental? Él es quien da eficacia a los sacramentos que celebramos: el Bautismo, en que renacemos del agua y del Espíritu; la Confirmación, que es el don del Espíritu por el ministerio del obispo de la diócesis; la Eucaristía, en que invocamos al Espíritu sobre el pan y el vino para que él los convierta en el Cuerpo y Sangre de Cristo; la Reconciliación penitencial, en que el Espíritu nos llena de su vida y su gracia... Él suscita la alegría del Matrimonio y de la consagración Sacerdotal. Él es quien da fuerza a cada cristiano, para que podamos ser fieles al estilo de vida evangélico que nos ha enseñado Cristo Jesús. Pedro nos invitaba en su carta a que tengamos ánimos, a que nos mantengamos firmes a nuestra identidad cristiana en medio de un mundo que posiblemente no nos ayuda a ello. Si ya en aquellos tiempos había contradicción entre los criterios evangélicos y los de la sociedad, igual ahora. Y nos proponía el mejor ejemplo: el mismo Cristo Jesús, que tuvo que sufrir persecución, hasta la muerte, pero fue resucitado por el Espíritu, y ahora vive triunfante junto a Dios. También ahora, el Espíritu nos quiere comunicar a cada uno de nosotros la Pascua, la vida nueva de Cristo, llena de energía, de alegría, de libertad, de creatividad ¿Será verdad que, al cabo de estas siete semanas de fiesta en torno al Resucitado, también nuestra vida de cada día será más pascual?

miércoles, 6 de mayo de 2020

HOMILIA DOMINGO QUINTO DE PASCUA cA (10 de mayo 2020)

DOMINGO QUINTO DE PASCUA cA (10 de mayo 2020) Primera: Hechos 6, 1-7; Salmo: 32, 1-2. 4-5. 18-19; Segunda: 1Pedro 2, 4-10; Evangelio: Juan 14, 1-12 Nexo entre las LECTURAS La liturgia de los últimos domingos de Pascua concentra nuestra atención sobre las enseñanzas de Jesús contenidas en el sermón de la Cena, testamento precioso dejado a sus discípulos antes de dirigirse a la Pasión. Hoy aparece en primer plano la gran declaración: «Yo soy el camino, la verdad y la Vida» (Jn 14, 6), que había sido provocada por la pregunta de Tomás, quien, no habiendo comprendido cuanto Jesús había dicho sobre su vuelta al Padre, le había preguntado: «Señor, no sabemos adónde vas: ¿cómo, pues, podemos saber el camino?» (ib 5). El apóstol pensaba en un camino material, pero Jesús le indica uno espiritual, tan excelente que se identifica con su persona: «Yo soy el camino»; y no sólo le muestra el camino, sino también el término -la verdad y la vida- a que conduce, que es también él mismo. Jesús es el camino que lleva al Padre: «Nadie viene al Padre sino por mí» (ib 6); es la verdad que lo revela: «El que me ha visto a mi ha visto al Padre» (ib 9); es la vida que comunica a los hombres la vida divina: «Como el Padre tiene la vida en sí mismo», así la tiene el Hijo y la da «a los que quiere» (Jn 5, 26. 21). El hombre puede ser salvado con una sola condición: seguir a Jesús, escuchar su palabra, dejarse invadir por su vida que le es dada por la gracia y el amor. De esta manera no sólo vive en comunión con Cristo, sino también con el Padre que no está lejos ni separado de Cristo, sino en Él mismo, pues Cristo es una sola cosa con el Padre y el Espíritu Santo. «Créanme, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí» (Jn 14, 11). Sobre esta fe en Cristo verdadero hombre y verdadero Dios, camino que conduce al Padre e igual en todo al Padre, se funda la vida del cristiano y la de toda la Iglesia. La primera y la segunda lectura nos presentan el desarrollo y la Vida de la Iglesia primitiva bajo el influjo de Jesús, «camino, verdad y vida». La lectura de los Hechos (6, 1-8) nos hacen asistir al rápido crecimiento de los creyentes como fruto de la predicación de los Apóstoles y de la elección de sus primeros colaboradores que, haciéndose cargo de las obras caritativas, dejaban a los primeros la libertad de dedicarse por entero «a la oración y al ministerio de la palabra» (ib 4). Se trataba del culto litúrgico -celebración de la Eucaristía y oración comunitaria, pero también ciertamente de la oración privada en la cual habían sido instruidos los Apóstoles con las enseñanzas y los ejemplos de Jesús. Del mismo modo que el Maestro pasaba largas horas en oración solitaria, también el apóstol reconoce la necesidad de adquirir nuevo vigor en la oración personal hecha en íntima unión con Cristo, pues sólo de esta manera será eficaz su ministerio y podrá llevar al mundo la palabra y el amor del Señor. Mientras la lectura de los Hechos nos habla de los Apóstoles y de sus colaboradores, la segunda lectura se ocupa del sacerdocio de los fieles, escribe San Pedro a los primeros cristianos: «Ustedes son linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa» (1 P 2, 9). Nadie está excluido de este sacerdocio espiritual que se extiende a todos los bautizados asociándolos al sacerdocio de Cristo Jesús, único camino que conduce al Padre, es también el único Sacerdote que por propia virtud reconcilia a los hombres con Dios y le ofrece un culto digno de su majestad infinita; pero, «allegados a él», también los fieles son levantados a un «sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por Jesucristo» (ib 4-5). Jesús es la única fuente de vida en la Iglesia, la única fuente del sacerdocio ministerial y del de los fieles; no hay culto ni sacrificio digno de Dios si no va unido al de Cristo, lo mismo que no hay santidad ni fecundidad apostólica si no derivan de Él. El Salmo nos invita a fortalecer nuestro ánimo… ¡Dios está! y por eso lo alabamos. Motivo de alabanza es la confianza ilimitada en el poder conquistador (misericordia amorosa) de Dios, porque su «plan subsiste por siempre y los proyectos de su corazón de edad en edad». Tenemos la certeza de que nuestro servicio a Dios en su progresivo reinado tiene futuro y no es una ilusión. La certeza no nace de nuestro prestigio social, de nuestras cualidades humanas, de la cantidad numerosa que somos, de la cantidad de palabras que decimos o escribimos o de nuestras técnicas: «No vence el rey por su gran ejército, no escapa el soldado por su mucha fuerza... ni por su gran ejército se salva». La certeza brota de la seguridad de que Dios ha puesto sus ojos en nuestra pobre humanidad, reanimándonos en nuestra escasez, alegrándonos en nuestras penas, auxiliándonos en las situaciones que llamamos ‘desesperadas’: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor.», dichosos si nos sabemos edificados, en la Iglesia y en el mundo, por Dios y su amor misericordioso. Temas... La casa del Padre es el cielo. En él mora Jesucristo resucitado y nos tiene preparado un lugar a nosotros. Como enseña el catecismo: "Por su muerte y resurrección Jesucristo nos ha 'abierto' el cielo (1026). Desde el cielo nos invita a seguir sus pasos ("yo soy el Camino y la Verdad y la Vida"), porque nadie va a la casa del Padre sino por Cristo. La imagen de la casa, para describirnos el cielo, nos está hablando del cielo como un HOGAR, una familia, intimidad, amor, lugar en el que da gusto estar. El cielo es el encuentro definitivo y para siempre con nuestro Padre Dios, con nuestro Redentor Jesucristo, con nuestro Santificador el Espíritu Santo, con nuestra Madre, beatísima Virgen María; igualmente, es el encuentro con todos los hermanos redimidos por la sangre de Cristo, en un abrazo indescriptible de fraternidad y comunión. El cielo es la patria del amor inmortal, del amor que ha vencido el odio y la injusticia, del amor que une a todos en una participación inefable de la vida misma de Dios-Amor, del Amor que es creador y Redentor. El cielo es nuestra verdadera PATRIA, porque aquí en la tierra "no tenemos morada permanente". Aquí en la tierra, la casa del Padre es la Iglesia (y cada uno). Una casa que se construye con piedras vivas, una casa que nunca estará terminada, porque en cada generación se renueva y se restaura, una casa con las puertas abiertas a todos los que quieran entrar, una casa donde todos nos sentimos familia de Dios. El catecismo (756) nos dice que esta “construcción” recibe en la Escritura varios nombres: "casa de Dios (1Tim 3,15) en la que habita su familia, habitación de Dios en el Espíritu (Ef 2,19-22), tienda de Dios con los hombres (Ap 21,3), y sobre todo, templo santo (1Pe 2,5). La Iglesia es una familia, y por tanto deben estar muy unidos todos los miembros entre sí, y por tanto debe haber una vocación de servicio de los padres hacia los hijos y de los hijos hacia los padres, y, por tanto, todos juntos debemos buscar, cada uno según sus posibilidades y tareas, el bien y la felicidad de la familia. Esta es la Iglesia, la “asamblea convocada” … Dios convoca a todos. Y cada uno edifica con la practica de las virtudes y de las obras de misericordia en el marco referencial de los mandamientos. Esta familia de Dios no está exenta de problemas: la primera lectura, muestra que los problemas (también esta pandemia/cuarentena) se pueden resolver, cuando hay disposición sincera en oír a Dios que nos dispone a todos en buena voluntad, colaboración, y búsqueda común -del modo más apropiado- para hallar la solución. Esto es lo que sucedió en la comunidad de Jerusalén, y por eso volvió a reinar la paz y la concordia entre los miembros de la familia. Éste debe ser también hoy el camino para afrontar las dificultades y dolores en/de la Iglesia, en cuanto familia de Dios: crecer aún más en la oración y en la práctica de las obras de misericordia… una comunidad que adora, ama y sirve, es una comunidad que crece como familia de Dios. Sugerencias... Jesús se va con el Padre, y, sin irse, volverá: Los evangelios comienzan ya a hacer referencia a los acontecimientos de la Ascensión y Pentecostés. Pero Jesús invita primero a sus discípulos a no perder la calma: «Crean en mí». Tengan la seguridad de que lo que hago es lo mejor para ustedes. Después habla con suma prudencia de su marcha: me voy a prepararles sitio y volveré para llevarlos conmigo, «a fin de que donde yo esté, estén también ustedes». Jesús se irá con el Padre. Los discípulos comprenden que eso está muy lejos y preguntan por el camino a seguir. La respuesta de Jesús es superabundante: el camino es Él mismo, no hay otro. Pero Jesús es aún más: Él es también la meta, porque el Padre, al que lleva el camino, está en Él, directamente visible para el que ve a Jesús como el que realmente es. El Señor se extraña de que uno de sus discípulos todavía no se haya dado cuenta de ello después de tanto tiempo de vida en común. En Él, que es la Palabra de Dios, Dios Padre habla al mundo; e incluso el Padre hace sus obras en Él: se alude aquí a los milagros de Jesús, que realmente deberían ayudar a todo hombre a creer que el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre. Jesús volverá con una figura que no dará lugar a ningún malentendido: con la gloria del Padre resplandeciendo en Él. Pero en el entretanto no dejará «desamparados» a los suyos: habitará con el Padre íntimamente en ellos, de una manera que Él les revelará a ellos solos (Jn 14,23), y el Espíritu Santo de Dios les hará comprender «que yo estoy con el Padre, ustedes conmigo y yo con ustedes». Al final aparece una promesa casi incomprensible para la Iglesia: ella hará, si cree en Jesús, «las obras que yo hago, y aún mayores». Ciertamente no se trata de milagros más espectaculares; lo que Jesús quiere decir es que a la Iglesia le está reservada una presencia, buena y misericordiosa, en el mundo para hacer que la salvación llegue a todos en todas partes. La oración dominical, la oración del Señor, el Padrenuestro, nos señala la espiritualidad de hijos y hermanos que tenemos que madurar todos los días hasta el fin de los días. La casa espiritual. Tras la marcha de Jesús al Padre y el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia, se construye (en la segunda lectura) el templo vivo de Dios en medio de la humanidad, y los que lo edifican como «piedras vivas» son al mismo tiempo los sacerdotes que ejercen su ministerio en él y que son designados incluso como «sacerdocio real», conviene volver a invitar a rezar por el aumento de las vocaciones sacerdotales y por la perseverancia fiel de los sacerdotes. Al igual que el templo de Jerusalén con sus sacrificios materiales era el centro del culto antiguo, así también este nuevo templo con sus «sacrificios espirituales» es el centro de la humanidad redimida; está construido sobre «la piedra viva escogida por Dios», Jesucristo, y por ello participa también de su destino, que es ser tanto “la piedra angular” colocada por Dios como la “piedra de tropezar”. La Iglesia no puede escapar a este doble destino de estar puesta como Luz de las Naciones y también “signo de contradicción”, la Iglesia participa del misterio que el anciano Simeón anunció de Cristo y de la Virgen María, está en el mundo “para que muchos caigan y se levanten” (Lc 2,34). Servicio espiritual y temporal. La primera lectura, en la que se narra la elección de los primeros diáconos para encargarlos de una tarea administrativa, temporal de la Iglesia, mientras que los apóstoles prefieren dedicarse «a la oración y al servicio de la palabra», muestra las dimensiones de la casa espiritual construida sobre Cristo. Del mismo modo que el Hijo era auténticamente hombre en contacto permanente de oración con el Padre y anunciando su palabra, pero al mismo tiempo había sido enviado a los hombres del mundo, a enfrentarse a sus miserias, enfermedades y problemas espirituales, así también se reparten en la Iglesia los diversos carismas y ministerios sin que por ello se pierda su unidad. Dicho con palabras del evangelio: Cristo va a reunirse con el Padre sin dejar de estar con los suyos en el mundo. Él sabe «que ellos se quedan en el mundo» (Jn 17,11) y no lo olvida en su oración; el Espíritu que les envía es Espíritu divino y a la vez Espíritu misional que dirige y anima la misión de la Iglesia. Nuestra Señora de la anunciación y de la misión, ruega por nosotros.

