
De hecho, un pueblo que deja de saber cuál es su propia verdad, acaba perdido en los laberintos del tiempo y de la historia, privado de valores claramente definidos y sin grandes objetivos claramente enunciados.
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De hecho, un pueblo que deja de saber cuál es su propia verdad, acaba perdido en los laberintos del tiempo y de la historia, privado de valores claramente definidos y sin grandes objetivos claramente enunciados.
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La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad, que es la única garantía de libertad (cfr. Jn 8,32) y de la posibilidad de un desarrollo humano integral.
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La convivencia de la Iglesia, en su firme adhesión al carácter perenne de la verdad, con respeto por las otras “verdades”, o con la verdad de los demás, es un aprendizaje que la propia Iglesia está haciendo. En este respeto dialogante se pueden abrir nuevas puertas a la transmisión de la verdad.
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Constatada la diversidad cultural, es necesario hacer que las personas no solo acepten la existencia de la cultura del otro, sino que aspiren también a ser enriquecidos por ella y a ofrecerle todo lo que posee de bien, de verdadero y de bello.
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Queridos amigos, la Iglesia considera como misión prioritaria, en la cultura actual, tener despierta la búsqueda de la verdad y, en consecuencia, de Dios; llevar a las personas a mirar más allá de las cosas penúltimas y ponerse en búsqueda de las últimas.
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Hagan cosas bellas, pero sobre todo hagan que sus vidas sean lugares de belleza.
Benedicto XVI
A los representantes del mundo de la cultura en Portugal
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