miércoles, 20 de julio de 2011

EL ABUELO DANIEL

El 20 de julio de 1916, nació un gran hombre, don Daniel Larrat, hombre sincero y bonachón, que con su don de afabilidad unía a sus hijos, vecinos y amigos. Dios le concedió la gracia de vivir pendiente de la necesidad del otro. Muchas veces ante la desgracia ajena, no esperaba un minuto y salía al socorro, a la ayuda del hermano. Siempre en su bicicleta o caminando, llegaba a todas las casas de los vecinos, y con un "che hay que ayudar" animaba a sus vecinos y familiares a ser solidarios. Recuerdo su fe, su confianza puesta en Dios y en la intercesión de Ceferino, muchas veces lo ví ir a Misa y decirle al sacerdote en medio de la celebración " Padre perdón, pero yo no me levanto, porque no puedo" pero su imposibilidad no le impedía ir a la Eucaristía.
Cuantos recuerdos brotan en mi interior, estoy orgullosa de ser su nieta, fue un hombre que con debilidades y miserias siempre tuvo un gesto oportuno para el hermano. Sus hijos y sus nietos, sus hijos políticos todos recordamos cuando el abuelo Daniel nos reunía y unía a lo que estaba desunido, aunque han pasado varios años desde que partió a la casa del Padre, sabemos que su amor, sus gestos, sus actos de amor siguen vigentes, siguen presentes entre nosotros.
Gracias Señor por el abuelo Daniel.
Silvina

martes, 5 de julio de 2011

QUE LA CARIDAD SEA SIN FINGIMIENTO

P. Raniero Cantalamessa


Tercera Predicación de Cuaresma

QUE LA CARIDAD SEA SIN FINGIMIENTO




1. Amarás al, prójimo como a ti mismo

Se ha observado un hecho. El río Jordán, en su curso, forma dos mares: el mar de Galilea y el mar Muerto, pero mientras que el mar de Galilea es un mar bullente de vida, entre las aguas con más pesca de la tierra, el mar Muerto es precisamente un mar “muerto”, no hay traza de vida en él ni a su alrededor, sólo salinas. Y sin embargo se trata de la misma agua del Jordán. La explicación, al menos en parte, es esta: el mar de Galilea recibe las aguas del Jordán, pero no las retiene para sí, las hace volver a fluir de manera que puedan irrigar todo el valle del Jordán.

El mar Muerto recibe las aguas y las retiene para sí, no tiene desaguaderos, de él no sale una gota de agua. Es un símbolo. Para recibir amor de Dios, debemos darlo a los hermanos, y cuanto más lo damos, más lo recibimos. Sobre esto queremos reflexionar en esta meditación.

Tras haber reflexionado en las primeras dos meditaciones sobre el amor de Dios como don, ha llegado el momento de meditar también sobre el deber de amar, y en particular en el deber de amar al prójimo. El vínculo entre los dos amores se expresa de forma programática por la palabra de Dios: “Si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. ” (1 Jn 4,11).

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” era un mandamiento antiguo, escrito en la ley de Moisés (Lv 19,18) y Jesús mismo lo cita como tal (Lc 10, 27). ¿Cómo entonces Jesús lo llama “su” mandamiento y el mandamiento “nuevo”? La respuesta es que con él han cambiado el objeto, el sujeto y el motivo del amor al prójimo.

Ha cambiado ante todo el objeto, es decir, el prójimo a quien amar. Este ya no es sólo el compatriota, o como mucho el huésped que vive con el pueblo, sino todo hombre, incluso el extranjero (¡el Samaritano!), incluso el enemigo. Es verdad que la segunda parte de la frase “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo” no se encuentra literalmente en el Antiguo Testamento, pero resume su orientación general, expresada en la ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente” (Lv 24,20), sobre todo si se compara con lo que Jesús exige de los suyos:

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, rogad por sus perseguidores; así seréis hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si amáis solamente a quienes os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?” (Mt 5, 44-47).

Ha cambiado también el sujeto del amor al prójimo, es decir, el significado de la palabra prójimo. Este no es el otro; soy yo, no es el que está cercano, sino el que se hace cercano. Con la parábola del buen samaritano Jesús demuestra que no hay que esperar pasivamente a que el prójimo aparezca en mi camino, con muchas señales luminosas, con las sirenas desplegadas. El prójimo eres tu, es decir, el que tu puedes llegar a ser. El prójimo no existe de partida, sino que se tendrá un prójimo sólo el que se haga próximo a alguien.

Ha cambiado sobre todo el modelo o la medida del amor al prójimo. Hasta Jesús, el modelo era el amor de uno mismo: “como a ti mismo”. Se dijo que Dios no podía asegurar el amor al prójimo a un “perno” más seguro que este; no habría obtenido el mismo objetivo ni siquiera su hubiese dicho: “¡Amarás a tu prójimo como a tu Dios!”, porque sobre el amor a Dios – es decir, sobre qué es amar a Dios – el hombre todavía puede hacer trampa , pero sobre el amor a sí mismo no. El hombre sabe muy bien qué significa, en toda circunstancia, amarse a sí mismo; es un espejo que tiene siempre ante sí, no tiene escapatoria1.

