lunes, 24 de julio de 2017

HOMILIA "EL REINO DE LOS CIELOS.. " DOMINGO XVII

Domingo decimoséptimo del TIEMPO ORDINARIO cA (30 de julio de 2017)
Primera: 1 Reyes 3, 5-6a. 7-12; Salmo:118, 57. 72. 76-77. 127-130; Segunda: Rom 8, 28-30; Evangelio: Mateo 13, 44-46 
Nexo entre las LECTURAS
Una ‘nota’ del hombre es la libertad de elección. La elección es el tema que puede agrupar (nexo) los textos litúrgicos, mediante los cuales la Iglesia nos invita a reflexionar para vivir más evangélicamente. En el evangelio el hombre ‘que encuentra’ elige vender todos sus bienes para comprar el campo en el que ha descubierto un tesoro, y el que se dedicaba a buscar perlas finas sacrifica todas las que tenía con tal de obtener una perla preciosa sin comparación. En la parábola de la red ‘barredera’ ya no es el hombre el que elige, sino Dios mismo, conforme a las elecciones que el hombre haya hecho en su vida. La segunda lectura nos habla de la llamada de Dios y de la consiguiente respuesta-elección del hombre. La figura de Salomón orante, en la primera lectura, muestra que es en el ámbito de la oración donde el hombre se capacita para hacer las elecciones más auténticas, para discernir bien lo que hay que hacer y tener la fortaleza de poder practicarlo.
Temas...
La Iglesia es el Reino de Cristo "presente ya en misterio" (Cat. de la Iglesia Católica 763). La Iglesia es también el cuerpo místico de Cristo (Pío XII), es decir, el misterio de la encarnación prolongado en el tiempo de la historia. Las parábolas evangélicas poseen ante todo un sentido cristológico: los hombres, pero particularmente los discípulos de Cristo, son llamados a elegir "vender" todo con tal de conseguir el tesoro que es Cristo, la perla preciosa, que es el misterio de Cristo. Quien, después de la muerte, se acerca al Padre con este tesoro y esta perla, el Padre le hará partícipe de su vida y de su gloria.
Las parábolas tienen también un sentido eclesiológico, en cuanto que la Iglesia es el campo en el que el tesoro de Cristo está escondido, es quien nos ‘vende’ la perla preciosa que anhela nuestro corazón. Al hombre le interesa adquirir el tesoro y comprar la perla preciosa, y con la Iglesia y la ayuda de la gracia se puede conseguir. Elegir a Cristo-tesoro es elegir inseparablemente a la Iglesia, campo en que el tesoro se halla; elegir la perla preciosa es elegir a la Iglesia, el único que ‘me la puede vender’. Es absurdo, y contrario a la doctrina más genuina del Evangelio y de la Tradición eclesial, el oponer Cristo e Iglesia, o el pretender un Cristo sin Iglesia o una Iglesia sin Cristo.
La elección por el campo y el tesoro o por la perla de gran valor se lleva a cabo con el corazón lleno de alegría (Mt 13,44). Comprar el campo significa prescindir de muchas cosas, tal vez muy queridas y arraigadas en la propia vida, pero ante la realidad del tesoro, no se presta atención a lo que se deja ni a la nostalgia que el alma siente por ello, sino que la atención se centra en el tesoro, en la perla, y así el alma exulta de gozo. Es el gozo de quien valora la llamada que Dios le ha hecho a la fe cristiana, a la Iglesia católica. Es el gozo de quien, mediante esta llamada y su respuesta libre, se sabe poseedor de un tesoro maravilloso que Dios le regala, y por el que Dios le hace ya ahora -y le hará definitivamente en el Cielo- partícipe de su salvación y de su gloria (Rom 8,30).
Salomón en la oración supo discernir la voluntad de Dios e hizo una elección iluminada, de acuerdo con su vocación de rey y gobernante del pueblo de Israel (1Re 3,9). Es en la oración donde el hombre alcanza a descubrir más plenamente -y a elegir en consecuencia- el tesoro y la perla preciosa, es decir, el valor único y máximo de Cristo y de la Iglesia en el designio salvífico de Dios.

Sugerencias...
La elección cristiana. El mundo de hoy ofrece a los hombres y a los cristianos muchas posibilidades de elegir entre realidades muy atractivas y seductoras, al menos a la vista y al "bolsillo". Una enorme desgracia que incumbe sobre los hombres es el engaño y los espejismos, el creer que hay un tesoro en un campo donde no lo hay en realidad, el soñar con un tesoro que de verdad no existe, valorar como perla preciosa lo que no es sino ficción (fachada) y baratija. Luego, con el tiempo, vienen los desengaños, las frustraciones... ¿Quién les orientará en la búsqueda del verdadero tesoro?
Muchos cristianos, muchos fieles de nuestra parroquia y vecinos, necesitan posiblemente valorar, por sí mismos o con la ayuda de otro, el tesoro inapreciable de Cristo y el campo, la Iglesia, en que este tesoro está escondido. Lo poseen como una herencia, como un cuadro antiguo que adorna una de las paredes de la casa. El cuadro está ahí, como podía estar en otro lugar. Esa herencia debe ser objeto de elección. Pero, ¿cómo van a elegir a Cristo, si Cristo es sólo una herencia, y no es un tesoro para ellos, si no es el supremo valor de su existencia? ¿Cómo van a amar a la Iglesia y a trabajar en la Iglesia, si no es el único campo en el que se encuentra el tesoro de Cristo? Es urgente que el cristianismo sea una herencia que se valora, que se elige y que llena de gozo la vida.
El sentido de la vocación. Se ha de buscar ampliar el concepto de vocación en la mente de los hombres y de los mismos cristianos. Existe la vocación a la vida, la vocación al matrimonio, la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, la vocación al apostolado laical, a la entrega diaria, POR SOBRE TODAS: la vocación al Cielo... En definitiva, es importante que el hombre "se sienta llamado", es decir, elegido, interpelado. La vida humana, y de modo más hondo la vida cristiana, es un diálogo de libertad entre Dios y el hombre. Dios que llama y el hombre que responde. Dios nos llama a nuestra plena realización humana y cristiana, el hombre ha de responder a este llamado, y, según la respuesta, decide sobre su historia y su destino. Vivir la vida ordinaria con sentido de vocación ofrece una perspectiva nueva a la existencia. Realizar las pequeñas decisiones concretas de cada día como respuestas a Dios que llama nos ayuda a tomar nuestras decisiones con mayor responsabilidad y además da un gran valor al ejercicio de nuestra libertad en los pequeños asuntos diarios.
Nuestra Señora del SI, ruega por nosotros.

