DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
sábado, 19 de abril de 2025
Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
jueves, 17 de abril de 2025
HOMILIA VIERNES SANTO
VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (18 de abril 2025)
Primera: Isaías 52,13 – 53,12; Salmo: Sal
30, 2.6.12-13.15-16.17.25; Segunda: Hebreos 4, 14-16; 5,7-9 Evangelio: Juan 18,
1 – 19, 42
Nexo entre las
LECTURAS
Las grandes lecturas de la liturgia de hoy giran en torno al misterio
central de la cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar
adecuadamente. Pero las tres
aproximaciones bíblicas tienen algo en común: que el milagro inagotable
e inefable de la cruz se ha realizado «por nosotros». El siervo de Dios de la
primera lectura ha sido ultrajado por
nosotros, por su pueblo; el sumo sacerdote de la segunda lectura, a gritos y
con lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo
como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el autor de la salvación; y el rey de los
judíos, tal y como lo describe la pasión según san Juan, ha «cumplido» por nosotros todo lo que exigía
la Escritura, para finalmente, con la sangre y
el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la
salvación del mundo.
Temas... Sugerencias...
(Cfr.: San Pablo VI)
Acabamos de contemplar/escuchar devotamente la
Pasión del Señor en el SEÑOR. Queremos creer que todos hemos intuido su
profundidad y riqueza.
Ahora extenderemos una mirada a la irradiación
de esta Pasión, única y típica, centro de los destinos humanos, en la humanidad
misma. Es el faro que ilumina al mundo: LA CRUZ ES LA LUZ.
Uno de estos aspectos
es el sufrimiento humano. Está iluminado de un
modo bien conocido, pero siempre singular, a la luz de la cruz el dolor
(podríamos señalar todas las miserias, toda la pobreza, todas las enfermedades
y hasta todas las debilidades, es decir, todas las condiciones que hacen una
vida deficiente y necesitada de atenciones), el dolor aparece extrañamente
asimilable a la Pasión de Cristo, como llamado a integrarse con ella, como
constituyendo una condición de favor respecto a la redención obrada por la Cruz
del Señor. El dolor se hace sagrado. Antes –y todavía, para quien se olvida que
es cristiano– el sufrimiento parecía pura desgracia, pura inferioridad, más
digna de desprecio y repugnancia que merecedora de comprensión, de compasión,
de amor. Quien ha dado al dolor del hombre su carácter sobrehumano, objeto de
respeto, de cuidados y de culto, es Cristo doliente, el gran hermano de todos
los pobres, de todos los afligidos. Hay más, Cristo no muestra solamente la
dignidad del dolor, Cristo lanza un llamamiento al dolor. Esta voz, hijos y hermanos,
es la más misteriosa y la más benéfica que ha atravesado la escena de la vida
humana. Cristo invita al dolor a salir de su desesperada inutilidad, a ser,
unido al suyo, fuente positiva de bien, fuente no sólo de las más sublimes
virtudes –desde la paciencia hasta el heroísmo y la sabiduría–, sino también de
capacidad expiadora, redentora, beatificante, propia de la Cruz de Cristo. El
poder salvífico de la Pasión de Cristo puede hacerse universal e inmanente en
nuestros sufrimientos, sí –he ahí la condición– se acepta y soporta en comunión
con sus sufrimientos. La “com–pasión”, de pasiva se hace activa; idealiza y
santifica el dolor humano, lo complementa con el del Redentor (Cfr. Col 1, 24).
Todos, debemos
recordar esta inefable posibilidad. Nuestros
sufrimientos (siempre dignos de cuidados y remedios), se hacen buenos,
preciosos. En el cristiano se inicia un arte extraño y estupendo, de saber
sufrir, hacer que el propio dolor sirva para la redención propia y ajena.
Esta providencialidad del sufrimiento nos hace
pensar en las condiciones, siempre tristes y ofensivas para los ideales
humanos, en que la civilización moderna quisiera inspirarse, en las cuales
todavía se encuentra en gran parte a la Iglesia católica. El cuerpo de Cristo
está crucificado moralmente, pero con saña, todavía hoy, en muchas regiones del
mundo; la Iglesia del silencio es todavía la Iglesia doliente, la Iglesia
paciente, y en ciertos lugares, la Iglesia amordazada. Cristo podría preguntar,
hoy también, a los modernos y hábiles perseguidores: “… ¿por qué me persigues?”
