miércoles, 13 de abril de 2022

HOMILIA DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 16 de abril 2022) GENTILEZA P. ANGEL


 DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 16 de abril 2022)

PrimeraÉxodo 14, 15 – 15, 1; Salmo: Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23; Segunda: Romanos 6, 3-11; Evangelio: Lucas 24, 1-12

Nexo entre las LECTURAS

Los libros históricos nos han presentado la creación del mundo y del hombre. Ahora es el nuevo Adán, el Hombre verdadero, el que centra nuestra atención. La fe de Abrahán, dispuesto a sacrificar a su hijo, es figura del Cristo que se ha entregado por salvar a todos. Dios salvó a su pueblo de la esclavitud: el paso del Mar Rojo nos prepara para comprender el paso de Cristo a través de la muerte a la nueva existencia, liberándonos a todos. Los profetas, en sus cuatro lecturas, nos han dicho palabras de esperanza y estímulo: los reuniré, les daré un corazón nuevo, los purificaré, serán mi pueblo, los amaré con misericordia eterna, los llenaré de toda clase de bienes... Y, sobre todo, Lucas nos anuncia la gran noticia de la Resurrección y san Pablo su actualización sacramental en el Bautismo, por el que nosotros mismos hemos sido sumergidos en la nueva existencia de Cristo… misterio que celebramos en la EUCARISTÍA, Cristo VIVO y PRESENTE.

Temas...

«Recordaron sus palabras». Las mujeres, que van al sepulcro de madrugada con sus aromas, encuentran corrida la piedra; entran al sepulcro, pero no encuentran al que buscan. Están «desconcertadas» porque lo que allí encuentran no tiene sentido para ellas, ni humano, ni sobrenatural. Lo mismo le ocurrirá a Pedro cuando acuda al sepulcro tras oír lo que cuentan las mujeres. Todo ello muestra cuán inconcebibles seguían siendo para todos, incluso para los muy dispuestos y receptivos, las palabras de Jesús a propósito de su resurrección al tercer día. El hombre no puede comprender un acontecimiento semejante que se produce en medio del curso normal de la historia. Por eso las mujeres necesitan que se “les recuerde” de un modo sobrenatural la predicción de Jesús, «estando todavía en Galilea», de que «tenía que ser entregado en manos de pecadores [ser crucificado] y al tercer día resucitar». Para las mujeres es como si oyeran estas palabras por primera vez. Las palabras que eran incomprensibles se tornan ahora evidentes ante la tumba vacía y la memoria explícita que los ángeles hacen de ellas. Lo que no había sido comprendido, al llegar, es transformado por los ángeles en un anuncio que facilita ahora la comprensión.

«Un delirio». No conocemos el tenor del relato de las mujeres a los discípulos; no sabemos, por este relato, si también ellos recordaron las palabras de Jesús sobre su resurrección. Pero aunque lo hicieran, esto no es suficiente para despertar la fe en los discípulos. Simplemente en la experiencia humana no se da ni un caso que haga verosímil, ni siquiera de lejos, semejante acontecimiento. Por eso la resurrección, para los apóstoles, les parece «un delirio» de las mujeres.

«Admirándose de lo sucedido». Al final del evangelio de hoy se informa que Pedro se levantó, superando la parálisis que le ocasiono tanto dolor y esta noticia de las mujeres,  y acudió corriendo al sepulcro. Este final del relato es diferente de todo lo anterior. Aquí no aparece ningún ángel. En nuestro evangelio tampoco aparece el sudario enrollado aparte del que se habla en el evangelio de Juan; Pedro sólo ve las vendas por el suelo. Algún sentido debe tener este cúmulo de cosas incomprensibles. Justamente en esta constatación el pensamiento se detiene como un reloj: «Admiración», quizá incluso «reflexión». Muchos podemos madurar en la fe si leemos la totalidad de los relatos sobre la resurrección. Desde los textos sagrados, un camino conduce hasta la fe, si el Señor nos concede la gracia de ser visto y adorado con los ojos del Espíritu.

Sugerencias...

La Pascua de Jesús debe ser nuestra Pascua. Alegrémonos, hermanos y hermanas. El mismo amor de Dios que creó el mundo hace millones de años y que resucitó a Jesús de Nazaret, que se había entregado por nosotros, hace un poco más de dos mil años, es el que hoy nos ha congregado aquí a nosotros y nos quiere comunicar su Espíritu de vida y de alegría y de amor.

Esto es lo que celebramos y esto lo que da sentido a nuestra vida. Por eso creemos y tenemos esperanza e intentamos vivir como cristianos: nosotros no seguimos una doctrina, o un libro, ni estamos celebrando el aniversario de un hecho pasado. Celebramos y seguimos a Cristo Jesús, invisible pero presente en medio de nosotros como el Señor Resucitado.

Dejémonos ganar por esta alegría. Participemos con toda la Iglesia de esta fiesta de Pascua, que empieza ahora y que durará siete semanas, hasta el día de Pentecostés y cada Domingo. La Pascua de Jesús, que quiere ser también nuestra Pascua. Recordaremos en seguida nuestro Bautismo, y sobre todo, participaremos una vez más del Cuerpo y Sangre del Resucitado, que ha querido ser nuestro alimento. Así Dios quiere renovar los dones de gracia con que nos llenó el día del Bautismo y comunicarnos su fuerza para todo el año.

Dejémonos llenar de vida por el mismo Espíritu de Dios que resucitó a Jesús, en este año en que tenemos los ojos de una manera especial fijos en él por los dolores de la pos pandemia y de la guerra en Ucrania (y d ellos dolores que cada uno recuerda en su corazón). Él nos quiere comunicar fuerza, alegría, energía, esperanza, para que se nos note, no sólo en este momento de la celebración, sino en toda nuestra vida, que somos seguidores del Resucitado y queremos vivir con él y como él.

martes, 12 de abril de 2022

HOMI LIA VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (15 de abril 2022) AUTOR: PADRE ANGEL

 VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (15 de abril 2022)


PrimeraIsaías 52,13 – 53,12; Salmo: Sal 30, 2.6.12-13.15-16.17.25; Segunda: Hebreos 4, 14-16; 5,7-9 Evangelio: Juan 18, 1 – 19, 42

Nexo entre las LECTURAS

Las lecturas de la liturgia de hoy giran en torno al misterio de la cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar adecuadamente. Pero las tres aproximaciones bíblicas tienen algo en común: que el milagro inagotable e inefable de la cruz se ha realizado «por nosotros». El siervo de Dios de la primera lectura ha sido ultrajado por nosotros, por su pueblo; el sumo sacerdote de la segunda lectura, a gritos y con  lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el  autor de la salvación; y el rey de los judíos, tal y como lo describe la pasión según san Juan, ha «cumplido» por nosotros todo lo que exigía la Escritura, para finalmente, con la sangre y el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la salvación del mundo.

Temas...

1. El siervo de Yahvé. Nos muestra la Sagrada Escritura que hay amigos de Dios que interceden por sus hermanos, sobre todo por el pueblo elegido, es más, es un tema frecuente en la historia de Israel: Abrahán intercedió por Sodoma, la ciudad llena de pecado; Moisés hizo penitencia durante cuarenta días y cuarenta noches por el pecado de Israel y suplicó a Dios que no abandonara a su pueblo; profetas, como Jeremías y Ezequiel, tuvieron que soportar las pruebas más terribles por el pueblo. Pero ninguno de ellos llegó a sufrir tanto como el misterioso “siervo de Dios” de la primera lectura: el «hombre de dolores» despreciado y evitado por todos, «herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes, que entregó su vida como expiación". Pero este sacrificio produce su efecto: «Sus cicatrices (heridas) nos curaron». Se trata ciertamente de una visión anticipada del Crucificado, este siervo no es el pueblo de Israel, pues, ni siquiera expía su propio pecado. No, es el siervo plenamente sometido a Dios, en el que Dios «se ha complacido». Durante siglos este siervo de Dios permaneció desconocido e ignorado por Israel, hasta que finalmente encontró un nombre en el Siervo Crucificado, Jesucristo, Hijo amado del Padre.

