lunes, 26 de agosto de 2019

HOMILIA Domingo Vigesimosegundo del TIEMPO ORDINARIO cC (1 de septiembre de 2019).

Domingo Vigesimosegundo del TIEMPO ORDINARIO cC (1 de septiembre de 2019). Primera: Eclesiástico 3, 17-18.20.28-29; Salmo: Sal 67, 4-5a. c. 6-7b. 10-11; Segunda: Hebreos 12, 18-19.22-24; Evangelio: Lucas 14, 1.7-14 Nexo entre las LECTURAS… La primera lectura y el salmo subrayan, con la exhortación sapiencial la primera, y con la referencia histórica del éxodo el Salmo, la actitud de Dios para con los pobres y humildes. Así se orienta el contenido de las conversaciones de Jesús hacia la descripción de las actitudes de humildad que hacen posible la glorificación, que es el tema final de la liturgia de este Domingo. En el mundo actual es urgente que los discípulos-misioneros seamos testigos, ante los demás, de la existencia de ese mundo distinto (nuevo), diverso y joven, bello y pacífico en el que Cristo nos introdujo con su muerte (segunda lectura) y solo seremos testigos si somos servidores especialmente de los más humildes y sencillos. Temas... Los fariseos eran expertos en observar a la gente. Como ellos conocían tan bien la Ley de Moisés, y como tenían tantas tradiciones y costumbres y normas, entonces estaban muy atentos a ver quién cumplía y quién no cumplía. Y hoy hemos proclamado el evangelio y nos encontramos con otra de las muchas discusiones que Jesús tuvo con los fariseos. Para ellos, todo era problemático, todo era pecado, eso… todo era problema. Y Jesús trae un anuncio, una lógica distinta, precisamente muestra cómo es de ancho su corazón en el hecho de que, aunque Él no compartía el modo de obrar de los fariseos, no por eso dejaba de compartir con los fariseos. Es lo que nos enseña la obra de misericordia: soportar con paciencia los defectos de los demás… también las bienaventuranzas: de la mansedumbre, de los que tienen un corazón paciente, manso, misericordioso. Jesús tiene el corazón abierto, amplio y en verdad… por eso, si es verdad que ellos lo están observando a Él, Él también los está observando a ellos y no va al banquete como un tímido comensal sino que va como lo que es, un Maestro y el que quiera oír que lo oiga; y por eso, ahí delante de todos y de los fariseos, da la enseñanza: “…todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado”. En la Liturgia, hoy nos está invitando a la humildad. Es valioso aprovechar estos minutitos en la iglesia (homilía)… aprovechemos, porque lo que oímos hablar de humildad lo oiremos tan solo de la puerta para adentro… PUES de la puerta para afuera… ni se oye, ni parece útil, ni parece provechoso, ni parece posible la humildad. Y, con dolor, lo decimos… muchas veces nosotros mismos (los que predicamos) no lo practicamos. De modo que, ya que estamos en la Iglesia, ya que nos reunimos para la Eucaristía, oigamos a Jesús, nuestro Maestro, y meditemos -por un momento- qué es esto de la humildad y… con los ritos de la Celebración, la practiquemos... seamos obedientes/humildes al Misal y a la Liturgia… eso es verdad y eso es humildad… los ritos nos ponen en verdad delante de Dios y de los demás. Y como en el mundo sirve más bien la suficiencia, la dureza, el sentirse uno capaz de todo, el egoísmo… hagamos lo que Dios nos pide en la Iglesia y esa oración nos dará la fortaleza del mismo Dios para ser sus hijos practicando los mandamientos y obras de misericordia en el mundo… en las cosas de cada día. Y… ¿Qué es la HUMILDAD?: Podemos escuchar a Santa Teresa de Jesús que nos dice: "la humildad es la verdad". Resulta que la verdad de uno es una cosa, y lo que uno dice de uno y lo que uno se imagina de uno y lo que uno aparenta de uno, eso son “otras” cosas. La humildad no es negar lo bueno que uno tiene, ni mucho menos. La humildad lo conserva a uno en la verdad de uno, que es bastante pequeña, pero también bastante prometedora que esas fantasías en las que uno suele vivir y en lo que uno suele aparentar. Hoy la Liturgia muestra la relación muy estrecha que hay entre la humildad y la sabiduría… por algo la primera lectura -hermosa- del libro Eclesiástico, capítulo tercero, habla de la humildad y de la sabiduría. Lo podemos poner en un ejemplo: cuando uno se encuentra con un verdadero científico, es una persona humilde, es una persona discreta que reposa sus declaraciones, que da sus posiciones de una manera muy sencilla, muy modesta. El verdadero científico es modesto, es humilde y, ¿por qué? Porque el verdadero científico sí sabe todo lo que no sabe. En cambio, el fanfarrón, el que se ha leído dos o tres libritos por ahí, el que se ha leído en una revista de divulgación, entonces de pronto se siente súper seguro de su ciencia… lo mismo podíamos decir de la filosofía, de la teología o de la fe, de los de la Iglesia… conocer un poquito a Cristo nos puede volver fanáticos. Cuando conocemos mucho de Cristo descubrimos que todos necesitamos de la gracia que Él promete y seguramente no vamos a hacer ni presuntuosos ni aplastantes con las otras personas, porque nosotros mismos hemos descubierto todo lo que no somos. La humildad nos hace sabios porque nos pone en contacto con todo lo que nos hace falta… es la soberbia la que nos hace ciegos. El creer que se tiene la respuesta completa o el estilo completo, o la única modalidad POSIBLE… nos hace incapaces de creer y nos hace incapaces de crecer, nos congela en lo que somos… y no nos deja estar con los demás. Llenarse de soberbia es matarse, porque la persona que está llena de soberbia hasta ahí llega. No puede saber más y no puede hacer espacio en su corazón para que entren los demás… por eso debemos rezar cada vez más la jaculatoria: Corazón de Jesús, manso y humilde, haz nuestro corazón semejante al tuyo, también tenemos que crecer en la devoción al Corazón de María, como Maximiliano Kolbe, Antonio María Claret y tantos otros… para que en nuestro corazón HAYA lugar para TODOS. Sin esta humildad, en tu vida no va a suceder todo lo que Dios quiere para Ti, todo lo que podrías ser. La verdadera devoción (vida devota) nos ayuda a rezar para ser humildes, porque la vida mostrará los errores. Es mejor, es más sensato ser humildes porque a medida que va pasando el tiempo, van apareciendo las consecuencias de todas las fanfarronadas y todas las salidas orgullosas (de poder) y todas las altanerías de uno. Qué bien nos hace la devoción, tan recomendada por la Iglesia, de San José: hombre justo, obediente, humilde… Sugerencias… Humildad, o sea, la verdad. Lo que Jesucristo en el evangelio pretende darnos no es una clase de cortesía y buena educación. Jesús va más a fondo, a lo esencial, al sustrato íntimo de la persona. Y allí, ¿qué encuentra? Encuentra un letrero que dice: "todo es don, todo es gracia". El hombre que no sea capaz de admitirlo, está en la mentira, se autoengaña y procurará de muchos modos engañar también a los demás. Por ejemplo, complaciéndose con sus éxitos, hablando de sus triunfos, exaltando sus muchas cualidades, creyéndose y haciéndose el importante... Aquel que sea capaz de admitir que todo es Don y Gracia, está en la verdad, y será profundamente humilde. Porque la humildad es la verdad con la que nos vemos a nosotros mismos delante de Dios. Por sí mismo el hombre es polvo, viento, nada (Eclesiástico). Por la gracia de Dios es su imagen y es su hijo. Que podamos decir como san Pablo: "Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido vana en mí". ¡Qué manera tan distinta de vivir cuando se vive en la verdad! El hombre humilde vive la verdad en el Amor: la verdad sobre sí mismo, la verdad sobre los demás y la verdad sobre Dios. No puedo no afirmar que una Iglesia de humildes será una Iglesia más auténtica, más fiel al designio original de su Fundador (San Pablo VI, Papa). Cada uno, en humildad, contribuye en algo para bien y salvación de los demás. ¡Atención a la ‘falsa humildad’! Hemos dicho que la humildad es la verdad, como enseña santa Teresa de Jesús. Existen, sin embargo, formas aparentes de humildad. Al faltarles la verdad, esas formas no pueden ser humildad auténtica. Recordemos algunas formas de falsa humildad. Un claro caso es el complejo de inferioridad: "Yo no valgo para ese encargo", "Yo no puedo hacer ese trabajo", "Yo no tengo esa cualidad". A veces detrás de esas frases se oculta una ingente pereza o un deseo de poder. La mayoría de las veces se esconde una astuta soberbia que quiere evitar a toda costa el hacer un mal papel o el quedar mal ante los demás pero le encantaría ocupar ese lugar. Humilde es aquel que reconoce sus cualidades, su valía, sus buenos resultados, y lo atribuye a Dios como a su fuente. Otro ejemplo de falsa humildad es no aceptar la alabanza de los demás, rechazar cualquier reconocimiento público, aparentar indiferencia ante la opinión de los demás. En el fondo muchas veces es sólo una pose para saborear de nuevo la alabanza escuchada, o para que vuelvan a insistirte en los buenos resultados obtenidos, o para adular sus oídos con la buena opinión de que goza ante los demás (lo hacen para ser vistos, dice el Señor). Humilde, al contrario, es quien acepta la alabanza, pero la eleva hasta Dios; acepta el reconocimiento público por una buena obra o la buena opinión de los demás sobre él, pero descubre en ello un gesto de caridad fraterna y una acción misteriosa de Dios. Un último caso, es el de quien cree que todo le sale mal, que ha nacido ‘con esa mala estrella’, y que no hay nada que hacer. En un tal individuo la soberbia es tan grande que le ciega para ver cualquier cosa buena que haga; sólo tiene ojos para las cosas malas, o para los límites e imperfecciones de las cosas buenas. El humilde, más bien, sabe ver la bondad en las cosas, incluso en aquellas que le salen mal. Y dice con san Pablo: "Para los que aman a Dios todas las cosas contribuyen a su bien". María, Virgen humilde y obediente, ruega por nosotros. Área de archivos adjuntos

miércoles, 14 de agosto de 2019

Solemnidad de la Asunción de la VIRGEN MARÍA (15 de agosto de 2019)

