lunes, 17 de mayo de 2021
HOMILIA Solemnidad de PENTECOSTÉS cB (23 de mayo 2021) AUTOR : DE LA IGLESIA PARA LA IGLESIA.
Solemnidad de PENTECOSTÉS cB (23 de mayo 2021)
Primera: Hechos 2, 1-11; Salmo: Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34; Segunda: 1 Corinto 12, 3b-7. 12-13, o bien Gálatas 5, 16-25; Evangelio: Juan 20, 19-23, o bien Juan 15, 26-27; 16, 12-15
Nexo entre las LECTURAS
En la fiesta de Pentecostés, el Espíritu Santo inunda, con su presencia, todos los textos litúrgicos. El evangelio anuncia el Espíritu de Verdad, que iluminará y llevará a los discípulos a la verdad completa. En la primera lectura, lo que fue promesa se hace cumplimiento, y el Espíritu Santo viene con su poder sobre los apóstoles y otros discípulos de Jesús, reunidos con María en el Cenáculo. Cuando el Espíritu Santo entra y se apodera del corazón de un discípulo de Jesús, entonces toda su existencia cristiana y su comportamiento cambian y producen los frutos del Espíritu, que se sintetizan en el amor -caridad- dice san Pablo.
Temas...
Pentecostés –plenitud del Misterio Pascual– significa siempre para la Iglesia el “acontecimiento” que (1)abre una esperanza, (2)crea un compromiso e (3)infunde una energía nueva.
Este año nos llega Pentecostés en un momento particularmente grave y decisivo: para la Iglesia Universal y, muy especialmente, para el Mundo, la Humanidad. Por eso los cristianos hemos esperado este año Pentecostés con más ansia y seguridad que nunca y con gran devoción rezamos la Novena en el Mes de María y en el Año de San José. Con el deseo de una docilidad profunda a la acción misteriosa del Espíritu.
Sugiero presentar a modo de sencillas reflexiones de esperanza, cuál ha de ser la acción del Espíritu Santo en el momento actual de nuestra historia. Porque los laicos y muchos hombres y mujeres de buena voluntad nos dicen qué esperan de los sacerdotes y obispos. Y muchos sacerdotes dicen qué esperan de los Obispos. A los Obispos nos les queda, sino, decir qué esperan del Espíritu Santo… no sólo para ellos, sino para todo el Pueblo de Dios disperso por el mundo y muy herido por guerras, COVID, hambre, migraciones, populismos y capitalismos (capítulo I de F. Tutti y E. Gaudium).
- Un poco más de coraje. “En el mundo tendrán mucho que sufrir; pero tengan coraje. Yo he vencido al mundo”. Antes, como ahora el momento es difícil. Se ahondan las tensiones, se multiplican las crisis. Pareciera que hasta la Iglesia se resquebrajara. Empezamos a sentir miedo, tristeza y angustia. Nos volvemos pesimistas. Es la misma sensación de los Apóstoles al vivir el misterio de la Cruz, antes de Pentecostés. Pero vino sobre ellos “la fuerza del Espíritu Santo” Cf. Hch 1,8 y los hizo audaces testigos del Señor resucitado. Nos hace falta a todos, en esta hora, la fortaleza sobrehumana del Espíritu para que el miedo no nos aplaste ni nos tumbe el desaliento. Para que sintamos, más fuertemente que nunca, la presencia actuante del Señor de la gloria: “Yo estaré siempre con ustedes” nos dijo Jesús glorificado. Para que las crisis no nos asusten, las tensiones no nos desequilibren y los riesgos no nos paralicen. Esperamos, entonces, del Espíritu Santo la fortaleza que nos asegura en la esperanza.
- Un poco más de claridad. “El Espíritu de Verdad les hará conocer toda la verdad”. Hay demasiada confusión entre nosotros. La hay en el mundo entero, repasemos algún noticioso internacional. Confusión de ideas y principios. Confusión de métodos y acción. Confusión de políticas de gobiernos. Todos estamos buscando, sin ver todavía claro. Y todos buscamos con la misma fidelidad al Señor, con el mismo amor a la Iglesia, con el mismo deseo de interpretar bien el momento de los hombres. Cuando el Espíritu desciende sobre los Apóstoles, en Pentecostés, los “introduce en la Verdad completa”. Les descubre la interioridad del misterio de Jesús y el alcance de todas sus exigencias. Les hace entender, sobre todo, el sentido de la cruz. Hoy nos hace falta, más que nunca, el Espíritu de la Verdad que nos “enseñe todo”. El Espíritu de profecía que nos lleve a proclamar, en la lengua de los hombres las invariables “maravillas de Dios”. Que nos enseñe a leer en “los signos de los tiempos” el Plan adorable del Padre. Que nos ayude a interpretar profundamente al hombre desde la única perspectiva del Verbo Encarnado, Cristo Rey, Buen Pastor para que todos los pueblos tengamos vida en Él. Necesitamos el Espíritu que nos lleve a penetrar sabiamente (lo cual es “sabiduría”) en la “Verdad inmutable” para incorporar “profetas” –con todo lo que la profecía tiene de carisma, de compromiso y de riesgo– en el tiempo nuevo de los hombres. Que nos enseñe a hablar con audacia serena y a callar con sobrenatural prudencia. Esperamos, entonces, del Espíritu Santo, “la luz beatísima” que nos haga ver claro en un horizonte oscuro y nos lleve a hablar con precisión divina en un momento confuso.
- Más capacidad de diálogo. Casi se ha vuelto un slogan hablar del diálogo. Los cristianos nos hemos comprometido a “institucionalizar el diálogo” y colaborar en una Iglesia Sinodal. El Papa nos pide la sinodalidad como manera de mostrarnos. No busquemos estrategias, Dios nos enseñará el camino. Porque dialogar no es fácil. Es fácil, sí, escribir páginas enteras y hacer interminables monólogos sobre cómo tiene que hacerse el diálogo. Lo verdaderamente difícil es el diálogo mismo. Apenas estamos aprendiendo. Dialogar no es simplemente escuchar (aunque lo hagamos con sinceridad y cariño) (Capítulo VI de F. Tutti). Dialogar es entrar, en cuanto sea posible, en el pensamiento y el corazón del otro. Es, en cierto sentido, asumir generosamente al otro. Para ello hace falta ser pobre, desprenderse y aprender a morir. Lo cual no es fácil, aunque lo queramos de veras. Sólo cuando el Espíritu hizo radicalmente pobre a María entró Ella en la Palabra que le fue anunciada y entró en Ella la Palabra que “plantó su tienda entre nosotros”. Este fue el verdadero y substancial diálogo que empezó la Alianza Nueva. Sólo cuando el Espíritu de Pentecostés despojó a los Apóstoles de su mentalidad carnal pudieron entrar ellos en la interioridad de Jesús (hablar con Él y escucharlo con un sentido espiritual y nuevo) y captar el lenguaje distinto de los hombres para entregarles luego la única “palabra de salvación”.
Hoy hace falta que el Espíritu nos enseñe a dialogar. Mejor aún, que Él mismo dialogue en nosotros y desde nosotros. Para que el diálogo sea especie de recreación y enriquecimiento mutuo. Para que el diálogo no sea una sucesión, más o menos serena, de monólogos cerrados. Para que el diálogo no sea, sobre todo, una lamentable táctica de hacer que el otro piense y actúe como queremos nosotros. ¿No es cierto que, a veces, creemos que el Obispo dialoga porque simplemente nos llama o nos visita o nos escucha? Y otro tanto, ¿no pasa con los Párrocos? Y, ¿no es, también, cierto, que con más frecuencia creemos nosotros que dialogamos porque le hacemos aceptar a los demás lo que a nosotros nos parece? El diálogo es otra cosa. El Espíritu Santo –que hizo posible el diálogo, en Cristo, entre Dios y el hombre – es quien ha de crear en todos una capacidad bien honda de diálogo. Para ello deberá hacernos más pobres y desprendidos, más simples y generosos. Por eso esperamos, para nuestra Iglesia, al Espíritu “que habló por los Profetas” y que es el único que interpreta lo que hay en “lo profundo del hombre”.
- Más capacidad de comunión. “Traten de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz”. Cada vez descubrimos mejor a la Iglesia como “comunión”. Cada vez experimentamos más las ansias de los hombres hacia la unidad. Y, sin embargo, cada vez se hace más difícil la unión entre nosotros. Nos esforzamos por lograr la unidad entre cristianos, y los católicos nos despedazamos dentro. Buscamos la unión con el mundo, y las tensiones crecen entre los diversos sectores de la única Iglesia. Cada vez se hace más difícil la autoridad y la obediencia. Cada vez se hace más honda la separación de los carismas. Un ejemplo: antes la Iglesia era sólo la Jerarquía. Ahora la Iglesia son sólo los laicos (o, mejor aún, somos “nosotros” o soy “yo”) y así seguimos como proclamando la comunión y viviendo la desunión.
Pentecostés trajo la gracia de superar la dispersión. No uniformó las lenguas, sino que las multiplicó con el mandato de la CARIDAD, siendo Él mismo el AMOR. Pero era el mismo Espíritu el que hablaba, “en distintas lenguas”, las mismas “maravillas de Dios”. (Pedro y Pablo escriben “distinto” y “discuten” duramente), pero el Espíritu Santo crea en todos “un solo corazón y una sola alma”. Y toda la Iglesia de Pentecostés se manifiesta al mundo como la “comunidad del Señor” que permanece unida en la “enseñanza de los Apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”.
El Espíritu Santo deberá crear, entre nosotros, la comunión profunda de la única Iglesia que peregrina con carismas y funciones distintas. Con mentalidades y temperamentos diversos (unos demasiado audaces, otros demasiado tímidos, unos demasiado lentos, otros demasiado impacientes). Pero todos igualmente fieles al mismo Evangelio (sin parcializarlo o desfigurarlo, con su fundamental exigencia de cruz y renunciamiento, de compromiso y servicio). Todos igualmente dóciles al mismo Espíritu que reparte sus dones “como Él quiere”. Esperamos al Espíritu Santo: no para que nos haga iguales, sino para que nos haga hermanos. Esperamos al Espíritu de Amor para que nos haga un solo Cuerpo.
- Espíritu de conversión. Vivimos un momento en que todos tenemos que convertirnos. Cambiar nuestra mentalidad y nuestras actitudes. Es una exigencia de la cercanía inminente del Reino. Toda la Iglesia tiene que ponerse en actitud de conversión. Lo cual supone, ante todo, tomar conciencia serena de un pecado que llevamos dentro (“si decimos que no tenemos pecado, nos estamos engañando”). Supone, también descubrir que hay un pecado en los hombres, en sus actitudes o instituciones, del cual somos todos, en un sentido o en otro, cómplices y responsables. Es lo que a veces llamamos “situación de pecado” (injusticias, desigualdad, insensibilidad ante el dolor y la pobreza etc.). La fuerza renovadora del Espíritu, en Pentecostés, provoca las primeras conversiones. Predica Pedro, en la misma hora de Pentecostés sobre la misteriosa efusión del Espíritu, y los invita a la conversión. “Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil”. La conversión se realiza, primero, en los mismos Apóstoles (es decir, en el interior mismo de la Iglesia, en los primeros Obispos y en los primeros discípulos). El Espíritu de Pentecostés crea en ellos un “corazón nuevo”. Ya había habido en ellos una primera conversión, por el llamado mismo de Jesús. Pero era necesaria ahora esta conversión definitiva del Espíritu, para que mostraran verdaderamente al Señor en el rostro de la Iglesia joven. Cambiaron de mentalidad: ahora entendían a Jesús de otra manera, ahora comprendían los misterios del Reino. También hablaban de una manera nueva. Su lenguaje, que los hombres misteriosamente entendían, expresaba “la locura de la Cruz”.
Hoy hace falta que el Espíritu Santo nos convierta a todos. Que descienda sobre su Iglesia y la purifique, preparando la belleza perfecta de la Jerusalén nueva del Apocalipsis. Que se posesione plenamente de nosotros, que nos queme con su fuego, que deje en nosotros corazones nuevos: con una gran capacidad de amor a Dios y a los hombres, con deseos ardientes de inmolarnos y de darnos, de dejarnos crucificar con Cristo y de ofrecer la vida “para la salvación del mundo”.