2. El sumo sacerdote. En la Antigua Alianza el sumo sacerdote podía entrar una vez al año en el Santuario y rociarlo con la sangre sacrificial de un animal. Pero ahora, en la segunda lectura, el sumo sacerdote por excelencia entra «con su propia sangre» (Hb 9,12), por tanto como sacerdote  y como víctima a la vez, en el verdadero y definitivo santuario, en el Cielo ante el Padre; por nosotros ha sido sometido a la tentación humana; por nosotros ha orado y suplicado a Dios en la debilidad humana, «a gritos y con lágrimas»; y por nosotros el Hijo, sometido eternamente al Padre, «aprendió», sufriendo, a obedecer sobre la tierra, convirtiéndose así  en «autor de salvación eterna» para todos nosotros. Tenía que hacer todo esto como Hijo de Dios para poder realizar eficazmente toda la profundidad de su servicio y sacrificio obedientes.

3. El rey. En la pasión según san Juan, Jesús se comporta como un auténtico rey en su sufrimiento: se deja arrestar voluntariamente; responde soberanamente a Anás que Él ha hablado abiertamente al mundo; declara su realeza ante Pilato, una realeza que consiste en ser testigo de la verdad, es decir, en dar testimonio con su sangre de que Dios ha amado al mundo hasta el extremo. Pilato le presenta como un rey inocente ante el pueblo que grita «¡crucifícalo!». «¿Al rey de ustedes voy a crucificar?», pregunta Pilato, y, tras entregar a Jesús para que lo crucificaran… manda poner sobre la cruz un letrero en el que estaba escrito: «El rey de los judíos». Y esto en las tres lenguas del mundo, irrevocablemente. La cruz es el trono real desde el que Jesús «atrae hacia Él» a todos los hombres, desde el que funda su Iglesia, confiando su Madre al discípulo amado, que la introduce en la comunidad de los apóstoles, y culmina la fundación confiándole, al morir, su Espíritu Santo viviente, que infundirá en Pascua y manifestará en Pentecostés.

Los tres caminos conducen, desde sitios distintos, al «REFULGENTE MISTERIO DE LA CRUZ»; ante esta suprema manifestación del amor y misericordia de Dios, el hombre se arrodilla en actitud de adoración.

Sugerencias...

GRACIAS, Varón de dolores. Es justo, y honra a todo cristiano, –e incluso a todo hombre– el dar gracias, este Viernes santo, al Crucificado, al Hijo de Dios, que se ha hecho esclavo (no-hombre) para que el hombre no se olvide que está llamado a ser plenamente hombre. Gracias, Señor Crucificado, porque has querido sufrir por nosotros hasta no parecer hombre y no tener aspecto humano; gracias, porque elegiste ser abrumado de dolores y familiarizado con el sufrimiento para que sintiéramos tu presencia en nuestros sufrimientos; gracias, oh Jesús, trono de misericordia y de perdón, porque quisiste sufrir por nuestro bien y curarnos con tus llagas. Gracias, oh Redentor, porque te entregaste a la muerte y compartiste la suerte de los pecadores. Gracias porque sufriste el arresto de los hombres, para acompañar a todos los arrestados de la historia, de nuestro tiempo, a veces, al igual que tú, sin culpa alguna. Gracias, hermano del hombre, porque con tu mirada lavaste la negación de Pedro y la de todos los que hoy continuamos sin razón alguna renegando de ti. Gracias, Verdad sublime, porque en los supremos momentos, como a lo largo de la vida, pusiste la verdad por encima incluso de la vida, como lo han hecho, siguiendo tus pasos, tantos mártires del pasado y de nuestros días. Gracias. Gracias, Hijo de María y de san José, el más digno de entre los hombres, porque aceptaste la ignominia de ser pospuesto a un criminal, como lo era Barrabás, Tú, el Inocente. Gracias, Tú, el hombre más libre de la historia, porque no desdeñaste la muerte del esclavo y convertiste el signo del oprobio en signo victorioso de gloria. Gracias, Señor Crucificado, porque con tu cruz has redimido al mundo.

El arte de sufrir. Sufrir es connatural a la condición humana, pero el arte de sufrir es gracia y se aprende, requiere de una lenta y constante educación. El Viernes santo es para los cristianos, y para todo ser humano, una escuela ‘excelsa’ del dolor. El Viernes santo aprendemos a sufrir en silencio, con Jesús, como Jesús. El Viernes Santo Jesucristo nos da la gran lección de aceptar–ofrecer el sufrimiento y la cruz, aunque no se sea culpable, en virtud de un motivo superior que es el amor a Dios y a los hermanos. El Viernes santo se nos enseña –¡qué gran lección!– a perdonar al que nos ha hecho mal, a orar por el que se burla de nosotros y es causa de nuestro dolor. En la escuela del Viernes Santo aprendemos a sufrir con paciencia y con amor, aceptando los acontecimientos y las circunstancias, tal como Dios los ha querido o los ha permitido para nuestro bien. El viacrucis del Viernes Santo se nos presenta como el viacrucis de la vida humana: en él se van entremezclando amor y odio, golpes y consuelos, seguidores y verónicas, sumos sacerdotes y cireneos, ultrajes y lágrimas, ladrón que blasfema y ladrón que se arrepiente, la Madre que le acompaña en su dolor y los discípulos que lo dejan en su soledad, quienes se reparten sus vestidos y quienes compran lienzos y aromas para su sepultura. Cristo acepta todo ello. Sufre, porque es mucho el peso físico y moral cargado sobre su pobre cuerpo maltrecho. Sufre, porque hace sufrir a sus seres queridos, a tantas personas que le aman de veras. Sufre, para que nosotros sepamos sufrir con Él y como Él.

Gracias, amado Redentor, ¡gracias!

lunes, 11 de abril de 2022

HOMILIA JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (14 de abril 2022) P. ANGEL


 JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (14 de abril 2022)

Primera: Éxodo 12, 1-8.11-14; Salmo: Sal 115, 12-13.15-16bc.17-18; Segunda: 1Corintios 11, 23-26; Evangelio: Juan 13, 1-15

Nexo entre las LECTURAS

El Jueves Santo es un canto a la liberación. Celebramos la Pascua cristiana: el paso liberador de Dios por la historia mediante la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, conmemorada en la celebración de la Eucaristía (segunda lectura). La Pascua cristiana revive y perfecciona otra pascua, otra liberación, llevada a cabo por Dios mediante su siervo Moisés: la liberación de los israelitas de la esclavitud egipcia (primera lectura). El texto evangélico nos sitúa ante una liberación interior, la liberación de nuestro egoísmo para ser libres, amar y servir a nuestros hermanos, siguiendo el ejemplo de Jesucristo… libertad interior que se expresa en gestos concretos en el exterior que nos hace amar de una manera nueva y hasta el fin (ejemplo de los mártires).

Temas...

Jesús nos deja un testamento, una consigna. "Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros, como yo los he amado". Esta noche sentimos bien vivas las palabras de Jesús. Son su testamento. Hoy, esta noche, cuando Jesús sabe, y nosotros sabemos, que aquella vida tan rebosante de amor acabará destruida en la cruz, sus palabras resuenan muy claras en nuestra asamblea. Tan claras como resonaron en el cenáculo, cuando los discípulos, en aquella “última cena”, no sabían qué decir ni qué hacer para detener el drama que veían que se les acercaba: el drama inconcebible de la muerte del Maestro.

