sábado, 31 de octubre de 2020
HOMILIA Conmemoración de todos los DIFUNTOS, lunes 02 de noviembre de 2020
Conmemoración de todos los DIFUNTOS, lunes 02 de noviembre de 2020
La liturgia de la Palabra de este día tiene varias opciones
Lecturas: Apocalipsis 21, 1-5a.6b-7; S. R. 26, 1.4.7.8b-9a.13-14 o bien 129, 1-8; 1 Corintios 15, 20-23 o bien 15, 51-57; Lucas 24, 1-8 o bien Jn 11, 17-27
En lugar de las lecturas arriba indicadas, se pueden elegir de entre las que se proponen en el Leccionario IV para las Misas de Difuntos
Nexo entre las LECTURAS
La liturgia en la conmemoración de los fieles difuntos canta la victoria de Cristo y del cristiano sobre la muerte. San Pablo dice a los romanos que Cristo murió por nosotros y de esa manera, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la ira, es decir, venceremos con Cristo el pecado y la muerte. A esta victoria alude Isaías cuando enseña que el mismo Dios: "Vencerá la muerte definitivamente, y enjugará las lágrimas y el llanto". El cristiano recibe de su Señor y Maestro el alimento que ya en esta tierra es alimento de vida eterna: la eucaristía pan de vida, anticipación de la vida con Dios después de la muerte.
Temas...
El amor es más fuerte que la muerte. El misterio central de nuestra fe es la Resurrección de Cristo (1Cor 15,14). Esto hemos de tomarlo en serio: el enemigo más grande de nuestros sueños y esperanzas, es decir, la muerte, ha caído ante uno que es más fuerte: Jesucristo.
La resurrección del Señor es una obra del amor. Levantado del sepulcro, Cristo manifiesta el sentido de toda su vida, que no fue otra cosa sino una continua ofrenda de amor. Es que el freno para amar, lo que nos detiene de amar más y mejor es la muerte. Sentimos que si amamos demasiado perdemos lo nuestro y nos quedamos ‘sin nada’. Pero Cristo ha amado hasta quedarse sin nada, porque se ha "vaciado" de sí mismo en la cruz (cf. Flp 2,7). Cristo ha asumido el riesgo terrible de ofrecerse a las fauces de la muerte, fiado solamente de la voluntad del Padre. La resurrección de Cristo es entonces la respuesta de amor del Padre, que así manifiesta el triunfo de un amor que no se mide, un amor que no se limita porque no se detiene ante la muerte.
La comunión de los santos. Nosotros hemos nacido de ese amor invencible, pues de nosotros fue escrito: "no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios" (Jn 1,13). El que nos une y nos reúne no es otro que el Espíritu Santo, el Espíritu que resucito a Jesús de entre los muertos. Este es el misterio que llamamos la "comunión de los santos": somos uno en Él, gracias al mismo amor que hizo posible el portento de la Encarnación y el milagro sublime de la Resurrección. No cabe pensar entonces que ese amor, que ya venció una vez y para siempre a la muerte, ahora sea inferior a la muerte. El amor que nos hace "uno" en Jesús es el mismo amor que resucitó a Jesús, y por eso estamos ciertos que la Iglesia que peregrina en esta tierra está indisolublemente unida a la Iglesia que ha pasado ya por el umbral de la muerte.
Semejante lenguaje no podía decirse antes de la resurrección del Señor, y por ello, antes de la predicación de este misterio de misterios, toda invocación de difuntos o toda idea de una comunicación entre los difuntos y nosotros tenía que ser prohibida como espiritismo, según ordena severamente el Antiguo Testamento: "No sea hallado en ti ... quien practique adivinación, ni hechicería, o sea agorero, o hechicero, o encantador, o médium, o espiritista, ni quien consulte a los muertos" (Dt 18,10-11). Esta prohibición era razonable porque el contacto con los difuntos sólo podía tener un objetivo: el intento de asegurar algunos bienes (suerte, dinero, éxitos...) para esta vida. Pero nosotros no miramos así a nuestros difuntos, pues es la luz de la victoria del Resucitado quien nos lleva a considerar el alto destino al que han sido llamados ellos lo mismo que nosotros.
Un inmenso acto de amor. Nuestras oraciones por los fieles difuntos llevan por consiguiente un doble sello: caridad hacia ellos y certeza de la victoria de Cristo. Les amamos, pero no con un amor nostálgico, prisionero de la fantasía o el recuerdo, sino con el amor eficacísimo propio de la victoria del Señor. Y por eso desde antiguo la Iglesia ha considerado que es acto precioso de misericordia orar por los difuntos de quienes podemos pensar que necesitan de este sufragio, no para reemplazar la fe, si no la tuvieron, sino para limpiar con la potencia de nuestro amor, fundado en Cristo, cualquier imperfección que pueda impedirles gozar de la visión de Dios (Indulgencias). Y ofrecemos este acto de amor uniéndonos al amor más grande, es decir, al amor de Cristo en la Eucaristía. Allí precisamente donde se renueva la ofrenda viva de Cristo, allí fundamos nuestro amor y nuestra esperanza mientras rogamos por nuestros hermanos difuntos.
Sugerencias...
Nos va bien celebrar este día de los difuntos. Nos recuerda que somos peregrinos, que vamos caminando hacia el destino como "ciudadanos del cielo", que no tenemos aquí morada permanente, sino que estamos destinados a una vida definitiva y mucho mejor. La muerte es realidad seria porque es esponsalicia, estar para siempre con el Esposo divino. Y, con todo, nos llena de dolor cuando nos toca de cerca y nos infunde miedo el pensar en ella. Nos plantea interrogantes y sigue siendo un misterio. También Cristo lloró por la muerte de su amigo Lázaro y tuvo miedo ante su propia muerte. Pero lo que nos distingue a los cristianos de los demás es que miramos a la muerte con fe. Dios la ilumina con el hecho de la muerte y resurrección de Cristo, no resolviendo el misterio, sino dando sentido a su vivencia. No sabemos cómo, pero la última palabra no la tiene la muerte. Dios nos ha creado para la vida. Lo mismo que la cruz de Cristo no fue el final, sino el paso a la nueva existencia gloriosa.
La Misa, en esta conmemoración, nos ayuda a ver la muerte desde la figura de la Pascua de Cristo, el "primogénito de entre los muertos": "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá"; "resucitaste a tu Hijo... concede a tus siervos difuntos que, superada su condición mortal, puedan contemplarte para siempre". Hemos proclamado la muerte de Cristo: "Dando un fuerte grito, expiró". Pero a la vez escuchamos el gozoso anuncio de los ángeles: "No se asusten. No está aquí. Ha resucitado". En cada Eucaristía recordamos a los difuntos, y no sólo hoy. En la plegaria eucarística nos sentimos unidos a los "que nos han precedido con el signo de la fe y duermen el sueño de la paz", a quienes "durmieron con la esperanza de la resurrección" y "descansan en Cristo". Recordamos (también) a los que no fueron cristianos, a los difuntos, "cuya fe sólo Dios llegó a conocer". Por todos ellos pedimos a Dios que les conceda su luz y su felicidad.
La mejor oración que podemos elevar por los difuntos es la Eucaristía. Por eso, en las oraciones le decimos a Dios que se cumplan en los difuntos sus planes de amor y de vida: "Que nuestros hermanos difuntos, por cuya salvación hemos celebrado el misterio pascual, puedan llegar a la mansión de la luz y de la paz, a las Bodas del Cordero"; "alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que murió y resucitó por nosotros, te pedimos, Señor, por tus siervos difuntos..."
La muerte ha sido vencida. La realidad más dramática de la existencia humana es tener que morir, teniendo sed de inmortalidad. Esa muerte no es sólo dramática, es también, en muchas ocasiones, absurda, ej.: cuando viene segada una vida joven y prometedora, cuando a pagar el salario a la muerte es una vida inocente (niños abortados), cuando la muerte llega inesperada, cuando tala un porvenir magnífico, cuando crea un agudo problema en la familia, cuando... cuando… cuando… El dramatismo y la absurdez aumentan cuando se carece de fe o ésta está decaída, o casi completamente apagada. Si tal es el caso, todo se derrumba, porque se vive como quien no tiene esperanza. En ese caso, la muerte lleva en su mano la palma de la victoria y la vida termina bajo la losa de un sepulcro, dejando a los vivos en la desesperación y en la angustia sin sentido. La fe cristiana, en cambio, nos dice que la muerte es el paso que termina en un nuevo mundo de luz y de vida esplendorosas. Nos dice que la muerte es ciertamente una pérdida, un desgarro, por parte de quien se va (pierde su relación con el mundo) y por parte de quien se queda (pierde un ser querido), pero una pérdida que Dios es capaz de transformar, de forma a nosotros desconocida, en ganancia, porque la muerte del hombre como en el caso de la mariposa (si sirve de ejemplo) desemboca en vida. En Cristo resucitado, vencedor de la muerte, todos hemos ya comenzado, en cierta manera, a vencer la muerte mediante la participación en su resurrección.
Eucaristía y vida. El cristiano, como cualquier otro ser humano, siente día a día el paso del tiempo sobre su cuerpo, el acercarse del encuentro definitivo con la realidad de la muerte, la llamada constante de la tierra. El cristiano no está exento de todo lo que eso significa existencialmente para todo hombre, en su unidad psicosomática. Mientras se va acercando al atardecer de la vida, el cristiano experimenta, sin embargo, a un nivel profundo la llamada de la vida divina, la voz del Padre que le dice: ¡Ven! Esta experiencia se hace, sin lugar a duda, en la oración personal en que cada uno habla de corazón a corazón con el Padre que llama, con el Hijo que salva, con el Espíritu que vivifica. Esta experiencia se profundiza en la recepción del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo en la Eucaristía. Porque el cristiano, cuando come del pan y bebe del cáliz, recibe a Cristo vivo, en su humanidad y en su divinidad, prenda y anticipación de la gloria del cielo. Y porque, cada vez que se celebra la Eucaristía se realiza la obra de nuestra redención y "partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto no para morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre"(S. Ignacio de Antioquía, Eph 20, 2), como nos recuerda el Catecismo (CIC 1405). El ansia de inmortalidad y de vida eterna que anida en cada uno de los hombres y mujeres del planeta viene satisfecha, lenta, pero de modo continuo y eficaz, por la extraordinaria experiencia de vida nueva que va apoderándose del hombre al contacto frecuente con la Eucaristía. Con la Eucaristía bien recibida va creciendo en el hombre la vida, la vida nueva de Cristo resucitado y glorioso en el cielo.
lunes, 26 de octubre de 2020
HOMILIA TODOS LOS SANTOS, solemnidad. Domingo (01 de noviembre de 2020)
TODOS LOS SANTOS, solemnidad. Domingo (01 de noviembre de 2020)
Primera: Apocalipsis 7, 2-4.9-14; Salmo: Sal 23, 1-6; Segunda: 1Juan 3, 1-3; Evangelio: Mateo 5, 1-12a
Nexo entre las LECTURAS…
La antífona de entrada es quien nos sugiere el nexo y el tema y las sugerencias: «Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos. Los ángeles se alegran de esta solemnidad y alaban al unisono al Hijo de Dios» (Entrada).
Temas…
Una muchedumbre que nadie podría contar. Lo primero que atrae nuestra atención en este día es la contundente manifestación del bien. Estamos acostumbrados a que el mal haga espectáculo. El mal es notorio y llega a volverse notable, y nuestra mente quizá ha llegado a acostumbrarse a eso. La primera lectura cambia este hábito de nuestra mente: "una muchedumbre que nadie podría contar" (Ap 7,9). Después de todo, el bien también existe; está entre nosotros, aunque, por ahora, permanece de modo casi invisible.
En esa muchedumbre el vidente del Apocalipsis encuentra gentes de toda raza, lengua, pueblo y nación. Otra imagen que nos sorprende. Tal vez estamos acostumbrados a pensar la salvación en términos de élites y de exclusiones: los del hemisferio Norte tienen un nivel de vida, y los del Sur, otro; los ricos gozan lo que no pueden disfrutar los pobres; los educados y los incultos, los sanos y los enfermos. Siempre parece que la salvación y la felicidad son para un grupo cerrado que deja excluido al resto. La alegría del Apocalipsis es distinta… la exclusión ha sido excluida.
La muchedumbre de la tierra se une a la muchedumbre del cielo. Pensábamos que luchábamos solos, que sufríamos solos, que no teníamos más compañía que nuestras propias ideas y recursos. De repente, el velo se corre y vemos que estamos y que siempre estuvimos acompañados. Millares de ángeles se gozan en el mismo Dios nuestro, y nuestro gozo es su mismo gozo.
