lunes, 29 de noviembre de 2021

HOMILIA Segundo Domingo de ADVIENTO cC (05 de diciembre 2021)

Segundo Domingo de ADVIENTO cC (05 de diciembre 2021) Primera: Baruc 5, 1-9; Salmo: Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6; Segunda: Filipenses 1, 4-11; Evangelio: Lucas 3, 1-6 Nexo entre las LECTURAS… Temas… Cada una de las lecturas de hoy trae una enseñanza espiritual de vida muy grande. Jerusalén se alegra por el retorno de sus hijos. Bendigamos a Dios y avancemos con ánimo atento, humilde y orante en el banquete que la Iglesia nos ofrece. La tónica, como en todo el Adviento, es de esperanza; mirada al futuro, certeza de un bien que ha de llegar y para el cual conviene estar preparados y purificados. La primera lectura, de Baruc, es un cántico de anuncio de gozo para Jerusalén. En su poesía proclama que el destierro no es eterno, que la última palabra no está en poder de los malvados, y, sobre todo: que lo que viene es mejor que lo que hubo. En este sentido hay algo que podemos aprender. Muchas veces caemos en lo que ya san Agustín denunciaba, esa ideología de que todo tiempo pasado fue mejor. Anclados en lo que una vez fue, llegamos a un punto en que parece que desconfiáramos de que Dios, que lo hizo, lo puede volver a hacer. La lectura de Baruc nos lanza hacia delante: los cautivos se fueron como prisioneros, ¡pero volverán como príncipes! Otro aspecto bello e interesante de esta lectura es cómo todo obedece a Dios: la creación visible se pliega ante los elegidos de Dios, de modo tal que la sombra, el perfume y el camino mismo son hechura de Aquel que todo lo hace según su designio. Con otras palabras: el triunfo de la redención es manifestación de la soberanía de Dios sobre su creación. Amar Mejor, Conocer Más. Cuando hablamos mucho de esperanza existe siempre el riesgo de considerar esta palabra sólo en su sentido pasivo. Esperar, en este sentido reducido, es sencillamente aguardar, resistir, aguantar. En la Biblia, la esperanza tiene en general un contenido más rico y dinámico. La esperanza está movida por el amor, y el amor es activo, de modo que activamente nos prepara para el encuentro con el Amado. Así entendemos mejor la cariñosa invitación que Pablo hace a los fieles de Filipos, con quienes sin duda tenía una cercanía particular: "esta es mi oración por ustedes: que el amor de ustedes crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión, a fin de que puedan discernir lo que es mejor. Así serán encontrados puros e irreprochables en el Día de Cristo." Crecer en el amor y crecer en el conocimiento. El amor, acto propio de la voluntad, y el conocimiento, acto propio de la inteligencia, han de mantenerse en movimiento hacia Jesucristo. Es como decir: todo nuestro ser. Los cristianos nunca obramos "porque sí", ni por simple costumbre, por la presión de la mayoría o por la sugestión de la propaganda. Nuestro dinamismo vital, la dirección íntima de nuestras decisiones chicas y grandes lleva el sello de un encuentro, personal y comunitario a la vez, con el Rey de la Historia. "Vino la Palabra del Señor". El evangelio de hoy, por su parte, nos aproxima al borde del gran momento. La figura humilde y señera de Juan aparece en el horizonte. Se le nombra junto a hombres que la historia universal considera grandes: el emperador, el procurador romano, los tetrarcas y pontífices. Sin embargo, toda la grandeza de Juan no viene de su relación con estos poderosos de la tierra, sino con algo nuevo, algo que viene de los cielos: la salvación de Dios. Lo otro que llama nuestra atención es que todos aquellos grandes personajes, que se conocían entre sí, tenían su sede y gobierno en espléndidos palacios y buscaban las grandes ciudades; se rodeaban de fuerza y hacían alianzas de dinero, parentesco y ejércitos numerosos y feroces. Toda esta lógica resulta tan impactante como ridícula cuando vemos que "vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías." Es bueno entonces que ya desde el Adviento sepamos que el que ha de venir tiene su propio estilo y no se paga mucho de las apariencias que suelen desvelarnos. Sugerencias... Pablo nos presenta un buen programa: llevar adelante la obra iniciada, seguir creciendo más y más en sensibilidad cristiana, apreciando los valores verdaderos, para que el día del Señor (¿la Navidad?, ¿el momento de nuestra muerte?, ¿el final de la historia?, ¿cada día porque siempre podemos encontrarnos con Dios?) nos encuentre limpios, irreprochables, cargados de frutos de misericordia, de justicia, de caridad. El Adviento y la Navidad no nos pueden dejar igual. Algo tiene que cambiar en nuestra vida personal y comunitaria. En ‘algo’ se tiene que notar que estamos madurando y creciendo en esos valores cristianos, en la práctica de las virtudes. Esto no es exclusivo de este tiempo sino que es el llamado de siempre del Señor en la Eucaristía, que con su doble mesa -de la Palabra y el Cuerpo y Sangre del Señor-, nos quiere ayudar a conseguir, ser santos como el Señor es santo. María, nuestra Señora del Adviento, ruega por nosotros. FDO. PADRE ANGEL
DESIDERIO

sábado, 27 de noviembre de 2021

HOMILIA Primer Domingo de ADVIENTO cC (28 de noviembre 2021)

Primera: Jeremías 33, 14-16; Salmo: Sal 24, 4-5a 8-10. 14; Segunda: 1Tesalonicenses 3,12 - 4,2; Evangelio: Lucas 21, 25-28.34-36 Nexo entre las LECTURAS El nexo es ‘la venida del Señor’. Mediante esta expresión, VENIDA, la liturgia quiere mostrarnos el sentido cristiano del tiempo y de la historia. Vienen días, se nos dice en la primera lectura, en que haré brotar para David un Germen justo. En el evangelio de san Lucas, Jesús dice que los hombres verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. En la segunda lectura, san Pablo, exhorta a estar preparados para la Venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos… es buenísimo darnos cuenta de que la venida del Señor es una realidad actual, cada día… EL QUE VINO, ESTÁ VINIENDO Y VENDRÁ. Es bueno imitar a san José Gabriel Brochero, por lo que fueron, los vienen y los que vendrán para que estemos, TODOS. en comunión con el Señor. Temas... "Vienen Días...", el Ejercicio de la Esperanza. Con la celebración de hoy iniciamos el tiempo litúrgico del Adviento. Las lecturas de este Domingo, así como todas las de este Tiempo, son una enseñanza profunda, coherente y bella sobre la esperanza en su sentido más alto y más profundo. Hemos de prepararnos entonces para descubrir la riqueza que se anuncia en eso que parece tan sencillo a veces y tan difícil otras veces: esperar. La primera lectura nos da una clave: "vienen días." Hay adviento allí donde hay una mirada al futuro. Cuando nos quedamos mirando sólo al tiempo pasado llegamos a volvernos incapaces de dar un rumbo a nuestra vida, como también sucede al manejar un auto: no es posible conducir hacia delante mirando sólo el espejo retrovisor. Y la vida, queramos o no, sigue, va hacia delante. El adviento es mirada hacia lo que viene. Pero no esperamos cualquier clase de día. Los días no vienen por sí solos. Hay Alguien que nos envía los días que vienen, hay Alguien que le da color y calor a la Historia. Tal es el núcleo de la fe judía y de la fe cristiana en cuanto ancladas en un mundo real y humano: hay Alguien que anuncia los días, pues hemos escuchado: "Vienen días, dice el Señor." Podemos decir más: Aquel que con su palabra que anuncia un futuro es Aquel que con su palabra selló con su promesa nuestro pasado. La Historia, pues, tiene como una sucesión de movimientos que se va repitiendo en un período de tiempo determinado, una dirección que va de la promesa al cumplimiento. La promesa está en el pasado; el cumplimiento está en el futuro. ¿Y en el presente? El presente se juega en el corazón de cada uno y se posa en la ‘cuerda tensa’ que va de la promesa al cumplimiento, y cuando se ha posado en esa línea de fuerza y de vida se llama ESPERANZA. ¿Y qué anuncia Dios para ese tiempo nuevo? Con ser tan breve el texto de la primera lectura, hay por lo menos cuatro cosas que encontramos ahí. Dios anuncia (1)el restablecimiento de la Casa de David, (2)la práctica de la justicia en la tierra, (3)la paz para Jerusalén y (4)la llegada de la salvación. Estas cuatro claves, que conforman como un "programa", nos orientan también sobre lo que será el tiempo del Adviento, desde estos anuncios más generales hasta la concreción en Cristo de toda nuestra esperanza y nuestra alegría. Aprender a Esperar. La segunda lectura está tomada de uno de los primeros documentos del Nuevo Testamento, tal vez el primero de todos en ser redactado. Y este dato es importante, porque sabemos bien que aquella primera generación de cristianos vivió de un modo singularmente intenso la esperanza. Aguardaban ellos el pronto, casi inmediato retorno de Cristo. Tal es el clima en el que surge esta Primera Carta a los Tesalonicenses. En ese sentido, la segunda lectura de este Domingo nos ofrece un perfil interior del alma cristiana en actitud de genuina esperanza. Entresaquemos algunos rasgos que servirán para nuestra propia preparación espiritual en este adviento. Pablo insiste -en primer lugar- en el amor mutuo. Y esto es interesante, porque de entrada quita la idea de una esperanza individualista, que sólo puede ser hija de una falsa idea de la salvación como un acto que sucede en solitario, aislado de la comunidad: como si fuera "Dios y yo en una botella." Toda esperanza genuina brota del deseo de un bien que nos llega de la Comunidad y apunta a un bien que se anhela para la Comunidad. Lo demás, no viene del Espíritu de Jesús. La segunda enseñanza del apóstol es la sobriedad. La conciencia del retorno del Señor es una invitación a tomar en serio toda su palabra, todo su legado, toda la fuerza de su luz. Es hacer conciencia de la gracia que ha bendecido nuestro pasado y la gloria que Él anuncia para nuestro futuro. Oración y Vigilancia. El evangelio, por su parte, nos trae el llamado apremiante de Cristo, en el contexto de la conmoción universal que habrá de preceder a su retorno glorioso. De ahí aprendemos varias cosas. Primero, que el adviento es algo más que la preparación para recordar la Navidad. De hecho, el tiempo litúrgico del adviento tiene dos fases bien diferenciadas, como hemos comentado en otras ocasiones: la primera, que empieza este Domingo, en realidad mira al retorno de Cristo, es decir a su llegada definitiva; la segunda, que empieza en la semana anterior a la Navidad (el 17 de diciembre), sí se centra en las circunstancias propias del nacimiento de Nuestro Señor, como una "prenda" que afianza nuestra esperanza en el cumplimiento definitivo de las promesas. Aprendemos también en este evangelio que, así como hay una historia marcada por la esperanza, que es la de los genuinos creyentes, hay también "historias", en un plural de disolución y confusión, que van selladas por la distracción y la dispersión. Cristo es claro: "el exceso de comida, las borracheras y las preocupaciones de la vida" pueden atontarnos, dispersarnos, distraernos hasta un punto en que ya no reconocemos ni la presencia de sus bendiciones ni la promesa de su salvación. Para quienes llegan a este estado, el retorno de Cristo será como una "trampa." De ahí los dos grandes consejos que protegen el don de la esperanza: orar y vigilar. Si recordamos, fueron también las dos recomendaciones de Cristo en el Huerto de Getsemaní. Aquella ocasión nos decía: "vigilen y oren" (Mc 14,38); hoy nos dice: "estén atentos, pues, y oren en todo tiempo" (Lc 21,36). Hay algo profundo aquí: el Adviento de la Iglesia, aunque marcado con una alegría inmensa, tiene también su aspecto de "Getsemaní." Mientras aguardamos al Señor, de algún modo hemos de recorrer el camino que Él anduvo y participar de su pasión para acoger con pleno corazón su pascua. Sugerencias... El sentido del tiempo. Él, Jesucristo, es el centro de la historia y de los corazones. La historia tiene en Él su punto de partida (Alfa, ponemos en el Cirio) y su punto de llegada (Omega). El tiempo y la historia culminan en Él, alcanzan en Él su plenitud y sentido pleno. Con Cristo, el tiempo y la historia son un designio de Dios, una historia de salvación, un lugar en el cual forjar nuestra decisión en la libertad y responsabilidad. Para nosotros el tiempo no es una sucesión de segundos, minutos y horas (lo explicitaremos el 1 de enero, en la solemnidad de María, Madre de Dios); no es una cadena de días meses y años; una sucesión y cadena sin rumbo, para nosotros, el tiempo, con sus siglos y milenios, es una historia dirigida y timoneada por Dios; para nosotros, el tiempo tiene un principio de unidad y armonía, de coherencia y cohesión, no en los imperios o en las ideologías, tan caducos como los mismos hombres, sino en Jesucristo, que es Ayer, Hoy y Siempre. Nuestra vida diaria forma parte del proyecto divino, es una incrustación dentro del gran mosaico de la historia de la salvación conducida por Dios. En el sentido del tiempo está incluido inseparablemente el sentido de mi tiempo, el de cada uno. ¿No da esta realidad de nuestra fe un gran valor a la vida de cada cristiano, a tu vida? Crecer y abundar en el amor. San Juan de la Cruz concluía una de sus poesías: "Que sólo en el amor es mi destino". La venida primera de Cristo en la Navidad es una venida de amor, y es igualmente venida de amor su retorno al final de los siglos, su parusía (Última venida). Entre el amor de Cristo que viene y que vendrá se intercala la vida humana que, como en una sinfonía, desarrollará el tema del amor con el que comienza y concluye la pieza musical. Crecer, resalta el aspecto dinámico del amor: crecer en el amor a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; en el amor a María y a los santos. Crecer en el amor a la propia familia, a los parientes, a los amigos, a los desconocidos, a los necesitados, a los enfermos, a los pecadores... ¿Cómo? Discerniendo para conocer qué es lo que Dios te pide, que sin duda serán muchas cosas. Dios te llama a ser generoso en el amor, ese rasgo típico de la existencia cristiana. ¿Eres generoso en el amor o lo andas midiendo con el metro de tu egoísmo? Bienaventurados los generosos en el amor porque ellos tomarán parte en el cortejo al momento de la parusía de Jesucristo. Nuestra Señora del Adviento, ruega por nosotros