Y sin embargo deja una escapatoria, y es por ello que Jesús lo sustituye por otro modelo y otra medida: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Jn 15,12). El hombre puede amarse a sí mismo de forma equivocada, es decir, desear el mal, no el bien, amar el vicio, no la virtud. Si un hombre semejante ama a los demás como a sí mismo, ¡pobrecita la persona que sea amada así! Sabemos en cambio a dónde nos lleva el amor de Jesús: a la verdad, al bien, al Padre. Quien le sigue “no camina en las tinieblas”. Él nos amó dando la vida por nosotros, cuando éramos pecadores, es decir, enemigos (Rm 5, 6 ss).

Se entiende de este modo qué quiere decir el evangelista Juan con su afirmación aparentemente contradictoria: “Queridos míos, no os doy un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, el que aprendisteis desde el principio: este mandamiento antiguo es la palabra que oísteis. Sin embargo, el mandamiento que os doy es nuevo” (1 Jn 2, 7-8). El mandamiento del amor al prójimo es “antiguo” en la letra, pero “nuevo” por la novedad misma del evangelio. Nuevo – explica el Papa en un capítulo de su nuevo libro sobre Jesús – porque no es ya solo “ley”, sino también, e incluso antes, “gracia”. Se funda en la comunión con Cristo, hecha posible por el don del Espíritu.2

Con Jesús se pasa de la ley del contrapeso, o entre dos actores: “Lo que el otro te hace, házselo tu a él”, a la ley del traspaso, o a tres actores: “Lo que Dios te ha hecho a ti, hazlo tu al otro”, o, partiendo de la dirección opuesta: “Lo que tu hayas hecho al otro, es lo que Dios hará contigo”. Son incontables las palabras de Jesús y de los apóstoles que repiten este concepto: “Como Dios os ha perdonado, perdonaos unos a otros”: “Si no perdonáis de corazón a vuestros enemigos, tampoco vuestro padre os perdonará”. Se corta la excusa de raíz: “Pero él no me ama, me ofende...”. Esto le compete a él, no a ti. A ti te tiene que importar sólo lo que haces al otro y cómo te comportas frente a lo que el otro te hace a ti.

Queda pendiente la pregunta principal: ¿por qué este singular cambio de rumbo del amor de Dios al prójimo? ¿No sería más lógico esperarse: “Como yo os he amado, amadme así a mi”?, en lugar de: “Como yo os he amado, amaos así unos a otros”? Aquí está la diferencia entre el amor puramente de eros y el amor de eros y agape unidos. El amor puramente erótico es de circuito cerrado: “Ámame, Alfredo, ámame como yo te amo”: así canta Violeta en la Traviata de Verdi: yo te amo, tu me amas. El amor de agape es de circuito abierto: viene de Dios y vuelve a él, pero pasando por el prójimo. Jesús inauguró él mismo este nuevo tipo de amor: “Como el Padre me ha amado, así también os he amado yo” (Jn 15, 9).

Santa Catalina de Siena dio, del motivo de ello, la explicación más sencilla y convincente. Ella hace decir a Dios:

“Yo os pido que me améis con el mismo amor con que yo os amo. Esto no me lo podéis hacer a mi, porque yo os amé sin ser amado. Todo el amor que tenéis por mí es un amor de deuda, no de gracia, porque estáis obligados a hacerlo, mientras que yo os amo con un amor de gracia, no de deuda. Por ello, vosotros no podéis darme el amor que yo requiero. Por esto os he puesto al lado a vuestro prójimo: para que hagáis a este lo que no podéis hacerme a mi, es decir, amarlo sin consideraciones de mérito y sin esperaron utilidad alguna. Y yo considero que me hacéis a mi lo que le hacéis a él”3.

2. Amaos de verdadero corazón

Tras estas reflexiones generales sobre el mandamiento del amor al prójimo, ha llegado el momento de hablar de la cualidad que debe revestir este amor. Éstas son fundamentalmente dos: debe ser un amor sincero y un amor de los hechos, un amor del corazón y un amor, por así decirlo, de las manos. Esta vez nos detendremos en la primera cualidad, y lo hacemos dejándonos guiar por el gran cantor de la caridad que es Pablo.

La segunda parte de la Carta a los Romanos es toda una sucesión de recomendaciones sobre el amor mutuo dentro de la comunidad cristiana: “Que vuestra caridad sea sin fingimiento[...]; amaos unos a otros con afecto fraterno, competid en estimaros mutuamente...” (Rm 12, 9 ss). “Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley” (Rm 13, 8).

Para captar el espíritu que unifica todas estas recomendaciones, la idea de fondo, o mejor, el “sentimiento” que Pablo tiene de la caridad, debe partirse de esa palabra inicial: “Que la caridad sea sin fingimiento”. Esta no es una de las muchas exhortaciones, sino la matriz de la que deriva todas las demás. Contiene el secreto de la caridad. Intentemos captar, con la ayuda del Espíritu, este secreto.

