lunes, 26 de abril de 2021
HOMILIA DOMINGO QUINTO DE PASCUA cB (02 de mayo 2021)
DOMINGO QUINTO DE PASCUA cB (02 de mayo 2021)
Primera: Hechos 9, 26-31; Salmo: Sal 21, 26b-28. 30-32; Segunda: 1Juan 3,18-24; Evangelio: Juan 15, 1-8
Nexo entre las LECTURAS
Este Domingo —5to. de Pascua— desea subrayar nuestra unión con Cristo Jesús, muerto y resucitado por nosotros, y la necesidad de producir frutos en las buenas obras. La primera lectura nos muestra a Pablo que narra su conversión a los apóstoles y sus predicaciones en Damasco. La experiencia de Cristo lo llevaba a hacer una nueva lectura de la Escritura y a descubrir el plan de salvación. Su anhelo es el de predicar sin descanso a Cristo a pesar de las amenazas de muerte de los hebreos de lengua griega (1 Lectura). En la segunda lectura, san Juan continúa su exposición sobre la verdad del cristianismo de frente al gran enemigo de la "gnosis". El amor no se demuestra en bellas palabra o especiales iluminaciones, como pretendían los gnósticos, sino en obras de amor (2 Lectura). No se puede separar la fe de la vida moral. La parábola de la vid y los sarmientos nos confirma que sólo podremos dar frutos de caridad, si permanecemos unidos a la vid verdadera, Cristo el Señor (Evangelio).
Temas...
Rasgos de la Comunidad pascual. Ojalá vayan siendo también nuestras las características que aparecen en la primera comunidad después de la Pascua. Sigue creciendo la Iglesia, convencida de la presencia activa de su Señor resucitado y guiada por su Espíritu. Crece y madura, ayudada también por las dificultades internas y externas, con una difícil serenidad y paz. Hay un rasgo interesante hoy: la comunidad apostólica acoge a Pablo, el que luego será el gran apóstol de Cristo entre los paganos. Por parte de Pablo es noble la actitud y el testimonio: va a Jerusalén, a confrontar su misión con Pedro y los demás apóstoles, y les cuenta la experiencia de su encuentro con Cristo y su conversión. Pero también es admirable el mérito de la comunidad: a pesar de las más que justificadas suspicacias que podía suscitar la persona de Pablo, le acogen, no se cierran al carisma que brota, saben ver en él la acción del Espíritu. La aceptación de Pablo es una lección de universalismo y de imaginación, porque Pablo va a ser apóstol "de otro modo". Ya hay aquí una primera interpelación a nuestra comunidad eclesial concreta, religiosa o parroquial, para que crezca y madure, se deje guiar por el Espíritu y sepa aceptar la variedad de dones que Cristo regala a su Iglesia. Hacen falta muchos Bernabés que sepan discernir y muestren un corazón capaz de dar un margen de confianza a las personas.
Cristo, la Vid; Nosotros, los Sarmientos. Pero hoy y el Domingo que viene, el evangelio, tomado del discurso u oración de la Ultima Cena, nos invita a profundizar en el misterio pascual de Cristo en cuanto a nuestra relación con Él.
El Domingo pasado se nos presentaba Cristo como el Buen Pastor. El Domingo que viene nos anunciará su testamento del amor y la alegría. Hoy es la hermosa metáfora de la vid y los sarmientos la que nos ayuda a entender toda la intención de la Pascua.
Es una comparación sencilla, pero profunda, que nos ofrece muchas sugerencias para la vida cristiana. Si ya era hermoso que se nos invitara a unirnos a Cristo como a nuestro Pastor, más profunda es la perspectiva del sarmiento que se entronca en la vid y vive de ella. La imagen apunta claramente a una comunión de vida con Cristo. Como la savia vital que fluye a los sarmientos y les permite dar fruto (y al revés, la separación produce esterilidad y muerte), así nosotros con Cristo: "sin mí nada pueden hacer ". Celebrar la Pascua es, no sólo alegrarnos del triunfo de Cristo, sino incorporarnos —dejarnos incorporar por el Espíritu— a la Nueva Vida de Cristo. Una expresión típica de Juan es la de permanecer en Cristo: siete veces aparece en su evangelio: el Resucitado no sólo quiere que vivamos "como" Él, o que sigamos "tras" Él, o que seamos "de" Él, o que caminemos "con" Él, sino que vivíamos "en" Él. Es un programa de comunión de vida. Ciertamente "permanecer en Él" no se interpreta pasivamente, sino que es un programa dinámico y comprometedor como pocos.
Aplicaciones concretas. La imagen admite traducciones muy concretas en nuestra vida, según los ambientes de las varias comunidades:
-la comunión de la verdad y la fe (cf. 2 Lect.); creer en Él es el primer y radical lazo que nos une; "somos de la verdad", se nos propone "que creamos en el nombre de Jesús";
-pero esa fe debe desembocar en el amor: Juan relaciona estrechamente las dos perspectivas: "creamos... y nos amemos unos a otros"; éste es el mandamiento, estos son los frutos de nuestra unión con el Resucitado; el que ama "permanece en Dios" (será el tema central del Domingo que viene);
-la unión con Cristo retrata también nuestra oración: la oración personal y comunitaria nos hacen centrarnos de modo privilegiado con Cristo, con su Palabra, con sus sacramentos; este encuentro —la Eucaristía diaria o dominical, por ejemplo— son como el motor y el alimento de nuestra unión existencial con Cristo;
-hay una dirección interesante en la imagen, la poda; a los que se mantienen unidos a Cristo, Dios los "poda", para que den más fruto; ¿qué aspectos de nuestra vida estamos dejando que sean podados en esta Pascua, qué purificación y renovación se nota en nuestra existencia personal, en nuestra comunidad? Este programa, positivo pero empeñativo, de nuestra Pascua con Cristo debe conducir también claramente a la experiencia de nuestra Eucaristía. Cuando Juan, en el cap. 6 de su evangelio, dice cuáles son los frutos de la Eucaristía, habla en los mismos términos: "el que me come permanece en mí y yo en él". Más aún: "como yo vivo por el Padre, que vive, así el que me coma vivirá por mí". La celebración eucarística es como el resumen y el motor de toda una vida cristiana en unión con Cristo.
Sugerencias...
La Liturgia de la Palabra presenta hoy en síntesis el itinerario de la vida cristiana: conversión, inserción en el misterio de Cristo, perfeccionamiento/crecimiento de (en) la caridad.
La primera lectura (Hch 9, 26-31) narra la llegada de Saulo a Jerusalén donde «todos le temían, no creyendo que fuese discípulo» (ib 27) y que, iluminado de modo extraordinario por la gracia, de feroz enemigo se había convertido en ardiente apóstol de Cristo. La conversión no es tan repentina para todos; normalmente requiere un largo trabajo para vencer las pasiones y las malas costumbres, para cambiar mentalidad y conducta. Pero para todos es posible, y no sólo como paso de la incredulidad a la fe, del pecado a la vida de la gracia, sino también como ejercicio de las virtudes, desarrollo de la caridad y ascesis hacia la santidad. Bajo este talante la conversión no es un mero episodio, sino un empeño que compromete toda la vida.
La conversión ratificada por el sacramento, injerta al hombre en Cristo para que viva en Él y viva su misma vida. Es el tema del Evangelio del día (Jn 15, 1-8), «Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes —dice el Señor—. Como el sarmiento no puede dar fruto de sí mismo si no permanece en la vid, tampoco ustedes si no permanecen en mí» (ib 4-5). Sólo unido a la cepa puede vivir y fructificar el sarmiento; del mismo modo sólo permaneciendo unido a Cristo puede vivir el cristiano en la gracia y en el amor y producir frutos de santidad, Esto declara la impotencia del hombre en cuanto se refiere a la vida sobrenatural y la necesidad de su total dependencia de Cristo; pero declara igualmente la positiva voluntad de Cristo de hacer al hombre vivir de su misma vida. Por eso el cristiano no debe desconfiar nunca; los recursos que no tiene en sí los encuentra en Cristo, y cuanto más experimenta la verdad de sus palabras: «sin mí, nada pueden» (ib 5), tanto más confía en su Señor que quiere ser todo para Él. El bautismo y la inserción en Cristo que Él produce son dones gratuitos; y es tarea del cristiano vivirlos manteniéndose unido a Cristo por medio de la fidelidad personal, como indica la expresión tantas veces repetida: «permanezcan en mí». El gran medio para permanecer en Cristo, es que sus palabras permanezcan en el creyente (ib 7) mediante la fe que le ayuda a aceptarlas y el amor que se las hace poner en práctica.
Entre las palabras del Señor hay una de especial importancia que se recuerda en la segunda lectura (1 Jn 3, 18-24): «su precepto es que... nos amemos mutuamente» (ib 23). El ejercicio de la caridad fraterna es la señal distintiva del cristiano, precisamente porque atestigua su comunión vital con Cristo; pues es imposible vivir en Cristo, cuya vida es esencialmente amor, sin vivir en el amor y producir frutos de amor. Y como Cristo ha amado al Padre y en Él ha amado a todos los hombres, así el amor del cristiano para con Dios tiene que traducirse en amor sincero para con los hermanos. Por eso San Juan encarga con tanto ardor: «Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad» (ib 18). Quien de esta manera ama al prójimo —amigos y enemigos— nada tiene que temer delante de Dios, no porque sea impecable, sino porque Dios, «que es mejor que nuestro corazón y todo lo conoce» (ib 20), en vista de su caridad para con los hermanos le perdonará con gran misericordia todos los pecados.
lunes, 19 de abril de 2021
HOMILIA DOMINGO CUARTO DE PASCUA cB (25 de abril 2021)
DOMINGO CUARTO DE PASCUA cB (25 de abril 2021)
Primera: Hechos 4, 8-12; Salmo: Sal 117, 1. 8-9. 21-23. 26. 28-29; Segunda: 1Juan 3,1-2; Evangelio: Juan 10, 11-18
Nexo entre las LECTURAS
Hoy se celebra en la Iglesia la 58 Jornada Mundial por las Vocaciones. Los textos litúrgicos nos delinean a Jesús como Buen Pastor, llamando primordialmente a Obispos y Sacerdotes a imitarlo en el ejercicio del ministerio de la Caridad Pastoral. En primer lugar, el sacerdote -como Jesús- debe ser buen pastor, dispuesto a entregar su vida por sus ovejas (Evangelio). El sacerdote, al igual que Jesús, debe ser para los hombres como una piedra angular que sostiene todo el edificio de sus convicciones y valores espirituales, morales y humanos (primera lectura). Finalmente, el sacerdote, como Jesús, ha aceptado la llamada a ser elegido para ser hijo de Dios Sacerdote y para vivir la experiencia de un amor tierno y filial a Dios, su Padre (segunda lectura).
Temas... Cristo mismo, el que guía, cuida, defiende y alimenta.
El cuarto domingo de Pascua es conocido como el Domingo del Buen Pastor. Uno de los temas más bellos, durante la Pascua, es Cristo mismo que cuida de nosotros, nos guía, nos alimenta, nos defiende… todo ello presentado a través de la figura del Pastor. Efectivamente estas son las tareas del Pastor: cuidar; defender; alimentar y guiar al rebaño.
La relación estrecha (palabra que se nos hizo familiar en la pandemia/cuarentena) y no solamente funcional es la relación de amor que llega a establecerse entre el Pastor y el rebaño y sirve para que nosotros nos sintamos también amados por aquel que nos guía, nos cuida, nos defiende, y nos alimenta. Atención a esos cuatro verbos “nos guía; cuida; defiende y alimenta” tomados del Evangelio proclamado hoy.
Un pequeño detalle que me parece bueno destacar… es porque -muchas veces- hay perlas en esos detalles pequeños… el detalle es hacer/meditar/reflexionar acerca del contraste entre el asalariado y el lobo.
Cristo mismo, al presentar la comparación, comparación que es una especie de parábola viva, Él hace la comparación entre el asalariado y el Pastor… pero podemos hacer, guiados por el Espíritu Santo, la comparación entre el asalariado y el lobo. Asalariado, es el que trabaja con las ovejas, pero no las quiere. En el fondo, no le importan. A él le importa su dinero, su ganancia, su provecho, su interés, su salario. Así que hay bastante parecido entre el asalariado y el lobo. Porque, al lobo, también lo que le interesa es su hambre, su alimento, su provecho, su ganancia… ¡Sorpresa! la comparación nos muestra que, aunque el lobo está afuera y el asalariado está adentro del rebaño, en el fondo ambos son enemigos del rebaño; esto significa que no solo hay enemigos afuera, sino también los hay ADENTRO…
Por eso, cuando pensamos en el misterio de la Iglesia, esta observación es bien importante: hay enemigos afuera, por ejemplo, los que se muestran como ateos, los que se muestran como miembros de otras confesiones cristianas que se burlan del catolicismo, los que sufren de cristianofobia… esos, podemos decir, que aparecen como enemigos de afuera. También, por supuesto, son de este grupo los muchos pecados que nos tientan. Pero, cuidado… que es que hay también enemigos adentro, son como lobos: porque también les interesa únicamente lo suyo.
