martes, 26 de julio de 2022

HOMILIA Domingo Decimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cC (31 de julio de 2022).

 Domingo Decimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cC (31 de julio de 2022).

PrimeraEclesiastés 1, 2; 2. 21-23; Salmo: Sal 89, 3-6. 12-14. 17; Segunda: Colosenses 3, 1-5. 9-11; Evangelio: Lucas 12, 13-21

Nexo entre las LECTURAS…

Los textos litúrgicos de este Domingo nos proponen dos modos de vivir (ser) y de estar (hacer) en el mundo. Está el modo de vivir del hombre viejo y está el modo de vivir propio del hombre nuevo… existe el hombre que busca las cosas de la tierra y el que busca las cosas del cielo (segunda lectura), aquel para quien todas las cosas son vanidad y para quien todo es providencia de Dios (primera lectura). El evangelio, por su parte, opone la vida de quien cifra todo en el tener, y atesora riquezas para sí, y la vida de quien funda su existencia en el ser, en el ser hijo de Dios y hermano de los demás, peregrino de la Patria celestial, es el que atesora riquezas delante de Dios. El salmo hace una advertencia severa de resistir a la tentación que es también una invitación positiva: “Hoy...” todo es posible. El pasado es pasado... el mal de ayer se acabó. Una nueva jornada comienza… ¿vas a empezar? Eh!

Temas...

Vivir para sí. Es un modo de estar en el mundo, de realizar la existencia en el arco de años entre el nacimiento y la muerte. Es un modo de pensar, de actuar, de relacionarse con los hombres y con las cosas. El punto de referencia de todo es el yo. El saber, el trabajo, el esfuerzo con sus buenos resultados aparecen, ante el yo, caducos y vanos. Pensando que el hombre es un ser para morir, no sirve saber, ni trabajar, ni amar o servir… todo es vanidad, humo que se lleva el viento menos lo que quiero ahora para mí. Cuando el yo es el centro de la vida, tenemos al hombre viejo, incapaz por sí mismo de salir de la tiniebla de su hermetismo, cada vez más sumergido en el fondo del vicio y del pecado, con la mirada cada vez más puesta en las cosas de la tierra sin la posibilidad de alzarla hacia las alturas. Hombre viejo, porque en cierta manera repite en su vida la historia antiquísima del primer Adán, del gusto del pecado y de la caída original. Por otra parte, el yo es sumamente pobre dejado en sus propias manos, porque privilegia el tener y el aparecer. ¿Hay algo más efímero y frágil que esas dos realidades? ¿Cómo se puede fundar una existencia sobre algo que hoy es y mañana desaparece? ¿Cómo se puede mirar de frente a la meta, cuando los grandes valores que han regido la vida han sido los bienes materiales y las apariencias, olvidando el umbral del más allá? Con razón se puede aplicar a quien vive para sí las palabras de Jesús en la parábola del texto evangélico: "¡Insensato! Esta misma noche te reclamarán el alma. Las cosas que has acumulado, ¿para quién serán?". Así es quien atesora riquezas para sí, quien centra en sí su propio vivir y actuar entre los hombres.

Vivir delante de Dios. Dios no es, a decir verdad, el antagonista del yo, de la realización personal. ¡De ninguna manera! Pero la sabiduría eterna nos enseña que la propia realización consiste y se lleva a cabo por el camino del vivir para Dios, de vivir a los ojos de Dios. El trabajo y el saber, a los ojos de Dios, tienen un sentido y un destino providenciales, más allá de los límites de la esfera mundana. Todo lo que uno hace por Dios en este mundo lo trasciende y habita, purificado y elevado, en la eterna morada de Dios. Vive ante Dios y para Dios el hombre nuevo, que ha sido rehecho por Cristo mediante el bautismo a su imagen y semejanza, que ha sido circuncidado no en su carne sino en su corazón, y viviendo delante de Dios vive sin miedo a la muerte, que cree es la puerta a una existencia nueva de la que ya se participa, aunque sea de modo muy incipiente. Por eso, el hombre nuevo tiene los pies bien puestos en la tierra y en los quehaceres de este mundo, con la mirada y el corazón están puestos arriba, en el cielo, hacia donde camina con fe, confianza y esperanza, amando y sirviendo como lo hizo el Señor Jesús. Quien vive para Dios no se enajena del mundo, no lo desprecia ni lo odia, porque es la casa que el Padre le ha dado para que en ella habite. Trabaja como todos los demás, gasta sus fuerzas para producir riqueza, pero tiene un corazón puro y desprendido y sabe muy bien que los bienes de este mundo tienen un destino universal, y no pueden ser injustamente acaparados en pocas manos (Laudato Si). En vez de decirse a sí mismo: "Descansa, come, bebe, banquetea", piensa más bien en cómo ayudar para que los hombres todos, sobre todo quienes están más cerca de su vida, tengan su oportuno descanso, dispongan de alimentos y puedan sanamente disfrutar de lo necesario para un banquete de fiesta, como María en Caná de Galilea.

Sugerencias...

El hombre (horizontal) centrado en el dinero y en el bienestar. Hemos de afirmar que el hombre materialista carece de futuro. Hay gente que dice: "Con el dinero puedes hacer todo lo que quieras; el dinero abre todas las puertas". No es verdad. Con dinero no obtienes la felicidad, aunque a ratos puedas ser feliz. Con dinero no obtienes el amor, aunque puedas pagar hacer cosas que el mundo llama amor. El dinero no te hace virtuoso, más bien abre con no poca frecuencia la puerta al antro del vicio. Lo reconozcamos o no, todos pretendemos un futuro más feliz, pero este futuro no lo encontraremos en una cuenta de dinero abundante… lo encontrarás dentro de ti, en el interior de tu conciencia, en la paz interior en comunión con Dios y con el prójimo. Sobre todo, no tiene futuro, porque el "hombre horizontal" no es ciudadano del cielo, le falta el pasaporte y ante la muerte y el juicio de Dios las cosas no cuentan. ¿Por qué no cambiar el "hombre horizontal" en "hombre espiritual", en hombre en gracia, guiado y configurado por la acción del Espíritu Santo? Sabemos que no es fácil, pero es posible con la ayuda de la gracia y es deseable por el Don de Dios. Son muchos quienes lo han hecho, los santos… consideremos su vida e imitemos su ejemplo.

La segunda lectura entrega la conclusión general: «Aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra». Pero el “Bien” no son los tesoros, los méritos o las recompensas que nosotros hemos acumulado en el cielo, sino simplemente «Cristo». Él es «nuestra vida», la verdad de nuestro ser, pues todo lo que somos en Dios y para Dios se lo debemos sólo a Él, lo somos precisamente en Él, «en quien están encerrados todos los tesoros» (Col 2,3). «Déjense construir» sobre Él, nos aconseja el apóstol (v. 7), aunque con ello el sentido esencial de nuestra vida permanezca oculto para los ojos del mundo. Debemos «dar muerte» a todas las formas de la voluntad de tener enumeradas por el apóstol (vicios), y que no son sino diversas variantes de la concupiscencia… y esta muerte es un nacimiento: un «revestirnos de una nueva condición», un llegar a ser hombres nuevos. En esta nueva condición desaparecen las divisiones que limitan el ser del hombre en la tierra («esclavos o libres»), mientras que todo lo valioso que tenemos en nuestra singularidad (Pablo lo llama carisma) contribuye a la formación de la plenitud definitiva de Cristo (Ef. 4,11-16).

Nuestra señora de las bodas de Caná, ruega por nosotros.

lunes, 11 de julio de 2022

HOMILIA Domingo Decimosexto del TIEMPO ORDINARIO cC (17 de julio de 2022).


 Domingo Decimosexto del TIEMPO ORDINARIO cC (17 de julio de 2022).