El término original usado por san Pablo y que se traduce como “sin fingimiento”, es anhypòkritos, es decir, sin hipocresía. Este término es una especie de “chivato”; es, de hecho, un término raro que encontramos empleado, en el Nuevo Testamento, casi exclusivamente para definir el amor cristiano. La expresión “amor sincero” (anhypòkritos) vuelve ahora en 2 Corintios 6, 6 y en 1 Pedro 1, 22. Este último texto permite captar, con toda certeza, el significado del término en cuestión, porque lo explica con una perífrasis; el amor sincero – dice – consiste en amarse intensamente “de verdadero corazón”.

San Pablo, por tanto, con esa sencilla afirmación: “que la caridad sea sin fingimiento”, lleva el discurso a la raíz misma de la caridad, al corazón. Lo que se exige del amor es que sea verdadero, auténtico, no fingido. Como el vino, para ser “sincero”, debe ser exprimido de la uva, así el amor del corazón. También en ello el Apóstol es el eco fiel del pensamiento de Jesús; él, de hecho, había indicado, repetidamente y con fuerza, al corazón, como el “lugar” en el que se decide el valor de lo que el hombre hace, lo que es puro, o impuro, en la vida de una persona (Mt 15, 19).

Podemos hablar de una intuición paulina, respecto de la caridad; ésta consiste en revelar, tras el universo visible y exterior de la caridad, hecho de obras y de palabras, otro universo totalmente interior, que es, respecto al primero, lo que el alma es para el cuerpo. Volvemos a encontrar esta intuición en el otro gran texto sobre la caridad que es 1 Corintios 13. Lo que san Pablo dice allí, bien mirado, se refiere totalmente a esta caridad interior, a las disposiciones y a los sentimientos de caridad: la caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa, no se irrita, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera... No hay nada que se refiera, directamente de por sí, a hacer el bien, u obras de caridad, sino que todo se reconduce a la raíz del querer bien. La benevolencia viene antes que la beneficencia.

Es el Apóstol mismo el que explicita la diferencia entre las dos esferas de la caridad, diciendo que el mayor acto de caridad exterior – el distribuir a los pobres todos los bienes – no serviría de nada sin la caridad interior (cf. 1 Cor 13, 3). Sería lo opuesto de la caridad “sincera”. La caridad hipócrita, de hecho, es precisamente la que hace el bien, sin querer bien, que muestra exteriormente algo que no tiene una correspondencia en el corazón. En este caso, se tiene una falta de caridad, que puede, incluso, esconder egoísmo, búsqueda de sí, instrumentalización del hermano, o incluso simple remordimiento de conciencia.

Sería un error fatal contraponer entre sí caridad del corazón y caridad de los hechos, o refugiarse en la caridad interior, para encontrar en ella una especie de coartada a la falta de caridad de los hechos. Por lo demás, decir que, sin la caridad, “de nada me aprovecha” siquiera el dar todo a los pobres, no significa decir que esto no le sirve a nadie y que es inútil; significa más bien decir que no me aprovecha “a mí”, mientras que puede aprovechar al pobre que la recibe. No se trata, por tanto, de atenuar la importancia de las obras de caridad (lo veremos, decía, la próxima vez), sino de asegurarles un fundamento seguro contra el egoísmo y sus infinitas astucias. San Pablo quiere que los cristianos estén “arraigados y fundados en la caridad” (Ef 3, 17), es decir, que el amor sea la raíz y el fundamento de todo.

Amar sinceramente significa amar a esta profundidad, allí donde no se puede mentir, porque estás solo ante ti mismo, solo ante el espejo de tu conciencia, bajo la mirada de Dios. “Ama a su hermano – escribe Agustín – el que, ante Dios, allí donde él solo ve, afirma su corazón y se pregunta íntimamente si verdaderamente actúa así por amor al hermano; y ese ojo que penetra en el corazón, allí adonde el hombre no puede llegar, le da testimonio”4. Era amor sincero por ello el de Pablo por los judíos si podía decir: “ Digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo. Siento una gran tristeza y un dolor constante en mi corazón. Yo mismo desearía ser maldito, separado de Cristo, en favor de mis hermanos, los de mi propia raza” (Rom 9,1-3).

Para ser genuina, la caridad cristiana debe, por tanto, partir desde el interior, desde el corazón; las obras de misericordia de las “entrañas de misericordia” (Col 3, 12). Con todo, debemos precisar en seguida que aquí se trata de algo mucho más radical que la simple “interiorización”, es decir, de un poner el acento de la práctica exterior de la caridad a la práctica interior. Este es solo el primer paso. ¡La interiorización apunta a la divinización! El cristiano – decía san Pedro – es aquel que ama “de verdadero corazón”: ¿pero con qué corazón? ¡Con “el corazón nuevo y el Espíritu nuevo” recibido en el bautismo!

Cuando un cristiano ama así, es Dios el que ama a través de él; él se convierte en un canal del amor de Dios. Sucede como con el consuelo, que no es otra cosa sino una modalidad del amor: “Dios nos consuela en cada una de nuestras tribulaciones para que podamos también nosotros consolar a quienes se encuentran en todo tipo de aflicción con el consuelo con el que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Cor 1, 4). Nosotros consolamos con el consuelo con el que somos consolados por Dios, amamos con el amor con el que somos amados por Dios. No con uno diverso. Esto explica el eco, aparentemente desproporcionado, que tiene a veces un sencillísimo acto de amor, a menudo escondido, la esperanza y la luz que crea alrededor.

