viernes, 1 de febrero de 2019
*LETANÍA POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO:*
*LETANÍA POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO:* gentileza de Carlos
*Oh Jesús, que Sufriste y moriste para que toda la humanidad pudiera ser Salvada y traída a la Felicidad Eterna.
Oye nuestras súplicas, Apiádate de las Benditas Almas del Purgatorio.*
*(A cada Invocación se contesta:
¡Jesús mío, Misericordia! .*
*Ayuda a mis familiares y amigos,*
*Ayuda a cuantos debo Amor y Oración,*
*Ayuda a cuantos he perjudicado y dañado,*
*Ayuda a los que me han ofendido,*
*Ayuda a aquellos a quienes Profesas predilección,*
*Ayuda a los que están más próximos a la Unión Contigo,*
*Ayuda a los que te desean más Ardientemente,*
*Ayuda a los que sufren más,*
*Ayuda a los que están más lejos de su liberación,*
*Ayuda a los más olvidados,*
*Ayuda a los que menos Auxilio reciben,*
*Ayuda a los que más méritos tienen por la Iglesia,*
*Ayuda a los que fueron ricos aquí, y allí son los más pobres,*
*Ayuda a los poderosos, que ahora son como viles siervos,*
*Ayuda a los ciegos que ahora reconocen su ceguera,*
*Ayuda a los vanidosos que malgastaron su tiempo,*
*Ayuda a los pobres que no buscaron las riquezas Divinas,*
*Ayuda a los tibios que muy poca oración hicieron,*
*Ayuda a los perezosos que no hicieron Obras de Misericordia,*
*Ayuda a los de poca Fé que descuidaron los Santos Sacramentos,*
*Ayuda a los reincidentes que sólo por un milagro de la Gracia se han Salvado,*
*Ayuda a los padres que no vigilaron bien a sus hijos,*
*Ayuda a los superiores poco atentos a la salvación de sus súbditos,*
*Ayuda a los pobres, que sólo se preocuparon del dinero y del placer,*
*Ayuda a los de espíritu mundano que no aprovecharon sus riquezas o talentos para el servicio de Dios,*
*Ayuda a los necios, que vieron morir a tantos no acordándose de su propia muerte,*
*Ayuda a los que no dispusieron a tiempo de su casa, estando completamente desprevenidos para el viaje más importante,*
*Ayuda a los que juzgaste más severamente, debido a las grandes cosas confiadas a ellos,*
*Ayuda a los Pontífices, reyes y príncipes,*
*Ayuda a los Obispos y Cardenales.*
*Ayuda a mis maestros y guías Espirituales,*
*Ayuda a los fallecidos Sacerdotes y Religiosas,*
*Ayuda a los Sacerdotes y Religiosas de la Iglesia Católica,*
*Ayuda a los defensores de la Santa Fe,*
*Ayuda a los caídos en los campos de batalla*
*Ayuda a los sepultados en los mares y tierra,*
*Ayuda a los que murieron en accidentes,*
*Ayuda a los que sufrieron y murieron de enfermedad,*
*Ayuda a los muertos repentinamente,*
*Ayuda a los fallecidos sin recibir los Santos Sacramentos,*
*Ayuda a los que van a morir en este día,*
*Ayuda a mi pobre Alma cuando vaya a ser juzgada ante Dios Nuestro Señor,*
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lunes, 28 de enero de 2019
HOMILIA Domingo Cuarto del TIEMPO ORDINARIO cC (03 de febrero de 2019)
Domingo Cuarto del TIEMPO ORDINARIO cC (03 de febrero de 2019)
Primera: Jeremías 1, 4-5.17-19; Salmo: Sal 70, 1-4a. 5-6ab. 15ab. 17; Segunda: 1Corintios 12, 31 - 13, 13; Evangelio: Lucas 4, 21-30
Nexo entre las LECTURAS
Jesucristo, Jeremías, Pablo: Tres relatos cuya cumbre es Jesucristo, plenitud de la revelación y de la misión salvífica de Dios. Jesús es el enviado del Padre para la salvación de los hombres, sin distinción alguna entre judíos y gentiles (evangelio). La misión profética de Jesús está prefigurada en Jeremías, el gran profeta de Anatot durante el primer cuarto del siglo VI a.C, de cuya vocación y misión, en tiempos de la reforma religiosa del rey Josías y luego durante el asedio y la caída de Jerusalén, trata la primera lectura. Pablo, segregado desde el seno de su madre, prolonga en el tiempo la misión profética de Jesús, poniendo el acento en el amor cristiano, como el carisma que da plenitud a todos los demás. Con el salmista pedimos auxilio al Señor: “Porque Tú, Señor, eres mi esperanza y mi seguridad desde mi juventud. En ti me apoyé desde las entrañas de mi madre; desde el seno materno fuiste mi protector” y nos comprometemos: “Mi boca, Señor, anunciará tu salvación”.
Temas...
Características de la misión. Son varias las que los textos litúrgicos resaltan…
1. La misión viene de Dios. Es Dios quien dice a Jeremías: "Antes de formarte en el vientre te conocí; antes que salieras del seno te consagré, te constituí profeta de las naciones" (Jer 1,5). Jesús en la sinagoga de Nazaret no se atribuye a sí mismo la misión, sino que la lee ya profetizada en las Escrituras, es decir, ya prevista por el mismo Dios. San Pablo, por su parte, sabe muy bien que todo carisma proviene del Espíritu de Dios, máxime el carisma por excelencia que es el amor.
2. Una misión en doble dirección. Por un lado destruir, por otro edificar (Jer 1, 10). Por un lado, el anuncio: proclamar la Buena Nueva a los pobres, por otro, la denuncia: ningún profeta es bien acogido en su tierra (evangelio). Por un lado, la devaluación de todo sin la caridad, por otro, la caridad como virtud suprema (segunda lectura). Así será nuestra vida cristiana, desde sus inicios hasta nuestros días, morir al pecado y vivir, con la ayuda de la gracia, para la gloria de Dios, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia (Misa).
3. Una misión universal. Jeremías es llamado por Dios a ser "profeta de las naciones"; Jesucristo ha sido ungido por el Espíritu para ayudar a los pobres, a los cautivos, a los ciegos, a los oprimidos, y para proclamar a todos un año de gracia del Señor, es decir, un jubileo... ¡qué bien nos vino recordarlo en el Año Jubileo de la Misericordia! Si Dios es Creador y Padre de todos, todos somos, por igual, destinatarios de su amor y de su redención.
4. Una misión con riesgos. El riesgo principal de que los hombres no escuchemos ni aceptemos el mensaje de Dios, comunicado por el profeta. El riesgo también está en ser maltratados, considerados enemigos público, tenido por aguafiestas y profetas de desventuras. La biografía de Jeremías está entretejida con episodios de este género y la nuestra también. Jesús estuvo a punto de ser apedreado por los nazarenos, y Pablo vivió unas relaciones ‘tensas’ con los cristianos de Corinto, cuando les escribió su primera carta. Que los santos mártires nos animen a seguir alegremente, porque “hay que seguir andando nomás”… (Mons. Angelleli)
5. Una misión con la fuerza de Dios. Dios dice a Jeremías: "No les tengas miedo... Yo te constituyo hoy en plaza fuerte, en columna de hierro y muralla de bronce frente a todo el país". Jesús, ante los nazarenos que quieren despeñarle, nos dice san Lucas que, "abriéndose paso entre ellos, se marchó". ¡Qué valentía sobrehumana y qué poder de Dios en la actitud de Jesús! ¿Y acaso no muestra Pablo una fuerza sobrenatural cuando antepone el amor cristiano a la ciencia, a la pobreza total, a las llamas, y a la misma fe?
6. Una misión que exige una respuesta. Pueden responder con rechazo, como en el caso de Jeremías: "Ellos lucharán contra ti" (primera lectura). Pueden responder con ambigüedades, como en el caso de Jesús: por un lado, asentimiento y admiración, por otro, indignación y deseo de despeñarlo por un precipicio (evangelio). Y Pablo, en la segunda lectura, al proponer a los corintios el carisma de la caridad, no hace sino pedirles que respondan con generosidad a dicho carisma.
Sugerencias...
La misión cristiana, una interpelación. Para el hombre, cualquiera que sea su circunstancia, toda propuesta que venga de Dios es una interpelación, porque le saca de su rutina, de sus esquemas mentales, de su refugio en la mediocridad (Francisco). Jesús interpela a los nazarenos, al sacarlos de sus convicciones de ‘pueblo privilegiado’ por no hacer en Nazaret los milagros realizados en Cafarnaún, y les provoca poniendo fin a esos pretendidos privilegios, además dando preferencia a los marginados al poner los ejemplos de Elías y Eliseo. El Amor que Pablo propone a la Iglesia de Corinto es una interpelación mayúscula para aquellos griegos educados en el culto a la razón y al eros. Ser y vivir hoy como discípulos misioneros es también interpelar de manera saludable (para la salvación). Hay que llamar, con nuestra manera de vivir la fe, a superar la mentalidad del conformismo materialista y hedonista, para que se realice una verdadera conversión, cambio de mentalidad, y vivir, virtuosamente, el amor y el servicio, para alcanzar el Paraíso. Hay que avivar el fuego del amor de Dios en el mundo con nuestra entrega humilde y sencilla, como lo hace la Virgen María, para que adquiera relevancia y sentido, en toda vida humana, la fuerza y el poder de Dios. Hay que anunciar a quienes creen en la falsa felicidad temporal del comprar y del tener, de la cultura del relativismo y del hedonismo, para que abran los ojos a la auténtica felicidad que está en Dios y que Dios nos la da. Hay que evangelizar al hombre en sus miserias y ruindades, para que tome conciencia de su grandeza como imagen de Dios, como hijo de Dios. Si el discípulo del Señor no interpela ni sacude al hombre en su interior, es que ha dejado de peregrinar y comenzó a instalarse en la mundanidad.
Nuestra Señora del SI, ruega por nosotros.
lunes, 21 de enero de 2019
Homilia del 27 de enero de 2019
Domingo Tercero del TIEMPO ORDINARIO cC (27 de enero de 2019)
Primera: Nehemías 8, 2-4a.5-6.8-10; Salmo: Sal 18, 8. 9. 10. 15; Segunda: 1Corintios 12, 12-31a; Evangelio: Lucas 1, 1-4; 4, 14-21
Nexo entre las LECTURAS
Los textos de este Domingo descubren nuestra vocación de ‘pueblo atento’ a la Palabra de Dios (primera lectura y evangelio) y también nuestra condición de ‘discípulos-misioneros’ llamados a ser amigos de Dios, como nos llama san Lucas, Teófilos, que debemos conocer la solidez de las enseñanzas de la fe que hemos recibido. Por eso el clima de nuestra meditación lo ofrece el Salmo de la Misa: "tus palabras, Señor, son espíritu y vida". Una oración que, aprendida en el corazón, puede ayudarnos a hablar con este Dios amigo, siempre cercano, y que con sus Palabras nos infunde verdadera vida, nos da la liberación. Conviene, hoy, considerar el valor que otorgamos a las Sagradas Escrituras. Su desconocimiento, en frase de san Jerónimo, es desconocimiento de Jesucristo. Para crecer en la lectura de la Escritura y hacerla vida en la entrega diaria, Dios hizo a algunos apóstoles, a otros profetas, a otros maestros, y a otros les dio el don de lenguas, y el don de interpretación a otros..., de modo que la Palabra de Dios sea viva, vivifique y permanezca para siempre (segunda lectura).
Temas...
«Hoy es un día consagrado a nuestro Dios». Este «hoy» de la lectura solemne de la ley a cargo de Esdras ante todo el pueblo reunido en asamblea (primera lectura) es un preludio veterotestamentario del «hoy» que pronuncia Jesús en el evangelio. Esta solemne lectura de la ley en tiempos de Esdras se describe de forma impresionante, añadiéndose algunas explicaciones al respecto; el pueblo está visiblemente emocionado: se inclina y se postra rostro en tierra en señal de adoración; llora porque desconocía lo que acaba de escuchar, pero se le invita a regocijarse y a celebrar un banquete porque su acogida de la Palabra de Dios hace que este episodio sea un acontecimiento gozoso: «Pues el gozo del Señor es la fortaleza de ustedes». Por eso nos extraña tanto más que “un «hoy»” mucho más importante salido de la boca de Jesús (en el evangelio) provoque entre sus oyentes reacciones totalmente diversas.
