lunes, 27 de julio de 2020
HOMILIA Domingo decimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cA (02 de agosto de 2020)
Domingo decimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cA (02 de agosto de 2020)
INDULGENCIA PLENARIA de la PORCIÚNCULA
Primera: Isaías 55, 1-3; Salmo: Sal 144, 8-9. 15-16. 17-18; Segunda: Rom 8, 35. 37-39; Evangelio: Mateo 14, 13-21
Nexo entre las LECTURAS
Aunque la palabra no aparezca en los textos litúrgicos, la generosidad de Dios es tal vez la clave de los mismos. Generosidad de Dios que invita a participar gratuitamente en el banquete mesiánico: "Vengan, aunque no tengan dinero, compren trigo y coman sin pagar" (Is 55,1). Generosidad de Dios, revelada por Jesucristo al multiplicar los pocos panes y peces para miles de personas, saciar su hambre y todavía recoger doce canastos de sobras (Evangelio). Ante la generosidad de Dios, Pablo piensa que nada puede haber, ni en el cielo ni en la tierra, que pueda separarnos del amor del Padre manifestado en Cristo Jesús (cf. Rom 8, 38-39).
Temas...
1. Abundancia, Regalo, Gracia
- Las tres lecturas de hoy repican como campanas de pascua el tema del amor abundante de Dios. Nuestro Dios no es tacaño ni mezquino; es generoso, más allá de todo lo que podemos imaginar o afirmar. Y tal es su munificencia que a menudo da sin cobrar. La palabra clave del Nuevo Testamento y quizá de toda la Biblia lleva ese sello de lo gratis. Hablamos de la palabra gracia.
- Esta idea del Dios dadivoso y magnánimo contrasta mucho con la idea del Dios de mente estrecha que muchos cristianos parecen tener en su cabeza. Según tal concepto, Dios estaría solamente a la caza de nuestros errores para llevar meticulosa cuenta de lo que hacemos mal o en qué fallamos. Está difundida la imagen de un Dios al acecho, amargado con la imperfección de su obra, mal dispuesto contra el hombre y predispuesto a condenarlo sumaria y definitivamente. Es una fuerte enseñanza de los satélites del mal (relativismo).
- Frente a tal idea nos encontramos hoy con una invitación asombrosa y un llamado a la evangelización: “los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen leche y vino sin pagar”. Nuestro Dios es un Dios que conoce dos cosas: que necesitamos y que no podemos dar nada a cambio de lo que necesitamos. Es un Dios compasivo del cual quedó escrito en el evangelio: “vio Jesús a la muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos”. Amamos a Dios y Él multiplica panes, regala perdón, ofrece alimento a los hambrientos y enseña sabiduría sin cobrar.
2. Sí a las Necesidades, No a los Caprichos
- ¿Por qué entonces estrechamos la idea de Dios? ¿Por qué la encogemos haciéndole como si pensara igual o peor que nosotros? Una razón es porque estos regalos de Dios tienen el propósito no sólo de calmar nuestras penurias sino de transformarnos a nosotros mismos. Y a veces pasa que queremos satisfacer el apetito, pero a la vez seguir siendo las personas que hemos sido. Queremos no un Dios generoso sino un Dios a nuestro antojo. No un Dios para responder a nuestras necesidades sino a nuestros caprichos. Por supuesto, el Señor no se presta a ese juego.
- Si creer significa aceptar no sólo lo que Dios nos da sino, sobre todo, aceptar al Dios que nos lo da, uno entiende que no es posible acoger la gracia de Dios sin llegar a ser creaturas nuevas, dispuestas a vivir no según la lógica antigua del egoísmo y la satisfacción sino a la manera nueva, con la lógica de la donación y la santidad, como nos mostró Cristo. Y ahora especialmente nueva después de la pandemia y de la cuarentena.
- El amor que Dios nos ha dado tiene expresión en regalos concretos, como el pan multiplicado o el perdón ofrecido, pero es ante todo un amor que quiere QUEDARSE en nosotros, habitar en nosotros. Ese amor es el don mismo del Espíritu Santo y de la Eucaristía, y de ese amor nada puede separarnos, como bien explica Pablo en la segunda lectura (de hoy).
Sugerencias...
El tema de la Providencia (abundancia, regalo, gracia) que se inclina con amor hacia las necesidades del hombre asoma en la Liturgia del día. El punto de partida es un trozo de Isaías (55, 1-3) que contiene la apremiante invitación divina dirigida a los hebreos desterrados en Babilonia para que no demoren volver a la patria por miedo a encontrarse en estrecheces. Dios proveerá largamente sus necesidades: «¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también! Coman gratuitamente su ración de trigo, y sin pagar, tomen vino y leche» (ib 1). Pero más allá de la comida y la bebida material es fácil presentir los bienes mesiánicos, que con frecuencia en el Antiguo Testamento se simbolizan en la abundancia de agua, vino, leche y grasa-mantequilla. Esto queda más claro aún en los versículos siguientes: «Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán. Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor a David» (ib 3). Sí, Dios provee a las necesidades materiales de los hombres, pero mucho más a las espirituales; y ésta es la gran promesa reservada a los que, escuchando su invitación, acuden a Él; Dios establecerá con ellos una alianza eterna que tendrá su cumplimiento en Jesús, el Mesías.
El Evangelio del día (Mt 14, 13-21), en un cuadro sumamente pintoresco, presenta la realización de esa promesa. Jesús, desembarcando en lugar solitario, se ve rodeado de una muchedumbre de gente (pobre) que lo ha seguido hasta allí llevando consigo a los enfermos con la secreta esperanza de hallar en Él la comprensión y el socorro que tanto necesitan. Así vienen HOY todavía al Señor en la Iglesia en los días dolorosos de la “cuarentena”. Y el Señor «compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos» (ib 14). Los sana sin que se lo pidan (así debemos estar solícitos nosotros ahora especialmente), porque llevar hasta aquel lugar alejado a los enfermos es una buena acción y una tácita expresión de fe. Entretanto atardece y los discípulos le dicen preocupados: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos» (ib 15). Para ellos era el modo más sencillo y natural de remediar el hambre de aquella gente; pero Jesús tiene otro mucho más sencillo y caritativo, que sólo Él está en situación de facilitar. No manda a comprar, sino proveer; y así los discípulos oyen que les dice: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos» (ib 16). Sólo tienen cinco panes y dos peces; que los entreguen a Jesús y verán cómo producen no el ciento, sino el mil por uno: «pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse» (ib 19-20). Aunque el hombre, por su limitación y pobreza, pueda hacer poco en favor de sus hermanos, Dios quiere que este poco lo haga enteramente y con todo el corazón; Él se ocupará de multiplicarlo.
Nos ayuda a meditar el texto de la Segunda Lectura (Rm 8, 35): La esperanza de la muchedumbre que había seguido a Cristo olvidada del hambre no quedó malograda; se realizó para ella la palabra de Isaías: «compren y coman sin pagar»; y no sólo en sentido material, porque Jesús al mismo tiempo que multiplicaba los panes para alimentar los cuerpos, dispensaba su palabra para alimentar los espíritus. El que sigue resueltamente a Cristo halla en Él todo lo que precisa para la vida terrena y para la eterna. Pero hay que seguirlo con fe inquebrantable, apoyado en la certeza de su amor infinito. Entonces se comprende el grito apasionado del Apóstol: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?». Ni las adversidades de la vida personal, ni los trabajos afrontados por el apostolado podrán arrancar al discípulo de su Maestro, porque está convencido de que en su amor hallará la fortaleza para vencer cualquier dificultad.
María, Virgen llena de gracia y modelo de esperanza, ruega por nosotros.
lunes, 20 de julio de 2020
HOMILIA Domingo decimoséptimo del TIEMPO ORDINARIO cA (26 de julio de 2020)
Domingo decimoséptimo del TIEMPO ORDINARIO cA (26 de julio de 2020)
Primera: 1 Reyes 3, 5-6a. 7-12; Salmo:118, 57. 72. 76-77. 127-130; Segunda: Rom 8, 28-30; Evangelio: Mateo 13, 44-46
Nexo entre las LECTURAS… Sugerencias…
La sabiduría que procede de Dios y se orienta a la salvación: tal es el mensaje de la Liturgia del día. La primera lectura (1 Re 3, 5.7-12) reproduce la hermosa oración de Salomón a Dios, que se le apareció en sueños y le había invitado a pedirle lo que deseara. Con gran tino el rey pidió «un corazón dócil» para gobernar a su pueblo, capaz por lo tanto de «discernir el mal del bien» (ib 9). En suma, pedía la sabiduría. Esto agradó al Señor, que se la concedió junto con otros bienes. Por desgracia, Salomón malogró la respuesta y el fin de este gran rey no fue semejante a su comienzo; con todo, su sabia petición continúa indicando que: la verdadera sabiduría vale más que todos los tesoros de la tierra y que sólo Dios puede concederla.
El Evangelio del día (Mt 13, 44-52), relatando las últimas parábolas del Reino, muestra a Jesús –Sabiduría encarnada– que enseña a los hombres la sabiduría necesaria para la conquista del Reino de los Cielos. Su enseñanza, en forma de parábolas, es particularmente viva y apta para mover la mente y el corazón y, por tanto, para inducir a la acción. Jesús compara el Reino de los Cielos a «un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo» (ib 44). O bien a «un comerciante en perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra» (ib 45-46). En ambos casos tenemos el descubrimiento de un tesoro: en el primero, hallado por casualidad; en el segundo, buscado de propósito. En los dos, el que lo encuentra se apresura a vender cuanto posee para conseguirlo. El Reino de los Cielos –el Evangelio, el cristianismo, la gracia, la amistad con Dios– es el tesoro escondido, pero presente en el mundo. Muchos lo tienen cerca, pero no lo descubren, o bien, descubierto, no saben valorarlo en lo que se merece y lo descuidan, prefiriendo a él el reino terrenal: los goces, riquezas y satisfacciones de la vida terrena (y en muchos casos dándole nombre de paraíso terrenal). Sólo quien tenga el corazón dócil para «discernir el mal del bien» (1 Re 3, 9), lo eterno de lo temporal–transitorio, la apariencia de la sustancia sabrá decidirse «a vender todo lo que tiene» para adquirirlo. Jesús no pide poco al que quiere alcanzar el Reino: lo pide todo. Pero es también cierto que no le promete poco; le promete todo: la vida eterna y la eterna y beatificante comunión con Dios. Si para conservar la vida terrena está dispuesto el hombre a perder todos sus bienes, ¿por qué no deberá hacer otro tanto, y aún más, para asegurarse la vida eterna?
También la parábola de la red llena de toda clase de peces, que al término de la pesca son seleccionados, tirándose los malos fuera (Mt 13, 47-48), lleva a la misma conclusión. No son las situaciones temporales las que importan, sino las finales, definitivas y eternas; pero éstas las prepara en el tiempo el que obra con verdadera sabiduría. Para aprenderla no basta escuchar las parábolas; hay que comprenderlas: «¿Entendieron bien todo esto?» (ib 51) preguntaba Jesús a su auditorio. Entender no sólo de modo abstracto y genérico, sino en relación consigo mismo y con la vida y circunstancias personales. El que entiende de esta manera, viene a ser el discípulo que compara Jesús a «un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo» (ib 52), es decir, sabe hallar sea en el Evangelio –lo nuevo– sea en el Antiguo Testamento –lo viejo– la norma sabia para su conducta.
Entonces ni las renuncias necesarias para conquistar el Reino, ni las adversidades de la vida le asustarán, porque habrá comprendido que lo que cuenta no es la felicidad terrena sino la Eterna, y estará convencido de que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rm 8, 28; Segunda Lectura).
Temas...
El Comienzo de la Sabiduría
1. Salomón tiene justa fama de hombre sabio, y así lo destaca el Antiguo Testamento. Sin embargo, para comprender bien lo que significa ese elogio tenemos que hacer tres precisiones.
2. En primer lugar, la sabiduría según la Biblia es más que el simple conocimiento. Alguien puede amontonar muchos conocimientos y no ser sabio porque ser sabio no es tanto conocer sino saber qué hace uno con lo que conoce. Se relaciona más con saber vivir que con saber otras muchas cosas.
3. En segundo lugar, esta sabiduría es un don. Salomón pidió de Dios el regalo de ser sabio. Tenemos la imagen de que los científicos de nuestro tiempo son gente muy sabia, pero mucho de ellos despreciarían la fe como un camino para buscar nuestra ruta en esta vida. En la Biblia es lo contrario: la sabiduría empieza por reconocer que esta vida tiene mayor complejidad que todo lo que quepa en mi cabeza o mis palabras. Ser sabio es reconocer que necesito una luz más grande que la que yo me puedo dar. Nadie puede darme más y mejor luz que Dios, mi creador y quien más me ama. Según esto, la fe y la plegaria son caminos privilegiados para la genuina sabiduría.