Los que han buscado al Señor. Con el salmista y de respuesta hemos dado un nombre a esa hermosa muchedumbre: "los que buscan al Señor". La santidad es presencia de Dios, y por eso es primero búsqueda de Dios. Podemos decir que un santo es aquel que ha sido consecuente y perseverante en su búsqueda de Dios. Pecar es dejar de buscar; el gran pecado es "estacionarse", sentarse al borde del camino y dejar de buscar. Esto significa que nuestras faltas y caídas de cada día no deben desesperarnos, porque precisamente lo único grave, lo único irreparable es la desesperación. Es ella la que pretende estacionarnos y detenernos. Pedro traicionó a Jesús; Judas traicionó a Jesús. Sin embargo, Pedro no se estacionó, no se quedó en su pecado. Si miramos a la muchedumbre de la Liturgia de hoy, la muchedumbre de los santos que han "buscado al Señor", otra enseñanza nos queda clara: los caminos de la búsqueda son múltiples. La caridad, la penitencia, la predicación, el martirio, la oración escondida, la denuncia profética... ¡cuántos caminos diversos tienen sin embargo un mismo destino: la bienaventuranza! Esto quiere decir que cada uno -y cada una- de nosotros puede y debe buscar y encontrar su camino, sin dejar de buscar y encontrar al único que es Camino, es decir, Jesucristo.
Las bienaventuranzas de Cristo: brújula de santidad para los cristianos. El Evangelio nos ofrece la brújula, la carta de navegación hacia la santidad como Dios la quiere en nuestras vidas. Santidad no es lo que nosotros imaginemos sino lo que Dios nos enseña. Jesús es el Santo de Dios y en su vida y su palabra está la santidad que Dios ha pensado para nuestras vidas. Las bienaventuranzas de Cristo son realidades que se viven en esta tierra y que preparan la bienaventuranza más allá de esta tierra. No podemos separar la existencia terrena de la vida más allá de este mundo. Quien rechaza las bienaventuranzas ¿podrá aspirar a la bienaventuranza? Quien no acoge a Cristo como Maestro de felicidad en este mundo, ¿podrá gozar de la felicidad que él anuncia más allá de este mundo? Esta bienaventuranza celestial se anticipa en el banquete eucarístico. El Cristo que comulgamos hoy es el mismo Cristo que nos recibirá en la gloria; el mismo que se dará como alimento dulcísimo en el cielo, para regocijo de ángeles y hombres. Aprender a comulgar es un ejercicio de cielo. Una Misa bien vivida es una escuela de alegría, de alabanza y sobre todo de gratitud.
Sugerencias… (cfr.: Papa Francisco)
Es muy bella la visión del Cielo que hemos escuchado en la primera lectura: el Señor Dios, la belleza, la bondad, la verdad, la ternura, el amor pleno. Nos espera todo esto. Quienes nos precedieron y están muertos en el Señor ¡están allí! Ellos proclaman que fueron salvados no por sus obras —también hicieron obras buenas— sino que fueron salvados por el Señor: «La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero» (Ap 7, 10). Es Él quien nos salva, es Él quien al final de nuestra vida nos lleva de la mano, precisamente a ese Cielo donde están nuestros antepasados. Uno de los ancianos hace una pregunta: «Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?» (v. 13). ¿Quiénes son estos justos, estos santos que están en el Cielo? La respuesta: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero» (v. 14). En el Cielo podemos entrar sólo gracias a la sangre del Cordero, gracias a la sangre de Cristo. Es precisamente la sangre de Cristo la que nos justificó, nos abrió las puertas del Cielo. Y si hoy recordamos a estos hermanos y hermanas nuestros que nos precedieron en la vida y están en el Cielo, es porque ellos fueron lavados por la sangre de Cristo. Esta es nuestra esperanza: la esperanza de la sangre de Cristo. Una esperanza que no defrauda. Si caminamos en la vida con el Señor, Él no decepciona jamás.
Hemos escuchado en la segunda Lectura lo que el apóstol Juan decía a sus discípulos: «Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce... Somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3, 1-2). Ver a Dios, ser semejantes a Dios: ésta es nuestra esperanza. Y hoy, precisamente, en el día de los santos, y antes del día de los muertos, es necesario pensar un poco en la esperanza: esta esperanza que nos acompaña en la vida. Los primeros cristianos pintaban la esperanza con un ancla, como si la vida fuese el ancla lanzada a la orilla del Cielo y todos nosotros en camino hacia esa orilla, agarrados a la cuerda del ancla. Es una hermosa imagen de la esperanza: tener el corazón anclado allí donde están nuestros antepasados, donde están los santos, donde la bienaventurada Virgen María, donde está Jesús, donde está Dios. Esta es la esperanza que no decepciona; hoy y mañana son días de esperanza.
La esperanza es un poco como la levadura, que ensancha el alma; hay momentos difíciles en la vida, pero con la esperanza el alma sigue adelante y mira a lo que nos espera. Hoy es un día de esperanza. Nuestros hermanos y hermanas están en la presencia de Dios y también nosotros estaremos allí, por pura gracia del Señor, si caminamos por la senda de Jesús. Concluye el apóstol Juan: «Todo el que tiene esta esperanza en Él se purifica a sí mismo» (v.3). También la esperanza nos purifica, nos aligera; esta purificación en la esperanza en Jesucristo nos hace ir de prisa, con prontitud. En este pre-atarceder de hoy, cada uno de nosotros puede pensar en el ocaso de su vida: «¿Cómo será mi ocaso?». Todos nosotros tendremos un ocaso, todos. ¿Lo miro con esperanza? ¿Lo miro con la alegría de ser acogido por el Señor? Esto es un pensamiento cristiano, que nos da paz. Hoy es un día de alegría, pero de una alegría serena, tranquila, de la alegría de la paz. Pensemos en el ocaso de tantos hermanos y hermanas que nos precedieron, pensemos en nuestro ocaso, ¿cuándo llegará?. Y pensemos en nuestro corazón y preguntémonos: «¿Dónde está anclado mi corazón?». Si no estuviese bien anclado, anclémoslo allá, en esa orilla, sabiendo que la esperanza no defrauda porque el Señor Jesús no decepciona.
¡Feliz día!
viernes, 23 de octubre de 2020
jueves, 1 de octubre de 2020
lunes, 14 de septiembre de 2020
HOMILIA Domingo vigesimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cA (20 de septiembre de 2020)
Domingo vigesimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cA (20 de septiembre de 2020)
Primera: Isaías 55, 6-9; Salmo: Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18; Segunda: Filipenses 1, 20b-26; Evangelio: Mateo 19, 30 – 20, 16
Nexo entre las LECTURAS
"Camino" es una palabra muy frecuente en la Biblia, y está presente (nexo) en la liturgia de este Domingo. Primeramente el camino del hombre: Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada y luego, el camino de Dios: Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno? Por eso, en la primera lectura leemos: Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos. Finalmente, el camino del cristiano nos lo enseña Pablo con su vida: Me siento urgido de ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo. El camino del cristiano es el de la Voluntad de Dios, tal como ésta se manifiesta en el tiempo. Pidamos la gracia de estar abiertos a lo sobrenatural, allí Dios nos da las gracias que necesitamos para responder, con una vida santa, a la voluntad de Dios… pues ser santos es lo normal en un cristiano (en el Duomo de Milán, Benedicto XVI, 4 de jun de 2012).
Temas...
Invitaciones de Dios. Dios llama, Dios invita: ese es el mensaje de este Domingo. Nuestro Dios no es uno que se queda cómodo (inmóvil) en su casa feliz, ausente de la suerte de sus creaturas. Si Dios llama es porque ama. Nos llama porque le importamos. El primer llamado que nos hizo Dios fue a la existencia, realidad muy negada por las ideologías que están de moda. El capítulo primero del Génesis describe el acto creador como el fruto de una palabra poderosa que trae de la nada al ser. Dios me llamó cuando me creó. Pero Dios me creó libre, esto es, capaz de aceptar su voz o incluso de rechazarla. Por eso, no sólo me habló para crearme, sino que me guía o quiere guiarme con su voz (Buen Pastor). A través de sus profetas Dios se deja oír, como lo hizo hoy por boca de Isaías: "¡que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes!" La voz de Dios se dirige a todo nuestro ser. Por consiguiente, no apunta solamente a lo que hemos sido, por ejemplo, para denunciar nuestros pecados, sino que mira a lo que podemos llegar a ser. Por eso la palabra divina da fuerza, ánimo y da una razón para la esperanza: "que el malvado regrese al Señor, y Él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón..."
Una mirada más amplia. Como nuestra mirada es tan limitada en tantos aspectos, a menudo nos cuesta trabajo adivinar las razones de Dios. Si nuestra mirada pudiera ampliarse, si no se limitara solo al pasado y el presente, podríamos, como hace Dios, ver las infinitas posibilidades de la gente que nos rodea. Veríamos que un perseguidor, como Pablo, puede llegar a ser un gran apóstol. Veríamos que un vividor como Francisco de Asís puede llegar a ser un santo maravilloso. Veríamos que un pescador de peces podía llegara ser y llegó a ser "pescador de hombres." Pero hay más que eso. Si nuestra mirada se amplía reconocemos que no sólo existe la belleza de no haberse equivocado sino también la belleza de ser perdonado. Es sobre todo esa belleza la que más nos cuesta descubrir, y sin embargo es indispensable descubrirla si queremos concebir, aunque sólo sea los rudimentos de la inmensidad del amor que Dios nos tiene, pues en nada brilla tanto el amor como en el perdón.
Los últimos y los primeros. Parece cosa comprobada que Jesús utilizó algunos de los recursos "pedagógicos" que eran de uso frecuente entre los maestros rabinos. Expresiones como "los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos" tienen una fuerza mnemotécnica muy grande. Resultan fáciles de recordar por su estilo paradójico y por la multitud de situaciones a los que pueden aplicarse. Jesús utilizó varias de esas expresiones paradójicas. Otra, por ejemplo, es: "el que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado". Y otra semejante: "nada hay oculto que no llegue a saberse". Este modo de hablar hacía que las enseñanzas del Señor quedaran grabadas pronta y profundamente en el corazón de sus oyentes, incluso si no podían escuchar completos largos discursos. El evangelio de hoy pone en escena un pequeño drama que ilustra por qué hay primeros que resultan últimos y últimos que quedan de primeros. Los "primeros" en este caso son los que fueron contratados en primer lugar; consiguientemente, los "últimos" corresponden a los que llegaron al caer de la tarde. Para todos el poder trabajar fue en sí mismo un regalo, porque todos estaban perdiendo la vida sin dirección ni sentido, pero ese regalo (llamada) dejó de serlo en la mente de aquellos que lo recibieron primero. Para ellos el regalo se volvió tedio, y la oportunidad, una tarea. Llegar ‘de primeros’ no aumento su gratitud sino su capacidad de crítica y su sensibilidad al propio dolor o incomodidad. Por eso acabaron de últimos. A nosotros puede sucedernos lo mismo. En ocasiones sucede que quien ha tenido menos ocasiones de pecar no por ello cuenta en su balance más ocasiones para agradecer. Y pasa también que quien llevó una vida lejana al Señor cuando le descubre avanza más y mejor que los que siempre estuvieron cercanos a Él.
¡Qué buen Domingo para sentirnos agradecidos de trabajar en la Viña del Señor! Y más bueno aún ¡para invitar a otros a compartir este trabajo!
Sugerencias...
Para 'ajustar' nuestras relaciones con Dios, hay que 'ajustar' primeramente nuestro corazón.
