miércoles, 21 de septiembre de 2022

HOMILIA Domingo Vigesimosexto del TIEMPO ORDINARIO cC (25 de septiembre de 2022).

 Domingo Vigesimosexto del TIEMPO ORDINARIO cC (25 de septiembre de 2022).

PrimeraAmós 6, 1a. 4-7; Salmo: Sal 145, 7-10; Segunda: 1Timoteo 6, 11-16; Evangelio: Lucas 16, 19-31

Nexo entre las LECTURAS…

Tiempo y eternidad son como los dos polos que nos pueden servir para organizar los textos de este domingo. Esto es evidente en el texto evangélico que sitúa al rico Epulón y a Lázaro primero, en este mundo y luego en la eternidad. Implícitamente se halla también en la primera lectura, según la cual los ricos samaritanos viven en orgías y lujo, olvidados del futuro juicio de Dios. Para vivir dignamente en el tiempo y lograr la eternidad con Dios la fe viva en Cristo ofrece una garantía segura (2 lectura).

Temas...

Jugarse la eternidad en el tiempo. Para quienes tenemos fe y creemos en la resurrección de la carne (la eternidad), el tiempo es un tesoro, una verdadera riqueza, porque en él se pone en juego nuestra situación de ahora y en el ‘más allá’ del tiempo. La parábola del ‘rico y del pobre Lázaro’ no subraya el problema de la diferencia entre ricos y pobres. Acentúa –más bien– el juicio de Dios sobre la actitud acerca de la riqueza y de la pobreza. El rico que en este mundo se dedica a descansar y a pasárselo bien, despreocupándose de los pobres, verá duramente cambiada su situación en el más allá. Así le sucedió al rico de la parábola. El pobre, que en esta vida acepta serenamente su condición, sin quejas y sin odios, amando y sirviendo, será recompensado en la eternidad con la gran Riqueza que es Dios mismo. Esto es lo que aconteció al pobre Lázaro. Jesús dice que hay algunos, para su desgracia, que viven como si el Cielo –la eternidad– no existiese. Y hay quienes, los santos, que, para su bien y gloria de Dios, son pobres delante de Dios y de los demás, y tienen puesta su confianza en la recompensa que Dios le dará en la vida venidera. A los primeros (rico de la parábola) no se le recrimina el ser rico, sino el no ser misericordioso, el no tener corazón para quien yace llagado a su puerta. A Lázaro no se le retribuye por su condición de pobreza, sino por su paciencia y esperanza confiada, al estilo de Job. El rico pone su riqueza al servicio de su sensualidad e intemperancia, el pobre vive en esperanza, como mendigo. Jesucristo en la parábola enseña que, en un momento, Dios hará justicia y retribuirá a cada uno según sus obras. Esta enseñanza ha de iluminar también nuestra vida presente, de manera que podemos hablar también de ‘jugarnos’ la eternidad en el día a día. Es decir, el pensamiento del mundo futuro nos conducirá a ser justos y solidarios en el mundo presente. Lo contrario les sucede a los ricachones de Samaria (1 lectura), que, despreocupados del futuro y olvidados de la suerte de su patria, viven "Acostados en lechos de marfil y apoltronados en sus divanes, comen los corderos del rebaño y los terneros sacados del establo y beben el vino en grandes copas, hasta se ungen con los mejores aceites". El Papa Francisco manifestó que mientras el dinero puede servir para realizar cosas buenas, la avaricia "destruye a las personas, a las familias y la sociedad", así como a "la fraternidad humana"… (3 de octubre de 2013).

Fe – tiempo – eternidad. Pablo exhorta a Timoteo, el hombre de Dios, creyente y cristiano auténtico, a huir de estas cosas. ¿Cuáles son esas cosas? La avaricia, el afán de riquezas, el apetito de dinero. Debe huir porque "nosotros no hemos traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él" (cf. 1Tim 6,7 y ss.). Le exhorta después "a combatir el buen combate de la fe" en esta vida para poder alcanzar la eterna, en la que reina Jesucristo, el Rey de los reyes y el Señor de los señores. La fe es como la morada en la que el cristiano vive ya la eternidad en el tiempo y el tiempo en la eternidad. Porque vive la eternidad en el tiempo "corre tras la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia en el sufrimiento, la dulzura" (Segunda lectura). Porque vive el tiempo en la eternidad busca con sinceridad de corazón honrar y dar gloria a Dios. Amós, por su parte, nos enseña que existe una fe equivocada, una falsa confianza en el culto y en la religión, simbolizados en el monte Garizín y en el monte Sión, como si el culto, aisladamente, fuese suficiente para obtener la salvación. Nunca la fe religiosa producirá automáticamente la salvación, cuando con ella se cubren indignamente toda clase de injusticias y de desórdenes de la vida. En definitiva, la eternidad está asegurada únicamente para aquellos que viven una vida de fe, que actúa por medio de la caridad (amor y servicio) ... un ejemplo claro de este modo de vivir es la vida y ministerio de san José Brochero, beatos Angelelli, Artémides, Tránsito, Catalina....

Sugerencias...

La riqueza, objeto de servicio. En el catecismo leemos: "Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano". Esta afirmación es "absoluta" y no está sometida al cambio de épocas o de mentalidad, al progreso técnico o a la globalización económica. Por otra parte, siempre ha habido, en la historia humana, diferencias en la posesión de bienes y recursos, tanto que misteriosamente, siempre han existido y seguirán existiendo "ricos y pobres". Y, finalmente, no en pocas ocasiones estas diferencias provienen a causa de grandes injusticias que han atravesado toda la geografía de nuestro planeta. Ante estos factores, nosotros los cristianos tenemos una gran obra y misión que realizar entre nuestros hermanos, los hombres. La primera tarea, sin duda, es la de no divinizar la riqueza. No es un dios, al que tengamos que rendir culto a expensas del pobre y del necesitado. Es un bien, pero no es el único ni el supremo. Un bien que está en nuestras manos, que nos ha sido dado por Dios a cada uno, pero que no es enteramente nuestro, es decir, que no podemos hacer con él lo que quisiéramos, porque su destino es universal. La segunda tarea: "La riqueza nos ha sido dada para servir, no para dominar", comprendiendo que muchas veces es más libre quién carece de bienes materiales. La inclinación del hombre a dominar sobre los demás es ancestral y potentísima. Por eso, la riqueza –entre otras muchas cosas– puede ser peligrosa, porque posee el encanto del dominio y del poder. Como discípulos misioneros, seremos los primeros en vivir el evangelio de la pobreza. Seremos para todos un ejemplo y un reclamo de que el dinero o sirve al hombre o no sirve ‘para nada’.

La avaricia, pecado contra la eternidad. "La avaricia es un instrumento de la idolatría, porque avanza por el camino contrario al que hizo Dios con nosotros", aseveró Francisco. El avaricioso sólo tiene ojos para el tiempo presente, que se imagina largo como los siglos. Quisiera meter la eternidad en el tiempo, al mismo tiempo se da cuenta de que es imposible… y reacciona, haciendo caso omiso de ella, aferrándose más a la roca arenosa del presente. La avaricia, se puede afirmar sin lugar a dudas, es una pasión que anida en todo corazón humano. Acumular, querer poseer más, tener hambre de bienes y de medios, vivir con mayores comodidades, etc., no es ajeno a ningún mortal: cristianos o no cristianos, creyentes o ateos, sacerdotes, religiosos y laicos. No es que todo eso en sí mismo sea pecado, pero cuando la tendencia se convierte en pasión absorbente y la vida entera se cifra sólo en acumular, tener, vivir cómodamente, entonces el pecado de la avaricia ya te ha esclavizado y lleva a la corrupción (Papa Francisco). En efecto, por la avaricia el hombre peca, porque su corazón, en vez de estar puesto en Dios su Bien supremo, se postra ante el dios ‘insaciable y efímero’ del dinero… así, sus riquezas no le sirven para servir, sino para satisfacer una pasión, no sale hacia los demás, sino que se vuelve sobre sí mismo enarbolándose como dios. Así, el avaro, peca, pues va contra el designio de Dios que ha dado a todos los bienes de este mundo un destino universal y ha dejado a los hombres de cada época y generación que lo lleven a cabo (Laudato Si). ¿No tendremos, los cristianos, que realizar una verdadera "conversión" de pobreza evangélica? ¿No tendremos que librarnos de muchas ataduras y cadenas económicas, que nos quitan libertad, para vivir la autenticidad del Evangelio? ¿Lograremos comprender que la pobreza de corazón es el corazón de la pobreza, y ‘en Cristo’ es manantial de paz y de fraternidad? ¡Pobre de corazón, y de vida!, como santa Teresa de Calcuta, a fin de ser una bendición de Dios para los hombres. Podemos imaginarnos cada uno el santo de devoción personal en la oración de esta semana para comprometernos más cada día en el bien de los demás.

martes, 13 de septiembre de 2022

 Domingo Vigésimo quinto del TIEMPO ORDINARIO cC (18 de septiembre de 2022).

PrimeraAmós 8, 4-7; Salmo: Sal 112, 1-2. 4-8; Segunda: 1Timoteo 2, 1-8; Evangelio: Lucas 16, 1-13

Nexo entre las LECTURAS…

En el fondo de los textos litúrgicos se plantea la pregunta sobre dónde está la verdadera riqueza, recordemos que hace unos Domingos la pregunta es sobre ¿cuál es la verdadera sabiduría? La verdadera riqueza no puede coincidir con la ambición y la avaricia que siempre son en perjuicio de los más pobres y necesitados, eso nos responde la primera lectura… tampoco reside en la habilidad para hacerse "amigos" con las riquezas de otros, por mera conveniencia como quien ‘negocia’ con la verdad. La verdadera riqueza es la riqueza de la fe, que poseen los hijos de la luz (Evangelio). Esta manera de ver las cosas no nos resulta natural, sino que la conseguimos sólo en el ámbito de la oración (Segunda lectura). Con el salmista proclamamos que “Él levanta del polvo al desvalido, alza al pobre de su miseria” y eso nos da una luz de esperanza… gracias, SEÑOR.

