martes, 4 de diciembre de 2018

HOMILIA Segundo Domingo de ADVIENTO cC (09 de diciembre 2018)

Segundo Domingo de ADVIENTO cC (09 de diciembre 2018) Primera: Baruc 5, 1-9; Salmo: Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6; Segunda: Filipenses 1, 4-11; Evangelio: Lucas 3, 1-6 Nexo entre las LECTURAS En este Domingo (segundo de Adviento) el centro -nexo- es en torno a la Palabra que nos convoca a la “conversión”. Misteriosamente la PALABRA vuelve a nacer en Nochebuena y Navidad, y se nos pide que la vayamos interiorizando en nuestra vida. San Lucas nos dice que la Palabra de Dios fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto (evangelio). El profeta Baruc contempla a los hijos de Jerusalén que vivían en el destierro "convocados desde oriente a occidente por la Palabra del Santo y disfrutando del recuerdo de Dios" (primera lectura). San Pablo muestra su alegría a los filipenses por la colaboración que han prestado al Evangelio, desde el primer día hasta hoy, es decir, a la Palabra de Dios convertida en Buena Nueva para los hombres (segunda lectura). Temas... 1. «Quítate tu ropa de duelo y de aflicción, Jerusalén, vístete para siempre con el esplendor de la gloria de Dios, cúbrete con el manto de la justicia de Dios, … . Porque Dios mostrará tu resplandor… porque Dios se acordó de ellos. Ellos salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve… porque Dios conducirá a Israel en la alegría, a la luz de su gloria, acompañándolo con su misericordia y su justicia» (Bar 5, 1-2, 9). Con lenguaje poético el profeta Baruc invita a Jerusalén, desolada y desierta por el destierro de sus hijos, a la alegría porque se acerca el día de la salvación y su pueblo volverá a ella conducido por Dios mismo. Jerusalén es figura de la iglesia. También la iglesia sufre por tantos hijos suyos alejados y dispersos, doloridos y sufrientes y también ella es invitada en el Adviento a renovar la esperanza confiando en el Salvador que en cada Navidad renueva místicamente su venida para conducirla a la salvación con todo su pueblo. El pecado aleja a los hombres de Dios y de la iglesia; el camino del retorno es preparado por Dios mismo con la Encarnación de su Unigénito. Y todo el nuevo pueblo de Dios le sale al encuentro en el Adviento. 2. Los profetas habían hablado de un camino que había que trazar en el desierto para facilitar la vuelta de los desterrados. Pero cuando el Bautista reanuda la predicación de aquéllos y se presenta a las orillas del Jordán como «… voz grita en desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos» (Lc 3, 4), ya no llama a construir sendas materiales, sino a disponer los corazones para recibir al Mesías, que había ya venido y que estaba para empezar su misión. Por eso Juan iba «anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (ib 4). Convertirse quiere decir purificarse del pecado, enderezar las torceduras del corazón y de la mente, colmar los derrumbes de la inconstancia y del capricho, derribar las pretensiones del orgullo, vencer las resistencias del egoísmo, destruir las asperezas en las relaciones con el prójimo, en una palabra, hacer de la propia vida un camino “recto” que vaya a Dios sin tortuosidades ni engaños… darse vuelta para Dios y practicar las obras de misericordia. Un programa, éste, que no se agota en solo el Adviento, pero que en cada Adviento debe ser actuado de un modo nuevo y más profundo para disponerse a la venida del Salvador. De esta manera «… todos los hombres verán la Salvación de Dios» (ib 6). 3. La conversión personal lleva consigo también el compromiso de trabajar por el bien de los hermanos y de la comunidad. Esta es la reflexión que brota de la segunda lectura. San Pablo se congratula con los Filipenses por su generosa contribución a la difusión del Evangelio y ruega para que su caridad crezca y se haga más iluminada, haciéndolos «puros e irreprensibles para el día de Cristo y llenos de frutos de justicia» (Fp 1, 10-11). En este pasaje paulino domina una perspectiva escatológica, en sintonía con el espíritu del Adviento, y constituye una nueva llamada a acelerar la conversión propia y de los demás, que deberá llevarse a término para «el día de Cristo Jesús» (ib 6). Pero es necesario recordar que nuestra salvación y la de los demás es obra más de Dios que del hombre. Este debe colaborar con seriedad, pero es Dios quien toma la iniciativa de obra tan grande y quien debe llevarla a cabo (ib). Sólo con la ayuda de la gracia puede el hombre aparecer «lleno de frutos de justicia» en el último día, porque la justicia, o sea, la santidad se consigue «solo por Jesucristo» (ib 11), abriéndose con humildad y confianza a su acción salvadora. Sugerencias... Con san Pablo, la Iglesia nos presenta un buen programa: llevar adelante la obra iniciada, seguir creciendo más y más en sensibilidad cristiana, apreciando los valores verdaderos, para que el día del Señor (¿la Navidad?, ¿el momento de nuestra muerte?, ¿el final de la historia?, ¿cada día porque siempre podemos encontrarnos con Dios?) nos encuentre limpios, irreprochables, cargados de frutos de misericordia, de justicia, de caridad. El Adviento y la Navidad no nos pueden dejar igual. Algo tiene que cambiar en nuestra vida personal y comunitaria. En ‘algo’ se tiene que notar que estamos madurando y creciendo en esos valores cristianos, en la práctica de las virtudes, en la obediencia a los mandamientos. Esto no es exclusivo de este tiempo sino que es el llamado de siempre del Señor en la Eucaristía, que con su doble mesa -de la Palabra y el Cuerpo y Sangre del Señor-, nos quiere ayudar a conseguir, ser santos como el Señor es santo. María, nuestra Señora del Adviento, ruega por nosotros.

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta Lunes 3 de diciembre de 2018

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta Lunes 3 de diciembre de 2018 El Adviento, que comenzó ayer, es un tiempo tridimensional, por así decir, un tiempo para purificar el espíritu, para hacer crecer la fe con esa purificación. Estamos tan acostumbrados a la fe que a veces olvidamos su vivacidad y, muchas veces, quizá el Señor, al ver alguna de nuestras comunidades, podría decir, como en el Evangelio de hoy (Mt 8,5-11): “yo os digo que en esta parroquia, en este barrio, en esta diócesis, no sé, no he encontrado a nadie con una fe tan grande”. Son palabras que a veces el Señor puede decirnos, no porque seamos malos, sino porque estamos acostumbrados y con la rutina perdemos la fuerza de la fe, la novedad de la fe que siempre se renueva. El Adviento es precisamente para renovar la fe, para purificar la fe y que sea más libre, más auténtica. He dicho que es tridimensional porque el Adviento es un tiempo de memoria, purificar la memoria. Se trata de purificar la memoria del pasado, la memoria de lo que pasó el día de Navidad: ¿qué significa encontrarnos con Jesús recién nacido? Una pregunta para hacerse a uno mismo, porque la vida nos lleva a considerar la Navidad como una fiesta: nos encontramos en familia, vamos a misa, pero, ¿te acuerdas bien de qué pasó aquel día? ¿Tu memoria está clara? El Adviento purifica la memoria del pasado, de lo que pasó aquel día: nació el Señor, nació el Redentor que vino a salvarnos. Sí, hay fiesta, pero siempre tenemos el peligro o la tentación de mundanizar la Navidad. Y eso pasa cuando la fiesta ya no es contemplación, una bonita fiesta de familia con Jesús en el centro, sino que empieza a ser una fiesta mundana: compras, regalos, esto y lo otro, y el Señor se queda allá solo, olvidado. Todo eso pasa también en nuestra vida: sí, nació en Belén, pero nos arriesgamos a perder la memoria. Y el Adviento es el tiempo propicio para purificar la memoria de aquel tiempo pasado, de aquella dimensión. El Adviento tiene también otra dimensión: purificar la espera, purificar la esperanza, porque aquel Señor que vino, volverá. Y volverá a preguntarnos: ¿cómo ha ido tu vida? Será un encuentro personal: ese encuentro personal con el Señor, hoy, lo tendremos en la Eucaristía, pero no podemos tener un encuentro así, personal, con la Navidad de hace dos mil años, aunque sí tenemos la memoria de aquel momento. Pero, cuando Él vuelva tendremos un encuentro personal. Eso es purificar la esperanza: ¿adónde vamos, adónde nos lleva el camino? Pues, no sé, ¿has oído que ha muerto? ¡Pobrecillo! Recemos por él. Ha muerto, sí, pero mañana moriré yo, y encontraré al Señor, en ese encuentro personal, y también volverá el Señor después, para hacer cuentas con el mundo. Así pues purificar la memoria de lo que pasó en Belén, purificar la esperanza, purificar el fin. Porque no somos animales que mueren; cada uno encontrará cara a cara el Señor: cara a cara. Y es oportuno preguntarse: ¿Tú lo piensas? ¿Qué dirás? El Adviento sirve para pensar en ese momento, en el encuentro definitivo con el Señor. Esta es la segunda dimensión. La tercera dimensión es más diaria: purificar la vigilancia. Además, vigilancia y oración son dos palabras para el Adviento, porque el Señor vino en la historia en Belén, y vendrá, al final del mundo y también al final de la vida de cada uno. Pero el Señor viene cada día, cada momento, a nuestro corazón, con la inspiración del Espíritu Santo. Y así es bueno preguntarse: ¿Yo escucho, sé lo que pasa en mi corazón cada día? ¿O soy una persona que busca novedades, con la expectativa de los atenienses que iban a la plaza cuando llegó Pablo: ¿qué novedades hay hoy? Es vivir siempre de las novedades, no de la novedad. Purificar esa espera es transformar las novedades en sorpresa, nuestro Dios es el Dios de las sorpresas: nos sorprende siempre. ¿Has terminado la jornada de hoy? —Sí, estoy cansado, he trabajado mucho y he tenido este problema y ahora veo un poco la tele y luego me acuesto. —Y tú, ¿no sabes qué ha pasado en tu corazón hoy? Que el Señor nos purifique en esta tercera dimensión de cada día: ¿qué sucede en mi corazón? ¿Ha venido el Señor? ¿Me ha dado alguna inspiración? ¿Me ha reprochado algo? En el fondo, se trata de cuidar nuestra casa interior; y el Adviento es también un poco para eso. De aquí la importancia de vivir en plenitud las tres dimensiones del Adviento. Purificar la memoria para recordar que no nació un árbol de Navidad, no: ¡nació Jesucristo! El árbol es una bonita señal, pero nació Jesucristo, es un misterio. Purificar el futuro: un día me encontraré cara a cara con Jesucristo: ¿qué le diré? ¿Le hablaré mal de los demás? Y la tercera dimensión: hoy. ¿Qué pasa hoy en mi corazón cuando el Señor viene y llama a la puerta? Es el encuentro de todos los días con el Señor. Pidamos que el Señor nos dé esta gracia de la purificación del pasado, del futuro y del presente para encontrar siempre la memoria, la esperanza y el encuentro diario con Jesucristo.

lunes, 3 de diciembre de 2018

martes, 27 de noviembre de 2018

Homilía del papa Francisco en Santa Marta

Homilía del papa Francisco en Santa Marta GENTILEZA DE : Almudi.org Homilía del Papa Francisco en Santa Marta Martes 27 de noviembre de 2018 En esta última semana del año litúrgico la Iglesia nos hace reflexionar sobre el final de nuestra vida, y es una gracia porque en general no nos gusta pensar en eso, y siempre lo dejamos para mañana. En la primera lectura (Ap 14,14-19), san Juan habla del fin del mundo con la figura de la siega, con Cristo y un ángel armados con hoces. «Yo, Juan, miré y apareció una nube blanca; y sentado sobre la nube alguien como un Hijo de hombre, que tenía en la cabeza una corona de oro y en su mano una hoz afilada. Salió otro ángel del santuario clamando con gran voz al que estaba sentado sobre la nube: mete tu hoz y siega; ha llegado la hora de la siega, pues ya está seca la mies de la tierra». Cuando llegue nuestra hora, deberemos mostrar la calidad de nuestro grano, la calidad de nuestra vida. Quizá alguno diga: “No sea tan tétrico, que esas cosas no nos gustan…”, pero es la verdad. Es la siega, donde cada uno se encontrará con el Señor. Será un encuentro y cada uno dirá al Señor: “Esta es mi vida. Este es mi grano. Esta es mi calidad de vida. ¿Me he equivocado?” –todos tendremos que decir esto, porque todos nos equivocamos–; “he hecho cosas buenas” –todos hacemos cosas buenas–, y enseñar al Señor el grano. ¿Qué diré si el Señor me llamase hoy? “Ah, no me di cuenta, estaba distraído…”. No sabemos ni el día ni la hora. “Pero padre, no hable así que yo soy joven”. Pues mira cuántos jóvenes se van, cuántos jóvenes son llamados… Nadie tiene la vida asegurada. En cambio, es seguro que todos tendremos un final. ¿Cuándo? Solo Dios lo sabe. Nos vendrá bien en esta semana pensar en el final. Si el Señor me llamase hoy, ¿qué haría? ¿Qué le diría? ¿Qué grano le mostraré? El pensamiento del fin nos ayuda a seguir adelante; no es un pensamiento estático: es un pensamiento que avanza porque es llevado adelante por la virtud, por la esperanza. Sí, habrá un final, pero ese final será un encuentro: un encuentro con el Señor. Es verdad, será un dar cuentas de lo que he hecho, pero también será un encuentro de misericordia, de alegría, de felicidad. Pensar en el final, en el final de la creación, en el final de nuestra vida, es sabiduría; ¡los sabios lo hacen! Así pues, la Iglesia esta semana nos invita a preguntarnos: “¿Cómo será mi final? ¿Cómo me gustaría que el Señor me encontrase cuando me llame?”. Debo hacer un examen de conciencia y valorar qué cosas debería corregir, porque no van bien; y qué cosas debería apoyar y llevar adelante, porque son buenas. Cada uno tiene tantas cosas buenas. Y en ese pensamiento no estamos solos: está el Espíritu Santo que nos ayuda. Esta semana pidamos al Espíritu Santo la sabiduría del tiempo, la sabiduría del final, la sabiduría de la resurrección, la sabiduría del encuentro eterno con Jesús; que nos haga entender esa sabiduría que está en nuestra fe. Será un día de alegría el encuentro con Jesús. Recemos para que el Señor nos prepare. Y cada uno, esta semana, acabe la semana pensando en el final: “Yo acabaré. No permaneceré eternamente. ¿Cómo me gustaría acabar?”.

