lunes, 6 de julio de 2020
HOMILIA Domingo decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cA (12 de julio de 2020)
Domingo decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cA (12 de julio de 2020)
Primera: Isaías 55, 10-11; Salmo: Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14; Segunda: Romanos 8, 18-23; Evangelio: Mateo 13, 1-23
Nexo entre las LECTURAS
La Palabra de Dios es eficaz y fecunda; por eso somos exhortados a escucharla -acogerla- y ponerla en práctica. Isaías la compara con la lluvia que fecunda la tierra y hace germinar la semilla (primera lectura). En la explicación de la parábola del sembrador Jesús enseña que la semilla es la Palabra de Dios que, si cae en buena tierra (quien escucha y acoge el mensaje), da fruto, sea ciento, sesenta o treinta. En la segunda lectura se indican algunos frutos de la Palabra y Revelación divinas: la liberación y gloria de los hijos de Dios, la participación del cosmos en la "esperanza del hombre".
Temas...
Gotas y Semillas. La primera lectura de hoy compara a la Palabra de Dios con la lluvia; el evangelio la relaciona con la semilla. El mundo de la agricultura nos ayudará hoy a comprender el misterio maravilloso que acontece cuando Dios habla y alguien escucha. No es causalidad esta comparación. El campo es el lugar donde brota la vida; una vida que no vemos pero que sí necesitamos; una vida que hace posible nuestra propia vida. Y aunque comprendemos en parte lo que sucede entre la tierra, la semilla y el agua, un corazón atento siempre sabe maravillarse de gozo cuando aparece la espiga.
Palabras Eficaces. La primera lectura enfatiza la eficacia, es decir, el poder que hay en la Palabra de Dios. El resumen está en esa frase: "así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado." ¿Por qué dice Dios que la palabra "vuelve" a Él? Esto no es obvio al principio. Uno no habla para que le devuelvan lo que uno ha dicho. En esto hay un misterio más, muy bello, que uno puede percibir con el verbo "bendecir." Dios nos bendice y nosotros bendecimos a Dios. O mejor: nosotros bendecimos porque hemos sido bendecidos. Bendecir viene de “decir bien”, esto es: “decir la palabra justa, bella, sabia, apropiada”. Dios nos bendijo porque nos dio la Palabra que salva; nosotros le bendecimos porque somos su pueblo adquirido, la raza que Él ha salvado.
Semillas como Gotas de Lluvia. Así como las gotas de lluvia parece que se perdieran, cayendo en desorden por todas partes, así la siembra tradicional entre los campesinos del pueblo de Jesús; ellos sembraban haciendo llover la vida sobre la tierra. Era un método poco práctico en que mucho se desperdiciaba. La parábola de hoy nos recuerda eso: que mucho se desperdicia. Nuestro Dios es un Dios que ‘desperdicia’: es decir regala y da oportunidades. Suena casi a ‘herejía’ pero en realidad lo decimos con máximo respeto y con inmensa admiración. En el plano puramente terrenal, ¿quiénes son los que desperdician sino los que tienen en abundancia? Los muy ricos organizan fiestas y banquetes donde mucho se desperdicia, y pareciera que no les importara si se pierde mucho licor o comida. Así muestran que son verdaderamente ricos. Nuestro Dios es auténticamente rico y su riqueza no es engañosa. Es rico en amor, es rico en perdón, es rico en justicia y en sabiduría. Hace hermosos amaneceres que ningún pintor podría pintar... y deja que se “desperdicien” sin que nadie los contemple. Inventa millones y millones de galaxias que al parecer nadie ha visto ni podrá ver. Dios se da el ‘lujo’ de derrochar su amor y de esparcir a delicia y goce su Palabra. Mucho parece perderse, mucho de hecho se pierde, pero el resultado no engaña: la cosecha será abundante.
Sugerencias...
(En días de cuarentena)
Creo que el Evangelio de hoy no necesita mucha introducción… quizás es la parábola del Evangelio que mejor conocemos o que más rápidamente reconocemos: “salió el sembrador a sembrar”. Usualmente este texto lo podemos aplicar a nuestra vida si llegamos a mirarnos como sembradores o si llegamos a mirarnos como terreno que recibe la semilla.
En esta ocasión los invito a tomar este segundo enfoque con una pregunta muy precisa: ¿qué hemos hecho con las semillas que Dios ha puesto en nuestra vida? Estas semillas llegan a nosotros de muchas maneras: la predicación, en concreto, es un modo que suele utilizar Dios para sembrar su Palabra en nuestra vida… y cuando vamos buscando páginas de internet para la Misa dominical, y muchos para la Misa diaria… cuando “vamos ‘navegando’” a la Eucaristía ¿vamos con la actitud de recibir esa palabra, de cuidarla, de conservarla, de alimentarla, para que dé su fruto? ¿Pensamos que las buenas lecturas que hacemos, especialmente la lectura misma de la Palabra de Dios, son una manera de recibir semilla?
Un llamado a discernir… hay buenas emisoras/páginas/aplicaciones en el ciber espacio, hay buenos canales de transmisión y, explorando, vamos conociendo más y mejores… hay buenas páginas de Internet que también son COMO CONTINUOS SEMBRADORES: ¿las estamos aprovechando? Podemos pensar, por ejemplo, cuántas personas llegan a volverse prácticamente adictas a las noticias y a emisiones de chismorreos hasta casi 24 horas al día… ¿de verdad necesitarán ese volumen de información/datos? ¿de verdad necesitan todo ese tiempo recibiendo esos datos que, muy a menudo, son datos que hablan del poder del mal? Pues muchas de las noticias hoy en día son de engaños/fraudes, más muertes, más violencia, más corrupción, más robos, y… vuelve… y se repite: más mentiras, más engaños, más violencia, más infidelidad y farándula… por cierto, ¡debemos saber las cosas que están pasando en el mundo!, pero ¿necesitamos de verdad gastar 4, 5 ó 6 al día viendo noticieros, leyendo noticias, escuchando noticias y chismorreos? ¿no está siendo una especie de adicción esto de llenarnos de las semillas de la desesperanza, de desilusión, semillas de resignación, incluso semillas de complicidad y mentiras?... porque, a veces resulta un magro consuelo saber que el mundo está tan corrupto y a otros les viene bien para erigirse/nos en jueces de ese mundo, o simplemente decir: entonces, ‘yo no estoy tan mal, ¡Já!’.
¿Qué tal si le quitas (o ayudas a otros para que le quiten) un poco de tiempo a tantas noticias, novelas y chismorreos inútiles y empiezas a llenar tu corazón y el de tu familia de esa verdadera semilla, la Palabra de Dios que quiere llegar a tu vida para hacerte bien y colaborar con el bien del mundo? Además, es verdad que los católicos necesitamos más formación porque recibimos continuos ataques a la fe… y más si somos practicantes y nos mostramos del Cordero y de la Virgen María… frente a estos ataques ¿no te parece que tenemos el deber de cultivar más la formación? ¿cultivar nuestra fe? ¿prepararnos para todo ello? ¿darnos más tiempo para la oración, meditación y contemplación? Estemos atentos, con la asistencia del Espíritu Santo, a los muy buenos libros, la Biblia y a las muy buenas páginas en internet… reconocer que hay muy buenos canales de televisión y aplicaciones… y ser ‘apóstoles’ promoviendo y sembrando la Palabra hasta hacer “ese torrente de buenas semillas” … ¿lo estamos aprovechando a este tiempo? Discernir nuestro apostolado y cuidar con delicadeza nuestra amistad con Dios… apliquemos el texto de la parábola de hoy para tomar decisiones muy concretas en nuestra vida y para dar pasos, que quizás nos hemos tardado demasiado en darlos… así seremos lo que debemos ser: UNA FAMILIA DE PUERTAS ABIERTAS.
¡Ven! con nosotros a caminar, SANTA MARÍA, ¡ven!
(En tiempos ordinarios)
Leer y meditar, de manera frecuente la Palabra de Dios. Mucho se ha hecho y se está haciendo por difundir la Biblia entre los cristianos, e incluso entre los no creyentes en Cristo. Es grande también la labor realizada para que los fieles cristianos lean y mediten la Biblia, sea individualmente o en grupo, catequesis, que practiquen “la lectio divina”. Son muchos igualmente los cursos, semanas, festivales bíblicos que se tienen a lo largo del año, en tantos países. La "lectio divina" y otras formas semejantes de lectura y meditación bíblicas se han difundido ampliamente no sólo en los monasterios e institutos religiosos, sino también entre los fieles cristianos laicos. Debemos agradecer a Dios los abundantes frutos que todo este trabajo está produciendo en los cristianos y en la Iglesia. Podemos aprovechar este Domingo para reflexionar sobre la presencia y eficacia de la Palabra de Dios en nuestra diócesis, en nuestra parroquia, en nuestra comunidad, en nuestra familia, en los lugares de trabajo. ¿Qué hemos hecho hasta el presente? ¿Conocemos los resultados? ¿Qué podemos mejorar? ¿Habrá llegado el momento de promover nuevas iniciativas en este campo de la pastoral?
Palabra y Sacramento. Son dos realidades indisociables. Así lo ha entendido la Iglesia desde sus orígenes, uniéndolas en la liturgia eucarística. Primero la Palabra eficaz que cae, como semilla, sobre los ‘participantes’ en la Santa Misa, y hace presente la revelación de Jesucristo. Luego el Sacramento eficaz que, por medio de la consagración, hace presente la obra de Jesucristo Redentor entre los hombres. La Palabra de Dios prepara al Sacramento, y el Sacramento predispone para la acogida sincera de la Palabra. Por eso, es importante hacer una catequesis sólida y constante sobre la necesidad de vivir conscientemente toda la celebración eucarística. No es principalmente un problema moral: “Si es válida o no válida la Misa, porque llegué a la homilía o al credo...”. Es sobre todo un tema espiritual (el alma necesita del alimento de la Palabra divina) y de pedagogía cristiana (educar a las personas a una concepción completa y riquísima de la celebración eucarística, desechando modos de pensar del pasado marcados por el pecado, el hombre viejo).
lunes, 15 de junio de 2020
HOMILIA SAGRADO CORAZÓN DE JESUS
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. Solemnidad cA (19 de junio 2020)
Primera: Deuteronomio 7, 6-11; Salmo: 102, 1-4. 6-8. 10; Segunda: 1 Jn 4, 7-16; Evangelio: Mateo 11, 25-30
Nexo entre las LECTURAS… y Temas...
La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús es la celebración del amor de Dios a los hombres, que culmina en el don de su Unigénito, el cual ha amado al mundo con «corazón de hombre» (GS 22), un corazón tomado para instrumento de amor infinito. La primera lectura (Dt 7, 6-11) sube a la consideración del amor de Dios en el Antiguo Testamento, manifestado sobre todo en las relaciones con Israel. Dios eligió a ese pueblo, no porque tuviese méritos especiales, sino por elección libre de su amor: «Si el Señor se enamoró de ustedes y los eligió, no fue por ser ustedes más numerosos que los demás –porque son el pueblo más pequeño–, sino por puro amor» (ib 7-8). La historia de Israel tiene una sola explicación: el amor de Dios. Por amor lo eligió Dios, lo libró de Egipto, pactó con él una Alianza, le dio en posesión la tierra prometida, hizo nacer de su estirpe al Salvador. Es la historia de todo hombre: Con amor eterno te he amado –le dice el Señor–; por eso he reservado gracia para ti» (Jr 31, 3). Dios llama a la existencia por amor, por amor gobierna y dirige la vida de cada criatura, deseando hacerla partícipe de su bienaventuranza eterna. En verdad que «él nos amó primero» (1 Jn 4, 19).
Sobre esta verdad se detiene la segunda lectura (ib 7-16): verdad que se origina en otra más excelsa aún: «Dios es amor» (ib 8.16). Siendo Él amor, todas sus obras son amor; y la obra que lo demuestra principalmente es «que Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que tengamos la vida por medio de él» (ib 9). Para crear al hombre de la nada bastó un simple acto de la voluntad de Dios: para redimirlo del mal, Dios comprometió a su Hijo a que asumiese un cuerpo humano y lo inmolase «como propiciación por nuestros pecados» (¡b 10). Fijando su mirada en el Hijo de Dios que se anonadó hasta tomar «condición de siervo» (Fl 2, 7), hacerse siervo de los hombres y morir en cruz por ellos, todos los hombres pueden repetir: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16). La profundización del misterio hace al hombre capaz de amar en plenitud, ante todo a Dios que nos amó primero y, en Dios, a los hermanos, objeto como nosotros del mismo amor: «Queridos hermanos: si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (ib 11).