Temas...

¿Qué pasa con los hijos de la luz? La expresión "hijos de la luz" parece referirse a los primeros cristianos, que habían sido iluminados por Cristo glorificado a la Derecha del Padre mediante el bautismo. A esa expresión se contrapone la de "hijos de este mundo", con la que se quiere señalar a todos aquellos cuya vida está regida por una mentalidad mundana, materialista, "económica", más que religiosa. La sentencia evangélica impresiona fuertemente y hasta nos pone ‘piel de gallina’: "Los hijos de este mundo son más sagaces, más hábiles con su propia gente que los hijos de la luz". ¿Por qué este fenómeno que no es únicamente de un ayer lejano, sino que tiene visos de ser de una tremenda actualidad? y nos urge el cuestionamiento acerca de ¿qué es lo que pasa con los hijos de la luz? Es que parece que los hijos de este mundo saben hacer uso extraordinario de sus habilidades y de su ambición para manipular injustamente las balanzas y para engañar manifiestamente a los pobres, para incluso reducir a otros hombres a esclavitud por falta de solvencia económica (Primera lectura). Los hijos de este mundo, en circunstancias adversas, ponen inmediatamente en juego todas sus capacidades para salir de la situación en forma ventajosa (Evangelio). A los hijos de la luz, Jesús les manda que tengan la sana búsqueda de recurrir a todos los medios virtuosos-lícitos para difundir la luz de la fe y vivir en caridad y servicio; que pongan todas sus capacidades para inventar modos de vencer las adversidades, de superar los obstáculos, y sobre todo de llevar la luz a otros muchos hombres. Los mártires, de manera especial, son testigo de que los hijos de la luz han hecho uso de sus facultades hasta la entrega de su propio cuerpo (vida). El Dios Jesucristo y el "dios dinero" no pueden dividirse el señorío de la persona, pues, éste último es solo humo y apariencia. El Dios de Jesucristo es Creador, Redentor, Misericordioso y el "dios dinero", no es, no existe. La misión de mostrar al verdadero Dios, al Supremo Bien y Riqueza del hombre, y alejarse del ídolo de la riqueza, es propia de los hijos de la luz, de los discípulos misioneros. En la sociedad relativista el ídolo del dinero y del consumismo se propone aumentar adoradores… somos llamados, como hijos de la luz, para adorar al Dios vivo y verdadero en espíritu y en verdad.

La oración, lugar del verdadero encuentro con uno mismo, con los demás y con Dios. La luz y la fuerza para trabajar por la verdadera Riqueza del hombre se nos da de la mano de la oración. El discípulo-misionero ora por todos, por los gobernantes, por los que detentan el poder y por los débiles, pobres y enfermos… con todos y por todos. El hecho mismo de orar por todos, como rezaba Brochero: por los que fueron, los que son y los que vendrán, nos ayuda a ponernos a todos bajo la amorosa mirada del Dios vivo y a su gobierno providente. Todas las demás cosas, pasan y acaban, la oración, el ayuno y la limosna nos enseñan que Dios es Dios y nosotros su pueblo y que en el mundo estamos para ayudarnos, cuidarnos y encaminarnos como peregrinos de la Jerusalén Celestial. En la oración comprendemos que Dios juzgará la prepotencia del soberbio (rico), cuyos abusos gritan justicia al Dios del cielo (Primera lectura). En la oración es más fácil entender que la riqueza del hombre consiste en la riqueza de su fe. Es efectivamente en el “horno” de la oración donde se cuece diariamente el pan de la fe, de la esperanza, de la caridad y de la solidaridad fraterna. El orador que alza al cielo manos puras, sin ira y sin rivalidades, descubre la riqueza de la salvación y de la gracia, que Jesucristo Mediador nos regala, comprendiendo, con mayor facilidad, que cualquier otra riqueza de este mundo es humo y vanidad. Somos iluminados para comprender que todos los bienes terrenos vienen de Dios, que el hombre es únicamente su administrador, y que –con la ayuda de la gracia– debemos administrarlos bien. ¿Podrá acaso el hombre orador, dador de toda riqueza, estafar a Dios, mostrarse prepotente con los que carecen de bienes y riquezas? En la escuela de la oración llegamos a percibir que las riquezas y bienes mundanos son un medio, una herramienta posible, para servir mejor a los demás; un medio para que, cuando dejemos la administración de este mundo y nos presentemos ante el juicio de Dios, seamos bien acogidos en las moradas eternas.

Sugerencias...

La llamada al REINO del amor y de la adoración. En una sociedad, en gran parte consumista y materialista, como lo es la que origina el pecado y su instigador, el ‘dios dinero’ intenta encandilar incluso a los buenos cristianos (Apocalipsis). Si vamos hasta el fondo de las cosas, ¿no es el culto al dios dinero la causa principal de la persistencia en la producción de la droga y la cultura de la muerte?, ¿no es el culto al dinero/dólar el motor más determinante de la producción y venta de armamentos a países que deberían utilizar esos fondos para la creación de infraestructuras, y para el desarrollo social y cultural de la población?, (Fratelli Tutti) ¿acaso no es el dios dinero el incentivo más poderoso de algunas de las guerras étnicas en varios países de África?, ¿cómo explicar la corrupción en no pocos gobernantes y sindicalistas, sino porque han levantado un altar a este dios insaciable? El dinero seduce, encandila, provoca divisiones fratricidas, divide a las familias, separa a cónyuges, despierta instintos de ambición, hace sucumbir hasta los principios más sacrosantos y nobles, endurece el corazón, deshumaniza y hasta hace olvidarse de Dios, favorece la distancia entre amigos, y todo esto para que no sea adorado EL VERDADERO DIOS POR QUIEN SE VIVE en la Santa Eucaristía (aparición en Guadalupe). El dios-dinero hasta considera inútil la vocación sacerdotal o promueve la vagancia en los mismos sacerdotes para que sea menos celebrada la Eucaristía y con el decoro que el Señor y la Iglesias nos piden (cfr.: santo Cura de Ars). Como discípulos-misioneros hemos de tener ante nuestros ojos esta realidad y conocer esta tentación, no fácil de vencer, para asirnos más del Señor en el ayuno, oración y limosna y pedir la asistencia del Espíritu Santo, Padre de los pobres, que Él venga en ayuda de nuestra debilidad y multiplique en el mundo verdaderos adoradores y fomente la verdadera adoración y devoción. Con espíritu vigilante y con la asiduidad en la oración, hemos de ejercitarnos en desprendernos el dinero, en ponerlo en el lugar que le corresponde en los planes de Dios, en servirnos de los bienes como medio para vivir dignamente, para hacer el bien a los necesitados, para ponerlo al servicio de la fe y del Reino de Cristo. Vivamos nuestra vida diaria procurando valorar más y más la riqueza de la fe, la riqueza que es Dios. ¿Por qué no contrarrestamos la seducción del dinero con la llamada de Dios? ¿O es que Dios es tan solo un objeto de fe que ya no nos seduce? El Dios vivo y personal es el mejor ‘antídoto’ contra todos los ídolos que puedan llamar a la puerta de nuestro corazón.

Recemos por el aumento de las vocaciones sacerdotales y por el aumento de los verdaderos adoradores.

María, Madre del amor hermoso, verdadero Dios por quien se vive… Ruega por nosotros.

Corazón justo de san José, llena el nuestro de amor y de fe.


HOMILIA LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ (14 de septiembre de 2022)

 LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ (14 de septiembre de 2022)

Primera: Números 21, 4b-9; Salmo: Sal 77, 1-2. 34-35. 36-37. 38; Segunda: Filipenses 2, 6-11; Evangelio: Juan 3, 13-17

Nexo

Las tres lecturas de esta fiesta centran la atención en la realidad del "exaltamiento". En el libro de los Números (1L) se nos dice que el Señor respondió a Moisés: "Haz una serpiente y colócala en un estandarte: los mordidos de serpiente quedarán sanos al mirarla". De este modo quedarían con vida todos aquellos que fueran mordidos por aquellas serpientes venenosas que el Señor les había enviado como castigo por su conducta vergonzosa. Paradójicamente la exaltación de esa serpiente portadora de muerte se convertía para el pueblo arrepentido en portadora de vida. La lectura cristiana de este episodio ha visto una prefiguración de la exaltación de Cristo en la cruz. Cristo mismo anticipa esta lectura cristiana cuando al temeroso Nicodemo, que había ido a hablar con el de noche le dice: "Lo mismo que Moisés elevó a la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna". San Pablo, que sufría las penas de la prisión a causa de su servicio al Evangelio, sumido en una profunda contemplación del misterio del amor de Dios en Cristo Jesús, afirma en su carta a los filipenses (2L): "Por eso Dios lo exaltó (a Cristo) y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre". Con esto quiere decir que no hay nombre posible de significar la magnitud, grandeza y belleza de la obra de Cristo.

Temas… Sugerencia… (cf. Papa Francisco)

El 14 de septiembre la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Alguna persona no cristiana podría preguntarnos: ¿por qué «exaltar» la cruz? Podemos responder que no exaltamos una cruz cualquiera, o todas las cruces: exaltamos la cruz de Jesús, porque en ella se reveló al máximo el amor de Dios por la humanidad. Es lo que nos recuerda el evangelio de Juan en la liturgia de hoy: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito» (3, 16). El Padre «dio» al Hijo para salvarnos, y esto implicó la muerte de Jesús, y la muerte en la cruz. ¿Por qué? ¿Por qué fue necesaria la cruz? A causa de la gravedad del mal que nos esclavizaba. La cruz de Jesús expresa ambas cosas: toda la fuerza negativa del mal y toda la omnipotencia mansa de la misericordia de Dios. La cruz parece determinar el fracaso de Jesús, pero en realidad manifiesta su victoria. En el Calvario, quienes se burlaban de Él, le decían: «si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz» (cf. Mt 27, 40). Pero era verdadero lo contrario: precisamente porque era el Hijo de Dios estaba allí, en la cruz, fiel hasta el final al designio del amor del Padre. Y precisamente por eso Dios «exaltó» a Jesús (Flp 2, 9), confiriéndole una realeza universal.