lunes, 26 de noviembre de 2018

HOMILIA DE HOY DEL PAPA FRANCISCO

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta Lunes 26 de noviembre de 2018 Muchas veces en el Evangelio Jesús hace el contraste entre ricos y pobres, basta pensar en el rico Epulón y en Lázaro o en el joven rico. Un contraste que hace decir al Señor: “Es muy difícil que un rico entre en el reino de los cielos”. Alguno puede etiquetar a Cristo como “comunista”, pero el Señor, cuando decía esas cosas, sabía que detrás de las riquezas está siempre el mal espíritu: el señor del mundo”. Por eso dijo una vez: “No se puede servir a dos señor: servir a Dios y servir a las riquezas”. También en el texto del Evangelio de hoy (Lc 21,1-4) hay un contraste entre los ricos que echaban sus ofrendas en el tesoro y una viuda pobre que echaba dos moneditas. Esos ricos son diferentes al rico Epulón: no son malos. Parece ser gente buena que va al Templo y hace la ofrenda. Se trata, pues, de un contraste diferente. El Señor quiere decirnos otra cosa cuando afirma que la viuda ha echado más que todos porque ha dado todo lo que tenía para vivir. La viuda, el huérfano y el inmigrante, el extranjero, eran los más pobres en la vida de Israel, tanto que cuando se quería hablar de los más pobres se hacía referencia a ellos. Esta mujer ha dado lo poco que tenía para vivir porque tenía confianza en Dios, era una mujer de las Bienaventuranzas, era muy generosa: da todo porque el Señor es más que todo. El mensaje de este Evangelio es una invitación a la generosidad. Ante las estadísticas de la pobreza en el mundo, los niños que mueren de hambre, porque no tienen qué comer, ni tienen medicinas…, tanta pobreza –que se ve todos los días en los telediarios y en los periódicos– es una buena actitud preguntarse: “¿Y cómo puedo resolver esto?”, que nace de la preocupación de hacer el bien. Y cuando una persona que tiene un poco de dinero, se pregunta si lo poco que hace sirve, sí sirve, como las dos moneditas de la viuda. Es una llamada a la generosidad. Y la generosidad es algo de todos los días, es algo que debemos pensar: ¿cómo puedo ser más generoso con los pobres, con los necesitados…, cómo puedo ayudar más? “Pero usted sabe, Padre, que apenas llegamos a fin de mes”. “¿Pero no te sobran algunas moneditas? Piensa: se puede ser generoso con esas”. Piensa. Las cosas pequeñas: hagamos, por ejemplo, un viaje a nuestra habitación, un viaje a nuestro armario. ¿Cuántos pares de zapatos tengo? Uno, dos, tres, cuatro, quince, veinte…, cada uno lo sabe. Quizá demasiados… ¡Conocí a un monseñor que tenía 40! Pues, si tienes tantos zapatos, da la mitad. ¿Cuántos vestidos que no uso o uso una vez al año? Es un modo de ser generoso, de dar lo que tenemos, de compartir. También conocí a una señora que cuando hacía la compra en el supermercado, siempre compraba para los pobres el diez por ciento de lo que gastaba: daba “el diezmo” a los pobres. Podemos hacer milagros con la generosidad. La generosidad de las cosas pequeñas, pocas cosas. Quizá no lo hacemos porque no se nos ocurre. El mensaje del Evangelio nos hace pensar: ¿cómo puedo ser yo más generoso? Un poco más, no mucho… “Es verdad, Padre, es así pero… no sé porqué pero siempre me da miedo”. Y hay otra enfermedad hoy contra la generosidad: el consumismo, que consiste en comprar siempre cosas. Cuando vivía en Buenos Aires, cada fin de semana había un programa de turismo de compras: se llenaba un avión el viernes por la tarde e iba a un país a casi diez horas de vuelo, y todo el sábado y parte del domingo lo pasaban comprando en los supermercados, y luego regresaban. Es una enfermedad grave. Yo no digo que todos los hagamos, no. Pero el consumismo, ese gastar más de lo que necesitamos, es una falta de austeridad: es un enemigo de la generosidad. Y la generosidad material –pensar en los pobres: “a este le puedo dar para que pueda comer, para que se vista”– esas cosas, tiene otra consecuencia: agranda el corazón y te lleva a la magnanimidad. Se trata, pues, de tener un corazón magnánimo donde todos caben. Esos ricos que daban dinero eran buenos; aquella viejecita era santa. En definitiva, debemos recorrer el camino de la generosidad, iniciando con una inspección en casa, o sea, pensando en qué no me sirve, y qué servirá a otro, por un poco de austeridad. Hay que rezar al Señor para que nos libere de ese mal tan peligroso que es el consumismo, que vuelve esclavos, una dependencia de gastar: es una enfermedad psiquiátrica. Pidamos esta gracia al Señor: la generosidad que nos ensanche el corazón y nos lleve a la magnanimidad.

HOMILIA Primer Domingo de ADVIENTO cC (02 de diciembre 2018)

Primer Domingo de ADVIENTO cC (02 de diciembre 2018) Primera: Jeremías 33, 14-16; Salmo: Sal 24, 4-5a 8-10. 14; Segunda: 1Tesalonicenses 3,12 - 4,2; Evangelio: Lucas 21, 25-28.34-36 Nexo entre las LECTURAS La venida del Señor está presente, como nexo, en los textos de la liturgia. Mediante esta expresión, VENIDA, la liturgia quiere mostrarnos el sentido cristiano del tiempo y de la historia. Vienen días, se nos dice en la primera lectura, en que haré brotar para David un Germen justo. Jesús, en el evangelio de san Lucas, dice que los hombres verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. En la segunda lectura, san Pablo, exhorta a estar preparados para la Venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos… es buenísimo darnos cuenta que la venida del Señor es una realidad actual cada día… EL QUE VIENE, ESTÁ VINIENDO Y VENDRÁ. Es bueno rezar con san José Gabriel Brochero, por lo que fueron, los vienen y los que vendrán para que estén en comunión con el Señor. Temas... Memoria y profecía. En estas dos palabras se sintetiza la concepción cristiana del tiempo. Cuando habla del tiempo, el cristiano piensa en el tiempo presente con sus vicisitudes y circunstancias. Es el presente del tiempo de Jeremías (año 587 a. de C.) en que Jerusalén yacía bajo el asedio de Nabucodonosor; es el presente de la comunidad cristiana de Tesalónica o de los destinatarios del evangelio según san Lucas. Desde ese presente se lanza la mirada hacia atrás y se hace memoria: la promesa de Dios a David acerca de un reino hereditario, que ahora corre peligro; la venida histórica de Jesucristo que con su pasión, muerte y resurrección ha inaugurado el fin del tiempo, del que los cristianos participamos ya en cierta manera. Los discípulos misioneros no somos del pasado. Desde el presente miramos hacia el futuro, ese futuro que está contenido en la profecía, en el libro sellado con siete sellos y que sólo el Cordero de pie (resurrección) y degollado (pasión y muerte) puede abrir y leer (cf Ap. 5). La profecía tiene que ver con la última venida de Jesucristo, con su venida triunfante, rodeado de todos los santos, para proclamar definitivamente la justicia y la salvación; una profecía que conmoverá los cimientos del orbe y hará surgir un mundo nuevo. En seguimiento y fidelidad vivimos entre la memoria y la profecía, entre la primera venida de Cristo y su futura venida al final de la historia. Navidad y Juicio final de salvación, son las dos columnas sobre las que edificamos virtuosamente cada día, con decisión y responsabilidad. La Última venida es la prolongación y coronamiento de la primera, de la Encarnación y del Misterio Pascual. Jesucristo, el que viene. ¿Quién es el que viene? Ante todo, es un Retoño, un Germen justo. Es decir, un descendiente del tronco de David, que practicará el derecho y la justicia (virtudes propias de un buen rey). En una lectura cristiana, ese Germen es Jesucristo que ha venido al mundo para traer la justicia de Dios, es decir, la salvación por medio del amor (primera lectura). El que viene es el Hijo del hombre, en una nube, con gran poder y gloria, participa del poder de Dios y de su gloria. El que viene en Navidad y el que vendrá en el juicio final es el Verbo encarnado en el seno de María (evangelio). El que viene es nuestro Señor Jesucristo vencedor de la muerte y del pecado (segunda lectura). Actitud del discípulo. El evangelio nos indica dos actitudes: estar en vela y orar. La vigilancia es muy oportuna para que cuando llegue el Verbo a nosotros en la carne de un Niño (el Niño Dios), sepamos aceptar y vivir el misterio. La oración más oportuna y necesaria todavía, porque sólo mediante la oración se abre a la mente y al corazón humano el misterio de las acciones de Dios. Por su parte, san Pablo señala a los tesalonicenses otras dos actitudes: Crecer y abundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos; comportarse de modo que se agrade a Dios. ¿Qué mejor manera de prepararse a la venida del Amor sino mediante el crecimiento en el amor? Jesucristo en su vida terrena buscó hacer lo que es del agrado de su Padre, por eso, una manera estupenda de prepararse para la Navidad es buscando agradar a Dios en todo. Sugerencias... El sentido del tiempo. Él, Jesucristo, es el centro de la historia y de los corazones. La historia tiene en Él su punto de partida (Cristo es el alfa) y su punto de llegada (Cristo es la omega). El tiempo y la historia culminan en Él, alcanzan en Él su plenitud y sentido pleno. Con Cristo, el tiempo y la historia son un designio de Dios, una historia de salvación, un lugar en el cual forjar nuestra decisión en la libertad y responsabilidad. Para nosotros el tiempo no es una sucesión de segundos, minutos y horas (lo explicitaremos el 1ero de enero, en la solemnidad de María, Madre de Dios); no es una cadena de días meses y años; una sucesión y cadena sin rumbo, para nosotros, el tiempo, con sus siglos y milenios, es una historia dirigida y timoneada por Dios; para nosotros, el tiempo tiene un principio de unidad y armonía, de coherencia y cohesión, no en los imperios o en las ideologías, tan caducos como los mismos hombres, sino en Jesucristo, que es Ayer, Hoy y Siempre. Nuestra vida diaria forma parte del proyecto divino, es una incrustación dentro del gran mosaico de la historia de la salvación conducida por Dios. En el sentido del tiempo está incluido inseparablemente el sentido de mi tiempo, el de cada uno. ¿No da esta realidad de nuestra fe un gran valor a la vida de cada cristiano, a tu vida? Crecer y abundar en el amor. San Juan de la Cruz concluía una de sus poesías: "Que sólo en el amor es mi destino". La venida primera de Cristo en la Navidad es una venida de amor, y es igualmente venida de amor su retorno al final de los siglos, su parusía (Última venida). Entre el amor de Cristo que viene y que vendrá se intercala la vida humana que, como en una sinfonía, desarrollará el tema del amor con el que comienza y concluye la pieza musical. Crecer, resalta el aspecto dinámico del amor: crecer en el amor a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; en el amor a María y a los santos. Crecer en el amor a la propia familia, a los parientes, a los amigos, a los desconocidos, a los necesitados, a los enfermos, a los pecadores... ¿Cómo? Discerniendo para conocer qué es lo que Dios te pide, que sin duda serán muchas cosas. Dios te llama a ser generoso en el amor, ese rasgo típico de la existencia cristiana. ¿Eres generoso en el amor o lo andas midiendo con el metro de tu egoísmo? Bienaventurados los generosos en el amor porque ellos tomarán parte en el cortejo al momento de la parusía de Jesucristo. Nuestra Señora del Adviento, ruega por nosotros. Área de archivos adjuntos

jueves, 22 de noviembre de 2018

HOMILIA Domingo 34. Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo REY del UNIVERSO cB (25 de noviembre de 2018)