«Hoy se cumple esta Escritura». En el evangelio escuchamos solamente la parte introductoria de la escena, cuando Jesús, en la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde se había criado, lee también la Escritura y pronuncia unas palabras “incomprensibles y blasfemas” para sus oyentes: que hoy se ha cumplido la profecía de Isaías, que «el Espíritu del Señor está sobre mí, que me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar la libertad a los oprimidos». Jesús aplica estas palabras a su persona: sale de la oscuridad de sus años de juventud y aparece ante todos sus conocidos con una luz nueva e inaudita, asumiendo precisamente la realidad de ser el Mesías. Se nos muestra (revela): la fortaleza del Señor para asumir su misión, y la humildad de Él, al designar su actividad como obediencia al «Espíritu del Señor» que está sobre Él. Ambas cosas unidas caracterizan su convicción más profunda y muestran su singularidad: su misión es el cumplimiento de todas las promesas más excelsas de Dios, pero Él la lleva a cabo como el verdadero «Siervo de Dios», en el espíritu del Siervo de Yahvé proclamado por Isaías.
«Todos hemos bebido de un solo Espíritu». Pero, ¿qué significa para nosotros el hoy? Algo completamente distinto de lo que significaba para el antiguo pueblo de Israel. La segunda lectura lo describe: nosotros somos un cuerpo, asumido en el HOY de Cristo. Los judíos no eran miembros de un cuerpo, sino individuos dentro de la comunidad del pueblo; nosotros somos los unos para los otros, miembros dentro del cuerpo de Cristo. Pablo describe esto detalladamente. Ya no hay individuos, sino “órganos”, cada uno de los cuales actúa para el todo vivo del organismo, que es el Cuerpo Místico de Cristo, Cristo y nosotros: en el siempre-hoy de Cristo nosotros vivimos para Él y los unos para los otros. Por eso cada uno tiene una tarea personal, insustituible, pero no para sí mismo, sino para el todo vivo; una tarea que cada cual debe cumplir en el Espíritu Santo, que es el que le ha conferido su singularidad. Y como todos «han bebido de un solo Espíritu», todo el que posee el Espíritu ha de vivir también fuera de sí mismo, en el amor a los otros, en los otros. Este es el hoy que resulta del hoy plenificador de Cristo.
Sugerencias...
“Por tanto, hermanos, puesto que creemos en Cristo, permanezcamos en su palabra. Pues si permanecemos en su palabra, somos en verdad discípulos suyos. No sólo son discípulos suyos aquellos Doce, sino todos los que permanecen en su palabra. Y conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres, es decir, Cristo el Hijo de Dios que dijo: Yo soy la verdad (Jn 14,6). Nos hará libres, es decir, nos liberará no de los bárbaros, sino del diablo; no de la cautividad corporal, sino de la iniquidad del alma. Él es el único que otorga esta liberación. Que nadie se considere libre, para no permanecer esclavo. Nuestra alma no permanecerá en la esclavitud, puesto que cada día se nos perdonan nuestras deudas” (San Agustín, Sermón 134,3-4.6)
Nuestra Señora, Madre del Amor Hermoso, ruega por nosotros
miércoles, 9 de enero de 2019
PAPA FRANCISCO AUDIENCIA DEL 9 DE ENERO
¿Cómo rezar para pedir algo a Dios? Papa Francisco lo explica en la audiencia general
ALETEIA
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“Dios nunca olvida a sus hijos que sufren”, expresó el papa Francisco en la audiencia general, en la cual prosiguió su ciclo de catequesis sobre el Padrenuestro e instruye a los fieles sobre la oración, según enseña el Evangelio : ”llamen a la puerta y les abrirán” (Lucas 11, 9).
El Pontífice invitó a “perseverar en la oración, porque aunque a veces pareciera que Dios no nos escucha, sin embargo no es así”. Lo explicó en el aula Pablo VI del Vaticano durante la audiencia general del miércoles 9 de enero de 2019.
Delante de 7000 fieles y peregrinos congregados para escuchar la catequesis dedicada al “Padrenuestro’, el obispo de Roma afirmó que hay que rezar como hijos, así como hacen los niños que tienen hambre y son escuchados por sus padres y abuelos, “porque ninguna oración queda desatendida”.
La oración siempre transforma
“El Padre celeste nos da todo aquello que hace plena nuestra vida”, sostuvo e ilustró que la oración transforma el corazón y la realidad. Incluso si a veces, hay que rezar toda una vida por una gracia.
“La oración siempre transforma la realidad: si no cambian las cosas que nos rodean, al menos cambiamos, cambiamos nuestro corazón. Jesús prometió el don del Espíritu Santo a todo hombre que ore”, expresó.
“A la perseverancia se une la confianza puesta en Dios, porque Él es un Padre bueno y nunca olvida a sus hijos que sufren. La oración cambia la realidad, y nos cambia también a nosotros.
Es, ya desde ahora, la victoria sobre la soledad y la desesperación; un camino que nos lleva a Dios, nuestro Padre, que espera todo y a todos con los brazos abiertos”.
Ilustró que la oración de Jesús parece “suavizar las emociones más violentas, los deseos de venganza y revancha, reconcilia al hombre con su enemigo más amargo: la muerte”.
El Pontífice explicó que Jesús puso el ejemplo cuando se trata de la oración: “Jesús es, sobre todo, el orante. En cada paso de su vida, es el Espíritu Santo quien lo guía en su actuar. Antes de tomar decisiones importantes, Jesús ora, dialoga con el Padre”.
¿Habrá un padre entre todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan?”, se preguntó en referencia al Evangelio (Lucas 11).
Los discípulos suplican a Jesús que les enseñe a orar, explicó. Por ello, “Jesús les muestra con qué palabras y qué sentimientos deben tener para dirigirse a Dios”.
“Lo hace enseñándoles el Padrenuestro las actitudes que el creyente debe tener cuando ora, que son la perseverancia y la confianza”, añadió.
Jesús reza en el bautismo en el Jordán, dialoga con el Padre antes de tomar decisiones muy importantes, a menudo se retira en soledad, intercede por Pedro que luego lo renegará” (Lc 22,31-32).
“En este sentido”, el Papa expresó que esto consuela a las personas, es decir, “saber que Jesús reza por nosotros”. ¿Pero, padre todavía lo hace? Sí!, insistió.
Asimismo, predicó sobre el clima de oración que acompañó a Jesús hasta la Muerte, y en las horas de la pasión marcadas por un “clima de sorprendente calma”.
“Podemos estar seguros de que Dios responderá” a la oración. “La única incertidumbre se debe a los tiempos, pero no dudes que Él responderá. Tal vez tengamos que insistir por toda la vida, pero Él responderá. Nos lo prometió (Lc 18, 7)”.
Por último saludó a los peregrinos: “Que el Señor Jesús nos dé la gracia de entender que la oración conmueve el corazón de Dios, Padre compasivo, que nos ama y nos da su Espíritu Santo; y que la Virgen Santa nos ayude a ser hombres y mujeres de oración y a confiar en la bondad del Señor que siempre nos escucha”.
ARTICULO SOBRE EL NOVIAZGO- ALETEIA
Los 10 “no” del noviazgo para un buen matrimonio
ALETEIA
Por Alejandra María Sosa
Artículo publicado originalmente por Desde la fe
Desde la Fe | Mar 09, 2017
Evalúa ahora tu relación
Un buen matrimonio depende en gran parte de un buen noviazgo, de que él y ella aprovechen bien ese tiempo para conocerse. Además de amor, ¿qué se necesita para tener un buen noviazgo? He aquí diez recomendaciones que conviene considerar:
1. NO dejar fuera a Dios
Antes que nada, pregúntale a Dios si tu vocación es el matrimonio. Consulta un director espiritual. Cuando creas haber conocido a la persona indicada, oren juntos, vayan juntos a Misa, encomiéndense a Dios y a María. Antes de casarse, acudan a un retiro para novios. Y después no se atengan a sus solas míseras fuerzas para amarse: no se vayan a vivir juntos ni se unan sólo por lo civil, sino mediante el sacramento del matrimonio, para recibir de Dios la gracia sobrenatural de ser fieles y amarse mutuamente como Dios los ama.
2. NO engañar
Esto abarca dos aspectos. Primero: no finjas lo que no eres. No digas que te gusta lo que no te gusta, que haces lo que nunca haces, etc. sólo para ser como crees que tu novia o novio espera que seas. Descubrirá tu engaño al casarse, y puede ser motivo para separarse. Sé tú mismo, tú misma. Si no es compatible contigo, ni modo, no fuerces las cosas, ya encontrarás a quien lo sea. Recuerda que “siempre hay un roto para un descosido”. Y, segundo: no seas infiel. La infidelidad en el noviazgo es motivo para terminar la relación, porque los novios infieles, suelen ser cónyuges infieles.
3. NO querer cambiar al otro
Hay quien piensa: “mi pareja tiene esta forma de ser, o este hábito, o este vicio que no me agrada, pero yo la voy a cambiar”. Es una falsa expectativa. La gente no suele cambiar. El introvertido nunca se volverá extrovertido; la parlanchina no sabrá quedarse callada; el novio que nunca se acomide a ayudar será un marido haragán; la novia desaliñada será una esposa de bata y pantuflas. Y las características que te molestan en el noviazgo, en el matrimonio pueden aumentar y resultarte intolerables. O le aceptas como es, o no te cases.
4. NO justificar lo injustificable
Si en el noviazgo, cuando se supone que están enamorados y desea complacerte, tiene desatenciones, te deja esperándole y no se disculpa; se la pasa viendo el celular, llega tarde, no te pregunta cómo estás, te calla, te critica, en el matrimonio será peor. No busques pretextos para justificar sus malas actitudes, busca mejor otra pareja.
5. NO violencia
Si en el noviazgo ya hay gritos, malos modos, insultos y hasta golpes, ¡hay que salir huyendo! Un novio que te levanta la voz, será un esposo que te levantará la mano; una novia que te humilla ante tus amigos, será una esposa que te humillará ante tus hijos. ¿A qué arriesgarse a casarse con alguien que puede poner en riesgo tu integridad y la de tu familia?
6. NO relaciones sexuales
El sexo es fabuloso. Decir esto parecería razón para practicarlo en el noviazgo, pero es justo lo contrario: puede hacer que una pareja crea que son compatibles, cuando en realidad sólo lo son en la cama. Un amante habilidoso no necesariamente es un buen esposo. Y hay muchos momentos en el matrimonio en que no será posible tener relaciones sexuales, así que si el sexo es lo único que los une, su relación irá a pique.
Una amiga me contó que su hija fue a confesarse de haber tenido relaciones sexuales con su novio, y el padre le dijo: “si se aman, no es pecado”. Sorprende semejante respuesta, porque Jesús menciona, en la lista de maldades que manchan al hombre, la fornicación, es decir, la relación sexual fuera del matrimonio (ver Mc 7, 14-23). La relación sexual está pensada para ser una donación total entre esposos que prometen, con la gracia de Dios, amarse toda la vida. No hay que banalizarla adelantándola, ni arriesgarse a un embarazo no deseado. Y, sobre todo, no hay que olvidar que para unos novios católicos tener relaciones sexuales pre-matrimoniales no es algo que alguien pueda autorizar por encima de la Palabra de Dios y de la Iglesia, que enseñan que es pecado (ver Catecismo de la Iglesia Católica #1755; 1852; 2353).
7. NO desoír opiniones y consejos
Por tener una visión desde fuera, puede suceder que tus familiares y amigos capten actitudes de tu pareja que tú no has percibido. “ay, mijita, tu novio toma demasiado”, “ay, hijo, ella trata muy feo a su mamá”, “oye, amiga, como que tu novio es ojo alegre, lo he visto coqueteando…”; “híjole carnal, me late que esa chava sólo te busca por tu dinero, se la pasa haciéndote gastar…”; “uy, le vi fumando mariguana”. Presta atención, no cierres los oídos. En los procesos de declaración de nulidad matrimonial, suelen preguntar cuál era la opinión de quienes rodeaban a los novios. Y es casi seguro que hubo muchas críticas que fueron desoídas…
8. NO suponer, mejor preguntar
El noviazgo es un tiempo para conocerse, para hablar, hablar y hablar de todos los temas habidos y por haber, para preguntar. Muchos matrimonios se rompen porque no descubrieron a tiempo que pensaban muy distinto: “¡creí que sí querías tener hijos!”; “¡no pensé que te molestara que trabaje!”; “¡no sabía que tu mamá vendría a vivir con nosotros!”. Más vale dialogar que lamentar.
9. NO dejar de considerar a la familia
No sólo hay que fijarse en la pareja, sino en su familia. ¿Cómo es?, ¿cómo se llevan sus miembros entre sí?, ¿cuáles son sus valores? Recuerda que muy probablemente tendrás que convivir con ellos en Navidad, año nuevo, cumpleaños, aniversarios, algunos fines de semana, etc. Sus papás serán abuelos de tus hijos, y tus cuñados, sus tíos; querrán pasar tiempo con ellos, ¿qué clase de ejemplo les darán? ¿Es ésta la familia a la que quieres pertenecer?, ¿o vas a discutir y a pelearte cada vez que tu cónyuge la quiera ver?