El sentido de la vida

lunes, 17 de julio de 2017

HOMILIA PARA EL XVI DOMINGO" SEAMOS PACIENTES Y MISERICORDIOSOS"

Domingo decimosexto del TIEMPO ORDINARIO cA (23 de julio de 2017)
Primera: Sabiduría 12, 13. 16-19; Salmo: Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a; Segunda: Romanos 8, 26-27; Evangelio: Mateo 13, 24-43 
Nexo entre las LECTURAS
Jesús nos pide que seamos pacientes y misericordiosos, es el nexo. El texto que escuchamos del Libro de la Sabiduría nos habla del infinito poder de Dios, y de lo bien que sabe adminístralo, siendo benigno e indulgente. Así, es ejemplo para que nosotros también sepamos gestionar el tiempo que tenemos para hacer el bien en el amor y en el servicio. En relación con esta reflexión del Libro de la Sabiduría, el salmista proclama el amor, la bondad y la clemencia de Dios, ante quien se postran todos los pueblos y a quien el propio salmista le pide fortaleza. La segunda lectura se toma de la Carta a los Romanos. San Pablo nos habla de cómo el Espíritu Santo, de un modo misterioso, nos ayuda a orar desde lo más hondo de nuestro corazón. Y Dios Padre escucha esta oración. Del Evangelio, según san Mateo, escuchamos un largo texto del capítulo 13 en el que Jesús cuenta tres parábolas sobre el Reino de Dios: la cizaña, el grano de mostaza y la levadura. A continuación, los discípulos le piden que les explique la parábola de la cizaña… Jesús nos pide que seamos pacientes y misericordiosos.
Temas...
El grano de mostaza. Esta parábola parece indicarnos el ritmo de crecimiento, de transformación y consolidación del Reino, de la Iglesia. En la diminuta semilla de mostaza se encierra algo inmensamente grande, que irá creciendo de a poquito, al abrigo de la tierra fecunda. La pequeñez se transfigura en grandeza, la humildad en exaltación; en el Reino los últimos son los primeros, los poderosos son los últimos, los que pierden su vida, la ganan (Papa Francisco). Todo esto acontece en la Comunidad de los discípulos misioneros. Esta parábola sugiere algunos rasgos que han de configurar el rostro de la Iglesia a la luz del Reino. He aquí algunos: La pequeñez e insignificancia como garantía y augurio de crecimiento y consolidación. La Iglesia es el Pueblo que en su manera de ser y obrar no tiene aspiraciones de grandeza ni afanes de poder porque quiere ser decididamente sacramento de Cristo entre los hombres; quiere “parecerse a Jesús”, que, a pesar de su condición divina, se vació de sí mismo, se hizo esclavo y obediente hasta la muerte (Cf Fil 2, 5-11). No es una Iglesia presuntuosa ni vanidosa porque es consciente de que, como Jesús, ha nacido en la pobreza y, obediente a Jesús, vive en pobreza. Sabe que ella es la comunidad de los pobres, porque a ellos les pertenece el reino (Mt 3,3). Está dichosa de ser pobre y de parecerlo. Cuando esta Iglesia hace memoria de sí misma, de sus orígenes, recuerda que fue como una semilla de mostaza, tan minúscula como prometedora. No se acomoda a la mentalidad este mundo, sino que se transforma interiormente con una “mentalidad nueva” para discernir la voluntad de Dios, lo que “es bueno, y aceptable y perfecto” (Cr Rm 12, 2). Se hace un árbol, vienen los pájaros y anidan en sus ramas. La semilla de mostaza es potencia de vida, vigor exuberante. Poco a poco, de acuerdo a su propio ritmo lento pero firme, crece y se hace arbusto. La Iglesia, Reino, no atropella los ritmos de sus comunidades, sino que los cuida atentamente; tampoco se saltea las etapas precisas de su misión evangelizadora. No busca “lo eficaz” ni “lo pragmático” -tantas veces irrespetuoso e incluso, violento- sino que atiende con cuidado y responsabilidad a los “tallos” verdes que brotan porque son vida y, además, primicias y promesas del reino.
El trigo y la cizaña. La Iglesia -del Reino-, la que es trigo bueno, ha aprendido a convivir pacientemente con la cizaña. No se precipita en arrancarla, sino que espera al final de la cosecha. No es que la Iglesia desconozca, o no le importe la cizaña, sino que, con paciencia y esperanza, intenta que, mientras el trigo y la cizaña germinan juntos, la cizaña se marchita y el trigo crece hasta alcanzar la Vida. La Iglesia, Pueblo de Dios, Familia de Dios, imita la paciencia Dios; no juzga las conductas de los hombres con ligereza porque, como Jesús, no ha sido enviada para juzgar sino para salvar. El juicio ocurrirá al final del tiempo, cuando los cosechadores arrancarán la cizaña y la echarán al fuego; cosecharán el trigo y lo guardarán en los graneros del reino.
La levadura en la masa. La Iglesia, a la luz del Reino anunciado por Jesús, está inmersa en las realidades cotidianas de este mundo. No puede vivir separada, al margen de ellas y, menos aún, en contra de ellas. Es la “Iglesia en el mundo” del Vaticano II. Esta Iglesia pequeña es como un puñado de fermento mezclado con las realidades de este mundo: políticas, culturales, económicas, sociales. Es la levadura nueva de la Pascua -la “levadura de la sinceridad y la verdad”- que fermentará la “masa nueva”, el Reino de Dios. (Cf 1Co, 5, 6-8). La Iglesia, como fermento vivo, actúa lentamente en el mundo, tratándolo con la paciencia misericordiosa de Dios que, siendo eterno, no tiene prisas. Ella no compite con el mundo ni es su rival, sino que lo ama entrañablemente y lo respeta en su autonomía de criatura de Dios. Es una Iglesia persuasiva, acogedora, compasiva, más ocupada por salvar al mundo que por juzgarlo (Cf Jn 12, 47) El juicio ocurrirá -asegura Jesús- al final del tiempo.
Sugerencias...
Ser apóstoles del bien. No cerraremos los ojos al mal, mas ¿por qué casi nos volvemos ciegos para el bien? Casi que el bien no tiene apóstoles, sino más bien y con frecuencia críticos. En cambio, el mal, el crimen, el desorden moral está en las pantallas de la televisión y de las redes sociales, en los titulares de los periódicos y en los labios de muchos -que se dicen- cristianos. Muchos están ocupados por el medio ambiente y por la ecología del planeta, por las mascotas o las especies en extinción; habremos de interesarnos, al menos por igual, de la ‘ecología moral’ de nuestros medios de comunicación social, de la ‘limpieza ética’ de las calles de nuestras ciudades. Si el grado de contaminación atmosférica sube más allá de lo normal, enseguida se adoptan medidas para hacerlo descender, pero, ¿qué pasa si la contaminación inmoral sube más de lo decente y honesto? A cualquiera que ponga el dedo en la llaga, le lloverá un diluvio de críticas y no pocas veces de improperios. Ciertamente hay que aplacar el mal que se ve y que se propaganda; sepamos que es muy importante y eficaz acallar el mal con la proclamación del bien, desarraigar el mal a base de bien y de bondad, de paciencia y comprensión.
La Iglesia es de todos y hay lugar para todos. Hay santos y hay pecadores, hay líderes y hay liderados, hay trigo y hay cizaña, hay flaqueza del hombre y hay misericordia de Dios. Iglesia santa y pecadora. Así es nuestra Iglesia. Como la luna con fases de esplendor (llena) y ausencia de esplendor (nueva), con luz que no es propia, sino que nos viene del Sol, Jesucristo resucitado. Aquí está presente el profundo realismo que nos invade y nos envuelve. Por prolongación, podríamos también decir: "Parroquia santa y pecadora", "institución religiosa santa y pecadora". Seamos realistas con nosotros mismos y en nuestra actividad pastoral. Tengamos fe, con todo, en que puede crecer en medio de nuestra comunidad parroquial o religiosa y en la misma familia, la santidad y disminuir el pecado. Con la liturgia de hoy estemos seguros de que "Dios puede utilizar su poder cuando quiera" (primera lectura) y de que "el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza... e intercede por nosotros con gemidos inefables" (segunda lectura). Convenzámonos con el Evangelio de que la semilla del bien va a transformarse en un árbol gigante.
Es el tiempo de la siembra y el tiempo de la vida el Tiempo Ordinario. En invierno se nota más… pues, bajo una aridez aparente, fecundan las semillas. Parecería que no hay señales de vida porque la vida late bajo la tierra fértil. Día a día, semana tras semana, penetra en nosotros la semilla, la Palabra que Dios que el sembrador esparce en nuestra tierra, en las tierras diversas de las que Jesús hablaba (Mt 13, 1-8; 18-23). Mientras vivimos el “Tiempo Ordinario” atendemos a la profundidad de nuestras vidas personales, acogemos en nuestra entraña creyente la semilla; el Espíritu, la fecunda y van naciendo en nuestra entraña brotes de vida. El “Tiempo Ordinario” es tiempo de interioridad, de madurez, de silencio y contemplación, de lluvias y fríos y rocíos, de vida latente que crece y empuja. Tal vez es por eso (conveniencia), que el color verde sea el color de este Tiempo.
María, Virgen fecunda, ruega por nosotros.

jueves, 13 de julio de 2017

¿ Por qué buscamos a Dios?