El Evangelio (Mt 11, 25-30) descubre más aún el amor de Dios al hombre, mostrándolo en el comportamiento de Jesús «manso y humilde de corazón» (ib 29). Jesús tiene una compasión inmensa de todos los sufrimientos y miserias de la humanidad, y dice: «Venid a mí todos los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré» … ¡gran misterio, es éste! y nos anima a acercarnos más que nunca al Sagrado Corazón en estos días de dolor por el COVID-19. PERO no olvidar que lo que más oprime el corazón del hombre es el pecado. Para librarlo de este peso Jesús lo tomará sobre sí, lo llevará a la cruz y lo destruirá con su muerte. Por eso no se cansa de ir en busca de pecadores que salvar, de hijos pródigos (varones y mujeres) que devolver al amor del Padre y extraviados que poner de nuevo en el camino del bien. Como única condición pone, para ir con Él, creer en Él y sustituir el peso oprimente del pecado por el liviano de su ley: «Carguen con mi yugo..., porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (ib 29-30). La ley de Cristo es «yugo», porque exige disciplina de las pasiones y negación del egoísmo y de la ambición desmedida, pero es yugo «llevadero y ligero» porque es ley de amor. Cuanto más imiten los hombres la mansedumbre y humildad de Cristo, tanto más experimentarán lo dulce que es seguirlo en obediencia al Padre, lo dulce que es amar como Él ha amado, aun cuando el amor exija los mayores sacrificios. «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso» (ib 29). El Corazón de Cristo es fuente inagotable de consuelo y de salvación, y juntamente escuela de santidad. Y si vamos al MAGISTERIO de su Corazón… de Él aprenderemos como andar los días que siguen de esta cuarentena… que tiene por marco legal el ‘aislamiento’ y el ‘quedate en casa’… pero ¡LOS HOMBRES ANDAMOS MAS CON EL CORAZÓN! que con los pies (cfr.: San Agustín)
Sugerencias...
Se podría pensar que después de la solemnidad de la Santísima Trinidad, terminaría el Año Litúrgico, las celebraciones restantes sólo podrían significar un declive. Pero esto sería desconocer que el misterio trinitario de Dios sólo se nos revela mediante la entrega perfecta de Jesús. PRIMERO es la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesús y DESPUÉS la del Sagrado Corazón de Jesús COMO concreciones últimas del modo como se nos revela el Dios trinitario: el Padre nos da al Hijo en la Eucaristía realizada por el Espíritu; el corazón traspasado del Hijo nos da acceso al corazón del Padre; y el Espíritu de ambos brota de la herida para el mundo.
- El evangelio designa a Jesús como «humilde de corazón", pero en un contexto eminentemente trinitario: la afirmación de que al conocimiento recíproco del Padre y del Hijo sólo tienen acceso aquellos a los que el Hijo se lo quiera revelar, y éstos son precisamente los pequeños, «la gente sencilla» o, en el sentido de Jesús, los «humildes»; aquellos, por tanto, que tienen ya sentimientos afines a los del Hijo. Pero el Hijo no tiene estos sentimientos únicamente a partir de su encarnación, sino que los tiene, (podríamos decir) como «Hijo» que es, desde toda la eternidad: su actitud frente al Padre, al que, como origen de la divinidad, designa como «más grande» que Él mismo, su actitud de perfecta obediencia y disponibilidad, no es más que la respuesta a la actitud del Padre, que no oculta nada a su Hijo, sino que le da y le revela todo lo que Dios tiene y es, hasta lo último, hasta lo más profundo e íntimo de sí mismo. Es casi como si la «herida del costado» más original, de la que brota lo último, fuese la herida de amor del propio Padre, de la que hace brotar lo último que tiene. Cuando el Hijo encarnado invita a los que están cansados y agobiados a encontrar su alivio en Él, está siendo en el mundo la imagen perfecta del Padre y nos exhala el Espíritu como OTRO Paráclito.
- La primera lectura (del Deuteronomio), que todavía no conoce el misterio de la Trinidad de Dios, pero sabe ya, por la alianza pactada entre Dios e Israel, que en Dios hay un misterio de amor insondable. Aquí se prescinde de todas las razones lógicas que podrían explicar por qué debía elegirse precisamente a Israel y únicamente queda el amor como motivación de semejante condescendencia y elección divinas. Se recuerda ciertamente que con ello Dios se mantiene fiel al juramento hecho a los padres, pero de este modo la elección amorosa de Dios simplemente se traslada al tiempo de estos padres, en el que en el fondo Dios tenía aún menos motivos para preferir de una manera tan particular a unos pocos hombres, los patriarcas. Con la mirada puesta en el amor insondable de Dios, Israel pudo formular el «mandamiento principal», la respuesta de amor incondicional del pueblo a Dios.
- Con la mirada puesta en el amor del Dios unitrino, manifestado en Jesucristo y demostrado en su pasión, puede Juan, en la segunda lectura, designar a Dios simplemente como «amor». Juan es ciertamente el testigo privilegiado que ha visto el corazón traspasado de Cristo en la cruz, confirmando el hecho de una manera triple y solemne; y en su carta repite una vez más el acontecimiento en el que ha leído su afirmación de que Dios es amor: «Nosotros hemos visto y damos testimonio», dice Juan como testigo ocular, que puede decir enseguida con la comunidad: «Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él». En la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús celebramos la prueba última y definitiva de que el Dios trinitario no es sino amor: en un sentido absoluto e inconcebible que nos supera infinitamente.
Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío… es la súplica que brota de nuestro corazón, humilde y sencillo, que tiene miedo, se asusta y te pide ayuda… entre muchas intenciones… por la salud de todos y para que podamos volver en santidad, si es tu voluntad, al cumplimiento de nuestros deberes acostumbrados. PROMETEMOS hacerlo, con tu ayuda, obedeciendo los mandamientos y practicando las obras de misericordia.
lunes, 1 de junio de 2020
HOMILIA Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cA (07 de junio 2020)
Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cA (07 de junio 2020)
Primera: Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Salmo: Daniel 3, 52. 53. 54. 55. 56; Segunda: 2 Corinto 13, 11-13; Evangelio: Juan 3, 16-18
Nexo entre las LECTURAS.
La revelación del misterio trinitario se ‘muestra’ en los textos que la liturgia nos ofrece. El texto tomado del Éxodo nos revela la unidad de Dios y el corazón "clemente y compasivo, lleno de amor y fiel" apropiado al Padre. En la petición de Moisés: "Venga el Señor a nosotros" se vislumbra (apropiación) un primer paso hacia la encarnación y la revelación del Hijo, Dios con nosotros. Este misterio de la encarnación es revelado solemnemente en el Evangelio: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único". Al final de la segunda carta a los Corintios Pablo recoge una fórmula trinitaria de la liturgia cristiana primitiva: "La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor del Padre y la comunión en los dones del Espíritu Santo, estén con todos ustedes", ahora sí, verdad de fe. "Bendito el Señor en la bóveda del cielo, alabado y glorioso y ensalzado por los siglos" (Salmo responsorial). Al cantar este himno hoy Domingo de La Santísima Trinidad, el discípulo-misionero no sólo se siente agradecido por el don de la creación, sino también por ser destinatario de la solicitud paterna de Dios, que en Cristo por el Espíritu lo ha elevado a la dignidad de hijo. Gracias Dios Padre y Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.
Temas...
Nos hemos habituado a oír (escuchar) y a decir la expresión: "misterio", "misterio trinitario". Pienso que la fiesta litúrgica nos invita a meditar, en el Misterio de Dios, con sencillez y con inmenso respeto. Misterio está mas unido a ‘místico’, el que ama profundamente y está dispuesto a morir por amor… decíamos mas unido a místico que a conocimiento/ciencia/razonamiento… es el Domingo de la La Santísima Trinidad, el Domingo de los verdaderamente enamorados.
El ‘misterio de la Trinidad’ es algo oculto, escondido en el corazón mismo de Dios y a la vez revelado misericordiosamente a los hombres, como dicen los evangelistas: ‘a Dios nadie lo ha visto, Dios ha decidido contarlo (y lo contó el Hijo)’. No está oculto en la tierra ni en el espacio, de modo que con el tiempo el hombre pudiera encontrarlo. Está anidado en el mismo Dios. ¿Y quién puede conocer los pensamientos de Dios? Dios creó primeramente el mundo, luego al hombre, pero no manifestó plenamente ahí su vida íntima. Eligió, después un pueblo, estableció con él una alianza, sin todavía revelar esta grandeza de Dios. Sin embargo, en el designio divino se dan ya los primeros pasos en la misma vida y experiencia histórica de Israel. El texto de la primera lectura, donde Dios es llamado "clemente y compasivo, lleno de amor", ¿no es una intuición primeriza de paternidad misericordiosa de Dios? Es una semilla por ahora, que habrá de fructificar al llegar con Jesucristo la plenitud de los tiempos mediante su encarnación y su enseñanza sobre Dios y el don del Espíritu Santo en Pentecostés.
El misterio de la Trinidad está por encima (no arriba: de lugar) de cualquier mente humana. La Trinidad de Dios no ha sido obra ni de teólogos ni de razonamientos, ni de los hombres sensatos, menos de una casualidad de adivinos. El misterio de la Trinidad no es una invención del genio humano para dominar a otros con una idea poderosa. No es una idea, es una Realidad, la Realidad más sublime y más apasionante, que, podemos decir según nuestra manera limitada de hablar, “existe desde siempre y para siempre”. Si Dios mismo no nos la hubiese revelado por medio de su Hijo, continuaría siendo una Realidad, pero desconocida por el hombre. El gran Amor de Dios reside en que decidió revelarnos su misterio (Evangelio): dice Jesús: ‘Los llamo amigos porque les he contado todo lo que oí de mi Padre, TODO el misterio de Dios’.
El misterio trinitario se nos revela sobre todo mediante la acción de Dios en la historia (Lumen Gentium y Ad Gentes). Dios se nos revela como Padre enviando, movido de amor, a su Hijo a nuestro mundo pecador para redimirnos y abrirnos los brazos acogedores de Padre. Jesucristo se nos revela como Hijo en su íntima oración filial, en su perfecta obediencia a la Voluntad de su Padre, en su muerte y resurrección redentoras para destruir un pecado cuya mancha sólo el Hijo podía borrar, y para alcanzarnos la gracia de la salvación. El Espíritu Santo se nos revela como enlace de Amor entre el Padre y el Hijo, como don de comunión a los hombres a fin de que vivan a imagen de la Trinidad, en la Caridad y en el Servicio y en el compromiso con la vida, dada y recibida. Esta es la revelación que Jesucristo nos hizo y que la liturgia recoge (especialmente) en la segunda lectura.
La mirada mundana, (dijo el Papa), ve estructuras que hay que hacer más eficientes; la mirada espiritual QUE TENEMOS QUE PEDIR HOY ve hermanos y hermanas mendigos de misericordia. El Espíritu nos ama y conoce el lugar que cada uno tiene en el conjunto: para Él no somos un grupo llevado por el viento, sino hijos/personas irreemplazables de su mosaico. El día de Pentecostés, en la primera obra de la Iglesia: el anuncio, los Apóstoles salen a proclamar el Evangelio, sin ninguna estrategia ni plan pastoral. Se lanzan, (dijo el Papa), corriendo riesgos, poco preparados, salen con el solo deseo que los anima: dar lo que han recibido. Porque es ese el secreto de la unidad, y del Espíritu, donarse. “Porque Él es don, vive donándose a sí mismo y de esta manera nos mantiene unidos, haciéndonos partícipes del mismo don. Es importante creer que Dios es don, que no actúa tomando (dominando), sino dando. ¿Por qué es importante? Porque nuestra forma de ser creyentes depende de cómo entendemos a Dios. Si tenemos en mente a un Dios que arrebata y se impone, también nosotros quisiéramos arrebatar e imponernos: ocupando espacios, reclamando relevancia, buscando poder. Pero si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia. Si nos damos cuenta de que lo que somos es un don suyo, gratuito e inmerecido, entonces también a nosotros nos gustaría hacer de nuestra vida un don” (31 de mayo de 2020).
Sugerencias...
Examinar nuestro corazón
El Papa pide a cada uno de nosotros, que examinemos que nos impide darnos al otro. Preguntarnos: si dentro de nosotros tenemos a los “tres enemigos del DON”: el narcisismo, el victimismo y el pesimismo.
El narcisismo, que lleva a la idolatría de sí mismo y a buscar sólo el propio beneficio. Y en esta pandemia que el mundo sufre, duele ver en la humanidad el narcisismo, gente que se preocupa de sus propias necesidades, que es indiferente a las de los demás, que no admite las propias fragilidades y errores.
El victimismo, es peligroso, (dijo el Papa). El victimista está siempre quejándose de los demás: “Nadie me entiende, nadie me ayuda, nadie me ama, ¡están todos contra mí!”. Y al respecto, en el drama que vive actualmente la humanidad, que grave es el victimismo, que nos hace pensar que no hay nadie que nos entienda y sienta lo que vivimos. Y el pesimista que “arremete contra el mundo entero, pero permanece apático y piensa: “Mientras tanto, ¿de qué sirve darse? Es inútil”. Y así, en el gran esfuerzo que supone comenzar de nuevo, qué dañino es el pesimismo, ver todo negro y repetir que nada volverá a ser como antes”. Cuán dañino es que hasta parece que sirve al dios-lamento.
El pesimista, es quien piensa que ya no hay esperanza, y hoy día nos encontramos ante una carestía de esperanza y necesitamos valorar el don de la vida, el don que es cada uno de nosotros y sobre todo DIOS como DON porque es así (lo creemos) nuestro DIOS. Por esta razón, necesitamos el Espíritu Santo, Don de Dios, que nos cura del narcisismo, del victimismo y del pesimismo.