Domingo 34. Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo REY del UNIVERSO cB (25 de noviembre de 2018) Primera: Daniel 7, 13-14; Salmo: Sal 92, 1-2. 5; Segunda: Apocalipsis 1, 5-8; Evangelio: Juan 18, 33b-37 Nexo entre las LECTURAS El tema dominante es la realeza de Jesucristo. Esta realeza está prefigurada en el texto del profeta Daniel: "Le dieron poder, honor y reino... su reino no será destruido" (primera lectura). En el evangelio la realeza de Jesús viene afirmada en términos categóricos: "Pilato le dijo: «¿Entonces Tú eres rey?» Jesús respondió: «Tú lo dices: Yo soy rey". La segunda lectura, tomada del Apocalipsis, confirma y canta la realeza de Jesús: "A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén". Se afirma, además, que el Rey, "hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre". Temas... Sugerencias… El Reino de Dios es Dios reinando. Significa que la paz, la justicia y el amor reinan entre los seres humanos y en la naturaleza. El reino de Dios se muestra en las Parábolas y en las Bienaventuranzas y responde al proyecto de Dios para la humanidad. Él es Rey y lo que ha hecho es consolar, escuchar, perdonar, curar, liberar, acoger, tocar leprosos, dar de comer, ejercer su poder lavando los pies, devolver bien por mal, practicar la compasión y la misericordia, ofrecer alegría, esperanza y paz, anunciar que, por fin, se va a implantar la justicia; la protección; la ayuda para las personas en periferias, marginadas, oprimidas, indefensas. Aceptar a Jesús como rey en nuestro corazón es ofrecer al mundo este anuncio gozoso de vida nueva para todos. El reino de Jesús, reino de justicia, paz y servicio, debe crecer en medio de las personas y del mundo. Jesús no huyó del mundo ni invita a nadie a huir de él. "Mi reino no es de este mundo" no debe llevarnos a despreocuparnos y evadirnos. Estamos llamados a colaborar en la edificación del Reino que no se identifica con los poderes de este mundo y que tenemos que empezar a realizar en él. "Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo". Para instaurar un reino de paz y fraternidad, de justicia y respeto por los derechos y la dignidad de todos. Reinado que no es sólo para el futuro, que está presente desde ahora. “Su dominio es eterno” (Dan 7, 14). Podríamos preguntarnos: ¿Quién es el rey de mi vida? ¿Qué reyes permito que me quiten mi libertad? ¿Quién o qué determina mi vida? ¿Hay muchos reyes, muchos dioses dispuestos a impedir que sea persona libre, consciente, solidaria, comprometida?... Pase lo que pase, tengo la gracia de poder elegir y decidir quién quiero que reine en mí. Testimonio y servicio. El poder crea dominación, uniformidad, produce despersonalización y sumisión. La fuerza del testimonio y el servicio no domina, ni se impone, ni castiga, ni condena, ni excomulga, sino que primerea, favorece la igualdad, libertad y unidad en la diversidad, facilita auténtica comunión. Escuchar a Jesús no es sólo oír, sino comprometerse con su Persona y su forma de actuar. Pone en nuestras manos la tarea de construir su Reino en el mundo y en la vida de los hombres y mujeres, transformándolo de acuerdo al deseo de Dios. No quedarse en la expresión creer en Dios… profundizar y llegar a CREERLE a Dios y PRACTICAR lo que nos manda… María Reina, ruega por nosotros

jueves, 15 de noviembre de 2018

HOMILIA DEL SANTO PADRE FRANCISCO DE HOY 15 DE NOVIEMBRE DE 2018

Jueves 15 de noviembre de 2018 Los fariseos preguntaron a Jesús: ¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?. Él les contestó: El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: “está aquí” o “está allí”; porque mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros. Este Evangelio (Lc 17,20-25) nos hace pensar en el reino de Dios y en la Iglesia. Y también nos hace pensar: ¿cómo crece la Iglesia? ¿Cómo va adelante la Iglesia, que representa el reino de Dios? La respuesta del Señor es clara: El reino de Dios está en medio de vosotros, pero no es un espectáculo. ¿Y cómo crece? El Señor lo explicó con la parábola del sembrador: el sembrador siembra y la semilla crece de día y de noche —Dios da el crecimiento— y luego se ven los frutos. Esto es importante: la Iglesia crece en silencio, a escondidas; es el estilo eclesial. ¿Y cómo se manifiesta en la Iglesia? Por los frutos de las buenas obras —para que la gente vea y glorifique al Padre que está en los cielos, dice Jesús—, y en la celebración —la alabanza y el sacrificio del Señor—, en la Eucaristía. Justo ahí se manifiesta la Iglesia: en la Eucaristía y en las buenas obras. Y cuando no se manifiestan las buenas obras —no son noticia, porque son las cosas feas las que son noticia—, ahí hay algo que no va. Y si no hay alabanza, cuando no hay renovación del sacrificio del Señor en la Eucaristía, algo no va: esa Iglesia no crece bien. Jesús dice luego a los discípulos: Vendrán días en que desearéis ver un solo día del Hijo del hombre, y no lo veréis. Es el tiempo de la normalidad de la Iglesia escondida, silenciosa, sin ruido: “Pues a mí me gustaría algo que se vea”. Entonces se os dirá: “está aquí” o “está allí”; no vayáis. El Señor nos ayuda a no caer en la tentación de la seducción: “Nos gustaría que la Iglesia se viese más; ¿qué podemos hacer para que se vea?”. Con esa actitud se suele caer en un Iglesia de actos incapaz de crecer en silencio. Y acaba en una sucesión de espectáculos. Sin embargo, la Iglesia crece por testimonio, por oración, por atracción del Espíritu que está dentro de esos actos, que ayudan: ¡uno, dos o tres, ayudan! El crecimiento propio de la Iglesia, el que da fruto, es en silencio, con las buenas obras y la celebración de la Pascua del Señor, la alabanza a Dios. El mismo Jesús fue tentado por la seducción del espectáculo: “Pero, ¿por qué tanto tiempo para hacer la redención? Haz un buen milagro. Tírate del templo y todos verán y creerán en ti”. Pero el Señor no eligió esa vía, escogió la vía de la predicación, de la oración, de las buenas obras que hacía, de la cruz, del sufrimiento. Sí, la cruz y el sufrimiento, porque la Iglesia crece también con la sangre de los mártires, hombres y mujeres que dan la vida. Hoy hay tantos. ¡Curioso: no son noticia! El mundo esconde este hecho. El espíritu del mundo no tolera el martirio, lo esconde. Es más, muchas veces dice: “¿pero porqué? Eso es exagerado, no, no, no es así, se pueden hacer las cosas negociando”. Ese es el espíritu del mundo. Que cada uno se pregunte: ¿cómo crece dentro de mí el reino de Dios? ¿Cómo crece dentro de mí mi pertenencia a la Iglesia? ¿Como el Señor nos enseña o mundanamente? ¿Cómo rezo yo? ¿A escondidas, en mi interior, o me dejo ver en la oración? ¿Cómo siervo a los demás? ¿Cómo estoy a disposición de los demás con las obras de caridad? ¿Silenciosamente, casi a escondidas, o hago sonar la trompeta como los fariseos? Pidamos al Señor que nos haga entender esto y que también nosotros podamos crecer en la Iglesia así. Almudi.org -

martes, 13 de noviembre de 2018

HOMILIA Domingo Trigésimotercero del TIEMPO ORDINARIO cB (18 de noviembre de 2018)

Domingo Trigésimotercero del TIEMPO ORDINARIO cB (18 de noviembre de 2018) Primera: Daniel 12, 1-3; Salmo: Sal 15, 5. 8-11; Segunda: Hebreos 10, 11-14; Evangelio: Marcos 13, 24-32 Nexo entre las LECTURAS Llegando al fin del ciclo litúrgico B la Iglesia nos presenta e invita a vivir en ESPERANZA… meditando acerca de la precariedad del tiempo que pasa y la firmeza del Reino definitivo (Cielo). Daniel, mirando esperanzadamente hacia el futuro, profetizará: "Entonces se salvará tu pueblo, todos los inscritos en el libro". En el discurso escatológico Jesús ve el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento: "El Hijo del hombre... reunirá de los cuatro vientos a los elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo" (evangelio). El autor de la carta a los Hebreos contempla a Cristo sentado a la derecha de Dios, esperando hasta que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies (segunda lectura). Temas... Anunciadores del misterio. Ni los profetas ni los evangelistas fueron reporteros de su tiempo, mucho menos del fin de los tiempos, ellos anuncian el señorío de Dios y la caducidad de las creaturas. Mediante un lenguaje, llamado apocalíptico, marcadamente simbólico, ayudan, a oyentes y lectores, a prepararse para el encuentro definitivo. Es necesario, entonces, estar atentos para no confundir lenguaje y mensaje. Por el lenguaje el fin del mundo es visto como una conflagración universal aterradora, una especie de terremoto cósmico que conmueve el universo entero y lo destruye por completo, un cataclismo imponente cuyo fuego incandescente devora abrasador toda la materia. En ese lenguaje hay un mensaje sobrenatural: El mundo no es eterno. La historia tendrá un fin. La manera de escribir, propia de una época, no debe distraernos (ni angustiarnos) y hacernos perder el mensaje de la revelación de Dios que es cierto e irrevocable: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". Su amor misericordioso y designio universal de salvación triunfará. No está al alcance de nuestro humano conocimiento ni es manipulable para satisfacción de nuestra curiosidad el día ni la hora. Es de irrupción imprevisible, aparición repentina, y nos convoca a estar atentos en actitud virtuosa amando y sirviendo como Él lo hizo. El fin… Para el evangelista Marcos la destrucción de Jerusalén y del templo sirve de símbolo para referirse al fin de los tiempos, de la historia. Igualmente, la imagen de la higuera desde que florece en primavera hasta que maduran los higos sirve para señalar el tiempo intermedio entre la responsabilidad del día a día y el final de la historia. La Liturgia revela la condición del hombre y del mundo, una condición limitada, imperfecta, precaria, que remite necesariamente a otra realidad superior donde esta condición recibe perfección y plenitud. De esta manera, el final de la vida equivale en cierto modo al final del tiempo para cada ser humano; y el final del tiempo, en alguna manera, está prefigurado en el final de la vida. Con la muerte, podemos decir, llega a cada hombre el final de su tiempo en espera del final de todos los tiempos. Ambos finales se viven a la luz resplandeciente de la esperanza cristiana, por eso no es el final… es un paso. Sugerencias... Esperanza y esperanzas. El hombre vive en esperanza… el niño espera hacerse grande, alguno espera tener un bien u otro, el estudiante espera aprobar los exámenes, los recién casados esperan tener un hijo, el desocupado espera encontrar un trabajo, el encarcelado espera dejar cuanto antes la cárcel… Esperanzas, esperanzas, esperanzas… ciertas y a la vez pequeñas… esperanzas de cosas que se perderán. Esperanzas unidas a bienes que no tenemos y que deseamos. Esperanzas que nos remiten a la Esperanza, con mayúscula… que nos remonta desde las cosas de cada día hasta Dios, nuestro Señor. “Hechos para Dios no hallaremos descanso sino en Dios” dice san Agustín y por eso, esperar ‘cosas’ no nos satisface. La Esperanza como virtud teologal no es fruto de nuestro esfuerzo ni de nuestros ardientes deseos, sino gracia y don del Espíritu… virtud teologal que tiene por anhelo al mismo Dios y la unión definitiva y plena con Él. Es ésta la Esperanza que nos da plenitud y la realización de nuestro ser personal desde Dios, en Dios y con Dios. Jesucristo es el Salvador. Como el destino final de cada hombre está envuelto en un misterio absoluto, el texto del evangelio de hoy infunde un gran consuelo y una extraordinaria confianza en el poder y en la misericordia de Dios. Porque hemos de saber que no sólo estamos en espera sino que somos esperados, primeramente por Dios, también por la santísima Virgen María, por los santos, por nuestros familiares, por todos quienes amaron y sirvieron hasta el fin. Para eso Cristo, nuestro sumo Sacerdote, murió en una cruz y ahora, entronizado junto a su Padre, nos espera para darnos el abrazo de la comunión definitiva y perfecta. Nos lo dará si nos dejamos santificar por Él, es decir, si permitimos que haga fructificar los frutos de su redención en nosotros. María, Madre de misericordia, después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

