viernes, 9 de febrero de 2018

HOMILIA Sexto Domingo del TIEMPO ORDINARIO cB (11 de febrero 2018)

Sexto Domingo del TIEMPO ORDINARIO cB (11 de febrero 2018)
PrimeraLevítico 13, 1-2.45-46; Salmo: Sal 31, 1-2. 5. 11; Segunda: 1Corintios 10, 31–11, 1;  Evangelio: Marcos 1, 40-45
Nexo entre las LECTURAS
En lo que llamamos ‘tiempo de Jesús’, y ahora, HAY marginación social y religiosa, como los leprosos. A esta marginación hace referencia la primera lectura de este Domingo. Jesucristo, sin respetar las normas existentes respecto a los marginados, toca al leproso, lo cura y lo reintegra a la sociedad y a la vida civil (Evangelio). San Pablo, siguiendo las huellas de Cristo, propone a los cristianos de Corinto evitar todo motivo de división y de marginación consiguiente, teniendo cuidado de no escandalizar a nadie y de hacerse todo a todos para gloria de Dios (segunda lectura). El Papa Francisco nos invita y alienta a imitar vivamente a Jesús en esta forma de vivir.
Temas...
La marginación es un fenómeno social que ha existido en las culturas más antiguas y continúa existiendo en las más modernas y actuales, es una de las consecuencias del pecado original. Los motivos de dicha marginación pueden recibir nombres diferentes: la raza, la nacionalidad, el estrato social, la religión, el nivel cultural, la enfermedad. La lepra para los antiguos, y hasta no hace mucho tiempo como lo evidencia la isla de Molokai, era un tabú, casi como que hoy lo puede ser, para muchos, el HIV-Sida. Las sociedades humanas se defienden de tales tabúes (las enfermedades contagiosas) mediante el aislamiento del enfermo y una serie de medidas que lo excluyen de la sociedad. Las medidas de que habla el libro del Levítico en la primera lectura, medidas que se aplicaban en la sociedad israelita, son: no tener acceso a los poblados, vestir de una determinada manera, cubrirse la barba, gritar ante la vista de otra persona: "(Inmundo, inmundo)". Son signos de luto, y es que realmente el leproso era considerado prácticamente como un muerto, un cadáver ambulante; la tradición judía lo llegaba a equiparar a un niño nacido muerto, y su curación equivalía a una resurrección. Si a esto se añade el nexo que en el mundo judío existía entre enfermedad y pecado, sobre la espalda del leproso cargaba un gravísimo delito por el que Dios le castigaba de esa manera. Los leprosos tenían prohibido, no sólo el entrar en Jerusalén, sino hasta el mismo acercarse a las murallas de la ciudad santa. La pesadilla social y religiosa de la lepra es decisiva para comprender el drama humano y espiritual del leproso del que nos habla el Evangelio.
Jesús no considera la enfermedad en abstracto, la ve en la carne, en el dolor y en la angustia del hombre (varón o mujer) que tiene delante. No teoriza sobre la lepra, a distancia. Tiene en frente, a sus pies, a un leproso, y en sus manos está el reintegrarlo a la vida social o el dejarle allí en su soledad y angustia. El comportamiento de Jesús en éste, tirado a sus pies, pone de relieve que la ley suprema del cristiano, a la que se han de someter todas las demás leyes, es el amor, la caridad hacia el necesitado, como hizo Francisco saliendo de su camino y visitando a los marginados, ayudando la mujer que se cayó en Chile o a la mujer que no podía ver en Perú y quería tocarlo. Jesús instaura un modo de actuar y comportarse nuevos, que rompe con la marginación del leproso, y lo conduce a la posesión de todos sus derechos civiles, y por tanto a la reintegración social y religiosa. En primer lugar, Jesús, al ver al leproso en su dolor, se compadece de él, con más precisión, "tiene entrañas de ternura" para con él, le trata con el afecto de una madre, en lugar de alejarlo, rechazarle y recriminarle el haberse acercado demasiado.En segundo lugar, extiende la mano, como Yahvé extendió la mano para liberar al pueblo en el paso del Mar Rojo, como se narra en varios textos del Éxodo. Extiende la mano, para señalar su poder divino, porque incluso en el mundo griego la divinidad se definía como "aquel cuya mano suaviza el dolor". Jesús extiende la mano sobre este leproso para liberarlo de sus cadenas de soledad, angustia, miseria, marginación, y para mostrar la bondad y la misericordia de Dios que actúa poderosamente en él. Más aún, Jesús lo toca y lo arranca del aislamiento total. Lo toca, y en lugar de ser contaminado por el enfermo, Él infunde en su carne su pureza, su salvación. Ahora, con su autoridad divina, grita a la súplica del enfermo: "Quiero, queda curado". La compasión, el amor maternal de Jesús, la misericordia del Padre que Él encarna, ponen en movimiento su poder eficaz sobre la enfermedad. Finalmente, lo envía al sacerdote (según la ley) para mostrar que no quiere ser tratado como un "curandero", y que ama y sabe cumplir la ley, aunque a veces parece que desobedece debido a un bien superior.
San Pablo invita a los corintios, y a todos nosotros, a ser imitadores suyos, como él lo es de Cristo. Imitar a Cristo es poner el amor por encima de la ley, es hacer de la caridad la ley suprema. Para Pablo no es el caso de la lepra, sino el no comer carne sacrificada a los dioses paganos y luego vendida en el mercado, cosa que podía ser ocasión de escándalo para algunos cristianos de Corinto, los así llamados "débiles". Esos débiles no pueden quedar marginados de la comunidad, dejados a un lado, sino que deben ser amados en Cristo como todos los demás cristianos. Hoy en día las circunstancias que causan el aislamiento o la marginación serán diferentes, lo importante es continuar aplicando el principio del amor por encima de todo, no por motivos pura o exclusivamente humanitarios, sino, según el decir y actuar de Pablo, para gloria de Dios.
Sugerencias...
Los campos de marginación hoy día existen y son muy numerosos: marginación de las minorías religiosas, culturales, raciales dentro de una nación o región; el aislamiento e incluso hostilidad hacia los extracomunitarios, obstaculizando su integración en el tejido social de una ciudad; la marginación de la vida que sufren tantas creaturas en el mismo seno materno (y más todavía cuando pretende mostrar como bueno matar a un niño indefenso -aborto-), o tantos ancianos olvidados y desamparados socialmente, o tantos enfermos terminales; la marginación económica de tantísimos millones de hombres sobre la tierra que viven bajo mínimos de dignidad humana y de subsistencia en todos los Continentes; la marginación de los gitanos, de los niños de la calle en tantas megalópolis, de los que a veces llamamos indígenas en tantas "reservas" creadas por los occidentales para que no se "extinga la especie" y sin oportunidades de elevación cultural y social; marginación de grupos o movimientos eclesiales dentro de una parroquia o una diócesis, por motivos no siempre legítimos; marginación de los minusválidos, de los incapaces, de los poco hábiles en medio de una sociedad gobernada por la competitividad y el lucro... Marginaciones laborales, políticas, vecinales… Como discípulos-misioneros -de Cristo- y siguiendo sus huellas, hemos de evangelizar (Civilización del Amor, decía el beato Pablo VI y está reunido el texto en el Himno ‘Un Nuevo Sol’) con valentía, AUDACIA Y CORAJE decía Bergoglio a los 30 años de la pascua de Mons. Angelelli, en todas estas realidades que tienen forma de marginación en nuestra sociedad. En esta marginación, aislamiento social, menosprecio en no pocas ocasiones, que Dios no quiere, porque todos los hombres somos sus hijos y todos los hombres somos hermanos, somos puestos como ‘otros cristos’. Ningún condicionamiento ideológico, político, educativo, social habrá de impedirnos el emplearnos a fondo en esta misión evangelizadora, como lo estamos haciendo en muchos lugares como Iglesia, mostrando en ello, verdadera heroicidad en la causa del hombre y del bien social de todos… entre otros tenemos como modelo a san José Gabriel del Rosario Brochero y beato Artémides Zatti.
Nuestra fe cristiana no nos encierra en un ‘grupito’, ni nos separa del hombre pecador, empantanado en la miseria física, espiritual o moral. Nuestra fe, siguiendo la Palabra de Dios en la liturgia de este Domingo, nos lleva a dejarnos acercar y a acercarnos al hombre necesitado, sumido quizá en estas soledades agobiantes. Como cristianos, hemos de acercarnos a todos para ganarlos a todos para Dios, para dar testimonio de que ser cristiano es también promover al hombre en todo su ser y dignidad. Nuestra fe nos induce además a no hacer distinción de personas a la hora de socorrer y prestar nuestro servicio de caridad: ninguna distinción ni a causa de la religión, de la lengua, del país, de la cultura... Jesús no distingue, respecto a los que se acercan a Él para ser ayudados, entre buenos y malos, ricos y pobres, nobles o gente del pueblo, encargado de la sinagoga, soldado o leproso. "Hace el bien mirando a Cristo en los demás", como dice santa Teresa de Calcuta. No cabe duda de que la Iglesia, los cristianos, a pesar de múltiples errores y fallos, somos llamados, en el pensamiento y en la acción, en la urgente tarea de configurar una sociedad más humanizada para todos, como dice el Papa Francisco en E. Gaudium y ahora invitándonos a vivir la Cuaresma que empezamos, con ayuno y abstinencia el próximo miércoles 14.
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lunes, 29 de enero de 2018