3. La caridad edifica

Cuando se habla de la caridad en los escritos apostólicos, no se habla de ella nunca en abstracto, de modo genérico. El trasfondo es siempre la edificación de la comunidad cristiana. En otras palabras, el primer ámbito de ejercicio de la caridad debe ser la Iglesia, y más concretamente aún la comunidad en la que se vive, las personas con las que se mantienen relaciones cotidianas. Así debe suceder también hoy, en particular en el corazón de la Iglesia, entre aquellos que trabajan en estrecho contacto con el Sumo Pontífice.

Durante un cierto tiempo en la antigüedad se quiso designar con el término caridad, agape, no sólo la comida fraterna que los cristianos tomaban juntos, sino también a toda la Iglesia5. El mártir san Ignacio de Antioquía saluda a la Iglesia de Roma como la que “preside en la caridad (agape)”, es decir, en la “fraternidad cristiana”, el conjunto de todas las iglesias6. Esta frase no afirma sólo el hecho del primado, sino también su naturaleza, o el modo de ejercerlo: es decir, en la caridad.

La Iglesia tiene necesidad urgente de una llamarada de caridad que cure sus fracturas. En un discurso suyo, Pablo VI decía: “La Iglesia necesita sentir refluir por todas sus facultades humanas la ola del amor, de ese amor que se llama caridad, y que precisamente ha sido difundida en nuestros corazones precisamente por el Espíritu Santo que se nos ha dado” 7. Sólo el amor cura. Es el óleo del samaritano. Oleo también porque debe flotar por encima de todo, como hace precisamente el aceite respecto a los líquidos. “Que por encima de todo esté la caridad, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). Por encima de todo, super omnia! Por tanto también de la fe y de la esperanza, de la disciplina, de la autoridad, aunque, evidentemente, la propia disciplina y autoridad puede ser una expresión de la caridad. No hay unidad sin la caridad y, si la hubiese, sería sólo una unidad de poco valor para Dios.

Un ámbito importante sobre el que trabajar es el de los juicios recíprocos. Pablo escribía a los Romanos: “Entonces, ¿Con qué derecho juzgas a tu hermano? ¿Por qué lo desprecias? ... Dejemos entonces de juzgarnos mutuamente” (Rm 14, 10.13). Antes de él Jesús había dicho: “No juzguéis y no seréis juzgados [...] ¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?” (Mt 7, 1-3). Compara el pecado del prójimo (el pecado juzgado), cualquiera que sea, con una pajita, frente al pecado de quien juzga (el pecado de juzgar) que es una viga. La viga es el hecho mismo de juzgar, tan grave es eso a los ojos de Dios.

El discurso sobre los juicios es ciertamente delicado y complejo y no se puede dejar a medias, sin que aparezca en seguida poco realista. ¿Cómo se puede, de hecho, vivir del todo sin juzgar? El juicio está dentro de nosotros incluso en una mirada. No podemos observar, escuchar, vivir, sin dar valoraciones, es decir, sin juzgar. Un padre, un superior, un confesor, un juez, quien tenga una responsabilidad sobre los demás, debe juzgar. Es más, a veces, como es el caso de muchos aquí en la Curia, el juzgar es, precisamente, el tipo de servicio que uno está llamado a prestar a la sociedad o a la Iglesia.

De hecho, no es tanto el juicio el que se debe quitar de nuestro corazón, ¡sino más bien el veneno de nuestro juicio! Es decir, el hastío, la condena. En el relato de Lucas, el mandato de Jesús: “No juzguéis y no seréis juzgados” es seguido inmediatamente, como para explicitar el sentido de estas palabras, por el mandato: “No condenéis y no seréis condenados” (Lc 6, 37). De por sí, el juzgar es una acción neutral, el juicio puede terminar tanto en condena como en absolución y justificación. Son los prejuicios negativos los que son recogidos y prohibidos por la palabra de Dios, los que junto con el pecado condenan también al pecador, los que miran más al castigo que a la corrección del hermano.

Otro punto cualificador de la caridad sincera es la estima: “competid en estimaros mutuamente” (Rm 12, 10). Para estimar al hermano, es necesario no estimarse uno mismo demasiado; es necesario – dice el Apóstol – “no hacerse una idea demasiado alta de sí mismos” (Rm 12, 3). Quien tiene una idea demasiado alta de sí mismo es como un hombre que, de noche, tiene ante los ojos una fuente de luz intensa: no consigue ver otra cosa más allá de ella; no consigue ver las luces de los hermanos, sus virtudes y sus valores.

“Minimizar” debe ser nuestro verbo preferido, en las relaciones con los demás: minimizar nuestras virtudes y los defectos de los demás. ¡No minimizar nuestros defectos y las virtudes de los demás, como en cambio hacemos a menudo, que es la cosa diametralmente opuesta! Hay una fábula de Esopo al respecto; en la reelaboración que hace de ella La Fontaine suena así:

“Cuando viene a este valle

cada uno lleva encima

una doble alforja.