I DOMINGO DE ADVIENTO (28 DE DICIEMBRE DE 2021)

I DOMINGO DE ADVIENTO Antífona de entrada Sal 24, 1-3 A ti, Señor, elevo mi alma; Dios mío, yo pongo en ti mi confianza. Que no tenga que avergonzarme ni se rían de mí mis enemigos. Ninguno de los que esperan en ti tendrá que avergonzarse. No se dice Gloria. Oración colecta Dios todopoderoso y eterno, te rogamos que la práctica de las buenas obras nos permita salir al encuentro de tu Hijo que viene hacia nosotros, para que merezcamos estar en el Reino de los cielos junto a Él. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Se dice CREDO Oración sobre las ofrendas Dios nuestro, acepta los dones que recibimos de ti y ahora te presentamos; que esta ofrenda realizada en el tiempo presente, sea para nosotros anticipo de la salvación eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Prefacio de Adviento I o II Antífona de comunión Sal 84, 13 El mismo Señor nos dará sus bienes y nuestra tierra producirá sus frutos. Oración después de la comunión Te pedimos, Padre, que fructifique en nosotros la celebración de los santos misterios con los que tú nos enseñas a amar y adherirnos a los bienes eternos, mientras peregrinamos en medio de las realidades transitorias de esta vida. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Puede impartirse la bendición solemne. LECTURAS DOMINGO PRIMERO DE ADVIENTO AÑO C Haré brotar para David un germen justo Lectura del libro del profeta Jeremías 33, 14-16 Llegarán los días -oráculo del Señor- en que Yo cumpliré la promesa que pronuncié acerca de la casa de Israel y la casa de Judá: En aquellos días y en aquel tiempo, haré brotar para David un germen justo, y él practicará la justicia y el derecho en el país. En aquellos días, estará a salvo Judá y Jerusalén habitará segura. Y la llamarán así: «El Señor es nuestra justicia.» Palabra de Dios. SALMO 24, 4-5a 8-10. 14 R. A tí, Señor, elevo mi alma. Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad; enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador. R. El Señor es bondadoso y recto: por eso muestra el camino a los extraviados; él guía a los humildes para que obren rectamente y enseña su camino a los pobres. R. Todos los senderos del Señor son amor y fidelidad, para los que observan los preceptos de su alianza. El Señor da su amistad a los que lo temen y les hace conocer su alianza. R. Que el Señor fortalezca vuestros corazones para el día de la venida del Señor Jesús Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica. 3, 12-4, 2 Hermanos: Que el Señor los haga crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás, semejante al que nosotros tenemos por ustedes. Que él fortalezca sus corazones en la santidad y los haga irreprochables delante de Dios, nuestro Padre, el Día de la Venida del Señor Jesús con todos sus santos. Por lo demás, hermanos, les rogamos y les exhortamos en el Señor Jesús, que vivan conforme a lo que han aprendido de nosotros sobre la manera de comportarse para agradar a Dios. De hecho, ustedes ya viven así: hagan mayores progresos todavía. Ya conocen las instrucciones que les he dado en nombre del Señor Jesús. Palabra de Dios. ALELUIA Sal 84, 8 Aleluia. ¡Manifiéstanos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación! Aleluia. EVANGELIO Está por llegar la liberación + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 21, 25-28. 34-36 Jesús dijo a sus discípulos: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo por lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.» Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra. Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante del Hijo del hombre.» Palabra del Señor.

lunes, 15 de noviembre de 2021

homilia Domingo 34. Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo REY del UNIVERSO cB (21 de noviembre de 2021)

Primera: Daniel 7, 13-14; Salmo: Sal 92, 1-2. 5; Segunda: Apocalipsis 1, 5-8; Evangelio: Juan 18, 33b-37 Nexo entre las LECTURAS El tema (nexo) es la realeza. Esta realeza está bien mostrada en el texto del profeta Daniel: «Le dieron poder, honor y reino... su reino no será destruido» (primera lectura). En el evangelio esta realeza se dice expresamente de Jesucristo y afirmada en términos categóricos: "Pilato le dijo: «¿Entonces Tú eres rey?» Jesús respondió: «Tú lo dices: Yo soy rey». La segunda lectura, tomada del Apocalipsis, confirma y canta la realeza de Jesús: «A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén». Se afirma, además, que el Rey, «hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre». Temas... Sugerencias… Nuestro Señor. Dos visiones, la primera y segunda lectura, dan el marco preciso a la solemnidad de este Domingo, último del año litúrgico, la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, en el que confesamos que Jesús es Rey, Señor, Nuestro Señor, el Señor de la Historia. Ambas lecturas subrayan hermosamente el señorío de Jesús, su reinado. El profeta Daniel proclama que se le dio el poder, el honor y señorío, y la sumisión de pueblos, naciones y lenguas. Por su parte, Juan le llama Testigo fiel, Primogénito de entre los mortales, Príncipe de todos los reyes, alfa y omega, el que es, el que era y el que viene, el todopoderoso. Y es precisamente esa prerrogativa, EL QUE VIENE, la que subraya la liturgia de este Domingo, preludio del Adviento, a la espera del Señor que vuelve. Jesucristo, Rey. Prescindiendo de las circunstancias temporales del momento de la institución de esta fiesta (Papa Pío XI), en plena decadencia de las monarquías occidentales, a mediados del siglo pasado, hay sobrados motivos para, tras el Concilio, reconvertirla en fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Así se quieren evitar equívocos y ambigüedades, bien conocidas de todos nosotros. Aunque el equívoco viene de lejos. Ya, recién nacido, Herodes quiere matar al nacido en Belén, Rey de los judíos, según la noticia de los Magos. Rey quisieron proclamarle en el desierto los que habían sido saciados en la multiplicación de los panes y peces. Rey lo aclamaban entusiasmados el Domingo de Ramos, y Rey de los Judíos sería la causa, el I.N.R.I., por el que moriría en la cruz. Pero, a pesar de todos los malentendidos, Jesús es Rey, es el Señor, Nuestro Señor para los cristianos, que así reconocemos a Jesús como único Señor y nos desmarcamos de cualquier sometimiento a ningún otro Señor. Mi Reino no es de este mundo. Jesús, que fue puesto a salvo de la persecución de Herodes, y que supo eludir el fervor de las multitudes que le seguían, no quiso evitar el enfrentamiento con Pilato. Y así, preguntado, respondió con sinceridad que era Rey, aunque sabía que en ello se le iba la vida para entrar en la vida. Pero si estaba dispuesto a morir sin traicionar su misión -para esto he venido-, no estaba dispuesto a que se consumase el malentendido de su mesianismo. Mi Reino no es de este mundo. Jesús no es competidor de ningún rey, su misión no trata de suplantar los modos de hacer de los gobernantes. Además, su reinado no viene de que alguien se lo reconozca. Es Rey, y no va a tratar de imponer su doctrina o su dominio. Simplemente viene para ser testigo de la Verdad. Y la verdad no se impone por la fuerza de las armas ni con violencia o con engaños, se acepta o no amorosamente. Todo el que es de la verdad, o sea, el que ama la verdad y la busca, escucha la voz de Jesús, que es la verdad, el camino y la vida. Es bueno que nos ayude a comprender el llamado del Papa Francisco al Sínodo de “la sinodalidad”. Testigo de La Verdad. Jesús es rey y es testigo de la verdad. Pilato, desconcertado, preguntó ¿y qué es la verdad? Pero no esperó la respuesta, se limitó a dejar en el aire la pregunta y condenar a muerte al único que podía haberle respondido. Y la Pregunta de Pilato sigue inquietando a los hombres. ¿Qué es la verdad? En una sociedad libre y pluralista, como la que nos toca vivir, la pregunta es importante. Y por difícil y discutida que sea la respuesta, no podemos vivir de verdad sin vivir y testimoniar la verdad. Por eso creemos en la Verdad que es Jesús, que es Dios. Creer no es tener la verdad, es buscarla. Pero no podríamos buscarla si no creyésemos que existe. Eso es la fe, esa especie de intuición, que nosotros llamamos gracias y favor de Dios. Nosotros, creyentes, buscamos la Verdad, porque la Verdad, que es Dios, ya nos ha encontrado en la persona de Jesús. Por eso Jesús es nuestro Señor. Ante la Verdad reconocida, creída, sólo cabe la obediencia de la fe, la obediencia del amor, el gozo que nos llena de esperanza en la vida. El esplendor de La Verdad. Como Jesús, también nosotros estamos llamados a ser testigos de la Verdad, sobre todo en un mundo que languidece con tantas mentiras. No somos la Verdad, simplemente debemos ser testigos, una especie de resplandor de la Verdad que es Jesús. Tampoco debemos creernos poseedores en exclusiva de la Verdad. La Verdad, que es Dios, brilla para todos, aunque muchos se sientan ofuscados por tanta claridad y prefieren cerrar los ojos por comodidad. Debemos compartir la Verdad, que creemos, escuchando a los otros, que también pueden iluminar nuestra fe. El diálogo entre creyentes y con los no creyentes resulta enriquecedor para todos, aunque sólo sea para no absolutizar nuestra verdad. La única Verdad absoluta es Dios, no lo que nosotros sabemos y creemos de Dios. El que es de la verdad, dice Jesús, escucha mi voz. Y no sólo en la Biblia, no sólo en la Iglesia, sino también en los hermanos, creyentes o no creyentes, pero buscadores todos de la Verdad. La sinodalidad, gustar entre todos el encuentro en la verdad, debe ser el modo de vivir para mostrar a Dios y que el camino es el amor que nos lleva a la comunión definitiva. Confesamos que Jesús es Nuestro Señor. ¿Estamos a su servicio? ¿Seguimos el Evangelio? ¿O tratamos de acomodarlo a nuestras conveniencias y prejuicios? ¿Somos testigos de la Verdad? ¿De qué verdad? ¿De la nuestra, de la de nuestro grupo, de la de nuestros intereses... o de la de Jesús? ¿Se nos nota que seguimos a Jesús? ¿Se nos nota demasiado? ¿Somos fanáticos? ¿Somos como el esplendor de la verdad, luz que no deslumbra ni molesta? ¿Nos creemos en posesión de la verdad? ¿Estamos bien dispuestos a dialogar con creyentes de otras religiones y con no creyentes?