Solemnidad de la Asunción de la VIRGEN MARÍA (15 de agosto de 2019) Primera: Apocalipsis 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab; Salmo: Sal 44, 10bc. 11-12. 15b-16; Segunda: 1Corintios 15, 20-26; Evangelio: Lucas 1, 39-56 Nexo entre las LECTURAS Toda la celebración de hoy tiene un color de victoria y de esperanza que nos va muy bien en medio de un mundo sin demasiadas perspectivas del bien, de la verdad, de lo definitiva. Más bien este mundo es confuso en muchos aspectos y especialmente por la dictadura del relativismo reinante y los cristianos hacemos un alto para celebrar la victoria de María, la Madre de Jesús y de la Iglesia, y nos dejamos contagiar de su alegría. El nexo de las lecturas y centro de la Solemnidad es entonces la alegría en la victoria cierta. Teniendo en cuenta que ésta es una de las fiestas más grandes de la Virgen, todo el estilo de la celebración, de las moniciones y de la homilía y las actividades de los cristianos el 15, deberían mostrar nuestra alegría por la obra que Dios ha hecho en la Virgen y por lo que esto supone de esperanza para nosotros. ¡Vivamos de manera muy festiva esta Liturgia y este día! Temas... 1. «Una señal grandiosa apareció en el cielo: una mujer con el sol por vestido, la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas» (Entrada). Así saluda la Liturgia a María asunta al cielo aplicándole las palabras del Apocalipsis (12, 1) que se leen hoy también en la primera lectura. En la visión profética de Juan esa mujer excepcional aparece esperando un hijo y en lucha con el «dragón», el perpetuo enemigo de Dios y de los hombres. Este cuadro de luz y de sombras, de gloria y de guerra lleva a pensar en la realización de la promesa mesiánica contenida en las palabras dirigidas por Dios a la serpiente engañadora: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te aplastará la cabeza» (Gn 3, 15). Todo esto se realizó por medio de María, la Madre del Salvador, contra el que se precipitó Satanás, pero del que éste fue definitivamente vencido. Cristo, hijo de María, es el Vencedor… sin embargo, para que la humanidad pueda gozar plenamente de la victoria conseguida por Él, es necesario que, como Él, sostenga la lucha. En este duro combate, el hombre es sostenido por la fe en Cristo y por el poder de su gracia; pero también lo es por la protección materna de María que desde la gloria del cielo no cesa de interceder por cuantos militan/participan en seguimiento de su Hijo divino. Ellos vencerán en virtud de la sangre del Cordero (Ap. 12, 11), la sangre que le fue dada por la Virgen Madre (Sor Lucí de Fátima). María dio el Salvador al mundo; por medio de ella, pues, «llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías» (ib 10). Así sucedió porque tal ha sido la voluntad del que ha establecido que lo tuviésemos todo por medio de María» (S. Bernardo, De aquaed. 7). Mientras la visión apocalíptica muestra al hijo de la mujer arrebatado y llevado junto al trono de Dios -alusión a la ascensión de Cristo al cielo-, presenta a la mujer misma en fuga a «un lugar preparado por Dios» (Ap. 12, 5-6), figura de la asunción de María a la gloria del Eterno. María es la primera en participar plenamente en la suerte de su Hijo divino; unida a él como madre y «compañera singularmente generosa» que «cooperó de forma enteramente impar» a su obra de Salvador (LG 61), comparte su gloria, asunta al cielo en alma y cuerpo. 2.El concepto expresado por la primera lectura es completado por la segunda (1 Cr 15, 20-26). San Pablo hablando de Cristo, primicia de los resucitados, concluye que un día todos los creyentes tendrán parte en su glorificación. Pero en diferente grado: «Primero Cristo como primicia: después, todos los cristianos» (ib 23). Y entre «los cristianos» el primer puesto pertenece sin duda a la Virgen, que fue siempre suya porque jamás estuvo atada por el pecado. Es la única criatura en quien el esplendor de la imagen de Dios nunca fue ofuscado; es la «Inmaculada Concepción», la obra intacta de la Trinidad, en la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han podido siempre complacerse, recibiendo de ella una respuesta total a su amor. La respuesta de María al amor de Dios resuena en el Evangelio de este día (Lc 1, 39-59), tanto en las palabras de Isabel que exaltan la gran fe que ha llevado a María a adherirse sin vacilación al querer divino, como en las de la misma Virgen que entona un himno de alabanza al Altísimo por las cosas grandes que ha hecho en ella. María no se mira a sí misma sino para reconocer su pequeñez, y de ésta se eleva a Dios para glorificar su dignación y misericordia, su intervención y su poder en favor de los pequeños, de los humildes y de los pobres, entre los cuales se coloca ella con suma sencillez. Su respuesta al amor inmenso de Dios que la ha elegido entre todas las mujeres para madre de su Hijo divino es invariablemente la dada al ángel: «Aquí está la esclava del Señor» (ib 38). Para María ser esclava significa estar totalmente abierta y disponible para Dios: Él puede hacer de ella lo que quiera. Y Dios, después de haberla asociado a la pasión de su Hijo, la ensalzará un día realizando en ella las palabras de su cántico: «derriba del solio a los poderosos y enaltece a los humildes» (ib 52); pues la humilde esclava, en efecto, «fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial..., con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores» (LG 59). En María asunta al cielo la cristiandad entera tiene una poderosa abogada y también un magnífico modelo. De ella aprenden todos a reconocer la propia pequeñez, a ofrecerse a Dios en total disponibilidad a sus quereres y a creer en el amor misericordioso y omnipotente con fe inquebrantable Sugerencias... La Asunción es un grito de fe en que es posible esta salvación. Es una respuesta a los pesimistas y a los perezosos. Es una respuesta de Dios al hombre materialista y secularizado que no ve más que los valores económicos o humanos: algo está presente en nuestro mundo, que trasciende de nuestras fuerzas y que lleva más allá. El destino del hombre es la glorificación en Cristo y con Cristo. El hombre, cuerpo y alma, está destinado a la vida. Esa es la dignidad y futuro del hombre. Por eso en la Misa de hoy pedimos repetidamente que también a nosotros, como a la Virgen María, nos conceda "el premio de la gloria" (oración de la vigilia), que "lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo" (oración del día). Estamos celebrando nuestro propio futuro (optimistas) realizado ya en María. Nuestro Magníficat: la Eucaristía. Los Domingos, y también otros días (preceptos) como hoy que la Iglesia considera muy importantes, la comunidad cristiana se reúne y entona a Dios su alabanza y su acción de gracias. Como la Virgen prorrumpió en el canto del Magníficat, así nosotros expresamos nuestra alegría, con fe y esperanza, por lo que Dios hace, en cantos, en aclamaciones y, sobre todo, en la Plegaria Eucarística. Es nuestra respuesta a la acción de Dios: nuestro "Magníficat" continuado. Y no sólo damos gracias, sino que en la Eucaristía participamos del misterio pascual, la Muerte y Resurrección de Cristo, del que la Virgen ha participado en cuerpo y alma, y así tenemos la garantía de la vida: "quien come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá la vida eterna, y yo le resucitaré el último día" (Jn 6.). La Eucaristía nos invita a mirar y a caminar en la misma dirección en la que nos alegra hoy la fiesta de la Asunción. María, Hija de Sión, Madre de misericordia, ruega por nosotros.

miércoles, 7 de agosto de 2019

¿Es pecado votar por un político que promueve el aborto? - Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: catholic.net

¿Es pecado votar por un político que promueve el aborto? Al referirse a políticos y promoción me imagino que estamos hablando de democracia. Vamos a enmarcar esta pregunta en el caso de un país democrático en donde los habitantes ejercen su derecho de voto para elegir a las personas que los representarán en el quehacer político. Una democracia no se define por la ciega aplicación de la regla de la mayoría, como comúnmente se cree. Imagínese usted donde quedaríamos los gordos, los flacos, los calvos si la mayoría decidiese una acción penal contra todos los que adoleciéramos de alguna de las situaciones (no voy a llamar defectos) antes mencionados. Una democracia se define por la voluntad de desterrar privilegios y discriminaciones en nombre de una dignidad que es igual para todos los hombres. Podemos entonces decir que toda democracia se basa en el hecho de que reconoce una misma dignidad para todos los seres humanos, simplemente por el hecho de que son eso: seres humanos. Esta dignidad le da a las personas unos derechos y el Estado democrático debe reconocerlos y respetarlos. Esos derechos no están subordinados ni a los políticos, ni a los padres, ni tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado: pertenecen a la naturaleza humana. Uno de estos derechos es el del respeto a la vida. Por el hecho de ser concebido, ese pequeño embrión, microscópico, insignificante, contiene en sí una vida humana y por lo tanto debe ser respetada y protegida. Cuando un Estado democrático decide eliminar una porción de seres humanos está negando la igualdad de todos ante la ley. Si el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todos los ciudadanos y particularmente de quien es más débil, quebranta entonces los fundamentos mismos del derecho. De ahí al totalitarismo, no hay más que un paso. ¿Cuál es la diferencia entre eliminar judíos o niños no nacidos? ¿Existe alguna justificación para deshacerse de hombres y mujeres de la tercera edad improductivos para el Estado o niños que vengan al mundo con algún defecto genético? ¿Bajo qué argumentos se decide quién vendrá o no vendrá al mundo? ¿Sólo los niños rubios de ojos azules? Cuando un partido político o un hombre que hace política promueve el aborto bajo cualquier justificación, está atentando contra las mismas bases del Estado, pues queriendo o no queriendo, pone a los niños no nacidos en una categoría aparte, en una categoría diferente a la de los demás seres humanos. Podrá justificarse diciendo que el no nacido es parte del cuerpo de su madre, que el no nacido no es un ser humano completo porque aún no puede valerse por sí mismo, que la eliminación de los no nacidos es el único camino viable para reducir el alto índice demográfico de su país y así alcanzar altos niveles de bienestar, que es un camino de conmiseración para la mujer que ha sido violado y que no quiere el hijo fruto de un acto violento. Podrá decir lo que quiera para atraer el mayor número de votos, pero en última instancia está poniendo en una segunda categoría de seres humanos a los niños no nacidos. Un católico deberá estar siempre a favor de la vida por el hecho mismo de que la vida es un don de Dios y no está en manos de ningún hombre el darla o quitarla. Dar su voto por alguien que promueve el aborto, en igualdad de circunstancias, equivale a cooperar con el aborto, por lo tanto se iría en contra del mandamiento “No matarás”. Pero habrá que analizar bien cada situación. ¿Cuál es la propuesta alternativa de los otros partidos? ¿Las otras posturas no estarán atentando contra otros derechos fundamentales del hombre? ¿Solamente ese partido es el que atenta contra la vida a través de la promoción del aborto? Hubo en la historia contemporánea el caso de un hombre que supo ser fiel a su conciencia y no emitió su voto a favor del aborto. Se trata del Rey Balduino de Bélgica. El 6 de noviembre de 1989 el Senado de su país había aprobado una de las leyes más laxas sobre el aborto y el 29 de marzo del siguiente año, la aprobó también la Cámara. Faltaba únicamente la firma de él para que la ley pudiera aplicarse. En un hecho sin precedentes el Rey Balduino, el 30 de marzo de 1990 envió una carta al Primer Ministro de su país explicando las razones de conciencia por las cuales no podía firmar dicha ley. “Temo que este proyecto provoque una disminución sensible del respeto de la vida de aquellos que son más débiles. Comprenda usted porqué, por todo ello, no quiero asociarme a esa ley (...) pues estimo que asumiría una cierta corresponsabilidad”.

lunes, 5 de agosto de 2019

HOMILIA Domingo Decimonoveno del TIEMPO ORDINARIO cC (11 de agosto de 2019).

Domingo Decimonoveno del TIEMPO ORDINARIO cC (11 de agosto de 2019). Primera: Sabiduría 18, 3.6-9; Salmo: Sal 32, 1. 12. 18-20. 22; Segunda: Hebreos 11, 1-2.8-19; Evangelio: Lucas 12, 32-48 Nexo entre las LECTURAS… "En confiada y vigilante espera", así puede resumirse el contenido principal del mensaje litúrgico de hoy. Esta es la actitud de Abraham y Sara, y de todos aquellos que murieron en espera de la promesa hecha por Dios (segunda lectura). Esta es la actitud de los descendientes de los patriarcas, esperando con confianza, en medio de duros trabajos, la noche de la liberación (primera lectura). Esta es la actitud del cristiano en este mundo, entregado a sus quehaceres diarios, esperando con corazón vigilante la llegada de su Señor (evangelio). Es lo que rezamos gozosos con el salmo, feliz el pueblo que el Señor se eligió como herencia… nuestra alma espera en el Señor: Él es nuestra ayuda y nuestro escudo. Temas... Los textos de esta celebración nos exigen vivir en movimiento, en tensión, en un continuo éxodo, desinstalados, en estado de peregrinación; en una palabra: vivir en vela, en razón de la promesa de Dios, en razón de las cuentas que habremos de rendir... «La fe es seguridad de lo que se espera». La segunda lectura llama a esta existencia desinstalada simplemente «fe». La fe se apoya en una palabra recibida de Dios que anuncia una realidad invisible y futura. Esto se muestra en la existencia de Israel, que comienza con el éxodo de Abraham y se continúa a través de los siglos; esta fe puede ser sometida a duras pruebas, como cuando se exige a Abraham que sacrifique a su hijo, como demuestra también el hecho de que todos los representantes de la Antigua Alianza «murieron sin haber recibido la tierra prometida». Estos aprendieron, casi más drásticamente que los cristianos, lo que significa vivir «como huéspedes y peregrinos en la tierra», y buscar una Patria que está más allá de toda su existencia perecedera. Porque en el misterio de Jesús y en la recepción del Espíritu Santo los cristianos no solamente «hemos visto y saludado de lejos» la Patria Celeste, sino que, como dice Juan, «han oído, visto y palpado la Palabra que es la vida eterna», y según Pablo: hemos recibido el Espíritu Santo como prenda, como arras o garantía de lo que esperan, por lo que pueden y deben ir al encuentro del cumplimiento de la promesa con mayor seguridad, y por ello, también, con mayor responsabilidad. «La noche de la liberación se les anunció de antemano». La primera lectura muestra que ya en la Antigua Alianza la fe no estaba desprovista de signos, de toda garantía: hubo anuncios que se cumplieron, como el de la noche de la comida pascual o la promesa de Dios al rey David, como la predicción de los profetas sobre el exilio y su duración. Todo hombre atento recibe tales/muchas señales. Dios muestra así, de alguna manera, que se está en el buen camino; y exige de él la fe. Dios no nos deja en la incertidumbre, aunque a veces sea sometido a una dura prueba como Abraham o algunos profetas, pues en último término su fe no puede apoyarse sobre señales y milagros, sino sobre la fidelidad de Dios, que mantiene su palabra de modo inquebrantable. «Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá». En el evangelio aparecen múltiples variantes de la exigencia dirigida a los cristianos de vivir siempre preparados, en vela/atentos. Y esto tanto más cuanto mayores son los dones y tareas que Dios nos ha dado (y encomendado). Las tareas encomendadas por Dios se cumplen de la mejor manera cuando el criado no pierde de vista que en cualquier momento puede ser llamado a ‘rendir cuentas’. Por tanto, cada uno de los momentos temporales deben ser vividos y configurados de cara a la eternidad. Si el cristiano olvida esta inmediatez, olvida también el contenido de su tarea terrena en el amor y el servicio, también olvida el de la justicia que esto implica («empieza a pegarles servidores y a las sirvientas»); ahora queda claro que el cristiano no practicará la caridad y la justicia, si no es capaz de mirar más allá del mundo para poner sus ojos en las exigencias de la justicia eterna, que no es una sola «idea», sino el Señor viviente cuya aparición gloriosa esperamos. Sugerencias... Mirar el presente con ojos de fe. El discípulo-misionero no es un soñador desconectado del presente… sino que vive el realismo del presente, con las pequeñas tareas de cada día, con los pequeños o grandes proyectos, con las luchas por la vida y la supervivencia de tantos hombres, con la crónica negra de las noticias, con las pequeñas sorpresas que de vez en cuando llaman a la puerta. En realidad, la vida se vive en presente y servicio o no se vive. El presente es lo único a nuestra disposición, porque el pasado ya no está y hay que dejarlo a la misericordia infinita de Dios y el futuro carece todavía de consistencia propia y hay que prepararlo con esperanza. El presente es el hoy en el que se me da la tarea de amar y servir -a Dios y al prójimo- para gozar con Dios después de santa muerte. No hemos de tener miedo al presente, hemos de trabajar con la paz que nos da el Señor para que vivamos practicando las virtudes, practicando las obras de misericordia. El presente, así vivido, está abierto al futuro que, paso a paso, se convierte en presente… por eso hay que mirar el presente con ojos lejanos. El presente abierto ve ya la espiga dorada en la semilla apenas arrojada en la tierra. El presente abierto y cristiano lanza su mirada hacia adelante, cada vez más y más hasta hacerla entrar en la morada misma de Dios. Miremos las cosas de cada día (la tierra) con la enseñanza del Cielo y miremos el Cielo haciendo la voluntad de Dios en la tierra. La vigilancia no es opcional. El hombre prudente, sensato, no considera la actitud vigilante algo simplemente posible, una entre otras muchas opciones. La vigilancia es la mejor opción. Vigilar para que el futuro no nos sorprenda… ¿quieres saber si te salvarás?, ¡obra como salvado y te salvarás! (San Agustín). Vigilar para ser capaces de dominar los acontecimientos, en lugar de ser dominados por ellos. Vigilar para no perder jamás la paz, ni siquiera ante el desencadenamiento más duro de pruebas y experiencias adversas. En realidad, quien vigila ya ha mirado hacia la meta, y está preparado para llegar al fin. Vigilar para descubrir la escritura de Dios en las páginas de la historia. Vigilar para saber descubrir la acción del Espíritu en tu interior, en el interior de los hombres. Vigilar para mantener íntegras la fe, la esperanza y la caridad, "cuando Él venga". La vigilancia no es opcional, es necesaria para vivir. Nuestra Señora de la espera, ruega por nosotros. ...