Todo esto (y mucho más) es lo que esperamos del Espíritu Santo para nuestra Iglesia (cada uno piense y rece por su parroquia y por su diócesis y por el Papa y el gobierno universal). En estos precisos y preciosos días de un Pentecostés nuevo. Que nos dé coraje, que nos ilumine para ver claro, que dialogue en nosotros, que nos ayude a vivir en comunión, que nos convierta. Y -todo esto (y mucho más)- es lo que estamos seguros que obrará en nosotros el Espíritu. Porque Cristo nos lo prometió enviar desde el Padre. Porque la Iglesia en se comprometió, solemnemente, en el Vaticano II, a recibirlo y a comunicarlo.
Y porque todos lo esperamos –con más urgencia y seguridad que nunca– en la comunión fraterna, en la oración silenciosa, con María la Madre de Jesús en el Año de San José.
Sugerencias... SECUENCIA
Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz.
Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz.
Consolador lleno de bondad, dulce huésped del alma, suave alivio de los hombres.
Tú eres descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto.
Penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles.
Sin tu ayuda divina no hay nada en el hombre, nada que sea inocente.
Lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas.
Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos.
Concede a tus fieles, que confían en tí, tus siete dones sagrados.
Premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría.
lunes, 10 de mayo de 2021
HOMILIA Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR cB (16 de mayo 2021)
Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR cB (16 de mayo 2021)
Primera: Hechos 1, 1-11; Salmo: Sal 46, 2-3. 6-9; Segunda: Efesios 1, 17-23; Evangelio: Marcos 16, 15-20
Enhorabuena, Señor, por tu triunfo. Has ascendido y eres lo más alto que existe. Has batido el récord absoluto
de amor a la humanidad. También a mí me gusta el triunfo, el hacer carrera y el éxito, pero soy muy diferente a Ti. Cuando yo gano, otros pierden. Cuando ganas Tú, ganamos todos. Lo mío suele ser un éxito frente a otros hombres. Lo tuyo es una victoria para todos los hombres. Enséñame, Señor, a no subir a costa de los demás. Enséñame a servir a todos… sabiéndome hermano de todos (fratellei tutti).
Nexo entre las LECTURAS
La ascensión del Señor marca una etapa nueva y definitiva para los apóstoles. El Señor resucitado ya no aparecerá más como lo conocían, sino que al subir al cielo para interceder por los hombres ante el Padre, estará de otros modos: el ‘sacramental’ y el ‘místico’. Este hecho novedoso es narrado por San Lucas en la primera lectura subrayando el estupor y asombro de aquellos hombres (Hch). El evangelio insiste, de modo particular, en la misión que Jesús confía a sus apóstoles. Se trata de un verdadero mandato apostólico: VAYAN y ANUNCIEN (Ev). En la segunda lectura, tomada de la carta a los Efesios, Pablo subraya la necesidad de comportarse adecuadamente conforme a la vocación, pues a cada uno se le ha dado la gracia en la medida del don de Cristo (Éf). Así pues, los apóstoles se encuentran ante una nueva situación. Por una parte, según las palabras de Cristo, deben esperar para ser revestidos del Espíritu Santo, pero por otra parte, deben meditar que ya ha empezado la hora de dar continuidad a la obra de Cristo.
Temas...
Subió a los cielos. El evangelio de Marcos nos dice claramente: "Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios" (Mc 16,19). Desde el instante de la resurrección el cuerpo de Jesús fue inmediatamente glorificado. Sin embargo, durante los cuarenta días en los que se aparece a sus discípulos, su gloria aún permanece velada bajo los rasgos de una humanidad acostumbrada, no obstante los milagros que realiza. La última aparición de Jesús termina con el ingreso irreversible de su humanidad en la gloria divina. Esto es lo que propiamente celebramos en la liturgia de la Ascensión del Señor.
Jesús resucitado se había aparecido en diversas ocasiones a sus discípulos y esto tenía un gran significado, porque confirmaba en ellos su victoria (la de Cristo) sobre el pecado y la muerte. Se dan cuenta de que no han corrido en vano al creer en el evangelio y de que ahora reciben una misión que compromete toda su vida futura. En esta última aparición, advierten que Jesús se despide definitivamente de ellos, pero al mismo tiempo comprenden que se queda a su lado con su asistencia hasta el fin de los tiempos. Comprenden que Cristo ha alcanzado su fin y vive y reina con Dios Padre. “Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7,14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Catecismo de la Iglesia Católica 664). Y se dan cuenta de que el Señor se ha ido para prepararles un lugar (cf. Jn 14,2) El fin de Cristo, es también el fin de ellos y de todos los que crean en Él. Si es verdad que su vida, como la de cualquier otro hombre, se acerca a la muerte, ellos se dan cuenta que no todo termina en la muerte, sino en la comunión eterna con Dios. Por una parte, podrían estar tristes, por la separación de Jesús; pero por otro lado se sienten felices por el triunfo del Señor y pidieron y pedimos siempre que los dones que hemos recibido de Él enciendan nuestros corazones con el deseo de la patria celestial, para que, siguiendo las huellas de nuestro Salvador, aspiremos a la meta donde Él nos precedió.
La misión de los discípulos. Jesucristo comunica a sus discípulos el deber de anunciar a todos los hombres el evangelio. De ahora en adelante Él obrará a través de ellos y de sus sucesores. Ellos tienen la increíble misión de dar continuidad a la obra de Cristo. Esta misión sigue hoy vigente y la Iglesia tiene el deber siempre de evangelizar y anunciar la salvación por Jesucristo a todo el mundo en todo el mundo. La esencia de este evangelio es que “Jesús de Nazaret es Cristo el Hijo de Dios” (Cf Rm 10,9) y que en Él tenemos la salvación y la plena revelación de Dios. “El que ve a Cristo, ve al Padre”. Dios se ha manifestado, se ha revelado al hombre y todo por amor. Los hombres estaban necesitados de salvación y Dios envió a su Hijo para salvarlos. En Cristo tenemos el acceso al Padre.
A partir de la Ascensión del Señor, los discípulos tuvieron que meditar profundamente sobre este encargo apostólico. Ciertamente sólo con la venida del Espíritu Santo, ellos recibirán la fortaleza para ser verdaderos testigos, pero ya desde el primer día de su llamado sabían que Jesús los convocaba para “que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”. La fiesta de la Ascensión subraya el mandato misionero.
Sugerencias...
El cultivo de la virtud de la esperanza. La fiesta de la Ascensión del Señor es una cordial invitación a levantar nuestra mirada a las cosas del cielo, sabiendo que allá donde ha entrado Cristo cabeza, entrará también el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. La exhortación del apóstol Pablo resulta siempre actual: Así pues, si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque han muerto, y la vida de ustedes está oculta con Cristo en Dios. (Col 3, 1-3). La vida del cristiano está siempre escondida con Cristo en Dios. En un mundo como el nuestro tan fuerte y tan débil (tecnología y COVID) en el que el avance tecnológico es formidable y en el que las posibilidades de manipulación se han extendido casi sin límites a todos los sectores de la existencia humana, se hace presente un gran temor. El temor de que todo este avance se vuelva de algún modo contra el mismo hombre. “El hombre por tanto vive cada vez más en el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor parte sino algunos y precisamente los que contienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra él mismo”. Estas palabras de la encíclica de san Juan Pablo II (Redemptor Hominis n.15) nos invitan a renovar la confianza en Cristo y abandonarnos a sus brazos y alejarnos del mundo y sus criterios. Vivir el amor a Dios hasta el desprecio de los vicios y pecados.
Para superar este miedo y, más aún, para evitar que las creaciones y leyes inhumanas del hombre se vuelvan contra él mismo, es menester que, con el avance tecnológico y leyes inicuas, exista un verdadero desarrollo de la ética y de la moral. Mujeres y Hombres libres que respetando las leyes del creador, podremos llevar a cabo realizaciones dignas de nuestra vocación y misión. Cuando el hombre se separa de la ley divina y de los dictámenes de la recta razón se precipita en la falta de sentido y en la desesperanza que lo llena de miedos.
Podemos decir que la fiesta de la Anunciación nos invita a tener nuestra mirada fija en el cielo, donde reside Cristo a la derecha del Padre, pero las manos y el esfuerzo en esta tierra que sigue teniendo necesidad de la manifestación de los hijos de Dios. Es una invitación a seguir trabajando por construir la “civilización del amor” y “dar razón de nuestra esperanza a todo aquel que nos la pidiere” (1 Pe 3,15). El cristiano debe ser un hombre de esperanza y de luz en medio de un mundo de tanta tiniebla. “La evangelización comprende además la predicación de la esperanza en las promesas hechas por Dios mediante la nueva alianza en Jesucristo; la predicación del amor de Dios para con nosotros y de nuestro amor hacia Dios, la predicación del amor fraterno para con todos los hombres —capacidad de donación y de perdón, de renuncia, de ayuda al hermano— que por descender del amor de Dios, es el núcleo del Evangelio; la predicación del misterio del mal y de la búsqueda activa del bien” (Evangelium nuntiandi n.28 y Fratelli tutti).
El incansable esfuerzo de la evangelización. Queremos hacer sólo dos anotaciones tomadas de la Evangelium nuntiandi de san Pablo VI. La primera se refiere a la importancia del propio testimonio en la acción evangelizadora. Son conmovedoras las imágenes de los evangelizadores del nuevo mundo, hombres de la altura de Toribio de Mogrovejo, o los santos mártires rioplatenses, San Oscar Romero, el beato Carlo Acutis… y otros muchos que no podemos aquí mencionar porque es larga la lista de los buenos... Su primer y más grande obra evangelizadora era su propio testimonio. Su ejemplo de vida santa arrastraba a sus vecinos a un mejor conocimiento de Dios y del evangelio de Jesús (Gaudete et exultate).
En segundo lugar conviene insistir en la necesidad de un anuncio explícito del mensaje de la evangelización. Esto hoy se puede hacer de muchas maneras, pero lo importante es que todos sientan la responsabilidad de ser misioneros, es decir, enviados por Cristo a anunciar el evangelio (Antiquum Ministerium con la que se instituye el ministerio de catequista, Papa Franvisco). No es fácil superar la fuerte tendencia al individualismo en la vivencia de la fe de muchos cristianos. Debemos, por ello, predicar con oportunidad o sin ella, sobre la necesidad de ser apóstoles allí donde la providencia nos ha colocado.
María, Madre de gracia y estrella de la Evangelización, ruega por nosotros.
lunes, 3 de mayo de 2021
HOMILIA DOMINGO SEXTO DE PASCUA cB (09 de mayo 2021)
DOMINGO SEXTO DE PASCUA cB (09 de mayo 2021)
Primera: Hechos 10, 25-27.34-35.44-48; Salmo: Sal 97, 1-4; Segunda: 1Juan 4,7-10; Evangelio: Juan 15,
9-17
Nexo entre las LECTURAS
La palabra clave de los textos de los pasados Domingos ha sido “vida”, la palabra clave del texto de hoy es
“amor”. El amor del Padre se manifiesta en Jesús. Manifestar el amor de Jesús a la humanidad es responder
a su amor y la misión de sus seguidores y seguidoras. "Quien no ama no conoce a Dios porque Dios es
amor". Hermosa síntesis de la presente liturgia. La vida cristiana se desenvuelve en el círculo del amor, que
comienza en Dios, se hace visible en Jesucristo, se dilata entre los hombres y retorna al mismo Dios. Siendo
Dios amor, en Él está el inicio de todo movimiento de amor (segunda lectura). Jesucristo, encarnación de
Dios Amor, llama a sus discípulos amigos, es decir, creados por el amor y para el amor (evangelio). El amor
de Dios en Cristo a los hombres es abierto y universal, pues en el amor de Dios no hay acepción de
personas, y a todos los quiere hacer partícipes de su Espíritu, fuerza y presencia (primera lectura).
Temas...
Dios no hace distinción de personas. La primera lectura de hoy nos presenta un momento coyuntural en el
desarrollo de la predicación del Evangelio: la luz de la gracia, ¿es también para los paganos? Los que no
pertenecíamos a la raza de Abraham, de quien vienen los profetas, ¿tenemos derecho a esperar en las
promesas que Dios hizo por los profetas? Hoy la respuesta a una pregunta así nos parece obvia, pero no era
así, ni mucho menos, en el tiempo de los Apóstoles. La palabra fundamental, para fundamentar una
respuesta, es aquello que dice Pedro: «Dios no hace distinción de personas». Si se nos mira desde la cultura,
la lengua, la raza o incluso la religión, somos distintos; pero si se piensa en la necesidad que todos tenemos
de ser salvados, y en la imposibilidad que todos tenemos, judíos y no judíos, de salvarnos por nuestras solas
fuerzas o, méritos, planes o propósitos, entonces somos iguales: no hay distinción.