lunes, 25 de octubre de 2021

HOMILIA Domingo Trigésimoprimero del TIEMPO ORDINARIO cB (31 de octubre de 2021)

Primera: Deuteronomio 6, 2-6; Salmo: Sal 17, 2-4. 47. 51ab; Segunda: Hebreos 7, 23-28; Evangelio: Marcos 12, 28b-34 Nexo entre las LECTURAS "Amarás al Señor tu Dios..."; "amarás al prójimo...". Éste es el mensaje de la liturgia y la esencia del amor cristiano. AMAR es el mandamiento más grande de todos, nos dice Jesús en el evangelio. En la primera lectura, el pueblo de Israel confiesa su fe en el Dios único y, a partir de ella, profesa su amor total y exclusivo a Yahvéh. Jesucristo, nuestro sumo sacerdote (2 Lectura), manifiesta lo que enseña ofreciéndose a sí mismo al Padre para salvación de los hombres e intercediendo en el cielo a nuestro favor. Temas... Un amor "nuevo". La respuesta de Jesús al escriba que le ha preguntado sobre cuál de entre los 613 mandamientos que existían en su tiempo era el primero y más importante está tomada del Antiguo Testamento. La primera parte la toma del Deuteronomio, correspondiente a la primera lectura de este Domingo; la segunda, del libro del Levítico, referida al amor al prójimo (19,18). La novedad del amor cristiano no está en el contenido, ya conocido y revelado por Dios. Para ser cristiano, este amor (a Dios y al prójimo), debe llegar a constituir un único amor inseparable. Este amor cristiano es "nuevo" porque en él se resumen y estructuran todos los otros preceptos existentes en el mundo judío, como también todos los mandamientos, leyes y preceptos de la existencia cristiana en cada momento de la historia. El lazo del amor es el lazo de la perfección. Y desde el amor todos los preceptos se revisten de la hermosura y de la perfección misma del amor. El texto evangélico termina diciendo: "Y ninguno se atrevía a hacerle preguntas", para indicar que la respuesta ha dado en el centro, y por tanto cualquier otra pregunta sobra. Nosotros, los cristianos, a este amor "nuevo" lo descubrimos en la cruz de Cristo, donde nuestro sumo sacerdote se ofrece como víctima de amor al Padre por amor a los hombres pecadores (segunda lectura) y lo vivimos en la cruz en la que nos ofrecemos cada día. Un culto "nuevo". El escriba, haciéndose eco de las palabras de Jesús, replica: "El amor a Dios y el amor al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios" (evangelio). Un culto "nuevo" parece insinuarse en estas palabras; un culto, donde los holocaustos y sacrificios no valen por sí, sino sólo en cuanto expresión de amor y en cuanto predisposición para el amor sea a Dios sea al prójimo, o mejor quizá, a Dios en el prójimo y al prójimo en Dios. En este sentido, no importa que el templo de Jerusalén desaparezca, sea destruido, porque donde exista el amor verdadero, el amor "nuevo", podrá continuar el culto "nuevo", en el que las víctimas no serán los animales (toros y machos cabríos) sino el hombre en la profundidad interior de su ser y de su persona. Ese culto "nuevo" no necesita de muchos sacerdotes (en el templo de Jerusalén había diariamente cientos de sacerdotes ejerciendo su oficio), sino de uno solo, Jesucristo, sumo y eterno sacerdote ante el Padre para redimir a los hombres. Los sacerdotes de la nueva alianza no aumentan el número, sino que prolongan en el tiempo el único sacerdocio de Jesucristo. Parafraseando a san Agustín, el templo "nuevo" en espíritu y en verdad, exige un culto "nuevo" también en espíritu y en verdad; el culto "nuevo" reclama un corazón "nuevo", que cante con un cántico "nuevo" con los labios, pero sobre todo con la vida hasta que entremos en el cielo nuevo del Reino bienaventurado. Sugerencias... En la cruz de Cristo se unen para siempre el madero vertical, amor a Dios, y el madero horizontal, amor al prójimo. No existe la cruz sin la unión de ambos maderos. No existe el amor cristiano sin la unión de ambos amores en el único misterio de la cruz. Es importante esta afirmación porque no es pequeña la tentación de separar lo que Jesucristo ha unido para siempre. La tentación de amar tan exclusivamente a Dios que nos olvidemos de los hombres; o la tentación de amar tan exclusivamente a los hombres que nos olvidemos de Dios. Esta tentación, si no es vencida, trae consigo consecuencias bastante dañinas. Por ejemplo, se termina dejando la oración porque se cree que "la entrega a los demás y las actividades en favor de los demás son ya oración". O se ha llegado a tal "perfección" en el amor a Dios que se puede creer con derecho a murmurar y hablar mal del prójimo con la conciencia tranquila. Puesto que es mucho más difícil mantener unidos estos dos amores que separarlos, hemos de estar muy atentos sobre nuestras actitudes y nuestros comportamientos para con Dios y para con nuestros hermanos, vivir en continuo discernimiento. Si al final de cada día, cada cristiano examinara su conciencia sobre este amor "nuevo" y se propusiera ir progresando día tras día en el amor, la vivencia del cristianismo mejoraría en muchos de nosotros y mejoraría el lugar donde vivimos, pues seremos de verdad una página del evangelio para los demás. Lo más significativo de estos dos amores, vertical y horizontal, es que constituyan una cruz y no una cómoda butaca. La experiencia y la vida de Jesucristo nos dicen elocuentemente que el amor cristiano, llevado a sus últimas consecuencias, termina en una cruz. Desde esa cruz el amor se abre a los cuatro puntos cardinales, se hace universal. Amor y Eucaristía. El amor de Jesucristo al Padre y a los hombres hasta la cruz y la resurrección se renueva hora tras hora en cada altar donde se celebra la Eucaristía. El amor vertical y horizontal de Jesús, su amor universal, no ha pasado a la historia, sino que la cruza hora tras hora y día tras día hasta el fin de los tiempos. La Eucaristía es el amor redentor de Jesús memorializado, más allá de las condiciones históricas de su pasión y muerte. Tenemos que eucaristizar nuestra vida. En la Eucaristía se repite, bajo el velo de sacramento, su pasión de amor en el corazón de la historia. A esta luz se comprenden dos urgencias pastorales: 1) Una catequesis generalizada y permanente, desde los niños hasta los adultos, sobre la riqueza de significado y sobre los frutos estupendos de la Eucaristía. Quien logre descubrir la profundidad del amor de Jesucristo en la Eucaristía, se enamorará de ella seguramente. 2) El despertar en la conciencia de los cristianos que la Eucaristía de Jesús es inseparable de la eucaristía de los cristianos. Es decir, que el amor de Jesucristo a Dios y a los hombres en la Eucaristía es un imperativo ineludible para que el cristiano se juegue su vida a la única carta del amor a Dios y al prójimo (cfr.: beato Calo Acutis). 2 archivos adjuntos

lunes, 11 de octubre de 2021

Domingo Vigesimonoveno del TIEMPO ORDINARIO cB (17 de octubre de 2021)

Domingo Vigesimonoveno del TIEMPO ORDINARIO cB (17 de octubre de 2021) Primera: Isaías 53, 2a.3a.10-11; Salmo: Sal 32, 4-5. 18-20. 22; Segunda: Hebreos 4, 14-16; Evangelio: Marcos 10, 35-45 Nexo entre las LECTURAS Las tres lecturas nos llevan a centrar nuestra atención en Jesucristo, el que ha venido a servir y a dar la vida por todos, y en lo que significa ‘eso’ para todo hombre. "El que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será el servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será servidor (esclavo), nos dice Jesús en el evangelio. La primera lectura dice que Jesús nos precede a todos en el servicio, realizando –en sí– la figura del siervo de Yahvéh, despreciado, marginado, hombre doliente y enfermo, que se da a sí mismo en expiación. Y en la segunda lectura se nos anuncia la figura de Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas porque ha sido tentado en todo como nosotros, excepto en el pecado. Temas... Entre ustedes no debe suceder así. La presentación que Jesús hace en el evangelio del sentido de su misión aparece como respuesta a una discusión con Santiago y Juan y el resto de los apóstoles. Y esa respuesta de Jesús ofrece una ayuda importante de discernimiento (sinodo) sobre la tarea misionera de la Iglesia. Los apóstoles están muy marcados por lo que podríamos llamar "el estilo del mundo": situaciones de influencia, espacios de poder... Jesús es contundente, para ellos y para sus seguidores futuros, discípulos-misioneros: "Entre ustedes no debe suceder así". La fe siempre deberá ser una propuesta libre, que de ningún modo y en ningún sentido intentará imponerse, ni pretenderá invocar posibles "derechos". La carta de presentación de la fe, su "poder", será la entrega fiel –hasta la muerte si es necesario– de los seguidores de Jesús. Juan y Santiago, y los demás apóstoles, lo vivieron así, y la tarea de la Iglesia también es así: la entrega personal, constante, al servicio de todo lo que sea vida para el hombre. La fe, un gran bien. Un tema para la homilía de hoy estaría también en las oraciones de la Misa: la fe es un gran bien. Hoy puede ser muy útil hablar de la importancia que tiene para nosotros la fe, y la importancia que puede tener para todos aquellos que aún no la conocen. Nuestro servicio a la Iglesia y al mundo para gloria de Dios es ‘ofrecer el don de la fe’ (cfr. Benedicto XVI). Aspectos de la fe como gran bien: 1) la salvación, la transformación profunda que Dios realiza en el hombre de modo visible por la fe y los sacramentos; 2) la revelación de la "verdad", el sentido pleno del camino humano, que da plenitud a todo el amor y la bondad que el hombre anhela; 3) la congregación de una comunidad que debe ser sostén y fortaleza en el camino, y que no está dejada a sus solas fuerzas sino que está conducida por el Espíritu... así nos ayuda también a reflexionar sobre el valor que nosotros le damos a nuestra propia fe. Sugerencias... Sentido de la Humildad cristiana. Digamos de entrada, hermanos, que Cristo no condena el deseo de ser importante ni habla mal de quien quiere tener el primer puesto. Por lo menos en el evangelio de hoy no es ese su propósito. Más bien se trata de mostrar en dónde radica la verdadera "importancia" y cuál es el "primer puesto" al que hay que aspirar. Esto es muy importante para poder entender en qué consiste la humildad cristiana: no es tanto "hacer de cuenta" que no me interesa lo que en realidad sí me interesa, sino encauzar ese interés según la mente de quien mejor me conoce y ama, que es Dios. La grandeza del Servicio. Por otro lado, ya en la primera lectura Dios nos empuja a cambiar nuestros parámetros. Grande es el que hace algo grande. La grandeza no está en lo que cada uno dice de sí mismo, ni en lo que obliga a otros a decir, sino en las obras, en la realidad, en los hechos. Por eso el Siervo de Yahvé, en la primera lectura, es presentado como un modelo de dolor, pero sobre todo como un modelo de fecundidad, y es esto lo que se enfatiza: "verá su descendencia", "prolongará sus años", "por medio de él prosperarán los designios del Señor". En ningún caso es una actitud de "el dolor por el dolor". No hay aquí una actitud de complejo ni de cobardía, como calumnian algunos, sino más bien una conciencia del precio que tiene el bien futuro, y de la inmenso fruto que brota del amor cuando es consecuente. Día de la Madre: motivo para el agradecimiento No considerando el Día de la Madre, por su situación comercial ni utilitarista, como hecho para el consumo masivo o para beneficiarnos de algunas comodidades, estaría bueno aprovechar este acontecimiento para dirigir una mirada agradecida a las madres, a las familias: padres e hijos, pues “el futuro de la humanidad se fragua en la familia”. San Juan Pablo II, señala que "el humano engendrar es común al hombre y a la mujer. Sin embargo, aunque los dos sean padres de su niño, la maternidad de la mujer constituye una parte especial de este ser padres en común, así como la parte más cualificada. Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos, es una realidad más profunda en la mujer, especialmente en el periodo prenatal. La mujer es la que ‘paga’ directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma. Por consiguiente, es necesario que el varón sea plenamente consciente de que en este ser padres en común, él contrae una deuda especial con la mujer". (MD, 18). Gracias por todo ello, mujeres, madres.