Jesús llega hoy al final de su camino. Ha querido mostrar, a lo largo de todo el tiempo que ha ido recorriendo su tierra de Palestina, cuál era la voluntad de Dios para los hombres: cuál era la felicidad que Dios quería para los hombres, cuál era el estilo de vida capaz de dar realmente gozo y paz. Mucha gente, muchos hombres y mujeres, pequeños y ancianos, se entusiasmaron con Jesús, sintieron que la vida se les iluminaba: eran los sencillos, los que no tenían intereses que mantener. Otros, en cambio, se encontraron incómodos, y empezaron a mirarlo mal: estaban demasiado bien acostumbrados, vivían demasiado tranquilos con su religión o con su poder político y Jesús les trastornaba aquella tranquilidad. Ahora, al final de todo, cuando aquellos a quienes Jesús estorbaba ya han conseguido cercarlo y muy pronto lo detendrán y lo matarán, Jesús cena con sus discípulos, sus amigos más cercanos, y les da como una consigna, un resumen de todo lo que él ha hecho y quiere que sus amigos continúen. Aquellos amigos suyos, y todos los que vendrán después: nosotros.

¿Qué quiere decir la consigna de Jesús? La consigna nos la sabemos de memoria, y haríamos bien en repetírnosla cada mañana al levantarnos y meditarla: "Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros, como yo los he amado". Jesús empieza diciendo que esto es un mandamiento nuevo. Y era nuevo entonces, y podemos decir muy bien que lo es también ahora, y lo será siempre. ¿Por qué? Porque no es nuestro criterio común de actuación, ni el de nuestro mundo. Porque seguir el mandamiento de Jesús siempre comporta cambiar, convertirse, romper las maneras de vivir que llevamos metidas en nuestro interior. Comporta un volver a empezar continuamente, empezar siempre de nuevo. Nos iría muy bien, levantarnos cada mañana diciendo: Tenemos un mandamiento nuevo. Y recordar que este mandamiento nos lo dio Jesús el día en que se disponía a ‘morir’ por nosotros, el día en que se disponía a darlo todo a nuestro servicio. Si pensáramos esto, seguro que tendríamos muchas ganas de ser fieles a este mandamiento. El mandamiento de Jesús, el mandamiento nuevo, es: "Que se amen unos a otros". Amar quiere decir querer la felicidad del otro, y ser capaz de renunciar a cosas y posiciones mías para que el otro pueda ser feliz. Y cuando decimos "el otro", no pensamos sólo en los que tenemos más cerca, o en los que nos caen bien. Cuando decimos "el otro", nuestros ojos deben ir más allá, deben superar las barreras de la familia, o de los amigos, o del mismo país. Y han de saber descubrir, para combatirlas, muchas cosas: las envidias de nuestro corazón, las ganas de tener razón, las ganas de vivir bien sin pensar en nada más...; y las situaciones de injusticia, y las malas condiciones de trabajo de mucha gente, y las desigualdades, y el racismo y la guerra en Ucrania. Cuando Jesús nos llama a amar, nos llama a esto.

Y al final de todo, el mandamiento de Jesús acaba con unas palabras definitivas: "Como yo los he amado". Y él nos ha amado así: dándolo todo, dando la vida. Cuando hoy lo vemos lavando los pies de sus discípulos como señal de su entrega total, cuando esta noche lo podremos contemplar orando en Getsemaní, cuando mañana fijaremos nuestra mirada en su cruz, comprenderemos con mayor claridad que nunca lo que quieren decir sus palabras. ¿Y cómo seríamos nosotros capaces de llamarnos cristianos si no quisiéramos amar como él nos ha amado?

Jesús nos acompaña con la Eucaristía. Hoy, Jesús nos ha dejado un mandamiento nuevo. Pero nos ha dejado, a la vez, bien lo sabemos, el sacramento de su presencia por siempre entre nosotros. Su presencia que es alimento, fuerza, Espíritu de vida que nos ayuda a caminar, que nos hace amar. Cada domingo, semana tras semana, él viene a nosotros, él se nos da. Y nosotros, recibiéndolo, sentimos renovarse en nuestro interior las ganas de seguirle, la voluntad de amar como él nos ha amado. Celebremos, pues, esta Eucaristía del Jueves Santo con un gran espíritu de agradecimiento. Porque Jesús nos quiere como continuadores de su camino. Porque Jesús está por siempre con nosotros para alimentarnos y hacernos caminar. Porque Jesús también eligió a algunos como sus ministros para hacerse presente en su Cuerpo y Sangre, pan y vino consagrados. Por eso también HOY rezamos por las vocaciones sacerdotales.

Sugerencias...

Pasado, presente, futuro. La Eucaristía es a la vez el recuerdo más entrañable que tenemos de Jesús, y la presencia más intensa de su amor incalculable, y la promesa más cierta de nuestro futuro junto a él. La Eucaristía es memoria, presencia y profecía. Resumen perfecto de todas las ofrendas del Viejo Testamento; síntesis adorable de todas las finezas de Jesús con nosotros; pregustación suavísima de los gozos que sólo serán mejores en la eternidad.

Descanso. La Eucaristía es descanso para la vista, el oído, el paladar, el corazón y la mente. Descansa nuestra vista mirando al que es bello y fuente de belleza. Descansa nuestro oído recibiendo el eco de su palabra de gracia. Descansa nuestro paladar encontrando un sabor de amor que está lejos del hambre y del hastío. Descansa el corazón amando en la certeza de nunca ser defraudado. Descansa la mente descubriendo que la verdad última de nuestro ser es que hemos sido amados antes de ser creados, y amados para ser perdonados, y amados para tener vida eterna.

Comunión. La Eucaristía es comunión con Dios y con los hermanos. Comunión significa más que "común unión", es “común misión”. Tener comunión es entender el lenguaje del otro; saber de qué ríe, por qué llora, qué le preocupa y cómo se le consuela. Estar en comunión con Dios es vibrar con su amor por los pequeños, los pobres y los tristes; es llorar con las lágrimas de Jesús por los pecadores, los endurecidos y los crueles; es padecer con el corazón del Señor y derramar sobre el mundo gracia como la suya y mirada como la suya también. Estar en comunión es saber ir y volver del corazón del Amado. Es tener siempre una puerta abierta para el Amigo. Es cantar sus canciones y darle nuestras poesías. Es sentir que el tiempo se muere y que la eternidad amanece.

Inmaculada Madre Del Divino Corazón Eucarístico, ruega por nosotros.

lunes, 4 de abril de 2022

HOMILIA DOMINGO DE RAMOS EN LA PASION DEL SEÑOR cC (10 de abril 2022) GENTILEZA P. ANGEL

 DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR cC (10 de abril 2022)

PrimeraIsaías 50, 4-7; Salmo: Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Segunda: Filipenses 2, 6-11; Evangelio: Lucas 22, 14 – 23, 52

Nexo entre las LECTURAS


¡El dolor! Realidad histórica y designio de Dios, hoy manifestado muy claramente en la post-cuarentena, en la guerra Rusia-Ucrania y en tantos marginados del acceso a los bienes primarios. También, y mayor dolor aún, son las leyes a favor del aborto y la consecuente practica indiscriminada. Aquí está el centro del mensaje del Domingo de Ramos, el Siervo de Yahvéh (primera lectura) sufre golpes, insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el sentido del dolor. San Pablo, en el himno cristológico de la carta a los filipenses (segunda lectura), canta a Cristo que "se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo". En la narración de la pasión según san Lucas, Jesús afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un esclavo, pero sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello confía al Padre su espíritu. Por eso decimos con fe que EL DOLOR ES REDENTOR.

Temas...

El testamento. La institución de la Eucaristía, que también en los otros sinópticos constituye el preludio de la pasión, aparece aquí acompañada de una amplia declaración de Jesús que parece un testamento. Así a los discípulos se les confía la tarea de asumir la responsabilidad de velar por la venida del reino de Dios: «Yo les transmito el Reino»; pero esta tarea sólo puede ser asumida con el espíritu genuino de la autoridad de Jesús, que se distingue de todo ejercicio de poder mundano: el primero entre ustedes «pórtese como el menor», y el propio Jesús (que, aunque no lo diga, es el primero) está «en medio de nosotros como el que sirve». Pedro será el primero según el ministerio, pero sólo podrá ser el que sirve, el que «da firmeza a sus hermanos», cuando Jesús haya pedido por él, (que le negará tres veces). Lo que será en verdad el servicio de Jesús, se expresa con palabras del profeta Isaías: «Fue contado con los malhechores», y ahora sus enemigos tienen sobre él «el poder de las tinieblas». En la fuerza y la confianza su pasión no habría sido un sufrimiento completo, por eso Lucas describe de una manera tan realista la angustia del monte de los olivos.