Dentro de la parte de delante

de buen grado todos

echamos los defectos ajenos,

y en la de atrás, los propios”8.

Deberíamos sencillamente dar la vuelta a las cosas: poner nuestros defectos en la parte de delante y los defectos ajenos en la de detrás. Santiago advierte: “No habléis mal unos de otros” (St 4,11). El chisme ha cambiado de nombre, se llama comentario [gossip, n.d.t.] y parece haberse convertido en algo inocente, en cambio es una de las cosas que más contaminan el vivir juntos. No basta con no hablar mal de los demás; es necesario además impedir que otros lo hagan en nuestra presencia, hacerles entender, quizás silenciosamente, que no se está de acuerdo. ¡Qué aire distinto se respira en un ambiente de trabajo y en una comunidad cuando se toma en serio la advertencia de Santiago! En muchos locales públicos una vez se ponía: “Aquí no se fuma”, o también, “Aquí no se blasfema”. No estaría mal sustituirlas, en algunos casos, con el escrito: “¡Aquí no se hacen chismes!”

Terminemos escuchando como dirigida a nosotros la exhortación del Apóstol a la comunidad de Filipos, tan querida por él: “Os ruego que hagais perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tened un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagáis nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad os lleve a estimar a los otros como superiores a vosotros mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás” (Fil 2, 2-5).

1 Cf. S. Kierkegaard, Gli atti dell’amore, Milán, Rusconi, 1983, p. 163.

2 Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana 2011, pp. 76 s.

3 S. Catalina de Siena, Dialogo 64.

4 S. Agustín, Comentario a la primera carta de Juan, 6,2 (PL 35, 2020).

5 Lampe, A Patristic Greek Lexicon, Oxford 1961, p. 8

6 S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, saludo inicial.

7 Discurso en la audiencia general del 29 de noviembre de 1972 (Insegnamenti di Paolo VI, Tipografia Poliglotta Vaticana, X, pp. 1210s.).

8 J. de La Fontaine, Fábulas, I, 7

lunes, 4 de julio de 2011

ORACION AL PADRE PIO POR LOS ENFERMOS

POR LOS ENFERMOS

Santo padre Pío, ya que durante tu vida terrena mostraste un gran amor por los enfermos y afligidos, escucha nuestros ruegos e intercede ante el Padre misericordiosos por los que sufren. Asiste desde el cielo a todos los enfermos del mundo; sostiene a quienes han perdido toda esperanza de curación; consuela a quienes gritan o lloran por sus tremendos dolores; protege a quienes no pueden atenderse o medicarse por falta de recursos materiales o ignorancia; alienta a quienes no pueden reposar porque deben trabajar; vigila a quienes buscan en la cama una posición menos dolorosa; acompaña a quienes pasan las noches insomnes; visita a quienes ven que la enfermedad frustra sus proyectos; alumbra a quienes pasan una "noche oscura" y desesperan; toca los miembros y músculos que han perdido movilidad; ilumina a quienes ven tambalear su fe y se sienten atacados por dudas que los atormentan; apacigua a quienes se impacientan viendo que no mejoran; calma a quienes se estremecen por dolores y calambres; concede paciencia, humildad y constancia a quienes se rehabilitan; devuelve la paz y la alegría a quienes se llenaron de angustia; disminuye los padecimientos de los más débiles y ancianos; vela junto al lecho de los que perdieron el conocimiento; guía a los moribundos al gozo eterno; conduce a los que más lo necesitan al encuentro con Dios; y bendice abundantemente a quienes los asisten en su dolor, los consuelan en su angustia y los protegen con caridad. Amén.

jueves, 30 de junio de 2011

DONATO Y STEFANO- ¡ QUE TEMA!!!

LES REGALO OTRO TEMA DEL GRAN FRANCO DE VITTA

QUERIDO PAPA

Quiero compartirte lo que he vivido al lado tuyo...


Cuando pensabas que no te veía, te vi pegar mi primer dibujo en la heladera, e inmediatamente quise pintar otro.

Cuando pensabas que no te veía, te sentí darme un beso por la noche y me sentí amado y seguro.

Cuando pensabas que no te veía, te vi preocuparte por tus amigos sanos y por tus amigos enfermos y, así, aprendí que todos debemos ayudarnos y cuidarnos unos a otros.

Cuando pensabas que no te veía, te vi dar tu tiempo y dinero para ayudar a personas que nada tenían y aprendí que aquellos que tienen deben compartirlos con quienes no tienen.

Cuando pensabas que no te veía, te vi arreglar y disponer de todo en nuestra casa para que fuese agradable vivir, pendiente de cada detalle; y entendí que las pequeñas cosas son las cosas especiales de la vida.

Cuando pensabas que no te veía, te vi atender la casa y a todos los que vivimos en ella; y aprendí a cuidar lo que es dado.
Cuando pensabas que no te veía, vi cómo cumplías con tus responsabilidades, aún cuando no te sentías bien; y aprendí que debo
ser responsable cuando crezca.

Cuando pensabas que no te veía, vi tus lágrimas y entonces aprendí que a veces las cosas duelen y que está bien llorar.