lunes, 19 de julio de 2021

HOMILIA Domingo Decimoséptimo del TIEMPO ORDINARIO cB (25 de julio de 2021)

Domingo Decimoséptimo del TIEMPO ORDINARIO cB (25 de julio de 2021) Primera: 2Reyes 4, 42-44; Salmo: Sal 144, 10-11. 15-18; Segunda: Efesios 4, 1-6; Evangelio: Juan 6, 1-15 Nexo entre las LECTURAS Uno de los principios básicos de la fe cristiana es la "sobreabundancia" de parte de Dios para con el universo y particularmente para con el hombre. Este principio predomina como tema de los textos litúrgicos. En la primera lectura, a Eliseo le son suficientes veinte panes para alimentar a cien hombres. Jesucristo, por su parte, en el evangelio sacia el hambre de 5000 personas con cinco panes y dos peces y, además, "recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y de lo que sobró del pescado". Finalmente, en la segunda lectura la unidad de la comunidad cristiana (Iglesia) es fruto sobreabundante del amor de Dios que llega a todos los cristianos en cualquier lugar donde se encuentren. Temas... El obrar divino. Si repasamos la obra de Dios, la cosa más sorprendente es precisamente la prodigalidad divina con la creación y particularmente con el hombre. Una prodigalidad que podría parecer excesiva, si la medimos con criterios humanos. Los conocimientos astronómicos actuales (la misma nave que llego a Plutón) nos permiten maravillarnos mucho por la generosidad de Dios con la creación. No menor admiración provoca los estudios sobre el microcosmos de los cuerpos, en especial del cuerpo humano y los avances de la medicina para ayudar al bienestar verdadero del ser humano. ¿No es acaso cada célula, cada neurona del hombre un prodigio de generosidad divina? Por otra parte, el principio que ha regido la acción divina en la creación, ha sido igualmente el principio rector de su actuación histórica. Como nos dice san Pablo, "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia". La historia, con todas y cada una de sus intrincadas vicisitudes, es la historia del pecado humano, pero mucha más es la historia de la sobreabundancia de la misericordia divina. Dios fue sobreabundante en su misericordia con el género humano en Noé, con el pueblo de Israel en Abrahán, con la monarquía israelítica en David, con la humanidad entera en Jesucristo redentor. La sobreabundancia del pan, en las lecturas de este Domingo, es una expresión más de esta verdad. La sobreabundancia divina. Es bueno que quede claro que la sobreabundancia proviene de Dios y que el hombre es instrumento. Porque, como en el caso de Eliseo y de Jesús, Dios parte de lo que le ofrecen, no crea el pan, sino que lo multiplica. Dios puede partir de dos, de cinco o de veinte (la cantidad no importa mucho a Dios), pero ha querido partir de algo. ¡Es hermoso este querer de Dios! Como es igualmente estupendo que Dios quiera la mediación de los hombres a la hora de distribuir su sobreabundancia. No lo hace directamente. Yahvéh se sirvió de la mediación de Eliseo y éste a su vez de la de un hombre de Baalsalisá. Jesucristo medió la sobreabundancia de Dios y a su vez los apóstoles mediaron entre Jesús y la multitud. Todo cristiano, pero sobre todo el Presbítero, es mediador de la generosidad de Dios para con los hombres. ¡Maravilla de la gracia! ¡Reclamo a la generosidad y a la responsabilidad! Recemos por nuestros sacerdotes y por el aumento de las vocaciones sacerdotales. Los destinatarios de la sobreabundancia divina. La sobreabundancia divina está destinada "a la gente" (primera lectura), "a un gran gentío, venido de todos los pueblos" (evangelio), especialmente a los ‘marginales’. Dios muestra su sobreabundancia también en el destino de la misma: no unos cuantos privilegiados, sino todos. Absolutamente nadie está excluido del "pan" divino. Sólo quien no lo acepta, por estar saciado por otros "panes" o por presunción ya que el pan de Jesús es el pan de todos, especialmente de los pobres, de la gente ‘común’. Ese pan divino es su Palabra de vida, que vivifica a quien lo recibe; es el pan de la caridad (el cristiano que mediante su caridad se convierte en pan para los demás) que satisface las necesidades vitales elementales de todo ser humano, es sobre todo el pan de la Eucaristía, prefigurada en la multiplicación de los panes como nos enseña el catecismo (CIC 1335). La sobreabundancia divina es el supremo igualador del hombre; suprime toda diferencia, porque no hay quién no esté necesitado de la generosidad de Dios. Sugerencias... Panes y profetas. Hay un nexo evidente entre la primera lectura y el evangelio: en ambos casos se trata de multiplicación de panes. Hay también otro nexo, más profundo: Eliseo es un profeta y Jesús, después de alimentar a la multitud es llamado "el profeta que tenía que venir al mundo." Y hay todavía otro detalle en común: es la palabra de Eliseo la que hace el milagro, y por eso la repartición misma del pan es encomendada a un criado; de modo análogo, es la palabra de Jesús la que hace el milagro, y la repartición se encomienda a los apóstoles. Esta distancia entre la realización del milagro y la repartición material del alimento viene a subrayar en ambos casos que es el poder de la palabra, venida de Dios, quien realiza el prodigio, lo cual refluye sobre lo ya dicho: estamos ante gestos propios de profetas, cuyo ministerio propio es la predicación, la Palabra. Elocuencia de las sobras. Tal vez en este milagro nosotros nos admiramos de la producción de una realidad nueva, esto es, de nuevos panes. Pero es probable que el énfasis debamos ponerlo en otra parte, pues si la Palabra tiene tanta importancia en ambos casos no será para que nos quedemos mirando panes. Para encontrar ese significado puede servir que notemos que tanto Eliseo como Jesús son conscientes de las sobras, es decir, que hay o que habrá sobras. Nuestro Señor explícitamente pide que sean recogidas. ¿Por qué? Puede suponerse que es como una señal de valoración del alimento humano, o de respeto ante los pobres que carecen de ese pan, pero lo más posible es que haya aquí un significado más hondo. Las sobras son señal inequívoca de la saciedad y también signo elocuente de la abundancia. El profeta está anunciando que, cuando se cree en la Palabra, Dios es capaz de saciar a todos con abundancia que supera todos nuestros cálculos. El lenguaje de la abundancia contrasta con el modo humano usual de razonar. Cuando uno piensa mucho en el dinero que tiene ahorrado o en los alimentos que guarda en su despensa, casi siempre presiente que no le va a alcanzar. Dios razona de otro modo. Dios piensa desde el poder de amor y poder de creación que le es propio. Si nuestra mezquindad anuncia cuán limitados somos, su largueza proclama que él no tiene límites.

lunes, 14 de junio de 2021

HOMILIA Domingo Duodécimo del TIEMPO ORDINARIO cB (20 de junio de 2021) De la IGLESIA para la IGLESIA