10. NO sólo buscar “que te haga feliz”
Muchos se casan pensando: “ésta me hará feliz” (porque es bonita y puede lucirla en las fiestas de la oficina, o porque cocina rico, o es hacendosa), o éste me hará feliz, (porque es tan guapo que sus amigas la envidiarán; o porque gana tanto que podrá darle una vida de lujos). Buscan la pareja que los haga felices. Pero si la bonita se pone fea o se enferma, al guapo le sale panza, o pierde la chamba, ya no “hace feliz”, es hora de descartarlo. La motivación para casarse no debe ser “que me haga feliz”, sino “quiero hacerle feliz”. Y qué mayor felicidad que santificarse mutuamente para llegar al cielo. Si tanto él como ella dicen: “le amo tanto que quiero dedicarme a que sea feliz aquí y por toda la eternidad”, eso sí que con la ayuda de Dios, se puede lograr pase lo que pase, en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso, hasta que la muerte los separe en este mundo y puedan reencontrarse en la vida eterna para siempre.
lunes, 7 de enero de 2019
HOMILIA DEL PAPA DE HOY
Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Lunes 7 de enero de 2019
Dice la Primera Carta de San Juan (3,22-4,6): “Cuanto pidamos lo recibimos de Él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada”. Así pues, el acceso a Dio está abierto, y la llave es precisamente la que sugiere el apóstol: “que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros”. Solo así podemos pedir lo que queramos, con valentía, descaradamente: creer que Dios —el Hijo de Dios— vino en la carne, se hizo uno de nosotros. Esa es la fe en Jesucristo: un Jesucristo concreto, un Dios concreto, que fue concebido en el seno de María, que nació en Belén, que creció como un niño, que huyó a Egipto, que volvió a Nazaret, que aprendió a leer con su padre, a trabajar, a salir adelante, y que luego predicó cosas concretas: un hombre concreto, un hombre que es Dios pero hombre. No es Dios disfrazado de hombre. No: hombre, Dios que se hizo hombre. La carne de Cristo. Esa es la concreción del primer mandamiento. El segundo también es concreto: amar, amarnos los unos a los otros, amor concreto, no amor de fantasía: “Te quiero, cuánto te quiero”, pero luego con mi lengua te destruyo con las críticas. No, no, eso no. Amor concreto. Los mandamientos de Dios son concretos y el criterio del cristianismo es lo concreto, no ideas ni palabras bonitas. Concreción. ¡Ese es el reto!
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El apóstol Juan, un apasionado de la Encarnación de Dios, anima a poner a prueba los espíritus —“examinad si los espíritus vienen de Dios”—, es decir, que cuando nos venga una idea sobre Jesús, o la gente, o hacer algo, o pensar que la redención va por tal camino, pongamos a prueba esa inspiración. La vida del cristiano, en el fondo, es concreción en la fe en Jesucristo y en la caridad, pero también es vigilancia espiritual, lucha, porque te vienen siempre ideas o “falsos profetas” que te proponen un Cristo “soft”, sin tanta carne, y un amor al prójimo un tanto relativo: “Sí, esos sí son de los míos, pero aquellos no”.
Debemos, pues, creer en Cristo que vino en carne, creer en el amor concreto y discernir, según la gran verdad de la Encarnación del Verbo y del amor concreto, para saber si los espíritus —la inspiración— provienen verdaderamente de Dios, “pues muchos falsos profetas han salido al mundo”: el diablo intenta siempre alejarnos de Jesús, apartarnos de Él, por eso es necesaria la vigilancia espiritual. Más allá de los pecados cometidos, el cristiano al final del día debe dedicar dos, tres, cinco minutos para preguntarse qué ha pasado en su corazón, qué inspiración o quizá incluso qué locura del Señor se le ha ocurrido: porque el Espíritu a veces nos empuja a las locuras, pero a las grandes locuras de Dios. Como por ejemplo, la de un hombre —presente en la Misa de hoy— que desde hace más de 40 años dejó Italia para ser misionero entre los leprosos de Brasil, o la de Santa Francisca Cabrini que siempre estaba de viaje para cuidar inmigrantes. Por tanto, os animo a no tener miedo y a discernir. ¿Quién me puede ayudar a discernir? El pueblo de Dios, la Iglesia, la unanimidad de la Iglesia, el hermano, la hermana que tienen el carisma de ayudarnos a ver claro. Por eso es importante para el cristiano la charla espiritual con gente de autoridad espiritual. No es necesario ir al Papa o al obispo para ver si eso que siento es bueno, pues hay mucha gente, sacerdotes, religiosas, laicos que tienen la capacidad de ayudarnos a ver qué pasa en mi espíritu para no equivocarme. Jesús tuvo que hacerlo al inicio de su vida pública, cuando el diablo le visitó en el desierto y le propuso tres cosas que no eran según el Espíritu de Dios, y rechazó al diablo con la Palabra de Dios. Si a Jesús le pasó eso, a nosotros también nos puede pasar. ¡No tengáis miedo!
Por otra parte, también en la época de Jesús había gente con buena voluntad, pero pensaban que el camino de Dios era otro: los fariseos, los saduceos, los esenios, los zelotes…, todos tenía la ley en la mano, pero no siempre tomaron el mejor camino. De ahí que recomiende la mansedumbre de la obediencia. Por eso, el pueblo de Dios va siempre adelante con cosas concretas, la caridad, la fe, la Iglesia. Y ese es el sentido de la disciplina de la Iglesia: cuando la disciplina de la Iglesia es concreta ayuda a crecer, evitando filosofías de fariseos o de saduceos. Es Dios quien se hizo concreto, nacido de una mujer concreta, vivido una vida concreta, muerto de una muerte concreta, y nos pide amar a hermanos y hermanas concretos, ¡aunque algunos no sean fáciles de amar! Pidamos a los santos, que son los locos de lo concreto, que nos ayuden a caminar por esa vía y a discernir las cosas concretas que el Señor quiere ante las fantasías e ilusiones de los falsos profetas.
HOMILIA EL BAUTISMO DEL SEÑOR. Fiesta (13 de enero 2019).
Primera: Isaías 40, 1-5.9-11; Salmo: Sal 103, 1b-4. 24-25. 27-30; Segunda: Tito 2, 11-14; 3, 4-7; Evangelio: Lucas 3, 15-16.21-22
Nexo entre las LECTURAS…
Sin que aparezca la palabra novedad en los textos litúrgicos, todos ellos se refieren, en cierta manera, a la NOVEDAD de la acción de Dios en la historia. Es nuevo el lenguaje de Dios en Isaías: "ha terminado la esclavitud..., que todo valle sea elevado y todo monte y cerro rebajado..., ahí viene el Señor Dios con poder y su brazo lo juzga todo". Es absolutamente nuevo que Jesús sea bautizado por Juan, que el cielo se abra, que el Espíritu descienda en forma de paloma, que se oiga una voz del cielo: "Tú eres mi hijo predilecto". Es nueva la realidad del hombre que ha recibido el bautismo: "un baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Señor". En virtud de esta novedad es que le decimos al Señor con el Salmista: ¡Bendice al Señor, alma mía!
Temas…
La novedad viene de Dios. El hombre, desde el inicio, lleva en sí el deterioro y la vejez del pecado, del que es imposible salir por sí mismo. En este Tiempo litúrgico lo que se nos muestra con nitidez es que sólo Dios puede salvarnos. Sólo Él puede cambiar nuestra vieja situación de pecado en novedad de gracia y misericordia. También se nos muestra que Dios quiere intervenir y actuar para salvar al hombre, porque "ha sido creado a imagen y semejanza suya". La liturgia presenta tres momentos históricos de la intervención de Dios: primero interviene para liberar al pueblo israelita de la esclavitud de Babilonia (primera lectura), luego para revelar al mundo la filiación divina de Jesús (evangelio), finalmente para manifestar a los hombres la nueva situación creada en quienes han recibido el bautismo (segunda lectura). La consecuencia es ‘lógica’: Si Dios ha intervenido en el pasado con una irrupción de vida y esperanza nuevas, Dios interviene en el presente e intervendrá en el futuro, porque es propio de Dios la fidelidad.
La novedad es desde dentro. La novedad que Dios infunde en el corazón de los hombres incide y repercute en la historia, pero en sí es invisible, interior, netamente espiritual. Primero hace nuevo el corazón, luego desde el corazón del hombre y con la ayuda del hombre, cambia también la realidad histórica (carta del Papa a los Obispos de EE UU). En los exiliados de Babilonia primero creó la añoranza de Sión, el deseo y la decisión del retorno, luego dispuso los hilos de la historia para que tal deseo y decisión llegase a cumplimiento. En el caso de la teofanía del bautismo, en el Jordán, nos hace descubrir una novedad inicial, que se irá desplegando a lo largo de toda su vida pública y sobre todo en el misterio de su muerte y resurrección. La novedad del bautizado sólo se irá percibiendo con el tiempo, en la medida en que exista una coherencia vital entre la novedad infundida por Dios y la existencia concreta y diaria del cristiano, en cuanto viva como discípulo misionero. Para nosotros no pocas veces resulta difícil desvelar la relación entre la novedad interior y sus manifestaciones históricas en la vida ordinaria de cada uno, pues, a veces parece que todo es igual y nada cambia para bien… y Él ¡está haciendo nuevas todas las cosas!
La novedad es eficaz. A la iniciativa de Dios, el hombre debe responder libremente, lo meditamos en la Virgen María muy especialmente en los Tiempos de Adviento y Navidad… y lo seguiremos meditando a lo largo del Año Litúrgico… sigamos mirando a María, Madre de Dios y de la Iglesia para imitar su SÍ generoso.
Sugerencias...
El Bautismo, epifanía de Dios. En el evangelio, el bautismo de Jesús, es una epifanía… eso mismo debe ser para el cristiano la vida sacramental y comprometida con la caridad, con las obras de misericordia: una epifanía de lo que Dios es y de lo que Dios hace en el hombre. El discípulo-misionero es un hombre en quien se manifiesta el Dios trinitario, en virtud de la relación personal que mantiene con cada una de las personas divinas. Como hijo del Padre vive una verdadera relación filial, sobretodo en la oración y adoración. Como redimido por el Hijo y sumergido en su misma vida, entabla con Él una relación principalmente de seguimiento e imitación. Como templo del Espíritu Santo, vive con la conciencia de una relación sagrada, santificante, vivificadora de su existir cotidiano, modelando en bien su vida familiar, profesional y social. El cristiano es al mismo tiempo epifanía de la acción de Dios en el hombre: una acción purificadora, que manifiesta el perdón de Dios; una acción transformante, que pone de relieve el poder de Dios; una acción unificadora de las energías y capacidades del cristiano, que subraya el misterio unitario de Dios; una acción vivificante, que revela, por medio del hombre, la extraordinaria vida de Dios uno y trino...
jueves, 3 de enero de 2019
HOMILIA Solemnidad de la EPIFANÍA DEL SEÑOR (06 de enero 2019).
Solemnidad de la EPIFANÍA DEL SEÑOR (06 de enero 2019).
Primera: Isaías 60, 1-6; Salmo: Sal 71, 1-2. 7-8. 10-13; Segunda: Efesios 3, 2-3.5; Evangelio: Mateo 2, 1-12
Nexo entre las LECTURAS…
Epifanía representa el desarrollo completo del misterio de Navidad. "El que aquel día nació de la Virgen -dice San León-, hoy ha sido reconocido por todo el mundo". Dios ha aparecido en el mundo no solamente tomando carne mortal, sino manifestándose a los hombres, mostrando sus obras y su poder, y tomando posesión de su pueblo al modo que los antiguos reyes la tomaban solemnemente de sus ciudades. Todo esto ha significado en el decurso del tiempo la palabra epifanía y algo de esto se encuentra en la rica liturgia de esta festividad. En la adoración de los Magos han visto todos los Santos Padres la manifestación de Cristo a los paganos y al mundo en general.
Jesucristo, para unos, como los sabios que vienen de Oriente (evangelio) o como para Pablo, proveniente de la diáspora, es epifanía, manifestación de su misterio (segunda lectura); epifanía prefigurada en la primera lectura, según la cual todos los pueblos se sentirán atraídos por la luz y la gloria de Jerusalén. Para otros, es un rival peligroso (para Herodes) o un simple objeto de ciencia sagrada, sobre el que informan con la objetividad del experto (sacerdotes, escribas).