Que Dios no hace distinción de personas no significa que no nos atiende de una manera distinta según
nuestras distintas circunstancias y necesidades; significa que en cuanto a la necesidad de la salvación por la
gracia somos iguales. Y esto es importante decirlo, porque vivimos en una época que pretende sentirse a
salvo haciendo declaraciones de igualdad de derechos. Es como un axioma de nuestra época hablar de
«Derechos Humanos». Pues bien, el artículo primero de la Declaración de los Derechos del Hombre del 10
de Diciembre de 1948 reza así: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y,
dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros».
Aparentemente ahí está todo: libertad, igualdad, fraternidad, esto es, el ideal de los revolucionarios de La
Bastilla.
Mas, ¿son equivalentes la «igualdad» de la Revolución Francesa y la «igualdad» que predica Pedro en este
capítulo décimo de los Hechos de los Apóstoles? ¿Valen por igual la «fraternidad» de la ONU y la
«fraternidad» de los que se declaran hermanos en un mismo bautismo y con un mismo Padre en los Cielos?
Notemos, a partir de lo dicho al comienzo de esta reflexión, cuál es la igualdad que predica Pedro: es la
igualdad en la condición de necesitados de la gracia. No es la igualdad como «derecho», sino como
«indigencia»; consiguiente, la fraternidad que predica Pedro no es la de quienes «quieren» ser hermanos
uniendo en sus esfuerzos, según un ideal que ven conveniente a sus intereses, sino la fraternidad de quienes
«se descubren» hermanos, porque han sido amados, perdonados y salvados por un mismo Dios y por una
misma gracia. No son iguales la igualdad de la ONU y la de la Biblia.
Permanecer en el amor y permanecer en el mandato. Es dulce a nuestros oídos aquello de «permanecer
en el amor», según la palabra de Cristo en el evangelio de hoy; tal vez no suena tan amable eso otro de
«permanecer en los mandamientos». Y, sin embargo, estas dos indicaciones vienen del mismo Cristo y
apuntan hacia el mismo cielo. El «mandamiento» nos recuerda que nuestra vida tiene una fuente, un origen,
y por consiguiente, no brota de su propia voluntad ni tiende sin más hacia su solo deseo. El «amar» nos
enseña que hay una compatibilidad fundamental entre nuestro anhelo más íntimo de felicidad y aquello que
hemos recibido del Señor Jesús por la fuerza de su gracia y de su sangre.
Permanecer en el amor y guardar los mandamientos son, pues, dos aspectos complementarios de una misma
obra que Cristo ha hecho por nosotros. Vivir en el amor es tender hacia lo más puro, dulce y feliz de nuestro
ser y de nuestra sed. Vivir en el mandamiento es afianzarse en lo más firme, fundante y prometedor que
pueden recibir nuestros oídos y descubrir nuestra razón. Sólo en la conjunción de ese impulso maravilloso
que es amar con ese cauce fiable y profundo que es obedecer se encuentra la plenitud de la vida en Cristo.
Sugerencias...
«La caridad procede de Dios... Dios es amor» (1 Jn 4, 7-8). Estas palabras de San Juan sintetizan el mensaje
de la Liturgia del día.
Es amor el Padre que «envió al mundo a su HIJO unigénito para que nosotros vivamos por él» (ib 9,
segunda lectura), Es amor el Hijo que ha dado la Vida no solo por sus amigos» (Jn 15, 13; Evangelio), Sino
también por enemigos (San Pablo). Es amor el Espíritu Santo en quien «no hay acepción de personas» (Hch
10, 34; primera lectura) y que está como impaciente por derramarse sobre todos los hombres (ib 44). El
amor divino se ha adelantado a los hombres sin mérito por parte de ellos: «En eso está el amor, no en que
nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero» (1 Jn 4, 10). Sin el amor preveniente de
Dios que ha sacado al hombre de la nada y luego lo ha redimido del pecado, nunca hubiera sido el hombre
capaz de amar. Así como la vida no viene de la criatura sino del Criador, tampoco el amor viene de ella, sino
de Dios, la sola fuente infinita.
El amor de Dios llega al hombre a través de Cristo. Como el Padre me amó, yo también los he amado» (Jn
15, 9). Jesús derrama sobre los hombres el amor del Padre amándonos con el mismo amor con que Él es
amado; y quiere que vivan en este amor: «permanezcan en mi» (ib). Y así como Jesús permanece en el amor
del Padre cumpliendo su voluntad, del mismo modo los hombres deben permanecer en su amor observando
sus mandamientos. Y aquí aparece de nuevo -en primera fila- lo que Jesús llama su mandamiento: «que se
amen unos a otros como yo los he amado» (ib 12). Jesús ama a sus discípulos como es amado por el Padre, y
ellos deben amarse entre sí como son amados por el Maestro. Cumpliendo este precepto se convierten en sus
amigos: «Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando» (ib 14). La amistad exige reciprocidad de
amor; se corresponde al amor de Cristo amándolo con todo el corazón y amando a los hermanos con los
cuales Él se identifica cuando afirma ser hecho a Él lo que se ha hecho al más pequeño de aquellos (Mt 25,
40).
Es conmovedora y sorprendente la insistencia con que Jesús recomienda a sus discípulos, en el discurso de
la Cena, el amor mutuo; sólo mira a formar entre ellos una comunidad compacta, cimentada en su amor,
donde todos se sientan hermanos y vivan los unos para los otros, no solo con los otros. Lo cual no significa
restringir el amor al círculo de los creyentes; al contrario: cuando más fundidos estén en el amor de Cristo,
tanto más capaces serán de llevar este amor a todos los hombres. ¿Cómo podrían los fieles ser mensajeros de
amor en el mundo si no se amasen entre sí? Ellos deben mostrar con su conducta que Dios es amor y que
uniéndose a Él se aprende a amar y se hace uno, amor; que el Evangelio es amor y que no en vano Cristo ha
enseñado a los hombres a amarse; que el amor fundado en Cristo vence las diferencias, anula las distancias,
elimina el egoísmo, las rivalidades, las discordias (cfr.: Ft). Todo esto convence más y atrae más a la fe que
cualquier otro medio, y es parte esencial de aquella fecundidad apostólica que Jesús espera de sus discípulos,
a los cuales ha dicho: «los he destinado para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca» (Jn 15, 16),
Sólo quien vive en el amor puede dar al mundo el fruto precioso del amor (cfr.: E.G.).
María, Madre del AMOR HERMOSO, ruega por nosotros que recurrimos a Vos.
lunes, 26 de abril de 2021
HOMILIA DOMINGO QUINTO DE PASCUA cB (02 de mayo 2021)
DOMINGO QUINTO DE PASCUA cB (02 de mayo 2021)
Primera: Hechos 9, 26-31; Salmo: Sal 21, 26b-28. 30-32; Segunda: 1Juan 3,18-24; Evangelio: Juan 15, 1-8
Nexo entre las LECTURAS
Este Domingo —5to. de Pascua— desea subrayar nuestra unión con Cristo Jesús, muerto y resucitado por nosotros, y la necesidad de producir frutos en las buenas obras. La primera lectura nos muestra a Pablo que narra su conversión a los apóstoles y sus predicaciones en Damasco. La experiencia de Cristo lo llevaba a hacer una nueva lectura de la Escritura y a descubrir el plan de salvación. Su anhelo es el de predicar sin descanso a Cristo a pesar de las amenazas de muerte de los hebreos de lengua griega (1 Lectura). En la segunda lectura, san Juan continúa su exposición sobre la verdad del cristianismo de frente al gran enemigo de la "gnosis". El amor no se demuestra en bellas palabra o especiales iluminaciones, como pretendían los gnósticos, sino en obras de amor (2 Lectura). No se puede separar la fe de la vida moral. La parábola de la vid y los sarmientos nos confirma que sólo podremos dar frutos de caridad, si permanecemos unidos a la vid verdadera, Cristo el Señor (Evangelio).
Temas...
Rasgos de la Comunidad pascual. Ojalá vayan siendo también nuestras las características que aparecen en la primera comunidad después de la Pascua. Sigue creciendo la Iglesia, convencida de la presencia activa de su Señor resucitado y guiada por su Espíritu. Crece y madura, ayudada también por las dificultades internas y externas, con una difícil serenidad y paz. Hay un rasgo interesante hoy: la comunidad apostólica acoge a Pablo, el que luego será el gran apóstol de Cristo entre los paganos. Por parte de Pablo es noble la actitud y el testimonio: va a Jerusalén, a confrontar su misión con Pedro y los demás apóstoles, y les cuenta la experiencia de su encuentro con Cristo y su conversión. Pero también es admirable el mérito de la comunidad: a pesar de las más que justificadas suspicacias que podía suscitar la persona de Pablo, le acogen, no se cierran al carisma que brota, saben ver en él la acción del Espíritu. La aceptación de Pablo es una lección de universalismo y de imaginación, porque Pablo va a ser apóstol "de otro modo". Ya hay aquí una primera interpelación a nuestra comunidad eclesial concreta, religiosa o parroquial, para que crezca y madure, se deje guiar por el Espíritu y sepa aceptar la variedad de dones que Cristo regala a su Iglesia. Hacen falta muchos Bernabés que sepan discernir y muestren un corazón capaz de dar un margen de confianza a las personas.
Cristo, la Vid; Nosotros, los Sarmientos. Pero hoy y el Domingo que viene, el evangelio, tomado del discurso u oración de la Ultima Cena, nos invita a profundizar en el misterio pascual de Cristo en cuanto a nuestra relación con Él.
El Domingo pasado se nos presentaba Cristo como el Buen Pastor. El Domingo que viene nos anunciará su testamento del amor y la alegría. Hoy es la hermosa metáfora de la vid y los sarmientos la que nos ayuda a entender toda la intención de la Pascua.
Es una comparación sencilla, pero profunda, que nos ofrece muchas sugerencias para la vida cristiana. Si ya era hermoso que se nos invitara a unirnos a Cristo como a nuestro Pastor, más profunda es la perspectiva del sarmiento que se entronca en la vid y vive de ella. La imagen apunta claramente a una comunión de vida con Cristo. Como la savia vital que fluye a los sarmientos y les permite dar fruto (y al revés, la separación produce esterilidad y muerte), así nosotros con Cristo: "sin mí nada pueden hacer ". Celebrar la Pascua es, no sólo alegrarnos del triunfo de Cristo, sino incorporarnos —dejarnos incorporar por el Espíritu— a la Nueva Vida de Cristo. Una expresión típica de Juan es la de permanecer en Cristo: siete veces aparece en su evangelio: el Resucitado no sólo quiere que vivamos "como" Él, o que sigamos "tras" Él, o que seamos "de" Él, o que caminemos "con" Él, sino que vivíamos "en" Él. Es un programa de comunión de vida. Ciertamente "permanecer en Él" no se interpreta pasivamente, sino que es un programa dinámico y comprometedor como pocos.
Aplicaciones concretas. La imagen admite traducciones muy concretas en nuestra vida, según los ambientes de las varias comunidades:
-la comunión de la verdad y la fe (cf. 2 Lect.); creer en Él es el primer y radical lazo que nos une; "somos de la verdad", se nos propone "que creamos en el nombre de Jesús";
-pero esa fe debe desembocar en el amor: Juan relaciona estrechamente las dos perspectivas: "creamos... y nos amemos unos a otros"; éste es el mandamiento, estos son los frutos de nuestra unión con el Resucitado; el que ama "permanece en Dios" (será el tema central del Domingo que viene);
-la unión con Cristo retrata también nuestra oración: la oración personal y comunitaria nos hacen centrarnos de modo privilegiado con Cristo, con su Palabra, con sus sacramentos; este encuentro —la Eucaristía diaria o dominical, por ejemplo— son como el motor y el alimento de nuestra unión existencial con Cristo;
-hay una dirección interesante en la imagen, la poda; a los que se mantienen unidos a Cristo, Dios los "poda", para que den más fruto; ¿qué aspectos de nuestra vida estamos dejando que sean podados en esta Pascua, qué purificación y renovación se nota en nuestra existencia personal, en nuestra comunidad? Este programa, positivo pero empeñativo, de nuestra Pascua con Cristo debe conducir también claramente a la experiencia de nuestra Eucaristía. Cuando Juan, en el cap. 6 de su evangelio, dice cuáles son los frutos de la Eucaristía, habla en los mismos términos: "el que me come permanece en mí y yo en él". Más aún: "como yo vivo por el Padre, que vive, así el que me coma vivirá por mí". La celebración eucarística es como el resumen y el motor de toda una vida cristiana en unión con Cristo.