Y cuando dirigimos la mirada a la cruz donde Jesús estuvo clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra salvación. De esa cruz brota la misericordia del Padre, que abraza al mundo entero. Por medio de la cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dado la vida, devuelto la esperanza. La cruz de Jesús es nuestra única esperanza verdadera. Por eso la Iglesia «exalta» la Santa Cruz y también por eso nosotros, los cristianos, bendecimos con el signo de la cruz. En otras palabras, no exaltamos las cruces, sino la cruz gloriosa de Jesús, signo del amor inmenso de Dios, signo de nuestra salvación y camino hacia la Resurrección. Y esta es nuestra esperanza.

Mientras contemplamos y celebramos la Santa Cruz, pensamos con conmoción en tantos hermanos y hermanas nuestros que son perseguidos y asesinados a causa de su fidelidad a Cristo. Esto sucede especialmente allí donde la libertad religiosa aún no está garantizada o plenamente realizada. Pero también sucede en países y ambientes que en principio protegen la libertad y los derechos humanos, pero donde concretamente los creyentes, y especialmente los cristianos, encuentran obstáculos y discriminación. Por eso hoy los recordamos y rezamos de modo particular por ellos. En la cruz del Señor… recordemos todas nuestras cruces.

En el Calvario, al pie de la cruz, estaba la Virgen María (cf. Jn 19, 25-27). Es la Virgen de los Dolores, a la que mañana celebraremos en la liturgia. A ella encomiendo el presente y el futuro de la Iglesia, para que todos sepamos siempre descubrir y acoger el mensaje de amor y de salvación de la cruz de Jesús.

OraciónDivino Rey crucificado, que el misterio de tu muerte gloriosa triunfe en el mundo. Haz que no perdamos el valor y la audacia de la esperanza ante los dramas de la humanidad y ante cada situación injusta que mortifica a la criatura humana, redimida con tu sangre preciosa. Al contrario, haz que con renovada fuerza proclamemos: Tu cruz es victoria y salvación, porque con tu sangre y tu pasión has redimido al mundo.

lunes, 29 de agosto de 2022

HOMILIA Domingo Vigesimotercero del TIEMPO ORDINARIO cC (04 de septiembre de 2022).

 Domingo Vigesimotercero del TIEMPO ORDINARIO cC (04 de septiembre de 2022).

Primera: Sabiduría 9, 13-18; Salmo: Sal 89, 3-6. 12-14. 17; Segunda: Filemón 9b-10. 12-17; Evangelio:

Lucas 14, 25-33

Nexo entre las LECTURAS…

La sabiduría es la palabra-clave en las tres lecturas. A la capacidad humana de razonar, débil y no siempre

cierta, se opone la sabiduría de Dios con la que Él educa a los hombres para que alcancemos la salvación

(primera lectura). La prudencia humana hace cálculos para saber si se cuenta con los medios suficientes para

construir una torre o con el número de soldados… Esta prudencia es necesaria, pero para ser discípulo de

Jesucristo se requiere además la sabiduría que proviene de Dios (evangelio) que es la misericordia y una

vida misericordiosamente vivida. La carta de san Pablo a Filemón, ¿no es por caso una cumbre de ‘tacto’

humano y de sabiduría, aprendida en la escuela de la fe? (segunda lectura). Todo pasa, menos el amor de

Cristo, decimos/rezamos con el salmista, toda la tierra se sacia de la misericordia divina y nuestras vidas se

ven colmadas de júbilo y alegría.

Temas...

Ciencia ‘del hombre’ y ‘sabiduría’ de la fe. Con esta expresión mostramos el esfuerzo del hombre por

conocer la verdad en todas sus dimensiones y vivir según ella; y la acción de Dios en nuestra inteligencia

para hacernos partícipes de su revelación y en nuestra voluntad para provocarnos a vivir conforme a Su

voluntad. ¡Cuántas diferencias entre ellas, pero también cuántas ayudas y cuánta complementariedad! La

ciencia se caracteriza por el límite; un límite que se supera continuamente, abriendo el paso a otro nuevo, y

así una y otra vez; por eso, en principio el hombre del presente tiene más ciencia que el del pasado, y el del

futuro tendrá más ciencia que el del presente. En el libro de la Sabiduría leemos: "Si a duras penas

vislumbramos lo que hay en la tierra y con dificultad encontramos lo que tenemos a mano, ¿quién puede

rastrear lo que está en los cielos?". La sabiduría no tiene límites, sino únicamente el límite que le pone

nuestra pobre inteligencia, que está en el cuerpo. Esto explica que exista la posibilidad de hombres con

mayor ciencia en el pasado que en el presente o de hombres con menor ciencia en el futuro. Siendo don de

Dios, la Sabiduría no está subyugada por el tiempo. "Y quién habría conocido tu voluntad si Tú mismo no

hubieras dado la Sabiduría y enviado desde lo alto tu santo espíritu" (Primera lectura). Se ve claro que la

ciencia es esfuerzo humano y la sabiduría don divino; lo que se ignora por la ciencia es con mucho más de lo

que se conoce,mientras que por la fe todo se sabe, aunque no todo se llegue a conocer. La ciencia

frecuentemente engríe y exalta a quien la posee, la sabiduría hace humilde y agradecido a quien la recibe, la

ciencia hincha y la sabiduría edifica. La ciencia se acabará con el hombre, la sabiduría es eterna, como lo es

Dios, su fuente perenne. En el evangelio hallamos bellamente formulada la sabiduría de la cruz, y en la

segunda lectura la sabiduría de la caridad con un esclavo que ha venido a ser - ¡algo inaudito! - hermano.

La sabiduría de la fe en acción. El seguimiento de Cristo no es una elección del hombre, sino elección a

partir de una llamada que viene de Dios. Precisamente por eso, el seguimiento de Cristo no es posible en

base a puros razonamientos humanos, sino que exige la sabiduría de la fe. El evangelio nos sitúa ante

algunas opciones que habrán de ser iluminadas por la sabiduría divina. Está el caso de la opción por el

seguimiento de Cristo, aun a costa de los más estrechos lazos familiares, cuando éstos entran en conflicto

con la llamada. Está la opción por la cruz, siguiendo las huellas de Cristo en su camino hacia Jerusalén. Está

la renuncia a todos los haberes, a todas las riquezas, a todo poder, con tal de vivir radicalmente la huella de

Cristo. ¿No requieren todas estas opciones una profunda sabiduría de fe? En la segunda lectura, Pablo en su

carta a Filemón nos brinda un magnífico ejemplo de esta sabiduría divina. Primeramente, la sabiduría de

Pablo que se manifiesta en la delicadeza, discreción y tacto admirables con que trata la situación de Onésimo

(un esclavo de Filemón, que había huido de su dueño a causa posiblemente de un robo, que Pablo había

convertido y bautizado, y que ahora envía de nuevo a Filemón para que lo reciba no ya como esclavo, sino

como hermano). Y, en segundo lugar, la exhortación de Pablo a la sabiduría propia del creyente, en este

caso, Filemón, para que vea en Onésimo un "hijo" de Pablo, su corazón; para que vea en Onésimo no un

esclavo (aunque lo siguiera siendo), sino un hermano carísimo en el Señor. En base a esta sabiduría, ¿cómo

Filemón no le dará buena acogida en su propia casa? Sin dejar de estar Onésimo en la condición de esclavo,

ésta es superada con creces por la fraternidad nacida de la fe. Así, vivir misericordiosamente nos hace libres,

hermanos, hijos…

Sugerencias...

La sabiduría al alcance de todos. Una cosa podemos decir: no todos están dotados para ser "científicos",

hombres de ciencia, pero todos si podemos ser sabios, receptores de la sabiduría de la fe. Otra cosa es cierta,


y aparentemente paradójica: Que hay "científicos" que carecen de sabiduría, como hay también ignorantes

de ciencia que son, sin embargo, grandes por su sabiduría. No es que necesariamente haya que estar reñidas

la ciencia y la sabiduría; más bien, lo propio es que colaboren y se presten mutuo servicio. ¡Ojalá todos los

hombres volásemos con estas dos alas por los espacios de nuestra existencia! Pero no siempre es así, y no

son pocos los casos en que el hombre intenta volar con una sola ala, con el peligro real de estrellarse contra

el suelo. De todos modos, lo que nos debe llenar de agradecimiento es que Dios haya querido poner la

sabiduría al alcance de todos… y la misma Sabiduría encarnada se nos dio como alimento en la Eucaristía y

como texto en la Palabra. A la vez que afirmamos el alcance universal de la sabiduría, no podemos dejar de

decir que no todos la aceptan, ni todos la aman, ni todos viven conforme a ella. ¿Por qué no todos la

aceptan? ¡Los caminos de los pensamientos humanos son inescrutables! Entran en juego la educación, el

ambiente en que se ha crecido y vivido, los principios reguladores de la propia existencia... y el pecado y la

dolorosa experiencia de que no siempre hacemos el bien que queremos y que muchas veces hacemos el mal

que no queremos. ¿Por qué no todos la aman? ¡El corazón del hombre es un abismo insondable! Quizá se

deba a egoísmo, quizá a endurecimiento del corazón, tal vez a frialdad espiritual o a la fuerza de una

pasión... ¿Por qué no todos viven según ella? Está de por medio la libertad humana, y están en juego los

condicionamientos del mundo en que vivimos y de las propias pasiones, sumamente poderosas y no pocas

veces sin rienda alguna. Es evidente, por ello, que urge aprender desde pequeño esta sabiduría divina, en el

seno de la familia y de la parroquia, para que se vaya arraigando poco a poco en la vida… y hay que educar

la conciencia y los sacerdotes dedicar más tiempo a la dirección espiritual y al sacramento de la

Reconciliación.