María, Hija del Padre y Madre del Hijo y Fecunda por el Espíritu, ruega por nosotros.
sábado, 30 de mayo de 2020
miércoles, 27 de mayo de 2020
HOMILIA Solemnidad de PENTECOSTÉS cA (31 de mayo 2020)
Solemnidad de PENTECOSTÉS cA (31 de mayo 2020)
Primera: Hechos 2, 1-11; Salmo: Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34; Segunda: 1 Corinto 12, 3b-7. 12-13; Evangelio: Juan 20, 19-23
Nexo entre las LECTURAS
El Espíritu, presente y eficaz entre los Doce y la primera comunidad cristiana, anima la liturgia de la Palabra. En el Evangelio Jesús resucitado dice a los Doce: "Reciban el Espíritu Santo". En la primera lectura, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso irrumpe en el cenáculo y "todos quedaron llenos del Espíritu Santo". Pablo, en la segunda lectura, ante la tentación que acecha a los corintios de utilizar los carismas para crear divisiones, reafirma con fuerza: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo" y "A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos". Con el salmo 103 proclamamos a Dios admirable en las obras de la creación. Para nosotros, la creación se hace transparente, y vemos en ella la mano de Dios (Laudato Si). Especialmente, en el misterio de la vida. Una misma palabra, "ruah", designa en hebreo el viento, el aliento y el espíritu vital… Todo aliento de vida de la creación es una participación o reflejo del ruah de Dios. Si hay vida sobre la tierra es porque Dios no cesa de enviar su aliento. Por eso la vida es sagrada. El gesto de Jesús exhalando su aliento sobre los discípulos sugiere el sentido cristiano de este salmo: Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.
Temas...
Celebramos hoy la solemnidad de Pentecostés, que es la plenitud de la Pascua… En la resurrección de Jesús se manifiesta la nueva vida, Jesús resucita de entre los muertos y pasa a ser el ‘primogénito’ de esa nueva vida, su fuente y su principio, su fundamento y su raíz. Los que creen en Él y le siguen, los que se incorporan a su Persona y a su Vida, a su destino, participan de su muerte y de su resurrección. Es como un nuevo nacimiento, una regeneración, es volver a vivir desde otro principio. El bautismo es el símbolo sacramental de nuestra incorporación a Cristo. Pero la nueva vida que nos viene del Señor resucitado sólo puede mantenerse y crecer si participamos también del Espíritu de Cristo, del Espíritu Santo que descendió sobre su cabeza en las aguas del Jordán y que, una vez ascendido a los cielos, haría llover en lenguas de fuego sobre sus apóstoles. Pentecostés es la plenitud de la Pascua… de la Navidad… de la Encarnación (que hoy también sea una fiesta provida).
Los que estaban muertos de miedo, se llenan de vida y de coraje al recibir el Espíritu Santo. Los que se habían encerrado por miedo a los judíos, salen a la calle y dan señales de vida, predican en las plazas y desde las azoteas, anuncian el evangelio a las multitudes y les dicen que no es el vino lo que les hace hablar sino el Espíritu. Este mismo Espíritu que abre la boca de los testigos es el que abre los oídos a los creyentes, vengan de donde vengan y cualquiera que sea su lengua. Porque es el Espíritu quien restablece la comunicación con Dios y, por tanto, también la comunicación entre los hombres.
Espíritu de comunión: La Iglesia es todo el cuerpo de Cristo, pueblo, familia de Dios (y no la ‘corporación’ de los cristianos). Creemos que lo que da unidad a la Iglesia es el Espíritu Santo, o el Espíritu de Cristo, que ha sido derramado en nuestros corazones. No estamos llamados a la uniformidad. La unidad no está reñida ni mucho menos con la diversidad, sino que, al contrario, por la acción del Espíritu Santo la unidad es más bien la armonía de diversos. En efecto, hay pluralidad de dones, de servicios, de funciones y "en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común". Hay pluralidad de miembros, pero todos están animados por un mismo Espíritu. Por otra parte, el Espíritu acaba con las diferencias que nos separan y nos enfrentan a unos contra otros, creando entre todos una fraternidad y una solidaridad, una comunión de vida. Sumergidos en un mismo Espíritu, entusiasmados, embriagados con un mismo Espíritu. Con Él no puede haber diferencias entre judíos y griegos, esclavos y libres, ni entre nosotros. Todos somos hermanos y uno solo es el Señor, Jesucristo.
"Como el Padre me ha enviado...": La Iglesia de Jesús no es una comunidad cerrada sobre sí misma y alejada del mundo. Porque es Iglesia para el mundo en el mundo sin ser de mundo. Si Jesús reúne a sus discípulos es para enviarlos al mundo, para que continúen en el mundo su misión: "Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Y por eso mismo, para que puedan cumplir la misión que les encomienda, les comunica su Espíritu: "Y dicho esto, sopló su aliento sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo". Su gesto nos recuerda lo que leemos en el Génesis, cuando Dios "insufló su aliento" en el rostro de Adán y "resultó el hombre un ser viviente". A partir de Cristo y en virtud del Espíritu de Cristo comienza una nueva creación, una nueva vida. La Iglesia es el sacramento y el instrumento al servicio de esta nueva vida, que es vida y salvación para el mundo.
Sugerencias…
«Se llenaron todos del Espíritu Santo». El Espíritu Santo es la Persona divina que tiene múltiples formas de manifestarse: como viento recio y fuego, tal y como lo presenta la primera lectura, en la que se narra el acontecimiento de Pentecostés; pero también de una forma enteramente suave, silenciosa e interior, como se lo describe en la segunda lectura, donde de lo que se trata es de dejarse guiar por su voz y su moción interior. Sea cual sea la forma en que se nos comunique, el Espíritu Santo es siempre el amor en el interior de la Santísima Trinidad y el intérprete de Cristo. Cristo nos lo envía para que comprendamos el significado de su persona, de su palabra, de su vida y de su pasión en su verdadera profundidad.
La llegada del Espíritu como un viento recio nos muestra su libertad: «El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8). Y si además desciende en forma de lenguas de fuego que se posan encima de cada uno de los discípulos, es para que las lenguas de los testigos, que empiezan a hablar enseguida, se tornen espiritualmente ardientes y de este modo puedan inflamar también los corazones de sus oyentes. Los fenómenos exteriores tienen siempre en el Espíritu un sentido interior: su ruido, como de un viento recio, hace acudir en masa a los oyentes y su fuego permite a cada uno de ellos comprender el mensaje en una lengua que les es íntimamente familiar; este mensaje que los convoca no es un mensaje extraño que primero tengan que estudiar y traducir, sino que toca lo más íntimo de su corazón.
«Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios». Con esto estamos ya en la segunda lectura, que nos muestra al Espíritu que actúa en los corazones y en las conciencias de los cristianos. También aquí tiene todavía algo del viento impetuoso por el que debemos «dejarnos llevar» si queremos ser hijos de Dios; pero ciertamente debemos dejarnos llevar como hijos libres, para diferenciarnos de los esclavos, que se mueven por una orden extraña y exterior. A este «espíritu de esclavitud» Pablo lo llama «carne», es decir, una manera de entender, buscar y codiciar los bienes terrenos, perecederos y a menudo humillantes, que nos fascinan y esclavizan. Pero si seguimos al Espíritu de Dios en nosotros, nos damos cuenta de que esta fascinación que ejerce sobre nosotros lo terreno en modo alguno es una fatalidad: «Estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente», sino que podemos ya, como hombres espirituales, ser dueños de nuestros sentidos (instintos). Pero esto no por un desprecio orgulloso de la carne, sino porque, como hijos del Dios que se ha hecho carne, podemos ser hijos de Dios. Esto es lo distintivo del Espíritu divino: que no hace de nosotros hombres orgullosos o arrogantes, sino que hace resonar en nosotros el grito del Hijo: «¡Abba! (Padre)».
«El Espíritu Santo será quien os lo enseñe todo». El evangelio explica esta paradoja: el Espíritu se nos envía para introducirnos en la verdad completa de Cristo, que nos revela al Padre. Es el Espíritu del amor entre el Padre y el Hijo, y nos introduce en este amor. Al comunicarse a nosotros, nos comunica el amor trinitario, y para nosotros criaturas el acceso a este amor es el Hijo como revelador del Padre. De este modo el Espíritu acrecienta en nosotros el recuerdo y profundiza la inteligencia de todo lo que Jesús nos ha comunicado de Dios mediante su vida y su enseñanza.
SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO. Quien advierta el rocío, desee llegar hasta la fuente. Sermón 378
Grata es para Dios esta solemnidad en que la piedad recobra vigor y el amor ardor, como efecto de la presencia del Espíritu Santo, según enseña el Apóstol al decir: El amor de Dios se ha difundido en nuestros corazones mediante el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom, 5,5). La llegada del Espíritu Santo significó que los ciento veinte hombres reunidos en el lugar se vieron llenos de él. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles escuchamos que estaban reunidos en una sala ciento veinte personas a la espera de la promesa de Cristo. Se les había dicho que permaneciesen en la ciudad hasta que fuesen revestidos del poder de lo alto. Pues yo -les dijo el Señor- os enviaré mi promesa. Él es fiel prometiendo y bondadoso cumpliendo. Lo que prometió en la tierra, lo envió después de ascendido al cielo. Tenemos una prenda de la vida eterna futura y del reino de los cielos. Si no nos engañó en esta primera promesa, ¿va a defraudarnos en lo que esperamos para el futuro?
Todos los hombres, cuando hacen un negocio y difieren el pagar, la mayor parte de las veces reciben o dan unas arras, que dan fe de que luego llegará aquello a lo que anteceden como garantía. Cristo nos dio las arras del Espíritu Santo; Él, que no podía engañarnos, nos otorgó la plena seguridad cuando nos entregó esas arras, aunque cumpliría lo prometido, aun sin habérnoslas dejado. ¿Qué prometió? La vida eterna, dejándonos las arras del Espíritu. La vida eterna es la posesión de los moradores, mientras que las arras son un consuelo para los peregrinos. Es más apropiado hablar de arras que de prenda. Estas dos cosas parecen idénticas, pero entre ellas hay diferencia no despreciable. Si se dan las arras o una prenda es con vistas a cumplir lo prometido; más cuando se da una prenda, el hombre devuelve lo que se le dio; en cambio, cuando se dan las arras, no se las recupera, sino que se les añade lo necesario hasta llegar a lo convenido.
Tenemos, pues, las arras; tengamos sed de la fuente misma de donde manan las arras. Tenemos como arras cierta rociada del Espíritu Santo en nuestros corazones, para que, si alguien advierte este rocío, desee llegar hasta la fuente. ¿Para qué tenemos, pues, las arras sino para no desfallecer de hambre y sed en esta peregrinación? Si reconocemos ser peregrinos, sin duda sentiremos hambre y sed. Quien es peregrino y tiene conciencia de ello desea la patria y, mientras dura ese deseo, la peregrinación le resulta molesta. Si ama la peregrinación, olvida la patria y no quiere regresar a ella. Nuestra patria no es tal que pueda anteponérsele alguna otra cosa. Sucede a veces que los hombres se hacen ricos en el tiempo de la peregrinación. Quienes sufrían necesidad en su patria, se hacen ricos en el destierro y no quieren regresar. Nosotros hemos nacido como peregrinos lejos de nuestro Señor que inspiró el aliento de vida al primer hombre. Nuestra patria está en el cielo, donde los ciudadanos son los ángeles. Desde nuestra patria nos han llegado cartas invitándonos a regresar, cartas que se leen a diario en todos los pueblos. Resulte despreciable el mundo y ámese al autor del mundo.
martes, 12 de mayo de 2020
lunes, 11 de mayo de 2020
HOMILIA DOMINGO SEXTO DE PASCUA cA (17 de mayo 2020)
DOMINGO SEXTO DE PASCUA cA (17 de mayo 2020)
Primera: Hechos 8, 5-8; Salmo: 65, 1-3a.4-7a.16.20; Segunda: 1Pedro 3, 15-18 o bien 4, 13-16; Evangelio: Juan 14, 15-21 o bien 17, 1-11a
Nexo entre las LECTURAS
Este sexto Domingo del tiempo pascual prepara y en cierto modo anticipa la fiesta de Pentecostés. La liturgia nos presenta a Jesús prometiendo el Espíritu, ese mismo Espíritu que le devolvió a la vida, y que en nombre de Jesús los apóstoles comunican a los samaritanos bautizados. "Yo rogaré al Padre para que les envíe otro Paráclito, para que esté siempre con ustedes", promete Jesús en el evangelio. San Pedro en su primera carta dice: "Cristo en cuanto hombre sufrió la muerte, pero fue devuelto a la vida por el Espíritu" (segunda lectura). Y san Lucas en los Hechos de los Apóstoles presenta a Pedro y a Juan "orando por los bautizados de Samaria, para que recibieran el Espíritu Santo" (primera lectura).
Temas... (Juan 14, 15-21)
En la historia de la salvación hay una sucesión armoniosa en la actuación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en beneficio siempre de la salvación del hombre. El Padre es el origen y fuente de toda iniciativa salvífica. En su amor envía a su Hijo para redimir al hombre y devolverle su condición filial. Una vez que el Hijo realizó su misión en la tierra, es enviado el Espíritu (otro Paráclito) para que acompañe al hombre en su peregrinar por este mundo hacia el Cielo. La liturgia de hoy nos presenta la promesa, hecha por Jesús a los discípulos, de enviarles el Espíritu Santo, para que esté siempre con ellos. ¿Para qué Jesucristo les hace esta promesa? Para que los discípulos no se sintieran huérfanos, ya que Jesús estaba por ir a la muerte y regresar a la casa del Padre. Jesús les dice: "No los dejaré huérfanos, volveré a estar con ustedes" (evangelio), pero no físicamente como lo conocieron en la historia sino mediante su Espíritu.