PrimeraGénesis 18, 1-10a; Salmo: Sal 14, 2-5; Segunda: Colosenses 1, 24-28; Evangelio: Lucas 10, 38-42

Nexo entre las LECTURAS…

La primera lectura y el evangelio hablan claramente de la hospitalidad. Se nos habla de Abraham que, descansando a la hora de más calor, ofrece un hospedaje espléndido. Se nos habla de Marta de Betania que acoge a Jesús y a sus discípulos en su casa, y de María, su hermana, que acoge como discípula atenta la palabra de Jesús en su corazón. El texto de la carta a los colosenses presenta a Pablo que hospeda en su cuerpo y en su alma al Cristo Crucificado para completar las tribulaciones de Cristo en su cuerpo, que es la Iglesia. El salmista muestra que Dios es el Hospedero por excelencia y que nos invita a entrar, hagamos el bien con rectitud e imitemos a Dios hospedando a los demás.

Temas...

Hospitalidad y bendición. Es sabido que la hospitalidad era, entre los nómadas, la virtud por excelencia. En cierta manera, gozaba de un cierto carácter sagrado e inviolable, digno del máximo respeto. El relato de la primera lectura narra la hospitalidad de Abraham para con tres personajes misteriosos, pero se trata de una hospitalidad que va acompañada de una bendición sorprendente y a contrapelo de las leyes naturales. Llama la atención en este texto el hecho de que Abraham se dirige a los tres personajes en singular: "Señor mío, si te he caído en gracia, no pases de largo cerca de tu servidor". Para Abraham esos personajes son mensajeros (ángeles) de Dios, que vienen a anunciarle algo de parte de Yahvé. La narración tiene, por tanto, apariencias de ser una teofanía, en la que Abraham acoge y hospeda generosa y gozosamente a Dios bajo el rostro de tres delegados suyos. El mensaje de Dios no se hace esperar, y es de bendición: "Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo". ¿Qué otra mejor bendición podría esperar Abraham que la descendencia, que hasta ahora le había sido negada por la esterilidad de su mujer? Ahora se le pide a Abraham acoger sin titubeos, con absoluta confianza, esta bendición de Dios. Y Abraham acogió de nuevo esta palabra de bendición y Dios le dio un hijo en su vejez. Hospedar generosamente el misterio de Dios, hospedar confiadamente su palabra y, consiguientemente, tener la seguridad de que Dios bendecirá nuestra existencia.

Dos formas de hospedar al amigo. Estas dos formas están simbolizadas por Marta y María. Son dos formas buenas, aunque la segunda sea la necesaria (y no la primera). Marta hospeda a Jesús y a sus discípulos en su casa. De esta manera, les muestra primeramente su aprecio y amistad, les protege además del calor ardiente del desierto que acaban de atravesar para llegar hasta Betania, y les da de beber y comer para reparar sus fuerzas, gastadas por la larga y fatigosa caminata. María hospeda a Jesús escuchando su palabra, sentada a sus pies, como una discípula entusiasta que no quiere perderse ni ‘una gota’ de las enseñanzas del Maestro. Este hospedaje interior, espiritualmente activo, es estimado por Jesús de más valor que el hospedaje externo, centrado en la preparación de la mesa para una comida de hospitalidad. Por eso Jesús le dice a Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola". Jesús no desprecia la hospitalidad de Marta, la considera valiosa. Pero a la vez le recuerda que hay otra hospitalidad más importante e invita a Marta a practicarla.

Pablo, anfitrión del Crucificado. María ha hospedado la palabra de Jesús. Pablo hospeda la cruz de Jesús, o mejor, al Crucificado. "Completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo". Aunque el huésped sea un Crucificado, Pablo no se espanta ni se angustia, lo acoge con alegría porque sabe por experiencia que en Cristo crucificado está la esperanza de la gloria para él y para todos los cristianos. Para Pablo, Cristo crucificado no es un huésped obligado, molesto, sino la razón de su existir y de su misión. Dirá: "Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí". Marta acoge en su casa al Amigo bueno y sumamente apreciado, María acoge al Maestro que tiene palabras de vida, Pablo hospeda al Redentor, a quien con su pasión, muerte y resurrección redime al hombre de sus pecados, lo salva de sí mismo. La hospitalidad de Pablo culmina, como en el caso de Abrahán, en bendición, en la bendición suprema.

Sugerencias...

La Visita de Dios. Hay un tema que une la primera lectura y el evangelio de hoy: las visitas. En el primer caso, hay una visita de Dios a la casa de Abrahán y Sara; en el segundo, una visita de Jesús a la casa de sus amigos Marta, María y Lázaro. Meditemos por un instante en eso: Dios que visita mi vida, mi casa, mi mente. ¿Lo ha hecho? ¿Lo he vivido? ¿Estaba yo para recibirlo?

En ambos casos, la visita trae una transformación. Esto es muy evidente en la lectura del Génesis, pues el fruto de ese "paso" de Dios es una victoria sobre la esterilidad de esta pareja, que ya es anciana. Como resultado de aquella visita divina vendrá el hijo, Isaac. La transformación es menos evidente en el Evangelio, pero no menos importante. Cristo regala su palabra luminosa en casa de estas hermanas. Esa palabra eficaz hace una obra creadora y redentora en nosotros: nos transforma. Precisamente, porque Cristo no quiere que se pierda esa obra, aprueba y ensalza la actitud de María, hermana de Marta: acogiendo la palabra, que en realidad es la manera de recibir realmente la visita, se está dejando transformar por el poder de Dios en su interior. Preguntémonos si estamos en disposición de ser transformados interior y exteriormente por Dios, por la visita de Dios.

Nuestro Dolor y el de Cristo. La segunda lectura de hoy abre un par de temas distintos, muy profundos y quizá poco predicados en nuestro tiempo. Por una parte, Pablo dice a los fieles de Colosas que completa lo que falta a la pasión de Cristo, y ello nos remite a la realidad y al significado del sufrimiento del cristiano. Por otra parte, ese dolor tiene un valor a favor de la Iglesia. Hay un modo un poco superficial de mirar la redención; un modo que lo suelen predicar iglesias evangélicas tipo "secta." Según ese estilo de predicación, ser salvado significa "parar de sufrir" (así se hace propaganda, por ejemplo). Frente a ese modelo simplista está la enseñanza del apóstol: estar unido al misterio de Cristo es también estar unido al misterio de su amor que se entrega, y ello implica el camino de la Cruz.

El otro aspecto que mencionábamos se sigue como lógica consecuencia: si estamos unidos al dolor y al amor de Cristo, nuestro dolor y nuestro amor no tienen otra finalidad ni otro desenlace que lo que Él quiso y por lo que Él sufrió. Tal finalidad o meta no es otra sino la salud y el bien de su Iglesia. Por eso nuestro sufrimiento, unido al de Cristo, edifica a la Iglesia y la defiende y embellece.

Virgen María y San José que fueron huésped en Egipto, rueguen por nosotros.

p. angel

lunes, 4 de julio de 2022

HOMILIA Domingo Decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cC (10 de julio de 2022).


 Domingo Decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cC (10 de julio de 2022).

PrimeraDeuteronomio 30, 10-14; Salmo: Sal 68, 14. 17. 30-31. 36-37; Segunda: Colosenses 1, 15-20; Evangelio: Lucas 10, 25-37

Nexo entre las LECTURAS…

La ‘cuestión’ Jesús podría ser el centro de convergencia de los textos litúrgicos. Jesús es una grande pregunta y la Biblia nos ofrece una grande respuesta. En el Evangelio Jesús se autopresenta como el buen samaritano, disponible para cualquier necesidad, allí donde exista y sea quien sea el necesitado. La primera lectura nos habla de la Palabra cercana, en los labios y en el corazón, y esa Palabra cercana se identifica con Jesús, el Dios-hombre, que nos habla con palabras de hombre. En la carta a los colosenses, en un antiguo y bello himno cristológico, Jesús es cantado como el primogénito de toda la creación, a quien todo hace referencia y en quien todo encuentra plenitud.

Temas...

En cada celebración de Misa se da el sentido profundo y verdadero de la parábola del “buen Samaritano”.