viernes, 9 de noviembre de 2018

EL PAPA NOS DEJA SU REFLEXION DEL 8 DE NOVIEMBRE 2018

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta Jueves 8 de noviembre de 2018 Testimonio, murmuración y pregunta son las tres palabras que vemos en el Evangelio de hoy (Lc 15,1-10), que empieza precisamente con el testimonio de Jesús: «solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Lo primero es el testimonio de Jesús: algo nuevo para aquel tiempo, porque ir a los pecadores te hacía impuro, como tocar a un leproso. Por eso, los doctores de la ley se alejaban. El testimonio, a lo largo de la historia, nunca ha sido algo cómodo, ni para los testigos –que tantas veces pagan con el martirio– ni para los poderosos. Dar testimonio es romper una costumbre, un modo de ser… Romper a mejor, cambiarla. Por eso la Iglesia va adelante para dar testimonio. Lo que atrae es el testimonio, no son las palabras que sí, ayudan, pero el testimonio es lo que atrae y hace crecer la Iglesia. Y Jesús da testimonio. Es algo nuevo, aunque no tan nuevo porque la misericordia de Dios ya estaba en el Antiguo Testamento. Pero ellos nunca entendieron –los doctores de la ley– qué significaba: “Misericordia quiero y no sacrificio”. Lo leían, pero no comprendía qué era la misericordia. Y Jesús, con su modo de obrar, proclama esa misericordia con el testimonio. Sí, el testimonio siempre rompe una costumbre pero también te pone en riesgo. De hecho, el testimonio de Jesús provoca la murmuración. Los fariseos, los escribas, los doctores de la ley decían: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”. No decían: “Mira, este hombre parece bueno porque intenta convertir a los pecadores”. Una actitud que consiste en hacer siempre un comentario negativo para destruir el testimonio. Este pecado de murmuración es diario, en lo pequeño y en lo grande, pues en la propia vida nos encontramos murmurando porque no nos gusta esto o aquello, y en vez de dialogar o intentar resolver una situación conflictiva, murmuramos a escondidas, siempre en voz baja, porque no hay valor para hablar claro. Así pasa también en las pequeñas sociedades, como la parroquia. ¿Cuánto se murmura en las parroquias? Con tantas cosas… Cuando hay un testimonio que a mí no me gusta o una persona que no me gusta, enseguida se desata la murmuración. ¿Y en la diócesis? Las luchas internas de las diócesis: eso lo sabéis. Y también en política. Y eso es feo. Cuando un gobierno no es honesto intenta ensuciar a los adversarios con la murmuración, ya sea difamación o calumnia. Y los que conocéis bien los gobiernos dictatoriales, porque los habéis vivido, ¿qué hace un gobierno dictatorial? Se adueña primero de los medios de comunicación con una ley y, desde allí, comienza a murmurar, a desacreditar a todos los que para el gobierno son un peligro. La murmuración es nuestro pan de cada día, tanto a nivel personal, familiar, parroquial, diocesano, social… Se trata de una escapatoria para no ver la realidad, para no permitir que la gente piense. Jesús lo sabe, pero es bueno y, en vez de condenarlos por la murmuración, hace una pregunta. Usa el mismo método que ellos, es decir, el de hacer preguntas. Ellos lo hacen para poner a prueba a Jesús, con mala intención, para hacerlo caer: por ejemplo con preguntas sobre los impuestos al imperio o el repudio a la mujer. Jesús usa el mismo método, pero veremos la diferencia. Jesús les dice: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?». Y lo normal sería que lo entendieran, pero no, hacen el cálculo: “tengo 99, si se pierde una, empieza a anochecer, es oscuro… Déjala y en el balance irá a ganancias y pérdidas y salvamos a estas”. Esa es la lógica farisaica. Esa es la lógica de los doctores de la ley. “¿Quién de vosotros?”, y ellos eligen lo contrario que Jesús. Por eso no van a hablar con los pecadores, no van a los publicanos, no van porque –piensan– “mejor no ensuciarse con esa gente, es un riesgo. Conservemos a los nuestros”. Jesús es inteligente al hacerles la pregunta: entra en su casuística, pero los deja en una posición diversa respecto a la correcta. “¿Quién de vosotros?”. Y nadie dice: “Sí, es verdad”, sino que todos: “No, no yo no lo haría”. Y por eso son incapaces de perdonar, de ser misericordiosos, de recibir. En resumen, las tres palabras: el testimonio, que es provocador, que hace crecer la Iglesia; la murmuración, que es como un guardia en mi interior para que el testimonio no me hiera; y la pregunta de Jesús. Y añadiría una cuarta palabra: la alegría, la fiesta, que esa gente no conoce: todos los que siguen la senda de los doctores de la ley no conocen la alegría del Evangelio. Que el Señor nos haga entender esta lógica del Evangelio contraria a la lógica del mundo. Almudi.org

martes, 6 de noviembre de 2018

HOMILIA Domingo Trigésimosegundo del TIEMPO ORDINARIO cB (11 de noviembre de 2018)

Domingo Trigésimosegundo del TIEMPO ORDINARIO cB (11 de noviembre de 2018) Primera: 1Reyes 17, 10-16; Salmo: Sal 145, 7. 8-9a. 9b y 8d y 10; Segunda: Hebreos 9, 24-28; Evangelio: Marcos 12, 38-44 Nexo entre las LECTURAS Una actitud de generosidad disponible y confiada reúne los textos del actual Domingo del tiempo ordinario. La generosidad es la actitud de la viuda de Sarepta, que no duda en dar una hogaza a Elías a costa de su propio último sustento (primera lectura). También es la actitud de la viuda, observada únicamente por Jesús, que deposita todo su haber en el ‘cepillo’ del templo, por más que fuera una nimiedad (evangelio). Es sobre todo la actitud de Jesús que se entrega hasta la muerte, de una vez para siempre, como víctima de rescate y salvación (segunda lectura). Temas... Generosidad. En la liturgia de hoy las mujeres juegan un papel predominante y positivo. Además se trata de mujeres viudas, con toda la precariedad que ese término traía consigo en los tiempos remotos del profeta Elías (siglo IX a. C.) y de Jesús. No pocas veces la viudez iba unida a la pobreza, e incluso a la mendicidad. Sin embargo, los textos sagrados no presentan estas dos buenas viudas como ejemplo de pobreza, sino como ejemplo de generosidad. En los tres años de sequedad que cayó sobre toda la región, a la viuda de Sarepta le quedaba un poco de harina y unas gotas de aceite, para hacer una hogaza con que alimentarse ella y su hijo, y luego morir. En esa situación, ya humanamente dramática, Elías le pide algo inexplicable, heroico: que le dé esa hogaza que estaba a punto de meter en el horno. La mujer accede. Hay una especie de ‘sentido de lo sobrenatural’ que la mueve a obrar así. Es el don de la generosidad que Dios concede a los que poco o nada tienen. No piensa en su situación; piensa sólo en obedecer la voz de Dios que le llega por medio del profeta. Una mujer ejemplo. Siendo como era pobre y necesitada, no tenía ninguna obligación de dar limosna para el culto del templo o para la acción social y benéfica que los sacerdotes realizaban en nombre de Dios con las ayudas recibidas. Su gesto brilla con luz nueva y esplendorosa, precisamente porque se sitúa más allá de la obligación, en el plano de la generosidad amorosa para con Dios. El contraste entre la actitud de la viuda y la de los ricos que echaban mucho, pero de las sobras de sus riquezas, ennoblece y hace resaltar más la generosidad de la mujer. La fuente de toda generosidad. La generosidad de las dos viudas mana de la generosidad misma de Dios, que se nos manifiesta en Cristo Jesús. Generosidad de Jesús que se ofrece de una vez para siempre en sacrificio de redención por todos los hombres: nada ni nadie queda excluido de esa generosidad. Generosidad de Jesús que, como sumo sacerdote, entra glorioso en los cielos para continuar desde allí su obra sacerdotal en favor nuestro: continúa en el cielo su intercesión generosa y eterna por los hombres. Generosidad de Jesús que vendrá, al final de los tiempos, sin relación con el pecado, es decir, como salvador que ha destruido el pecado y ha instaurado la nueva vida. En su existencia terrena Jesús era muy consciente de que no había venido al mundo para condenar sino para salvar. En su parusía o última venida, mantiene la misma finalidad de Salvador misericordioso, recordemos el trato con el ladrón que pide el Reino y el trato con la Virgen y las relaciones familiares nuevas con la Iglesia en la persona de san Juan. Y es la generosidad de los santos, especialmente los mártires. Sugerencias... La generosidad del corazón. No pocas veces los hombres nos llenamos de admiración cuando escuchamos o sabemos que alguien ha hecho un gesto de gran generosidad... esto es muy bueno… y que haya muchos generosos, que están dispuestos a vaciar su bolsillo para que otros seres humanos reciban educación o puedan ser atendidos dignamente en un hospital, en las cosas de todos los días. Sin disminuir la importancia de la cantidad, queremos subrayar que -según el evangelio- más que la cantidad vale la ‘caridad’. Es decir, si esos bienes los ha dado con caridad y en acto de servicio haciendo una verdadera renuncia y conversión de vida (Zaqueo). Cuando la generosidad afecta al bolsillo y al corazón, es auténtica. Por eso, quien da poco, pero es todo lo que puede dar, y lo da con toda el alma, ése es generoso, y su generosidad a los ojos de Dios ‘vale igual’ de la de aquel que posee muchos bienes y se ha desprendido de ellos. Si tienes mucho o poco, da conforme a lo que te pide Dios y a lo que esperas recibir de Él. Generoso, ¿hasta dónde? En este asunto, no hay leyes matemáticas. El principio fundamental está claro: da, sé generoso. Como Él nos dio, demos nosotros. Qué dar, hasta dónde llegar en la generosidad, no admite una sola y única respuesta. Lo importante es que ninguno de nosotros diga: "hasta aquí". No es posible poner límites al Espíritu de Dios. Nos examinemos y preguntemos: ¿Estoy dando todo lo que puedo? ¿Estoy dando todo lo que el Espíritu Santo me pide que dé? ¿Estoy dando como debo dar: desprendidamente, generosamente, sin buscar compensaciones? Los discípulos-misioneros, hoy, debemos ser como los cristianos de Macedonia, de los que habla Pablo en su segunda carta a los corintios, "su extrema pobreza ha desbordado en tesoros de generosidad. Porque atestiguo que según sus posibilidades, y aun sobre sus posibilidades, espontáneamente nos pedían con muchas insistencia la gracia de participar en este servicio en bien de los santos" (8, 2-4). Consideremos la generosidad una gracia de Dios, y pidámosla con sencillez de corazón, pero también con insistencia. Que Dios no la negará a quien se la pida de verdad. Son muchos los que tienen necesidad y se beneficiarán de nuestra generosidad. María, Madre generosa en la entrega, ayúdanos a confiar y a decir siempre SI.

jueves, 1 de noviembre de 2018

HOMILIA Conmemoración de todos los DIFUNTOS, viernes (02 de noviembre de 2018)