Participación. Jesús sufre solo; los discípulos, representados por Pedro, no le acompañan. Los judíos, Pilato y Herodes se comportan como en los otros relatos. Pero únicamente en el relato de Lucas aparece un ángel en el monte de los olivos para animar a Jesús. Sólo puede tratarse de una confortación para mantenerse firme en la extrema debilidad, para soportar lo insoportable: tener que beber el cáliz de la ira de Dios contra el pecado. En el viacrucis lo siguen mujeres que lloran por él, pero Jesús las rechaza aludiendo a la suerte próxima e ineluctable de Jerusalén, que «no ha querido» (Lc 13,34) y por eso queda «abandonada» a su destino. Otra cosa es la acción de Simón de Cirene: aquí se trata de llevar la cruz al menos externamente, pero con las fuerzas de un hombre normal, que ciertamente son muy distintas de las del que ha sido flagelado casi hasta la muerte. Y finalmente otro hombre, uno de los malhechores crucificados con él, se vuelve hacia Jesús para dirigirle una auténtica súplica. Este sabe algo de la participación, está «en el mismo suplicio», pero distingue muy bien entre su sufrimiento, totalmente merecido, y el sufrimiento totalmente distinto «del que no ha faltado en nada». Aquí algo de la gracia divina del sufrimiento de la cruz puede fluir ya hacia un recipiente preparado. Y sigue fluyendo tras la muerte de Jesús: el centurión es tocado por la gracia, e incluso se dice que «toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho».

Palabras de salvación. Mientras que Mateo y Marcos sólo refieren el grito del abandono («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»), las palabras que Lucas pone en boca de Jesús en la cruz son de otro tenor. Son como la traducción en palabras pronunciadas de lo que el Verbo de Dios opera y siente esencialmente en su pasión. Primero la súplica al Padre: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Los judíos están ciegos, no reconocen a su Mesías; los paganos hacen lo que repiten miles de veces por imperativos profesionales: crucificar a un presunto malhechor por orden de la autoridad militar. Nadie sabe quién es Jesús en realidad. La súplica de Jesús quiere ‘disculpar’ a los culpables y encuentra razones para ello. Las palabras dirigidas al buen ladrón son una parte de la gracia del perdón merecido mediante la cruz. Las palabras pronunciadas inmediatamente antes de morir: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu», sustituyen al grito del abandono (en Mt y Mc): aunque el Hijo ya no siente al Padre y no percibe el “calor de sus manos”, Jesús no tiene ningún otro sitio donde reclinar su cabeza, donde recostarse en el momento de la entrega total. En las palabras de Jesús en la cruz, Lucas hace irradiar visiblemente algo de la gracia que Jesús adquiere para nosotros con su pasión.

Sugerencias...

El Día en que Cristo aceptó que es Rey. Nuestro Señor y Divino Salvador no aceptó la aclamación de las multitudes que pretendían hacerlo rey después de ver sus asombrosos milagros (cf. Jn 6,15). No quiso una corona cuando todos exclamaban: "¡todo lo hace bien!" (Mc 7,37). Huyó a la montaña muchas veces y a menudo se refugió en la oración y la intimidad con Dios, su Padre (Mt 14,23). En todas esas ocasiones, cuando hubiera sido sencillísimo y casi natural proclamarse Hijo de David y sucesor del trono para liberar a Israel, guardó silencio, se ocultó discreto, oró en lo escondido, se apartó de las aclamaciones y los vítores. Pero hubo un día en que aceptó el aplauso y no huyó de la ovación de su pueblo. Un día Cristo aceptó ‘ser rey’, y selló su destino, cambió la historia y abrió un futuro para el universo entero con el gesto humilde y noble que hoy contemplamos: miremos todos, asómbrese el mundo, cante Judá y no calle Israel: Jesús, el Nazareno, es el Rey, y manso entra en la ciudad de David rodeado de humilde corte.

¿Por qué esta vez el Señor aceptó lo que antes rechazaba? ¿Por qué nos parece que se deja envolver en el entusiasmo de aquella multitud que, por fin, puede dar rienda suelta a su afecto y emoción? Es que bien sabía Jesús qué cosa le esperaba después de esos aplausos y cuánto cambiarían esas voces en cuestión de horas. Percibía su corazón el odio exacerbado de aquellos que veían en Él un peligro para sus intereses. Sabía que los poderosos, tantas veces fustigados por el verbo del Verbo, terminarían por unirse, aunque sólo fuera para estar de acuerdo en quitarlo de en medio. Y en cuanto a sus discípulos, entendía cuán frágil era su amor, así le juraran lo contrario. Comprendía entonces que las cotas más altas de la maldad brotarían con inusitado ímpetu de uno a otro momento, y sabía que ser rey, en medio de semejante torbellino de pasiones y venganzas, más que un honor era un acto de compasión, una obra de misericordia, una manifestación, la última y más perfecta, de su amor inextinguible.

Rostro de la Semana Santa. Este día, Domingo que introduce la celebración de los misterios más hondos y bellos de nuestra fe, es como el frontispicio (el anticipo, el rostro verdadero) desde el que ya vemos la grandeza que nos espera en la semana que comienza. Y por eso la Iglesia, después de invitarnos a cantar aclamaciones al Mesías Pacífico y verdadero Rey, nos invita a mirar en un solo y maravilloso conjunto qué fue lo que entonces sucedió, para que nuestros oídos se acostumbren a la música de drama y de amor que es la Pasión del Señor. Es bueno oír así de una sola vez la Pasión para entender que fue Uno solo el que todo sufrió y Uno solo el que todo venció. Fue Uno solo el que cargó con nuestras culpas y Uno solo el que las arrojó a lo hondo del mar. Uno solo venció a nuestro enemigo, Uno solo triunfó sobre la muerte, Uno solo nos amó hasta el extremo, Uno solo nos dio el perdón, la paz, la gracia y la vida que no acaba. Uno solo: Jesucristo, el Hijo del Dios vivo.

Miremos, pues, con ojos de gratitud y escuchemos con oídos de discípulo el sublime testimonio de este relato. Nada hay semejante en las páginas o escritos de esta tierra. Nada se compara a la altura de ese perdón que, como en cascada, cae desde la Cruz para hacer un nuevo diluvio, no de venganza y castigo, sino de misericordia y de gracia. Nada tan útil y saludable como esta historia de redención, la única que será de nuestro interés cuando nuestros ojos se cierren a las vanidades de esta tierra y tengan que abrirse, para gloria o condena, en la eternidad.

María, Madre de Cristo y de la Iglesia, ruega por nosotros.

martes, 29 de marzo de 2022

HOMILIA Quinto Domingo de CUARESMA cC (3 de abril 2022) P.ANGEL

 Quinto Domingo de CUARESMA cC (3 de abril 2022)

PrimeraIsaías 43, 16-21; Salmo: Sal 125, 1-6; Segunda: Filipenses 3, 8-14; Evangelio: Juan 8, 1-11

Nexo entre las LECTURAS… Temas… (cfr.: Benedicto XVI)

La palabra de Dios que acabamos de escuchar, y que resuena con singular elocuencia en nuestro corazón durante este tiempo cuaresmal, nos recuerda que nuestra peregrinación terrena está llena de dificultades y pruebas, como el camino del pueblo elegido a lo largo del desierto antes de llegar a la tierra prometida. Pero, como asegura Isaías en la primera lectura, la intervención divina puede facilitarlo, transformando el desierto en un país confortable y rico en aguas (cf. Is 43, 19-20).