¿Ciencia versus sabiduría? En la cultura relativista que opera por contrastes y por opuestos, la respuesta

positiva a esta pregunta sería la más lógica. A la ciencia del hombre se opone la sabiduría de Dios y a la

sabiduría de Dios se opone la ciencia del hombre. Con lo cual, entre ciencia y sabiduría no habría

reconciliación posible. Así siguen opinando muchos contemporáneos nuestros, y lo hacen a propósito y lo

sostienen con énfasis en la prensa y en los medios de comunicación social para debilitar la presencia de la fe

y de los discípulos misioneros. No es ésta, ni puede ser, la posición cristiana. La fe, la doctrina social de la

Iglesia nos enseña a decir: "ciencia y sabiduría"; por tanto, no oposición, sino colaboración, no exclusión,

sino complementariedad. La razón para nosotros los creyentes es sencilla: quien da al hombre la capacidad

de la ciencia es el mismo Dios que le otorga el don de la sabiduría. Para el no creyente habrá que decir que

en ambos casos se trata de la búsqueda de la verdad, aunque sea por caminos diferentes. En esa búsqueda

todos nos encontramos juntos: unos volando con un solo motor, otros con dos. ¿Por qué seguimos buscando

la verdad? “… porque nos hiciste para Ti y nuestro corazón no halla descanso hasta que esté en Ti”. Es por

eso que lo mejor que le puede suceder al hombre contemporáneo es acercarse a la Palabra de Dios y a la

Eucaristía y a la Bienaventurada Virgen María, sede de la sabiduría… así podremos vivir cada día en la

ciudad terrena preparándonos para la Celestial.

lunes, 8 de agosto de 2022

HOMILIA Domingo Vigésimo del TIEMPO ORDINARIO cC (14 de agosto de 2022).

 Domingo Vigésimo del TIEMPO ORDINARIO cC (14 de agosto de 2022).

Primera: Jeremías 38, 3-6.8-10; Salmo: Sal 39, 2-4. 18; Segunda: Hebreos 12, 1-4; Evangelio: Lucas 12,

49-53

Nexo entre las LECTURAS… Temas…

Lucas sigue describiendo el camino del cristiano, que es el de Cristo. El domingo pasado era la vigilancia y

su característica. Hoy es la fortaleza, la opción clara que exige, la decisión firme de seguir o no a Cristo. Ser

cristianos en medio del mundo en que vivimos (ej.: post pandemia, guerra Rusia-Ucrania, muchos robos y

muerte con ocasión de los robos, crisis en las economías de los países, creciente cristianofobias,

debilitamiento de la fe y de la práctica de la fe) no es fácil.

La vida como ‘lucha’ y como carrera atlética. En la primera lectura se nos presenta brevemente la figura

de un profeta, Jeremías, al que no le resultó nada fácil cumplir su misión. Él, que por temperamento hubiera

predicado con gusto palabras de dulzura y felicidad, recibió de Dios el encargo de anunciar un futuro

sombrío para su pueblo, y aconsejarle decisiones que no eran nada del agrado de las autoridades, sobre todo

militares/poderosas. Por eso intentaron eliminarlo, hacer callar su voz. Jeremías fue hundido en el fango del

pozo: todo un símbolo.

También la carta a los Hebreos, segunda lectura, nos presenta la vida cristiana en su lado dinámico y

batallador. Como una carrera, ante un estadio lleno de gente: nos contemplan miles de personas, nuestros

antepasados en la fe y los contemporáneos: ¿cómo corremos? ¿cómo recibimos y traspasamos el "testigo" de

nuestra fe en esta carrera de relevos que es la vida de la comunidad cristiana? No resulta nada espontáneo ni

cómodo ser cristianos. Muchas veces nos asalta el cansancio y el miedo, el desaliento y la noche oscura. El

autor de la carta propone la fuente de la fortaleza: "fijos los ojos en Jesús, pionero de la fe". También a Él, a

Cristo, le resultó difícil cumplir su carrera, pero nos dio el ejemplo mejor de fe en Dios, y entonces tuvo la

fuerza para seguir hasta el final, hasta la muerte. A nosotros nos invita a seguir el mismo camino: "corramos

en la carrera que nos toca sin retirarnos... no se cansen, no pierdan el ánimo... no hemos llegado al

derramamiento de sangre en nuestra pelea contra el pecado".

No he venido a traer "PAZ". Seguir a Cristo requiere una opción personal consciente. En el evangelio de

hoy nos lo dice el mismo Cristo con imágenes muy expresivas. No ha venido a traer paz, sino guerra. El

mismo que luego diría: "mi paz les dejo, mi paz les doy", nos asegura que esa paz suya debe ser distinta de

la que ofrece el mundo. Nos asegura que ha venido a prender fuego en el mundo: quiere transformar,

cambiar, remover. Y nos avisa que esto va a dividir a la humanidad: unos le van a seguir, y otros, no. Y eso

dentro de una misma familia. Cristo –ya lo anunció el anciano Simeón a María– se convierte en signo de

contradicción.

Si sólo buscamos en el evangelio, y en el seguimiento de Cristo, un consuelo y un bálsamo para nuestros

males, o la garantía de obtener unas gracias de Dios para obtener bienes temporales, no hemos comprendido

su intención más profunda. El evangelio, la fe, es algo revolucionario, dinámico, hasta inquietante porque

abre las puertas de la vida eterna y abre el corazón para servir a los demás.

Ser cristianos en el mundo de HOY. El ser fieles al evangelio de Jesús muchas veces también a nosotros

nos produce conflictos. Estamos en medio de un mundo que tiene otra longitud de onda, que aprecia otros

valores, que razona con una mentalidad que no es necesariamente la de Cristo. Y muchas veces reacciona

con indiferencia, hostilidad, burla o incluso con una persecución más o menos solapada ante nuestra fe.

Tener fe hoy es vivir de acuerdo con los mandamientos y las obras de misericordia… una vida a la medida

de las bienaventuranzas propuestas por Jesús, ¡atentos!: es una opción seria.

No se puede compaginar alegremente el mensaje de Cristo con el de este mundo. No se puede "servir a dos

señores". Siempre resulta incómodo luchar contra el sentir ambiental, sobre todo si es más atrayente, al

menos superficialmente, y menos exigente en sus demandas. La visión del mundo que Jesús nos va

ofreciendo en las páginas de su evangelio tiene muchas veces puntos contradictorios con la visión humana

de las cosas. Ser cristiano es optar por la mentalidad de Cristo. No se puede seguir adelante con medias

tintas y con compromisos temporales. En la moral, por ejemplo, el evangelio es mucho más exigente que las

leyes civiles.

El evangelio es un programa de vida para fuertes y valientes. No nos exigirá siempre heroísmo –aunque

sigue habiendo mártires también en nuestro tiempo–, pero sí nos exigirá siempre coherencia en la vida de

cada día, tanto en el terreno personal como en el familiar o sociopolítico.


Sería una falsa paz el que lográramos demasiado fácilmente conjugar nuestra fe con las opciones de este

mundo, a base de camuflar las exigencias del Reino de los Cielos. La paz de Cristo, la verdadera, está hecha

de fuego y de lucha. Claro que es más "pacífico" que el Papa, en sus viajes, o los obispos en sus

orientaciones pastorales, no digan nada más que palabras de consuelo y halago: pero tienen que decir lo que

Dios les pide conforme al Evangelio y a la dignidad humana, aunque muchas veces, suscita reacciones

violentas de oposición.

Cada vez que celebramos la Eucaristía, ciertamente nos dejamos envolver en la paz y el consuelo de Dios.

Pero a la vez esta celebración nos compromete a una vida según Cristo, y a una ‘lucha’ por defender nuestra

fe. Escuchemos la Palabra que interpela nuestra conducta y nos señala caminos.

Sugerencias...

¡Anuncia la verdad, esta prevalece! Anunciemos a Jesucristo, puede que a los cercanos no les guste...

porque, ¿no hay acaso una serie de verdades que escandalizan a muchos hombres de hoy? Por ejemplo, la

verdad de un único Salvador de la Humanidad, nuestro Señor Jesucristo, centro y eje de la historia y del

cosmos; la verdad de una única Iglesia, fundada por Cristo, que subsiste en la Iglesia católica; la verdad de

un único Creador del universo y del hombre; la verdad de Dios unitrino, activamente comprometido con la

historia del hombre y con su destino; la verdad de un pueblo sacerdotal; la verdad del matrimonio,

constituido únicamente por la unión estable de un hombre y una mujer; la verdad del destino universal de

todos los bienes de la tierra, la verdad mostrada en las obras de misericordia y el llamado concreto a

practicarlas, la verdad de la vida humana desde el momento de la concepción y vida humana hasta el

momento final natural, etc., etc. Estas verdades escandalizan a muchos oídos en nuestra sociedad, altamente

relativista. Discípulos-misioneros, hablemos de estas verdades, digámoslas una y otra vez, de formas

diversas, con la sencillez y la convicción que la misma verdad entraña y practiquemos de lo que hablamos.

Digámoslas en público y en privado. Digámoslas todos: los sacerdotes, los educadores, los profesores de

religión, los catequistas, los teólogos, los obispos. ¡Anunciemos a nuestra sociedad las verdades

fundamentales de la fe y de la moral cristianas!... y seamos santos.

Virgen María, reina de los santos, ruega por nosotros.

martes, 26 de julio de 2022

HOMILIA Domingo Decimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cC (31 de julio de 2022).