Temas…
Actitudes ante Jesús. María, José, los pastores, los sabios de Oriente o Magos (evangelio de hoy), Simeón y la profetisa Ana aceptan la realidad y el misterio que envuelven a Jesús de Nazaret y creen. El rey Herodes, los sacerdotes y maestros de la ley (evangelio), los betlemitas, toman una postura de rechazo. Desde los comienzos Jesús es ‘una bandera discutida’: unos, llenos de gozo, quieren llevarla siempre muy alta; otros, hostiles, quieren abajarla y destruirla… y algunos hasta pareciera que quieren ser indiferentes. Esas posturas han continuado en la historia hasta el presente. Quiera o no quiera el hombre, lo sepa o no lo sepa, la persona de Jesús tiene que ver con su vida, y no precisamente de un modo puramente accidental. Jesucristo es el CENTRO y SEÑOR de la vida y de la historia. La razón está en que todo hombre en el fondo de su conciencia busca un Salvador, y el único verdadero Salvador es Jesucristo. Esta verdad no es una idea filosófica ni una deducción lógica, sino una amorosa revelación de Dios "a los apóstoles y profetas" y a través de ellos a todos los hombres (segunda lectura). Los hombres pueden equivocarse en la búsqueda del Salvador, pueden incluso pensar y buscar otros salvadores, pero en cualquier caso a quien buscan, el fin hacia el que dirigen su corazón es Jesús de Nazaret, el Redentor del mundo.
Aceptación y rechazo. Los Magos descubren en el firmamento “la estrella del Mesías”, se ponen diligentemente en marcha, vencen no pocas dificultades, y, ante el niño Jesús, se postran, le adoran y le ofrecen sus regalos: oro, incienso y mirra. Son hechos concretos con los que manifiestan su alegre aceptación. Ellos son los representantes de los pueblos gentiles, prefigurados en la primera lectura, tomada de Isaías: "A tu luz caminarán los pueblos, y los reyes al resplandor de tu aurora". En cambio, Herodes se sobresalta, indaga, disimula sus intenciones, trama la muerte de ese Niño. También, los sumos sacerdotes y escribas, por su parte, muestran su conocimiento de la Escritura y su falta de fe, limitándose simplemente a informar. A lo largo de la vida de Jesús y en los varios siglos de cristianismo, ¡cuántos millones de acciones a favor y en contra de Jesucristo, de aceptación y de rechazo! Hoy somos invitados a renovar nuestra fe y aceptación de Jesucristo, y ser alcanzados por Él, que es el mismo, ayer, hoy y siempre… fe que profesaremos, especialmente, la noche de la Vigilia Pascual (20 de abril de 2019).
Sugerencias...
¡Atentos a los signos de Dios! Los Magos vieron una estrella nueva en el firmamento, y ésta suscitó su interés y su búsqueda. Fue un signo que Dios les envió y no lo dejaron pasar sin más, sino que descifraron su sentido y se pusieron en marcha, pues, se dijeron entre sí: “en Judea ha nacido el rey universal, en la plenitud de los tiempos”. ¡Atención, reflexión, acción! Hemos de estar atentos porque Dios va sembrando, día tras día, signos de su presencia y de su amor eficaz, en la pequeña realidad de nuestra vida y en los diversos acontecimientos de la historia local, nacional o internacional por ejemplo la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá… Hemos de rezar y discernir, pues se trata de signos, no de evidencias. Los signos -por su misma naturaleza- remiten a otra realidad más allá de ellos mismos. Una vez interpretado correctamente el signo, hemos de pasar a la acción, para que el Reino de Dios fructifique en la tierra en hechos concretos. Dios sigue hablando al hombre, hoy, con palabras y con acciones, quizás lo que suceda es que los hombres no estamos preparados o decididos para descifrar su lenguaje. Los mártires del siglo XX, ¿no son un signo de Dios? Los millones de jóvenes reunidos para las Jornadas Mundiales de la Juventud, ¿no es acaso una palabra significativa que Dios nos dirige? ¿Y los Movimientos eclesiales? ¿Y el renacer del espíritu religioso y del ansia de trascendencia?... en la riqueza de los Sínodos… Sigue Dios caminando con nosotros para que alcancemos la Patria.
El verdadero encuentro con Cristo ya no se puede olvidar jamás. Se le encuentra cuando no se tienen prisas en el corazón y cuando se vive la propia realidad como servicio de donación. Propiamente es el mismo Cristo quien se hace encontradizo desde lo íntimo de la realidad cotidiana. Ya no se puede prescindir de Él ni se puede dudar de su amor. Tempestades las habrá siempre, también sin lógica ni sentido aparente. Pero sentiremos la mano de Cristo presente que nos aprieta la nuestra, si escuchamos su Palabra y le acompañamos en la Eucaristía.
Virgen de la Epifanía y del Buen Viaje… ruega por nosotros.
- DOS REYES. UNA ADORACIÓN:
La estrella los lleva a Jerusalén. Allí les espera la mayor decepción y también la más importante decisión. Porque en Jerusalén encuentran dos reyes. En primer lugar, encuentran a Herodes, el que poco antes había hecho ejecutar a sus hijos por miedo a perder el trono. Pero Herodes no está aquí en un primer plano; él es más que nada un signo, una señal del poder, del éxito, del prestigio, de la autosuficiencia y el desprecio con todos sus medios. Y ante él se manifiesta de nuevo la sabiduría de los sabios que no se quedan parados frente a las intrigas de aquel hombre, frente a su ambición de poder y su falacia (vivir con disimulo). No se detienen, pues, ante el primer rey que encuentran, porque no lo reconocen como tal para sus vidas; la estrella no les señala en él el sentido último que buscan. La estrella sigue adelante y ellos van detrás, hasta encontrar al otro rey de los judíos, un niño, sin poder y necesitado de ayuda. Esa pobreza no les lleva a confusión. Ante él se postran y lo adoran. Y le ofrecen sus tesoros; su corazón, su entrega, su esfuerzo. Para ellos está claro que la epifanía de Dios en la tierra no acontece en el poder y la riqueza del mundo, sino en la impotencia por causa del amor. Naturalmente, este es el fundamento de una gran noticia, de una gran alegría para ellos y para todos.
- A CASA POR OTRO CAMINO:
Los tres sabios o reyes vuelven a su tierra por otro camino. Esto es muy significativo: quien experimenta a Dios tan sencillamente y a la vez tan profundamente no puede volver a recorrer el mismo camino. Ellos dieron la espalda a Herodes con el que nada tenían que ver, ni del que nada querían saber. Hay ahora más motivo para seguir el camino que marca la estrella: el camino del rey de reyes, que -por amor nuestro- se ha hecho pequeño, para que nosotros seamos grandes. Este es el amor universal que tal Rey nos ofrece para que nosotros seamos pequeños en bien de los otros; un amor que se extienda a los que nos son difíciles, no sólo a los que nos caen bien, a los creyentes y a los que no lo son, a los cercanos y a los lejanos, a los conocidos y a los extraños.
El que, según los valores de este mundo, se hace aparentemente insignificante -éste es quizá el mensaje de hoy- y así se manifiesta por su estrella y con los magos, pero es el verdadero Rey del mundo, ése es el único al que nosotros podemos aceptar como auténtico rey de nuestra vida. Porque es su estrella la que dará a ésta luz y pleno sentido. Aunque seguramente con esta luz también nosotros aparecemos como insignificante a los ojos de los poderosos y tendremos que elegir otro camino, lejos de sus intrigas.
Es fácil que, si profundizamos en todo esto, reconozcamos el esplendor de una vida en Jesús, no con Herodes. El futuro de Jesús es garantía de que resucitaremos y seremos glorificados con él. Todos los demás "reyes" a la postre nos harán caer.
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martes, 18 de diciembre de 2018
Homilía del Papa Francisco en Santa Marta Martes 18 de diciembre de 2018
Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Martes 18 de diciembre de 2018
Podríamos resumir el Evangelio de hoy (Mt 1,18-24) diciendo que José es el hombre que sabe acompañar en silencio y el hombre de los sueños.
En las Sagradas Escrituras conocemos a José como un “hombre justo”, observante de la ley, trabajador, humilde, enamorado de María. En un primer momento, ante lo incomprensible, prefiere quedarse aparte, pero luego Dios le revela su misión. Y así José abraza su tarea, su papel, y acompaña el crecimiento del Hijo de Dios en silencio, sin juzgar, sin criticar, sin murmurar.
Ayudar a crecer, a desarrollarse. Y buscó un lugar para que el hijo naciese; lo cuidó; lo ayudó a crecer; le enseñó el oficio; muchas cosas… En silencio. Nunca se apropió del hijo: lo dejó crecer en silencio. “Dejar crecer”: sería la palabra que nos podría ayudar mucho a nosotros que por naturaleza siempre queremos meter la nariz en todo, sobre todo en la vida ajena. “¿Y porqué hace eso? ¿Porqué lo otro…?”. Y empezamos a murmurar, a decir… Pero él deja crecer. Protege. Ayuda, pero en silencio.
Una actitud sabia que tienen tantos padres: la capacidad de esperar, sin gritar enseguida, incluso ante un error. Es fundamental saber esperar, antes de decir la palabra capaz de hacer crecer. Esperar en silencio, como hace Dios con sus hijos, con los que tiene tanta paciencia.
San José era además un hombre concreto, pero con el corazón abierto, el hombre de los sueños, no un soñador. El sueño es un lugar privilegiado para buscar la verdad, porque ahí no nos defendemos de la verdad. Vienen, y... Dios también habla en sueños. No siempre, porque habitualmente es nuestro inconsciente el que actúa, pero Dios a veces elige hablar en sueños. Lo hizo muchas veces, como se ve en la Biblia. En sueños. José era el hombre de los sueños, pero no era un soñador. No era un fantasioso. Un soñador es otra cosa: es el que cree… va… está en las nubes, y no tiene los pies en la tierra. José tenía los pies en la tierra. Pero estaba abierto.
Pidamos hoy no perder la capacidad de soñar, la capacidad de abrirse al mañana con confianza, a pesar de las dificultades que pueden surgir. No perder la capacidad de soñar el futuro: cada uno de nosotros. Cada uno: soñar en nuestra familia, en nuestros hijos, en nuestros padres. Ver cómo me gustaría que fuese su vida. Los sacerdotes también: soñar en nuestros fieles, qué queremos para ellos. Soñar como sueñan los jóvenes, que son “descarados” al soñar, y ahí hallan su camino. No perder la capacidad de soñar, porque soñar es abrir las puertas al futuro. Ser fecundos en el futuro.
lunes, 17 de diciembre de 2018
HOMILIA Cuarto Domingo de ADVIENTO cC (23 de diciembre 2018)
Cuarto Domingo de ADVIENTO cC (23 de diciembre 2018)
Primera: Miqueas 5, 1-4; Salmo: 79, 2ac. 3b. 15-16. 18-19; Segunda: Hebreos 10, 5-10; Evangelio: Lucas 1, 39-48
Nexo entre las LECTURAS… Temas…
La relación entre el Hijo y el Padre, la relación entre la Madre y el Hijo, la relación de María con santa Isabel, la de Jesús con el Bautista, la de Dios con los hombres y de los hombres con Dios… y la recta relación de los hombres entre sí… el NEXO es mirar, contemplar “la manera virtuosa de relacionarnos” y practicarlo.
1) "El tiempo en que la madre da a luz" (1a lectura). El profeta Miqueas, ocho siglos antes anuncia el nacimiento del Mesías en la pequeña aldea de Belén de Efratá. Será "el jefe de Israel". Cuando "la madre dé a luz" todo cambiará para el pueblo elegido. Esa madre ‘dibujada’ por Miqueas es María de Nazaret, la Virgen. La Madre del que "pastoreará con la fuerza del Señor", aquel cuyo "origen es desde antiguo, del tiempo inmemorial", el Hijo eterno del Padre. Sus dones serán: la "tranquilidad" y la "paz". Este anuncio resuena con dulzura.
2) "Aquí estoy" (2a lectura). ¡Cómo resuenan -sinceras y comprometidas- las palabras de la Carta a los Hebreos! Jesús a punto de entrar en el mundo (Encarnación-Navidad), expresa su ofrenda, en oferta gozosa al Padre. Son palabras garantizadas por el Espíritu Santo y puestas en boca del Hijo eterno, que se desposa con la humanidad para rescatarla y elevarla: "... me has dado un cuerpo... Dios, aquí estoy, yo vengo (…) para hacer tu voluntad”. Palabras casi idénticas que dirá en Getsemaní, poco antes de aceptar la pasión (Lc 22,42). La Navidad ya encierra la Pascua… ¡qué buena, qué gran noticia!
