martes, 19 de marzo de 2024

HOMILIA Domingo de RAMOS en la PASIÓN DEL SEÑOR cB (24 de marzo 2024)

 Domingo de RAMOS en la PASIÓN DEL SEÑOR cB (24 de marzo 2024)

Primera: Isaías 50, 4-7; Salmo: Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Segunda: Filipenses 2, 6-11; Evangelio: Marcos 14, 1 – 15, 47

Nexo entre las LECTURAS

La liturgia de hoy nos ayuda a ‘entrar’ en el misterio de la entrega y sufrimiento de Jesucristo por la salvación de muchos. “En su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (2 L). En los labios de Jesús hemos escuchado: "Abba, Padre. Todo te es posible. Aparta de mí esta copa de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú" (Evangelio). Siglos antes, el siervo de Yahvéh, figura de Jesucristo, había pronunciado proféticamente estas palabras: “El Señor me ha abierto el oído, y yo no me he resistido ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mi mejilla a los que mesaban mi barba; no volví la cara ante los insultos y salivazos” (1 L).

Temas...

Nuestra confesión de fe: Jesús es el Hijo de Dios. Con la celebración de este Domingo empezamos los días santos, para los que nos hemos ido preparando durante toda la Cuaresma. Y hoy nuestra atención debe estar en este relato de la pasión y muerte del Señor que acabamos de proclamar. Su meditación debería hacer que surgiese de nuestro corazón aquella misma profesión de fe del centurión ante Jesús clavado en la cruz: "Realmente este hombre era Hijo de Dios". Todo el relato de la pasión según Marcos lleva a este acto de fe.

La pasión de Jesús: una escuela de fe y de humanidad. Cada paso, cada momento, cada gesto y palabra de Jesús en su pasión es una lección de fe y de humanidad para nosotros; es un descubrimiento del sentido que podemos dar a la vida; es un acto de fe en Dios que, aunque el misterio del mal y de la muerte nos rodee por todos lados, nos acompaña en todo momento, no nos deja de amar nunca y nos libra del mal. La pasión y la muerte de Jesús nos despierta a la vez la solidaridad por tantas y tantas personas, tantos y tantos pueblos y colectivos que han vivido y viven ahora en su propia carne esta pasión y muerte.

En Getsemaní, Jesús vive la tentación del miedo, de no encontrar sentido a la prueba que se le echa encima, la tentación de claudicar. Nos enseña a asumir toda realidad sufriente con la confianza de tener siempre en nosotros el Espíritu de Dios que nos da fuerza en el momento de la prueba.

Aquella noche Jesús comparte con muchos pueblos de la tierra, con muchos hombres y mujeres de nuestra historia, la pérdida de la libertad, la pérdida de sus derechos, la traición, el abandono, la infidelidad de los amigos, fruto de tantos miedos a la fidelidad de las personas, a dar la vida por los demás. Y nos dice que se encuentra del lado de los que como él pasan y deben pasar por las mismas experiencias.

A Jesús se le quita la dignidad y la vida, es equiparado a un delincuente, es torturado, burlado y asesinado, como tantos otros que ayer y hoy siguen su misma suerte y como él no han claudicado. Cuando los demás se niegan a dar la cara por él, Jesús se mantiene firme, da testimonio de sí mismo y de su misión.

Cada personaje que aparece en la pasión de Jesús es imagen de cada uno de nosotros, es modelo de las posibles actitudes existentes en nosotros ante el hermano, es modelo de humanidad o de deshumanización: abandono por parte de los discípulos; traición de Judas y desesperación; uso de la violencia, negación y arrepentimiento de Pedro; burla, prepotencia y abuso de poder de los sacerdotes y autoridades; presencia amorosa e impotente por parte de las mujeres; indiferencia y frialdad de los ejecutores; insulto de los que pasaban y de los mismos condenados como él; fe por parte del centurión; veneración servicial de José de Arimatea.

La Eucaristía, comunión con Jesús sufriente y con todos los sufrientes. En la Eucaristía tenemos a este Jesús entregado a la muerte, que se nos da a todos, que nos ama dándose. Que la contemplación y la comunión con Jesús en su camino hacia la cruz nos lleve a la contemplación y comunión con todas las pasiones existentes en nuestro mundo; al acto de fe en Dios que salva a su Hijo y nos salva en Jesús, porque nos ama en él y en cada sufriente. De esta profesión de fe nace la Iglesia.

Sugerencias...

Una soledad acompañada. En la actual sociedad no son pocas las personas que viven en soledad y la sienten como una pesada losa sobre sus vidas, a pesar de la multiplicación increíble de los medios de comunicación que se han desarrollado. Los ancianos que se sienten solos, abandonados quizás por su misma familia. Los niños huérfanos, y los abandonados por sus padres a la puerta de un hospital o en el atrio de una Iglesia (y en el mismísimo aborto). Los mendigos que carecen de familia y de techo bajo el cual cobijarse. Los jóvenes que viven "solos" y no pocas veces con angustia los primeros problemas de la existencia: el vacío de sentido, la imposibilidad de un trabajo, la angustia ante el futuro, el escape fugaz y engañoso de la droga, el sexo, el alcohol... La soledad de los inmigrantes, arrancados de sus raíces culturales, de su patria y familia, y no pocas veces maltratados (Catequesis del Papa en las audiencias de los miércoles). Estos solitarios forzados, y todos los demás que pueda haber en nuestro ambiente, tienen que hallar en los cristianos una compañía buena y sincera, una acogida fraterna, una ayuda eficaz, una solidaridad abierta e incluso contra corriente, una compasión verdaderamente cordial. Sepan además éstos solitarios forzados que Jesucristo les acompaña en su soledad y en cierta manera la vive y comparte con ellos; no sólo eso, sino que también Cristo asume y redime su soledad con la suya propia a lo largo de la pasión y muerte en la cruz. Cristo en su gran soledad desde la Cruz se supo acompañado misteriosamente por el Padre, por su madre María, por las santas mujeres... En la más inclemente soledad el hombre ha de saber que alguien le acompaña y reza por él, que Alguien está a su lado.

Confianza en el dolor. Es una de las maravillosas enseñanzas que Jesucristo nos deja sobre el Gólgota. Él ha sufrido y en medio del sufrimiento, ha confiado. A quien cree, el dolor no le hace perder la confianza. Cuando sufres, ¿cómo reaccionas? Dime cómo sufres, y te diré quién eres. A quienes somos cristianos, nos ilumine la actitud confiada de Cristo en su Padre celestial y de cara al futuro. Nos sostenga la bienaventurada Virgen María, que estuvo de pie al pie de la Cruz.

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lunes, 26 de febrero de 2024

HOMILIA Tercer Domingo de CUARESMA cB (04 de marzo 2024)


 Tercer Domingo de CUARESMA cB (04 de marzo 2024)

Primera: Éxodo 20, 1-17; Salmo: Sal 18, 8-11; Segunda: 1 Corintios 1, 22-25; Evangelio: Juan 2, 13-25

Nexo entre las LECTURAS

“Nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (2 lectura). En esta expresión puede resumirse el mensaje central de la Liturgia de este Domingo –tercero de cuaresma–. Fuerza y sabiduría de Dios manifestada en Cristo glorificado que superan y perfeccionan la fuerza y sabiduría de Dios manifestado en el Decálogo (1 lectura). Fuerza y sabiduría de Dios que instauran un nuevo templo y un nuevo culto, situado no ya en un lugar, cuanto en una persona (‘Él hablaba del templo de su cuerpo’): Cristo crucificado, muerto y resucitado en quien la relación entre Dios y el hombre alcanza su plenitud y su esperanza.

Temas...

Un signo profético de Jesús. A medio camino de la Cuaresma nos hallamos hoy con un hecho sorprendente de la vida de Jesús: la expulsión de los vendedores (en el) del templo. Es un gesto que nos extraña en Jesús, porque es un gesto ‘violento’; aunque vemos también que no está provocado por la venganza, sino por el celo hacia el verdadero templo de Dios, hacia su Padre.

Se trata, por una parte, de una crítica al mercantilismo en el que cayó el culto religioso de Israel, y en el que caen también tantas veces nuestros lugares de culto y nuestras estructuras religiosas con sus tentaciones de lucro y de favorecer el provecho propio. ¡Cuántas mesas debería hoy volcar Jesús en nuestras iglesias! y en nuestros corazones.

Y por otra parte, se trata también de un gesto profético y significativo: anuncia otra clase de templo, un culto vivo y espiritual. Con un trasfondo pascual se nos permite penetrar más en el conocimiento de Jesús, en el significado y vivencia de su muerte y resurrección: Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré. Afirma el evangelista san Juan: Él hablaba del templo de su cuerpo. Con estas palabras Jesús anuncia su muerte y su resurrección. A partir de ahora, su cuerpo, su humanidad reconstruida, glorificada, resucitada se constituye en el verdadero templo de Dios, el lugar de encuentro con él.

Cada persona es un lugar de encuentro con Dios. A partir de la muerte y resurrección de Jesús, su vida, su Espíritu se difunde por el universo entero, en el corazón de la humanidad y en el de cada persona. Todo “se convierte’ en sagrado, digno de respeto, de admiración, de contemplación, de amor; digno de que entremos en relación, pues todo rebosa de Dios, en todo se le puede encontrar. Él está en el corazón de cada persona; en la relación cordial con cada persona podemos vivir la fe, el encuentro con Jesús. Ahí podemos experimentar su presencia, le podemos escuchar a partir de la palabra del hermano. Este ha de ser, pues, el verdadero culto que debemos rendir a Dios, como muchas veces nos invita el Papa Francisco.

¿Hasta qué punto valoramos y tratamos así toda la realidad y a cada persona? ¿Hasta qué punto las cosas que tenemos y usamos, las personas con las que nos relacionamos nos conducen a Dios, nos ayudan a descubrirlo? Aquel celo que movía a Jesús en favor del templo de Dios, ¿lo traducimos nosotros en un celo en favor de Jesús, de los demás y del mundo en que vivimos? ¡Cuántos templos, cuántas personas arrinconadas, maltratadas, profanadas, destruidas que claman nuestro celo! Jesús ha sido capaz de dar la vida en favor de todos estos templos. ¿Sabemos reaccionar debidamente ante tanto maltrato dado a personas y cosas?

La comunidad, cuerpo de Cristo, templo de Dios. San Pablo recordaba también a la comunidad cristiana de Corinto que ella era el templo de Dios, el cuerpo de Cristo: Ustedes forman el cuerpo de Cristo (1 Cor 3,16). Hemos de ir creciendo en conciencia comunitaria. Tenemos muy claro lo que somos como individuos, pero dar signos, vivir y expresar que somos comunidad, ¡eso nos cuesta más! Y una nueva manera de presencia de Dios se da a través de la comunidad, de la iglesia. Deberíamos preguntarnos si nuestra Iglesia, nuestras pequeñas comunidades son para la sociedad de hoy, para nuestros pueblos y barrios, espacios tangibles y transparentes de presencia de Dios.

No siempre queda esto claro ante nosotros ni ante el mundo. Nuestras comunidades, por lo que comportan de relaciones fraternas, de trabajo en común, de servicio al hombre y a la mujer de nuestro mundo, debieran ser signos visibles de solidaridad, de amor, de felicidad. Debieran ser testimonio de Jesús, de su espíritu que llena la realidad entera. Nuestro mundo necesita de estos espacios en que sea posible encontrar a Dios. En la medida que una comunidad vive y crece en fraternidad y en solidaridad, está construyendo en medio del mundo el templo de Dios.