El camino del hombre. Se enseña mucho a pensar que nuestras relaciones con los demás sean en términos de contrato y de justicia conmutativa. Eso hace que así pensemos las relaciones laborales, en las que el trabajador intercambia, mediante un contrato con el patrón, mano de obra por salario, y viceversa. No están libres de esta mentalidad las relaciones con las instituciones públicas o privadas, ni siquiera las mismas relaciones familiares: entre esposos, entre padres e hijos. El hombre, así ‘enseñado’, aplica estas mismas categorías a sus relaciones con Dios. ¡Relaciones de contrato, de mérito, de justicia! Ante esta situación, Dios, en la liturgia de hoy, le dice al hombre que se cree justo: "Estás equivocado. Mis relaciones con el hombre no son las de un patrón, ni las relaciones del hombre conmigo las de un asalariado". No es que Dios no sea justo, es que, Su amor, va más allá de la justicia: 'Cuanto dista el cielo de la tierra, así mis caminos de los de ustedes y mis planes de los de ustedes’ (Is 55,9). Se trata de relaciones en las que imperan la libertad del amor y la bondad de corazón. El hombre 'justo’, del texto, se desconcierta ante este modo del actuar divino y siente el gusanillo de la envidia. Esto significa que no ha entrado en el camino de Dios, camino de libertad y de bondad de Padre. Tendrá que cambiar de mentalidad, a fin de pasar del estado de 'justo' al de justificado, de hombre y mujer del mundo a SANTOS e IRREPROCHABLES en su presencia por el amor. Las ideologías nos han vaciado el corazón y la mente y hay muchos enceguecidos que no ven (ni descubren, ni valoran) que estamos llamados a participar del CIELO.
El camino de Dios. La revelación nos habla de la "justicia de Dios", pero no en términos horizontales, sino salvíficos: Dios es justo en cuanto nos justifica, nos salva de nuestros pecados, nos redime mediante su Hijo, es justo en su infinita MISERICORDIA (recordemos el Jubileo de la Misericordia). Su justicia altera nuestra justicia, porque está impregnada de amor y de bondad. ¡Qué lejos la justicia de Dios de la mera justicia contractual y solamente legal! Por eso, la frase final del texto evangélico es inquietante para unos y consoladora para otros: 'Los últimos serán primeros, y los primeros, últimos'. Los que buscan justicia conmutativa en sus relaciones con Dios ocuparán el último puesto en el Reino de Dios, mientras que los que dejen actuar en sus vidas la justicia salvífica (el reino del perdón y de la misericordia), ocuparán el primer lugar. ¡Estos son los caminos de Dios, tan distantes y distintos de los nuestros! Miremos contemplando a la beata Virgen María, Madre misericordiosa que reza y alaba diciendo: “Mi alma canta la grandeza del Señor”. Miremos e imitemos, a la Virgen, para que nuestra vida sea un canto de felicidad en el amor y servicio ahora y gozo y paz en el Banquete de las Bodas del Cordero.
El camino del cristiano, por lo dicho, es Camino Mariano. Pablo es símbolo y figura de un hombre conquistado por Cristo, de un cristiano auténtico. Como Jesucristo, como nuestra Madre, Pablo ha hecho de la voluntad de Dios el camino de su existencia. Por eso, no tiene "caminos personales", más bien deja que Dios le manifieste su voluntad mediante los acontecimientos de cada día. Por gusto, desearía morir para estar con Cristo; por misión, se siente llamado a continuar en la vida para predicar el Evangelio. No elige. Deja que Dios le vaya mostrando su camino, sea el que sea, y está dispuesto a realizarlo con prontitud y alegría. Un cristiano no tiene "camino propio": es Dios quien le va abriendo, día tras día, el camino… lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus creaturas, no deseo nada más, PADRE! (beato Charles de Foucault).
lunes, 7 de septiembre de 2020
HOMILIA Domingo vigesimocuarto del TIEMPO ORDINARIO cA (13 de septiembre de 2020)
Domingo vigesimocuarto del TIEMPO ORDINARIO cA (13 de septiembre de 2020)
Primera: Eclesiástico 27, 30-28, 7; Salmo: Sal 102, 1-4. 9-12; Segunda: Rom 14, 7-9; Evangelio: Mateo 18, 21-35
Nexo entre las LECTURAS
El perdón es el tema sobresaliente (nexo) en las lecturas de este Domingo. La Primera Lectura nos habla de la actitud que el israelita debía adoptar ante un ofensor. El texto sagrado anticipa, de algún modo, la petición del Padre Nuestro en el evangelio: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. El autor considera la inevitable caducidad de la vida terrena, la muerte de los vivientes y la consiguiente corrupción. Esta meditación le hace ver que es vano adoptar una actitud de ira y de venganza en relación con nuestros semejantes. ¿Qué misericordia seremos capaces de pedir a Dios el día del juicio, si nosotros mismos nunca ofrecimos esta misericordia a los demás? Por ello, la venganza, la ira y el rencor son cosas de pecadores. No caben en un hombre creyente. La postura sabia, por el contrario, consiste en refrenar la ira, observar los mandamientos y recordar la alianza del Señor. La idea de fondo es profunda: aquel que no perdona las ofensas recibidas, no recibirá la remisión de sus pecados. En el evangelio el tema se propone nuevamente en la parábola de los deudores ‘insolventes’. Jesús nos muestra que delante de Dios, no hay hombre justo que esté libre de débito. Más aún, expresa con vigor y firmeza que no hay quien pueda solventar la deuda contraída por los propios pecados. Si Dios, en su infinita misericordia, ha tenido compasión de nuestras miserias, ¿no debemos hacer nosotros lo mismo en relación con nuestros semejantes? (Evangelio). La carta a los romanos, por su parte, nos presenta la soberanía de Cristo, Señor de vivos y muertos. Si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos para el Señor morimos. Nosotros no podemos constituirnos en dueños de la vida y de la muerte, ni tampoco en jueces de nuestros hermanos (2da lectura).
Que bueno, si aprendemos de esta Liturgia a vivir mejor esta cuarentena y la llamada ‘post cuarentena’.
Temas...
El perdón es una de las modalidades del amor. Una de sus más exigentes. Porque en la convivencia humana en general, y en las distintas formas de convivencia familiar o comunitaria, pueden surgir problemas, malentendidos, discusiones e incluso ofensas entre las personas. En este caso, un cristiano está llamado a la reconciliación. Y el camino de la reconciliación pasa por el reconocimiento del propio pecado y/o por el perdón al ofensor. San Pablo exhortaba a los cristianos al perdón mutuo, siendo Cristo la clave de este perdón: “como el Señor los perdonó, perdónense también ustedes” (Col 3,13). De la misma forma que el amor tiene distintas dimensiones y alcances (amor entre los esposos, amor a los familiares, a los conocidos, a los compañeros de trabajo), y el amor cristiano alcanza dimensiones universales, pues no conoce límites, encontrando en el amor al enemigo, al que no se lo merece, su alcance más universal, también el perdón cristiano tiene distintas dimensiones y un alcance universal. El perdón no tiene límites. A Jesús le formulan una pregunta sobre los límites del perdón: ¿cuántas veces hay que perdonar? Pregunta muy lógica y humana. Jesús responde que, para sus seguidores, el perdón no tiene límites, puesto que hay que perdonar siempre y en toda circunstancia. No es fácil el perdón, como tampoco es fácil el amor. Pero hace feliz. El auténtico amor y el auténtico perdón son gratuitos. Por eso su alcance es universal. Lo que tiene precio es siempre limitado. Y lo más interesante: el perdón no es un favor que hacemos el ofensor, es un bien que nos hacemos a nosotros. El primer beneficiario del perdón es el que perdona.
Una cosa sobre la parábola de hoy. Pues los títulos con los que recordamos algunas parábolas pueden desorientar. Así ocurre, por ejemplo, con la conocida como parábola del hijo pródigo. Espontáneamente nuestra mirada se dirige a este hijo. Cuando así ocurre vamos mal orientados. Porque el protagonista de la parábola del hijo pródigo no es ninguno de los dos hermanos. Ellos no son nuestro punto de referencia. Nuestra mirada debe dirigirse al Padre, que representa a Dios que ‘acoge’ a todos los que están alejados de Él, a los dos hermanos que están fuera de casa, y quiere que los dos participen en el banquete que prepara para todos. Lo mismo ocurre con la parábola que hoy hemos escuchado. El protagonista no es ninguno de los dos siervos. Nuestra mirada debe dirigirse al verdadero protagonista, que es el rey. Rey que perdona “lo que no está en los papeles”, y, además, que perdona incondicionalmente al que no puede pagarle de ninguna manera. Este rey debe atraer nuestra mirada. En él podemos ver al Dios que en Jesucristo se revela, Dios que perdona sin condiciones, que acoge a los pecadores, Dios de misericordia y de bondad. Dios se revela en su Hijo Jesús, que en la cruz perdona a sus enemigos. Jesús, el verdadero rey (“rey de los judíos”), en la cruz, no solo perdona, sino que se convierte en el abogado defensor de sus asesinos: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”. La parábola de hoy nos invita a identificarnos con este sorprendente rey perdonador.
Hay un problema. No por parte del rey que perdona sin condiciones, sino por parte del destinatario del perdón. Porque el perdón, como el amor, necesitan ser acogidos, para producir su efecto transformador. ¿Y cuando son acogidos? Cuando se transmiten. El problema del siervo llamado inicuo es que no ha sabido acoger el perdón. La prueba está en que no lo transmite, no lo comparte. Por eso, en la oración de Jesús se nos recuerda que, para ser de verdad perdonados, para que el perdón nos cambie y produzca efectos transformadores, necesitamos perdonar nosotros también a los que nos ofenden. Es el reino de la misericordia el reino que Jesús quiere que se fortalezca en nuestros corazones, en nuestra manera de vivir y de convivir, que no es vivir unos con otros SINO uno para otros: al hacerlo nos identificamos con el Padre celestial. A Él tenemos que mirar, a este rey de la parábola que lo representa, para identificarnos con él. El tema de la liturgia de hoy es de una sorprendente actualidad. En nuestro mundo abundan expresiones de rechazo e intolerancia. Las denuncias por delitos de odio (según tenemos experiencia en algunos casos de la cuarentena) aumentan. Abundan los delitos de xenofobia, racismo y violencia doméstica. Desde las tribunas políticas se predica la intolerancia y se lanzan falsedades sobre colectivos no deseados (por ejemplo, los inmigrantes… o ‘el gobierno anterior’…). Los cristianos estamos llamados a “ir contra corriente del mundo sin Dios”, y a contrarrestar las olas de violencia e intolerancia con hechos y palabras de acogida, comprensión, misericordia y perdón. Feliz quien recibe perdón. Cien veces feliz quien aprende a perdonar.
Sugerencias...
En el Antiguo Testamento se contienen en germen todas las verdades que luego, predicadas por Cristo, florecen en el Nuevo. A veces es más que un germen, es un verdadero anticipo del Evangelio, como puede verse en la primera lectura de este Domingo, que habla del ‘deber del perdón’: «Perdona las ofensas a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?». Si al antiguo pueblo de Dios se le pedía ya tanto, no menos se le puede exigir al nuevo, que ha escuchado las enseñanzas del Hijo de Dios y le ha visto morir en cruz implorando perdón para sus verdugos. Jesús perfeccionó la ley del perdón extendiéndola a todo hombre y a cualquier ofensa, porque con su sangre ha hecho a todos los hombres hermanos y, por lo tanto, prójimos los unos para los otros y ha saldado los pecados de todos. Por eso cuando Pedro, convencido de que proponía algo exagerado, le pregunta si debe perdonar al hermano que peque contra él hasta siete veces, el Señor le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18, 21-22). Expresión oriental que significa un número ilimitado de veces, equivale a ‘siempre’: ya usado en la Biblia en el canto feroz de Lamek, que se jacta de vengarse de las ofensas «setenta veces siete» (Gn 4, 24). En ese contexto dicha fórmula indica la invasión tremenda del mal. Pero si el mal es inmensamente prolífico, el bien debe serio al menos otro tanto, porque Jesús emplea la misma expresión. para enseñar así que el mal ha de ser vencido por la bondad ilimitada que se manifiesta en el perdón incansable de las ofensas. Pensándolo bien, resulta una obligación desconcertante, casi inquietante. Para hacerla más accesible: Jesús la ha ilustrado con la parábola del siervo despiadado. Su enorme deuda -diez mil talentos- condonada tan fácilmente por el amo, y su increíble dureza de corazón, pues por la exigua suma de cien denarios echa en la cárcel a un colega suyo, permiten intuir enseguida una vendad mucho más profunda. oculta en la parábola; la cual representa la misericordia infinita de Dios que ante el arrepentimiento y la súplica del pecador perdona y cancela la más grave deuda de pecados, y, por otra parte, ejemplifica la mezquina estrechez del hombre que, estando tan necesitado de misericordia, es incapaz de perdonar al hermano una pequeña ofensa. Aunque por el orgullo y el espíritu de venganza inserto en el hombre caído, pueda a veces costar mucho perdonar. es siempre condición indispensable para obtener el perdón de los pecados. No hay escapatoria, para los amigos del Cordero que queremos participar del Banquete del Cordero: o perdón y ser perdonados. o negar el perdón y no ser perdonados. «Lo mismo hará con ustedes mi Padre del cielo -concluye la parábola-, si cada cual no perdona de corazón a sus hermanos. Retorna la admonición de la primera lectura: -Piensa en tu fin y cesa en tu enojo; recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo.... y perdona el error. Son lecciones que deben ser muy meditadas y que deben inducir a hurgar en el propio corazón para ver si anida en él algún resentimiento o mal querencia contra un solo hermano. No en vano nos ha enseñado Jesús a orar así: perdónanos… así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
El perdón, en los mártires, nos ayuda a comprender mejor esta enseñanza y nos alientan a autentificar nuestro amor y deseo de pertenecer al Señor.
miércoles, 26 de agosto de 2020
lunes, 17 de agosto de 2020
HOMILIA Domingo vigesimoprimero del TIEMPO ORDINARIO cA (23 de agosto de 2020)
Domingo vigesimoprimero del TIEMPO ORDINARIO cA (23 de agosto de 2020)
Primera: Isaías 22, 19-23; Salmo: Sal 137, 1-3. 6. 8bc; Segunda: Romanos 11, 33-36; Evangelio: Mateo 16, 13-20
Nexo entre las LECTURAS
Cuando Pedro supo quién es Jesús, solo ahí supo quién es él. ¿Hablamos con Jesús para saber/conocer/comprender quién soy?