domingo, 26 de abril de 2020

HOMILIA DEL CUARTO DOMINGO DE PASCUA (3 DE MAYO 2020)

DOMINGO CUARTO DE PASCUA cA (03 de mayo 2020) Primera: Hechos 2, 14a. 36-41; Salmo: 22, 1-6; Segunda: 1Pedro 2, 20b-25; Evangelio: Juan 10, 1-10 Nexo entre las LECTURAS Jesús, como PUERTA del redil, es la metáfora que sintetiza el mensaje de la liturgia. También la LIBERTAD es un tema nexo, pues la imagen de “puerta” (y más en estos días de cuarentena) sugiere la idea de por salir y de entrar, de ir y venir. Jesús dice de sí mismo: “Les aseguro que yo soy la puerta por la que deben entrar las ovejas” (evangelio). En los Hechos de los Apóstoles, Pedro exhorta a sus oyentes: “Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados” (primera lectura), y sabemos que el bautismo es la puerta por la que se entra en la Comunidad cristiana. El mismo Pedro, en su primera carta, escribe a las comunidades de Asia Menor: “andaban como ovejas perdidas, pero ahora han vuelto al Pastor y Guardián de ustedes” (segunda lectura), indicando una de las funciones de la puerta, que es proteger al rebaño de todo lo que pueda dañarlo. Como broche de oro rezamos con el salmo 22, uno de los más bellos de todo el salterio que comienza con una afirmación ‘atrevida’: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Como creyentes nos sabemos guiados y acompañados por la mano firme y protectora del pastor. Al rezarlo proclamamos con audacia tranquila la ausencia de ambiciones… confesamos que tenemos todo lo que necesitamos: conducción, seguridad, alimento, defensa, escolta, techo donde habitar... Difícilmente anidarán en nuestro corazón la agresividad, la envidia, la rivalidad, todas esas actitudes que amenazan siempre el convivir con los otros fraternalmente… pues el Señor es nuestro Pastor y nada más nos falta. Temas... - En el capítulo 10 san Juan utiliza diversas imágenes, que tienden a explicar la realidad de la comunidad cristiana, de la Iglesia: redil, puerta, pastor, asalariado, etc. En esta bellísima alegoría el redil es la comunidad de creyentes en Cristo. Jesús es tanto la puerta del redil, como el pastor de las ovejas. El texto habla de asalariados, ladrones y asaltantes… la liturgia de hoy, con todo, se centra en la imagen de Jesucristo, PUERTA. Es bueno que podamos volver una vez más a la rica imagen de Puerta Jubilar… pues no era la de material, sino que CRISTO, LA PUERTA. - La puerta es el lugar por donde se entra al redil, a la comunidad de fe. Esa puerta es Cristo muerto y resucitado, que ha constituido un nuevo rebaño mediante una nueva alianza en su sangre. El cristiano pasa por esa puerta de salvación hacia la nueva comunidad de fe por medio del bautismo. Por el bautismo somos inmersos en el misterio pascual de Jesucristo, y somos simultáneamente incorporados a la Iglesia (cf. CIC 1213-1214). Quien quisiera entrar al redil, pertenecer a la Iglesia, sin pasar por la Puerta, que es Cristo, es "ladrón y salteador" (Jn 10,1). Una pertenencia meramente mundana a la Iglesia es imposible; como es asimismo imposible querer separar la fe en Jesucristo de la fe y pertenencia a la Iglesia (no es posible la afirmación: "Cristo sí, Iglesia no"). Inmersos en el misterio pascual de Cristo, nuestro estilo de vida debe ser “misericordiosos como el Padre” y servidores como Jesús… hasta el fin. - La puerta es el lugar por donde las ovejas salen del redil en busca de buenos pastos. ¿Cuáles son esos pastos para la comunidad cristiana? Ante todo, la Palabra viva y eficaz de la Escritura, luego los sacramentos instituidos por Jesucristo para la salvación de los creyentes, finalmente el buen ejemplo de los hermanos en la fe, la práctica de la Caridad, hagamos memoria de San José Gabriel, Mama Antula, Tránsito Cabanillas, Crescencia Pérez, Ceferino, Don Zatti, Laurita Vicuña, Angelelli, Wenceslao… La puerta para tener acceso a esos buenos pastos es Jesucristo en su realidad histórica y en su vida gloriosa, Palabra de Dios y auténtico 'exegeta' del Padre, fuente y origen primordial de todos los sacramentos, arquetipo del estilo cristiano de vida. Los santos nos guían por este camino para entrar por la PUERTA. - La puerta del redil es también un instrumento de protección y defensa de quienes están dentro. Jesucristo resucitado es el guardián de las ovejas, que las defiende de cualquier salteador (hoy la ‘pandemia’ y la cuarentena) y de cualquier lobo rapaz que merodea en torno al redil. Cuando la comunidad creyente está protegida por Cristo, Única Puerta del redil, hemos de estar seguros de que al rebaño no le acaecerá nada malo, no sufrirá ningún daño, incluso en medio de tribulaciones, tormentas y grandes dificultades de enemigos poderosos que quieren asaltar el rebaño. Por deseo de san Pablo VI, papa, se celebra hoy en toda la Iglesia la jornada mundial por las vocaciones sacerdotales (este año es la 57ma) con cuatro palabras claves: “dolor, gratitud, ánimo y alabanza”. Tengamos presente que el sacerdote ciertamente no es la puerta del redil, pero sí el guardián que la abre y la cierra a las ovejas. Un momento propicio para rezar por la santidad de nuestros sacerdotes, del Obispo, por el aumento de las vocaciones, especialmente por quienes están atravesando alguna crisis vocacional. Es de mucha actualidad y de mucha necesidad para el futuro de la fe. (1) Sugerencias... Yo soy la Puerta. Pocas veces se habrá hablado de la libertad con tanta ambigüedad y confusión como en nuestros días. Hay una «liberación» impuesta por el nuevo contexto social que lejos de ser un camino de crecimiento personal es represión y anulación de una verdadera personalidad humana. «¿Todavía no te has liberado?» Esta es la llamada que se nos hace hoy desde diversos ámbitos de la sociedad, invitándonos a romper con tradiciones, costumbres o fidelidades pasadas, para entrar en ‘otra esclavitud’ impuesta por nuevas modas y presiones sociales. - Hay quienes se creen más libres por el hecho de romper con todo lo prohibido anulando toda conciencia de culpabilidad. Olvidan que éste es el camino mejor para caer en la irresponsabilidad, el narcisismo autocomplaciente y la esterilidad. - Otros quieren ser «libres como pájaros» y rehúyen todo aquello que puede exigirles compromiso y entrega. Olvidan que estamos hechos para ser libres no como pájaros sino como hombres (amar y servir). - Ser libre es una ilusión si no nos conduce a ser más humanos. ¿Qué es la libertad si no nos lleva a una mayor fidelidad a nosotros mismos, una coherencia mayor con nuestras convicciones más profundas, una búsqueda sincera y sacrificada de lo que puede dar un sentido más digno y noble a nuestra vida? La Virgen María es el modelo perfecto de libertad y lo expresó diciendo: “aquí esta la ESCLAVA del Señor”. Discernir… ¿Puede decirse que un hombre «se ha liberado» por el simple hecho de haber superado escrúpulos tradicionales en el campo religioso, moral y social, si vive aburrido, sin proyecto ni horizonte alguno, incapaz de dar sentido a su vivir diario? ¿Puede decirse que «se ha liberado» quien actúa movido únicamente por espíritu de competencia, eficacia y éxito, utilizando su poder para imponerse, lleno de horror ante el fracaso, incapaz de nada que signifique entrega generosa y gratuita al otro? ¿Puede ser libre quien dice “es mi cuerpo, yo decido” y después va a pedir para que otros paguen y sostengan su decisión… para que otros, dictaminando una ley les quite (o pretendan) el peso de la conciencia? Son muchos los contagiados por eso que alguien ha llamado «el mal de la libertad», es decir, la búsqueda obsesiva de una libertad vacía de contenido, que no quiere saber nada de entrega, fidelidad, solidaridad, crecimiento personal y comunitario. Ser creyente es vivir vinculado a Cristo. Pero precisamente, esa vinculación y adhesión a Cristo es lo que permite al cristiano dar contenido humano a su libertad. Él es la puerta que da acceso a la auténtica liberación. Sean profundos y amen la oración. Tal vez uno de los riesgos más preocupantes de la Comunidad humana –en todo el mundo– sea la superficialidad, la improvisación, el inmediatismo y la aceptación del relativismo. Falta más reflexión y más oración; meditar más la Palabra de Dios, desde el corazón de la Iglesia; por eso, falta de compromiso y de coraje, falta de verdadera esperanza. Hace falta una humanidad, una juventud alegre y serena, reflexiva y orante, que ame el desierto y el silencio, que lea y escuche, que medite y rece, que esté en contacto con la naturaleza y contemple. Rezamos para que la cuarentena sea aprovechada en nuestros corazones y mentes para ser mas de Dios, de Cristo… que es la puerta para poder salir hacia el bien para gloria de Dios. Una humanidad, una juventud profunda, capaz de comprometerse radicalmente con el Señor (incluso capaz de venderlo todo, sentirse libre y seguir al Señor), y al mismo tiempo, sensible al dolor del hombre –a su pobreza, a su enfermedad, a su miseria– y con capacidad de acogida, de solidaridad y de servicio. Si la juventud argentina –particularmente la cristiana– quiere construir verdaderamente la civilización del amor, hacer con todos una Patria de hermanos (cosas que rezamos el sábado con ocasión de los 400 años de la visita de la Virgen del Valle), tiene que ser una juventud que escuche la Palabra de Dios, la acoja con docilidad, la guste contemplativamente, la realice con disponibilidad y la comunique con alegría. Esta es la promesa de Jesús: ¡Yo soy la PUERTA! Y luego: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. Responder a su llamada, orientar la vida en la dirección que señala su mensaje, comprometerse en construir «el reino de Dios», es lo que puede ayudarnos a conocer la verdadera liberación. (2) Sugerencias... Propongo algunos puntos de reflexión: “Explicar”, iluminar y ayudar a la Comunidad PARA que puedan comprender que una ‘Iglesia sin sacerdotes’ no es la Iglesia querida por Jesucristo, como tampoco lo sería ‘una Iglesia sin laicos’. La Iglesia de Cristo está constituida por jerarquía y laicado, por pastores y ovejas, por quienes han sido llamados a ejercer el servicio de la autoridad y de la donación total, y quienes han sido llamados a ejercer el servicio de la obediencia de la fe y de la santificación en el mundo. Y rezar mucho para que tanto Sacerdotes y Laicos sean santos, trabajen seriamente su vida interior para que lleguen a serlo… y santos místicos. La vocación sacerdotal es un don de Dios, pero que requiere la colaboración de todos (familia, parroquia, asociaciones, movimientos eclesiales) para que el don despunte en el corazón de los llamados. La semilla de Dios difícilmente despuntará, crecerá, si no encuentra una tierra buena y fecunda. ¿Nos hemos preguntado alguna vez sobre el número de vocaciones al sacerdocio, 'malogradas' porque no contaron con el ambiente favorable? Orar con constancia por las vocaciones sacerdotales: por los seminaristas que inician el camino de preparación, por quienes ya están en camino para que continúen en él preparándose lo mejor posible para llevar a cabo su ministerio pastoral: que es amar como Jesús y servir como el Buen Pastor, orar por quienes ya son sacerdotes para que tengan siempre presente ante sus ojos 'al pastor y guardián de nuestras almas'. ¿No sería estupendo instituir en tu parroquia la adoración por las vocaciones, un día de cada mes? También es bueno que podamos ayudar con nuestro aporte, dinero, de manera individual o en grupos para mantener a los seminaristas y a los Seminarios. ¿Conoces cómo se hace en la diócesis este aporte organizado? ¿te organizas para hacer tu aporte o el de tu familia? ¿Hablas de las vocaciones sacerdotales? Los sacerdotes, ¿ofrecemos espacios para hablar del sacerdocio? ¿invitamos para que sigan a Cristo más de cerca en el camino sacerdotal? (3) Sugerencias... Queridos hermanos y hermanas: El 4 de agosto del año pasado, en el 160 aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, quise ofrecer una Carta a los sacerdotes, que por la llamada que el Señor les hizo, gastan la vida cada día al servicio del Pueblo de Dios. En esa ocasión, elegí cuatro palabras clave —dolor, gratitud, ánimo y alabanza— para agradecer a los sacerdotes y apoyar su ministerio. Considero que hoy, en esta 57 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, esas palabras se pueden retomar y dirigir a todo el Pueblo de Dios, a la luz de un pasaje evangélico que nos cuenta la singular experiencia de Jesús y Pedro durante una noche de tempestad, en el lago de Tiberíades (cf. Mt 14,22-33). Queridos hermanos: Particularmente en esta Jornada, como también en la acción pastoral ordinaria de nuestras comunidades, deseo que la Iglesia recorra este camino al servicio de las vocaciones abriendo brechas en el corazón de los fieles, para que cada uno pueda descubrir con gratitud la llamada de Dios en su vida, encontrar la valentía de decirle “sí”, vencer la fatiga con la fe en Cristo y, finalmente, ofrecer la propia vida como un cántico de alabanza a Dios, a los hermanos y al mundo entero. Que la Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros. Roma, San Juan de Letrán, 8 de marzo de 2020, II Domingo de Cuaresma (Mensaje del Papa Francisco) 2 archivos adjuntos — Descargar todos los archivos adjuntos 3. Domingo Cuarto de Pascua cA 2020.docx 27K Ver como HTML Descargar 04 Dom Pascua cA. Meditación.ppsx 1422K Descargar