La Eucaristía, lugar de encuentro con Dios. Que la Eucaristía que estamos celebrando impulse nuestra vida comunitaria. Descubramos en ella la presencia del Señor resucitado, verdadero templo de Dios. En Jesucristo encontraremos a Dios y entraremos en comunión de vida con él. Que la Eucaristía de hoy nos haga más iglesia, templos de Dios, lugar de encuentro con él.

Sugerencias...

EXIGENCIA. La lectura del decálogo y las amenazas que en él se encuentran debería llevar a una consideración importante: Dios es exigente. Ser creyente –formar parte del pueblo de Dios– implica una fidelidad trabajada en un estilo de vida virtuoso. La Cuaresma es una llamada a revisar cómo vivimos ese estilo de vida. Marcarse algún objetivo de conversión en algunos puntos concretos de modo que la renovación de las promesas del bautismo en la Vigilia Pascual sea algo auténtico.

La segunda lectura de hoy (y el evangelio) pueden completar adecuadamente la reflexión sobre esta exigencia. Jesús es el que ha vivido plenamente según el criterio básico de la Ley: considerando a Dios como Único y Absoluto. Viviendo así, el cristiano, fundamentándose sólo en Dios y no en exhibiciones de poder o de sabiduría, chocará con este mundo que se fundamenta en el relativismo. Unámonos a Cristo que es Camino, Verdad y Vida. Unámonos a María, la Madre de Jesús y Madre nuestra.

JESÚS, EL ÚNICO TEMPLO. El evangelio de hoy habla ya directamente de la muerte y resurrección de Jesús. Juan, colocando esta escena al principio de su evangelio (al contrario de los sinópticos, en que aparece inmediatamente antes de la pasión) quiere dejar claro que la muerte–resurrección muestra el sentido pleno de todo lo que Jesús decía y hacía desde el principio (desde que “la Palabra se hizo carne”).

Además, el evangelio, muestra que los hombres han buscado relacionarse con el Dios lejano por medio de determinados actos u objetos: las ofrendas, los templos, etc. Pero estas mediaciones dejan siempre una gran distancia, y con facilidad pueden conducir a la hipocresía. Jesús proclama hoy que hay ya un camino nuevo, verdadero y pleno: un Camino que no es un acto o un objeto sino una Persona, la vida concreta de una Persona, y estamos llamados a vivir en comunión con Él, que es el Centro (Cfr.: Papa Francisco).

MEDIACIÓN. Jesús mediador, la vida humana mediadora. La vida y la persona de Jesucristo (y su vida entregada definitivamente en la cruz) es el único camino de acercamiento al Padre. Y esto significa para el creyente: fe, abandono y confianza en Jesucristo, y trabajo espiritual diario por convertir –con la ayuda de Su gracia– la propia vida en una imagen de la de Jesús.

¿Y los sacramentos? ¿Y los actos religiosos? El mediador con el Padre es el Verbo hecho carne, Jesucristo. Para el pueblo de Israel, el templo podía entenderse como el camino hacia Dios. Para nosotros, el único camino hacia Dios es Jesucristo y… la Iglesia, los sacramentos, los actos religiosos, la piedad popular, son medios (cada uno con su dignidad propia) dados por Él para que nosotros, en estado de peregrinación, crezcamos en comunión con Él y, amando y sirviendo, alcancemos la Jerusalén Celestial. Por todo esto necesitaremos siempre la verdadera purificación, porque muy fácilmente podemos desviarnos del verdadero sentido de la mediación eclesial (cfr.: Evangelii Gaudium).

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lunes, 22 de enero de 2024

HOMILIA Cuarto Domingo del TIEMPO ORDINARIO B (28 de enero 2024) Gentileza P.Angel

Cuarto Domingo del TIEMPO ORDINARIO B (28 de enero 2024) Primera: Deuteronomio 18, 15-20; Salmo: Sal 94, 1-2. 6-9; Segunda: 1Corintios 7, 32-35; Evangelio: Marcos 1, 21-28 Nexo entre las LECTURAS "Enseñar", "enseñanza" son expresiones frecuentes en los textos de la liturgia de este cuarto Domingo del Tiempo Ordinario. Jesús es presentado por san Marcos como el Maestro "que enseña con autoridad", "una enseñanza nueva" (E). No es una enseñanza cualquiera, sino la de un profeta, al estilo de Moisés, figura e imagen del profetismo en la mente de los israelitas, maestro y forjador de su pueblo (1 L). San Pablo, como profeta del Nuevo Testamento, imparte a los corintios su enseñanza sobre la dignidad humana, del matrimonio y del celibato, estados y caminos para vivir la dedicación y entrega al apostolado en la Comunidad eclesial (2 L). Esta enseñanza profética, nueva y dada con autoridad, se dirige al hombre para que la acoja y sea receptor activo de su eficacia (cfr.: catequesis del Papa, enero 2015). El salmo responsorial pone en nuestros labios, con palabras inspiradas por Dios, las actitudes que han de brotar de nuestro corazón ante las palabras de vida de Jesús. El salmo nos impulsa a cantar el deseo de escuchar la voz de aquel que Dios nos ha enviado "en su nombre", la voz de aquel que es, para nosotros, la Roca que nos salva. Por eso, conocedores de a quién estamos escuchando, al hacerlo nace en nosotros un deseo de alabanza y de adoración. Escuchamos a Cristo, al tiempo que alabamos a Dios, quien se nos revela en su Hijo, y reconociendo la divinidad de aquel que nos habla: el Hijo único del Padre. La voz de Jesús nos invita, pues, a esforzarnos a no endurecer nuestros corazones, a esforzarnos para convertirlos en la tierra apropiada en la que Dios haga fecundar la palabra que él mismo ha sembrado. Temas... 1. En el evangelio, con motivo de la expulsión de un demonio, se reconoce que la enseñanza de Jesús es una enseñanza totalmente «nueva», un «enseñar con autoridad» ante el que todos los circunstantes se quedan «pasmados». Estos ven la prueba de esta novedad en la expulsión del espíritu inmundo, pero ésta es a lo sumo la confirmación de su autoridad, no su enseñanza. Lo auténticamente decisivo aparece al principio del evangelio: Jesús enseña en la sinagoga, y los presentes se quedaron «asombrados de su enseñanza». En su misma enseñanza se percibe ya la «autoridad divina» que la distingue de la enseñanza de los «letrados». Lo que la nueva enseñanza exige es un radicalismo en la obediencia a Dios totalmente distinto del rigorismo en el cumplimiento de la ley exigido por los letrados. Este radicalismo no exige en absoluto una huida del mundo, tal y como la practicaban por ejemplo los miembros de la secta de Qumrán, sino, en medio del mundo, de su trabajo y de sus penalidades, una vida indivisa para Dios y conforme a su mandamiento. Este mandamiento que Jesús explica a los hombres es a la vez infinitamente simple e infinitamente exigente; posteriormente Jesús lo repetirá constantemente: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Eso significan la Ley y los Profetas (Mt 7,12). Esta es la perfección que el hombre puede alcanzar y en la que puede y debe parecerse al Padre celeste (cfr. Mt 5,48). Aquí sólo hay totalidad, no hay lugar para la división. 2. Pablo, en la segunda lectura, tiende al mismo radicalismo. Aunque aparentemente distingue dos categorías de hombres: los célibes, que se preocupan de los «asuntos del Señor», y los casados, que se preocupan de los «asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer», ciertamente no quiere (como muestran sus textos parenéticos sobre la vida doméstica) proscribir el matrimonio o las profesiones del siglo, sino a lo sumo mostrar lo que se observa habitualmente en la gente de mundo. Puede conceder al celibato una cierta preeminencia («a todos les desearía que vivieran como yo»: 1 Co 7,7), más inmediatamente añade: «Pero cada cual tiene el don particular que Dios le ha dado», gracias al cual es perfectamente posible, incluso dentro del mundo y en la vida matrimonial, servir a Dios y amar al prójimo indivisiblemente. Ciertamente en muchos casos cabe preguntarse si esto es más fácil en el estado de los consejos evangélicos que en un matrimonio cristiano correctamente vivido. Las cartas pastorales se oponen a los que «prohíben el matrimonio» (1 Tm 4,3); no: "Todo lo que Dios ha creado es bueno". 3. A esta doctrina definitiva de Jesús, en la que se resume todo con perfecta simplicidad, se refiere ya Moisés anticipadamente cuando habla, en la primera lectura, del profeta que ha de venir, del que Dios dice: «Suscitaré un profeta... Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande». El Señor lo suscitará como cumplimiento de todo lo iniciado en la Antigua Alianza. A él será, por tanto, al que haya que escuchar en todo Sugerencias... Palabra viva y vivificadora. En el gran mercado de la ‘palabra’ hoy existente y agobiante (medios de comunicación, ley de medios, redes sociales…), no es fácil encontrar una palabra viva y vivificadora. ¡Cuántas palabras, cuántas "enseñanzas", cuántas noticias llegan hoy al oído del hombre, del cristiano! Entre todos esos millones de palabras: ¿dónde está la Palabra que da vida y alimenta el alma cada día? El maestro cristiano -el sacerdote, el docente y profesor, el padre de familia catequista y el catequista, discípulo-misionero...-, actualizando la enseñanza de Jesucristo debe decir palabras vivas, palabras con fuerza de eternidad, que no pasen, sino que perduren y den sentido y sirvan de purificación de los millones de otras palabras escuchadas. Ante esta realidad tan estupenda, uno siente la tentación de preguntarse ¿por qué a veces son tan aburridas las clases de religión o las homilías dominicales? ¿Qué estamos haciendo con la Palabra Viva? ¿Por qué, siendo viva, no logra vivificar el corazón del predicador cristiano y del oyente y hasta el del pecador? Algo está pasando que hace de la Palabra viva y eficaz una palabra quizá estéril y muerta, o al menos sin garra o impulso vital y transformador. Oremos todos para que los maestros de la Palabra lleven siempre en sus labios y en su corazón la Palabra de Vida (cfr.: Papa Francisco). Actitud ante el Maestro. Cuando la palabra del maestro no es viva ni vivificante, no podemos esperar otra actitud sino el aburrimiento y el rechazo. Esto es evidente. Pero, ¿por qué, incluso cuando la palabra está llena de vida e infunde vida, no es escuchada ni acogida? Ya Jesús tuvo que afrontar este rechazo de su Palabra, porque los hombres encontraban "duras" sus enseñanzas. Y Pablo, ¿no tuvo acaso que hacer frente a tantos que no mostraban interés por su evangelio o simplemente lo rechazaban? No nos debe extrañar que la Palabra Viva sea como una espada que divide a los hombres entre quienes la acogen o la rechazan. La Palabra Viva se escucha en la libertad y para hacer hombres libres, pero hay quienes eligen ejercer su libre albedrío rechazando la fuente de la libertad. La Palabra Viva es como una semilla que cae en tierra… que a veces es buena, y en otras oportunidades está dura, no tiene profundidad, está repleta de hierbas y yuyos. Pidamos a Dios que con su gracia limpie y cultive su campo –la Iglesia y el corazón de cada uno– de modo que los hombres aceptemos la Palabra Viva para que dé, en nuestro corazón y en nuestras obras, frutos abundantes como en la Santísima Virgen María. Virgen de la Escucha y de la Palabra y de la Obediencia, ruega por nosotros.