Dios ha puesto en nuestro corazón el deseo de buscarle y encontrarle. San Agustín dice: «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti». Este deseo y búsqueda de Dios lo denominamos  RELIGIÓN. [27-30]
Para el ser humano es natural buscar a Dios. Todo su afán por la verdad y la felicidad es en definitiva una búsqueda de aquello que lo sostiene absolutamente, lo satisface absolutamente y lo reclama absolutamente. El hombre sólo es plenamente él mismo cuando ha encontrado a Dios. «Quien busca la verdad busca a Dios, sea o no consciente de ello» (santa Edith Stein).

miércoles, 12 de julio de 2017

CANTINFLAS

HOMILIA PARA EL DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO

Domingo decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cA (16 de julio de 2017)
Primera: Isaías  55, 10-11; Salmo: Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14; Segunda: Romanos  8, 18-23;  Evangelio: Mateo 13, 1-23 
Nexo entre las LECTURAS
La Palabra de Dios es eficaz y fecunda; por eso somos exhortados a escucharla -acogerla- y ponerla en práctica. Isaías la compara con la lluvia que fecunda la tierra y hace germinar la semilla (primera lectura). En la explicación de la parábola del sembrador Jesús enseña que la semilla es la Palabra de Dios que, si cae en buena tierra (quien escucha y acoge el mensaje), da fruto, sea ciento, sesenta o treinta. En la segunda lectura se indican algunos frutos de la Palabra y Revelación divinas: la liberación y gloria de los hijos de Dios, la participación del cosmos en la "esperanza del hombre" . 

Temas...
La Palabra posee, como lo afirmamos de los Sacramentos, una propia eficacia. En esta parábola se nos muestra que su eficacia, de alguna manera, está en dependencia de las disposiciones de quien la escucha.
La Palabra llega a todos, pero no todos la escuchan y aceptan (la parábola del sembrador da fe de la verdad de esta proposición). Ya a finales del siglo 1 d.C. podía decirse que el mensaje de Jesús había sido llevado a todos los rincones del mundo hasta entonces conocido. Hoy día, gracias a la imprenta (la Biblia o, al menos el Nuevo Testamento están traducidos a más de 1500 lenguas), a los medios de comunicación social con alcance internacional, y sobre todo a los misioneros y evangelizadores testigos de la Palabra, casi se puede asegurar, sin miedo a equivocarse, que la semilla de la Palabra de Dios ha caído en todos los ángulos de nuestro planeta. Y todavía más, hoy con la internet y la telefonía celular y las redes sociales, todavía más seguros de que llegó hasta los confines de la tierra. Junto a esta consolante realidad, se constata otra realidad evidente: unos escuchan la Palabra, la aceptan y tratan de hacerla vida; a otros les resulta indiferente, una más entre tantas palabras que llegan a sus oídos; pero hay también muchos que la acogen, la meditan, la aman y la traducen en actitudes y comportamientos y procuran enseñar a otros a hacer lo mismo.
Cuando el hombre está bien dispuesto, la Palabra da fruto abundante. La lluvia, imagen de la Palabra en la primera lectura, no vuelve a Dios vacía. La semilla, imagen de la Palabra en el Evangelio, produce, en la tierra del hombre bien preparado para acogerla, un fruto superabundante: desde el 30 al cien por cien, resultado admirable si, a lo que parece, el promedio en tierra de Judea era, al máximo, del 10 por ciento. Por eso, Pablo habla de frutos que exceden toda imaginación: Dios nos ha revelado por su Espíritu nuestra condición y nuestra gloria de hijos suyos, la misteriosa participación final del cosmos en la gloria de los hombres (segunda lectura). Este fruto abundante no es casual, ni tampoco al margen de la voluntad de Dios; es Dios mismo quien desea, como Padre amable y generoso, que su Palabra produzca el más abundante fruto.

Sugerencias...
Leer y meditar, de manera, frecuente la Palabra de Dios. Mucho se ha hecho y se está haciendo por difundir la Biblia entre los cristianos, e incluso entre los no creyentes en Cristo. Es grande también la labor realizada para que los fieles cristianos lean y mediten la Biblia, sea individualmente o en grupo, que practiquen “la lectio divina”. Son muchos igualmente los cursos, semanas, festivales bíblicos que se tienen a lo largo del año, en tantos países. La "lectio divina" y otras formas semejantes de lectura y meditación bíblicas se han difundido ampliamente no sólo en los monasterios e institutos religiosos, sino también entre los fieles cristianos laicos. Debemos agradecer a Dios los ingentes frutos que todo este trabajo está produciendo en los cristianos y en la Iglesia. Podemos aprovechar este Domingo para reflexionar sobre la presencia y eficacia de la Palabra de Dios en nuestra diócesis, en nuestra parroquia, en nuestra comunidad, en nuestra familia, en los lugares de trabajo. ¿Qué hemos hecho hasta el presente? ¿Con cuáles resultados? ¿Qué podemos mejorar? ¿Habrá llegado el momento de promover nuevas iniciativas en este campo de la pastoral?
Palabra y Sacramento. Son dos realidades indisociables. Así lo ha entendido la Iglesia desde sus orígenes, uniéndolas en la liturgia eucarística. Primero la Palabra eficaz que cae, como semilla, sobre los participantes en la Eucaristía, y hace presente la revelación de Jesucristo. Luego el Sacramento eficaz que, por medio de la consagración, hace presente la obra de Jesucristo Redentor entre los hombres. La Palabra de Dios prepara al Sacramento, y el Sacramento predispone para la acogida sincera de la Palabra. Por eso, es importante hacer una catequesis sólida y constante sobre la necesidad de participar a toda la celebración eucarística. No es principalmente un problema moral: "Si es válida o no válida la Misa, porque llegué a la homilía o al credo...". Es sobre todo un tema espiritual (el alma necesita del alimento de la Palabra divina) y de pedagogía cristiana (educar a las personas a una concepción completa y riquísima de la celebración eucarística, desechando modos de pensar del pasado marcados por el pecado, el hombre viejo).


lunes, 10 de julio de 2017

¿Por qué nos creó Dios?

¿Por qué nos creó Dios?
Dios nos creó por un amor libre y desinteresado. [1-3]

Cuando un hombre ama, su corazón se desborda. Le gustaría compartir su alegría con los demás. Esto le viene de su Creador. Aunque Dios es un misterio, podemos sin embargo pensar en él al modo humano y afirmar: nos ha creado a partir de un «desbordamiento» de su amor. Quería compartir su alegría infinita con nosotros, que somos criaturas de su amor.

jueves, 6 de julio de 2017

¿Para qué estamos en la tierra?