HOMILIA Quinto Domingo del TIEMPO ORDINARIO cB (04 de febrero 2018)

Quinto Domingo del TIEMPO ORDINARIO cB (04 de febrero 2018)
PrimeraJob 7, 1-4.6-7; Salmo: Sal 146, 1-2. 3-4. 5-6; Segunda: 1Corintios 9, 16-19.22-23;  Evangelio: Marcos 1, 29-39
Nexo entre las LECTURAS
Sufrimiento, enfermedad, debilidad son palabras que aparecen en las lecturas de la liturgia. Junto a ellas están también otras a modo de respuesta: curación, predicación, servicio. El Evangelio presenta una jornada típica del ministerio apostólico de Jesús: predica, cura, se retira a orar, parte a otros lugares para predicar y echar los demonios. Job en la primera lectura se lamenta: "noches de sufrimiento me han caído en suerte... Mi vida es un soplo y mis ojos no volverán a ver la dicha". Finalmente, Pablo se hace débil con los débiles para ganar a los débiles, se hace esclavo de todos para ganar a todos los que pueda (segunda lectura).
Nos puede ayudar considerar los ejemplos-testimonios de beato Artémides Zatti y del santo Cura Brochero… que a todos llevaban el consuelo de Dios y la medicina para el cuerpo.
Temas...
El sufrimiento. Job dice que la vida del hombre es como un servicio militar por lo que implica de lucha, dolor, sufrimiento y penalidades. Después de la herida del pecado original, en el inicio, centro y fin de la existencia humana está presente el dolor. Está el dolor de la fatiga diaria en el trabajo, y las pesadillas que acosan a los hombres desde la noche hasta el amanecer. Está la realidad de la enfermedad con todas sus variadas formas, y la angustia del morir, del ‘tener’ que morir, sintiendo ansias de eternidad. Está el sufrimiento físico con su rostro ‘fiero y perturbador’, y está el sufrimiento que llamamos del alma, que socava por dentro y va hundiendo en un abismo sin fondo. Está la renuncia obligada en razón de opciones superiores y hermosas, pero que al ser renuncia no deja de doler; y está la renuncia voluntaria por el bien de los demás, que lleva consigo también su carga de sufrimiento. Está sobre todo el dolor del pecado, ese dolor cuya huella queda en el alma, incluso cuando el pecado ya ha sido perdonado. ¡Inmenso dolor el de la humanidad! Conciencia de que el dolor y el sufrimiento durarán lo que dure el tiempo, por más que avance la medicina y la tecnología biomédica.
El misterio del dolor. El dolor es realidad en el exterior e interior mismo del hombre. El dolor es un misterio: algo que el hombre no logra entender, por más que posea una capacidad extraordinaria de inteligencia, algo incomprensible para todos. Es como que se impone y subyuga. Ni Job, ni la suegra de Pedro ni los "endemoniados" de que habla el evangelio querían sufrir o estar enfermos, eran más bien sujetos pasivos de una fuerza superior que se les imponía contra su querer. Misterio, también, porque nos remite a algo o Alguien superior y por encima y más allá de nosotros que entra en nuestra vida y con lo que tenemos que contar: la gracia de Dios. Misterio, finalmente, porque requiere de una "iniciación" de parte de un director espiritual, y no para entenderlo, sí para integrarlo en la propia vida… queremos la salud corporal, y lo mejor es lograr darle un sentido (al sufrimiento), ofrecerlo y dirigirlo para la gloria de Dios, para nuestro bien y en bien de la Iglesia y del mundo en comunión con Cristo, el Siervo Sufriente. Para nosotros, cristianos, el experto en el dolor es nuestro Señor Jesucristo. Sólo Él puede ‘iniciarnos (introducirnos)’ en la ciencia del dolor. Sólo Él puede predicarnos con autoridad el evangelio o buena nueva del sufrimiento. Y con Él, la Santísima Virgen María, que desde el inicio se la venera con el título del Perpetuo Socorro, Auxilio de los cristianos, María al pie de la Cruz y junto al Señor en la cuarta estación del Vía Crucis y Nuestra Señora de los Dolores… vayamos a ella, especialmente el próximo 11 de febrero, jornada mundial de los enfermos, instituida por su santidad san Juan Pablo II, en 1992. “A María, Madre de la ternura, queremos confiarle todos los enfermos en el cuerpo y en el espíritu, para que los sostenga en la esperanza. Le pedimos también que nos ayude a acoger a nuestros hermanos enfermos. La Iglesia sabe que necesita una gracia especial para estar a la altura de su servicio evangélico de atención a los enfermos. Por lo tanto, la oración a la Madre del Señor nos ve unidos en una súplica insistente, para que cada miembro de la Iglesia viva con amor la vocación al servicio de la vida y de la salud. La Virgen María interceda por esta XXVI Jornada Mundial del Enfermo, ayude a las personas enfermas a vivir su sufrimiento en comunión con el Señor Jesús y apoye a quienes cuidan de ellas. A todos, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, imparto de corazón la Bendición Apostólica (Papa Francisco, para el 11 de feb de 2018).
La propuesta cristiana. El Señor, por medio de la Liturgia, nos fortalece frente a la realidad del dolor y el misterio del sufrimiento y nos invita para un nuevo modo de vivir. Primero: nos enseña Job, que hemos de adoptar una postura, no de resignación, sino de búsqueda de sentido. Mucho más importante que buscar calmantes al sufrimiento, es buscar sentido. Una búsqueda que perdura la vida entera, porque el dolor nos acompaña hasta el fin. Segundo: los cristianos hemos de tratar de aliviar el dolor. El hallar sentido al dolor no es una comodidad para no suavizar y aliviar el sufrimiento de los hombres. Siendo el sufrimiento un mal, estrechamente enlazado con el pecado, hemos de combatirlo con decisión y eficacia. Jesús no se cruzó de brazos ante tantos enfermos, endemoniados, y gente atenazada por cualquier dolor. La actitud de servicio ante el sufrimiento, al estilo de Pablo que se hacía siervo de todos, es un imperativo exquisitamente cristiano. La enseñanza sobre el sentido del dolor, y el testimonio auténtico frente al propio sufrimiento, a la luz del misterio de Cristo, constituye una cumbre en la propuesta cristiana. Queridos hermanos y hermanas: La Iglesia debe servir siempre a los enfermos y a los que cuidan de ellos con renovado vigor, en fidelidad al mandato del Señor (cf. Lc 9,2-6; Mt 10,1-8; Mc 6,7-13), siguiendo el ejemplo muy elocuente de su Fundador y Maestro. (Mensaje del Papa Francisco).
Sugerencias...
¿Puede ser "bello" el dolor? Para algunas personas, hoy en día, el dolor es más horrible que la muerte, hasta el extremo de elegir la eutanasia o el suicidio como alternativa. Para los médicos, cuya profesión es combatir el dolor, y para quienes éste es su enemigo, debe ser difícil pensar en el lado bello del sufrimiento. HOY podríamos decir a los familiares de un moribundo o de un enfermo terminal, o de quien ha sufrido un atropello inhumano, que el dolor tiene también un rostro bello, resulta quizá insolente o al menos un despropósito. Con todo, el sufrimiento tiene una cierta "belleza" humana y cristiana. El dolor humaniza, dignifica al hombre que es digno en su humanidad por ser imagen y semejanza de Dios, lo hace más plenamente hombre, cuando se ofrece, acepta y se vive con nobleza de espíritu, aunque el cuerpo entero se retuerza y sufra las convulsiones más indecibles. Dignifica al que lo sufre, y dignifica por igual a sus seres queridos, cuando éstos lo soportan y viven con noble elegancia. Sobre todo, el dolor "cristianiza", es decir, nos asemeja al gran Maestro y artista del dolor que es Jesucristo. Su dolor es bello porque embellece a toda la humanidad, limpiándola de la lepra de pecado e infundiendo en el viejo cuerpo de una humanidad caída la hermosura de la pureza e inocencia.
Una pastoral del sufrimiento no puede prescindir de este rostro bello del dolor. ¿Cuáles son los modos y los momentos más apropiados para predicar la buena nueva, el rostro bello del sufrimiento?
Jesucristo fue médico de cuerpos y almas. El sacerdote y los discípulos misioneros tenemos que seguir las huellas de Cristo. Por vocación, hemos de estar siempre disponibles para aliviar, de las maneras mejores, los sufrimientos de los hombres. Acompañar al que sufre, consolarlo con las palabras o con la simple presencia, compartir una angustia o una pena muy honda, orar por quien sufre y hacer oración con él desde su condición sufriente... Escuchar al pecador en su angustia interior, decirle palabras sencillas pero veraces, auténticas, salidas del corazón, alentar al desanimado y deprimido, infundir serenidad a quien está perturbado y como devorado por el dolor... El discípulo misionero, como Cristo, médico amoroso y compasivo de cuerpos y de almas. Médico a tiempo completo, infatigable, entregado con totalidad a todos, como se nos presenta Jesucristo en el Evangelio de este Domingo. ¿Visito a los enfermos, a los ancianos? ¿Les llevo el consuelo de mi palabra, y sobre todo de los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía, rezar con ellos, leerles la Palabra de Dios? ¿Creo que es un elemento fundamental de mi ministerio el servicio a los enfermos del cuerpo y del espíritu? ¿Qué se puede hacer en mi parroquia, en mi comunidad religiosa, para dar un rostro "bello" al sufrimiento?