Primera: Job 38, 1. 8-11; Salmo: Sal 106, 23-26. 28-31; Segunda: 2Corintios 5, 14-17; Evangelio: Marcos 4, 35-41 Nexo entre las LECTURAS El gran nexo clave de la Liturgia es que en el mundo estamos “para algo más”, gracias a Cristo. Con Cristo somos invitados a poner la mirada en “el huracán y la barca”. Hoy soplan vientos contrarios para la fe, para la vida de la Iglesia y para el mundo; pero es una buena prueba para despertar de la mediocridad y superficialidad a tantos creyentes y la humanidad. Unos se desalientan otros se escandalizan y hay quien pretende amainar la tempestad por sus propios medios. Yahvé salva a Job de la tempestad de la duda mostrándose como el Señor del mar y del universo (1ª lectura). Jesús increpa a los vientos y estos le obedecen, pero reprocha a los discípulos su cobardía y poca fe (Evangelio). ¿Cuál es nuestra actitud cuando sentimos que nos hundimos? El que no es de Cristo valora a las personas y las circunstancias con criterios humanos; pero el que vive con Cristo es criatura nueva, sabiendo que Él murió y resucitó por todos. (2ª lectura). El salmista nos pone en sintonía y nos pide que digamos con todas las fuerzas del corazón: ¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor! Temas... La arrogancia de las aguas. En la Biblia, el agua tiene un significado ambivalente: a veces trae la muerte, como en el diluvio, pero si ella falta tampoco es posible la vida. Esta doble relación aparece claramente en el sacramento del bautismo, que representa a la vez nuestra participación en la muerte de Cristo, para que estemos muertos al pecado, y en la resurrección de Cristo, para que vivamos para Dios. En general, los hebreos no fueron buenos navegantes, como sí lo fueron sus vecinos los fenicios. Ante el agua los hebreos sentían una serie de temores que podríamos describir un poco con palabras como inseguridad, inestabilidad, fragilidad, impotencia o precariedad. En ese sentido todos podemos asociar algo de nuestras vidas con la experiencia del Pueblo de Dios. Cada uno puede preguntarse en qué circunstancias se siente firme y en qué momentos se siente naufragar. En el breve texto de Job es importante destacar la manera como se describe a las aguas. Ellas son la imagen del poder del caos, y por eso en el relato del comienzo de la Biblia Dios "separa las aguas" (Génesis 1,6-7) antes de hacer la "tierra firme" (Génesis 1,9-10). La creación misma es "separar" en el sentido de dar un orden, ordenar. La anti-creación, la fuerza del mal, que consiste en confundir, crear caos, hacer desparecer la nitidez que trae la Palabra. De esta manera, la expresión "arrogancia de las aguas" refleja ese concepto del límite que Dios pone a todo lo que trata de ser caos o absurdo en nuestra vida. El desorden queda así limitado y confinado, de modo que llega a ser parte de un orden superior. El mal se ve obligado a proclamar el bien. Cristo y la tormenta. A menudo se predica el evangelio de hoy diciendo que Cristo calmó la tormenta. Eso vale, por supuesto, si pensamos en las aguas de ese lago pero no es una descripción del conjunto de lo sucedido. A mí me gusta decir que Cristo cambió de lugar la tormenta: ya nos son las aguas las que se agitan: son los corazones de los discípulos. Cristo viene a calmar y también a agitar. Trae respuestas que nos pacifican y preguntas que nos inquietan. Nos hace firmes pero también sacude nuestra sabiduría convencional. Su palabra refresca y quema a la vez. Su propuesta es increíblemente sensata y es la mayor locura de amor que se haya oído en esta tierra. Así pues, no miremos a Jesús como un calmante. Es un profeta también; uno que vino a realizar la verdadera y profunda revolución, que no es destruir a los malos sino al mal. Sugerencias... - El simbolismo de la tempestad. Es un relato muy vivo el que escuchamos. Las aguas encrespadas. El susto pintado en el rostro de los discípulos. La serenidad (y el sueño) en el de Jesús. Y el diálogo interpelante: los discípulos que "riñen" a Jesús por su poco interés, y al final, Jesús que tiene que "reñir" a los suyos por su poca fe. La tempestad en el mar o en el lago es un buen símbolo de otras muchas tempestades humanas (COVID), personales y sociales. El mar también es sinónimo, en la Biblia, del peligro y del lugar del maligno. El salmo responsorial habla de esta situación de inseguridad en el mar. Pero el mensaje no es éste: sino la respuesta que da Dios, Cristo. Dios está presente, es fiel, ayuda a los que le invocan. El Dios creador, que domina las fuerzas cósmicas, es también el Dios salvador y cercano. Ante un Job que sabe mucho de dolor, de desgracias y tempestades vitales, la respuesta de Dios no es resolver el "problema" del mal, sino mostrarle que en el "misterio" de esas tempestades está la presencia de Dios poderoso que sigue siendo fiel. Mucho más vivo que el problema de Job será el del mismo Jesús, en el acontecimiento trágico de su Muerte. Pero Dios está actuando precisamente en esas experiencias que parecen negativas. Su designio es un designio de vida, y no de muerte. Aunque a veces parezca más presente el silencio de Dios que su Palabra, y no nos ayuda a comprender que la Palabra fue silencio. - Las tempestades en nuestra vida. A los cristianos no se nos ha prometido una travesía apacible del mar de esta vida. Nuestra historia, como la de todos, es muchas veces una historia de tempestades. Cuando Marcos escribe este evangelio, ya la Iglesia sabe de persecuciones y de fatigas. En la vida de cada uno de nosotros no faltan mares inquietos y movidos, peligros, mareos de toda clase, miedos, cobardía, desorientación, cansancio. En la vida de la comunidad no faltan crisis internas y externas, tensiones dentro y persecuciones u hostilidad fuera. Podemos tener la sensación de que nos hundimos, que la barca, personal o comunitaria, va a naufragar. - Cristo, el mensaje central. La intención última de Marcos no es discurrir sobre nuestros males o peligros. Sino presentar a Cristo como vencedor, como la respuesta definitiva de Dios. Parece que está dormido o ausente, pero está muy presente y en actitud salvadora. Cristo, el Mesías, aparece como el que tiene poder y dominio sobre la enfermedad y la muerte, sobre el pecado y el mal, incluso sobre las fuerzas de la naturaleza. En Él ha mostrado Dios toda la fuerza de su plan salvador y liberador. La finalidad de la escena es esa admiración y esa respuesta de fe: ¿quién es éste? Eso sí: desde una situación de tempestad, que no se puede olvidar, ni en su caso ni en el muestro. - Lecciones para cristianos de poca fe. Uniendo las dos perspectivas (muestras tempestades y la presencia vigorosa de Cristo), el mensaje de hoy puede conducirnos a unas actitudes que seguramente nos hacen falta a todos. a) Un sentimiento de humildad. No nos creamos superiores, seguros de nuestras fuerzas. En cualquier momento el mar se puede encrespar y marearnos. Somos débiles. Como lo es la Iglesia (y la humanidad). Y la oración brota espontánea, a veces con sonido de grito: ¿no te importa que nos hundamos? Recordar que hay Salmos que interpelan valientemente a Dios en el mismo tono: ¿hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? Despierta, Señor.. b) Hasta cierto punto es bueno que en nuestro camino se cruce la duda y la crisis. No como sistema (la duda sistemática, el catastrofismo), pero sí como una condición humana aceptada de provisionalidad y debilidad. Eso nos hace realistas. No es nada raro que alguna vez atravesemos el túnel de la duda: ¿está Dios, está Cristo presente? San Juan Pablo II, en "Redemptoris Mater", ha subrayado bien la meritoria fe de la bienaventurada Virgen, dentro de un itinerario, una peregrinación que también conoce la noche oscura, la fatiga del corazón... con una lejanía creciente de las palabras del ángel el día de la Anunciación. c) Pero lo específico cristiano es que estas situaciones las afrontaremos desde la fe y la confianza en Cristo. Contra viento y marea, el cristiano es invitado a fiarse de Dios y a creer en Cristo Jesús, que ha vencido ya definitivamente al mal, y que aunque parezca dormido, está presente y conduce nuestra existencia. El pánico o el miedo angustioso no deberían tener cabida en nuestra vida. En los pasajes de estos domingos, Pablo aparece como un apóstol que cree firmemente en Cristo, en su amor y cercanía, a pesar de todas las dificultades que encuentra en el camino. Más aún: él está convencido que Cristo lo hace todo nuevo, y que el que le sigue, es ya algo nuevo, y ha vencido lo viejo. No está todavía lejos la Pascua: ¿nos hemos dejado contagiar de la novedad y la energía del Resucitado, como Pablo? No es que con Cristo "en nuestra barca" todo esté asegurado: seguiremos teniendo tensiones y tempestades, pero su presencia y su fuerza son un estímulo para que trabajemos y luchemos con esperanza. d) Tampoco es el caso de que lo dejemos todo a Él (y seamos ahora nosotros los que nos echemos a dormir). La fe en Cristo es a la vez compromiso y tarea. Tanto en nuestra existencia personal como en la comunitaria nos toca remar fuerte, y achicar el agua de la barca. Es una fe activa. En medio de una Iglesia, que, sobre todo desde el Concilio, ha dicho un "sí" claro a la renovación según Cristo, cada uno es llamado a colaborar en la victoria contra el mal. En la Eucaristía se habla de compromiso y confianza a la vez: "líbranos del mal", "protegidos de toda perturbación", "el que quita el pecado del mundo". Nuestra Señora del SI, ruega por nosotros. ...

lunes, 31 de mayo de 2021

HOMILIA Solemnidad del SANTÍSIMO CUERPO y SANGRE DEL SEÑOR cB (06 de junio 2021) AUTOR: de la IGLESIA PARA LA IGLESIA

Primera: Éxodo 24, 3-8; Salmo: Sal 115, 12-13. 15-16. 17-18; Segunda: Hebreos 9, 11-15; Evangelio: Marcos 14, 12-16.22-26 Nexo entre las LECTURAS La alianza -o pacto- es el centro de referencia de los textos litúrgicos. La alianza sellada con la sangre de Cristo es el corazón del culto y de la vida de la Iglesia: "Ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por muchos" (evangelio). Esta alianza está prefigurada en la que ahora se llama “antigua alianza” sellada con sangre de novillos: "Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, según las cláusulas ya dichas" (primera lectura). La alianza en la sangre de Cristo perpetúa la presencia de Dios entre nosotros y purifica a la humanidad de todos sus pecados "para poder dar culto al Dios vivo" (segunda lectura). Temas... La Iglesia Vive de la Eucaristía. El Jueves Santo del año 2003, san Juan Pablo II nos regaló un precioso texto sobre la Eucaristía, como alimento del Pueblo de Dios. Entresacamos algunas preciosas meditaciones… Si con el don del Espíritu Santo en Pentecostés la Iglesia nace y se encamina por las vías del mundo, un momento decisivo de su formación es ciertamente la institución de la Eucaristía en el Cenáculo. Su fundamento y su hontanar es todo el Triduo Pascual, pero éste está como incluido, anticipado, y "concentrado" para siempre en el don eucarístico. En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa "contemporaneidad" entre aquel Triduo y el transcurrir de todos los siglos. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, "misterio de luz". Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: "Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron" (Lc 24, 31). La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles y su alimento espiritual, es de lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia. Así se explica la esmerada atención que ha prestado siempre al Misterio eucarístico, una atención que se manifiesta autorizadamente en la acción de los Concilios y de los Sumos Pontífices. ¿Cómo no admirar la exposición doctrinal de los Decretos sobre la Santísima Eucaristía y sobre el Sacrosanto Sacrificio de la Misa promulgados por el Concilio de Trento? Aquellas páginas han guiado en los siglos sucesivos tanto la teología como la catequesis, y aún hoy son punto de referencia dogmática para la continua renovación y crecimiento del Pueblo de Dios en la fe y en el amor a la Eucaristía. Misterio de la Fe. La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es DON DE Sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues "todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos...". Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y "se realiza la obra de nuestra redención". Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas. Ésta es la fe que el Magisterio de la Iglesia ha reiterado continuamente con gozosa gratitud por tan inestimable don. Deseo, una vez más, llamar la atención sobre esta verdad, poniéndome con ustedes, mis queridos hermanos y hermanas, en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega "hasta el extremo" (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida. La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el cuerpo y la sangre del Señor. De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: le recibimos a Él mismo, que se ha ofrecido por nosotros; su cuerpo, que Él ha entregado por nosotros en la Cruz; su sangre, "derramada por muchos para perdón de los pecados" (Mt 26, 28). Recordemos sus palabras: "Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" (Jn 6, 57). Jesús mismo nos asegura que esta unión, que Él pone en relación con la vida trinitaria (Domingo pasado), se realiza efectivamente. La Eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento. Cuando Jesús anuncia por primera vez esta comida, los oyentes se quedan asombrados y confusos, obligando al Maestro a recalcar la verdad objetiva de sus palabras: "En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes" (Jn 6, 53). No se trata de un alimento metafórico: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida" (Jn 6, 55). Sugerencias... «Esta es mi sangre, sangre de la alianza». Jesús envía a dos discípulos (en el evangelio) para que preparen la cena pascual, pero en realidad no tienen mucho que hacer porque el propio Jesús lo había previsto ya todo y les había dado las instrucciones oportunas. Del mismo modo nos encarga a nosotros una cierta preparación de la Eucaristía, pero todo lo esencial es configurado por él mismo: sólo él es el centro y el único contenido de lo que se celebra. En este centro la comunidad no tiene nada que «hacer»; este centro es para ella siempre algo completamente imprevisible y grandioso: que Jesús toma un pan ordinario y lo parte diciendo: «Tomen, esto es mi cuerpo». Y casi más incomprensible aún es lo otro: que tome el cáliz y lo dé a beber a sus discípulos con estas palabras: «Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos». Dice esto cuando todavía está sentado a la mesa con ellos, con lo que anticipa ya el derramamiento de su sangre. Y como habla de la «sangre de la alianza», Jesús remite al origen de la alianza en el Sinaí, de la que se informa en la primera lectura, pero muestra también cómo esta Antigua Alianza queda ampliamente superada en una «Nueva Alianza» (1 Co 11,25); la segunda lectura indicará la distancia que existe entre aquel comienzo y esta plenitud. Pero ambas lecturas muestran que Jesús, mediante la institución de la Eucaristía, lleva a plenitud la obra de su Padre, y esto en el Espíritu Santo, pues él mismo se ofreció como sacrificio en la cruz «en virtud del Espíritu eterno» (Hb 9,14). Por eso la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor es una fiesta eminentemente trinitaria. «Tomó Moisés la sangre... diciendo: Esta es la sangre de la alianza». La alianza que Dios ofrece al pueblo en la primera lectura ha sido aceptada por éste unánimemente («a una»). Se ha convertido en una alianza recíproca. Para sellar ritual y oficialmente su seriedad, su indisolubilidad, se inmolan novillos cuya sangre es derramada por Moisés como mediador entre Dios y el pueblo: la mitad sobre el altar de Dios y la otra mitad, tras la lectura del documento de la alianza, sobre el pueblo. Las palabras explicativas: «Esta es la sangre de la alianza», recuerdan una relación de fidelidad similar a la que se establece cuando dos hombres concluyen entre sí una «fraternidad de sangre», pues cada uno da al otro lo más íntimo y vivo de sí mismo. Pero a esta fraternización del Sinaí le falta todavía un último elemento: la sangre que se derrama sobre el altar y sobre el pueblo es sangre de animal. La segunda lectura descartará este elemento extraño («la sangre de machos cabríos y de becerros») y lo sustituirá por la sangre de aquel que en su persona es tanto Dios como hombre. «El mediador de una alianza nueva». La Antigua Alianza, indisoluble en cuanto tal, se consuma cuando el mediador definitivo aparece ante el Padre «con su propia sangre», expía todas las infidelidades de los socios humanos del pacto y, porque «en virtud del Espíritu eterno» puede ofrecerse a Dios como sacrificio, «consigue la liberación eterna». Si Jesús nos ha legado este su eterno sacrificio no sólo para recibirlo, sino también para «hacerlo»: «Hagan esto en memoria mía» (1 Co 11,25), nosotros tendríamos que realizar este «hagan» con sumo respeto y fervor. Corazón eucarístico de María, ruega por nosotros. San José, ruega por nosotros.