Conmemoración de todos los DIFUNTOS, viernes (02 de noviembre de 2018) La liturgia de la Palabra de este día tiene varias opciones Nexo entre las LECTURAS. Temas... Sugerencias... 1. Ayer la Iglesia peregrina en la tierra celebraba la gloria de la Iglesia celestial invocando la intercesión de los Santos y hoy se reúne en oración para hacer sufragios por sus hijos que, «ya difuntos, se purifican» (LG 49). Mientras dure el tiempo, la Iglesia constará de tres estados: los bienaventurados que gozan ya de la visión de Dios, los difuntos necesitados de purificación todavía no admitidos a ella, y los «viadores» que soportamos las pruebas de la vida presente. Entre unos y otros hay una separación profunda, que, no obstante, no impide su unión espiritual, «pues todos los que son de Cristo... constituyen una misma Iglesia y mutuamente se unen en Él. La unión de los «viadores» con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien... se robustece con la comunicación de bienes espirituales» (ib). ¿Qué bienes son estos? Los santos interceden por los hermanos que combaten aquí abajo y los estimulan con su ejemplo; y éstos oran para apresurar la gloria eterna a los hermanos difuntos que aguardan ser introducidos en ella. Es la comunión de los santos en acción: santos del cielo, del purgatorio o de la tierra, pero todos santos, aunque en grado muy diferente, por la gracia de Cristo que los vivifica y en la que todos están unidos. A la luz de esta consoladora realidad, la muerte no aparece más como la destrucción del hombre, sino como tránsito y a un nacimiento a la Vida verdadera, la Vida eterna. «Sabemos -escribe San Pablo que si esta tienda, que es nuestra habitación terrestre, se desmorona, tenemos una casa que es de Dios, una habitación eterna... que está en los cielos» (2 Cr 5, 1; 2a lectura, 2a Misa). Viadores en la tierra, difuntos en el purgatorio y bienaventurados en el cielo, estamos todos en camino hacia la resurrección final, que nos hará plenamente participantes del misterio pascual de Cristo. Y mientras lo somos en parte, oremos unos por otros y, sobre todo, ofrezcamos sufragios por nuestros muertos, porque «es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos para que sean liberados del pecado» (2 Mac 12, 46; 1a lectura, 3a Misa). 2. La Liturgia del día pone el acento sobre la fe y la esperanza en la Vida eterna, sólidamente fundadas en la Revelación. Es significativo el trozo del libro de la Sabiduría (1a lectura, 1a Misa: Sb 3, 1-6. 9): «Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno. Creyeron los insensatos que habían muerto: tuvieron por quebranto su salida de este mundo, y su partida de entre nosotros por completa destrucción, pero ellos están en la paz» (ib 1-3). Para quien ha creído en Dios y le ha servido, la muerte no es un salto en la nada, sino en los brazos de Dios: es el encuentro personal con Él, para «permanecer junto a Él en el amor» (ib 9) y en la alegría de su amistad. El cristiano ‘auténtico’ no teme, por eso, la muerte, antes, considerando que mientras vivimos aquí abajo «vivimos lejos del Señor», repite con San Pablo: «Preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor» (2 Cr 5, 6.8; 2a lectura, 2a Misa), No se trata de exaltar la muerte, sino de verla como realmente es en el plan de Dios: el natalicio para la Vida eterna. Esta visión serena y optimista de la muerte se basa sobre la fe en Cristo y sobre la pertenencia a Él: «ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite el último día» (Jn 6, 39; Evangelio, 2a Misa). Todos los hombres han sido dados a Cristo, y Él los ha pagado al precio de su sangre. Si aceptan su pertenencia a Él y la viven con la fe y con las obras según el Evangelio, pueden estar seguros de que serán contados entre los «suyos» y, como a tales, nadie podrá arrancarlos de su mano, ni siquiera la muerte. «Ya vivamos, ya muramos, del Señor somos» (Rm 14, 8; 2a lectura, 1a Misa). Somos del Señor porque nos ha redimido e incorporado a sí, porque vivimos en Él y para Él mediante la gracia y el amor; si somos suyos en vida, lo continuaremos siendo en la muerte. Cristo, Señor de nuestra vida, vendrá a ser el Señor de nuestra muerte, que Él absorberá en la suya transformándola en vida eterna. Así se verifica para los creyentes la plegaria sacerdotal de Jesús: «Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que tú me has dado, para que contemplen mi gloria» (Jn 17, 24; Evangelio, 3a Misa). A esta oración de Cristo corresponde la de la Iglesia, que implora esa gracia para todos sus hijos difuntos: «Concede, Señor, que nuestros hermanos difuntos entren en la gloria con tu Hijo, el cual nos une a todos en el gran misterio de tu amor» (Sobre las ofrendas, 1a Misa). Nuestra Señora del Carmen, ruega por nosotros.

miércoles, 31 de octubre de 2018

HOMILIA TODOS LOS SANTOS, solemnidad. Jueves (01 de noviembre de 2018)

TODOS LOS SANTOS, solemnidad. Jueves (01de noviembre de 2018) Primera: Apocalipsis 7, 2-4.9-14; Salmo: Sal 23, 1-6; Segunda: 1Juan 3, 1-3; Evangelio: Mateo 5, 1-12a Nexo entre las LECTURAS… Temas... Sugerencias… La antífona de entrada es quien nos sugiere el nexo y el tema y las sugerencias: «Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos. Los ángeles se alegran de esta solemnidad y alaban a una al Hijo de Dios» (Entrada). 1. La Liturgia de la Iglesia peregrina se une hoy a la de la Iglesia celestial para celebrar a Cristo Señor, fuente de la santidad y de la gloria de los elegidos, «muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas» (ib 9). Todos están «marcados en la frente» y «vestidos con vestiduras blancas», lavadas «en la sangre del Cordero» (ib 3, 9.14). Marca y vestidos son símbolos del bautismo que imprime en el hombre el carácter inconfundible de la pertenencia a Cristo y que, purificándolo del pecado, lo reviste de pureza y de gracia en virtud de su sangre. Pues la santidad, de nuevo lo dice el Papa Francisco, no es otra cosa que la maduración plena de la gracia bautismal, y así es posible en todos los bautizados (Conc. Vat. II). Los Santos que festeja hoy la iglesia no son sólo los reconocidos oficialmente por la canonización, sino también aquellos otros muchos más numerosos y desconocidos que han sabido, «con la ayuda de Dios, conservar y perfeccionar en su Vida la santificación que recibieron» (LG 40). Santidad oculta, vivida en las circunstancias ordinarias de la vida, como dice el Papa “santos de la casa de al lado, sin brillo aparente, sin gestos que atraigan la atención por lo esplendoroso, pero real y preciosa. Mas hay una característica común a todos los elegidos: «Estos son -dice el sagrado texto los que vienen de la gran tribulación» (Ap 7, 14). «Gran tribulación» es la lucha sostenida por la defensa de la fe, son las persecuciones y el martirio sufridos por Cristo (el Papa en la Misa de canonización del Domingo 14.10), y lo son también las cruces y los trabajos de la vida cotidiana. Los Santos llegaron a la gloria sólo a través de la tribulación, la cual completó la purificación comenzada en el bautismo y los asoció a la pasión de Cristo para asociarlos luego a su gloria. Llegados a la bienaventuranza eterna, los “elegidos” no cesan de dar gracias a Dios por ello y cantan «con voz potente»: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero» (ib 10). Y responde en el cielo el «Amén» eterno de los ángeles postrados delante del trono del Altísimo (ib 11-12); y debe responder en la tierra el «Amén» de todo el Pueblo de Dios que camina hacia la patria celestial esforzándose en imitar la santidad de los elegidos. «Amén», así es, por la gracia de Cristo que abre a todos el camino de la santidad. 2. La segunda lectura (1 Jn 3, 1-3) reasume y completa el tema de la primera lectura poniendo en evidencia el amor de Dios que ha hecho al hombre hijo suyo y la dignidad del mismo hombre que es realmente hijo de Dios. «Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (ib 1). Don que no se reserva para la vida en el cielo (que llamamos eterna), sino que se otorga ya en la vida presente, realidad profunda que transforma interiormente al hombre haciéndolo partícipe de la vida divina. Con todo, aquí en la tierra es una realidad que permanece velada; se manifestará plenamente en la gloria; entonces «seremos semejantes a Dios, porque le veremos tal cual es» (ib 2). La gloria que contempla hoy la Iglesia en los Santos es precisamente la que se deriva de la visión de Dios, por la cual están revestidos e incluidos de su resplandor infinito. 3. En el Evangelio (Mt 5, 1-123) Jesús mismo ilustra el tema de la santidad y de la bienaventuranza eterna mostrando el camino que conduce a ella. Punto de partida son las condiciones concretas de la Vida humana donde el sufrimiento no es un incidente fortuito, sino una realidad conexa a su estructura. Jesús no vino a anularlo, sino a redimirlo, haciendo de él un medio de salvación y de bienaventuranza eterna. La pobreza, las aflicciones, las injusticias, las persecuciones aceptadas con corazón humilde y sumiso a la voluntad de Dios, con serenidad nacida de la fe en Él y con el deseo de participar en la pasión de Cristo, no envilecen al hombre, antes lo ennoblecen; lo purifican, lo hacen semejante al Salvador doliente y, por ende, digno de tener parte en su gloria. «Bienaventurados los pobres..., bienaventurados los que lloran… bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia..., bienaventurados los perseguidos..., porque de ellos es el Reino de los Cielos» (ib 3-4.6.10). También las otras cuatro bienaventuranzas, aunque no digan relación directa al sufrimiento, exigen un gran espíritu de sacrificio. Pues no se puede ser manso, misericordioso, puro de corazón o pacífico sin luchar contra las propias pasiones y sin vencerse a sí mismo para aceptar serenamente situaciones difíciles y sembrar doquiera amor y paz. El itinerario de las bienaventuranzas es el recorrido por los santos; pero de modo especialísimo es el recorrido por Jesús que quiso tomar sobre sí las miserias y sufrimientos humanos para enseñar al hombre a santificarlos. En él pobre, doliente, manso, misericordioso, pacifico, perseguido y por este camino llegado a la gloria, encuentra el cristiano la realización más perfecta de las bienaventuranzas evangélicas. También, el itinerario de las bienaventuranzas es el de la Virgen María, Madre del Amor Hermoso y Madre nuestra, de toda la humanidad. ¡Feliz día!

lunes, 29 de octubre de 2018

HOMILIA Domingo Trigésimoprimero del TIEMPO ORDINARIO cB (04 de noviembre de 2018)

Domingo Trigésimoprimero del TIEMPO ORDINARIO cB (04 de noviembre de 2018) Primera: Deuteronomio 6, 2-6; Salmo: Sal 17, 2-4. 47. 51ab; Segunda: Hebreos 7, 23-28; Evangelio: Marcos 12, 28b-34 Nexo entre las LECTURAS AMARÁS… "Amarás al Señor tu Dios..."; "amarás al prójimo...". Éste es el mensaje de la liturgia y la esencia del amor cristiano. AMAR es el mandamiento más grande de todos, nos dice Jesús en el evangelio. En la primera lectura, el pueblo de Israel confiesa su fe en el Dios único y, a partir de ella, profesa su amor total y exclusivo a Yahvéh. Jesucristo, nuestro sumo sacerdote, manifiesta lo que enseña ofreciéndose a sí mismo al Padre (segunda lectura) para salvación de los hombres e intercediendo en el cielo a nuestro favor. Temas... Un amor "nuevo". La respuesta de Jesús al escriba, que le ha preguntado sobre cuál -de entre los 613 mandamientos que existían en su tiempo- era el primero y más importante, está tomada del Antiguo Testamento. La primera parte la toma del Deuteronomio, correspondiente a la primera lectura de este Domingo; la segunda, del libro del Levítico, referida al amor al prójimo (19,18). La novedad del amor cristiano no está en el contenido, ya conocido y revelado por Dios, la novedad está en que, ahora, por la gracia y la asistencia del Espíritu Santo, podemos practicarlo. Para que sea cristiano, este amor (a Dios y al Prójimo) debe llegar a constituir un único amor inseparable y lo mejor todavía es que ¡podemos vivirlo!. Este amor cristiano es "nuevo" por la PASCUA y descubrimos que en él se resumen y estructuran todos los otros preceptos existentes en el mundo judío, como también todos los mandamientos, leyes y preceptos de la existencia cristiana en cada momento de la historia. El lazo del amor es el lazo de la perfección y lo hace posible Dios con el don del Espíritu Santo en un renovado Pentecostés en cada momento de la historia. Desde el amor todos los preceptos se revisten de la hermosura y de la perfección misma del amor. El texto evangélico termina diciendo: "Y ninguno se atrevía a hacerle preguntas", para indicar que la respuesta ha dado en el centro, y por tanto cualquier otra pregunta sobra. Los discípulos misioneros asistidos por la gracia descubrimos el amor "nuevo" en la cruz de Cristo, donde nuestro sumo sacerdote se ofrece como víctima de amor al Padre por amor a los hombres pecadores (segunda lectura). Un culto "nuevo". El escriba, haciéndose eco de las palabras de Jesús, replica: "El amor a Dios y el amor al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios" (evangelio). Un culto "nuevo" parece insinuarse en estas palabras; un culto, donde los holocaustos y sacrificios no valen por sí, sino sólo en cuanto expresión de amor y en cuanto predisposición para el amor… sea a Dios sea al prójimo, o mejor, a Dios en el prójimo y al prójimo en Dios. En este sentido, no importa que el templo de Jerusalén desaparezca o sea destruido, porque donde exista el amor verdadero, el amor "nuevo", podrá continuar el culto "nuevo", en el que las víctimas no serán los animales (toros y machos cabríos) sino el hombre en la profundidad interior de su ser y de su persona. Ese culto "nuevo" no necesita de muchos sacerdotes (en el templo de Jerusalén había diariamente cientos de sacerdotes ejerciendo su oficio), sino de uno solo, Jesucristo, sumo y eterno sacerdote ante el Padre para redimir a los hombres. Los sacerdotes de la nueva alianza no aumentan el número, sino que prolongan en el tiempo el único sacerdocio de Jesucristo. Parafraseando a san Agustín, el templo "nuevo" en espíritu y en verdad, exige un culto "nuevo" también en espíritu y en verdad; el culto "nuevo" reclama un corazón "nuevo", que cante con un cántico "nuevo" (aleluya) con los labios, pero sobre todo con la vida. Por eso es necesario rezar por las vocaciones sacerdotales. Sugerencias... En la cruz de Cristo se unen para siempre el madero vertical, amor a Dios, y el madero horizontal, amor al prójimo. No existe la cruz sin la unión de ambos maderos. No existe el amor cristiano sin la unión de ambos amores en el único misterio de la cruz. Es importante esta afirmación porque no es pequeña la tentación de separar lo que Jesucristo ha unido para siempre. Es grande la tentación de amar tan exclusivamente a Dios que nos olvidemos de los hombres; o la tentación de amar tan exclusivamente a los hombres que nos olvidemos de Dios. Rezamos para no caer en esta tentación, que si no es vencida, trae consigo consecuencias bastante dañinas. Por ejemplo, se deja la oración porque "la entrega a los demás y las actividades en favor de los demás son ya oración". O se ha llegado a tal "perfección" en el amor a Dios que se puede con libertad murmurar y hablar mal del prójimo con la conciencia tranquila. Puesto que es mucho más difícil mantener uncidos estos dos amores que separarlos, hemos de estar muy atentos sobre nuestras actitudes y nuestros comportamientos para con Dios y para con nuestros hermanos. Si al final de cada día, cada cristiano examinara su conciencia sobre este amor "nuevo" y nos propusiésemos ir progresando, día tras día en el amor, la vivencia del cristianismo mejoraría en muchos de nosotros y -por nuestro medio- en la cultura que nos rodea. Lo más significativo de estos dos amores, vertical y horizontal, es que constituyan una cruz y no una cómoda butaca. La experiencia y la vida de Jesucristo nos dicen -elocuentemente- que el amor cristiano, llevado a sus últimas consecuencias, termina en una cruz. Desde esa cruz el amor se abre a los cuatro puntos cardinales, se hace universal. Amor y Eucaristía. El amor de Jesucristo al Padre y a los hombres hasta la cruz y la resurrección se renueva hora tras hora en cada Altar donde se celebra la Eucaristía. El amor vertical y horizontal de Jesús, su amor universal, no ha pasado a la historia, sino que la cruza hora tras hora y día tras día hasta el fin de los tiempos. La Eucaristía es el amor redentor de Jesús memorializado, más allá de las condiciones históricas de su pasión y muerte. En la Eucaristía se repite, bajo el velo del sacramento, su pasión de amor en el corazón de la historia. A esta luz se comprenden dos urgencias pastorales: 1) Una catequesis generalizada y permanente, desde los niños hasta los adultos, sobre la riqueza de significado y sobre los frutos estupendos de la Eucaristía. Quien logre descubrir la profundidad del amor de Jesucristo en la Eucaristía, se enamorará de ella seguramente. 2) El despertar en la conciencia de los cristianos que la Eucaristía de Jesús es inseparable de la eucaristía de los cristianos. Es decir, que el amor de Jesucristo a Dios y a los hombres en la Eucaristía es un imperativo ineludible para que el cristiano se juegue su vida a la única carta del amor a Dios y al prójimo. María, Reina de los Mártires y Pastores, ruega por nosotros.