El Espíritu Santo, que Jesús promete, es ante todo el (otro) Paráclito, es decir, consolador, abogado, animador e iluminador en el proceso interno de la fe, como lo fue Él (primer Paráclito). Los discípulos y primeros cristianos experimentarán en Pentecostés, de una manera especial, esta presencia poderosa e iluminante del Espíritu. Es también el Espíritu de la verdad, de la revelación de Dios al hombre, con la que Dios ilumina toda la existencia humana y le da su verdadero significado y razón de ser. Esta verdad será plenamente acogida por los discípulos, proclamada, confesada, y también defendida ante la 'mentira' del mundo, ante los ataques de la falsedad de la mente y del corazón humanos. Es además el Espíritu que da la vida, que devuelve a la vida a Jesús (segunda lectura) y vivifica a los cristianos que creen en el Evangelio, como los habitantes de Samaria (primera lectura); el Espíritu da la vida de Dios, esa vida que, como la zarza ardiente vista por Moisés a los pies del Sinaí, no se consume ni se apaga jamás. El Espíritu es, finalmente, el impulsor de la evangelización tanto de los judíos como de los samaritanos y paganos. Por eso, los comentaristas de los Hechos de los Apóstoles suelen hablar de tres "Pentecostés": el de los judíos en Jerusalén (Hch 2), el de los samaritanos en Samaria (Hch 8) y el de los paganos en Cesarea marítima (Hch 10). Con la recepción del Espíritu Santo se pone en movimiento la evangelización, la proclamación del Evangelio y la agregación de otros muchos hombres a la comunidad de los creyentes en Cristo. De este modo, el Espíritu hará realidad las palabras de Jesús: "El que me ama será amado por mi Padre; también yo lo amaré y me manifestaré a él".
Los santos saben y experimentan que Dios cumple sus promesas. Para los primeros cristianos, ésta fue una verdad indiscutible, objeto de experiencia. Bien, las promesas de Dios se siguen cumpliendo también hoy entre los hombres. Claro que hemos de ser muy conscientes de que Dios no nos promete una 'felicidad a la carta', como a veces quisiéramos los hombres; ni un 'mundo' o una 'Iglesia' sin problemas o libres de toda incoherencia; ni unos hermanos cristianos intachables, impecables, siempre con la bondad y la sonrisa en el rostro; tampoco nos promete liberarnos de la calumnia, la persecución, la indiferencia, los malos tratos, o incluso el martirio. Nos promete ‘únicamente’ el Espíritu, Su Espíritu, y con Él nos da la capacidad para ser felices de un modo nuevo, ajeno a la mentalidad del mundo; nos da la mirada limpia para ver al mundo y a la Iglesia con fe, con optimismo, con paz, con amor; nos da un corazón generoso para abrirnos y acoger a nuestros hermanos en la fe tal como son, con sus debilidades y miserias, con sus cualidades y virtudes, con su fe, su amor y su esperanza auténticos; nos da la gracia de buscar la verdadera liberación, que es primeramente interior y espiritual, y que desde dentro trabaja por conseguir toda otra liberación de los males de este mundo.
Temas... (Juan 17, 1-11a)
Jesús implora el Espíritu. El evangelio (opcional) de hoy contiene el comienzo de la gran plegaria de Jesús al despedirse de este mundo y podemos comprenderlo, en el sentido de los días previos a Pentecostés, como una oración de Jesús al Padre para pedirle que envíe al Espíritu. Jesús pronuncia esta oración en el momento de pasar de este mundo al Padre: «Yo ya no voy a estar en el mundo, voy a ti» (v. 11). Ya le había sido dado «el poder sobre toda carne», pero sólo podía revelar a unos pocos el nombre del Padre y con él la vida eterna. Jesús tiene que rezar por ellos, ahora que se va; y lo hace para que comprendan realmente lo que significa ser uno en Él como Él es uno con el Padre. Comprender eso sólo será posible mediante el envío del Espíritu, y este envío sólo será posible a su vez cuando Jesús haya «coronado su obra» y transmitido el Espíritu Santo a su Iglesia. Seguramente Jesús pronunció esta oración antes de su pasión, pero la oración conserva su eterna validez, dado que Él es en todo tiempo «nuestro defensor ante el Padre» (1 Jn 2,1), precisamente también en lo que se refiere al Espíritu Santo que ha prometido enviar a los suyos de parte de su Padre (Jn 15, 26).
La Iglesia reza para implorar el Espíritu. La Iglesia hace (en la primera lectura) lo que Jesús le ha mandado: como discípulos de Jesús, junto con María, algunas mujeres y los hermanos de Jesús, los apóstoles «se dedican a la oración en común» para implorar el Espíritu prometido. No tenemos ningún derecho a menospreciar esta orden expresa del Señor, oremos implorando el Espíritu Santo. Este, como Espíritu Santo que es, sólo puede entrar en los que son «pobres en el espíritu» (Mt 5,3), es decir: en aquellos que tienen su propio espíritu vacío y limpio o lo vacían para hacer sitio al Espíritu de Dios. La oración de la comunidad reunida implora esta pobreza (con ocasión de la cuarentena esta pobreza se nos nota más y nos hace bien) para tener sitio para la riqueza del Espíritu. No deja de ser maravilloso que María, el receptáculo perfectamente pobre del Espíritu Santo, se encuentre entre los que rezan para completar con su oración perfecta toda oración raquítica e imperfecta. Por medio de ella la invocación del don del cielo se torna perfecta y es oída infaliblemente.
La Iglesia que ama es la que mejor reza. La carta de Pedro (segunda lectura) añade una nota más. Repite una de las bienaventuranzas del Señor: «Si los ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos ustedes»; y añade inmediatamente: «porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre ustedes». Es que el padecimiento de la humillación por amor a Cristo es ya, en sí, una oración para implorar el Espíritu, una oración que es escuchada al instante. Sí, es una oración que quizá hace ya que no soportemos nuestros padecimientos en el abatimiento o en la rebelión o en la pandemia, sino en el Espíritu de Dios. Esto, que visto con los ojos del mundo es una vergüenza, no debe ser percibido por el cristiano como algo de lo que hay que «avergonzarse»; el cristiano debe saber más bien que es precisamente, así como da gloria a Dios. Los Hechos de los Apóstoles lo confirmarán en muchos pasajes, así como las vidas de los múltiples santos que han existido a lo largo de la historia de la Iglesia. En efecto: es siempre la Iglesia perseguida y humillada la que puede rezar más eficazmente para implorar el Espíritu.
Sugerencias...
Puesto que Dios cumple sus promesas, nuestras comunidades han de ser comunidades gozosas y seguras en su fe (Papa Francisco, E. Gaudium). Sin querer cerrar los ojos al mal existente (cuarentena/pandemia y las mismas fake news), la promesa de Dios continúa actuándose y realizándose en medio de la comunidad. Si no la percibimos, ¿no será que nuestra fe es débil, y quizá enfermiza y que DEBEMOS pedir ayuda a Dios? Por otra parte, sin dejar a un lado las dudas y perplejidades de los cristianos en la concepción y vivencia de su fe, la presencia del Espíritu de la verdad debe confortar a la comunidad cristiana y proporcionarle una gran solidez en su fe. Nuestra fe no se apoya en los hombres, por más geniales que sean, ni en los ángeles, sino en el Espíritu mismo de Dios, que es Espíritu de Verdad, que es el Maestro Interior (otro Paráclito) que fortifica y garantiza la revelación de Dios y la respuesta de fe (martirial) a esa revelación.
Temas... (otra)
Cristo sigue presente. Nos quedan dos semanas ‘de Pascua’, hasta el Domingo 31 de mayo, en que la concluiremos con la solemnidad de Pentecostés. El Domingo próximo celebraremos lo que parece la "ausencia" del Señor, su Ascensión. Pero ¿es de veras una ausencia? Las lecturas de hoy nos han asegurado que Jesús sigue presente en medio de nosotros, aunque no le veamos (nosotros, los que vivimos prácticamente ya en el año 2020, pertenecemos a aquellos de los que Jesús habló a Tomás: los que creen sin haber visto). Jesús nos ha dicho en el evangelio que, a pesar de que "vuelve al Padre", sigue estando con nosotros: "no los dejaré huérfanos", "yo sigo viviendo", "Yo estoy con mi Padre, ustedes conmigo y yo con ustedes". Recordemos que las palabras de despedida el día de la Ascensión serán: "Yo estoy con ustedes todos los días". El Señor Resucitado nos está presente de muchas maneras: en la misma comunidad reunida en su nombre, en la Palabra que nos comunica, en sus sacramentos, y de modo particular en ese Pan y Vino (consagrados) que Él ha querido que fueran nuestro alimento para el camino. Y también en la persona del prójimo: "Lo que hicieren a uno de ellos, a mí me lo hacen". Si somos conscientes de esta presencia continuada del Señor Resucitado en nuestra vida, todo adquiere otro color y se nos llena de mayor confianza y optimismo la historia personal y comunitaria. ¡Vayamos con alegría a practicar las obras de misericordia! En tiempos de tormenta por el COVID-19 y las leyes de protección esto es aún mas urgente y necesario…
El Espíritu, el don que nos hace el Resucitado. Empieza, de manera peculiar, a aparecer en las lecturas otro protagonista que llena de sentido nuestra vida y hace posible esa presencia del Señor Jesús: el Espíritu Santo que Él nos ha prometido y nos ha enviado. Oímos de Él en la primera lectura, que los creyentes de Samaria reciben el Espíritu por el ministerio del diácono Felipe y de los apóstoles, en lo que hoy llamamos, podemos decir, los sacramentos de la iniciación: el Bautismo y la Confirmación. De nuevo, en la segunda lectura, Pedro nos decía que Cristo, dándonos un ejemplo definitivo de entrega, bajó a la muerte, "pero volvió a la vida por el Espíritu". Y, por fin, Jesús, en la última cena, prometía a los suyos, como hemos leído en el evangelio, que nos enviaría su Espíritu como defensor y maestro de la verdad, un Espíritu que estará siempre con nosotros, que vivirá con nosotros y estará con nosotros.
El Espíritu, alma de la Iglesia. El Espíritu es el que anima —también ahora— a la comunidad cristiana. Es como su alma, su motor interior. El misterio y la razón de ser de la Iglesia radican sobre todo en la presencia de Cristo y en la acción vivificadora de su Espíritu. Él es el que suscita y llena de su gracia a los ministros ordenados, signos de Cristo en y para la comunidad. En las lecturas de hoy aparecían diáconos predicando y bautizando, y los apóstoles comunicando más plenamente el don del Espíritu a los bautizados. Los ministros ordenados siguen también hoy, animando la comunidad, guiando su oración, presidiendo la celebración de sus sacramentos, evangelizando, atendiendo a los enfermos, construyendo fraternidad. Es una misión noble y difícil la que intentan cumplir: y es el Espíritu de Cristo Resucitado el que les da luz y fuerza para ello.
Él es también el que anima a la comunidad entera, moviéndola interiormente, empujándola a la acción misionera y caritativa en medio de la sociedad, haciendo surgir en ella ideas e iniciativas de todo género, enriqueciéndola con sus dones de amor, de verdad, de alegría. Haciéndola una comunidad no conformista, sino trabajadora, testimonial, preocupada por la justicia y la promoción de todos. ¿No es obra del Espíritu el Concilio Vaticano II y todo lo que le ha seguido de renovación? ¿no es obra del Espíritu las obras de Misericordia que muchos cristianos están obrando en todo el mundo? Y ¿no es obra del Espíritu la paciencia fuerte de muchos cristianos laicos que padecen con fe y caridad el no poder acercarse a la Comunión Sacramental?
Él es quien da eficacia a los sacramentos que celebramos: el Bautismo, en que renacemos del agua y del Espíritu; la Confirmación, que es el don del Espíritu por el ministerio del obispo de la diócesis; la Eucaristía, en que invocamos al Espíritu sobre el pan y el vino para que él los convierta en el Cuerpo y Sangre de Cristo; la Reconciliación penitencial, en que el Espíritu nos llena de su vida y su gracia... Él suscita la alegría del Matrimonio y de la consagración Sacerdotal.
Él es quien da fuerza a cada cristiano, para que podamos ser fieles al estilo de vida evangélico que nos ha enseñado Cristo Jesús. Pedro nos invitaba en su carta a que tengamos ánimos, a que nos mantengamos firmes a nuestra identidad cristiana en medio de un mundo que posiblemente no nos ayuda a ello. Si ya en aquellos tiempos había contradicción entre los criterios evangélicos y los de la sociedad, igual ahora. Y nos proponía el mejor ejemplo: el mismo Cristo Jesús, que tuvo que sufrir persecución, hasta la muerte, pero fue resucitado por el Espíritu, y ahora vive triunfante junto a Dios.