miércoles, 26 de mayo de 2021

Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cB (30 de mayo 2021) de la IGLESIA para la IGLESIA

Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cB (30 de mayo 2021) Primera: Deut 4, 32-34.39-40; Salmo: Sal 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22; Segunda: Romanos 8, 14-17; Evangelio: Mateo Mt 28, 16-20 Nexo entre las LECTURAS Es bien mostrado en las lecturas de esta liturgia que Dios es Dios-Amor e interviene con mano fuerte y brazo poderoso para sacar a su pueblo de Egipto, símbolo de servidumbre y opresión (primera lectura). Es Dios-Amor que regala a sus discípulos una misión maravillosa y les asegura su compañía a lo largo de los siglos (evangelio). Es Dios-Amor que hace a los hombres sus hijos adoptivos para que puedan clamar con Jesucristo: "abba", es decir, "Padre". Temas... La Gloria de la Trinidad en la Historia. Cosas del Papa san Juan Pablo II. Trataremos de ilustrar esta presencia de Dios en la historia, a la luz de la revelación trinitaria, que, aunque se realizó plenamente en el Nuevo Testamento, ya se halla anticipada y bosquejada en el Antiguo. Así pues, comenzaremos con el Padre, cuyas características ya se pueden entrever en la acción de Dios que interviene en la historia como Padre tierno y solícito con respecto a los justos que acuden a él. Él es "padre de los huérfanos y defensor de las viudas" (Sal 68, 6); también es padre en relación con el pueblo rebelde y pecador. Dos páginas proféticas de extraordinaria belleza e intensidad presentan un delicado diálogo de Dios con respecto a sus "hijos descarriados" (Dt 32, 5). Dios manifiesta en él su presencia constante y amorosa en el entramado de la historia humana. En Jeremías el Señor exclama: "Yo soy para Israel un padre (...) ¿No es mi hijo predilecto, mi niño mimado? Pues cuantas veces trato de amenazarlo, me acuerdo de él; por eso se conmueven mis entrañas por él, y siento por él una profunda ternura" (Jr 31, 9. 20). La otra estupenda confesión de Dios se halla en Oseas: "Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. (...) Yo le enseñé a caminar, tomándolo por los brazos, pero no reconoció mis desvelos por curarlo. Los atraía con vínculos de bondad, con lazos de amor, y era para ellos como quien alza a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer. (...) Mi corazón está en mí trastornado, y se han conmovido mis entrañas" (Os 11, 1. 3-4. 8). Junto a nosotros. Continuamos iluminados por el papa san Juan Pablo II. De los anteriores pasajes de la Biblia debemos sacar como conclusión que Dios Padre de ninguna manera es indiferente frente a nuestras vicisitudes. Más aún, llega incluso a enviar a su Hijo unigénito, precisamente en el centro de la historia, como lo atestigua el mismo Cristo en el diálogo nocturno con Nicodemo: "Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3, 16-17). El Hijo se inserta dentro del tiempo y del espacio como el centro vivo y vivificante que da sentido definitivo al flujo (olas) de la historia, salvándola de la dispersión y de la banalidad. Especialmente hacia la cruz de Cristo, fuente de salvación y de vida eterna, converge toda la humanidad con sus alegrías y sus lágrimas, con su atormentada historia de bien y mal: "Cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). Con una frase lapidaria la carta a los Hebreos proclamará la presencia perenne de Cristo en la historia: "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8). Para descubrir debajo del fluir de los acontecimientos esta presencia secreta y eficaz, para intuir el reino de Dios, que ya se encuentra entre nosotros (cf. Lc 17, 21), es necesario ir más allá de la superficie de las fechas y los eventos históricos. Aquí entra en acción el Espíritu Santo. Aunque el Antiguo Testamento no presenta aún una revelación explícita de su persona, se le pueden "atribuir" ciertas iniciativas salvíficas. Es él quien mueve a los jueces de Israel (cf. Jc 3, 10), a David (cf. 1 S 16, 13), al rey Mesías (cf. Is 11, 1-2; 42, 1), pero sobre todo es él quien se derrama sobre los profetas, los cuales tienen la misión de revelar la gloria divina velada en la historia, el designio del Señor encerrado en nuestras vicisitudes. El profeta Isaías presenta una página de gran eficacia, que recogerá Cristo en su discurso programático en la sinagoga de Nazaret: "El Espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, pues Yahveh me ha ungido, me ha enviado a predicar la buena nueva a los pobres, a sanar los corazones quebrantados, a anunciar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad, y a promulgar el año de gracia de Yahveh" (Is 61, 1-2; cf. Lc 4, 18-19). El Espíritu de Dios no sólo revela el sentido de la historia, sino que también da fuerza para colaborar en el proyecto divino que se realiza en ella. A la luz del Padre, del Hijo y del Espíritu, la historia deja de ser una sucesión de acontecimientos que se disuelven en el abismo de la muerte; se transforma en un terreno fecundado por la semilla de la eternidad, un camino que lleva a la meta sublime en la que "Dios será todo en todos" (1 Co 15, 28). El jubileo, que evoca "el año de gracia" anunciado por Isaías e inaugurado por Cristo, quiere ser la epifanía de esta semilla y de esta gloria, para que todos esperen, sostenidos por la presencia y la ayuda de Dios, en un mundo nuevo, más auténticamente cristiano y humano. Y cada año, estas fiestas, nos llaman a vivir en mística de Jubileo. Así pues, cada uno de nosotros, al balbucear algo del misterio de la Trinidad operante en nuestra historia, debe hacer suyo el asombro adorante de san Gregorio Nacianceno, teólogo y poeta, cuando canta: "Gloria a Dios Padre y al Hijo, rey del universo. Gloria al Espíritu, digno de alabanza y todo santo. La Trinidad es un solo Dios, que creó y llenó todas las cosas..., vivificándolo todo con su Espíritu, para que cada criatura rinda homenaje a su Creador, causa única del vivir y del durar. La criatura racional, más que cualquier otra, lo debe celebrar siempre como gran Rey y Padre bueno" (Poemas dogmáticos, XXI, Hymnus alias: PG 37, 510-511). Sugerencias... El libro del Deuteronomio presenta aquello que Israel consideraba su gran honor: tener un Dios cercano al pueblo. Un Dios que habló al pueblo y sobre todo un Dios que se comprometió personalmente en la acción histórica de librarlo de la esclavitud. Este es el contraste del Dios de Israel con el de los pueblos de su alrededor: Israel experimenta a Dios a través de su realidad histórica. Pero el honor de Israel también era más que preparación para lo que es el honor pleno, no de un pueblo solamente, sino de la humanidad entera: Dios no es ya solamente el Dios que se acerca, sino que es el Dios que se hace uno de los nuestros; Dios no libera ya al pueblo desde fuera, sino que libera a los hombres poniéndose junto a ellos; Dios no dice ya a los hombres qué es lo que tienen que hacer, sino que viene aquí a hacerlo para que lo veamos y lo sigamos haciendo como él hizo. Y Dios es esto, Dios no es solamente Dios-Padre que está en los Cielos (como allá, lejos), sino que es también Dios-Palabra que se nos revela. Y esta proximidad tiene aún un nuevo paso. Jesucristo, el Dios-Palabra, dice que "estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (evangelio). Pero no solamente como un recuerdo, sino como algo muy profundo que se nos ha metido en el interior de cada uno de nosotros. Su Espíritu ha entrado en nuestro interior y nos convierte en hijos como él, y nos hace herederos como él (segunda lectura): tenemos, también nosotros, aquel Espíritu que une a Jesús con el Padre, el Espíritu que no dejó que experimentara la corrupción del sepulcro. Y Dios es: Dios-Padre que está en los cielos, es Dios-Palabra que se nos revela, es Dios-Espíritu que continúa en nuestro interior la presencia de nuestro hermano Jesucristo y hace que, verdaderamente, Dios sea un Dios cercano. No dividido… sino un solo Dios y tres Personas divinas. "En nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" El evangelio de hoy contiene la invocación trinitaria que se nos ha hecho habitual. Y la contiene señalando la entrada de los hombres en la comunión de la fe, en el momento del bautismo. El bautismo "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" significa quedar situado en el interior de este misterio y que continúa en los hombres, en la Iglesia y en el mundo por medio del Espíritu. Por ello bueno será recordar HOY que el nombre de la Trinidad indica nuestro camino cristiano. Nos marca, sobre todo, su principio, en el bautismo. Lo marca también en las muchas ocasiones en que hacemos el gesto sencillo y lleno de sentido que es la señal de la cruz (podemos recordar y valorar aquí las ocasiones en que lo hacemos en la misa, al comenzar, en el evangelio, en la bendición... y también valorar el hacerlo en tantos otros momentos). Y lo indica, también y muy especialmente, la celebración de la Eucaristía, la plegaria eucarística. Podría ser interesante hoy contemplar mas detenidamente el sentido trinitario que la “plegaria eucarística” tiene, que nos indica también la misión de cada una de las tres personas en nuestra vida. La plegaria eucarística es una acción de gracias al Padre, que es el origen y el término de todo, la fuente y la plenitud de todo y de nuestra salvación. Es memorial de Jesucristo, el que vivió la vida de los hombres, siendo fiel a ella hasta la muerte, y resucitó, y está presente en medio de la asamblea. Y es invocación al Espíritu, que hacemos con las manos extendidas, como signo de su descenso sobre las ofrendas y sobre la Iglesia, porque es él quien hace que continúe entre nosotros la vida nueva de Jesucristo. Al pronunciarse sobre nosotros, en el bautismo y luego a lo largo de nuestra vida, la invocación trinitaria, se nos encomienda al mismo tiempo continuar su misión. Es lo que dice el evangelio: "Vayan...". Es lo que leíamos el pasado domingo: "Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. Reciban el Espíritu Santo". Para continuar lo que dice la oración colecta de hoy: "Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación". Y nos los ha enviado para convertirnos también a nosotros en enviados que continuemos su obra. María, Estrella de la Evangelización y causa de nuestra alegría, ruega por nosotros. ...

lunes, 17 de mayo de 2021

HOMILIA Solemnidad de PENTECOSTÉS cB (23 de mayo 2021) AUTOR : DE LA IGLESIA PARA LA IGLESIA.