La figura de Pedro, que confiesa a Jesús Mesías e Hijo de Dios, llena la escena litúrgica de este Domingo. Jesús lo constituye dándole las llaves del Reino y le otorga el poder de atar y desatar (Evangelio). La primera lectura nos habla de Eliaquín, elegido por Dios para ser mayordomo de palacio, en tiempos del rey Ezequías, y que prefigura a Pedro: "El será padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré en sus manos las llaves del palacio de David". San Pablo, en la segunda lectura, se asombra de las decisiones insondables de Dios y de sus inescrutables caminos respecto al pueblo de Israel. La liturgia nos permite maravillarnos y sobrecogernos ante el gran misterio de la elección de Pedro para ser Roca y Mayordomo de su Iglesia y desde él, poder pensar y rezar nuestra vocación. Recemos como el salmista y con él: "Daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad, porque tu promesa ha superado tu renombre. Me respondiste cada vez que te invoqué y aumentaste la fuerza de mi alma" por el Papa Francisco, sus intenciones y necesidades, su salud y santidad.
Temas...
Dos imágenes dominan en el evangelio la respuesta de Jesús a la confesión de fe de Simón Pedro: la imagen de la roca y la de las llaves. Ambas tienen su origen en el Antiguo Testamento, se retoman en el Nuevo y finalmente, como muestra el evangelio, se aplican a la fundación de Jesucristo.
La roca. Primero la roca: en los Salmos se designa a Dios constantemente como la Roca, es decir, el fundamento sobre el que puede uno apoyarse incondicionalmente: «Sólo él es mi Roca y mi salvación» (Sal 62,3). Su divina palabra es perfectamente fidedigna, absolutamente segura, incluso cuando esa palabra se hace hombre y como tal se convierte en salvador del pueblo: «Y la ‘roca’ era Cristo» (1Cor 10,4). Sin renunciar a esta su propiedad, Jesús hace partícipe de ella a Simón Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». También la Iglesia participará de esa propiedad de la fiabilidad, de la seguridad total: «El poder del infierno no la derrotará». La transmisión de esta propiedad sólo puede realizarse mediante la fe perfecta, que se debe a la gracia del Padre celeste, y no mediante una buena inspiración humana de Pedro. La fe en Dios y en Cristo, que nos lleva a apoyarnos en ellos con la firmeza y la seguridad que da una roca, se convierte ella misma en firme como la roca sólo gracias a Dios y a Cristo, un fundamento sobre el que Cristo, y no el hombre, edifica su Iglesia.
Las llaves. En realidad, la propiedad de ser roca y fundamento contiene ya la segunda cosa: los plenos poderes, simbolizados en la entrega de las llaves a un seguro servidor del rey y del pueblo; las llaves eran entonces muy grandes, por lo que el Señor puede cargar sobre las espaldas de Eliaquín «la llave del palacio de David» casi como una cruz y en todo caso como una grave responsabilidad. Estos son los plenos poderes: «Lo que él abra nadie lo cerrará, lo que el cierre nadie lo abrirá» (Is 22,22). En la Nueva Alianza es Jesús «el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cierra, el que cierra y nadie abre» (Ap 3,7). Es la llave principal de la vida eterna, a la que pertenecen también «las llaves de la muerte y del infierno» (Ap 1,18). Y ahora Cristo hace partícipe a un hombre, a Pedro, sobre el que se edifica su Iglesia, de este poder de las llaves que llega hasta el más allá: lo que él ate o desate en la tierra, quedará atado o desatado en el cielo. Advertimos que tanto en la Antigua Alianza como en los casos de Jesús y de Pedro es siempre una persona muy concreta la que recibe estas llaves. No se trata de una función impersonal como ocurre por ejemplo en una presidencia, donde en lugar del titular de la misma puede elegirse a otro. En la Iglesia fundada por Cristo es siempre una persona muy determinada la que tiene la llave. Ninguna otra persona puede procurarse una ganzúa o una copia de la llave que pudiera también abrir o cerrar. Esto vale asimismo para todos aquellos que participan del ministerio sacerdotal derivado de los apóstoles: en una comunidad o parroquia sólo los discípulos-misioneros, colaboradores en la evangelización, tienen las llaves, y no pueden ceder sino compartir para anunciar el Reino. El párroco, por el sacramento de la Reconciliación tiene la llave, pero debe distribuir tareas y «ministerios», para que todos anunciemos responsablemente el Evangelio. La Iglesia, está edificada sobre la roca de Pedro, del que participan todos los ministerios: recemos por el aumento de las vocaciones sacerdotales y por las vocaciones religiosas y laicales.
La mejor posible. Ahora la alabanza de Dios en la segunda lectura puede sonar a conclusión: ¡qué ricas y sin embargo insondables son las decisiones de Dios también con respecto a la Iglesia! «¿Quién fue su consejero?». ¿Cómo hubiera podido construirse mejor su Iglesia, de un modo más moderno, más adaptado al mundo de hoy? La Iglesia edificada sobre la roca de Pedro y sobre su poder de las llaves se manifiesta siempre, y también hoy, como la mejor posible.
Sugerencias...
El episodio de la aparición nocturna de Jesús en el lago (Domingo pasado), cuando Pedro fue hacia Él caminando sobre el agua, se había cerrado con la confesión espontánea de los discípulos: «Realmente eres Hijo de Dios» (Mt 14, 33). Pero en Cesárea de Filipo (Mt 16, 13-20) Jesús provoca otra confesión más completa y oficial. Pregunta a sus discípulos qué dice la gente sobre Él, para inducirlos a reflexionar y a superar la opinión pública mediante el conocimiento más directo e íntimo que tienen de su persona. Algunos del pueblo piensan que es «Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías» (ib 14); no se podía pensar en personajes más ilustres. Sin embargo, entre los tales y el Mesías hay una distancia inmensa, como la que existe entre el Creador y la criatura. Pedro, sin titubear, respondiendo en nombre de los compañeros afirma: «Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (ib 16). Los discípulos han escuchado y parecen haber comprendido. Son ellos, la gente sencilla, a la que el Padre se ha complacido en revelar el misterio. Y como un día había exclamado Jesús: «Te doy gracias, Padre..., porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11, 25), así le dice ahora, a Pedro: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). Sin una iluminación interior dada por Dios no sería posible un acto de fe tan explícito en la divinidad de Cristo. La fe es siempre un don. Y a Pedro, que se ha abierto con presteza singular a este don, le predice Jesús la gran misión que le será confiada: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella» (ib 18). El humilde pescador vendrá a ser la roca firme sobre la que Cristo construirá su Iglesia, como un edificio tan sólido que ningún poder, ni aun diabólico, podrá abatirlo. Y añade: «Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo» (ib 19).
En lenguaje bíblico las llaves indican poder: «Colgaré de su hombro las llaves del palacio de David», se lee hoy en la primera lectura (Is 22, 19-23), a propósito de Eliaquín, mayordomo, del palacio real. El poder conferido a Pedro es inmensamente superior; a PEDRO se le dan las llaves, no de un reino terreno, sino del Reino de los Cielos, o sea del reino que ha venido Jesús a instaurar, en la cual Pedro tiene el poder «de atar y de desatar». Potestad tan grande sostenida solamente por el ESPÍRITU SANTO y que sus decisiones son ratificadas «en el cielo» por el mismo Dios. Es desconcertante un tal poder/don otorgado a un hombre y sería inadmisible si Cristo al confiarlo a Pedro, no le hubiese asegurado una asistencia particular. Así Jesús ha querido edificar su Iglesia; y así la Iglesia debe ser aceptada aceptándose juntamente el primado de Pedro que, al igual que ella, es de institución divina. Si esto puede ser objetado por una sociedad excesivamente racionalista e insumisa a toda autoridad, el cristiano auténtico reconoce —y con gratitud— lo que Cristo ha establecido para hacer más seguro a los hombres el camino de la salvación. Por lo demás el hombre no puede pretender en ningún campo juzgar los planes y las acciones de Dios, sino que debe repetir con San Pablo: «¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!» (Rm 11, 33; 2a lectura).
San Pedro, apóstol, ruega por nosotros.
lunes, 10 de agosto de 2020
HOMILIA Domingo vigésimo del TIEMPO ORDINARIO cA (16 de agosto de 2020)
Domingo vigésimo del TIEMPO ORDINARIO cA (16 de agosto de 2020)
Primera: Isaías 56, 1. 6-7; Salmo: Sal 66, 2-3. 5-6. 8; Segunda: Romanos 11, 13-15. 29-32; Evangelio: Mateo 15, 21-28
Nexo entre las LECTURAS
El UNIVERSALISMO. El salmo responsorial, que es la plegaria que sintoniza admirablemente con la primera lectura, nos ha hecho suplicar: "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben". Una plegaria en consonancia con la misión universal de la Iglesia (Evangelio). Y es que Dios la ha pensado como sacramento de salvación para todos los hombres. El nuevo pueblo de Dios sería infiel a su vocación si se replegara en sí mismo. Cristo lo ha enviado a todo el mundo. He aquí una consecuencia lógica del querer de Dios y de la obra de Cristo. Hay que tener presente la gran afirmación: "Los dones y el llamado de Dios a Israel son irrevocables (segunda lectura) y Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". La Iglesia es, en esta línea y siguiendo la afirmación de san Juan Pablo II, camino hacia el hombre para que el hombre camine hacia Dios.
Temas...
Los de fuera. Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar en una realidad que se repite en muchas partes: los de dentro y los de fuera. Los de dentro son los que sienten que tienen unos derechos; los de fuera son los que se sienten o son excluidos de ellos. La imagen podría ser la de un club: para entrar, para ser de los de dentro, se necesita haber cumplido unos requerimientos, por ejemplo, el pago de una cuota o la pertenencia a un partido político o una determinada casta.
El tema interesa mucho porque en la Biblia vemos a menudo que Dios toma partido por los de fuera, es decir, por los excluidos, por los marginados. ¿Qué quiere decir, adecuadamente, "marginado"? El que ha sido empujado más allá del margen. Ha sido expulsado y ya no es, o nunca se consideró que fuera de "los de dentro" En Egipto los desposeídos y marginados eran los hebreos y podemos decir que Dios "opta" por ellos. Por contraste, quien podía sentirse absolutamente "adentro" y absolutamente dueño de todos los derechos, era el Faraón, pero Dios vino a demostrarle que su engreimiento no valía nada y su presunción era humo y vacío.
Excluidos de la Vida. La primera lectura nos presenta un modo de exclusión. Se trata de los extranjeros. En la mentalidad del Antiguo Testamento lo que prima es la idea de que hay un solo pueblo que es el pueblo elegido. El sentido que Dios quería dar a esa elección era este: ser elegido es servir de instrumento y guía de la salvación de los demás pueblos. Sin embargo, un modo cómodo de interpretar las cosas, un modo egoísta pero tentador, era decir que los demás pueblos ya habían sido "descartados." El texto del profeta Isaías se opone a esa interpretación ‘miope y mundana’ de la elección divina. Isaías viene a afirmar que hay promesas de vida y de felicidad para los extranjeros, es decir, para los de fuera. Con eso también está relativizando lo que podía servir de orgullo vano a los israelitas.