También ahora, el Espíritu nos quiere comunicar a cada uno de nosotros la Pascua, la vida nueva de Cristo, llena de energía, de alegría, de libertad, de creatividad ¿Será verdad que, al cabo de estas siete semanas de fiesta en torno al Resucitado, también nuestra vida de cada día será más pascual?
miércoles, 6 de mayo de 2020
HOMILIA DOMINGO QUINTO DE PASCUA cA (10 de mayo 2020)
DOMINGO QUINTO DE PASCUA cA (10 de mayo 2020)
Primera: Hechos 6, 1-7; Salmo: 32, 1-2. 4-5. 18-19; Segunda: 1Pedro 2, 4-10; Evangelio: Juan 14, 1-12
Nexo entre las LECTURAS
La liturgia de los últimos domingos de Pascua concentra nuestra atención sobre las enseñanzas de Jesús contenidas en el sermón de la Cena, testamento precioso dejado a sus discípulos antes de dirigirse a la Pasión.
Hoy aparece en primer plano la gran declaración: «Yo soy el camino, la verdad y la Vida» (Jn 14, 6), que había sido provocada por la pregunta de Tomás, quien, no habiendo comprendido cuanto Jesús había dicho sobre su vuelta al Padre, le había preguntado: «Señor, no sabemos adónde vas: ¿cómo, pues, podemos saber el camino?» (ib 5). El apóstol pensaba en un camino material, pero Jesús le indica uno espiritual, tan excelente que se identifica con su persona: «Yo soy el camino»; y no sólo le muestra el camino, sino también el término -la verdad y la vida- a que conduce, que es también él mismo. Jesús es el camino que lleva al Padre: «Nadie viene al Padre sino por mí» (ib 6); es la verdad que lo revela: «El que me ha visto a mi ha visto al Padre» (ib 9); es la vida que comunica a los hombres la vida divina: «Como el Padre tiene la vida en sí mismo», así la tiene el Hijo y la da «a los que quiere» (Jn 5, 26. 21). El hombre puede ser salvado con una sola condición: seguir a Jesús, escuchar su palabra, dejarse invadir por su vida que le es dada por la gracia y el amor. De esta manera no sólo vive en comunión con Cristo, sino también con el Padre que no está lejos ni separado de Cristo, sino en Él mismo, pues Cristo es una sola cosa con el Padre y el Espíritu Santo. «Créanme, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí» (Jn 14, 11). Sobre esta fe en Cristo verdadero hombre y verdadero Dios, camino que conduce al Padre e igual en todo al Padre, se funda la vida del cristiano y la de toda la Iglesia.
La primera y la segunda lectura nos presentan el desarrollo y la Vida de la Iglesia primitiva bajo el influjo de Jesús, «camino, verdad y vida». La lectura de los Hechos (6, 1-8) nos hacen asistir al rápido crecimiento de los creyentes como fruto de la predicación de los Apóstoles y de la elección de sus primeros colaboradores que, haciéndose cargo de las obras caritativas, dejaban a los primeros la libertad de dedicarse por entero «a la oración y al ministerio de la palabra» (ib 4). Se trataba del culto litúrgico -celebración de la Eucaristía y oración comunitaria, pero también ciertamente de la oración privada en la cual habían sido instruidos los Apóstoles con las enseñanzas y los ejemplos de Jesús. Del mismo modo que el Maestro pasaba largas horas en oración solitaria, también el apóstol reconoce la necesidad de adquirir nuevo vigor en la oración personal hecha en íntima unión con Cristo, pues sólo de esta manera será eficaz su ministerio y podrá llevar al mundo la palabra y el amor del Señor.
Mientras la lectura de los Hechos nos habla de los Apóstoles y de sus colaboradores, la segunda lectura se ocupa del sacerdocio de los fieles, escribe San Pedro a los primeros cristianos: «Ustedes son linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa» (1 P 2, 9). Nadie está excluido de este sacerdocio espiritual que se extiende a todos los bautizados asociándolos al sacerdocio de Cristo Jesús, único camino que conduce al Padre, es también el único Sacerdote que por propia virtud reconcilia a los hombres con Dios y le ofrece un culto digno de su majestad infinita; pero, «allegados a él», también los fieles son levantados a un «sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por Jesucristo» (ib 4-5). Jesús es la única fuente de vida en la Iglesia, la única fuente del sacerdocio ministerial y del de los fieles; no hay culto ni sacrificio digno de Dios si no va unido al de Cristo, lo mismo que no hay santidad ni fecundidad apostólica si no derivan de Él.
El Salmo nos invita a fortalecer nuestro ánimo… ¡Dios está! y por eso lo alabamos. Motivo de alabanza es la confianza ilimitada en el poder conquistador (misericordia amorosa) de Dios, porque su «plan subsiste por siempre y los proyectos de su corazón de edad en edad». Tenemos la certeza de que nuestro servicio a Dios en su progresivo reinado tiene futuro y no es una ilusión. La certeza no nace de nuestro prestigio social, de nuestras cualidades humanas, de la cantidad numerosa que somos, de la cantidad de palabras que decimos o escribimos o de nuestras técnicas: «No vence el rey por su gran ejército, no escapa el soldado por su mucha fuerza... ni por su gran ejército se salva». La certeza brota de la seguridad de que Dios ha puesto sus ojos en nuestra pobre humanidad, reanimándonos en nuestra escasez, alegrándonos en nuestras penas, auxiliándonos en las situaciones que llamamos ‘desesperadas’: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor.», dichosos si nos sabemos edificados, en la Iglesia y en el mundo, por Dios y su amor misericordioso.
Temas...
La casa del Padre es el cielo. En él mora Jesucristo resucitado y nos tiene preparado un lugar a nosotros. Como enseña el catecismo: "Por su muerte y resurrección Jesucristo nos ha 'abierto' el cielo (1026). Desde el cielo nos invita a seguir sus pasos ("yo soy el Camino y la Verdad y la Vida"), porque nadie va a la casa del Padre sino por Cristo. La imagen de la casa, para describirnos el cielo, nos está hablando del cielo como un HOGAR, una familia, intimidad, amor, lugar en el que da gusto estar. El cielo es el encuentro definitivo y para siempre con nuestro Padre Dios, con nuestro Redentor Jesucristo, con nuestro Santificador el Espíritu Santo, con nuestra Madre, beatísima Virgen María; igualmente, es el encuentro con todos los hermanos redimidos por la sangre de Cristo, en un abrazo indescriptible de fraternidad y comunión. El cielo es la patria del amor inmortal, del amor que ha vencido el odio y la injusticia, del amor que une a todos en una participación inefable de la vida misma de Dios-Amor, del Amor que es creador y Redentor. El cielo es nuestra verdadera PATRIA, porque aquí en la tierra "no tenemos morada permanente".
Aquí en la tierra, la casa del Padre es la Iglesia (y cada uno). Una casa que se construye con piedras vivas, una casa que nunca estará terminada, porque en cada generación se renueva y se restaura, una casa con las puertas abiertas a todos los que quieran entrar, una casa donde todos nos sentimos familia de Dios. El catecismo (756) nos dice que esta “construcción” recibe en la Escritura varios nombres: "casa de Dios (1Tim 3,15) en la que habita su familia, habitación de Dios en el Espíritu (Ef 2,19-22), tienda de Dios con los hombres (Ap 21,3), y sobre todo, templo santo (1Pe 2,5). La Iglesia es una familia, y por tanto deben estar muy unidos todos los miembros entre sí, y por tanto debe haber una vocación de servicio de los padres hacia los hijos y de los hijos hacia los padres, y, por tanto, todos juntos debemos buscar, cada uno según sus posibilidades y tareas, el bien y la felicidad de la familia. Esta es la Iglesia, la “asamblea convocada” … Dios convoca a todos. Y cada uno edifica con la practica de las virtudes y de las obras de misericordia en el marco referencial de los mandamientos.
Esta familia de Dios no está exenta de problemas: la primera lectura, muestra que los problemas (también esta pandemia/cuarentena) se pueden resolver, cuando hay disposición sincera en oír a Dios que nos dispone a todos en buena voluntad, colaboración, y búsqueda común -del modo más apropiado- para hallar la solución. Esto es lo que sucedió en la comunidad de Jerusalén, y por eso volvió a reinar la paz y la concordia entre los miembros de la familia. Éste debe ser también hoy el camino para afrontar las dificultades y dolores en/de la Iglesia, en cuanto familia de Dios: crecer aún más en la oración y en la práctica de las obras de misericordia… una comunidad que adora, ama y sirve, es una comunidad que crece como familia de Dios.
Sugerencias...
Jesús se va con el Padre, y, sin irse, volverá: Los evangelios comienzan ya a hacer referencia a los acontecimientos de la Ascensión y Pentecostés. Pero Jesús invita primero a sus discípulos a no perder la calma: «Crean en mí». Tengan la seguridad de que lo que hago es lo mejor para ustedes. Después habla con suma prudencia de su marcha: me voy a prepararles sitio y volveré para llevarlos conmigo, «a fin de que donde yo esté, estén también ustedes». Jesús se irá con el Padre. Los discípulos comprenden que eso está muy lejos y preguntan por el camino a seguir. La respuesta de Jesús es superabundante: el camino es Él mismo, no hay otro. Pero Jesús es aún más: Él es también la meta, porque el Padre, al que lleva el camino, está en Él, directamente visible para el que ve a Jesús como el que realmente es. El Señor se extraña de que uno de sus discípulos todavía no se haya dado cuenta de ello después de tanto tiempo de vida en común. En Él, que es la Palabra de Dios, Dios Padre habla al mundo; e incluso el Padre hace sus obras en Él: se alude aquí a los milagros de Jesús, que realmente deberían ayudar a todo hombre a creer que el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre. Jesús volverá con una figura que no dará lugar a ningún malentendido: con la gloria del Padre resplandeciendo en Él. Pero en el entretanto no dejará «desamparados» a los suyos: habitará con el Padre íntimamente en ellos, de una manera que Él les revelará a ellos solos (Jn 14,23), y el Espíritu Santo de Dios les hará comprender «que yo estoy con el Padre, ustedes conmigo y yo con ustedes». Al final aparece una promesa casi incomprensible para la Iglesia: ella hará, si cree en Jesús, «las obras que yo hago, y aún mayores». Ciertamente no se trata de milagros más espectaculares; lo que Jesús quiere decir es que a la Iglesia le está reservada una presencia, buena y misericordiosa, en el mundo para hacer que la salvación llegue a todos en todas partes. La oración dominical, la oración del Señor, el Padrenuestro, nos señala la espiritualidad de hijos y hermanos que tenemos que madurar todos los días hasta el fin de los días.
La casa espiritual. Tras la marcha de Jesús al Padre y el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia, se construye (en la segunda lectura) el templo vivo de Dios en medio de la humanidad, y los que lo edifican como «piedras vivas» son al mismo tiempo los sacerdotes que ejercen su ministerio en él y que son designados incluso como «sacerdocio real», conviene volver a invitar a rezar por el aumento de las vocaciones sacerdotales y por la perseverancia fiel de los sacerdotes. Al igual que el templo de Jerusalén con sus sacrificios materiales era el centro del culto antiguo, así también este nuevo templo con sus «sacrificios espirituales» es el centro de la humanidad redimida; está construido sobre «la piedra viva escogida por Dios», Jesucristo, y por ello participa también de su destino, que es ser tanto “la piedra angular” colocada por Dios como la “piedra de tropezar”. La Iglesia no puede escapar a este doble destino de estar puesta como Luz de las Naciones y también “signo de contradicción”, la Iglesia participa del misterio que el anciano Simeón anunció de Cristo y de la Virgen María, está en el mundo “para que muchos caigan y se levanten” (Lc 2,34).
Servicio espiritual y temporal. La primera lectura, en la que se narra la elección de los primeros diáconos para encargarlos de una tarea administrativa, temporal de la Iglesia, mientras que los apóstoles prefieren dedicarse «a la oración y al servicio de la palabra», muestra las dimensiones de la casa espiritual construida sobre Cristo. Del mismo modo que el Hijo era auténticamente hombre en contacto permanente de oración con el Padre y anunciando su palabra, pero al mismo tiempo había sido enviado a los hombres del mundo, a enfrentarse a sus miserias, enfermedades y problemas espirituales, así también se reparten en la Iglesia los diversos carismas y ministerios sin que por ello se pierda su unidad. Dicho con palabras del evangelio: Cristo va a reunirse con el Padre sin dejar de estar con los suyos en el mundo. Él sabe «que ellos se quedan en el mundo» (Jn 17,11) y no lo olvida en su oración; el Espíritu que les envía es Espíritu divino y a la vez Espíritu misional que dirige y anima la misión de la Iglesia.
Nuestra Señora de la anunciación y de la misión, ruega por nosotros.
domingo, 26 de abril de 2020
HOMILIA DEL CUARTO DOMINGO DE PASCUA (3 DE MAYO 2020)
DOMINGO CUARTO DE PASCUA cA (03 de mayo 2020)
Primera: Hechos 2, 14a. 36-41; Salmo: 22, 1-6; Segunda: 1Pedro 2, 20b-25; Evangelio: Juan 10, 1-10
Nexo entre las LECTURAS
Jesús, como PUERTA del redil, es la metáfora que sintetiza el mensaje de la liturgia. También la LIBERTAD es un tema nexo, pues la imagen de “puerta” (y más en estos días de cuarentena) sugiere la idea de por salir y de entrar, de ir y venir. Jesús dice de sí mismo: “Les aseguro que yo soy la puerta por la que deben entrar las ovejas” (evangelio). En los Hechos de los Apóstoles, Pedro exhorta a sus oyentes: “Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados” (primera lectura), y sabemos que el bautismo es la puerta por la que se entra en la Comunidad cristiana. El mismo Pedro, en su primera carta, escribe a las comunidades de Asia Menor: “andaban como ovejas perdidas, pero ahora han vuelto al Pastor y Guardián de ustedes” (segunda lectura), indicando una de las funciones de la puerta, que es proteger al rebaño de todo lo que pueda dañarlo. Como broche de oro rezamos con el salmo 22, uno de los más bellos de todo el salterio que comienza con una afirmación ‘atrevida’: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Como creyentes nos sabemos guiados y acompañados por la mano firme y protectora del pastor. Al rezarlo proclamamos con audacia tranquila la ausencia de ambiciones… confesamos que tenemos todo lo que necesitamos: conducción, seguridad, alimento, defensa, escolta, techo donde habitar... Difícilmente anidarán en nuestro corazón la agresividad, la envidia, la rivalidad, todas esas actitudes que amenazan siempre el convivir con los otros fraternalmente… pues el Señor es nuestro Pastor y nada más nos falta.