lunes, 15 de enero de 2024

HOMILIA Tercer Domingo del TIEMPO ORDINARIO cB (21 de enero 2024)

(IMAGEN DE IGLESIAACTUALIDAD) 5to Domingo de la Palabra de Dios, jornada instituida por el Papa Francisco. El lema de esta edición está tomado del Evangelio de Juan: "Permaneced en mi Palabra" (Jn 8,31) Primera: Jonás 3,1-5.10; Salmo: Sal 24, 4-5a. 6. 7b-9; Segunda: 1Corintios 7, 29-31; Evangelio: Marcos 1, 14-20 Nexo entre las LECTURAS Convertirse, esta puede ser la clave (nexo) de este Domingo. Los ninivitas, ante la predicación amenazante de Jonás, hacen penitencia y se convierten. Jesús, según el evangelio de Marcos, comienza su predicación en Galilea invitando a la conversión: "Conviértanse y crean en el Evangelio". En la segunda lectura se nos señalan las consecuencias de la verdadera conversión, porque el verdadero convertido vive con la conciencia de que la apariencia de este mundo pasa. El tema de los tres textos es, además, la urgencia de la conversión; ya no hay tiempo para nada más. Temas... Nuestra vida consiste en crecer sin parar. A lo largo de nuestra existencia quedamos sometidos a muchos cambios. Los que somos mayores podemos pensar, por ejemplo, en cómo éramos cuando teníamos diez, veinte, treinta años. Miren las diferencias con la situación actual. Los más jóvenes, seguro que tienen proyectos de futuro. Seguro que su vida de aquí a diez o veinte años será muy distinta a la actual. Dios nos libre de permanecer siempre como ahora. Por desgracia, alguna vez los cambios son para empeorar. Pero normalmente son para crecer, para ir a más, Incluso entre los ancianos. Recordemos aquel dicho de san Pablo: mientras nuestras fuerzas corporales decrecen, nuestro espíritu crece y se enriquece cada día más. Convertirse es crecer. Todas las lecturas bíblicas de hoy, cada una en un contexto diferente, coinciden en esta necesidad de promover el cambio positivo. Del pasar de lo peor a lo que es mejor. Tanto en el libro de Jonás como en el evangelio hallamos una invitación a convertirse, a pasar del pecado a la amistad con Dios. En cuanto a la carta de Pablo, por más que la palabra "convertirse" no salga, sí que está presente el concepto. Convertirse es cambiar de manera de pensar. Y san Pablo nos invita a relativizar las cosas de este mundo, incluso aquellas que son buenas. Porque este mundo que contemplamos con nuestros ojos pasa rápido y los bienes que intuimos con la fe y la esperanza, son inmensamente mejores. Los apóstoles crecen al cambiar de oficio. Así lo entendieron los cuatro primeros apóstoles de Jesús, todos ellos pescadores en el lago de Galilea, Por un lado, los hermanos Pedro y Andrés, y por otro Santiago y Juan, hijos de Zebedeo. De tener tan sólo el evangelio de Marcos, que hemos leído hoy, nos podría extrañar que, después de una indicación tan sencilla de Jesús, fueran capaces de dejarlo todo tan rápidamente para cambiar de vida de modo tan radical, Pero hemos de tener en cuenta que en el evangelio de Juan consta aquella escena que leímos el pasado Domingo, que nos describe el primer encuentro de estos discípulos con Jesús, anterior a éste. Ya en aquella primera ocasión surgió su admiración hacia el maestro. Por tanto, no debe extrañarnos tal prontitud de respuesta a la invitación de Jesús a seguirle. La idea de seguirle dejándolo todo por él, había ido fermentando con fuerza en su interior. Andrés y Juan poseían una fuerte inquietud espiritual. Ya habían dejado temporalmente el trabajo para ir a escuchar a Juan Bautista. Si recuerdan, fue éste quien les señaló a Jesús como un maestro mejor que él mismo. La influencia de Cristo iría en aumento, mientras que el Bautista quedaría retirado definitivamente debido a las circunstancias conocidas por todos. Andrés fue quien convenció a su hermano Pedro y lo presentó a Jesús; mientras que fue Juan quien habló con entusiasmo de Jesús a su hermano Santiago. También nosotros hemos de ser apóstoles ¿Qué nos dice todo esto a los que ahora estamos aquí? Todos tenemos múltiples experiencias de cambios positivos en el transcurso de nuestra vida: hemos crecido en plenitud humana y, quizás también, en estabilidad y en bienestar material. O dicho con palabras del evangelio aplicadas a Jesús cuando era joven: hemos crecido en sabiduría, edad y gracia. Y, a la vez, como consecuencia de este progreso espiritual, hemos aprendido a relativizar los bienes de este mundo que pasa y hemos descubierto que la oferta del Reino de Dios que nos hace Jesús, es la mejor Buena Noticia que jamás hemos oído; y la aceptación del evangelio la mejor garantía de un mundo futuro feliz y para siempre. Si nuestra experiencia de Jesús es ésta, ¿por qué no hacemos como los primeros discípulos Andrés y Juan, que en seguida comunicaron su experiencia a sus hermanos Pedro y Santiago y, dejándolo todo, se convirtieron en apóstoles para transmitir esta Buena Noticia a todo el mundo? El apostolado laical. En tiempos pasados parecía que era necesario cambiar de trabajo, como los apóstoles, para convertirse en "pescadores de hombres". Pero los movimientos de espiritualidad surgidos, particularmente durante todo el siglo XX, empezando por la Acción Católica, nos han enseñado cómo, sin cambiar de oficio ni de residencia, sin hacerse sacerdote o misionero, los laicos pueden y deben también consagrarse al apostolado, Hemos de procurar que la tolerancia y el respeto a las demás religiones no haga disminuir nuestro espíritu apostólico. Apreciando los valores positivos que hay en los no creyentes o en los que profesan otras religiones, nuestra fe nos asegura que el camino marcado por Jesucristo es el mejor. Hemos de ayudar a los demás a crecer. Sugerencias La predicación de Jonás. La primera lectura ha sido motivo de sorpresa para muchos. Jonás invita a la ciudad de Nínive a la conversión: «Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada». La conversión se produce, la destrucción no. Está claro que lo que Dios quería era lograr esta conversión; en realidad la destrucción no le importaba. Y como se produjo la conversión deseada, no había necesidad de ninguna destrucción. Pero con la amenaza de destrucción Dios no pretende dar un simple susto a los habitantes de Nínive, la amenaza se pronuncia totalmente en serio y como tal la toman los ninivitas. Estos comprendieron quizá también su lado positivo: que Dios quiere siempre el bien y nunca la destrucción, y que solamente cuando no se produce la conversión, debe aniquilar el mal por amor al bien. -La indignación del profeta a causa de la inconstancia de Yahvé se debe al carácter más bien irónico del libro de Jonás: ¿Cómo puede un Dios amenazar con catástrofes y luego no llevarlas a cabo?- En la segunda lectura Pablo saca no pocas consecuencias de la brevedad del tiempo. No se trata de una «espera inminente», sino más bien del carácter general del tiempo terrestre. Este tiempo es de por sí tan apremiante que nadie puede instalarse en él cómoda y despreocupadamente. Todos los estados de vida en la Iglesia deben sacar las consecuencias; el apóstol se refiere aquí, más bien, solo a los fieles cristianos laicos: a todas sus actividades y formas de conducta se añade un coeficiente negativo: llorar, como si no se llorase; estar casado, como si no se tuviese mujer; comprar como si no se poseyera nada, etc. Todos los bienes que poseemos y necesitamos en este mundo debemos poseerlos y utilizarlos con una indiferencia tal que en cualquier momento podamos renunciar a ellos, porque el tiempo apremia y la frágil figura de este mundo se termina. Todo nuestro vivir es prestado y el tiempo nos ha sido dado con la condición de que en cualquier momento se nos puede privar de él. El evangelio muestra las consecuencias del plazo anunciado también por Jesús como «cumplido». Con este cumplimiento el reino de Dios se encuentra en el umbral del tiempo terrestre, y de este modo adquiere pleno sentido consagrarse enteramente, con toda la propia existencia, a esta realidad que comienza infaliblemente. Esto no se hace espontáneamente, se es llamado y equipado por Dios para ello. En este caso son cuatro los discípulos a los que Jesús invita a dejar su actividad mundana -y ellos obedecen a esta llamada sin hablar palabra- para ser equipados con la vocación que les corresponde en el reino de Dios: en lo sucesivo serán pescadores de hombres -pescar pueden ciertamente, ya que son pescadores de profesión-. Son, éstas, vocaciones ejemplares, pero no se trata propiamente de excepciones. También muchos cristianos que permanecen dentro de sus profesiones temporales son llamados al servicio del reino que Jesús anuncia; éstos fieles cristianos laicos necesitan, para poder seguir esta llamada, precisamente la indiferencia de la que hablaba Pablo en la segunda lectura. Al igual que los hijos de Zebedeo dejan a su padre y a los jornaleros para seguir a Jesús, así también el cristiano que permanece en el mundo debe dejar mucho de lo que le parece irrenunciable, si quiere seguir a Jesús seriamente. «El que pone la mano del arado y sigue mirando atrás, no vale-sirve para el reino de Dios» (cfr.: Lc 9,62). Miremos a la Virgen y tiernamente le pidamos que nos lleve a Jesús. El Año de la Oración Se espera que el Domingo de la Palabra, el Papa lance oficialmente el Año de la Oración, en preparación del Jubileo de 2025. Después de promover la reflexión sobre los documentos y el estudio de los frutos del Concilio Vaticano II en 2023, por voluntad del Papa Francisco, 2024 se dedicará, en las diócesis del mundo, a redescubrir la centralidad de la oración.

lunes, 11 de diciembre de 2023

HOMILIA DEL Tercer Domingo de ADVIENTO cB (17 de diciembre 2023). Domingo del GAUDETE - IMAGEN DE MISIONEROS DIGITALES