Sugerencias...
La Liturgia de la Palabra presenta hoy en síntesis el itinerario de la vida cristiana: conversión, inserción en el misterio de Cristo, perfeccionamiento/crecimiento de (en) la caridad.
La primera lectura (Hch 9, 26-31) narra la llegada de Saulo a Jerusalén donde «todos le temían, no creyendo que fuese discípulo» (ib 27) y que, iluminado de modo extraordinario por la gracia, de feroz enemigo se había convertido en ardiente apóstol de Cristo. La conversión no es tan repentina para todos; normalmente requiere un largo trabajo para vencer las pasiones y las malas costumbres, para cambiar mentalidad y conducta. Pero para todos es posible, y no sólo como paso de la incredulidad a la fe, del pecado a la vida de la gracia, sino también como ejercicio de las virtudes, desarrollo de la caridad y ascesis hacia la santidad. Bajo este talante la conversión no es un mero episodio, sino un empeño que compromete toda la vida.
La conversión ratificada por el sacramento, injerta al hombre en Cristo para que viva en Él y viva su misma vida. Es el tema del Evangelio del día (Jn 15, 1-8), «Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes —dice el Señor—. Como el sarmiento no puede dar fruto de sí mismo si no permanece en la vid, tampoco ustedes si no permanecen en mí» (ib 4-5). Sólo unido a la cepa puede vivir y fructificar el sarmiento; del mismo modo sólo permaneciendo unido a Cristo puede vivir el cristiano en la gracia y en el amor y producir frutos de santidad, Esto declara la impotencia del hombre en cuanto se refiere a la vida sobrenatural y la necesidad de su total dependencia de Cristo; pero declara igualmente la positiva voluntad de Cristo de hacer al hombre vivir de su misma vida. Por eso el cristiano no debe desconfiar nunca; los recursos que no tiene en sí los encuentra en Cristo, y cuanto más experimenta la verdad de sus palabras: «sin mí, nada pueden» (ib 5), tanto más confía en su Señor que quiere ser todo para Él. El bautismo y la inserción en Cristo que Él produce son dones gratuitos; y es tarea del cristiano vivirlos manteniéndose unido a Cristo por medio de la fidelidad personal, como indica la expresión tantas veces repetida: «permanezcan en mí». El gran medio para permanecer en Cristo, es que sus palabras permanezcan en el creyente (ib 7) mediante la fe que le ayuda a aceptarlas y el amor que se las hace poner en práctica.
Entre las palabras del Señor hay una de especial importancia que se recuerda en la segunda lectura (1 Jn 3, 18-24): «su precepto es que... nos amemos mutuamente» (ib 23). El ejercicio de la caridad fraterna es la señal distintiva del cristiano, precisamente porque atestigua su comunión vital con Cristo; pues es imposible vivir en Cristo, cuya vida es esencialmente amor, sin vivir en el amor y producir frutos de amor. Y como Cristo ha amado al Padre y en Él ha amado a todos los hombres, así el amor del cristiano para con Dios tiene que traducirse en amor sincero para con los hermanos. Por eso San Juan encarga con tanto ardor: «Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad» (ib 18). Quien de esta manera ama al prójimo —amigos y enemigos— nada tiene que temer delante de Dios, no porque sea impecable, sino porque Dios, «que es mejor que nuestro corazón y todo lo conoce» (ib 20), en vista de su caridad para con los hermanos le perdonará con gran misericordia todos los pecados.
lunes, 19 de abril de 2021
HOMILIA DOMINGO CUARTO DE PASCUA cB (25 de abril 2021)
DOMINGO CUARTO DE PASCUA cB (25 de abril 2021)
Primera: Hechos 4, 8-12; Salmo: Sal 117, 1. 8-9. 21-23. 26. 28-29; Segunda: 1Juan 3,1-2; Evangelio: Juan 10, 11-18
Nexo entre las LECTURAS
Hoy se celebra en la Iglesia la 58 Jornada Mundial por las Vocaciones. Los textos litúrgicos nos delinean a Jesús como Buen Pastor, llamando primordialmente a Obispos y Sacerdotes a imitarlo en el ejercicio del ministerio de la Caridad Pastoral. En primer lugar, el sacerdote -como Jesús- debe ser buen pastor, dispuesto a entregar su vida por sus ovejas (Evangelio). El sacerdote, al igual que Jesús, debe ser para los hombres como una piedra angular que sostiene todo el edificio de sus convicciones y valores espirituales, morales y humanos (primera lectura). Finalmente, el sacerdote, como Jesús, ha aceptado la llamada a ser elegido para ser hijo de Dios Sacerdote y para vivir la experiencia de un amor tierno y filial a Dios, su Padre (segunda lectura).
Temas... Cristo mismo, el que guía, cuida, defiende y alimenta.
El cuarto domingo de Pascua es conocido como el Domingo del Buen Pastor. Uno de los temas más bellos, durante la Pascua, es Cristo mismo que cuida de nosotros, nos guía, nos alimenta, nos defiende… todo ello presentado a través de la figura del Pastor. Efectivamente estas son las tareas del Pastor: cuidar; defender; alimentar y guiar al rebaño.
La relación estrecha (palabra que se nos hizo familiar en la pandemia/cuarentena) y no solamente funcional es la relación de amor que llega a establecerse entre el Pastor y el rebaño y sirve para que nosotros nos sintamos también amados por aquel que nos guía, nos cuida, nos defiende, y nos alimenta. Atención a esos cuatro verbos “nos guía; cuida; defiende y alimenta” tomados del Evangelio proclamado hoy.
Un pequeño detalle que me parece bueno destacar… es porque -muchas veces- hay perlas en esos detalles pequeños… el detalle es hacer/meditar/reflexionar acerca del contraste entre el asalariado y el lobo.
Cristo mismo, al presentar la comparación, comparación que es una especie de parábola viva, Él hace la comparación entre el asalariado y el Pastor… pero podemos hacer, guiados por el Espíritu Santo, la comparación entre el asalariado y el lobo. Asalariado, es el que trabaja con las ovejas, pero no las quiere. En el fondo, no le importan. A él le importa su dinero, su ganancia, su provecho, su interés, su salario. Así que hay bastante parecido entre el asalariado y el lobo. Porque, al lobo, también lo que le interesa es su hambre, su alimento, su provecho, su ganancia… ¡Sorpresa! la comparación nos muestra que, aunque el lobo está afuera y el asalariado está adentro del rebaño, en el fondo ambos son enemigos del rebaño; esto significa que no solo hay enemigos afuera, sino también los hay ADENTRO…
Por eso, cuando pensamos en el misterio de la Iglesia, esta observación es bien importante: hay enemigos afuera, por ejemplo, los que se muestran como ateos, los que se muestran como miembros de otras confesiones cristianas que se burlan del catolicismo, los que sufren de cristianofobia… esos, podemos decir, que aparecen como enemigos de afuera. También, por supuesto, son de este grupo los muchos pecados que nos tientan. Pero, cuidado… que es que hay también enemigos adentro, son como lobos: porque también les interesa únicamente lo suyo.
Hay otro punto que es importante, dice nuestro Señor Jesucristo, que el asalariado se va y las ovejas se pierden y que luego llega y las ovejas se dispersan… pensemos en lo que es el “aprisco”, ese lugar donde están las ovejas y nos damos cuenta de que el asalariado deja sin ovejas el aprisco y el lobo deja sin ovejas el aprisco. El aprisco es la Iglesia y la Iglesia gime y la Iglesia sufre por el peso y por el daño que causan los asalariados, los que solamente miran por su provecho, aunque estén dentro de la Iglesia. Así como la Iglesia sufre por aquellos que la atacan desde fuera, pidamos a Cristo Buen Pastor que nos envíe pastores según su corazón y que nos guíen, nos cuiden, nos defiendan, y nos alimenten… llevándonos al CIELO PROMETIDO.
Sugerencias...
El misterio pascual se nos presenta hoy bajo la figura de Jesús buen Pastor y piedra angular de la Iglesia.
El buen Pastor no abandona el rebaño en la hora del peligro, como hace el mercenario, sino que, para ponerlo a salvo, se entrega a sí mismo a los enemigos y a la muerte: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Es el gesto espontáneo del amor de Cristo por los hombres: «Nadie me quita la vida, soy yo quien la doy de mí mismo» (ib 18). En este misterio de misericordia infinita el amor de Jesús se entrelaza y se confunde con el amor del Padre. El Padre es quien lo ha enviado para que los hombres tengan en Él al Pastor que los guarde y les asegure la verdadera vida: «¡Miren cómo nos amó el Padre! —dice San Juan en la segunda lectura— Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente» (1 Jn 3, 1). Este amor el Padre nos lo ha dado en el Hijo, que por medio de su sacrificio ha librado a los hombres del pecado y los ha hecho participantes no sólo de un nombre, sino de un nuevo modo de ser, de una nueva vida: el ser y la vida de hijos de Dios. En virtud de la obra redentora de Cristo todo hombre está llamado a formar parte de una única familia que tiene a Dios por Padre, de un único rebaño que tiene a Cristo por pastor. Esta familia y este rebaño se identifican con la Iglesia, de la cual, como dice Pedro en la primera lectura, Jesús es la piedra fundamental. «Él es la piedra rechazada por vosotros los constructores, que ha venido a ser piedra angular» (Hch 4, 11). La Sinagoga lo ha rechazado, pero por el misterio de su muerte y resurrección Jesús se ha convertido en el puntal de un nuevo edificio: la Iglesia.
Cristo buen Pastor, Cristo piedra angular son dos figuras diversas pero que expresan una misma realidad: Él es la única esperanza de salvación para todo el género humano. «… no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos» (ib 12).
Rezamos por el Papa y por la Iglesia para que seamos instrumentos eficaces en las manos del Señor que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad… también somos invitados por Jesús a tener un corazón abierto a todos: «Tengo otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir» (Jn 10, 16). De hecho, son innumerables todavía las ovejas lejanas del ‘aprisco’, y sin embargo de ellas ha dicho expresamente Jesús: «oirán mi voz» (ib). Pero ¿cómo pueden escuchar la voz del Pastor si no hay quien se la anuncie (con palabras y con obras que confirman las palabras)? Todo creyente está comprometido en esta misión: con la oración, el sacrificio, la palabra debe trabajar para conducir al redil de Cristo a las ovejas olvidadizas y lejanas, a las extraviadas y errantes, para que de todas se haga «un solo rebaño» y todas tengan «un solo pastor» (ib).
El Evangelio del día nos sugiere aún una última reflexión: «Conozco a mis ovejas —dice Jesús— y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre» (ib 14-15). No se trata de un simple conocimiento teórico, sino de un conocimiento vital que lleva consigo relaciones de amor y de amistad entre el buen Pastor y sus ovejas, relaciones que Jesús no duda en parangonar a las que existen entre Él y el Padre, De la humilde comparación campestre del pastor y de las ovejas, Jesús se levanta a proponer la de la vida de comunión que lo une al Padre insertando en tal perspectiva sus relaciones con los hombres. Esta es la verdadera vida de los hijos de Dios, que comienza en la tierra con la fe y el amor y culminará en el cielo, donde «seremos semejantes a Dios, porque le veremos tal cual es».
del Mensaje del Santo Padre Francisco, para la 58 jornada mundial, de oración por las vocaciones
San José: el sueño de la vocación
Dios ve el corazón (cf. 1 Sam 16,7) y en san José reconoció un corazón de padre, capaz de dar y generar vida en lo cotidiano. Las vocaciones tienden a esto: a generar y regenerar la vida cada día. El Señor quiere forjar corazones de padres, corazones de madres; corazones abiertos, capaces de grandes impulsos, generosos en la entrega, compasivos en el consuelo de la angustia y firmes en el fortalecimiento de la esperanza. Esto es lo que el sacerdocio y la vida consagrada necesitan, especialmente hoy, en tiempos marcados por la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, que ha suscitado incertidumbre y miedo sobre el futuro y el mismo sentido de la vida. San José viene a nuestro encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino.
martes, 13 de abril de 2021
HOMILIA DOMINGO TERCERO DE PASCUA cB (18 de abril 2021)
DOMINGO TERCERO DE PASCUA cB (18 de abril 2021)
Primera: Hechos 3, 13-15.17-19; Salmo: Sal 4, 2. 4. 7. 9; Segunda: 1Jn 2,1-5a; Evangelio: Lucas 24, 35-48
Nexo entre las LECTURAS
Debe alegrarnos hablar de conversión y misericordia en el período pascual. Ese es el tema en que se centra la atención de la liturgia dominical. Deben convertirse, ante todo, los discípulos de Jesús para aceptar, sin lugar a dudas, el misterio de la resurrección (evangelio). Deben convertirse los judíos, porque no aceptar a Jesús resucitado como Mesías es prácticamente autodestruirse (primera lectura). Deben convertirse, vivir en permanente estado de conversión, los cristianos, para no creer que por el solo conocimiento podrán alcanzar la vida verdadera (segunda lectura).