El buen samaritano, sobrenombre de Jesús. La parábola del buen samaritano no es sólo un tesoro cristiano, pertenece a la riqueza de la humanidad (Fratelli tutti). Tal vez no sea exagerado decir que no hay hombre que no la conozca, que no haya pretendido interpretarla alguna vez en su propia vida. Cabe destacar, por ello, que no es una parábola hecha vida, sino una vida hecha parábola, y por eso se puede decir que el buen samaritano es un sobrenombre de Jesús. A la pregunta del escriba sobre quién es su prójimo, Jesús habría podido responder directamente: "Yo soy" prefirió, sin embargo, escoger el camino parabólico y hacer de la narración un espejo de su existencia, enteramente entregada al hombre por amor. Verdaderamente Jesucristo es el prójimo de todo hombre, es decir, cercano, accesible, disponible, acogedor, próximo en cualquier situación o circunstancia humanas. Una perspectiva interesante para leer los evangelios podría ser ésta de la proximidad, adoptando como punto de partida el gran misterio de la encarnación, por la que Dios se hace próximo al hombre en Jesús de Nazaret en el seno de la Sagrada Familia. Jesús está próximo a los niños, a los enfermos, a los discípulos, a los inquietos, a los poderosos, a los pobres y necesitados, a todos. La proximidad de Jesucristo al hombre forma parte del misterio de la encarnación y del nacimiento.

Jesús, Palabra cercana. Para el Deuteronomista la Palabra es la revelación de Dios primeramente en el Sinaí y ahora en la llanura de Moab. Una revelación divina que no es algo principalmente extrínseco, sino que realmente es una Palabra interior, de la que todo seguidor de Jesucristo se apropia hasta llegar a hacerla suya. Una Palabra y una revelación que adquieren rostro y nombre propios en Jesucristo. Él (Jesús) es la Palabra hecha carne. Él es la Palabra que resuena en todas las palabras de la Biblia. Él es la Palabra que, por obra del Espíritu Santo, se adentra en el alma del creyente hasta anidar en ella, convirtiéndola en su morada. Está en nuestros labios la Palabra, porque cuando leemos la Escritura leemos a Cristo en ella. Está en nuestro corazón, porque la Palabra no es un sonido hueco, tampoco un mero contenido ético, sino una persona, a la que se conoce y ama en la intimidad, por la vía del corazón. Para un cristiano, esa palabra cercana e interior, que está en sus labios y en su corazón es Jesucristo. Él es la Palabra que nos aproxima al conocimiento y a la intimidad de Dios, que nos aproxima al verdadero conocimiento de nosotros mismos y del sentido de toda la creación.

Jesús, primogénito de la creación. El himno de la segunda lectura recurre a varias imágenes para responder a la cuestión Jesús. Jesús es la imagen visible del Dios invisible, es el primogénito, es decir, el arquetipo de toda creatura: punto de referencia, por tanto, del cosmos y de la historia. En definitiva, la creación entera mira hacia Jesucristo como a su modelo, su razón de ser, su último destino. Por eso, el himno de la carta a los colosenses nos dice que en Jesús reside toda la plenitud. Finalmente, aplica a Jesús otros dos nombres: cabeza del cuerpo, que es la Iglesia, o sea, centro de cohesión y de dirección de los cristianos, y primogénito de entre los muertos: Aquel en quien anticipadamente se nos muestra el destino final de todos los hombres que buscan sinceramente a Dios. Como primogénito de la creación, todo lo engloba, todo lo configura, todo lo sella con su imagen y con su amor.

Por la verdad de Jesús “buen Samaritano” y presente en cada Eucaristía es que se hace necesario un adentrarse en la Liturgia para comprenderla, vivirla, estudiarla y propagarla (última carta apostólica del Papa)

Sugerencias...

Haz tú lo mismo. Jesús es el buen samaritano, es el hombre más próximo a todo hombre y a todos los hombres. La grandeza de la vocación cristiana está en que Jesús no nos dice: "ve y enseña tú lo mismo", sino "ve y HAZ tú lo mismo". Como nos dirá el apóstol Santiago: "La fe sin obras es una fe muerta". Hoy cada cristiano es llamado a repetir a Jesús en su vida, a hacer del buen samaritano un propio sobrenombre. Jesús dice a algunos cristianos: Haz tú lo mismo en tu casa: con tu mamá que está enferma; con tu vecino, que es anciano y no puede valerse por sí mismo para muchas cosas; con tu hijo que tuvo un accidente y habrá de vivir el resto de su vida impedido… las obras de misericordia, dice el Papa. Haz tú lo mismo cuando vas por la calle, dando limosna con gusto a quien te la pida, informando amablemente a quien te pregunta por una dirección o por el nombre de un negocio; ve y haz tú lo mismo cuando vas en el ómnibus, autobús o en el metro, cediendo el asiento a los ancianos, a las madres con niños pequeños, a los impedidos, siendo respetuoso y dueño de ti mismo cuando el autobús va lleno y te empujan por todas partes o incluso intentan robarte. Haz tú lo mismo: esta llamada la deberíamos tener presente en nuestra mente y en nuestro corazón a lo largo del día, todos los días. Una vocación que posee un potencial enorme de creatividad y de impulsos nuevos, con la ayuda del Espíritu Santo, a la acción en favor de nuestros hermanos los hombres. Haz tú lo mismo: es la invitación del Señor que es capaz de fraguar un mundo nuevo y mejor. ¿Responderemos? Rezando, dirijamos la mirada y el corazón a los mártires… son lo que hicieron lo mismo que Jesús…

Una Palabra dirigida a ti. Toda la Biblia es Palabra de Dios. Las palabras humanas en que está escrita la Biblia son como sonidos que llegan a nuestros oídos, entran dentro de nosotros y a través de ellos escuchamos la Palabra de Dios, su mensaje de verdad, de amor, de auténtico humanismo cristiano (Evangelii Gaudium). Es una Palabra dirigida a todos, porque todos la podemos entender y a todos nos puede abrir las puertas de la salvación. Pero sobre todo es una Palabra dirigida personalmente a cada uno, (a Vos). Puede suceder que, cuando tú lees un texto de la Biblia, haya otros leyendo el mismo texto en algún otro lado del planeta, pero es seguro que el mensaje será absolutamente personal, dirigido a cada uno, con su nombre. Cuando en la liturgia de la Palabra, en la Misa, se hacen las lecturas y se responde con el Salmo, todos los presentes escuchamos lo mismo, pero en cada uno resuenan de modo diferente y a cada uno envían mensajes particulares. Para la Palabra de Dios no cuenta el número, sino la persona, cada persona en su carácter único, irrepetible y diverso de todas las demás. En los Padres de la Iglesia se decía que la Escritura es como una carta que Dios escribe a cada hombre. No una carta protocolaria o puramente administrativa, sino una carta de un Padre a su hijo, una carta donde el Padre habla de sí mismo con gran sencillez, pero al mismo tiempo manifestando sus pensamientos y deseos más íntimos. Escucha esa Palabra de Dios para ti, en ella te va la vida y la felicidad, en ella se te da la clave para vivir dando sentido a tu existencia. ¡Es Palabra de Dios!

lunes, 27 de junio de 2022

HOMILÍA Domingo Decimocuarto del TIEMPO ORDINARIO cC (03 de julio de 2022).

 Domingo Decimocuarto del TIEMPO ORDINARIO cC (03 de julio de 2022).