Primera: Isaías 61, 1-2a. 10-11; Salmo: Lc 1, 46-48. 49-50. 53-54; Segunda: 1Tesalónica 5, 16-24; Evangelio: Juan 1, 6-8. 19-28 Nexo entre las LECTURAS "El espíritu del Señor me ha enviado para dar la buena nueva...me ha enviado para anunciar..." (Is 61,1-2). Un personaje, figura de Cristo, se siente investido de una misión liberadora y salvífica. También Juan Bautista, que reconoce honestamente su ‘misión’ en el plan de Dios, se sabe enviado no como suplantador ni usurpador, sino como testigo de la Luz, del Mesías por todos esperado (Evangelio). Finalmente, Pablo, apóstol-enviado, discípulo-misionero, de Cristo, lleva a cabo su misión mediante la predicación y mediante cartas. En ésta, a los tesalonicenses, les exhorta a vivir en conformidad con la salvación que Cristo, el enviado de Dios, nos ha conferido (segunda lectura). Temas... Un mensaje de liberación. Hoy es el Domingo Tercero de Adviento, Domingo de la alegría mesiánica por la cercanía del Salvador. Entramos en la espera inmediata de Navidad y es justo que pongamos nuestra mirada en aquel que sólo puede ser causa de nuestro gozo cumplido, el Señor que es fiel a sus promesas, que no falla, que no hace acepción de personas, que viene para los pobres, los que están tristes, los que en las noches oscuras de la fe y de la esperanza ponen su confianza sólo en él. Y de gozo nos hablan las lecturas. La del profeta Isaías nos recuerda la unción del Mesías con la fuerza del Espíritu y su misión universal: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido... Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren...". Son las palabras que Jesús mismo se aplica en la sinagoga de Nazaret al principio de su misión, según el evangelio de Lucas. Pocas palabras bíblicas han tenido tanta resonancia en la teología de los últimos decenios, especialmente lo subraya el Papa Francisco. El Papa ha sido capaz de plasmar una teología del pueblo y una espiritualidad liberadora de hondas raíces bíblicas. Y de consecuencias espirituales y sociales… y nos invita a dar ese paso. Y eso quiere decir que la dimensión del Adviento y de la salvación que estamos celebrando no es ficticia y no es sólo ritual; es real. Esperamos un Mesías que nos traiga la liberación y la plenitud de la vida divina. Allí donde hay sufrimiento, falta de libertad, opresión, injusticia, se despiertan los sentimientos del Adviento y se mira con esperanza la venida del Cristo libertador. Un mensaje jubilar (2025 y 2033). En la perspectiva de los Jubileos que están a las puertas, ese texto de Isaías que Jesús hace suyo, nos habla de la misión mesiánica del Salvador, hecha del anuncio del amor liberador del Padre y de la efectiva realización por parte de Cristo de un vasto programa de obras que manifiestan la presencia del Reino entre los pobres. Nos invita a tomarnos en serio estos Jubileos en los que tenemos que ser a la vez beneficiarios de la salvación y testigos de las palabras y de las obras de Dios iniciando este Tercer Milenio de la Redención. De gozo nos habla también Pablo. Mientras se va acercando el Mesías, la lectura de Pablo nos recomienda una serie de actitudes nobles de los cristianos que ponen su esperanza sólo en el Señor. Ante todo la alegría, siempre. Lo del siempre es lo más difícil, porque hay días en que vienen a faltar los estímulos más inmediatos para el gozo y hay muchas razones para el desánimo. Por eso hay que ahondar hasta reencontrar en el corazón la fuentecilla en la que mana siempre la alegría por lo que es siempre razón perenne de gozo, pase lo que pase: la cercanía de Dios en la vida. Y para ello hay que ahondar; en la oración constante, profunda, la que nos pone ante Dios, con la certeza absoluta de que él está con nosotros. Cristianos de esperanza son aquellos que no sólo aterrizan, siendo concretos con su vivir, sino sobre todo los que ahondan, los que no se quedan en la superficialidad, los que tratan de entender el misterio, desde el corazón. Sí, desde el corazón, y esto no es intimismo; porque los Advientos y las Navidades, o se realizan en el corazón y desde aquí salen a la vida, o es que no sucede nada importante en nuestra vida concreta. Y en el centro, entre el corazón y la vida, la certeza celebrada, compartida, en la acción de gracias, en la eucaristía. Donde celebramos la presencia de Cristo, el regalo de Dios cada día, y hacemos crecer la bondad del corazón cuando, juntos, aprendemos a reconocer los dones de Dios, a compartirlos. Todo desde esa actitud de gratuidad que tan lejos está de los intereses mezquinos, de ese "Cuánto cuesta esto" que parece resumir la cultura de lo económico que a veces predomina en nuestra sociedad. Una sabiduría carismática. Pablo nos dice además que el cristiano no debe ser apagafuegos del Espíritu, ni amordazador de profetas. No hay que apagar el Espíritu ni despreciar la profecía. Podríamos correr el riesgo de quedarnos sin el estímulo de la renovación que viene del Espíritu del Señor sin la palabra que orienta, aunque tenga su fuerza de conversión y hasta de denuncia. El cristiano más bien tiene que ser fino catador de espíritus, un especialista en el discernimiento, esa actitud, don del Espíritu, que san Pablo VI llamaba "el carisma de los carismas". El cristiano lo examina todo, sabe descubrir las semillas del Verbo y el soplo del Espíritu allí donde hay algo de verdadero, de bueno, de bello. Y sabe que todo, secretamente, viene de Dios, de su presencia en el mundo, más allá de nuestras fronteras confesionales o religiosas. Y espera que se cumplan las promesas de Dios, para un Adviento gozoso. Así era el gozo de Juan, el Precursor. Que no cedió a la tentación de quitarle el puesto a Jesús, ni envanecerse con un protagonismo falso. Cuando le preguntaron quién era dijo que no era la Palabra, sino la voz que la precedía. Que no era el Mesías Salvador, sino su siervo; no era el dador del Espíritu, sino apenas el que lo había recibido, Que sólo Jesús era el Mesías. Vivir el gozo del Adviento, con esa alegría profunda que viene de la humildad y de la caridad, es también dar paso al único Maestro, al único Señor, al único Santo. Sugerencias... Cristianos con misión. No se puede separar el nombre de cristiano de la misión y ahora el Papa nos ilumina agregando la de SINODALIDAD. Por definición, cristiano es el discípulo-misionero de Cristo, el que participa de la misma misión de Jesucristo. Los cristianos hemos de ser conscientes de la misión que tenemos en la Iglesia: santificar la vida y colaborar en la santificación de la de los demás. Los primeros destinatarios de la misión somos nosotros mismos (San Pablo VI), porque sólo cuando nosotros somos evangelizados podemos ayudar en la evangelización de otros. ¿Cómo ser "misioneros" de nosotros mismos? El Espíritu Santo, que nos habla al corazón mediante la Biblia –Palabra de Dios– y a través de las enseñanzas de la Iglesia, nos irá mostrando a cada uno las formas personales y concretas de conseguirlo. Somos “discípulos-misioneros” entre nuestros hermanos, todos, hagan lo que hagan, independientemente de las circunstancias existenciales en que se hallen (Papa Francisco). Somos "de Cristo", y enviados por el mismo Cristo a anunciar en la escuela, en la casa, en la oficina, en la calle, en el club, en el parlamento, etc., que Él es el Salvador de todos, que Él es la Luz del mundo que ilumina todas las oscuridades de la conciencia individual y de la existencia social y colectiva, que Jesucristo Salvador crea un hombre nuevo y un estilo de vida nuevo, dignos de vivirse (cfr.: Papa León XIII y Pío XI). Testimonio y Eucaristía. El “discípulo-misionero” vive en fidelidad su misión sobre todo cuando es testigo, es decir, cuando encarna en su vida de todos los días lo que va predicando de palabra en los diversos lugares y circunstancias diarias (San Pablo VI). El encuentro con Cristo Eucaristía consolida la vocación de testigo. En efecto, se da testimonio ante todo de que la Eucaristía es el centro de convergencia y punto de referencia de la fe y de la santidad, de todo el año, de toda la semana, de todo el día. Además, participando al misterio de la redención y alimentándonos con el Cuerpo y la Sangre del Señor, se recibe una fuerza espiritual inimaginable para ser testigo de Cristo Salvador, Luz del mundo y Rey de los corazones de los hombres. Finalmente, con la Eucaristía damos testimonio de pregustar ya al Señor que VIENE –en la Navidad mediante la actualización litúrgica del misterio– y VENDRÁ al fin de los tiempos para la plena comunión (abrazo definitivo) … misterio que ahora pregustamos sacramentalmente. María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.

martes, 5 de diciembre de 2023

HOMILIA Segundo Domingo de ADVIENTO cB (10 de diciembre 2023)

Primera: Isaías 40, 1-5. 9-11; Salmo: Sal 84, 9-14; Segunda: 2 Pedro 3, 8-14; Evangelio: Marcos 1, 1-8 Nexo entre las LECTURAS La imagen del "desierto" aparece en la primera lectura y en el evangelio y en ella se compendia el mensaje litúrgico de este Domingo de Adviento. En el exilio babilónico, a punto ya de que se acabe, una voz grita: "Preparen en el desierto un camino al Señor" (primera lectura). En el evangelio la voz que así grita es la de Juan Bautista, el precursor del Mesías, cuya venida está ya cerca. También en el "desierto" el hombre debe prepararse para la Última Venida del Señor, en la que "esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en que habite la justicia" (segunda lectura). Temas... Un "desierto" necesario. En el mundo hay fenómenos nada evangélicos, nada cristianos. Como los judíos exiliados de Babilonia estaban encandilados por la grandeza del imperio y por la fastuosidad de sus ritos religiosos, los hombres de hoy sienten la seducción del progreso técnico, el prurito de otras religiones que no son cristianas, el reclamo de paraísos alucinantes en que reinan la droga, el sexo y el alcohol, la dulce y adormecedora inconciencia del pecado incluso ante las exigencias básicas de los diez mandamientos... (cfr. Francisco). En estas circunstancias surge la necesidad del "desierto": lugar o estado del espíritu donde recrear el ambiente propicio y favorable para encontrarse con Dios y con la propia dignidad de imagen e hijo de Dios, mediante el silencio interior y el recogimiento de los sentidos, mediante la meditación y la plegaria asiduas. Ante la pérdida del sentido de Dios y del sentido del pecado se requieren "espacios", sean exteriores o interiores, de recuperación de sentido, de readquisición de principios, valores y convicciones anclados en el mismo ser del hombre y del cristiano. La intervención divina. Dios desea intervenir en la historia y en la vida del hombre, día a día. El espíritu del mundo no acepta la intervención divina, es más, la niega. Por eso se nos llama a una actitud interior de "desierto", abandonarnos en las manos de Dios con confianza y fortalecer el deseo de la conversión. Sólo así nos daremos cuenta, como los judíos de Babilonia, que hay ‘valles que elevar’, ‘colinas que abajar’ y ‘caminos torcidos que enderezar’, y podremos encaminarnos a la tierra prometida (primera lectura) que ya no es en este mundo, sino en el Cielo. Sólo en este abandono en la Divina Providencia podremos escuchar la Palabra que nos llama a convertirnos y recibir el bautismo y, los ya bautizados, renovar las promesas bautismales. Dios continúa interviniendo en nuestros días -nos da su gracia- en la vida de cada uno y de los pueblos. No podemos reconocer y aceptar Su presencia si no vivimos la experiencia purificadora y meditativa del "desierto". El "desierto" florece. En el ambiente sereno y silencioso de "desierto" nos vamos empapando de la verdad de Dios, del sentido del tiempo, de la norma suprema de la existencia. Dios es nuestro rey que viene con poder y brazo dominador para liberarnos del pecado y de sus secuelas; Dios es nuestro Señor que trae consigo su salario de vida y salvación eternas; Dios es nuestro pastor, que reúne al rebaño y lo cuida amorosamente (primera lectura). En el "desierto" conoceremos que el día del Señor llega como un ladrón y que el cómputo del tiempo que Dios hace no coincide con el de los hombres. En el "desierto" sabremos que Dios no quiere que alguien se pierda, sino que todos se conviertan. En el "desierto" veremos con claridad que la espera de la venida del Señor debe llevar al hombre a una conducta santa y religiosa, es decir, al cumplimiento perfecto de la voluntad santísima de Dios (segunda lectura). Sugerencias... Un "desierto" en tu vida. La vida es movimiento, acción, ir y venir, hacer, proyectar, progresar, cambiar. El hombre contemporáneo, desde la mañana a la noche, está lleno de trabajos y tareas, de citas y reuniones, de contactos y relaciones, de ruido, smog, tensión nerviosa... (cfr. San Juan Pablo II). A veces se puede pensar que, más que vivir, uno es "vivido" por las cosas de cada día. ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo ser plenamente humano (cristiano)? ¿Cómo infundir espíritu cristiano a lo cotidiano, al materialismo que nos invade? Tenemos necesidad de “estar con Quien sabemos que nos ama” (Santa Teresa). Pidamos la gracia de la paciencia, para vivir el "desierto" y nos será posible vivir bien y prepararnos para una buena celebración de Navidad. ¿Sabes quién viene? La respuesta catequética: "El Verbo de Dios que se hizo hombre y nació de María la Virgen en Belén de Judá". La respuesta espiritual, la debe dar cada uno examinando como incide Jesucristo en su vida (pensamientos, decisiones, ideales, proyectos) y en la relación personal con Dios; y finalmente, la respuesta moral, la debo dar con los comportamientos virtuosos diarios según el estilo de Cristo, aceptando que Cristo modele mi forma de vivir y de actuar, todos los días, hasta el fin de los días. ...