4. La sabiduría, entendemos entonces, es patrimonio frecuente de los humildes. Tiene mucho que ver con el conocimiento de uno mismo. Salomón reza diciendo: "Yo no soy más un muchacho y no sé cómo actuar. Soy tu siervo y me encuentro perdido en medio de este pueblo tuyo, tan numeroso, que es imposible contarlo. Por eso te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo." En vez de considerarse jefe de un pueblo se considera siervo de Dios. Por consecuencia, cuanto más uno mira a quiénes tiene "debajo" y menos mira a Quién tiene "arriba," menos sabiduría real adquiere.
Cosas Nuevas y Cosas Antiguas
1. Los que se tenían y eran tenidos por sabios en tiempos de Jesús eran los escribas. Llevaban ese apelativo porque sabían leer y escribir, cosas escasas en la época, y por esta capacidad podían entablar elevadas discusiones sobre las posturas de los distintos comentadores de la Escritura.
2. Tal vez llevados por esa seguridad en su propio saber, los escribas en general fueron hostiles a la enseñanza de Cristo. Lo veían como un entrometido y como alguien que exhibía demasiada confianza con Dios, hasta el punto de llamarlo "mi Padre." Casi siempre que vemos que se habla de escribas en los Evangelios, el tono es de polémica con Jesucristo (Marcos 3,22-29; Lucas 20,46) o de estar asociados con adversarios suyos (Lucas 15,2; 23,10; Juan 8,3); aunque hay excepciones, como cuando Cristo hizo callar a los saduceos (Lucas 20,27-39). Uno pensaría que es casi imposible que un escriba se abra al mensaje novedoso y poderoso del Reino de Dios anunciado por Nuestro Señor.
3. Sin embargo, hubo casos de escribas que aceptaron a Jesús de corazón, e incluso recordamos el caso de uno que no dudó en presentarse como discípulo suyo haciendo lo que los discípulos hacían con sus maestros en las escuelas rabínicas, a saber, repetir la lección (Marcos 12,28-34).
4. El evangelio de hoy nos presenta ese cuadro: ¿qué sucede cuando un escriba cree en el mensaje del Mesías? ¿Qué pasa con todo lo que sabía? ¿Se pierde simplemente? No es esa la opinión de Cristo. Cuando un hombre que tiene muchos conocimientos acepta el Evangelio, todo lo que sabía se vuelve parte de su tesoro, y de ese tesoro podrá sacar cosas antiguas, las que ya sabía, pero ahora desde otra luz, y cosas nuevas, las alhajas propias de la gracia y la redención que ha recibido últimamente.
Nuestra Señora del SI, ruega por nosotros.
lunes, 13 de julio de 2020
HOMILIA Domingo decimosexto del TIEMPO ORDINARIO cA (19 de julio de 2020)
Domingo decimosexto del TIEMPO ORDINARIO cA (19 de julio de 2020)
Primera: Sabiduría 12, 13. 16-19; Salmo: Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a; Segunda: Romanos 8, 26-27; Evangelio: Mateo 13, 24-43
Nexo entre las LECTURAS
Jesús nos pide que seamos pacientes y misericordiosos, es el nexo. El texto que escuchamos del Libro de la Sabiduría nos habla del infinito poder de Dios, y de lo bien que sabe administrarlo, siendo benigno e indulgente. Así, es ejemplo para que nosotros también sepamos gestionar el tiempo que tenemos para hacer el bien en el amor y en el servicio. En relación con esta reflexión del Libro de la Sabiduría, el salmista proclama el amor, la bondad y la clemencia de Dios, ante quien se postran todos los pueblos y a quien el propio salmista le pide fortaleza. La segunda lectura se toma de la Carta a los Romanos. San Pablo nos habla de cómo el Espíritu Santo, de un modo misterioso, nos ayuda a orar desde lo más hondo de nuestro corazón. Y Dios Padre escucha esta oración. Del Evangelio, según san Mateo, escuchamos un largo texto del capítulo 13 en el que Jesús cuenta tres parábolas sobre el Reino de Dios: la cizaña, el grano de mostaza y la levadura. A continuación, los discípulos le piden que les explique la parábola de la cizaña… Jesús nos pide que seamos pacientes y misericordiosos.
Temas...
El grano de mostaza. Esta parábola parece indicarnos el ritmo de crecimiento, de transformación y consolidación del Reino, de la Iglesia. En la diminuta semilla de mostaza se encierra algo inmensamente grande, que irá creciendo de a poquito, al abrigo de la tierra fecunda. La pequeñez se transfigura en grandeza, la humildad en exaltación; en el Reino, los últimos son los primeros, los poderosos son los últimos, los que pierden su vida, la ganan (Papa Francisco). Todo esto acontece en la Comunidad de los discípulos misioneros. Esta parábola sugiere algunos rasgos que han de configurar el rostro de la Iglesia a la luz del Reino. He aquí algunos: La pequeñez e insignificancia como garantía y augurio de crecimiento y consolidación. La Iglesia es el Pueblo que, en su manera de ser y obrar, no tiene aspiraciones de grandeza ni afanes de poder porque quiere ser decididamente sacramento de Cristo entre los hombres; quiere “parecerse a Jesús”, que, a pesar de su condición divina, se vació de sí mismo, se hizo esclavo y obediente hasta la muerte (Cf Fil 2, 5-11). No es una Iglesia presuntuosa ni vanidosa porque es consciente de que, como Jesús, ha nacido en la pobreza y, obediente a Jesús, vive en pobreza. Sabe que ella es la comunidad de los pobres, porque a ellos les pertenece el reino (Mt 3,3). Está dichosa de ser pobre y de parecerlo. Cuando la Iglesia hace memoria de sí misma, de sus orígenes, recuerda que fue como una semilla de mostaza, tan minúscula como prometedora. No se acomoda a la mentalidad este mundo, sino que se transforma interiormente con una “mentalidad nueva” para discernir la voluntad de Dios, lo que “es bueno, y aceptable y perfecto” (Cr Rm 12, 2). Se hace un árbol, vienen los pájaros y anidan en sus ramas. La semilla de mostaza es potencia de vida, vigor exuberante. Poco a poco, de acuerdo a su propio ritmo lento pero firme, crece y se hace arbusto. La Iglesia, como el Reino de los Cielos, no atropella los ritmos de sus comunidades, sino que los cuida atentamente; tampoco se saltea las etapas precisas de su misión evangelizadora. No busca “lo eficaz” ni “lo pragmático” -tantas veces irrespetuoso e incluso, violento- sino que atiende con cuidado y responsabilidad a los “tallos” verdes que brotan porque son vida y, además, primicias y promesas del reino.
El trigo y la cizaña. La Iglesia -como el Reino-, es trigo bueno que ha aprendido a convivir pacientemente con la cizaña. No se precipita en arrancarla, sino que espera al final de la cosecha. No es que la Iglesia desconozca, o no le importe la cizaña, sino que, con paciencia y esperanza, intenta que, mientras el trigo y la cizaña germinan juntos, la cizaña se marchite y el trigo crezca hasta alcanzar la Vida. La Iglesia, Pueblo de Dios, Familia de Dios, imita la paciencia Dios; no juzga las conductas de los hombres con ligereza porque, como Jesús, no ha sido enviada para juzgar sino para salvar. El juicio ocurrirá al final del tiempo, cuando los cosechadores arranquen la cizaña y la echen al fuego, es entonces cuando cosecharán el trigo y lo guardarán en los graneros del Reino.
La levadura en la masa. La Iglesia, a la luz del Reino anunciado por Jesús, está inmersa en las realidades cotidianas de este mundo. No puede vivir separada, al margen de ellas y, menos aún, en contra de ellas. La Iglesia vive en la alegría de saber que tiene que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Es la “Iglesia en el mundo” del Vaticano II. Esta Iglesia es pequeña, es como un puñado de fermento mezclado con las realidades de este mundo: políticas, culturales, económicas, sociales. Es la levadura nueva de la Pascua -la “levadura de la sinceridad y la verdad”- que fermenta la “masa nueva”, el Reino de Dios. (Cf 1Co, 5, 6-8). La Iglesia, como fermento vivo, actúa lentamente en el mundo, tratándolo con la paciencia misericordiosa de Dios que no tiene prisas sino bondades. Ella no compite con el mundo, ni es su rival, sino que lo ama entrañablemente y lo respeta en su autonomía de criatura de Dios. Es una Iglesia persuasiva, acogedora, compasiva, más ocupada por salvar al mundo que por juzgarlo (Cf Jn 12, 47) El juicio ocurrirá -asegura Jesús- al final del tiempo.
Sugerencias..
Ser apóstoles del bien. No cerraremos los ojos al mal y tengamos cuidado en no volvernos ciegos para el bien. ¡Cuidado! Es que casi no hay apóstoles del bien, sino, y con frecuencia, críticos. En cambio, el mal, el crimen, el deseo del aborto, de la trampa, el desorden moral, en todas sus formas: está en las pantallas de la televisión y de las redes sociales, en los titulares de los periódicos y en los labios de muchos -aunque se dicen- cristianos. Muchos están ocupados por el medio ambiente y por la ecología del planeta, por las mascotas o las especies en extinción, hay quienes dicen querer la vida y promueven el aborto; ES NUESTRO DEBER interesarnos por la ‘ecología moral’ y por la ‘salud virtuosa’ de los medios de comunicación social, de la ‘limpieza ética’ de las calles de nuestras ciudades. En tiempos de pandemia hemos conocido que el grado de contaminación atmosférica había subido más de lo normal, e hizo que se adoptan medidas para hacerlo descender, TODAVÍA no parece que nos diéramos cuenta que la contaminación inmoral también subió más de lo decente y honesto. Y si anunciamos la verdad de Dios y del Evangelio y del nuevo ordenamiento mundial de la Caridad y de la Fraternidad es como poner el dedo en la llaga, y hacen que llueva un diluvio de críticas, y no pocas veces de improperios, para que nos callemos. Ciertamente hay que aplacar el mal que se ve y que se propaganda; sepamos que es muy importante y eficaz acallar el mal con la proclamación del bien, desarraigar el mal a base de bien y de bondad, de paciencia y comprensión. Proclamemos con nuestras palabras y obras que el bien espiritual es mas necesario y esencial que los bienes materiales… que la salud espiritual es mas humana que la del cuerpo… si alguien está enamorado de la vida, que cuide con toda su fuerza la amistad con Dios y procure que Dios sea todo es todos, porque el bien más necesario y justo para el hombre es el amor de Dios.
La Iglesia es de todos y hay lugar para todos. En ella hay santos y pecadores, hay líderes y liderados, hay trigo y cizaña, hay flaqueza del hombre y misericordia de Dios. Iglesia santa y pecadora. Así es nuestra Iglesia. Como la luna con fases de esplendor (llena) y ausencia de esplendor (nueva), con luz que no es propia, sino que nos viene del Sol, Jesucristo resucitado. Aquí está presente el profundo realismo que nos invade y nos envuelve. Por prolongación, podríamos también decir: "Parroquia santa y pecadora", "institución religiosa santa y pecadora". Seamos realistas con nosotros mismos y en nuestra actividad pastoral. Tengamos fe, con todo, en que puede crecer en la comunidad parroquial y en la vida religiosa y en cada hogar y familia: la santidad y TAMBIÉN puede disminuir el pecado si cada uno decide ser un poco mas bueno. Con la liturgia de hoy estamos mas seguros de que "Dios puede utilizar su poder cuando quiera" (primera lectura) y que "el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza... e intercede por nosotros con gemidos inefables" (segunda lectura). Convenzámonos con el Evangelio de que la semilla del bien va a transformarse en un árbol gigante. ¡Él está haciendo nuevas todas las cosas!
El Tiempo Ordinario (en invierno se nota más) es el tiempo de la siembra y el tiempo de la vida … pues, bajo una aridez aparente, fecundan las semillas. Parecería que no hay señales de vida porque la vida late bajo la tierra. Como en el invierno, día a día, semana tras semana, la semilla de la Palabra penetra en nosotros. Dios sembrador esparce en nuestra tierra (corazón) la Palabra… y mientras vivimos el “Tiempo Ordinario” atendemos a la profundidad de nuestras vidas personales, acogemos en nuestra entraña creyente la semilla; el Espíritu, la fecunda y van naciendo, en nuestra entraña (como en la Virgen), brotes de vida. Es tiempo de interioridad, de madurez, de silencio y contemplación, de lluvias y fríos y nieves, de vida latente que crece y empuja. Tal vez es por eso (conveniencia), que el color de este Tiempo sea verde.
María, Virgen fecunda, ruega por nosotros.
lunes, 6 de julio de 2020
HOMILIA Domingo decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cA (12 de julio de 2020)
Domingo decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cA (12 de julio de 2020)
Primera: Isaías 55, 10-11; Salmo: Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14; Segunda: Romanos 8, 18-23; Evangelio: Mateo 13, 1-23
Nexo entre las LECTURAS
La Palabra de Dios es eficaz y fecunda; por eso somos exhortados a escucharla -acogerla- y ponerla en práctica. Isaías la compara con la lluvia que fecunda la tierra y hace germinar la semilla (primera lectura). En la explicación de la parábola del sembrador Jesús enseña que la semilla es la Palabra de Dios que, si cae en buena tierra (quien escucha y acoge el mensaje), da fruto, sea ciento, sesenta o treinta. En la segunda lectura se indican algunos frutos de la Palabra y Revelación divinas: la liberación y gloria de los hijos de Dios, la participación del cosmos en la "esperanza del hombre".