(Hch 9, 4). Es triste para quien es objeto de tales tratos; es indigno para
quienes los practican, aunque se enmascaren de hipocresías legales. Pero
estamos seguros de que estas prolongadas pasiones están fortificadas por la
asistencia divina y consoladas por nuestra com–pasión y la de toda la
fraternidad universal cristiana, y esperarnos que sean precisamente, en virtud
de la cruz de Cristo a la que se ofrecen y por la que sufren, fuente de gracia
para cuantos las padecen, para toda la Iglesia y para todo el mundo.
Y otro aspecto,
reflejo de la cruz de Cristo, sobre la faz de la tierra, es la paz. La paz, que es el bien supremo del orden humano, esa paz que es tanto
más deseable, cuanto más se inclina el mundo a formas de vida interdependientes
y comunitarias, de forma que una infracción de la paz en un punto determinado
repercute sobre todo el sistema organizativo de las naciones; esa paz que se
hace, por tanto, cada vez más necesaria y obligada; esa paz, que los esfuerzos
humanos, aunque muy nobles y dignos de aplauso y de solidaridad, difícilmente
consiguen tutelar en su integridad y sostener con otros medios que no sean el
temor y el interés temporal. La paz de Cristo llueve de lo alto, es decir,
proyecta sobre la tierra y entre los hombres motivos y sentimientos originales
y prodigiosos; lo sabemos, y viene precisamente de Aquel, como escribe San
Pablo, que “por divina complacencia debía recapitular en sí todas las cosas
habiéndolas pacificado con su sangre desde su cruz” (Cfr. Col 1, 20), de forma
que los hombres, divididos y enemigos entre sí fueran “reconciliados en un
cuerpo único por medio de la cruz” (Cfr. Ef 2, 16). Cristo Redentor nos ha
enseñado cómo y por qué los hombres debemos y podemos vivir en la verdadera
paz, y nos la ha conseguido si de verdad queremos.
Deberíamos terminar esta “conmovida y pública adoración”
del Viernes Santo pidiendo a Cristo “nuestra paz” (Ef 2, 14.) la paz para el
mundo. En este momento están presentes a nuestro espíritu, los puntos
geográficos y políticos, donde está herida la paz, donde está amenazada. Enviemos
nuestro pensamiento lleno de buenos augurios a los hombres que se esfuerzan
rectamente por salvar la paz, y para que los hombres sepan mantenerse hermanos
en Cristo enviemos al mundo –y a todos los aquí presentes que oramos y esperamos
(Jubileo)–, la bendición de Dios.
'Solo la misericordia
salvara al mundo'. Gracias, amado Redentor, ¡gracias!
HOMILIA JUEVES SANTO 2025
JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (17 de abril 2025)
Primera: Éxodo 12, 1-8.11-14; Salmo: Sal
115, 12-13.15-16bc.17-18; Segunda: 1Corintios 11, 23-26; Evangelio:
Juan 13, 1-15
Nexo entre las LECTURAS
El Jueves Santo es un canto a la
liberación. En él celebramos la Pascua cristiana: el paso liberador de Dios por
la historia mediante la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo,
conmemorada en la celebración de la Eucaristía (segunda lectura). La Pascua –cristiana–
revive y perfecciona otra pascua, otra liberación, llevada a cabo por Dios
mediante su siervo Moisés: la liberación de los israelitas de la esclavitud
egipcia (primera lectura). El texto evangélico nos sitúa ante una liberación
interior, la liberación de nuestro egoísmo para ser libres, amar y servir a
nuestros hermanos, siguiendo el ejemplo de Jesucristo.