Hay otro punto que es importante, dice nuestro Señor Jesucristo, que el asalariado se va y las ovejas se pierden y que luego llega y las ovejas se dispersan… pensemos en lo que es el “aprisco”, ese lugar donde están las ovejas y nos damos cuenta de que el asalariado deja sin ovejas el aprisco y el lobo deja sin ovejas el aprisco. El aprisco es la Iglesia y la Iglesia gime y la Iglesia sufre por el peso y por el daño que causan los asalariados, los que solamente miran por su provecho, aunque estén dentro de la Iglesia. Así como la Iglesia sufre por aquellos que la atacan desde fuera, pidamos a Cristo Buen Pastor que nos envíe pastores según su corazón y que nos guíen, nos cuiden, nos defiendan, y nos alimenten… llevándonos al CIELO PROMETIDO.
Sugerencias...
El misterio pascual se nos presenta hoy bajo la figura de Jesús buen Pastor y piedra angular de la Iglesia.
El buen Pastor no abandona el rebaño en la hora del peligro, como hace el mercenario, sino que, para ponerlo a salvo, se entrega a sí mismo a los enemigos y a la muerte: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Es el gesto espontáneo del amor de Cristo por los hombres: «Nadie me quita la vida, soy yo quien la doy de mí mismo» (ib 18). En este misterio de misericordia infinita el amor de Jesús se entrelaza y se confunde con el amor del Padre. El Padre es quien lo ha enviado para que los hombres tengan en Él al Pastor que los guarde y les asegure la verdadera vida: «¡Miren cómo nos amó el Padre! —dice San Juan en la segunda lectura— Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente» (1 Jn 3, 1). Este amor el Padre nos lo ha dado en el Hijo, que por medio de su sacrificio ha librado a los hombres del pecado y los ha hecho participantes no sólo de un nombre, sino de un nuevo modo de ser, de una nueva vida: el ser y la vida de hijos de Dios. En virtud de la obra redentora de Cristo todo hombre está llamado a formar parte de una única familia que tiene a Dios por Padre, de un único rebaño que tiene a Cristo por pastor. Esta familia y este rebaño se identifican con la Iglesia, de la cual, como dice Pedro en la primera lectura, Jesús es la piedra fundamental. «Él es la piedra rechazada por vosotros los constructores, que ha venido a ser piedra angular» (Hch 4, 11). La Sinagoga lo ha rechazado, pero por el misterio de su muerte y resurrección Jesús se ha convertido en el puntal de un nuevo edificio: la Iglesia.
Cristo buen Pastor, Cristo piedra angular son dos figuras diversas pero que expresan una misma realidad: Él es la única esperanza de salvación para todo el género humano. «… no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos» (ib 12).
Rezamos por el Papa y por la Iglesia para que seamos instrumentos eficaces en las manos del Señor que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad… también somos invitados por Jesús a tener un corazón abierto a todos: «Tengo otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir» (Jn 10, 16). De hecho, son innumerables todavía las ovejas lejanas del ‘aprisco’, y sin embargo de ellas ha dicho expresamente Jesús: «oirán mi voz» (ib). Pero ¿cómo pueden escuchar la voz del Pastor si no hay quien se la anuncie (con palabras y con obras que confirman las palabras)? Todo creyente está comprometido en esta misión: con la oración, el sacrificio, la palabra debe trabajar para conducir al redil de Cristo a las ovejas olvidadizas y lejanas, a las extraviadas y errantes, para que de todas se haga «un solo rebaño» y todas tengan «un solo pastor» (ib).
El Evangelio del día nos sugiere aún una última reflexión: «Conozco a mis ovejas —dice Jesús— y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre» (ib 14-15). No se trata de un simple conocimiento teórico, sino de un conocimiento vital que lleva consigo relaciones de amor y de amistad entre el buen Pastor y sus ovejas, relaciones que Jesús no duda en parangonar a las que existen entre Él y el Padre, De la humilde comparación campestre del pastor y de las ovejas, Jesús se levanta a proponer la de la vida de comunión que lo une al Padre insertando en tal perspectiva sus relaciones con los hombres. Esta es la verdadera vida de los hijos de Dios, que comienza en la tierra con la fe y el amor y culminará en el cielo, donde «seremos semejantes a Dios, porque le veremos tal cual es».
del Mensaje del Santo Padre Francisco, para la 58 jornada mundial, de oración por las vocaciones
San José: el sueño de la vocación
Dios ve el corazón (cf. 1 Sam 16,7) y en san José reconoció un corazón de padre, capaz de dar y generar vida en lo cotidiano. Las vocaciones tienden a esto: a generar y regenerar la vida cada día. El Señor quiere forjar corazones de padres, corazones de madres; corazones abiertos, capaces de grandes impulsos, generosos en la entrega, compasivos en el consuelo de la angustia y firmes en el fortalecimiento de la esperanza. Esto es lo que el sacerdocio y la vida consagrada necesitan, especialmente hoy, en tiempos marcados por la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, que ha suscitado incertidumbre y miedo sobre el futuro y el mismo sentido de la vida. San José viene a nuestro encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino.
martes, 13 de abril de 2021
HOMILIA DOMINGO TERCERO DE PASCUA cB (18 de abril 2021)
DOMINGO TERCERO DE PASCUA cB (18 de abril 2021)
Primera: Hechos 3, 13-15.17-19; Salmo: Sal 4, 2. 4. 7. 9; Segunda: 1Jn 2,1-5a; Evangelio: Lucas 24, 35-48
Nexo entre las LECTURAS
Debe alegrarnos hablar de conversión y misericordia en el período pascual. Ese es el tema en que se centra la atención de la liturgia dominical. Deben convertirse, ante todo, los discípulos de Jesús para aceptar, sin lugar a dudas, el misterio de la resurrección (evangelio). Deben convertirse los judíos, porque no aceptar a Jesús resucitado como Mesías es prácticamente autodestruirse (primera lectura). Deben convertirse, vivir en permanente estado de conversión, los cristianos, para no creer que por el solo conocimiento podrán alcanzar la vida verdadera (segunda lectura).
Temas...
No es un fantasma. Más allá de la tumba, un misterio suspicaz, casi arrogante, ciega nuestra mirada y desafía nuestra inteligencia. La muerte muestra con orgullo sus triunfos incesantes y reporta victoria sobre todos: niños y ancianos, hombres y mujeres, infelices que la han pretendido como escape desesperado o boyantes transeúntes que jamás hubieran querido encontrarse con ella, en estos tiempos por medio del COVID-19, se anota triunfos desagradables. Sólo una cosa es cierta y general: ante la puerta de la muerte habremos de comparecer todos… es una ‘vocación’ la de llegar a la puerta para entrar en la VIDA.
Esta certeza universal explica suficientemente la reacción de los discípulos ante la aparición del Resucitado. Bien anota el evangelista: "creían ver un fantasma...". De la misma raíz que "fantasía", el fantasma incluye por contraste la idea de un terror que sobrecarga los sentidos y paraliza el pensamiento. Es interesante ver que esa impresión sobrehumana, lejos de ayudar, impide creer, pues Cristo les pregunta: "¿por qué surgen dudas en su interior?". La fe entonces es más que asombro colosal, es más que una puerta sobre el abismo de lo incognoscible, es más que la desagradable impresión de palpar el propio límite.
Jesús, en realidad, quiere vencer esa distancia infinita que nos aparta de lo que no podemos controlar con nuestra inteligencia y por eso da a palpar su límite, esto es, la frontera que su misericordia ha querido visitar y habitar por nuestra salvación: "Tóquenme y convénzanse de que un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que yo tengo". ¡Ay, Dios! Y con semejante testimonio, que más claro no se le encontrará, ha habido todavía llamados teólogos que niegan la resurrección corporal del Señor... Tenga, JESÚS RESUCITADO, piedad de los que niegan la resurrección y de todos nosotros. Que si el primer impulso es castigar a quienes tales cosas enseñan, será mejor amar y compadecer, bien que sosteniendo firme la fe incuestionable de los apóstoles y de la Iglesia entera. El evangelio nos explica, al fin y al cabo, que sólo cuando Dios abre el entendimiento es posible admitir que hubo una que rompió la trampa y escapó del vientre cenagoso de la muerte. Se llama Jesucristo, es el SEÑOR DE LA HISTORIA.
Creer en el amor. La segunda lectura de hoy da un paso más. La frase fundamental quizás es: "Sabemos que conocemos a Dios, si cumplimos sus mandamientos". La fe no es una historia que endulza nuestros oídos simplemente. La fe no es un relato épico que se contenta con tonificar el corazón. Es una fuerza de vida, y como tal tiene su lugar propio en la vida. El apóstol Juan nos habla así en esta lectura porque ya en su tiempo hubo quienes pretendían que la fe era una "ciencia de magos" o "gnosis", como si fuese, un "conocimiento" destinado solamente a nuestra alma y sin una repercusión real ni en nuestro cuerpo ni en lo que hiciéramos con él. Aquella "idea", que ha permanecido larvada o descarada durante los siglos, va por eso dando bandazos entre el desprecio que mutila lo corporal y el desafuero que predica y practica el libertinaje… confundiendo con sus nuevos trajes en cada "ideología" que parece nueva en su formulación pero que es antigua en su verdad… siempre quiere que nos apartemos de Dios y de la verdad… Frente a esa demencia, nuestra fe, como la hemos recibido de los apóstoles, tiene un rostro definido: "el AMOR de Dios, que llega verdaderamente a su plenitud en aquel que cumple su palabra; esta es la prueba de que estamos en Él". Somos de Cristo significa: vamos con Cristo, en seguimiento de Cristo, para estar con Cristo para ‘toda’ la eternidad.
Sugerencias...
En los domingos después de Pascua las lecturas del Antiguo Testamento son sustituidas por los Hechos de los Apóstoles, que a través de la predicación primitiva testimonian la resurrección del Señor y muestran, de una manera razonable, cómo la Iglesia nació en nombre del Resucitado.
- En la primera lectura de hoy, Pedro presenta la resurrección de Jesús encuadrada en la historia de su pueblo como cumplimiento de todas las profecías y promesas hechas a los Padres: «El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, glorificó a su servidor Jesús, a quien ustedes entregaron, renegando de él delante de Pilato, cuando este había resuelto ponerlo en libertad. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos» (Hch 3, 13. 15). Y, por si su testimonio y el de cuantos vieron al Resucitado no fuera suficiente, nos ofrece una «señal» en la curación milagrosa del tullido que acababa de realizarse a la puerta del templo. Para hacer resaltar la Resurrección, Pedro no duda en recordar los hechos dolorosos que la precedieron: «ustedes negaron al Santo y al Justo y pidieron que como gracia la libertad de un homicida. Dieron muerte al príncipe de la vida» (ib 14-15).
Las acusaciones son apremiantes, casi despiadadas; pero Pedro sabe que él está también incluido en ellas por haber renegado al Maestro; lo están igualmente todos los hombres que pecando siguen negando al «Santo» y rechazando «al autor de la vida», posponiéndole a las propias pasiones, que son causa de muerte. Pedro no ha olvidado su culpa que llorará toda la vida, pero ahora siente en el corazón la dulzura del perdón del Señor. Esto le hace capaz de pasar de la acusación a la excusa: «Ahora bien, hermanos, ya sé que por ignorancia han hecho esto, como también los príncipes de ustedes» (ib 17), y luego al llamamiento a la conversión: «hagan penitencia y conviértanse, para que sus pecados sean perdonados» (ib 19). Como él ha sido perdonado, también lo será su pueblo y cualquier otro hombre, con tal de que todos reconozcan sus propias culpas y hagan el propósito de no pecar más,
- A esto mismo se refiere la conmovedora exhortación de Juan (segunda lectura): «Hijitos míos, les escribo esto para que no pequen» (1 Jn 2, 1). ¿Cómo volverá al pecado quien ha penetrado en el significado de la pasión del Señor? Sin embargo, consciente de la fragilidad humana, el Apóstol persiste: «Pero si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, justo» (ib), Juan, que había oído en el Calvario a Jesús agonizante pedir el perdón del Padre para quien lo había crucificado, sabe hasta qué punto Jesús defiende a los Pecadores. Víctima inocente de los pecados de los hombres, Jesús es también su abogado más valedero, pues «él es la propiciación por nuestros pecados» (ib 2).
- El mismo pensamiento se trasluce en el Evangelio del día. Apareciéndose a los Apóstoles después de la Resurrección, Jesús les saluda con estas palabras: «La paz sea con ustedes» (LC 24, 36). El Resucitado da la paz a los Once atónitos y asustados por su aparición, pero no menos llenos de confusión y de arrepentimiento por haberlo abandonado durante la pasión. Muerto para destruir el pecado y reconciliar a los hombres con Dios, Él les ofrece la paz para asegurarles su perdón y su amor inalterado. Y antes de despedirse de ellos los hace mensajeros de conversión y de perdón para todos los hombres: «será predicada en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén» (ib 47). De esta manera la paz de Cristo es llevada a todo el mundo precisamente porque «él es la propiciación por nuestros pecados». ¡Misterio de su amor infinito! ¡Misterio de misericordia!
viernes, 9 de abril de 2021
II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cB (11 de abril 2021)
II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cB (11 de abril 2021)
Primera: Hechos 4, 32-35; Salmo: Sal 117, 2-4. 16-18. 22-24; Segunda: 1Jn 5, 1-6 Evangelio: Jn 20, 19-31
Nexo entre las LECTURAS
En el texto evangélico encontramos juntas la fe y la paz: primeramente, la paz como don de Cristo resucitado a sus discípulos: "La paz esté con ustedes", luego la confesión de fe del incrédulo Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!" y la añadidura de Jesús: "¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto". En la primera lectura se indican los efectos de la fe y de la paz: la unión de mentes y corazones, la comunidad de bienes, el testimonio de los apóstoles sobre Cristo resucitado. Finalmente, en la primera carta de san Juan se pone de relieve el gran don de la fe, que es capaz de vencer al mundo (segunda lectura).