PrimeraIsaías 66, 10-14; Salmo: Sal 65, 1-3a. 4-7a. 16. 20; Segunda: Gálatas 6,14-18; Evangelio: Lucas 10, 1-12. 17-20

Nexo entre las LECTURAS…

Buscar en todo el fin: esta expresión puede ayudarnos a reunir el mensaje de los textos litúrgicos. El fin de la misión de los setenta y dos no es el éxito, sino que los llena de alegría saber que están colaborando con Dios en hacer un mundo diferente, están participando en la transformación del mundo y por eso "sus nombres están escritos en el cielo", (dice el evangelio) término de toda esperanza humana. También el texto del profeta Isaías, que tiene como característicos dos elementos: la fecundidad y abundancia, por una parte, y la consolación, por otra, ve anticipadamente el fin de todos sus sueños: la ciudad de Jerusalén que reúne a todos sus hijos, como una madre (primera lectura). A esto nos une el salmista, que dice: "¡Aclamen! ¡Celebren! ¡Canten! ¡Vengan! ¡Miren! ¡Den gracias! No, no estamos a merced de los poderes del mal. ¡Dios es Dios! Y "creemos" en la acción victoriosa de Dios. Decimos los cristianos ‘Creo en la Resurrección y en la vida eterna’. ¡"Bendito sea Dios que nos salva"! Y San Pablo con su palabra, dándonos consejos y recomendaciones (segunda lectura), nos anuncia que la existencia cristiana no tiene otro fin sino el de apropiarse la vida de Cristo en toda su realidad histórica, especialmente en el misterio de la cruz... para participar de la Vida junto a Él.

Temas...

Inscritos en el libro de la vida. Los 72 discípulos de Jesús, símbolo de los cristianos esparcidos por el mundo, en cuanto que 72 son todos los pueblos de la tierra (ver en Gén 10), están contentos de la misión cumplida y llegan a Jesús para contarle sus proezas misioneras. Jesús los escucha, pero a la vez les hace caer en la cuenta de algo importante: las hazañas misioneras no tienen valor en sí mismas, lo que realmente ‘vale y nos debe alegrar’ profundamente es nuestro destino eterno con el Dios de la vida. Esta búsqueda gozosa del verdadero fin de la existencia explica y da sentido a la alegría, en sí legítima y razonable, por los éxitos apostólicos, al igual que da sentido a los sufrimientos y adversidades en el desarrollo de la misión cristiana. El discípulo-misionero, en efecto, no predica realidades sensiblemente captables y atractivas… predica que el Reino de Dios ya ha llegado, predica la paz mesiánica, predica en medio de un mundo no pocas veces hostil y reacio a los valores del Reino, predica valiéndose y poniendo su confianza más que en los medios humanos en la fuerza misteriosa de Dios. Indudablemente, el éxito en términos temporales no es un elemento esencial en la vida del misionero.

Madre de consolación y de paz. Cuando el autor de este fragmento del libro de las profecías de Isaías escribe este bellísimo texto, la dispersión judía es una grandeza extendida por todo el imperio persa y por el mediterráneo. El profeta, bajo la acción del Espíritu divino, sueña con un pueblo unido y unificado en la ciudad mística de Jerusalén. Con ojo alerta en Dios mira hacia el futuro y prevé poéticamente el momento gozoso de la reunificación. Lo hace recurriendo a la imagen de una madre de familia que reúne, entorno a sí, a todos sus hijos, tiene tiernamente en sus brazos al más pequeño y le alimenta de su propio pecho. Todos, al reunirse de nuevo con la madre, se llenan de consuelo y se sienten como inundados por una grande paz. Esta Jerusalén, madre de consolación y de paz, simboliza al Dios del consuelo, simboliza a Cristo, que es nuestra paz, simboliza a la Iglesia en cuyo seno todos somos hermanos y de cuyo amor brota la paz de Cristo que dura para siempre. Muestra maravillosamente el lugar de la bienaventurada Virgen María en el plan de salvación. Y la Iglesia, está llamada a ser, como la Virgen, madre de consolación y de paz para todos los pueblos.

Llevo en mi cuerpo la marca de Jesús. Para un cristiano, nos dice San Pablo, carece de valor estar o no circuncidado, lo que vale es ser una nueva creatura. Todo ha de estar subordinado a la consecución de este fin. San Pablo es consciente de haberlo conseguido, pues lleva en su cuerpo la marca de Jesús. Es decir, lleva en todo su ser una señal de pertenencia a Jesús, como el esclavo llevaba una señal de pertenencia a su patrón, o como en otros grupos, en que los miembros llevaban en sí una señal de pertenencia. Como Pablo, así deben ser todos los cristianos, por eso puede decirles: "Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo". Este es, además, el fin de la misión de Jesucristo: que el hombre se apropie la redención operada por Jesucristo y llegue así a ser y a manifestar a los demás que es pertenencia de Dios. ¿Llevas grabado, en tu mismo ser, la marca de Jesucristo?

Sugerencias...

Cristiano, o sea, misionero. La imagen del cristiano que va a Misa, cree en los dogmas de fe y cumple con los mandamientos, es incompleta… Ser cristiano es tener una misión y realizarla con celo y ardor en los quehaceres de la vida y en la amplísima gama de tareas eclesiales hoy existentes (Aparecida). Más aún, el sentido de misión es el estímulo más fuerte para creer y vivir la fe, para cumplir con los mandamientos de Dios y de la Iglesia. En el Catecismo se lee: "Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es ‘enviada’ al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. ‘La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado" (CIC 863). Si amamos filialmente a la Iglesia, no dudemos de que la mejor manera de expresarle nuestro amor sea mediante nuestro espíritu misionero. Y misionero significa conciencia viva de ser enviado y de discípulo; si bien este envío puede ser al vecino de casa, al cliente en el trabajo, al que encuentro en la parada del autobús o del semáforo, a la joven pareja que se prepara para el matrimonio... Hoy en día misionar no es únicamente marchar a un país lejano a predicar la fe y el estilo de vida de Cristo, es también una tarea que se lleva a cabo en el propio barrio, en las plazas de la ciudad e incluso entre las paredes del propio hogar. PERO sin dejar de ser “ir” a lugares donde el evangelio de Jesús no es conocido… nos alienta el ejemplo de los mártires del Zenta, el Padre Pedro Ortiz de Zárate, vicario de Jujuy, el sacerdote jesuita Antonio Solinas y sus acompañantes criollos y aborígenes que salieron y dejaron todo para mostrar el inmenso amor a Dios y de Dios y que esperaban participar de los bienes prometidos en el cielo.

La misión puede más que el miedo. Sigue siendo ejemplo lo sucedido en 1683 al norte de nuestra Patria y parafraseando a san Juan Pablo II podríamos decir: "No tengan miedo de ser misioneros". Porque, a decir verdad, algunas veces al menos nos atenaza el temor, el respeto humano, el ‘qué pensarán’ y el ‘qué dirán’, hasta a veces en el seno del presbiterio, en las mismas comunidades religiosas y hasta con el Obispo. Es propio de la naturaleza caída (decimos humano) sentir miedo, pero la misión ha de superar y sobrepasar nuestros temores. El futbolista ya no tiene miedo de hablar de fútbol, ni el médico o el maestro de hablar de realidades de su vocación/ profesión. Conociendo las distancias con los ejemplos: ¿Hemos de tener miedo, los cristianos, de hablar de Cristo: su persona, su vida, su verdad, su amor, su misterio?, decimos con san Pablo VI: “hablar de él es lo que más me gusta” La fe y la misión comienzan en el corazón, eso es verdad, pero han de terminar en los hechos y en los labios, afirmamos esto con santa Teresita y con san Francisco Javier.

Debemos orar mucho, mucho, mucho, porque todos, para la misión, debemos recibir la fuerza que viene de lo alto, el Espíritu Santo, y vencer, con la ayuda de la gracia, cualquier muestra de miedo ¡Es nuestra hora! ¿La dejaremos pasar?, nos interroga el Papa Francisco. También ustedes, maestros y educadores cristianos, que tienen en sus manos la niñez y la adolescencia, ¡sean misioneros en la escuela! ¿Podremos permitir que el miedo prevalezca sobre nuestra misión cristiana? Nuestra misión ha de ser nuestra corona y nuestra gloria.

lunes, 13 de junio de 2022

HOMILIA Solemnidad del SANTÍSIMO CUERPO y SANGRE DEL SEÑOR cC (19 de junio de 2022)


 Solemnidad del SANTÍSIMO CUERPO y SANGRE DEL SEÑOR cC (19 de junio de 2022)

PrimeraGénesis 14, 18-20; Salmo: Sal 109, 1. 2. 3. 4; Segunda: 1 Corintios 11, 23-26; Evangelio: Lucas 9, 11b-17

Nexo entre las LECTURAS

Las lecturas del ciclo C nos presentan a Melquisedec, el misterioso sacerdote de Salem (Jerusalén), que ofrece pan y vino a Abrahán, que vuelve de una batalla. El NT ve en Melquisedec una figura profética de Cristo Jesús, del que en el evangelio leemos que ofrece alimento a la multitud, cansada y hambrienta, multiplicando los panes y los peces. Este hecho Lucas lo cuenta con terminología "eucarística", aunque evidentemente todavía no se tratara del sacramento cristiano: lo hace para que sus lectores sepamos reconocer el alimento —"la fracción del pan"— que Jesús, ahora Resucitado, ofrece a su comunidad. Pablo nos cuenta cómo en la última Cena Cristo dejó como herencia este entrañable sacramento, memorial y participación de su muerte pascual, signo eficaz de su propia donación como alimento.