Temas... Sugerencias... (cfr.: San
Pablo VI)
Que ésta sea para nosotros la hora del renacimiento de la gran memoria. Está
presente en nuestra mente todo lo que se dijo, todo lo que se realizó en esta
última Cena nocturna, tan querida por el mismo divino Maestro (Lc 22, 15), en
la víspera de su pasión y de su muerte. Él mismo quiso dar a ese encuentro tal
plenitud de significado, tal riqueza de recuerdos, tal emoción de palabras y de
sentimientos, tal novedad de acciones y de preceptos, que nunca terminaremos de
meditar y explorar. Es una Cena testamentaria; Es una Cena infinitamente
cariñosa (Jn 13,1), inmensamente triste (Ibíd 16,6), y al mismo tiempo
misteriosamente reveladora de promesas divinas, visiones supremas. La muerte se
avecina, con presagios inauditos de traición, abandono, inmolación; la
conversación se apaga inmediatamente, mientras las palabras de Jesús fluyen continuamente,
nuevas, dulcísimas, tendiendo a confidencias supremas, casi flotando entre la
vida y la muerte. El carácter pascual de aquella Cena se intensifica y
evoluciona; la antigua alianza centenaria que allí se reflejaba se transforma y
se convierte en una nueva alianza; el valor sacrificial, liberador y salvador
del cordero inmolado, que da alimento y símbolo a la comida ritual, se explica
y se concentra en una nueva víctima, en una nueva comida; Jesús declara que Él
mismo, su Cuerpo y su Sangre, son el objeto y el sujeto del sacrificio, aquí,
en la mesa, previsto, significado, ofrecido, para ser realizado, consumido,
sufrido en continuidad de intención y acción; hizo alimento para aquellos que
tenían la capacidad y el hambre de la vida eterna. De aquella Cena de
despedida, dolorosa y amorosa, brota el sacrificio eucarístico; lo sabemos y
estamos deslumbrados por ello; Pero he aquí una sorpresa extrema, una que para
nosotros, esta noche, forma el punto focal de nuestra atracción y de nuestra
compasión; ¿Quién hubiera podido imaginar una palabra tan sintética y
perpetuadora saliendo de los labios del Maestro, ahora candidato a la muerte, y
a ser Él el verdadero, el único cordero pascual: «Hagan esto en memoria mía»?
(1 Corintios 11,24)
Estamos en este momento cumpliendo esta palabra del Señor. Siempre,
celebrando la Misa, renovando el sacrificio eucarístico, repetimos aquella
palabra, que asocia la institución del sacramento de la presencia inmolada de
Cristo, es decir, la Eucaristía, a la institución de otro sacramento, el del
sacerdocio ministerial, mediante el cual el «memorial» de la Última Cena y del
sacrificio de la cruz no es simplemente nuestro acto de memoria religiosa (como
quieren algunos disidentes), sino que es una “anamnesis misteriosa”, eficaz,
real de lo que Jesús realizó en la Cena y en el Calvario; es decir, el reflejo
fiel de su sacrificio único, con misteriosa victoria sobre las distancias del
tiempo y del espacio, y con la prodigiosa y renovada coincidencia de nuestra
Misa con la presencia y acción del divino Cordero Eucarístico, reinando
glorioso a la diestra del Padre, pero para nosotros, en la historia presente,
verdaderamente representado en su acción sacrificial y redentora.
¡Misterio de fe! También nosotros lo sabemos y lo adoramos y lo
contemplamos siempre, con fervor inagotable: reavivaremos su fuego en la fiesta
del «Cuerpo y Sangre de Cristo». Pero ahora estamos en camino desde este
descubrimiento, porque tal nos parece siempre la consideración del Sacerdocio
católico, del poder conferido a un ministerio humano para renovar, perpetuar,
difundir el misterio eucarístico.
Podemos decir
dos cosas inmediatamente: que en la ofrenda de la Eucaristía participa y es
activo todo el Pueblo de Dios, creyentes y fieles, revestido como está de un
«sacerdocio real», como escribe el apóstol Pedro (1 Pe 2, 5 y 9) y como
felizmente ha reafirmado el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium , 10); y como
tal hoy, Jueves Santo, está particularmente invitado a alegrarse por la
institución de la Eucaristía, a exaltar sus infinitos tesoros divinos de amor y
de sabiduría, y a participar en ella precisamente respondiendo a la intención
difusiva y multiplicadora que Cristo, y con él la Iglesia, han querido
caracterizar este sublime misterio del Pan eucarístico puesto a disposición de
todos. Y, en segundo lugar, recordaremos que la distinción esencial entre el
Sacerdocio ministerial y el Sacerdocio común no se concibe como un privilegio,
que separa al Sacerdote de los fieles cristianos laicos, sino como un
ministerio, un servicio que el primero debe rendir a los segundos, un carácter,
sí, enteramente propio de quien es elegido para actuar como ministro sacerdotal
del Pueblo de Dios, pero intencionadamente social, o mejor, capacitado para la
caridad, dispensador amoroso de los misterios de Dios (Cf. 1 Cor . 4,1; 2 Cor .