lunes, 29 de julio de 2019

HOMILIA Domingo Decimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cC (4 de agosto de 2019).

Domingo Decimoctavo del TIEMPO ORDINARIO cC (4 de agosto de 2019). Primera: Eclesiastés 1, 2; 2. 21-23; Salmo: Sal 89, 3-6. 12-14. 17; Segunda: Colosenses 3, 1-5. 9-11; Evangelio: Lucas 12, 13-21 Nexo entre las LECTURAS… Los textos litúrgicos de este Domingo nos proponen dos modos de vivir (ser) y de estar en el mundo. Está el modo de vivir del hombre viejo y está el modo de vivir propio del hombre nuevo… existe el hombre que busca las cosas de la tierra y el que busca las cosas del cielo (segunda lectura), aquel para quien todas las cosas son vanidad y para quien todo es providencia de Dios (primera lectura). El evangelio, por su parte, opone la vida de quien cifra todo en el tener, y atesora riquezas para sí, y la vida de quien funda su existencia en el ser, en ser hijo de Dios y hermano de los demás… peregrino a la Patria celestial: es el que atesora riquezas delante de Dios. El salmo hace una severa advertencia de resistir a la tentación con una invitación positiva: “Hoy... todo es posible”. El pasado es pasado... el mal de ayer se acabó. Una nueva jornada comienza… ¿vas a empezar? Eh!. Temas... Vivir para sí. Este es un modo de estar en el mundo, de realizar la existencia en el arco de años entre el nacimiento y la muerte. Vivir para sí es un modo de pensar, de actuar, de relacionarse con los hombres y con las cosas. Para estos el punto de referencia de todo es el yo, son “autorreferenciales” y la autorreferencialidad es un pecado grave (Papa Francisco). Al fin y al cabo el saber, el trabajo, el esfuerzo con sus buenos resultados aparecen, ante estos: caducos y vanos. Pensando que el hombre es un ser para morir, viven creyendo que no sirve saber, ni trabajar, ni amar o servir… todo es vanidad, humo que se lleva el viento MENOS lo que quiero ahora para mí. Cuando el yo es el centro de la vida, tenemos al hombre viejo, incapaz por sí mismo de salir de la tiniebla de y a esto lo convierten en absoluto. Viven en su hermetismo, cada vez más sumergido en el fondo del vicio y del pecado, con la mirada cada vez más puesta en las cosas de la tierra sin la posibilidad de alzarla hacia las alturas. Hombre viejo, porque en cierta manera repite en su vida la historia antiquísima del primer Adán, del gusto del pecado y de la caída original. Por otra parte, el yo autorreferencial es sumamente pobre dejado en sus propias manos, porque privilegia el tener y el aparecer. ¿Hay algo más efímero y frágil que esas dos realidades? ¿Cómo se puede fundar una existencia sobre algo que hoy es y mañana desaparece? ¿Cómo se puede mirar de frente a la meta, cuando los grandes valores que han regido la vida han sido los bienes materiales y las apariencias, olvidando el umbral del más allá? Con razón se puede aplicar a quien vive así las palabras de Jesús en la parábola del texto evangélico: "¡Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?". Así es quien atesora riquezas para sí, quien centra en sí su propio vivir y actuar entre los hombres. Vivir delante de Dios. Hay que empezar diciendo que Dios no es el antagonista del yo, de la realización personal, como dicen los relativistas. ¡De ninguna manera!. La sabiduría eterna nos enseña que la propia realización consiste y se lleva a cabo por el camino del vivir para Dios, de vivir a los ojos de Dios, esto es lo que engrandece la dignidad de cada uno y por eso mismo la de los demás. El trabajo y el saber, a los ojos de Dios, tienen un sentido y un destino providenciales, más allá de los límites de la esfera mundana. Todo lo que uno hace por Dios, en este mundo, lo trasciende y habita -purificado y elevado- en la eterna morada de Dios. Vive bien el que vive ante Dios y para Dios… este es el hombre nuevo, el que ha sido rehecho por Cristo mediante el bautismo a su imagen y semejanza, el que ha sido circuncidado no en su carne sino en su corazón, y viviendo delante de Dios ESTE vive sin miedo a la muerte, más aún: cree que la muerte es la puerta a una existencia nueva de la que ya se participa, aunque sea de modo muy incipiente. Por eso, el hombre nuevo tiene los pies bien puestos en la tierra y en los quehaceres de este mundo, con la mirada y el corazón puestos arriba, en el cielo, hacia donde camina con fe, confianza y esperanza, amando y sirviendo como lo hizo el Señor Jesús. Quien vive para Dios no se enajena del mundo, no lo desprecia ni lo odia, porque es la casa que el Padre nos ha dado para que en ella habitemos mientras nos preparamos para llegar a la Patria definitiva. Trabaja como todos los demás, gasta sus fuerzas para producir riqueza, pero tiene un corazón puro y desprendido y sabe muy bien que los bienes de este mundo tienen un destino universal, y no pueden ser injustamente acaparados en pocas manos (Laudato Si). En vez de decirse a sí mismo: "Descansa, come, bebe, banquetea", piensa más bien en cómo ayudar para que los hombres todos, sobre todo quienes están más cerca (vecinos), tengan su oportuno descanso, dispongan de alimentos y puedan sanamente disfrutar de lo necesario para un banquete de fiesta, como María en Caná de Galilea… como el beato Enrique Angelelli que nos pedía tener un oído en el evangelio y el otro en el pueblo. Sugerencias... El hombre (horizontal) es el centrado en el dinero y en el bienestar. Hemos de afirmar que el hombre materialista carece de futuro. Hay gente que dice: "Con el dinero puedes hacer todo lo que quieras; el dinero abre todas las puertas". No es verdad. Con dinero no obtienes la felicidad, aunque a ratos (muchos ratos) puedas ser feliz. Con dinero no obtienes el amor, aunque puedas pagar para hacer cosas que el mundo llama amor. El dinero no te hace virtuoso, más bien abre con no poca frecuencia la puerta al antro del vicio. Lo reconozcamos o no, todos pretendemos un futuro más feliz, pero este futuro no lo encontraremos en una cuenta de dinero abundante… lo encontrarás dentro de ti, en el interior de tu conciencia, en la paz interior en comunión con Dios y con el prójimo. Sobre todo, el hombre materialista, no tiene futuro, porque el "hombre horizontal" no es ciudadano del cielo, le falta el pasaporte y, ante la muerte y el juicio de Dios, las cosas no cuentan. ¿Por qué no cambiar el "hombre horizontal" en "hombre espiritual", en hombre en gracia, guiado y configurado por la acción del Espíritu Santo? Sabemos que no es fácil, pero es posible con la ayuda de la gracia y es deseable por el Don de Dios. Son muchos quienes lo han hecho, los santos… consideremos su vida e imitemos su ejemplo. La segunda lectura entrega la conclusión general: «Aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra». Pero el “Bien” no son los tesoros, los méritos o las recompensas que nosotros hemos acumulado en el cielo, sino simplemente «Cristo». Él es «nuestra vida», la verdad de nuestro ser, pues todo lo que somos en Dios y para Dios se lo debemos sólo a Él, lo somos precisamente en Él, «en quien están encerrados todos los tesoros» (Col 2,3). «Déjense construir» sobre Él, nos aconseja el apóstol (v. 7), aunque con ello el sentido esencial de nuestra vida permanezca oculto para los ojos del mundo. Debemos «dar muerte» a todas las formas de la voluntad de tener enumeradas por el apóstol (vicios), y que no son sino diversas variantes de la concupiscencia desordenada… y esta muerte es un nacimiento: un «revestirnos de una nueva condición», un llegar a ser hombres nuevos. En esta nueva condición desaparecen las divisiones que limitan el ser del hombre en la tierra («esclavos o libres»), mientras que todo lo valioso que tenemos en nuestra singularidad (Pablo lo llama carisma) contribuye a la formación de la plenitud definitiva de Cristo (Ef 4,11-16). Nuestra señora de las bodas de Caná, ruega por nosotros.

lunes, 15 de julio de 2019

HOMILIA Domingo Decimosexto del TIEMPO ORDINARIO cC (21 de julio de 2019).