Estas lecturas nos hacen entender lo que significa la Eucaristía. En ella, Jesús, el Señor, presente continuamente a su comunidad, nos ofrece su propio Cuerpo y Sangre como alimento. Esto, en la celebración, nos lleva a comulgar con él. Y en el sacramento permanente del sagrario, en el que él prolonga su oferta, nos invita a continuar también nosotros la oración, la alabanza y la atención gozosa a esta presencia.

Cristo, nuestro alimento. Como Abrahán vendría cansado de su expedición; como la multitud, al caer de la tarde, estaría cansada y hambrienta; así nosotros, en nuestra vida, necesitamos alimento. Cristo mismo ha querido ser nuestro "viático", nuestro "alimento para el camino".

La fiesta de hoy nos debe llevar: a) a cuidar más la celebración de la Eucaristía; b) y, también, a no descuidar algunos de los signos, clásicos o más actuales, de adoración al Santísimo, personal y colectiva, que nos pueden ayudar: - a prolongar el clima de la celebración pasada; - a preparar la próxima con una actitud más consciente, y a dar a nuestra jornada o a nuestra semana el tono de comunión de vida con Cristo Jesús, que es la finalidad tanto de la celebración como del culto fuera de la celebración.

Temas...

«Jesús alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre los panes y los partió». El misterio de la festividad de hoy, como el de todas las grandes solemnidades que siguen a Pentecostés y a la Santísima Trinidad, es un misterio trinitario. El evangelio lo representa primero en la imagen de la multiplicación de los panes. Esta no es un truco de magia; para realizarla, Jesús levanta primero los ojos al cielo, en una oración de petición y acción de gracias (eucharistia) a un tiempo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado», pues su auto prodigalidad en los panes será un signo de cómo el amor del Padre entrega total e incondicionalmente su Hijo al mundo; después bendice el pan, pues el Padre ha confiado todo al Hijo, incluso el poder de pronunciar la bendición del cielo; y finalmente lo parte, gesto que alude tanto a su quebrantamiento en la pasión como a la infinita multiplicación de sus dones que el Espíritu Santo realiza en todas las celebraciones eucarísticas, y con ello se hace visible simbólicamente que el amor trinitario se hace presente en el don eucarístico de Jesús.

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes». En las concisas palabras de la institución de la Eucaristía, que se recogen en la segunda lectura, se encuentra oculta la inagotable plenitud del don del amor divino. Es como si se levantara una piedra y surgiera una fuente que jamás se agota. Pablo refiere aquí únicamente lo que ha oído a los primeros discípulos, pues en este punto no osaría añadir nada de su propia cosecha. El contexto de la acción de Jesús, en «la noche en que iba a ser entregado», es esencial; en último término es el Padre quien lo entrega: en la cruz por los hombres y en la Eucaristía, igualmente por nosotros. Por eso Jesús pronuncia la oración de acción de gracias: porque el Padre hace esto, porque él mismo puede hacerlo con él y porque el Espíritu Santo lo realizará continuamente en el futuro. Jesús no sólo distribuye el pan partido que es él mismo, sino que da a los que lo reciben, como supremo cumplimiento del don, la orden y el poder de repetirlo ellos mismos en el futuro. No al margen de su entrega, de su sacrificio, sino «en memoria suya», para que así su don nunca sea algo puramente pasado, algo que se recuerda sin más, sino que siga siendo un presente siempre nuevo por el que se dan gracias al Padre elevando los ojos hacia él, y en nombre del Hijo y con la fuerza del Espíritu Santo se parte y se come el pan. La partición del pan eucarístico es inseparable del desgarramiento de la vida de Jesús en la cruz: por eso toda celebración eucarística es «proclamación de la muerte del Señor» por nosotros. Pablo no necesita mencionar la resurrección, pues ésta está contenida como algo evidente en el hecho de que la muerte de antaño sólo puede hacerse presente si esa muerte era ya una obra de la vida del amor supremo.

«Melquisedec ofreció pan y vino». El gesto del rey de Salem en la primera lectura es un arquetipo sumamente significativo para judíos y cristianos. Pues antes de que se instituyera en Israel el ritual de los sacrificios, el ofrecimiento de plantas y animales, existió ya esta sencilla ofrenda de pan y vino por parte de un rey de Salem, que no era aún la Jerusalén que llegaría a ser después. Melquisedec es un misterioso rey—sacerdote que (según la carta a los Hebreos) preludia ya, más allá del sacerdocio pasajero de Leví, el sacerdocio de Jesús. Lo primigenio (alfa) remite a menudo más claramente a lo definitivo (omega) que los estadios intermedios, de los que no hace falta ser conscientes.

Sugerencias...

Hoy es el día más grande para el corazón de un cristiano, porque la Iglesia, después de festejar el Jueves Santo la institución de la Eucaristía, busca ahora la exaltación de este augusto Sacramento, tratando de que todos lo adoremos ilimitadamente. «atrévete todo lo que puedas»: ésta es la invitación que nos hace santo Tomás de Aquino en un maravilloso himno de alabanza a la Eucaristía. Y esta invitación resume admirablemente cuáles tienen que ser los sentimientos de nuestro corazón ante la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Todo lo que podamos hacer es poco para intentar corresponder a una entrega tan humilde, tan escondida, tan impresionante. El Creador de cielos y tierra se esconde en las especies sacramentales y se nos ofrece como alimento de nuestras almas. Es el pan de los ángeles y el alimento de los que estamos en camino. Y es un pan que se nos da en abundancia, como se distribuyó sin tasa el pan milagrosamente multiplicado por Jesús para evitar el desfallecimiento de los que le seguían: «Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que habían sobrado: doce canastos».

Ante esa sobreabundancia de amor, debería ser imposible una respuesta floja. Una mirada de fe, atenta y profunda, a este divino Sacramento, deja paso necesariamente a una oración agradecida y a un encendimiento del corazón. San Josemaría solía hacerse eco en su predicación de las palabras que un anciano y piadoso prelado dirigía a sus sacerdotes: «Trátenlo bien».

Un rápido examen de conciencia nos ayudará a advertir qué debemos hacer para tratar con más delicadeza a Jesús Sacramentado: la limpieza de nuestra alma —siempre debe estar en gracia para recibirle—, la corrección en el modo de vestir —como señal exterior de amor y reverencia—, la frecuencia con la que nos acercamos a recibirlo, las veces que vamos a visitarlo en el Sagrario... Deberían ser incontables los detalles con el Señor en la Eucaristía. Luchemos por recibir y por tratar a Jesús Sacramentado con la pureza, humildad y devoción de su Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

lunes, 6 de junio de 2022

HOMILIA Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cC (12 de junio 2022) P. ANGEL



Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cC (12 de junio 2022)

PrimeraProverbios 8, 22-13; Salmo: Sal 8, 4-5. 6-7. 8-9; Segunda: Romanos 5, 1-15; Evangelio: Juan 16, 12-15

Nexo entre las LECTURAS.