Temas...
- En el capítulo 10 san Juan utiliza diversas imágenes, que tienden a explicar la realidad de la comunidad cristiana, de la Iglesia: redil, puerta, pastor, asalariado, etc. En esta bellísima alegoría el redil es la comunidad de creyentes en Cristo. Jesús es tanto la puerta del redil, como el pastor de las ovejas. El texto habla de asalariados, ladrones y asaltantes… la liturgia de hoy, con todo, se centra en la imagen de Jesucristo, PUERTA. Es bueno que podamos volver una vez más a la rica imagen de Puerta Jubilar… pues no era la de material, sino que CRISTO, LA PUERTA.
- La puerta es el lugar por donde se entra al redil, a la comunidad de fe. Esa puerta es Cristo muerto y resucitado, que ha constituido un nuevo rebaño mediante una nueva alianza en su sangre. El cristiano pasa por esa puerta de salvación hacia la nueva comunidad de fe por medio del bautismo. Por el bautismo somos inmersos en el misterio pascual de Jesucristo, y somos simultáneamente incorporados a la Iglesia (cf. CIC 1213-1214). Quien quisiera entrar al redil, pertenecer a la Iglesia, sin pasar por la Puerta, que es Cristo, es "ladrón y salteador" (Jn 10,1). Una pertenencia meramente mundana a la Iglesia es imposible; como es asimismo imposible querer separar la fe en Jesucristo de la fe y pertenencia a la Iglesia (no es posible la afirmación: "Cristo sí, Iglesia no"). Inmersos en el misterio pascual de Cristo, nuestro estilo de vida debe ser “misericordiosos como el Padre” y servidores como Jesús… hasta el fin.
- La puerta es el lugar por donde las ovejas salen del redil en busca de buenos pastos. ¿Cuáles son esos pastos para la comunidad cristiana? Ante todo, la Palabra viva y eficaz de la Escritura, luego los sacramentos instituidos por Jesucristo para la salvación de los creyentes, finalmente el buen ejemplo de los hermanos en la fe, la práctica de la Caridad, hagamos memoria de San José Gabriel, Mama Antula, Tránsito Cabanillas, Crescencia Pérez, Ceferino, Don Zatti, Laurita Vicuña, Angelelli, Wenceslao… La puerta para tener acceso a esos buenos pastos es Jesucristo en su realidad histórica y en su vida gloriosa, Palabra de Dios y auténtico 'exegeta' del Padre, fuente y origen primordial de todos los sacramentos, arquetipo del estilo cristiano de vida. Los santos nos guían por este camino para entrar por la PUERTA.
- La puerta del redil es también un instrumento de protección y defensa de quienes están dentro. Jesucristo resucitado es el guardián de las ovejas, que las defiende de cualquier salteador (hoy la ‘pandemia’ y la cuarentena) y de cualquier lobo rapaz que merodea en torno al redil. Cuando la comunidad creyente está protegida por Cristo, Única Puerta del redil, hemos de estar seguros de que al rebaño no le acaecerá nada malo, no sufrirá ningún daño, incluso en medio de tribulaciones, tormentas y grandes dificultades de enemigos poderosos que quieren asaltar el rebaño.
Por deseo de san Pablo VI, papa, se celebra hoy en toda la Iglesia la jornada mundial por las vocaciones sacerdotales (este año es la 57ma) con cuatro palabras claves: “dolor, gratitud, ánimo y alabanza”. Tengamos presente que el sacerdote ciertamente no es la puerta del redil, pero sí el guardián que la abre y la cierra a las ovejas. Un momento propicio para rezar por la santidad de nuestros sacerdotes, del Obispo, por el aumento de las vocaciones, especialmente por quienes están atravesando alguna crisis vocacional. Es de mucha actualidad y de mucha necesidad para el futuro de la fe.
(1) Sugerencias...
Yo soy la Puerta.
Pocas veces se habrá hablado de la libertad con tanta ambigüedad y confusión como en nuestros días. Hay una «liberación» impuesta por el nuevo contexto social que lejos de ser un camino de crecimiento personal es represión y anulación de una verdadera personalidad humana. «¿Todavía no te has liberado?» Esta es la llamada que se nos hace hoy desde diversos ámbitos de la sociedad, invitándonos a romper con tradiciones, costumbres o fidelidades pasadas, para entrar en ‘otra esclavitud’ impuesta por nuevas modas y presiones sociales.
- Hay quienes se creen más libres por el hecho de romper con todo lo prohibido anulando toda conciencia de culpabilidad. Olvidan que éste es el camino mejor para caer en la irresponsabilidad, el narcisismo autocomplaciente y la esterilidad.
- Otros quieren ser «libres como pájaros» y rehúyen todo aquello que puede exigirles compromiso y entrega. Olvidan que estamos hechos para ser libres no como pájaros sino como hombres (amar y servir).
- Ser libre es una ilusión si no nos conduce a ser más humanos. ¿Qué es la libertad si no nos lleva a una mayor fidelidad a nosotros mismos, una coherencia mayor con nuestras convicciones más profundas, una búsqueda sincera y sacrificada de lo que puede dar un sentido más digno y noble a nuestra vida? La Virgen María es el modelo perfecto de libertad y lo expresó diciendo: “aquí esta la ESCLAVA del Señor”.
Discernir… ¿Puede decirse que un hombre «se ha liberado» por el simple hecho de haber superado escrúpulos tradicionales en el campo religioso, moral y social, si vive aburrido, sin proyecto ni horizonte alguno, incapaz de dar sentido a su vivir diario? ¿Puede decirse que «se ha liberado» quien actúa movido únicamente por espíritu de competencia, eficacia y éxito, utilizando su poder para imponerse, lleno de horror ante el fracaso, incapaz de nada que signifique entrega generosa y gratuita al otro? ¿Puede ser libre quien dice “es mi cuerpo, yo decido” y después va a pedir para que otros paguen y sostengan su decisión… para que otros, dictaminando una ley les quite (o pretendan) el peso de la conciencia?
Son muchos los contagiados por eso que alguien ha llamado «el mal de la libertad», es decir, la búsqueda obsesiva de una libertad vacía de contenido, que no quiere saber nada de entrega, fidelidad, solidaridad, crecimiento personal y comunitario. Ser creyente es vivir vinculado a Cristo. Pero precisamente, esa vinculación y adhesión a Cristo es lo que permite al cristiano dar contenido humano a su libertad. Él es la puerta que da acceso a la auténtica liberación.
Sean profundos y amen la oración. Tal vez uno de los riesgos más preocupantes de la Comunidad humana –en todo el mundo– sea la superficialidad, la improvisación, el inmediatismo y la aceptación del relativismo. Falta más reflexión y más oración; meditar más la Palabra de Dios, desde el corazón de la Iglesia; por eso, falta de compromiso y de coraje, falta de verdadera esperanza. Hace falta una humanidad, una juventud alegre y serena, reflexiva y orante, que ame el desierto y el silencio, que lea y escuche, que medite y rece, que esté en contacto con la naturaleza y contemple. Rezamos para que la cuarentena sea aprovechada en nuestros corazones y mentes para ser mas de Dios, de Cristo… que es la puerta para poder salir hacia el bien para gloria de Dios.
Una humanidad, una juventud profunda, capaz de comprometerse radicalmente con el Señor (incluso capaz de venderlo todo, sentirse libre y seguir al Señor), y al mismo tiempo, sensible al dolor del hombre –a su pobreza, a su enfermedad, a su miseria– y con capacidad de acogida, de solidaridad y de servicio. Si la juventud argentina –particularmente la cristiana– quiere construir verdaderamente la civilización del amor, hacer con todos una Patria de hermanos (cosas que rezamos el sábado con ocasión de los 400 años de la visita de la Virgen del Valle), tiene que ser una juventud que escuche la Palabra de Dios, la acoja con docilidad, la guste contemplativamente, la realice con disponibilidad y la comunique con alegría.
Esta es la promesa de Jesús: ¡Yo soy la PUERTA! Y luego: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. Responder a su llamada, orientar la vida en la dirección que señala su mensaje, comprometerse en construir «el reino de Dios», es lo que puede ayudarnos a conocer la verdadera liberación.
(2) Sugerencias...
Propongo algunos puntos de reflexión:
“Explicar”, iluminar y ayudar a la Comunidad PARA que puedan comprender que una ‘Iglesia sin sacerdotes’ no es la Iglesia querida por Jesucristo, como tampoco lo sería ‘una Iglesia sin laicos’. La Iglesia de Cristo está constituida por jerarquía y laicado, por pastores y ovejas, por quienes han sido llamados a ejercer el servicio de la autoridad y de la donación total, y quienes han sido llamados a ejercer el servicio de la obediencia de la fe y de la santificación en el mundo. Y rezar mucho para que tanto Sacerdotes y Laicos sean santos, trabajen seriamente su vida interior para que lleguen a serlo… y santos místicos.
La vocación sacerdotal es un don de Dios, pero que requiere la colaboración de todos (familia, parroquia, asociaciones, movimientos eclesiales) para que el don despunte en el corazón de los llamados. La semilla de Dios difícilmente despuntará, crecerá, si no encuentra una tierra buena y fecunda. ¿Nos hemos preguntado alguna vez sobre el número de vocaciones al sacerdocio, 'malogradas' porque no contaron con el ambiente favorable?
Orar con constancia por las vocaciones sacerdotales: por los seminaristas que inician el camino de preparación, por quienes ya están en camino para que continúen en él preparándose lo mejor posible para llevar a cabo su ministerio pastoral: que es amar como Jesús y servir como el Buen Pastor, orar por quienes ya son sacerdotes para que tengan siempre presente ante sus ojos 'al pastor y guardián de nuestras almas'. ¿No sería estupendo instituir en tu parroquia la adoración por las vocaciones, un día de cada mes?
También es bueno que podamos ayudar con nuestro aporte, dinero, de manera individual o en grupos para mantener a los seminaristas y a los Seminarios. ¿Conoces cómo se hace en la diócesis este aporte organizado? ¿te organizas para hacer tu aporte o el de tu familia? ¿Hablas de las vocaciones sacerdotales? Los sacerdotes, ¿ofrecemos espacios para hablar del sacerdocio? ¿invitamos para que sigan a Cristo más de cerca en el camino sacerdotal?
(3) Sugerencias...
Queridos hermanos y hermanas:
El 4 de agosto del año pasado, en el 160 aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, quise ofrecer una Carta a los sacerdotes, que por la llamada que el Señor les hizo, gastan la vida cada día al servicio del Pueblo de Dios.
En esa ocasión, elegí cuatro palabras clave —dolor, gratitud, ánimo y alabanza— para agradecer a los sacerdotes y apoyar su ministerio. Considero que hoy, en esta 57 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, esas palabras se pueden retomar y dirigir a todo el Pueblo de Dios, a la luz de un pasaje evangélico que nos cuenta la singular experiencia de Jesús y Pedro durante una noche de tempestad, en el lago de Tiberíades (cf. Mt 14,22-33).
Queridos hermanos: Particularmente en esta Jornada, como también en la acción pastoral ordinaria de nuestras comunidades, deseo que la Iglesia recorra este camino al servicio de las vocaciones abriendo brechas en el corazón de los fieles, para que cada uno pueda descubrir con gratitud la llamada de Dios en su vida, encontrar la valentía de decirle “sí”, vencer la fatiga con la fe en Cristo y, finalmente, ofrecer la propia vida como un cántico de alabanza a Dios, a los hermanos y al mundo entero. Que la Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros.
Roma, San Juan de Letrán, 8 de marzo de 2020, II Domingo de Cuaresma (Mensaje del Papa Francisco)
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domingo, 12 de abril de 2020
HOMILIA II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cA (19 de abril 2020)
II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cA (19 de abril 2020)
Primera: Hechos 4, 42-47; Salmo: Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24; Segunda: 1 Pedro 1, 3-9; Evangelio: Juan 20, 19-31
Nexo entre las LECTURAS
Esta Liturgia nos presenta sobre todo la misericordia de Dios y respuesta del hombre ante tan gran misterio: la fe gozosa. El apóstol Tomás es tal vez un paradigma de todo hombre: pasó de la incredulidad a la fe en Cristo resucitado, de la búsqueda de evidencias a la confesión gozosa y emocionada (evangelio). La comunidad de Jerusalén proclama su fe en la resurrección, cuando se reúne los Domingos para escuchar la predicación de los apóstoles, y celebrar en comunión fraterna la fracción del pan, signo del misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo (primera lectura). Las palabras de Pedro resuenan todavía frescas a nuestros oídos: "Sin verlo creen en él, y se alegran con un gozo inefable y radiante, seguros de alcanzar el término de esa fe, que es la salvación" (segunda lectura).