Cuando pensabas que no te veía, vi que yo te importaba y quise ser todo lo que puedo llegar a ser.

Cuando pensabas que no te veía, te escuché pedirle a Dios y supe que existía un Dios al que le podría yo hablar y en quien podría confiar.

Cuando pensabas que no te veía, aprendí casi todas las lecciones de la vida que necesito saber para ser una buena persona cuando crezca.

Cuando pensabas que no te veía, te vi y quise decir: ¡gracias por todas las cosas que vi cuando pensabas que no te veía!



Tu hijo/a amado/a.

miércoles, 29 de junio de 2011

1000 DIAS SIN SOFIA

http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=H5bHPLY2qrk

POR FAVOR TE PIDO QUE LO PUBLIQUES EN TU MURO DE FACEBOOK, ENTRE TODOS PODEMOS HACER QUE SOFIA APAREZCA. GRACIAS.

TESTAMENTO DE CARMELO JUAN

Hoy, 31 de julio de 2002, estando en el Cenáculo, (Pilar, Pcia. Bs. As.), haciendo Ejercicios Espirituales, sentí una moción a escribir mi testamento. No sé muy bien para qué sirve, pero igual lo escribo.

Lo primero que siento es que Dios ha sido infinitamente bueno conmigo. Llevó a mi madre cuando tenía ocho años, pero no me dejó huérfano. ¡Señor, has sido bueno con tu tierra! Tengo unas ganas locas de cantar la bondad del Señor, por siempre jamás. Lo segundo que siento es que la vida me ha sido muy fácil. Nunca el dolor fue la nota dominante. De veras que Dios ha sido bueno conmigo. Lo tercero que siento es que he perdido mucho tiempo en cuestiones intrascendentes. Sólo Dios sabe cómo me encontrará, sin con los talentos multiplicados, o si con el talento guardado. Por cierto que podrían haberse multiplicado mucho más para su Gloria de no haber perdido tanto tiempo en cosas tan secundarias. Un dolor tengo: es haber dejado de ser un hombre de oración. Y por lo mismo no ser el hombre que la Iglesia y la Patria necesitan en esta hora. Una ilusión todavía tengo: que el Señor me utilice como instrumento para trazar un surco para la Nueva Evangelización y para levantar esta Patria tan decaída. No me importa ningún nombre, ningún recuerdo. Sólo, si Él quiere, que me use para trazar un surco para la Nueva Evangelización. ¡Señor, ¿ves aquella línea chiquita como una uñita?; la trazaste vos usándome a mí! Esa es mi mayor ilusión. Y si hubiese sido tan torpe que no pueda usarme ni siquiera como una pequeña uña, sé que Él tendrá misericordia de mí. Y no renuncio al Cielo, pero cómo querría que me utilice para levantar esta pobre Patria que tanto hemos maltratado los argentinos. No pretendo ver el día en que comience a resurgir. Sólo quiero ser útil para que un día comience a resurgir, y que los que sigan puedan disfrutar de una Patria en la cual sea más fácil peregrinar a la del Cielo. He querido a la Iglesia, no sé si tanto como ella merece ser amada. Pero la amo y quiero morir amándola, como es, santa y pecadora, sobre todo esto último porque me tiene a mí. Y por sobre todo amo a Cristo, que me amó y se entregó a sí mismo por mí. Amé a Misiones y a Posadas. Nunca imaginé que se podría amar tanto. Y amo al Chaco y a Resistencia. Y si me toca morir lejos, moriré como un desterrado. Aunque ya miro con serenidad ese destierro. Pero cuán dulce me suena que mis pobres huesos fuesen enterrados junto a un lapacho chaqueño. Amé, por cierto, a la Patagonia, a mi Río Negro, esa especie de mi primera Gran Parroquia, donde aprendí a ser Obispo junto a mi hermano Miguel Esteban. Amo a mis sacerdotes. Cuánto deseo que entiendan cada vez más profundamente que son, por el sacramento, miembros de la íntima fraternidad sacramental de los presbíteros, cuya cabeza es el Obispo, y que todo proyecto pastoral, comunitario o personal, debe fluir de esa honda realidad. Amo al Seminario y a los seminaristas. Pero posiblemente no haya cumplido con los deseos de la Iglesia al traerme a Resistencia, de cuidar sobre todo del Seminario Interdiocesano. ¡Ojalá que en lo que me resta de ministerio sea útil para ayudar a descubrir que esta hora argentina exige una formación sacerdotal más honda basada en el llamado de Jesús! Amo a las religiosas, a quienes siempre quise ver más allá de la colaboración apostólica que prestan a la Diócesis. ¡Que sean ellas! Sobre todo, que sean lo que Jesús quiere de ellas. Amo a los laicos; que descubran cada día más que el mundo en el cual viven es su lugar de santificación, y que ayuden a desentrañar el misterio del cristiano como ciudadano de este mundo. ¡Cuánto falta! ¡Qué descuido no haber visto antes que no se puede peregrinar hacia el cielo si somos fugitivos de la Patria terrena! La presente postración argentina tiene mucho que ver con la falta de una verdadera espiritualidad laical. Amo a mis hermanos Obispos y los admiro por haber hecho una Iglesia más libre del poder civil. ¡Y que cada día lo sea más! ¿Pero cómo ser libre y a la vez encarnada en el tiempo? Un drama que vale la pena vivir. A no parar hasta desprenderse del pequeño aporte estatal. ¡Y mucho más! A anunciar el Reino de Dios sin triunfalismo y con la fuerza del Espíritu. Amo a mis hermanos Obispos del NEA. ¡Qué hora nos toca de responsabilidad! De recrear todo para responder mejor a esta hora. Sobre todo recrear nuestro Seminario Interdiocesano. Amo a mis colaboradores de la Curia: a Teresa que cuida de mi casa, a Chino, a Teresita, a Agustín, a la Hna. Susana, a Zulema, al P. Bernard fiel colaborador, leal e inteligente, a la Hna. Olga que se prodigó sobre toda medida al servicio de la Arquidiócesis y de mi persona. Que el Señor le retribuya con la abundancia de su gracia. He descubierto la presencia del Espíritu Santo en mucha gente sencilla de nuestras Parroquias. Y en muchos que no están en el redil de los “practicantes” he admirado la presencia de Dios, que es la suma verdad y el sumo bien. Seguro que he ofendido a muchos y les pido perdón. Se lo suplico me lo concedan de corazón. Yo no me siento ofendido por nadie y si alguien sintiese haberme ofendido, sepa que lo perdono de corazón. Me duele haber ofendido a algunos difuntos, no haberlos tratado con el respeto, cariño y sinceridad que merecían. Ruego por ellos para que gocen de la gloria de Dios, y que me reciban un día en su compañía. Ruego en especial por mi madre y por mi padre, por Betina, por Encarnación, por Juan, por Miguel, y todos mis abuelos y tíos y primos de Italia. Ruego por mis compañeros difuntos, del Seminario, del Curso y del Episcopado. Ruego por tantos difuntos que me han querido y servido, gracias a los cuales soy lo que soy. Amo y recuerdo a mis hermanas y hermanos: Úrsula, Francisco, Salvador, Carmen, Marta, Pablo, Ángel, Ignacio, Mónica, María Teresa y a Mariana. A todas mis sobrinas y sobrinos y sobrinos nietos. Que el Señor los bendiga abundantemente.