 Domingo Decimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cC (31 de julio de 2022).

PrimeraEclesiastés 1, 2; 2. 21-23; Salmo: Sal 89, 3-6. 12-14. 17; Segunda: Colosenses 3, 1-5. 9-11; Evangelio: Lucas 12, 13-21

Nexo entre las LECTURAS…

Los textos litúrgicos de este Domingo nos proponen dos modos de vivir (ser) y de estar (hacer) en el mundo. Está el modo de vivir del hombre viejo y está el modo de vivir propio del hombre nuevo… existe el hombre que busca las cosas de la tierra y el que busca las cosas del cielo (segunda lectura), aquel para quien todas las cosas son vanidad y para quien todo es providencia de Dios (primera lectura). El evangelio, por su parte, opone la vida de quien cifra todo en el tener, y atesora riquezas para sí, y la vida de quien funda su existencia en el ser, en el ser hijo de Dios y hermano de los demás, peregrino de la Patria celestial, es el que atesora riquezas delante de Dios. El salmo hace una advertencia severa de resistir a la tentación que es también una invitación positiva: “Hoy...” todo es posible. El pasado es pasado... el mal de ayer se acabó. Una nueva jornada comienza… ¿vas a empezar? Eh!

Temas...

Vivir para sí. Es un modo de estar en el mundo, de realizar la existencia en el arco de años entre el nacimiento y la muerte. Es un modo de pensar, de actuar, de relacionarse con los hombres y con las cosas. El punto de referencia de todo es el yo. El saber, el trabajo, el esfuerzo con sus buenos resultados aparecen, ante el yo, caducos y vanos. Pensando que el hombre es un ser para morir, no sirve saber, ni trabajar, ni amar o servir… todo es vanidad, humo que se lleva el viento menos lo que quiero ahora para mí. Cuando el yo es el centro de la vida, tenemos al hombre viejo, incapaz por sí mismo de salir de la tiniebla de su hermetismo, cada vez más sumergido en el fondo del vicio y del pecado, con la mirada cada vez más puesta en las cosas de la tierra sin la posibilidad de alzarla hacia las alturas. Hombre viejo, porque en cierta manera repite en su vida la historia antiquísima del primer Adán, del gusto del pecado y de la caída original. Por otra parte, el yo es sumamente pobre dejado en sus propias manos, porque privilegia el tener y el aparecer. ¿Hay algo más efímero y frágil que esas dos realidades? ¿Cómo se puede fundar una existencia sobre algo que hoy es y mañana desaparece? ¿Cómo se puede mirar de frente a la meta, cuando los grandes valores que han regido la vida han sido los bienes materiales y las apariencias, olvidando el umbral del más allá? Con razón se puede aplicar a quien vive para sí las palabras de Jesús en la parábola del texto evangélico: "¡Insensato! Esta misma noche te reclamarán el alma. Las cosas que has acumulado, ¿para quién serán?". Así es quien atesora riquezas para sí, quien centra en sí su propio vivir y actuar entre los hombres.

Vivir delante de Dios. Dios no es, a decir verdad, el antagonista del yo, de la realización personal. ¡De ninguna manera! Pero la sabiduría eterna nos enseña que la propia realización consiste y se lleva a cabo por el camino del vivir para Dios, de vivir a los ojos de Dios. El trabajo y el saber, a los ojos de Dios, tienen un sentido y un destino providenciales, más allá de los límites de la esfera mundana. Todo lo que uno hace por Dios en este mundo lo trasciende y habita, purificado y elevado, en la eterna morada de Dios. Vive ante Dios y para Dios el hombre nuevo, que ha sido rehecho por Cristo mediante el bautismo a su imagen y semejanza, que ha sido circuncidado no en su carne sino en su corazón, y viviendo delante de Dios vive sin miedo a la muerte, que cree es la puerta a una existencia nueva de la que ya se participa, aunque sea de modo muy incipiente. Por eso, el hombre nuevo tiene los pies bien puestos en la tierra y en los quehaceres de este mundo, con la mirada y el corazón están puestos arriba, en el cielo, hacia donde camina con fe, confianza y esperanza, amando y sirviendo como lo hizo el Señor Jesús. Quien vive para Dios no se enajena del mundo, no lo desprecia ni lo odia, porque es la casa que el Padre le ha dado para que en ella habite. Trabaja como todos los demás, gasta sus fuerzas para producir riqueza, pero tiene un corazón puro y desprendido y sabe muy bien que los bienes de este mundo tienen un destino universal, y no pueden ser injustamente acaparados en pocas manos (Laudato Si). En vez de decirse a sí mismo: "Descansa, come, bebe, banquetea", piensa más bien en cómo ayudar para que los hombres todos, sobre todo quienes están más cerca de su vida, tengan su oportuno descanso, dispongan de alimentos y puedan sanamente disfrutar de lo necesario para un banquete de fiesta, como María en Caná de Galilea.

Sugerencias...

El hombre (horizontal) centrado en el dinero y en el bienestar. Hemos de afirmar que el hombre materialista carece de futuro. Hay gente que dice: "Con el dinero puedes hacer todo lo que quieras; el dinero abre todas las puertas". No es verdad. Con dinero no obtienes la felicidad, aunque a ratos puedas ser feliz. Con dinero no obtienes el amor, aunque puedas pagar hacer cosas que el mundo llama amor. El dinero no te hace virtuoso, más bien abre con no poca frecuencia la puerta al antro del vicio. Lo reconozcamos o no, todos pretendemos un futuro más feliz, pero este futuro no lo encontraremos en una cuenta de dinero abundante… lo encontrarás dentro de ti, en el interior de tu conciencia, en la paz interior en comunión con Dios y con el prójimo. Sobre todo, no tiene futuro, porque el "hombre horizontal" no es ciudadano del cielo, le falta el pasaporte y ante la muerte y el juicio de Dios las cosas no cuentan. ¿Por qué no cambiar el "hombre horizontal" en "hombre espiritual", en hombre en gracia, guiado y configurado por la acción del Espíritu Santo? Sabemos que no es fácil, pero es posible con la ayuda de la gracia y es deseable por el Don de Dios. Son muchos quienes lo han hecho, los santos… consideremos su vida e imitemos su ejemplo.

La segunda lectura entrega la conclusión general: «Aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra». Pero el “Bien” no son los tesoros, los méritos o las recompensas que nosotros hemos acumulado en el cielo, sino simplemente «Cristo». Él es «nuestra vida», la verdad de nuestro ser, pues todo lo que somos en Dios y para Dios se lo debemos sólo a Él, lo somos precisamente en Él, «en quien están encerrados todos los tesoros» (Col 2,3). «Déjense construir» sobre Él, nos aconseja el apóstol (v. 7), aunque con ello el sentido esencial de nuestra vida permanezca oculto para los ojos del mundo. Debemos «dar muerte» a todas las formas de la voluntad de tener enumeradas por el apóstol (vicios), y que no son sino diversas variantes de la concupiscencia… y esta muerte es un nacimiento: un «revestirnos de una nueva condición», un llegar a ser hombres nuevos. En esta nueva condición desaparecen las divisiones que limitan el ser del hombre en la tierra («esclavos o libres»), mientras que todo lo valioso que tenemos en nuestra singularidad (Pablo lo llama carisma) contribuye a la formación de la plenitud definitiva de Cristo (Ef. 4,11-16).

Nuestra señora de las bodas de Caná, ruega por nosotros.

lunes, 11 de julio de 2022

HOMILIA Domingo Decimosexto del TIEMPO ORDINARIO cC (17 de julio de 2022).


 Domingo Decimosexto del TIEMPO ORDINARIO cC (17 de julio de 2022).

PrimeraGénesis 18, 1-10a; Salmo: Sal 14, 2-5; Segunda: Colosenses 1, 24-28; Evangelio: Lucas 10, 38-42

Nexo entre las LECTURAS…

La primera lectura y el evangelio hablan claramente de la hospitalidad. Se nos habla de Abraham que, descansando a la hora de más calor, ofrece un hospedaje espléndido. Se nos habla de Marta de Betania que acoge a Jesús y a sus discípulos en su casa, y de María, su hermana, que acoge como discípula atenta la palabra de Jesús en su corazón. El texto de la carta a los colosenses presenta a Pablo que hospeda en su cuerpo y en su alma al Cristo Crucificado para completar las tribulaciones de Cristo en su cuerpo, que es la Iglesia. El salmista muestra que Dios es el Hospedero por excelencia y que nos invita a entrar, hagamos el bien con rectitud e imitemos a Dios hospedando a los demás.

Temas...

Hospitalidad y bendición. Es sabido que la hospitalidad era, entre los nómadas, la virtud por excelencia. En cierta manera, gozaba de un cierto carácter sagrado e inviolable, digno del máximo respeto. El relato de la primera lectura narra la hospitalidad de Abraham para con tres personajes misteriosos, pero se trata de una hospitalidad que va acompañada de una bendición sorprendente y a contrapelo de las leyes naturales. Llama la atención en este texto el hecho de que Abraham se dirige a los tres personajes en singular: "Señor mío, si te he caído en gracia, no pases de largo cerca de tu servidor". Para Abraham esos personajes son mensajeros (ángeles) de Dios, que vienen a anunciarle algo de parte de Yahvé. La narración tiene, por tanto, apariencias de ser una teofanía, en la que Abraham acoge y hospeda generosa y gozosamente a Dios bajo el rostro de tres delegados suyos. El mensaje de Dios no se hace esperar, y es de bendición: "Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo". ¿Qué otra mejor bendición podría esperar Abraham que la descendencia, que hasta ahora le había sido negada por la esterilidad de su mujer? Ahora se le pide a Abraham acoger sin titubeos, con absoluta confianza, esta bendición de Dios. Y Abraham acogió de nuevo esta palabra de bendición y Dios le dio un hijo en su vejez. Hospedar generosamente el misterio de Dios, hospedar confiadamente su palabra y, consiguientemente, tener la seguridad de que Dios bendecirá nuestra existencia.