Temas...
No es un fantasma. Más allá de la tumba, un misterio suspicaz, casi arrogante, ciega nuestra mirada y desafía nuestra inteligencia. La muerte muestra con orgullo sus triunfos incesantes y reporta victoria sobre todos: niños y ancianos, hombres y mujeres, infelices que la han pretendido como escape desesperado o boyantes transeúntes que jamás hubieran querido encontrarse con ella, en estos tiempos por medio del COVID-19, se anota triunfos desagradables. Sólo una cosa es cierta y general: ante la puerta de la muerte habremos de comparecer todos… es una ‘vocación’ la de llegar a la puerta para entrar en la VIDA.
Esta certeza universal explica suficientemente la reacción de los discípulos ante la aparición del Resucitado. Bien anota el evangelista: "creían ver un fantasma...". De la misma raíz que "fantasía", el fantasma incluye por contraste la idea de un terror que sobrecarga los sentidos y paraliza el pensamiento. Es interesante ver que esa impresión sobrehumana, lejos de ayudar, impide creer, pues Cristo les pregunta: "¿por qué surgen dudas en su interior?". La fe entonces es más que asombro colosal, es más que una puerta sobre el abismo de lo incognoscible, es más que la desagradable impresión de palpar el propio límite.
Jesús, en realidad, quiere vencer esa distancia infinita que nos aparta de lo que no podemos controlar con nuestra inteligencia y por eso da a palpar su límite, esto es, la frontera que su misericordia ha querido visitar y habitar por nuestra salvación: "Tóquenme y convénzanse de que un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que yo tengo". ¡Ay, Dios! Y con semejante testimonio, que más claro no se le encontrará, ha habido todavía llamados teólogos que niegan la resurrección corporal del Señor... Tenga, JESÚS RESUCITADO, piedad de los que niegan la resurrección y de todos nosotros. Que si el primer impulso es castigar a quienes tales cosas enseñan, será mejor amar y compadecer, bien que sosteniendo firme la fe incuestionable de los apóstoles y de la Iglesia entera. El evangelio nos explica, al fin y al cabo, que sólo cuando Dios abre el entendimiento es posible admitir que hubo una que rompió la trampa y escapó del vientre cenagoso de la muerte. Se llama Jesucristo, es el SEÑOR DE LA HISTORIA.
Creer en el amor. La segunda lectura de hoy da un paso más. La frase fundamental quizás es: "Sabemos que conocemos a Dios, si cumplimos sus mandamientos". La fe no es una historia que endulza nuestros oídos simplemente. La fe no es un relato épico que se contenta con tonificar el corazón. Es una fuerza de vida, y como tal tiene su lugar propio en la vida. El apóstol Juan nos habla así en esta lectura porque ya en su tiempo hubo quienes pretendían que la fe era una "ciencia de magos" o "gnosis", como si fuese, un "conocimiento" destinado solamente a nuestra alma y sin una repercusión real ni en nuestro cuerpo ni en lo que hiciéramos con él. Aquella "idea", que ha permanecido larvada o descarada durante los siglos, va por eso dando bandazos entre el desprecio que mutila lo corporal y el desafuero que predica y practica el libertinaje… confundiendo con sus nuevos trajes en cada "ideología" que parece nueva en su formulación pero que es antigua en su verdad… siempre quiere que nos apartemos de Dios y de la verdad… Frente a esa demencia, nuestra fe, como la hemos recibido de los apóstoles, tiene un rostro definido: "el AMOR de Dios, que llega verdaderamente a su plenitud en aquel que cumple su palabra; esta es la prueba de que estamos en Él". Somos de Cristo significa: vamos con Cristo, en seguimiento de Cristo, para estar con Cristo para ‘toda’ la eternidad.
Sugerencias...
En los domingos después de Pascua las lecturas del Antiguo Testamento son sustituidas por los Hechos de los Apóstoles, que a través de la predicación primitiva testimonian la resurrección del Señor y muestran, de una manera razonable, cómo la Iglesia nació en nombre del Resucitado.
- En la primera lectura de hoy, Pedro presenta la resurrección de Jesús encuadrada en la historia de su pueblo como cumplimiento de todas las profecías y promesas hechas a los Padres: «El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, glorificó a su servidor Jesús, a quien ustedes entregaron, renegando de él delante de Pilato, cuando este había resuelto ponerlo en libertad. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos» (Hch 3, 13. 15). Y, por si su testimonio y el de cuantos vieron al Resucitado no fuera suficiente, nos ofrece una «señal» en la curación milagrosa del tullido que acababa de realizarse a la puerta del templo. Para hacer resaltar la Resurrección, Pedro no duda en recordar los hechos dolorosos que la precedieron: «ustedes negaron al Santo y al Justo y pidieron que como gracia la libertad de un homicida. Dieron muerte al príncipe de la vida» (ib 14-15).
Las acusaciones son apremiantes, casi despiadadas; pero Pedro sabe que él está también incluido en ellas por haber renegado al Maestro; lo están igualmente todos los hombres que pecando siguen negando al «Santo» y rechazando «al autor de la vida», posponiéndole a las propias pasiones, que son causa de muerte. Pedro no ha olvidado su culpa que llorará toda la vida, pero ahora siente en el corazón la dulzura del perdón del Señor. Esto le hace capaz de pasar de la acusación a la excusa: «Ahora bien, hermanos, ya sé que por ignorancia han hecho esto, como también los príncipes de ustedes» (ib 17), y luego al llamamiento a la conversión: «hagan penitencia y conviértanse, para que sus pecados sean perdonados» (ib 19). Como él ha sido perdonado, también lo será su pueblo y cualquier otro hombre, con tal de que todos reconozcan sus propias culpas y hagan el propósito de no pecar más,
- A esto mismo se refiere la conmovedora exhortación de Juan (segunda lectura): «Hijitos míos, les escribo esto para que no pequen» (1 Jn 2, 1). ¿Cómo volverá al pecado quien ha penetrado en el significado de la pasión del Señor? Sin embargo, consciente de la fragilidad humana, el Apóstol persiste: «Pero si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, justo» (ib), Juan, que había oído en el Calvario a Jesús agonizante pedir el perdón del Padre para quien lo había crucificado, sabe hasta qué punto Jesús defiende a los Pecadores. Víctima inocente de los pecados de los hombres, Jesús es también su abogado más valedero, pues «él es la propiciación por nuestros pecados» (ib 2).
- El mismo pensamiento se trasluce en el Evangelio del día. Apareciéndose a los Apóstoles después de la Resurrección, Jesús les saluda con estas palabras: «La paz sea con ustedes» (LC 24, 36). El Resucitado da la paz a los Once atónitos y asustados por su aparición, pero no menos llenos de confusión y de arrepentimiento por haberlo abandonado durante la pasión. Muerto para destruir el pecado y reconciliar a los hombres con Dios, Él les ofrece la paz para asegurarles su perdón y su amor inalterado. Y antes de despedirse de ellos los hace mensajeros de conversión y de perdón para todos los hombres: «será predicada en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén» (ib 47). De esta manera la paz de Cristo es llevada a todo el mundo precisamente porque «él es la propiciación por nuestros pecados». ¡Misterio de su amor infinito! ¡Misterio de misericordia!
viernes, 9 de abril de 2021
II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cB (11 de abril 2021)
II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cB (11 de abril 2021)
Primera: Hechos 4, 32-35; Salmo: Sal 117, 2-4. 16-18. 22-24; Segunda: 1Jn 5, 1-6 Evangelio: Jn 20, 19-31
Nexo entre las LECTURAS
En el texto evangélico encontramos juntas la fe y la paz: primeramente, la paz como don de Cristo resucitado a sus discípulos: "La paz esté con ustedes", luego la confesión de fe del incrédulo Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!" y la añadidura de Jesús: "¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto". En la primera lectura se indican los efectos de la fe y de la paz: la unión de mentes y corazones, la comunidad de bienes, el testimonio de los apóstoles sobre Cristo resucitado. Finalmente, en la primera carta de san Juan se pone de relieve el gran don de la fe, que es capaz de vencer al mundo (segunda lectura).
Temas... Sugerencias...
Este es el domingo de la misericordia. Descubramos su sentido en las palabras de la homilía de San Juan Pablo II en la Canonización de Sor Faustina, 30 de Abril de 2000. Los títulos y la numeración aquí no son de Juan Pablo.
Sangre y Agua. "Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia" (Sal 118, 1). Así canta la Iglesia en la octava de Pascua, casi recogiendo de labios de Cristo estas palabras del Salmo; de labios de Cristo resucitado, que en el Cenáculo da el gran anuncio de la misericordia divina y confía su ministerio a los Apóstoles: "Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. (...) Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedan retenidos" (Jn 20, 21-23).
Antes de pronunciar estas palabras, Jesús muestra sus manos y su costado, es decir, señala las heridas de la Pasión, sobre todo la herida de su corazón, fuente de la que brota la gran ola de misericordia que se derrama sobre la humanidad. De ese corazón santa Faustina Kowalska, verá salir dos haces de luz que iluminan el mundo: "Estos dos haces -le explicó un día Jesús mismo- representan la sangre y el agua" (Diario, Librería Editrice Vaticana, p. 132). ¡Sangre y agua! Nuestro pensamiento va al testimonio del evangelista san Juan, quien, cuando un soldado traspasó con su lanza el costado de Cristo en el Calvario, vio salir "sangre y agua" (Jn 19, 34). Y si la sangre evoca el sacrificio de la cruz y el don eucarístico, el agua, en la simbología joánica, no sólo recuerda el bautismo, sino también el don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14; 7, 37-39).
La misericordia divina llega a los hombres a través del corazón de Cristo crucificado: "Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia en persona", pedirá Jesús a santa Faustina (Diario, p. 374). Cristo derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, es la Persona-Amor. Y ¿acaso no es la misericordia un "segundo nombre" del amor (cf. Dives in misericordia, 7), entendido en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón?
Jesús dijo a santa Faustina: "La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina" (Diario, p. 132).
El futuro según Dios. ¿Qué nos depararán los próximos años? ¿Cómo será el futuro del hombre en la tierra? No podemos saberlo. Sin embargo, es cierto que, además de los nuevos progresos, no faltarán, por desgracia, experiencias dolorosas. Pero la luz de la misericordia divina, que el Señor quiso volver a entregar al mundo mediante el carisma de sor Faustina, iluminará el camino de los hombres del tercer milenio. Pero, como sucedió con los Apóstoles, es necesario que también la humanidad de hoy acoja en el cenáculo de la historia a Cristo resucitado, que muestra las heridas de su crucifixión y repite: "Paz a ustedes". Es preciso que la humanidad se deje penetrar e impregnar por el Espíritu que Cristo resucitado le infunde. El Espíritu sana las heridas de nuestro corazón, derriba las barreras que nos separan de Dios y nos desunen entre nosotros (Ft), y nos devuelve la alegría del amor del Padre y la de la unidad fraterna.
Así pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de "domingo de la Misericordia divina". A través de las diversas lecturas, la liturgia parece trazar el camino de la misericordia que, a la vez que reconstruye la relación de cada uno con Dios, suscita también entre los hombres nuevas relaciones de solidaridad fraterna. Cristo nos enseñó que "el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a "usar misericordia" con los demás: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5, 7)" (Dives in misericordia, 14). Y nos señaló, además, los múltiples caminos de la misericordia, que no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de todas las necesidades de los hombres. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Su mensaje de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia el hombre que sufre. Hagamos de nuestra existencia un canto a la misericordia
Dos amores inseparables. El amor a Dios y el amor a los hermanos son efectivamente inseparables, como nos lo ha recordado la primera carta del apóstol san Juan: "En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos" (1 Jn 5, 2). El Apóstol nos recuerda aquí la verdad del amor, indicándonos que su medida y su criterio radican en la observancia de los mandamientos. En efecto, no es fácil amar con un amor profundo, constituido por una entrega auténtica de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijando nuestra mirada en él, sintonizándonos con su corazón de Padre, llegamos a ser capaces de mirar a nuestros hermanos con ojos nuevos, con una actitud de gratuidad y comunión, de generosidad y perdón. ¡Todo esto es misericordia! En la medida en que la humanidad aprenda el secreto de esta mirada misericordiosa, será posible realizar el cuadro ideal propuesto por la primera lectura: "En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía" (Hch 4, 32). Aquí la misericordia del corazón se convirtió también en estilo de relaciones, en proyecto de comunidad y en comunión de bienes. Aquí florecieron las "obras de misericordia", espirituales y corporales. Aquí la misericordia se transformó en hacerse concretamente "prójimo" de los hermanos más indigentes (cfr. Ft).