Actualmente no tengo bienes a nombre propio. El heredero natural de todas mis cosas es el Arzobispado. Tampoco tengo deudas personales. Y por hoy termino. ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí, tú que sabes todo, tú que sabes también que te amo!

+Carmelo Juan Giaquinta

El Cenáculo 31 de Julio de 2002



jueves, 23 de junio de 2011

Embajador de Israel reconoce la ayuda de la Iglesia a los judíos de Roma


ROMA, jueves 23 de junio de 2011 (ZENIT.org).- “Sería un error declarar que la Iglesia católica, el Vaticano y el propio Papa se opusieran a las acciones dirigidas a salvar a los judíos”: así lo declaró hoy el embajador de Israel ante la Santa Sede, Mordechay Lewy, con ocasión de la entrega de la medalla de “Justo entre las Naciones” a la memoria del sacerdote orionino Gaetano Piccinini, hoy en el Centro Don Orione de Roma.

Durante la segunda guerra mundial, y sobre todo durante la ocupación nazi de Roma, Piccinini, actuando con la ayuda de la red de casas de la Pequeña Obra de la Divina Providencia de san Orione, consiguió salvar a muchos judíos, entre ellos los componentes de la familia de Bruno Camerini, quien pidió oficialmente la condecoración.

“A partir de la redada en el gueto de Roma del 16 de octubre de 1943 – afirmó Lewy – y en los días siguientes, monasterios y orfanatos mantenidos por órdenes religiosas abrieron las puertas a los judíos y tenemos motivos para pensar que esto sucedió bajo la supervisión de los más altos exponentes del Vaticano, que estaban por tanto informados de estos gestos”.

No sólo no es cierto que la Iglesia católica y sus instituciones se opusieran a la salvación de los judíos, sino que “lo cierto es más bien lo contrario: prestaron ayuda siempre que pudieron”.

“El hecho de que el Vaticano – añadió el embajador – no hubiese podido evitar la partida del tren que llevó al campo de exterminio, durante los tres días transcurridos desde la redada del 16 de octubre hasta el 18, sólo puede haber aumentado la voluntad, por parte vaticana, de ofrecer sus propios locales como refugio para los judíos”.

Para Lewy, es cierto que “los judíos romanos tuvieron una reacción traumática”. Estos, de hecho, “veían en la persona del Papa una especie de protector y esperaban que les salvase y evitase lo peor”.

“Sabemos todos qué sucedió – afirmó Lewy – pero debemos reconocer que el que partió el 18 de octubre de 1943 fue el único convoy que los nazis consiguieron organizar desde Roma hacia Auschwitz”.

A la pregunta de ZENIT de si estas consideraciones arrojan una mirada distinta sobre las polémicas que por parte judía se refieren a la figura del papa Pío XII y a la iniciativa de su beatificación: “El judaísmo no es monolítico – afirmó Lewy – y hay opiniones distintas a nivel histórico”.