Los textos litúrgicos nos muestran la Trinidad en “acción”. Una revelación que se va desplegando, poco a poco, desde la personificación de la Sabiduría (primera lectura) ... después, Jesucristo, en el evangelio, nos adentra en la revelación de la Trinidad contándonos la interacción entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y, por último, el texto de la carta a los Romanos muestra las consecuencias de la obra de Dios Trino en la vida de los cristianos, por obra –sobre todo– del Espíritu.

Temas...

Dios SE nos revela. Ninguna inteligencia humana, incluso la más elevada y perfecta, puede conocer por sí misma el misterio de la vida trinitaria. Ninguna filosofía puede desvelar por vía especulativa que Dios es simultáneamente uno y trino. Ninguna religión puede descorrer el velo del santuario en el que mora la realidad misma de Dios, Verdad, Amor y Vida. Lo que sabemos del Dios vivo y verdadero nos viene por autorrevelación: "Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad" (Dei Verbum 2). En la historia de la salvación, Dios se ha revelado primeramente como creador y como providencia sobre todas sus criaturas (primera lectura). El texto evangélico nos enseña que Jesucristo, en cuanto Hijo de Dios, nos ha revelado sobre todo la paternidad divina. El Espíritu Santo, por su parte, nos llevará a la verdad completa, es decir, nos hará entender y experimentar mejor y en mayor profundidad la realidad de la vida trinitaria y las consecuencias de esa realidad para nuestra vida en este mundo: la paz con Dios Padre, el estado de hijos de Dios en que nos hallamos por el bautismo, la posesión del amor de Dios con el cual superar cualquier tribulación y vivir en la esperanza que no engaña. Dios no se revela como un anciano solitario y justiciero, sino como un Padre con una intensa vida familiar, sellada toda ella por la Verdad y por el Amor.

Dios NOS revela e interpela. Al revelarse Dios a sí mismo en su vida más íntima, revela al hombre su más profunda identidad y su quehacer más importante en la existencia histórica. Por eso, no es ni puede ser indiferente al cristiano el misterio de la Trinidad. Como nos dice el catecismo, el misterio trinitario es la luz que nos ilumina (CIC 234). Ilumina nuestra inteligencia de la creación, pues el Padre ha creado al universo y al hombre con las sabias manos del Hijo y del Espíritu (primera lectura), y así nos revela no sólo nuestra condición de criaturas sino también nuestra condición contemplativa y casi mística. Ilumina nuestra comprensión de las relaciones dentro de la familia divina (evangelio), y mediante ellas nos revela nuestra participación en esa vida divina y nuestra vocación de reflejo de la misma. Nos revela sobre todo nuestra condición de oyentes del Espíritu, a quienes el Espíritu de la Verdad comunica todo lo que ha oído en el seno del Padre y todo lo que ha recibido del Verbo, hecho carne. Nos revela, por acción del Espíritu, nuestra condición de hombres de la esperanza, frente a los hombres sin esperanza, que son los no creyentes; una esperanza sólida, que no engaña (segunda lectura). Esta revelación que el Dios vivo y trinitario nos hace de nuestra identidad, nos interpela al mismo tiempo a fin de que la vida divina adquiera formulación y expresión histórica en cada uno de los cristianos: la unidad de la fe, el amor como esencia del cristianismo, la docilidad a la presencia y acción del Espíritu Santo en nuestras almas, el papel magisterial del Espíritu de la Verdad divina, la multiplicidad de expresiones culturales de la misma y única fe.

Sugerencias...

Tendríamos tantas cosas para decir, tantos problemas que proponer, tantos gozos y dolores que comunicar; pero hoy debemos querer hablar del “tema” más alto y más difícil, y al mismo tiempo más hermoso que ninguno: “el tema de Dios”, el tema religioso por excelencia, el tema de nuestra fe, el tema de nuestra vida. Sí, hablar de Dios es nuestro primer deber y nuestra dicha.

Sabemos que el pensamiento moderno se declara ateo; es decir, sin Dios, en algunos de los niveles oficiales; y sabemos que precisamente de esta postura negativa nace la noche del hombre; si la negación de Dios se inserta en las raíces de la inteligencia y en lo profundo del corazón humano, la luz y la lógica del pensamiento no resisten; el ser y la vida carecen entonces de su suprema razón de existir; en cambio nosotros sabemos que ¡Dios existe!, y que sin El no podemos razonar de verdad ni tener concepto aceptable del orden y del bien; motivos para orar y para amar… para que sea “santificado” su nombre y que se haga su voluntad en la tierra como en el Cielo.

Misterio de fe y amor. Es decir, un misterio en el que no sólo tenemos que creer sino también amar. Creo, creemos en un único Dios que nos da la vida como Padre, que como Hijo nos llama a vivir a fondo la experiencia filial de la que Él nos hace partícipes, y que en cuanto Espíritu se define como intercambio de amor entre el Padre y el Hijo y nos enseña que en el amor está la esencia de Dios y de toda criatura. Me fío de este Dios Vida, Comunión, Verdad, Amor. Creo y confío en que en la apropiación de estos grandes valores Adivinos encuentro mi plena realización humana y cristiana. Como cristiano expreso mi fe amando la grandeza y belleza del Dios unitrino. Con mi amor a cada una de las personas divinas pretendo subrayar que el Dios trinitario no es una abstracción, no es un mundo mental hermoso y bien construido, no es un juego de conceptos con los cuales entretener la reflexión de los teólogos, sino un Dios tripersonal, al que amo como hijo, al que obedezco como creatura, y al que adoro por ser mi Dios y Señor. Considero algo sumamente positivo y necesario que desde la primera catequesis se introduzca a los niños en una relación personal y adorante con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu. Para esta catequesis trinitaria puede ayudarnos una explicación elemental de la santa Misa, que comienza y termina en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. En ella, Jesucristo, Hijo de Dios, nos habla a los hombres (a los niños, y a los adultos) desde el Evangelio. En ella todas las oraciones y plegarias nuestras se dirigen a Dios Padre, fuente de todo don y gracia. En ella está presente y activo el Espíritu Santo de manera muy especial en el momento de la consagración, para hacer que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo, y para transformar nuestra pobre existencia mediante el cuerpo de Cristo que en la misa recibimos. Si Dios es un misterio de amor, ¿no será el amor la mejor manera de entrar por la puerta del misterio?

La gloria de la Trinidad. La gloria de la Trinidad es que el hombre viva y, por medio de él, toda la creación adquiera sentido y cumpla su finalidad. ¿Qué quiere decir que el hombre viva? Que sea lo que tiene que ser. Que sea plenamente hombre y, si ha sido llamado a la vocación cristiana, que sea plenamente cristiano. Aquí está el drama (si se permite la expresión) de la Trinidad que es por igual el drama del hombre: No pocas veces la gloria de la Trinidad es opacada, entenebrecida por el hombre. El hombre no es lo que es, cuando se cree un demiurgo (diosito) autónomo en lugar de una criatura dependiente, y manipula la vida y la creación a su antojo. El hombre no es lo que es, cuando se olvida de haber sido creado a imagen de Dios y piensa que su imagen más perfecta se halla en el reino animal. El hombre no es lo que es, cuando piensa que no ha sido creado por amor y para amar, sino más bien que su realización personal está en proporción a la medida de su poder y de su dominio sobre los demás. El hombre no es lo que es, cuando se cree dueño de la vida que puede hacer con ella lo que quiere, en lugar de ser un receptor agradecido, que la administra sabiamente por haberla recibido del mismo Dios.

Gloria al Padre y gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo.

lunes, 30 de mayo de 2022

HOMILIA Solemnidad de PENTECOSTÉS cC (5 de junio 2022)


 Solemnidad de PENTECOSTÉS cC (5 de junio 2022)

PrimeraHechos 2, 1-11; Salmo: Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34; Segunda: 1 Corinto 12, 3b-7. 12-13 o bien Romanos 8, 8-17; Evangelio: Juan 14, 15-16.23-26 o bien Juan 20, 19-23

Nexo entre las LECTURAS

El Espíritu, presente y eficaz entre los Doce y en la primera comunidad cristiana, anima la liturgia de este Domingo. En el Evangelio Jesús resucitado dice a los Doce: "Reciban el Espíritu Santo". En la primera lectura se hace referencia a ‘cincuenta días después de la Pascua’, un viento impetuoso irrumpe en el cenáculo y "todos quedaron llenos del Espíritu Santo". Pablo, en la segunda lectura, ante la tentación que acecha a los corintios de utilizar los carismas para crear divisiones, reafirma con fuerza: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo" y "A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos". El Espíritu Santo se nos da para que comprendamos que “todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (carta a los romanos). Es por eso que la Iglesia nos hace rezar, con marcada insistencia hoy, con el salmista: “Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”.