Temas...
Gotas y Semillas. La primera lectura de hoy compara a la Palabra de Dios con la lluvia; el evangelio la relaciona con la semilla. El mundo de la agricultura nos ayudará hoy a comprender el misterio maravilloso que acontece cuando Dios habla y alguien escucha. No es causalidad esta comparación. El campo es el lugar donde brota la vida; una vida que no vemos pero que sí necesitamos; una vida que hace posible nuestra propia vida. Y aunque comprendemos en parte lo que sucede entre la tierra, la semilla y el agua, un corazón atento siempre sabe maravillarse de gozo cuando aparece la espiga.
Palabras Eficaces. La primera lectura enfatiza la eficacia, es decir, el poder que hay en la Palabra de Dios. El resumen está en esa frase: "así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado." ¿Por qué dice Dios que la palabra "vuelve" a Él? Esto no es obvio al principio. Uno no habla para que le devuelvan lo que uno ha dicho. En esto hay un misterio más, muy bello, que uno puede percibir con el verbo "bendecir." Dios nos bendice y nosotros bendecimos a Dios. O mejor: nosotros bendecimos porque hemos sido bendecidos. Bendecir viene de “decir bien”, esto es: “decir la palabra justa, bella, sabia, apropiada”. Dios nos bendijo porque nos dio la Palabra que salva; nosotros le bendecimos porque somos su pueblo adquirido, la raza que Él ha salvado.
Semillas como Gotas de Lluvia. Así como las gotas de lluvia parece que se perdieran, cayendo en desorden por todas partes, así la siembra tradicional entre los campesinos del pueblo de Jesús; ellos sembraban haciendo llover la vida sobre la tierra. Era un método poco práctico en que mucho se desperdiciaba. La parábola de hoy nos recuerda eso: que mucho se desperdicia. Nuestro Dios es un Dios que ‘desperdicia’: es decir regala y da oportunidades. Suena casi a ‘herejía’ pero en realidad lo decimos con máximo respeto y con inmensa admiración. En el plano puramente terrenal, ¿quiénes son los que desperdician sino los que tienen en abundancia? Los muy ricos organizan fiestas y banquetes donde mucho se desperdicia, y pareciera que no les importara si se pierde mucho licor o comida. Así muestran que son verdaderamente ricos. Nuestro Dios es auténticamente rico y su riqueza no es engañosa. Es rico en amor, es rico en perdón, es rico en justicia y en sabiduría. Hace hermosos amaneceres que ningún pintor podría pintar... y deja que se “desperdicien” sin que nadie los contemple. Inventa millones y millones de galaxias que al parecer nadie ha visto ni podrá ver. Dios se da el ‘lujo’ de derrochar su amor y de esparcir a delicia y goce su Palabra. Mucho parece perderse, mucho de hecho se pierde, pero el resultado no engaña: la cosecha será abundante.
Sugerencias...
(En días de cuarentena)
Creo que el Evangelio de hoy no necesita mucha introducción… quizás es la parábola del Evangelio que mejor conocemos o que más rápidamente reconocemos: “salió el sembrador a sembrar”. Usualmente este texto lo podemos aplicar a nuestra vida si llegamos a mirarnos como sembradores o si llegamos a mirarnos como terreno que recibe la semilla.
En esta ocasión los invito a tomar este segundo enfoque con una pregunta muy precisa: ¿qué hemos hecho con las semillas que Dios ha puesto en nuestra vida? Estas semillas llegan a nosotros de muchas maneras: la predicación, en concreto, es un modo que suele utilizar Dios para sembrar su Palabra en nuestra vida… y cuando vamos buscando páginas de internet para la Misa dominical, y muchos para la Misa diaria… cuando “vamos ‘navegando’” a la Eucaristía ¿vamos con la actitud de recibir esa palabra, de cuidarla, de conservarla, de alimentarla, para que dé su fruto? ¿Pensamos que las buenas lecturas que hacemos, especialmente la lectura misma de la Palabra de Dios, son una manera de recibir semilla?
Un llamado a discernir… hay buenas emisoras/páginas/aplicaciones en el ciber espacio, hay buenos canales de transmisión y, explorando, vamos conociendo más y mejores… hay buenas páginas de Internet que también son COMO CONTINUOS SEMBRADORES: ¿las estamos aprovechando? Podemos pensar, por ejemplo, cuántas personas llegan a volverse prácticamente adictas a las noticias y a emisiones de chismorreos hasta casi 24 horas al día… ¿de verdad necesitarán ese volumen de información/datos? ¿de verdad necesitan todo ese tiempo recibiendo esos datos que, muy a menudo, son datos que hablan del poder del mal? Pues muchas de las noticias hoy en día son de engaños/fraudes, más muertes, más violencia, más corrupción, más robos, y… vuelve… y se repite: más mentiras, más engaños, más violencia, más infidelidad y farándula… por cierto, ¡debemos saber las cosas que están pasando en el mundo!, pero ¿necesitamos de verdad gastar 4, 5 ó 6 al día viendo noticieros, leyendo noticias, escuchando noticias y chismorreos? ¿no está siendo una especie de adicción esto de llenarnos de las semillas de la desesperanza, de desilusión, semillas de resignación, incluso semillas de complicidad y mentiras?... porque, a veces resulta un magro consuelo saber que el mundo está tan corrupto y a otros les viene bien para erigirse/nos en jueces de ese mundo, o simplemente decir: entonces, ‘yo no estoy tan mal, ¡Já!’.
¿Qué tal si le quitas (o ayudas a otros para que le quiten) un poco de tiempo a tantas noticias, novelas y chismorreos inútiles y empiezas a llenar tu corazón y el de tu familia de esa verdadera semilla, la Palabra de Dios que quiere llegar a tu vida para hacerte bien y colaborar con el bien del mundo? Además, es verdad que los católicos necesitamos más formación porque recibimos continuos ataques a la fe… y más si somos practicantes y nos mostramos del Cordero y de la Virgen María… frente a estos ataques ¿no te parece que tenemos el deber de cultivar más la formación? ¿cultivar nuestra fe? ¿prepararnos para todo ello? ¿darnos más tiempo para la oración, meditación y contemplación? Estemos atentos, con la asistencia del Espíritu Santo, a los muy buenos libros, la Biblia y a las muy buenas páginas en internet… reconocer que hay muy buenos canales de televisión y aplicaciones… y ser ‘apóstoles’ promoviendo y sembrando la Palabra hasta hacer “ese torrente de buenas semillas” … ¿lo estamos aprovechando a este tiempo? Discernir nuestro apostolado y cuidar con delicadeza nuestra amistad con Dios… apliquemos el texto de la parábola de hoy para tomar decisiones muy concretas en nuestra vida y para dar pasos, que quizás nos hemos tardado demasiado en darlos… así seremos lo que debemos ser: UNA FAMILIA DE PUERTAS ABIERTAS.
¡Ven! con nosotros a caminar, SANTA MARÍA, ¡ven!
(En tiempos ordinarios)
Leer y meditar, de manera frecuente la Palabra de Dios. Mucho se ha hecho y se está haciendo por difundir la Biblia entre los cristianos, e incluso entre los no creyentes en Cristo. Es grande también la labor realizada para que los fieles cristianos lean y mediten la Biblia, sea individualmente o en grupo, catequesis, que practiquen “la lectio divina”. Son muchos igualmente los cursos, semanas, festivales bíblicos que se tienen a lo largo del año, en tantos países. La "lectio divina" y otras formas semejantes de lectura y meditación bíblicas se han difundido ampliamente no sólo en los monasterios e institutos religiosos, sino también entre los fieles cristianos laicos. Debemos agradecer a Dios los abundantes frutos que todo este trabajo está produciendo en los cristianos y en la Iglesia. Podemos aprovechar este Domingo para reflexionar sobre la presencia y eficacia de la Palabra de Dios en nuestra diócesis, en nuestra parroquia, en nuestra comunidad, en nuestra familia, en los lugares de trabajo. ¿Qué hemos hecho hasta el presente? ¿Conocemos los resultados? ¿Qué podemos mejorar? ¿Habrá llegado el momento de promover nuevas iniciativas en este campo de la pastoral?
Palabra y Sacramento. Son dos realidades indisociables. Así lo ha entendido la Iglesia desde sus orígenes, uniéndolas en la liturgia eucarística. Primero la Palabra eficaz que cae, como semilla, sobre los ‘participantes’ en la Santa Misa, y hace presente la revelación de Jesucristo. Luego el Sacramento eficaz que, por medio de la consagración, hace presente la obra de Jesucristo Redentor entre los hombres. La Palabra de Dios prepara al Sacramento, y el Sacramento predispone para la acogida sincera de la Palabra. Por eso, es importante hacer una catequesis sólida y constante sobre la necesidad de vivir conscientemente toda la celebración eucarística. No es principalmente un problema moral: “Si es válida o no válida la Misa, porque llegué a la homilía o al credo...”. Es sobre todo un tema espiritual (el alma necesita del alimento de la Palabra divina) y de pedagogía cristiana (educar a las personas a una concepción completa y riquísima de la celebración eucarística, desechando modos de pensar del pasado marcados por el pecado, el hombre viejo).
lunes, 15 de junio de 2020
HOMILIA SAGRADO CORAZÓN DE JESUS
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. Solemnidad cA (19 de junio 2020)
Primera: Deuteronomio 7, 6-11; Salmo: 102, 1-4. 6-8. 10; Segunda: 1 Jn 4, 7-16; Evangelio: Mateo 11, 25-30
Nexo entre las LECTURAS… y Temas...
La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús es la celebración del amor de Dios a los hombres, que culmina en el don de su Unigénito, el cual ha amado al mundo con «corazón de hombre» (GS 22), un corazón tomado para instrumento de amor infinito. La primera lectura (Dt 7, 6-11) sube a la consideración del amor de Dios en el Antiguo Testamento, manifestado sobre todo en las relaciones con Israel. Dios eligió a ese pueblo, no porque tuviese méritos especiales, sino por elección libre de su amor: «Si el Señor se enamoró de ustedes y los eligió, no fue por ser ustedes más numerosos que los demás –porque son el pueblo más pequeño–, sino por puro amor» (ib 7-8). La historia de Israel tiene una sola explicación: el amor de Dios. Por amor lo eligió Dios, lo libró de Egipto, pactó con él una Alianza, le dio en posesión la tierra prometida, hizo nacer de su estirpe al Salvador. Es la historia de todo hombre: Con amor eterno te he amado –le dice el Señor–; por eso he reservado gracia para ti» (Jr 31, 3). Dios llama a la existencia por amor, por amor gobierna y dirige la vida de cada criatura, deseando hacerla partícipe de su bienaventuranza eterna. En verdad que «él nos amó primero» (1 Jn 4, 19).
Sobre esta verdad se detiene la segunda lectura (ib 7-16): verdad que se origina en otra más excelsa aún: «Dios es amor» (ib 8.16). Siendo Él amor, todas sus obras son amor; y la obra que lo demuestra principalmente es «que Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que tengamos la vida por medio de él» (ib 9). Para crear al hombre de la nada bastó un simple acto de la voluntad de Dios: para redimirlo del mal, Dios comprometió a su Hijo a que asumiese un cuerpo humano y lo inmolase «como propiciación por nuestros pecados» (¡b 10). Fijando su mirada en el Hijo de Dios que se anonadó hasta tomar «condición de siervo» (Fl 2, 7), hacerse siervo de los hombres y morir en cruz por ellos, todos los hombres pueden repetir: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16). La profundización del misterio hace al hombre capaz de amar en plenitud, ante todo a Dios que nos amó primero y, en Dios, a los hermanos, objeto como nosotros del mismo amor: «Queridos hermanos: si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (ib 11).
El Evangelio (Mt 11, 25-30) descubre más aún el amor de Dios al hombre, mostrándolo en el comportamiento de Jesús «manso y humilde de corazón» (ib 29). Jesús tiene una compasión inmensa de todos los sufrimientos y miserias de la humanidad, y dice: «Venid a mí todos los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré» … ¡gran misterio, es éste! y nos anima a acercarnos más que nunca al Sagrado Corazón en estos días de dolor por el COVID-19. PERO no olvidar que lo que más oprime el corazón del hombre es el pecado. Para librarlo de este peso Jesús lo tomará sobre sí, lo llevará a la cruz y lo destruirá con su muerte. Por eso no se cansa de ir en busca de pecadores que salvar, de hijos pródigos (varones y mujeres) que devolver al amor del Padre y extraviados que poner de nuevo en el camino del bien. Como única condición pone, para ir con Él, creer en Él y sustituir el peso oprimente del pecado por el liviano de su ley: «Carguen con mi yugo..., porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (ib 29-30). La ley de Cristo es «yugo», porque exige disciplina de las pasiones y negación del egoísmo y de la ambición desmedida, pero es yugo «llevadero y ligero» porque es ley de amor. Cuanto más imiten los hombres la mansedumbre y humildad de Cristo, tanto más experimentarán lo dulce que es seguirlo en obediencia al Padre, lo dulce que es amar como Él ha amado, aun cuando el amor exija los mayores sacrificios. «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso» (ib 29). El Corazón de Cristo es fuente inagotable de consuelo y de salvación, y juntamente escuela de santidad. Y si vamos al MAGISTERIO de su Corazón… de Él aprenderemos como andar los días que siguen de esta cuarentena… que tiene por marco legal el ‘aislamiento’ y el ‘quedate en casa’… pero ¡LOS HOMBRES ANDAMOS MAS CON EL CORAZÓN! que con los pies (cfr.: San Agustín)
Sugerencias...