Temas... Sugerencias...
Este es el domingo de la misericordia. Descubramos su sentido en las palabras de la homilía de San Juan Pablo II en la Canonización de Sor Faustina, 30 de Abril de 2000. Los títulos y la numeración aquí no son de Juan Pablo.
Sangre y Agua. "Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia" (Sal 118, 1). Así canta la Iglesia en la octava de Pascua, casi recogiendo de labios de Cristo estas palabras del Salmo; de labios de Cristo resucitado, que en el Cenáculo da el gran anuncio de la misericordia divina y confía su ministerio a los Apóstoles: "Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. (...) Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedan retenidos" (Jn 20, 21-23).
Antes de pronunciar estas palabras, Jesús muestra sus manos y su costado, es decir, señala las heridas de la Pasión, sobre todo la herida de su corazón, fuente de la que brota la gran ola de misericordia que se derrama sobre la humanidad. De ese corazón santa Faustina Kowalska, verá salir dos haces de luz que iluminan el mundo: "Estos dos haces -le explicó un día Jesús mismo- representan la sangre y el agua" (Diario, Librería Editrice Vaticana, p. 132). ¡Sangre y agua! Nuestro pensamiento va al testimonio del evangelista san Juan, quien, cuando un soldado traspasó con su lanza el costado de Cristo en el Calvario, vio salir "sangre y agua" (Jn 19, 34). Y si la sangre evoca el sacrificio de la cruz y el don eucarístico, el agua, en la simbología joánica, no sólo recuerda el bautismo, sino también el don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14; 7, 37-39).
La misericordia divina llega a los hombres a través del corazón de Cristo crucificado: "Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia en persona", pedirá Jesús a santa Faustina (Diario, p. 374). Cristo derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, es la Persona-Amor. Y ¿acaso no es la misericordia un "segundo nombre" del amor (cf. Dives in misericordia, 7), entendido en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón?
Jesús dijo a santa Faustina: "La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina" (Diario, p. 132).
El futuro según Dios. ¿Qué nos depararán los próximos años? ¿Cómo será el futuro del hombre en la tierra? No podemos saberlo. Sin embargo, es cierto que, además de los nuevos progresos, no faltarán, por desgracia, experiencias dolorosas. Pero la luz de la misericordia divina, que el Señor quiso volver a entregar al mundo mediante el carisma de sor Faustina, iluminará el camino de los hombres del tercer milenio. Pero, como sucedió con los Apóstoles, es necesario que también la humanidad de hoy acoja en el cenáculo de la historia a Cristo resucitado, que muestra las heridas de su crucifixión y repite: "Paz a ustedes". Es preciso que la humanidad se deje penetrar e impregnar por el Espíritu que Cristo resucitado le infunde. El Espíritu sana las heridas de nuestro corazón, derriba las barreras que nos separan de Dios y nos desunen entre nosotros (Ft), y nos devuelve la alegría del amor del Padre y la de la unidad fraterna.
Así pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de "domingo de la Misericordia divina". A través de las diversas lecturas, la liturgia parece trazar el camino de la misericordia que, a la vez que reconstruye la relación de cada uno con Dios, suscita también entre los hombres nuevas relaciones de solidaridad fraterna. Cristo nos enseñó que "el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a "usar misericordia" con los demás: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5, 7)" (Dives in misericordia, 14). Y nos señaló, además, los múltiples caminos de la misericordia, que no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de todas las necesidades de los hombres. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia el hombre que sufre. Hagamos de nuestra existencia un canto a la misericordia
Dos amores inseparables. El amor a Dios y el amor a los hermanos son efectivamente inseparables, como nos lo ha recordado la primera carta del apóstol san Juan: "En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos" (1 Jn 5, 2). El Apóstol nos recuerda aquí la verdad del amor, indicándonos que su medida y su criterio radican en la observancia de los mandamientos. En efecto, no es fácil amar con un amor profundo, constituido por una entrega auténtica de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijando nuestra mirada en él, sintonizándonos con su corazón de Padre, llegamos a ser capaces de mirar a nuestros hermanos con ojos nuevos, con una actitud de gratuidad y comunión, de generosidad y perdón. ¡Todo esto es misericordia! En la medida en que la humanidad aprenda el secreto de esta mirada misericordiosa, será posible realizar el cuadro ideal propuesto por la primera lectura: "En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía" (Hch 4, 32). Aquí la misericordia del corazón se convirtió también en estilo de relaciones, en proyecto de comunidad y en comunión de bienes. Aquí florecieron las "obras de misericordia", espirituales y corporales. Aquí la misericordia se transformó en hacerse concretamente "prójimo" de los hermanos más indigentes (cfr. Ft).
Santa Faustina Kowalska dejó escrito en su Diario: "Experimento un dolor tremendo cuando observo los sufrimientos del prójimo. Todos los dolores del prójimo repercuten en mi corazón; llevo en mi corazón sus angustias, de modo que me destruyen también físicamente. Desearía que todos los dolores recayeran sobre mí, para aliviar al prójimo" (p. 365). ¡Hasta ese punto de comunión lleva el amor cuando se mide según el amor a Dios! En este amor debe inspirarse la humanidad hoy para afrontar la crisis de sentido, los desafíos de las necesidades más diversas y, sobre todo, la exigencia de salvaguardar la dignidad de toda persona humana. Así, el mensaje de la misericordia divina es, implícitamente, también un mensaje sobre el valor de todo hombre. Toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos el Padre concede su Espíritu y ofrece el acceso a su intimidad.
Este mensaje consolador se dirige sobre todo a quienes, afligidos por una prueba particularmente dura o abrumados por el peso de los pecados cometidos, han perdido la confianza en la vida y han sentido la tentación de caer en la desesperación. A ellos se presenta el rostro dulce de Cristo y hasta ellos llegan los haces de luz que parten de su corazón e iluminan, calientan, señalan el camino e infunden esperanza. ¡A cuántas almas ha consolado ya la invocación "Jesús, en ti confío", que la Providencia sugirió a través de sor Faustina! Este sencillo acto de abandono a Jesús disipa las nubes más densas e introduce un rayo de luz en la vida de cada uno.
A la voz de María santísima, la "Madre de la misericordia", a la voz de santa Faustina y la de todos los santos, que en la Jerusalén celestial canta la misericordia junto con todos los amigos de Dios, unamos también nosotros, Iglesia peregrina, nuestra voz.
Cada Domingo es Pascua y somos una Comunidad Pascual. La fe en Cristo resucitado, la alegría y el amor que provoca la fe en la resurrección, deben estar presentes y activos todos los días de nuestra vida. Pero de modo especial el Domingo, en que celebramos precisamente el triunfo de Cristo sobre la muerte, sobre el pecado y sobre todo mal. Cada Domingo los cristianos festejamos la Pascua de Cristo resucitado y glorioso por nuestras vidas. Un paso de perdón, de salvación, de gozo, de amor que san Juan Pablo II llama ‘paso de la divina misericordia’. Un paso con que Cristo glorioso nos invita a hacer lo mismo: a perdonar, ayudar a otros a salvarse, a gozar y a amar. Estamos llamados a vivir cada vez con más conciencia el rico significado de la Eucaristía Dominical y del Domingo. Parece que para muchos bautizados hay una idea equivocada e injusta de lo que el Domingo es en los designios de Dios, y hasta les parece ‘pesado’ ir a Misa todos los Domingos. Hoy es una ocasión estupenda para leer en el catecismo de la Iglesia los números dedicados a esta celebración eclesial (nn. 2174-2188; 1166-1167) y/o la carta Dies Domini de san Juan Pablo II.
lunes, 29 de marzo de 2021
HOMILIA JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (01 de abril 2021)
JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (01 de abril 2021)
Primera: Éxodo 12, 1-8.11-14; Salmo: Sal 115, 12-13.15-16bc.17-18; Segunda: 1Corintios 11, 23-26; Evangelio: Juan 13, 1-15
Nexo entre las LECTURAS
“Llevó su amor hasta el fin” (Evangelio). Estas palabras son la clave de comprensión de la Palabra de Dios en este Jueves Santo. Este amor es el que celebraban los israelitas anualmente al conmemorar la fiesta de Pascua, fiesta de liberación de la esclavitud egipcia (primera lectura). Este amor lo manifestó Jesús de forma suprema en el lavatorio de los pies (Evangelio) y en la donación de sí mismo en pan y en vino, convertidos en su Cuerpo y en su Sangre (segunda lectura). Éste es el amor que se repite cada vez que los cristianos nos reunimos para celebrar la Cena del Señor (segunda lectura).
Temas...
Pasado, presente, futuro. La Eucaristía es a la vez el recuerdo más entrañable que tenemos de Jesús, y la presencia más intensa de su amor incalculable, y la promesa más cierta de nuestro futuro junto a Él. La Eucaristía es memoria, presencia y profecía. Resumen perfecto de todas las ofrendas del Viejo Testamento; síntesis adorable de todas las finezas de Jesús con nosotros; pregustación suavísima de los gozos que sólo serán mejores en la eternidad.
Descanso. La Eucaristía es descanso para la vista, el oído, el paladar, el corazón y la mente. Descansa nuestra vista mirando al que es bello y fuente de belleza. Descansa nuestro oído recibiendo el eco de su palabra de gracia. Descansa nuestro paladar encontrando un sabor de amor que está lejos del hambre y del hastío. Descansa el corazón amando en la certeza de nunca ser defraudado. Descansa la mente descubriendo que la verdad última de nuestro ser es que hemos sido amados antes de ser creados, y amados para ser perdonados, y amados para tener vida eterna.
Comunión. La Eucaristía es comunión con Dios y con los hermanos. Comunión significa más que "común unión". Tener comunión es entender el lenguaje del otro; saber de qué ríe, por qué llora, qué le preocupa y cómo se le consuela. Es “comunnio”, común misión.
Estar en comunión con Dios es vibrar con su amor por los pequeños, los pobres y los tristes; es llorar con las lágrimas de Jesús por los pecadores, los endurecidos y los crueles; es padecer con el corazón del Señor y derramar sobre el mundo gracia como la suya y mirada como la suya también.
Estar en comunión es saber ir y volver del corazón del Amado. Es tener siempre una puerta abierta para el Amigo. Es cantar sus canciones y darle nuestras poesías. Es sentir que el tiempo se muere y que la eternidad amanece.
Sugerencias...
La celebración del misterio pascual, centro y vértice de la historia de la salvación, se abre con la Misa vespertina del jueves santo, que conmemora la Cena del Señor.
Todas las lecturas se centran en el tema de la cena pascual. El tramo del Éxodo (12, 1-8; 1 1-14) nos recuerda la antigua institución, establecida cuando Dios ordenó a los Hebreos que inmolasen en cada familia «un animal sin defecto [macho, de un año, cordero o cabrito]», que rociasen con la sangre los dos postes y el dintel de las casas para librarse del exterminio de los primogénitos, y que lo comiesen a toda prisa y en atuendo de caminantes. En aquella misma noche, preservados por la sangre del cordero y nutridos con sus carnes, iniciarían la marcha hacia la tierra prometida. El rito había de repetirse cada año en recuerdo de tal hecho. «Es la Pascua [fiesta] en honor del Señor» (Ex 12, 11), que conmemora «el Paso del Señor» por en medio de Israel para liberarlo de la esclavitud de Egipto.
Jesús elige la celebración de la pascua judía para instituir la nueva, su Pascua, en la que Él es el verdadero «cordero sin defecto» inmolado y consumado por la salvación del mundo. Y desde el momento en que se sienta a la mesa con los suyos, inicia el nuevo rito, «El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo —se lee en la segunda lectura (1Cor 1 1, 23-26)— tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes..." Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre"». Aquel pan milagrosamente trasformado en el Cuerpo de Cristo y aquel cáliz que ya no contiene vino, sino la Sangre de Cristo, ambos ofrecidos, pero separadamente ofrecidos, eran, en aquella noche, el anuncio y anticipo de la muerte del Señor, en la que derramaría toda su Sangre, y son hoy su vivo memorial.
«Hagan esto en memoria mía». Bajo esta luz presenta san Pablo la Eucaristía cuando dice: «cada vez que comen de este pan y beben del cáliz, proclaman la muerte del Señor». La Eucaristía es «pan vivo» que da la vida eterna a los hombres (Jn 6, 51), porque es el «memorial» de la muerte de Cristo, porque es su Cuerpo «entregado» en sacrificio, y es su Sangre «derramada por todos para el perdón de los pecados» (Lc 22, 19; Mt 26, 28). Nutridos con el Cuerpo de Cristo y lavados con su Sangre, los hombres podemos soportar las asperezas del viaje terreno, pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, de la travesía fatigosa del desierto a la tierra prometida: la casa del Padre.
«Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo. Tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre» (MR). Si la costumbre hubiera amortiguado en los creyentes la vitalidad de la fe, la Liturgia de este día les invita a reavivarse, a penetrar con la más profunda y amorosa de las miradas la inefable realidad del misterio que se realizó por vez primera en el cenáculo ante las miradas atónitas (asombrados) de los discípulos y que hoy se renueva del mismo modo concreto que entonces, sigue siendo el Señor Jesús quien, en la persona de su ministro, realiza el gesto consecratorio, y hoy, aniversario de la institución de la Eucaristía y vigilia de la muerte del Señor, todo eso adquiere una actualidad impresionante.
Jesús «habiendo amado a los suyos... los amó hasta el extremo», dice Juan prologando el relato de la última cena (Jn 13, 1-15); «en la noche en que iban a entregarlo», precisa Pablo refiriendo la institución de la Eucaristía. Tremendo contraste: por parte de Cristo, el amor infinito, «hasta el extremo», hasta la muerte; por parte de los hombres, la traición, la negación, el abandono. La Eucaristía es la respuesta que da el Señor a la traición de sus criaturas. Parece estar impaciente por salvar a los hombres, tan débiles y perjuros, y anticipa místicamente su muerte ofreciéndoles como nutrimento ese cuerpo que en breve sacrificará en la cruz y esa sangre que derramará hasta la última gota. Y si dentro de pocas horas la muerte le arrebatará de la tierra, en la Eucaristía, sin embargo, se perpetuará su presencia viva y real hasta el fin de los siglos.
Pero juntamente con el sacramento del amor, Jesús deja a la Iglesia el testamento del amor: su «mandato nuevo». De repente, los Doce ven que el Maestro se arrodilla delante de ellos en la actitud de un siervo: «echa agua en la palangana y se pone a lavarles los pies a los discípulos». La escena se concluye con una advertencia: «Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros». No se trata tanto de imitar el gesto material, cuanto la actitud de humildad sincera en las relaciones recíprocas, considerándose y comportándose los unos como siervos de los demás. Sólo esta humildad hace posible el cumplimiento del precepto que Jesús está a punto de dar; «Les doy el mandato nuevo: que se amen entre ustedes (mutuamente) como yo los he amado» (ib 34), El lavatorio de los pies, la institución de la Eucaristía, la muerte de cruz, indican cómo y hasta qué punto hay que amar a los hermanos para realizar y hacer verdad el precepto del Señor.
lunes, 22 de marzo de 2021
HOMILIA 25 DE MARZO DE 2021
LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR. 25 de Marzo. Solemnidad.
Primera: Isaías 7, 10-14; 8, 10; Salmo: Sal 39, 7-11; Segunda: Hebreos 10, 4-10; Evangelio: Lucas 1, 26-38
Temas... (pensamientos de san Juan Pablo II)
María es introducida definitivamente en el misterio de Cristo a través de este acontecimiento: la anunciación del ángel. Acontece en Nazaret, en circunstancias concretas de la historia de Israel, el primer pueblo destinatario de las promesas de Dios. El mensajero divino dice a la Virgen: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1, 28). María "se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo" (Lc 1, 29). Qué significarían aquellas extraordinarias palabras y, en concreto, la expresión "llena de gracia" (Kejaritoméne). Hoy queremos meditar, junto a María, sobre estas palabras y, especialmente sobre la expresión "llena de gracia". En esta verdad podemos encontrar una verificación significativa precisamente en el pasaje anteriormente citado de la Carta a los Efesios. Si, después del anuncio del mensajero celestial, la Virgen de Nazaret es llamada también "bendita entre las mujeres" (cf. Lc 1, 42), esto se explica por aquella bendición de la que "Dios Padre" nos ha colmado "en los cielos, en Cristo". Es una bendición espiritual, que se refiere a todos los hombres, y lleva consigo la plenitud y la universalidad ("toda bendición"), que brota del amor que, en el Espíritu Santo, une al Padre el Hijo consubstancial. Al mismo tiempo, es una bendición derramada por obra de Jesucristo en la historia del hombre desde el comienzo hasta el final: a TUTTI los hombres. Sin embargo, esta bendición se refiere a María de modo especial y excepcional; en efecto, fue saludada por Isabel como "bendita entre las mujeres".
La razón de este doble saludo es, pues, que en el alma de esta "hija de Sión" se ha manifestado, en cierto sentido, toda la "gloria de su gracia", aquella con la que el Padre "nos agració en el Amado". El mensajero saluda, en efecto, a María como "llena de gracia"; la llama así, como si éste fuera su verdadero nombre. No llama a su interlocutora con el nombre que le es propio en el registro civil: "Miryam" (María), sino con este nombre nuevo: "llena de gracia". ¿Qué significa este nombre? ¿Por qué el arcángel llama así a la Virgen de Nazaret? En el lenguaje de la Biblia "gracia" significa un don especial que, según el Nuevo Testamento, tiene la propia fuente en la vida trinitaria de Dios mismo, de Dios que es amor (cf. 1 Jn 4, 8). Fruto de este amor es la elección, de la que habla la Carta a los Efesios. Por parte de Dios esta elección es la eterna voluntad de salvar al hombre a través de la participación de su misma vida en Cristo (cf. 2 P 1, 4): es la salvación en la participación de la vida sobrenatural. El efecto de este don eterno, de esta gracia de la elección del hombre, es como un germen de santidad, o como una fuente que brota en el alma como don de Dios mismo, que mediante la gracia vivifica y santifica a los elegidos. De este modo tiene lugar, es decir, se hace realidad aquella bendición del hombre "con toda clase de bendiciones espirituales", aquel "ser sus hijos adoptivos ... en Cristo" o sea en aquel que es eternamente el "Amado" del Padre.
Cuando leemos que el mensajero dice a María "llena de gracia", el contexto evangélico, en el que confluyen revelaciones y promesas antiguas, nos da a entender que se trata de una bendición singular entre todas las "bendiciones espirituales en Cristo". En el misterio de Cristo María está presente ya "antes de la creación del mundo" como aquella que el Padre "ha elegido" como Madre de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad. María está unida a Cristo de un modo totalmente especial y excepcional, e igualmente es amada en este "Amado" eternamente, en este Hijo consubstancial al Padre, en el que se concentra toda "la gloria de la gracia". A la vez, ella está y sigue abierta perfectamente a este "don de lo alto" (cf. St 1, 17). Como enseña el Concilio, María "sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de Él esperan con confianza la salvación". (Lumen Gentium, 55)
Si el saludo y el nombre "llena de gracia" significan todo esto, en el contexto del anuncio del ángel se refieren ante todo a la elección de María como Madre del Hijo de Dios. Pero, al mismo tiempo, la plenitud de gracia indica la dádiva sobrenatural, de la que se beneficia María porque ha sido elegida y destinada a ser Madre de Cristo. Si esta elección es fundamental para el cumplimiento de los designios salvíficos de Dios respecto a la humanidad, si la elección eterna en Cristo y la destinación a la dignidad de hijos adoptivos se refieren a todos los hombres, la elección de María es del todo excepcional y única. De aquí, la singularidad y unicidad de su lugar en el misterio de Cristo. El mensajero divino le dice: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo" (Lc 1, 30-32). Y cuando la Virgen, turbada por aquel saludo extraordinario, pregunta: "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?", recibe del ángel la confirmación y la explicación de las palabras precedentes. Gabriel le dice: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios" (Lc 1, 35).
Por consiguiente, la Anunciación es la revelación del misterio de la Encarnación al comienzo mismo de su cumplimiento en la tierra. El donarse salvífico que Dios hace de sí mismo y de su vida en cierto modo a toda la creación, y directamente al hombre, alcanza en el misterio de la Encarnación uno de sus vértices. En efecto, este es un vértice entre todas las donaciones de gracia en la historia del hombre y del cosmos. María es "llena de gracia", porque la Encarnación del Verbo, la unión hipostática del Hijo de Dios con la naturaleza humana, se realiza y cumple precisamente en ella. Como afirma el Concilio, María es "Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas". (Lumen Gentium, 53)
Sugerencias… (también iluminados por san Juan Pablo II)
A María y a través de María
El saludo de Dios a la Virgen, por medio del ángel, es la expresión viva de su infinita compasión, de su profundísima sabiduría y de su inigualable poder. Compasión por la creatura humana; sabiduría en el diseño del plan de salvación; poder en la realización de obras capaces de llenar de asombro a los ángeles, de gratitud a los hombres y de espanto a los demonios.
Las palabras llegan a María, pero la gracia nos llega a todos. María recibe la luz que comunica y a todos regala el don que le ha llegado. Bien la llamamos "transparencia" del Señor, porque, como aquellos cristales limpísimos, deja pasar holgadamente la luz que la invade y la ternura que la penetra. Por eso, si miramos a la Encarnación como una declaración de amor a María, y así es porque a ella se dirigen las palabras que hemos oído en el Evangelio, bien podemos tomar esa declaración como un decreto de salvación que a todos nos cobija. María es la primera redimida y el Cristo que al elegirla la salva nos salva en ella y a todos nos elige y a través de su "sí" a todos se nos comunica.
La inmensa dignidad de la mujer. Estremece meditar en lo que acabamos de decir: todo el género humano pendía de los labios de María, se atreve a decir san Bernardo. ¡Oh eminente dignidad del género femenino, oh grandeza de la mujer en los labios, el corazón y el casto cuerpo de Nuestra Señora!
Contrasta con fuerza esta dignidad a la que Dios levanta la mujer con el diabólico odio que hoy persigue a la mujer haciéndola esclava de toda clase de pasiones y víctima de todo género de abusos hasta hacerles creer que abortar es un derecho. Frente al machismo torpe, frente a la degradación pornográfica, frente a la seducción de una vida superficial y estéril, frente al comercio con el cuerpo que Dios hizo sagrario, frente a toda degradación de lo femenino hoy María se presenta como el rostro de aquella amada y amorosa.
¡Sagrario de Amor, María, ruega por todos y en este día singularmente: ruega por la mujer!
...
HOMILIA DOMINGO DE RAMOS 28 DE MARZO DE 2021
Domingo de RAMOS en la PASIÓN DEL SEÑOR cB (28 de marzo 2021)
Primera: Isaías 50, 4-7; Salmo: Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Segunda: Filipenses 2, 6-11; Evangelio: Marcos 14, 1 – 15, 47
Nexo entre las LECTURAS
La liturgia de hoy nos ayuda a ‘entrar’ en el misterio de la entrega y sufrimiento de Jesucristo por la salvación de muchos. “En su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (segunda lectura). En los labios de Jesús hemos escuchado: "Abba, Padre. Todo te es posible. Aparta de mí esta copa de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú" (Evangelio). Siglos antes, el siervo de Yahvéh, figura de Jesucristo, había pronunciado proféticamente estas palabras: “El Señor me ha abierto el oído, y yo no me he resistido ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mi mejilla a los que mesaban mi barba; no volví la cara ante los insultos y salivazos” (primera lectura).
La liturgia invita a fijar la mirada en la gloria de Cristo Rey eterno, para que los fieles estén preparados para comprender mejor el valor de su humillante pasión, camino necesario para la exaltación suprema. No se trata, pues, de acompañar a Jesús en el triunfo de una hora, sino de seguirle al Calvario, donde, muriendo en la cruz, triunfará para siempre del pecado y de la muerte. Estos son los sentimientos que la Iglesia expresa cuando, al bendecir los ramos, ora para que el pueblo cristiano complete el rito externo «con devoción profunda, triunfando del enemigo y honrando de todo corazón la misericordiosa obra de salvación» del Señor. No hay un modo más bello de honrar la pasión de Cristo que conformándose a ella para triunfar con Cristo del enemigo, que es el pecado.
Temas...
El Día en que Cristo aceptó ser Rey. Nuestro Señor y Divino Salvador no aceptó la aclamación de las multitudes que pretendían hacerlo rey después de ver sus asombrosos milagros (cf. Jn 6,15). No quiso una corona cuando todos exclamaban: "¡todo lo hace bien!" (Mc 7,37). Huyó a la montaña muchas veces y a menudo se refugió en la oración y la intimidad con Dios, su Padre (Mt 14,23). En todas esas ocasiones, cuando hubiera sido sencillísimo y casi natural proclamarse Hijo de David y sucesor del trono para liberar a Israel, guardó silencio, se ocultó discreto, oró en lo escondido, se apartó de las aclamaciones y los vítores. Pero hubo un día en que aceptó el aplauso y no huyó de la ovación de su pueblo. Un día Cristo aceptó ser rey, y selló su destino, cambió la historia y abrió un futuro para el universo entero con el gesto humilde y noble que hoy contemplamos: miremos todos, asómbrese el mundo, cante Judá y no calle Israel: Jesús, el Nazareno, es el Rey, y manso entra en la ciudad de David rodeado de humilde corte.
¿Por qué esta vez el Señor aceptó lo que antes rechazaba? ¿Por qué nos parece que se deja envolver en el entusiasmo de aquella multitud que por fin puede dar rienda suelta a su afecto y emoción? Es que bien sabía Jesús qué le esperaba después de esos aplausos y cuánto cambiarían esas voces en cuestión de horas. Percibía su corazón el odio exacerbado de aquellos que veían en Él un peligro para sus intereses. Sabía que los poderosos, tantas veces fustigados por el verbo del Verbo, terminarían por unirse, aunque sólo fuera para estar de acuerdo en quitarlo de en medio. Y en cuanto a sus discípulos, entendía cuán frágil era su amor, así le juraran lo contrario. Comprendía entonces que las cotas más altas de la maldad brotarían con inusitado ímpetu de uno a otro momento, y sabía que ser rey, en medio de semejante torbellino de pasiones y venganzas, más que un honor era un acto de compasión, una obra de misericordia, una manifestación, la última y más perfecta, de su amor inextinguible.