Temas... Sugerencias…

Cada vez que celebramos la eucaristía vivimos en la fe el misterio que se realiza en el altar; es decir, participamos en el acto supremo de amor que Cristo realizó con su muerte y su resurrección. El único y mismo centro de la liturgia y de la vida cristiana —el misterio pascual—, en las diversas solemnidades y fiestas asume "formas" específicas, con nuevos significados y con dones particulares de gracia. Entre todas las solemnidades Pentecostés destaca por su importancia, pues en ella se realiza lo que Jesús mismo anunció como finalidad de toda su misión en la tierra. En efecto, mientras subía a Jerusalén, declaró a los discípulos: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!". Estas palabras se cumplieron de la forma más evidente cincuenta días después de la resurrección, en Pentecostés, antigua fiesta judía que en la Iglesia ha llegado a ser la fiesta por excelencia del Espíritu Santo: "Se les aparecieron unas lenguas como de fuego (...) y quedaron todos llenos del Espíritu Santo". Cristo trajo a la tierra el fuego verdadero, el Espíritu Santo. No se lo arrebató a los dioses, como hizo Prometeo, según el mito griego, sino que se hizo mediador del "don de Dios" obteniéndolo para nosotros con el mayor acto de amor de la historia: su muerte en la cruz.

Dios quiere seguir dando este "fuego" a toda generación humana y, naturalmente, es libre de hacerlo como quiera y cuando quiera. Él es espíritu, y el espíritu "sopla donde quiere". Sin embargo, hay un "camino normal" que Dios mismo ha elegido para "arrojar el fuego sobre la tierra": este camino es Jesús, su Hijo unigénito encarnado, muerto y resucitado. A su vez, Jesucristo constituyó la Iglesia como su Cuerpo místico, para que prolongue su misión en la historia. "Reciban el Espíritu Santo", dijo el Señor a los Apóstoles la tarde de la Resurrección, acompañando estas palabras con un gesto expresivo: "sopló" sobre ellos. Así manifestó que les transmitía su Espíritu, el Espíritu del Padre y del Hijo.

Ahora, en esta solemnidad, la Escritura nos dice una vez más cómo debe ser la comunidad, cómo debemos ser nosotros, para recibir el don del Espíritu Santo. En el relato que describe el acontecimiento de Pentecostés, el autor sagrado recuerda que los discípulos "estaban todos reunidos en un mismo lugar". Este "lugar" es el Cenáculo, la "sala grande en el piso superior" donde Jesús había celebrado con sus discípulos la última Cena, donde se les había aparecido después de su resurrección; esa sala se había convertido, por decirlo así, en la "sede" de la Iglesia naciente. Sin embargo, los Hechos de los Apóstoles, más que insistir en el lugar físico, quieren poner de relieve la actitud interior de los discípulos: "Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu". Por consiguiente, la concordia de los discípulos es la condición para que venga el Espíritu Santo; y la concordia presupone la oración.

Esto vale también para la Iglesia hoy; vale para nosotros, que estamos aquí reunidos. Si queremos que Pentecostés no se reduzca a un simple rito o a una conmemoración, aunque sea sugestiva, sino que sea un acontecimiento actual de salvación, debemos disponernos con religiosa espera a recibir el don de Dios mediante la humilde y silenciosa escucha de su Palabra. Para que Pentecostés se renueve en nuestro tiempo, tal vez es necesario —sin quitar nada a la libertad de Dios— que la Iglesia esté menos "ajetreada" en actividades y más dedicada a la oración.

Nos lo enseña la Madre de la Iglesia, la bienaventurada Virgen María. La Visitación (celebrada esta semana) fue una especie de pequeño "pentecostés", que hizo brotar el gozo y la alabanza en el corazón de Isabel y en el de María, una estéril y la otra virgen, ambas convertidas en madres por una intervención divina extraordinaria.

Los Hechos de los Apóstoles, para indicar al Espíritu Santo, utilizan dos grandes imágenes: la de la tempestad y la del fuego. Claramente, san Lucas tiene en su mente la teofanía del Sinaí, narrada en los libros del Éxodo y el Deuteronomio. En el mundo antiguo la tempestad se veía como signo del poder divino, ante el cual el hombre se sentía subyugado y aterrorizado. Pero conviene subrayar otro aspecto: la tempestad se describe como "viento impetuoso", y esto hace pensar en el aire, que distingue a nuestro planeta de los demás astros y nos permite vivir en él. Lo que el aire es para la vida biológica, lo es el Espíritu Santo para la vida espiritual; y, como existe una contaminación atmosférica que envenena el ambiente y a los seres vivos, también existe una contaminación del corazón y del espíritu, que daña y envenena la existencia espiritual. Así como no conviene acostumbrarse a los venenos del aire —y por eso el compromiso ecológico constituye hoy una prioridad—, se debería actuar del mismo modo con respecto a lo que corrompe el espíritu. En cambio, parece que nos estamos acostumbrando sin dificultad a muchos productos que circulan en nuestras sociedades contaminando la mente y el corazón, por ejemplo imágenes que enfatizan el placer, la violencia o el desprecio del hombre y de la mujer, la guerra, el aborto. También esto es libertad, se dice, sin reconocer que todo eso contamina, intoxica el alma, sobre todo de las nuevas generaciones, y acaba por condicionar su libertad misma. En cambio, la metáfora del viento impetuoso de Pentecostés hace pensar en la necesidad de respirar aire limpio, tanto con los pulmones, el aire físico, como con el corazón, el aire espiritual, el aire saludable del espíritu, que es el amor.

La otra imagen del Espíritu Santo que encontramos en los Hechos de los Apóstoles es el fuego. Al inicio aludimos a la comparación entre Jesús y la figura mitológica de Prometeo, que recuerda un aspecto característico del hombre moderno. Al apoderarse de las energías del cosmos —el "fuego"—, parece que el ser humano hoy se afirma a sí mismo como dios y quiere transformar el mundo, excluyendo, dejando a un lado o incluso rechazando al Creador del universo. El hombre ya no quiere ser imagen de Dios, sino de sí mismo; se declara autónomo, libre, adulto. Evidentemente, esta actitud revela una relación no auténtica con Dios, consecuencia de una falsa imagen que se ha construido de él, como el hijo pródigo de la parábola evangélica, que cree realizarse a sí mismo alejándose de la casa del padre. En las manos de un hombre que piensa así, el "fuego" y sus enormes potencialidades resultan peligrosas: pueden volverse contra la vida y contra la humanidad misma, como por desgracia lo demuestra la historia. Como advertencia perenne quedan las tragedias de Hiroshima y Nagasaki, donde la energía atómica, utilizada con fines bélicos, acabó sembrando la muerte en proporciones inauditas.

En verdad, se podrían encontrar muchos ejemplos menos graves, pero igualmente sintomáticos, en la realidad de cada día. La Sagrada Escritura nos revela que la energía capaz de mover el mundo no es una fuerza anónima y ciega, sino la acción del "espíritu de Dios que aleteaba por encima de las aguas" al inicio de la creación. Y Jesucristo no "trajo a la tierra" la fuerza vital, que ya estaba en ella, sino el Espíritu Santo, es decir, el amor de Dios que "renueva la faz de la tierra" purificándola del mal y liberándola del dominio de la muerte. Este "fuego" puro, esencial y personal, el fuego del amor, vino sobre los Apóstoles, reunidos en oración con María en el Cenáculo, para hacer de la Iglesia la prolongación de la obra renovadora de Cristo.