Estamos en la tierra para conocer y amar a Dios,
para hacer el bien según su voluntad y para ir un
día al cielo.
 [1-3, 358]
Ser hombre quiere decir: venir de Dios e ir hacia Dios.
Tenemos un origen más remoto que nuestros padres.
Venimos de Dios, en quien reside toda la felicidad del Cielo y de la Tierra, y somos esperados en su bienaventuranza eterna e ilimitada. Mientras tanto vivimos en la tierra. A veces experimentamos la cercanía de nuestro Creador, con frecuencia no experimentamos nada en absoluto. Para que podamos encontrar el camino a casa, Dios nos ha enviado a su Hijo, que nos ha liberado del pecado, nos ha salvado de todo mal y nos conduce infaliblemente a la verdadera vida.
Él es "el camino y la verdad y la vida" (Jn 14,6). 285

lunes, 3 de julio de 2017

DOMINGO DECIMOCUARTO "VENGAN A MI LOS QUE ESTÁN AFLIGIDOS"

Domingo decimocuarto del TIEMPO ORDINARIO cA (09 de julio de 2017)
En Argentina, día de la Declaración de la Independencia Nacional
Primera: Zacarías 9, 9-10; Salmo: Sal 144, 1-2. 8-11. 13c-14; SegundaRomanos 8, 9. 11-13; Evangelio: Mateo 11, 25-30
Nexo entre las LECTURAS
Las lecturas de este Domingo nos plantean algunas paradojas: El rey mesías que se encamina hacia Jerusalén humilde y montado en un asno (primera lectura); Jesús, maestro y señor, que se llama a sí mismo sencillo y humilde de corazón, y que además afirma que su yugo es suave y su carga ligera (Evangelio); san Pablo que, en la carta a los Romanos, razona, siguiendo las huellas de Cristo, de un modo nuevo, que se resume en ‘morir para vivir’: "si hacen morir las obras de la carne por medio del Espíritu, entonces vivirán".
Temas...
La paradoja es algo sorprendente y desconcertante para nosotros, es como que se escapa a la lógica de la razón, y esto nos "martiriza" al hacernos perder las riendas del pensamiento. La paradoja es del ámbito del pensamiento, pero pertenece a un ámbito diverso del lógico-racional, al ámbito de lo emotivo, de lo intuitivo, a la lógica del corazón y, si es paradoja cristiana, al ámbito además de la revelación y de la fe. En este sentido, el punto de partida de nuestra homilía puede ser la realidad de la paradoja cristiana y la conciencia de dicha realidad. A partir de aquí podemos reflexionar sobre los textos litúrgicos:
La paradoja del mesías. El mesías esperado en el AT es el mesías rey, descendiente de David, que habría de entrar en Jerusalén como un gran monarca, después de haber conquistado de nuevo el entero reino davídico. Zacarías menciona un rey, justo y victorioso sí, pero humilde y montado en un asno, en un joven borriquillo. El cristianismo ha visto realizada esta profecía en Jesús, el mesías esperado por Israel y por todos los pueblos, un mesías rey, pero que reina –¡qué misterio! – desde el trono de la cruz, en medio del sufrimiento más atroz (podemos hacer memoria del Domingo de Ramos).
La paradoja del amor. El texto de san Mateo reproduce, como en un cuadro, el amor paradójico de Jesús. Esa paradoja que supone la humillación más anonadante de la grandeza más sublime y consciente, la del Hijo de Dios, por medio de la encarnación. La paradoja del Señor y del Maestro que, en su sencillez y humildad de corazón, pone sobre sus hombros la carga y el yugo, a fin de que, a nosotros, sus siervos agobiados ante el peso, nos resulte la carga más ligera y a nosotros, sus discípulos fatigados por leyes y preceptos, se nos haga más suave su yugo (podemos hacer memoria del Viernes Santo).
La paradoja de la gracia. En la existencia cristiana los términos "morir - vivir" son correlativos, es decir, hay que morir para vivir. Es la muerte a las obras de la carne, para que resucite el hombre nuevo, que vive según el Espíritu. Es la muerte en sentido ascético y místico, y, si Dios lo quiere y nos da la gracia, también en sentido real, hasta el martirio cruento, para que viva Cristo en nosotros con un modo de vivir que pertenece a otra realidad diversa del mundo, por más que esté plenamente incrustada en él, pues el cristiano no es del mundo, pero está en el mundo como levadura y como luz (aquí se puede hacer memoria del Triduo Pascual y de la Eucaristía -Jueves Santo-). Volvamos a hablar de la alegría pascual, pues no hay cristianismo sin FE PASCUAL.
– Entre los hombres hay la tendencia marcada a clasificar a los demás, a etiquetarlos según categorías opuestas. Se es de izquierda o de derecha, tradicional o progresista, carismático o institucional, católico o laicista, liberal o conservador, de antes o de mañana, y así por el estilo. El discípulo-misionero no encaja en ninguna de esas categorías, es simplemente ‘cristiano’. Ello le da libertad para discernir y pertenecer, a TODOS, según lo exija el servicio misericordioso en cada caso. En nuestra vida pastoral-comunitaria hemos de tenerlo muy en cuenta, y quitar espacio a las oposiciones y a las negaciones arbitrarias. A veces el cristiano aparecerá como progresista, porque eso es lo que le pide su fe y su conciencia, y otras veces será visto como tradicional, pero siempre ha de ser audaz en ‘salir y evangelizar’ (Papa Francisco). No son las categorías las que cuentan, sino los valores (virtudes) que se quieren promover y salvaguardar; y ante los valores, puede saltarse cualquier clasificación, importa tener un corazón de discípulo-misionero (Doc. de Aparecida). Valores como la vida, la moralidad pública, la salvaguarda del ambiente, la dignidad de la persona, la libertad en general y particularmente la libertad religiosa, la defensa del niño por nacer... no elegimos pertenecer a alguna categoría ni nos supeditamos a clasificaciones partidistas... amamos y servimos al hombre, y habrá que protegerlos y fomentarlos siempre, en cualquier parte, y en cualquier situación, especialmente en y con los pobres, débiles y sufrientes,
– Pedir la gracia de no tener miedo a ser clasificados, a que nos pongan un apelativo que no nos gusta, que nos hace perder amistades, que incluso ponga en cierto peligro nuestra fama y nuestro honor y ser fuertes en la perseverancia como discípulos-misioneros cuando nos enteramos que fuimos clasificados, catalogados con expresiones o dichos desagradables y no ciertos. El primero en ser clasificado por los hombres de su tiempo fue Jesús y no con mucha fortuna: amante de la buena mesa, borracho, glotón, amigo de publicanos y pecadores, rebelde a las leyes de su pueblo... Jesucristo no se ocupó de tales clasificaciones. Lo que cuidaba con interés – y era su verdadera ocupación – es la gloria del Padre y la instauración del Reino de Dios, en el arrepentimiento y la conversión interior y en la fe para tener acceso a dicho Reino. Todo lo demás "lo deja". Nosotros como Pastores, sacerdotes y fieles cristianos laicos comprometidos hemos de tener la misma actitud de Jesucristo, aunque no ‘se nos pinte’ en modo alguno fácil y aunque nuestras tendencias naturales quieran seguir otra invitación. Además, hemos de inculcar esta misma actitud a nuestros amigos y vecinos, compañeros de trabajo y estudio, con sencillez de razonamiento, con convicción sincera, con fuerza persuasiva. Cuando se rompe ese miedo, que tanto ata y paraliza, el cristiano logra una gran libertad de espíritu para actuar delante de Dios y no delante de los hombres (cfr.: Papa Francisco), o delante de los hombres dando gloria a Dios.