3) El salmo es la oración de Israel ante una gran desgracia. El enemigo ha invadido el territorio nacional y ha destruido la Ciudad y el Templo, y Dios parece mostrarse indiferente y callado ante tamaña desgracia: «Pastor de Israel, ¿hasta cuándo estarás airado?; mira desde el cielo, fíjate y ven a visitar tu viña, suscita, Señor, un nuevo rey que dirija las victorias de tu pueblo, fortalece un hombre haciéndole cabeza de Israel y que tu mano proteja, a éste, tu escogido.» Con este salmo podemos hoy pedir por la Iglesia y sus pastores. También el ‘nuevo Israel’ sucumbe frecuentemente ante el enemigo, y le falta mucho para ser aquella Vid frondosa que atrae las miradas de quienes tienen hambre de Dios y a veces, por esto, deja de evangelizar. ¡Recemos!
4) "María se puso en camino y fue aprisa a la montaña" (evangelio). María es la gran figura del Adviento para la Iglesia. Ella, conocedora de la situación de Isabel, "se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá". Sale de su tranquilidad y presurosa, va a ayudar a su prima. Ejemplo de servicio, pero sobre todo figura de quien se deja conducir por el Espíritu, para llevar a Cristo a los demás. María modelo de evangelización, portadora del gozo de Dios. Dichosa por su fe; modelo privilegiado de las actitudes que pide el Adviento a la Iglesia. Así se está dispuesto y preparado para recibir a Dios en la Navidad. María es la aurora que anuncia la cercanía del nuevo día: Cristo-Jesús.
Sugerencias...
Saber relacionarse. En la conversación humana es frecuente escuchar: "Hay que saber relacionarse" hablando de tener trato con gente influyente... entonces con ello se quiere decir que es bueno tener muchos ‘contactos’, y sobre todo con gente influyente. La razón es evidente, si uno sabe relacionarse, en términos temporales, tiene la posibilidad de que se le abran puertas en los diversos ámbitos de la vida humana: político, financiero, social, profesional, educativo, religioso... En necesario que en este Adviento nos invitemos, de nuevo, como discípulos-misioneros (clérigos y laicos), a relacionarnos con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, con la santísima Virgen María, nuestra Madre y nuestra Reina, con los santos, que son nuestros hermanos y protectores desde el cielo y con los que nos rodean en la ofrenda-entrega diaria de nuestra vida… esto en es verdad saber relacionarse, no por conseguir cosas temporales SINO para alcanzar la felicidad eterna.
Éstas relaciones no te dan, necesariamente, acceso -claro está- a un excelente puesto de trabajo, ni a un negocio redondo… más bien ejercen su acción en el interior, en el corazón, transformándonos, y nos da una nueva visión de las cosas y de la vida, haciendo que nuestra vida sea según Dios y en la relación con los demás y con las cosas… de forma que nuestras decisiones siempre estén inspiradas por el amor y por el servicio (cosas que el Papa pide insistentemente con el ejercicio del discernimiento). Obrar así, también modifica para bien nuestra relación con la propia historia, convirtiéndola, tal vez, de una historia sin sentido en una historia de salvación. ¡Cuántos bienes nos pueden venir –y podemos obtener para los demás–, si sabemos relacionarnos con Dios, con la Virgen, con los santos! Podríamos decir: bienaventurados los que saben relacionarse, porque serán como un árbol que da frutos de bien, de felicidad, de servicio, de salvación.
‘Relacionarse’ por el Reino para gloria de Dios. Los discípulos-misioneros vivimos en el mundo, en el reino de este mundo perteneciendo, en verdad, al Reino de Dios. Y en el reino importa mucho que sean buenas las maneras y modos de relacionarnos… el Papa insiste en aquello de saludarnos, pedir perdón, pedir por favor, dar gracias… No debemos acostumbrarnos al servicio de nuestros intereses egoístas, sino vivir para la edificación del Reino de Dios. Hemos de relacionarnos con todos para que nos ayudemos en favor de los ‘pobres, débiles y sufrientes, los marginales y los de la periferia’ practicando virtuosamente las obras de misericordia, las corporales y las espirituales. Nos encontramos, en Dios y según el evangelio, para crecer en la conciencia de que el Reino de Dios nos pertenece y nos invita a poner todos los medios para hacer más humana la existencia, más digna, más libre, más feliz (Evangelii Gaudium).
Hay que llegarse a todos para evangelizarnos y vivir el amor y el servicio en beneficio de los más necesitados. Si todos los cristianos utilizáramos nuestras ‘relaciones’ para ponerlas al servicio del Reino, seguramente que el mundo caminaría más humanamente y por eso más cristianamente (Francisco), y más marcados por nuestra fe en Jesucristo (Aparecida) para que en Él todos nuestros pueblos tengan vida y la tengan en abundancia. Jesucristo entró en contacto con la historia para instaurar el Reino de su Padre. En este Adviento y en la Navidad ¿qué estamos dispuestos a hacer?
Nuestra Señora del Adviento, del Amor y del servicio, ¡ruega por nosotros!
Las antífonas de la "O”
Las antífonas de la "O”
Las antífonas de la "Oh" son siete, y son un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su venida, como también hoy, le espera la Iglesia en los días que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador. También se llaman «antífonas mayores» y todas empiezan en latín con la exclamación «O» y en castellano «Oh», seguida de un título mesiánico tomado del A.T., pero entendido con la plenitud del N.T. Cada uno termina con una petición del pueblo de Dios, relevantes para el título por el cual se dirige, y el clamor “Ven…”. En la tradición católica romana, las antífonas de Adviento se cantan o se recitan en las Vísperas desde el 17 de diciembre hasta el 23 de diciembre y en el versículo del Aleluya antes de la proclamación del Evangelio en la Santa Misa de cada uno de esos días. Se desconoce el origen exacto de las antífonas de Adviento. Boecio (480–524/5) hace una breve referencia, sugiriendo que en la Abadía benedictina de san Benito, en Fleury (cerca de Orleans), recitaban estas antífonas el abad y otros superiores de la abadía en rango descendente, y luego se entregaba un obsequio a cada miembro de la comunidad. En el siglo VIII se utilizan en las celebraciones litúrgicas en Roma. Varias de estas antífonas han sido encontradas en algunos breviarios medievales. De este modo, podemos concluir que de alguna manera las antífonas de Adviento han sido parte de la tradición litúrgica desde los primeros tiempos de la Iglesia.
Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ¡ven y muéstranos el camino de la salvación!
*
Oh Adonaí, -Pastor- de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ¡ven a librarnos con el poder de tu brazo!
*
Oh Raíz del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ¡ven a librarnos, no tardes más!
*
Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ¡ven y libra los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte!
*
Oh Oriente -Sol- que naces de lo alto, Resplandor de la Luz Eterna, Sol de justicia, ¡ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte!
*
Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ¡ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra!
*
Oh Emmanuel, Rey y Legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ¡ven a salvarnos, Señor Dios nuestro!
Cada antífona una representa uno de los títulos del Mesías: Si se empieza por el último título y se toma la primera letra de cada una se forman las palabras latinas "ero cras", que significan «Estaré mañana». Es como la respuesta divina a la súplica de la Iglesia en cada una de estas antífonas, y para cuya venida se han preparado los cristianos durante el Adviento, conduciéndoles hacia su alegre fin.


martes, 11 de diciembre de 2018
Homilía del Papa Francisco en Santa Marta Martes 11 de diciembre de 2018
gentileza: Almudi.org
Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Martes 11 de diciembre de 2018
La Primera Lectura del Libro del profeta Isaías (Is 40,1-11) es una invitación al consuelo: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios”, porque “está pagado su crimen”. Se trata, pues, del consuelo de la salvación, de la buena noticia de que hemos sido salvados. Cristo Resucitado, en aquellos cuarenta días, con sus discípulos hace precisamente eso: consolar. Pero nosotros no queremos correr riesgos y ponemos resistencia al consuelo como si estuviésemos más seguros en las aguas turbulentas de los problemas. Apostamos por la desolación, por los problemas, por la derrota, mientras que el Señor trabaja con tanta fuerza pero encuentra resistencia. Hasta se ve con los discípulos la mañana de Pascua: “pues yo quiero tocar y asegurarme bien”. Eso porque se tiene miedo de otra derrota.
Estamos apegados a ese pesimismo espiritual. Cuando en las Audiencias los padres me acercan a sus bebés para que los bendiga, algunos niños me ven y gritan, comienzan a llorar, porque, viéndome vestido de blanco, piensan en el médico y en las enfermeras, que le han puesto inyecciones para las vacunas y piensan: “¡No, otra no!”. También nosotros somos un poco así, pero el Señor dice: “Consolad, consolad a mi pueblo”. ¿Y cómo consuela el Señor? Con la ternura. Es un lenguaje que no conocen los profetas de desventuras: la ternura. Es una palabra borrada de todos los vicios que nos alejan del Señor: vicios clericales, vicios de los cristianos que no quieren moverse, tibios… La ternura da miedo. “Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede”, así acaba el texto de Isaías. “Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían”. Ese es el modo de consolar del Señor: con la ternura. La ternura consuela. Las madres, cuando el niño llora, lo acaricia y lo tranquilizan con ternura: una palabra que el mundo de hoy, de hecho, borra del diccionario. Ternura.
El Señor invita a dejarse consolar por Él y eso ayuda también en la preparación a la Navidad. Y hoy, en la oración colecta hemos pedido la gracia de un sincero gozo, de esa alegría sencilla pero sincera. Es más, yo diría que el estado habitual del cristiano debe ser el consuelo. También en los momentos malos: los mártires entraban en el Coliseo cantando; los mártires de hoy –pienso en los valientes trabajadores coptos en la playa de Libia, degollados– morían diciendo “¡Jesús, Jesús!”: hay un consuelo dentro; una alegría incluso en el momento del martirio. El estado habitual del cristiano debe ser el consuelo, que no es lo mismo que el optimismo, no: el optimismo es otra cosa. Pero el consuelo, esa base positiva… Se habla de personas luminosas, positivas: la positividad, la luminosidad del cristiano es el consuelo.
En los momentos en que se sufre, no se siente el consuelo, pero un cristiano no puede perder la paz porque es un don del Señor que la da a todos, hasta en los momentos más malos. Pidamos al Señor en este tiempo de preparación a la Navidad no tener miedo y dejarnos consolar por Él. Que me prepare a la Navidad al menos con la paz: la paz del corazón, la paz de tu presencia, la paz que dan tus caricias. “Pero soy tan pecador…”. –Sí, pero ¿qué nos dice el Evangelio de hoy? (Mt 18,12-14) Que el Señor consuela como el pastor, y si pierde uno de los suyos va a buscarlo, como aquel hombre que tiene cien ovejas y pierde una: va a buscarla. Así hace el Señor con cada uno de nosotros. “No quiero la paz, me resisto a la paz, me resisto al consuelo…”, pero Él está a la puerta. Y llama para que le abramos el corazón y dejarnos consolar y darnos la paz. Y lo hace con suavidad: llama con las caricias.
ALETEIA "Este es el secreto para dormir bien"
GENTILEZA DE ALETEIA
Es el consejo que no aparece en las listas y que seguro que te ayuda a reducir el estrés y la preocupación
Muchos estudios dicen que entre un 20 y un 40 por ciento de la población adulta no duerme bien. Pongamos que es un tercio. Son millones y millones de personas que no logran conciliar el sueño. Un estudio en Argentina incluso llegó a indicar que el porcentaje era del 80 por ciento. ¡Una calamidad!
Hay que poner remedio a la falta de sueño, al estrés, al insomnio. Pero, ¿por dónde comenzar si uno ya lo ha intentado todo?
Leo los consejos, trucos y secretos que dan las revistas dedicadas al bienestar. Son 6 ó 10 ideas, todas ellas útiles y sensatas, así que tomo nota:
tener un horario de acostarse y levantarse,
no al tabaco,
que la habitación sea un lugar agradable y ventilado,
que el dormitorio sea distinto del lugar de trabajo,
que no entre la luz natural ni haya luces artificiales,
no a la cafeína,
no a los dispositivos móviles,
menos alcohol,
reducir la siesta,
hacer ejercicio…
Uno sigue las “instrucciones” pero… algo falla y no consigue conciliar el sueño.
Repaso las listas de consejos y veo que olvidan algo muy importante. Tal vez sea el secreto para que nuestro sueño cambie radicalmente y por fin descansemos cada jornada.
Les digo el truco: antes de ir a dormir, pidan perdón. Pidan perdón si durante la cena se pelearon con la familia. Si durante el día se han dicho cosas fuertes con un amigo o con el hermano. Si parece que no hay vuelta atrás después de lo que han dicho esta mañana a un compañero de trabajo.
Pedir perdón es un sencillo acto y nos descarga de la mochila que llevamos todos.
Por ejemplo…
Levántate de la cama y llama a la habitación de tus padres para pedir perdón.
Dirígete a tu esposa y pídele perdón porque la dejaste con la palabra en la boca cuando discutíais.
Llama a tu colega o mándale una grabación de WhatsApp para decirle lo mucho que sientes haber sido prepotente en la reunión de la tarde.