Cuando los de afuera se adueñan de la casa. La segunda lectura da un paso más en esta misma línea. Resulta que Dios es compasivo y abre la puerta de su misericordia a los pueblos no judíos, es decir, a los que la Biblia llama "gentiles." Los que estaban "lejos" ahora están "cerca" enseña san Pablo, por ejemplo, en el capítulo primero de su carta a los Efesios. Pero ¡cuidado! Estar cerca es empezar a estar "adentro" y existe siempre el peligro de sentirse ya tan adentro que uno empiece a despreciar a los que ahora vinieron a quedar afuera.
Pablo sale al paso de esta situación en la segunda lectura de este domingo, mostrando que, si es verdad que el orgullo de aquellos judíos no condujo a nada, no podemos interpretar de ahí que ya ellos han quedado "afuera" para siempre. Al contrario, temerosos de repetir nosotros mismos el ciclo y anhelantes de la gracia y la salvación para todos, tomamos en consideración las palabras de este apóstol: "Así como ustedes antes eran rebeldes contra Dios y ahora han alcanzado su misericordia con ocasión de la rebeldía de los judíos, en la misma forma, los judíos, que ahora son los rebeldes y que fueron la ocasión de que ustedes alcanzarán la misericordia de Dios, también ellos la alcanzarán. En efecto, Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos su misericordia."
Un obstáculo: ¿Por qué Jesús trata así a aquella extranjera? El evangelio de hoy, en cambio, nos presenta un pasaje bastante difícil sobre todo porque la actitud de Jesús resulta francamente desconcertante: ¿por qué hace esperar tanto a esta pobre mujer que clamaba la curación de su hijita? Y si luego va a curarla, ¿por qué con ese lenguaje tan duro, diríamos tan humillante?
Para dar un poco de perspectiva a lo sucedido, conviene recordar que Jesús tenía muy claro que su misión, por lo menos en el terreno de lo inmediato, iba dirigida a los miembros del pueblo elegido. Él no se ve a sí mismo como una especie de curandero o de hombre con poderes extraordinarios. A menudo prefirió destacar el papel de la fe de quienes recibían sus milagros, como quitando la atención de sí mismo y desplazándola hacia el acto de fe que el enfermo hacía cuando se curaba.
El enfoque de Jesús no es tanto que Él hace cosas, sino que Él es la ocasión de que Dios haga cosas en quienes vuelven hacia Dios. Esto es así porque Jesús básicamente está anunciando que Dios reina, está anunciando el Reinado de Dios como más potente que toda la iniquidad humana y también como más fuerte que todo lo que aflige u oprime a los hombres. En síntesis, Jesús quiere que el protagonista sea el poder de Dios que se hace próximo y activo en nosotros cuando realmente creemos. Es evidente que una curación "fácil" y un encuentro casi accidental con una especie curandero itinerante no son el lugar para realmente reconocer que es Dios el que reina. Esto explica, por lo menos en parte, lo que al principio nos parecía chocante: Jesús no quiere que sus milagros sean anécdotas, sino mensajes que anuncian la llegada del Reino. En el fondo, la demora en conceder esa sanación y el modo de hablarle a esta mujer son una especie de catequesis que quiere mostrar por qué caminos le llega la salvación. Al decirle que está recibiendo migajas de la mesa del pueblo elegido le está mostrando que sólo hay un Dios, que ese Dios se ha revelado al pueblo de la alianza, y que de Él y sólo de Él viene todo bien.
El silencio de Jesús. La mujer (así nosotros) sigue rogando; no se cansa. El silencio de Jesús se explica, en el texto, porque solamente ha venido para la casa de Israel. Sin embargo, después de la resurrección, dirá a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15).
Este silencio de Dios, a veces, nos atormenta. ¿Cuántas veces nos hemos quejado de este silencio? Pero la cananea se postra, se pone de rodillas. Es la postura de adoración. Él le responde que no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los perros. Ella le contesta: «Y, sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños» (Mt 15,26-27).
Esta mujer está muy despierta desde su humildad. No se enfada, no le contesta mal, sino que le da la razón: ‘Tienes razón, Señor’. Pero consigue ponerlo de su lado. Parece como si le dijera: ‘Soy como un perro, pero el perro está bajo la protección de su amo’. La cananea nos ofrece una gran lección: da la razón al Señor, que siempre la tiene. No hemos de querer tener la razón cuando te presentas ante el Señor (el libro de Job). No debemos ser quejosos sino, más bien, oferentes (esto dice la Virgen en Fátima a los pastorcitos) y, si te quejas, por favor, rezando, acaba diciendo: ¡Señor, que se haga tu voluntad!
Sugerencias...
1. La renovación de la oración. Este día nos ofrece la oportunidad de renovar nuestra vida de oración. El mundo agitado y aislado que vivimos muchas veces no nos deja espacio para recoger nuestra alma y alabar a Dios. Nos encontramos en cierto sentido "aturdidos", desparramados por las cosas y los acontecimientos. No siempre somos capaces de reservar algunos minutos para la oración personal. Será muy útil, pues, crear aquellas condiciones necesarias para entablar un contacto más cercano y espontáneo con Dios Nuestro Señor. Lo podemos hacer renovando nuestras oraciones de niñez, las que ofrecíamos a Dios al levantarnos y al ir a descansar. Lo podemos hacer al bendecir la mesa y pedir a Dios por nuestra familia y nuestros hijos y por todos. ¡Qué experiencia tan profunda la de la familia que reza unida! (San Pablo VI) ¡Cómo se queda grabada en la mente de los niños las oraciones recitadas al lado de la madre o del padre, de los abuelos o mayores! Los testimonios de personas que vuelven a la fe después de muchos años de abandono son elocuentes: lo primero que hacen es volver a las oraciones infantiles que aprendieron de boca de sus madres; volver a las oraciones básicas del cristianismo, sobre todo el Padre Nuestro y el Ave María. No saben más y empiezan a repetir el "Ave" María" una tras otra dando a su espíritu la paz y el espacio que necesitan en medio del vértigo de la jornada. Reavivemos nuestra fe en la oración. Impongámonos esa ascesis que supone el dedicar unos minutos cada día al silencio interior y al diálogo profundo con Dios. Nuestra alma ganará en paz, en esperanza, en fortaleza para enfrentar los ‘avatares’ de la vida.
2. El amor no se detiene ante las dificultades. Es verdad, el amor no conoce la dilación, no conoce los obstáculos. El amor está en continua actitud de donación y de sacrificio en bien de la persona amada. Esto es lo que vemos en la mujer cananea y en TODOS los mártires. Su petición a Jesús está toda en favor de su hija y de los necesitados e imploran la conversión propia y la de los demás.
lunes, 3 de agosto de 2020
HOMILÍA 6 de agosto. LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR. Fiesta. Ciclo A. (2020)
6 de agosto. LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR. Fiesta. Ciclo A. (2020)
Primera: Daniel 7, 9-10. 13-14; Salmo: Sal 96, 1-2. 5-6. 9; Segunda: 2 Pedro 1, 16-19; Evangelio: Mateo 17, 1-9
Nexo entre las LECTURAS… Temas…
El evangelio, que nos narra la escena de la Transfiguración, es el mismo que escuchamos el segundo Domingo de Cuaresma. Pero entonces no se nos presentaba como una conmemoración del hecho acontecido como un indicativo en el camino cuaresmal de la realidad futura a la que estamos llamados los que hacíamos un camino de conversión y penitencia. La fiesta de hoy nos conduce más directamente a la contemplación de Cristo, que se nos muestra con el esplendor de su gloria, y a la alabanza de aquel que, en esta visión, nos ha querido manifestar cuál es la esperanza de la realidad a la que estamos llamados aquellos que en Él creemos.
Unidad de las Lecturas
Quizás, más que en otras ocasiones, las lecturas de hoy presentan una unidad que va creciendo a medida que se van sucediendo los textos. Nos hallamos ante un primer texto profético en el que la Iglesia nos descubre la gloria que Cristo había de alcanzar; y hace esto por medio de las afirmaciones del salmo ("El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra"). El texto de la segunda Lectura es una "catequesis" que nos dispone admirablemente para escuchar y comprender el alcance del relato evangélico, culminación de la liturgia de la Palabra. Sería bueno empezar la homilía recordando el itinerario seguido por los textos que se han escuchado, antes de centrarse en el mismo texto evangélico.
La escena de la Transfiguración: La escena evangélica es suficientemente conocida, pero conviene recordar sus detalles. Jesús se hace acompañar por los apóstoles elegidos para ser testigos de algunos de los acontecimientos más importantes de su vida. A su lado están Moisés y Elías: la Ley y los Profetas. También ellos recibieron en la montaña la Ley, signo de la Alianza de Dios con su pueblo, y la ratificación de la Alianza (cf. Éxodo 19-20 y 1 Reyes 19). La nube es signo de la presencia de Dios, del Dios que, por medio de su palabra, reconoce como Hijo suyo al Cristo gloriosamente transfigurado.
Un comentario cierto del hecho, por un testigo: El texto de san Pedro es el mejor comentario -escuchado por todos los fieles de la transfiguración del Señor. Es cierto que hay otros muy buenos (uno de Atanasio Sinaíta y uno de san León Magno.
Pero el texto del apóstol Pedro los supera a todos. Él empieza subrayando la realidad del hecho, y lo hace como testigo que ha "visto" y ha "oído". Con Juan y Santiago, él ha contemplado la grandeza de Jesucristo, nuestro Señor, y ha escuchado la voz del Padre, no sólo reconociendo en Jesús a su Hijo sino también dándole honor y gloria, esto es, reconociendo el triunfo que iba a alcanzar. En la transfiguración constata Pedro el cumplimiento de las profecías. Por eso nos exhorta a escuchar la voz de los profetas. Porque nos hablan de Cristo, nos conducen hasta la luz de Cristo, luz que ha de iluminar nuestros corazones. Fijémonos que escuchar a los profetas es el primer paso para escuchar al mismo Cristo. No hay contradicción sino una plena complementación entre lo que afirma Pedro (escuchar a los profetas) y lo que nos dice la voz del Padre (que escuchemos a su Hijo).
No podemos ser nosotros "testigos oculares" de Cristo transfigurado. Esto sólo lo podemos hacer, mediante los ojos de la fe, gracias al testimonio apostólico. Lo que sí podemos hacer, como los apóstoles, es escuchar la voz de Cristo (como nos manda la Virgen), si queremos llegar a ser con él "coherederos de su gloria" (colecta). En esta misma línea hallamos "comentado" por la Iglesia el hecho de la transfiguración cuando afirma en el prefacio que este hecho "al revelar en sí mismo la claridad que brillará un día en todo el cuerpo que le reconoce como cabeza suya". La fiesta de hoy confirma en nosotros esta esperanza.
Una Consideración Litúrgica: El episodio evangélico de la transfiguración de Cristo nos invita también a fijarnos en un aspecto importante de toda la celebración litúrgica. Como los apóstoles, que reconocieron cuán bien estaban allí contemplando al Señor glorioso, pero que muy pronto tuvieron que bajar del monte y acompañar a Cristo hacia Jerusalén donde sufriría la pasión, también nosotros, al participar de la liturgia, gustamos por unos momentos cuán excelente y lindo y gozoso es estar unidos al Señor de la gloria y a los dones que son prenda de los bienes del cielo, pero muy pronto tendremos que volver al esfuerzo constante de la vida cristiana cotidiana, cuando nos dan la bendición… y nos dice… VAYAMOS EN PAZ a anunciar con palabras con obras las maravillas de la salvación.
La liturgia nos permite vivir momentos de intensa comunión con las realidades más santas y, al mismo tiempo, nos ayuda a vivir "mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo". Pedimos a Dios que al celebrar con fe y alegría la fiesta de la Transfiguración nos ayude a valorar la importancia de estos dos aspectos de la vida litúrgica.
Sugerencias...