lunes, 22 de octubre de 2018

Opus Dei: La vida de Juan Pablo II en 5 minutos

Papa Francisco en Santa Marta Viernes 19 de octubre de 2018

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta Viernes 19 de octubre de 2018 Jesús habla de la levadura (Lc 12,1-7) que hace crecer, pero también hay una levadura mala que arruina, que hace crecer hacia el interior, como los fariseos, de los doctores de la Ley de aquel tiempo, de los saduceos, y que es la hipocresía. Se trata de gente encerrada en sí misma, que piensa en aparentar, en disimular, en dar limosna y luego tocar la trompeta para que se sepa. La preocupación de estas personas es proteger lo que tienen dentro, su egoísmo, su seguridad: cuando hay algo que los pone en dificultad, como el hombre agredido y dejado medio muerto, o encuentran a un leproso, miran a otro lado, según sus leyes internas. Esa levadura –dice Jesús– es peligrosa: “cuidado con la levadura de los fariseos”. Es la hipocresía. Jesús no tolera la hipocresía: ese aparentar, con bonitas formas de educación por fuera, pero con malas costumbres por dentro. Jesús mismo dice que por fuera son hermosos, como los sepulcros, pero dentro hay putrefacción, destrucción. La levadura que hace crecer hacia el interior no tiene futuro, porque en el egoísmo, en el dirigirse a uno mismo, no hay futuro. En cambio, hay otro tipo de persona con otro fermento, que es lo contrario: que hace crecer hacia fuera. Hace crecer como herederos, para tener una herencia. En la Carta a los Efesios (1,11-14), San Pablo explica que “en Cristo hemos heredado también los hijos de Israel, los que ya estábamos destinados por decisión del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en el Mesías”. La referencia es a personas proyectadas hacia fuera. A veces se equivocan, pero se corrigen; a veces caen, pero se levantan. Incluso a veces pecan, pero se arrepienten. Pero siempre hacia afuera, hacia esa heredad, porque les fue prometida. Y esa gente es gente alegre, porque se le ha prometido una felicidad muy grande: que serán gloria, alabanza de Dios. Y el fermento –dice Pablo– de esa gente es el Espíritu Santo, que nos empuja a ser alabanza de su gloria, de la gloria de Dios: “Habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido. Él es la prenda de nuestra herencia, mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su gloria”. Jesús nos quiere siempre en camino con el fermento del Espíritu Santo que nunca hace crecer por dentro, como los doctores de la Ley, como los hipócritas. El Espíritu Santo empuja hacia fuera, al horizonte. Así quiere Jesús que sean los cristianos: aunque con dificultades, con sufrimientos, con problemas, con caídas, siempre adelante con la esperanza de encontrar la herencia, porque tiene la levadura que es prenda, que es el Espíritu Santo. Pues esas son las dos personas: una que, guiada por su egoísmo, crece por dentro. Tiene una levadura –el egoísmo– que la hace crecer hacia el interior, y solo se preocupa de aparecer bien, parecer equilibrado, que no se vean las malas costumbres que tienen. Son los hipócritas, y Jesús dice: “Cuidaos”. La otra gente son los cristianos: tendríamos que ser los cristianos, porque también hay cristianos hipócritas, que no aceptan el fermento del Espíritu Santo. Por eso Jesús nos advierte: “Cuidado con la levadura de los fariseos”. La levadura de los cristianos es el Espíritu Santo, que nos empuja hacia fuera, nos hace crecer, con todas las dificultades del camino, también con todos los pecados, pero siempre con esperanza. El Espíritu Santo es la prenda de esa esperanza, de esa alabanza, de esa alegría. En el corazón, esa gente que tiene al Espíritu Santo como levadura, está gozosa, incluso con problemas y dificultades. Los hipócritas han olvidado qué significa estar alegre.

HOMILIA Domingo Trigésimo del TIEMPO ORDINARIO cB (28 de octubre de 2018)

Domingo Trigésimo del TIEMPO ORDINARIO cB (28 de octubre de 2018) Primera: Jeremías 31, 7-9; Salmo: Sal 125, 1-6; Segunda: Hebreos 5, 1-6; Evangelio: Marcos 10, 46-52 Nexo entre las LECTURAS Las referencias posibles para un nexo entre las lecturas de hoy: el camino, la luz, el retorno, la acción transformadora de Dios. Sugiero dos… La primera, en torno al tema del camino. Aquí el camino es mostrado como la vida de Jesús, culminado en el misterio pascual… Él muchas veces nos anuncia este misterio y nos invita a la participación. El salmo, desde las imágenes del pueblo que retorna, explica muy bien este camino: es un "sembrar con lágrimas" pero también "cosechar entre cantares". Sólo cuando Jesús ilumina, puede entonces el hombre ver claro que éste es el camino; y a nosotros, a pesar de estar ya "iluminados", nos es preciso invocar al Señor como "nuestro Maestro" y pedirle ¡que pueda ver! Lo hacemos hoy en la oración colecta. De lo contrario nos quedaremos sentados pidiendo limosna a cualquiera, o nos dejaremos atemorizar por tantas personas y cosas que procuran hacer callar nuestra plegaria (evangelio). La segunda, en torno a la acción misericordiosa y eficaz de Dios en favor de los hombres. Dios es poderoso y fiel haciendo retornar del exilio a la patria anhelada a numerosos hijos de Israel (primera lectura). Jesucristo, con el poder de su gracia, otorgará la vista al ciego Bartimeo que vence varios obstáculos para obtener su gran deseo de ver (evangelio). La eficacia salvífica de Dios se muestra de modo especial en Cristo, sumo sacerdote, que saca a los hombres de la ignorancia y del dolor, y los libra de sus pecados. Temas... La eficacia del amor de Dios. En términos naturales, eficaz es el que logra, por caminos acertados y en el menor tiempo posible, todo aquello que se propone. Pero la eficacia de Dios resulta que no es así y muchas veces es como al ‘revés’. Sabemos que Dios es eficaz y, además sabemos, que sus modos y tiempos no son como los nuestros. Muchas veces los caminos de Dios no son los que elegiríamos. A los judíos no les debió parecer un camino acertado el exilio en Babilonia, pero si a Dios, que de esta manera mostró la grandeza de su amor y misericordia haciéndolos retornar a la tierra prometida (primera lectura). Subir a Jerusalén es hermoso y más haciéndolo en compañía de Jesús, pero, saber que va a la pasión y muerte en Cruz, desafía inevitablemente los razonamientos humanos y la voluntad de seguimiento... sin embargo, en la Cruz, resplandece la fuerza divina del amor misericordioso del Redentor. Esa eficacia misteriosa del amor redentor continúa viva y vivificadora a lo largo de los siglos hasta nuestros días (Aparecida) y hasta el fin de los días. Cada vez que celebramos la Eucaristía se actualiza de nuevo este misterio de Amor, Dios que se entrega para darnos vida y nosotros que nos entregamos para vivir. Fe y esperanza. Los exiliados de Babilonia no podían olvidar las maravillas de Dios en la historia de su pueblo. Dios había mostrado la fuerza de su brazo en el Éxodo y en la conquista de la tierra prometida. Ellos creen y confían que Dios volverá a actuar eficazmente a su favor, aunque no sepan cuándo ni cómo. Bartimeo tiene una gran fe en que Jesús, el Mesías descendiente de David, puede curar su ceguera, por eso grita sin temor alguno y con ánimo: "Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí". ¿Creemos en el Don de Dios, que hace nuevas todas las cosas? Coherencia fe-vida. Si aceptamos el amor de Dios, hemos de ser coherentes con sus exigencias. Como cristianos estamos llamados a ser testigos de la acción de Dios en nosotros. Los exiliados de Babilonia se ponen en camino hacia la Palestina, Bartimeo sigue a Jesús en el camino a Jerusalén. Los discípulos misioneros, redimidos por Cristo sumo sacerdote, debemos seguirlo, con alegría, en la edificación del Reino peregrinos de la Jerusalén Celestial practicando los mandamientos y las obras de misericordia. Sugerencias... ¡Señor, que vea! El ciego Bartimeo es figura y símbolo de la Iglesia, pues, frente al misterio del sufrimiento, de la cruz, de la muerte… experimentamos, como él, la ceguera, el inmovilismo, la indigencia. ¡Cuántos Bartimeos hay en nuestro tiempo ante el gran misterio del sufrimiento y del dolor inocente! Hay mucha ceguera ante la injusticia del sufrimiento… además hay una cultura de hacernos creer que el ‘no sufrir’ es la meta de la perfección humana. Humildemente pidamos ayuda a Dios frente al misterio del dolor, del sufrimiento, para seguir haciendo el bien. Pidamos creer que, para los que aman a Dios, todas las cosas contribuyen para el bien. Que el Señor nos conceda a todos repetir una y otra vez: "¡Señor, que vea!", para que viendo crea, y creyendo siga firmemente en el camino del Reino. Seguir a Cristo. Discípulo Misionero es aquél que cree en Cristo y camina tras sus huellas. El seguimiento de Cristo no es seguir una doctrina, es seguir a una Persona, al Hijo de Dios hecho hombre. Vivamos la alegría de entregarnos a Jesucristo para ‘hacerlo presente’, con su ayuda, en la Iglesia y en el mundo. Seamos ‘cristo’ para los demás. Tomemos nuestra vocación cristiana como una gracia para unirnos a Dios y a los demás, para alabanza y gloria de su Nombre, para nuestro bien y el de toda su Santa Iglesia. ¿Qué puedo hacer para que esto sea posible?