Humillarse es hacerse grande. Pedir perdón nos libera. Cuesta pero es sanador. Repara lo que estaba roto.
Para una persona de fe, además, pedir perdón es el acto por el que entra de nuevo en la dimensión de Dios. Si te acuerdas de Dios por la noche antes de acostarte, es posible que Él te recuerde con quién deberías hacer las paces. El momento posterior a pedir perdón será la calma.
Es el consejo que no aparece en las listas y que seguro que te ayuda a reducir el estrés y la preocupación
Muchos estudios dicen que entre un 20 y un 40 por ciento de la población adulta no duerme bien. Pongamos que es un tercio. Son millones y millones de personas que no logran conciliar el sueño. Un estudio en Argentina incluso llegó a indicar que el porcentaje era del 80 por ciento. ¡Una calamidad!
Hay que poner remedio a la falta de sueño, al estrés, al insomnio. Pero, ¿por dónde comenzar si uno ya lo ha intentado todo?
Leo los consejos, trucos y secretos que dan las revistas dedicadas al bienestar. Son 6 ó 10 ideas, todas ellas útiles y sensatas, así que tomo nota:
tener un horario de acostarse y levantarse,
no al tabaco,
que la habitación sea un lugar agradable y ventilado,
que el dormitorio sea distinto del lugar de trabajo,
que no entre la luz natural ni haya luces artificiales,
no a la cafeína,
no a los dispositivos móviles,
menos alcohol,
reducir la siesta,
hacer ejercicio…
Uno sigue las “instrucciones” pero… algo falla y no consigue conciliar el sueño.
Repaso las listas de consejos y veo que olvidan algo muy importante. Tal vez sea el secreto para que nuestro sueño cambie radicalmente y por fin descansemos cada jornada.
Les digo el truco: antes de ir a dormir, pidan perdón. Pidan perdón si durante la cena se pelearon con la familia. Si durante el día se han dicho cosas fuertes con un amigo o con el hermano. Si parece que no hay vuelta atrás después de lo que han dicho esta mañana a un compañero de trabajo.
Pedir perdón es un sencillo acto y nos descarga de la mochila que llevamos todos.
Por ejemplo…
Levántate de la cama y llama a la habitación de tus padres para pedir perdón.
Dirígete a tu esposa y pídele perdón porque la dejaste con la palabra en la boca cuando discutíais.
Llama a tu colega o mándale una grabación de WhatsApp para decirle lo mucho que sientes haber sido prepotente en la reunión de la tarde.
Humillarse es hacerse grande. Pedir perdón nos libera. Cuesta pero es sanador. Repara lo que estaba roto.
Para una persona de fe, además, pedir perdón es el acto por el que entra de nuevo en la dimensión de Dios. Si te acuerdas de Dios por la noche antes de acostarte, es posible que Él te recuerde con quién deberías hacer las paces. El momento posterior a pedir perdón será la calma.
lunes, 10 de diciembre de 2018
HOMILIA Tercer Domingo de ADVIENTO cC (16 de diciembre 2018)
Tercer Domingo de ADVIENTO cC (16 de diciembre 2018)
Primera: Sofonías 3, 14-18a; Salmo: Is 12, 2-3 4abc. 5-6; Segunda: Filipenses 4, 4-7; Evangelio: Lucas 3, 2b-3.10-18
Nexo entre las LECTURAS
En la inminencia de la Navidad la liturgia nos invita a la alegría por el grande acontecimiento salvífico que se dispone a celebrar, mientras continúa exhortándonos a la conversión. La alegría es el tema de las dos primeras lecturas. «¡Exulta, hija de Sión! ¡Da voces jubilosas, Israel! ¡Regocíjate con todo el corazón, hija de Jerusalén!» (Sf 3, 14). Y es la alegría que comunica Juan el Bautista al pueblo mediante la predicación de la Buena Nueva del Mesías salvador que instaurará, con su venida, la justicia y la paz entre los hombres (evangelio). La alegría está unida a la conversión… digamos a todos, feliz Domingo… que la alegría del Señor esté en ustedes.
Temas...
El motivo de tanta alegría no es solamente la restauración de Jerusalén, sino la promesa mesiánica que hace ya gustar al profeta la presencia de Dios entre su pueblo: «Aquel día se dirá… ¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso!» (ib 16-17). «Aquel día» tan lleno de gozo será el día del nacimiento de Jesús en Belén; pues entonces el Señor se hará presente en el mundo de la manera más concreta, hecho hombre entre los hombres nacido para ser el Salvador poderoso de todos. Si Jerusalén se alboroza con la esperanza de «aquel día», la Iglesia cada año lo conmemora con alegría inmensamente más grande. Allí era sólo promesa y esperanza, aquí es realidad y un hecho ya cumplido. Y sin embargo tampoco esto excluye la esperanza porque el hombre está siempre en camino hacia el Señor, el cual, aunque venido ya en la carne, debe volver glorioso al final de los tiempos. El itinerario de la Iglesia se extiende entre estos dos acontecimientos y del mismo modo que se alegra por el primero, también se alegra por el último y exhorta a sus hijos a que se regocijen con ella: «Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense. El Señor está cerca.» (Fp 4, 4-5). Cerca, porque ya ha venido; cerca, porque volverá; cerca, porque a quien le busca con el amor y la entrega de todos los días, cada fiesta de Navidad trae una nueva gracia para descubrir al Señor y unirse a Él de un modo nuevo y más profundo.
Como preparación a la venida del Señor, San Pablo nos recomienda, con alegría, la bondad: «Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres» (ib 5). Sobre este tema insiste el Evangelio a través de la predicación del Bautista enderezada a preparar las almas a la venida del Mesías. «¿Qué debemos hacer entonces?» (Lc 3, 10), le preguntaban las muchedumbres venidas a oírle. Y él respondía: «El que tiene dos túnicas, dé una al que no la tiene, y el que tiene alimentos, haga lo mismo» (ib 11). La caridad para con el prójimo, unida a la de Dios, es el punto central de la conversión; el hombre egoísta preocupado sólo de sus intereses debe cambiar ruta preocupándose de las necesidades y del bien de los hermanos. También a los publícanos y a los soldados que le preguntaban, Juan propone un programa de justicia y de caridad: no exigir más de lo debido, no cometer atropellos, no explotar al prójimo, contentarse con la propia paga. El Bautista no pedía grandes gestos, sino el amor del prójimo concretizado en la generosidad hacia los menesterosos (los de la periferia) y en la honradez en el cumplimento de la propia profesión. Era como el preludio del mandamiento del amor sobre el cual tanto había de insistir más tarde Jesús. Bastaría orientarse con plenitud en esta dirección para prepararse dignamente a la Navidad. Jesús en su Natividad quiere ser acogido no sólo personalmente, sino también en cada uno de los hombres, sobre todo en los pobres, débiles, sufrientes… en los atribulados, con los cuales gusta identificarse: «Tuve hambre, y me dieron de comer..., estaba desnudo, y me vistieron» (Mt 25, 35-36).
En resumen, el evangelio de la alegría se implanta y produce frutos magníficos allí donde se vive el mandamiento del amor, cada uno según su profesión y su condición de vida… para nosotros es dar frutos en la práctica de las obras de misericordia y dar los pasos a la Misericordia: “No juzgar”; “No condenar”; “Perdonar”; “Dar”, Papa Francisco.
Sugerencias...
Alegrarse ya del futuro. Sofonías anuncia la liberación de Jerusalén y Judá, pero todavía no ha llegado. Con todo, ya el mismo anuncio debe ser causa de alegría. Juan Bautista goza ya por anticipado de la venida del Mesías, aunque todavía no se haya hecho presente. Los cristianos vivimos con alegría este período de Adviento, aun a sabiendas que la ‘Navidad 2018’ no ha llegado todavía. Los cristianos estamos practicando el bien en el presente, pero con la mirada puesta en el futuro, que ha de ser siempre fuente de alegría. El cristiano, hombre de la esperanza, dirá con su vida: "Todo tiempo futuro será mejor" y esto le infunde una grande alegría. Mejor, más alegría por la acción misteriosa y eficaz del Espíritu santo en la historia de los hombres que favorece el verdadero progreso de los pueblos, en la verdad y en la justicia y contribuye de buena manera al reinado de Dios. Y ¿cómo no alegrarnos del futuro?... si estamos convencidos de que está en manos de Dios, incluso en medio de la prueba y de la tribulación.
Alegría y paz. Amor, alegría y paz son dones-frutos del Espíritu Santo. En cuanto dones del Espíritu santo sería un error identificar el amor con el sentimiento amoroso o con los amoríos, la alegría con los jolgorios y la paz con la ausencia de guerra, destrucción y muerte. Siendo frutos del Espíritu Santo, la alegría y la paz, únicamente quien las ha recibido por la fe, está en condiciones de experimentarlas, conocerlas, poseerlas, disfrutarlas, transmitirlas... vivamos así el Año 2019 que nos disponemos a vivir de la mano del Señor. La paz que habita en el alma del creyente inspira una alegría interior atrayente, que se manifiesta en la manera de vivir de la persona, y contagia hasta con la sola presencia. Por su parte, la alegría de la que el Espíritu dota, transmite paz y orden en la vida, serenidad y armonía, y sobre todo una especie de imperturbabilidad espiritual, que ayuda a los demás. ¿Por qué no pedir al Espíritu Santo que nos conceda más abundantemente sus dones para prepararnos a la Navidad y para vivir mejor en espera del Cielo? Alegrémonos en el Señor. Vivamos la Paz de Dios. La Navidad está ya a las puertas.
Nuestra Señora de la alegría, Reina de la paz, ruega por nosotros.
miércoles, 5 de diciembre de 2018
HOMILIA DEL 04 DE DICIEMBRE DE 2018 DEL PAPA FRANCISCO
Homilía del Papa Francisco en Santa Marta- GENTILEZA DE Almudi.org
Martes 4 de diciembre de 2018
Las lecturas de hoy (Is 11,1-10 y Lc 10,21-24) nos animan a preparar la Navidad procurando construir la paz en la propia alma, en la familia y en el mundo. En las palabras de Isaías hay una promesa de cómo serán los tiempos cuando venga el Señor: el Señor hará la paz y todo estará en paz. Isaías lo describe con imágenes un poco bucólicas pero bonitas: “Habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor”. Esto significa que Jesús trae una paz capaz de transformar la vida y la historia y por eso es llamado Príncipe de la paz, porque viene a ofrecernos esa paz. El tiempo de Adviento es, pues, un tiempo para prepararnos a esa venida del Príncipe de la paz.
Un tiempo para pacificarse. Se trata de una pacificación ante todo con nosotros mismos, pacificar el alma. Muchas veces no estamos en paz sino con ansiedad, con angustia, sin esperanza. Y la pregunta que nos dirige el Señor es: “¿Cómo está tu alma hoy? ¿Está en paz?”. Si no lo está, pide al Príncipe de la paz que la pacifique para prepararte al encuentro con Él. Estamos acostumbrados a mirar el alma ajena, pero ¡mira la tuya!
Luego, hay que pacificar la casa, la familia. Hay tantas tristezas en las familias, tantas luchas, tantas pequeñas guerras, tanta desunión, y hay que preguntarse si la familia está en paz o en guerra, si uno está contra el otro, si hay puentes o muros que nos separan.
El tercer ámbito es pacificar el mundo donde hay más guerra que paz, hay tanta guerra, tanta desunión, tanto odio, tanto abuso. ¡No hay paz! ¿Qué hago yo para ayudar a la paz en el mundo? “Pero el mundo está demasiado alejado, padre”. Ya, pero ¿qué hago yo para ayudar a la paz en el barrio, en el colegio, en el puesto de trabajo? ¿Busco siempre una excusa para entrar en guerra, para odiar, para criticar a los demás? ¡Eso es hacer la guerra! ¿Soy manso? ¿Procuro hacer puentes? ¿No condeno? Preguntemos a los niños: “¿Qué haces en la escuela? Cuando hay un compañero que no te gusta, porque es un poco odioso o un poco débil, ¿tú le acosas o haces las paces? ¿Intentas hacer las paces? ¿Perdonas todo?”. Artesanos de paz. Hace falta este tiempo de Adviento, de preparación a la venida del Señor que es el Príncipe de la paz.
La paz siempre avanza, nunca está quieta, es fecunda, comienza por el alma y luego vuelve al alma después de haber hecho todo ese camino de pacificación. Y hacer la paz es como imitar a Dios, cuando quiso hacer las paces con nosotros y nos perdonó, nos envió a su hijo para hacer las paces, para ser el Príncipe de la paz. Alguno puede decir: “Pero, padre, yo no he estudiado cómo se hace la paz, no soy una persona culta, no sé, soy joven, no sé…”. Jesús en el Evangelio nos dice cuál debe ser la actitud: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños”. Tú no has estudiado, no eres sabio… ¡Hazte pequeño, hazte humilde, hazte siervo de los demás! Hazte pequeño y el Señor te dará la capacidad de comprender cómo se hace la paz y la fuerza para hacerla.