domingo, 12 de abril de 2020

HOMILIA II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cA (19 de abril 2020)

II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cA (19 de abril 2020) Primera: Hechos 4, 42-47; Salmo: Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24; Segunda: 1 Pedro 1, 3-9; Evangelio: Juan 20, 19-31 Nexo entre las LECTURAS Esta Liturgia nos presenta sobre todo la misericordia de Dios y respuesta del hombre ante tan gran misterio: la fe gozosa. El apóstol Tomás es tal vez un paradigma de todo hombre: pasó de la incredulidad a la fe en Cristo resucitado, de la búsqueda de evidencias a la confesión gozosa y emocionada (evangelio). La comunidad de Jerusalén proclama su fe en la resurrección, cuando se reúne los Domingos para escuchar la predicación de los apóstoles, y celebrar en comunión fraterna la fracción del pan, signo del misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo (primera lectura). Las palabras de Pedro resuenan todavía frescas a nuestros oídos: "Sin verlo creen en él, y se alegran con un gozo inefable y radiante, seguros de alcanzar el término de esa fe, que es la salvación" (segunda lectura). El centro es que Cristo vive y es el Señor Glorioso. Es Él quien se hace presente a su comunidad y la anima: "Y se llenaron de alegría al ver al Señor" (evangelio). Nos dice san Juan en el Apocalipsis: "No temas: yo soy el que vive, estaba muerto, y ya ves, vivo...". Esa es la raíz de toda la fe, esperanza y dinamismo de la comunidad cristiana… Cristo sigue vivo, sigue presente a su comunidad, guiándola y animándola por su Espíritu, como lo hizo con la primera y lo hará hasta la victoria final. Temas... Rasgos de la Comunidad Pascual… muchos de estos se notan entre nosotros en día de cuarentena Mostremos al mundo que creemos en el Resucitado y que nos dejamos mover por el Espíritu Santo que nos impulsa. Recordemos con fe que la comunidad, es fruto de la Pascua del Señor. a) Es una comunidad de creyentes, que se reúnen por la fe en Cristo: "hombres y mujeres que se adhieren al Señor" (Hechos), los que creen que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios y en su nombre tienen vida, los que le siguen porque Él es el "primero y el último", el Señor de la historia. Y HOY creemos y lo seguimos. b) Es una comunidad misionera y que crece. Jesús les ha dado la misión de ser sus testigos: "yo los envío", y les infunde su Espíritu para que les ayude (evangelio). Y en efecto en los Hechos vemos que cumple el encargo: "crecía el número de los creyentes". No es una comunidad cerrada, sino abierta y dinámica. ¡Qué bueno que lo sigamos notando! El Señor sigue impulsando a tantos mártires y en estos días especialmente en torno a la TORMENTA del COVID-19 que se desató. Y, como Iglesia, con la fuerza de DIOS seguimos amando y sirviendo a todos, especialmente a los mas necesitados de cosas y de su misericordia. c) Es una comunidad fraterna y servidora, que continúa haciendo lo mismo que había hecho su Maestro: el bien. Practica la fraternidad y cura a los enfermos (Hechos). Esos son sus mejores carismas y signos. Practicamos la caridad en casa y en las calles… con todos, muy singularmente con los ancianos y enfermos. d) Esta comunidad sabe lo que es el sufrimiento en el camino de la vida. Es una generación que "no ha visto a Jesús" y por ello tiene doble mérito en su fe (evangelio). Una comunidad desterrada en medio de un mundo hostil e indiferente, "en la tribulación" (dice el Apocalipsis). Pero supera desde la fe y la esperanza las dificultades. ¡GRACIAS! Señor… pues en el sufrimiento renovamos la entrega gozosa de nuestra vida. e) Se reúne cada Domingo para celebrar su fe y su encuentro con el Resucitado. La primera aparición del Señor es "el primer día de la semana", y la siguiente "a los ocho días", o sea, siempre en el día que los judíos llamaban "primero después del sábado", pero como fue el día en el que resucitó Jesús, pronto se llamó "el día del Señor" (Apocalipsis), en latín "dominicus dies", Domingo. La "comunidad del Señor" se reúne en "el día del Señor" para celebrar "la cena del Señor": siempre centrada en Cristo, y por eso viva y esperanzada. Y desde CRISTO vivimos para gloria de Dios y bien de todos, todos los días de la semana… f) Es una comunidad sacramental: no sólo por la Eucaristía, en la que es alimentada progresivamente en su encuentro con Jesús -Palabra y Alimento de Vida- sino además porque en la perspectiva de la Pascua entran el Bautismo, la Confirmación del Espíritu, y también el perdón del sacramento de la Reconciliación: "reciban el Espíritu Santo: a quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados" (evangelio). Esto se nota peculiarmente ahora (2020) en que muchísimos piden los SACRAMENTOS y estamos a la espera de celebrarlos con todos muy pronto… Rezamos y nos alentamos a vivir con alegría nuestra vida pascual. Según la “asamblea”, podemos insistir en un rasgo más que en otro, pero todos deberíamos considerar este Domingo como el día en que el Señor nos llama a dar un lindo paso como Iglesia, pobre y misericordiosa, para gloria de Dios y salvación de todos. Recordemos con alegría y con fe que el protagonista de la nueva vida pascual es Cristo y su Espíritu, no nosotros en primer lugar. Es Él quien nos quiere comunicar su Pascua, la Pascua, sobre todo a partir de nuestra Eucaristía dominical. También recordemos que su don pascual es una urgencia de compromiso y de apertura por parte nuestra, para que nuestro testimonio en el mundo sea creíble y "crezca el número de los creyentes". Sugerencias... La experiencia gozosa y dinámica de la primera comunidad en la Pascua debería verse, hoy de un modo especial, como prototipo de la nuestra cada Domingo y todos los días... de hecho se refleja en el gozo de vivir esta cuarentena en las manos de Dios y con mucha obediencia… alguno quedándonos en casa… otros sirviendo desde distintos lugares de servicio comunitario. El primer día de la semana, y todos los días… y de nuevo el día octavo, o sea, el Domingo, la comunidad apostólica experimentó la presencia de su Señor, en éste último, con Tomás por el anuncio gozoso de los otros, y "se llenaron de alegría". El Señor les dio su Espíritu, les envió como el Padre le había enviado a Él, les dio el encargo de la reconciliación ("a quienes perdonen los pecados..."). El tono de la homilía, pascual y positivo, podría hoy apuntar claramente a la realidad del Domingo cristiano. También nosotros estamos convencidos de la presencia del Señor (según el Misal, IGMR 28, con el saludo "El Señor esté con ustedes", el presidente “manifiesta a la comunidad reunida la presencia del Señor"). También nosotros le descubrimos en su Palabra ("Cristo, por su Palabra, se hace presente en medio de sus fieles": (cf.IGMR 7. 9. 33). También nosotros nos gozamos de la presencia y la donación de Cristo que se hace nuestro alimento en cada Eucaristía. El Domingo, la Pascua semanal, el día que dedicamos a Cristo. O mejor, el día que Cristo Resucitado nos dedica, y Él presente en nuestra vida los siete días de la semana, nos muestra su cercanía de un modo especial. Como a los apóstoles, nos da su Espíritu, nos comunica su paz, nos envía a anunciar la reconciliación y alaba nuestra fe... Nuestra reunión eucarística Dominical es algo más que cumplir un precepto o satisfacer unos deseos espirituales. Vale la pena presentar los valores del Domingo cristiano en unos tiempos en que está peligrando su misma existencia, o al menos su sentido profundo. También a nosotros, hoy, en este Domingo que san Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, el Señor nos muestra, por medio del Evangelio, sus llagas… que este año tienen la marca del “coronavirus” y de la “cuarentena” en los miles y millones que están con hambres, soledad, susto y miedo por no poder “pagar” “honrar” sus deudas. Son sus llagas, llagas de misericordia. Y es verdad que «Por sus llagas fuimos sanados» (Is 53,5). Jesús nos invita a mirar sus llagas (en medio de tanto dolor, de todo dolor), nos invita a tocarlas, como a Tomás, para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso. Entramos y esperamos un mundo mejor en paz… y en bienestar. A través de ellas, como por una brecha luminosa, podemos ver todo el misterio de Cristo y de Dios: su Pasión, su vida terrena –llena de compasión por los más pequeños y los enfermos–, su encarnación en el seno de María. Y podemos recorrer hasta sus orígenes toda la historia de la salvación: las profecías –especialmente la del Siervo de Yahvé–, los Salmos, la Ley y la alianza, hasta la liberación de Egipto, la primera pascua y la sangre de los corderos sacrificados; e incluso hasta los patriarcas Abrahán, y luego, en la noche de los tiempos, hasta Abel y su sangre que grita desde la tierra. Todo esto lo podemos verlo a través de las llagas de Jesús Crucificado y Resucitado y, como María en el Magnificat, podemos reconocer que «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1,50). Pedimos paciencia mientras esperamos tu socorro, Señor. Nos preguntamos. Ante los trágicos acontecimientos de la historia humana, nos sentimos a veces abatidos, y nos preguntamos: «¿Por qué?». La maldad humana puede abrir en el mundo abismos, grandes vacíos: vacíos de amor, vacíos de bien, vacíos de vida. Hoy el mundo parece, mas lleno que nunca, de ambiciones desmedidas... como que mas que nunca nos hemos subido al trono de nuestra soberbia y orgullo y planificamos una existencia a las espaldas de Dios y de sus mandamientos y preceptos. Y nos preguntamos: ¿Cómo podemos salvar estos abismos? Para nosotros es imposible; sólo Dios puede colmar estos vacíos que el mal abre en nuestro corazón y en nuestra historia. Es Jesús, que se hizo hombre y murió en la cruz, quien llena el abismo del pecado con el abismo de su misericordia. San Bernardo, en su comentario al Cantar de los Cantares (Disc. 61,3-5; Opera omnia 2,150-151), se detiene justamente en el misterio de las llagas del Señor, usando expresiones fuertes, atrevidas, que nos hace bien recordar hoy. Dice él que «las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios». Es este el camino que Dios nos ha abierto para que podamos salir, finalmente, de la esclavitud del mal y de la muerte, y entrar en la tierra de la vida y de la paz. Este Camino es Él, Jesús, Crucificado y Resucitado, y especialmente lo son sus llagas llenas de misericordia. Los Santos nos enseñan que el mundo se cambia a partir de la conversión de nuestros corazones, y esto es posible gracias a la misericordia de Dios. Por eso, ante mis pecados o ante las grandes tragedias del mundo, «me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. Él, en efecto, “fue traspasado por nuestras rebeliones” (Is 53,5). ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte de Cristo?» (ibíd.). Con los ojos fijos en las llagas de Jesús Resucitado, cantemos con la Iglesia: «Eterna es su misericordia» (Sal 117,2). Y con estas palabras impresas en el corazón, recorramos los caminos de la historia, de la mano de nuestro Señor y Salvador, nuestra vida y nuestra esperanza. (con el Papa Francisco). Nuestra Señora, Madre de Misericordia, Ruega por nosotros y danos la salud.