Domingo Decimosexto del TIEMPO ORDINARIO cC (21 de julio de 2019). Primera: Génesis 18, 1-10a; Salmo: Sal 14, 2-5; Segunda: Colosenses 1, 24-28; Evangelio: Lucas 10, 38-42 Nexo entre las LECTURAS… La primera lectura y el evangelio hablan, claramente, de la hospitalidad. Se nos habla de Abraham que, descansando a la hora de más calor, ofrece un hospedaje espléndido a tres misteriosos personajes. Se nos habla de Marta de Betania que acoge a Jesús y a sus discípulos en su casa… y de María, su hermana, que acoge como discípula atenta la palabra de Jesús en su corazón. El texto de la carta a los colosenses presenta a Pablo que hospeda en su cuerpo y en su alma al Cristo Crucificado para completar las tribulaciones de Cristo en su cuerpo, que es la Iglesia. El salmista muestra que Dios es el Hospedero por excelencia y que nos invita a entrar, hagamos el bien con rectitud e imitemos a Dios hospedando a los demás. Temas... Hospitalidad y bendición. Es sabido que la hospitalidad era, entre los pueblos nómadas, la virtud por excelencia. En cierta manera, gozaba de un cierto carácter sagrado e inviolable, digno del máximo respeto. El relato de la primera lectura narra la hospitalidad de Abraham para con tres personajes algo misteriosos, pero se trata de una hospitalidad que va acompañada de una bendición sorprendente que supera las leyes naturales. Para Abraham, esos personajes, son mensajeros (ángeles) y vienen a anunciarle algo de parte de Yahvé. La narración tiene, por tanto, signos de ser una teofanía en la que Abraham acoge y hospeda generosa y gozosamente a Dios bajo el rostro de tres delegados suyos. El mensaje de Dios no se hace esperar, y es de bendición: "Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo". ¿Qué otra mejor bendición podría esperar Abraham que la descendencia, que hasta ahora le había sido negada por la esterilidad de su mujer? Ahora se le pide a Abraham acoger sin titubeos, con absoluta confianza, esta bendición de Dios. Y Abraham acogió de nuevo esta palabra de bendición y Dios le dio un hijo en su vejez. Hospedar generosamente nos hace entrar en el misterio de Dios… hospedar confiadamente la palabra de Dios nos trae la bendición a nosotros y por nosotros a todos los demás. Dos formas de hospedar al amigo. Estas dos formas están simbolizadas por Marta y María. Son dos formas buenas, aunque la segunda sea la necesaria (y no la primera). Marta hospeda a Jesús y a sus discípulos en su casa. De esta manera, les muestra primeramente su aprecio y amistad, les protege además del calor ardiente del desierto que acaban de atravesar para llegar hasta Betania, y les da de beber y comer para reparar sus fuerzas, gastadas por la larga y fatigosa caminata. María hospeda a Jesús escuchando su palabra, sentada a sus pies, como una discípula entusiasta que no quiere perderse ni ‘una gota’ de las enseñanzas del Maestro. Este hospedaje interior, espiritualmente activo, es estimado por Jesús de más valor que el hospedaje externo, centrado en la preparación de la mesa para una comida de hospitalidad. Por eso Jesús le dice a Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola". Jesús no desprecia la hospitalidad de Marta, la considera valiosa. Pero a la vez le recuerda que hay otra hospitalidad más importante e invita a Marta a practicarla. Pablo, anfitrión del Crucificado. María ha hospedado la palabra de Jesús. Pablo hospeda la cruz de Jesús, o mejor, al Crucificado. "Completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo". Aunque el huésped sea un Crucificado, Pablo no se espanta ni se angustia, lo acoge con alegría porque sabe por experiencia que en Cristo crucificado está la esperanza de la gloria para él y para todos los cristianos. Para Pablo, Cristo crucificado no es un huésped obligado, molesto, sino la razón de su existir y de su misión. Dirá: "Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí". Marta acoge en su casa al Amigo bueno y sumamente apreciado, María acoge al Maestro que tiene palabras de vida, Pablo hospeda al Redentor, a quien con su pasión, muerte y resurrección redime al hombre de sus pecados, lo salva de sí mismo. La hospitalidad de Pablo culmina, como en el caso de Abrahán, en bendición, en la bendición suprema. ¿Queres vivir el gozo de la amistad con Dios para traer la paz al mundo?. Sugerencias... Hospedar a Quien nos ha hospedado. Es importante que tomemos conciencia de que somos huéspedes en la Iglesia y en el mundo. Al venir a la vida hemos sido hospedados por Dios que es el Creador de esta gran casa que es la tierra; Sí… porque -toda- la tierra es la casa de Dios para todo hombre que viene a este mundo. Hemos sido hospedados en una familia: nuestros padres y hermanos, nuestros abuelos, nuestros tíos... Hemos sido hospedados en una sociedad, en una nación, en una cultura, en una institución política, educativa...Y sobre todo hemos sido hospedados por Dios en la Iglesia, la casa que Dios nos ha regalado a los creyentes en Cristo. La reciprocidad nos obliga. Hemos de hospedar a quien nos ha hospedado, sobre todo al Huésped por excelencia que es Dios Nuestro Señor. Hemos de dar el debido respeto al Huésped en nuestras palabras y acciones: practicar las virtudes y las obras de misericordia y hablar a todos de la Buena noticia del Reino. Hemos de dar el debido respeto a Dios en la Iglesia, ante el Santísimo Sacramento. Un respeto que se traduce en conciencia de la presencia de Dios en la Eucaristía, en adoración humilde y agradecida, en la oración y meditación, en el reconocimiento práctico del carácter sagrado de la Iglesia… y ayudar a otros para que hagan lo mismo. Hospitalidad hacia los emigrantes (Papa Francisco). Hoy la palabra hospitalidad puede traducirse por solidaridad. El cristianismo nos recuerda enseñándonos que todos somos hermanos, y que debemos ser solidarios unos con otros como Dios lo es con todos (conmigo y con los demás). Además… no hemos de olvidar que la solidaridad es y debe ser recíproca. El anfitrión se muestra solidario acogiendo al huésped, y éste hace patente su solidaridad acogiendo con agradecimiento y respeto la hospitalidad que se le brinda, y esto con tres expresiones sencillas: “permiso”; “gracias”; “perdón”. Por sobre todo hay que comprender (y creer) que el anfitrión acoge a Cristo en el huésped y éste acoge a Cristo en el anfitrión. Todo esto resulta de gran actualidad ante el problema no pequeño ni fácil de los emigrantes que, como oleadas constantes, llegan sobre todo a los países de Europa y de Asia. Ellos son nuestros hermanos en Cristo o, al menos, en humanidad, y por eso hemos de respetarles y acogerlos. Ellos, por su parte, no han de olvidar que nosotros somos sus hermanos, a quienes deben respeto y acogida en su corazón. Un especial examen de conciencia… ¿Cómo no pensar que, tras la pantalla de la emigración, se esconde en ocasiones la microcriminalidad, la ‘mafia’ de emigrantes clandestinos, la importación ilícita, entre otros: de tabaco y de droga, la mafia inhumana de secuestro de niños para vender sus órganos o el engaño de jovencitas que serán llevadas a diversos países de Europa y vendidas a la prostitución? Cuando el respeto mutuo falla, no se debe exasperar ni generalizar, dejándose caer en el racismo o el odio a todos los extranjeros, pero debemos colaborar, también, con la autoridad pública para intervenir y, cuando sea necesario, expulsar a los delincuentes. La hospitalidad tiene sus reglas humanas y cristianas, y todos hemos de cumplirlas con fidelidad, para que la convivencia sea provechosa para todos. Virgen María, que fuiste huésped en Egipto, ruega por nosotros.

lunes, 8 de julio de 2019

HOMILÍA Domingo Decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cC (14 de julio de 2019).

Domingo Decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cC (14 de julio de 2019). Primera: Deuteronomio 30, 10-14; Salmo: Sal 68, 14. 17. 30-31. 36-37; Segunda: Colosenses 1, 15-20; Evangelio: Lucas 10, 25-37 Nexo entre las LECTURAS… Moisés (Primera lectura), en nombre de Dios, otorga al pueblo, con el Decálogo y el Código de la Alianza, un “proyecto de vida diferente” para salir del caos vivido en Egipto y, todavía más, es para salir del caos del pecado hacia la libertad. Jesús, nos dice san Lucas, da un paso definitivo hacia el bien del hombre renovando el “proyecto civilizatorio” de Moisés, para la salvación, comprometiéndonos a vivir en el servicio, en el amor, la compasión, la generosidad, el desinterés y la misericordia (Evangelio). Pablo insta a los Colosenses a ser testigos de la centralidad de Jesús en medio de un mundo que tienta a la comunidad con ideologías falsas y religiones ambiguas. El Papa Francisco (6 de jun de 2016) nos ha invitado a vivir las bienaventuranzas, como si fuera el "GPS" para el camino correcto frente a los ídolos del egoísmo, el dinero y la saciedad de un corazón que se ríe con satisfacción ignorando a los otros. Por eso rezamos con el salmista y manifestamos nuestra confianza en Dios que nos ayuda: “Busquemos al Señor, y revivirá nuestro corazón”. Temas... «Anda, haz tú lo mismo». La parábola del buen samaritano es aparentemente una historia en la que Jesús no aparece. Y sin embargo lleva claramente su marca; nadie más que Él podía contarla en estos términos: que los que debían practicar la misericordia, el sacerdote y el levita, se muestren indiferentes y pasen de largo, y que sea precisamente el extranjero el que tenga compasión del malherido «medio muerto», que lo cure, que vende las heridas, lo cuide y, tras su marcha, el que sigue ocupándose de él. Sólo Jesús puede contar esto así, pero no por sus sentimientos humanitarios, sino porque lo que dice que hace el extranjero con el malherido, es lo que hace Él mismo (como extranjero, es Dios que viene de lo alto) y lo sigue haciendo por todos y más allá de toda medida. El samaritano es un pseudónimo/distintivo de Jesús, y cuando le dice al doctor de la Ley: «Haz tú los mismo», lo está invitando a imitar a Cristo, a estar en sintonía con Cristo, el Maestro. En la sobreabundancia de la obra de misericordia, narrada por san Lucas, se encuentra el sello de Cristo, algo que remite a la respuesta que Jesús había dado cuando se le preguntó ¿qué hay que hacer para heredar la vida eterna?: «Amarás con todo tu corazón», no sólo a Dios, sino también al prójimo… ¡AMARÁS! «Por Él quiso Dios reconciliar consigo todos los seres». Jesús, que se oculta tras el extranjero de la parábola del evangelio, es, en la segunda lectura «el primogénito» en el que «mantiene» toda la creación. Sin este primogénito, sin este Modelo (Jn 1,1-18), no habría creación alguna. La creación sólo existe porque «en Él quiso Dios que residiera toda plenitud y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres». También la injusticia social de la que se habla en la parábola, que un hombre esté malherido en medio del camino, que las clases altas de la sociedad, los acomodados -espiritual y corporalmente-, pasen de largo sin hacer “nada”, también esto es expiado y reconciliado en la obra de CRISTO, el Buen Samaritano, que ha derramado su sangre por el mundo. Por lo demás, no conviene olvidar las palabras del final «Anda, haz tú lo mismo». Pero antes de esta acción, está la obra universal de reconciliación realizada por Jesús, y antes de ésta, su verdad como fundamento y arquetipo de la creación. Sugerencias... «El mandamiento está muy cerca de ti». La primera lectura de hoy, nos habla de los mandamientos de Dios y el Evangelio de hoy, tomado del capítulo décimo de San Lucas, nos habla de nuestro prójimo, pero hay algo que tienen en común la primera lectura y el Evangelio: en ambos casos se habla de lo que está cerca. Nos dice Moisés en el Deuteronomio: “El mandamiento está muy cerca de ti” (Dt 30,14); y nos dice el Evangelio, que el prójimo está muy cerca, aquel que tiene necesidad, aquel que requiere algo de ti, está muy cerca (cf. Lc 10,29-37). Esa cercanía es entonces el vínculo entre la primera lectura y el Evangelio: lo que Dios quiere no está lejos, nos dice Moisés; y el hermano que te necesita, no está muy lejos. Es decir, que el puente al que somos invitados hoy, es descubrir que el camino de la voluntad de Dios, es también el camino del servicio al prójimo. Moisés decía que el mandamiento de Dios no es algo que esté remoto, no es algo que está lejísimos, porque si estuviera muy lejos, sería inalcanzable; es que ¡no!, NO está tan lejos, el mandamiento está próximo (cf. Dt 30,11-14). Dios sabe que nosotros para poder cumplir su voluntad, necesitamos eso, lo que está cercano, lo que está próximo. Es lo mismo que sucede al caminar; al caminar para llegar allá, tengo que dar unos cuantos pasos desde acá… pero el primer paso que doy, está cerca de donde yo me encontraba, y el siguiente paso está cerca del primero. La vida “funciona” así: paso a paso; el amor “funciona” así: detalle a detalle; la fe “funciona” así: una obediencia tras otra; y el amor de Dios, “funciona” así. Dice San Juan en el Prólogo, que en Cristo hemos recibido gracia sobre gracia, paso a paso vamos caminando, y el camino del servicio a Dios, es también el camino del servicio a nuestros hermanos. Hay algo, sin embargo, que debemos destacar, y es que servir al prójimo, es precisamente servirlo de parte de Dios, en razón de Dios y para Dios. No limitemos la caridad únicamente a lo que ven nuestros ojos, porque el primero que nos mostró que la caridad va más allá de lo que ven los ojos, fue el mismo Cristo. Recuerda cómo, por ejemplo, en el caso de un paralítico, la parálisis la veían todos, pero Cristo fue el único que se dio cuenta que ese corazón estaba en pecado, lo cual quiere decir que el amor no debe limitarse únicamente a lo que ven nuestros ojos. En resumen podemos decir que el camino del servicio a Dios se implica/involucra con el camino del servicio al prójimo, entendiendo que el amor con el que amamos al prójimo, viene de Dios y a Dios quiere retornar. Y así, paso a paso aprendemos a ser discípulos del Señor. Área de archivos adjuntos

lunes, 1 de julio de 2019

HOMILIA Domingo Decimocuarto del TIEMPO ORDINARIO cC (07 de julio de 2019).