6,4; cf. M. DE LA TAILLE, Mysterium Fidei , p. 327 ss.).
Es nuestro deber reafirmar en la consciente plenitud de este momento
sagrado es el misterio de nuestro Sacerdocio Católico, que está
junto al Sacerdocio Eucarístico, y se entrelaza y se confunde con él. Debe
surgir espontáneamente en nuestro corazón una alegría inefable por la comunión
específica que nos une hoy a todos nuestros hermanos en el sacerdocio y al
santo pueblo de Dios que se beneficia con nuestra entrega. ¿Quién más que
nosotros, Sacerdotes, podemos decir con auténtica y mística realidad: «Ya no
vivo yo, sino que Cristo vive en mí»? (Gal 2, 20) ¿Qué mayor caridad podría
manifestar Jesucristo hacia nosotros que llamándonos, a todos y cada uno, sus
amigos (Jn 15, 14; 15, 15) y transfiriendo a cada uno de nosotros el poder
prodigioso de consagrar la Eucaristía? ¿Podría habernos dado mayores pruebas de
confianza? ¿Y cómo podríamos cuestionar nuestra elección por un ministerio así,
cuando debemos recordar que surge de su iniciativa preferencial (cf. Jn 15,16),
en el encuentro con nuestra respuesta personal, libre y amorosa? ¿No deberíamos
–tal vez– hacer nuestra una respuesta sencilla pero estupenda aunque estemos
sacudidos, como tantos, por las inquietudes y las dudas de las protestas
típicas de nuestro tiempo: diciendo con nuestra vida y nuestras palabras: “Soy
feliz”?
Sí: hoy debemos
dar gracias al Señor por haber instituido este divino y misterioso
Sacramento, la Eucaristía; y todos debemos añadir a su gloria y a
nuestro consuelo: somos felices de que, junto a ella, la
Eucaristía, para hacerla actual, multiplicarla y difundirla, tú, Señor, hayas
comunicado a algunas personas elegidas y responsables, en tu Iglesia, tu santo
y maravilloso Sacerdocio. ¡Que ésta sea nuestra expresión espiritual para
este Jueves Santo!
martes, 15 de abril de 2025
En Ingles podscat de la homilia de Pascua
https://notebooklm.google.com/notebook/9da55531-bb4e-462f-8d2f-9fc5efe8d31b
HOMILIA DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR- MISA DEL DÍA
DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
MISA DEL DÍA (Domingo 20 de abril 2025)
Primera: Hechos 10, 34.37-43; Salmo: Sal
117, 1-2. 16-17. 22-23; Segunda: 1Corintios 5, 6b-8; Evangelio: Juan 20,
1-9
Nexo entre las
LECTURAS
Cristo resucitado, Él es el mensaje central de la liturgia de Pascua.
Ante todo, Jesucristo resucitado, como objeto de fe, ante la evidencia del
sepulcro vacío: "vio y creyó" (evangelio). Cristo resucitado, objeto
de proclamación y de testimonio ante el pueblo: "A Él, a quien mataron
colgándolo de un madero, Dios lo resucitó al tercer día" (primera
lectura). Cristo resucitado, objeto de transformación, levadura nueva y ácimos
de sinceridad y de verdad: "Sean masa nueva, como panes pascuales que son,
pues Cristo, que es nuestro cordero pascual, ha sido ya inmolado" (segunda
lectura).
Temas...
EL HECHO: El evangelista Juan nos relata dos hechos. María Magdalena, la
más madrugadora, va al sepulcro y se encuentra la piedra quitada, el sepulcro
vacío. No creyó. Se limitó a contar lo que le pareció más razonable: "se
han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto". El segundo
hecho es la visita temprana de Pedro y Juan, avisados por las palabras de María
Magdalena. Salen corriendo. Naturalmente corre más y llega antes Juan, pero
espera a que Pedro llegue y entre. Pedro ve el sepulcro vacío, pero también las
vendas por el suelo y el sudario, cuidadosamente plegado y puesto aparte. Juan
vio lo mismo. Vio y creyó. Vio la tumba vacía y las vendas y el sudario aparte,
y creyó que Jesús había resucitado. Y creyeron en las Escrituras y en las
palabras de Jesús, que había anunciado su muerte y resurrección.