El salmo responsorial se hace eco del profeta:  a la vez que recuerda la alegría del regreso del exilio babilónico, invoca al Señor para que intervenga en favor de los «cautivos», que al ir van llorando, pero vuelven llenos de júbilo, porque Dios está presente y, como en el pasado, hará también en el futuro «grandes hazañas en favor nuestro».

Esta misma confianza, esta esperanza en que después de tiempos difíciles el Señor manifieste siempre su presencia y su amor, debe animar a toda comunidad cristiana a la que su Señor ha dotado de abundantes provisiones espirituales para atravesar el desierto de este mundo y transformarlo en un vergel florido. Estas provisiones son (1) la escucha dócil de su Palabra, (2) los sacramentos y todos los demás recursos espirituales de la liturgia y de (3) la oración personal. En definitiva, la verdadera provisión es su amor. El amor que impulsó a Jesús a inmolarse por nosotros nos transforma y nos capacita para seguirlo fielmente.

En la línea de lo que la liturgia nos propuso el Domingo pasado, la página evangélica de hoy nos ayuda a comprender que sólo el amor de Dios puede cambiar desde dentro la existencia del hombre y, en consecuencia, de toda sociedad, porque sólo su amor infinito lo libra del pecado, que es la raíz de todo mal. Si es verdad que Dios es justicia, no hay que olvidar que es, sobre todo, amor:  si odia el pecado, es porque ama infinitamente a toda persona humana. Nos ama a cada uno de nosotros, y su fidelidad es tan profunda que no se desanima ni siquiera ante nuestro rechazo. Hoy, en particular, Jesús nos invita a la conversión interior:  nos explica por qué perdona, y nos enseña a hacer que el perdón recibido y dado a los hermanos sea el «pan nuestro de cada día».

El pasaje evangélico narra el episodio de la mujer adúltera en dos escenas sugestivas:  en la primera, asistimos a una disputa entre Jesús, los escribas y fariseos acerca de una mujer sorprendida en flagrante adulterio y, según la prescripción contenida en el libro del Levítico (cf. Lv 20, 10), condenada a la lapidación. En la segunda escena se desarrolla un breve y conmovedor diálogo entre Jesús y la pecadora. Los despiadados acusadores de la mujer, citando la ley de Moisés, provocan a Jesús —lo llaman «maestro» (Didáskale)—, preguntándole si está bien lapidarla. Conocen su misericordia y su amor a los pecadores, y sienten curiosidad por ver cómo resolverá este caso que, según la ley mosaica, no dejaba lugar a dudas.

Pero Jesús se pone inmediatamente de parte de la mujer; en primer lugar, escribiendo en la tierra palabras misteriosas, que el evangelista no revela, pero queda impresionado por ellas; y después, pronunciando la frase que se ha hecho famosa: «Aquel de ustedes que esté sin pecado (usa el término anamártetos, que en el Nuevo Testamento solamente aparece aquí), que arroje la primera piedra» (Jn 8, 7) y comience la lapidación. San Agustín, comentando el evangelio de san Juan, observa que «el Señor, en su respuesta, respeta la Ley y no renuncia a su mansedumbre». Y añade que con sus palabras obliga a los acusadores a entrar en su interior y, mirándose a sí mismos, a descubrir que también ellos son pecadores. Por lo cual, «golpeados por estas palabras como por una flecha gruesa como una viga, se fueron uno tras otro» (In Io. Ev. tract. 33, 5).

Así pues, uno tras otro, los acusadores que habían querido provocar a Jesús se van, «comenzando por los más viejos». Cuando todos se marcharon, el divino Maestro se quedó solo con la mujer. El comentario de san Agustín es conciso y eficaz: «relicti sunt duo:  misera et misericordia», «quedaron sólo ellos dos:  la miserable y la misericordia» (ib.).

Sugerencias...

- Detengámonos a contemplar esta escena, donde se encuentran frente a frente la miseria del hombre y la misericordia divina, una mujer acusada de un gran pecado y Aquel que, aun sin tener pecado, cargó con nuestros pecados, con los pecados del mundo entero. Él, que se había puesto a escribir en la tierra, alza ahora los ojos y encuentra los de la mujer. No pide explicaciones. No es irónico cuando le pregunta: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» (Jn 8, 10). Y su respuesta es conmovedora: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más» (Jn 8, 11). San Agustín, en su comentario, observa: «El Señor condena el pecado, no al pecador. En efecto, si hubiera tolerado el pecado, habría dicho: «Tampoco yo te condeno; vete y vive como quieras… Por grandes que sean tus pecados, yo te libraré de todo castigo y de todo sufrimiento». Pero no dijo eso» (In Io. Ev. tract. 33, 6). Dice: «Vete y no peques más».

- La palabra de Dios que hemos escuchado nos ofrece indicaciones concretas para nuestra vida. Jesús no entabla con sus interlocutores una discusión teórica sobre el pasaje de la ley de Moisés:  no le interesa ganar una disputa académica a propósito de una interpretación de la ley mosaica; su objetivo es salvar un alma y revelar que la salvación sólo se encuentra en el amor de Dios. Para esto vino a la tierra, por esto morirá en la cruz y el Padre lo resucitará al tercer día. Jesús vino para decirnos que quiere que todos vayamos al paraíso, y que el infierno, del que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para los que cierran el corazón a su amor.

- En este episodio comprendemos que nuestro verdadero enemigo es el apego al pecado, que puede llevarnos al fracaso de nuestra existencia. Jesús despide a la mujer adúltera con esta consigna: «Vete, y en adelante no peques más». Le concede el perdón, para que «en adelante» no peque más. En un episodio análogo, el de la pecadora arrepentida, que encontramos en el evangelio de san Lucas (cf. Lc 7, 36-50), acoge y dice «vete en paz» a una mujer que se había arrepentido. Aquí, en cambio, la adúltera recibe simplemente el perdón de modo incondicional. En ambos casos —el de la pecadora arrepentida y el de la adúltera— el mensaje es único. En un caso se subraya que no hay perdón sin arrepentimiento, sin deseo del perdón, sin apertura de corazón al perdón. Aquí se pone de relieve que sólo el perdón divino y su amor recibido con corazón abierto y sincero nos dan la fuerza para resistir al mal y «no pecar más», para dejarnos conquistar por el amor de Dios, que se convierte en nuestra fuerza. De este modo, la actitud de Jesús se transforma en un modelo a seguir por toda comunidad, llamada a hacer del amor y del perdón el corazón palpitante de su vida.

- En el camino cuaresmal que estamos recorriendo y que se acerca rápidamente a su fin, nos debe acompañar la certeza de que (a) Dios no nos abandona jamás y que (b)su amor es manantial de alegría y de paz; es la fuerza que nos impulsa poderosamente por el camino de la santidad y, si es necesario, también hasta el martirio.

- Que, por su intercesión, el Señor os conceda encontraros cada vez más profundamente con Cristo y seguirlo con dócil fidelidad, para que, como sucedió al apóstol san Pablo, también nosotros podamos proclamar con sinceridad: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Flp 3, 8).

Que el ejemplo y la intercesión de los santos sean, para todos, un estímulo constante a seguir el sendero del Evangelio sin titubeos y sin componendas. Que nos obtenga esta generosa fidelidad la Virgen María, a quien contemplamos en el misterio de la Anunciación y a la que somos encomendados siempre con san José.

domingo, 20 de marzo de 2022

HOMILIA Cuarto Domingo de CUARESMA cC (27 de marzo 2022) P. ANGEL


 Cuarto Domingo de CUARESMA cC (27 de marzo 2022)

PrimeraJosué 5, 9.10-12; Salmo: Sal 33, 2-7; Segunda: 2Cor 5, 17-21; Evangelio: Lucas 15, 1-3.11-32

Nexo entre las LECTURAS

"Déjense reconciliar con Dios", he aquí una clave de lectura de los textos litúrgicos de este Domingo de cuaresma. En la primera lectura Dios se reconcilia con su pueblo, concediéndole entrar en la tierra prometida, después de cuarenta años de vagar sin rumbo por el desierto. En la parábola evangélica el padre se reconcilia con el hijo menor, y, aunque no parece tan claramente, también con el hijo mayor. Finalmente, en la segunda lectura, san Pablo nos enseña que Dios nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación. El Salmo 33 es un canto de acción de gracias. Son muchos los beneficios que, con el salmista, hemos recibido del Señor y nos vemos en la necesidad de agradecérselos. En tantos momentos, especialmente en las pruebas de la vida, hemos visto la mano bondadosa de Dios, su fidelidad, su solicitud, por eso expresamos, toda nuestra gratitud a Dios providente.