La fiesta de la Transfiguración del Señor sugiere espontáneamente el tema de la luz, de la epifanía diurna, de la vida cristiana que se da y se abre despreocupada, con toda naturalidad ante los ojos de todos. No viendo en ella misma nada de que se tenga que avergonzar, tampoco tiene que disimular nada de la Palabra de Dios que la nutre. Se siente segura (la Iglesia) y firme con la firmeza de la verdad, por eso no teme mostrarse tal como es (débil y pecadora) y esplendorosa a la vista de los hombres. Sin necesidad de cubrirse con velo alguno, aparece ante aquellos que buscan la verdad. Hoy, sin la montaña del espectáculo, lo que se transfigura es la palabra de Dios ante los ojos del pueblo que ha tenido el coraje, la determinada determinación, de subir la cuesta de la conversión del Señor, y ha remontado las alturas de horizontes libres donde aletea el Espíritu de Dios con toda libertad. Estos, los que viven en el Espíritu, son hoy los invitados a la fiesta de la transfiguración, epifanía de la palabra de Dios. Los otros permanecen abajo, sin que sospechen siquiera lo que puede pasar sobre las cimas, en las alturas. Pablo los señala como "aquellos que corren hacia la perdición". Nosotros, en cambio, igualmente inexcusables por lo que toca a la severidad en nuestros juicios, y quién sabe si no hijos de una Iglesia más humana y acogedora, podemos contentarnos diciendo que los de abajo «se lo pierden». Pero realmente lo pensamos así porque disfrutamos del gozo de vivir en la libertad del espíritu, y la manifestación de la PALABRA ha hecho resplandecer en nuestros corazones «el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en Cristo».
No obstante, no siempre es así, no siempre la proclamación de la palabra de Dios ablanda y libera a los espíritus. O ¿no es siempre la palabra la que se proclama? Después de todo, la transfiguración no se produce por deseo y querer de los espectadores. Además, podría muy bien ser que, aun creyendo encontrarnos arriba, en la cima de la montaña, estuviéramos todavía abajo, viviendo preocupados por nuestras cosas (terrenales), sin saber vivir al raso, sino buscando refugio, acudiendo a Jesús para que nos eche una mano. Es verdad, a veces causa extrañeza el hecho de que en el seno de la comunidad cristiana no estalle y no se sienta más a menudo el alegre clamor: «¡Señor, qué bien estamos aquí!» (Mt 17,4).
Mas Temas…
- La transfiguración de Jesús se sitúa evangélicamente en un momento crucial de su ministerio, a saber, después de la confesión mesiánica de Pedro en Cesárea de Filipo. Incomprendido por el pueblo y rechazado por las autoridades, Jesús se dedica en la segunda parte de su vida a revelar su persona al grupo de sus discípulos para confirmarlos en la fe. En la transfiguración se descubren las dos caras de la misión de Jesús: una, dolorosa: la marcha hacia Jerusalén en forma de subida, que para los discípulos es entrega incomprensible a la muerte; la otra, gloriosa: Jesús muestra en su transfiguración un anticipo de la gloria futura.
- En el evangelio de la transfiguración hay una serie de imágenes escatológicas (choza, acampada, Moisés y Elías); cristológicas (Hijo de Dios, entronización mesiánica) y epifánicas (montaña, transfiguración, nube, voz) que describen a Jesús como Kyrios, con un señorío eminentemente pascual. La «montaña» es lugar de retiro y de oración; la «transfiguración» es una transformación profunda a partir de la desfiguración; «Moisés y Elías» son las Escrituras; la «tienda» es signo de la visita de Dios, unas veces oscura, otras luminosa, como lo indica la «nube». En definitiva, es relato de una teofanía o de una experiencia mística. Si nos fijamos en el itinerario del relato, vemos que tiene cuatro momentos: 1) la subida, que entraña una decisión; 2) la manifestación de Dios, que simboliza el encuentro personal; 3) la misión confiada, que es la vocación apostólica; y 4) el retorno a la tierra, que equivale a la misión en la sociedad.
- La llamada de Dios a formar parte de una comunidad exige una conversión. Discípulos-misioneros de Jesús son quienes aceptan la llamada de una voz o la palabra de Dios decisiva y personal que incide en lo más profundo del ser humano. Escuchar a Jesús es una característica esencial del discípulo cristiano. Esto entraña «encarnarse», es decir, aceptar con seriedad la vida misma, con ráfagas de «visión» y torbellinos de «pasión», con la esperanza de salir victoriosos del combate de la misma vida, seguros de la fe en el Transfigurado. Jesús se hace prójimo de todos los hombres mediante la entrega de su propia vida. ¿Tenemos experiencia personal de Dios?
HOMILÍA Domingo decimonoveno del TIEMPO ORDINARIO cA (09 de agosto de 2020)
Domingo decimonoveno del TIEMPO ORDINARIO cA (09 de agosto de 2020)
Primera: 1Reyes 19, 9.11-13a; Salmo: Sal 84, 9-14; Segunda: Romanos 9, 1-5; Evangelio: Mateo 14, 22-33
Nexo entre las LECTURAS
Dios se revela a Elías en el suave susurro de la brisa sobre el monte Horeb (primera lectura); Jesucristo se revela a los discípulos como Hijo de Dios mediante su señorío sobre las aguas agitadas del mar y sus misteriosas palabras: "Yo soy, no tengan miedo" (Evangelio). Por su parte, Pablo es muy consciente de que Dios se ha revelado al pueblo de Israel: "Les pertenecen la adopción filial, la presencia gloriosa de Dios, la alianza, las leyes, el culto y las promesas" (Rom 9,4). La respuesta de Elías es de temor sagrado ante la presencia del Señor: "Se cubrió el rostro con su manto" (1Re 19,13). La respuesta-actitud de Pedro es de duda y surge el: "Señor, sálvame" (Mt 14,31), mientras que la del conjunto de los discípulos es de fe: "Verdaderamente eres Hijo de Dios" (Mt 14,33). Pablo sabe muy bien que el pueblo de Israel ha dado una respuesta desacertada y no ha sido fiel a la revelación divina, por eso le invade una gran tristeza y un continuo dolor del corazón (segunda lectura). Revelación de Dios, respuestas del hombre: tema central, nexo.
Temas...
1. Dios como fantasma. El evangelio de hoy, en el que Jesús aparece caminando sobre las aguas del lago en medio de la noche y de la tempestad, comienza con su oración «a solas, en el monte» y termina con un auténtico acto de adoración a Jesús por parte de los discípulos: «Se postraron ante él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios». Su mayestático caminar sobre las olas, su superioridad aún más clara sobre las fuerzas de la naturaleza (pues permite que Pedro baje de la barca y se acerque a Él) y finalmente la revelación de su poder soberano sobre el viento y las olas, muestran a sus dubitativos discípulos, mejor que sus enseñanzas y curaciones milagrosas, que Él está muy por encima de su pobre humanidad, sin ser por ello, como creen los discípulos, un fantasma. O mejor: Él es un ‘pobre hombre’ como ellos, como demostrará drásticamente su pasión, pero lo es con una voluntariedad que revela su origen divino. Desvelar su divinidad para fortalecer la fe de los discípulos puede formar parte de su misión, pero también forma parte de esa misma misión velarla la mayoría de las veces y renunciar a «las legiones de ángeles» que su Padre le enviaría si se lo pidiera. Y tanto esta renuncia como el dolor asumido con ella muestran su divinidad más profundamente que sus milagros.
Se trata aquí de iniciaciones a la fe: ante el aparente fantasma del lago, los discípulos deben aprender a creer, por el simple «Soy Yo» del Señor, en la realidad de Jesús; y Pedro, que baja de la barca, tiene miedo de nuevo y empieza a hundirse, se hace merecedor de una reprimenda por su falta de fe. En lugar de pensar en lo que puede o no puede, debería haberse dirigido directamente, en virtud de la fe que le ha sido dada, hacia el «Hijo del Hombre».
2. Dios como susurro. En la primera lectura, Elías, en un simbolismo sumamente misterioso, es iniciado precisamente en esta fe. Se le ha ordenado aguardar en el monte la manifestación de la majestad de Dios, que va a pasar ante él. Y el profeta tendrá que experimentar que las grandes fuerzas de la naturaleza, que otrora anunciaban la presencia de Dios en el Sinaí, la misma tempestad violenta de la que los discípulos son testigos en el lago, el terremoto que en los Salmos es un signo de su proximidad, el fuego que le reveló antaño en la zarza ardiendo, son a lo sumo sus precursores, pero no su presencia misma. Sólo cuando se escuchó/percibió «un susurro», como una suave brisa, supo Elías que debía cubrir su rostro con el manto; esta suavidad inefable es como un presentimiento de la encarnación del Hijo: «No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará» (Is 42,2-3).
3. No sin los hermanos. Pablo lamenta, en la segunda lectura, que Israel no haya mantenido la fe de Elías hasta el final, hasta la encarnación del Hijo de Dios. Israel -dice el apóstol- había recibido, con todos los dones de Dios, la «adopción filial» (Rm 9,4), que culmina en el hecho de que Cristo, «que está por encima de todo» (v. 4), nació según lo humano como hijo de Israel. Los judíos tendrían que haber reconocido la adopción filial definitiva en Jesús, en lo que en Él había de suave y ligero, en vez de seguir añorando una posición de poder terreno como la que ellos esperaban de su Mesías. San Pablo quisiera incluso, «por el bien de sus hermanos, los de su raza y sangre», ser un proscrito lejos de Cristo, si con ello éstos consiguieran la fe y la salvación. Este deseo casi temerario forma parte de la plena fe cristiana, que en el encuentro con el Dios suave y ligero ha aprendido de Él que también los débiles merecen amor. El cristiano, a ejemplo de Cristo, no quiere salvarse sin sus hermanos.
Sugerencias...
La primera lectura (1 Re 19, 9a. 11-13a) habla de Elías, el profeta de fuego, que, abatido por las luchas y las persecuciones, sube al monte Horeb a encontrar fortaleza en el lugar donde Dios se revelé a Moisés. Y en el Monte santo Dios se le revela también a él: «Sal -oye que le dicen, y aguarda al Señor en el monte». Al punto pasó un viento huracanado, que agrietaba los montes; siguió un terremoto y luego un fuego, pero -repite hasta tres veces el sagrado texto- «en el viento..., en el terremoto.… en el fuego no estaba el Señor». Todo ya en calma, «se escuchó un susurro»; Elías intuyó en él la presencia del Señor y, en señal de respeto, «se cubrió el rostro con el manto». Dios se hace preceder y como anunciar por las fuerzas poderosas de la naturaleza, índices de su omnipotencia; pero cuando quiere revelarse al profeta desesperanzado y cansado, lo hace en el suave susurro de una brisa leve, la cual al mismo tiempo qué expresa su espiritualidad misteriosa, indica también su bondad delicada con la debilidad del hombre y la intimidad en que quiere comunicarse a él. El trozo bíblico termina aquí sin referir el diálogo entre Dios y su profeta, pero es suficiente para mostrar cómo interviene Dios para sostener al hombre que, oprimido por las dificultades de la Vida, se refugia en Él.
En un contexto totalmente diferente, presenta el Evangelio (Mt 14, 22-33) un episodio sustancialmente semejante. La tarde de la multiplicación de los panes, ordena Jesús a sus discípulos atravesar el lago y precederle en la otra orilla mientras Él, despedida la muchedumbre, y va solo al monte a orar. Es de noche; la barca de los Doce avanza a duras penas por la violencia de las olas y el viento contrario, de modo que «se fatigaban remando» (Mc 6, 48). Al alba ven a Jesús venir hacia ellos «andando sobre el agua», y creyéndolo un fantasma, gritan llenos de pavor. Pero la palabra del Señor los serena: «¡Animo, soy yo, no tengan miedo!» (Mt 14, 27); y Pedro más osado dice: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua» (ib 28). El apóstol no duda de que Jesús tiene ese poder, y a una palabra suya baja de la barca y camina sobre el agua. Pero un instante después, asustado por la violencia del viento, está ‘para’ hundirse e invoca: «¡Señor, Sálvame!» (ib 30). Es muy humano este contraste entre la fe de Pedro y su miedo instintivo; lo mismo que Elías está lleno de celo y ardor por su Señor, pero está también expuesto a los miedos y abatimientos, y necesita que el Señor intervenga para sostenerlo. En el Horeb Dios hizo sentir su presencia al profeta, se le reveló y le habló, pero siguió siendo el Invisible. En el lago, en cambio, Dios se deja reconocer en la realidad de su persona humano-divina; los discípulos no se cubren el rostro en su presencia, sino que ponen en Él su mirada, pues ha velado su divinidad bajo carne humana. Se ha hecho hombre, hermano; por eso los discípulos, y especialmente Pedro, tratan con Él con tanta familiaridad. Y Jesús también familiarmente los anima o los reprende, calma el viento, tiende la mano a Pedro, lo agarra y le dice: «¡Qué poca fe!, ¿por qué has dudado?».