Dos formas de hospedar al amigo. Estas dos formas están simbolizadas por Marta y María. Son dos formas buenas, aunque la segunda sea la necesaria (y no la primera). Marta hospeda a Jesús y a sus discípulos en su casa. De esta manera, les muestra primeramente su aprecio y amistad, les protege además del calor ardiente del desierto que acaban de atravesar para llegar hasta Betania, y les da de beber y comer para reparar sus fuerzas, gastadas por la larga y fatigosa caminata. María hospeda a Jesús escuchando su palabra, sentada a sus pies, como una discípula entusiasta que no quiere perderse ni ‘una gota’ de las enseñanzas del Maestro. Este hospedaje interior, espiritualmente activo, es estimado por Jesús de más valor que el hospedaje externo, centrado en la preparación de la mesa para una comida de hospitalidad. Por eso Jesús le dice a Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola". Jesús no desprecia la hospitalidad de Marta, la considera valiosa. Pero a la vez le recuerda que hay otra hospitalidad más importante e invita a Marta a practicarla.

Pablo, anfitrión del Crucificado. María ha hospedado la palabra de Jesús. Pablo hospeda la cruz de Jesús, o mejor, al Crucificado. "Completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo". Aunque el huésped sea un Crucificado, Pablo no se espanta ni se angustia, lo acoge con alegría porque sabe por experiencia que en Cristo crucificado está la esperanza de la gloria para él y para todos los cristianos. Para Pablo, Cristo crucificado no es un huésped obligado, molesto, sino la razón de su existir y de su misión. Dirá: "Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí". Marta acoge en su casa al Amigo bueno y sumamente apreciado, María acoge al Maestro que tiene palabras de vida, Pablo hospeda al Redentor, a quien con su pasión, muerte y resurrección redime al hombre de sus pecados, lo salva de sí mismo. La hospitalidad de Pablo culmina, como en el caso de Abrahán, en bendición, en la bendición suprema.

Sugerencias...

La Visita de Dios. Hay un tema que une la primera lectura y el evangelio de hoy: las visitas. En el primer caso, hay una visita de Dios a la casa de Abrahán y Sara; en el segundo, una visita de Jesús a la casa de sus amigos Marta, María y Lázaro. Meditemos por un instante en eso: Dios que visita mi vida, mi casa, mi mente. ¿Lo ha hecho? ¿Lo he vivido? ¿Estaba yo para recibirlo?

En ambos casos, la visita trae una transformación. Esto es muy evidente en la lectura del Génesis, pues el fruto de ese "paso" de Dios es una victoria sobre la esterilidad de esta pareja, que ya es anciana. Como resultado de aquella visita divina vendrá el hijo, Isaac. La transformación es menos evidente en el Evangelio, pero no menos importante. Cristo regala su palabra luminosa en casa de estas hermanas. Esa palabra eficaz hace una obra creadora y redentora en nosotros: nos transforma. Precisamente, porque Cristo no quiere que se pierda esa obra, aprueba y ensalza la actitud de María, hermana de Marta: acogiendo la palabra, que en realidad es la manera de recibir realmente la visita, se está dejando transformar por el poder de Dios en su interior. Preguntémonos si estamos en disposición de ser transformados interior y exteriormente por Dios, por la visita de Dios.

Nuestro Dolor y el de Cristo. La segunda lectura de hoy abre un par de temas distintos, muy profundos y quizá poco predicados en nuestro tiempo. Por una parte, Pablo dice a los fieles de Colosas que completa lo que falta a la pasión de Cristo, y ello nos remite a la realidad y al significado del sufrimiento del cristiano. Por otra parte, ese dolor tiene un valor a favor de la Iglesia. Hay un modo un poco superficial de mirar la redención; un modo que lo suelen predicar iglesias evangélicas tipo "secta." Según ese estilo de predicación, ser salvado significa "parar de sufrir" (así se hace propaganda, por ejemplo). Frente a ese modelo simplista está la enseñanza del apóstol: estar unido al misterio de Cristo es también estar unido al misterio de su amor que se entrega, y ello implica el camino de la Cruz.

El otro aspecto que mencionábamos se sigue como lógica consecuencia: si estamos unidos al dolor y al amor de Cristo, nuestro dolor y nuestro amor no tienen otra finalidad ni otro desenlace que lo que Él quiso y por lo que Él sufrió. Tal finalidad o meta no es otra sino la salud y el bien de su Iglesia. Por eso nuestro sufrimiento, unido al de Cristo, edifica a la Iglesia y la defiende y embellece.

Virgen María y San José que fueron huésped en Egipto, rueguen por nosotros.

p. angel

lunes, 4 de julio de 2022

HOMILIA Domingo Decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cC (10 de julio de 2022).


 Domingo Decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cC (10 de julio de 2022).

PrimeraDeuteronomio 30, 10-14; Salmo: Sal 68, 14. 17. 30-31. 36-37; Segunda: Colosenses 1, 15-20; Evangelio: Lucas 10, 25-37

Nexo entre las LECTURAS…

La ‘cuestión’ Jesús podría ser el centro de convergencia de los textos litúrgicos. Jesús es una grande pregunta y la Biblia nos ofrece una grande respuesta. En el Evangelio Jesús se autopresenta como el buen samaritano, disponible para cualquier necesidad, allí donde exista y sea quien sea el necesitado. La primera lectura nos habla de la Palabra cercana, en los labios y en el corazón, y esa Palabra cercana se identifica con Jesús, el Dios-hombre, que nos habla con palabras de hombre. En la carta a los colosenses, en un antiguo y bello himno cristológico, Jesús es cantado como el primogénito de toda la creación, a quien todo hace referencia y en quien todo encuentra plenitud.

Temas...

En cada celebración de Misa se da el sentido profundo y verdadero de la parábola del “buen Samaritano”.

El buen samaritano, sobrenombre de Jesús. La parábola del buen samaritano no es sólo un tesoro cristiano, pertenece a la riqueza de la humanidad (Fratelli tutti). Tal vez no sea exagerado decir que no hay hombre que no la conozca, que no haya pretendido interpretarla alguna vez en su propia vida. Cabe destacar, por ello, que no es una parábola hecha vida, sino una vida hecha parábola, y por eso se puede decir que el buen samaritano es un sobrenombre de Jesús. A la pregunta del escriba sobre quién es su prójimo, Jesús habría podido responder directamente: "Yo soy" prefirió, sin embargo, escoger el camino parabólico y hacer de la narración un espejo de su existencia, enteramente entregada al hombre por amor. Verdaderamente Jesucristo es el prójimo de todo hombre, es decir, cercano, accesible, disponible, acogedor, próximo en cualquier situación o circunstancia humanas. Una perspectiva interesante para leer los evangelios podría ser ésta de la proximidad, adoptando como punto de partida el gran misterio de la encarnación, por la que Dios se hace próximo al hombre en Jesús de Nazaret en el seno de la Sagrada Familia. Jesús está próximo a los niños, a los enfermos, a los discípulos, a los inquietos, a los poderosos, a los pobres y necesitados, a todos. La proximidad de Jesucristo al hombre forma parte del misterio de la encarnación y del nacimiento.

Jesús, Palabra cercana. Para el Deuteronomista la Palabra es la revelación de Dios primeramente en el Sinaí y ahora en la llanura de Moab. Una revelación divina que no es algo principalmente extrínseco, sino que realmente es una Palabra interior, de la que todo seguidor de Jesucristo se apropia hasta llegar a hacerla suya. Una Palabra y una revelación que adquieren rostro y nombre propios en Jesucristo. Él (Jesús) es la Palabra hecha carne. Él es la Palabra que resuena en todas las palabras de la Biblia. Él es la Palabra que, por obra del Espíritu Santo, se adentra en el alma del creyente hasta anidar en ella, convirtiéndola en su morada. Está en nuestros labios la Palabra, porque cuando leemos la Escritura leemos a Cristo en ella. Está en nuestro corazón, porque la Palabra no es un sonido hueco, tampoco un mero contenido ético, sino una persona, a la que se conoce y ama en la intimidad, por la vía del corazón. Para un cristiano, esa palabra cercana e interior, que está en sus labios y en su corazón es Jesucristo. Él es la Palabra que nos aproxima al conocimiento y a la intimidad de Dios, que nos aproxima al verdadero conocimiento de nosotros mismos y del sentido de toda la creación.

Jesús, primogénito de la creación. El himno de la segunda lectura recurre a varias imágenes para responder a la cuestión Jesús. Jesús es la imagen visible del Dios invisible, es el primogénito, es decir, el arquetipo de toda creatura: punto de referencia, por tanto, del cosmos y de la historia. En definitiva, la creación entera mira hacia Jesucristo como a su modelo, su razón de ser, su último destino. Por eso, el himno de la carta a los colosenses nos dice que en Jesús reside toda la plenitud. Finalmente, aplica a Jesús otros dos nombres: cabeza del cuerpo, que es la Iglesia, o sea, centro de cohesión y de dirección de los cristianos, y primogénito de entre los muertos: Aquel en quien anticipadamente se nos muestra el destino final de todos los hombres que buscan sinceramente a Dios. Como primogénito de la creación, todo lo engloba, todo lo configura, todo lo sella con su imagen y con su amor.

Por la verdad de Jesús “buen Samaritano” y presente en cada Eucaristía es que se hace necesario un adentrarse en la Liturgia para comprenderla, vivirla, estudiarla y propagarla (última carta apostólica del Papa)

Sugerencias...