jueves, 11 de enero de 2018

HOMILIA Segundo domingo del TIEMPO ORDINARIO cB (14 de enero 2018)

Segundo domingo del TIEMPO ORDINARIO cB (14 de enero 2018)
Primera: 1Samuel 3, 3b-10. 19; Salmo: Sal 39, 2 y 4ab. 7-8. 9. 10; Segunda: 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20;  Evangelio: Juan 1, 35-42
Nexo entre las LECTURAS
En el centro de las lecturas está la llamada o vocación, así iniciamos el tiempo ordinario. Una llamada al seguimiento, es decir, a permanecer con Jesucristo, como los dos discípulos del Evangelio. Una llamada a la que hay que dar una respuesta generosa, como hizo Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha” (primera lectura). Una llamada que implica un desprendimiento, un no pertenecerse a sí mismo, sino a Dios y a su Espíritu; de ahí, la clara conciencia y exigencia de una vida pura, lejos de los desórdenes y de todo aquello que contravenga la pertenencia al Señor (segunda lectura). Una llamada a formar parte del ‘difícil y apasionado’ catecismo discipular de Jesús. PIDAMOS el auxilio de la gracia para responder con prontitud y fidelidad como nos lo muestra el Salmista: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
Temas...
La llamada. En el origen de la concepción cristiana de la vida está la realidad de una llamada. Dios que llama a la existencia, a la fe cristiana, a la vida laical, consagrada o sacerdotal, al encuentro feliz con Él en la eternidad. Esta llamada implica ya en sí la conciencia de que el hombre no es absolutamente autónomo. Depende de Alguien que pronuncia su nombre, le llama y lo ama. En el origen mismo de la existencia está el amor  misericordioso de Dios y el llamado de Dios… y el mismo desarrollo de la vida no será sino el de las llamadas divinas. Todo hombre, varón y mujer, es "llamado", y en la correcta respuesta a la llamada se juega su identidad, su realización personal, y su felicidad temporal y eterna.
Un lugar y un modo de llamar. Cada vocación es irrepetible en el tiempo, en el espacio y en el modo. No somos los hombres los que determinamos estas circunstancias, sino el mismo Dios que llama. Dios puede llamar a los niños (Samuel), jóvenes (san Juan) y mayores (san Pedro), sin que tengamos que buscar explicaciones que nos distraigan de lo esencial, que es: la llamada y la urgencia de la respuesta fiel: ¿por qué me llamaste tan temprano? o ¿por qué tan tarde? El lugar, la manera y el momento es Dios quien lo elige: En la escuela, en casa, en una salida con amigos, en una Iglesia, en un servicio a los necesitados, en un momento de distracción y diversión. Y te llama a amar y servir en esta vida y gozar de Él después de santa muerte.
Algunos aspectos del llamado. El primer paso de la llamada es la búsqueda que el mismo Dios siembra en el corazón del hombre. La inquietud, que entraña la búsqueda, surge espontánea en el hombre, pero es Dios quien la ha puesto, como paso previo de la vocación de especial consagración o servicio. Así la llamada divina aparece, a los ojos del hombre, como una desembocadura de su inquietud y de su búsqueda. A los dos discípulos que iban tras él, junto a la ribera del Jordán, Jesucristo les pregunta: ¿Qué buscan? No buscarían si Dios no hubiese puesto en ellos el deseo de buscar, pero la búsqueda misma es algo personal, intransferible; es ya una primera respuesta.
Dios no llama, al menos de modo ordinario, por vía directa, sino a través de las mediaciones humanas. Elí fue el mediador entre Dios y Samuel, Juan Bautista lo fue entre Jesús y los primeros discípulos. Para el cristiano, la Iglesia, que es el "lugar" de la salvación, es también el lugar de la "mediación"; es en ella y a través de ella que Dios continúa llamando a los hombres. Dios no está atado a una manera ni a mediaciones.
La respuesta afirmativa a la llamada de Dios incluye un dejar lo que se tiene para ir a lo nuevo, abandonar un lugar para ir a otro, cambiar la manera de vivir por una nueva. Es empezar a vivir, de manera evangélica, la pobreza, la castidad y la obediencia. En este proceso el hombre no se "enajena", no sufre una alienación de su personalidad. Al contrario, alcanza el máximo grado de identidad y de autorrealización al responder en plena conciencia y libertad a la voz divina. Así, los santos, son plenamente hombres (varones y mujeres) como expresa el Papa Francisco en Evangelii Gaudium y lo reafirma, de manera especial, en muchos de sus viajes.
Respuesta al llamado. Cuando alguien llama hay que dar una respuesta. Usando nuestras palabras, la respuesta puede ser: positiva, negativa, neutra e indiferente. Lo que no se puede hacer es dejar la llamada sin respuesta. Cuando Jesús llama a los dos discípulos, les dice: "Vengan y vean", éstos ¿qué hicieron? "Se fueron con Él, vieron dónde vivía y pasaron con Él aquel día". Y cuando Samuel se entera de que es Dios que le llama, no duda en responder: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. El hombre es libre para dar la respuesta.
Sugerencias...
Respuestas audaces (dice Aparecida). En nuestro mundo, ambiente, Dios continúa llamando a la vida, al servicio, al sacerdocio, a la vida consagrada… Hoy se constata un descenso muy notable en el número de respuestas ‘afirmativas’ y, consiguientemente, en el número de vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras, enfermeros y médicos cristianos, docentes y profesores, servidores públicos, gobernantes, políticos, empresarios, industriales, aunque en el último decenio la flexión descendente se ha detenido y parece que comienza de nuevo un movimiento ascendente en el número de vocaciones, ayudados por el servicio petrino de san Juan Pablo, Benedicto y Francisco. A veces parece que las vocaciones es cuestión de la que se deben interesar los "de la Iglesia" y para "cosas de la Iglesia", y por eso tarea de los encargados de la "pastoral vocacional". El ambiente en que crecen los jóvenes hoy en día requiere de respuestas audaces y contra corriente, pues frente a la cultura del "ya-todo-para mí" Dios nos llama al "amor y servicio de la entrega de la propia vida". Con la ayuda-oración de todos, la audacia de la respuesta será más sólida y convincente.
El Señor llama a pertenecerle y a estar con Él. Sin una espiritualidad consistente y bien fundada, el llamado cederá fácilmente a los reclamos del mundo y se derrumbará, como un castillo de naipes. Dios, pues, llama ante todo a vivir en el amor a Él, para con Él y desde Él abrir el alma y el corazón a todos. Dios nos llama también al ministerio de la salvación. El discípulo-misionero sirve al hombre, proponiéndole la salvación de Dios. Aquí está nuestra propuesta específica.
Nuestra Señora del SI, ruega por nosotros.
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miércoles, 3 de enero de 2018