Santa Faustina Kowalska dejó escrito en su Diario: "Experimento un dolor tremendo cuando observo los sufrimientos del prójimo. Todos los dolores del prójimo repercuten en mi corazón; llevo en mi corazón sus angustias, de modo que me destruyen también físicamente. Desearía que todos los dolores recayeran sobre mí, para aliviar al prójimo" (p. 365). ¡Hasta ese punto de comunión lleva el amor cuando se mide según el amor a Dios! En este amor debe inspirarse la humanidad hoy para afrontar la crisis de sentido, los desafíos de las necesidades más diversas y, sobre todo, la exigencia de salvaguardar la dignidad de toda persona humana. Así, el mensaje de la misericordia divina es, implícitamente, también un mensaje sobre el valor de todo hombre. Toda persona es valiosa a los ojos de Dios, Cristo dio su vida por cada uno, y a todos el Padre concede su Espíritu y ofrece el acceso a su intimidad.
Este mensaje consolador se dirige sobre todo a quienes, afligidos por una prueba particularmente dura o abrumados por el peso de los pecados cometidos, han perdido la confianza en la vida y han sentido la tentación de caer en la desesperación. A ellos se presenta el rostro dulce de Cristo y hasta ellos llegan los haces de luz que parten de su corazón e iluminan, calientan, señalan el camino e infunden esperanza. ¡A cuántas almas ha consolado ya la invocación "Jesús, en ti confío", que la Providencia sugirió a través de sor Faustina! Este sencillo acto de abandono a Jesús disipa las nubes más densas e introduce un rayo de luz en la vida de cada uno.
A la voz de María santísima, la "Madre de la misericordia", a la voz de santa Faustina y la de todos los santos, que en la Jerusalén celestial canta la misericordia junto con todos los amigos de Dios, unamos también nosotros, Iglesia peregrina, nuestra voz.
Cada Domingo es Pascua y somos una Comunidad Pascual. La fe en Cristo resucitado, la alegría y el amor que provoca la fe en la resurrección, deben estar presentes y activos todos los días de nuestra vida. Pero de modo especial el Domingo, en que celebramos precisamente el triunfo de Cristo sobre la muerte, sobre el pecado y sobre todo mal. Cada Domingo los cristianos festejamos la Pascua de Cristo resucitado y glorioso por nuestras vidas. Un paso de perdón, de salvación, de gozo, de amor que san Juan Pablo II llama ‘paso de la divina misericordia’. Un paso con que Cristo glorioso nos invita a hacer lo mismo: a perdonar, ayudar a otros a salvarse, a gozar y a amar. Estamos llamados a vivir cada vez con más conciencia el rico significado de la Eucaristía Dominical y del Domingo. Parece que para muchos bautizados hay una idea equivocada e injusta de lo que el Domingo es en los designios de Dios, y hasta les parece ‘pesado’ ir a Misa todos los Domingos. Hoy es una ocasión estupenda para leer en el catecismo de la Iglesia los números dedicados a esta celebración eclesial (nn. 2174-2188; 1166-1167) y/o la carta Dies Domini de san Juan Pablo II.
lunes, 29 de marzo de 2021
HOMILIA JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (01 de abril 2021)
JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (01 de abril 2021)
Primera: Éxodo 12, 1-8.11-14; Salmo: Sal 115, 12-13.15-16bc.17-18; Segunda: 1Corintios 11, 23-26; Evangelio: Juan 13, 1-15
Nexo entre las LECTURAS
“Llevó su amor hasta el fin” (Evangelio). Estas palabras son la clave de comprensión de la Palabra de Dios en este Jueves Santo. Este amor es el que celebraban los israelitas anualmente al conmemorar la fiesta de Pascua, fiesta de liberación de la esclavitud egipcia (primera lectura). Este amor lo manifestó Jesús de forma suprema en el lavatorio de los pies (Evangelio) y en la donación de sí mismo en pan y en vino, convertidos en su Cuerpo y en su Sangre (segunda lectura). Éste es el amor que se repite cada vez que los cristianos nos reunimos para celebrar la Cena del Señor (segunda lectura).
Temas...
Pasado, presente, futuro. La Eucaristía es a la vez el recuerdo más entrañable que tenemos de Jesús, y la presencia más intensa de su amor incalculable, y la promesa más cierta de nuestro futuro junto a Él. La Eucaristía es memoria, presencia y profecía. Resumen perfecto de todas las ofrendas del Viejo Testamento; síntesis adorable de todas las finezas de Jesús con nosotros; pregustación suavísima de los gozos que sólo serán mejores en la eternidad.
Descanso. La Eucaristía es descanso para la vista, el oído, el paladar, el corazón y la mente. Descansa nuestra vista mirando al que es bello y fuente de belleza. Descansa nuestro oído recibiendo el eco de su palabra de gracia. Descansa nuestro paladar encontrando un sabor de amor que está lejos del hambre y del hastío. Descansa el corazón amando en la certeza de nunca ser defraudado. Descansa la mente descubriendo que la verdad última de nuestro ser es que hemos sido amados antes de ser creados, y amados para ser perdonados, y amados para tener vida eterna.
Comunión. La Eucaristía es comunión con Dios y con los hermanos. Comunión significa más que "común unión". Tener comunión es entender el lenguaje del otro; saber de qué ríe, por qué llora, qué le preocupa y cómo se le consuela. Es “comunnio”, común misión.
Estar en comunión con Dios es vibrar con su amor por los pequeños, los pobres y los tristes; es llorar con las lágrimas de Jesús por los pecadores, los endurecidos y los crueles; es padecer con el corazón del Señor y derramar sobre el mundo gracia como la suya y mirada como la suya también.
Estar en comunión es saber ir y volver del corazón del Amado. Es tener siempre una puerta abierta para el Amigo. Es cantar sus canciones y darle nuestras poesías. Es sentir que el tiempo se muere y que la eternidad amanece.
Sugerencias...
La celebración del misterio pascual, centro y vértice de la historia de la salvación, se abre con la Misa vespertina del jueves santo, que conmemora la Cena del Señor.
Todas las lecturas se centran en el tema de la cena pascual. El tramo del Éxodo (12, 1-8; 1 1-14) nos recuerda la antigua institución, establecida cuando Dios ordenó a los Hebreos que inmolasen en cada familia «un animal sin defecto [macho, de un año, cordero o cabrito]», que rociasen con la sangre los dos postes y el dintel de las casas para librarse del exterminio de los primogénitos, y que lo comiesen a toda prisa y en atuendo de caminantes. En aquella misma noche, preservados por la sangre del cordero y nutridos con sus carnes, iniciarían la marcha hacia la tierra prometida. El rito había de repetirse cada año en recuerdo de tal hecho. «Es la Pascua [fiesta] en honor del Señor» (Ex 12, 11), que conmemora «el Paso del Señor» por en medio de Israel para liberarlo de la esclavitud de Egipto.
Jesús elige la celebración de la pascua judía para instituir la nueva, su Pascua, en la que Él es el verdadero «cordero sin defecto» inmolado y consumado por la salvación del mundo. Y desde el momento en que se sienta a la mesa con los suyos, inicia el nuevo rito, «El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo —se lee en la segunda lectura (1Cor 1 1, 23-26)— tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes..." Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre"». Aquel pan milagrosamente trasformado en el Cuerpo de Cristo y aquel cáliz que ya no contiene vino, sino la Sangre de Cristo, ambos ofrecidos, pero separadamente ofrecidos, eran, en aquella noche, el anuncio y anticipo de la muerte del Señor, en la que derramaría toda su Sangre, y son hoy su vivo memorial.
«Hagan esto en memoria mía». Bajo esta luz presenta san Pablo la Eucaristía cuando dice: «cada vez que comen de este pan y beben del cáliz, proclaman la muerte del Señor». La Eucaristía es «pan vivo» que da la vida eterna a los hombres (Jn 6, 51), porque es el «memorial» de la muerte de Cristo, porque es su Cuerpo «entregado» en sacrificio, y es su Sangre «derramada por todos para el perdón de los pecados» (Lc 22, 19; Mt 26, 28). Nutridos con el Cuerpo de Cristo y lavados con su Sangre, los hombres podemos soportar las asperezas del viaje terreno, pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, de la travesía fatigosa del desierto a la tierra prometida: la casa del Padre.
«Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo. Tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre» (MR). Si la costumbre hubiera amortiguado en los creyentes la vitalidad de la fe, la Liturgia de este día les invita a reavivarse, a penetrar con la más profunda y amorosa de las miradas la inefable realidad del misterio que se realizó por vez primera en el cenáculo ante las miradas atónitas (asombrados) de los discípulos y que hoy se renueva del mismo modo concreto que entonces, sigue siendo el Señor Jesús quien, en la persona de su ministro, realiza el gesto consecratorio, y hoy, aniversario de la institución de la Eucaristía y vigilia de la muerte del Señor, todo eso adquiere una actualidad impresionante.
Jesús «habiendo amado a los suyos... los amó hasta el extremo», dice Juan prologando el relato de la última cena (Jn 13, 1-15); «en la noche en que iban a entregarlo», precisa Pablo refiriendo la institución de la Eucaristía. Tremendo contraste: por parte de Cristo, el amor infinito, «hasta el extremo», hasta la muerte; por parte de los hombres, la traición, la negación, el abandono. La Eucaristía es la respuesta que da el Señor a la traición de sus criaturas. Parece estar impaciente por salvar a los hombres, tan débiles y perjuros, y anticipa místicamente su muerte ofreciéndoles como nutrimento ese cuerpo que en breve sacrificará en la cruz y esa sangre que derramará hasta la última gota. Y si dentro de pocas horas la muerte le arrebatará de la tierra, en la Eucaristía, sin embargo, se perpetuará su presencia viva y real hasta el fin de los siglos.
Pero juntamente con el sacramento del amor, Jesús deja a la Iglesia el testamento del amor: su «mandato nuevo». De repente, los Doce ven que el Maestro se arrodilla delante de ellos en la actitud de un siervo: «echa agua en la palangana y se pone a lavarles los pies a los discípulos». La escena se concluye con una advertencia: «Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros». No se trata tanto de imitar el gesto material, cuanto la actitud de humildad sincera en las relaciones recíprocas, considerándose y comportándose los unos como siervos de los demás. Sólo esta humildad hace posible el cumplimiento del precepto que Jesús está a punto de dar; «Les doy el mandato nuevo: que se amen entre ustedes (mutuamente) como yo los he amado» (ib 34), El lavatorio de los pies, la institución de la Eucaristía, la muerte de cruz, indican cómo y hasta qué punto hay que amar a los hermanos para realizar y hacer verdad el precepto del Señor.
lunes, 22 de marzo de 2021
HOMILIA 25 DE MARZO DE 2021
LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR. 25 de Marzo. Solemnidad.
Primera: Isaías 7, 10-14; 8, 10; Salmo: Sal 39, 7-11; Segunda: Hebreos 10, 4-10; Evangelio: Lucas 1, 26-38
Temas... (pensamientos de san Juan Pablo II)
María es introducida definitivamente en el misterio de Cristo a través de este acontecimiento: la anunciación del ángel. Acontece en Nazaret, en circunstancias concretas de la historia de Israel, el primer pueblo destinatario de las promesas de Dios. El mensajero divino dice a la Virgen: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1, 28). María "se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo" (Lc 1, 29). Qué significarían aquellas extraordinarias palabras y, en concreto, la expresión "llena de gracia" (Kejaritoméne). Hoy queremos meditar, junto a María, sobre estas palabras y, especialmente sobre la expresión "llena de gracia". En esta verdad podemos encontrar una verificación significativa precisamente en el pasaje anteriormente citado de la Carta a los Efesios. Si, después del anuncio del mensajero celestial, la Virgen de Nazaret es llamada también "bendita entre las mujeres" (cf. Lc 1, 42), esto se explica por aquella bendición de la que "Dios Padre" nos ha colmado "en los cielos, en Cristo". Es una bendición espiritual, que se refiere a todos los hombres, y lleva consigo la plenitud y la universalidad ("toda bendición"), que brota del amor que, en el Espíritu Santo, une al Padre el Hijo consubstancial. Al mismo tiempo, es una bendición derramada por obra de Jesucristo en la historia del hombre desde el comienzo hasta el final: a TUTTI los hombres. Sin embargo, esta bendición se refiere a María de modo especial y excepcional; en efecto, fue saludada por Isabel como "bendita entre las mujeres".