EL EVANGELIO: El evangelio es la Buena Noticia de la resurrección de Jesús.
Más que un hecho, es un acontecimiento que cambia la vida y el mundo.
Pues si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos. Por eso es una
buena noticia, la mejor para todos. En el evangelio se anuncia lo imposible, sí,
pero también lo irrenunciable, la resurrección, la vida después de la vida, el
triunfo y desmitificación contra la muerte. Morir ya no es morir, es sólo un
paso, el tránsito hacia la vida perdurable y feliz. Así lo entendieron los apóstoles.
No entendieron sólo que la causa de Jesús perduraba, ni que Jesús pasaba a la
historia de los inmortales. Entendieron/comprendieron/creyeron que Jesús estaba
vivo. Y anunciaron que su promesa de vida eterna era una promesa que se cumpliría
en ellos y en todos.
LA EVANGELIZACIÓN: Y así lo proclamaron a los cuatro vientos,
haciendo hincapié en su experiencia: nosotros somos testigos, lo hemos visto
todo. Hemos vivido con él, hemos asistido atónitos a su muerte y, cuando todo
parecía acabado en la frialdad de la tumba, la tumba está vacía y el muerto ha
resucitado. Y nosotros con él. Evangelizar es siempre eso, anunciar la Buena
Noticia, proclamar la resurrección del Señor, anunciar a todos que la muerte ha
sido vencida, que la muerte no es el final, que la vida sigue más allá de la
muerte. Jesús ha derribado de una vez por todas el muro de la desesperación
humana. Ya hay camino hacia una nueva humanidad, porque lo imposible ya es
posible por la gracia y con la gracia de Dios. ¿Lo creemos? ¿lo anunciamos?
LA FE QUE VENCE AL MUNDO: Creer en la resurrección de Jesús no es sólo
tener por cierta su resurrección, sino resucitar, como nos dice san
Pablo. Creer es realizar en la vida la misma experiencia de la vida de Jesús.
Es ponernos en su camino y en el camino de nuestra exaltación, resueltamente y
sin echar marcha atrás. Jesús entendió su exaltación como subida a la cruz,
como servicio y entrega por todos, dando su vida hasta la muerte. El que ama y
va entregando su vida con amor, va ganando la vida y verifica ante el mundo la
fuerza de la resurrección, porque en "esto hemos conocido que hemos pasado
de la muerte a la vida, en que amamos a los hermanos", en que estamos
dispuestos a dar la vida y no a quitarla. Sólo esta fe viva, esta experiencia
de la nueva vida inaugurada por el Resucitado, puede discutir a la muerte y a
la violencia su dominio. Sin esa fe, nada de lo que digamos sobre la resurrección
podrá ayudar a los otros. Tenemos que ser testigos de la resurrección,
resucitando y ayudando a alumbrar la nueva vida.
EL TESTIMONIO: Creer es ser testigos de la resurrección. Creer es
resucitar, vencer ya en esta vida por la esperanza la desesperación de la
muerte. La fe en la resurrección de Jesús es la única fuerza capaz de disputar
a la muerte, y a los ejecutores de la muerte, sus dominios. La muerte (el
pecado) es el gran enemigo, el mayor enemigo del hombre. El poder de la muerte
se evidencia en el hambre, en las enfermedades y catástrofes, en la violencia y
el terrorismo, en la explotación, en la marginación, en las injusticias, en
todo cuanto mortifica a los hombres y a los pueblos. Creer en la resurrección
es sublevarse ya contra ese dominio de muerte. Es trabajar por la vida, por la
convivencia en paz. Es trabajar y apoyar a los pobres y marginados, a los
desprotegidos, a los oprimidos. Y debe ser también plantar cara a los
partidarios de la muerte, a los asesinos, a los violentos, a los explotadores,
a los racistas y extremistas. Porque sólo trabajando para la vida puede
resultar creíble la fe en una vida eterna y feliz.
Sugerencias...