HOMILIA EL BAUTISMO del SEÑOR. Ciclo B. (07 de enero de 2018)

EL BAUTISMO del SEÑOR. Ciclo B. (07 de enero de 2018)
Primera: Isaías 55, 1-11; Salmo: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Segunda: 1Juan 5, 1-9;  Evangelio: Marcos 1, 7-11

Nexo entre las LECTURAS
El tema que da unidad a los textos de hoy no es tanto el acto del bautismo como la unión entre agua y salvación. El agua es el símbolo de la gracia gratuitamente otorgada, purificante y refrescante a la vez. En el banquete de alianza entre Dios y los hombres, imaginado por Isaías, no puede faltar el agua, al lado de otras bebidas (primera lectura). San Juan en su primera carta nos dice que "Jesucristo vino con el agua y con la sangre" y que "tres son los que dan testimonio de Jesucristo: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo" (segunda lectura). En el evangelio, después de que Jesús, bautizado por Juan, salió del agua, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma. El agua es la realidad más presente en todos los textos, el agua con toda su riqueza simbólica y con los demás elementos que la acompañan y completan.
Temas...
El hombre, sediento de Dios. El hombre es un ser naturalmente sediento: sediento de gozo y felicidad, sediento de justicia y de paz, sediento de eternidad, sediento de Dios. "El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha de no cesar de buscar" (Catecismo 27). Esta sed de Dios solo Dios la puede apagar. Por eso, Dios, a través de Isaías, invita y exhorta a los hombres: "Vengan por agua todos los sedientos... presten atención, vengan a mí; escúchenme y vivirán" (primera lectura).
El agua y Jesús. El agua que apaga la sed del hombre es el agua del bautismo. Jesús, hombre perfecto, quiso sumergirse en las aguas de purificación, no por ser Él pecador, sino por cargar con el pecado del mundo. Al agua -sumergiéndose en el Jordán- Cristo, simbólicamente le dio el poder para purificar por el Bautismo, por eso se sumerge el Cirio -en la pila bautismal- en la Liturgia de la Vigilia Pascual. Así la sed de santidad que todo hombre tiene comienza a satisfacerse con el agua del bautismo y busca saciarse con el agua del Espíritu                 -Confirmación- (cfr Jn 7, 38), a través de una existencia espiritual, es decir, guiada y promovida por el Espíritu de Dios.
El agua y la sangre. ¿Basta el agua para apagar la sed? En la existencia cristiana, se muestra que no y se añade la sangre. La sangre que, junto con el agua, brotó del costado de Cristo (Jn. 19, 34). Del costado de Cristo, atravesado por una lanza, manaron, nos dirán los Padres de la Iglesia, dos sacramentos: el Bautismo y la Eucaristía. Ellos forman, junto con la Confirmación, los sacramentos de la iniciación cristiana. Ahora ya no sólo el hombre tiene sed de Dios, sino que tiene sed del Dios revelado en Jesucristo, "imagen perfecta de su ser" (Heb 1,3). "Beban todos de ella (la copa), porque ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados" (Mt 26, 28).
El agua, la sangre y el Espíritu. "Los tres están de acuerdo" (segunda lectura). ¿En qué consiste este acuerdo?: en revelar el amor de Dios que se nos ha hecho visible en Cristo Jesús. En efecto, el agua (bautismo de Jesús) y la sangre (crucifixión de Jesús) manifiestan que la humanidad de Jesús es una humanidad verdadera, contra toda idealización platónica o toda manipulación gnóstica. El Espíritu, por su parte, que viene del Cielo, revela que ese Jesús, enteramente hombre, es el Hijo en que Dios tiene todas sus complacencias. ¿En qué consiste este acuerdo?: consiste además en que el Espíritu es quien da eficacia al agua para purificar del pecado y a la sangre para saciar la sed de redención. "El Misterio de salvación se hace presente en la Iglesia por el poder del Espíritu Santo" (Catecismo 1111) y "la misión del Espíritu Santo es hacer presente y actualizar la obra salvífica de Cristo con su poder transformador" (Catecismo 1112).
Sugerencias...
La espiritualidad bautismal. Por el bautismo, el cristiano se ha revestido de Cristo, imagen y prototipo del hombre nuevo, creado a imagen de Dios, y tiene delante de sí la tarea de hacerlo crecer hasta la plena madurez interior. La verdadera novedad abarca a todo el hombre, pero radica especialmente en el corazón, un corazón nuevo capaz de conocer, amar y servir a Dios con espíritu filial, y de amar a los hombres y a las cosas de Dios. Esta es la tarea inaplazable, fundamental y permanente de toda vida cristiana, en todo estado, en toda época y situación. A partir de este nuevo modo de ser, vivido conscientemente por acción del Espíritu Santo, el hombre nuevo imprime a su vida un dinamismo interior orientado a desarrollar los rasgos de su conducta religiosa y moral, en conformidad con su modelo “Jesucristo”, y mediante la purificación incesante de sus pasiones desordenadas: sensualidad, soberbia, banalidad, deseo de bienes superfluos y conversaciones estériles que hacen daño al hombre y perjudican la humanidad (Papa Francisco, 01 de ene 2018).
La edificación, día tras día, de este hombre nuevo es la misión del cristiano y del apostolado en la Iglesia. De aquí que sea necesario meditar asiduamente en la riqueza y hondura del don del bautismo y del compromiso que conlleva, una meditación individual y comunitaria. Porque "todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo y madura en la Confirmación, ya que nos hace capaces de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo y servirlo; nos concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo; nos permite crecer en el bien mediante las virtudes morales" (cfr Catecismo 1266). ¿Tenemos los cristianos suficiente conciencia de la espiritualidad bautismal? ¿Cómo deberíamos vivir para hacer crecer esta espiritualidad en cada uno y en los demás?