Solemnidad de PENTECOSTÉS cB (23 de mayo 2021) Primera: Hechos 2, 1-11; Salmo: Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34; Segunda: 1 Corinto 12, 3b-7. 12-13, o bien Gálatas 5, 16-25; Evangelio: Juan 20, 19-23, o bien Juan 15, 26-27; 16, 12-15 Nexo entre las LECTURAS En la fiesta de Pentecostés, el Espíritu Santo inunda, con su presencia, todos los textos litúrgicos. El evangelio anuncia el Espíritu de Verdad, que iluminará y llevará a los discípulos a la verdad completa. En la primera lectura, lo que fue promesa se hace cumplimiento, y el Espíritu Santo viene con su poder sobre los apóstoles y otros discípulos de Jesús, reunidos con María en el Cenáculo. Cuando el Espíritu Santo entra y se apodera del corazón de un discípulo de Jesús, entonces toda su existencia cristiana y su comportamiento cambian y producen los frutos del Espíritu, que se sintetizan en el amor -caridad- dice san Pablo. Temas... Pentecostés –plenitud del Misterio Pascual– significa siempre para la Iglesia el “acontecimiento” que (1)abre una esperanza, (2)crea un compromiso e (3)infunde una energía nueva. Este año nos llega Pentecostés en un momento particularmente grave y decisivo: para la Iglesia Universal y, muy especialmente, para el Mundo, la Humanidad. Por eso los cristianos hemos esperado este año Pentecostés con más ansia y seguridad que nunca y con gran devoción rezamos la Novena en el Mes de María y en el Año de San José. Con el deseo de una docilidad profunda a la acción misteriosa del Espíritu. Sugiero presentar a modo de sencillas reflexiones de esperanza, cuál ha de ser la acción del Espíritu Santo en el momento actual de nuestra historia. Porque los laicos y muchos hombres y mujeres de buena voluntad nos dicen qué esperan de los sacerdotes y obispos. Y muchos sacerdotes dicen qué esperan de los Obispos. A los Obispos nos les queda, sino, decir qué esperan del Espíritu Santo… no sólo para ellos, sino para todo el Pueblo de Dios disperso por el mundo y muy herido por guerras, COVID, hambre, migraciones, populismos y capitalismos (capítulo I de F. Tutti y E. Gaudium). - Un poco más de coraje. “En el mundo tendrán mucho que sufrir; pero tengan coraje. Yo he vencido al mundo”. Antes, como ahora el momento es difícil. Se ahondan las tensiones, se multiplican las crisis. Pareciera que hasta la Iglesia se resquebrajara. Empezamos a sentir miedo, tristeza y angustia. Nos volvemos pesimistas. Es la misma sensación de los Apóstoles al vivir el misterio de la Cruz, antes de Pentecostés. Pero vino sobre ellos “la fuerza del Espíritu Santo” Cf. Hch 1,8 y los hizo audaces testigos del Señor resucitado. Nos hace falta a todos, en esta hora, la fortaleza sobrehumana del Espíritu para que el miedo no nos aplaste ni nos tumbe el desaliento. Para que sintamos, más fuertemente que nunca, la presencia actuante del Señor de la gloria: “Yo estaré siempre con ustedes” nos dijo Jesús glorificado. Para que las crisis no nos asusten, las tensiones no nos desequilibren y los riesgos no nos paralicen. Esperamos, entonces, del Espíritu Santo la fortaleza que nos asegura en la esperanza. - Un poco más de claridad. “El Espíritu de Verdad les hará conocer toda la verdad”. Hay demasiada confusión entre nosotros. La hay en el mundo entero, repasemos algún noticioso internacional. Confusión de ideas y principios. Confusión de métodos y acción. Confusión de políticas de gobiernos. Todos estamos buscando, sin ver todavía claro. Y todos buscamos con la misma fidelidad al Señor, con el mismo amor a la Iglesia, con el mismo deseo de interpretar bien el momento de los hombres. Cuando el Espíritu desciende sobre los Apóstoles, en Pentecostés, los “introduce en la Verdad completa”. Les descubre la interioridad del misterio de Jesús y el alcance de todas sus exigencias. Les hace entender, sobre todo, el sentido de la cruz. Hoy nos hace falta, más que nunca, el Espíritu de la Verdad que nos “enseñe todo”. El Espíritu de profecía que nos lleve a proclamar, en la lengua de los hombres las invariables “maravillas de Dios”. Que nos enseñe a leer en “los signos de los tiempos” el Plan adorable del Padre. Que nos ayude a interpretar profundamente al hombre desde la única perspectiva del Verbo Encarnado, Cristo Rey, Buen Pastor para que todos los pueblos tengamos vida en Él. Necesitamos el Espíritu que nos lleve a penetrar sabiamente (lo cual es “sabiduría”) en la “Verdad inmutable” para incorporar “profetas” –con todo lo que la profecía tiene de carisma, de compromiso y de riesgo– en el tiempo nuevo de los hombres. Que nos enseñe a hablar con audacia serena y a callar con sobrenatural prudencia. Esperamos, entonces, del Espíritu Santo, “la luz beatísima” que nos haga ver claro en un horizonte oscuro y nos lleve a hablar con precisión divina en un momento confuso. - Más capacidad de diálogo. Casi se ha vuelto un slogan hablar del diálogo. Los cristianos nos hemos comprometido a “institucionalizar el diálogo” y colaborar en una Iglesia Sinodal. El Papa nos pide la sinodalidad como manera de mostrarnos. No busquemos estrategias, Dios nos enseñará el camino. Porque dialogar no es fácil. Es fácil, sí, escribir páginas enteras y hacer interminables monólogos sobre cómo tiene que hacerse el diálogo. Lo verdaderamente difícil es el diálogo mismo. Apenas estamos aprendiendo. Dialogar no es simplemente escuchar (aunque lo hagamos con sinceridad y cariño) (Capítulo VI de F. Tutti). Dialogar es entrar, en cuanto sea posible, en el pensamiento y el corazón del otro. Es, en cierto sentido, asumir generosamente al otro. Para ello hace falta ser pobre, desprenderse y aprender a morir. Lo cual no es fácil, aunque lo queramos de veras. Sólo cuando el Espíritu hizo radicalmente pobre a María entró Ella en la Palabra que le fue anunciada y entró en Ella la Palabra que “plantó su tienda entre nosotros”. Este fue el verdadero y substancial diálogo que empezó la Alianza Nueva. Sólo cuando el Espíritu de Pentecostés despojó a los Apóstoles de su mentalidad carnal pudieron entrar ellos en la interioridad de Jesús (hablar con Él y escucharlo con un sentido espiritual y nuevo) y captar el lenguaje distinto de los hombres para entregarles luego la única “palabra de salvación”. Hoy hace falta que el Espíritu nos enseñe a dialogar. Mejor aún, que Él mismo dialogue en nosotros y desde nosotros. Para que el diálogo sea especie de recreación y enriquecimiento mutuo. Para que el diálogo no sea una sucesión, más o menos serena, de monólogos cerrados. Para que el diálogo no sea, sobre todo, una lamentable táctica de hacer que el otro piense y actúe como queremos nosotros. ¿No es cierto que, a veces, creemos que el Obispo dialoga porque simplemente nos llama o nos visita o nos escucha? Y otro tanto, ¿no pasa con los Párrocos? Y, ¿no es, también, cierto, que con más frecuencia creemos nosotros que dialogamos porque le hacemos aceptar a los demás lo que a nosotros nos parece? El diálogo es otra cosa. El Espíritu Santo –que hizo posible el diálogo, en Cristo, entre Dios y el hombre – es quien ha de crear en todos una capacidad bien honda de diálogo. Para ello deberá hacernos más pobres y desprendidos, más simples y generosos. Por eso esperamos, para nuestra Iglesia, al Espíritu “que habló por los Profetas” y que es el único que interpreta lo que hay en “lo profundo del hombre”. - Más capacidad de comunión. “Traten de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz”. Cada vez descubrimos mejor a la Iglesia como “comunión”. Cada vez experimentamos más las ansias de los hombres hacia la unidad. Y, sin embargo, cada vez se hace más difícil la unión entre nosotros. Nos esforzamos por lograr la unidad entre cristianos, y los católicos nos despedazamos dentro. Buscamos la unión con el mundo, y las tensiones crecen entre los diversos sectores de la única Iglesia. Cada vez se hace más difícil la autoridad y la obediencia. Cada vez se hace más honda la separación de los carismas. Un ejemplo: antes la Iglesia era sólo la Jerarquía. Ahora la Iglesia son sólo los laicos (o, mejor aún, somos “nosotros” o soy “yo”) y así seguimos como proclamando la comunión y viviendo la desunión. Pentecostés trajo la gracia de superar la dispersión. No uniformó las lenguas, sino que las multiplicó con el mandato de la CARIDAD, siendo Él mismo el AMOR. Pero era el mismo Espíritu el que hablaba, “en distintas lenguas”, las mismas “maravillas de Dios”. (Pedro y Pablo escriben “distinto” y “discuten” duramente), pero el Espíritu Santo crea en todos “un solo corazón y una sola alma”. Y toda la Iglesia de Pentecostés se manifiesta al mundo como la “comunidad del Señor” que permanece unida en la “enseñanza de los Apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. El Espíritu Santo deberá crear, entre nosotros, la comunión profunda de la única Iglesia que peregrina con carismas y funciones distintas. Con mentalidades y temperamentos diversos (unos demasiado audaces, otros demasiado tímidos, unos demasiado lentos, otros demasiado impacientes). Pero todos igualmente fieles al mismo Evangelio (sin parcializarlo o desfigurarlo, con su fundamental exigencia de cruz y renunciamiento, de compromiso y servicio). Todos igualmente dóciles al mismo Espíritu que reparte sus dones “como Él quiere”. Esperamos al Espíritu Santo: no para que nos haga iguales, sino para que nos haga hermanos. Esperamos al Espíritu de Amor para que nos haga un solo Cuerpo. - Espíritu de conversión. Vivimos un momento en que todos tenemos que convertirnos. Cambiar nuestra mentalidad y nuestras actitudes. Es una exigencia de la cercanía inminente del Reino. Toda la Iglesia tiene que ponerse en actitud de conversión. Lo cual supone, ante todo, tomar conciencia serena de un pecado que llevamos dentro (“si decimos que no tenemos pecado, nos estamos engañando”). Supone, también descubrir que hay un pecado en los hombres, en sus actitudes o instituciones, del cual somos todos, en un sentido o en otro, cómplices y responsables. Es lo que a veces llamamos “situación de pecado” (injusticias, desigualdad, insensibilidad ante el dolor y la pobreza etc.). La fuerza renovadora del Espíritu, en Pentecostés, provoca las primeras conversiones. Predica Pedro, en la misma hora de Pentecostés sobre la misteriosa efusión del Espíritu, y los invita a la conversión. “Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil”. La conversión se realiza, primero, en los mismos Apóstoles (es decir, en el interior mismo de la Iglesia, en los primeros Obispos y en los primeros discípulos). El Espíritu de Pentecostés crea en ellos un “corazón nuevo”. Ya había habido en ellos una primera conversión, por el llamado mismo de Jesús. Pero era necesaria ahora esta conversión definitiva del Espíritu, para que mostraran verdaderamente al Señor en el rostro de la Iglesia joven. Cambiaron de mentalidad: ahora entendían a Jesús de otra manera, ahora comprendían los misterios del Reino. También hablaban de una manera nueva. Su lenguaje, que los hombres misteriosamente entendían, expresaba “la locura de la Cruz”. Hoy hace falta que el Espíritu Santo nos convierta a todos. Que descienda sobre su Iglesia y la purifique, preparando la belleza perfecta de la Jerusalén nueva del Apocalipsis. Que se posesione plenamente de nosotros, que nos queme con su fuego, que deje en nosotros corazones nuevos: con una gran capacidad de amor a Dios y a los hombres, con deseos ardientes de inmolarnos y de darnos, de dejarnos crucificar con Cristo y de ofrecer la vida “para la salvación del mundo”. Todo esto (y mucho más) es lo que esperamos del Espíritu Santo para nuestra Iglesia (cada uno piense y rece por su parroquia y por su diócesis y por el Papa y el gobierno universal). En estos precisos y preciosos días de un Pentecostés nuevo. Que nos dé coraje, que nos ilumine para ver claro, que dialogue en nosotros, que nos ayude a vivir en comunión, que nos convierta. Y -todo esto (y mucho más)- es lo que estamos seguros que obrará en nosotros el Espíritu. Porque Cristo nos lo prometió enviar desde el Padre. Porque la Iglesia en se comprometió, solemnemente, en el Vaticano II, a recibirlo y a comunicarlo. Y porque todos lo esperamos –con más urgencia y seguridad que nunca– en la comunión fraterna, en la oración silenciosa, con María la Madre de Jesús en el Año de San José. Sugerencias... SECUENCIA Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. Consolador lleno de bondad, dulce huésped del alma, suave alivio de los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto. Penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles. Sin tu ayuda divina no hay nada en el hombre, nada que sea inocente. Lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas. Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos. Concede a tus fieles, que confían en tí, tus siete dones sagrados. Premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría.