Se podría pensar que después de la solemnidad de la Santísima Trinidad, terminaría el Año Litúrgico, las celebraciones restantes sólo podrían significar un declive. Pero esto sería desconocer que el misterio trinitario de Dios sólo se nos revela mediante la entrega perfecta de Jesús. PRIMERO es la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesús y DESPUÉS la del Sagrado Corazón de Jesús COMO concreciones últimas del modo como se nos revela el Dios trinitario: el Padre nos da al Hijo en la Eucaristía realizada por el Espíritu; el corazón traspasado del Hijo nos da acceso al corazón del Padre; y el Espíritu de ambos brota de la herida para el mundo.
- El evangelio designa a Jesús como «humilde de corazón", pero en un contexto eminentemente trinitario: la afirmación de que al conocimiento recíproco del Padre y del Hijo sólo tienen acceso aquellos a los que el Hijo se lo quiera revelar, y éstos son precisamente los pequeños, «la gente sencilla» o, en el sentido de Jesús, los «humildes»; aquellos, por tanto, que tienen ya sentimientos afines a los del Hijo. Pero el Hijo no tiene estos sentimientos únicamente a partir de su encarnación, sino que los tiene, (podríamos decir) como «Hijo» que es, desde toda la eternidad: su actitud frente al Padre, al que, como origen de la divinidad, designa como «más grande» que Él mismo, su actitud de perfecta obediencia y disponibilidad, no es más que la respuesta a la actitud del Padre, que no oculta nada a su Hijo, sino que le da y le revela todo lo que Dios tiene y es, hasta lo último, hasta lo más profundo e íntimo de sí mismo. Es casi como si la «herida del costado» más original, de la que brota lo último, fuese la herida de amor del propio Padre, de la que hace brotar lo último que tiene. Cuando el Hijo encarnado invita a los que están cansados y agobiados a encontrar su alivio en Él, está siendo en el mundo la imagen perfecta del Padre y nos exhala el Espíritu como OTRO Paráclito.
- La primera lectura (del Deuteronomio), que todavía no conoce el misterio de la Trinidad de Dios, pero sabe ya, por la alianza pactada entre Dios e Israel, que en Dios hay un misterio de amor insondable. Aquí se prescinde de todas las razones lógicas que podrían explicar por qué debía elegirse precisamente a Israel y únicamente queda el amor como motivación de semejante condescendencia y elección divinas. Se recuerda ciertamente que con ello Dios se mantiene fiel al juramento hecho a los padres, pero de este modo la elección amorosa de Dios simplemente se traslada al tiempo de estos padres, en el que en el fondo Dios tenía aún menos motivos para preferir de una manera tan particular a unos pocos hombres, los patriarcas. Con la mirada puesta en el amor insondable de Dios, Israel pudo formular el «mandamiento principal», la respuesta de amor incondicional del pueblo a Dios.
- Con la mirada puesta en el amor del Dios unitrino, manifestado en Jesucristo y demostrado en su pasión, puede Juan, en la segunda lectura, designar a Dios simplemente como «amor». Juan es ciertamente el testigo privilegiado que ha visto el corazón traspasado de Cristo en la cruz, confirmando el hecho de una manera triple y solemne; y en su carta repite una vez más el acontecimiento en el que ha leído su afirmación de que Dios es amor: «Nosotros hemos visto y damos testimonio», dice Juan como testigo ocular, que puede decir enseguida con la comunidad: «Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él». En la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús celebramos la prueba última y definitiva de que el Dios trinitario no es sino amor: en un sentido absoluto e inconcebible que nos supera infinitamente.
Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío… es la súplica que brota de nuestro corazón, humilde y sencillo, que tiene miedo, se asusta y te pide ayuda… entre muchas intenciones… por la salud de todos y para que podamos volver en santidad, si es tu voluntad, al cumplimiento de nuestros deberes acostumbrados. PROMETEMOS hacerlo, con tu ayuda, obedeciendo los mandamientos y practicando las obras de misericordia.
lunes, 1 de junio de 2020
HOMILIA Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cA (07 de junio 2020)
Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cA (07 de junio 2020)
Primera: Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Salmo: Daniel 3, 52. 53. 54. 55. 56; Segunda: 2 Corinto 13, 11-13; Evangelio: Juan 3, 16-18
Nexo entre las LECTURAS.
La revelación del misterio trinitario se ‘muestra’ en los textos que la liturgia nos ofrece. El texto tomado del Éxodo nos revela la unidad de Dios y el corazón "clemente y compasivo, lleno de amor y fiel" apropiado al Padre. En la petición de Moisés: "Venga el Señor a nosotros" se vislumbra (apropiación) un primer paso hacia la encarnación y la revelación del Hijo, Dios con nosotros. Este misterio de la encarnación es revelado solemnemente en el Evangelio: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único". Al final de la segunda carta a los Corintios Pablo recoge una fórmula trinitaria de la liturgia cristiana primitiva: "La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor del Padre y la comunión en los dones del Espíritu Santo, estén con todos ustedes", ahora sí, verdad de fe. "Bendito el Señor en la bóveda del cielo, alabado y glorioso y ensalzado por los siglos" (Salmo responsorial). Al cantar este himno hoy Domingo de La Santísima Trinidad, el discípulo-misionero no sólo se siente agradecido por el don de la creación, sino también por ser destinatario de la solicitud paterna de Dios, que en Cristo por el Espíritu lo ha elevado a la dignidad de hijo. Gracias Dios Padre y Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.
Temas...
Nos hemos habituado a oír (escuchar) y a decir la expresión: "misterio", "misterio trinitario". Pienso que la fiesta litúrgica nos invita a meditar, en el Misterio de Dios, con sencillez y con inmenso respeto. Misterio está mas unido a ‘místico’, el que ama profundamente y está dispuesto a morir por amor… decíamos mas unido a místico que a conocimiento/ciencia/razonamiento… es el Domingo de la La Santísima Trinidad, el Domingo de los verdaderamente enamorados.
El ‘misterio de la Trinidad’ es algo oculto, escondido en el corazón mismo de Dios y a la vez revelado misericordiosamente a los hombres, como dicen los evangelistas: ‘a Dios nadie lo ha visto, Dios ha decidido contarlo (y lo contó el Hijo)’. No está oculto en la tierra ni en el espacio, de modo que con el tiempo el hombre pudiera encontrarlo. Está anidado en el mismo Dios. ¿Y quién puede conocer los pensamientos de Dios? Dios creó primeramente el mundo, luego al hombre, pero no manifestó plenamente ahí su vida íntima. Eligió, después un pueblo, estableció con él una alianza, sin todavía revelar esta grandeza de Dios. Sin embargo, en el designio divino se dan ya los primeros pasos en la misma vida y experiencia histórica de Israel. El texto de la primera lectura, donde Dios es llamado "clemente y compasivo, lleno de amor", ¿no es una intuición primeriza de paternidad misericordiosa de Dios? Es una semilla por ahora, que habrá de fructificar al llegar con Jesucristo la plenitud de los tiempos mediante su encarnación y su enseñanza sobre Dios y el don del Espíritu Santo en Pentecostés.
El misterio de la Trinidad está por encima (no arriba: de lugar) de cualquier mente humana. La Trinidad de Dios no ha sido obra ni de teólogos ni de razonamientos, ni de los hombres sensatos, menos de una casualidad de adivinos. El misterio de la Trinidad no es una invención del genio humano para dominar a otros con una idea poderosa. No es una idea, es una Realidad, la Realidad más sublime y más apasionante, que, podemos decir según nuestra manera limitada de hablar, “existe desde siempre y para siempre”. Si Dios mismo no nos la hubiese revelado por medio de su Hijo, continuaría siendo una Realidad, pero desconocida por el hombre. El gran Amor de Dios reside en que decidió revelarnos su misterio (Evangelio): dice Jesús: ‘Los llamo amigos porque les he contado todo lo que oí de mi Padre, TODO el misterio de Dios’.
El misterio trinitario se nos revela sobre todo mediante la acción de Dios en la historia (Lumen Gentium y Ad Gentes). Dios se nos revela como Padre enviando, movido de amor, a su Hijo a nuestro mundo pecador para redimirnos y abrirnos los brazos acogedores de Padre. Jesucristo se nos revela como Hijo en su íntima oración filial, en su perfecta obediencia a la Voluntad de su Padre, en su muerte y resurrección redentoras para destruir un pecado cuya mancha sólo el Hijo podía borrar, y para alcanzarnos la gracia de la salvación. El Espíritu Santo se nos revela como enlace de Amor entre el Padre y el Hijo, como don de comunión a los hombres a fin de que vivan a imagen de la Trinidad, en la Caridad y en el Servicio y en el compromiso con la vida, dada y recibida. Esta es la revelación que Jesucristo nos hizo y que la liturgia recoge (especialmente) en la segunda lectura.
La mirada mundana, (dijo el Papa), ve estructuras que hay que hacer más eficientes; la mirada espiritual QUE TENEMOS QUE PEDIR HOY ve hermanos y hermanas mendigos de misericordia. El Espíritu nos ama y conoce el lugar que cada uno tiene en el conjunto: para Él no somos un grupo llevado por el viento, sino hijos/personas irreemplazables de su mosaico. El día de Pentecostés, en la primera obra de la Iglesia: el anuncio, los Apóstoles salen a proclamar el Evangelio, sin ninguna estrategia ni plan pastoral. Se lanzan, (dijo el Papa), corriendo riesgos, poco preparados, salen con el solo deseo que los anima: dar lo que han recibido. Porque es ese el secreto de la unidad, y del Espíritu, donarse. “Porque Él es don, vive donándose a sí mismo y de esta manera nos mantiene unidos, haciéndonos partícipes del mismo don. Es importante creer que Dios es don, que no actúa tomando (dominando), sino dando. ¿Por qué es importante? Porque nuestra forma de ser creyentes depende de cómo entendemos a Dios. Si tenemos en mente a un Dios que arrebata y se impone, también nosotros quisiéramos arrebatar e imponernos: ocupando espacios, reclamando relevancia, buscando poder. Pero si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia. Si nos damos cuenta de que lo que somos es un don suyo, gratuito e inmerecido, entonces también a nosotros nos gustaría hacer de nuestra vida un don” (31 de mayo de 2020).
Sugerencias...
Examinar nuestro corazón
El Papa pide a cada uno de nosotros, que examinemos que nos impide darnos al otro. Preguntarnos: si dentro de nosotros tenemos a los “tres enemigos del DON”: el narcisismo, el victimismo y el pesimismo.
El narcisismo, que lleva a la idolatría de sí mismo y a buscar sólo el propio beneficio. Y en esta pandemia que el mundo sufre, duele ver en la humanidad el narcisismo, gente que se preocupa de sus propias necesidades, que es indiferente a las de los demás, que no admite las propias fragilidades y errores.
El victimismo, es peligroso, (dijo el Papa). El victimista está siempre quejándose de los demás: “Nadie me entiende, nadie me ayuda, nadie me ama, ¡están todos contra mí!”. Y al respecto, en el drama que vive actualmente la humanidad, que grave es el victimismo, que nos hace pensar que no hay nadie que nos entienda y sienta lo que vivimos. Y el pesimista que “arremete contra el mundo entero, pero permanece apático y piensa: “Mientras tanto, ¿de qué sirve darse? Es inútil”. Y así, en el gran esfuerzo que supone comenzar de nuevo, qué dañino es el pesimismo, ver todo negro y repetir que nada volverá a ser como antes”. Cuán dañino es que hasta parece que sirve al dios-lamento.
El pesimista, es quien piensa que ya no hay esperanza, y hoy día nos encontramos ante una carestía de esperanza y necesitamos valorar el don de la vida, el don que es cada uno de nosotros y sobre todo DIOS como DON porque es así (lo creemos) nuestro DIOS. Por esta razón, necesitamos el Espíritu Santo, Don de Dios, que nos cura del narcisismo, del victimismo y del pesimismo.