Haz tú lo mismo. Jesús es el buen samaritano, es el hombre más próximo a todo hombre y a todos los hombres. La grandeza de la vocación cristiana está en que Jesús no nos dice: "ve y enseña tú lo mismo", sino "ve y HAZ tú lo mismo". Como nos dirá el apóstol Santiago: "La fe sin obras es una fe muerta". Hoy cada cristiano es llamado a repetir a Jesús en su vida, a hacer del buen samaritano un propio sobrenombre. Jesús dice a algunos cristianos: Haz tú lo mismo en tu casa: con tu mamá que está enferma; con tu vecino, que es anciano y no puede valerse por sí mismo para muchas cosas; con tu hijo que tuvo un accidente y habrá de vivir el resto de su vida impedido… las obras de misericordia, dice el Papa. Haz tú lo mismo cuando vas por la calle, dando limosna con gusto a quien te la pida, informando amablemente a quien te pregunta por una dirección o por el nombre de un negocio; ve y haz tú lo mismo cuando vas en el ómnibus, autobús o en el metro, cediendo el asiento a los ancianos, a las madres con niños pequeños, a los impedidos, siendo respetuoso y dueño de ti mismo cuando el autobús va lleno y te empujan por todas partes o incluso intentan robarte. Haz tú lo mismo: esta llamada la deberíamos tener presente en nuestra mente y en nuestro corazón a lo largo del día, todos los días. Una vocación que posee un potencial enorme de creatividad y de impulsos nuevos, con la ayuda del Espíritu Santo, a la acción en favor de nuestros hermanos los hombres. Haz tú lo mismo: es la invitación del Señor que es capaz de fraguar un mundo nuevo y mejor. ¿Responderemos? Rezando, dirijamos la mirada y el corazón a los mártires… son lo que hicieron lo mismo que Jesús…

Una Palabra dirigida a ti. Toda la Biblia es Palabra de Dios. Las palabras humanas en que está escrita la Biblia son como sonidos que llegan a nuestros oídos, entran dentro de nosotros y a través de ellos escuchamos la Palabra de Dios, su mensaje de verdad, de amor, de auténtico humanismo cristiano (Evangelii Gaudium). Es una Palabra dirigida a todos, porque todos la podemos entender y a todos nos puede abrir las puertas de la salvación. Pero sobre todo es una Palabra dirigida personalmente a cada uno, (a Vos). Puede suceder que, cuando tú lees un texto de la Biblia, haya otros leyendo el mismo texto en algún otro lado del planeta, pero es seguro que el mensaje será absolutamente personal, dirigido a cada uno, con su nombre. Cuando en la liturgia de la Palabra, en la Misa, se hacen las lecturas y se responde con el Salmo, todos los presentes escuchamos lo mismo, pero en cada uno resuenan de modo diferente y a cada uno envían mensajes particulares. Para la Palabra de Dios no cuenta el número, sino la persona, cada persona en su carácter único, irrepetible y diverso de todas las demás. En los Padres de la Iglesia se decía que la Escritura es como una carta que Dios escribe a cada hombre. No una carta protocolaria o puramente administrativa, sino una carta de un Padre a su hijo, una carta donde el Padre habla de sí mismo con gran sencillez, pero al mismo tiempo manifestando sus pensamientos y deseos más íntimos. Escucha esa Palabra de Dios para ti, en ella te va la vida y la felicidad, en ella se te da la clave para vivir dando sentido a tu existencia. ¡Es Palabra de Dios!

lunes, 27 de junio de 2022

HOMILÍA Domingo Decimocuarto del TIEMPO ORDINARIO cC (03 de julio de 2022).

 Domingo Decimocuarto del TIEMPO ORDINARIO cC (03 de julio de 2022).

PrimeraIsaías 66, 10-14; Salmo: Sal 65, 1-3a. 4-7a. 16. 20; Segunda: Gálatas 6,14-18; Evangelio: Lucas 10, 1-12. 17-20

Nexo entre las LECTURAS…

Buscar en todo el fin: esta expresión puede ayudarnos a reunir el mensaje de los textos litúrgicos. El fin de la misión de los setenta y dos no es el éxito, sino que los llena de alegría saber que están colaborando con Dios en hacer un mundo diferente, están participando en la transformación del mundo y por eso "sus nombres están escritos en el cielo", (dice el evangelio) término de toda esperanza humana. También el texto del profeta Isaías, que tiene como característicos dos elementos: la fecundidad y abundancia, por una parte, y la consolación, por otra, ve anticipadamente el fin de todos sus sueños: la ciudad de Jerusalén que reúne a todos sus hijos, como una madre (primera lectura). A esto nos une el salmista, que dice: "¡Aclamen! ¡Celebren! ¡Canten! ¡Vengan! ¡Miren! ¡Den gracias! No, no estamos a merced de los poderes del mal. ¡Dios es Dios! Y "creemos" en la acción victoriosa de Dios. Decimos los cristianos ‘Creo en la Resurrección y en la vida eterna’. ¡"Bendito sea Dios que nos salva"! Y San Pablo con su palabra, dándonos consejos y recomendaciones (segunda lectura), nos anuncia que la existencia cristiana no tiene otro fin sino el de apropiarse la vida de Cristo en toda su realidad histórica, especialmente en el misterio de la cruz... para participar de la Vida junto a Él.

Temas...

Inscritos en el libro de la vida. Los 72 discípulos de Jesús, símbolo de los cristianos esparcidos por el mundo, en cuanto que 72 son todos los pueblos de la tierra (ver en Gén 10), están contentos de la misión cumplida y llegan a Jesús para contarle sus proezas misioneras. Jesús los escucha, pero a la vez les hace caer en la cuenta de algo importante: las hazañas misioneras no tienen valor en sí mismas, lo que realmente ‘vale y nos debe alegrar’ profundamente es nuestro destino eterno con el Dios de la vida. Esta búsqueda gozosa del verdadero fin de la existencia explica y da sentido a la alegría, en sí legítima y razonable, por los éxitos apostólicos, al igual que da sentido a los sufrimientos y adversidades en el desarrollo de la misión cristiana. El discípulo-misionero, en efecto, no predica realidades sensiblemente captables y atractivas… predica que el Reino de Dios ya ha llegado, predica la paz mesiánica, predica en medio de un mundo no pocas veces hostil y reacio a los valores del Reino, predica valiéndose y poniendo su confianza más que en los medios humanos en la fuerza misteriosa de Dios. Indudablemente, el éxito en términos temporales no es un elemento esencial en la vida del misionero.

Madre de consolación y de paz. Cuando el autor de este fragmento del libro de las profecías de Isaías escribe este bellísimo texto, la dispersión judía es una grandeza extendida por todo el imperio persa y por el mediterráneo. El profeta, bajo la acción del Espíritu divino, sueña con un pueblo unido y unificado en la ciudad mística de Jerusalén. Con ojo alerta en Dios mira hacia el futuro y prevé poéticamente el momento gozoso de la reunificación. Lo hace recurriendo a la imagen de una madre de familia que reúne, entorno a sí, a todos sus hijos, tiene tiernamente en sus brazos al más pequeño y le alimenta de su propio pecho. Todos, al reunirse de nuevo con la madre, se llenan de consuelo y se sienten como inundados por una grande paz. Esta Jerusalén, madre de consolación y de paz, simboliza al Dios del consuelo, simboliza a Cristo, que es nuestra paz, simboliza a la Iglesia en cuyo seno todos somos hermanos y de cuyo amor brota la paz de Cristo que dura para siempre. Muestra maravillosamente el lugar de la bienaventurada Virgen María en el plan de salvación. Y la Iglesia, está llamada a ser, como la Virgen, madre de consolación y de paz para todos los pueblos.

Llevo en mi cuerpo la marca de Jesús. Para un cristiano, nos dice San Pablo, carece de valor estar o no circuncidado, lo que vale es ser una nueva creatura. Todo ha de estar subordinado a la consecución de este fin. San Pablo es consciente de haberlo conseguido, pues lleva en su cuerpo la marca de Jesús. Es decir, lleva en todo su ser una señal de pertenencia a Jesús, como el esclavo llevaba una señal de pertenencia a su patrón, o como en otros grupos, en que los miembros llevaban en sí una señal de pertenencia. Como Pablo, así deben ser todos los cristianos, por eso puede decirles: "Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo". Este es, además, el fin de la misión de Jesucristo: que el hombre se apropie la redención operada por Jesucristo y llegue así a ser y a manifestar a los demás que es pertenencia de Dios. ¿Llevas grabado, en tu mismo ser, la marca de Jesucristo?

Sugerencias...

Cristiano, o sea, misionero. La imagen del cristiano que va a Misa, cree en los dogmas de fe y cumple con los mandamientos, es incompleta… Ser cristiano es tener una misión y realizarla con celo y ardor en los quehaceres de la vida y en la amplísima gama de tareas eclesiales hoy existentes (Aparecida). Más aún, el sentido de misión es el estímulo más fuerte para creer y vivir la fe, para cumplir con los mandamientos de Dios y de la Iglesia. En el Catecismo se lee: "Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es ‘enviada’ al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. ‘La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado" (CIC 863). Si amamos filialmente a la Iglesia, no dudemos de que la mejor manera de expresarle nuestro amor sea mediante nuestro espíritu misionero. Y misionero significa conciencia viva de ser enviado y de discípulo; si bien este envío puede ser al vecino de casa, al cliente en el trabajo, al que encuentro en la parada del autobús o del semáforo, a la joven pareja que se prepara para el matrimonio... Hoy en día misionar no es únicamente marchar a un país lejano a predicar la fe y el estilo de vida de Cristo, es también una tarea que se lleva a cabo en el propio barrio, en las plazas de la ciudad e incluso entre las paredes del propio hogar. PERO sin dejar de ser “ir” a lugares donde el evangelio de Jesús no es conocido… nos alienta el ejemplo de los mártires del Zenta, el Padre Pedro Ortiz de Zárate, vicario de Jujuy, el sacerdote jesuita Antonio Solinas y sus acompañantes criollos y aborígenes que salieron y dejaron todo para mostrar el inmenso amor a Dios y de Dios y que esperaban participar de los bienes prometidos en el cielo.