 Puede ayudar también...

- En el evangelio de hoy se describe el bautismo del Señor: el cielo se rasga tras su participación obediente en el bautismo con agua al final de la Antigua Alianza, el Espíritu desciende sobre el bautizado y el Padre declara que Jesús es su Hijo amado, su preferido, arquetipo de todos los cristianos que recibirán después el bautismo: todos ellos recibirán el Espíritu de lo alto y nacerán a una nueva vida como hijos de Dios. El agua terrenal no se convertirá por ello en algo superfluo, sino que quedará integrado en el acontecimiento trinitario del bautismo de Jesús. Lo que hasta ahora era un símbolo, se convertirá en lo sucesivo en parte de un sacramento, e incluso en una parte indispensable para todo el que quiera «nacer del agua y el Espíritu» (Jn 3,5) para participar en la vida divina. Esto es así porque el Hijo hecho hombre se sumerge en la historia de la salvación e integra los antiguos signos de esta historia -como la travesía salvífica del arca de Noé por en medio del agua del diluvio (1 P 3,2Os), el paso de los israelitas a través del Mar Rojo (1 Co 10,1-2) y finalmente el bautismo de Juan- en el nuevo acontecimiento salvífico de la Trinidad divina.
- En la primera lectura el agua se convierte anticipadamente en imagen de la gracia dispensada desde lo alto, sin la que tanto la tierra como el corazón sediento del hombre se quedarían resecos. «¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también!». Todo lo que se compra con dinero «no alimenta» ni «da hartura». Con Dios no hay trueque que valga, simplemente hay que aceptar sus dones, que se comparan a la «lluvia» que baja del cielo y sin la que nada germina ni da pan sobre la tierra (v. 10). Sólo lo que ha sido impregnado por Dios es capaz de restituir a Dios, en la lluvia enviada por Él, el fruto deseado: en la palabra de Dios podemos hablarle, en su Espíritu podemos renacer para Él.
- Pero… la segunda lectura no se conforma con «Espíritu y agua», sino que necesita como tercer elemento la sangre, esa sangre que junto con el agua fluye del costado traspasado de Cristo. Jesús, que en el bautismo es reconocido por el Padre como su Hijo amado y preferido, es también el elegido para la cruz, el que tendrá que cumplir en ella toda la voluntad del Dios trinitario. Ahora los «tres: El Espíritu, el agua y la sangre» se han convertido en un único «testimonio de su Hijo». Todo bautizado tiene que comprender que debe su filiación divina a esta unidad de agua y sangre de Cristo; el que entra en la vida de Cristo con el bautismo, tendrá que acompañarle de alguna manera hasta el final, para dar testimonio «junto con el Espíritu» (Jn 15,26-27) de la fe en Cristo.

HOMILIA Solemnidad de la EPIFANÍA del SEÑOR. (6 de enero de 2018)



Nexo entre las LECTURAS
La luz de Cristo brilla de modo singular en los textos de la Epifanía. El tercer Isaías canta, bajo el símbolo de la luz, el triunfo y la centralidad de Jerusalén en el concierto de las naciones (primera lectura). La luz de Jerusalén es profecía, mira hacia una persona que será la luz de las naciones y la gloria de Israel (cf. Lc 2, 32). El evangelio nos narra la historia de unos "magos" que llegaron a Jerusalén porque habían visto en oriente la estrella del rey de los judíos y venían a adorarlo (evangelio). Y san Pablo en la carta a los efesios afirma que el misterio de Cristo ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas (segunda lectura); misterio de Cristo que consiste en ser luz y gloria de la humanidad.
Temas...
Cristo, luz universal. Es una verdad de nuestra fe que "Uno ha muerto por todos" y "que nadie más que Él puede salvarnos" (Hch 4,12). Este misterio salvífico de la muerte de Cristo (de su vida y de su resurrección) ilumina con su resplandor a la humanidad en su totalidad, sin exclusión alguna. Dice bellamente el catecismo: "La llegada de los magos a Jerusalén para 'rendir homenaje al rey de los judíos' (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David (cf Núm 24, 17; Ap 22, 16), al que será el rey de las naciones (cf Núm 24, 17-19)" (Catecismo 528). Los Padres del Concilio Vaticano II comenzaron la Constitución dogmática sobre la Iglesia con estas palabras: "Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo (...) desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas" (LG 1). Esta verdad forma parte del patrimonio perenne de la Iglesia y fundamenta su razón misma de ser en el mundo.
Cristo, misterio de Dios. La universalidad salvífica de Cristo no consta en los anales de la historia humana ni es deducible mediante estudios historiográficos profundos ni resulta del esfuerzo de penetración de una mente extraordinaria y sin igual. San Pablo, que tuvo que enfrentarse en primera persona con esta realidad y luego defenderla frente a los adversarios, quedó convencido íntimamente -y así nos lo dejó escrito- que está de por medio "un misterio", el cuál consiste en que todos los pueblos comparten la misma herencia, son miembros de un mismo cuerpo y participan de la misma promesa hecha por Cristo Jesús a través del evangelio (cfr.: Ef 3, 6). Un misterio de Dios y lo por tanto sólo Dios puede revelar y en el modo previsto por su providencia. A los magos el misterio se les reveló por medio de una estrella; a Pablo mediante la visión y experiencia de Cristo en el camino hacia Damasco. A nosotros, cada día en la oración y en la caridad y en la Misa Dominical.
A este Niño, Luz universal envuelta en el misterio de Dios, sentido y plenitud de la humana existencia (así fue para los magos, así fue para Pablo, así debe ser para todo hombre), debemos adorarlo y ofrecerle nuestros regalos, como hicieron los magos; tenemos que consagrarle nuestra vida, como hizo Pablo de Tarso. Sumisión y ofrecimiento, obediencia a la voluntad divina y donación es la manera de vivir del discípulo-misionero que acoge, con amor y gozo, el misterio de Cristo.
Sugerencias...
Cristiano, adora a Dios. Existe en el hombre una tendencia innata a "adorar", es decir, a someterse sumisamente a alguien o a algo que da razón de su existir. En la Biblia, especialmente en el Antiguo Testamento, se mencionan con frecuencia a los ídolos y se previene contra ellos. "No te harás ídolos... No te postrarás ante ellos ni les darás culto" (Dt 5, 8-9). "Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, tienen boca y no hablan... son como dioses que no pueden salvar". Esos ídolos pueden ser realidades materiales que con su poder encandilan la mirada del hombre y atraen su corazón, ídolos realmente numerosos y potentes; pueden ser también personas que, con su gracia y encanto, seducen y enajenan los pensamientos y el corazón de los hombres; el ídolo puedo ser yo para mí (mismo), haciendo del yo un sujeto adorante y adorado en un narcisismo inmaduro y cegador. Frente a los ídolos, el cristiano oye la voz de la Iglesia y de la conciencia que le dice: "Adora a Dios", el único Dios verdadero, el Dios vivo y fuente de vida. Sólo Él merece adoración, obediencia, entrega. Sólo Él te respeta sin avasallarte, sólo Él te libera de cualquier ídolo dentro o fuera de ti. Como enseña el catecismo: "La adoración del único Dios libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo" (Catecismo 2097).
Cristo y las religiones. Los magos del oriente no vinieron a Belén a convertirse a una nueva religión, sino a adorar al Rey de los judíos. Nada sabemos históricamente de ellos, después de este encuentro con el Niño Jesús, sino que "se fueron por otro camino". El hecho es que simbolizan las grandes religiones del oriente que adoran a Jesucristo, reconociendo en Él una "persona" importante capaz de hacer girar el eje de la historia, pero no necesariamente al Hijo de Dios. La figura de los magos no ha cesado de prolongarse en los siglos venideros del cristianismo, y hoy incluye a todos los no cristianos que buscan, en el claroscuro de sus creencias religiosas (san Juan de la Cruz), al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo. La actitud de dialogo (diálogo doctrinal, pero también ético y espiritual) con los no cristianos responde al designio de Dios, y es cada vez más apremiante no sólo en Oriente sino también en Occidente, dada la intensa emigración y el fenómeno de la movilidad humana y el llamado de Dios a todos (Papa Francisco). Este diálogo será fructuoso si el cristiano está firmemente asentado en su fe y busca con sinceridad discernir las "semillas del Verbo".