Temas... (Otra posibilidad)
– Todo procede del Padre: Jesús, el revelador, da gracias al Padre por poder serlo (revelador). Y ya está previsto en el plan de Dios que Jesús esconderá estas cosas a los «sabios y entendidos», pues éstos creen que ya lo saben todo y que lo saben mejor que nadie, y se las revelará a la «gente sencilla», es decir, a los que no son expertos en la doctrina de los doctores de la ley y que son los mismos que los «pobres en el espíritu», los «enfermos» que tienen necesidad de médico, los que están «maltrechos y derrengados» como ovejas sin pastor. Estos pobres tienen un espíritu abierto, un espíritu que no está completamente obstruido con mil teorías; aunque sean despreciados por los sabios y entendidos, Dios los ha elegido como destinatarios de su revelación. Se mostrará muy profundamente que el Hijo, en su humildad y abajamiento, sólo puede ser comprendido, tanto como mediador de las intenciones del Padre como en razón de sus propios sentimientos, por la gente sencilla a la que se dirige… ¿vamos a las periferias a anunciar el Reino?
– Precisamente porque Él -y nadie más que Él- conoce las intenciones del Padre, puede pronunciar esta frase solemne y soberana: «Todo me lo ha entregado mi Padre». La consecuencia es que nadie sino el Hijo conoce a fondo al Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre: esta declaración levanta el velo del misterio trinitario; y la comunicación de los sentimientos del Hijo a los hombres, que viene a continuación, remite al Espíritu Santo, que pone en nuestros corazones los sentimientos de ambos, del Padre y del Hijo, algo que la segunda lectura subrayará expresamente. Al poder contemplar esa íntima relación recíproca que existe entre Padre e Hijo, descubrimos aún algo decisivo: que el Hijo no es un mero ejecutor de las órdenes del Padre, sino que tiene, como Dios que es, su propia voluntad soberana: Él revela al Padre y se revela a sí mismo sólo a los que ha elegido para ello. La parte final del evangelio nos dice quiénes son estos elegidos. ¿Hacemos habitualmente memoria de la fiesta de Pascua, Pentecostés, Santísima Trinidad, Corpus… etc.?
– Están invitados todos los cansados, agobiados u oprimidos por la razón que sea; sólo a ellos se les promete alivio, descanso (los que no están cansados no tienen necesidad de Él). Y ahora viene la paradoja: los que vienen a Jesús llevan «cargas pesadas», pero el «yugo» de Jesús es «llevadero» y «su carga ligera». Sin embargo, su carga, la cruz, es la más pesada que hay. Y no se puede decir que la cruz sólo sea pesada para Él, y no para los que la llevan con Él. La solución se encuentra en la actitud de Jesús, que se designa en el evangelio como «manso y humilde de corazón», que no gime bajo las cargas que se le imponen, no se queja, no protesta, no mide ni compara sus fuerzas. «Aprendan de mí», y enseguida experimentarán que la pesada carga se torna «ligera». No en vano, en la primera lectura, el Mesías viene cabalgando en un asno, en una bestia de carga tan humilde como Él. Y no en vano, en la segunda lectura, se nos insta a tener en nosotros el «Espíritu de Dios» (el Padre) y el «Espíritu de Cristo», y a dejarnos determinar por Él. El hombre carnal gime bajo su carga; nosotros, por el contrario, «estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente», pues la carne conduce a la muerte, sino que podemos alegrarnos, por el Espíritu que habita en nosotros, el Espíritu del amor entre Padre e Hijo, de que el Hijo nos permita llevar con Él parte de su yugo, de su cruz. Así se nos concederá en el Espíritu el descanso y la paz de Dios. ¿Vamos con alegría anunciando el Reino de Dios, o andamos con cara de velorio, como escribe el Papa en Evangelii Gaudium?.

viernes, 30 de junio de 2017

sanación de la autoestima

"Ayúdame a amarme, a aceptar tu perdón, a perdonarme a y perdonar a todos aquellos que me hayan causado injusticias..."

En presencia de Jesús oramos por la sanación de nuestra autoestima y nuestra propia imagen manteniendo delante una foto de nuestra infancia, solo o en familia:
Padre Santo, en el nombre de Jesús, invoco tu misericordia y me dirijo a Ti para que me toques y me des una buena y justa imagen de mí mismo y una verdadera autoestima en Cristo Jesús.
Señor, ten misericordia de mí.
Señor, me he sentido indigno, inapropiado, inferior; me he sentido feo, tímido, patoso o que no hago nada bien. Me han criticado y llamado apodos que no me gustaron y me han hecho sufrir; me siento inseguro y no amado.
Señor, ten  misericordia de mí.
Señor Jesús, llévate mis sentimientos de fracaso, de vergüenza, decepción, culpabilidad, timidez, ira o enfado. Te pido que me liberes de estos sentimientos y emociones que me han mantenido en la esclavitud y me han apartado de vivir una vida plena como varón/mujer.
Señor, ten misericordia de mí.
Amado Señor, hazme saber cuánto me amas y que soy la niña de tus ojos. Me dirijo a Ti, para que sepan que Tú has muerto en la Cruz, no sólo por mis pecados, sino también por mis profundas heridas emocionales y mis recuerdos dolorosos.
Señor, ten misericordia de mí.
Te Ruego Señor, que sanes todo lo herido y roto que hay en mi persona. Ayúdame a amarme, a aceptar tu perdón, a perdonarme a y perdonar a todos aquellos que me hayan causado injusticias: padre, madre, hermanos, tíos, abuelos, primos y demás parientes, profesores, sacerdotes, compañeros de trabajo, jefes, vecinos y amigos. Cualquiera, Señor, que no me  haya mirado con cariño y me haya rechazado consciente o inconscientemente.
Señor, ten misericordia de mí.
Jesús, llena el vacío de mi vida. Y dame el amor y la seguridad que no he recibido. Dame confianza, alegría y energía nuevas para que pueda hacer todas las cosas a través tuyo.
Señor, ten misericordia de mí.
Señor devuélveme una buena imagen de sí mismo, aquella con la que yo fui concebido/a como varón/mujer y que pueda verme como Tú me ves: especial, único, digno, hermoso, para que yo llegue a ser  la persona que Tú creaste y quieres que sea. Por Jesucristo Nuestro Señor, Amén
(Cfr. Robert DeGrandis)
Hacer un rato de oración en silencio ante el Sagrario con el Santísimo expuesto.
Oración del Padrenuestro
Si hay alguien contigo, le das un abrazo de paz.
Oración final:
Dios, autor de nuestra salvación y de nuestra liberación, escucha nuestras súplicas, y a quienes redimiste por la sangre de tu Hijo concédeles poder vivir para Ti, y en Ti gozar de la felicidad eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración publicada por esposiblelaesperanza.com