María, Hija del Padre y Madre del Hijo y Fecunda por el Espíritu, ruega por nosotros.
sábado, 30 de mayo de 2020
miércoles, 27 de mayo de 2020
HOMILIA Solemnidad de PENTECOSTÉS cA (31 de mayo 2020)
Solemnidad de PENTECOSTÉS cA (31 de mayo 2020)
Primera: Hechos 2, 1-11; Salmo: Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34; Segunda: 1 Corinto 12, 3b-7. 12-13; Evangelio: Juan 20, 19-23
Nexo entre las LECTURAS
El Espíritu, presente y eficaz entre los Doce y la primera comunidad cristiana, anima la liturgia de la Palabra. En el Evangelio Jesús resucitado dice a los Doce: "Reciban el Espíritu Santo". En la primera lectura, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso irrumpe en el cenáculo y "todos quedaron llenos del Espíritu Santo". Pablo, en la segunda lectura, ante la tentación que acecha a los corintios de utilizar los carismas para crear divisiones, reafirma con fuerza: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo" y "A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos". Con el salmo 103 proclamamos a Dios admirable en las obras de la creación. Para nosotros, la creación se hace transparente, y vemos en ella la mano de Dios (Laudato Si). Especialmente, en el misterio de la vida. Una misma palabra, "ruah", designa en hebreo el viento, el aliento y el espíritu vital… Todo aliento de vida de la creación es una participación o reflejo del ruah de Dios. Si hay vida sobre la tierra es porque Dios no cesa de enviar su aliento. Por eso la vida es sagrada. El gesto de Jesús exhalando su aliento sobre los discípulos sugiere el sentido cristiano de este salmo: Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.
Temas...
Celebramos hoy la solemnidad de Pentecostés, que es la plenitud de la Pascua… En la resurrección de Jesús se manifiesta la nueva vida, Jesús resucita de entre los muertos y pasa a ser el ‘primogénito’ de esa nueva vida, su fuente y su principio, su fundamento y su raíz. Los que creen en Él y le siguen, los que se incorporan a su Persona y a su Vida, a su destino, participan de su muerte y de su resurrección. Es como un nuevo nacimiento, una regeneración, es volver a vivir desde otro principio. El bautismo es el símbolo sacramental de nuestra incorporación a Cristo. Pero la nueva vida que nos viene del Señor resucitado sólo puede mantenerse y crecer si participamos también del Espíritu de Cristo, del Espíritu Santo que descendió sobre su cabeza en las aguas del Jordán y que, una vez ascendido a los cielos, haría llover en lenguas de fuego sobre sus apóstoles. Pentecostés es la plenitud de la Pascua… de la Navidad… de la Encarnación (que hoy también sea una fiesta provida).
Los que estaban muertos de miedo, se llenan de vida y de coraje al recibir el Espíritu Santo. Los que se habían encerrado por miedo a los judíos, salen a la calle y dan señales de vida, predican en las plazas y desde las azoteas, anuncian el evangelio a las multitudes y les dicen que no es el vino lo que les hace hablar sino el Espíritu. Este mismo Espíritu que abre la boca de los testigos es el que abre los oídos a los creyentes, vengan de donde vengan y cualquiera que sea su lengua. Porque es el Espíritu quien restablece la comunicación con Dios y, por tanto, también la comunicación entre los hombres.
Espíritu de comunión: La Iglesia es todo el cuerpo de Cristo, pueblo, familia de Dios (y no la ‘corporación’ de los cristianos). Creemos que lo que da unidad a la Iglesia es el Espíritu Santo, o el Espíritu de Cristo, que ha sido derramado en nuestros corazones. No estamos llamados a la uniformidad. La unidad no está reñida ni mucho menos con la diversidad, sino que, al contrario, por la acción del Espíritu Santo la unidad es más bien la armonía de diversos. En efecto, hay pluralidad de dones, de servicios, de funciones y "en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común". Hay pluralidad de miembros, pero todos están animados por un mismo Espíritu. Por otra parte, el Espíritu acaba con las diferencias que nos separan y nos enfrentan a unos contra otros, creando entre todos una fraternidad y una solidaridad, una comunión de vida. Sumergidos en un mismo Espíritu, entusiasmados, embriagados con un mismo Espíritu. Con Él no puede haber diferencias entre judíos y griegos, esclavos y libres, ni entre nosotros. Todos somos hermanos y uno solo es el Señor, Jesucristo.
"Como el Padre me ha enviado...": La Iglesia de Jesús no es una comunidad cerrada sobre sí misma y alejada del mundo. Porque es Iglesia para el mundo en el mundo sin ser de mundo. Si Jesús reúne a sus discípulos es para enviarlos al mundo, para que continúen en el mundo su misión: "Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Y por eso mismo, para que puedan cumplir la misión que les encomienda, les comunica su Espíritu: "Y dicho esto, sopló su aliento sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo". Su gesto nos recuerda lo que leemos en el Génesis, cuando Dios "insufló su aliento" en el rostro de Adán y "resultó el hombre un ser viviente". A partir de Cristo y en virtud del Espíritu de Cristo comienza una nueva creación, una nueva vida. La Iglesia es el sacramento y el instrumento al servicio de esta nueva vida, que es vida y salvación para el mundo.
Sugerencias…
«Se llenaron todos del Espíritu Santo». El Espíritu Santo es la Persona divina que tiene múltiples formas de manifestarse: como viento recio y fuego, tal y como lo presenta la primera lectura, en la que se narra el acontecimiento de Pentecostés; pero también de una forma enteramente suave, silenciosa e interior, como se lo describe en la segunda lectura, donde de lo que se trata es de dejarse guiar por su voz y su moción interior. Sea cual sea la forma en que se nos comunique, el Espíritu Santo es siempre el amor en el interior de la Santísima Trinidad y el intérprete de Cristo. Cristo nos lo envía para que comprendamos el significado de su persona, de su palabra, de su vida y de su pasión en su verdadera profundidad.
La llegada del Espíritu como un viento recio nos muestra su libertad: «El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8). Y si además desciende en forma de lenguas de fuego que se posan encima de cada uno de los discípulos, es para que las lenguas de los testigos, que empiezan a hablar enseguida, se tornen espiritualmente ardientes y de este modo puedan inflamar también los corazones de sus oyentes. Los fenómenos exteriores tienen siempre en el Espíritu un sentido interior: su ruido, como de un viento recio, hace acudir en masa a los oyentes y su fuego permite a cada uno de ellos comprender el mensaje en una lengua que les es íntimamente familiar; este mensaje que los convoca no es un mensaje extraño que primero tengan que estudiar y traducir, sino que toca lo más íntimo de su corazón.
«Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios». Con esto estamos ya en la segunda lectura, que nos muestra al Espíritu que actúa en los corazones y en las conciencias de los cristianos. También aquí tiene todavía algo del viento impetuoso por el que debemos «dejarnos llevar» si queremos ser hijos de Dios; pero ciertamente debemos dejarnos llevar como hijos libres, para diferenciarnos de los esclavos, que se mueven por una orden extraña y exterior. A este «espíritu de esclavitud» Pablo lo llama «carne», es decir, una manera de entender, buscar y codiciar los bienes terrenos, perecederos y a menudo humillantes, que nos fascinan y esclavizan. Pero si seguimos al Espíritu de Dios en nosotros, nos damos cuenta de que esta fascinación que ejerce sobre nosotros lo terreno en modo alguno es una fatalidad: «Estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente», sino que podemos ya, como hombres espirituales, ser dueños de nuestros sentidos (instintos). Pero esto no por un desprecio orgulloso de la carne, sino porque, como hijos del Dios que se ha hecho carne, podemos ser hijos de Dios. Esto es lo distintivo del Espíritu divino: que no hace de nosotros hombres orgullosos o arrogantes, sino que hace resonar en nosotros el grito del Hijo: «¡Abba! (Padre)».
«El Espíritu Santo será quien os lo enseñe todo». El evangelio explica esta paradoja: el Espíritu se nos envía para introducirnos en la verdad completa de Cristo, que nos revela al Padre. Es el Espíritu del amor entre el Padre y el Hijo, y nos introduce en este amor. Al comunicarse a nosotros, nos comunica el amor trinitario, y para nosotros criaturas el acceso a este amor es el Hijo como revelador del Padre. De este modo el Espíritu acrecienta en nosotros el recuerdo y profundiza la inteligencia de todo lo que Jesús nos ha comunicado de Dios mediante su vida y su enseñanza.
SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO. Quien advierta el rocío, desee llegar hasta la fuente. Sermón 378
Grata es para Dios esta solemnidad en que la piedad recobra vigor y el amor ardor, como efecto de la presencia del Espíritu Santo, según enseña el Apóstol al decir: El amor de Dios se ha difundido en nuestros corazones mediante el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom, 5,5). La llegada del Espíritu Santo significó que los ciento veinte hombres reunidos en el lugar se vieron llenos de él. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles escuchamos que estaban reunidos en una sala ciento veinte personas a la espera de la promesa de Cristo. Se les había dicho que permaneciesen en la ciudad hasta que fuesen revestidos del poder de lo alto. Pues yo -les dijo el Señor- os enviaré mi promesa. Él es fiel prometiendo y bondadoso cumpliendo. Lo que prometió en la tierra, lo envió después de ascendido al cielo. Tenemos una prenda de la vida eterna futura y del reino de los cielos. Si no nos engañó en esta primera promesa, ¿va a defraudarnos en lo que esperamos para el futuro?
Todos los hombres, cuando hacen un negocio y difieren el pagar, la mayor parte de las veces reciben o dan unas arras, que dan fe de que luego llegará aquello a lo que anteceden como garantía. Cristo nos dio las arras del Espíritu Santo; Él, que no podía engañarnos, nos otorgó la plena seguridad cuando nos entregó esas arras, aunque cumpliría lo prometido, aun sin habérnoslas dejado. ¿Qué prometió? La vida eterna, dejándonos las arras del Espíritu. La vida eterna es la posesión de los moradores, mientras que las arras son un consuelo para los peregrinos. Es más apropiado hablar de arras que de prenda. Estas dos cosas parecen idénticas, pero entre ellas hay diferencia no despreciable. Si se dan las arras o una prenda es con vistas a cumplir lo prometido; más cuando se da una prenda, el hombre devuelve lo que se le dio; en cambio, cuando se dan las arras, no se las recupera, sino que se les añade lo necesario hasta llegar a lo convenido.
Tenemos, pues, las arras; tengamos sed de la fuente misma de donde manan las arras. Tenemos como arras cierta rociada del Espíritu Santo en nuestros corazones, para que, si alguien advierte este rocío, desee llegar hasta la fuente. ¿Para qué tenemos, pues, las arras sino para no desfallecer de hambre y sed en esta peregrinación? Si reconocemos ser peregrinos, sin duda sentiremos hambre y sed. Quien es peregrino y tiene conciencia de ello desea la patria y, mientras dura ese deseo, la peregrinación le resulta molesta. Si ama la peregrinación, olvida la patria y no quiere regresar a ella. Nuestra patria no es tal que pueda anteponérsele alguna otra cosa. Sucede a veces que los hombres se hacen ricos en el tiempo de la peregrinación. Quienes sufrían necesidad en su patria, se hacen ricos en el destierro y no quieren regresar. Nosotros hemos nacido como peregrinos lejos de nuestro Señor que inspiró el aliento de vida al primer hombre. Nuestra patria está en el cielo, donde los ciudadanos son los ángeles. Desde nuestra patria nos han llegado cartas invitándonos a regresar, cartas que se leen a diario en todos los pueblos. Resulte despreciable el mundo y ámese al autor del mundo.
martes, 12 de mayo de 2020
lunes, 11 de mayo de 2020
HOMILIA DOMINGO SEXTO DE PASCUA cA (17 de mayo 2020)
DOMINGO SEXTO DE PASCUA cA (17 de mayo 2020)
Primera: Hechos 8, 5-8; Salmo: 65, 1-3a.4-7a.16.20; Segunda: 1Pedro 3, 15-18 o bien 4, 13-16; Evangelio: Juan 14, 15-21 o bien 17, 1-11a
Nexo entre las LECTURAS
Este sexto Domingo del tiempo pascual prepara y en cierto modo anticipa la fiesta de Pentecostés. La liturgia nos presenta a Jesús prometiendo el Espíritu, ese mismo Espíritu que le devolvió a la vida, y que en nombre de Jesús los apóstoles comunican a los samaritanos bautizados. "Yo rogaré al Padre para que les envíe otro Paráclito, para que esté siempre con ustedes", promete Jesús en el evangelio. San Pedro en su primera carta dice: "Cristo en cuanto hombre sufrió la muerte, pero fue devuelto a la vida por el Espíritu" (segunda lectura). Y san Lucas en los Hechos de los Apóstoles presenta a Pedro y a Juan "orando por los bautizados de Samaria, para que recibieran el Espíritu Santo" (primera lectura).
Temas... (Juan 14, 15-21)
En la historia de la salvación hay una sucesión armoniosa en la actuación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en beneficio siempre de la salvación del hombre. El Padre es el origen y fuente de toda iniciativa salvífica. En su amor envía a su Hijo para redimir al hombre y devolverle su condición filial. Una vez que el Hijo realizó su misión en la tierra, es enviado el Espíritu (otro Paráclito) para que acompañe al hombre en su peregrinar por este mundo hacia el Cielo. La liturgia de hoy nos presenta la promesa, hecha por Jesús a los discípulos, de enviarles el Espíritu Santo, para que esté siempre con ellos. ¿Para qué Jesucristo les hace esta promesa? Para que los discípulos no se sintieran huérfanos, ya que Jesús estaba por ir a la muerte y regresar a la casa del Padre. Jesús les dice: "No los dejaré huérfanos, volveré a estar con ustedes" (evangelio), pero no físicamente como lo conocieron en la historia sino mediante su Espíritu.