lunes, 6 de abril de 2020

HOMILIA JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (09 de abril 2020

jUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (09 de abril 2020) Primera: Éxodo 12, 1-8.11-14; Salmo: Sal 115, 12-13.15-16bc.17-18; Segunda: 1Corintios 11, 23-26; Evangelio: Juan 13, 1-15 Nexo entre las LECTURAS La Liturgia nos lleva a la sala (Cenáculo) en donde Jesús, con sus discípulos, se reúne para celebrar una Cena. El texto y el contexto nos dicen que no es ‘una cena cualquiera’. Se trata de una cena singular, de gran importancia para todos los comensales. En la primera lectura, los que debían reunirse para “cenar” son los miembros de una familia israelita, y con esa cena celebran la liberación de la esclavitud egipcia: "Lo comerán esa noche, asado al fuego, con panes ácimos y hierbas amargas". En el Evangelio, quienes "están cenando" (Jesús y sus discípulos) lo hacen en momentos dramáticos, que preanuncian la pasión y glorificación del Señor. A esta -cena- habitualmente la llamamos “Última Cena”. El texto de la segunda lectura nos refiere ‘cosas’ de los cristianos de Corinto, ellos se reunían primeramente para cenar y luego para celebrar el memorial de la "Cena del Señor" y nos pide san Pablo que lo hagamos como el Señor lo pidió, no según nuestro parecer. Por esto, podríamos llamar a ESTA CENA, PRIMERA CENA de la que celebramos hasta el fin de los tiempos. Gracias, Señor, por tu gran amor manifestado en esa Primera Cena y el que nos muestras en cada celebración eucarística. Temas... REVELACIÓN. Dios nos revela las realidades sobrenaturales, y las propone a nuestra fe, mediante las realidades más cotidianas de la humana experiencia. ¿Qué cosa más cotidiana y normal que los miembros de una familia, o los amigos se junten para comer y convivir unas horas en un ambiente de alegría y espontaneidad? Eso es, según señalan los textos de hoy, la Misa, la Eucaristía: un banquete gozoso de Jesús con sus amigos; y un banquete, tanto más especial, porque "nos da para comer su Carne y a beber su Sangre" en un ambiente de fe, de amistad, de alegría y de convivio. La "Santa Misa" es una invitación del Señor que exulta de gozo por encontrarse con nosotros, los "hermanos" para celebrar juntos un banquete de amor y de libertad. Es tan grande y maravillosa esta oportunidad que está preceptuada para todos los Domingos y algunas fiestas -de guardar-. La Iglesia que es Madre, sabe que nos hace bien celebrar y comulgar. LIBERTAD. La Eucaristía es una fiesta de libertad. En el mundo judío, esta fiesta se celebraba anualmente con un ritual bellísimo y elocuente: la sangre 'liberadora' del cordero inmolado marcando los palos de las tiendas, el hijo más pequeño que pregunta al padre de familia por el sentido de la fiesta, la cena de pie, con la cintura ceñida, con panes ácimos, y en disposición de marcha... Entonces celebraban la liberación del poder opresor de Faraón, rey de Egipto, símbolo de toda esclavitud. Los cristianos, cada Domingo, cuando celebramos la Eucaristía, celebramos la fiesta de la libertad de los hijos de Dios: liberación del pecado y de todas sus "consecuencias" gracias a Jesucristo, Cordero inocente, inmolado para redención de todos los hombres. Es importante que nosotros, discípulos misioneros, tengamos muy presente este aspecto (misterio) de la Eucaristía: fiesta de la libertad (libertad de la gracia, libertad interior, libertad de los condicionamientos humanos... libres para amar y servir). Una libertad, inseparable del amor, verdadera razón de ser de la redención de Cristo, verdadera y única respuesta digna del hombre. FRATERNIDAD. La Eucaristía, como nos recuerda san Pablo, es también una fiesta de fraternidad. Todos juntos, celebrando la Cena del Señor, nos sentimos hermanos entre nosotros porque somos todos hermanos de Cristo e hijos del mismo Padre. El rezo del padrenuestro y la participación en la comunión, comulgando, expresan verdaderamente esta fraternidad. Una fraternidad que no puede reducirse a la reunión dominical en torno a Cristo, sacerdote y víctima, sino que debe prolongarse día tras día a lo largo de toda la semana. Nos reunimos como hermanos, el Domingo, para vivir como hijos y hermanos todos los días. OÍR AL SEÑOR. En cada celebración volvemos a oír a DIOS que nos dice, en el decir de Santa Aìngela de Foligno que aseguroì haber escuchado de Jesuìs estas palabras: «No te he amado en broma». Su amor lo llevoì a sacrificarse por nosotros, a cargar sobre siì todo nuestro mal. Esto nos deja con la boca abierta: Dios nos salvó dejando que nuestro mal se ensanÞase con Él. Sin defenderse, sólo con la humildad, la paciencia y la obediencia del siervo, simplemente con la fuerza del amor. Y el Padre sostuvo el servicio de Jesuìs, no destruyoì el mal que se abatiìa sobre Eìl, sino que lo sostuvo en su sufrimiento, para que sólo el bien venciera nuestro mal, para que fuese superado completamente por el amor. Hasta el final. (Papa Francisco, 5 de abril de 2020) ... y continua el Santo Padre: Queridos hermanos y hermanas: ¿Queì podemos hacer ante Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono? Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa. Estamos en el mundo para amarlo a Eìl y a los demás. El resto pasa, el amor permanece. Sugerencias... (siguiendo el rito de la primera lectura) La cena pascual. Miren a mi Siervo, a quien sostengo. El Padre, que sostuvo a Jesuìs en la Pasión, también a nosotros nos anima en el servicio. Es cierto que puede costarnos amar, rezar, perdonar, cuidar a los demás, tanto en la familia como en la sociedad; puede parecer un vía crucis. Pero el camino del servicio es el que triunfa, el que nos salvó y nos salva. Es bueno contemplar a Jesús, en la mesa, con sus amigos, viviendo ese ritual... tan lleno de símbolos. Y que nosotros lo vivamos en Misa y en la Vida. Queridos amigos. La Pascua se inserta en el calendario de los hombres. «En el tiempo», en la historia de nuestra época, en la historia de mi propia vida, es donde se inserta nuestra «salvación». Este año... la Pascua tiene la marca de “pandemia” de “cuarentena”, es la que estamos celebrando, no será la de años anteriores, tal vez sea la primera y la última con estas características. Ésta nos marcará y será para nosotros como un nuevo comienzo. ¿Qué ‘nuevo’ inaugurará esta Semana Santa para mí? El Papa nos dice (05.04.2020): Queridos amigos: Miren a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a siì mismos para servir a los demás. Siéntanse llamados a jugarse la vida. No tengan miedo de gastarla por Dios y por los demás: ¡La ganarán! Porque la vida es un don que se recibe entregándose. Y porque la alegría más grande es decir, sin condiciones, “SI”, AL AMOR. Como lo hizo Jesuìs por nosotros y lo hizo la Virgen Madre. En familia, como Iglesia doméstica… la fiesta de PASCUA es siempre en familia y con el vecino, los vecinos… con el más próximo. Rito comunitario que viviremos en la verdad del corazón nuestro y del corazón de Dios. Como ¡No puede cumplirse solo, individualmente! Tengamos especialmente a los demás, a los pobres, débiles, sufrientes, los que fueron, los que son, los que serán… los que rezan por nosotros y los que nos piden oraciones. Ea! Recordar que es un “Rito actual”. No es sólo recuerdo del pasado, de la «liberación de Egipto» ... Es también la «liberación actual». Cada generación está comprometida a ese rito. Todos los años, ¡cada una de las casas es señalada con la "sangre" que salva! Este año, cada casa, cada cristiano, necesita participar del sacrificio de Jesús... parece importante ¡y lo es! el protegerse y cuidarse del COVID-19… pero ¡también lo es! la confesión y comunión de Pascua... que muchos deberán hacerlo después, lo más rápidamente posible, cuando terminen estos tiempos de cuarentena, ¡Vivir estas PASCUAS con más intensidad que de costumbre! ¡Liberados! ¿Estoy realmente convencido? ¿Siento que lo necesito? Dios presente y ayudando: «Yo soy el Señor. Veré la sangre y pasaré de largo ante las casas de ustedes, y no habrá plaga exterminadora entre ustedes. La sangre que salva del mal. La sangre que «quita el pecado del mundo». Por tu Cuerpo, sanados... por tu Sangre, sanados. Sana, Señor, el corazón del hombre, sana mi corazón, que trabaje responsablemente por la paz… por la salud… por la salvación. Ceñidas las cinturas, el bastón en la mano. De generación en generación lo celebraran como fiesta... Yo soy también un «peregrino» en marcha hacia la Tierra Prometida. ¿De veras estoy disponible, presto a partir para la gran aventura del “camino del Cielo”? Esta noche se sale de Egipto y se va... hacia la tierra que Dios nos promete. Se deja la tierra de esclavitud, y se va hacia la tierra de libertad. ¿Cuándo se llega? Se deja la vida de pecado y se va hacia una vida de santidad. ¿Cuándo llegaremos? Por el momento, lo importante es haber tomado el rumbo… y cada una de las MISAS nos van llevando de fe en fe, de fiesta en fiesta HASTA llegar a la fiesta de la vida, la bienaventuranza eterna. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.