La razón de este doble saludo es, pues, que en el alma de esta "hija de Sión" se ha manifestado, en cierto sentido, toda la "gloria de su gracia", aquella con la que el Padre "nos agració en el Amado". El mensajero saluda, en efecto, a María como "llena de gracia"; la llama así, como si éste fuera su verdadero nombre. No llama a su interlocutora con el nombre que le es propio en el registro civil: "Miryam" (María), sino con este nombre nuevo: "llena de gracia". ¿Qué significa este nombre? ¿Por qué el arcángel llama así a la Virgen de Nazaret? En el lenguaje de la Biblia "gracia" significa un don especial que, según el Nuevo Testamento, tiene la propia fuente en la vida trinitaria de Dios mismo, de Dios que es amor (cf. 1 Jn 4, 8). Fruto de este amor es la elección, de la que habla la Carta a los Efesios. Por parte de Dios esta elección es la eterna voluntad de salvar al hombre a través de la participación de su misma vida en Cristo (cf. 2 P 1, 4): es la salvación en la participación de la vida sobrenatural. El efecto de este don eterno, de esta gracia de la elección del hombre, es como un germen de santidad, o como una fuente que brota en el alma como don de Dios mismo, que mediante la gracia vivifica y santifica a los elegidos. De este modo tiene lugar, es decir, se hace realidad aquella bendición del hombre "con toda clase de bendiciones espirituales", aquel "ser sus hijos adoptivos ... en Cristo" o sea en aquel que es eternamente el "Amado" del Padre.
Cuando leemos que el mensajero dice a María "llena de gracia", el contexto evangélico, en el que confluyen revelaciones y promesas antiguas, nos da a entender que se trata de una bendición singular entre todas las "bendiciones espirituales en Cristo". En el misterio de Cristo María está presente ya "antes de la creación del mundo" como aquella que el Padre "ha elegido" como Madre de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad. María está unida a Cristo de un modo totalmente especial y excepcional, e igualmente es amada en este "Amado" eternamente, en este Hijo consubstancial al Padre, en el que se concentra toda "la gloria de la gracia". A la vez, ella está y sigue abierta perfectamente a este "don de lo alto" (cf. St 1, 17). Como enseña el Concilio, María "sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de Él esperan con confianza la salvación". (Lumen Gentium, 55)
Si el saludo y el nombre "llena de gracia" significan todo esto, en el contexto del anuncio del ángel se refieren ante todo a la elección de María como Madre del Hijo de Dios. Pero, al mismo tiempo, la plenitud de gracia indica la dádiva sobrenatural, de la que se beneficia María porque ha sido elegida y destinada a ser Madre de Cristo. Si esta elección es fundamental para el cumplimiento de los designios salvíficos de Dios respecto a la humanidad, si la elección eterna en Cristo y la destinación a la dignidad de hijos adoptivos se refieren a todos los hombres, la elección de María es del todo excepcional y única. De aquí, la singularidad y unicidad de su lugar en el misterio de Cristo. El mensajero divino le dice: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo" (Lc 1, 30-32). Y cuando la Virgen, turbada por aquel saludo extraordinario, pregunta: "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?", recibe del ángel la confirmación y la explicación de las palabras precedentes. Gabriel le dice: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios" (Lc 1, 35).
Por consiguiente, la Anunciación es la revelación del misterio de la Encarnación al comienzo mismo de su cumplimiento en la tierra. El donarse salvífico que Dios hace de sí mismo y de su vida en cierto modo a toda la creación, y directamente al hombre, alcanza en el misterio de la Encarnación uno de sus vértices. En efecto, este es un vértice entre todas las donaciones de gracia en la historia del hombre y del cosmos. María es "llena de gracia", porque la Encarnación del Verbo, la unión hipostática del Hijo de Dios con la naturaleza humana, se realiza y cumple precisamente en ella. Como afirma el Concilio, María es "Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas". (Lumen Gentium, 53)
Sugerencias… (también iluminados por san Juan Pablo II)
A María y a través de María
El saludo de Dios a la Virgen, por medio del ángel, es la expresión viva de su infinita compasión, de su profundísima sabiduría y de su inigualable poder. Compasión por la creatura humana; sabiduría en el diseño del plan de salvación; poder en la realización de obras capaces de llenar de asombro a los ángeles, de gratitud a los hombres y de espanto a los demonios.
Las palabras llegan a María, pero la gracia nos llega a todos. María recibe la luz que comunica y a todos regala el don que le ha llegado. Bien la llamamos "transparencia" del Señor, porque, como aquellos cristales limpísimos, deja pasar holgadamente la luz que la invade y la ternura que la penetra. Por eso, si miramos a la Encarnación como una declaración de amor a María, y así es porque a ella se dirigen las palabras que hemos oído en el Evangelio, bien podemos tomar esa declaración como un decreto de salvación que a todos nos cobija. María es la primera redimida y el Cristo que al elegirla la salva nos salva en ella y a todos nos elige y a través de su "sí" a todos se nos comunica.
La inmensa dignidad de la mujer. Estremece meditar en lo que acabamos de decir: todo el género humano pendía de los labios de María, se atreve a decir san Bernardo. ¡Oh eminente dignidad del género femenino, oh grandeza de la mujer en los labios, el corazón y el casto cuerpo de Nuestra Señora!
Contrasta con fuerza esta dignidad a la que Dios levanta la mujer con el diabólico odio que hoy persigue a la mujer haciéndola esclava de toda clase de pasiones y víctima de todo género de abusos hasta hacerles creer que abortar es un derecho. Frente al machismo torpe, frente a la degradación pornográfica, frente a la seducción de una vida superficial y estéril, frente al comercio con el cuerpo que Dios hizo sagrario, frente a toda degradación de lo femenino hoy María se presenta como el rostro de aquella amada y amorosa.
¡Sagrario de Amor, María, ruega por todos y en este día singularmente: ruega por la mujer!
...
HOMILIA DOMINGO DE RAMOS 28 DE MARZO DE 2021
Domingo de RAMOS en la PASIÓN DEL SEÑOR cB (28 de marzo 2021)
Primera: Isaías 50, 4-7; Salmo: Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Segunda: Filipenses 2, 6-11; Evangelio: Marcos 14, 1 – 15, 47
Nexo entre las LECTURAS
La liturgia de hoy nos ayuda a ‘entrar’ en el misterio de la entrega y sufrimiento de Jesucristo por la salvación de muchos. “En su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (segunda lectura). En los labios de Jesús hemos escuchado: "Abba, Padre. Todo te es posible. Aparta de mí esta copa de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú" (Evangelio). Siglos antes, el siervo de Yahvéh, figura de Jesucristo, había pronunciado proféticamente estas palabras: “El Señor me ha abierto el oído, y yo no me he resistido ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mi mejilla a los que mesaban mi barba; no volví la cara ante los insultos y salivazos” (primera lectura).
La liturgia invita a fijar la mirada en la gloria de Cristo Rey eterno, para que los fieles estén preparados para comprender mejor el valor de su humillante pasión, camino necesario para la exaltación suprema. No se trata, pues, de acompañar a Jesús en el triunfo de una hora, sino de seguirle al Calvario, donde, muriendo en la cruz, triunfará para siempre del pecado y de la muerte. Estos son los sentimientos que la Iglesia expresa cuando, al bendecir los ramos, ora para que el pueblo cristiano complete el rito externo «con devoción profunda, triunfando del enemigo y honrando de todo corazón la misericordiosa obra de salvación» del Señor. No hay un modo más bello de honrar la pasión de Cristo que conformándose a ella para triunfar con Cristo del enemigo, que es el pecado.
Temas...
El Día en que Cristo aceptó ser Rey. Nuestro Señor y Divino Salvador no aceptó la aclamación de las multitudes que pretendían hacerlo rey después de ver sus asombrosos milagros (cf. Jn 6,15). No quiso una corona cuando todos exclamaban: "¡todo lo hace bien!" (Mc 7,37). Huyó a la montaña muchas veces y a menudo se refugió en la oración y la intimidad con Dios, su Padre (Mt 14,23). En todas esas ocasiones, cuando hubiera sido sencillísimo y casi natural proclamarse Hijo de David y sucesor del trono para liberar a Israel, guardó silencio, se ocultó discreto, oró en lo escondido, se apartó de las aclamaciones y los vítores. Pero hubo un día en que aceptó el aplauso y no huyó de la ovación de su pueblo. Un día Cristo aceptó ser rey, y selló su destino, cambió la historia y abrió un futuro para el universo entero con el gesto humilde y noble que hoy contemplamos: miremos todos, asómbrese el mundo, cante Judá y no calle Israel: Jesús, el Nazareno, es el Rey, y manso entra en la ciudad de David rodeado de humilde corte.
¿Por qué esta vez el Señor aceptó lo que antes rechazaba? ¿Por qué nos parece que se deja envolver en el entusiasmo de aquella multitud que por fin puede dar rienda suelta a su afecto y emoción? Es que bien sabía Jesús qué le esperaba después de esos aplausos y cuánto cambiarían esas voces en cuestión de horas. Percibía su corazón el odio exacerbado de aquellos que veían en Él un peligro para sus intereses. Sabía que los poderosos, tantas veces fustigados por el verbo del Verbo, terminarían por unirse, aunque sólo fuera para estar de acuerdo en quitarlo de en medio. Y en cuanto a sus discípulos, entendía cuán frágil era su amor, así le juraran lo contrario. Comprendía entonces que las cotas más altas de la maldad brotarían con inusitado ímpetu de uno a otro momento, y sabía que ser rey, en medio de semejante torbellino de pasiones y venganzas, más que un honor era un acto de compasión, una obra de misericordia, una manifestación, la última y más perfecta, de su amor inextinguible.
Abriendo la Semana Santa. Este día, Domingo que introduce la celebración de los misterios más hondos y bellos de nuestra fe, es como el ‘frontispicio’ desde el que ya vemos la grandeza que nos espera en la semana que comienza. Y por eso la Iglesia, después de invitarnos a cantar aclamaciones al Mesías Pacífico y verdadero Rey, nos invita a mirar en un solo y maravilloso conjunto qué fue lo que entonces sucedió, para que nuestros oídos se acostumbren a la música de drama y de amor que es la Pasión del Señor. Es bueno oír así de una sola vez la Pasión para entender que fue Uno solo el que todo sufrió y Uno solo el que todo venció. Fue Uno solo el que cargó con nuestras culpas y Uno solo el que las arrojó a lo hondo del mar. Uno solo venció a nuestro enemigo, Uno solo triunfó sobre la muerte, Uno solo nos amó hasta el extremo, Uno solo nos dio el perdón, la paz, la gracia y la vida que no acaba. Uno solo: Jesucristo, el Hijo del Dios vivo.
Miremos, pues, con ojos de gratitud y escuchemos con oídos de discípulo el sublime testimonio de este relato. Nada hay semejante en las páginas o escritos de esta tierra. Nada se compara a la altura de ese perdón que, como en cascada, cae desde la Cruz para hacer un nuevo diluvio, no de venganza y castigo, sino de misericordia y de gracia. Nada tan útil y saludable como esta historia de redención, la única que será de nuestro interés cuando nuestros ojos se cierren a las vanidades de esta tierra y tengan que abrirse, para gloria o condena, en la eternidad.
Sugerencias...