Domingo Decimocuarto del TIEMPO ORDINARIO cC (07 de julio de 2019). Primera: Isaías 66, 10-14; Salmo: Sal 65, 1-3a. 4-7a. 16. 20; Segunda: Gálatas 6,14-18; Evangelio: Lucas 10, 1-12. 17-20 Nexo entre las LECTURAS… Buscar en todo el fin: esta expresión puede ayudarnos a reunir el mensaje de los textos litúrgicos. El fin de la misión de los setenta y dos no es el éxito, sino que los llena de alegría saber que están colaborando con Dios en hacer un mundo diferente, están participando en la transformación del mundo y, como dice el Evangelio, "sus nombres están escritos en el cielo"… y el Cielo es el término de toda esperanza humana. El texto del profeta Isaías tiene como dos elementos característicos: la fecundidad y abundancia, por una parte, y la consolación, por otra. El profeta ve anticipadamente el fin de todos sus sueños: la ciudad de Jerusalén que reúne a todos sus hijos, como una madre (primera lectura). A esto nos une el salmista, que dice: "¡Aclamen! ¡Celebren! ¡Canten! ¡Vengan! ¡Miren! ¡Den gracias! No, no estamos a merced de los poderes del mal. ¡Dios es Dios! Y "creemos" en la acción victoriosa de Dios. Decimos los cristianos ‘Creo en la Resurrección y en la vida eterna’. ¡"Bendito sea Dios que nos salva"! Y San Pablo, dándonos consejos y recomendaciones (segunda lectura), nos anuncia que la existencia cristiana no tiene otro fin sino el de apropiarse la vida de Cristo en toda su realidad histórica, especialmente en el misterio de la cruz... para participar de la Vida junto a Él. Temas... Inscritos en el libro de la vida. Los 72 discípulos de Jesús, símbolo de los cristianos esparcidos por el mundo, en cuanto que 72 son todos los pueblos de la tierra (ver en: Génesis 10), están contentos de la misión cumplida y llegan a Jesús para contarle sus proezas misioneras. Jesús los escucha, pero a la vez les hace caer en la cuenta de algo importante: las hazañas misioneras no tienen valor en sí mismas, lo que realmente ‘vale y nos debe alegrar’ profundamente es nuestro destino eterno con Dios en la Vida. Esta búsqueda gozosa del verdadero fin de la existencia explica y da sentido a la alegría, en sí legítima y razonable, por los éxitos apostólicos, al igual que da sentido a los sufrimientos y adversidades en el desarrollo de la misión cristiana. El discípulo-misionero, en efecto, no predica realidades sensiblemente captables y atractivas… predica que el Reino de Dios ya ha llegado, predica la paz mesiánica, predica en medio de un mundo muchas veces hostil y reacio a los valores del Reino… predica valiéndose y poniendo su confianza más que en los medios humanos en la fuerza misteriosa de Dios. Indudablemente, el ‘éxito’ no es un elemento esencial en la vida del misionero. Madre de consolación y de paz. Cuando el autor de este fragmento del libro de las profecías de Isaías escribe este bellísimo texto, la dispersión judía es una grandeza extendida por todo el imperio persa y por el mediterráneo. El profeta, bajo la acción del Espíritu divino, sueña con un pueblo unido y unificado en la ciudad mística de Jerusalén. Con ojo alerta en Dios mira hacia el futuro y prevé poéticamente el momento gozoso de la reunificación. Lo hace recurriendo a la imagen de una madre de familia que reúne, entorno a sí, a todos sus hijos, tiene tiernamente en sus brazos al más pequeño y le alimenta de su propio pecho. Todos, al reunirse de nuevo con la madre, se llenan de consuelo y se sienten como inundados por una grande paz. Esta Jerusalén, madre de consolación y de paz, simboliza al Dios del consuelo, simboliza a Cristo, que es nuestra paz, simboliza a la Iglesia en cuyo seno todos somos hermanos y de cuyo amor brota la paz de Cristo que dura para siempre. Muestra maravillosamente el lugar de Santa María Virgen en el plan de salvación como Madre de Dios y Madre nuestra. Y la Iglesia, está llamada a ser, como la Virgen, madre de consolación y de paz para todos los pueblos. Llevo en mi cuerpo la marca de Jesús. Para un cristiano, nos dice San Pablo, carece de valor estar o no circuncidado, lo que vale es ser una nueva creatura. Todo ha de estar subordinado a la consecución de este fin. San Pablo es consciente de haberlo conseguido, pues lleva en su cuerpo la marca de Jesús. Es decir, lleva en todo su ser una señal de pertenencia a Jesús, como el esclavo llevaba una señal de pertenencia a su patrón, o como en otros grupos, el iniciado llevaba en sí una señal de pertenencia. Como Pablo, así deben ser todos los cristianos, por eso puede decirles: "Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo". Este es, además, el fin de la misión de Jesucristo: que el hombre se apropie de la redención que obtuvo en la cruz y resurrección y llegue así a ser y a manifestar a los demás que estamos llamados a ser “pertenencia”, templos, de Dios. ¿Llevas grabado, en tu mismo ser, la marca de Jesucristo? ¿Celebras la fecha en que fuiste bautizado, confirmado? Sugerencias... Cristiano, o sea, misionero. La imagen del cristiano que se ‘conforma’ con ir a Misa, creer en los dogmas de fe y cumplir con los mandamientos o algunos de ellos… es incompleta… Ser cristiano es tener una misión y realizarla con celo y ardor en los quehaceres de la vida y en la amplísima gama de tareas eclesiales hoy existentes (Aparecida). Más aún, el sentido de misión es el estímulo más fuerte para creer y vivir la fe, para cumplir con los mandamientos de Dios y de la Iglesia, para vivir en la fe, esperanza y caridad. En el Catecismo se lee: "Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es ‘enviada’ al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. ‘La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado" (CIC 863). Si amamos filialmente a la Iglesia, no dudemos de que la mejor manera de expresarle nuestro amor es mediante nuestro espíritu misionero. Y misionero significa conciencia viva de ser enviado y de ser discípulo; y este envío es también ‘ser cristo’ para el vecino de casa, el cliente en el trabajo, el que encuentro en la parada del ómnibus o del semáforo, a la joven pareja que se prepara para el matrimonio... Hoy en día misionar no es únicamente marchar a un país lejano a predicar la fe y el estilo de vida de Cristo, es también una tarea que se lleva a cabo en el propio barrio, en las plazas de la ciudad e incluso entre las paredes del propio hogar… llamados a ser santos ‘de la casa de al lado’ (Francisco) La misión puede más que el miedo. Parafraseando a san Juan Pablo II podríamos decir: "No tengan miedo de ser misioneros". Porque, a decir verdad, algunas veces al menos nos atenaza el temor, el respeto humano, el qué pensarán y el qué dirán. Es humano sentir miedo, pero la misión ha de superar y sobrepasar nuestros temores para vivir en caridad (no enfrentándonos). El futbolista no tiene miedo de hablar de fútbol ni el médico o el maestro de hablar de su profesión. Conociendo las distancias con los ejemplos: ¿Hemos de tener miedo, los cristianos, de hablar de Cristo: su persona, su vida, su verdad, su amor, su misterio? La fe y la misión comienzan en el corazón, eso es verdad, pero han de terminar en los hechos y en los labios. Todos hemos de recibir la fuerza que viene de lo alto, el Espíritu Santo, y con Él ‘vencer’, con la ayuda de la gracia, cualquier muestra de miedo ¡Es nuestra hora! ¿La dejaremos pasar? (Papa Francisco) También ustedes, maestros y educadores cristianos, que tienen en sus manos la niñez y la adolescencia, ¡sean misioneros en la escuela! ¿Podremos permitir que el miedo prevalezca sobre nuestra misión cristiana? Nuestra misión ha de ser nuestra corona y nuestra gloria para que todos los pueblos tengan Vida en Cristo y la tengan en abundancia. Virgen Misionera, ruega por nosotros.

sábado, 29 de junio de 2019

LA IGLESIA SE HARA PEQUEÑA . TENDRA QUE COMENZAR TODO DESDE EL PRINCIPIO

En el año 1969, Benedicto XVI todavía no era Papa. Es más, ni siquiera había sido consagrado obispo. Sin embargo, el joven Joseph Ratzinger ya era uno de los teólogos más renombrados de su tiempo. En aquel año, dio una entrevista para una radio donde le preguntaron por el futuro de la Iglesia. Su extensa respuesta incluyó una frase que hoy suena a profecía: «La Iglesia se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio«. Los años 60’s marcaron un antes y un después en la Iglesia. El Concilio Vaticano II, que concluyó en el 1965, planteaba con optimismo una reforma que ayudaría a la Iglesia a salir en busca de los que se habían alejado de ella. ¿Cómo se explica entonces que el joven Ratzinger pensara en una Iglesia pequeña en el futuro? Él mismo lo explicó de la siguiente manera: Joseph Ratzinger: Una Iglesia más pequeña «El futuro de la Iglesia puede venir y vendrá también hoy sólo de la fuerza de quienes tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe. El futuro no vendrá de quienes sólo dan recetas. No vendrá de quienes sólo se adaptan al instante actual. No vendrá de quienes sólo critican a los demás y se toman a sí mismos como medida infalible. Joven Joseph Ratzinger. Tampoco vendrá de quienes eligen sólo el camino más cómodo, de quienes evitan la pasión de la fe y declaran falso y superado, tiranía y legalismo, todo lo que es exigente para el ser humano, lo que le causa dolor y le obliga a renunciar a sí mismo. TE PUEDE INTERESAR: Hoy se cumplen 6 años de la renuncia de Benedicto XVI Digámoslo de forma positiva: el futuro de la Iglesia, también en esta ocasión, como siempre, quedará marcado de nuevo con el sello de los santos. Y, por tanto, por seres humanos que perciben más que las frases que son precisamente modernas. Por quienes pueden ver más que los otros, porque su vida abarca espacios más amplios. La gratuidad que libera a las personas se alcanza sólo en la paciencia de las pequeñas renuncias cotidianas a uno mismo. ¿Qué significa esto para nuestra pregunta? Significa que las grandes palabras de quienes nos profetizan una Iglesia sin Dios y sin fe son palabras vanas. No necesitamos una Iglesia que celebre el culto de la acción en ‘oraciones’ políticas. Es completamente superflua y por eso desaparecerá por sí misma. Permanecerá la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte. De la misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas. Pero seguirá siendo aún necesario el sacerdote que no es especialista, que no se queda al margen cuando aconseja en el ejercicio de su ministerio, sino que en nombre de Dios se pone a disposición de los demás y se entrega a ellos en sus tristezas, sus alegrías, su esperanza y su angustia. Papa Francisco junto a Benedicto XVI. Demos un paso más. También en esta ocasión, de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. TE PUEDE INTERESAR: Cuenta fake de cardenal colombiano inicia noticia falsa sobre muerte de Benedicto XVI Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros. Ciertamente conocerá también nuevas formas ministeriales y ordenará sacerdotes a cristianos probados que sigan ejerciendo su profesión: en muchas comunidades más pequeñas y en grupos sociales homogéneos la pastoral se ejercerá normalmente de este modo. Junto a estas formas seguirá siendo indispensable el sacerdote dedicado por entero al ejercicio del ministerio como hasta ahora. Pero en estos cambios que se pueden suponer, la Iglesia encontrará de nuevo y con toda la determinación lo que es esencial para ella, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin. La Iglesia reconocerá de nuevo en la fe y en la oración su verdadero centro y experimentará nuevamente los sacramentos como celebración y no como un problema de estructura litúrgica. Será una Iglesia interiorizada, que no suspira por su mandato político y no flirtea con la izquierda ni con la derecha. Le resultará muy difícil. En efecto, el proceso de la cristalización y la clarificación le costará también muchas fuerzas preciosas. La hará pobre, la convertirá en una Iglesia de los pequeños. El proceso resultará aún más difícil porque habrá que eliminar tanto la estrechez de miras sectaria como la voluntariedad envalentonada. TE PUEDE INTERESAR: [Fotos] Papa Francisco visita a Benedicto XVI para saludarlo por Navidad San Juan Pablo II y Joseph Ratzinger. Se puede prever que todo esto requerirá tiempo. El proceso será largo y laborioso, al igual que también fue muy largo el camino que llevó de los falsos progresismos, en vísperas de la revolución francesa –cuando también entre los obispos estaba de moda ridiculizar los dogmas y tal vez incluso dar a entender que ni siquiera la existencia de Dios era en modo alguno segura– hasta la renovación del siglo XIX. Pero tras la prueba de estas divisiones surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza. Porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado. Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas. A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político, que fracasó ya en Gobel, sino la Iglesia de la fe. Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte». Joseph Ratzinger, 1969. MEMES CATOLICOS

lunes, 24 de junio de 2019

HOMILÍA SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. Solemnidad cC (28 de junio 2019)