lunes, 10 de mayo de 2021

HOMILIA Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR cB (16 de mayo 2021)

Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR cB (16 de mayo 2021) Primera: Hechos 1, 1-11; Salmo: Sal 46, 2-3. 6-9; Segunda: Efesios 1, 17-23; Evangelio: Marcos 16, 15-20 Enhorabuena, Señor, por tu triunfo. Has ascendido y eres lo más alto que existe. Has batido el récord absoluto de amor a la humanidad. También a mí me gusta el triunfo, el hacer carrera y el éxito, pero soy muy diferente a Ti. Cuando yo gano, otros pierden. Cuando ganas Tú, ganamos todos. Lo mío suele ser un éxito frente a otros hombres. Lo tuyo es una victoria para todos los hombres. Enséñame, Señor, a no subir a costa de los demás. Enséñame a servir a todos… sabiéndome hermano de todos (fratellei tutti). Nexo entre las LECTURAS La ascensión del Señor marca una etapa nueva y definitiva para los apóstoles. El Señor resucitado ya no aparecerá más como lo conocían, sino que al subir al cielo para interceder por los hombres ante el Padre, estará de otros modos: el ‘sacramental’ y el ‘místico’. Este hecho novedoso es narrado por San Lucas en la primera lectura subrayando el estupor y asombro de aquellos hombres (Hch). El evangelio insiste, de modo particular, en la misión que Jesús confía a sus apóstoles. Se trata de un verdadero mandato apostólico: VAYAN y ANUNCIEN (Ev). En la segunda lectura, tomada de la carta a los Efesios, Pablo subraya la necesidad de comportarse adecuadamente conforme a la vocación, pues a cada uno se le ha dado la gracia en la medida del don de Cristo (Éf). Así pues, los apóstoles se encuentran ante una nueva situación. Por una parte, según las palabras de Cristo, deben esperar para ser revestidos del Espíritu Santo, pero por otra parte, deben meditar que ya ha empezado la hora de dar continuidad a la obra de Cristo. Temas... Subió a los cielos. El evangelio de Marcos nos dice claramente: "Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios" (Mc 16,19). Desde el instante de la resurrección el cuerpo de Jesús fue inmediatamente glorificado. Sin embargo, durante los cuarenta días en los que se aparece a sus discípulos, su gloria aún permanece velada bajo los rasgos de una humanidad acostumbrada, no obstante los milagros que realiza. La última aparición de Jesús termina con el ingreso irreversible de su humanidad en la gloria divina. Esto es lo que propiamente celebramos en la liturgia de la Ascensión del Señor. Jesús resucitado se había aparecido en diversas ocasiones a sus discípulos y esto tenía un gran significado, porque confirmaba en ellos su victoria (la de Cristo) sobre el pecado y la muerte. Se dan cuenta de que no han corrido en vano al creer en el evangelio y de que ahora reciben una misión que compromete toda su vida futura. En esta última aparición, advierten que Jesús se despide definitivamente de ellos, pero al mismo tiempo comprenden que se queda a su lado con su asistencia hasta el fin de los tiempos. Comprenden que Cristo ha alcanzado su fin y vive y reina con Dios Padre. “Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7,14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Catecismo de la Iglesia Católica 664). Y se dan cuenta de que el Señor se ha ido para prepararles un lugar (cf. Jn 14,2) El fin de Cristo, es también el fin de ellos y de todos los que crean en Él. Si es verdad que su vida, como la de cualquier otro hombre, se acerca a la muerte, ellos se dan cuenta que no todo termina en la muerte, sino en la comunión eterna con Dios. Por una parte, podrían estar tristes, por la separación de Jesús; pero por otro lado se sienten felices por el triunfo del Señor y pidieron y pedimos siempre que los dones que hemos recibido de Él enciendan nuestros corazones con el deseo de la patria celestial, para que, siguiendo las huellas de nuestro Salvador, aspiremos a la meta donde Él nos precedió. La misión de los discípulos. Jesucristo comunica a sus discípulos el deber de anunciar a todos los hombres el evangelio. De ahora en adelante Él obrará a través de ellos y de sus sucesores. Ellos tienen la increíble misión de dar continuidad a la obra de Cristo. Esta misión sigue hoy vigente y la Iglesia tiene el deber siempre de evangelizar y anunciar la salvación por Jesucristo a todo el mundo en todo el mundo. La esencia de este evangelio es que “Jesús de Nazaret es Cristo el Hijo de Dios” (Cf Rm 10,9) y que en Él tenemos la salvación y la plena revelación de Dios. “El que ve a Cristo, ve al Padre”. Dios se ha manifestado, se ha revelado al hombre y todo por amor. Los hombres estaban necesitados de salvación y Dios envió a su Hijo para salvarlos. En Cristo tenemos el acceso al Padre. A partir de la Ascensión del Señor, los discípulos tuvieron que meditar profundamente sobre este encargo apostólico. Ciertamente sólo con la venida del Espíritu Santo, ellos recibirán la fortaleza para ser verdaderos testigos, pero ya desde el primer día de su llamado sabían que Jesús los convocaba para “que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”. La fiesta de la Ascensión subraya el mandato misionero. Sugerencias... El cultivo de la virtud de la esperanza. La fiesta de la Ascensión del Señor es una cordial invitación a levantar nuestra mirada a las cosas del cielo, sabiendo que allá donde ha entrado Cristo cabeza, entrará también el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. La exhortación del apóstol Pablo resulta siempre actual: Así pues, si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque han muerto, y la vida de ustedes está oculta con Cristo en Dios. (Col 3, 1-3). La vida del cristiano está siempre escondida con Cristo en Dios. En un mundo como el nuestro tan fuerte y tan débil (tecnología y COVID) en el que el avance tecnológico es formidable y en el que las posibilidades de manipulación se han extendido casi sin límites a todos los sectores de la existencia humana, se hace presente un gran temor. El temor de que todo este avance se vuelva de algún modo contra el mismo hombre. “El hombre por tanto vive cada vez más en el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor parte sino algunos y precisamente los que contienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra él mismo”. Estas palabras de la encíclica de san Juan Pablo II (Redemptor Hominis n.15) nos invitan a renovar la confianza en Cristo y abandonarnos a sus brazos y alejarnos del mundo y sus criterios. Vivir el amor a Dios hasta el desprecio de los vicios y pecados. Para superar este miedo y, más aún, para evitar que las creaciones y leyes inhumanas del hombre se vuelvan contra él mismo, es menester que, con el avance tecnológico y leyes inicuas, exista un verdadero desarrollo de la ética y de la moral. Mujeres y Hombres libres que respetando las leyes del creador, podremos llevar a cabo realizaciones dignas de nuestra vocación y misión. Cuando el hombre se separa de la ley divina y de los dictámenes de la recta razón se precipita en la falta de sentido y en la desesperanza que lo llena de miedos. Podemos decir que la fiesta de la Anunciación nos invita a tener nuestra mirada fija en el cielo, donde reside Cristo a la derecha del Padre, pero las manos y el esfuerzo en esta tierra que sigue teniendo necesidad de la manifestación de los hijos de Dios. Es una invitación a seguir trabajando por construir la “civilización del amor” y “dar razón de nuestra esperanza a todo aquel que nos la pidiere” (1 Pe 3,15). El cristiano debe ser un hombre de esperanza y de luz en medio de un mundo de tanta tiniebla. “La evangelización comprende además la predicación de la esperanza en las promesas hechas por Dios mediante la nueva alianza en Jesucristo; la predicación del amor de Dios para con nosotros y de nuestro amor hacia Dios, la predicación del amor fraterno para con todos los hombres —capacidad de donación y de perdón, de renuncia, de ayuda al hermano— que por descender del amor de Dios, es el núcleo del Evangelio; la predicación del misterio del mal y de la búsqueda activa del bien” (Evangelium nuntiandi n.28 y Fratelli tutti). El incansable esfuerzo de la evangelización. Queremos hacer sólo dos anotaciones tomadas de la Evangelium nuntiandi de san Pablo VI. La primera se refiere a la importancia del propio testimonio en la acción evangelizadora. Son conmovedoras las imágenes de los evangelizadores del nuevo mundo, hombres de la altura de Toribio de Mogrovejo, o los santos mártires rioplatenses, San Oscar Romero, el beato Carlo Acutis… y otros muchos que no podemos aquí mencionar porque es larga la lista de los buenos... Su primer y más grande obra evangelizadora era su propio testimonio. Su ejemplo de vida santa arrastraba a sus vecinos a un mejor conocimiento de Dios y del evangelio de Jesús (Gaudete et exultate). En segundo lugar conviene insistir en la necesidad de un anuncio explícito del mensaje de la evangelización. Esto hoy se puede hacer de muchas maneras, pero lo importante es que todos sientan la responsabilidad de ser misioneros, es decir, enviados por Cristo a anunciar el evangelio (Antiquum Ministerium con la que se instituye el ministerio de catequista, Papa Franvisco). No es fácil superar la fuerte tendencia al individualismo en la vivencia de la fe de muchos cristianos. Debemos, por ello, predicar con oportunidad o sin ella, sobre la necesidad de ser apóstoles allí donde la providencia nos ha colocado. María, Madre de gracia y estrella de la Evangelización, ruega por nosotros.

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...