‘Experimentar’ a
Cristo resucitado. La experiencia se hace o no se hace, se tiene o no se tiene. No puedes
mandar un representante para que haga la experiencia por ti. El cristianismo es
una fe, pero penetrada por una experiencia vital, a fin de que la fe no
decaiga. La experiencia viva de Cristo resucitado la puede hacer cualquier
cristiano. Puesto que es un don que Dios concede, lo primero que habrá que
hacer es pedirla. ¡Qué mejor día que el Domingo de Pascua de Resurrección para
pedir al Señor la gracia de esta experiencia! El cristiano puede disponerse a
recibir el don de esta experiencia, mediante el desarrollo de una sensibilidad
espiritual creciente. Al contacto con Dios, el hombre va gustando a Dios y las
cosas de Dios, va adquiriendo una mayor capacidad de escucha y de docilidad al
Espíritu, va sintonizando más con la fe de la Iglesia (dones del Espíritu
Santo). Esto constituye el terreno cultivado para que en él pueda nacer y
florecer la experiencia de Cristo resucitado. Todos sin excepción estamos
llamados a hacer esta experiencia. No pensemos que es sólo para unos seleccionados
previamente, es para todos. Esa experiencia viva e intensa toca y cambia la
mentalidad, las costumbres, el estilo de vida, el modo de relacionarse con los
demás, los criterios de acción, las mismas obras, hasta el mismo carácter.
Pidamos al Señor que aumente nuestra fe y que nuevamente hagamos la experiencia
de Cristo resucitado en nuestra vida.
Cristo resucitado nos ha hecho partícipes de su vida divina mediante el
bautismo y la gracia santificante, y desea continuar repitiendo en nosotros su
presencia ejemplar en la historia. Vivamos la experiencia de Cristo resucitado,
y estemos seguros de vivir siempre un comportamiento moral digno del hombre… ayudados
así, la resurrección de Jesucristo será el centro de nuestra vida y de nuestra
fe y seremos sus testigos hasta los confines del mundo.
María, Reina de los Apóstoles, Madre Misionera, ruega por nosotros.
HOMILIA VIGILIA PASCUAL 2025 P. Angel
DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
lunes, 7 de abril de 2025
HOMILIA DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR cC (13 de abril 2025)
DOMINGO DE RAMOS EN
LA PASIÓN DEL SEÑOR cC (13 de abril 2025)
Primera: Isaías 50, 4-7; Salmo: Sal 21, 8-9. 17-18a.
19-20. 23-24; Segunda: Filipenses 2, 6-11; Evangelio: Lucas 22, 14 –
23, 52
Nexo entre las
LECTURAS
¡El dolor! Realidad histórica y designio de Dios. Aquí está el centro
del mensaje del Domingo de Ramos. El Siervo de Yahvéh (primera lectura) sufre
golpes, insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el sentido del
dolor. San Pablo, en el himno cristológico de la carta a los filipenses
(segunda lectura), canta a Cristo que "se despojó de su grandeza, tomó la
condición de esclavo". En la narración de la pasión según san Lucas, Jesús
afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un esclavo, pero
sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello confía al Padre su
espíritu. Por eso decimos con fe que el dolor es redentor.
Temas...
«Perdónales porque no saben lo que
hacen» (Lc 23,34)
Esta palabra parece no encajar en lo que está
ocurriendo. Porque, si nos paramos a pensar con detenimiento, ¿en qué cabeza
cabe que después de ser traicionado y negado; después de recibir golpes y
burlas y justo en el momento de ser clavado en la cruz, la primera palabra que
salga de los labios de Jesús sea «perdón»? ¿Cómo antes de buscar cobijo y
amparo para su madre –que observaba todo (cfr. Lc 23, 49)– es más, cómo antes
de confiar su espíritu al Padre lo primero que suplica e implora es compasión
para sus verdugos? En los cálculos mentales humanos es prácticamente impensable
que pueda ocurrir semejante situación. Sin embargo, hay biblistas que afirman
que esta palabra no solo es clave dentro del relato evangélico, sino necesaria,
imprescindible, vital. ¿Por qué? Pues porque es la que hace que el texto se
ajuste no a los cálculos humanos, sino a los de Dios. El tema del perdón es
fundamental en el evangelio de Lucas. La conocida como parábola del hijo pródigo
(cfr. Lc 15, 11-32), entre otros relatos, ejemplifica, y de qué manera, esto
que decimos. Por ello, lo que podemos contemplar en esta palabra es que Jesús,
en el momento de mayor dolor físico, abandono afectivo y sufrimiento racional
sigue siendo coherente con su predicación y nos ofrece su propio ejemplo. No
echemos en el olvido que Jesús de Nazaret, después de proclamar el mensaje de
las Bienaventuranzas en el sermón del llano (cfr. Lc 6,20-26), la primera
indicación que lanza es «amen a sus enemigos, traten bien a los que los odian;
bendigan a los que los maldicen, recen por los que los injurian» (Lc 6,27-28).