La poquedad de la fe hace al cristiano miedoso en los peligros, abatido en las dificultades y por eso le pone a punto de naufragar. Pero donde la fe es viva, donde no se duda del poder de Jesús y de su continua presencia en la Iglesia, no habrá nunca peligro de naufragio, porque la mano del Señor se extenderá invisible para salvar la barca, la Iglesia, lo mismo que a cada fiel. La verdadera respuesta, la que hemos de buscar para nosotros mismos y para quienes entrarán en contacto con nosotros, es la respuesta completa, segura, responsable: LA OBEDIENCIA DE LA FE.
Nuestra Señora del SI, ruega por nosotrosDomingo decimonoveno del TIEMPO ORDINARIO cA (09 de agosto de 2020)
Primera: 1Reyes 19, 9.11-13a; Salmo: Sal 84, 9-14; Segunda: Romanos 9, 1-5; Evangelio: Mateo 14, 22-33
Nexo entre las LECTURAS
Dios se revela a Elías en el suave susurro de la brisa sobre el monte Horeb (primera lectura); Jesucristo se revela a los discípulos como Hijo de Dios mediante su señorío sobre las aguas agitadas del mar y sus misteriosas palabras: "Yo soy, no tengan miedo" (Evangelio). Por su parte, Pablo es muy consciente de que Dios se ha revelado al pueblo de Israel: "Les pertenecen la adopción filial, la presencia gloriosa de Dios, la alianza, las leyes, el culto y las promesas" (Rom 9,4). La respuesta de Elías es de temor sagrado ante la presencia del Señor: "Se cubrió el rostro con su manto" (1Re 19,13). La respuesta-actitud de Pedro es de duda y surge el: "Señor, sálvame" (Mt 14,31), mientras que la del conjunto de los discípulos es de fe: "Verdaderamente eres Hijo de Dios" (Mt 14,33). Pablo sabe muy bien que el pueblo de Israel ha dado una respuesta desacertada y no ha sido fiel a la revelación divina, por eso le invade una gran tristeza y un continuo dolor del corazón (segunda lectura). Revelación de Dios, respuestas del hombre: tema central, nexo.
Temas...
1. Dios como fantasma. El evangelio de hoy, en el que Jesús aparece caminando sobre las aguas del lago en medio de la noche y de la tempestad, comienza con su oración «a solas, en el monte» y termina con un auténtico acto de adoración a Jesús por parte de los discípulos: «Se postraron ante él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios». Su mayestático caminar sobre las olas, su superioridad aún más clara sobre las fuerzas de la naturaleza (pues permite que Pedro baje de la barca y se acerque a Él) y finalmente la revelación de su poder soberano sobre el viento y las olas, muestran a sus dubitativos discípulos, mejor que sus enseñanzas y curaciones milagrosas, que Él está muy por encima de su pobre humanidad, sin ser por ello, como creen los discípulos, un fantasma. O mejor: Él es un ‘pobre hombre’ como ellos, como demostrará drásticamente su pasión, pero lo es con una voluntariedad que revela su origen divino. Desvelar su divinidad para fortalecer la fe de los discípulos puede formar parte de su misión, pero también forma parte de esa misma misión velarla la mayoría de las veces y renunciar a «las legiones de ángeles» que su Padre le enviaría si se lo pidiera. Y tanto esta renuncia como el dolor asumido con ella muestran su divinidad más profundamente que sus milagros.
Se trata aquí de iniciaciones a la fe: ante el aparente fantasma del lago, los discípulos deben aprender a creer, por el simple «Soy Yo» del Señor, en la realidad de Jesús; y Pedro, que baja de la barca, tiene miedo de nuevo y empieza a hundirse, se hace merecedor de una reprimenda por su falta de fe. En lugar de pensar en lo que puede o no puede, debería haberse dirigido directamente, en virtud de la fe que le ha sido dada, hacia el «Hijo del Hombre».
2. Dios como susurro. En la primera lectura, Elías, en un simbolismo sumamente misterioso, es iniciado precisamente en esta fe. Se le ha ordenado aguardar en el monte la manifestación de la majestad de Dios, que va a pasar ante él. Y el profeta tendrá que experimentar que las grandes fuerzas de la naturaleza, que otrora anunciaban la presencia de Dios en el Sinaí, la misma tempestad violenta de la que los discípulos son testigos en el lago, el terremoto que en los Salmos es un signo de su proximidad, el fuego que le reveló antaño en la zarza ardiendo, son a lo sumo sus precursores, pero no su presencia misma. Sólo cuando se escuchó/percibió «un susurro», como una suave brisa, supo Elías que debía cubrir su rostro con el manto; esta suavidad inefable es como un presentimiento de la encarnación del Hijo: «No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará» (Is 42,2-3).
3. No sin los hermanos. Pablo lamenta, en la segunda lectura, que Israel no haya mantenido la fe de Elías hasta el final, hasta la encarnación del Hijo de Dios. Israel -dice el apóstol- había recibido, con todos los dones de Dios, la «adopción filial» (Rm 9,4), que culmina en el hecho de que Cristo, «que está por encima de todo» (v. 4), nació según lo humano como hijo de Israel. Los judíos tendrían que haber reconocido la adopción filial definitiva en Jesús, en lo que en Él había de suave y ligero, en vez de seguir añorando una posición de poder terreno como la que ellos esperaban de su Mesías. San Pablo quisiera incluso, «por el bien de sus hermanos, los de su raza y sangre», ser un proscrito lejos de Cristo, si con ello éstos consiguieran la fe y la salvación. Este deseo casi temerario forma parte de la plena fe cristiana, que en el encuentro con el Dios suave y ligero ha aprendido de Él que también los débiles merecen amor. El cristiano, a ejemplo de Cristo, no quiere salvarse sin sus hermanos.
Sugerencias...
La primera lectura (1 Re 19, 9a. 11-13a) habla de Elías, el profeta de fuego, que, abatido por las luchas y las persecuciones, sube al monte Horeb a encontrar fortaleza en el lugar donde Dios se revelé a Moisés. Y en el Monte santo Dios se le revela también a él: «Sal -oye que le dicen, y aguarda al Señor en el monte». Al punto pasó un viento huracanado, que agrietaba los montes; siguió un terremoto y luego un fuego, pero -repite hasta tres veces el sagrado texto- «en el viento..., en el terremoto.… en el fuego no estaba el Señor». Todo ya en calma, «se escuchó un susurro»; Elías intuyó en él la presencia del Señor y, en señal de respeto, «se cubrió el rostro con el manto». Dios se hace preceder y como anunciar por las fuerzas poderosas de la naturaleza, índices de su omnipotencia; pero cuando quiere revelarse al profeta desesperanzado y cansado, lo hace en el suave susurro de una brisa leve, la cual al mismo tiempo qué expresa su espiritualidad misteriosa, indica también su bondad delicada con la debilidad del hombre y la intimidad en que quiere comunicarse a él. El trozo bíblico termina aquí sin referir el diálogo entre Dios y su profeta, pero es suficiente para mostrar cómo interviene Dios para sostener al hombre que, oprimido por las dificultades de la Vida, se refugia en Él.
En un contexto totalmente diferente, presenta el Evangelio (Mt 14, 22-33) un episodio sustancialmente semejante. La tarde de la multiplicación de los panes, ordena Jesús a sus discípulos atravesar el lago y precederle en la otra orilla mientras Él, despedida la muchedumbre, y va solo al monte a orar. Es de noche; la barca de los Doce avanza a duras penas por la violencia de las olas y el viento contrario, de modo que «se fatigaban remando» (Mc 6, 48). Al alba ven a Jesús venir hacia ellos «andando sobre el agua», y creyéndolo un fantasma, gritan llenos de pavor. Pero la palabra del Señor los serena: «¡Animo, soy yo, no tengan miedo!» (Mt 14, 27); y Pedro más osado dice: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua» (ib 28). El apóstol no duda de que Jesús tiene ese poder, y a una palabra suya baja de la barca y camina sobre el agua. Pero un instante después, asustado por la violencia del viento, está ‘para’ hundirse e invoca: «¡Señor, Sálvame!» (ib 30). Es muy humano este contraste entre la fe de Pedro y su miedo instintivo; lo mismo que Elías está lleno de celo y ardor por su Señor, pero está también expuesto a los miedos y abatimientos, y necesita que el Señor intervenga para sostenerlo. En el Horeb Dios hizo sentir su presencia al profeta, se le reveló y le habló, pero siguió siendo el Invisible. En el lago, en cambio, Dios se deja reconocer en la realidad de su persona humano-divina; los discípulos no se cubren el rostro en su presencia, sino que ponen en Él su mirada, pues ha velado su divinidad bajo carne humana. Se ha hecho hombre, hermano; por eso los discípulos, y especialmente Pedro, tratan con Él con tanta familiaridad. Y Jesús también familiarmente los anima o los reprende, calma el viento, tiende la mano a Pedro, lo agarra y le dice: «¡Qué poca fe!, ¿por qué has dudado?».
La poquedad de la fe hace al cristiano miedoso en los peligros, abatido en las dificultades y por eso le pone a punto de naufragar. Pero donde la fe es viva, donde no se duda del poder de Jesús y de su continua presencia en la Iglesia, no habrá nunca peligro de naufragio, porque la mano del Señor se extenderá invisible para salvar la barca, la Iglesia, lo mismo que a cada fiel. La verdadera respuesta, la que hemos de buscar para nosotros mismos y para quienes entrarán en contacto con nosotros, es la respuesta completa, segura, responsable: LA OBEDIENCIA DE LA FE.
Nuestra Señora del SI, ruega por nosotros
lunes, 27 de julio de 2020
HOMILIA Domingo decimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cA (02 de agosto de 2020)
Domingo decimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cA (02 de agosto de 2020)
INDULGENCIA PLENARIA de la PORCIÚNCULA
Primera: Isaías 55, 1-3; Salmo: Sal 144, 8-9. 15-16. 17-18; Segunda: Rom 8, 35. 37-39; Evangelio: Mateo 14, 13-21
Nexo entre las LECTURAS
Aunque la palabra no aparezca en los textos litúrgicos, la generosidad de Dios es tal vez la clave de los mismos. Generosidad de Dios que invita a participar gratuitamente en el banquete mesiánico: "Vengan, aunque no tengan dinero, compren trigo y coman sin pagar" (Is 55,1). Generosidad de Dios, revelada por Jesucristo al multiplicar los pocos panes y peces para miles de personas, saciar su hambre y todavía recoger doce canastos de sobras (Evangelio). Ante la generosidad de Dios, Pablo piensa que nada puede haber, ni en el cielo ni en la tierra, que pueda separarnos del amor del Padre manifestado en Cristo Jesús (cf. Rom 8, 38-39).
Temas...
1. Abundancia, Regalo, Gracia
- Las tres lecturas de hoy repican como campanas de pascua el tema del amor abundante de Dios. Nuestro Dios no es tacaño ni mezquino; es generoso, más allá de todo lo que podemos imaginar o afirmar. Y tal es su munificencia que a menudo da sin cobrar. La palabra clave del Nuevo Testamento y quizá de toda la Biblia lleva ese sello de lo gratis. Hablamos de la palabra gracia.
- Esta idea del Dios dadivoso y magnánimo contrasta mucho con la idea del Dios de mente estrecha que muchos cristianos parecen tener en su cabeza. Según tal concepto, Dios estaría solamente a la caza de nuestros errores para llevar meticulosa cuenta de lo que hacemos mal o en qué fallamos. Está difundida la imagen de un Dios al acecho, amargado con la imperfección de su obra, mal dispuesto contra el hombre y predispuesto a condenarlo sumaria y definitivamente. Es una fuerte enseñanza de los satélites del mal (relativismo).
- Frente a tal idea nos encontramos hoy con una invitación asombrosa y un llamado a la evangelización: “los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen leche y vino sin pagar”. Nuestro Dios es un Dios que conoce dos cosas: que necesitamos y que no podemos dar nada a cambio de lo que necesitamos. Es un Dios compasivo del cual quedó escrito en el evangelio: “vio Jesús a la muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos”. Amamos a Dios y Él multiplica panes, regala perdón, ofrece alimento a los hambrientos y enseña sabiduría sin cobrar.
2. Sí a las Necesidades, No a los Caprichos
- ¿Por qué entonces estrechamos la idea de Dios? ¿Por qué la encogemos haciéndole como si pensara igual o peor que nosotros? Una razón es porque estos regalos de Dios tienen el propósito no sólo de calmar nuestras penurias sino de transformarnos a nosotros mismos. Y a veces pasa que queremos satisfacer el apetito, pero a la vez seguir siendo las personas que hemos sido. Queremos no un Dios generoso sino un Dios a nuestro antojo. No un Dios para responder a nuestras necesidades sino a nuestros caprichos. Por supuesto, el Señor no se presta a ese juego.