El Espíritu Santo, que Jesús promete, es ante todo el (otro) Paráclito, es decir, consolador, abogado, animador e iluminador en el proceso interno de la fe, como lo fue Él (primer Paráclito). Los discípulos y primeros cristianos experimentarán en Pentecostés, de una manera especial, esta presencia poderosa e iluminante del Espíritu. Es también el Espíritu de la verdad, de la revelación de Dios al hombre, con la que Dios ilumina toda la existencia humana y le da su verdadero significado y razón de ser. Esta verdad será plenamente acogida por los discípulos, proclamada, confesada, y también defendida ante la 'mentira' del mundo, ante los ataques de la falsedad de la mente y del corazón humanos. Es además el Espíritu que da la vida, que devuelve a la vida a Jesús (segunda lectura) y vivifica a los cristianos que creen en el Evangelio, como los habitantes de Samaria (primera lectura); el Espíritu da la vida de Dios, esa vida que, como la zarza ardiente vista por Moisés a los pies del Sinaí, no se consume ni se apaga jamás. El Espíritu es, finalmente, el impulsor de la evangelización tanto de los judíos como de los samaritanos y paganos. Por eso, los comentaristas de los Hechos de los Apóstoles suelen hablar de tres "Pentecostés": el de los judíos en Jerusalén (Hch 2), el de los samaritanos en Samaria (Hch 8) y el de los paganos en Cesarea marítima (Hch 10). Con la recepción del Espíritu Santo se pone en movimiento la evangelización, la proclamación del Evangelio y la agregación de otros muchos hombres a la comunidad de los creyentes en Cristo. De este modo, el Espíritu hará realidad las palabras de Jesús: "El que me ama será amado por mi Padre; también yo lo amaré y me manifestaré a él".
Los santos saben y experimentan que Dios cumple sus promesas. Para los primeros cristianos, ésta fue una verdad indiscutible, objeto de experiencia. Bien, las promesas de Dios se siguen cumpliendo también hoy entre los hombres. Claro que hemos de ser muy conscientes de que Dios no nos promete una 'felicidad a la carta', como a veces quisiéramos los hombres; ni un 'mundo' o una 'Iglesia' sin problemas o libres de toda incoherencia; ni unos hermanos cristianos intachables, impecables, siempre con la bondad y la sonrisa en el rostro; tampoco nos promete liberarnos de la calumnia, la persecución, la indiferencia, los malos tratos, o incluso el martirio. Nos promete ‘únicamente’ el Espíritu, Su Espíritu, y con Él nos da la capacidad para ser felices de un modo nuevo, ajeno a la mentalidad del mundo; nos da la mirada limpia para ver al mundo y a la Iglesia con fe, con optimismo, con paz, con amor; nos da un corazón generoso para abrirnos y acoger a nuestros hermanos en la fe tal como son, con sus debilidades y miserias, con sus cualidades y virtudes, con su fe, su amor y su esperanza auténticos; nos da la gracia de buscar la verdadera liberación, que es primeramente interior y espiritual, y que desde dentro trabaja por conseguir toda otra liberación de los males de este mundo.
Temas... (Juan 17, 1-11a)
Jesús implora el Espíritu. El evangelio (opcional) de hoy contiene el comienzo de la gran plegaria de Jesús al despedirse de este mundo y podemos comprenderlo, en el sentido de los días previos a Pentecostés, como una oración de Jesús al Padre para pedirle que envíe al Espíritu. Jesús pronuncia esta oración en el momento de pasar de este mundo al Padre: «Yo ya no voy a estar en el mundo, voy a ti» (v. 11). Ya le había sido dado «el poder sobre toda carne», pero sólo podía revelar a unos pocos el nombre del Padre y con él la vida eterna. Jesús tiene que rezar por ellos, ahora que se va; y lo hace para que comprendan realmente lo que significa ser uno en Él como Él es uno con el Padre. Comprender eso sólo será posible mediante el envío del Espíritu, y este envío sólo será posible a su vez cuando Jesús haya «coronado su obra» y transmitido el Espíritu Santo a su Iglesia. Seguramente Jesús pronunció esta oración antes de su pasión, pero la oración conserva su eterna validez, dado que Él es en todo tiempo «nuestro defensor ante el Padre» (1 Jn 2,1), precisamente también en lo que se refiere al Espíritu Santo que ha prometido enviar a los suyos de parte de su Padre (Jn 15, 26).
La Iglesia reza para implorar el Espíritu. La Iglesia hace (en la primera lectura) lo que Jesús le ha mandado: como discípulos de Jesús, junto con María, algunas mujeres y los hermanos de Jesús, los apóstoles «se dedican a la oración en común» para implorar el Espíritu prometido. No tenemos ningún derecho a menospreciar esta orden expresa del Señor, oremos implorando el Espíritu Santo. Este, como Espíritu Santo que es, sólo puede entrar en los que son «pobres en el espíritu» (Mt 5,3), es decir: en aquellos que tienen su propio espíritu vacío y limpio o lo vacían para hacer sitio al Espíritu de Dios. La oración de la comunidad reunida implora esta pobreza (con ocasión de la cuarentena esta pobreza se nos nota más y nos hace bien) para tener sitio para la riqueza del Espíritu. No deja de ser maravilloso que María, el receptáculo perfectamente pobre del Espíritu Santo, se encuentre entre los que rezan para completar con su oración perfecta toda oración raquítica e imperfecta. Por medio de ella la invocación del don del cielo se torna perfecta y es oída infaliblemente.
La Iglesia que ama es la que mejor reza. La carta de Pedro (segunda lectura) añade una nota más. Repite una de las bienaventuranzas del Señor: «Si los ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos ustedes»; y añade inmediatamente: «porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre ustedes». Es que el padecimiento de la humillación por amor a Cristo es ya, en sí, una oración para implorar el Espíritu, una oración que es escuchada al instante. Sí, es una oración que quizá hace ya que no soportemos nuestros padecimientos en el abatimiento o en la rebelión o en la pandemia, sino en el Espíritu de Dios. Esto, que visto con los ojos del mundo es una vergüenza, no debe ser percibido por el cristiano como algo de lo que hay que «avergonzarse»; el cristiano debe saber más bien que es precisamente, así como da gloria a Dios. Los Hechos de los Apóstoles lo confirmarán en muchos pasajes, así como las vidas de los múltiples santos que han existido a lo largo de la historia de la Iglesia. En efecto: es siempre la Iglesia perseguida y humillada la que puede rezar más eficazmente para implorar el Espíritu.
Sugerencias...
Puesto que Dios cumple sus promesas, nuestras comunidades han de ser comunidades gozosas y seguras en su fe (Papa Francisco, E. Gaudium). Sin querer cerrar los ojos al mal existente (cuarentena/pandemia y las mismas fake news), la promesa de Dios continúa actuándose y realizándose en medio de la comunidad. Si no la percibimos, ¿no será que nuestra fe es débil, y quizá enfermiza y que DEBEMOS pedir ayuda a Dios? Por otra parte, sin dejar a un lado las dudas y perplejidades de los cristianos en la concepción y vivencia de su fe, la presencia del Espíritu de la verdad debe confortar a la comunidad cristiana y proporcionarle una gran solidez en su fe. Nuestra fe no se apoya en los hombres, por más geniales que sean, ni en los ángeles, sino en el Espíritu mismo de Dios, que es Espíritu de Verdad, que es el Maestro Interior (otro Paráclito) que fortifica y garantiza la revelación de Dios y la respuesta de fe (martirial) a esa revelación.
Temas... (otra)
Cristo sigue presente. Nos quedan dos semanas ‘de Pascua’, hasta el Domingo 31 de mayo, en que la concluiremos con la solemnidad de Pentecostés. El Domingo próximo celebraremos lo que parece la "ausencia" del Señor, su Ascensión. Pero ¿es de veras una ausencia? Las lecturas de hoy nos han asegurado que Jesús sigue presente en medio de nosotros, aunque no le veamos (nosotros, los que vivimos prácticamente ya en el año 2020, pertenecemos a aquellos de los que Jesús habló a Tomás: los que creen sin haber visto). Jesús nos ha dicho en el evangelio que, a pesar de que "vuelve al Padre", sigue estando con nosotros: "no los dejaré huérfanos", "yo sigo viviendo", "Yo estoy con mi Padre, ustedes conmigo y yo con ustedes". Recordemos que las palabras de despedida el día de la Ascensión serán: "Yo estoy con ustedes todos los días". El Señor Resucitado nos está presente de muchas maneras: en la misma comunidad reunida en su nombre, en la Palabra que nos comunica, en sus sacramentos, y de modo particular en ese Pan y Vino (consagrados) que Él ha querido que fueran nuestro alimento para el camino. Y también en la persona del prójimo: "Lo que hicieren a uno de ellos, a mí me lo hacen". Si somos conscientes de esta presencia continuada del Señor Resucitado en nuestra vida, todo adquiere otro color y se nos llena de mayor confianza y optimismo la historia personal y comunitaria. ¡Vayamos con alegría a practicar las obras de misericordia! En tiempos de tormenta por el COVID-19 y las leyes de protección esto es aún mas urgente y necesario…
El Espíritu, el don que nos hace el Resucitado. Empieza, de manera peculiar, a aparecer en las lecturas otro protagonista que llena de sentido nuestra vida y hace posible esa presencia del Señor Jesús: el Espíritu Santo que Él nos ha prometido y nos ha enviado. Oímos de Él en la primera lectura, que los creyentes de Samaria reciben el Espíritu por el ministerio del diácono Felipe y de los apóstoles, en lo que hoy llamamos, podemos decir, los sacramentos de la iniciación: el Bautismo y la Confirmación. De nuevo, en la segunda lectura, Pedro nos decía que Cristo, dándonos un ejemplo definitivo de entrega, bajó a la muerte, "pero volvió a la vida por el Espíritu". Y, por fin, Jesús, en la última cena, prometía a los suyos, como hemos leído en el evangelio, que nos enviaría su Espíritu como defensor y maestro de la verdad, un Espíritu que estará siempre con nosotros, que vivirá con nosotros y estará con nosotros.
El Espíritu, alma de la Iglesia. El Espíritu es el que anima —también ahora— a la comunidad cristiana. Es como su alma, su motor interior. El misterio y la razón de ser de la Iglesia radican sobre todo en la presencia de Cristo y en la acción vivificadora de su Espíritu. Él es el que suscita y llena de su gracia a los ministros ordenados, signos de Cristo en y para la comunidad. En las lecturas de hoy aparecían diáconos predicando y bautizando, y los apóstoles comunicando más plenamente el don del Espíritu a los bautizados. Los ministros ordenados siguen también hoy, animando la comunidad, guiando su oración, presidiendo la celebración de sus sacramentos, evangelizando, atendiendo a los enfermos, construyendo fraternidad. Es una misión noble y difícil la que intentan cumplir: y es el Espíritu de Cristo Resucitado el que les da luz y fuerza para ello.
Él es también el que anima a la comunidad entera, moviéndola interiormente, empujándola a la acción misionera y caritativa en medio de la sociedad, haciendo surgir en ella ideas e iniciativas de todo género, enriqueciéndola con sus dones de amor, de verdad, de alegría. Haciéndola una comunidad no conformista, sino trabajadora, testimonial, preocupada por la justicia y la promoción de todos. ¿No es obra del Espíritu el Concilio Vaticano II y todo lo que le ha seguido de renovación? ¿no es obra del Espíritu las obras de Misericordia que muchos cristianos están obrando en todo el mundo? Y ¿no es obra del Espíritu la paciencia fuerte de muchos cristianos laicos que padecen con fe y caridad el no poder acercarse a la Comunión Sacramental?
Él es quien da eficacia a los sacramentos que celebramos: el Bautismo, en que renacemos del agua y del Espíritu; la Confirmación, que es el don del Espíritu por el ministerio del obispo de la diócesis; la Eucaristía, en que invocamos al Espíritu sobre el pan y el vino para que él los convierta en el Cuerpo y Sangre de Cristo; la Reconciliación penitencial, en que el Espíritu nos llena de su vida y su gracia... Él suscita la alegría del Matrimonio y de la consagración Sacerdotal.
Él es quien da fuerza a cada cristiano, para que podamos ser fieles al estilo de vida evangélico que nos ha enseñado Cristo Jesús. Pedro nos invitaba en su carta a que tengamos ánimos, a que nos mantengamos firmes a nuestra identidad cristiana en medio de un mundo que posiblemente no nos ayuda a ello. Si ya en aquellos tiempos había contradicción entre los criterios evangélicos y los de la sociedad, igual ahora. Y nos proponía el mejor ejemplo: el mismo Cristo Jesús, que tuvo que sufrir persecución, hasta la muerte, pero fue resucitado por el Espíritu, y ahora vive triunfante junto a Dios.