lunes, 9 de marzo de 2020

Testigo de una época: Cura Brochero (capítulo completo) - Canal Encuentr...

YHWH - "SEÑOR"

HOMILIA Tercer Domingo de CUARESMA cA (15 de marzo de 2020)

Tercer Domingo de CUARESMA cA (15 de marzo de 2020) Primera: Éxodo 17, 1-7; Salmo: Sal 94, 1-2. 6-9; Segunda: Romanos 5, 1-2. 5-8; Evangelio: Juan 4, 5-42 Nexo entre las LECTURAS Situación. El tercer Domingo (en todos los ciclos) tiene a Moisés como protagonista. Este año con el episodio del agua de la roca del Horeb tras la revuelta del pueblo cansado y sediento. Lo que más caracteriza a este Domingo tercero del ciclo A, es el comienzo de los tres evangelios de Juan con temática bautismal: agua, y después luz y vida (samaritana, ciego y Lázaro), que tradicionalmente han servido para motivar y valorar el camino bautismal de los catecúmenos y también de la comunidad cristiana en su recorrido cuaresmal hacia la Pascua. Son evangelios de claro contenido cristológico, con su revelación progresiva hacia el "YO SOY". Vale la pena que los tres domingos, empezando por el de hoy, se lean enteros los pasajes de Juan, lenta y expresivamente. Tal vez se pueda elegir la modalidad de tres lectores como en el Domingo de Ramos o Viernes de Pasión. No está mal que se nos recuerde a los predicadores, que el texto del evangelio, proclamado en la celebración es más importante que nuestra homilía o nuestra explicación. El “nexo” de las lecturas es la presencia activa y eficaz de Dios en la historia de la salvación y en la vida de los hombres. El pueblo israelita camina por el desierto, hacia la tierra prometida, y se muere de sed. Dios interviene haciendo salir, por obra de Moisés, abundantes aguas de la roca del Horeb (primera lectura). En el encuentro con la samaritana y con los habitantes de Sicar, Jesús muestra que Él es el don de Dios, la presencia de Dios entre los hombres: el agua que sacia la sed del corazón humano, la presencia y palabra eficaz que transforma por dentro a quienes le ven y le escuchan (Evangelio). En la carta a los Romanos, san Pablo escribe: ‘Al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones’. Dios se hace presente en el hombre mediante el Espíritu, derramado -como agua fecunda- en el corazón humano (segunda lectura). Dios nos quiere fértiles de corazón abierto, que aprendamos la lección de Israel y escuchemos su Voz, que no endurezcamos el corazón (Salmo). Temas… Un pueblo cansado que tiene sed. Es todo un símbolo de la historia humana y de la de cada uno de nosotros, el cansancio y la sed. Entre Egipto y la Tierra Prometida está el desierto. Ya quedan un poco lejos los entusiasmos primeros y los proyectos optimistas. Hay dificultades en el camino y peligros y fatiga. Falta agua para las personas y los animales. El pueblo murmura y llega a dudar de todo: "¿está o no está el Señor en medio de nosotros?" SÍ, responde YHWH, estoy: y les da agua de la roca de Horeb. Toda una historia condensada: sed y desesperanza. Y la respuesta de Dios: su presencia y su cercanía. Y agua para el camino. Amor que da vida y lo da en abundancia. La respuesta a la sed de una mujer. Jesús se hace el encontradizo con aquella mujer de Samaría: no en el Templo o en la Escuela, sino en el camino diario, junto al pozo, allí donde la mujer va a sacar agua para su casa. También aquí el encuentro es todo un símbolo: la humanidad que tiene sed, aunque no sabe, tal vez, qué aguas le convienen y le darían la verdadera felicidad. Y el Señor, el Enviado de Dios, el Mesías, es el que tiene la respuesta verdadera y el agua que quita efectivamente la sed. La sed de la Mujer es búsqueda (ha tenido cinco maridos) e insatisfacción. En esta sed se puede ver reflejado el itinerario de sed de la humanidad. Exquisita la pedagogía de Jesús, conduciendo la conversación desde el agua material hasta la espiritual: "el agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna". La revelación progresiva del mismo Cristo: "yo soy", el Mesías, el que habla contigo. El que beba del agua que yo le daré... Es una respuesta -"Yo Soy"- que los Domingos próximos escucharemos en otras claves: la luz, la vida... Agua para nuestro camino hacia la Pascua. Si se nos proclama la historia de Israel, o la de “la samaritana”, es para que nosotros nos dejemos interpelar por Dios desde nuestra historia concreta y personal. También nosotros tenemos sed. Es una experiencia que todos conocemos y que entendemos fácilmente también en su sentido espiritual. Sed de verdad, de felicidad, de justicia, de amor, de plenitud, de vida. Es bueno que sintamos sed. Sería mejor que la homilía y nuestra meditación tome pie “las sed” que tenemos. Mendicidad: El que no tiene sed, no busca fuentes de agua. El que lo sabe todo, no pregunta. El que se cree un santo, no pide perdón. El que se siente rico, no pide. El que cree que tiene todo… ¿para qué necesita la Pascua y la conversión cuaresmal? Suscitar la idea de la sed, ayudar a que todos se sientan reflejados en la historia de ese pueblo fatigado por el desierto y de esa Mujer insatisfecha de la vida. Recemos de nuevo con la buena pedagogía de Jesús para hacer ver que en nuestro camino de Pascua: la Respuesta de Dios. Las muchas preguntas que tenemos en el diario vivir, la respuesta es Él, el "Yo Soy" que nos lo dice a cada instante y no siempre lo escuchamos. Nuestra sed nos la quiere saciar Dios por medio de Jesús: es el Agua para nuestro camino cuaresmal a la Pascua; el Agua verdadera, no la superficial o más inmediata (los valores fáciles de este mundo), sino el Agua profunda (la verdad de Dios, amor verdadero, la felicidad plena). En Juan se identifica, de alguna manera también, esta Agua que nos da Cristo con su Espíritu. Pablo nos ha recordado los dones que nos ha hecho Dios, sobre todo su amor: "la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado". Esa sí que es el agua verdadera: el amor, el Espíritu de Dios, y el que Cristo haya dado su vida por nosotros, en su Pascua. Sugerencias... a) Invitación a dar también nosotros de beber al sediento (cf. el "examen" final según Mt 25.): ¿qué hacemos con el que vemos que tiene sed? No hace falta mirar muy lejos en el mundo, porque a nuestro lado hay muchos que la sienten y angustiosamente. Como Cristo pide de beber, junto al pozo, y muere en la cruz gritando también "tengo sed", hay muchos que encontramos en el camino en la misma actitud. b) Es bueno mencionar también, ya, a la Vigilia Pascual (11 de abril), hacia la que caminamos en Cuaresma: también entonces el agua va a ocupar un papel simbólico importante, con la experiencia o renovación del Bautismo. c) La Eucaristía es, cada vez, nuestro encuentro con Cristo. En ella es donde Cristo, sentado a la vera de nuestro camino, nos da el agua de su Palabra iluminadora y nos hace el don de su Cuerpo y Sangre, el alimento y la bebida para nuestra vida. Virgen de la esperanza, ruega por nosotros.

lunes, 2 de marzo de 2020

HOMILIA Segundo Domingo de CUARESMA cA (08 de marzo de 2020)