El centro es que Cristo vive y es el Señor Glorioso. Es Él quien se hace presente a su comunidad y la anima: "Y se llenaron de alegría al ver al Señor" (evangelio). Nos dice san Juan en el Apocalipsis: "No temas: yo soy el que vive, estaba muerto, y ya ves, vivo...". Esa es la raíz de toda la fe, esperanza y dinamismo de la comunidad cristiana… Cristo sigue vivo, sigue presente a su comunidad, guiándola y animándola por su Espíritu, como lo hizo con la primera y lo hará hasta la victoria final.
Temas... Rasgos de la Comunidad Pascual… muchos de estos se notan entre nosotros en día de cuarentena
Mostremos al mundo que creemos en el Resucitado y que nos dejamos mover por el Espíritu Santo que nos impulsa. Recordemos con fe que la comunidad, es fruto de la Pascua del Señor.
a) Es una comunidad de creyentes, que se reúnen por la fe en Cristo: "hombres y mujeres que se adhieren al Señor" (Hechos), los que creen que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios y en su nombre tienen vida, los que le siguen porque Él es el "primero y el último", el Señor de la historia. Y HOY creemos y lo seguimos.
b) Es una comunidad misionera y que crece. Jesús les ha dado la misión de ser sus testigos: "yo los envío", y les infunde su Espíritu para que les ayude (evangelio). Y en efecto en los Hechos vemos que cumple el encargo: "crecía el número de los creyentes". No es una comunidad cerrada, sino abierta y dinámica. ¡Qué bueno que lo sigamos notando! El Señor sigue impulsando a tantos mártires y en estos días especialmente en torno a la TORMENTA del COVID-19 que se desató. Y, como Iglesia, con la fuerza de DIOS seguimos amando y sirviendo a todos, especialmente a los mas necesitados de cosas y de su misericordia.
c) Es una comunidad fraterna y servidora, que continúa haciendo lo mismo que había hecho su Maestro: el bien. Practica la fraternidad y cura a los enfermos (Hechos). Esos son sus mejores carismas y signos. Practicamos la caridad en casa y en las calles… con todos, muy singularmente con los ancianos y enfermos.
d) Esta comunidad sabe lo que es el sufrimiento en el camino de la vida. Es una generación que "no ha visto a Jesús" y por ello tiene doble mérito en su fe (evangelio). Una comunidad desterrada en medio de un mundo hostil e indiferente, "en la tribulación" (dice el Apocalipsis). Pero supera desde la fe y la esperanza las dificultades. ¡GRACIAS! Señor… pues en el sufrimiento renovamos la entrega gozosa de nuestra vida.
e) Se reúne cada Domingo para celebrar su fe y su encuentro con el Resucitado. La primera aparición del Señor es "el primer día de la semana", y la siguiente "a los ocho días", o sea, siempre en el día que los judíos llamaban "primero después del sábado", pero como fue el día en el que resucitó Jesús, pronto se llamó "el día del Señor" (Apocalipsis), en latín "dominicus dies", Domingo. La "comunidad del Señor" se reúne en "el día del Señor" para celebrar "la cena del Señor": siempre centrada en Cristo, y por eso viva y esperanzada. Y desde CRISTO vivimos para gloria de Dios y bien de todos, todos los días de la semana…
f) Es una comunidad sacramental: no sólo por la Eucaristía, en la que es alimentada progresivamente en su encuentro con Jesús -Palabra y Alimento de Vida- sino además porque en la perspectiva de la Pascua entran el Bautismo, la Confirmación del Espíritu, y también el perdón del sacramento de la Reconciliación: "reciban el Espíritu Santo: a quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados" (evangelio). Esto se nota peculiarmente ahora (2020) en que muchísimos piden los SACRAMENTOS y estamos a la espera de celebrarlos con todos muy pronto…
Rezamos y nos alentamos a vivir con alegría nuestra vida pascual. Según la “asamblea”, podemos insistir en un rasgo más que en otro, pero todos deberíamos considerar este Domingo como el día en que el Señor nos llama a dar un lindo paso como Iglesia, pobre y misericordiosa, para gloria de Dios y salvación de todos. Recordemos con alegría y con fe que el protagonista de la nueva vida pascual es Cristo y su Espíritu, no nosotros en primer lugar. Es Él quien nos quiere comunicar su Pascua, la Pascua, sobre todo a partir de nuestra Eucaristía dominical. También recordemos que su don pascual es una urgencia de compromiso y de apertura por parte nuestra, para que nuestro testimonio en el mundo sea creíble y "crezca el número de los creyentes".
Sugerencias...
La experiencia gozosa y dinámica de la primera comunidad en la Pascua debería verse, hoy de un modo especial, como prototipo de la nuestra cada Domingo y todos los días... de hecho se refleja en el gozo de vivir esta cuarentena en las manos de Dios y con mucha obediencia… alguno quedándonos en casa… otros sirviendo desde distintos lugares de servicio comunitario. El primer día de la semana, y todos los días… y de nuevo el día octavo, o sea, el Domingo, la comunidad apostólica experimentó la presencia de su Señor, en éste último, con Tomás por el anuncio gozoso de los otros, y "se llenaron de alegría". El Señor les dio su Espíritu, les envió como el Padre le había enviado a Él, les dio el encargo de la reconciliación ("a quienes perdonen los pecados...").
El tono de la homilía, pascual y positivo, podría hoy apuntar claramente a la realidad del Domingo cristiano. También nosotros estamos convencidos de la presencia del Señor (según el Misal, IGMR 28, con el saludo "El Señor esté con ustedes", el presidente “manifiesta a la comunidad reunida la presencia del Señor"). También nosotros le descubrimos en su Palabra ("Cristo, por su Palabra, se hace presente en medio de sus fieles": (cf.IGMR 7. 9. 33). También nosotros nos gozamos de la presencia y la donación de Cristo que se hace nuestro alimento en cada Eucaristía.
El Domingo, la Pascua semanal, el día que dedicamos a Cristo. O mejor, el día que Cristo Resucitado nos dedica, y Él presente en nuestra vida los siete días de la semana, nos muestra su cercanía de un modo especial. Como a los apóstoles, nos da su Espíritu, nos comunica su paz, nos envía a anunciar la reconciliación y alaba nuestra fe...
Nuestra reunión eucarística Dominical es algo más que cumplir un precepto o satisfacer unos deseos espirituales. Vale la pena presentar los valores del Domingo cristiano en unos tiempos en que está peligrando su misma existencia, o al menos su sentido profundo.
También a nosotros, hoy, en este Domingo que san Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, el Señor nos muestra, por medio del Evangelio, sus llagas… que este año tienen la marca del “coronavirus” y de la “cuarentena” en los miles y millones que están con hambres, soledad, susto y miedo por no poder “pagar” “honrar” sus deudas. Son sus llagas, llagas de misericordia. Y es verdad que «Por sus llagas fuimos sanados» (Is 53,5). Jesús nos invita a mirar sus llagas (en medio de tanto dolor, de todo dolor), nos invita a tocarlas, como a Tomás, para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso. Entramos y esperamos un mundo mejor en paz… y en bienestar.
A través de ellas, como por una brecha luminosa, podemos ver todo el misterio de Cristo y de Dios: su Pasión, su vida terrena –llena de compasión por los más pequeños y los enfermos–, su encarnación en el seno de María. Y podemos recorrer hasta sus orígenes toda la historia de la salvación: las profecías –especialmente la del Siervo de Yahvé–, los Salmos, la Ley y la alianza, hasta la liberación de Egipto, la primera pascua y la sangre de los corderos sacrificados; e incluso hasta los patriarcas Abrahán, y luego, en la noche de los tiempos, hasta Abel y su sangre que grita desde la tierra. Todo esto lo podemos verlo a través de las llagas de Jesús Crucificado y Resucitado y, como María en el Magnificat, podemos reconocer que «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1,50). Pedimos paciencia mientras esperamos tu socorro, Señor.
Nos preguntamos. Ante los trágicos acontecimientos de la historia humana, nos sentimos a veces abatidos, y nos preguntamos: «¿Por qué?». La maldad humana puede abrir en el mundo abismos, grandes vacíos: vacíos de amor, vacíos de bien, vacíos de vida. Hoy el mundo parece, mas lleno que nunca, de ambiciones desmedidas... como que mas que nunca nos hemos subido al trono de nuestra soberbia y orgullo y planificamos una existencia a las espaldas de Dios y de sus mandamientos y preceptos. Y nos preguntamos: ¿Cómo podemos salvar estos abismos? Para nosotros es imposible; sólo Dios puede colmar estos vacíos que el mal abre en nuestro corazón y en nuestra historia. Es Jesús, que se hizo hombre y murió en la cruz, quien llena el abismo del pecado con el abismo de su misericordia. San Bernardo, en su comentario al Cantar de los Cantares (Disc. 61,3-5; Opera omnia 2,150-151), se detiene justamente en el misterio de las llagas del Señor, usando expresiones fuertes, atrevidas, que nos hace bien recordar hoy. Dice él que «las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios».
Es este el camino que Dios nos ha abierto para que podamos salir, finalmente, de la esclavitud del mal y de la muerte, y entrar en la tierra de la vida y de la paz. Este Camino es Él, Jesús, Crucificado y Resucitado, y especialmente lo son sus llagas llenas de misericordia.
Los Santos nos enseñan que el mundo se cambia a partir de la conversión de nuestros corazones, y esto es posible gracias a la misericordia de Dios. Por eso, ante mis pecados o ante las grandes tragedias del mundo, «me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. Él, en efecto, “fue traspasado por nuestras rebeliones” (Is 53,5). ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte de Cristo?» (ibíd.). Con los ojos fijos en las llagas de Jesús Resucitado, cantemos con la Iglesia: «Eterna es su misericordia» (Sal 117,2). Y con estas palabras impresas en el corazón, recorramos los caminos de la historia, de la mano de nuestro Señor y Salvador, nuestra vida y nuestra esperanza. (con el Papa Francisco).
Nuestra Señora, Madre de Misericordia, Ruega por nosotros y danos la salud.
lunes, 6 de abril de 2020
HOMILIA JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (09 de abril 2020
jUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (09 de abril 2020)
Primera: Éxodo 12, 1-8.11-14; Salmo: Sal 115, 12-13.15-16bc.17-18; Segunda: 1Corintios 11, 23-26; Evangelio: Juan 13, 1-15
Nexo entre las LECTURAS
La Liturgia nos lleva a la sala (Cenáculo) en donde Jesús, con sus discípulos, se reúne para celebrar una Cena. El texto y el contexto nos dicen que no es ‘una cena cualquiera’. Se trata de una cena singular, de gran importancia para todos los comensales. En la primera lectura, los que debían reunirse para “cenar” son los miembros de una familia israelita, y con esa cena celebran la liberación de la esclavitud egipcia: "Lo comerán esa noche, asado al fuego, con panes ácimos y hierbas amargas". En el Evangelio, quienes "están cenando" (Jesús y sus discípulos) lo hacen en momentos dramáticos, que preanuncian la pasión y glorificación del Señor. A esta -cena- habitualmente la llamamos “Última Cena”. El texto de la segunda lectura nos refiere ‘cosas’ de los cristianos de Corinto, ellos se reunían primeramente para cenar y luego para celebrar el memorial de la "Cena del Señor" y nos pide san Pablo que lo hagamos como el Señor lo pidió, no según nuestro parecer. Por esto, podríamos llamar a ESTA CENA, PRIMERA CENA de la que celebramos hasta el fin de los tiempos. Gracias, Señor, por tu gran amor manifestado en esa Primera Cena y el que nos muestras en cada celebración eucarística.
Temas...
REVELACIÓN. Dios nos revela las realidades sobrenaturales, y las propone a nuestra fe, mediante las realidades más cotidianas de la humana experiencia. ¿Qué cosa más cotidiana y normal que los miembros de una familia, o los amigos se junten para comer y convivir unas horas en un ambiente de alegría y espontaneidad? Eso es, según señalan los textos de hoy, la Misa, la Eucaristía: un banquete gozoso de Jesús con sus amigos; y un banquete, tanto más especial, porque "nos da para comer su Carne y a beber su Sangre" en un ambiente de fe, de amistad, de alegría y de convivio. La "Santa Misa" es una invitación del Señor que exulta de gozo por encontrarse con nosotros, los "hermanos" para celebrar juntos un banquete de amor y de libertad. Es tan grande y maravillosa esta oportunidad que está preceptuada para todos los Domingos y algunas fiestas -de guardar-. La Iglesia que es Madre, sabe que nos hace bien celebrar y comulgar.