Los Hechos de los Apóstoles nos sugieren, por último, otro pensamiento: el Espíritu Santo vence el miedo. Sabemos que los discípulos se habían refugiado en el Cenáculo después del arresto de su Maestro y allí habían permanecido segregados por temor a padecer su misma suerte. Después de la resurrección de Jesús, su miedo no desapareció de repente. Pero en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo se posó sobre ellos, esos hombres salieron del Cenáculo sin miedo y comenzaron a anunciar a todos la buena nueva de Cristo crucificado y resucitado. Ya no tenían miedo alguno, porque se sentían en las manos del más fuerte.

Sí, el Espíritu de Dios, donde entra, expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una Omnipotencia de amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos abandona. Lo demuestra el testimonio de los mártires, la valentía de los confesores de la fe, el ímpetu intrépido de los misioneros, la franqueza de los predicadores, el ejemplo de todos los santos, algunos incluso adolescentes y niños. Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia que, a pesar de los límites y los pecados de los hombres, sigue cruzando el océano de la historia, impulsada por el soplo de Dios y animada por su fuego purificador.

Con esta fe y esta gozosa esperanza repetimos hoy, por intercesión de María: "Envía tu Espíritu, Señor, para que renueve la faz de la tierra".

domingo, 22 de mayo de 2022

HOMILIA Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR cC (29 de mayo 2022)

 Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR cC (29 de mayo 2022)

PrimeraHechos 1, 1-11; Salmo: Sal 46, 2-3. 6-9; Segunda: Efesios 1, 17-23 o bien, Hebreos 9, 24-28; Evangelio: Lucas 24, 46-53

Nexo entre las LECTURAS

En la solemnidad de la Ascensión el conjunto de la liturgia parece decirnos: "Misión cumplida, pero no terminada", YA SÍ y TODAVÍA NO. En el evangelio, Lucas resalta el cumplimiento de la misión: misterio pascual y evangelización universal. La narración del libro de los Hechos se fija principalmente en la tarea no terminada: serán mis testigos... hasta los confines de la tierra; este Jesús... volverá... Finalmente, la carta a los Hebreos sintetiza en el Cristo glorioso, sumo sacerdote del santuario celeste, la misión ‘cumplida’ (entró en el santuario de una vez para siempre), pero ‘no terminada’ (intercede ante el Padre en favor nuestro...vendrá por segunda vez...a los que le esperan para su salvación). La segunda lectura (opcional, Efesios), y todas las oraciones que nos ofrece el Misal para esta fiesta, son una ilustración magnífica del contenido pascual de este misterio. Se trata de la exaltación de Jesús a la derecha del Padre, que confesamos en el Símbolo apostólico.

Temas... Sugerencias…

Ascensión, desarrollo de la Pascua. Qué bueno y qué bien nos hace que la fiesta de la Ascensión del Señor se celebre en un Domingo de Pascua, así se ve que no es una fiesta aparte, ocupada en la cronología histórica, sino algo que pertenece y es el desarrollo de la misma Pascua que estamos celebrando desde hace seis semanas.

Lucas -éste es su año- nos cuenta dos veces la escena. Una, como final del evangelio, y otra como inicio de su libro de los Hechos, la historia de la Iglesia. Y es que la Ascensión es el entronque: el punto de llegada de la vida de Jesús y el punto de partida del tiempo de la Iglesia. En el evangelio ha ido contando Lucas cómo Jesús, desde Galilea, sube hasta Jerusalén, donde vive intensamente su muerte y su glorificación. Luego, desde Jerusalén empieza el gran camino de la Iglesia, que tiene que llevar su testimonio a todo el mundo. Ahora la meta simbólica será Roma. La meditación podría seguir este esquema: el triunfo de Jesús y el inicio de la misión eclesial. Triunfo y tarea. Y podemos comentar que en ocasión de los 20 Concilios ecuménicos Dios habló 20 veces más

Jesús ha cumplido. Nos alegramos por el triunfo de Jesús. Después de cumplir su misión -la voluntad del Padre que le ha encomendado la salvación del mundo a través de su entrega total-, ahora es glorificado y constituido Señor sobre todo el mundo y Cabeza de la comunidad eclesial (lectura segunda): "el Padre ha desplegado la eficacia de su fuerza poderosa en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo". Conviene ya anticipar los títulos de Jesús que luego proclamará con énfasis en el prefacio: "el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y la muerte, mediador entre Dios y los hombres, juez de vivos y muertos". Toda la celebración, con cantos y textos, debe mostrar admiración y alegría por esta victoria de Cristo.

Ahora nos toca a nosotros. La fiesta de hoy apunta también a la Iglesia, que no se puede quedar "mirando al cielo", sino que recibe el encargo de "quedarse en la ciudad" y continuar la misión de Jesús, hasta que vuelva y se manifieste en gloria. El encargo es: ser testigos, predicar la buena noticia, celebrar los sacramentos... Para que la comunidad -nosotros- podamos cumplir bien esta no fácil misión, hay dos "ayudas" fundamentales.

a) AUSENCIA-PRESENCIA: El mismo Cristo Jesús está con nosotros; su ‘subida’ al cielo y su ‘glorificación’ no son ausencia total. Si entendiéramos bien la Ascensión veríamos que no es misterio de ausencia, sino de presencia profundamente universal: "yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo" (antífona de comunión), porque como dice el prefacio, "no se ha ido para desentenderse de este mundo". El Señor Jesús, ahora en su existencia glorificada, está presente y activo en todas partes, como protagonista de la salvación. Nosotros "colaboramos" con El.

b) Pero además NOS HA DADO SU ESPÍRITU, otro protagonista invisible, pero realmente presente. Jesús da el encargo misionero ligado a la promesa y a la donación de su Espíritu, que es el que da fuerza, luz y eficacia. Es lo que gozosamente recordaremos de modo especial el domingo que viene.

Alegría y esperanza. También cabe acentuar el tono de esperanza y optimismo que la Pascua y la fiesta de la Ascensión nos quieren comunicar. Cristo no ha triunfado solo. De su victoria ya participamos todos: "la Ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria" (oración colecta), "nos das ya parte en los bienes del cielo", "en Cristo nuestra naturaleza humana ha sido enaltecida y participa de su misma gloria" (poscomunión), "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino" (prefacio), "para hacernos compartir su divinidad" (prefacio segundo).

Lucas resume así la actitud de los primeros cristianos, a pesar de la "ausencia" de la Ascensión: "ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría" (evangelio). Hoy es la fiesta de la esperanza. Es verdad que también lo es de nuestro compromiso y de la tarea encomendada, pero prevaleciendo el tono de la cercanía de Cristo que nos ayudará en el empeño.

Compartimos la fiesta de la Ascensión con la Virgen Madre, al final del mes de mayo en torno a las fiestas de la Virgen en Luján, en Fátima, María Auxiliadora y la Visitación. María ha sido -también en esto- la "primera cristiana", la que más de cerca ha seguido a Cristo en el camino de la cruz y en su triunfo. Ella, además, ya participa, por la Asunción, de la victoria de su Hijo en cuerpo y alma. Y ciertamente confiados en San José, que desde el Cielo es nuestro patrono y protector y terror de los demonios (san Pío X).

Todo será poco para que la celebración de hoy logre comunicarnos la esperanza de la Pascua: "que el Señor ilumine nuestros ojos para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama" (lectura segunda).

Y en medio, la Eucaristía. Esta comunidad de Jesús que somos nosotros, en tensión entre la "despedida" de Jesús y su "vuelta" gloriosa final, vamos viviendo nuestra fe y nuestra misión apoyados por la Eucaristía: "cada vez que coman... proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva" (1 C 11, 26). En cada Eucaristía recordamos la Pascua de hace más de dos mil años. Adelantamos la Pascua final de la historia. Pero sobre todo participamos de la Pascua actual, con la que el Señor Glorioso nos quiere llenar de su Vida y su Alegría.

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...