jueves, 22 de junio de 2017

" NO TENGAN MIEDO" HOMILÍA PARA EL PRÓXIMO DOMINGO

Domingo decimosegundo del TIEMPO ORDINARIO cA (25 de junio de 2017)
PrimeraJeremías 20, 10-13; Salmo: Sal Sal 68, 8-10.14 y 17.33-35; Segunda: Romanos 5, 12-15; Evangelio: Mateo 10, 26-33
Nexo entre las LECTURAS
La primera lectura, tomada del profeta Jeremías, y el texto del evangelio de san Mateo insisten en dos aspectos característicos de la existencia cristiana: Por un lado, las persecuciones y dificultades, y por otro la confianza en Dios, que aleja todo temor. "He escuchado las calumnias de la gente... Pero el Señor está conmigo como un héroe poderoso", confiesa Jeremías. "No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden quitar la vida... No teman, ustedes valen más que todos los pájaros", exhorta Jesús a sus discípulos. ¿Por qué no temer? Porque con palabras de la segunda lectura "no hay comparación entre el delito y el don", entre el poder de los perseguidores y el poder de Dios.
También nos ayuda en este camino de confianza en el Señor el salmista: El grito de lamentación que sube de este salmo, para alguno de nosotros, puede ser de candente actualidad: "Sálvame, Dios mío... Me hundo... Me agoto... Mis ojos están cansados... mis detractores son numerosos... Lloro... Los insultos llueven sobre mí"... Es la oración de los enfermos… de los sufrientes… es oración de los migrantes, de los marginados, de los pobres y débiles y la Iglesia nos enseña, este Domingo, la paternidad misericordiosa de Dios y la fraternidad humana (Papa Francisco).
Temas...
No es mayor el discípulo que el Maestro. Si a Jesús han criticado (y antes de Él a los grandes profetas como Jeremías), le han llamado borracho y amigo de la buena mesa, le han atribuido el poder de Beelzebú, a nosotros los cristianos no nos debe extrañar que nos critiquen e incluso nos calumnien... para hacernos más discípulos de Jesucristo y misioneros de su misericordia. Ciertamente no es agradable leer en los periódicos y revistas o escuchar en la televisión críticas sobre nuestra fe en la Encarnación del Verbo o explicaciones ingeniosas, tendientes a no afirmar la resurrección de Jesucristo, hasta quitar grandeza y dignidad a la Virgen Santísima. Puede resultarnos difícil e indigno que se critique la moral católica sobre diversos temas, que contradicen la moral relativista y la mentalidad común. Nos duele y nos parece indigno, pero no debe quitar en lo más mínimo, por un lado, nuestras certezas en el campo de la fe y de la moral y por otro nuestra confianza y total seguridad en la victoria de la gracia sobre el pecado, del don sobre el delito. En un mundo que va perdiendo la solidez de la fe, que se lanza en brazos del "subjetivismo religioso", que se siente libre para opinar sobre lo que sea, incluso aunque no se conozca, los cristianos somos testigos misioneros de valores y actitudes, de verdades y comportamientos que no se comprenden, que se malinterpretan consciente o inconscientemente, que se rechazan por obsoletos y retrógrados, que se consideran fuera del carro de la historia y de la actualidad. Cristo nos dice: "No tengan miedo". La firmeza de nuestra fe nos dará, a corto o largo plazo, la victoria. Incluso hablarán mal del Papa y de cuanto sea necesario para debilitar a quienes queremos vivir en el amor y servicio, como discípulos misioneros del Reino y de la Misericordia. Sigamos… no tengamos miedo… lo mejor está por venir… la comunión definitiva. Testigos de esto son todos los santos, en especial podemos recordar a aquellos de cuales tenemos más devoción.
La gracia de Dios sobreabundó para todos. Aquí está la base de nuestra seguridad y confianza. No es en nuestras fuerzas ni en nuestra moralidad en que nos apoyamos ante las persecuciones, críticas, rechazos, calumnias, incomprensiones, indiferencias. La roca de nuestra seguridad es la gracia de Dios, hecha don gratuito en Jesucristo. Nosotros confiamos en que la gracia divina iluminará las mentes de quienes ahora critican o rechazan la fe de la Iglesia; nosotros confiamos en que la gracia divina moverá los corazones a amar la verdad de Jesucristo que la Iglesia nos transmite, y moverá las voluntades para vivir conforme al decálogo cristiano, sintetizado en el sermón de la montaña y muy bien mostrado en el catecismo (que deberíamos rezarlo con mucha frecuencia). Nosotros confiamos en que el Señor nos dará fuerza para soportar las dificultades que nos sobrevengan de los demás, y para luchar celosamente y con perseverancia por la verdad y el bien. Dios cuida de los pajarillos del cielo, ¿cómo no va a cuidar de nosotros, sus hijos, que valemos más que todos los pajarillos?
Sugerencias...
Tres veces aparece en el evangelio de hoy el «No tengan miedo», y una vez se añade aquello de lo que realmente hay que tener miedo. No hay que tener miedo de todo lo que acontece en el espíritu de la misión de Jesús. En primer lugar, los apóstoles no han de tener miedo a pregonar abiertamente desde los «techos» lo que el Señor les ha «dicho al oído», porque eso está destinado a ser conocido por el mundo entero y nada ni nadie impedirá que se conozca. Naturalmente el predicador se pone con ello en peligro; es como oveja en medio de lobos, tiene que contar con el martirio a causa de su predicación. Pero tampoco en ese caso debe tener miedo, pues sus enemigos no pueden matar su alma. En realidad, sólo habría que temer al que puede destruir con fuego alma y cuerpo; pero esto no sucederá si el discípulo permanece fiel a su misión. Y en tercer lugar el apóstol cristiano no debe tener miedo porque en las manos del Padre está mucho más seguro de lo que él cree: el Padre, que se ocupa hasta de los animales más pequeños y del cabello más insignificante, se preocupa infinitamente más de sus hijos. Jesús habla aquí de «el Padre de ustedes». Pero el contexto indica claramente que el hombre está seguro en tanto en cuanto cumple su misión cristiana, aunque externamente pueda parecer un tanto temerario.
Jeremías expresa en la primera lectura la medida de la amenaza. Se delibera con cuchicheos cómo se le podría denunciar. La peor venganza sería que el profeta se dejará seducir por una palabra imprudente, y entonces se le podría detener. Sus amigos más íntimos están entre sus adversarios, aunque en realidad hay «pavor por todas partes». Esta situación puede llegar a ser también la del cristiano, en cuyo caso éste tendrá que recordar el triple «No tengáis miedo» de Jesús. El profeta sabe que está seguro en medio del terror: el Señor está con él «como fuerte soldado»; «le ha encomendado su causa», y esto le basta para estar seguro de que Él, el «pobre», el indefenso, escapará de las manos de los impíos. Su seguridad se expresa negativamente, con fórmulas típicamente veterotestamentarias: sus enemigos «tropezarán», «no podrán con él», «se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno». Pero en la Nueva Alianza el terror llega hasta la cruz; el canto de victoria, que Jeremías entona al final, es ahora Pascua y la Ascensión.
De ahí saca Pablo, en la segunda lectura, su confianza inaudita. Por un lado, no sólo hay algunos enemigos personales, sino que está el ‘mundo entero’, sometido todo él al pecado y con ello a la muerte lejos de Dios. Correlativamente, su canto de victoria adquiere dimensiones cósmicas. Por la acción redentora de Jesús, la gracia ha conseguido definitivamente la supremacía sobre el pecado y sus consecuencias, y con ello también la esperanza ha conseguido su victoria sobre el temor. También Pablo experimentará más de una vez el mismo sentimiento de abandono que experimentó Jeremías (2 Co 1,8-9; 2 Tm 4,9-16). Pero, como el profeta, añade: «El Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas... Me librará de toda acción malvada» (2 Tm 4,17-18). Y sabe aún más: que sus sufrimientos son incorporados a los del Redentor y reciben en ellos una significación salvífica para su comunidad.