La oración de este tiempo de Adviento debe ser la de pacificar, vivir en paz en nuestra alma, en la familia, en el barrio. Y cada vez que veamos que hay posibilidad de una pequeña guerra en casa o en mi corazón o en la escuela o en el trabajo, pararse, y procurar hacer las paces. Nunca herir al otro. Jamás. “Y padre, ¿cómo puedo comenzar para no herir al otro?” –“No hables mal de los demás, no tires el primer cañonazo”. Si todos hiciésemos solo eso –no criticar a los demás–, la paz iría más adelante. Que el Señor nos prepare el corazón para la Navidad del Príncipe de la paz. Pero que nos prepare haciendo de nuestra parte todo lo que podamos para pacificar: pacificar mi corazón, mi alma, pacificar mi familia, la escuela, el barrio, el puesto de trabajo. Hombres y mujeres de paz.
martes, 4 de diciembre de 2018
HOMILIA Solemnidad de la INMACULADA CONCEPCIÓN (8 de diciembre de 2018)
Primera: Génesis 3, 9-15.20; Salmo: Sal 97, 1. 2-3b. 3c-4; Segunda: Éfeso 1, 3-6. 11-12; Evangelio: Lucas 1, 26-38
Nexo entre las LECTURAS
Las palabras del ángel a la Virgen María: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo» nos dan el sentido profundo de la solemnidad que hoy celebramos. El ángel se dirige a María como si su nombre fuese precisamente «la llena de gracia» (Evangelio). A lo largo de los siglos la Iglesia ha tomado conciencia de que María –«llena de gracia»– había sido redimida por Dios desde su concepción. Se trata de un singular don concedido a María para que pudiese dar el libre asentimiento de su fe al anuncio de su vocación. Era necesario que ella estuviese totalmente habitada por la gracia de Dios para responder adecuadamente al plan de Dios sobre ella (Prefacio). El Padre eligió a María «antes de la creación del mundo para que fuera santa e inmaculada en su presencia en el amor» (Cfr. Ef 1,4). El así llamado “protoevangelio” del libro del Génesis, por su parte, hace presente la promesa de un redentor: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón» (1 Lectura). En la carta a los Efesios (2 Lectura) san Pablo indica cómo el Padre nos ha elegido desde la eternidad en Cristo para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor. El primer fruto excelente de este plan salvífico es María, quien, en previsión de los méritos de Cristo, fue preservada de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción.
Temas...
1. La fiesta de la Inmaculada entona perfectamente con el espíritu del Adviento; mientras la Iglesia se prepara a la venida del Redentor, es muy justo acordarse de aquella mujer –«la Purísima»– que fue concebida sin pecado porque debía ser su madre.
La misma promesa del Salvador está unida, más aún incluida en la promesa de esta Virgen singular. Después de haber maldecido a la serpiente tentadora, dijo el Señor: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza…» (Gn 3, 15). Con María comienza la lucha entre el linaje de la mujer y el linaje de la serpiente; lucha desde el primer origen de la Virgen, habiendo sido ella concebida sin mancha alguna de pecado y por lo tanto en completa oposición a Satanás. Lucha que se convertirá en hostilidad gigantesca y se resolverá en victoria cuando Jesús el «linaje» de María, vendrá al mundo y con su muerte destruirá el pecado. De esta manera la vocación de María ocupa un primer plano en la historia de la salvación: ella es la madre del Redentor y al mismo tiempo su primera redimida, preservada de toda sombra de culpa en previsión de los merecimientos de Jesús. Sin embargo, el privilegio de la Inmaculada no consiste sólo en la ausencia del pecado original, sino mucho más en la plenitud de su gracia. «La Madre de Jesús, que dio a luz la Vida misma que renueva todas las cosas... fue enriquecida por Dios con dones dignos de tan gran dignidad... enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores de santidad del todo singular» (LG 56). El saludo de Gabriel: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 8) constituye el testimonio más válido de la inmaculada concepción de María, ya que no sería en sentido total «llena de gracia» si el pecado la hubiera tocado aunque no fuera más que por un levísimo instante.
De esta manera la Virgen comenzó su existencia con una riqueza de gracia mucho más abundante y perfecta que la que los más grandes santos alcanzan al final de su vida. Si consideramos luego su absoluta fidelidad y su total disponibilidad para con Dios, se podrá intuir a cuáles alturas de amar y de comunión con el Altísimo haya llegado, precediendo «con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas» (LG 53).
2. Al texto evangélico que presenta a María como «llena de gracia» corresponde a la carta de San Pablo a los Efesios: «Bendito sea Dios… que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor (caridad)» (1, 3-6). La Virgen ocupa el primer puesto en la bendición y en la elección de Dios, ya que es la única criatura santa e inmaculada en sentido pleno y absoluto. En María la bendición divina ha producido el fruto más hermoso y perfecto. Y esto no solo porque fue bendecida y elegida «en Cristo», en previsión de sus méritos, sino también en función de Cristo, para que fuese su madre.
Hoy la iglesia invita a sus hijos a alabar a Dios por las maravillas realizadas en esta humilde Virgen: «Canten al Señor un cántico nuevo porque ha obrado maravillas» (Salmo responsorial): la maravilla de haber roto la cadena del pecado de origen que tiene atados a todos los hijos de Adán, aplicando a María, antes que se llevase a efecto históricamente, la obra de salvación que Jesús, naciendo de ella, habría de realizar.
La Virgen de Nazaret encabeza así las filas de los redimidos: con ella comienza la historia de la salvación, a la cual ella misma colabora dando al mundo Aquel por quien los hombres serán salvados. Cuantos creen en el Salvador no hacen más que seguir a María, y tras ella y no sin su ‘mediación’ han sido bendecidos y elegidos por Dios «en Cristo para ser santos e inmaculados... en caridad». Este maravilloso plan divino que se cumplió en María con una plenitud singular y privilegiada, debe realizarse también en cada uno de los creyentes según la medida establecida por el Altísimo. Para ello no tiene más que seguir cada uno –en su vida– el modelo de María, imitándola en su fidelidad a la gracia y en su incesante apertura y entrega a Dios. Y así como la plenitud de gracia de María floreció en plenitud de amor a Dios y a los hombres, también en los creyentes la gracia debe madurar en frutos de caridad hacia Dios y hacia los hombres, para gloria del Altísimo y aumento de la Iglesia y salvación de todos, especialmente de los pobres, débiles y sufrientes, los ‘de la periferia’…
3. Es muy justo y conveniente, Dios todopoderoso, que te demos gracias y que con la ayuda de tu poder celebremos la fiesta de la Bienaventurada Virgen María. Pues de su sacrificio floreció la espiga que luego nos alimentó con el Pan de los ángeles. Eva devoró la manzana del pecado, pero María nos restituyó el dulce fruto del Salvador. ¡Cuán diferentes son las empresas de la serpiente y las de la Virgen! De aquélla provino el veneno que nos separó de Dios; en María se iniciaron los misterios de nuestra redención. Por causa de Eva prevaleció la maldad del tentador: en María encontró el Salvador una cooperadora. Eva con el pecado mató a su propia prole; pero ésta resucitó en María por gracia del Creador que sacó a la humana naturaleza de la esclavitud. devolviéndola a la antigua libertad. Cuanto perdimos en nuestro común padre Adán, lo hemos recobrado en Cristo. (Prefacio Ambrosiano.
Sugerencias...
El cultivo de la vida de gracia. Al contemplar a María Inmaculada apreciamos la belleza sin par de la creatura sin pecado: «Toda hermosa eres María». La Gracia concedida a María inaugura todo el régimen de Gracia que animará a la humanidad hasta el fin de los tiempos. Al contemplar a María experimentamos al mismo tiempo la invitación de Dios para que, aunque heridos por el pecado original, vivamos en gracia, luchemos contra el pecado, contra el demonio y sus acechanzas. Los hombres tenemos necesidad de Dios, tenemos necesidad de vivir en gracia de Dios para ser realmente felices, para poder realizarnos como personas y ser verdaderamente humanos y solo se alcanza si somos cristianos (Papa Francisco). Y la gracia la tenemos en Cristo. En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Somos creados de nuevo! ... El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo –no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes– debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo (san Juan Pablo II; Redemptor Hominis 10). Para vivir en gracia es necesario: orar y vigilar. La oración nos da la fuerza que viene de Dios. La vigilancia rechaza los ataques del enemigo. Vigilemos atentamente para rechazar las tentaciones que nos ofrece el mundo: el placer desordenado, el poder y la negación del servicio, la avaricia, el desenfreno sexual, las pasiones, toda clase de ideologías… Por el contrario, formemos una conciencia que busque, en todo, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo en Dios.
Nuestra participación en la obra de la redención. La peregrinación que nos corresponde vivir al inicio de este Año Litúrgico tiene mucho de peregrinación ascendente y de combate apostólico y de conquistas para la casa de Dios que es la Iglesia y el Mundo. Aquella enemistad anunciada en el protoevangelio sigue siendo hoy en día una dramática realidad, se trata de una especie de combate del espíritu, pues las fuerzas del mal se oponen al avance del Reino de Dios. Vemos que, por desgracia, sigue habiendo guerras, muertes, crímenes, olvido de los más pobres, débiles y sufrientes y más todavía puesto que hoy se generar nuevas y más profundas clases de marginalidad y exclusión. Advertimos amenazas, en otro tiempo desconocidas, para el género humano: la manipulación genética, la corrupción del lenguaje, la amenaza de una destrucción total, el eclipse de la razón ante temas fundamentales como son la familia, la defensa de la vida desde su concepción hasta su término natural, el relativismo y el nihilismo que conducen a la pérdida total de los valores (san Pablo VI, Papa). Nuestro peregrinar cristiano por esta tierra, más que el paseo del curioso transeúnte tiene rasgos del hombre que conquista terreno para su ‘bandera’ (cfr.: san José Gabriel Brochero). Nuestro peregrinar es un amor que no puede estar sin obrar por amor de Jesucristo, el Jefe supremo (san Ignacio de Loyola). Es anticipar la llegada del Reino de Dios por la caridad. Es avanzar dejando a las espaldas surcos regados de semilla. No nos cansemos de sembrar el bien en el puesto que la providencia nos ha asignado, no desertemos de nuestro puesto, que las futuras generaciones tienen necesidad de la semilla que hoy esparcimos por los campos de la Iglesia. Santa Teresa de Jesús –que experimentó también la llamada de Dios para tomar parte en el singular combate del bien contra el mal– nos dejó, en una de sus poesías, una valiosa indicación de cómo el amor, cuando es verdadero, no puede estar sin actuar, sin entregarse, sin luchar por el ser querido.
María Inmaculada, ruega por nosotros y por el mundo entero.
HOMILIA Segundo Domingo de ADVIENTO cC (09 de diciembre 2018)
Segundo Domingo de ADVIENTO cC (09 de diciembre 2018)
Primera: Baruc 5, 1-9; Salmo: Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6; Segunda: Filipenses 1, 4-11; Evangelio: Lucas 3, 1-6
Nexo entre las LECTURAS
En este Domingo (segundo de Adviento) el centro -nexo- es en torno a la Palabra que nos convoca a la “conversión”. Misteriosamente la PALABRA vuelve a nacer en Nochebuena y Navidad, y se nos pide que la vayamos interiorizando en nuestra vida. San Lucas nos dice que la Palabra de Dios fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto (evangelio). El profeta Baruc contempla a los hijos de Jerusalén que vivían en el destierro "convocados desde oriente a occidente por la Palabra del Santo y disfrutando del recuerdo de Dios" (primera lectura). San Pablo muestra su alegría a los filipenses por la colaboración que han prestado al Evangelio, desde el primer día hasta hoy, es decir, a la Palabra de Dios convertida en Buena Nueva para los hombres (segunda lectura).
Temas...
1. «Quítate tu ropa de duelo y de aflicción, Jerusalén, vístete para siempre con el esplendor de la gloria de Dios, cúbrete con el manto de la justicia de Dios, … . Porque Dios mostrará tu resplandor… porque Dios se acordó de ellos. Ellos salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve… porque Dios conducirá a Israel en la alegría, a la luz de su gloria, acompañándolo con su misericordia y su justicia» (Bar 5, 1-2, 9). Con lenguaje poético el profeta Baruc invita a Jerusalén, desolada y desierta por el destierro de sus hijos, a la alegría porque se acerca el día de la salvación y su pueblo volverá a ella conducido por Dios mismo. Jerusalén es figura de la iglesia. También la iglesia sufre por tantos hijos suyos alejados y dispersos, doloridos y sufrientes y también ella es invitada en el Adviento a renovar la esperanza confiando en el Salvador que en cada Navidad renueva místicamente su venida para conducirla a la salvación con todo su pueblo. El pecado aleja a los hombres de Dios y de la iglesia; el camino del retorno es preparado por Dios mismo con la Encarnación de su Unigénito. Y todo el nuevo pueblo de Dios le sale al encuentro en el Adviento.