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. Solemnidad cC (28 de junio 2019) Primera: Génesis 14, 18-20; Salmo: Sal 109, 1. 2. 3. 4; Segunda: 1 Corintios 11, 23-26; Evangelio: Lucas 9, 11b-17 Nexo entre las LECTURAS… Temas... - Somos buscados y encontrados (Lc 15, 3...7) El amor de Dios a los hombres se expresa aquí mediante una parábola conocida y siempre emotiva: la de la oveja perdida, angustiosamente buscada, a la que el pastor coloca sobre sus hombros al encontrarla y por cuyo hallazgo se celebra una fiesta: "He encontrado la oveja que se me había perdido" (Lc 15, 3-7). No puede expresarse mejor el amor solícito con que Dios nos ama. Acude a la memoria el pasaje del evangelio de Juan en que Cristo dice: "...la voluntad del Padre que me ha enviado es que no pierda nada de lo que él me dio", y también: "Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano" (Jn 10, 27-28); o: "Yo doy mi vida por las ovejas" (Jn 10, 15). Ya conocemos el principal papel del pastor en los sinópticos: reúne a sus ovejas (Mt 15, 24), da su vida y resucita por ellas (Mt 26, 31; Mc 14, 27). Entre el buen pastor y sus ovejas existe una intimidad de conocimiento recíproco: "Yo conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen" (Jn 10, 14). Es verdaderamente la revelación del amor. - Dios apacienta su rebaño (Ez 34, 11-16) Es el resultado de lo que anunciaba el profeta Ezequiel: "Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro". Esta imagen del pastor, diseminada por el Antiguo Testamento, se la aplica Jeremías a Dios (48, 15) que hace de él el "pastor de Israel". Esta misma imagen la recogen numerosos salmos. El salmo 2, muy conocido, expresa la realidad de la experiencia vivida por el pueblo de Dios, que conducido por su pastor se siente gozoso, libre de toda aflicción. Ezequiel se coloca fuera de toda intención política: el pastor que él presenta conduce a todos los pueblos. El Señor buscará la oveja perdida: "Buscaré las ovejas perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré debidamente". La parábola proclamada en el evangelio y esta profecía de Ezequiel son el verdadero retrato de Dios, valedero para siempre. Por otra parte, Él mismo se presenta así a todos nosotros. - La prueba de que es pastor y de que nos ama (Rm 5, 5-11) San Pablo, en su carta a los Romanos, quiere expresar la realidad de este papel de pastor, adoptado por Dios: "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros". La muerte de Cristo nos reconcilió con Dios cuando éramos todavía pecadores; ahora, reconciliados en su sangre, seremos salvos por la vida de Cristo resucitado. Anteriormente había afirmado el Apóstol que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. La celebración de este día deja libre la respuesta a este ofrecimiento del amor. A cada uno de nosotros corresponde responder a este mensaje de parte de Dios, tal como Él quiere proponérnoslo todavía hoy. En un pasaje propuesto en el oficio de lectura de la Liturgia de las Horas, escribe san Buenaventura: De ti procede el río que alegra a la ciudad de Dios. Recrea con el agua de este deseable torrente los resecos labios de los sedientos de amor, para que con voz de regocijo y gratitud te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz (San Buenaventura). Sugerencias... «Va tras la descarriada, hasta que la encuentra». En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús no se habla expresamente en ningún texto del corazón, pero sí de esa forma especial de amor que solemos asociar con la idea de corazón. El evangelio lo muestra en toda su paradoja. Un buen pastor se preocupa de todo su rebaño por igual; por eso, ¿cómo puede comprenderse que el pastor del evangelio deje las noventa y nueve ovejas en el campo (en el desierto) y se preocupe sólo de la oveja descarriada? Está claro: aquí no se miden las consecuencias, no se calcula, no se piensa en el riesgo que supone dejar a la mayoría de las ovejas sin protección; únicamente se tiene ante los ojos el peligro que amenaza a una de ellas, como si sólo importara ésta. No se tienen en cuenta otras posibilidades. Para Dios no es indiferente si algunas personas se pierden, aunque se salve el ‘grueso’ de la humanidad. Un corazón humano, que aquí se convierte en receptáculo del amor divino, no piensa así, sino que para Él es importante cada hombre en particular, pues todo hombre es un destinatario irremplazable de su amor. Los cristianos que celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús tenemos que comprender cada vez más cuánto ama Dios a cada hombre. Algunos santos han llegado a decir que Cristo habría muerto también en la cruz si sólo hubiera tenido que salvar a una única persona. La idea nos parece un tanto descabellada, pero se saca esta enseñanza de la parábola de la oveja perdida. Y con no menos énfasis que la ocupación por la oveja descarriada se describe la alegría que se produce cuando se la encuentra. En todo caso se puede decir con seguridad que cada una de las noventa y nueve ovejas es amada por el Buen Pastor de la misma manera: todas ellas son los pecadores por los que Jesús muere en la cruz, no como masa anónima, sino como personas irrepetibles. «Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores». La segunda lectura abunda en lo que acabamos de decir. La oveja descarriada de la parábola es en realidad la persona que se aleja de Dios, la que lo rechaza y le es hostil. El amor del Buen Pastor no se basa por tanto en una reciprocidad: es un amor que sólo mediante su entrega plena y perfecta busca engendrar reciprocidad, correspondencia. La oveja salvada, cuando vuelve a casa sobre los hombros de su dueño, comienza a saber cuán preciosa es para el pastor y cuánto le debe. Pero la parábola no se pronunció con la intención de suscitar esta reciprocidad: el amor de Dios es «sin porqué». Y la segunda lectura tampoco habla propiamente del amor con el que ahora se debería corresponder a los desvelos del Buen Pastor, sino solamente de la certeza de que ahora estamos a salvo al amparo del amor divino, de que hemos obtenido la «reconciliación». Que esta certeza nos obliga a cada uno de nosotros a dar una respuesta de amor, o que más bien la produce espontáneamente en nosotros, podrá inferirlo todo el que realice lo que Él nos ha mandado. «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas». El texto veterotestamentario de la primera lectura traslada el amor del corazón de Jesús al corazón de Dios. Dios quiere «buscar personalmente a sus ovejas», quiere sacarlas de los lugares «donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad». Esto nos muestra una última cosa: que el corazón humano de Jesús, al que nosotros atribuimos este amor personal único, no es el arquetipo -como si el amor de Dios sólo hubiera obtenido esta cualidad cuando llegó el momento de la encarnación-, sino que ese corazón es más bien simplemente la expresión comprensible para nosotros del amor inconcebible que el Dios eterno experimenta desde siempre por sus criaturas. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío ... [Mensaje acortado] Ver mensaje completo

HOMILIA Domingo Decimotercero del TIEMPO ORDINARIO cC (30 de junio 2019).

Domingo Decimotercero del TIEMPO ORDINARIO cC (30 de junio 2019). Primera: 1Reyes 19, 16b. 19-21; Salmo: Sal 15, 1-2a. 5. 7-11; Segunda: Gálatas 5, 1. 13-18; Evangelio: Lucas 9, 51-62 Nexo entre las LECTURAS… “Llamada y respuesta”… dos palabras que pueden reunir el mensaje de las lecturas del presente Domingo. El ser humano, nosotros, es un ser llamado. Llegamos a ser nosotros mismos gracias a la llamada, la mirada, la palabra de otro... otro, con alegría y por gracia, nos puso un nombre por el que seremos llamados hasta el fin… Dios nos llama a un estilo de vida que es ‘imitar’ a Jesucristo. Jesús en su caminar hacia Jerusalén llama a algunos a seguirle y a darle una respuesta activa (evangelio). En esto Jesús supera las exigencias de la llamada y del seguimiento en el Antiguo Testamento, particularmente en la vocación de Eliseo (primera lectura). Los gálatas, y todos los cristianos, han sido llamados a la libertad del Espíritu, y por consiguiente tienen que responder, con su comportamiento, a su nueva condición de hombres libres, evitando caer otra vez en la esclavitud (segunda lectura). La opción de seguir a Jesús, lejos de ser un peso, muestra el salmista, es para nosotros fuente de dicha -incomprensible para los no creyentes-, y describe nuestra vida de intimidad con Dios… y por eso brotan de nuestros labios las palabras del salmista: "mi refugio"... "mi dicha"... "mi heredad"... "mi copa embriagadora"... "mi destino"... "suerte maravillosa"... "mi herencia"… "mi alegría"... "mi fiesta"... simplemente Él lo es todo. Temas... Algunas características fundamentales de la respuesta a la llamada que Cristo nos hace: Con Jesús hacia el Gólgota. Con el pasaje evangélico comienza, dice san Lucas, la gran marcha de Jesús hacía el lugar de la muerte y del triunfo, de la glorificación (Galilea). Jesús inicia esta marcha "con firme decisión". Él camina por delante, Él, el primero, el abanderado de los designios del Padre: "para cumplir los días de su asunción", es decir, los días de su martirio fuera de los muros de Jerusalén y de su exaltación gloriosa mediante la resurrección. Los discípulos han dicho sí a la llamada y ahora siguen sus pasos, sin comprender muy bien a dónde van y/o como van. Jesús, en esta larga marcha hacia Jerusalén, les irá instruyendo, como si fuera un catecismo, y poco a poco captarán que el camino termina en una cruz. Jesús habla claro, pero la ceguera de los discípulos no es fácil de vencer. Necesitarán la luz de la Pascua. Con este pasaje empieza el difícil y apasionante catecismo de Jesús. Como Jesús, pasar haciendo el bien. Los “hijos del trueno” quieren arrojar fuego y centellas sobre el pueblo que rechaza darles hospedaje. Seguramente habían escuchado en la sinagoga que Elías había hecho caer fuego del cielo (1 Re 18, 38) y ellos no querían ser menos que aquel gran profeta. Pero Elías hizo bajar el fuego de Dios no sobre una ciudad y sus habitantes, sino sobre el sacrificio en el monte Carmelo. Santiago y Juan, como buenos discípulos de Juan el Bautista, van más allá, porque ellos han escuchado decir a su antiguo maestro que "el Mesías quemará la paja con fuego que no se apaga" (Lc 3,17). Lucas nos dice que Jesús "los reprendió con dureza". Pero ¿es que no se han enterado de que Jesús no ha venido para hacer el mal, sino sólo el bien? ¿No entienden que Jesús camina hacia Jerusalén para vencer el mal con el bien sobre el Calvario? Tres actitudes para seguir a Jesús. Entrega total, decisión absoluta, desprendimiento pleno. Hay que estar dispuesto a dejar el pasado, a no mirar hacia atrás, sino a tender los ojos hacia adelante, hacia la tierra que hay que labrar y que un día dará su fruto. En el seguimiento de Jesucristo no se admiten condiciones… queremos lo que el Señor quiere. Se pide entrega total, porque el reino de Dios apremia y no puede esperar: Eliseo pudo poner condiciones a Elías (ir a despedirse de sus padres), pero el cristiano, si así lo requiere el Reino, ha de librarse de esta ocupación por un bien “urgente y superior”. Finalmente, al discípulo-misionero, Jesús le pide el poner exclusivamente en Él su seguridad, renunciando a todo tipo de seguridades materiales y humanas. Jesús nada tiene, sólo a su Padre en comunión con el Espíritu. El que va detrás de Jesús tendrá que estar dispuesto a no tener (despojarse), sólo un camino (el Evangelio) y un Caminante (Cristo Jesús) que nos va llevando hacia la meta... y vamos con gozo y alegría, de la mano del Espíritu, como nos dice el Salmo de hoy. Seguir a Cristo con alegría y libertad. Antes del bautismo el cristiano era esclavo de sí mismo (y del Maligno). Cristo lo ha liberado, pero no para arrojarle otra vez a una nueva esclavitud, sino para que viva siempre en clave de libertad, bajo la guía del Espíritu Santo. El cristiano, liberado por Cristo para hacer el bien a todos en todas partes, ha de aceptar y vivir el riesgo y el desafío de la libertad, especialmente esto se notará con la práctica de las obras de misericordia… una urgencia: conocer los mandamientos y practicarlos… conocer las bienaventuranzas y, con la fuerza del Espíritu, practicarlas. Sugerencias... Un Camino y muchos senderos. Cristo es el único camino, un camino sobre el que se extiende poderosamente la luz de la cruz. Este es el único camino del seguimiento, de la misión, de la plenitud cristiana (experiencia de nuestras muchas peregrinaciones y procesiones). Son, sin embargo, muchos los senderos que conducen a este camino. Son muchos los modos -y tiempos- con que Cristo llama a los hombres a caminar con Él, junto a Él. Está el sendero de la fidelidad conyugal y el de la consagración especial, está el sendero del sufrimiento y el de la entrega amorosa en el servicio a los necesitados, está el sendero de la vida pública y el de la vida oculta en el quehacer diario del hogar, está el sendero del espectáculo para descanso del hombre y el de la escuela para su crecimiento en las ciencias. Está el sendero de... (pensar y reflexionar sobre el modo en que cada uno está siguiendo a Cristo). Todos los senderos pueden y deben encontrarse en el mismo y único camino: Jesucristo, maestro de los hombres, redentor del mundo, hay que seguir andando nomás, seguir andando (beato mártir Angelelli). Al entroncar nuestro sendero con el camino de Cristo percibiremos que no llegamos vacíos al Camino, sino que portamos con nosotros nuestra cruz y nuestro calvario, nuestra entrega (san Ignacio de Loyola). Y comprenderemos, de alguna manera, que la cruz de Cristo está unida a cada una de nuestras cruces, y el Calvario del Señor nos sostiene en nuestros calvarios (san José Gabriel Brochero). Es el momento de preguntarnos si el sendero de nuestra vida está entroncado al camino de Cristo. Es el momento de suplicar al Señor que nuestros senderos confluyan siempre en el camino de Cristo, Maestro y Redentor. Caminar sin “entender” del todo. En las cosas del espíritu no todo es claro, ni todo evidente. Pero uno no puede quedarse paralizado, hay que caminar aunque no se entienda todo ni del todo. Caminar mirando una estrella que un día se vió, y que ahora quizá está cubierta por una densa nube. Caminar, como Jesús, con paso firme, sin miedo, aunque la inteligencia quiera que detenga el paso e incluso que retroceda ante la niebla del camino. Caminar en el claroscuro de la fe (san Juan de la Cruz), mirando siempre hacia adelante, hacia Jerusalén, la meta de nuestra existencia. Caminar, caminar, caminar... ¿No nos sucede a veces que nuestra inteligencia nos frena en el camino de la vida espiritual, del trabajo apostólico? Caminar iluminados por la fe y la esperanza y la caridad… practicando las obras de misericordia. Nuestra Señora del Camino y de la Esperanza, ruega por nosotros. Área de archivos adjuntos

martes, 18 de junio de 2019

HOMILIA Solemnidad del SANTÍSIMO CUERPO y SANGRE DEL SEÑOR cC (23 de junio 2019)