Segundo Domingo de CUARESMA cA (08 de marzo de 2020) Primera: Génesis 12, 1-4a; Salmo: Sal 32, 4-5. 18-20. 22; Segunda: 2Timoteo 1, 8b-10; Evangelio: Mateo 17, 1-9 Nexo entre las LECTURAS - Es bueno que nos quedemos, ¿para qué ir más allá? es la tentación/tendencia de la dictadura relativista: quedarnos en lo que nos va bien y/o nos ha ido bien... ¿Para qué ir a otra parte si ya vemos que esto nos va bien? Y es que aventurarse a lo desconocido es siempre peligroso. Lo conocido nos da seguridad. Dominamos el terreno que pisamos… pero, es movediza siempre la tierra de lo desconocido. Y el Dios de la Biblia, como Jesús con sus discípulos, no nos permite estancarnos. Dios nos quiere PEREGRINOS para llegar a lo que será la contemplación definitiva, sólo se nos permite como ‘a ráfagas’ la Visión, para animarnos a seguir, no para gozarla ya. - Dios nos despierta, nos llama, parece, se va, desaparece y nos deja otra vez caminantes/peregrinos, a nosotros que le habíamos pedido, como los apóstoles: "Ya tenemos suficiente, hagamos una carpa y descansemos". Pero Dios nos quiere más y más lejos, en otro monte. La carpa del encuentro no la plantamos nosotros. Se ocupa el mismo Dios de hacerla. Y es más encuentro que lo que nos imaginamos. Podemos decir que la unidad/nexo de los textos litúrgicos es el tema de la vocación. Dios que llama a Abram a salir de su tierra e ir a la tierra que Él le indicará (primera lectura). Jesús, que revela a tres de sus discípulos en una experiencia singular y divina, su vocación de nuevo Moisés y nuevo Elías (Evangelio). Y por fin Pablo que recuerda a su discípulo Timoteo la vocación santa que Dios le ha concedido, que ha de ser fuente de confianza en el poder de Dios, hasta llegar a sufrir por el evangelio (segunda lectura). - Dios nos amó y nos llamó. Eternamente nos llamó a la existencia, no sólo en general, sino en particular, a cada uno de nosotros, con nuestro nombre y circunstancias. A los discípulos misioneros nos llamó, además, a la fe, por medio de la Iglesia. El bautismo fue la manifestación sacramental y eclesial de esa vocación, que nos convertía de hijos de los hombres en hijos de Dios por Jesucristo. Nuestra vocación fue una convocación, una llamada a la Iglesia, que quiere decir "elegida", "llamada", "convocada", "reunida". Temas... - Este Domingo, segundo de Cuaresma, se suele denominar de la Transfiguración, porque el Evangelio (de los tres ciclos) narra este misterio de la vida de Cristo. Él, tras anunciar a sus discípulos su pasión, «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». Según los sentidos, la luz del sol es la más intensa que se conoce en la naturaleza, pero, según el espíritu, los discípulos vieron, por un breve tiempo, un esplendor aún más intenso, el de la gloria divina de Jesús, que ilumina toda la historia de la salvación. San Máximo el Confesor afirma que «los vestidos que se habían vuelto blancos llevaban el símbolo de las palabras de la Sagrada Escritura, que se volvían claras, transparentes y luminosas» (Ambiguum 10: pg 91, 1128 b). - Dice el Evangelio que, junto a Jesús transfigurado, «aparecieron Moisés y Elías conversando con él»; Moisés y Elías, figura de la Ley y de los Profetas. Fue entonces cuando Pedro, extasiado, exclamó: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pero san Agustín comenta diciendo que nosotros tenemos sólo una morada: Cristo; Él «es la Palabra de Dios, Palabra de Dios en la Ley, Palabra de Dios en los Profetas» (Sermo De Verbis Ev. 78, 3: pl 38, 491). De hecho, el Padre mismo proclama: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo». La Transfiguración es la revelación de su divinidad, «la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz». Pedro, Santiago y Juan, contemplando la divinidad del Señor, se preparan para afrontar el escándalo de la cruz, como se canta en un antiguo himno: «En el monte te transfiguraste y tus discípulos, en la medida de su capacidad, contemplaron tu gloria, para que, viéndote crucificado, comprendieran que tu pasión era voluntaria y anunciaran al mundo que tú eres verdaderamente el esplendor del Padre». - Por eso, participemos también nosotros de esta visión y de este don sobrenatural, dando espacio a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios. Además, especialmente en este tiempo de Cuaresma, somos exhortados, como escribe san Pablo VI, «a responder al precepto divino de la penitencia con algún acto voluntario, además de las renuncias impuestas por el peso de la vida diaria» (const. ap. Pænitemini, 17 de febrero de 1966, iii, c: aas 58 [1966] 182). Sugerencias... - Pastoralmente es muy valioso que cada cristiano sepa que ha recibido/tiene una vocación y se comprometa de manera responsable… hemos sido llamado a la vida para una misión; grande o pequeña, eso no se mide. La Cuaresma es tiempo de conversión, pero también de reflexión. Reflexión sobre la propia existencia, sobre el sentido de la vida, sobre el porqué y el para qué estoy en este mundo, como preparación y a la luz del misterio pascual (pasión, muerte y resurrección de Jesucristo). Esta conciencia de vocación es importante para ayudar a la gente a no "sentirse sola", porque quien la envía está junto a ella, camina con ella por la vida, y porque su vocación, cualquiera que sea, será siempre una vocación eclesial: en la Iglesia, al servicio de la Iglesia; también para infundir ilusión y entusiasmo en la vida de cada día, para ser pregoneros del amor divino, del amor misericordioso, “el AMOR está vivo”. Llamados a vivir de manera responsable, consciente y gozosa la vocación propia, con el deseo de llevar a cabo un proyecto de vida, y edificar con los demás cristianos un mundo nuevo, la civilización del amor. Finalmente, el concebir la vida como vocación infunde la gracia y nos llena de esperanza de cara al futuro, con la seguridad de que el Dios que llama es el mismo que nos espera al final del camino con los brazos abiertos de Padre. ¡Qué bueno poder rezar esto de nuevo! También nos ayuda a recordar que estamos llamados (vocación) desde TODA LA ETERNIDAD, desde la “concepción” … por eso y por fidelidad debemos decir que CUIDAMOS toda vida desde los inicios (concepción) hasta su fin natural (muerte) porque Dios nos ha llamado a participar de las Bodas del Cordero, y será posible al término de la vida vivida en santidad y no antes por interrupción voluntaria. - La realización de la propia y personalísima vocación nunca está exenta de dificultades, como tampoco de alegrías. Las figuras de Abraham, de Timoteo, y sobre todo de Jesús, que nos presenta la liturgia, son elocuentes. En unos de los relatos de la transfiguración, se dice que Moisés y Elías hablaban "del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén", es decir, de su pasión. Jesús, como Abraham y Timoteo, nos enseñan que hemos de ser valientes y generosos ante las dificultades, y llevar hasta el extremo nuestra confianza en Dios, con la seguridad de ser atendidos y bendecidos por Él. Como pastores, hay que conocer muy bien las diversas vocaciones de los fieles, las dificultades que encuentran en su realización; habrá también que acompañarles en su camino diario, en sus tribulaciones como en sus alegrías. ¿No es propio de la vocación del pastor el sostener y estimular la vocación de cada uno de sus fieles? Recemos por la fidelidad de los Sacerdotes y por el aumento de las vocaciones sacerdotales. Invoquemos a la Virgen María, para que nos ayude a escuchar y seguir siempre al Señor Jesús, hasta la pasión y la cruz, para participar también en su gloria.