Sin entrar en la cuestión de la beatificación, que pertenece a la Iglesia católica: “Lo que nosotros sabemos no nos permite decir que fuese todo blanco o negro, pero se equivoca quien niega que el Vaticano, el Papa y las instituciones católicas no hayan actuado para salvar a los judíos”.

Quizás puedan surgir nuevos elementos con la apertura de los archivos vaticanos, “pero no puede esperarse la verdad completa, porque en tiempos tan duros muchas cosas no podían siquiera ponerse por escrito”.

“Es mi opinión personal – concluyó el embajador – que la verdad de aquel tiempo trágico en su totalidad está oculta y así permanecerá”.

Por Chiara Santomiero

jueves, 16 de junio de 2011

martes, 14 de junio de 2011

MÉXICO D.F., 19 Mar. 10 / 06:48 am (ACI)

Karyme Lozano es una conocida actriz mexicana de telenovelas. Desde hace un tiempo y siguiendo el ejemplo de su amigo Eduardo Verástegui, con quien sirve en la organización "Manto de Guadalupe", ha decidido vivir la abstinencia sexual, que considera "algo bellísimo que yo no conocía antes".

En entrevista concedida al diario puertorriqueño Nuevo Día, Lozano relata que antes "yo me reía y me burlaba de la castidad, pero ahora Dios ha hecho milagros en mi vida. Dios existe y obra milagros todos los días, lo que pasa es que no queremos verlo a veces".

Seguidamente comentó su admiración por Verástegui, quien ya lleva seis años de abstinencia sexual. "Cuando yo lo veo y siento esa paz que tiene, esa tranquilidad que le viene desde muy adentro, yo me pregunté: ¿qué tiene él? Yo quiero tenerlo".

"He descubierto en la abstinencia algo bellísimo que yo no conocía antes. Me he dado cuenta que no tengo drama en mi vida ahora. Quisiera que cuando encuentre al hombre ideal, que sea el hombre de mi vida, casarme y que sea para siempre", señaló.

Lozano también ha dicho estar en contra del aborto, así como decidida a ayudar a las mujeres embarazadas a acoger la vida de sus bebés.

Hace unos días Karyme Lozano participó junto a Eduardo Verástegui en un gran evento en Guatemala en el que siete mil jóvenes entre 12 y 25 años prometieron vivir la castidad. En ese encuentro la actriz compartió su experiencia de conversión y su firme decisión de vivir cristianamente, de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia.

viernes, 10 de junio de 2011

EN BARILOCHE SE CREO O UN SATELITE

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=7gzolvkjdhs#t=501s

JUBILADOS JAPONESES


arcelona (Redacción).- "Tengo 72 años y la probabilidad de vivir entre 13 y 15 más. En el caso de que la radiación me afecte, el cáncer tardaría entre 20 y 30 años en aparecer". Quien habla es Yasuteru Yamada, un jubilado japonés que ha decidido dar un paso adelante y se ha propuesto como voluntario para ayudar en la limpieza de la central nuclear de Fukushima. Sus argumentos no dejan lugar a dudas y asegura que ahora su generación tiene la obligación de pasar a la acción.

Según ha relatado a la BBC, Yamada se ha puesto en contacto por correo electrónico y por Twitter con viejos amigos de su quinta y con ellos ha creado el Cuerpo de Veteranos Especializados, que es el nombre que engloba a más de 200 ingenieros jubilados y otros profesionales, todos ellos de más de 60 años.

El grupo está creado y dispuesto a ayudar pero todavía tiene que convencer al gobierno japonés para que les permita actuar en la planta nuclear que sufrió el azote de un terremoto y su posterior tsunami el pasado 11 de marzo. Por lo que ha podido desvelar Yamada a la cadena británica, actualmente cuenta con el apoyo de un par de parlamentarios. "En este momento lo que puedo decir es que estoy hablando con muchos altos cargos del gobierno y de Tepco (la empresa que opera la planta)", revela. "Pero no puedo decir mucho más en este momento. Es un asunto políticamente muy, muy sensible".

La situación en Fukushima hoy, casi tres meses después del seísmo, es que sigue emitiendo radiación, que está previsto su cierre definitivo para enero de 2012 (aunque muchos tildan la previsión de excesivamente optimista) y que al menos tres de sus trabajadores se han expuesto a niveles de radiación mucho mayores a los asumibles por el cuerpo humano.

"No creo que yo sea particularmente especial", ha afirmado. "La mayoría de los japoneses tienen ese sentimiento solidario. La cuestión es si dar un paso adelante o quedarse aparte y observar", ha asegurado a la BBC. "Para dar ese paso necesitas muchas agallas, pero espero que sea una gran experiencia. La mayoría de los japoneses quieren ayudar de cualquier forma posible". En cuanto a la comparación con los kamikazes de la Segunda Guerra Mundial, Yamada simplemente sonríe y asegura: "No somos kamikaze. Los kamikaze fueron algo extraño, no hacían ninguna evaluación del riesgo. Iban a morir. Pero nosotros vamos a volver. Tenemos que trabajar pero morir nunca".

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...