- Si creer significa aceptar no sólo lo que Dios nos da sino, sobre todo, aceptar al Dios que nos lo da, uno entiende que no es posible acoger la gracia de Dios sin llegar a ser creaturas nuevas, dispuestas a vivir no según la lógica antigua del egoísmo y la satisfacción sino a la manera nueva, con la lógica de la donación y la santidad, como nos mostró Cristo. Y ahora especialmente nueva después de la pandemia y de la cuarentena.
- El amor que Dios nos ha dado tiene expresión en regalos concretos, como el pan multiplicado o el perdón ofrecido, pero es ante todo un amor que quiere QUEDARSE en nosotros, habitar en nosotros. Ese amor es el don mismo del Espíritu Santo y de la Eucaristía, y de ese amor nada puede separarnos, como bien explica Pablo en la segunda lectura (de hoy).
Sugerencias...
El tema de la Providencia (abundancia, regalo, gracia) que se inclina con amor hacia las necesidades del hombre asoma en la Liturgia del día. El punto de partida es un trozo de Isaías (55, 1-3) que contiene la apremiante invitación divina dirigida a los hebreos desterrados en Babilonia para que no demoren volver a la patria por miedo a encontrarse en estrecheces. Dios proveerá largamente sus necesidades: «¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también! Coman gratuitamente su ración de trigo, y sin pagar, tomen vino y leche» (ib 1). Pero más allá de la comida y la bebida material es fácil presentir los bienes mesiánicos, que con frecuencia en el Antiguo Testamento se simbolizan en la abundancia de agua, vino, leche y grasa-mantequilla. Esto queda más claro aún en los versículos siguientes: «Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán. Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor a David» (ib 3). Sí, Dios provee a las necesidades materiales de los hombres, pero mucho más a las espirituales; y ésta es la gran promesa reservada a los que, escuchando su invitación, acuden a Él; Dios establecerá con ellos una alianza eterna que tendrá su cumplimiento en Jesús, el Mesías.
El Evangelio del día (Mt 14, 13-21), en un cuadro sumamente pintoresco, presenta la realización de esa promesa. Jesús, desembarcando en lugar solitario, se ve rodeado de una muchedumbre de gente (pobre) que lo ha seguido hasta allí llevando consigo a los enfermos con la secreta esperanza de hallar en Él la comprensión y el socorro que tanto necesitan. Así vienen HOY todavía al Señor en la Iglesia en los días dolorosos de la “cuarentena”. Y el Señor «compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos» (ib 14). Los sana sin que se lo pidan (así debemos estar solícitos nosotros ahora especialmente), porque llevar hasta aquel lugar alejado a los enfermos es una buena acción y una tácita expresión de fe. Entretanto atardece y los discípulos le dicen preocupados: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos» (ib 15). Para ellos era el modo más sencillo y natural de remediar el hambre de aquella gente; pero Jesús tiene otro mucho más sencillo y caritativo, que sólo Él está en situación de facilitar. No manda a comprar, sino proveer; y así los discípulos oyen que les dice: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos» (ib 16). Sólo tienen cinco panes y dos peces; que los entreguen a Jesús y verán cómo producen no el ciento, sino el mil por uno: «pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse» (ib 19-20). Aunque el hombre, por su limitación y pobreza, pueda hacer poco en favor de sus hermanos, Dios quiere que este poco lo haga enteramente y con todo el corazón; Él se ocupará de multiplicarlo.
Nos ayuda a meditar el texto de la Segunda Lectura (Rm 8, 35): La esperanza de la muchedumbre que había seguido a Cristo olvidada del hambre no quedó malograda; se realizó para ella la palabra de Isaías: «compren y coman sin pagar»; y no sólo en sentido material, porque Jesús al mismo tiempo que multiplicaba los panes para alimentar los cuerpos, dispensaba su palabra para alimentar los espíritus. El que sigue resueltamente a Cristo halla en Él todo lo que precisa para la vida terrena y para la eterna. Pero hay que seguirlo con fe inquebrantable, apoyado en la certeza de su amor infinito. Entonces se comprende el grito apasionado del Apóstol: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?». Ni las adversidades de la vida personal, ni los trabajos afrontados por el apostolado podrán arrancar al discípulo de su Maestro, porque está convencido de que en su amor hallará la fortaleza para vencer cualquier dificultad.
María, Virgen llena de gracia y modelo de esperanza, ruega por nosotros.
lunes, 20 de julio de 2020
HOMILIA Domingo decimoséptimo del TIEMPO ORDINARIO cA (26 de julio de 2020)
Domingo decimoséptimo del TIEMPO ORDINARIO cA (26 de julio de 2020)
Primera: 1 Reyes 3, 5-6a. 7-12; Salmo:118, 57. 72. 76-77. 127-130; Segunda: Rom 8, 28-30; Evangelio: Mateo 13, 44-46
Nexo entre las LECTURAS… Sugerencias…
La sabiduría que procede de Dios y se orienta a la salvación: tal es el mensaje de la Liturgia del día. La primera lectura (1 Re 3, 5.7-12) reproduce la hermosa oración de Salomón a Dios, que se le apareció en sueños y le había invitado a pedirle lo que deseara. Con gran tino el rey pidió «un corazón dócil» para gobernar a su pueblo, capaz por lo tanto de «discernir el mal del bien» (ib 9). En suma, pedía la sabiduría. Esto agradó al Señor, que se la concedió junto con otros bienes. Por desgracia, Salomón malogró la respuesta y el fin de este gran rey no fue semejante a su comienzo; con todo, su sabia petición continúa indicando que: la verdadera sabiduría vale más que todos los tesoros de la tierra y que sólo Dios puede concederla.
El Evangelio del día (Mt 13, 44-52), relatando las últimas parábolas del Reino, muestra a Jesús –Sabiduría encarnada– que enseña a los hombres la sabiduría necesaria para la conquista del Reino de los Cielos. Su enseñanza, en forma de parábolas, es particularmente viva y apta para mover la mente y el corazón y, por tanto, para inducir a la acción. Jesús compara el Reino de los Cielos a «un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo» (ib 44). O bien a «un comerciante en perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra» (ib 45-46). En ambos casos tenemos el descubrimiento de un tesoro: en el primero, hallado por casualidad; en el segundo, buscado de propósito. En los dos, el que lo encuentra se apresura a vender cuanto posee para conseguirlo. El Reino de los Cielos –el Evangelio, el cristianismo, la gracia, la amistad con Dios– es el tesoro escondido, pero presente en el mundo. Muchos lo tienen cerca, pero no lo descubren, o bien, descubierto, no saben valorarlo en lo que se merece y lo descuidan, prefiriendo a él el reino terrenal: los goces, riquezas y satisfacciones de la vida terrena (y en muchos casos dándole nombre de paraíso terrenal). Sólo quien tenga el corazón dócil para «discernir el mal del bien» (1 Re 3, 9), lo eterno de lo temporal–transitorio, la apariencia de la sustancia sabrá decidirse «a vender todo lo que tiene» para adquirirlo. Jesús no pide poco al que quiere alcanzar el Reino: lo pide todo. Pero es también cierto que no le promete poco; le promete todo: la vida eterna y la eterna y beatificante comunión con Dios. Si para conservar la vida terrena está dispuesto el hombre a perder todos sus bienes, ¿por qué no deberá hacer otro tanto, y aún más, para asegurarse la vida eterna?
También la parábola de la red llena de toda clase de peces, que al término de la pesca son seleccionados, tirándose los malos fuera (Mt 13, 47-48), lleva a la misma conclusión. No son las situaciones temporales las que importan, sino las finales, definitivas y eternas; pero éstas las prepara en el tiempo el que obra con verdadera sabiduría. Para aprenderla no basta escuchar las parábolas; hay que comprenderlas: «¿Entendieron bien todo esto?» (ib 51) preguntaba Jesús a su auditorio. Entender no sólo de modo abstracto y genérico, sino en relación consigo mismo y con la vida y circunstancias personales. El que entiende de esta manera, viene a ser el discípulo que compara Jesús a «un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo» (ib 52), es decir, sabe hallar sea en el Evangelio –lo nuevo– sea en el Antiguo Testamento –lo viejo– la norma sabia para su conducta.
Entonces ni las renuncias necesarias para conquistar el Reino, ni las adversidades de la vida le asustarán, porque habrá comprendido que lo que cuenta no es la felicidad terrena sino la Eterna, y estará convencido de que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rm 8, 28; Segunda Lectura).
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El Comienzo de la Sabiduría
1. Salomón tiene justa fama de hombre sabio, y así lo destaca el Antiguo Testamento. Sin embargo, para comprender bien lo que significa ese elogio tenemos que hacer tres precisiones.
2. En primer lugar, la sabiduría según la Biblia es más que el simple conocimiento. Alguien puede amontonar muchos conocimientos y no ser sabio porque ser sabio no es tanto conocer sino saber qué hace uno con lo que conoce. Se relaciona más con saber vivir que con saber otras muchas cosas.
3. En segundo lugar, esta sabiduría es un don. Salomón pidió de Dios el regalo de ser sabio. Tenemos la imagen de que los científicos de nuestro tiempo son gente muy sabia, pero mucho de ellos despreciarían la fe como un camino para buscar nuestra ruta en esta vida. En la Biblia es lo contrario: la sabiduría empieza por reconocer que esta vida tiene mayor complejidad que todo lo que quepa en mi cabeza o mis palabras. Ser sabio es reconocer que necesito una luz más grande que la que yo me puedo dar. Nadie puede darme más y mejor luz que Dios, mi creador y quien más me ama. Según esto, la fe y la plegaria son caminos privilegiados para la genuina sabiduría.
4. La sabiduría, entendemos entonces, es patrimonio frecuente de los humildes. Tiene mucho que ver con el conocimiento de uno mismo. Salomón reza diciendo: "Yo no soy más un muchacho y no sé cómo actuar. Soy tu siervo y me encuentro perdido en medio de este pueblo tuyo, tan numeroso, que es imposible contarlo. Por eso te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo." En vez de considerarse jefe de un pueblo se considera siervo de Dios. Por consecuencia, cuanto más uno mira a quiénes tiene "debajo" y menos mira a Quién tiene "arriba," menos sabiduría real adquiere.
Cosas Nuevas y Cosas Antiguas
1. Los que se tenían y eran tenidos por sabios en tiempos de Jesús eran los escribas. Llevaban ese apelativo porque sabían leer y escribir, cosas escasas en la época, y por esta capacidad podían entablar elevadas discusiones sobre las posturas de los distintos comentadores de la Escritura.
2. Tal vez llevados por esa seguridad en su propio saber, los escribas en general fueron hostiles a la enseñanza de Cristo. Lo veían como un entrometido y como alguien que exhibía demasiada confianza con Dios, hasta el punto de llamarlo "mi Padre." Casi siempre que vemos que se habla de escribas en los Evangelios, el tono es de polémica con Jesucristo (Marcos 3,22-29; Lucas 20,46) o de estar asociados con adversarios suyos (Lucas 15,2; 23,10; Juan 8,3); aunque hay excepciones, como cuando Cristo hizo callar a los saduceos (Lucas 20,27-39). Uno pensaría que es casi imposible que un escriba se abra al mensaje novedoso y poderoso del Reino de Dios anunciado por Nuestro Señor.
3. Sin embargo, hubo casos de escribas que aceptaron a Jesús de corazón, e incluso recordamos el caso de uno que no dudó en presentarse como discípulo suyo haciendo lo que los discípulos hacían con sus maestros en las escuelas rabínicas, a saber, repetir la lección (Marcos 12,28-34).
4. El evangelio de hoy nos presenta ese cuadro: ¿qué sucede cuando un escriba cree en el mensaje del Mesías? ¿Qué pasa con todo lo que sabía? ¿Se pierde simplemente? No es esa la opinión de Cristo. Cuando un hombre que tiene muchos conocimientos acepta el Evangelio, todo lo que sabía se vuelve parte de su tesoro, y de ese tesoro podrá sacar cosas antiguas, las que ya sabía, pero ahora desde otra luz, y cosas nuevas, las alhajas propias de la gracia y la redención que ha recibido últimamente.
Nuestra Señora del SI, ruega por nosotros.
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