Puede ayudar…
- El evangelio describe la llegada de los astrólogos paganos que han visto salir la estrella de la salvación y la han seguido. Dios les ha dirigido una palabra mediante una estrella insólita en medio de sus constelaciones habituales; y esta palabra les ha sobresaltado y les ha hecho aguzar el oído, mientras que Israel, acostumbrado a la palabra de Dios, ha cerrado sus oídos a las palabras de la revelación: no quiere que nada turbe el curso habitual de sus dinastías (lo mismo suele ocurrir en la Iglesia, cuando se siente molesta por el mensaje inesperado de un santo y o del Magisterio). La pregunta “ingenua” de estos extranjeros: «¿Dónde está el Rey que ha nacido?», provoca desazón e incluso susto. La consecuencia será, en el caso de Herodes, un plan criminal secreta y arteramente urdido; pero los Magos, guiados por la estrella, consiguen su meta: rinden homenaje al Niño y, conducidos por la providencia divina, evitan a Herodes, volviendo a su tierra por otro camino. El acontecimiento es claramente simbólico: anuncia y preludia la elección de los paganos; más de una vez, Jesús encontrará en ellos una fe más grande que en Israel. A menudo son los conversos (raramente deseados) los que abren caminos nuevos y fecundos a la Iglesia (cfr. Hch 9, 26-3O).
- Isaías (en la primera lectura) exhorta a Jerusalén a brillar, ahora que no quiere reconocer a su salvador, «porque llega tu luz». Jerusalén no tiene luz en sí misma, aunque ella crea que la tiene: debe ver a los pueblos y a los reyes venir con sus tesoros, pero no a ella, sino a su luz. Sólo a esta luz podrá reunirse de nuevo a sí misma y salir de su fatal diáspora, pero no cerrándose ya a los pueblos que le traen «los tesoros del mar» desde los países más remotos, sino únicamente uniéndose con ellos. La multitud que así se congregará será un nuevo pueblo, el «Israel de Dios», y por este motivo Israel debería estar radiante de alegría y «ensanchar su corazón». Ahora vienen todos de Sabá, pero no como cuando la reina de Sabá vino a Jerusalén para ver la sabiduría de Salomón; ahora se trata realmente de un pueblo de Dios elegido entre todos los pueblos de la tierra y representado por los primeros en venir: unos Magos que han seguido la luz y han rendido homenaje y adorado al Niño.
- En el fondo Israel tendría que haber presentido algo del «Mysterium» que ahora se revela a Pablo (en la segunda lectura): que el viejo Israel va a abrirse a todos los pueblos, que éstos son también «partícipes de la promesa en Jesucristo» y «coherederos» junto con Israel. Pero, a pesar del anuncio hecho por Dios a Abrahán, de que los pueblos serían bendecidos en Él, Israel no ha comprendido la promesa e incluso ha rechazado «al rey de los judíos que acaba de nacer»; únicamente por el «Espíritu Santo» se reveló a los «apóstoles» y a los «profetas» del Nuevo Testamento que la antigua promesa hecha a Abrahán y la alianza de Noé -más antigua todavía- con la creación se ha cumplido en este recién nacido. Sólo la Iglesia de Cristo ve la estrella que de Él sale y cómo su epifanía brilla sobre el mundo entero.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

HOMILIA SANTA MARÍA, MADRE de DIOS. Solemnidad. (01 de enero 2018)



SANTA MARÍA, MADRE de DIOS. Solemnidad. (01 de enero 2018)
Primera: Números 6, 22-27; Salmo: Sal 66, 2-3. 5-6. 8; Segunda: Gálatas 4,4-7; Evangeli
o: Lc 2, 16-21
Nexo entre las LECTURAS
La "MUJER" es el centro de atención de la Liturgia. Particularmente la mujer como madre. Y esa mujer y esa madre es María. San Pablo en su carta a los gálatas dice de Jesucristo: “nacido de mujer, nacido bajo la ley” (segunda lectura), para indicarnos que como hombre-Dios necesariamente ha tenido que tener una madre. La bendición litúrgica de la primera lectura parece que fue escrita dirigida a María madre: “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor te muestre su rostro y te dé la paz”. Aunque también podemos decir que esa bendición es el deseo para el año 2018, en la realidad de sus horas, días, semanas y meses: ‘que el Señor te bendiga... año del Señor 2018’.
Tengamos presente el mensaje del Papa con ocasión de la 51 Jornada mundial de la paz. El lema es: Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz. Las palabras de san Juan Pablo II nos alientan: «Si son muchos los que comparten el “sueño” de un mundo en paz, y si se valora la aportación de los migrantes y los refugiados, la humanidad puede transformarse cada vez más en familia de todos, y nuestra tierra verdaderamente en “casa común”». A lo largo de la historia, muchos han creído en este «sueño» y los que lo han realizado dan testimonio de que no se trata de una utopía irrealizable.
Temas...
Mujer y Madre de Dios. “Nacido de mujer” es Jesús. Mujer, con toda su feminidad, es María, la nueva Eva, origen y espejo de toda mujer redimida. Jesús es el Verbo de Dios, y María es la Madre de Dios, la Mujer. Dios, en su inmensa sabiduría, ha querido vivir la experiencia de tener una madre, de mirarse en la ternura de sus ojos, de acunarse en sus brazos y de ser estrechado en su regazo. Para ser Madre de Dios, María no tuvo que renunciar o dejar al margen nada de su feminidad, al contrario, la tuvo que realizar en nobleza y plenitud, santificada como fue por la acción del Espíritu Santo. Al nacer de una mujer Dios ha enaltecido y llevado a perfección "el genio femenino" (San Juan Pablo II) y la dignidad de la mujer y de la madre. La Iglesia, al celebrar el uno de enero la maternidad divina de María reconoce gozosa que María es también madre suya, que a lo largo de los días y los meses del año engendra nuevos hijos para Dios.
Además, como dijo el Papa Francisco en la Nochebuena de 2017: En los pasos de José y María se esconden tantos pasos. Vemos las huellas de familias enteras que hoy se ven obligadas a marchar. Vemos las huellas de millones de personas que no eligen irse, sino que son obligados a separarse de los suyos, que son expulsados de su tierra. En muchos de los casos esa marcha está cargada de esperanza, cargada de futuro; en muchos otros, esa marcha tiene solo un nombre: sobrevivencia. Sobrevivir a los Herodes de turno que para imponer su poder y acrecentar sus riquezas no tienen ningún problema en cobrar sangre inocente. María y José, los que no tenían lugar, son los primeros en abrazar a aquel que viene a darnos carta de ciudadanía a todos. Aquel que en su pobreza y pequeñez denuncia y manifiesta que el verdadero poder y la auténtica libertad es la que cubre y socorre la fragilidad del más débil.
Madre, bendición y memoria. En el designio de Dios, como a María, se puede decir a toda mujer-madre: "Bendito el fruto de tu vientre". Una bendición primeramente para la misma mujer y bendición para el matrimonio, en el que el hijo favorece la unidad, la entrega, la felicidad. Bendición para la Iglesia, que ve acrecentar el número de sus hijos y la familia de Dios. Bendición para la sociedad, que se verá enriquecida con la aportación de nuevos ciudadanos al servicio del bien común.
La maternidad es también memoria. "María hacía 'memoria' de todas esas cosas en su corazón" (evangelio). Memoria no tanto de sí misma, cuanto del Hijo, sobre todo de los primeros años de su vida en que dependía humanamente de ella. Memoria que agradece a Dios el don inapreciable del Hijo y toda madre de sus hijos. Memoria que reflexiona y medita las mil y variadas maneras de crecer y vivir que tienen los hijos. Memoria que hace sufrir y llorar, que consuela, alegra y enternece. Memoria serena y luminosa, que recupera retazos significativos del pasado para bendecir a Dios y cantar, como María, un "magníficat".
Sugerencias...
Hace pocos días hemos adorado la presencia del Verbo encarnado en el humilde pesebre de Belén. Ahora la Iglesia nos invita a dirigir la mirada llena de asombro a la otra persona magnífica del pesebre que es la Madre de Jesús, Dios hecho carne.
La Madre nos acompaña siempre hacia su Hijo y nunca nos aleja de Él (a Cristo por María). El Concilio Ecuménico Vaticano II lo ha dicho con estas palabras: “Todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo” (Lumen Gentium, n. 60). La Madre de Dios, con su pureza virginal, representa y defiende también la pureza de la doctrina cristiana. En el Breviario y en la “forma extraordinaria” (o rito antiguo) del Misal se encuentra la hermosa antífona mariana «Alégrate, Virgen María, tú sola has destruido todas las herejías del mundo entero».
Los primeros dogmas, que se refieren a la virginidad perpetua y a la maternidad divina, y también los últimos (Inmaculada Concepción y Asunción corporal al Cielo), son la base segura para la fe cristiana en la encarnación del Hijo de Dios. Pero también la fe en el Dios vivo, que puede intervenir en el mundo y en la materia, así como la fe en las realidades últimas (resurrección de la carne y, en consecuencia, la transfiguración del mismo mundo material) está confesada implícitamente en el reconocimiento de los dogmas marianos.
No es posible ser cristiano si no se es fuertemente mariano. En este día la Iglesia reza especialmente por la paz. Y es justamente a la siempre Virgen Madre de Dios a quienes se dirigen los fieles para obtener del Señor, a través de su intercesión, el don de la paz, para la Iglesia y para el mundo.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.