También ahora, el Espíritu nos quiere comunicar a cada uno de nosotros la Pascua, la vida nueva de Cristo, llena de energía, de alegría, de libertad, de creatividad ¿Será verdad que, al cabo de estas siete semanas de fiesta en torno al Resucitado, también nuestra vida de cada día será más pascual?
miércoles, 6 de mayo de 2020
HOMILIA DOMINGO QUINTO DE PASCUA cA (10 de mayo 2020)
DOMINGO QUINTO DE PASCUA cA (10 de mayo 2020)
Primera: Hechos 6, 1-7; Salmo: 32, 1-2. 4-5. 18-19; Segunda: 1Pedro 2, 4-10; Evangelio: Juan 14, 1-12
Nexo entre las LECTURAS
La liturgia de los últimos domingos de Pascua concentra nuestra atención sobre las enseñanzas de Jesús contenidas en el sermón de la Cena, testamento precioso dejado a sus discípulos antes de dirigirse a la Pasión.
Hoy aparece en primer plano la gran declaración: «Yo soy el camino, la verdad y la Vida» (Jn 14, 6), que había sido provocada por la pregunta de Tomás, quien, no habiendo comprendido cuanto Jesús había dicho sobre su vuelta al Padre, le había preguntado: «Señor, no sabemos adónde vas: ¿cómo, pues, podemos saber el camino?» (ib 5). El apóstol pensaba en un camino material, pero Jesús le indica uno espiritual, tan excelente que se identifica con su persona: «Yo soy el camino»; y no sólo le muestra el camino, sino también el término -la verdad y la vida- a que conduce, que es también él mismo. Jesús es el camino que lleva al Padre: «Nadie viene al Padre sino por mí» (ib 6); es la verdad que lo revela: «El que me ha visto a mi ha visto al Padre» (ib 9); es la vida que comunica a los hombres la vida divina: «Como el Padre tiene la vida en sí mismo», así la tiene el Hijo y la da «a los que quiere» (Jn 5, 26. 21). El hombre puede ser salvado con una sola condición: seguir a Jesús, escuchar su palabra, dejarse invadir por su vida que le es dada por la gracia y el amor. De esta manera no sólo vive en comunión con Cristo, sino también con el Padre que no está lejos ni separado de Cristo, sino en Él mismo, pues Cristo es una sola cosa con el Padre y el Espíritu Santo. «Créanme, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí» (Jn 14, 11). Sobre esta fe en Cristo verdadero hombre y verdadero Dios, camino que conduce al Padre e igual en todo al Padre, se funda la vida del cristiano y la de toda la Iglesia.
La primera y la segunda lectura nos presentan el desarrollo y la Vida de la Iglesia primitiva bajo el influjo de Jesús, «camino, verdad y vida». La lectura de los Hechos (6, 1-8) nos hacen asistir al rápido crecimiento de los creyentes como fruto de la predicación de los Apóstoles y de la elección de sus primeros colaboradores que, haciéndose cargo de las obras caritativas, dejaban a los primeros la libertad de dedicarse por entero «a la oración y al ministerio de la palabra» (ib 4). Se trataba del culto litúrgico -celebración de la Eucaristía y oración comunitaria, pero también ciertamente de la oración privada en la cual habían sido instruidos los Apóstoles con las enseñanzas y los ejemplos de Jesús. Del mismo modo que el Maestro pasaba largas horas en oración solitaria, también el apóstol reconoce la necesidad de adquirir nuevo vigor en la oración personal hecha en íntima unión con Cristo, pues sólo de esta manera será eficaz su ministerio y podrá llevar al mundo la palabra y el amor del Señor.
Mientras la lectura de los Hechos nos habla de los Apóstoles y de sus colaboradores, la segunda lectura se ocupa del sacerdocio de los fieles, escribe San Pedro a los primeros cristianos: «Ustedes son linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa» (1 P 2, 9). Nadie está excluido de este sacerdocio espiritual que se extiende a todos los bautizados asociándolos al sacerdocio de Cristo Jesús, único camino que conduce al Padre, es también el único Sacerdote que por propia virtud reconcilia a los hombres con Dios y le ofrece un culto digno de su majestad infinita; pero, «allegados a él», también los fieles son levantados a un «sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por Jesucristo» (ib 4-5). Jesús es la única fuente de vida en la Iglesia, la única fuente del sacerdocio ministerial y del de los fieles; no hay culto ni sacrificio digno de Dios si no va unido al de Cristo, lo mismo que no hay santidad ni fecundidad apostólica si no derivan de Él.
El Salmo nos invita a fortalecer nuestro ánimo… ¡Dios está! y por eso lo alabamos. Motivo de alabanza es la confianza ilimitada en el poder conquistador (misericordia amorosa) de Dios, porque su «plan subsiste por siempre y los proyectos de su corazón de edad en edad». Tenemos la certeza de que nuestro servicio a Dios en su progresivo reinado tiene futuro y no es una ilusión. La certeza no nace de nuestro prestigio social, de nuestras cualidades humanas, de la cantidad numerosa que somos, de la cantidad de palabras que decimos o escribimos o de nuestras técnicas: «No vence el rey por su gran ejército, no escapa el soldado por su mucha fuerza... ni por su gran ejército se salva». La certeza brota de la seguridad de que Dios ha puesto sus ojos en nuestra pobre humanidad, reanimándonos en nuestra escasez, alegrándonos en nuestras penas, auxiliándonos en las situaciones que llamamos ‘desesperadas’: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor.», dichosos si nos sabemos edificados, en la Iglesia y en el mundo, por Dios y su amor misericordioso.
Temas...
La casa del Padre es el cielo. En él mora Jesucristo resucitado y nos tiene preparado un lugar a nosotros. Como enseña el catecismo: "Por su muerte y resurrección Jesucristo nos ha 'abierto' el cielo (1026). Desde el cielo nos invita a seguir sus pasos ("yo soy el Camino y la Verdad y la Vida"), porque nadie va a la casa del Padre sino por Cristo. La imagen de la casa, para describirnos el cielo, nos está hablando del cielo como un HOGAR, una familia, intimidad, amor, lugar en el que da gusto estar. El cielo es el encuentro definitivo y para siempre con nuestro Padre Dios, con nuestro Redentor Jesucristo, con nuestro Santificador el Espíritu Santo, con nuestra Madre, beatísima Virgen María; igualmente, es el encuentro con todos los hermanos redimidos por la sangre de Cristo, en un abrazo indescriptible de fraternidad y comunión. El cielo es la patria del amor inmortal, del amor que ha vencido el odio y la injusticia, del amor que une a todos en una participación inefable de la vida misma de Dios-Amor, del Amor que es creador y Redentor. El cielo es nuestra verdadera PATRIA, porque aquí en la tierra "no tenemos morada permanente".
Aquí en la tierra, la casa del Padre es la Iglesia (y cada uno). Una casa que se construye con piedras vivas, una casa que nunca estará terminada, porque en cada generación se renueva y se restaura, una casa con las puertas abiertas a todos los que quieran entrar, una casa donde todos nos sentimos familia de Dios. El catecismo (756) nos dice que esta “construcción” recibe en la Escritura varios nombres: "casa de Dios (1Tim 3,15) en la que habita su familia, habitación de Dios en el Espíritu (Ef 2,19-22), tienda de Dios con los hombres (Ap 21,3), y sobre todo, templo santo (1Pe 2,5). La Iglesia es una familia, y por tanto deben estar muy unidos todos los miembros entre sí, y por tanto debe haber una vocación de servicio de los padres hacia los hijos y de los hijos hacia los padres, y, por tanto, todos juntos debemos buscar, cada uno según sus posibilidades y tareas, el bien y la felicidad de la familia. Esta es la Iglesia, la “asamblea convocada” … Dios convoca a todos. Y cada uno edifica con la practica de las virtudes y de las obras de misericordia en el marco referencial de los mandamientos.
Esta familia de Dios no está exenta de problemas: la primera lectura, muestra que los problemas (también esta pandemia/cuarentena) se pueden resolver, cuando hay disposición sincera en oír a Dios que nos dispone a todos en buena voluntad, colaboración, y búsqueda común -del modo más apropiado- para hallar la solución. Esto es lo que sucedió en la comunidad de Jerusalén, y por eso volvió a reinar la paz y la concordia entre los miembros de la familia. Éste debe ser también hoy el camino para afrontar las dificultades y dolores en/de la Iglesia, en cuanto familia de Dios: crecer aún más en la oración y en la práctica de las obras de misericordia… una comunidad que adora, ama y sirve, es una comunidad que crece como familia de Dios.
Sugerencias...
Jesús se va con el Padre, y, sin irse, volverá: Los evangelios comienzan ya a hacer referencia a los acontecimientos de la Ascensión y Pentecostés. Pero Jesús invita primero a sus discípulos a no perder la calma: «Crean en mí». Tengan la seguridad de que lo que hago es lo mejor para ustedes. Después habla con suma prudencia de su marcha: me voy a prepararles sitio y volveré para llevarlos conmigo, «a fin de que donde yo esté, estén también ustedes». Jesús se irá con el Padre. Los discípulos comprenden que eso está muy lejos y preguntan por el camino a seguir. La respuesta de Jesús es superabundante: el camino es Él mismo, no hay otro. Pero Jesús es aún más: Él es también la meta, porque el Padre, al que lleva el camino, está en Él, directamente visible para el que ve a Jesús como el que realmente es. El Señor se extraña de que uno de sus discípulos todavía no se haya dado cuenta de ello después de tanto tiempo de vida en común. En Él, que es la Palabra de Dios, Dios Padre habla al mundo; e incluso el Padre hace sus obras en Él: se alude aquí a los milagros de Jesús, que realmente deberían ayudar a todo hombre a creer que el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre. Jesús volverá con una figura que no dará lugar a ningún malentendido: con la gloria del Padre resplandeciendo en Él. Pero en el entretanto no dejará «desamparados» a los suyos: habitará con el Padre íntimamente en ellos, de una manera que Él les revelará a ellos solos (Jn 14,23), y el Espíritu Santo de Dios les hará comprender «que yo estoy con el Padre, ustedes conmigo y yo con ustedes». Al final aparece una promesa casi incomprensible para la Iglesia: ella hará, si cree en Jesús, «las obras que yo hago, y aún mayores». Ciertamente no se trata de milagros más espectaculares; lo que Jesús quiere decir es que a la Iglesia le está reservada una presencia, buena y misericordiosa, en el mundo para hacer que la salvación llegue a todos en todas partes. La oración dominical, la oración del Señor, el Padrenuestro, nos señala la espiritualidad de hijos y hermanos que tenemos que madurar todos los días hasta el fin de los días.
La casa espiritual. Tras la marcha de Jesús al Padre y el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia, se construye (en la segunda lectura) el templo vivo de Dios en medio de la humanidad, y los que lo edifican como «piedras vivas» son al mismo tiempo los sacerdotes que ejercen su ministerio en él y que son designados incluso como «sacerdocio real», conviene volver a invitar a rezar por el aumento de las vocaciones sacerdotales y por la perseverancia fiel de los sacerdotes. Al igual que el templo de Jerusalén con sus sacrificios materiales era el centro del culto antiguo, así también este nuevo templo con sus «sacrificios espirituales» es el centro de la humanidad redimida; está construido sobre «la piedra viva escogida por Dios», Jesucristo, y por ello participa también de su destino, que es ser tanto “la piedra angular” colocada por Dios como la “piedra de tropezar”. La Iglesia no puede escapar a este doble destino de estar puesta como Luz de las Naciones y también “signo de contradicción”, la Iglesia participa del misterio que el anciano Simeón anunció de Cristo y de la Virgen María, está en el mundo “para que muchos caigan y se levanten” (Lc 2,34).
Servicio espiritual y temporal. La primera lectura, en la que se narra la elección de los primeros diáconos para encargarlos de una tarea administrativa, temporal de la Iglesia, mientras que los apóstoles prefieren dedicarse «a la oración y al servicio de la palabra», muestra las dimensiones de la casa espiritual construida sobre Cristo. Del mismo modo que el Hijo era auténticamente hombre en contacto permanente de oración con el Padre y anunciando su palabra, pero al mismo tiempo había sido enviado a los hombres del mundo, a enfrentarse a sus miserias, enfermedades y problemas espirituales, así también se reparten en la Iglesia los diversos carismas y ministerios sin que por ello se pierda su unidad. Dicho con palabras del evangelio: Cristo va a reunirse con el Padre sin dejar de estar con los suyos en el mundo. Él sabe «que ellos se quedan en el mundo» (Jn 17,11) y no lo olvida en su oración; el Espíritu que les envía es Espíritu divino y a la vez Espíritu misional que dirige y anima la misión de la Iglesia.