viernes, 12 de octubre de 2018

HOMILIA DEL PAPA HOY 12 DE OCTUBRE DEL 2018

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta Viernes 12 de octubre de 2018 Como vemos en el Evangelio de hoy (Lc 11,15-26), el demonio, cuando toma posesión del corazón de una persona, se queda ahí, como en su casa, y no quiere salir. Cuando Jesús expulsa demonios, estos buscan arruinar a la persona, hacerle daño, incluso físicamente. Muchas veces Jesús expulsó demonios, que son sus y nuestros verdaderos enemigos. La lucha entre el bien y el mal a veces parece demasiado abstracta. Pero la verdadera lucha es la primera lucha entre Dios y la serpiente antigua, entre Jesús y el diablo. Y esa lucha se hace dentro de nosotros. Cada uno está en lucha, quizá sin saberlo, estamos en lucha. El Evangelio de hoy comienza con algunas personas que acusan a Jesús de haber expulsado un demonio por medio de Belcebú. Siempre hay malas lenguas, y se establece una discusión entre Jesús y esas personas. La esencia del demonio es destruir, su vocación es precisamente destruir la obra de Dios. Y el riesgo es ser como niños que se chupan el dedo creyendo que no es así, que son invenciones de los curas. Sin embargo, el demonio destruye, y cuando no puede destruir cara a cara, porque hay delante una fuerza de Dios que defiende a la persona, entonces, siendo más astuto que un zorro, busca el modo de retomar posesión de aquella persona. Dice el Evangelio que “cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo, y al no hallarlo, dice: Volveré a mi casa –de donde había sido expulsado por Jesús–, de donde salí”. Hasta en el habla se presenta educadamente, diciendo “salí”, cuando en realidad fue expulsado. “Y al llegar, la encuentra barrida y arreglada. Entonces va por otros siete espíritus peores que él y vienen a instalarse allí, y así la situación final de aquel hombre resulta peor que la de antes”. Cuando el diablo no puede destruir directamente, piensa en otra estrategia, la estrategia que usa con todos nosotros. Somos cristianos, católicos, vamos a Misa, rezamos… Parece que todo está bien. Sí, tenemos nuestros defectos, nuestros pecadillos, pero todo parece en orden. Y él se hace el educado: va, ve, busca una buena pandilla, llama a la puerta: “¿Se puede? ¿Puedo entrar?”, y toca el timbre. Y esos demonios educados son peores que los primeros, porque no te das cuenta de que los tienes en casa. Y ese es el espíritu mundano, el espíritu del mundo. El demonio o destruye directamente con vicios, con guerras, con injusticias directamente, o destruye educadamente, diplomáticamente de ese modo que dice Jesús. No hacen ruido, se hacen amigos, te persuaden –“No, ve, no es para tanto, no, hasta ahí está bien”– y te llevan por la senda de la mediocridad, te hacen tibio por la vía de la mundanidad. Cuidado con caer en esa mediocridad espiritual, en ese espíritu del mundo, que nos corrompe por dentro. Me dan más miedo estos demonios que los primeros. Cuando me dicen: “Necesitamos un exorcista porque una persona está poseída por el diablo”, no me preocupo tanto como cuando veo a esa gente que abre la puerta a los demonios educados, esos que te persuaden por dentro de que no son tan enemigos. Yo muchas veces me pregunto: ¿Qué es peor, un pecado claro o vivir con el espíritu del mundo, de la mundanidad? ¿Que el demonio te tire en un pecado –o veinte, treinta pecados, pero claros, que te dan vergüenza–, o que el demonio esté a la mesa y viva contigo, y todo tan normal, y ahí, te va insinuando y te posee con el espíritu de la mundanidad? El espíritu de la mundanidad es eso: los que llevan los demonios educados. Acordaos de la oración de Jesús en la Última Cena –“defiéndelos del espíritu del mundo”–. Ante esos demonios educados que quieren entrar por la puerta de casa como invitados a bodas, decimos: Vigilancia y calma. Vigilancia: ese es el mensaje de Jesús, la vigilancia cristiana. ¿Qué pasa en mi corazón? ¿Porqué soy tan mediocre? ¿Porqué soy tan tibio? ¿Cuántos “educados” viven en mi casa sin pagar el alquiler?

domingo, 7 de octubre de 2018

HOMILIA Domingo Vigesimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cB (14 de octubre de 2018)

Domingo Vigesimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cB (14 de octubre de 2018) Primera: Sabiduría 7, 7-11; Salmo: Sal 89, 12-17; Segunda: Hebreos 4, 12-13; Evangelio: Mc 10, 17-30 Nexo entre las LECTURAS Entre tantas opciones que el hombre encuentra en su existencia, ¿cuál es la más importante, la opción suprema? El libro de la Sabiduría responde que ella, LA SABIDURÍA, es la más importante y afirma poseer un valor superior y más precioso que el poder, la riqueza, la salud, la belleza (primera lectura). El encuentro con el hombre (llamado por la tradición "Joven rico") permite a Jesús volver a anunciar que el seguimiento de Él es la única fuente de felicidad (evangelio). Nuestra vocación es estar donde Él nos quiere con Él y querer seguirlo. La autoridad y penetración eficaz de la Palabra de Dios merece ser reconocida como valor supremo, al igual que el mismo Dios (segunda lectura). ¡Que necesidad tenemos de pedir la gracia para querer lo que quiere, como lo quiere y porque lo quiere! Ánimo, seguir… adelante para amar y servir. Temas... Vocación del hombre. Ante la variedad y multiplicidad de ‘llamadas’, es necesario discernir para elegir hacer el bien y hacerlo realmente. Recordemos lo que enseña san Agustín… debemos amar lo que debe ser amado, hay que pedir la gracia de conocer qué debe ser amado y la gracia de querer hacerlo. En una auténtica vida humana la opción por Dios ocupa el primer lugar, luego las demás ‘cosas’ que nos pide nuestro Padre celestial, que en general se dice hacer el bien y evitar el mal. Cualquier otra respuesta resulta en perjuicio de la persona humana y, en definitiva, de la sociedad. Si por encima del seguimiento de Cristo ponemos los bienes de este mundo (bienes temporales) tal vez el "bolsillo" mejorará, pero con desventaja y daño de la persona humana y de la vocación de eternidad y de la misma naturaleza. Si la fitness y la belleza se ponen por encima de los valores morales, la sociedad contará con grandes atletas y con cuerpos esbeltos, pero con detrimento de las virtudes más profundamente humanas (y nos recuerda el Papa Francisco que son cristianas) como la caridad, la justicia, la honestidad, la lealtad, la fidelidad, la dignidad de la persona. A propósito, decía el Cura Brochero que si no tengo caridad ni a cristiano llego. Es más grave aun cuando se elige una vida viciosa (cómoda), o sea, elegir todo aquello que para el individuo y la sociedad es un mal aunque lo defina como bien por mandato del relativismo. El apego a las riquezas y más aún a las ‘mal habidas’ es un mal para el hombre y para la ‘casa común’, porque le impide seguir a Jesucristo y poner en Dios su corazón y obedecer sus mandamientos. El discípulo misionero está llamado a hacer “caritativamente” lo que Dios manda, lo que Dios le manda. Sentido de la vida. El amor a Dios no se opone al de los bienes materiales, ni al de la salud ni al de la belleza. Dios quiere que el hombre cuente con los medios necesarios para su vida, cuide su salud y la belleza de su figura. En comunión con Dios y sirviendo a los demás es como los bienes materiales bien habidos adquieren una plenitud que en sí no tienen, y -con la ayuda de la gracia- forman parte del designio de Dios para con el hombre. La Palabra de Dios y su autoridad no se oponen a la autoridad y palabra de los padres, educadores, gobernantes, cónyuges, hermanos; más bien, infunde en ellas una fuerza y eficacia que en sí no poseen. Además, es Dios quien ilumina la inteligencia humana para ver cuál es la respuesta mejor entre una serie de llamadas buenas y, con Él, cómo se ordenan entre sí para alcanzar la plenitud de la vocación que es estar con Dios en esta vida y en la eternidad. El hombre a solas, sin la iluminación de Dios, corre el riesgo de construir jerarquías erradas y dar respuestas desacertadas. La primera lectura, por eso, comienza precisamente así: "Supliqué y se me concedió la prudencia; invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría". Elegir el bien, la verdad, la pobreza, el desprendimiento, el verdadero amor, siempre termina recompensando con frutos buenos tanto para cada uno como para la sociedad. Así continua la primera lectura: "Con ella me vinieron a la vez todos los bienes". Y es lo que Jesús responde a Pedro, que representa a los Doce: "Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna". Sugerencias... A los jóvenes (especialmente con motivo del SÍNODO). Durante la juventud, emerge la gran riqueza afectiva que hay en sus corazones, el deseo profundo de un amor verdadero, maravilloso, grande. ¡Cuánta energía hay en esta capacidad de amar y ser amado! No permitan que este valor tan precioso sea falseado, destruido o menoscabado (Papa Francisco). Esto sucede cuando nuestras relaciones están marcadas por la instrumentalización del prójimo para los propios fines egoístas, en ocasiones como mero objeto de placer. El corazón queda herido y triste tras esas experiencias negativas. Se lo ruego: no tengan miedo al amor verdadero, aquel que nos enseña Jesús y que San Pablo describe así: “El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca”. (Papa Francisco) Belleza de la vocación. Invitar a descubrir la belleza de la vocación humana al amor, les pido que se rebelen contra esa tendencia tan extendida de banalizar el amor, sobre todo cuando se intenta reducirlo solamente al aspecto sexual, privándolo así de sus características esenciales de belleza, comunión, fidelidad y responsabilidad. (Papa Francisco) María, Madre de Gracia y de Juventud, ruega por nosotros.