HOMILIA Solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre de 2023)

Primera: Génesis 3, 9-15.20; Salmo: Sal 97, 1. 2-3b. 3c-4; Segunda: Éfeso 1, 3-6. 11-12; Evangelio: Lucas 1, 26-38 Nexo entre las LECTURAS Las palabras del ángel a la Virgen María: "¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo" nos dan el sentido profundo de la solemnidad que hoy celebramos. El ángel se dirige a María como si su nombre fuese precisamente "la llena de gracia" (Evangelio). A lo largo de los siglos la Iglesia ha tomado conciencia de que María –"llena de gracia"– había sido redimida por Dios desde su concepción. Se trata de un singular don concedido a María para que pudiese dar el libre asentimiento de su fe al anuncio de su vocación. Era necesario que ella estuviese totalmente habitada por la gracia de Dios para responder adecuadamente al plan de Dios sobre ella (Prefacio). El Padre eligió a María "antes de la creación del mundo para que fuera santa e inmaculada en su presencia en el amor" (Cfr. Ef 1,4). El así llamado "protoevangelio" del libro del Génesis, por su parte, hace presente la promesa de un redentor: pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo, éste te aplastará la cabeza y tú le morderás el calcañal (1 Lectura). En la carta a los Efesios (2 Lectura) san Pablo indica cómo el Padre nos ha elegido desde la eternidad en Cristo para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor. El primer fruto excelente de este plan salvífico es María, quien, en previsión de los méritos de Cristo, fue preservada de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción. Temas... La Inmaculada Concepción, signo del Adviento, raíz de Navidad. La solemnidad de la Inmaculada Concepción se celebra en su clima propio, el Adviento. Porque no podemos entrever el misterio del Mesías prometido sin vislumbrar el de su Madre. Una Madre que desde el principio tiene una misión de salvación en la que participa como beneficiaria y colaboradora. De hecho en la Inmaculada Concepción de María admiramos la gracia y la salvación de María desde el principio y su asociación al misterio salvador de su Hijo. Adviento es el tiempo litúrgico que hace memoria de los episodios y maravillas de la salvación que se desarrollan en los lentos siglos de espera de la venida del Mesías, el río de la historia, desde su fuente misma, Contemplar el misterio, fijado desde el principio, es reinterpretar la historia. No como una derrota de los planes de Dios con el pecado original, sino como una misteriosa tensión hacia la comunión de Dios con la humanidad en Cristo. Es ver en María realizada la ilusión de Dios, el proyecto de una humanidad nueva, que sin perder nada de su original configuración, ha sido exenta de toda sombra de pecado y aparece ante nosotros como el modelo, real e ideal a la vez, de una humanidad salvada y asociada a la salvación. El tríptico de la Palabra. El mensaje de la Palabra ofrece esta grandiosa perspectiva con un tríptico muy logrado con el proyecto inicial de Dios, la tentación y caída de la humanidad, el cumplimiento del proyecto y de las promesas en María. En el centro del tríptico hay que colocar la segunda lectura, el himno inicial de la carta a los Efesios, solemne bendición al Padre por el misterio de una salvación en Cristo, pletórica de bienes espirituales y celestiales. Pablo parece olvidarse del pecado de los orígenes para remontarse hasta el designio primitivo, nacido del amor eterno de Dios. Un designio con varias etapas: nos eligió para ser santos e irreprochables ante él por el amor; nos destinó a ser hijos, para que en nosotros resplandezca su gloria y nuestra respuesta redunde en alabanza suya. San Juan Pablo ll, inspirándose en este texto paulino de la liturgia, ha ilustrado el misterio de María en su Encíclica "Redemptoris Mater", a Partir de esta bendición original, Porque en María se cumple perfectamente lo que fue un proyecto para todos: elegida por Dios, destinada a ser esplendor de su gracia y alabanza de su gloria. Ella finalmente, en Cristo, fue santa e inmaculada por el amor. Desde el principio. La Inmaculada es realización cabal de este proyecto que no naufraga con el pecado original. En la parte izquierda del tríptico tenemos la narración de la tentación y de la caída en el paraíso. Presencia de Dios en el jardín donde ha puesto al hombre y a la mujer. Tentación satánica para el hombre: ser como Dios. Fruto amargo de un árbol que parecía de vida y es de muerte, y sólo posee la triste sabiduría de conocer el pecado. Pero a la vez, junto al castigo, hay una promesa de salvación. La estirpe de la mujer quebrantará la cabeza de la serpiente tentadora. Todo vislumbrado desde muy lejos, en una casi imperceptible realización que llegará muchos siglos más tarde y que sólo entonces podrá dar cabal explicación de este misterioso fracaso inicial del hombre, la mujer y su semilla: María y Cristo. Finalmente, contemplamos la parte derecha del tríptico con el evangelio de la Anunciación. Nazaret no es el jardín antiguo del pecado, es más bien el paraíso de la obediencia donde Dios planta en María el árbol de la vida. Ahí está la mujer de la que brota la semilla que quebrantará la cabeza de la serpiente. La primera victoria se la apunta Dios, con la colaboración de la humanidad. María es la Virgen obediente, la humanidad cómplice y colaboradora. Pero en las palabras del ángel hay alusión a ese principio inmaculado de su existencia que lleva la firma de su autor, Dios. María es la llena de gracia. Así la llama Dios, porque así la ha hecho, desde el principio. Y ese nombre no es sólo expresión de una ausencia de pecado. Dice más. Habla de bendición primordial y de comunicación inicial de vida divina. María está puesta al principio de la nueva creación como signo de la iniciativa de Dios, de su amor gratuito y preveniente. La belleza salvará el mundo. Esa exclusión de mancha o de pecado es sólo el revés de la medalla; el ángel la llama "llena de gracia", que es la pureza positiva, el volcarse de Dios en su amor sobre ella, la plenitud de los favores de Dios, la plenitud de la bendición, para que en ella se salve el proyecto divino. Los orientales llaman a la Virgen "la Toda santa"; la suponen impregnada de Espíritu Santo, plasmada por él, guiada por él, desde el principio, Dios quiso salvar al mundo por medio de la belleza. E hizo bella ante sus ojos a la Virgen María, No se cansa la Iglesia de contemplarla, como en un espejo, a la que expresa lo que todos ansiamos alcanzar, para que también en nosotros, al final, permanezca el designio inicial de Dios, recordado en esta fiesta: ser santos e inmaculados ante él por el amor. Esa belleza de María, belleza real y no ficticia, dentro de la normalidad de una criatura, puede ser para muchos hoy la nostalgia de esa belleza que salvará el mundo. Sugerencias... El cultivo de la vida de gracia. Al contemplar a María Inmaculada apreciamos la belleza sin par de la creatura sin pecado: "Toda hermosa eres María". La Gracia concedida a María inaugura todo el régimen de Gracia que animará a la humanidad hasta el fin de los tiempos. Al contemplar a María experimentamos al mismo tiempo la invitación de Dios para que, aunque heridos por el pecado original, vivamos en gracia, luchemos contra el pecado, contra el demonio y sus acechanzas. Los hombres tenemos necesidad de Dios, tenemos necesidad de vivir en gracia de Dios para ser realmente felices, para poder realizarnos como personas y ser verdaderamente humanos y solo se alcanza si somos cristianos (Papa Francisco). Y la gracia la tenemos en Cristo. En el misterio de la Redención el hombre es "confirmado" y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Somos creados de nuevo! ... El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo -no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes- debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo (san Juan Pablo II; Redemptor Hominis 10). Para vivir en gracia es necesario: orar y vigilar. La oración nos da la fuerza que viene de Dios. La vigilancia rechaza los ataques del enemigo. Vigilemos atentamente para rechazar las tentaciones que nos ofrece el mundo: el placer desordenado, el poder y la negación del servicio, la avaricia, el desenfreno sexual, las pasiones… Por el contrario, formemos una conciencia que busque, en todo, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo en Dios. Nuestra participación en la obra de la redención. La peregrinación que nos corresponde vivir al inicio de este Año Litúrgico tiene mucho de peregrinación ascendente y de combate apostólico y de conquistas para la casa de Dios que es la Iglesia y el Mundo. Aquella enemistad anunciada en el protoevangelio sigue siendo hoy en día una dramática realidad, se trata de una especie de combate del espíritu, pues las fuerzas del mal se oponen al avance del Reino de Dios. Vemos que, por desgracia, sigue habiendo guerras, muertes, crímenes, olvido de los más pobres, débiles y sufrientes. Más aún, advertimos amenazas, en otro tiempo desconocidas, para el género humano: la manipulación genética, la corrupción del lenguaje, la amenaza de una destrucción total, el eclipse de la razón ante temas fundamentales como son la familia, la defensa de la vida desde su concepción hasta su término natural, el relativismo y el nihilismo que conducen a la pérdida total de los valores (San Pablo VI). Nuestro peregrinar cristiano por esta tierra, más que el paseo del curioso transeúnte tiene rasgos del hombre que conquista terreno para su ‘bandera’ (cfr.: Santo Cura Brochero). Nuestro peregrinar es un amor que no puede estar sin obrar por amor de Jesucristo, el Jefe supremo (San Ignacio de Loyola). Es anticipar la llegada del Reino de Dios por la caridad. Es avanzar dejando a las espaldas surcos regados de semilla. No nos cansemos de sembrar el bien en el puesto que la providencia nos ha asignado, no desertemos de nuestro puesto, que las futuras generaciones tienen necesidad de la semilla que hoy esparcimos por los campos de la Iglesia. Santa Teresa de Jesús que experimentó también la llamada de Dios para tomar parte en el singular combate del bien contra el mal, nos dejó en una de sus poesías una valiosa indicación de cómo el amor, cuando es verdadero, no puede estar sin actuar, sin entregarse, sin luchar por el ser querido. María Inmaculada, ruega por nosotros y por el mundo entero.

martes, 21 de noviembre de 2023

Último domingo del tiempo «durante el año». JESUCRISTO, REY UNIVERSAL, Solemnidad. cA (26 de noviembre 2023)