Temas...

Deja el pecado, porque Él no te va a dejar. "Conviértete", esta fue la voz que escuchamos el primer día de cuaresma, cuando recibimos la ceniza sobre nuestra cabeza, como señal de la humildad que es propia de este tiempo litúrgico. Pues bien, el evangelio de hoy es quizá la más bella pintura de ese proceso de la conversión: el hijo más pequeño de este padre amoroso finalmente dejó el pecado y volvió a casa. Cuanto más meditamos en cada detalle y aspecto de esta parábola, más vemos que la propia vida queda retratada ante nuestros ojos.

Uno que acoge a los pecadores. Todo empezó con las críticas de los fariseos: "Este anda con pecadores..." Ellos hablaban así como un modo ácido de descalificar a Jesús y a su ministerio. Podríamos traducir su murmuración con estas palabras: "¿Cómo podría este hombre ser un verdadero profeta, y no hablemos del Mesías? ¡Mira nada más con quiénes le gusta andar!" La parábola del hijo pródigo y del padre compasivo es una gran respuesta a estas críticas, como si Cristo les estuviera diciendo: "¿Y es que Dios podría ser de otro modo? ¿Esperarías menos de Dios?"

Descubriendo nuestros límites y la verdad de lo que somos. El hijo menor pidió su parte en la herencia, es decir, pidió su herencia, con lo cual estaba tratando a su papá como si hubiera muerto. Impaciente, como suele suceder en la juventud, este hijo no quería perder un solo día de entretenimiento y disfrute. Como consecuencia, prefirió los bienes del papá al papá. Es un retrato detestable pero realista del pecado: cada vez que pecamos, en efecto, estamos escogiendo a las creaturas y rechazando al Creador.

Este joven poco a poco fue llevado a reconocer sus límites, ya no como algo impuesto desde fuera, como por ejemplo, por las reglas de la casa paterna, sino como algo que existe en la medida en que nosotros mismo existimos. Él aprendió que tenemos una naturaleza y que existen límites naturales, en el sentido de que no podemos producir una reserva infinita de dinero o de placer sólo con desearlo. Esta es la primera conversión y la más fundamental de todas: no somos Dios, y si jugamos a ser Dios terminamos destruyéndonos a nosotros mismos y seguramente destruyendo también a la gente alrededor.

Una vez que descubrimos nuestros límites podemos tomar uno de dos caminos: rebelión, ira y desesperación, por un lado; humildad, contrición y conversión por el otro. Felizmente, el muchacho de la parábola tomó este segundo camino, el de la vuelta a casa, y encontró los brazos abiertos de su padre amoroso, una imagen llena de ternura que describe bien cómo Dios misericordioso está aguardando por cada uno de nosotros.

¿Y el Hermano Mayor? Debemos decir una palabra sobre el hermano mayor. Sabemos que representa ante todo la actitud recelosa y agria de los fariseos. Sin embargo, ahí no acaba todo. Es bien posible que represente también algo de nosotros y nuestros egoísmos y desconfianzas, de nuestros celos y mezquindades. Podemos preguntarnos, en realidad, si nosotros celebramos la misericordia de Dios cuando llega a las vidas de los demás, sobre todo si esos "demás" son nuestros ‘enemigos’, ‘rivales’ o ‘gente extraña’.

Mientras conservamos, pues, delante de nuestros ojos, la imagen preciosa del Dios que perdona y se compadece, pidámosle que nos dé de su Espíritu Santo para amar como Él ama. Sea ese el fruto de esta cuaresma.

Sugerencias... (somos Iglesia servidora y misericordiosa… sinodal y no poderosa)

El largo camino de la reconciliación. Reconciliarse es hermoso, pero puede llegar a ser duro y difícil, arduo. Pide un cambio, y como todo cambio en la vida exige romper esquemas y modelos hechos, dejar caminos usados, abrir nuevas brechas, cultivar (pastoralmente) nuevos campos. En definitiva, salir de nuestra dulce comodidad y rutina, y lanzarnos a vivir día tras día en la ruta nueva que Dios nos va trazando, ruta de donación y amor desinteresados dice el Papa… salir a la periferia… hacer lío. Reconciliarse con Dios, reconciliarse con los demás, implica estar dispuesto a mirar el pasado con ojos de arrepentimiento y a dejarlo sin miramientos, por más que nos siga siendo atractivo. Para reconciliarse de verdad con Dios y con nuestros hermanos, hay que acudir al sacramento de la reconciliación, recibir el perdón de Dios y... ¡santas pascuas! Y esto es el nuevo comienzo... y sigue el trabajo diario y constante por arrancar del alma las causas profundas, a veces muy ocultas, del distanciamiento, de la desavenencia y de la lejanía de Dios, y cualquier signo de ellos en nuestra conducta. Ahora viene la labor tenaz por conquistar nuestro corazón y nuestra vida para el amor, la concordia, la avenencia y la armonía filiales para con Dios y fraternas para con los hombres. Todo hombre, si es sincero consigo mismo, se da cuenta de que está necesitado, en un mayor o menor grado, de reconciliación. Reconcíliate tú primero, y luego ayuda a los demás a conseguir una auténtica reconciliación.

Una Iglesia reconciliada y reconciliadora. El Papa nos ha enseñado con su ejemplo a no tener ningún reparo en pedir perdón. La Iglesia es santa, pero sus hijos somos pecadores. Y los pecados de los hijos dejan huella en el rostro de la Iglesia. Por eso, el sacerdote, en nombre de la Iglesia y como representante suya, cada día en la Santa Misa la reconcilia con Dios. Por otra parte, la Iglesia, en cuanto comunidad de los que creen en Cristo Señor, es muy consciente de las divisiones y de los contrastes, de las diferencias y desarmonías doctrinales y prácticas que bullen en su seno. Se han dado algunos pasos en el camino de la reconciliación. Quedan muchos todavía. Hay que seguir avanzando en la reconciliación entre diversas comunidades eclesiales, entre los miembros de una misma comunidad eclesial, entre diversas órdenes, congregaciones o institutos religiosos, entre diversas diócesis... Sólo una Iglesia reconciliada verticalmente con Dios y horizontalmente con sus hermanos en la fe, podrá ser fermento de reconciliación en la sociedad. ¿Vives reconciliado con Dios? ¿Es tu parroquia una parroquia internamente reconciliada? ¿Eres agente de reconciliación en tu familia y en el ambiente de trabajo?

De la Iglesia para la Iglesia. P. Angel 

lunes, 14 de marzo de 2022

PADRE ANGEL HOMILIA DEL TERCER DOMINGO DE CUARESMA (20 DE ABRIL DE 2022)

 

Tercer Domingo de CUARESMA cC (20 de marzo 2022)

Primera: Éxodo 3, 1-8.13-15; Salmo: Sal 102, 1-4. 6-8. 11; Segunda: 1Corintios 10, 1-6.10-12; Evangelio: Lucas 13, 1-9

Nexo entre las LECTURAS

Nos parece que el nexo está en la paciencia de Dios que nos conmueve. Frente al pecado y al pecador (evangelio) existe una paciencia misericordiosa de Dios y nos lleva a poner manos a la obra para empezar desde hoy mismo nuestra conversión. Es lo que parece más importante en el relato de Lucas: la paciente misericordia del Señor. La primera lectura confirma esta impresión. La teofanía en forma de fuego y el diálogo entre el Señor así presente y Moisés subraya esta inmensa piedad del Dios de Israel: "He visto la opresión de mi pueblo en Egipto..., me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a liberarlos..." He ahí toda la lección de Éxodo 3,1... 15. El salmo 102, tomado como canto responsorial, canta la ternura y el amor de este Dios: "El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia...". La carta de Pablo a los Corintios (1 Co. 10,1... 12) se inscribe en la misma línea. Se trata en ella de la ruta del desierto y de la diversa suerte de los que caminan. Todos atravesaron el mar Rojo, fueron unidos a Moisés como por un bautismo en la nube y en el mar, todos comieron el mismo alimento espiritual. Pablo nos invita a estar atentos y mantenernos en pie.