El poder de la Cruz (película completa en español HD)

lunes, 12 de junio de 2017

FIESTA DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Domingo del "DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO", ciclo A. Solemnidad (18 de junio 2017)
PrimeraDeuteronomio 8,2-3.14b-16a; Salmo: 147,12-15.19-20; Segunda: 1Corintios 10,16-17; Evangelio: Juan 6, 51-58
Nexo entre las LECTURAS.
Maná, pan (carne) y vino (sangre) son los términos que abundan en este Domingo en que se celebra la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Según el Deuteronomio (1a lectura), Moisés dice al pueblo: "(El Señor tu Dios) te ha alimentado con el maná, un alimento que no conocías, ni habían conocido tus antepasados". Jesús en el evangelio afirma: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo os daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo". Por su parte, Pablo en su primera carta a los corintios (2a lectura) les pregunta: "El pan que partimos, ¿no nos hace entrar en comunión con el cuerpo de Cristo?"
Temas...
El diálogo entre los judíos y Jesús sobre la Eucaristía se inicia expresamente con el milagro del maná, la providencial comida celeste con que Dios alimentó a sus padres en el desierto. Pero el alimento milagroso (agua de una roca de pedernal, maná del cielo) se ofrece al pueblo en la primera lectura únicamente porque los israelitas están a punto de morir de hambre y de sed, y ya no hay esperanza de poder obtener comida alguna a no ser que ésta venga de Dios. Se dice expresamente: el Señor tu Dios quiso «afligirte (mostrarte tu debilidad), para ponerte a prueba (para ver si has puesto toda tu confianza en Dios)», antes de darte comida y bebida. Por eso la alimentación con el maná se entiende como una prueba de que «no sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios». Este alimento corporal proporcionado por Dios en el desierto sólo puede entenderse como palabra de Dios y respuesta a las necesidades del hombre. Y sólo en el desierto, en un «sequedal sin una gota de agua», donde el hombre no puede encontrar nada y depende totalmente de Dios, el pan del cielo y la palabra de Dios se convierten en una misma cosa.
Esta unidad de la palabra de Dios y del pan de Dios se completa en el evangelio con un milagro mucho más grande realizado por Jesús, que se presenta a sí mismo como tal unidad. Esta unidad es totalmente incomprensible para los discípulos, incluso después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces que se acaba de producir. Jesús puede transmitir la palabra de Dios, pero ¿cómo puede su carne y su sangre identificarse con esta palabra? ¿Y cómo puede identificarse hasta tal punto que el que no coma su carne y no beba su sangre no tendrá vida eterna? Jesús no se contenta con invitar a esta comida: insiste, “obliga” a participar en ella. Sólo el que se alimenta de Él tiene en sí la palabra de Dios y con ella a Dios mismo; aquí toda comparación con el maná que los padres comieron en el desierto carece de sentido, porque éstos «murieron» y no consiguieron la vida eterna; ésta sólo se obtiene con la comida que aquí se ofrece. Ante esta durísima (maravillosa) revelación de Jesús es como que caben dos posturas perfectamente diferenciadas: el no de muchos discípulos, que a partir de ese momento se echaron atrás y no volvieron más con Él, y el sí ciego y responsable que pronunciará Pedro porque no ve más camino que el de Jesús. Conviene recordar ahora la situación del desierto: Dios lleva a una situación límite, sin salida, en la que parece que no queda más alternativa que la confianza plena en Dios. Jesús no explica cómo es posible el milagro, únicamente afirma lo siguiente: «Mi carne es verdadera comida y sangre es verdadera bebida»; y el que no acepte esto no tendrá «vida en Él». Al recibir la Eucaristía cada uno de nosotros debe recordar que, en medio del desierto de esta vida, se arroja como un hambriento en los brazos de Dios.
En la segunda lectura el apóstol saca la conclusión de lo que se admite ciegamente como verdadero. Por eso, porque el cuerpo de Cristo es un solo pan para muchos, formamos juntos un único cuerpo, y este cuerpo no es un cuerpo cualquiera, sino únicamente el cuerpo de Cristo. Y esto es así no porque en la comida en común se acreciente la simpatía que existe entre nosotros, sino porque, de modo incomprensible y misterioso, este único cuerpo físico, que ahora toma forma eucarística, tiene el poder de incorporarnos a Él. Tampoco aquí se nos explica cómo es posible este hecho. Esto no tiene nada que ver con la magia o la hechicería; tiene que ver más bien con la «locura» del amor divino, que puede hacer cosas que superan totalmente la capacidad de comprender del hombre. Pero precisamente por eso, porque Dios es el amor, lo inverosímil debe ser verdadero. Debemos ‘eucaristizar’ nuestra vida y el mundo camino al Cielo.
Sugerencias...
Conocer la Eucaristía. Se requiere una catequesis permanente y periódica, mediante las homilías, encuentros catequísticos, los contactos personales, para que un conocimiento pleno del Pan de Vida constituya el punto de apoyo-sostén de la piedad cristiana, que tiene en la Eucaristía su cumbre y su fuente. En este conocimiento subrayaría algunos aspectos: 1) la presencia real de Jesucristo en el Sagrario, y por consiguiente el respeto y el sentido de lo sagrado dentro de la Iglesia (Templo). El Templo es y debe ser un lugar de oración, de silencio, de recogimiento, de adoración, de encuentro con Dios. ¡Qué ingente labor hay que hacer para que los fieles conozcan y vivan este aspecto de la Eucaristía! 2) La explicación teológica, pero de modo sencillo, claro, ejemplificado, con ejemplos de vida y convincente, de los frutos de la Eucaristía. Luego de la explicación, se puede hablar del fomento de las visitas eucarísticas, sobre todo al inicio de la mañana y al final de la tarde para ofrecer a Jesucristo las horas de trabajo y para agradecerle su ayuda y su consuelo; del fomento de la exposición del Santísimo Sacramento y de la adoración, de la fuerza transformante de la Eucaristía en quienes la reciben con rectitud y con fervor. 3) La preparación para recibir fructuosamente a Jesucristo Eucaristía. Una preparación que implica la recepción del sacramento de la reconciliación, si se está en pecado; que implica además la lectura y meditación de la Palabra de Dios, como también el perdón, la reconciliación y el servicio a los hermanos. También el rezo del Rosario preferentemente antes de Misa o en adoración. El compromiso de salir con entusiasmo y hasta con prisa para ir a contarles a todos que estuvimos con el Señor y que nos ha dicho esto y esto… para nosotros, para ustedes, para todos, para la vida del mundo.
Quitar aquellos obstáculos que dificultan el conocimiento del Pan Vivo, que da la vida al mundo. El primer obstáculo es tal vez la tentación de reducir el alimento a las puras necesidades corporales y materiales, marginando o incluso prescindiendo de cualquier otro alimento. Quien se alimenta sólo de las realidades terrestres, no puede elevarse a conocer el Pan del Cielo, le parecerá un lenguaje sin sentido y carente de valor. Otra posible dificultad es hacer de la recepción de la Eucaristía "una costumbre social", como puede ser el felicitar a los novios y recién casados en su boda, o el asistir a la fiesta del cumpleaños de un amigo. La Eucaristía es ciertamente un acontecimiento social, es decir, eclesial, pero es sobre todo un encuentro personal con Jesucristo. No pequeña dificultad puede ser, sobre todo para los hombres, el respeto humano, el qué dirán, el temor a la opinión de los demás. ¡Casi como si la Eucaristía fuera cosa de otros, de aburridos, de los que no tienen nada que hacer!
Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico, ruega por nosotros.