Abriendo la Semana Santa. Este día, Domingo que introduce la celebración de los misterios más hondos y bellos de nuestra fe, es como el ‘frontispicio’ desde el que ya vemos la grandeza que nos espera en la semana que comienza. Y por eso la Iglesia, después de invitarnos a cantar aclamaciones al Mesías Pacífico y verdadero Rey, nos invita a mirar en un solo y maravilloso conjunto qué fue lo que entonces sucedió, para que nuestros oídos se acostumbren a la música de drama y de amor que es la Pasión del Señor. Es bueno oír así de una sola vez la Pasión para entender que fue Uno solo el que todo sufrió y Uno solo el que todo venció. Fue Uno solo el que cargó con nuestras culpas y Uno solo el que las arrojó a lo hondo del mar. Uno solo venció a nuestro enemigo, Uno solo triunfó sobre la muerte, Uno solo nos amó hasta el extremo, Uno solo nos dio el perdón, la paz, la gracia y la vida que no acaba. Uno solo: Jesucristo, el Hijo del Dios vivo.
Miremos, pues, con ojos de gratitud y escuchemos con oídos de discípulo el sublime testimonio de este relato. Nada hay semejante en las páginas o escritos de esta tierra. Nada se compara a la altura de ese perdón que, como en cascada, cae desde la Cruz para hacer un nuevo diluvio, no de venganza y castigo, sino de misericordia y de gracia. Nada tan útil y saludable como esta historia de redención, la única que será de nuestro interés cuando nuestros ojos se cierren a las vanidades de esta tierra y tengan que abrirse, para gloria o condena, en la eternidad.
Sugerencias...
Una soledad acompañada. En la actual sociedad no son pocas las personas que viven en soledad y la sienten como una pesada losa sobre sus vidas, a pesar de la multiplicación increíble de los medios de comunicación que se ha desarrollado. Los ancianos que se sienten solos, abandonados quizás por su misma familia. Los niños huérfanos, y los abandonados por sus padres a la puerta de un hospital o en el atrio de una Iglesia. Los mendigos que carecen de familia y de techo bajo el cual cobijarse. Los jóvenes que viven "solos" y no pocas veces con angustia los primeros problemas de la existencia: el vacío de sentido, la imposibilidad de un trabajo, la angustia ante el futuro, el escape fugaz y engañoso de la droga, el sexo, el alcohol... La soledad de los inmigrantes, arrancados de sus raíces culturales, de su patria y familia, y no pocas veces maltratados, la cultura del descarte especial y dolorosa en los abortos, etc… (cfr.: Fratelli Tutti). Estos solitarios forzados, y todos los demás que pueda haber en nuestro ambiente, tienen que hallar -en los cristianos- una compañía buena y sincera, una acogida fraterna, una ayuda eficaz, una solidaridad abierta e incluso contra corriente, una compasión verdaderamente cordial. Sepan además éstos solitarios forzados que Jesucristo les acompaña en su soledad y en cierta manera la vive y comparte con ellos; no sólo eso, sino que también Cristo asume y redime su soledad con la suya propia a lo largo de la pasión y muerte en la cruz. Cristo en su gran soledad desde la Cruz se supo acompañado misteriosamente por el Padre, por su madre María, por las santas mujeres... En la más inclemente soledad el hombre ha de saber que alguien le acompaña y reza por él, que Alguien está a su lado.
Confianza en el dolor. Es una de las maravillosas enseñanzas que Jesucristo nos deja sobre el Gólgota. Él ha sufrido y en medio del sufrimiento, ha confiado. A quien cree, el dolor no le hace perder la confianza. Cuando sufres, ¿cómo reaccionas? Dime cómo sufres, y te diré quién eres. A quienes somos cristianos, nos ilumine la actitud confiada de Cristo en su Padre celestial y de cara al futuro. Nos sostenga la bienaventurada Virgen María, que estuvo de pie al pie de la Cruz. También San José, en este año dedicado a él, nos sostenga en la entrega y en la fidelidad, mientras esperamos la gloriosa venida (última) de nuestro Señor Jesucristo.
lunes, 15 de marzo de 2021
HOMILIA Quinto Domingo de CUARESMA cB (21 de marzo 2021)
Quinto Domingo de CUARESMA cB (21 de marzo 2021)
Primera: Jeremías 31, 31-34; Salmo: Sal 50, 3-4. 12-15; Segunda: Hebreos 5, 7-9; Evangelio: Jn 12, 20-33
Nexo entre las LECTURAS
Mientras que para los hombres el orden habitual de los conceptos es vida-muerte, en Jesucristo es al revés: muerte-vida. De estas dos realidades y de su relación nos habla la liturgia. Es necesario que el grano de trigo muera para que viva y dé fruto… es necesario perder la vida para vivir eternamente (Evangelio). Jesús, sometiéndose en obediencia filial a la muerte vive ahora como Sumo Sacerdote que intercede por nosotros ante Dios (segunda lectura). En la muerte de Jesús -que torna a la vida y da la vida al hombre, se realiza la nueva alianza, ya no sellada con sangre de animales sino escrita en el corazón, y por lo tanto, espiritual y eterna (primera lectura).
Temas...
Quien ama su vida -para sí- la perderá. Si quieres tener vida en Cristo, no temas morir por Cristo. No te ames para ti si quieres vivir; no te ames en esta vida para las cosas de esta vida para no perder la otra, la verdadera. Quien no ama su vida, en este mundo, la guarda para la vida eterna (Jn 12,25). Profunda y admirable afirmación que indica de qué modo tiene el hombre a su alcance, con la ayuda de la gracia, poder alcanzar la Vida verdadera. Si has amado mal, entonces no has amado; pero si has amado rectamente, entonces has amado. Amar bien o rectamente es hacer el bien y servir. Felices quienes amaron mirando el ejemplo del Salvador. Felices quienes no se encierran en el amor egoísta. Cuida mucho de no caer en la tentación de quererte amar a ti mismo para ti (cfr.: San Agustín). El amor, nos anuncia Jesús, es hasta la entrega total de la vida, servicio hasta el final.
La hora de Jesús. En el evangelio de san Juan se une el encuentro de Jesús con los ‘griegos’ (representantes de la humanidad no judía) y la hora de Jesús, es decir, su pasión-muerte-resurrección. La hora de Jesús es, por tanto, la hora de la redención universal por el sufrimiento y por la glorificación. Ambos aspectos brillan con fulgor particular en la segunda lectura. Primeramente el sufrimiento: “Él (Cristo) en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte... Aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer”. Esos gritos y esas lágrimas, tan humanos, están incluidos en su hora, en su tiempo y modo de salvarnos. No falta, sin embargo, la hora de la glorificación: “Alcanzada así la salvación,... ha sido proclamado por Dios Sumo Sacerdote”. Sumo Sacerdote de la nueva alianza, del nuevo corazón humano, de la nueva ley escrita en lo más íntimo y profundo del alma.
La hora del hombre nuevo. La hora de Jesús es también la hora del hombre nuevo, del discípulo misionero. El sufrimiento y la glorificación de Jesús llevan a cumplimiento la profecía de Jeremías, que la liturgia nos presenta en la primera lectura. La alianza nueva entre Dios y la humanidad estará sellada con la sangre de Cristo. Las cláusulas de esa nueva alianza no estarán escritas sobre piedra ni será Moisés quien las comunique a los hombres; Dios mismo las escribirá en el interior del corazón y el Espíritu Santo ‘leerá’ con claridad, de modo inteligible y personal, a todo el que le quiera escuchar, el contenido de la nueva ley, la ley del Espíritu. Por eso nos dice san Juan que todos serán enseñados por Dios, todos: desde el más pequeño hasta el mayor. La pasión-muerte-resurrección de Jesucristo otorga a la humanidad, toda, la gracia de hacer un pacto de amistad y de comunión con Dios Nuestro Señor, y así llegar a ser hombre nuevo, auténtico, gozoso (E.G.).
Sugerencias...
Una solución de fondo. El trayecto largo, y tantas veces dolorido, del Antiguo Testamento deja una ‘cosa’ en claro: el problema del mal en la raza humana requiere de soluciones radicales, es decir, directo a la raíz. Uno puede creer que el hombre va a ser mejor con nuevas leyes, mejores estudios, mayores ingresos, más amplias formas de expresión, mucha o menor libertad... ¡cuántos experimentos se han hecho, por vía de dureza o de "laissez-faire", para comprobar que "hecha ley, hecha la trampa"! Se le ha hecho de todo al ser humano: torturarlo, perseguirlo, mimarlo, atiborrarlo de cosas, embriagarlo de placeres, y al final descubrimos que hay una hierba mala que resiste todos los climas y culturas. Necesitamos algo distinto y eso es lo que muestra la primera lectura: directo a la raíz; directo al corazón.
La ley de Moisés, expresión óptima pero insuficiente de la voluntad de Dios, debe alcanzar "plenitud": no escrita ya en tablas de piedra sino en los corazones. El "corazón", sede de los pensamientos, decisiones y afectos más profundos, según la Biblia, es el verdadero baluarte en que ha de entrar como Rey el Señor, si de veras queremos sanear radicalmente el problema del mal.
La pasión "interior" que vivió Cristo. Este es el último Domingo antes de la Semana Santa. Es preciso prepararnos con mayor atención y estar despiertos con mayor amor a los misterios que verán nuestros ojos, y las palabras que bendecirán nuestro corazón, dándole salud y conversión. Y a ese propósito nos ayuda la segunda lectura: es como un vistazo al misterio "interior" de Cristo, allí donde su corazón experimentó dolor y miedo, y a la vez, amor y obediencia. Bien podemos decir que es la parte de la Pasión que más nos interesa, porque es allí donde también palpita el drama de nuestras propias cobardías frente al poder, violento o seductor, del mal. La pasión "externa", la de los azotes, clavos y cruz, la conocemos; pero ¿hemos contemplado con igual o mejor amor esta "pasión interior" de nuestro Redentor?
"Queremos ver a Jesús". Y ya que hoy hablamos así del corazón y sus misterios, reconozcamos en la súplica de aquellos griegos el anhelo más hondo de nuestro propio corazón. Si hacemos silencio, si por un instante nos apartamos de la tiranía del consumo y de las solicitaciones del bienestar oiremos que el alma nuestra, en su fondo más íntimo susurra: "¡quiero ver a Jesús!" Y el corazón del Padre se deja oír, mostrando que en ese Hijo Adorado y Adorable está todo el esplendor del universo. Y el Hijo mismo nos habla y señala con mano firme, aunque agobiada de dolor, en dónde es posible verle y reconocerle: "cuando yo sea levantado atraeré a todos hacia mí..."
Es allí en la Cruz donde se devela el misterio inagotable de un amor que no se acaba. Es allí, en la Cruz de Amores, donde un grito de gracia ha quedado vivo y patente para ser escuchado "en el cielo, en la tierra, en el abismo". Es allí donde nuestro corazón hallará su descanso y encontrará por fin saciedad para su súplica más honda y entrañable..
La Virgen del SI, nos acompañe en esta entrega diaria…
Pueden ayudar estos temas...
«El que se ama a sí mismo, se pierde». Este evangelio, ciertamente impresionante, es preludio de la pasión. Algunos gentiles quieren ver a Jesús; su misión, que incluye, más allá de los límites de Israel, a todas las «naciones», sólo culminará con su muerte: únicamente desde la cruz (como se dice al final del evangelio) atraerá hacia Él a todos los hombres. El grano de trigo tiene que morir, si no queda infecundo; Jesús dice esto pensando en Él mismo, pero también, y con gran énfasis, en todos aquellos que quieran «servirle» y seguirle. Y ante esta muerte (cargando con el pecado del mundo) Jesús se turba y tiene miedo: la angustia del monte de los olivos le hace preguntarse si no debería pedir al Padre que le liberase de semejante trance; pero sabe que la encarnación entera sólo tendrá sentido si soporta la «hora», si bebe el cáliz; por eso dice: «Padre, glorifica tu nombre». La voz del Padre confirma que todo el plan de la salvación hasta la cruz y la resurrección es una única «glorificación» del amor divino misericordioso que ha triunfado sobre el mal (el «príncipe de este mundo»). Cada palabra de este evangelio está tan indisolublemente trenzada con todas las demás que en ella se hace visible toda la obra salvífica ante la inminencia de la cruz.
«Aprendió, sufriendo, a obedecer». Juan, en el evangelio, amortigua en cierto modo los acentos del sufrimiento; para él todo, hasta lo más oscuro, es ya manifestación de la gloria del amor. En la segunda lectura, de la carta a los Hebreos, se perciben por el contrario los acentos estridentes, dramáticos de la pasión. Jesús, cuando se sumergió en la noche de la pasión, «a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas» al Dios «que podía salvarlo de la muerte». Por muy obediente que pueda ser, en la oscuridad del dolor y de la angustia, todo hombre, incluso Cristo, debe aprender (crecer) de nuevo a obedecer. Todo hombre que sufre física o espiritualmente lo ha experimentado: lo que se cree poseer habitualmente, debe actualizarse, ha de re-aprenderse, por así decirlo, desde el principio. Jesús gritó a su Padre y el texto dice que fue «escuchado». Y ciertamente fue escuchado por el Padre, pero no entonces, sino solamente cuando llegó el momento de su resurrección de la muerte. Únicamente cuando el Hijo haya sido «llevado a la consumación» podrá brillar abiertamente la luz del amor ya oculta en todo sufrimiento. Y solamente cuando todo haya sido sufrido hasta el extremo, se podrá considerar fundada esa alianza nueva de la que se habla en la primera lectura.