2. Los profetas habían hablado de un camino que había que trazar en el desierto para facilitar la vuelta de los desterrados. Pero cuando el Bautista reanuda la predicación de aquéllos y se presenta a las orillas del Jordán como «… voz grita en desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos» (Lc 3, 4), ya no llama a construir sendas materiales, sino a disponer los corazones para recibir al Mesías, que había ya venido y que estaba para empezar su misión. Por eso Juan iba «anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (ib 4). Convertirse quiere decir purificarse del pecado, enderezar las torceduras del corazón y de la mente, colmar los derrumbes de la inconstancia y del capricho, derribar las pretensiones del orgullo, vencer las resistencias del egoísmo, destruir las asperezas en las relaciones con el prójimo, en una palabra, hacer de la propia vida un camino “recto” que vaya a Dios sin tortuosidades ni engaños… darse vuelta para Dios y practicar las obras de misericordia. Un programa, éste, que no se agota en solo el Adviento, pero que en cada Adviento debe ser actuado de un modo nuevo y más profundo para disponerse a la venida del Salvador. De esta manera «… todos los hombres verán la Salvación de Dios» (ib 6).
3. La conversión personal lleva consigo también el compromiso de trabajar por el bien de los hermanos y de la comunidad. Esta es la reflexión que brota de la segunda lectura. San Pablo se congratula con los Filipenses por su generosa contribución a la difusión del Evangelio y ruega para que su caridad crezca y se haga más iluminada, haciéndolos «puros e irreprensibles para el día de Cristo y llenos de frutos de justicia» (Fp 1, 10-11). En este pasaje paulino domina una perspectiva escatológica, en sintonía con el espíritu del Adviento, y constituye una nueva llamada a acelerar la conversión propia y de los demás, que deberá llevarse a término para «el día de Cristo Jesús» (ib 6). Pero es necesario recordar que nuestra salvación y la de los demás es obra más de Dios que del hombre. Este debe colaborar con seriedad, pero es Dios quien toma la iniciativa de obra tan grande y quien debe llevarla a cabo (ib). Sólo con la ayuda de la gracia puede el hombre aparecer «lleno de frutos de justicia» en el último día, porque la justicia, o sea, la santidad se consigue «solo por Jesucristo» (ib 11), abriéndose con humildad y confianza a su acción salvadora.
Sugerencias...
Con san Pablo, la Iglesia nos presenta un buen programa: llevar adelante la obra iniciada, seguir creciendo más y más en sensibilidad cristiana, apreciando los valores verdaderos, para que el día del Señor (¿la Navidad?, ¿el momento de nuestra muerte?, ¿el final de la historia?, ¿cada día porque siempre podemos encontrarnos con Dios?) nos encuentre limpios, irreprochables, cargados de frutos de misericordia, de justicia, de caridad.
El Adviento y la Navidad no nos pueden dejar igual. Algo tiene que cambiar en nuestra vida personal y comunitaria. En ‘algo’ se tiene que notar que estamos madurando y creciendo en esos valores cristianos, en la práctica de las virtudes, en la obediencia a los mandamientos. Esto no es exclusivo de este tiempo sino que es el llamado de siempre del Señor en la Eucaristía, que con su doble mesa -de la Palabra y el Cuerpo y Sangre del Señor-, nos quiere ayudar a conseguir, ser santos como el Señor es santo.
María, nuestra Señora del Adviento, ruega por nosotros.
Homilía del Papa Francisco en Santa Marta Lunes 3 de diciembre de 2018
Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Lunes 3 de diciembre de 2018
El Adviento, que comenzó ayer, es un tiempo tridimensional, por así decir, un tiempo para purificar el espíritu, para hacer crecer la fe con esa purificación. Estamos tan acostumbrados a la fe que a veces olvidamos su vivacidad y, muchas veces, quizá el Señor, al ver alguna de nuestras comunidades, podría decir, como en el Evangelio de hoy (Mt 8,5-11): “yo os digo que en esta parroquia, en este barrio, en esta diócesis, no sé, no he encontrado a nadie con una fe tan grande”. Son palabras que a veces el Señor puede decirnos, no porque seamos malos, sino porque estamos acostumbrados y con la rutina perdemos la fuerza de la fe, la novedad de la fe que siempre se renueva.
El Adviento es precisamente para renovar la fe, para purificar la fe y que sea más libre, más auténtica. He dicho que es tridimensional porque el Adviento es un tiempo de memoria, purificar la memoria. Se trata de purificar la memoria del pasado, la memoria de lo que pasó el día de Navidad: ¿qué significa encontrarnos con Jesús recién nacido? Una pregunta para hacerse a uno mismo, porque la vida nos lleva a considerar la Navidad como una fiesta: nos encontramos en familia, vamos a misa, pero, ¿te acuerdas bien de qué pasó aquel día? ¿Tu memoria está clara? El Adviento purifica la memoria del pasado, de lo que pasó aquel día: nació el Señor, nació el Redentor que vino a salvarnos. Sí, hay fiesta, pero siempre tenemos el peligro o la tentación de mundanizar la Navidad. Y eso pasa cuando la fiesta ya no es contemplación, una bonita fiesta de familia con Jesús en el centro, sino que empieza a ser una fiesta mundana: compras, regalos, esto y lo otro, y el Señor se queda allá solo, olvidado. Todo eso pasa también en nuestra vida: sí, nació en Belén, pero nos arriesgamos a perder la memoria. Y el Adviento es el tiempo propicio para purificar la memoria de aquel tiempo pasado, de aquella dimensión.
El Adviento tiene también otra dimensión: purificar la espera, purificar la esperanza, porque aquel Señor que vino, volverá. Y volverá a preguntarnos: ¿cómo ha ido tu vida? Será un encuentro personal: ese encuentro personal con el Señor, hoy, lo tendremos en la Eucaristía, pero no podemos tener un encuentro así, personal, con la Navidad de hace dos mil años, aunque sí tenemos la memoria de aquel momento. Pero, cuando Él vuelva tendremos un encuentro personal. Eso es purificar la esperanza: ¿adónde vamos, adónde nos lleva el camino? Pues, no sé, ¿has oído que ha muerto? ¡Pobrecillo! Recemos por él. Ha muerto, sí, pero mañana moriré yo, y encontraré al Señor, en ese encuentro personal, y también volverá el Señor después, para hacer cuentas con el mundo. Así pues purificar la memoria de lo que pasó en Belén, purificar la esperanza, purificar el fin. Porque no somos animales que mueren; cada uno encontrará cara a cara el Señor: cara a cara. Y es oportuno preguntarse: ¿Tú lo piensas? ¿Qué dirás? El Adviento sirve para pensar en ese momento, en el encuentro definitivo con el Señor. Esta es la segunda dimensión.
La tercera dimensión es más diaria: purificar la vigilancia. Además, vigilancia y oración son dos palabras para el Adviento, porque el Señor vino en la historia en Belén, y vendrá, al final del mundo y también al final de la vida de cada uno. Pero el Señor viene cada día, cada momento, a nuestro corazón, con la inspiración del Espíritu Santo. Y así es bueno preguntarse: ¿Yo escucho, sé lo que pasa en mi corazón cada día? ¿O soy una persona que busca novedades, con la expectativa de los atenienses que iban a la plaza cuando llegó Pablo: ¿qué novedades hay hoy? Es vivir siempre de las novedades, no de la novedad. Purificar esa espera es transformar las novedades en sorpresa, nuestro Dios es el Dios de las sorpresas: nos sorprende siempre. ¿Has terminado la jornada de hoy? —Sí, estoy cansado, he trabajado mucho y he tenido este problema y ahora veo un poco la tele y luego me acuesto. —Y tú, ¿no sabes qué ha pasado en tu corazón hoy? Que el Señor nos purifique en esta tercera dimensión de cada día: ¿qué sucede en mi corazón? ¿Ha venido el Señor? ¿Me ha dado alguna inspiración? ¿Me ha reprochado algo?
En el fondo, se trata de cuidar nuestra casa interior; y el Adviento es también un poco para eso. De aquí la importancia de vivir en plenitud las tres dimensiones del Adviento. Purificar la memoria para recordar que no nació un árbol de Navidad, no: ¡nació Jesucristo! El árbol es una bonita señal, pero nació Jesucristo, es un misterio. Purificar el futuro: un día me encontraré cara a cara con Jesucristo: ¿qué le diré? ¿Le hablaré mal de los demás? Y la tercera dimensión: hoy. ¿Qué pasa hoy en mi corazón cuando el Señor viene y llama a la puerta? Es el encuentro de todos los días con el Señor. Pidamos que el Señor nos dé esta gracia de la purificación del pasado, del futuro y del presente para encontrar siempre la memoria, la esperanza y el encuentro diario con Jesucristo.
viernes, 30 de noviembre de 2018
martes, 27 de noviembre de 2018
Homilía del papa Francisco en Santa Marta
Homilía del papa Francisco en Santa Marta
GENTILEZA DE : Almudi.org
Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Martes 27 de noviembre de 2018
En esta última semana del año litúrgico la Iglesia nos hace reflexionar sobre el final de nuestra vida, y es una gracia porque en general no nos gusta pensar en eso, y siempre lo dejamos para mañana.
En la primera lectura (Ap 14,14-19), san Juan habla del fin del mundo con la figura de la siega, con Cristo y un ángel armados con hoces. «Yo, Juan, miré y apareció una nube blanca; y sentado sobre la nube alguien como un Hijo de hombre, que tenía en la cabeza una corona de oro y en su mano una hoz afilada. Salió otro ángel del santuario clamando con gran voz al que estaba sentado sobre la nube: mete tu hoz y siega; ha llegado la hora de la siega, pues ya está seca la mies de la tierra».
Cuando llegue nuestra hora, deberemos mostrar la calidad de nuestro grano, la calidad de nuestra vida. Quizá alguno diga: “No sea tan tétrico, que esas cosas no nos gustan…”, pero es la verdad. Es la siega, donde cada uno se encontrará con el Señor. Será un encuentro y cada uno dirá al Señor: “Esta es mi vida. Este es mi grano. Esta es mi calidad de vida. ¿Me he equivocado?” –todos tendremos que decir esto, porque todos nos equivocamos–; “he hecho cosas buenas” –todos hacemos cosas buenas–, y enseñar al Señor el grano.
¿Qué diré si el Señor me llamase hoy? “Ah, no me di cuenta, estaba distraído…”. No sabemos ni el día ni la hora. “Pero padre, no hable así que yo soy joven”. Pues mira cuántos jóvenes se van, cuántos jóvenes son llamados… Nadie tiene la vida asegurada. En cambio, es seguro que todos tendremos un final. ¿Cuándo? Solo Dios lo sabe. Nos vendrá bien en esta semana pensar en el final. Si el Señor me llamase hoy, ¿qué haría? ¿Qué le diría? ¿Qué grano le mostraré? El pensamiento del fin nos ayuda a seguir adelante; no es un pensamiento estático: es un pensamiento que avanza porque es llevado adelante por la virtud, por la esperanza. Sí, habrá un final, pero ese final será un encuentro: un encuentro con el Señor. Es verdad, será un dar cuentas de lo que he hecho, pero también será un encuentro de misericordia, de alegría, de felicidad. Pensar en el final, en el final de la creación, en el final de nuestra vida, es sabiduría; ¡los sabios lo hacen!
Así pues, la Iglesia esta semana nos invita a preguntarnos: “¿Cómo será mi final? ¿Cómo me gustaría que el Señor me encontrase cuando me llame?”. Debo hacer un examen de conciencia y valorar qué cosas debería corregir, porque no van bien; y qué cosas debería apoyar y llevar adelante, porque son buenas. Cada uno tiene tantas cosas buenas. Y en ese pensamiento no estamos solos: está el Espíritu Santo que nos ayuda. Esta semana pidamos al Espíritu Santo la sabiduría del tiempo, la sabiduría del final, la sabiduría de la resurrección, la sabiduría del encuentro eterno con Jesús; que nos haga entender esa sabiduría que está en nuestra fe. Será un día de alegría el encuentro con Jesús. Recemos para que el Señor nos prepare. Y cada uno, esta semana, acabe la semana pensando en el final: “Yo acabaré. No permaneceré eternamente. ¿Cómo me gustaría acabar?”.
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