lunes, 5 de junio de 2017

PREPARANDO EL CORAZON PARA LA FIESTA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cA (11de junio 2017)
PrimeraÉxodo 34, 4b-6. 8-9; Salmo: Daniel 3, 52. 53. 54. 55. 56; Segunda: 2 Corinto 13, 11-13; Evangelio: Juan 3, 16-18
Nexo entre las LECTURAS.
La revelación del misterio trinitario se ‘muestra’ en los textos que la liturgia nos ofrece. El texto tomado del Éxodo nos revela la unidad de Dios y el corazón "clemente y compasivo, lleno de amor y fiel" apropiado al Padre. En la petición de Moisés: "Venga el Señor a nosotros" se vislumbra (apropiación) un primer paso hacia la encarnación y la revelación del Hijo, Dios con nosotros. Este misterio de la encarnación es revelado solemnemente en el Evangelio: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único". Al final de la segunda carta a los Corintios Pablo recoge una fórmula trinitaria de la liturgia cristiana primitiva: "La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor del Padre y la comunión en los dones del Espíritu Santo, estén con todos ustedes", ahora sí, verdad de fe. "Bendito el Señor en la bóveda del cielo, alabado y glorioso y ensalzado por los siglos" (Salmo responsorial). Al cantar este himno este Domingo, el discípulo misionero no sólo se siente agradecido por el don de la creación, sino también por ser destinatario de la solicitud paterna de Dios, que en Cristo por el Espíritu lo ha elevado a la dignidad de hijo. Gracias Dios Padre y Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.
Temas...
Nos hemos habituado a oír (escuchar) y a decir la expresión: "misterio", "misterio trinitario". Pienso que la fiesta litúrgica nos invita a meditar, en el Misterio de Dios, con sencillez y con inmenso respeto.
El ‘misterio de la Trinidad’ es algo oculto, escondido en el corazón mismo de Dios y a la vez revelado misericordiosamentea los hombres, como dicen los evangelistas: ‘a Dios nadie lo ha visto, ha decidido contarlo el Hijo’. No está oculto en la tierra ni en el espacio, de modo que con el tiempo el hombre pudiera encontrarlo. Está anidado en el mismo Dios. ¿Y quién puede conocer los pensamientos de Dios? Dios creó primeramente el mundo, luego al hombre, pero no manifestó plenamente ahí su vida íntima. Eligió, después un pueblo, estableció con él una alianza, sin todavía revelar esta grandeza de Dios. Sin embargo, en el designio divino se dan ya los primeros pasos en la misma vida y experiencia histórica de Israel. El texto de la primera lectura, donde Dios es llamado "clemente y compasivo, lleno de amor", ¿no es una intuición primeriza de paternidad misericordiosa de Dios? Es una semilla por ahora, que habrá de fructificar al llegar con Jesucristo la plenitud de los tiempos mediante su encarnación y su enseñanza sobre Dios y el don del Espíritu Santo en Pentecostés.
El misterio de la Trinidad está por encima (no arriba de lugar) de cualquier mente humana. La Trinidad de Dios no ha sido obra ni de teólogos ni de místicos, menos de una casualidad de adivinos. El misterio de la Trinidad no es una invención del genio humano para dominar a otros con una idea poderosa. No es una idea, es una Realidad, la Realidad más sublime y más apasionante, que, podemos decir según nuestra manera limitada de hablar, “existe desde siempre y para siempre”. Si Dios mismo no nos la hubiese revelado por medio de su Hijo, continuaría siendo una Realidad, pero desconocida por el hombre. El gran Amor de Dios reside en que decidió revelarnos su misterio (Evangelio): ‘Los llamo amigos porque les he contado el misterio de Dios’.
El misterio trinitario se nos revela sobre todo mediante la acción de Dios en la historia (Lumen Gentium y Ad Gentes). Dios se nos revela como Padre enviando, movido de amor, a su Hijo a nuestro mundo pecador para redimirnos y abrirnos los brazos acogedores de Padre. Jesucristo se nos revela como Hijo en su íntima oración filial, en su perfecta obediencia a la Voluntad de su Padre, en su muerte y resurrección redentoras para destruir un pecado cuya mancha sólo el Hijo podía borrar, y para alcanzarnos la gracia de la salvación. El Espíritu Santo se nos revela como enlace de Amor entre el Padre y el Hijo, como don de comunión a los hombres a fin de que vivan a imagen de la Trinidad, en la Caridad y en el Servicio y en el compromiso con la vida, dada y recibida. Esta es la revelación que Jesucristo nos hizo y que la liturgia recoge (especialmente) en la segunda lectura.
Sugerencias...
Él es «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». La Antigua Alianza, como muestra la primera lectura, no sabe nada todavía del misterio íntimo de Dios, de su Trinidad. Pero tiene, como muestra Moisés aquí, un profundo e inaudito sentido de la libertad interior de Dios, de su poder y de su plenitud de vida, que se expresa ante el pueblo en todos los atributos que se reconocen a Dios: Él es «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Se le puede pedir que se digne caminar con el hombre, perdonar su culpa y su pecado. En estas expresiones no hay el menor rastro de un querer influir mágicamente sobre el ámbito de lo divino, todo es reconocimiento de lo que Dios es en sí, independientemente del hombre. Dios no tiene necesidad de la alianza con Israel para conservar estos atributos. Más bien Israel confía en estos atributos propios de Dios desde siempre: «Tómanos como heredad tuya».
Jesús ha revelado el misterio íntimo de Dios distinguiéndose a sí mismo del Padre, pero manifestándose al mismo tiempo como procedente de Él, y distinguiendo además muy claramente al Espíritu Santo, de Él y del Padre, aunque el Espíritu es el vínculo de su amor recíproco. Con la encarnación del Hijo, la vida íntima de Dios, independiente del mundo y conocida ya en la Antigua Alianza, no sólo se hace cognoscible para el mundo, sino que éste puede tener parte en ella: no en el sentido de que el mundo quede absorbido en Dios, sino en cuanto que puede entrar en el eterno círculo del amor en Dios. Son muchas las fórmulas neotestamentarias que alaban la vida trinitaria de Dios; en la segunda lectura  aparece una muy clara que parte de «la gracia de nuestro Señor Jesucristo», pues  efectivamente toda la revelación de la Trinidad comienza con su gracia, que consiste en que Él nos ha dado a conocer «el amor de Dios» Padre en toda su existencia, también y sobre todo en su pasión y muerte; pero todo esto sería demasiado elevado e incomprensible para nosotros si no tuviéramos además la «comunión del Espíritu Santo»,  es decir, la participación en este Espíritu, mediante el cual somos introducidos en la  «profundidad de Dios» (1 Cor 2,10) que sólo Él conoce.
Meditar. Contemplar. Sólo el evangelio nos permite entrever las auténticas dimensiones del amor divino. Jamás podríamos haber imaginado que el Padre eterno, que ha prodigado ya y por así decirlo agotado todo su amor en el Hijo engendrado por Él, amara tanto al mundo creado que pudiera incluso entregar por Él a su «Hijo predilecto» (Mt 3,17; 17, s), a las tinieblas del abandono de Dios y a los terribles tormentos de la cruz. Esto, que parece un sinsentido, sólo tiene sentido si este sacrificio del Hijo se ve al mismo tiempo como su glorificación suprema: el Hijo muestra todo el amor del Padre precisamente «amando hasta el extremo» (Jn 13,1); el amor de ambos, Padre e Hijo, se muestra en esta entrega como un único amor: en el Espíritu Santo. Sólo este amor absoluto es al mismo tiempo la verdad, -recordando que «gracia y verdad» son una misma cosa (Jn 1,14)-, por lo que el que no lo reconoce se excluye a sí mismo de la verdad y se entrega al juicio. Si el amor trinitario es lo único absoluto, todo el que lo rechaza se juzga a sí mismo.
María, Hija del Padre y Madre del Hijo y Fecunda por el Espíritu, ruega por nosotros.

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...