Último domingo del tiempo «durante el año». JESUCRISTO, REY UNIVERSAL, Solemnidad. cA (26 de noviembre 2023) Primera: Ezequiel 34, 11-12. 15-17; Salmo: Sal 22, 1-3. 5-6; Segunda: 1 Corintios 15, 20-26. 28; Evangelio: Mt 25, 31-46 Nexo entre las LECTURAS... En las tres lecturas de la misa se ve la unidad. Cuando el pueblo judío está sufriendo el destierro en Babilonia, el sacerdote y profeta Ezequiel recuerda que Dios es el buen pastor que cuida siempre de su pueblo y cura sus heridas. En la segunda lectura san Pablo anima la esperanza en los fieles cristianos de Corinto: nuestro destino es la victoria sobre la muerte. Y en esa perspectiva debemos leer el evangelio en la festividad de Jesucristo rey del universo (Mt 25,31-46). Este domingo último del año litúrgico, desde la instauración de la fiesta de Cristo Rey del universo (en 1925, por Pío XI), en un contexto social y religioso muy distinto al de hoy, nos introduce muy de lleno a una dimensión salvífica de la historia de la humanidad. Esta historia no es simplemente una producción, aunque sea de los mejores valores culturales, sino que los cristianos estamos llamados a dimensionar el mundo para que un día, Cristo, quien ha dado su vida por todos, pueda presentarlo redimido y liberado de todo lo que hoy es oprobio e ignominia. Los cristianos confesamos que nosotros, la humanidad sola, no puede hacer una historia hermosa y liberadora. Cristo es nuestra esperanza. Temas... Jesucristo es rey en cuanto es camino, verdad y vida. En su conducta por amor, siendo para los demás hasta entregar la propia vida, reveló que Dios es amor y las personas crecen amando a los otros. Siguiendo la conducta de Jesús la vocación de la humanidad es hacer la verdad de Dios afirmando la dignidad de todo ser. En su primera encíclica, san Juan Pablo II escribió: “el profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio”. En este sentido Jesucristo es rey ofreciendo un camino nuevo de auténtica realización humana. Rey del universo porque es camino abierto para todos. Siguiendo esa conducta de Jesucristo, la Iglesia se hace cada día más ‘cristiana’, es signo creíble del Evangelio y realiza su misión. Según el Concilio, “no impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido”. En otras palabras, ser testigo fiel de Jesucristo rey del universo. Lógica del amor vs. lógica del poder. Nada tiene ver esta lógica del amor con la lógica del poder en que frecuentemente proceden los príncipes y gobernantes de este mundo que frecuentemente dominan y someten a los otros. El ejercicio del poder solo humaniza como mediación del amor. La ideología imperialista no solo infecta la relación entre los pueblos; todavía están sangrando las víctimas de guerras provocadas por esa ideología. También se da dentro de cada pueblo, en las familias e incluso dentro de la misma religión cristiana. En una oración litúrgica invocamos a Dios “que manifiesta su poder en la misericordia”. En el “credo” confesamos que Dios es Padre (Abba) antes de todopoderoso y creador. Esta novedad singular de la fe o experiencia cristiana, participación de la fe o experiencia de Jesús, Cristo rey, es la buena noticia de salvación para nuestro mundo roto por la injusticia y la fiebre posesiva. Reino de paz y justicia; reino de vida y verdad. Siglos antes de Jesucristo los profetas soñaron con un banquete preparado por Dios en el monte Sion para todos los pueblos. Jesús se refiere al reino de Dios o fraternidad sin discriminaciones en la parábola sobre un banquete nupcial en que todos, incluidos “cojos, ciegos y tullidos”, se sientan como hermanos en la misma mesa. Es la invitación que hoy el papa Francisco hace a todos en la encíclica “Fratelli tutti” y en el Sínodo de la sinodalidad. Celebrando la fiesta de Jesucristo rey del universo, se abre un camino para construir esa fraternidad universal. Una luz para toda la humanidad oprimida por violencias y guerras. También una llamada urgente para la misma Iglesia que cada día necesita nueva conversión a Jesucristo y reforma contante para ser totalmente Iglesia identificada con el reino de Dios. El juicio final. Según el evangelio hoy proclamado, habrá un juicio final donde la humanidad y la creación llegarán a esa fraternidad universal o reinado de Dios. Será la plena liberación realizada ya en la conducta de Jesucristo y que aún está en proceso dentro de nuestra historia. Se rectificará lo torcido y entraremos por fin de modo pleno en esa presencia de amor que nuestro corazón ansía. Celebremos de verdad en nuestra vida la fiesta de Jesucristo rey del universo. Sugerencias... El cristiano tiene que personalizar la fe, encarnarla en su propia vida, pero ha de personalizar y encarnar la fe de la Iglesia, tal como se nos presenta en el Credo, en los sacramentos, en los mandamientos y en el padrenuestro, como oración del creyente (el Papa Francisco en la catequesis del miércoles 19.11). No es correcto "fabricar" la propia fe, perdiéndose la unidad de los cristianos, unidad de fe y de costumbres. El reino y el reinado de Cristo, ya aquí en la historia, y luego en el ámbito de la eternidad, es algo objetivo, que no está a merced de lo que piense cada cual. Está claro que la eternidad no es un invento, una hija de la imaginación o de la creatividad humanas, tiene la objetividad austera, pero firme y segura, de la fe. El reino y reinado de Dios es también una realidad temporal e histórica. Dios reina en el cosmos, en cuanto éste ha sido creado al servicio de un designio divino en favor del hombre. Dios reina, de modo muy especial, en la Iglesia, aunque ciertamente no sólo en ella. Reina en los hombres, cuando en ellos reina la verdad, la justicia, la inocencia, la solidaridad, la santidad de vida... Es importante que nosotros, cristianos, reconozcamos, promovamos el reinado de Cristo en la humanidad, en la Iglesia, en el cosmos. Estamos todos invitados por el mismo Cristo a trabajar por extender y dilatar las fronteras internas (las existentes en el interior de cada hombre) y externas (la extensión espacial y temporal) del reino. Puede ser provechoso para los cristianos celebrar con gran solemnidad esta fiesta última del ciclo litúrgico: mediante una buena preparación para que la gente participe y viva la fiesta con más conciencia e intensidad de fe, mediante la memoria de tantos hombres y mujeres que murieron, por ejemplo en México, gritando: "¡Viva Cristo Rey!", mediante un mejor conocimiento de que el reino de Cristo es un reino de amor, de justicia y de paz.

lunes, 13 de noviembre de 2023

HOMILI Domingo trigésimotercero del TIEMPO ORDINARIO cA (19 de noviembre de 2023)

Primera: Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Salmo: Sal 127, 1-5; Segunda: 1 Tesalónica 5, 1-6; Evangelio: Mt 25, 14-30 Nexo entre las LECTURAS La liturgia nos invita a considerar que la vida es un talento, un don, que el Señor nos dio y que debemos hacer fructificar. Este domingo 33 del tiempo ordinario prepara de un modo inmediato la solemnidad de Cristo Rey del Universo. El día del Señor, nos dice Pablo en la carta a los Tesalonicenses, llegará como un ladrón, de modo inesperado y, por ello, debemos vigilar y vivir sabiamente para no ser sorprendidos (2L). El evangelio compara la vida humana a un don que Dios nos hace para que lo hagamos rendir. Al crearnos, Dios ha querido compartir con nosotros algo de sí mismo. Él desea que también su creatura se convierta en una "dispensadora de bien". Por eso, lo sensato en nuestras vidas es usarlas apropiadamente para producir frutos abundantes; lo sensato es negociar con los talentos recibidos; poner en juego todas las capacidades de la inteligencia y de la voluntad para producir aquellos frutos que Dios espera de nosotros. Así pues, cada uno con los dones recibidos debe ponerse al servicio de los demás, con la clara conciencia de que el Señor volverá y que deberemos rendir cuentas, no de nuestras intenciones, sino de las obras realizadas (Ev). El libro de los Proverbios nos muestra el ejemplo de una mujer que hace rendir su vida y cualidades. Es una mujer hacendosa, activa, laboriosa en la caridad, diligente en el obrar. No es remisa, vanidosa o egoísta. Su especial sensibilidad no la vuelve hacia sí misma, sino que trabaja con sus manos y extiende sus brazos a los necesitados. Quien encuentra una mujer así, encuentra un tesoro (1L) Temas... El Señor volverá. Es una verdad que proclamamos en el credo: el Señor volverá para juzgar a los vivos y a los muertos. Su venida, como lo afirma san Pablo, es cierta, más aún es inminente, pero nos sabemos el día, ni la hora. El catecismo de la Iglesia católica expresa muy bien esta verdad: "Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente, aun cuando a nosotros no nos toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad’ (Hch 1,7). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento, aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén ’retenidos’ en las manos de Dios." Catecismo de la Iglesia Católica No. 673 El día del Señor llegará de modo improviso, cuando todos se sientan seguros. Por eso, la actitud que corresponde al cristiano es la de la vigilancia. Así como el padre de familia vigila para que el ladrón no robe en la noche (Cf. Lc 12, 39), así el cristiano no se abandona al sueño negligente en esta vida. Es decir, no se abandona al descanso y a la pereza cuando tiene ante sus ojos muchas oportunidades de bien. A este hombre atento y vigilante se le pueden aplicar las palabras de la Escritura: yo dormía, pero mi corazón vigilaba. (Cantar de los cantares 5,2). En realidad la gran tentación de esta vida es pensar que todo se concluye aquí; pensar que las esperanzas son para aquí abajo y que, por lo tanto, lo más rentable es disfrutar cuanto sea posible de las posibilidades presentes dado que nada sabemos de la eternidad. La tentación de transformar la esperanza de los bienes celestiales en esperanzas terrenas es muy insidiosa en nuestro mundo secularizado. Dicha tentación consiste en considerar la estación presente como la única, como la definitiva y, en consecuencia, buscar de ella el máximo disfrute y placer, pues el futuro es incierto. Hemos de reaccionar firmemente ante tan grande error. El cristiano sabe que ha pasado de las tinieblas del pecado a la luz admirable de la gracia. Él ha sido iluminado y posee una viva conciencia de su quehacer en este mundo. Se sabe peregrino hacia la posesión eterna de Dios. Sabe que su paso por esta vida es breve, un punto en la eternidad; pero es un paso en el que debe dejar una huella de bien y de bondad. El tiempo se le hace corto para hacer todo el bien que quisiera hacer. Lejos de él el pasar sin ofrecer frutos de vida eterna. Como un centinela, no duerme, vela, observa, llama a rebato, convoca, es un obrero diligente, hace rendir las dotes recibidas. Es un centinela guiado por el amor y el amor desconoce la dilación, el retraso, la omisión. El amor es diligente y se muestra en las obras. El amor vigila y pone todos los medios para producir buenos frutos. El amor desea lo mejor para el amado y para los que vienen detrás. El Señor volverá. Habrá que grabar en el alma esta verdad porque ella es suficiente para dar un sentido trascendente a la vida. Ella nos ayudará a considerar todo el acontecer humano con la relatividad de quien mira y espera la eternidad de Dios. El Señor volverá: sacudamos la pereza de nuestras manos, limpiemos las salpicaduras de una mentalidad de mundo, sin esperanza sobrenatural, sin mirada de eternidad. Hemos de “negociar” (personal y sinodalmente) con los talentos recibidos de Dios. No importa si se han recibido muchos o pocos talentos, lo importante es que ninguno de ellos permanezca ocioso, sino que se ponga enteramente al servicio de Dios, de la Iglesia y de mis hermanos los hombres. Nadie es tan pobre que no tenga algo que dar a los demás, algo que ofrecer, algo con qué negociar. En este sentido rico, no es el que más tiene, sino el que más da, el que más ofrece lo que tiene como don para los demás. El enemigo que hay que vencer, por tanto, es la indolencia, la somnolencia, la omisión; esa especie de sueño que anestesia las mejores cualidades del corazón y nos derrumba en una vida estéril y temerosa. El enemigo que hay que vencer es el miedo que nos hace esconder el talento para no arriesgar un fracaso. El cristiano no puede acobardarse ante el mundo y ante la vida, porque su ejercicio es el amor; porque su vida ha pasado de las tinieblas a la luz; él es hijo de la luz y vive en el amor y el amor es donación, el amor es valentía, el amor es entrega sincera de sí sin límites. “Negociar” en esta vida puede significar: - Superar el egoísmo y el subjetivismo individualista que nos retrae a nuestro propio mundo y nos hace ver sólo por nuestros intereses. La persona se hace insensible ante el sufrimiento de los inocentes y del prójimo. La persona egoísta no es capaz de descubrir los avatares y las desgracias del mundo y los sufrimientos de la Iglesia. Su horizonte de interés y de generosidad se restringe. Nada más triste que vivir para sí. Nada más triste que tomar el talento que está destinado para dar frutos y enterrarlo en el propio egoísmo. El egoísta es infeliz en esta vida y pone en riesgo su salvación eterna: siervo malvado y perezoso, lo llama el Señor. - Practicar la abnegación de nuestras tendencias desordenadas. El hombre tiende al bien, pero al examinar su corazón descubre tendencias desordenadas que no pueden tener su origen en su creador. Si quiere poner sus dones y su vida al servicio de los demás, deberá poner orden en esas tendencias que lo obstaculizan, lo retrasan y desvían del camino. Debe aprender a renunciarse a sí mismo en sus gustos y placeres desordenados, debe aprender a negarse a sí mismo de acuerdo con la ascética cristiana. Palabras duras de entender para el hombre moderno y posmoderno, pero palabras ciertas que responden a la verdad sobre la vocación y la dignidad del ser humano. - Participar en la misión apostólica de la Iglesia. Por definición un cristiano es un apóstol. Es un hombre enviado (en salida) a dar frutos de vida eterna. Es una persona llamada por Cristo para tomar parte en los trabajos de la redención. Por tanto, es una persona que tiene una misión en la vida y que cuenta con un tiempo determinado para ponerla por obra. Decir que no se tiene tiempo para hacer apostolado y participar en la misión de la Iglesia, es lo mismo que decir que no se tiene tiempo para ser cristiano, puesto que el apostolado es esencial en la vida cristiana. Habrá, pues, que preguntarse si se posee esta conciencia apostólica; si se siente la corresponsabilidad en la tarea de la salvación de las almas. Habrá que preguntarse si se siente la urgencia de hacer poco o mucho, lo que está en la propia mano, para ayudar a esta humanidad dolorida que sufre tanto por la falta de Dios. Las posibilidades de bien son enormes, los talentos son múltiples. Sugerencias... 1. El cristiano vive sobriamente. El cristiano sabe que todos los bienes materiales de los que dispone en esta vida son sólo medios para alcanzar a Dios y para darle gloria. Sería insensato acumular bienes sabiendo que la polilla de este mundo y el paso del tiempo los corroe y que no valen para la eternidad. Quien acumula bienes terrenos, se apega a ellos y los convierte en un fin, se parece a aquel alpinista que junta enseres, vituallas y equipo de montaña, pero nunca se decide a emprender la ascensión. ¿Para qué sirve tanto equipo y material? ¡Qué grave error! Como si esos bienes fueran eternos, como si esos bienes pudiesen colmar las aspiraciones del corazón, como si al final de la vida no estuviese el encuentro definitivo con el Señor de nuestras vidas. Por eso, el cristiano usa de los bienes tanto cuanto le ayudan a dar gloria a Dios e ir al cielo. Aquí aparece el tema del desprendimiento de las cosas creadas, el tema de la caridad y de la generosidad para repartir los bienes con los necesitados; el tema de vivir sobriamente usando los bienes necesarios y practicando la benevolencia con los pobres. 2. El cristiano vive diligentemente. Uno de los más grandes talentos que hemos recibido y al cual, lamentablemente, damos poca importancia es el tiempo. El tiempo es un don hermoso de Dios. Con él vamos construyendo nuestra porción en la obra de la salvación. Con él colaboramos con Cristo en la redención de la humanidad. Sin embargo, con frecuencia usamos con descuido el tiempo. Parece que, en ocasiones, más que usar el tiempo, lo perdemos; dejamos que se nos escape entre las manos sin hacer nada constructivo, nada que sirva para las futuras generaciones, nada que lleve paz, consuelo y alegría a los demás. Pasa un día y otro, y vivimos sin dar trascendencia a nuestras vidas y sin hacer nada duradero, sin emplearnos a fondo en las cosas importantes. Corremos de aquí para allá para ajustar negocios, adquirir bienes, disfrutar de los placeres de esta vida, y nos olvidamos de atesorar bienes para el cielo. Descuido importante. El cristiano, por ello, se esfuerza por vivir diligentemente, haciendo todo el bien que esté en su mano hacer. La consigna, pues, para nuestro tiempo es la de trabajar con diligencia, aprovechar cada minuto para dar fruto de eternidad. Vivir con una sana militancia que, como san Pablo, me lleve a gastarme y desgastarme por el bien de mis hermanos. foto: Sitio dominicos