Temas... Sugerencias...

El Señor está con nosotros, HOY, COMO CUALQUIER DOMINGO, hemos venido a celebrar la Misa. Quizá con más o menos ganas. Como cada Domingo hemos escuchado la lectura de la Escritura. Quizá con más o menos atención. Renovaremos los signos que Jesús nos dejó como memorial de su entrega. Y bastantes (ojalá fueran cada vez más) participaremos en su alimento de vida. En síntesis: nosotros venimos con más o menos ganas, hacemos mejor o peor ciertos actos. Pero no celebramos nuestras ganas o nuestros actos. Tal vez, este fin de semana con mas angustias por la guerra, por los salarios que no alcanzan, por lo caro que están los alimentos, por muchas cosas… también porque no acabamos de convertirnos y ser santos como nos pide Dios. Lo más importante aquí no somos nosotros SINO LA PRESENCIA ACTIVA DE DIOS entre nosotros. Es esta presencia la que celebramos. De ahí que iniciemos nuestra reunión con aquellas palabras que a menudo repetimos: "El Señor esté con ustedes". Como expresión de nuestra fe: "El Señor ESTA con nosotros". Nosotros podemos venir más o menos animados y podemos celebrar “mejor o peor”; pero el Señor no falta nunca a la cita, Él está siempre presente y activo en nuestra reunión. Nosotros somos siempre -más o menos- pecadores; pero Dios es siempre –del todo– nuestro Salvador.

El nombre de nuestro Dios. Hace siglos, muchos siglos, cuando el pueblo judío buscaba qué era, quién era su Dios, halló UNA RESPUESTA QUE CONTINUA VIGENTE para nosotros. A veces los hombres (y quizá especialmente los cristianos) nos imaginamos que sabemos muchas cosas de Dios. Pero a menudo olvidamos lo más importante: aquello que halló el pueblo judío, el nombre con el que se reveló Dios. MOISÉS -dice el libro sagrado-, antes de iniciar su hazaña de liberador del pueblo esclavizado, quiere saber quién es aquél que guiará su obra. La respuesta que Dios da -según el libro sagrado- es muy significativa. Dice: YO SOY EL QUE ESTARÉ CON USTEDES, el que está con ustedes: yo soy el que es en ustedes, el que interviene, el que salva. De eso hace miles de años. Pero nuestro Dios sigue siendo el mismo, tiene EL MISMO NOMBRE: No es un Señor escondido allí arriba en el cielo, juez imperturbable, tranquilo en su serena eternidad... nuestro Dios es el que está con nosotros, el que es presente y activo en nuestra vida. Si no creemos en este Dios que "está con nosotros" –como rezamos y celebramos en cada Misa–, no creemos en el Dios que nos reveló Jesucristo. Porque eso es lo que nos revela Jesucristo de DIOS: que SE INJERTA en nuestra vida -aunque sea una vida de pecadores- para INJERTARNOS en su vida de amor total.

El Dios impotente: Sin embargo, todo esto es sólo UN ASPECTO. Hay otro: este mismo Dios presente y activo en nuestro camino, es un Dios ‘impotente’. Quiero decir que SU ACCIÓN NECESITA DE NUESTRA RESPUESTA. Sin ella nada puede. Es lo que hemos escuchado en el evangelio. Si nosotros no nos abrimos a esta acción de Dios (si no nos CONVERTIMOS), Dios es impotente. El fruto que Él espera, si no lo damos nosotros, Él no puede forzar. Si nos encerramos en nuestro pecado, Él nada puede hacer.

Por eso el evangelio nos presenta simultáneamente –y no podemos olvidar uno u otro aspecto– la IMPACIENCIA de Dios y su PACIENCIA. O, con otras palabras, su exigencia y su esperanza. Dios quiere que demos fruto, que su amor fructifique en nosotros, y no se contenta con respuestas hipócritas. Pero, al mismo tiempo, Dios nunca pierde la esperanza, confía siempre que nos abriremos a su llamada y así daremos fruto de vida. Dios espera que confiemos más en su amor y que no nos atormentemos con nuestro pecado y lo dirá solemnemente en la Vigilia Pascual del sábado 16 de abril de 2022.

Una respuesta insuficiente. También fijémonos aún en lo que nos ha recordado san Pablo: hay una posible respuesta insuficiente, hipócrita. Es la respuesta superficial, que NO LLEGA AL CORAZÓN de nuestra vida. No basta decir: "Soy cristiano, tengo fe, estoy bautizado, cumplo, comulgo, no robo ni mato, no soy como éste o aquél..." (Como tampoco para muchos judíos fue suficiente pasar el mar Rojo, comer el maná, creerse el pueblo de Dios...). Jesucristo lo dice con claridad: "Si no se convierten, todos acabarán de la misma manera". No tengamos miedo hoy –en este Domingo de Cuaresma– de mirar qué exige de cada uno de nosotros esta llamada a la conversión. Convertirse ES NO QUEDARSE ESTÉRIL, seco y muerto, Es LIBERARNOS del mal que hay en nosotros PARA ABRIRNOS a la vida de Dios. Del Dios que nos espera en el camino cotidiano de cada uno. Si participamos en la eucaristía es PARA DAR FRUTO. Fruto según la palabra de Dios: fruto de amor, de lucha por la justicia, de fe en la verdad, de aprender a vivir como hijos del Padre que es bueno. Repasar los mandamientos y las obras de misericordia… y empezar CON DETERMINACIÓN a practicarlas… leer diariamente la Biblia, al menos los Evangelios, las cartas de San Pablo… rezar el Rosario, el Vía Crucis, practicar la oración – el ayuno – la limosna…

 

martes, 1 de marzo de 2022

Homilia MIÉRCOLES DE CENIZA (02 de marzo de 2022)

MIÉRCOLES DE CENIZA (02 de marzo de 2022)

PrimeraJoel 2, 12-18; Salmo: Sal 50, 3-6a. 12-14. 17; Segunda: 2Corintios 5, 20 – 6,2; Evangelio: Mateo 6, 1-6.16-18

Hoy empezamos un camino que durará noventa días. La Cuaresma y la Pascua las vivimos en un único y dinámico movimiento, desde hoy hasta el 5 de junio, Pentecostés:  Cristo Jesús nos quiere comunicar, en este año 2022, su vida nueva de Resucitado.

Nexo entre las LECTURAS. Temas... (cfr. Benedicto XVI)

Comenzamos el camino cuaresmal: un camino que dura cuarenta días y que nos lleva a la alegría de la Pascua del Señor. En este itinerario espiritual no estamos solos, porque la Iglesia nos acompaña y nos sostiene desde el principio con la Palabra de Dios, que encierra un programa de vida espiritual y de compromiso penitencial, y con la gracia de los Sacramentos.

Las palabras del Apóstol san Pablo nos dan una consigna precisa: "Los exhortamos a que no reciban en vano la gracia de Dios... Miren ahora el momento favorable; miren ahora el día de salvación" (2 Co 6, 1-2). De hecho, en la visión cristiana de la vida habría que decir que cada momento es favorable y cada día es día de salvación, pero la liturgia de la Iglesia refiere estas palabras de un modo totalmente especial al tiempo de Cuaresma. Que los cuarenta días de preparación de la Pascua son tiempo favorable y de gracia lo podemos entender precisamente en la llamada que el austero rito de la imposición de la ceniza nos dirige y que se expresa, en la liturgia, con dos fórmulas: "Conviértanse y crean en el Evangelio", "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás".