«Meteré mi ley en su corazón». Una «nueva alianza» ha sido sellada por Dios, después de que la primera fuera «quebrantada». Mientras la soberanía de Dios era ante todo una soberanía basada en el poder -el Señor había sacado a los israelitas de Egipto «tomándolos de la mano»- y los hombres no poseían una visión interior de la esencia del amor de Dios, era difícil, por no decir imposible, permanecer fiel a la alianza. Para ellos el amor que se les exigía era en cierto modo como un mandamiento, como una ley, y los hombres siempre propenden a transgredir las leyes para demostrar que son más fuertes que ellas. Pero cuando la ley del amor está dentro de sus corazones y aprenden a comprender desde dentro que Dios es amor, entonces la alianza se convierte en algo totalmente distinto, en una realidad interior, íntima; cada hombre la comprende ahora desde dentro, nadie tiene necesidad de aprenderla de otro, como se aprende en la escuela: «Todos me conocerán, desde el pequeño al grande».
lunes, 1 de marzo de 2021
HOMILIA Tercer Domingo de CUARESMA cB (07 de marzo 2021)
Tercer Domingo de CUARESMA cB (07 de marzo 2021)
Primera: Éxodo 20, 1-17; Salmo: Sal 18, 8-11; Segunda: 1 Corintios 1, 22-25; Evangelio: Juan 2, 13-25
Nexo entre las LECTURAS
“Nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (segunda lectura). En esta expresión puede resumirse el mensaje central de la Liturgia de este Domingo –tercero– de cuaresma. Fuerza y sabiduría de Dios manifestada en Cristo glorificado que superan y perfeccionan la fuerza y sabiduría de Dios manifestado en el Decálogo (primera lectura). Fuerza y sabiduría de Dios que instauran un nuevo templo y un nuevo culto, situado no ya en un lugar, cuanto en una persona (‘Él hablaba del templo de su cuerpo’): Cristo crucificado, muerto y resucitado en quien la relación entre Dios y el hombre alcanza su plenitud y su esperanza.
Temas...
La hermosa simplicidad de los Mandamientos. Alguien dijo: "Tantos códigos, constituciones, decretos y leyes de los hombres... para explicar lo que ya está en los Diez Mandamientos...". Y así es. Los mandamientos son el maravilloso compendio del querer de Dios para el hombre. En los Mandamientos Dios nos cuenta para qué nos hizo. Éstos no han pasado ni se han quedado sepultados en el Antiguo Testamento. Cuando aquel joven (Mt 19) le preguntó a Jesús qué tenía que hacer para tener vida, la primera respuesta de Jesús fue: "cumple los mandamientos". En la Palabra Divina hay vida y ello es particularmente cierto cuando se trata de estas palabras a las que con razón se ha llamado "caminos de libertad".
¿Qué dicen en esencia los mandamientos? Aquello que Cristo nos hizo el favor de sintetizar. Pues si todavía nos parecía demasiado que hubiera DIEZ mandamientos, Jesús condensa todo en sólo DOS: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo" (Lc 10,27). Ser bueno es sencillo. Es posible que sea difícil, pero es sencillo. San Pablo dirá un poco más… sólo un mandamiento resume toda la ley; AMAR.
La locura de la Cruz. Al parecer, Dios se propuso curar la locura de nuestro pecado con la locura de su gracia. Si nos parece absurdo que Dios entregue a su propio y único Hijo por nosotros, meditemos si no es primero absurdo darle la espalda a un Dios tan bueno. El mandamiento principal es "amar a Dios sobre todas las cosas". Esto resulta imposible y loco, dado el atractivo y la utilidad que tienen tantas cosas que nos seducen, y dado el poder de la maldad que nos acobarda en la práctica del bien. La razón humana puede descubrir, sin esfuerzo, la belleza de una vida que tiene a Dios en primer lugar, pero luego resulta que la vida no sigue ese mismo camino que ve la mente, debido a nuestra debilidad interior, de la cobardía que nos produce la arrogancia del mal y del encanto que tienen las cosas que nos apartan y dividen de Dios. Por eso necesitamos una fuerza nueva, un poder invencible, una razón por encima de nuestra razón, que tenga eficacia en nuestras almas flacas y enfermas. Y eso es la Cruz. Es el amor que antecede y sobrepuja a todo amor. Por eso la Cruz, el amor de la Cruz, es el corazón de la predicación cristiana.
"No se fiaba de ellos". Según lo dicho, podemos fiarnos de Dios. Nos inspira confianza y gratitud infinitas desde el madero de la Cruz. Mas el Evangelio dice que Jesús "no se fiaba" de la gente. Así sucede porque nuestro amor, así esté pegado al templo, no tendrá fortaleza mientras no se una al templo vivo que es el Cuerpo de Cristo. Donde entendemos que también las cosas de Dios en un momento dado pueden apartarnos de Dios. Y que hay ídolos que no tienen cara y manos. Esto es bueno recordarlo porque, con referencia a la primera lectura, se gozan los protestantes en criticar a los católicos porque utilizamos imágenes. ¡Como si el tema de la idolatría se superara rompiendo yeso y quemando madera! El problema no está en esas imágenes de nuestros templos, las cuales si son bien utilizados más bien ayudan e inspiran a la piedad: el problema está en la perversa tendencia idolátrica del alma humana, que es capaz de hacer un ídolo incluso del templo de Dios.
Por eso todos, protestantes y católicos, tenemos que pegarnos a la Cruz de Cristo; todos, todos los seres humanos, hemos de encontrarnos en las entrañas de amor de Jesús y allí recibir y agradecer el regalo de la redención.
Sugerencias...
Poco después de la «pascua», es decir el paso libertador del pueblo de Israel de Egipto al desierto a través del cual habría de alcanzar la tierra prometida, Dios establece con él la Alianza, que se concreta en el don del decálogo. «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí» (Ex 20, 2-3). El amor de Dios hacia Israel, demostrado por sus intervenciones extraordinarias en la historia de este pueblo, es el fundamento de la fidelidad de éste a su Señor. El decálogo no se presenta como una fría ley moral impuesta desde lo alto por pura autoridad, sino como una ley que brota del amor de Dios, el cual, después de haber libertado a su pueblo de la esclavitud material de Egipto, quiere libertarlo de toda esclavitud moral de las pasiones y del pecado para unirlo a Sí, en una amistad que por parte suya se expresa con bondad omnipotente y auxiliadora y por parte del hombre con fidelidad a la voluntad divina. Por lo demás, el decálogo no hace más que manifestar explícitamente la ley del amor –hacia Dios y hacia el prójimo– que desde la creación Dios había impreso en el corazón del hombre, pero que éste había pronto olvidado y torcido. El mismo Israel no respondió a la fidelidad prometida en el Sinaí; muchos fueron sus abandonos, sus desviaciones, sus traiciones. Y muchas han sido, a través de los Siglos, las interpretaciones materiales, las supraestructuras formalísticas que han vaciado el decálogo de su contenido genuino y profundo.
Era necesario que viniese Jesús a restaurar la ley antigua, a completarla, a perfeccionarla, sobre todo en el sentido del AMOR y de la INTERIORIDAD. El gesto valiente de Cristo de echar a los profanadores del templo puede ser considerado desde esta perspectiva. Dios debe ser servido y adorado con pureza de intención; la religión no puede servir de tarima a los propios intereses, a miras egoisticas o ambiciosas. «Quiten esto de aquí: no conviertan en un mercado la casa de mi Padre», dice el Señor (Jn 2, 16). Las relaciones con Dios, como con el prójimo, han de ser sumamente rectas, sinceras; puede acontecer que en el culto divino o en la observancia de un punto cualquiera del decálogo se mire más el lado exterior legalístico, que el interior, y entonces se puede llegar a ser, en poco o en mucho, profanadores del templo, de la religión, de la ley de Dios.
Juan hace notar que Jesús purificó el templo librándolo de los vendedores y de sus mercancías, Cuando estaba próxima la Pascua de los Judíos (b 13). Y la lglesia, próxima ya la «Pascua de los cristianos, parece repetir el gesto de Jesús, invitando a los creyentes a que purifiquen el templo del propio corazón, para que de él se eleve a Dios un culto más puro. Pero Jesús habló de otro templo, infinitamente digno, el «templo de su cuerpo» (ib 21). A éste aludía al afirmar: «Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré» (ib 19); tales palabras, que escandalizaron a los judíos, fueron comprendidas por los discípulos sólo después de la muerte y de la resurrección del Señor. Mediante su misterio pascual Jesús ha sustituido el templo de la Antigua Alianza por su cuerpo–templo vivo y digno de la Trinidad, el cual, ofrecido en sacrificio por la salvación del mundo, sustituye y anula todos los sacrificios de «bueyes, ovejas y palomas» (ib 14-15) que se ofrecían en el templo de Jerusalén, el cual, por lo tanto, ya no tiene razón de ser. El centro de la Nueva Alianza ya no es un templo de piedra, sino «Cristo Crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo –judíos o griegos–: fuerza de Dios y sabiduría de Dios. (1Cor 1, 23-24).
domingo, 21 de febrero de 2021
HOMILIA Segundo Domingo de CUARESMA cB (28 de febrero 2021)
Segundo Domingo de CUARESMA cB (28 de febrero 2021)
Primera: Génesis 22, 1-2.9.10-13; Salmo: Sal 115, 10. 15-19; Segunda: Romanos 8, 31-34; Evangelio: Marcos 9, 2-10
Nexo entre las LECTURAS
El amor de Dios al hombre y del hombre a Dios, recapitula la liturgia de hoy. El amor de Dios a los discípulos que, después del primer anuncio de la pasión, les revela el esplendor de su divinidad (Evangelio). Amor misterioso, de Dios a Abraham, al infundirle una absoluta confianza en su providencia, frente al mandato de sacrificar a su hijo Isaac (primera lectura). Amor de Dios que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros (segunda lectura). Amor, por otra parte, de Abraham a Dios, al estar dispuesto a sacrificar a su hijo único en obediencia amorosa (primera lectura). Amor de los discípulos en la disponibilidad para obedecer al Padre que les dice: Éste es mi Hijo muy amado. Escúchenlo (Evangelio). Amor de Jesús que nos salvó mediante su muerte e intercede por nosotros desde su trono a la derecha de Dios (segunda lectura).
Temas...
Un papá y un hijo. Las lecturas de hoy nos hacen meditar en la entrañable relación que une a un hijo con su padre. Era costumbre, ciertamente salvaje, de los pueblos de la antigua Palestina sacrificar a sus hijos como un medio de congraciarse con sus dioses. Los métodos de sacrificio eran horrendos en grado sumo, e incluían, por ejemplo, quemarlos vivos. El "escogido" para esta bárbara práctica solía ser el primogénito, porque en él se reunía no sólo el amor paterno sino la victoria sobre la esterilidad. Al parecer lo que subyace aquí es que un acto supremo de dolor al ofrecer algo debía "comprometer" al dios o los dioses para que también ellos cumplieran "su parte" en proteger o bendecir a los que hacían tales cosas.
Ello explica por qué en la Biblia aparece tantas veces la prohibición, para nosotros obvia, de sacrificar a los hijos. Uno puede leer por ejemplo Dt 18,10-11: "No sea hallado en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni hechicería, o sea agorero, o hechicero, o encantador, o médium, o espiritista, ni quien consulte a los muertos". Aquí se condenan juntamente dos prácticas que eran comunes en Canaán. Otro caso es el de Jefté que sacrificó a su hija (Jue 11,30-40) o el de Acaz que quemó a su hijo (2 Re 16,3), lo mismo que el espantoso Manasés (2 Re 21,6). En ese contexto y rodeado de ese mundo Abrahán siente una exigencia de llegar, de una manera casi inhumana, a su propio límite, y siente asimismo que está dispuesto a obedecer hasta el extremo. Y obedece. Abrahán obedece hasta el extremo.
Por otra parte: es fácil escandalizarnos y murmurar de las bárbaras prácticas de otras sociedades. "¡Qué salvajes! ¡Sacrificar a un niño inocente para asegurar el éxito de un proyecto de su padre!". Pero es lo mismo que hoy se hace en muchas partes, todos los días. Ejemplo, dolorosamente común: una mujer adelanta estudios universitarios. Queda embarazada. ¿Solución? ¡Que aborte!. Dicen…ese niño no puede dañarle la carrera a ella. El niño es sacrificado atrozmente para que el proyecto personal de la madre, o del que embarazó a la madre, no se dañe. Seguimos en Canaán. Tanto dolor… hay necesidad de actos de amor, reparación y desagravio, podemos vivir con esta intención la penitencia propia de esta Cuaresma 2021.