martes, 31 de octubre de 2023

HOMILIA TODOS LOS SANTOS, solemnidad. Miércoles (01de noviembre de 2023)

Primera: Apocalipsis 7, 2-4.9-14; Salmo: Sal 23, 1-6; Segunda: 1Juan 3, 1-3; Evangelio: Mateo 5, 1-12a Nexo entre las LECTURAS Todos los Santos, es una fiesta cristiana-católica, expresión de la esperanza verdadera: lo que Dios ha realizado en los santos esperamos lo realice en nosotros, confiados en su amor, y lo vivimos ya ahora: "Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos... seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es" (2. lectura). También el prefacio: "y alcancemos, como ellos, la corona de gloria que no se marchita" (prefacio I). Las lecturas (también el prefacio) anuncian la dicha (vestiduras blancas, palmas, cantos de alabanza; seremos semejantes a Dios y le veremos tal cual es; dichosos, el Reino de los Cielos...) por los caminos del seguimiento realista de Jesús ("vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero"; "el mundo no nos conoce"; a los dichosos...). Si nos llenamos el corazón de júbilo, no nos apartamos de la lucha, y si nos invitan a mirar hacia el final de nuestra aventura, no dejan de decirnos que "ahora somos hijos de Dios" y hemos sido marcados con el sello del Dios vivo. El camino de los hijos -que es el que desemboca en la gloria de la Jerusalén celestial- no es otro que el camino del Hijo: Él ha pasado por la gran tribulación, el mundo no lo ha conocido, ha sido perseguido y calumniado. "Nos ofreces el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión" (prefacio I). “Todos los Santos”: es una fiesta familiar: la de quienes han caminado con Jesús y ahora gozan con su dicha. Reconocemos en ellos a la Virgen María, san José, san Pedro, san Esteban, san Agustín, san Francisco, san Ignacio, san José Gabriel, san Zatti... Hombres y mujeres de carne y hueso como nosotros, que han recorrido esta tierra como nosotros. Es como una carrera de relevos, como una procesión inmensa, la cabeza de la cual ya ha "entrado", mientras nosotros vamos caminando y otros empiezan a salir o ‘esperan’ su turno: "para que, animados por su presencia alentadora, luchemos sin desfallecer en la carrera y alcancemos, como ellos, la corona que no se marchita". Temas... Sugerencias… (I) La visión de la Apocalipsis. a) Podemos meditar brevemente las características de la visión de los últimos tiempos que nos ofrece el apóstol. Juan presenta al Ángel venido de Oriente, lugar de donde llega la salvación, que, llevando el sello de Dios, grita con voz potente a otros cuatro ángeles para que no dañen la tierra. Se trata de dar tiempo para que todos los "siervos de nuestro Dios reciban el sello sobre su frente". En realidad, se trata de una visión teológica del tiempo presente (Mensaje de la Virgen en Fátima). Del tiempo de la espera de Dios, del tiempo del perdón, del tiempo en el que es necesario extender el Reino de Cristo hasta los confines de la tierra edificando un reino de Misericordia, la cultura de la misericordia; es el tiempo para poner sobre la frente de los siervos de Dios el sello que los distingue. Así, nuestro tiempo terreno es el tiempo para evangelizar, para anunciar la buena nueva, para bautizar, para llamar a todos a la convocación de nuestro Dios y Señor (E. Gaudium). La vida de cada uno de nosotros tiene un tiempo determinado y cada uno de los momentos de la misma tiene un valor específico. Cada momento me propone un rasgo concreto de mi donación–entrega. A través de esos momentos voy construyendo mi porción en la historia de la salvación. Así, el tiempo terreno revela todo su valor: es la preparación de la Liturgia Celeste, de los coros angélicos y de los santos que alaban al Señor día y noche. Recorramos, pues, el tiempo presente con la alegría de los tiempos futuros. b) Ciertamente el tiempo presente es considerado también como "la gran tribulación" (oración del Salve). Desde el inicio de su evangelio, el apóstol Juan nos presenta la venida del Hijo de Dios hecho hombre como el inicio de un combate decisivo entre las tinieblas y la luz (la luz brilla en las tinieblas). La vida terrena de Jesús es una vida de entrega a la voluntad del Padre para dar testimonio de la verdad. Él es una bandera de contradicción. Él será juzgado en los acontecimientos de la pasión por defender el amor y la verdad. Es la "gran tribulación". Sus discípulos no seguirán una senda diversa. También ellos serán juzgados y llevados a tribunales a causa del nombre de Jesús. Pero todos son purificados por la sangre del Cordero, la sangre de Cristo derramada en la cruz por nuestra redención (meditaciones de los EE de san Ignacio). Es muy instructivo contemplar las escenas del cielo que nos ofrecen pintores como el Giotto en la Capilla de los Scrovegni en Padua, o de Giusto de' Menabuoi, o del Beato Angélico o el cuadro de San Juan Bosco. En ellas se distinguen, en orden jerárquico, todas las esferas de los santos que alaban a Dios. En primer lugar, María Santísima, reina de los santos; luego los apóstoles, los mártires, los confesores etc. En todos ellos se descubre la alegría, danzan, cantan, se felicitan. Parece que tocan con sus manos la luz que emana del cielo. En sus rostros hay paz, alegría, serenidad. Muchos de ellos tienen instrumentos y parece que entonan himnos y cánticos inspirados (Cf. Ef 5,19). Ciertamente son pinturas, pero nos ayudan a penetrar con la fe esa realidad que supera todo lo que podemos esperar y que llamamos cielo, vida eterna, encuentro definitivo con Dios que es amor. El amor con el que nos ha amado el Padre. a) El amor con el que Dios nos ama es una de las constantes en el pensamiento de san Juan. El apóstol hace memoria frecuentemente de este amor, para que los cristianos sientan el deseo de corresponder a tan grande amor... Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. (1 Jn 4, 16). Se trata, pues, de considerar el amor con el que el Padre nos ha amado, de forma que nos ha llamado Hijos de Dios y los somos en realidad. Por ello, el Verbo se encarnó, para manifestar el amor del Padre. En un mundo transido/herido por conflictos sociales, políticos, económicos, hasta enfrentamientos por posiciones diferentes; un mundo en el que vemos sucederse genocidios y venganzas violentas; guerras atroces; un mundo que se inicia temeroso y superficial el tercer milenio por el riesgo del terrorismo y la ruina de la civilización y el avance de las tecnologías y las ciencias; en un mundo así marcado por lo que fue la pandemia y las cuarentenas; un mundo marcado por una agenda relativista y endiosada (2030), parece especialmente importante la predicación del amor del Padre; la predicación del triunfo del bien sobre el mal; la predicación de la necesidad de amar porque Dios nos ha amado y nos ha enviado a su Hijo en rescate de todos. En un mensaje mundial de la paz, el 1 de enero de 2002, el san Juan Pablo II nos decía: "Ante estos estados de ánimo, la Iglesia desea dar testimonio de su esperanza, fundada en la convicción de que el mal, el mysterium iniquitatis (misterio del mal), no tiene la última palabra en los avatares humanos. La historia de la salvación descrita en la Sagrada Escritura proyecta una gran luz sobre toda la historia del mundo, mostrando que está siempre acompañada por la solicitud diligente y misericordiosa de Dios, que conoce el modo de llegar a los corazones más endurecidos y sacar también buenos frutos de un terreno árido y estéril". b) Si nos preguntamos, pues, cuál es el camino de santidad que debe recorrer un cristiano, podemos responder: el camino de las bienaventuranzas. Allí encontramos como la "carta magna" del cristianismo. En las bienaventuranzas encontramos la respuesta a la pregunta ¿Cómo ser cristiano, discípulo–misionero? ¿Cómo serlo especialmente en este mundo tan conflictivo? El camino es de la pobreza de espíritu, de la mansedumbre, del sufrimiento tolerado por amor, el camino de la justicia y del perdón, el camino de la paz y concordia de corazones. ¡Qué tarea tan enorme y entusiasmante nos espera! ¡Que nada nos detenga en este camino de santidad, en este itinerario (peregrinación) del cielo! Ahora es el tiempo de la salvación, ahora es el tiempo del perdón, ahora es el tiempo de la evangelización, no dejemos nuestras manos estériles u ociosas ante tan grande y hermosa tarea… no dejemos que nos roben la esperanza (Papa Francisco). Temas… Sugerencias... (II) La doxología de una vida santa. "Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos": ésta es la doxología que resuena sin cesar en labios de los santos del cielo. Esta doxología la hemos de pronunciar aquí en la tierra, de manera particular, los cristianos mediante una vida santa. Una doxología con la que manifestamos nuestra felicidad y nuestro agradecimiento a Dios. Somos felices en medio del sufrimiento, y alabamos a Dios. Somos felices, aunque a los ojos de los hombres no nos vaya bien, porque intuimos en ello la sabiduría divina. Somos felices, viviendo en la pobreza y en la falta de poder, y agradecemos a Dios las muestras de su providencia sobre nosotros. Somos felices, por más que la enfermedad nos tenga postrados y hasta inutilizados, para que Dios sea glorificado en nuestra carne enferma y haga más patente el poder de su resurrección. Somos felices, porque estamos en paz con Dios y con nuestra conciencia, porque creemos en la victoria de la gracia sobre el pecado, porque buscamos únicamente la voluntad y la gloria de Dios. La falsa felicidad que vende el mundo al por mayor, pero que dura lo que la flor de un día, y que recibe nombres efímeros como diversión, pasatiempo, placer, alborozo, contento y otros semejantes, son sólo deseos de pasarla bien. La felicidad es la posesión y el amor de Dios, iniciado aquí en la tierra y que tendrá su culminación en el cielo. Esta doxología de una vida santa se puede cantar, aquí en la tierra, en cualquier parte: en la iglesia y en la casa, en la oficina y en el gimnasio, en la montaña y en la playa, en todas partes. Sólo hemos de tener en cuenta el consejo de san Agustín: "cantad con los labios, cantad con el corazón; cantad siempre, cantad bien". Comunión con los santos del cielo. La Iglesia, con la fiesta de todos los santos, celebra a todos los difuntos que ya gozan definitivamente y para siempre del amor a Dios y del amor a los hombres y entre sí. Tenemos la certeza, por otra parte, de que si vivimos en la gracia y amistad con Dios ya somos santos aquí en la tierra. Existe por tanto una comunión de los santos. Es decir, los santos del cielo están unidos a nosotros, se interesan por nosotros, iluminan nuestra vida con la suya, interceden por nosotros ante Dios. Todos podrían decir, como Teresa de Lisieux: "Me pasaré en el cielo haciendo el bien a la tierra". Yo quiero, sin embargo, referirme especialmente a la comunión de los santos de la tierra con los santos de cielo. Son nuestros hermanos mayores, que nos han precedido en la llegada a la meta y que anhelan que toda la familia vuelva a reunirse en la eternidad. Son las estrellas de nuestro firmamento que nos iluminan en la noche, no con luz propia, sino con la que han recibido del Sol Invicto, que es Cristo. Son modelos, por así decir caseros, que nos acercan de alguna manera una virtud o un aspecto de la plenitud de perfección y santidad que es Jesucristo. ¿No habrá que renovar y vitalizar nuestra comunión con los santos del cielo? Hoy es un buen día para hacerlo.