Nuestra Señora de la anunciación y de la misión, ruega por nosotros.
domingo, 26 de abril de 2020
HOMILIA DEL CUARTO DOMINGO DE PASCUA (3 DE MAYO 2020)
DOMINGO CUARTO DE PASCUA cA (03 de mayo 2020)
Primera: Hechos 2, 14a. 36-41; Salmo: 22, 1-6; Segunda: 1Pedro 2, 20b-25; Evangelio: Juan 10, 1-10
Nexo entre las LECTURAS
Jesús, como PUERTA del redil, es la metáfora que sintetiza el mensaje de la liturgia. También la LIBERTAD es un tema nexo, pues la imagen de “puerta” (y más en estos días de cuarentena) sugiere la idea de por salir y de entrar, de ir y venir. Jesús dice de sí mismo: “Les aseguro que yo soy la puerta por la que deben entrar las ovejas” (evangelio). En los Hechos de los Apóstoles, Pedro exhorta a sus oyentes: “Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados” (primera lectura), y sabemos que el bautismo es la puerta por la que se entra en la Comunidad cristiana. El mismo Pedro, en su primera carta, escribe a las comunidades de Asia Menor: “andaban como ovejas perdidas, pero ahora han vuelto al Pastor y Guardián de ustedes” (segunda lectura), indicando una de las funciones de la puerta, que es proteger al rebaño de todo lo que pueda dañarlo. Como broche de oro rezamos con el salmo 22, uno de los más bellos de todo el salterio que comienza con una afirmación ‘atrevida’: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Como creyentes nos sabemos guiados y acompañados por la mano firme y protectora del pastor. Al rezarlo proclamamos con audacia tranquila la ausencia de ambiciones… confesamos que tenemos todo lo que necesitamos: conducción, seguridad, alimento, defensa, escolta, techo donde habitar... Difícilmente anidarán en nuestro corazón la agresividad, la envidia, la rivalidad, todas esas actitudes que amenazan siempre el convivir con los otros fraternalmente… pues el Señor es nuestro Pastor y nada más nos falta.
Temas...
- En el capítulo 10 san Juan utiliza diversas imágenes, que tienden a explicar la realidad de la comunidad cristiana, de la Iglesia: redil, puerta, pastor, asalariado, etc. En esta bellísima alegoría el redil es la comunidad de creyentes en Cristo. Jesús es tanto la puerta del redil, como el pastor de las ovejas. El texto habla de asalariados, ladrones y asaltantes… la liturgia de hoy, con todo, se centra en la imagen de Jesucristo, PUERTA. Es bueno que podamos volver una vez más a la rica imagen de Puerta Jubilar… pues no era la de material, sino que CRISTO, LA PUERTA.
- La puerta es el lugar por donde se entra al redil, a la comunidad de fe. Esa puerta es Cristo muerto y resucitado, que ha constituido un nuevo rebaño mediante una nueva alianza en su sangre. El cristiano pasa por esa puerta de salvación hacia la nueva comunidad de fe por medio del bautismo. Por el bautismo somos inmersos en el misterio pascual de Jesucristo, y somos simultáneamente incorporados a la Iglesia (cf. CIC 1213-1214). Quien quisiera entrar al redil, pertenecer a la Iglesia, sin pasar por la Puerta, que es Cristo, es "ladrón y salteador" (Jn 10,1). Una pertenencia meramente mundana a la Iglesia es imposible; como es asimismo imposible querer separar la fe en Jesucristo de la fe y pertenencia a la Iglesia (no es posible la afirmación: "Cristo sí, Iglesia no"). Inmersos en el misterio pascual de Cristo, nuestro estilo de vida debe ser “misericordiosos como el Padre” y servidores como Jesús… hasta el fin.
- La puerta es el lugar por donde las ovejas salen del redil en busca de buenos pastos. ¿Cuáles son esos pastos para la comunidad cristiana? Ante todo, la Palabra viva y eficaz de la Escritura, luego los sacramentos instituidos por Jesucristo para la salvación de los creyentes, finalmente el buen ejemplo de los hermanos en la fe, la práctica de la Caridad, hagamos memoria de San José Gabriel, Mama Antula, Tránsito Cabanillas, Crescencia Pérez, Ceferino, Don Zatti, Laurita Vicuña, Angelelli, Wenceslao… La puerta para tener acceso a esos buenos pastos es Jesucristo en su realidad histórica y en su vida gloriosa, Palabra de Dios y auténtico 'exegeta' del Padre, fuente y origen primordial de todos los sacramentos, arquetipo del estilo cristiano de vida. Los santos nos guían por este camino para entrar por la PUERTA.
- La puerta del redil es también un instrumento de protección y defensa de quienes están dentro. Jesucristo resucitado es el guardián de las ovejas, que las defiende de cualquier salteador (hoy la ‘pandemia’ y la cuarentena) y de cualquier lobo rapaz que merodea en torno al redil. Cuando la comunidad creyente está protegida por Cristo, Única Puerta del redil, hemos de estar seguros de que al rebaño no le acaecerá nada malo, no sufrirá ningún daño, incluso en medio de tribulaciones, tormentas y grandes dificultades de enemigos poderosos que quieren asaltar el rebaño.
Por deseo de san Pablo VI, papa, se celebra hoy en toda la Iglesia la jornada mundial por las vocaciones sacerdotales (este año es la 57ma) con cuatro palabras claves: “dolor, gratitud, ánimo y alabanza”. Tengamos presente que el sacerdote ciertamente no es la puerta del redil, pero sí el guardián que la abre y la cierra a las ovejas. Un momento propicio para rezar por la santidad de nuestros sacerdotes, del Obispo, por el aumento de las vocaciones, especialmente por quienes están atravesando alguna crisis vocacional. Es de mucha actualidad y de mucha necesidad para el futuro de la fe.
(1) Sugerencias...
Yo soy la Puerta.
Pocas veces se habrá hablado de la libertad con tanta ambigüedad y confusión como en nuestros días. Hay una «liberación» impuesta por el nuevo contexto social que lejos de ser un camino de crecimiento personal es represión y anulación de una verdadera personalidad humana. «¿Todavía no te has liberado?» Esta es la llamada que se nos hace hoy desde diversos ámbitos de la sociedad, invitándonos a romper con tradiciones, costumbres o fidelidades pasadas, para entrar en ‘otra esclavitud’ impuesta por nuevas modas y presiones sociales.
- Hay quienes se creen más libres por el hecho de romper con todo lo prohibido anulando toda conciencia de culpabilidad. Olvidan que éste es el camino mejor para caer en la irresponsabilidad, el narcisismo autocomplaciente y la esterilidad.
- Otros quieren ser «libres como pájaros» y rehúyen todo aquello que puede exigirles compromiso y entrega. Olvidan que estamos hechos para ser libres no como pájaros sino como hombres (amar y servir).
- Ser libre es una ilusión si no nos conduce a ser más humanos. ¿Qué es la libertad si no nos lleva a una mayor fidelidad a nosotros mismos, una coherencia mayor con nuestras convicciones más profundas, una búsqueda sincera y sacrificada de lo que puede dar un sentido más digno y noble a nuestra vida? La Virgen María es el modelo perfecto de libertad y lo expresó diciendo: “aquí esta la ESCLAVA del Señor”.
Discernir… ¿Puede decirse que un hombre «se ha liberado» por el simple hecho de haber superado escrúpulos tradicionales en el campo religioso, moral y social, si vive aburrido, sin proyecto ni horizonte alguno, incapaz de dar sentido a su vivir diario? ¿Puede decirse que «se ha liberado» quien actúa movido únicamente por espíritu de competencia, eficacia y éxito, utilizando su poder para imponerse, lleno de horror ante el fracaso, incapaz de nada que signifique entrega generosa y gratuita al otro? ¿Puede ser libre quien dice “es mi cuerpo, yo decido” y después va a pedir para que otros paguen y sostengan su decisión… para que otros, dictaminando una ley les quite (o pretendan) el peso de la conciencia?
Son muchos los contagiados por eso que alguien ha llamado «el mal de la libertad», es decir, la búsqueda obsesiva de una libertad vacía de contenido, que no quiere saber nada de entrega, fidelidad, solidaridad, crecimiento personal y comunitario. Ser creyente es vivir vinculado a Cristo. Pero precisamente, esa vinculación y adhesión a Cristo es lo que permite al cristiano dar contenido humano a su libertad. Él es la puerta que da acceso a la auténtica liberación.
Sean profundos y amen la oración. Tal vez uno de los riesgos más preocupantes de la Comunidad humana –en todo el mundo– sea la superficialidad, la improvisación, el inmediatismo y la aceptación del relativismo. Falta más reflexión y más oración; meditar más la Palabra de Dios, desde el corazón de la Iglesia; por eso, falta de compromiso y de coraje, falta de verdadera esperanza. Hace falta una humanidad, una juventud alegre y serena, reflexiva y orante, que ame el desierto y el silencio, que lea y escuche, que medite y rece, que esté en contacto con la naturaleza y contemple. Rezamos para que la cuarentena sea aprovechada en nuestros corazones y mentes para ser mas de Dios, de Cristo… que es la puerta para poder salir hacia el bien para gloria de Dios.
Una humanidad, una juventud profunda, capaz de comprometerse radicalmente con el Señor (incluso capaz de venderlo todo, sentirse libre y seguir al Señor), y al mismo tiempo, sensible al dolor del hombre –a su pobreza, a su enfermedad, a su miseria– y con capacidad de acogida, de solidaridad y de servicio. Si la juventud argentina –particularmente la cristiana– quiere construir verdaderamente la civilización del amor, hacer con todos una Patria de hermanos (cosas que rezamos el sábado con ocasión de los 400 años de la visita de la Virgen del Valle), tiene que ser una juventud que escuche la Palabra de Dios, la acoja con docilidad, la guste contemplativamente, la realice con disponibilidad y la comunique con alegría.
Esta es la promesa de Jesús: ¡Yo soy la PUERTA! Y luego: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. Responder a su llamada, orientar la vida en la dirección que señala su mensaje, comprometerse en construir «el reino de Dios», es lo que puede ayudarnos a conocer la verdadera liberación.
(2) Sugerencias...
Propongo algunos puntos de reflexión:
“Explicar”, iluminar y ayudar a la Comunidad PARA que puedan comprender que una ‘Iglesia sin sacerdotes’ no es la Iglesia querida por Jesucristo, como tampoco lo sería ‘una Iglesia sin laicos’. La Iglesia de Cristo está constituida por jerarquía y laicado, por pastores y ovejas, por quienes han sido llamados a ejercer el servicio de la autoridad y de la donación total, y quienes han sido llamados a ejercer el servicio de la obediencia de la fe y de la santificación en el mundo. Y rezar mucho para que tanto Sacerdotes y Laicos sean santos, trabajen seriamente su vida interior para que lleguen a serlo… y santos místicos.
La vocación sacerdotal es un don de Dios, pero que requiere la colaboración de todos (familia, parroquia, asociaciones, movimientos eclesiales) para que el don despunte en el corazón de los llamados. La semilla de Dios difícilmente despuntará, crecerá, si no encuentra una tierra buena y fecunda. ¿Nos hemos preguntado alguna vez sobre el número de vocaciones al sacerdocio, 'malogradas' porque no contaron con el ambiente favorable?
Orar con constancia por las vocaciones sacerdotales: por los seminaristas que inician el camino de preparación, por quienes ya están en camino para que continúen en él preparándose lo mejor posible para llevar a cabo su ministerio pastoral: que es amar como Jesús y servir como el Buen Pastor, orar por quienes ya son sacerdotes para que tengan siempre presente ante sus ojos 'al pastor y guardián de nuestras almas'. ¿No sería estupendo instituir en tu parroquia la adoración por las vocaciones, un día de cada mes?
También es bueno que podamos ayudar con nuestro aporte, dinero, de manera individual o en grupos para mantener a los seminaristas y a los Seminarios. ¿Conoces cómo se hace en la diócesis este aporte organizado? ¿te organizas para hacer tu aporte o el de tu familia? ¿Hablas de las vocaciones sacerdotales? Los sacerdotes, ¿ofrecemos espacios para hablar del sacerdocio? ¿invitamos para que sigan a Cristo más de cerca en el camino sacerdotal?
(3) Sugerencias...
Queridos hermanos y hermanas:
El 4 de agosto del año pasado, en el 160 aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, quise ofrecer una Carta a los sacerdotes, que por la llamada que el Señor les hizo, gastan la vida cada día al servicio del Pueblo de Dios.
En esa ocasión, elegí cuatro palabras clave —dolor, gratitud, ánimo y alabanza— para agradecer a los sacerdotes y apoyar su ministerio. Considero que hoy, en esta 57 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, esas palabras se pueden retomar y dirigir a todo el Pueblo de Dios, a la luz de un pasaje evangélico que nos cuenta la singular experiencia de Jesús y Pedro durante una noche de tempestad, en el lago de Tiberíades (cf. Mt 14,22-33).
Queridos hermanos: Particularmente en esta Jornada, como también en la acción pastoral ordinaria de nuestras comunidades, deseo que la Iglesia recorra este camino al servicio de las vocaciones abriendo brechas en el corazón de los fieles, para que cada uno pueda descubrir con gratitud la llamada de Dios en su vida, encontrar la valentía de decirle “sí”, vencer la fatiga con la fe en Cristo y, finalmente, ofrecer la propia vida como un cántico de alabanza a Dios, a los hermanos y al mundo entero. Que la Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros.
Roma, San Juan de Letrán, 8 de marzo de 2020, II Domingo de Cuaresma (Mensaje del Papa Francisco)
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