Una soledad acompañada. En la actual sociedad no son pocas las personas que viven en soledad y la sienten como una pesada losa sobre sus vidas, a pesar de la multiplicación increíble de los medios de comunicación que se ha desarrollado. Los ancianos que se sienten solos, abandonados quizás por su misma familia. Los niños huérfanos, y los abandonados por sus padres a la puerta de un hospital o en el atrio de una Iglesia. Los mendigos que carecen de familia y de techo bajo el cual cobijarse. Los jóvenes que viven "solos" y no pocas veces con angustia los primeros problemas de la existencia: el vacío de sentido, la imposibilidad de un trabajo, la angustia ante el futuro, el escape fugaz y engañoso de la droga, el sexo, el alcohol... La soledad de los inmigrantes, arrancados de sus raíces culturales, de su patria y familia, y no pocas veces maltratados, la cultura del descarte especial y dolorosa en los abortos, etc… (cfr.: Fratelli Tutti). Estos solitarios forzados, y todos los demás que pueda haber en nuestro ambiente, tienen que hallar -en los cristianos- una compañía buena y sincera, una acogida fraterna, una ayuda eficaz, una solidaridad abierta e incluso contra corriente, una compasión verdaderamente cordial. Sepan además éstos solitarios forzados que Jesucristo les acompaña en su soledad y en cierta manera la vive y comparte con ellos; no sólo eso, sino que también Cristo asume y redime su soledad con la suya propia a lo largo de la pasión y muerte en la cruz. Cristo en su gran soledad desde la Cruz se supo acompañado misteriosamente por el Padre, por su madre María, por las santas mujeres... En la más inclemente soledad el hombre ha de saber que alguien le acompaña y reza por él, que Alguien está a su lado.
Confianza en el dolor. Es una de las maravillosas enseñanzas que Jesucristo nos deja sobre el Gólgota. Él ha sufrido y en medio del sufrimiento, ha confiado. A quien cree, el dolor no le hace perder la confianza. Cuando sufres, ¿cómo reaccionas? Dime cómo sufres, y te diré quién eres. A quienes somos cristianos, nos ilumine la actitud confiada de Cristo en su Padre celestial y de cara al futuro. Nos sostenga la bienaventurada Virgen María, que estuvo de pie al pie de la Cruz. También San José, en este año dedicado a él, nos sostenga en la entrega y en la fidelidad, mientras esperamos la gloriosa venida (última) de nuestro Señor Jesucristo.
lunes, 15 de marzo de 2021
HOMILIA Quinto Domingo de CUARESMA cB (21 de marzo 2021)
Quinto Domingo de CUARESMA cB (21 de marzo 2021)
Primera: Jeremías 31, 31-34; Salmo: Sal 50, 3-4. 12-15; Segunda: Hebreos 5, 7-9; Evangelio: Jn 12, 20-33
Nexo entre las LECTURAS
Mientras que para los hombres el orden habitual de los conceptos es vida-muerte, en Jesucristo es al revés: muerte-vida. De estas dos realidades y de su relación nos habla la liturgia. Es necesario que el grano de trigo muera para que viva y dé fruto… es necesario perder la vida para vivir eternamente (Evangelio). Jesús, sometiéndose en obediencia filial a la muerte vive ahora como Sumo Sacerdote que intercede por nosotros ante Dios (segunda lectura). En la muerte de Jesús -que torna a la vida y da la vida al hombre, se realiza la nueva alianza, ya no sellada con sangre de animales sino escrita en el corazón, y por lo tanto, espiritual y eterna (primera lectura).
Temas...
Quien ama su vida -para sí- la perderá. Si quieres tener vida en Cristo, no temas morir por Cristo. No te ames para ti si quieres vivir; no te ames en esta vida para las cosas de esta vida para no perder la otra, la verdadera. Quien no ama su vida, en este mundo, la guarda para la vida eterna (Jn 12,25). Profunda y admirable afirmación que indica de qué modo tiene el hombre a su alcance, con la ayuda de la gracia, poder alcanzar la Vida verdadera. Si has amado mal, entonces no has amado; pero si has amado rectamente, entonces has amado. Amar bien o rectamente es hacer el bien y servir. Felices quienes amaron mirando el ejemplo del Salvador. Felices quienes no se encierran en el amor egoísta. Cuida mucho de no caer en la tentación de quererte amar a ti mismo para ti (cfr.: San Agustín). El amor, nos anuncia Jesús, es hasta la entrega total de la vida, servicio hasta el final.
La hora de Jesús. En el evangelio de san Juan se une el encuentro de Jesús con los ‘griegos’ (representantes de la humanidad no judía) y la hora de Jesús, es decir, su pasión-muerte-resurrección. La hora de Jesús es, por tanto, la hora de la redención universal por el sufrimiento y por la glorificación. Ambos aspectos brillan con fulgor particular en la segunda lectura. Primeramente el sufrimiento: “Él (Cristo) en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte... Aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer”. Esos gritos y esas lágrimas, tan humanos, están incluidos en su hora, en su tiempo y modo de salvarnos. No falta, sin embargo, la hora de la glorificación: “Alcanzada así la salvación,... ha sido proclamado por Dios Sumo Sacerdote”. Sumo Sacerdote de la nueva alianza, del nuevo corazón humano, de la nueva ley escrita en lo más íntimo y profundo del alma.
La hora del hombre nuevo. La hora de Jesús es también la hora del hombre nuevo, del discípulo misionero. El sufrimiento y la glorificación de Jesús llevan a cumplimiento la profecía de Jeremías, que la liturgia nos presenta en la primera lectura. La alianza nueva entre Dios y la humanidad estará sellada con la sangre de Cristo. Las cláusulas de esa nueva alianza no estarán escritas sobre piedra ni será Moisés quien las comunique a los hombres; Dios mismo las escribirá en el interior del corazón y el Espíritu Santo ‘leerá’ con claridad, de modo inteligible y personal, a todo el que le quiera escuchar, el contenido de la nueva ley, la ley del Espíritu. Por eso nos dice san Juan que todos serán enseñados por Dios, todos: desde el más pequeño hasta el mayor. La pasión-muerte-resurrección de Jesucristo otorga a la humanidad, toda, la gracia de hacer un pacto de amistad y de comunión con Dios Nuestro Señor, y así llegar a ser hombre nuevo, auténtico, gozoso (E.G.).
Sugerencias...
Una solución de fondo. El trayecto largo, y tantas veces dolorido, del Antiguo Testamento deja una ‘cosa’ en claro: el problema del mal en la raza humana requiere de soluciones radicales, es decir, directo a la raíz. Uno puede creer que el hombre va a ser mejor con nuevas leyes, mejores estudios, mayores ingresos, más amplias formas de expresión, mucha o menor libertad... ¡cuántos experimentos se han hecho, por vía de dureza o de "laissez-faire", para comprobar que "hecha ley, hecha la trampa"! Se le ha hecho de todo al ser humano: torturarlo, perseguirlo, mimarlo, atiborrarlo de cosas, embriagarlo de placeres, y al final descubrimos que hay una hierba mala que resiste todos los climas y culturas. Necesitamos algo distinto y eso es lo que muestra la primera lectura: directo a la raíz; directo al corazón.
La ley de Moisés, expresión óptima pero insuficiente de la voluntad de Dios, debe alcanzar "plenitud": no escrita ya en tablas de piedra sino en los corazones. El "corazón", sede de los pensamientos, decisiones y afectos más profundos, según la Biblia, es el verdadero baluarte en que ha de entrar como Rey el Señor, si de veras queremos sanear radicalmente el problema del mal.
La pasión "interior" que vivió Cristo. Este es el último Domingo antes de la Semana Santa. Es preciso prepararnos con mayor atención y estar despiertos con mayor amor a los misterios que verán nuestros ojos, y las palabras que bendecirán nuestro corazón, dándole salud y conversión. Y a ese propósito nos ayuda la segunda lectura: es como un vistazo al misterio "interior" de Cristo, allí donde su corazón experimentó dolor y miedo, y a la vez, amor y obediencia. Bien podemos decir que es la parte de la Pasión que más nos interesa, porque es allí donde también palpita el drama de nuestras propias cobardías frente al poder, violento o seductor, del mal. La pasión "externa", la de los azotes, clavos y cruz, la conocemos; pero ¿hemos contemplado con igual o mejor amor esta "pasión interior" de nuestro Redentor?
"Queremos ver a Jesús". Y ya que hoy hablamos así del corazón y sus misterios, reconozcamos en la súplica de aquellos griegos el anhelo más hondo de nuestro propio corazón. Si hacemos silencio, si por un instante nos apartamos de la tiranía del consumo y de las solicitaciones del bienestar oiremos que el alma nuestra, en su fondo más íntimo susurra: "¡quiero ver a Jesús!" Y el corazón del Padre se deja oír, mostrando que en ese Hijo Adorado y Adorable está todo el esplendor del universo. Y el Hijo mismo nos habla y señala con mano firme, aunque agobiada de dolor, en dónde es posible verle y reconocerle: "cuando yo sea levantado atraeré a todos hacia mí..."
Es allí en la Cruz donde se devela el misterio inagotable de un amor que no se acaba. Es allí, en la Cruz de Amores, donde un grito de gracia ha quedado vivo y patente para ser escuchado "en el cielo, en la tierra, en el abismo". Es allí donde nuestro corazón hallará su descanso y encontrará por fin saciedad para su súplica más honda y entrañable..
La Virgen del SI, nos acompañe en esta entrega diaria…
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«El que se ama a sí mismo, se pierde». Este evangelio, ciertamente impresionante, es preludio de la pasión. Algunos gentiles quieren ver a Jesús; su misión, que incluye, más allá de los límites de Israel, a todas las «naciones», sólo culminará con su muerte: únicamente desde la cruz (como se dice al final del evangelio) atraerá hacia Él a todos los hombres. El grano de trigo tiene que morir, si no queda infecundo; Jesús dice esto pensando en Él mismo, pero también, y con gran énfasis, en todos aquellos que quieran «servirle» y seguirle. Y ante esta muerte (cargando con el pecado del mundo) Jesús se turba y tiene miedo: la angustia del monte de los olivos le hace preguntarse si no debería pedir al Padre que le liberase de semejante trance; pero sabe que la encarnación entera sólo tendrá sentido si soporta la «hora», si bebe el cáliz; por eso dice: «Padre, glorifica tu nombre». La voz del Padre confirma que todo el plan de la salvación hasta la cruz y la resurrección es una única «glorificación» del amor divino misericordioso que ha triunfado sobre el mal (el «príncipe de este mundo»). Cada palabra de este evangelio está tan indisolublemente trenzada con todas las demás que en ella se hace visible toda la obra salvífica ante la inminencia de la cruz.
«Aprendió, sufriendo, a obedecer». Juan, en el evangelio, amortigua en cierto modo los acentos del sufrimiento; para él todo, hasta lo más oscuro, es ya manifestación de la gloria del amor. En la segunda lectura, de la carta a los Hebreos, se perciben por el contrario los acentos estridentes, dramáticos de la pasión. Jesús, cuando se sumergió en la noche de la pasión, «a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas» al Dios «que podía salvarlo de la muerte». Por muy obediente que pueda ser, en la oscuridad del dolor y de la angustia, todo hombre, incluso Cristo, debe aprender (crecer) de nuevo a obedecer. Todo hombre que sufre física o espiritualmente lo ha experimentado: lo que se cree poseer habitualmente, debe actualizarse, ha de re-aprenderse, por así decirlo, desde el principio. Jesús gritó a su Padre y el texto dice que fue «escuchado». Y ciertamente fue escuchado por el Padre, pero no entonces, sino solamente cuando llegó el momento de su resurrección de la muerte. Únicamente cuando el Hijo haya sido «llevado a la consumación» podrá brillar abiertamente la luz del amor ya oculta en todo sufrimiento. Y solamente cuando todo haya sido sufrido hasta el extremo, se podrá considerar fundada esa alianza nueva de la que se habla en la primera lectura.
«Meteré mi ley en su corazón». Una «nueva alianza» ha sido sellada por Dios, después de que la primera fuera «quebrantada». Mientras la soberanía de Dios era ante todo una soberanía basada en el poder -el Señor había sacado a los israelitas de Egipto «tomándolos de la mano»- y los hombres no poseían una visión interior de la esencia del amor de Dios, era difícil, por no decir imposible, permanecer fiel a la alianza. Para ellos el amor que se les exigía era en cierto modo como un mandamiento, como una ley, y los hombres siempre propenden a transgredir las leyes para demostrar que son más fuertes que ellas. Pero cuando la ley del amor está dentro de sus corazones y aprenden a comprender desde dentro que Dios es amor, entonces la alianza se convierte en algo totalmente distinto, en una realidad interior, íntima; cada hombre la comprende ahora desde dentro, nadie tiene necesidad de aprenderla de otro, como se aprende en la escuela: «Todos me conocerán, desde el pequeño al grande».
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