JUBILEO DIOCESIS ALTO VALLE

viernes, 5 de octubre de 2018

25 secretos revelados por Jesús a santa Faustina para luchar contra el demonio

https://es.aleteia.org/2017/10/05/25-secretos-revelados-por-jesus-a-santa-faustina-para-luchar-contra-el-demonio 25 secretos revelados por Jesús a santa Faustina para luchar contra el demonio Píldoras de fe | Oct 05, 2017 EAST NEWS Comparte 22k Sor Faustina Kowalska registró las instrucciones de Cristo en su diario En Cracovia-Pradnik, el 2 de junio 1938, el Señor Jesús dictó a una joven Hermana de la Misericordia polaca un retiro de tres días. Sor Faustina Kowalska registró minuciosamente las instrucciones de Cristo en su diario, que es un manual de mística en la oración y la Divina Misericordia. Después de haber leído el Diario unas veces en los últimos 20 años, me había olvidado del único refugio que Cristo dio sobre el tema de la Guerra Espiritual. Luego, hace poco, fui invitado a dirigir un retiro en Trinidad basado en la “Conferencia sobre la Guerra Espiritual” de Cristo tal como se presenta en el Diario. En el Santuario de la Sagrada Familia, un grupo increíble de líderes laicos al servicio del arzobispo y sacerdotes, patrocinó el retiro la arquidiócesis de Trinidad y llenamos el Seminario de St. John Vianney para reflexionar sobre esta enseñanza. Aquí están los secretos que Jesús reveló a su pequeña novia Faustina sobre cómo protegerse de los ataques del demonio en la batalla espiritual Estas instrucciones se convirtieron en el arma de Faustina en la lucha contra el maligno enemigo Jesús comenzó: “Hija mía, quiero enseñarte acerca de la guerra espiritual”… 1.- Nunca confíes en ti misma, sino abandónate completamente a Mi voluntad. La confianza es un arma espiritual. La confianza es parte del escudo de la fe que san Pablo menciona en la Epístola a los Efesios (6,10-17): la armadura del cristiano. El abandono a la voluntad de Dios es un acto de confianza; la fe en acción disipa los malos espíritus. 2.- En la desolación, oscuridad y dudas, acude a Mí y a tu director espiritual, él siempre te escuchará en mi nombre. En tiempos de guerra espiritual, reza inmediatamente a Jesús. Invoca Su Santo Nombre, que este es muy temido en el inframundo. Traiga las tinieblas a la luz diciéndoselo a su director espiritual o confesor y siga sus instrucciones. 3.- No negocies con cualquier tentación; enciérrate inmediatamente en Mi Corazón. En el Jardín del Edén, Eva negoció con el diablo y perdió. Tenemos que recurrir al refugio del Sagrado Corazón. Corriendo hacia Cristo, es como le damos la espalda a lo demoníaco. 4.- A la primera oportunidad, releva la tentación a tu confesor. Una buena confesión, un buen confesor, y un buen penitente, son una receta perfecta para la victoria sobre la tentación y la opresión demoníaca, ¡esto no falla! 5.- Pon tu amor propio en el último lugar, de modo que este no contamine tus obras. El amor propio es natural, pero debe ser ordenado, libre de orgullo. La humildad vence al diablo, que es el orgullo perfecto. Satanás nos tienta al amor propio desordenado, que nos lleva a la piscina del orgullo. 6.- Ten gran paciencia contigo misma La paciencia es un arma secreta que nos ayuda a mantener la paz de nuestra alma, incluso en las grandes tormentas de la vida. La paciencia con uno mismo es parte de la humildad y la confianza. El diablo nos tienta a la impaciencia, a que se vuelva contra nosotros mismos de modo que nos enojemos. Mírate a ti mismo a la vista de Dios. Él es infinitamente paciente. 7.- No descuides las mortificaciones interiores. La Escritura enseña que algunos demonios sólo pueden ser expulsados con oración y ayuno. Las mortificaciones interiores son armas de guerra. Pueden ser pequeños sacrificios ofrecidos con gran amor. El poder del sacrificio por amor desaloja al enemigo. 8.- Siempre justifícate a ti misma las opiniones de tus superiores y de tu confesor. Cristo habla a santa Faustina que vive en un convento. Pero todos tenemos personas con autoridad sobre nosotros. El diablo tiene como objetivo dividir y conquistar, de manera que la humilde obediencia a la auténtica autoridad es un arma espiritual. 9.- Rechaza las murmuraciones como a una plaga. La lengua es una poderosa embarcación que puede hacer mucho daño. Estar murmurando o chismeando, nunca es de Dios. El diablo es un mentiroso que suscita acusaciones falsas y chismes que pueden matar la reputación de una persona. Rechaza las murmuraciones. 10.- Deja que todos actúen como quieran; pero tú tienes que actuar, como Yo quiero que lo hagas. La mente de uno mismo es la clave en la guerra espiritual. El diablo es un entrometido que intenta arrastrar a todo el mundo. Agrada a Dios y deja que las opiniones de los demás vayan por su camino. 11.- Observar la regla tan fielmente como te sea posible. Jesús se refiere a la regla de una Orden Religiosa aquí. La mayoría de nosotros hemos hecho algún voto delante de Dios y de la Iglesia y debemos ser fieles a nuestras promesas, es decir votos matrimoniales y promesas bautismales. Satanás tienta a la infidelidad, la anarquía y la desobediencia. La fidelidad es un arma para la victoria. 12.- Si alguien te causa problemas, piensa en el bien que puedes hacer a la persona que te hizo sufrir. Ser un vaso de misericordia divina es un arma para el bien y para derrotar el mal. El diablo trabaja sobre el odio, la ira, la venganza y la falta de perdón. Otros nos han hecho daño en algún momento. ¿Qué le devolveremos a cambio? Regresar una bendición rompe maldiciones. 13.- No derrames tus sentimientos. Un alma habladora será más fácilmente atacada por el demonio. Derrama tus sentimientos sólo ante el Señor. Recuerda, los espíritus buenos y malos escuchan lo que dices en voz alta. Los sentimientos son efímeros. La verdad es la brújula. El recogimiento interior es una armadura espiritual. 14.- Guarda silencio cuando seas reprendida. La mayoría de nosotros hemos sido reprendidos en algún momento. No tenemos ningún control sobre eso, pero sí podemos controlar nuestra respuesta. La necesidad de tener la razón todo el tiempo puede conducirnos a trampas demoníacas. Dios sabe la verdad. Déjala ir. El silencio es una protección. El diablo puede utilizar la justicia propia para hacernos tropezar también. 15.- No le pidas opinión a todos, sino sólo a tu confesor; sé tan franca y sencilla como un niño con él. La simplicidad de la vida puede expulsar a los demonios. La honestidad es un arma para derrotar a Satanás, el mentiroso. Cuando mentimos ponemos un pie en su terreno y él intentará seducirnos aún más. 16.- No se desanime por la ingratitud. A nadie le gusta ser subestimado. Pero cuando nos encontramos con la ingratitud o la insensibilidad, el espíritu de desánimo puede ser una carga para nosotros. Resista todo desaliento porque eso nunca proviene de Dios. Es una de las tentaciones más eficaces del diablo. Tenga gratitud en todas las cosas del día y saldrá ganando. 17.- No examines con curiosidad los caminos por donde yo te conduzco. La necesidad de conocer, y la curiosidad por el futuro es una tentación que ha llevado a muchas personas a los cuartos oscuros de los psíquicos, brujas, etc. Elija caminar en la fe. Decídase a confiar en Dios quien te lleva por el camino al cielo. Resista siempre al espíritu de curiosidad 18.- Cuando el aburrimiento y el desánimo golpean contra tu corazón, huye de ti mismo y escóndete en mi corazón. Jesús entrega el mismo mensaje una segunda vez. Ahora Él se refiere al aburrimiento. A principios del Diario, dijo a Santa Faustina que el diablo tienta más fácilmente a las almas ociosas. Tenga cuidado con el aburrimiento, es un espíritu de letargo o acedia. Las almas ociosas son presa fácil de los demonios. 19.- No temas a la lucha; la valentía a menudo intimida a las tentaciones, y no se atreven a atacarnos. El miedo es la segunda táctica más común del diablo (el orgullo es el primero). La valentía intimida al diablo, él huirá ante el perseverante coraje que se encuentra en Jesús, la roca. Todas las personas luchan, y Dios es nuestra provisión. 20.- Siempre lucha con la profunda convicción de que yo estoy contigo. Jesús instruye a una hermana en un convento para “luchar” con convicción. Ella puede hacerlo porque Cristo la acompaña. Los cristianos estamos llamados a luchar con convicción en contra de todas las tácticas demoníacas. El diablo trata de aterrorizar a las almas, debes resistir al terrorismo demoníaco. Invoca al Espíritu Santo en el transcurso del día. 21.- No te dejes guiar por el sentimiento, porque no siempre está bajo tu control. Todo el mérito radica en la voluntad. Todo el mérito radica en la voluntad, porque el amor es un acto de la voluntad. Somos completamente libres en Cristo. Tenemos que hacer una elección, una decisión para bien o para mal. ¿En qué terreno vivimos? 22.- Siempre depende de tus superiores, incluso en las cosas más pequeñas. Cristo está instruyendo a una religiosa aquí. Pero, todos tenemos al Señor como nuestro Superior. La dependencia a Dios es un arma de guerra espiritual, porque no podemos ganar por nuestros propios medios. Proclamar la victoria de Cristo sobre el mal es parte del discipulado. Cristo vino a derrotar a la muerte y el mal, ¡proclámalo! 23.- No te engañes con perspectivas de paz y consuelo; por el contrario, prepárate para grandes batallas. Santa Faustina sufrió física y espiritualmente. Ella estaba preparada para grandes batallas por la gracia de Dios que la sostuvo. Cristo nos instruye claramente en las Escrituras para estar preparados para grandes batallas, para ponernos la armadura de Dios y resistir al diablo (Ef. 6,11). Estar atentos y discernir siempre. 24.- Sepa bien que estás en un gran escenario donde todo el cielo y la tierra, están mirando. Estamos todos en un gran escenario donde el cielo y la tierra están viendo. ¿Qué mensaje estamos dando con nuestra forma de vida? ¿Qué clase de tonalidades irradiamos: luz, oscuridad o grises? ¿La forma en que vivimos atrae más luz o más oscuridad? Si el diablo no tiene éxito en llevarnos a la oscuridad, tratará de mantenernos en la categoría de los tibios, que no es agradable a Dios. 25.- Lucha como un caballero, de modo que Yo pueda recompensarte. No seas excesivamente temerosa, porque no está sola. Las palabras del Señor a santa Faustina pueden convertirse en nuestro lema: ¡Lucha como un caballero! Un Caballero de Cristo sabe bien la causa por la que él lucha, la nobleza de su misión, el Rey a quien sirve, y con la bendita certeza de la victoria, que lucha hasta el final, incluso a costa de su vida. Si una joven, sin educación, una simple monja polaca unida a Cristo, puede luchar como un Caballero, todo cristiano puede hacer lo mismo. La confianza es victoriosa. Citas del Diario de Santa Faustina propiedad de los Marianos de la Inmaculada Concepción, Stockbridge, Massachusetts.

HOMILIA Domingo Vigesimoséptimo del TIEMPO ORDINARIO cB (07 de octubre de 2018)

Domingo Vigesimoséptimo del TIEMPO ORDINARIO cB (07 de octubre de 2018) Primera: Génesis 2, 4b. 7a. 18-24; Salmo: Sal 127, 1-6; Segunda: Hebreos 2, 9-11; Evangelio: Marcos 10, 2-16 Nexo entre las LECTURAS El tema de la UNIDAD con el signo del “matrimonio” domina la liturgia de este Domingo. Están, la ley de Moisés que permite repudiar a la esposa y la enseñanza de Jesús que vuelve a la ley originaria puesta en la naturaleza, según la cual "el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán dos en una sola carne" (el evangelio citando la primera lectura). EL proyecto de Dios es la unidad, la comunión, no la exclusión, la división, la negación del otro. En la segunda lectura, se nos recuerda que Jesús, que es el esposo de la humanidad -Iglesia-, se entrega a ella hasta la muerte para purificarla y santificarla con su sangre… de esta manera viene a ser verdadero prototipo del amor esponsal… En la manera de decir del Papa Francisco desde el inicio de su pontificado que tenemos que ayudarnos unos a otros, sostenernos, custodiarnos… unirnos para la gloria de la Dios y salvación de todos… especialmente el 19 de marzo de 2013, en el Jubileo de la Misericordia y en Amoris Letitia. Temas... El anuncio maravilloso de Jesús. Deberíamos decir que nuestro Señor presenta un ideal, y que es el único que realiza verdaderamente el proyecto de Dios sobre los hombres. O sea, que es el único que hace que el hombre se realice verdaderamente como persona. Y ese ideal consiste en el AMOR que dura y crece siempre, que quiere seriamente el bien del otro, que hace todo lo necesario para cultivar ese amor. El amor que es consciente de que, en definitiva, está realizando el propio Amor de Dios. Este ideal (de la unidad) resulta muchas veces difícil, como difíciles son los ideales que presenta Jesús: amar a los enemigos, perdonar siempre, venderlo todo y darlo a los pobres... solo es posible con la ayuda de la gracia y sabemos que si se realizan todas estas virtudes sería de verdad, el Reino de Dios, la Civilización del Amor, que es el mejor mundo para los hombres. Y por tanto, debemos seguir anunciando estos ideales y trabajar por realizarlos en la práctica de las obras de misericordia y de las virtudes. El evangelio de hoy puede ser una buena ocasión para recordar -y valorar- el MATRIMONIO y a los matrimonios, en especial a los más cercanos a nosotros. Hablar y festejar la importancia de la grandeza del matrimonio y de su compromiso: conviene recuperar la decisión de amor de los orígenes, recordar que el amor sigue siendo bendecido por Dios y siguen siendo «sacramento», signo e instrumento de la unión de los hombres entre sí y de los hombres con Dios. También será ocasión para poner ante Dios, en la oración de la comunidad, la realidad actual -tan numerosa- de matrimonios rotos, de amor dividido… con todo lo que supone de consecuencias negativas para las familias y para la sociedad, y muy especialmente para los hijos. Puede ser ocasión para plantearse qué respuesta damos como comunidad cristiana (eclesial) a los matrimonios, a los que no son aún Matrimonio, a las familias, a los jóvenes. ¿Cómo ayudamos a que la voluntad de amor que Dios tiene para con las parejas sea posible en el día a día? También puede ser oportuno presentar la oración por el inicio y las tareas del Sínodo de la JUVENTUD, tal vez organizar jornadas de oración, de adoración, de ayuno, de abstinencia, de lectura, de práctica de la caridad para con familias de las periferias de nuestras comunidades, barrios y ciudades. Sugerencias... «Lo que Dios ha unido... ». El evangelio clarifica la cuestión del matrimonio, en la que Jesús, más allá de Moisés, se remite al orden original que se relata en el texto del Génesis (de la creación). Un orden que no es una ley positiva, cambiante, sino que está escrito en la naturaleza del hombre. Esta naturaleza es un misterio de comunión (varón y mujer) corporal y espiritual. El hombre y la mujer se convierten en «una sola carne» corporalmente, y como el hombre «abandona a su padre y a su madre para unirse a su mujer», y de esta unión nacen hijos que deben ser educados, ambos se convierten también en «un solo espíritu». Por eso la unión, que se remonta a un acto de Dios, es definitiva y no puede ser rota por el hombre. El episodio de la bendición de los niños, que se añade al final del evangelio, puede relacionarse con lo anterior. Los niños son aquí expresamente el modelo de todo hombre que acepta el reino de Dios, y por tanto también de los cónyuges cristianos, que, si conservan ante Dios la actitud del niño, no pueden adoptar frente al esposo o la esposa la actitud superior de dominio que suele ser propia del adulto que está alejado de los mandamientos y virtudes. Permanecer juntos como niños ante Dios hace posible una comprensión y una benevolencia mutuas, con las que se superan las inevitables tensiones de la existencia. «El Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer». En la primera lectura aparece el relato de la creación de la mujer a partir de la costilla de Adán: el orden de la redención de Jesús confirma plenamente el orden de la creación del Padre. El sentido profundo de este texto es evidente: el hombre y la mujer son ya, desde los orígenes, una sola carne, de modo que su unirse y su «ser una sola carne» corresponde a su esencia más personal e intransferible. El varón domina los animales, pero en la mujer se reconoce a sí mismo: « ¡Esta sí que es carne de mi carne!». «Por eso» -se dice expresamente- el varón se une a la mujer y ambos se convierten en lo que ya son: una sola carne. A la fecundidad de esta unidad se alude en el primer relato de la creación; esta fecundidad pertenece, como ya se ha dicho, a la fundación de la indisolubilidad de la unión, como subraya Jesús. Virgen presente y buena en Caná de Galilea, ruega por nosotros y por todos los matrimonios y familias.

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

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