lunes, 24 de febrero de 2020

HOMILÍA MIÉRCOLES DE CENIZA

MIÉRCOLES DE CENIZA (26 de febrero de 2020) Primera: Joel 2, 12-18; Salmo: Sal 50, 3-6a. 12-14. 17; Segunda: 2Corintios 5, 20–6, 2; Evangelio: Mt 6,1-6.16-18 Nexo entre las LECTURAS Iniciamos la cuaresma, tiempo de penitencia y reconciliación, tiempo para descubrir que “La Palabra es un don. Y, el otro es un don” dice el Papa Francisco. Las lecturas del Miércoles de Ceniza insisten sobre todo en la interioridad, en el corazón arrepentido y reconciliado y que se refleja en la manera nueva de vivir. En la liturgia penitencial de la primera lectura Dios, por medio del profeta Joel, nos dice: "Vuelvan a mí de todo corazón, ... Desgarren su corazón y no sus vestiduras". Jesús en el Evangelio nos invita a librarnos de toda exterioridad/superficialidad y a orar, ayunar y dar limosna "en secreto", es decir, en el interior del corazón. La reconciliación, en la segunda lectura, nos compromete, a "dejarnos reconciliar con Dios". La Cuaresma tenemos que vivirla como don de Dios y tarea nuestra, no permitamos que el pecado nos deje ciegos (mensaje del Papa), pidamos con el salmista un corazón puro, que se alegre de ver a Dios y a los hermanos (Sal 50). Temas... La grandeza o miseria del hombre se mide por la grandeza o miseria de su corazón. Es en el interior/corazón donde se fragua el hombre: sus buenos o malos pensamientos, sus decisiones rectas o malvadas, sus comportamientos justos o injustos, sus palabras verdaderas o engañosas. Jesucristo ha venido al mundo para cambiar al hombre, de modo que sus obras sean expresión de un buen corazón, con rectitud interior. Ante el comportamiento de sus contemporáneos, muy marcado por alardes de ostentación, Jesús nos pide una actitud -manera de vivir- en comunión con su conducta y con su enseñanza. No seguimos normas o prácticas, sino a una Persona e imitamos su manera de vivir, de amar y de servir. La Cuaresma, de alguna manera, es ir a la escuela de Jesús. Las obras/enseñanzas que Jesús menciona son buenas y laudables, la ostentación es reprobable, porque no busca a Dios, sino la recompensa humana. "Dar limosna" es una acción benéfica, pero hacerlo para ser apreciado por los demás, para que se alabe nuestra 'generosidad', no es propiamente cristiano. "Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha", nos amonesta Jesucristo. Hagamos el bien por amor a Dios Padre, cuyo rostro vemos reflejado en el pobre y necesitado de nuestro dinero y de nuestro amor fraterno. "La oración" al igual que el "ayuno" son dos obras estupendas, cuando se hacen con rectitud de intención, sin querer llamar la atención, con el deseo de agradar a Dios Padre y de servir a nuestros hermanos. La verdadera conversión no consiste en ayunar, orar o dar limosna, sino en hacer esas obras, imitando a Jesús, con un corazón renovado, libre de egoísmo y de intereses personales. La actitud de Jesús se muestra en continuidad con el profetismo (Isaías, Jeremías, Ezequiel...), particularmente con el texto del profeta Joel proclamado en la primera lectura… los penitentes de aquellos tiempos se rasgaban las vestiduras para mostrar su dolor y arrepentimiento. Joel les dice que mucho más importante es rasgar el corazón, dolerse en el alma por los propios pecados. Por su parte, la Iglesia primitiva, según nos lo indica san Pablo en la segunda lectura, continúa la postura y enseñanza de Jesucristo. La nueva creatura, surgida del bautismo, es la reconciliada con Dios por medio de Jesucristo. Y los apóstoles, continuadores de la obra de Cristo, son los ministros de la reconciliación y nos exhorta, san Pablo: "No reciban en vano la gracia de Dios". Sugerencias... El Papa Francisco no muestra que debe ser característico, en el discípulo-misionero: “el gozo espiritual por los grandes bienes del misterio de la Revelación”, contenido en la Palabra de Dios... y ahí, Cristo nos dice que el Padre es “misericordioso” y que debemos ser “misericordiosos como el Padre”. Y sabemos que previo al gozo espiritual está necesariamente la conversión, la purificación de nuestra vida, rozada al menos, si no es que hundida, por la oscuridad y tristeza del pecado. Para expresar la conversión y obtener realmente la purificación interior, la Iglesia nos recordaba algunos medios: la lectura y meditación de las Bienaventuranzas y la práctica de las obras de misericordia. La confesión sacramental, la Comunión, la oración... Nos comprometemos, especialmente, a peregrinar, ponernos nuevamente en camino hacia la casa del Padre, a crecer en el "ejercicio de ascesis laboriosa, de arrepentimiento por nuestros pecados y fortalecimiento por debilidades, ser perseverantes en la vigilancia de nuestra propia fragilidad, para obrar como nos pide Jesús" (cfr.: Misericordiae Vultus). Peregrinar es reconocernos necesitados de un Padre que nos sale al encuentro, nos perdona y nos restablece en nuestra dignidad de hijos suyos. Meditemos profundamente, también, la parábola del pobre Lázaro para seguir avanzando en nuestro camino hacia la Jerusalén Celestial. También nos pide la Iglesia, para la Cuaresma, que demos "el paso del pecado a la gracia"; puesto que todos somos pecadores, todos estamos llamados a dar ese paso, a entrar en el misterio de la gracia y la misericordia especialmente con el sacramento de la Reconciliación y la práctica de las obras de Caridad… recordando el urgente llamado del Papa a trabajar (don y tarea) especialmente por la unidad y la paz, desterrando toda violencia y actitudes de división (Mensaje para la jornada mundial de oración por la paz, 1.01.17). Temas... (otra posibilidad) La llamada a la conversión y a un tiempo de penitencia parte (en la segunda lectura) de la Iglesia; su portavoz es san Pablo con sus colaboradores: «Somos embajadores de Cristo; se lo pedimos por Cristo: déjense reconciliar con Dios». Esto significa dos cosas: dejémonos reconciliar con Dios personalmente, cada uno en obras de conversión, y dejémonos reconciliar con Dios por medio del sacramento de la Reconciliación. La Iglesia, por medio de sus ministros -colaboradores de Dios- es la que nos exhorta y se permite llamar nuestra atención: «Ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación». Aunque ciertamente somos libres para hacer penitencia cuando queramos, forma parte de ‘nuestra obediencia’ a la Iglesia hacerla precisamente ahora en el marco del Año Litúrgico. El motivo que la Iglesia nos da es la acción de Dios, que «por nosotros hizo pecado al que no conocía el pecado, para que por Él llegáramos a ser justicia de Dios». Esta enorme acción misericordiosa de Dios (la Encarnación y la Glorificación) debe impulsarnos a participar en Su pasión y ser partícipes de la resurrección. Ya la Antigua Alianza invitaba al pueblo (en la primera lectura) a entrar en un tiempo general de «conversión» y expiación. También aquí hay que hacer penitencia, no como obra externa, sino como actitud interior: «Rasguen los corazones, no las vestiduras» … esto, para convertirnos al Dios de la gracia y de la misericordia. También en este caso como un acto litúrgico común: el «ayuno sagrado» se entiende como «servicio a Dios» de toda la comunidad. Aquí tampoco se trata de un querer influir mágicamente sobre Dios, sino de una oración sencilla e intensa para implorar la compasión divina. Jesús no suprime, en el evangelio, esta penitencia, sino que la preserva, definitivamente, del fariseísmo y de cualquier devaluación mediante la propia justicia: si queremos que esta penitencia tenga algún sentido y algún valor ante Dios, debemos trasladarla al interior, a lo invisible. Si Jesús, en los tres consejos que nos da -sobre cómo hacer limosna, cómo rezar y cómo ayunar-, insiste en la conveniencia de la discreción para que nuestra acción conserve todo su sentido cristiano, al enfatizar esta invisibilidad hacia fuera nada dice contra la necesidad de tales obras, sino que subraya que esas obras son agradables a los ojos del Padre celestial, que sabe valorarlas y recompensarlas adecuadamente. Pero que quede claro: si hacemos penitencia no es para ser recompensados por Dios, sino ante todo simplemente porque queremos seguir a Cristo con reconocimiento y agradecimiento, y después porque percibimos claramente que la mejor manera de ayudar al mundo en que vivimos es hacer penitencia. Jesús nos sugiere tres formas eficaces para ello: limosna, oración y ayuno… como enseña la Iglesia en el Prefacio: Porque con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones, a dominar nuestro orgullo, e imitar así tu generosidad compartiendo nuestros bienes con los necesitados. María, Madre de gracia y misericordia, ruega por nosotros.

HOMILIA Primer Domingo de CUARESMA cA (01 de marzo de 2020)

Primer Domingo de CUARESMA cA (01 de marzo de 2020) Primera: Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Salmo: Sal 50, 3-6a.12-14.17; Segunda: Romanos 5, 12-19; Evangelio: Mateo 4, 1-11 Nexo entre las LECTURAS Podemos ver la dinámica de las lecturas: Génesis: en aquel tiempo / Adán / conducido al jardín / tentado por la serpiente / no escuchó la Palabra / comió del fruto prohibido / y se dio cuenta que estaba desnudo / y fue arrojado del paraíso. Evangelio: en aquel tiempo/ Cristo /conducido al desierto / tentado por el demonio /escuchó a Dios / no comió, ayunó / y venció / y los ángeles le servían. San Pablo: la muerte reinó desde Adán / pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia / y si por culpa de uno todos fueron pecadores / por la obediencia de uno todos son justos. Temas... 1. En torno a las ‘tentaciones’ La primera tentación (manda que estas piedras se conviertan en panes) es la de querer organizar la vida desde el solo acontecer humano, contar únicamente con la dimensión inmanente, prescindiendo de toda referencia a la trascendencia ("no sólo de pan..."). Es la tentación del ateísmo existencial, real, práctico. No es una tentación que nos llame a negar los artículos del Credo, ni de la Palabra, sino a llevar una existencia cómoda, indolente, incomprometida, sin complicaciones..., sin Dios, sin el Dios Padre de Jesucristo, pues otros serán quienes ocupen su lugar y se asienten en nuestro corazón como ‘dioses’. Así puede darse el caso de un bautizado que, diciéndose creyente, e incluso realizando "prácticas religiosas", en realidad no han edificado su vida en torno a Jesús, no han puesto al Mesías sobre todo lo demás, y tienen, en la práctica, como dios -o dioses- el dinero, el lujo, el bienestar, la posición social, la fama, el sexo desordenado... las adicciones. Estos podrán declararse creyentes, pero no lo son y, más bien, en la práctica, son ateos. La segunda forma de tentación (lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole… tírate abajo) es la de querer ver a Dios como un sistema del cual dispongo al propio antojo. Es una tentación de lo más frecuente y que responde a una determinada imagen de Dios. Parece hacernos creer que Dios es como un objeto para utilizar según me parece, o -con otra imagen- como un gran mago, capaz de hacer los "milagritos" que yo necesite o me gusten… todo ello a cambio de que yo ‘rece’ unas jaculatorias o ‘haga una serie de ritos’ que no buscan más que eso, dar órdenes a Dios a mi antojo. Ante un examen, una operación quirúrgica, un concurso, un viaje..., se corre en busca de la ayuda de Dios como si fuese un ‘amuleto mágico’ que nos da el éxito seguro. Muchas veces, antes de estas situaciones, no nos acordamos de Dios para nada; y si el asunto sale bien, después tampoco; y si sale mal se protesta contra Dios para pasar, también rápidamente, a otra cuestión. La tercera forma de tentación (Te daré todo esto, si te postras para adorarme) es la que se hace realidad con mucha frecuencia: rechazar existencialmente a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo para -tomando otra escala de valores fundamentales- edificar la propia vida alrededor de esa escala desordenada. Estos valores estimulados por el relativismo, convertidos en ídolos, totalizan la vida del idólatra y la desplazan de su auténtico centro de interés. Ya hemos visto algo de esto, mas arriba, al meditar acerca de la primera tentación. Vemos, pues, que la tentación es algo viejo, que "ataca" al hombre por uno de sus puntos más débiles: el egoísmo. Lo que hemos de intentar es conseguir rechazar las tentaciones con el mismo estilo que nos enseñó Jesús a lo largo de toda su vida: con elegancia y con firmeza, con serenidad y con decisión apoyados en la Palabra de Dios y en la comunión con el Espíritu Santo. El modelo que tenemos en Él es, sin lugar a dudas, perfecto; nunca nos podrá servir como excusa el no saber cómo actuar; el evangelio de hoy nos previene, avisa y enseña magistralmente… amemos, a Dios y al prójimo, como Jesús lo hizo y nos enseñó, con la fuerza y asistencia del Espíritu Santo Paráclito. 2. En torno a las ‘Lecturas’ - En el primer domingo de Cuaresma la Liturgia presenta los dos polos entre los que se desarrolla la historia de la salvación: el pecado del hombre y la redención de Cristo. El hombre acaba de ser creado por Dios (1a lectura: Gn 2, 7-9; 3, 1-7); ha salido de las manos de Dios puro e íntegro, plasmado a su imagen y semejanza; vive en la inocencia, en la alegría, en la amistad con su Creador. Pero el Maligno, envidioso del bien del hombre, está al acecho y lo hiere con tres tentaciones contra el orden establecido por Dios: «del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieras de él, morirás sin remedio» (Gn 2, 17). Tentación de incredulidad en la palabra de Dios: «de ninguna manera morirás» (Gn 3, 4); tentación de soberbia: «seréis como dioses» (ib 5); y finalmente tentación de desobediencia. Las dos primeras abren el camino a la última, y el hombre cae trasgrediendo el mandamiento divino. Atraído por las palabras engañosas que no supo rechazar, el hombre no resistió a la ilusión de levantarse a la categoría de Dios, y por buscar su propia grandeza fuera del plan divino se precipitó en la ruina arrastrando consigo a toda su descendencia. Pero Dios sabe que el hombre fue engañado; por eso, aunque lo castiga, le promete un salvador que le liberará del error y del pecado. - Para cumplir esta obra, el Hijo de Dios acepta hacerse en todo semejante al hombre menos en el pecado, sin descartar incluso que le tentase el Maligno, como se lee en el Evangelio del día (Mt 4, 1-11). Es impresionante la frase que introduce este relato: «Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (ib 1). Para Jesús el desierto no es sólo el lugar de retiro y de la oración tú a tú con el Padre; es el campo de batalla donde, antes de comenzar la Vida apostólica, toma posiciones contra el perpetuo enemigo de Dios y del hombre. También aquí, lo mismo que en el Paraíso, el diablo se presenta con tres tentaciones: contra Ia sumisión, la obediencia y la adoración que sólo a Dios se tributa. «Si eres Hijo de Dios di que estas piedras se conviertan en panes... Si eres Hijo de Dios, tírate abajo porque está escrito: a sus ángeles te encomendará... Todo esto te daré si te postras y me adoras» (ib 3.6.9). Verdaderamente Jesús es el Hijo de Dios, su poder es infinito, pero el Padre no quiere que lo use en beneficio propio. El Mesías no ha de ser un triunfador, sino «el siervo de Yahvé», que es enviado a salvar a los hombres con la humildad, Ia pobreza, la obediencia, la cruz. Y Jesús no se aparta ni un ápice del camino que el Padre le ha trazado. La Victoria que el diablo consiguiera en el Paraíso se cambia ahora, en el desierto de Palestina, en una total derrota: «Apártate, Satanás, porque está escrito: AI Señor tu Dios adorarás, sólo a él darás culto» (ib 10). - En la segunda lectura (Rm 5, 12-19) San Pablo resume en una síntesis fuerte y precisa toda la historia de la salvación: «Así como por la desobediencia de un solo hombre, todos los hombres fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos» (ib 19). La desobediencia, la falta de fe en la palabra de Dios, la soberbia de los primeros padres ha sido reparada por la obediencia de Jesús, por su fidelidad a la palabra y a la voluntad del Padre, por la humildad con que rechazó toda insinuación de un mesianismo glorioso y con que por el contrario se sometió a la vergüenza de la cruz. La reparación, es cierto, se cumplirá en el Calvario, pero se inicia ya en el desierto cuando Jesús rechaza a Satanás. Así «donde abundo el pecado, sobreabundó la gracia» (ib 20), y la salvación se ofreció a todo el género humano. Mediante la fe, la humildad y la obediencia puede todo hombre vencer las tentaciones del enemigo y entrar en la órbita de Jesús Salvador. Sugerencias... a. Las formas en que el hombre es tentado dependen mucho de su personalidad, del medio ambiente en que se mueve, de las fases de la misma vida, del estado de vida, de las situaciones y circunstancias de su existencia concreta. Con todo, la tentación nos acecha a todos a la vuelta de la esquina y en el momento en que menos se espera. En este Domingo es importante volver a afirmar -con vigor- que somos tentados, y esto en cualquier período de la vida. No hay que pensar que las tentaciones son cosas de alguna edad o un estado de vida o condición social... b. La cuaresma ofrece una buena ocasión para tratar el tema de la tentación y del pecado en muchos de los campos del obrar humano: la tentación de "otra religión" más complaciente y fácil, la tentación de la idolatría para con dioses hechos por manos humanas, la tentación de la rebelión y de la desobediencia civil o eclesial, la tentación del disenso por el disenso, la tentación de la mentira, de la corrupción, del adulterio, del aborto haciendo pensar que el debate público es bueno, del ‘sexo’ sin amor... de las ‘drogas’, como estilo de evasión y de alegría desenfrenada. Estas y otras muchas tentaciones, según sean los ámbitos de nuestra vida y comunidad, nos acechan a nosotros y a nuestros hermanos. c. Una catequesis sobre la tentación en el fondo es una catequesis sobre la libertad y la responsabilidad ante Dios, ante la propia conciencia y ante los demás. Precisamente en la tentación el hombre, ayudado por la gracia, muestra si es realmente libre, si sabe usar rectamente de su libertad. Hoy quizá se tiende a quitar responsabilidad a las acciones del hombre, achacándolas al ambiente, a la debilidad o anormalidad psicológicas, a muchachadas 'inocentes'... se quiere hacer pensar que la culpa es de los demás y siempre está en los otros. Sin quitar el debido peso a todo esto, parece que la sociedad debe reaccionar, y en lugar de disminuir la responsabilidad, esforzarnos por “edificar/educar” y hacer crecer hombres verdaderamente libres y responsables de sus acciones. De lo contrario, en lugar de mejorar la sociedad, la iremos dejando caer, más o menos culpablemente, en la inconciencia y en la irresponsabilidad… busquemos en esta Cuaresma descubrir a la Palabra como don… al Otro como don… y que, reconciliados y en gracia tengamos el corazón puro para ver a Dios y amar a los demás, practicando las obras de misericordia. Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, ruega por nosotros.