Y es que Jesús, al extender sus brazos en la cruz acoge tanto a ‘amigos’ como ‘enemigos’.
Porque es así como podrá condenar todo odio, toda ira y toda cerrazón y dureza
de corazón del ser humano de todos los tiempos.
«Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43)
Solo Lucas pone voz al que se conoce como «buen Ladrón ». Los otros
evangelistas –Mateo y Marcos– sobre los dos «ladrones» indican que se unían,
desde sus patíbulos, a las ofensas y reproches que las autoridades tanto
civiles como religiosas proferían contra Jesús. Pero en Lucas hemos de
centrarnos en la actitud del ‘bueno’. Y en él podemos descubrir que era
consciente de la injusticia que se estaba cometiendo con Jesús. Y no solo eso.
También sabía que su destino –el de Jesús– iba a ser dichoso porque traspasa
las fronteras de este mundo colmado de tanto malhechor y sinvergüenza. ¡Qué
paradoja! ¿Quién iba a pensar que un absoluto desconocido; un maleante,
delincuente culpable de delitos graves y condenado a muerte por ello, fuera el
que reconoció a Jesús como portador de un Reino de felicidad plena en el que
nadie, por muy inmoral que haya sido, es olvidado para siempre? Mientras que
Pedro, el amigo, el confidente, el incondicional dispuesto a todo, incluso a lo
más extremo (cfr. Lc 22,33), había negado rotundamente pocas horas antes,
conocer siquiera la existencia de Jesús. Sabemos que bastó una mirada directa
(cfr. Lc 22,61), indescriptible, pero con toda seguridad colmada de amor y
ternura, para que el primer Papa de la historia reconociera la gravedad de su
pecado: negar a Dios. Por ello, esta palabra dirigida al buen Ladrón nos ha de
llevar a contemplar que en una vida repleta de errores siempre va a estar
presente la posibilidad de transformación. Porque la conversión nos habla del
hoy misericordioso de Dios que, actuando en la historia, cambia la necedad del
hombre por conocimiento y sabiduría. Porque el buen Ladrón no pidió un puesto
de honor en el Reino de Jesús, como otros se habían disputado (cfr. Lc 22,24).
Eso lo había conseguido sin necesidad de pedirlo. Este delincuente solo
imploraba que fuese recordado por Aquel en quien había descubierto, no la
posibilidad de ser indultado de sus delitos, sino algo mucho mayor a la par que
liberador. Porque la palabra que dirigió Jesús al Ladrón bueno antes de que
ambos cerraran los ojos en este mundo, le abrió, en ese preciso instante, las
puertas de la felicidad plena para que su conversión sincera, su confianza en
Dios y su oración de petición fueran recordadas como ejemplo a seguir, por toda
la eternidad.
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46)
Antes de que Jesús pronuncie esta última palabra, Lucas nos ha ido preparando
para que descubramos que algo grande va a ocurrir. Y es que el mundo se ha
quedado a oscuras; y en el Templo, el velo, ese que debía ocultar lo más
sagrado, se ha roto por la mitad (cfr. Lc 23, 44-45). Por ello, después de
esto, Jesús se lanza con una confianza absoluta a los brazos del Padre. A
diferencia de otros evangelistas en Lucas no encontraremos grito alguno en este
momento (cfr. Mt 27,50; Mc 15,37). ¿Es importante esta distinción? Y otra
cuestión. ¿Por qué Lucas ha puesto en labios de Jesús el salmo 31 en lugar del
salmo 22, como encontramos en otros relatos (cfr. Mt 27,46; Mc 15,34)? La
respuesta al interrogante planteado quizá sea que Jesús, sin tener duda alguna,
sabe que Dios jamás abandonará a nadie. Y menos en momentos de sufrimiento,
angustia y soledad. Así pues, en esta palabra hemos de descubrir y contemplar
el culmen de esa esperanza (Jubileo 2025) que Jesús de Nazaret había mostrado
siempre a lo largo de su vida con sus dichos y hechos. Sin embargo, la realidad
es que el mundo, en esa hora, ha quedado en tinieblas. La oscuridad lo domina
todo. Tan solo falta dar sepultura (cfr. Lc 23, 50-56). ¿Y ahora? ¿De verdad
que esta es la última palabra? ¿De verdad que no hay nada más que decir?