- La primera exhortación es a la conversión, una palabra que hay que considerar en su extraordinaria seriedad, dándonos cuenta de la sorprendente novedad que implica. En efecto, la llamada a la conversión revela y denuncia la fácil superficialidad que con frecuencia caracteriza nuestra vida. Convertirse significa cambiar de dirección en el camino de la vida: pero no con un pequeño ajuste, sino con un verdadero cambio de sentido. Conversión es ir contracorriente, donde la "corriente" es el estilo de vida superficial, incoherente e ilusorio que a menudo nos arrastra, nos domina y nos hace esclavos del mal, o en cualquier caso prisioneros de la mediocridad moral. Con la conversión, en cambio, aspiramos a la medida alta de la vida cristiana, nos adherimos al Evangelio vivo y personal, que es Jesucristo. La meta final y el sentido profundo de la conversión es su persona, Él es la senda por la que todos están llamados a caminar en la vida, dejándose iluminar por su luz y sostener por su fuerza que mueve nuestros pasos. De este modo la conversión manifiesta su rostro más espléndido y fascinante: no es una simple decisión moral, que rectifica nuestra conducta de vida, sino una elección de fe, que nos implica totalmente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna manera sólo conectadas entre sí, sino que expresan la misma realidad. La conversión es el "sí" total de quien entrega su existencia al Evangelio, respondiendo libremente a Cristo, que antes se ha ofrecido al hombre como camino, verdad y vida, como el único que lo libera y lo salva. Este es precisamente el sentido de las primeras palabras con las que, según el evangelista san Marcos, Jesús inicia la predicación del "Evangelio de Dios": "El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en el Evangelio" (Mc 1, 15).

- El " conviértanse y crean en el Evangelio" no está sólo al inicio de la vida cristiana, sino que acompaña todos sus pasos, sigue renovándose y se difunde ramificándose en todas sus expresiones. Cada día es momento favorable y de gracia, porque cada día nos impulsa a entregarnos a Jesús, a confiar en Él, a permanecer en Él, a compartir su estilo de vida, a aprender de Él el amor verdadero, a seguirlo en el cumplimiento diario de la voluntad del Padre, la única gran ley de vida. Cada día, incluso cuando no faltan las dificultades y las fatigas, los cansancios y las caídas, incluso cuando tenemos la tentación de abandonar el camino del seguimiento de Cristo y de encerrarnos en nosotros mismos, en nuestro egoísmo, sin darnos cuenta de la necesidad que tenemos de abrirnos al amor de Dios en Cristo, para vivir la misma lógica de justicia y de amor. "Hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo "mío", para darme gratuitamente lo "suyo". Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Gracias al amor de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia "mayor", que es la del amor (cf. Rm 13, 8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que se pueda esperar".

- El momento favorable y de gracia de la Cuaresma también nos muestra su significado espiritual mediante la antigua fórmula: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás", que el sacerdote pronuncia cuando impone sobre nuestra cabeza un poco de ceniza. Nos remite así a los comienzos de la historia humana, cuando el Señor dijo a Adán después de la culpa original: "Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado; porque eres polvo y al polvo volverás" (Gn 3, 19). Aquí la Palabra de Dios nos recuerda nuestra fragilidad, más aún, nuestra muerte, que es su forma extrema. Frente al miedo innato del fin, y más aún en el contexto de una cultura que de muchas maneras tiende a censurar la realidad y la experiencia humana de la muerte, la liturgia cuaresmal, por un lado, nos recuerda la muerte invitándonos al realismo y a la sabiduría; pero, por otro, nos impulsa sobre todo a captar y a vivir la novedad inesperada que la fe cristiana irradia en la realidad de la muerte misma.

El hombre es polvo y al polvo volverá, pero a los ojos de Dios es polvo precioso, porque Dios ha creado al hombre destinándolo a la inmortalidad. Así la fórmula litúrgica "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás" encuentra la plenitud de su significado en referencia al nuevo Adán, Cristo. También Jesús, el Señor, quiso compartir libremente con todo hombre la situación de fragilidad, especialmente mediante su muerte en la cruz; pero precisamente esta muerte, colmada de su amor al Padre y a la humanidad, fue el camino para la gloriosa resurrección, mediante la cual Cristo se convirtió en fuente de una gracia donada a quienes creen en Él y de este modo participan de la misma vida divina. Esta vida que no tendrá fin comienza ya en la fase terrena de nuestra existencia, pero alcanzará su plenitud después de "la resurrección de la carne". El pequeño gesto de la imposición de la ceniza nos desvela la singular riqueza de su significado: es una invitación a recorrer el tiempo cuaresmal como una inmersión más consciente e intensa en el misterio pascual de Cristo, en su muerte y resurrección, mediante la participación en la Eucaristía y en la vida de caridad, que nace de la Eucaristía y encuentra en ella su cumplimiento. Con la imposición de la ceniza renovamos nuestro compromiso de seguir a Jesús, de dejarnos transformar por su misterio pascual, para vencer el mal y hacer el bien, para hacer que muera nuestro "hombre viejo" vinculado al pecado y hacer que nazca el "hombre nuevo" transformado por la gracia de Dios.

- Invoquemos con particular confianza la protección y la ayuda de la Virgen María. Que ella, la primera creyente en Cristo, nos acompañe en estos cuarenta días de intensa oración y de sincera penitencia, para llegar a celebrar, purificados y completamente renovados en la mente y en el espíritu, el gran misterio de la Pascua de su Hijo.

¡Feliz Cuaresma a todos!

Sugerencias...

Desde hoy, se debe notar que vivimos la primera parte de este "tiempo fuerte", la Cuaresma, acompañando a Cristo en su camino a la Cruz y a la Pascua. El ambiente nos lo tiene que recordar: el color morado de los vestidos, la ausencia de flores y el silencio del Gloria, del aleluya y de los instrumentos musicales. La plegaria eucarística podría ser hoy la primera de Reconciliación.  El gesto simbólico específico es hoy la imposición de la ceniza, después de la celebración de la Palabra. Un gesto bíblico que puede resultar expresivo si se hace bien. La ceniza es polvo, símbolo de la caducidad humana, una invitación a la humildad y la conversión. El sacerdote también se impone la ceniza (o se la impone otro): también él empieza el camino pascual con la conversión.

Se podría hacer un doble gesto simbólico: el sacerdote impone la ceniza diciendo a cada uno: "Acuérdate que eres polvo...". Y luego los fieles pasan a que otra persona les ofrezca a besar el Leccionario (o lo toquen con la mano y se santigüen), mientras les dice las otras palabras del Misal: "Conviértete y cree en el Evangelio" (mejor en singular). Resulta más expresivo de la doble dimensión de la Cuaresma.

Hoy, tanto las lecturas como las oraciones y cantos, nos proponen con insistencia un programa de conversión pascual: "conviértete y cree en el evangelio", "que nos mantengamos en espíritu de conversión" (colecta), "conviértete a mí de todo corazón" (Joel), “misericordia, Señor, hemos pecado" (salmo), "déjense reconciliar con Dios" (Pablo).

Clásicamente, las "prácticas cuaresmales" se han formulado según el triple programa que hoy nos ofrece Jesús en el evangelio: la limosna, la oración y el ayuno. La limosna es la apertura a los demás; La oración es la apertura a Dios; El ayuno es la renuncia a tantas cosas superfluas a que nos invita la sociedad de consumo en la que vivimos.

Las tres direcciones resumen toda nuestra existencia: cara a nosotros mismos: nos controlamos más; cara a Dios: nos abrimos a Él y le tenemos más en cuenta en nuestro programa de vida; cara a los demás: nos comprometemos más en la caridad fraterna. Cada uno debería pensar en qué aspectos concretos de las tres direcciones necesita mejorar en la Cuaresma–Pascua de este año 2022.

María, Madre de misericordia, ¡ruega por nosotros!

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...