miércoles, 19 de febrero de 2020

HOMILÍA Domingo Séptimo del TIEMPO ORDINARIO cA (23 de febrero de 2020)

Domingo Séptimo del TIEMPO ORDINARIO cA (23 de febrero de 2020) Primera: Levítico 19, 1-2. 17-18; Salmo: Sal 102, 1-4.8. 10.12-13; Segunda: 1Corintios 3, 16-23; Evangelio: Mateo 5, 38-48 Nexo entre las LECTURAS En nuestro itinerario continuamos escuchando el sermón de la Montaña, que hoy nos habla de responder al mal con BIEN (nunca con mal) y que la ley nueva consiste en amar… amar a los enemigos. Jesús lleva a plenitud los mandamientos del Antiguo Testamento introduciéndolos en la lógica de la caridad (amor y servicio). Santo Tomás de Aquino muestra que la ley nueva es más exigente en lo interior, pero más liviana en lo exterior -que la ley antigua-. El drama es que, en ocasiones, los cristianos hemos acogido con facilidad la parte liviana, y nos hemos olvidado de la exigente, por eso san Pablo nos pone en atención: “¡Que nadie se engañe! Si alguno de ustedes se tiene por sabio en este mundo, que se haga insensato para ser realmente sabio. Porque la sabiduría de este mundo es locura delante de Dios”. Debería notársenos, a los discípulos misioneros, que lo somos porque verdaderamente tratamos de orientar nuestra vida -desde la exigencia del amor- imitando a Dios… Temas... Sugerencias... Cada Domingo, todos los Domingos, somos invitados a mirarnos en el espejo que es CRISTO: tenemos que escuchar y aceptar su Palabra viva, orientadora. Hoy, su palabra, es sobre nuestra relación con el prójimo imitando al Padre que está en el Cielo. La ley del amor: Ya desde el A.T., como hemos escuchado en la primera lectura, se nos urge a que amemos: a que evitemos el odio, o el silencio cuando es cómplice del amor fraterno, o la venganza, o el rencor. Se nos da ya una buena "medida" de amor: amar al prójimo como a ti mismo... Se nos dice que así imitamos a Dios y somos santos como Él. ¿Cuál es la actitud de Dios que debemos imitar? Nos lo ha hecho repetir el salmo responsorial: "el Señor es compasivo y misericordioso". No podemos decir que honramos a Dios si luego no imitamos su manera de actuar con nosotros: lento a la ira, comprensivo, perdonador, rico en clemencia... La caridad con el hermano aparece como una consecuencia ligada a nuestra fe en Dios. Jesús, en el evangelio, ha concretado más esta ley del amor. Ya no debe regir para los suyos la ley del talión, aunque todavía hoy sea lo más espontáneo: ojo por ojo (no me habla, pues yo no le hablo; me critica, pues yo le critico a él). Los seguidores de Jesús debemos aprender la nueva ley, la ley del amor. No vengarse, del mal que me hace, con el mal, sino intentar vencerlo con el bien (San Ireneo de Lyon). Poner la otra mejilla, regalarle también la túnica, recorrer con él no sólo un kilómetro, sino dos, son expresiones muy plásticas del nuevo estilo. El amor es dar gratuitamente. Lo otro (saludar al que ya nos saluda, tratar bien al que ya nos trata bien o para que nos trate bien) es más bien negocio. Cristo no nos enseña sólo un estilo civilizado de convivencia, sino uno claramente superior: un estilo basado en el amor gratuito, desinteresado, cosa que no nos enseña precisamente este mundo. Un amor bien entendido: Amar no significa siempre callar. El silencio a veces sería colaboración con el mal. A veces el amor incluye, como ya nos dice la primera lectura, la corrección fraterna: unos padres no pueden consentir los malos caminos de sus hijos, los hijos deben saber decir también una palabra oportuna a sus padres, y lo mismo en la comunidad parroquial o en la religiosa. Igual examen habrán de hacer los Sacerdotes y los Obispos (Papa Francisco, 13 de febrero de 2017). Amar no debe significar cruzarse de brazos y renunciar a una posible acción comprometida en la lucha contra las situaciones injustas… amar tiene que ver con discernir delante de Dios (y a veces con muchas horas de rodillas) para conocer, manifestado por Él, qué haría en esta situación y qué debo hacer para imitarlo bien. Pues este nuevo estilo comporta en hacer todo desde una actitud de amor, y no de rencor o de venganza o sólo servilismo. Lo de la mejilla o lo de la túnica no hay que tomarlo, necesariamente, al pie de la letra, sino desde su urgencia de actitud pacífica, no violenta ni vengativa. Cuando a Jesús le dieron una bofetada, en la Pasión, no puso la otra mejilla, sino que preguntó serenamente por qué le golpeaban, qué mal había hecho. Tenemos buenos maestros de esta Nueva ley: El modelo primero, que nos proponen las lecturas de hoy, es Dios mismo. "Sean santos como yo", -primera lectura-. Y ya hemos visto qué retrato de santidad de Dios nos ofrecía el salmo: el Dios lleno de misericordia. También en el evangelio se motiva nuestra actitud fraterna con los demás mirando a Dios: "así serán hijos del Padre que está en el cielo": Dios, al hacer llover o salir el sol sobre todos, nos da ejemplo de un corazón universal y no vengativo. El que mejor nos ha podido enseñar esta doctrina es Cristo Jesús, que con su modo de actuar y sus palabras nos ha dado este mensaje de perdón y de amor. En Él es donde mejor podemos experimentar de verdad que Dios es amor. Es Él el que ha cumplido en plenitud la nueva ley del amor. Y no porque ‘no luchara’ contra el mal, ni se callara ante las situaciones que quería corregir. Cristo denunció el mal. Pero perdonó. Murió pidiendo a Dios que perdonara a los que le mataban. Dios nos enseña a superar la ofensa con el amor, no con otra ofensa justiciera. También es modelo y maestra de este amor hasta el fin la santísima Virgen María… yendo al pesebre, a Egipto, estando en Caná y encontrando al Señor en el camino de la Cruz y al pie de la Cruz y en el Cenáculo en espera del Espíritu Prometido, y siempre con corazón bueno, amable, tierno, dulce... Cada uno en su corazón podría, durante la semana, considerar como modelo el santo o la santa del que tenemos especial devoción… ellos (los santos) amaron hasta el fin. La novedad y la audacia de esta ley del amor: Conviene expresar que el estilo de vida que nos enseña Jesús para que sea nuestro, aparece ante el mundo y la cultura relativista como contra corriente, difícil, cuesta arriba. Esto de Jesús es muy ‘solo de Jesús’ y porque sabe cómo nos hizo y para qué nos hizo, es por eso que no sólo nos dice que no odiemos… nos pide más: que amemos incluso al "enemigo", que luchemos contra el mal HACIENDO el bien. La gran fuerza que transformaría el mundo, si los cristianos la creyéramos en la práctica, es el amor, don que recibimos del Espíritu Santo, que le decimos Espíritu de Amor. Cuando, antes de ir a comulgar con Cristo en la Eucaristía, nos damos el gesto de paz con los de al lado, éste es un gesto amable, pero serio: es nuestro compromiso de que comprendemos el "amén" que damos a Cristo como íntimamente relacionado con el "amén" que en la vida le vamos a decir a nuestros hermanos. María, Madre del Amor Hermoso y Reina de los santos, ruega por nosotros

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

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