Misa de La SAGRADA FAMILIA. Fiesta. cB (31 de diciembre 2017)




Primera: Génesis 15, 1-6; 17, 5; 21, 1-3; Salmo: Sal 104, 1b-6. 8-9; Segunda: Hebreos 11, 8. 11-12. 17-19; Evangelio: Lucas 2, 22-40
Nexo entre las LECTURAS
Podemos rezar, como tema central de este Domingo, la fe y la familia. La primera lectura trata de la fe de Abraham, una fe inquebrantable, probada. Esta misma fe es objeto de la segunda lectura en la que el autor de la carta a los Hebreos nos hace una verdadera ponderación de los grandes hombres de fe en la historia de la salvación. Finalmente, el evangelio resalta la fe de la Virgen María, al escuchar las palabras que Simeón dirige a su niño: ‘gloria de Israel y luz de las naciones’, y a ella: “Una espada te atravesará el alma”.
Temas...
Fe en el Dios de la promesa, de la prueba y del cumplimiento. “Por la fe Abraham (…) se fió del que se lo había prometido” (Heb 11, 8.11). Dios promete a Abraham tierra y descendencia, y Abraham, fiado de Dios, no duda un instante en dejar su patria y en esperar lo humanamente imposible (primera lectura). María y José contemplan a Simeón que tiene en sus manos a su hijito, el Niño Dios, y dice de Él cosas maravillosas y sorprendentes. Pero María es mujer de fe, es la madre de los creyentes, y no admite la más mínima duda sobre el destino y la misión grandiosa de su Hijo, en ese momento ‘Niño pequeño y necesitado’: gloria de Israel y luz de las naciones. Comprendemos en el caso de Abraham y de la Virgen María que “no hay imposible para Dios” y que ‘todo es posible para el que tiene fe’. Las promesas de Dios no han terminado con aquellas familias. Las promesas de Dios continúan, son presente: la gran promesa de la salvación, la promesa de unos cielos nuevos y una tierra nueva en donde reine la justicia... Nosotros, creyentes, ¿tenemos fe en las promesas de Dios? Así como Dios cumplió la promesa hecha a Abraham y a María, así cumplirá su promesa a los hombres y familias de todos los tiempos.
Dios no ahorra a ningún creyente las pruebas de la fe: La cruz forma parte de la misma ‘lógica’ divina. Una fe no probada, ¿sería fe? Fue probado Abraham, el padre de los creyentes; fueron probados los patriarcas, y Moisés y David, y los profetas...Y fue probada, al llegar la plenitud de los tiempos, la Virgen María. ‘Será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón’. Nuestra fe es probada por Dios como Educador y Padre que quiere afirmar y perfeccionar nuestro abandono total a Él mismo. Ante las pruebas de la fe, la actitud del hombre debe ser la de Abraham, la de María, la de san Pedro, ‘que una vez convertido tiene que confirmar en la fe a sus hermanos’. Podemos hacer mención de la ceguera y lepra del Cura Brochero y de la afonía de san Juan Pablo II…
La familia de la fe. Así como cada familia de sangre puede mostrar su árbol genealógico, existe también la familia de la fe, con su árbol genealógico y con su historia concreta. Tal vez no podamos determinar documentalmente ese árbol ni esa historia, pero existe, es un dato que no se puede cancelar, por más que nos sea desconocido, y lo muestra el autor de la carta a los Hebreos, que  hace desfilar por el capítulo 11 grandes figuras de ese árbol genealógico en la historia de Israel. Cada Iglesia particular y doméstica tiene también su árbol genealógico. Recordemos por ejemplo las primeras: Jerusalén, Antioquía, Galacia, Corinto, Roma. Cada nación y cada Iglesia particular (diócesis) y doméstica, hoy en día se gloría también de su ‘padre en la fe’. La fiesta de la Sagrada Familia hace referencia en primer lugar a cada familia de sangre, pero incluye además esa otra familia de la fe, pues María, la creyente, es Madre de la Iglesia, y José es su patrono especial (León XIII). Podríamos hablar de los anteriores Párrocos de nuestras parroquias, de los matrimonios de antes que pueden ser puestos como modelos de los nuevos… catequistas… religiosas, religiosos… hablemos-recemos de la genealogía de la fe de la Comunidad y de cada uno de nosotros.
Sugerencias...
Los padres en la fe. Los padres de sangre dan la vida, pero no basta; tienen que dar también la fe para ser verdaderamente padres (san Juan Pablo II). La primera escuela de la fe, desde los inicios del cristianismo, ha sido la familia y deberá continuar siéndolo. La familia por la evangelización y la catequesis debe ser escuela de fe. Los padres y los adultos deben ocuparse de la educación religiosa de sus hijos, al menos hasta la mayoría de edad y rezar siempre, por ellos, hasta el fin de sus días para que conserven la fe. En una familia en la que los padres creen, pero no hay coherencia entre la vida y la fe ofrecen un mal modelo creyente a sus hijos. Para los padres cristianos el transmitir la fe no es algo opcional, ni algo que pueden transferir a los maestros del colegio o a los catequistas de la parroquia, ni algo carente de interés frente al estudio de otras materias llamadas o consideradas más importantes. Para los padres cristianos transmitir la fe es inherente al hecho mismo de transmitir la vida. Si todos los padres cristianos transmitieran a sus hijos, de palabra y con el ejemplo, la fe de la Iglesia, algo cambiaría en este mundo... (Beato Pablo VI y san Juan Pablo II).
La Iglesia es familia. Los hombres podemos formarnos imágenes diversas de la Iglesia, que subrayan aspectos reales de ella o secuelas históricas: la Iglesia-institución, la Iglesia-poder, la Iglesia-carisma, la Iglesia-sociedad perfecta, la Iglesia-pueblo... En este día dedicado a la Sagrada Familia es una valiosa oportunidad para subrayar que la Iglesia es familia: familia de Dios entre los hombres, familia de hermanos que se aman y se ayudan mutuamente en su fe y en su vida cristiana, familia herida en su unidad, pero que la busca sincera y ardientemente, familia que tiene una misma fe, un mismo bautismo, un mismo Dios y Padre, un mismo Señor y un mismo Espíritu. Si, somos Iglesia somos familia, por eso vivamos todos, con nuestros comportamientos, actitudes, pensamientos y palabras, el espíritu de familia.