Sabemos perfectamente que la respuesta es no. Cristo ha entregado su espíritu.
Y aquí, en esta palabra –espíritu– está la clave. Porque será ahora el Espíritu
el que va a dar el impulso necesario para que la predicación del Evangelio
llene de luz la vida del ser humano. Para que descubra que hay una claridad
nueva más allá de lo conocido. En definitiva, para que el confiar del hombre
quede preñado de esperanza, y se siga lanzando, en cualquier situación de
adversidad, a los brazos del Padre.
Sugerencias...
El dolor, un tesoro escondido. El hombre tiene
miedo del dolor. Quisiera eliminarlo, arrancarlo de la vida humana, e incluso
de la vida animal. Parece como si el dolor fuera solo mal, un mal abominable,
un ‘agujero negro’ en el gran universo humano que devora todo lo que entra en
su campo de acción. Parece como si la gran batalla de la historia actual fuera
contra el dolor en lugar de ‘por el hombre’. Hay que rezar y reflexionar sobre
esto, porque a veces resulta que logramos destruir el dolor, pero de tal manera
que destruimos también algo del hombre. Los padres, para que sus hijos no
sufran, no les quieren negar nada, les dejan hacer todos sus caprichos, pero...
¿no están de esta manera perjudicándolos a largo plazo? A los ancianos, a los
enfermos terminales se les amortiguan los dolores con medicinas que les hacen
perder en gran parte la conciencia. ¿No se les hace perder así libertad y
nobleza de espíritu ante el dolor? No respaldar el sufrimiento en sí, es
necesario aliviarlo lo más posible, recemos por la asunción humana del
sufrimiento. No son infrecuentes los casos de jóvenes y adultos que ante el
fracaso escolar o profesional, ante una decepción amorosa, ante un escándalo de
corrupción, prefieren acabar con la vida o entran en una desilusión aplastante
que no quieren enfrentarse con el rostro doloroso de la situación. ¿Por qué? Porque
no se conoce, no se ha descubierto el tesoro escondido en el dolor (Papa
Francisco). Para el hombre es un tesoro escondido de humanización. Para el
cristiano es un tesoro escondido de asimilación del estilo de Cristo, de valor
redentor. También San Juan Pablo II ha tenido la osadía de hablar del Evangelio
del sufrimiento, ciertamente del sufrimiento de Cristo, pero, junto con Él, del
sufrimiento del cristiano. Estamos llamados a vivir este Evangelio en las
pequeñas penas de la vida, estamos llamados a predicarlo con sinceridad y con
amor, de manera especialísima este Año Jubileo.
Consuelo en el dolor. La medicina está
descubriendo que la presencia amiga junto al lecho del enfermo puede aliviar el
dolor más que una inyección de morfina. Hay una relación estrecha entre el alma
y el cuerpo, y el consuelo espiritual de una cercanía suaviza los más terribles
sufrimientos. Nos dice de manera buena y paternal el Santo Padre que las obras
de misericordia espirituales (instruir, consolar, confortar, sufrir con
paciencia...) y corporales (dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo
tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los
muertos...), son formas tradicionales y novedosas de ayudar al hombre en su
dolor. Son formas que continúan siendo válidas e indispensables. Junto a ellas
surgen y surgirán nuevas formas según las necesidades de nuestro tiempo. Lo que
importa es tener conciencia de que, como discípulos misioneros, hemos de
acompañar a los hombres en su dolor, hemos de ser serviciales con aquel que
padece sufrimientos, hemos de aliviar con nuestra cercanía y nuestro consuelo
sus sufrimientos y los nuestros. ¿No es una buena forma de alivio el enseñar a
los que sufren a dar sentido y valor a sus sufrimientos? ¿y aprenderlo nosotros
mismos?
Nuestra Señora de los dolores, ruega por nosotros.
Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1; Salmo : Sal 1...
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