LIBERTAD. La Eucaristía es una fiesta de libertad. En el mundo judío, esta fiesta se celebraba anualmente con un ritual bellísimo y elocuente: la sangre 'liberadora' del cordero inmolado marcando los palos de las tiendas, el hijo más pequeño que pregunta al padre de familia por el sentido de la fiesta, la cena de pie, con la cintura ceñida, con panes ácimos, y en disposición de marcha... Entonces celebraban la liberación del poder opresor de Faraón, rey de Egipto, símbolo de toda esclavitud. Los cristianos, cada Domingo, cuando celebramos la Eucaristía, celebramos la fiesta de la libertad de los hijos de Dios: liberación del pecado y de todas sus "consecuencias" gracias a Jesucristo, Cordero inocente, inmolado para redención de todos los hombres. Es importante que nosotros, discípulos misioneros, tengamos muy presente este aspecto (misterio) de la Eucaristía: fiesta de la libertad (libertad de la gracia, libertad interior, libertad de los condicionamientos humanos... libres para amar y servir). Una libertad, inseparable del amor, verdadera razón de ser de la redención de Cristo, verdadera y única respuesta digna del hombre.
FRATERNIDAD. La Eucaristía, como nos recuerda san Pablo, es también una fiesta de fraternidad. Todos juntos, celebrando la Cena del Señor, nos sentimos hermanos entre nosotros porque somos todos hermanos de Cristo e hijos del mismo Padre. El rezo del padrenuestro y la participación en la comunión, comulgando, expresan verdaderamente esta fraternidad. Una fraternidad que no puede reducirse a la reunión dominical en torno a Cristo, sacerdote y víctima, sino que debe prolongarse día tras día a lo largo de toda la semana. Nos reunimos como hermanos, el Domingo, para vivir como hijos y hermanos todos los días.
OÍR AL SEÑOR. En cada celebración volvemos a oír a DIOS que nos dice, en el decir de Santa Aìngela de Foligno que aseguroì haber escuchado de Jesuìs estas palabras: «No te he amado en broma». Su amor lo llevoì a sacrificarse por nosotros, a cargar sobre siì todo nuestro mal. Esto nos deja con la boca abierta: Dios nos salvó dejando que nuestro mal se ensanÞase con Él. Sin defenderse, sólo con la humildad, la paciencia y la obediencia del siervo, simplemente con la fuerza del amor. Y el Padre sostuvo el servicio de Jesuìs, no destruyoì el mal que se abatiìa sobre Eìl, sino que lo sostuvo en su sufrimiento, para que sólo el bien venciera nuestro mal, para que fuese superado completamente por el amor. Hasta el final. (Papa Francisco, 5 de abril de 2020) ... y continua el Santo Padre: Queridos hermanos y hermanas: ¿Queì podemos hacer ante Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono? Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa. Estamos en el mundo para amarlo a Eìl y a los demás. El resto pasa, el amor permanece.
Sugerencias... (siguiendo el rito de la primera lectura)
La cena pascual. Miren a mi Siervo, a quien sostengo. El Padre, que sostuvo a Jesuìs en la Pasión, también a nosotros nos anima en el servicio. Es cierto que puede costarnos amar, rezar, perdonar, cuidar a los demás, tanto en la familia como en la sociedad; puede parecer un vía crucis. Pero el camino del servicio es el que triunfa, el que nos salvó y nos salva. Es bueno contemplar a Jesús, en la mesa, con sus amigos, viviendo ese ritual... tan lleno de símbolos. Y que nosotros lo vivamos en Misa y en la Vida.
Queridos amigos. La Pascua se inserta en el calendario de los hombres. «En el tiempo», en la historia de nuestra época, en la historia de mi propia vida, es donde se inserta nuestra «salvación». Este año... la Pascua tiene la marca de “pandemia” de “cuarentena”, es la que estamos celebrando, no será la de años anteriores, tal vez sea la primera y la última con estas características. Ésta nos marcará y será para nosotros como un nuevo comienzo. ¿Qué ‘nuevo’ inaugurará esta Semana Santa para mí? El Papa nos dice (05.04.2020): Queridos amigos: Miren a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a siì mismos para servir a los demás. Siéntanse llamados a jugarse la vida. No tengan miedo de gastarla por Dios y por los demás: ¡La ganarán! Porque la vida es un don que se recibe entregándose. Y porque la alegría más grande es decir, sin condiciones, “SI”, AL AMOR. Como lo hizo Jesuìs por nosotros y lo hizo la Virgen Madre.
En familia, como Iglesia doméstica… la fiesta de PASCUA es siempre en familia y con el vecino, los vecinos… con el más próximo. Rito comunitario que viviremos en la verdad del corazón nuestro y del corazón de Dios. Como ¡No puede cumplirse solo, individualmente! Tengamos especialmente a los demás, a los pobres, débiles, sufrientes, los que fueron, los que son, los que serán… los que rezan por nosotros y los que nos piden oraciones. Ea! Recordar que es un “Rito actual”. No es sólo recuerdo del pasado, de la «liberación de Egipto» ... Es también la «liberación actual». Cada generación está comprometida a ese rito. Todos los años, ¡cada una de las casas es señalada con la "sangre" que salva! Este año, cada casa, cada cristiano, necesita participar del sacrificio de Jesús... parece importante ¡y lo es! el protegerse y cuidarse del COVID-19… pero ¡también lo es! la confesión y comunión de Pascua... que muchos deberán hacerlo después, lo más rápidamente posible, cuando terminen estos tiempos de cuarentena, ¡Vivir estas PASCUAS con más intensidad que de costumbre! ¡Liberados! ¿Estoy realmente convencido? ¿Siento que lo necesito?
Dios presente y ayudando: «Yo soy el Señor. Veré la sangre y pasaré de largo ante las casas de ustedes, y no habrá plaga exterminadora entre ustedes. La sangre que salva del mal. La sangre que «quita el pecado del mundo». Por tu Cuerpo, sanados... por tu Sangre, sanados. Sana, Señor, el corazón del hombre, sana mi corazón, que trabaje responsablemente por la paz… por la salud… por la salvación.
Ceñidas las cinturas, el bastón en la mano. De generación en generación lo celebraran como fiesta... Yo soy también un «peregrino» en marcha hacia la Tierra Prometida. ¿De veras estoy disponible, presto a partir para la gran aventura del “camino del Cielo”? Esta noche se sale de Egipto y se va... hacia la tierra que Dios nos promete. Se deja la tierra de esclavitud, y se va hacia la tierra de libertad. ¿Cuándo se llega? Se deja la vida de pecado y se va hacia una vida de santidad. ¿Cuándo llegaremos? Por el momento, lo importante es haber tomado el rumbo… y cada una de las MISAS nos van llevando de fe en fe, de fiesta en fiesta HASTA llegar a la fiesta de la vida, la bienaventuranza eterna.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.
lunes, 9 de marzo de 2020
HOMILIA Tercer Domingo de CUARESMA cA (15 de marzo de 2020)
Tercer Domingo de CUARESMA cA (15 de marzo de 2020)
Primera: Éxodo 17, 1-7; Salmo: Sal 94, 1-2. 6-9; Segunda: Romanos 5, 1-2. 5-8; Evangelio: Juan 4, 5-42
Nexo entre las LECTURAS
Situación. El tercer Domingo (en todos los ciclos) tiene a Moisés como protagonista. Este año con el episodio del agua de la roca del Horeb tras la revuelta del pueblo cansado y sediento.
Lo que más caracteriza a este Domingo tercero del ciclo A, es el comienzo de los tres evangelios de Juan con temática bautismal: agua, y después luz y vida (samaritana, ciego y Lázaro), que tradicionalmente han servido para motivar y valorar el camino bautismal de los catecúmenos y también de la comunidad cristiana en su recorrido cuaresmal hacia la Pascua.
Son evangelios de claro contenido cristológico, con su revelación progresiva hacia el "YO SOY". Vale la pena que los tres domingos, empezando por el de hoy, se lean enteros los pasajes de Juan, lenta y expresivamente. Tal vez se pueda elegir la modalidad de tres lectores como en el Domingo de Ramos o Viernes de Pasión. No está mal que se nos recuerde a los predicadores, que el texto del evangelio, proclamado en la celebración es más importante que nuestra homilía o nuestra explicación.
El “nexo” de las lecturas es la presencia activa y eficaz de Dios en la historia de la salvación y en la vida de los hombres. El pueblo israelita camina por el desierto, hacia la tierra prometida, y se muere de sed. Dios interviene haciendo salir, por obra de Moisés, abundantes aguas de la roca del Horeb (primera lectura). En el encuentro con la samaritana y con los habitantes de Sicar, Jesús muestra que Él es el don de Dios, la presencia de Dios entre los hombres: el agua que sacia la sed del corazón humano, la presencia y palabra eficaz que transforma por dentro a quienes le ven y le escuchan (Evangelio). En la carta a los Romanos, san Pablo escribe: ‘Al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones’. Dios se hace presente en el hombre mediante el Espíritu, derramado -como agua fecunda- en el corazón humano (segunda lectura). Dios nos quiere fértiles de corazón abierto, que aprendamos la lección de Israel y escuchemos su Voz, que no endurezcamos el corazón (Salmo).
Temas…
Un pueblo cansado que tiene sed. Es todo un símbolo de la historia humana y de la de cada uno de nosotros, el cansancio y la sed. Entre Egipto y la Tierra Prometida está el desierto. Ya quedan un poco lejos los entusiasmos primeros y los proyectos optimistas. Hay dificultades en el camino y peligros y fatiga. Falta agua para las personas y los animales. El pueblo murmura y llega a dudar de todo: "¿está o no está el Señor en medio de nosotros?" SÍ, responde YHWH, estoy: y les da agua de la roca de Horeb. Toda una historia condensada: sed y desesperanza. Y la respuesta de Dios: su presencia y su cercanía. Y agua para el camino. Amor que da vida y lo da en abundancia.
La respuesta a la sed de una mujer. Jesús se hace el encontradizo con aquella mujer de Samaría: no en el Templo o en la Escuela, sino en el camino diario, junto al pozo, allí donde la mujer va a sacar agua para su casa. También aquí el encuentro es todo un símbolo: la humanidad que tiene sed, aunque no sabe, tal vez, qué aguas le convienen y le darían la verdadera felicidad. Y el Señor, el Enviado de Dios, el Mesías, es el que tiene la respuesta verdadera y el agua que quita efectivamente la sed.
La sed de la Mujer es búsqueda (ha tenido cinco maridos) e insatisfacción. En esta sed se puede ver reflejado el itinerario de sed de la humanidad. Exquisita la pedagogía de Jesús, conduciendo la conversación desde el agua material hasta la espiritual: "el agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna". La revelación progresiva del mismo Cristo: "yo soy", el Mesías, el que habla contigo. El que beba del agua que yo le daré... Es una respuesta -"Yo Soy"- que los Domingos próximos escucharemos en otras claves: la luz, la vida...
Agua para nuestro camino hacia la Pascua. Si se nos proclama la historia de Israel, o la de “la samaritana”, es para que nosotros nos dejemos interpelar por Dios desde nuestra historia concreta y personal. También nosotros tenemos sed. Es una experiencia que todos conocemos y que entendemos fácilmente también en su sentido espiritual. Sed de verdad, de felicidad, de justicia, de amor, de plenitud, de vida. Es bueno que sintamos sed. Sería mejor que la homilía y nuestra meditación tome pie “las sed” que tenemos.
Mendicidad: El que no tiene sed, no busca fuentes de agua. El que lo sabe todo, no pregunta. El que se cree un santo, no pide perdón. El que se siente rico, no pide. El que cree que tiene todo… ¿para qué necesita la Pascua y la conversión cuaresmal? Suscitar la idea de la sed, ayudar a que todos se sientan reflejados en la historia de ese pueblo fatigado por el desierto y de esa Mujer insatisfecha de la vida. Recemos de nuevo con la buena pedagogía de Jesús para hacer ver que en nuestro camino de Pascua: la Respuesta de Dios. Las muchas preguntas que tenemos en el diario vivir, la respuesta es Él, el "Yo Soy" que nos lo dice a cada instante y no siempre lo escuchamos. Nuestra sed nos la quiere saciar Dios por medio de Jesús: es el Agua para nuestro camino cuaresmal a la Pascua; el Agua verdadera, no la superficial o más inmediata (los valores fáciles de este mundo), sino el Agua profunda (la verdad de Dios, amor verdadero, la felicidad plena). En Juan se identifica, de alguna manera también, esta Agua que nos da Cristo con su Espíritu.
Pablo nos ha recordado los dones que nos ha hecho Dios, sobre todo su amor: "la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado". Esa sí que es el agua verdadera: el amor, el Espíritu de Dios, y el que Cristo haya dado su vida por nosotros, en su Pascua.
Sugerencias...
a) Invitación a dar también nosotros de beber al sediento (cf. el "examen" final según Mt 25.): ¿qué hacemos con el que vemos que tiene sed? No hace falta mirar muy lejos en el mundo, porque a nuestro lado hay muchos que la sienten y angustiosamente. Como Cristo pide de beber, junto al pozo, y muere en la cruz gritando también "tengo sed", hay muchos que encontramos en el camino en la misma actitud.
b) Es bueno mencionar también, ya, a la Vigilia Pascual (11 de abril), hacia la que caminamos en Cuaresma: también entonces el agua va a ocupar un papel simbólico importante, con la experiencia o renovación del Bautismo.
c) La Eucaristía es, cada vez, nuestro encuentro con Cristo. En ella es donde Cristo, sentado a la vera de nuestro camino, nos da el agua de su Palabra iluminadora y nos hace el don de su Cuerpo y Sangre, el alimento y la bebida para nuestra vida.
Virgen de la esperanza, ruega por nosotros.
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