lunes, 30 de octubre de 2023

HOMILIA Domingo trigésimo primero del TIEMPO ORDINARIO cA (05 de noviembre de 2023)

Domingo trigésimo primero del TIEMPO ORDINARIO cA (05 de noviembre de 2023) Primera: Malaquías 1, 14b-2, 2b. 8-10; Salmo: Sal 130, 1-3; Segunda: 1Tesalónica 1, 5b; 2, 7b-9. 13; Evangelio: Mateo 23, 1-12 Nexo entre las LECTURAS ¿Cómo deben comportarse las autoridades del pueblo de Israel y del pueblo cristiano? A esta pregunta dan respuesta los textos litúrgicos. En el evangelio y en la primera lectura se nos advierte sobre el comportamiento que no deben tener: "ustedes (sacerdotes) no siguen mis caminos y hacen acepción de personas al aplicar la Ley" (Mal 2,9); "En la cátedra de Moisés se han sentado los maestros de la ley y los fariseos...No imiten su ejemplo, porque no hacen lo que dicen" (Mt 23,2-3). En la segunda lectura se presenta la figura de san Pablo como modelo de dirigente de la comunidad cristiana: "Nos comportamos condescendientes con ustedes, como una madre que alimenta y cuida a sus hijos" (1Tes 2,7). Temas... La autoridad existe en la comunidad cristiana, y es además necesaria. a) La existencia de la autoridad no se justifica, en la Iglesia de Cristo, por razones sociológicas o políticas, sin que haya que quitar importancia a estas razones, sino por revelación de Jesucristo resucitado: "Me ha sido dada autoridad plena sobre cielo y tierra. Vayan, pues, en camino, hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo" (Mt 28,18-19). El ejercicio de la autoridad cambia, de hecho, con los tiempos y lugares, pero el origen siempre será el mismo: Cristo. La jerarquía eclesiástica (Obispo de Roma, demás obispos, presbíteros, diáconos), que ejerce la autoridad en la Iglesia, no es un invento de los hombres ni encargo de los hombres, sino un designio providencial de Dios y hay que vivirla en comunión con Dios y con los demás. b) La autoridad es además necesaria para mantener y consolidar la unidad y la comunión de fe y de vida en todos los miembros de la Iglesia. Lo es también para obtener mayor eficacia en el ministerio de la predicación, en el del culto divino y en el de guía espiritual de los hermanos, evitando cualquier manipulación del mensaje y del culto cristianos. Es necesaria para hacer presente a Cristo en medio de la comunidad por los sacramentos, porque con san Agustín podemos decir: cuando el sacerdote bautiza, es Cristo quien bautiza, y así con los demás sacramentos de la Iglesia. El abuso de la autoridad. En la primera lectura se nos advierte sobre algunos abusos de los sacerdotes, encargados del culto en el templo; en el evangelio, sobre los de los fariseos, encargados de la educación y enseñanza del pueblo. ¿Cómo se podrían traducir hoy en día esos abusos señalados en la Escritura? He aquí, a modo de ejemplo, algunas traducciones: Sustituyen en la predicación, no raras veces, la Palabra de Dios por la psicología y la sociología; dan mal testimonio de vida a sus fieles; se muestran incoherentes entre lo que dicen y lo que luego hacen; son tal vez elitistas, trabajando con grupúsculos selectos, y dejando el resto a la deriva y sin atención religiosa; buscan la alabanza de los hombres y el ser tenidos por simpáticos e inteligentes, etc. La autoridad como servicio al hombre y al creyente. "El mayor de ustedes será el que sirva a los demás" (evangelio). Un servicio que nace del amor al prójimo, y un servicio que se ejercita desde el amor más sincero y auténtico. Por eso, es que amar y servir tienen que ir juntos y complementarse: ni amor sin servicio ni servicio sin amor. Las formas concretas del servicio de la autoridad, algunas ya están establecidas por la Iglesia, otras, Dios mismo nos las irá inspirando a lo largo de los días, con tal de que en nuestro corazón (especialmente en los sacerdotes) haya arraigado la actitud de donación y servicio Sugerencias... Sacerdocio, ministerio de servicio. Todos los textos de la liturgia de hoy se refieren a la posición del clero en el pueblo de Dios. En el evangelio se critica ante todo el ejemplo falso y pernicioso que dan los letrados y fariseos, que ciertamente enseñan la ley de Dios, pero no la cumplen, cargan sobre las espaldas de los hombres fardos pesados e insoportables, pero ellos no mueven un dedo para empujar, y su ambición y vanagloria les llevan a buscar los primeros puestos y los lugares de honor en todo tiempo y lugar. La Iglesia de Dios, por el contrario, es un pueblo de hermanos, una comunión en Dios, el único Padre y Señor, en Cristo, el único Maestro. Y cuando Jesús funda su Iglesia sobre Pedro y los demás apóstoles, y les confiere unos poderes (carisma) del todo extraordinarios, unos poderes que no todo el mundo tiene –como Jesús inculca constantemente y demuestra con su propio ejemplo (Lc 22,26-27)–, es para ponerlos al servicio de sus hermanos. El ministerio instituido por Cristo es por su más íntima esencia servicio, «servicio hasta el fin». Se puede decir que el clero es hoy más consciente de esto que en tiempos pretéritos (sin olvidar la brillante homilía de san Agustín), y que los reproches que se esgrimen contra él de servirse del ministerio para dominar proceden de un modelo nada cristiano. Pero también hoy hay algunos que acceden al ministerio sacerdotal con ansia de poder y codicia de mando, como los fariseos, como si el ministerio les garantizara una posición superior, privilegiada, algo que ciertamente no se corresponde ni con el evangelio ni con la conciencia de la mayoría del clero mostrada con gestos y palabras por el Papa Francisco (Intervención en el Sínodo). El verdadero sacerdote. Pablo nos da –en la segunda lectura– una imagen ideal del ministerio cristiano; el apóstol trata a la comunidad que le ha sido confiada con tanto cariño y delicadeza como una madre cuida al hijo de sus entrañas, y se comporta en ella no como un funcionario, sino de una manera personal: hace participar a los hermanos en su vida, como hizo Cristo. Además, no quiere ser gravoso para la comunidad, su servicio no debe ser una carga material para ella, y por eso trabaja. Y su mayor alegría consiste en que la gente le reconozca realmente como un servidor: en que comprendan su predicación como una pura transmisión de la Palabra de Dios, «cual es en verdad», y no como la palabra de un hombre, aunque sea un santo. Él no quiere conseguir una mayor influencia en la comunidad, sino que únicamente busca que la Palabra de Dios «permanezca operante en ustedes los creyentes». También él será objeto de calumnias: será acusado de ambición, de presunción etc. Pero sabe que tales cosas forman parte de su servicio sacerdotal. «Nos difaman y respondemos con buenos modos; se diría que somos basura del mundo, desecho de la humanidad» (1 Co 4,13).

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...