viernes, 22 de diciembre de 2017

HOMILIA MISA DE NAVIDAD

Misa de NAVIDAD (Lunes 25 de diciembre 2017)
Primera: Isaías 52, 7-10; Salmo: Sal 97, 1-6; SegundaHebreos 1,1-6;  Evangelio: Juan 1, 1-18
Nexo entre las LECTURAS
Las lecturas del día de Navidad se centran todas ellas en el "misterio". Se trata primeramente de un misterio escondido en la eternidad de Dios (evangelio), preanunciado y prefigurado por medio de los profetas a lo largo de siglos (primera y segunda lectura), revelado en la "carne" del Verbo (evangelio), testimoniado por Juan el Bautista y por todos los que aceptaron a Jesús, al venir a este mundo (evangelio).
Temas...
Misterio escondido y revelado. “Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios” (Jn). En el ámbito misterioso de lo eterno es la Palabra junto al Padre y al Espíritu. Una Palabra pronunciada, Engendrado no creado, por el Padre de una vez para siempre. Una Palabra sin palabras, Única, definitiva, completa. El Padre, rico en misericordia, quiso que su Palabra comenzara a resonar en la historia y en la vida de los hombres, “muchas veces y de diversos modos por medio de los profetas” (Heb), “mensajeros que anuncian la paz, que traen la buena nueva y proclaman la salvación” y “centinelas que ven con sus propios ojos que el Señor vuelve a Sión” (Isaías). De este modo, al resonar en labios proféticos, la Palabra se hizo múltiple, la Palabra, de alguna manera por Dios querido, vino a ser parcial y limitada, la Palabra definitiva se hizo provisoria. ¡Gran misterio de la Palabra, misterio que culminará en la Encarnación en el seno de María Santísima! ¡Qué abismo de misterio nos revela este acontecimiento imprevisible, inefable, infinitamente gratuito, aunque esperado y ardientemente deseado por la humanidad entera!
Misterio testimoniado y que pide respuesta. “Juan dio testimonio de él”. “La luz resplandece en las tinieblas y las tinieblas no la sofocaron”, la recibieron (cfr. Evangelio). Es el testimonio de quienes han visto y han oído. ¿Qué cosa? O mejor, ¿a quién? Han “visto” y “oído” la Palabra en la carne y en los labios de Jesús de Nazaret. El Espíritu les ha hecho “ver” y “oír” la Buena Nueva, el Evangelio traído del cielo y que conduce al cielo. ¿Qué Evangelio? Jesús es la Luz que con su venida al mundo ilumina a todo hombre; Jesús es la Vida por la que nacemos de Dios y llegamos a ser hijos de Dios; Jesús es la Gracia y la Verdad, que estando en el seno del Padre nos puede revelar y explicar el misterio del Padre (cfr. Evangelio). Jesús es el resplandor de la gloria del Padre e imagen perfecta de su ser (segunda lectura), es decir, plenamente igual al Padre en su ser, en su poder y en su amor.
Este Jesús, que nos llega mediante el testimonio de Juan el Bautista y de los apóstoles y primeros cristianos, interpela a cada uno para que acepte su misterio personal y sea su testigo entre los demás. Ante el misterio de Jesús, hay quienes lo rechazan y quienes lo aceptan, quienes se ponen a su servicio y quienes se desinteresan de Él. La Navidad es magnífica ocasión para que el hombre examine su actitud ante el Niño Dios: ¿Acogida y testimonio, o rechazo e indiferencia?
Sugerencias...
Mensajeros y centinelas. Desde los inicios de la historia de la salvación ha habido mensajeros y centinelas de Dios para anunciar el designio de Dios y proteger a los hombres, especialmente al pueblo de Israel y a la Iglesia, como nuevo Israel, de sus enemigos. Mensajeros para anunciar y proclamar las maravillas de Dios para con los hombres, para con su pueblo. Centinelas para avizorar el horizonte de la historia, prever los movimientos culturales, religiosos, ideológicos, políticos y sociales que van a afectar la vida de los hombres y de los cristianos. Podemos reflexionar: Jesucristo es "la clave, el centro y el fin de toda historia humana" (CIC 450) –Navidad, Pascua, Glorificación–, y por consiguiente de las culturas, religiones, ideologías, política y sociedad. Cada uno estamos llamados a ser mensajero y centinela (discípulo-misionero): mensajero que proclama con su vida y su palabra la conversión y la salvación en Jesucristo, porque en Cristo tenemos vida y vida abundante (Aparecida); centinela que advierte al hombre de las cosas buenas que aportan los movimientos históricos y que le previene y defiende de los peligros que los mismos encierran (Evangelii Gaudium). Al rezar, este 25, podemos preguntarnos –como hizo el Papa en Roma–: ¿eres mensajero y centinela para con los que entran en contacto contigo?, ¿eres mensajero y centinela en tu familia, barrio?, ¿eres mensajero y centinela con los niños, alumnos, jóvenes o adultos, con quienes compartes la vida cotidiana?
Aquí-hoy-ahora. El misterio escondido, revelado y testimoniado se celebra y actualiza "hoy–aquí". Es decir, en el lugar en que un sacerdote y una comunidad cristiana se reúnen para celebrar la Navidad. Aquí quiere decir Roma, Ámsterdam, Tokio, La Paz o Buenos Aires. Aquí quiere decir en tu parroquia, en tu comunidad religiosa, en el movimiento o grupo eclesial al que perteneces. El misterio además se celebra y actualiza " hoy–aquí ": esta Navidad de 2017. Esta Navidad, en la que no han cesado las guerras y hasta aumenta la persecución religiosa (Papa Francisco), en la que algún niño morirá o simplemente no participará del Banquete de la Vida, pues en muchos lugares no habrá Misa –recemos por el aumento de las Vocaciones–. Además, muchos hombres y mujeres si unirán sus manos en oración y sus vidas en la acción para orar y trabajar por la paz, para arrancar de la humanidad los males que la afligen, muchos celebrarán la Misa y comulgaran en gracia. El misterio finalmente se celebra y actualiza "ahora": en este momento de nuestra vida, de nuestra experiencia religiosa, de la madurez humana y cristiana, de la situación familiar y profesional. En este momento de la vida nuestra, Dios viene para transformar y ayudar en la carne de un Niño. El "aquíhoyahora" de la Navidad es un despertador y un impulso para nuestra vida cristiana.

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...