La misión puede más que el miedo. Sigue siendo ejemplo lo sucedido en 1683 al norte de nuestra Patria y parafraseando a san Juan Pablo II podríamos decir: "No tengan miedo de ser misioneros". Porque, a decir verdad, algunas veces al menos nos atenaza el temor, el respeto humano, el ‘qué pensarán’ y el ‘qué dirán’, hasta a veces en el seno del presbiterio, en las mismas comunidades religiosas y hasta con el Obispo. Es propio de la naturaleza caída (decimos humano) sentir miedo, pero la misión ha de superar y sobrepasar nuestros temores. El futbolista ya no tiene miedo de hablar de fútbol, ni el médico o el maestro de hablar de realidades de su vocación/ profesión. Conociendo las distancias con los ejemplos: ¿Hemos de tener miedo, los cristianos, de hablar de Cristo: su persona, su vida, su verdad, su amor, su misterio?, decimos con san Pablo VI: “hablar de él es lo que más me gusta” La fe y la misión comienzan en el corazón, eso es verdad, pero han de terminar en los hechos y en los labios, afirmamos esto con santa Teresita y con san Francisco Javier.

Debemos orar mucho, mucho, mucho, porque todos, para la misión, debemos recibir la fuerza que viene de lo alto, el Espíritu Santo, y vencer, con la ayuda de la gracia, cualquier muestra de miedo ¡Es nuestra hora! ¿La dejaremos pasar?, nos interroga el Papa Francisco. También ustedes, maestros y educadores cristianos, que tienen en sus manos la niñez y la adolescencia, ¡sean misioneros en la escuela! ¿Podremos permitir que el miedo prevalezca sobre nuestra misión cristiana? Nuestra misión ha de ser nuestra corona y nuestra gloria.

lunes, 13 de junio de 2022

HOMILIA Solemnidad del SANTÍSIMO CUERPO y SANGRE DEL SEÑOR cC (19 de junio de 2022)


 Solemnidad del SANTÍSIMO CUERPO y SANGRE DEL SEÑOR cC (19 de junio de 2022)

PrimeraGénesis 14, 18-20; Salmo: Sal 109, 1. 2. 3. 4; Segunda: 1 Corintios 11, 23-26; Evangelio: Lucas 9, 11b-17

Nexo entre las LECTURAS

Las lecturas del ciclo C nos presentan a Melquisedec, el misterioso sacerdote de Salem (Jerusalén), que ofrece pan y vino a Abrahán, que vuelve de una batalla. El NT ve en Melquisedec una figura profética de Cristo Jesús, del que en el evangelio leemos que ofrece alimento a la multitud, cansada y hambrienta, multiplicando los panes y los peces. Este hecho Lucas lo cuenta con terminología "eucarística", aunque evidentemente todavía no se tratara del sacramento cristiano: lo hace para que sus lectores sepamos reconocer el alimento —"la fracción del pan"— que Jesús, ahora Resucitado, ofrece a su comunidad. Pablo nos cuenta cómo en la última Cena Cristo dejó como herencia este entrañable sacramento, memorial y participación de su muerte pascual, signo eficaz de su propia donación como alimento.

Estas lecturas nos hacen entender lo que significa la Eucaristía. En ella, Jesús, el Señor, presente continuamente a su comunidad, nos ofrece su propio Cuerpo y Sangre como alimento. Esto, en la celebración, nos lleva a comulgar con él. Y en el sacramento permanente del sagrario, en el que él prolonga su oferta, nos invita a continuar también nosotros la oración, la alabanza y la atención gozosa a esta presencia.

Cristo, nuestro alimento. Como Abrahán vendría cansado de su expedición; como la multitud, al caer de la tarde, estaría cansada y hambrienta; así nosotros, en nuestra vida, necesitamos alimento. Cristo mismo ha querido ser nuestro "viático", nuestro "alimento para el camino".

La fiesta de hoy nos debe llevar: a) a cuidar más la celebración de la Eucaristía; b) y, también, a no descuidar algunos de los signos, clásicos o más actuales, de adoración al Santísimo, personal y colectiva, que nos pueden ayudar: - a prolongar el clima de la celebración pasada; - a preparar la próxima con una actitud más consciente, y a dar a nuestra jornada o a nuestra semana el tono de comunión de vida con Cristo Jesús, que es la finalidad tanto de la celebración como del culto fuera de la celebración.

Temas...

«Jesús alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre los panes y los partió». El misterio de la festividad de hoy, como el de todas las grandes solemnidades que siguen a Pentecostés y a la Santísima Trinidad, es un misterio trinitario. El evangelio lo representa primero en la imagen de la multiplicación de los panes. Esta no es un truco de magia; para realizarla, Jesús levanta primero los ojos al cielo, en una oración de petición y acción de gracias (eucharistia) a un tiempo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado», pues su auto prodigalidad en los panes será un signo de cómo el amor del Padre entrega total e incondicionalmente su Hijo al mundo; después bendice el pan, pues el Padre ha confiado todo al Hijo, incluso el poder de pronunciar la bendición del cielo; y finalmente lo parte, gesto que alude tanto a su quebrantamiento en la pasión como a la infinita multiplicación de sus dones que el Espíritu Santo realiza en todas las celebraciones eucarísticas, y con ello se hace visible simbólicamente que el amor trinitario se hace presente en el don eucarístico de Jesús.

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes». En las concisas palabras de la institución de la Eucaristía, que se recogen en la segunda lectura, se encuentra oculta la inagotable plenitud del don del amor divino. Es como si se levantara una piedra y surgiera una fuente que jamás se agota. Pablo refiere aquí únicamente lo que ha oído a los primeros discípulos, pues en este punto no osaría añadir nada de su propia cosecha. El contexto de la acción de Jesús, en «la noche en que iba a ser entregado», es esencial; en último término es el Padre quien lo entrega: en la cruz por los hombres y en la Eucaristía, igualmente por nosotros. Por eso Jesús pronuncia la oración de acción de gracias: porque el Padre hace esto, porque él mismo puede hacerlo con él y porque el Espíritu Santo lo realizará continuamente en el futuro. Jesús no sólo distribuye el pan partido que es él mismo, sino que da a los que lo reciben, como supremo cumplimiento del don, la orden y el poder de repetirlo ellos mismos en el futuro. No al margen de su entrega, de su sacrificio, sino «en memoria suya», para que así su don nunca sea algo puramente pasado, algo que se recuerda sin más, sino que siga siendo un presente siempre nuevo por el que se dan gracias al Padre elevando los ojos hacia él, y en nombre del Hijo y con la fuerza del Espíritu Santo se parte y se come el pan. La partición del pan eucarístico es inseparable del desgarramiento de la vida de Jesús en la cruz: por eso toda celebración eucarística es «proclamación de la muerte del Señor» por nosotros. Pablo no necesita mencionar la resurrección, pues ésta está contenida como algo evidente en el hecho de que la muerte de antaño sólo puede hacerse presente si esa muerte era ya una obra de la vida del amor supremo.

«Melquisedec ofreció pan y vino». El gesto del rey de Salem en la primera lectura es un arquetipo sumamente significativo para judíos y cristianos. Pues antes de que se instituyera en Israel el ritual de los sacrificios, el ofrecimiento de plantas y animales, existió ya esta sencilla ofrenda de pan y vino por parte de un rey de Salem, que no era aún la Jerusalén que llegaría a ser después. Melquisedec es un misterioso rey—sacerdote que (según la carta a los Hebreos) preludia ya, más allá del sacerdocio pasajero de Leví, el sacerdocio de Jesús. Lo primigenio (alfa) remite a menudo más claramente a lo definitivo (omega) que los estadios intermedios, de los que no hace falta ser conscientes.

Sugerencias...

Hoy es el día más grande para el corazón de un cristiano, porque la Iglesia, después de festejar el Jueves Santo la institución de la Eucaristía, busca ahora la exaltación de este augusto Sacramento, tratando de que todos lo adoremos ilimitadamente. «atrévete todo lo que puedas»: ésta es la invitación que nos hace santo Tomás de Aquino en un maravilloso himno de alabanza a la Eucaristía. Y esta invitación resume admirablemente cuáles tienen que ser los sentimientos de nuestro corazón ante la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Todo lo que podamos hacer es poco para intentar corresponder a una entrega tan humilde, tan escondida, tan impresionante. El Creador de cielos y tierra se esconde en las especies sacramentales y se nos ofrece como alimento de nuestras almas. Es el pan de los ángeles y el alimento de los que estamos en camino. Y es un pan que se nos da en abundancia, como se distribuyó sin tasa el pan milagrosamente multiplicado por Jesús para evitar el desfallecimiento de los que le seguían: «Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que habían sobrado: doce canastos».

Ante esa sobreabundancia de amor, debería ser imposible una respuesta floja. Una mirada de fe, atenta y profunda, a este divino Sacramento, deja paso necesariamente a una oración agradecida y a un encendimiento del corazón. San Josemaría solía hacerse eco en su predicación de las palabras que un anciano y piadoso prelado dirigía a sus sacerdotes: «Trátenlo bien».

Un rápido examen de conciencia nos ayudará a advertir qué debemos hacer para tratar con más delicadeza a Jesús Sacramentado: la limpieza de nuestra alma —siempre debe estar en gracia para recibirle—, la corrección en el modo de vestir —como señal exterior de amor y reverencia—, la frecuencia con la que nos acercamos a recibirlo, las veces que vamos a visitarlo en el Sagrario... Deberían ser incontables los detalles con el Señor en la Eucaristía. Luchemos por recibir y por tratar a Jesús Sacramentado con la pureza, humildad y devoción de su Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...