Un hijo y un papá. En el evangelio de hoy aparece en otra clave el tema de papás e hijos. Esta vez se trata del Papá por excelencia y del Hijo por excelencia. La transfiguración nos deja entrever el misterio de este Hijo en quien brilla la donación de amor que le ha hecho su Padre, y el misterio de este Padre en la donación de amor que le hace su Hijo. Este precioso misterio, que ha sido llamado "luminoso" por el Papa san Juan Pablo II, nos introduce en la dinámica de la donación de vida y donación de amor propias del ser de la Trinidad. Y en ese misterio se gesta nuestra propia salvación. La palabra "Padre" es la palabra que sella la obra de la redención. Cuando Dios es mi Padre, mi Papá, mi Papito, mi Abbá, ¡se acabaron las distancias! Ya Dios no es mi rival ni mi estorbo; ya no es una idea lejana ni una energía sin nombre, ya no es un recuerdo de otra cultura ni una ideología para dominarme. Cuando Jesús me introduce en su modo de amar al Padre y en el modo de amar de Dios, mi Padre, ha quedado rota la mentira de suspicacia con que la serpiente satánica pretendía que yo desconfiara de mi Creador. Jesús conmigo, contigo… inicia la CIVILIZACIÓN del AMOR.
Por eso nos dice también san Pablo: "Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? El que no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo?" (Rom 8,31-32). Con esta certeza bien sembrada en el alma ya no caben los engaños del demonio, ya no tienen encanto las mieles del mundo, ya pierden su fuerza las seducciones de la carne. ¡Oh, gloria a Dios, que es Padre, y nos envió a su Hijo para mostrarnos su rostro, de modo que en Él se rehiciera la imagen perdida por el pecado!
Sugerencias...
La alianza entre Dios y Abrahán. El Antiguo Testamento está lleno de personas que se enfrentaron cara a cara con la invitación que les hacía Dios a vivir en comunión con Él, a colaborar con Él, a cumplir sus planes en favor de los demás. El Domingo pasado recordábamos la alianza de Dios con Noé, después del diluvio. Hoy estamos ‘admirando’ a Abrahán, "el padre de los creyentes": Dios le pidió cosas difíciles: que saliera de su tierra, para peregrinar a lo desconocido; que abandonara su religión pagana; que se fiara de su promesa de que le daría un hijo, a pesar de su avanzada edad; y cuando tuvo el hijo, Dios le puso de nuevo a prueba pidiéndole que se lo sacrificara. Abrahán lo aceptó, con obediencia total. Su disponibilidad tuvo el premio, la promesa de la bendición para él y su descendencia: "por haber hecho eso, por no haberte reservado tu hijo, te bendeciré... todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido".
Misteriosos los caminos de Dios. Admirable la actitud de Abrahán. Diálogo difícil que se ha repetido a lo largo de la historia en tantas y tantas personas que han dicho "Sí" a Dios no solo en los días en que todo les iba bien, sino también en las pruebas y dificultades… mucho se nota en verdaderos mártires que en la pandemia del COVID siguen amando y sirviendo a los demás a pedido de DIOS.
La verdadera Alianza por la obediencia de Jesús. Nosotros ‘admiramos’ todavía más la profundidad de la alianza en Cristo Jesús. El amor de Dios y la disponibilidad de Jesús llegan a la totalidad. Si al hijo de Abrahán, Isaac, se le perdona la vida, el plan de salvación de Dios y su nueva Alianza se cumplen con plena generosidad. Para salvar a la humanidad de su mal y de su pecado, Dios encuentra un camino asombroso: asume nuestro pecado, toma para sí nuestro castigo, reedifica los puentes rotos por nuestro pecado, restablece la amistad interrumpida por nosotros. El amor profundo de Dios vence a nuestro pecado con su propio dolor. El Hijo se entrega hasta el final, consiguiéndonos el perdón y la Nueva Alianza.
Tenemos buen patrocinador/paráclito ante Dios. Podemos alegrarnos de la garantía que Él nos da. San Pablo ha cantado con entusiasmo un himno a este amor de Dios: "Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, ¿cómo no nos dará todo con El? ¿Quién nos condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, que está a la derecha de Dios y que intercede por nosotros?". Por parte de Dios la Alianza es firme. Y nunca como en el tiempo de Cuaresma lo recordamos más gozosamente: la entrega absoluta de Jesús en la Cruz y la apuesta por la vida que Dios hace resucitándole para nuestra salvación.
La alianza es siempre costosa. Ahora bien, a Jesús le costó su obediencia. Le costó sudor de sangre, miedo a la muerte, soledad, lágrimas.
También para nosotros el camino de la alianza con Dios puede resultarnos a veces oscuro y difícil. Abrahán no debió ‘entender’ los motivos por los que Dios le pedía el sacrificio de su hijo.
Los apóstoles no lograron entender por qué Jesús les anunciaba tantas veces su muerte.
Por eso la escena de la Transfiguración que hemos escuchado hoy puede interpretarse como una ayuda que Jesús hace a los suyos (nos hace), como una lectura anticipada del sentido de su Pascua.
Y es que la Alianza pasa por la Pascua, y el camino de la Pascua es un camino serio. Como lo es el camino de toda amistad y de todo amor. La amistad y el amor no sólo saben de sonrisas y cercanías, sino también de entrega, fidelidad, sacrificio.
No son buenos modelos de alianza los que encontramos en las relaciones humanas. No parecen muy creíbles y estables las varias alianzas políticas, o comerciales, o incluso -a veces- las matrimoniales. La Alianza que Dios ha sellado con la humanidad en Cristo Jesús sí es una Alianza firme, a la que en esta Cuaresma somos invitados a sumarnos con mayor claridad que en años anteriores.
Cada año, en la Vigilia Pascual (3 de abril), somos interrogados sobre la lucidez con la que seguimos esta Alianza: ¿Crees en Dios, crees en su Hijo Cristo Jesús? ¿renuncias al pecado, al mal, a lo que no es Pascua, a lo que es antievangélico? La Pascua, para poder ser celebrada legítimamente, comporta esta actitud, sumándonos a la actitud de obediencia y novedad de vida de Cristo Jesús.
La Eucaristía, viático hacia la Pascua. A nosotros, para animarnos en nuestro camino, no se nos aparece Jesús, rodeado de Elías y Moisés, en el monte de la transfiguración. Pero sí nos sale al camino como a los discípulos desanimados de Emaús, ofreciéndonos el alimento de la Eucaristía, el alimento de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre. La Eucaristía, una Pascua ‘concentrada’, es nuestro "viático" para el camino. Para que, recibiendo como alimento al mismo Señor Resucitado, vayamos asimilando su Vida y su Alianza Nueva.
lunes, 4 de enero de 2021
HOMILIA Domingo después del 6 de enero. EL BAUTISMO DEL SEÑOR. Fiesta. Ciclo B (10 de enero de 2021)
Domingo después del 6 de enero. EL BAUTISMO DEL SEÑOR. Fiesta. Ciclo B (10 de enero de 2021)
Primera: Isaías 55, 1-11; Salmo: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Segunda: 1Juan 5, 1-9; Evangelio: Marcos 1, 7-11
Nexo entre las LECTURAS
El tema que da unidad a los textos de hoy no es tanto el acto del bautismo como la unión entre agua y salvación. El agua es el símbolo de la gracia gratuitamente otorgada, purificante y refrescante a la vez. En el banquete de alianza entre Dios y los hombres, imaginado por Isaías, no puede faltar el agua, al lado de otras bebidas (primera lectura). San Juan en su primera carta nos dice que "Jesucristo vino con el agua y con la sangre" y que "tres son los que dan testimonio de Jesucristo: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo" (segunda lectura). En el evangelio, después de que Jesús, bautizado por Juan, salió del agua, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma. El agua es la realidad más presente en todos los textos, el agua con toda su riqueza simbólica y con los demás elementos que la acompañan y completan.
Temas...
Cristo, el Siervo de Dios. Es necesario y saludable insistir, como se hace en la Iglesia Católica, en una verdad fundamental: Cristo es el Hijo de Dios. Mas esa afirmación central no anula otras que son posibles, que vienen de la Escritura y que hacen mucho bien a nuestro entendimiento del misterio de Jesucristo; entre estos otros enunciados hoy vamos a centrarnos en Cristo como "Siervo" de Dios.
Partamos de una base: proclamar el señorío de Dios es proclamar nuestra servidumbre hacia Dios. ¿Qué es, en efecto, un señor sin siervos? ¿Hay algo más burlesco que un señor que no tiene quién atienda a sus órdenes ni quién quiera agradarle con sus acciones? Si tomamos en serio que Dios es Señor hemos de tomar en serio que nosotros somos siervos suyos. Y tal es el mensaje de Cristo: mostrándose en obras y palabras como verdadero Siervo de Dios mostró con sus palabras y con sus obras que Dios es el Señor, es decir, mostró que Dios reina; nos dejó ver el Reino de Dios. Isaías, en la primera lectura de hoy, nos presenta un perfil de un siervo de Dios. De todas las características que él menciona, detengámonos en una, o mejor en la combinación de dos de ellas: compasivo y fuerte. No rompe la caña resquebrajada y a la vez manifiesta firmemente el derecho. Entiende al cansado, pero no se cansa; acoge al caído mientras conserva su propio lugar y su propia misión. ¡Admirable virtud, que bien vemos brillar en Jesucristo!
El Ungido. ¿Qué es lo propio de Cristo? Nuestra cultura, marcada por las nuevas mitologías de ídolos o super héroes, busca las claves del éxito en fortalezas singulares: una gran astucia, una ingeniería impresionante, una energía sobrehumana, un valor incomparable. ¿Es así en Cristo? ¿Cristo es Cristo porque tiene una técnica mental, una tecnología única, un saber esotérico o por qué? Esta fiesta del bautismo del Señor nos conduce al corazón de la respuesta: lo propio de Jesús es la Unción que ha recibido. Un enunciado muy sencillo, que sin embargo tiene consecuencias inmensas.
Si lo peculiar de Cristo fuera una técnica mental entonces ser cristiano significaría ser mentalista. Si lo peculiar de Cristo fuera una energía sobrehumana entonces no habría diferencia entre ser cristiano y ser un griego pagano, de aquellos que cantaban las gestas de Aquiles o el ingenio de Ulises. Si lo peculiar de Cristo fuera un saber escondido, esotérico, como lo plantean algunos autores, entonces ser cristiano es instruirse en unos misterios que, como no han sido enseñados por la Iglesia, implican que la Iglesia es una gigantesca farsa.
En sentido contrario: si lo distintivo de Cristo es la unción del Espíritu Santo, y ese Espíritu viene a habitar en nosotros, entonces ser cristiano es básicamente participar del Espíritu de Jesús, cosa que no suena nada discorde de lo que enseña Pablo: "porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios" (Rom 8,14). ¡Dios Santo! Todo está en la acción del Espíritu Santo en nosotros, y el primero, y quien ha inaugurado ese camino para nosotros, es Jesucristo.
Sugerencias...
La primera lectura de hoy es particularmente importante para comprender no sólo la fiesta que estamos celebrando, sino la persona misma de Jesús. Se trata del llamado "primer canto del Siervo de Yahvé": un cántico poético en que Isaías describe al elegido de Dios, al profeta que va a mandar al mundo: "miren a mi Siervo, mi elegido, a quien prefiero, sobre él he puesto mi espíritu para que traiga el derecho a las naciones..." En la Biblia se suele describir así la llamada de un hombre por Dios: es elegido, es mandado a cumplir una misión, y para que la pueda cumplir se le da el Espíritu de Dios. Pues bien: recordemos lo que acabamos de escuchar en el evangelio de Marcos: cuando Jesús es bautizado por Juan, en el momento de salir del río Jordán, "vio rasgarse el cielo, y el Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: tú eres mi Hijo amado, a quien prefiero". La consonancia es exacta. Estamos celebrando la fiesta de Jesús como el Enviado de Dios, que va a empezar su ministerio como profeta. Precisamente el Bautismo es su primer acto de vida pública, su presentación, su investidura como Mesías, el Ungido de Dios.
El estilo del nuevo profeta. Pero hay un aspecto muy importante que Isaías sigue describiendo en su poema: "no gritará, no voceará por las calles, la caña quebrada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará.. yo el Señor, te he llamado, para que abras los ojos de los ciegos, y saques a los cautivos de su prisión..." El elegido de Dios trabajará y batallará en favor del derecho y la justicia. Pero lo hará con un estilo muy propio: no con la violencia, no a gritos, sino con suavidad. La caña que está a punto de romperse, no la acabará de quebrar: al contrario, la ayudará a mantenerse. Abrirá los ojos de los ciegos, libertará a los cautivos... Así es como lo anuncia Isaías. Pero así es como también hemos escuchado que retrata a Jesús su discípulo Pedro: "Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él..." El resumen de la vida de Jesús no puede ser más denso y optimista: pasó haciendo el bien. Es el estilo que caracterizó a Jesús: siempre comprensivo y servicial, sobre todo con los débiles, con los marginados, los publicanos, los leprosos, los que la sociedad tachaba de indeseables.
Esto es lo que celebramos hoy. El bautismo de Jesús: el comienzo de su misión como enviado de Dios, lleno del Espíritu Santo. Desde hoy irá por los caminos de Israel curando a los enfermos, consolando a los atribulados, perdonando a los pecadores, resucitando a los muertos, enseñando y proclamando a todos la buena noticia de la salvación. Ya ha terminado Navidad. Hoy se nos presenta Jesús dispuesto a ser también nuestro Maestro y Profeta. Es como el programa para todos los domingos del nuevo año 2021. No escucharemos la voz de un hombre cualquiera: sino al del Enviado de Dios.
Testigo/Apóstol: Todos bautizados como Él. El bautismo de Jesús nos recuerda también el nuestro. Porque todos nosotros estamos bautizados: como Él, hemos recibido el baño del agua, hemos sido invadidos por su Espíritu: el Espíritu de hijos de Dios.
¿Para qué? Para lo mismo que Él: para cumplir en nuestra vida la misión de testigos de Dios en medio de la sociedad. Para batallar por la justicia, por la verdad, por los valores que Dios quiere hacer triunfar en la vida. Y también para hacerlo con el mismo estilo de Jesús, Siervo de Dios: no con la violencia, sino con la comprensión, la servicialidad, y si es necesario, con la entrega total de nosotros mismos. El bautismo, también para nosotros, no ha sido una meta, sino el comienzo. El final no sabemos cuándo llegará. Pero mientras tanto, cada Domingo vamos celebrando la Eucaristía, escuchando a Cristo, creyendo su mensaje de salvación y alimentándonos con su Cuerpo y Sangre. Que ocurra en todos nosotros que se pueda decir, resumiendo nuestra vida, lo mismo que Pedro pudo decir de Jesús. "Pasó haciendo el bien, porque Dios estaba con él".
La Eucaristía actualiza nuestro bautismo. Hagamos un esfuerzo, hermanos, para internalizar bien las dos enseñanzas que hemos sacado de las lecturas de hoy: la necesidad de renovar nuestro contacto con el Espíritu, recibido en el bautismo, y la necesidad de reavivar en nosotros la actitud de justicia no violenta, de acuerdo con el modelo que nos ofrece Jesús. Esta celebración eucarística que estamos realizando nos ayudará: cada eucaristía/misa renueva el dinamismo interior de nuestro bautismo y en cada eucaristía se hace presente aquél que cumplió toda justicia y "pasó haciendo el bien".
San José, ruega por nosotros.
HOMILIA Solemnidad de la EPIFANÍA del SEÑOR. (6 de enero de 2021)
Solemnidad de la EPIFANÍA del SEÑOR. (6 de enero de 2021)
Primera: Isaías 60, 1-6; Salmo: Sal 71, 1-2. 7-8. 10-13; Segunda: Éfeso 3, 2-3.5; Evangelio: Mateo 2, 1-12
Nexo entre las LECTURAS
La luz de Cristo brilla de modo singular en los textos de la Epifanía. El tercer Isaías canta, bajo el símbolo de la luz, el triunfo y la centralidad de Jerusalén en el concierto de las naciones (primera lectura). La luz de Jerusalén es profecía, mira hacia una persona que será la luz de las naciones y la gloria de Israel (cf. Lc 2, 32). El evangelio nos narra la historia de unos "magos" que llegaron a Jerusalén porque habían visto en oriente la estrella del rey de los judíos y venían a adorarlo (evangelio). Y san Pablo en la carta a los efesios afirma que el misterio de Cristo ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas (segunda lectura); misterio de Cristo que consiste en ser luz y gloria de la humanidad.
Temas..
Estrella y Camino. Los "Magos" ven la estrella y observan que en ella había algo muy especial; descubren un mensaje, una noticia importante para su vida. En eso consiste la sabiduría de esos "sabios" en que no sólo ven la superficialidad de las cosas, no sólo ven en la estrella una estrella y, más tarde, en el niño, sólo un niño, sino que en el fondo descubren algo más, digamos que descubren la base y fundamento del conjunto que observan y, por eso, siguen sus huellas.
En la sonrisa de una persona podemos ver no sólo un rostro distendido, sino también una expresión generosa. No cabe duda de que todo el mundo tiene un rostro, una faceta, una cara: nuestra vida, nuestros encuentros, nuestras experiencias... En muchas cosas puede aparecer una estrella que indique el camino. Pero también ocurre que a menudo sólo vemos los contornos de un asunto y no notamos la expresión, el contenido, el mensaje que se encuentra dentro. En esto consiste, pues -como decimos-, la sabiduría de los sabios, en saber ver realmente lo que la estrella quiere indicarles. No ven en ella un simple cuerpo celeste que por salir y ponerse es objeto de estudio, sino que tras él descubren una llamada, una provocación, una revelación. Que ¿cómo reconocen eso? No cabe duda de que en ellos existe ya un amor por las estrellas o, mejor dicho, por otro y mejor resplandor que de hecho puede tener la vida humana. Podemos decir que muchos en el COVID-19 solo vieron un virus, otros una oportunidad para dañar o para enriquecerse… y Dios nos dio la posibilidad de descubrir (nos llamó) que estamos en el mundo para el amor y servicio a Él sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos… muchos vimos que podemos vivir mejor pareciéndonos a Jesús, a la Virgen y a san José.
Los Magos se esfuerzan en buscarlo por encima de sus propias vidas cuadriculadas. Sabios son desde el momento en que su mirada y su atención corren tras lo maravilloso de este mundo y del hombre. Una tal revelación, una aparición así desde el interior de la aparente superficialidad de las cosas necesita hombres abiertos, los magos se abren. Esto se puede decir en un doble sentido. Por una parte, se abren ante la aparición del nuevo rey del mundo y se ponen en el camino de la vida. Por otra parte, se abren realmente en cuanto salen de sí mismos y de su mundo para ponerse en el camino que señala la estrella, por donde ella les marca. Así el Papa en Fratelli Tutti nos invita a vivir en salida, en fraternidad y en solidaridad. Una estrella amanece en su vida y se ponen en marcha hacia Jerusalén donde encontrarán la luz de su vida. Todos los demás se cierran, se quedan en su mundo y en su casa; la cuestión sobre el fondo, es decir, sobre lo más importante de nuestra vida no es importante para ellos y el mundo queda como está: ni cambia ni cambiará. Generalmente, siempre son sólo unos pocos los que se abren y los que se ponen en camino… ¡ven! Señor… y ayúdanos a CAMINAR.
Dos reyes. Una adoración. La estrella los lleva a Jerusalén. Allí les espera la mayor decepción y también la más importante decisión. Porque en Jerusalén encuentran dos reyes. En primer lugar, encuentran a Herodes, el que poco antes había hecho ejecutar a sus hijos por miedo a perder el trono. Pero Herodes no está aquí en un primer plano; él es más que nada un signo, una señal del poder, del éxito, del prestigio, de la autosuficiente y el desprecio con todos sus miedos. Y ante él, los Magos, manifiestan de nuevo su sabiduría, de los sabios que no se quedan parados frente a las intrigas de aquel hombre, frente a su ambición de poder y su egocentrismo. No se detienen, pues, ante el primer rey que encuentran, porque no lo reconocen como tal para sus vidas; la estrella no les señala en él el sentido último que buscan. La estrella sigue adelante y ellos van detrás, hasta encontrar al otro rey de los judíos, un niño, sin poder y necesitado de ayuda. Esa pobreza no les lleva a confusión (Papa Francisco). Ante Él se postran y lo adoran. Y le ofrecen sus tesoros; su corazón, su entrega, su esfuerzo. Para ellos está claro que la epifanía de Dios en la tierra no acontece en el poder y la riqueza del mundo, sino en la impotencia por causa del amor. Naturalmente, este es el fundamento de una gran noticia, de una gran alegría para ellos y para todos.
A Casa por otro Camino: Los tres sabios (llamados reyes magos) vuelven a su tierra por otro camino. Esto es muy significativo: quien experimenta a Dios tan sencillamente y a la vez tan profundamente no puede volver a recorrer el mismo camino. El 2021 lo recorramos con la novedad del Evangelio de la Vida. Ellos dieron la espalda a Herodes con el que nada tenían que ver, ni del que nada querían saber. Hay ahora más motivo para seguir el camino que marca la estrella: el camino del rey de reyes, que por nuestro amor se ha hecho pequeño, para que nosotros seamos grandes. Este es el amor universal que tal rey nos ofrece para que nosotros seamos pequeños en bien de los otros; un amor que se extienda a los que nos son difíciles, no sólo a los que nos caen bien, a los creyentes y a los que no lo son, a los cercanos y a los lejanos, a los conocidos y a los extraños.
El que, según los valores de este mundo, se hace aparentemente insignificante -éste es quizá el mensaje de hoy- y así se manifiesta por su estrella y con los magos, pero es el verdadero rey del mundo, ése es el único al que nosotros podemos aceptar como auténtico rey de nuestra vida. Porque es su estrella la que nos dará luz y pleno sentido para vivir con alegría y esperanza y paz el nuevo año del Señor. Aunque seguramente con esta luz también nosotros aparecemos como insignificante a los ojos de los poderosos y tendremos que elegir otro camino, lejos de sus intrigas. Es fácil que, si profundizamos en todo esto, reconozcamos el esplendor de una vida en Jesús, no con Herodes. El futuro de Jesús es garantía de que resucitaremos y seremos glorificados con Él. Todos los demás "reyes" a la postre nos harán caer y tan mentirosos son, que, si les va mal, no culparan a nosotros.
Sugerencias...
Desde sus orígenes la solemnidad de la Epifanía ha contado con gran variedad de aspectos -reducidos entre nosotros a nivel popular al episodio de la adoración de los reyes magos- que hacen difícil un enfoque central y unitario. "De todos modos, en su evolución histórica, la Epifanía ha conservado en gran modo su carácter de solemnidad antigua, trascendiendo los episodios históricos que son su objeto: es la celebración de la manifestación, en general, de Dios a los hombres en su Hijo, es decir, la primera etapa de la redención".
De acuerdo con este tema central, podemos orientar la ‘homilía’ según dos aspectos de la manifestación de Dios a los hombres: su carácter humilde y poco espectacular, y su dimensión universal.
La manifestación de Dios elude toda espectacularidad.
Tradicionalmente son tres las manifestaciones que celebra la Epifanía: la adoración de los magos, el bautismo de Jesús, el milagro de Caná, como podemos ver en la antífona del cántico de María correspondiente a las segundas vísperas de la solemnidad: "Celebramos un día santificado por tres milagros: hoy la estrella condujo a los magos, hoy el agua se convirtió en vino, hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, aleluya". (Actualmente, sin que la Epifanía deje de conmemorar los tres aspectos, el bautismo es especialmente recordado el domingo siguiente, y las bodas de Caná en el evangelio del otro domingo correspondiente al ciclo C).
Si nos fijamos bien en ello, las tres manifestaciones tienen un cariz común: son apariciones de Dios no en poder y en gloria, sino en humildad y ausencia de espectacularidad. Jesús se presenta a los magos, que traen presentes espléndidos, como un niño impotente y débil. Cristo obra su primer milagro en el marco de una fiesta popular y familiar. El Hijo de Dios se coloca en la cola de los pecadores, que se someten al bautismo de penitencia.
No hay, en ninguna de estas manifestaciones, algo que evoque pujanza, riqueza o dominio. Son manifestaciones de un Dios bien extraño. Es que a Dios no le ha dado miedo el escándalo de los puritanos, de aquellos que lo habrían hecho de un modo bien diferente. Si es que Dios debía manifestarse, la mentalidad meramente natural y humana esperaba algo esplendoroso. Pero los pensamientos de Dios no son los pensamientos de los hombres. Este estilo epifánico de Dios, en la pobreza, tiene una repercusión bien clara en el campo eclesial, puesto que la Iglesia continúa en el mundo la manifestación de Dios entre los hombres. También ella corre el peligro de caer en la tentación de la espectacularidad, pero los cristianos debemos comprender que tanto más manifestaremos la verdadera presencia de Dios cuanto menos nos presentemos al mundo con voluntad de poder y dominio y más bajo los velos humildes del servicio y el amor. Somos ovejas y no lobos… si dejamos de ser ovejas, perdemos el cielo y lo más punzante es que perdemos de ser pastoreados por Cristo, el Buen Pastor.
La manifestación de Dios tiene una dimensión universal.
Evangelio de la Epifanía es, en su totalidad, una parábola que de un modo plástico quiere que nos demos cuenta de un aspecto esencial del mensaje de la Buena Nueva. Como en cualquier parábola, la anécdota es secundaria y lo verdaderamente importante es la intención teológica de la narración. Tras la escena pintoresca de unos personajes misteriosos que vienen del Oriente para rendir homenaje al Niño nacido en Belén, se encuentra lo mismo que, en lenguaje diferente, nos dicen las otras dos lecturas, y que podemos resumir así: la manifestación de Dios se dirige a todos los hombres y pueblos de la tierra y no conoce fronteras de ninguna clase. En efecto, Isaías, usando el género de la poesía poética, dice "Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti: tus hijos vienen de lejos, a tus hijas las traen en brazos". Y san Pablo, en un estilo ya directamente teológico, afirma: "Se me dio a conocer por revelación el misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio".
Los magos del relato evangélico son una representación de todos estos pueblos -en esto resulta muy acertada la intuición popular, que atribuye a cada uno de los magos una raza diferente- que han oído el anuncio del evangelio y que se disponen a destruir para siempre las barreras de separación, excelente mensaje para nosotros que tenemos que derribar los muros del distanciamiento y del aislamiento social para convertirlo en fraternidad y solidaridad. De este modo la Epifanía se convierte en la fiesta de la universalidad de la salvación y, por tanto, de la catolicidad de la Iglesia. Universalidad y catolicidad que en modo alguno significa uniformidad, sino que respeta y promueve las ricas diferencias de raza, lengua y cultura (Evangelii Gaudium).
San José, ruega por nosotros.
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