Solemnidad del SANTÍSIMO CUERPO y SANGRE DEL SEÑOR cC (23 de junio 2019) Primera: Génesis 14, 18-20; Salmo: Sal 109, 1. 2. 3. 4; Segunda: 1 Corintios 11, 23-26; Evangelio: Lucas 9, 11b-17 Nexo entre las LECTURAS "Pan" es el término en que coinciden los textos litúrgicos. Jesús, en el pasaje evangélico, "tomó los cinco panes...y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición". Este gesto de Jesús, visto retrospectivamente, está prefigurado en el del Melquisedec, rey-sacerdote de Salem, que ofrece a Abrám "pan y vino" (primera lectura) como signo de hospitalidad, de generosidad y de amistad. Ese mismo gesto de Jesús, que misteriosamente sabe por anticipación lo que va a suceder… anticipa la Última Cena con los suyos y la Eucaristía celebrada por los cristianos en memoria de Jesús: "Tomó pan, dando gracias lo partió y dijo: "Éste es mi cuerpo que se entrega por ustedes" (segunda lectura). Por eso se nos propone este salmo que nos hace acercarnos a Dios, dice san Juan Pablo II y “dirigimos ahora nuestra invocación al Padre de Jesucristo, único rey y sacerdote perfecto y eterno, para que haga de nosotros un pueblo de sacerdotes y de profetas de paz y de amor, un pueblo que cante a Cristo rey y sacerdote, quien se inmoló para reconciliar consigo, en un solo cuerpo, a toda la humanidad, creando al hombre nuevo (Cf. Efesios 2, 15-16).” Temas... El hombre, todo hombre, tiene necesidad de una dieta integral, es lo que dicen las ciencias acerca del bienestar corporal… y también lo dice la Liturgia de este Domingo. Afirmamos de manera especial que nuestra alimentación no puede ser unidimensional, la material, la del cuerpo sino que ha de ser integral y completa… es necesario que nos alimentemos para el tiempo y para la eternidad. Gracias SEÑOR por darnos el PAN de Vida eterna. El pan de la Palabra. Jesús, antes de multiplicar los panes para alimentar a la multitud, "les hablaba del Reino de Dios", es decir, les proporcionó el pan de su Palabra, porque "bienaventurados los que tienen hambre de la Palabra, pues serán saciados". En la fracción del pan de los primeros cristianos, se comenzaba la acción litúrgica con una lectura y explicación de la Escritura... eso muestra que los primeros cristianos se alimentaban primera (y principalmente) con el pan de la Palabra de Dios, explicada/ofrecida a la luz del misterio de Cristo y actualizada por alguno de los apóstoles a las circunstancias concretas de la vida diaria. También mostrado en la primera lectura, pues, a la ofrenda del pan y el vino, hecha a Abrám por parte de Melquisedec, sigue una bendición, que es como el pan espiritual que Dios otorga a Abrám por medio del rey-sacerdote de Salem. El hombre es espíritu, y el espíritu necesita de un alimento diferente al pan material (de harina), necesita de la Palabra del Dios vivo, “no solamente de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” El pan de los signos. Los milagros de Jesús, además de hechos extraordinarios, más allá de las leyes naturales, son signos del Reino de los cielos, porque nos remiten a ese mundo nuevo presidido y guiado por el amor de Dios. Por eso, Jesús, después de haber repartido a la multitud el pan de la Palabra, les regala el pan de los signos. Nos dice san Lucas, que "curaba a los que tenían necesidad de ser curados", y luego nos narra el maravilloso signo de la multiplicación de los panes y de los peces. Jesucristo, como amigo y hermano del hombre, como Señor de la vida y de la naturaleza, está interesado en curar las enfermedades, en saciar el hambre natural de los hombres. Podría ser de otra manera, pero su mayor interés está en que los hombres, mediante estos signos, sean capaces de elevarse hasta Dios Padre, que misericordiosamente cuida de sus hijos, y hasta el Reino de Dios en el que habrá un mismo y único Pan para todos. El pan de la Eucaristía. La ‘dieta cristiana’ quedaría incompleta si no tuviéramos el pan de la Eucaristía, ese pan que es el Cuerpo y Sangre de Cristo. "En el santísimo sacramento de la Eucaristía -catecismo nº 1374- están ‘contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero". Cuando san Lucas escribió el evangelio los cristianos ya llevaban algunos decenios meditando los hechos y los dichos de Jesús, predicándolos y celebrando la Eucaristía. Así se explica que el evangelista haya narrado el episodio de la multiplicación de los panes como una anticipación y prefiguración de la Última Cena: "Tomó los panes, elevó los ojos, pronunció sobre ellos la bendición, los partió, los dio". Desde aquella llamada ‘Última Cena’, preanunciada en la multiplicación de los panes, celebrada por las primeras comunidades cristianas, Cristo no ha cesado a lo largo de los siglos de dar al hombre, sin distinción de ningún género, el pan de su Cuerpo y Sangre, alimento de Vida eterna. Sugerencias... Hambre de pan, hambre de Dios. Es algo doloroso, que nos debe hacer pensar, el hecho de que después de 2000 años de cristianismo, haya millones de hermanos que tienen hambre de pan, y esto no a miles de kilómetros de nuestra casa, sino entre nosotros, en nuestro barrio, en nuestra ciudad, en nuestro país (Congreso Eucarístico Nacional 2004, ya hace 15 años… y el hambre parece ser más grande aún). Además, la exhortación del Papa en Laudato Si, las instituciones internacionales y los medios de comunicación social nos han hecho más conscientes de este doloroso e inhumano fenómeno en todo el mundo. ¿No multiplicó Jesús los panes para saciar el hambre? ¿No dijo a sus discípulos: "denles ustedes de comer"? ¿No habremos espiritualizado demasiado nuestra fe? ¿No habremos reducido nuestra fe al ámbito estrictamente privado? (Meditaciones diarias en Santa Marta). Ciertamente no se puede identificar el cristianismo con la ONU de la caridad y de la solidaridad (Santo Padre en EE UU), pero en la entraña misma del cristianismo está el amor al prójimo, sobre todo al más necesitado… nos ilumina la vida pobre y entregada del beato Enrique Angelelli. Y hoy, en el siglo de la globalización, no basta la ayuda individual, pasajera, LA CARIDAD ha de ser organizada (Benedicto XVI). Los cristianos tenemos que organizarnos, a nivel parroquial, diocesano, nacional, internacional para desterrar el hambre de la tierra. Incluso, donde sea necesario, hemos de colaborar con las instituciones de otras ‘religiones’ para acabar con esta plaga de la humanidad. Mientras haya un niño que muera de hambre, nuestra conciencia cristiana no puede estar tranquila. El hambre de pan es terrible, pero ¿y el hambre de Dios? No nos conmueve tanto, porque el hambre de Dios no se ve. Es, sin embargo, real, universalmente presente, más angustiosa que el hambre de pan para el cuerpo, el hambre de Dios-Eucaristía (Mensajes de Miércoles de Ceniza del Papa Francisco y Papa emérito Benedicto). Y duele que hoy son pocos los que se ocupan de esa hambre, pocos los que buscan satisfacerla, tengamos un momento, este Domingo, para rezar por el aumento de las vocaciones sacerdotales. ¿No tendremos que abrir nuestros ojos, ojos de fe y de amor, para ver a tantos hambrientos de Dios con los que nos cruzamos por la calle, con los que convivimos en el trabajo, con quienes nos divertimos en un estadio de fútbol o en lugares públicos?... eh, ¡vayamos! que nos dice: “denles ustedes de comer”. Un pan ‘gratis’ y para todos. La Eucaristía es eso. Dios, nuestro Padre, nos da gratuitamente el alimento del Cuerpo y Sangre de Cristo, siempre que lo queramos recibir con las debidas disposiciones. Si este alimento no cuesta, si es el "pan de los fuertes", ¿cómo es posible que sean tan pocos los que lo reciben? ¿No será que no lo descubren? Es además un mismo y único Pan para todos: la Eucaristía es el sacramento de la absoluta igualdad cristiana (en un mundo exquisitamente reclamador del igualitarismo). No existe Eucaristía para ricos y otra para pobres. Para Cristo, Alimento del hombre, todos somos iguales. Ante Cristo Eucaristía desaparecen todas las barreras económicas o sociales, raciales… y de cualquier índole. Virgen María, Madre del Amor hermoso, ruega por nosotros.

martes, 11 de junio de 2019

HOMILIA Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cC (16 de junio 2019)

Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cC (16 de junio 2019) Primera: Proverbios 8, 22-13; Salmo: Sal 8, 4-5. 6-7. 8-9; Segunda: Romanos 5, 1-15; Evangelio: Juan 16, 12-15 Nexo entre las LECTURAS. Temas... Sugerencias... Concluido el ciclo de los grandes misterios de la Vida de Cristo, la liturgia se eleva a contemplar el misterio de la Santísima Trinidad. En el Antiguo Testamento este misterio es desconocido; sólo a la luz de la revelación neotestamentaria se pueden descubrir en él lejanas alusiones. Una de las más expresivas es la contenida en el elogio de la Sabiduría, atributo divino presentado como persona (Pr 8, 22-31; 1a lectura). «El Señor me poseyó al principio de sus tareas, al principio de sus obras antiquísimas... Antes de los abismos fui engendrada… Cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como arquitecto» (ib 22.24.29-30). Es, pues, una persona coexistente con Dios desde la eternidad, engendrada por él y que tiene junto a él una misión de colaboradora en la obra de la creación. Para el cristiano no es difícil descubrir en esta personificación de la sabiduría-atributo una figura profética de la sabiduría increada, el Verbo eterno, segunda Persona de la Santísima Trinidad, de la que escribió San Juan: «En el principio la Palabra existía, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.… Todo se hizo por ella» (1, 1.3). Pero las expresiones que más impresionan son aquellas en que la sabiduría dice que se goza por la creación de los hombres y que tiene sus delicias en ellos. ¿Cómo no pensar en la Sabiduría eterna, en el Verbo que se hace carne y viene a morar entre los hombres? En la segunda lectura (Rm 5, 1-5), la revelación de la Trinidad es claramente manifiesta. Ahí están las tres Personas divinas en sus relaciones con el hombre; Dios Padre lo justifica restableciéndolo en su gracia, el Hijo se encarna y muere en la cruz para obtenerle ese don y el Espíritu Santo viene a derramar en su corazón el amor de la Trinidad. Para entrar en relaciones con los «Tres», el hombre debe creer en Cristo su Salvador, en el Padre que lo ha enviado y en el Espíritu Santo que inspira en su corazón el amor del Padre y del Hijo. De esta fe nace la esperanza de poder un día gozar «de la gloria de los hijos de Dios» (ib 2) en una comunión sin velos con la Trinidad sacrosanta. Las pruebas y las tribulaciones de la vida no pueden remover la esperanza del cristiano; ésta no es vana, porque se funda en el amor de Dios que desde el día del bautismo «ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (ib 5). Fe, esperanza y amor son las virtudes que permiten al cristiano iniciar en la tierra la comunión con la Trinidad que será plena y beatificante en la gloria eterna, la Jerusalén Celestial. El Evangelio del día (Jn 16, 12-15) proyecta nueva luz sobre la misión del Espíritu Santo y sobre todo el misterio trinitario. En el discurso de la Cena, al prometer el Espíritu Santo, dice Jesús «Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará hasta la verdad plena» (ib 13). También Jesús es la Verdad (Jn 14, 6) y ha enseñado a los suyos toda la verdad que ha aprendido del Padre -«todo lo que he oído a mi Padre, se los he dado a conocer» (Jn 15, 15)-: por eso el Espíritu Santo no enseñará cosas que no estén contenidas en el mensaje de Cristo, sino que posibilitará penetrar su significado profundo y dará su exacta inteligencia preservando la verdad del error. Dios es uno solo, por eso única es la verdad; el Padre la posee totalmente y totalmente la comunica al Hijo: “Todo lo que tiene el Padre es mío», declara Jesús y añade: el Espíritu Santo «tomará de lo mío y se los lo anunciará» (Jn 16, 15). De este modo afirma Jesús la unidad de naturaleza y la distinción de las tres Personas divinas. No sólo la verdad, sino todo es común entre ellas, pues poseen una única naturaleza divina. Con todo, el Padre ‘la posee’ como principio, el Hijo en cuanto engendrado por el Padre y el Espíritu Santo en cuanto que procede del Padre y del Hijo. No obstante, el Padre no es mayor que el Hijo, ni el Hijo que el Espíritu Santo. En ellos hay una perfecta comunión de vida, de verdad y de amor. El Hijo de Dios vino a la tierra justamente para introducir al hombre en esta comunión altísima haciéndolo capaz por la fe y el amor, de vivir en sociedad-comunión con la Trinidad que mora en él. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. ¡GLORIA! ¡ALELUYA! ------------------------------------------------------------------------------------------- OTRA HOMILIA Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cC (16 de junio 2019) Primera: Proverbios 8, 22-13; Salmo: Sal 8, 4-5. 6-7. 8-9; Segunda: Romanos 5, 1-15; Evangelio: Juan 16, 12-15 Nexo entre las LECTURAS. Temas... Sugerencias... - UN RETRATO VIVO DE DIOS Siempre, sobre todo en nuestra oración, nos dirigimos y celebramos a Dios Trino… y la Iglesia ha querido que al reanudar el tiempo ordinario le dediquemos, a la Santa Trinidad, una fiesta solemne. Este día es como recoger en el corazón -como el que reúne agua en una vasija- todo lo que acabamos de celebrar en el Tiempo pascual: el Padre nos ha querido salvar a través de la entrega pascual de su Hijo y con el don de su Espíritu. Es una visión global de la historia de la salvación. Las lecturas bíblicas nos presentan un retrato de Dios, un retrato vivo, no tanto a partir de sus definiciones filosófico-teológicas, sino de sus actuaciones salvíficas, tal como se nos describen en la Biblia. Sus rasgos característicos son la creación inicial del cosmos, la gracia que nos ha comunicado en Cristo y en el Espíritu, y la admirable comunión que existe entre las tres divinas personas. No es indiferente la imagen que tenemos de Dios… ella marca como ha de ser nuestra relación con Él y con los demás… con nuestras familias, nuestras comunidades, con todos los hombres… la vocación de todos es contemplar (adoración y oración) a Dios y crecer en su amistad para obrar como Él en todas nuestras acciones. - LA CREACIÓN, PRIMERA REVELACIÓN DE DIOS La primera lectura nos presenta a la Sabiduría de Dios, desde el principio de la creación. Un Dios que ha creado este nuestro mundo "con sabiduría y amor" (como dice la Plegaria Eucarística IV). El salmo nos ha hecho repetir cantando: "qué admirable es tu nombre en toda la tierra". Dios se nos da a conocer desde la creación, ella es como la huella digital de Dios. Como manifiesta el Papa Francisco en Laudato Si: fomentemos este aprecio y esta "lectura" religiosa de nuestra relación con lo cósmico. Los ecologistas tienen razón en admirar la hermosura de este mundo y en querer conservarla, pero mucho más nosotros que nos decimos y somos hijos de Dios. - EN CRISTO Y SU ESPÍRITU SE NOS REVELA TODO EL AMOR DE DIOS Pero si la creación es admirable, mucho más lo es la obra de la salvación que se ha cumplido en Cristo Jesús. En Él se nos ha revelado todo el amor del Padre. En Él y en su Espíritu tenemos la paz, la reconciliación, el acceso al Padre y la esperanza que colorea nuestra vida, aún en medio de las tribulaciones que pueden salirnos al paso. Es lo que en la segunda lectura nos ha dicho Pablo. Y todavía el evangelio nos hace subir a una comprensión ‘teológica’ más profunda. Nos habla de la admirable comunión que existe entre las tres Personas divinas. El Padre nos ha enviado a Cristo, que nos dice que "todo lo que tiene el Padre es mío", y añade que nos enviará al Espíritu, que "nos guiará hasta la verdad plena...y recibirá de mí lo que les irá comunicando". Puede parecer una visión demasiado elevada para los cristianos que caminamos por este mundo llenos de ‘preocupaciones’ y límites. Pero ése es nuestro Dios… Dios familia: Dios que es Padre, y se ha querido acercar a nosotros y ha entrado en nuestra historia; Dios que es Hijo, que se ha hecho Hermano nuestro, que ha recorrido nuestro camino y se ha entregado por nuestra salvación; Dios que es Espíritu y nos quiere llenar en todo momento de su fuerza y su luz. Dios vivo, cálido, cercano. En la Biblia se revela como Misericordioso (Papa Francisco, con ocasión del Jubileo de la Misericordia). - CONSECUENCIAS PARA NUESTRA VIDA (Aparecida) Hoy es un día para mostrar amablemente cómo nuestra vida cristiana está marcada -más de lo que parece- por Dios, Uno y Trino, que ha actuado desde siempre para nuestra salvación: - ya en el Bautismo fuimos signados y bautizados "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", envueltos, por tanto, ya desde el principio en su amor; - en nuestra celebración eucarística, al principio nos santiguamos en su nombre, y al final el presidente nos bendice también con la fuerza del Dios Padre, Hijo y Espíritu; - a lo ‘largo’ de la Misa: rezamos (cantamos) el Gloria, o recitamos el Credo, siempre centrados en la actuación de las tres divinas Personas; y el sacerdote siempre dirige la oración al Padre, por medio de Cristo y el Espíritu; - también en nuestra oración personal nos santiguamos recordando a Dios (por ejemplo al inicio del viaje o del trabajo, o al salir de casa), o decimos el "Gloria al Padre" como resumen de nuestras mejores actitudes de fe. Todo esto nos motiva para que sigamos nuestra vida con esperanza, con alegría. Estamos "sumergidos" en ese Dios a quien oramos y a quien hoy celebramos de una manera más explícita. Dios que es nuestro origen y nuestro destino gozoso. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

lunes, 3 de junio de 2019

HOMILIA Solemnidad de PENTECOSTÉS cC (9 de junio 2019)

Solemnidad de PENTECOSTÉS cC (9 de junio 2019) Primera: Hechos 2, 1-11; Salmo: Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34; Segunda: 1 Corinto 12, 3b-7. 12-13 o bien Romanos 8, 8-17; Evangelio: Juan 14, 15-16.23-26 o bien Juan 20, 19-23 Nexo entre las LECTURAS El Espíritu, presente y eficaz entre los Doce y en la primera comunidad cristiana, anima la liturgia de este Domingo. En el Evangelio Jesús resucitado dice a los Doce: "Reciban el Espíritu Santo". En la primera lectura se hace referencia a ‘cincuenta días después de la Pascua’, un viento impetuoso irrumpe en el cenáculo y "todos quedaron llenos del Espíritu Santo". Pablo, en la segunda lectura, ante la tentación que acecha a los corintios de utilizar los carismas para crear divisiones, reafirma con fuerza: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo" y "A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos". El Espíritu Santo se nos da para que comprendamos que “todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (san Pablo a los romanos). Es por eso que la Iglesia nos hace rezar, con marcada insistencia hoy, con el salmista: “Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”. Temas... «Se llenaron todos del Espíritu Santo». El Espíritu Santo puede manifestarse de múltiples formas: como viento impetuoso y fuego, tal y como lo presenta la primera lectura, en la que se narra el acontecimiento de Pentecostés; pero también de una forma enteramente suave, silenciosa e interior, como se lo describe en la segunda lectura, donde de lo que se trata es de dejarse guiar por su voz y su moción interior, o como agua (torrente de agua viva, según el evangelio de la Vigilia). Sea cual sea la forma en que se nos comunique, el Espíritu Santo es siempre el Paráclito, el Defensor, el Consolador, el Intérprete de Cristo. Cristo nos lo envía para que comprendamos el significado de su persona, de su palabra, de su vida y de su pasión en su verdadera profundidad. La llegada del Espíritu como un viento impetuoso nos muestra su libertad: «El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8). Y si además desciende en forma de lenguas de fuego que se posan encima de cada uno de los discípulos, es para que las lenguas de los testigos, que empiezan a hablar enseguida, se tornen espiritualmente ardientes y de este modo puedan inflamar también los corazones de sus oyentes. Los fenómenos exteriores tienen siempre, en el Espíritu, una incidencia interior: su ruido, como de un viento fuerte, hace acudir en masa a los oyentes y su fuego permite a cada uno de ellos comprender el mensaje en una lengua que les es íntimamente familiar; este mensaje que los convoca no es un mensaje extraño que primero tengan que estudiar y traducir, sino que toca lo más íntimo de su corazón… como lo dice el texto que “llenos del Espíritu Santo, se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hch 2, 4). «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios». San Pablo nos muestra al Espíritu que actúa en los corazones y en las conciencias de los cristianos. También aquí tiene algo del viento impetuoso por el que debemos «dejarnos llevar» si queremos ser hijos de Dios; pero ciertamente debemos dejarnos llevar como hijos libres, esto nos diferencia de los esclavos -del pecado-, que se mueven por una orden extraña y exterior que san Pablo lo llama «carne», es decir, una manera de entender, buscar y codiciar los bienes terrenos, perecederos y a menudo humillantes, que nos fascinan y esclavizan (Papa Francisco). Lo distintivo del Espíritu divino es que hace resonar en nosotros la voz del Hijo que clama: «¡Abba! (Padre)». «El Espíritu Santo será quien nos enseñe todo». El evangelio explica esta singularidad: el Espíritu se nos envía para introducirnos en la verdad completa de Cristo, que nos revela al Padre. Es el Espíritu del amor entre el Padre y el Hijo, y nos introduce en este amor. Al comunicarse a nosotros, nos comunica el amor trinitario, y para nosotros criaturas el acceso a este amor es el Hijo como revelador del Padre. De este modo el Espíritu acrecienta en nosotros el recuerdo y profundiza la inteligencia de todo lo que Jesús nos ha comunicado -de Dios- mediante su vida y su enseñanza. Sugerencias… El prefacio de hoy, pues, es una síntesis magnífica de la actividad múltiple del Espíritu Santo en la comunidad. Esta actividad se describe y concreta de distintos modos: - El Espíritu lleva a plenitud el misterio pascual. - El Espíritu lleva a su realización plena la obra de Jesús. - El Espíritu es el alma de la Iglesia desde el principio. De él vive la comunidad de bautizados. - El Espíritu infunde a todos los pueblos el conocimiento de Dios. - Por ser Espíritu del Padre y del Hijo puede darlos a conocer. - El Espíritu congrega en la profesión de la misma fe a los divididos por el pecado. Lo hace en el Bautismo, Penitencia y demás sacramentos. - El Espíritu da vida a la Iglesia. Él es Señor y fuente de vida. -Inspira a todos los hombres que buscan el Reino de Dios. Él es quien conduce a los hombres de buena voluntad por los caminos de la verdad y la justicia, hasta la plenitud de la verdad: Cristo. Hoy, también, podemos presentar una visión global de la celebración eucarística bajo la perspectiva de la acción del Espíritu. Es decir, mostrar cómo -a través de toda la celebración- se hace la experiencia de las manifestaciones del Espíritu. El centro de esta presentación debe ser, evidentemente, las epíclesis (invocar al Padre para que envíe al Espíritu, o bien al Espíritu para que venga. Lo invocamos en orden a una acción que está por encima de nuestra capacidad, que compete a Dios mismo) de la plegaria eucarística. La primera, como epíclesis de consagración: la fuerza del Espíritu creador es la que hace pasar el pan y el vino a ser el Cuerpo y la Sangre del Cristo glorioso, y por tanto la que nos hace posible el realismo pleno del memorial. La segunda, como epíclesis de comunión (o eclesiológica): la fuerza del Espíritu de Cristo es la que reúne en el cuerpo eclesial de Cristo a los participantes del Cuerpo sacramental, dándoles la unidad y el amor. En ambos casos, sin embargo, hay que destacar que la acción del Espíritu está estrechamente unida a la persona de Cristo: la narración de la institución, palabra de Cristo, y la comunión sacramental con el Cuerpo y la Sangre del Señor. También la liturgia de la Palabra es una manifestación del Espíritu. Es la actualización de la proclamación de las maravillas de Dios, la inspiración apostólica, la iluminación constante hacia toda la verdad. Y la profesión de fe es, toda ella, testimonio de que el Espíritu se nos ha dado. La misma asamblea reunida manifiesta la diversidad de los dones del Espíritu: los ministerios expresan los dones recibidos "para utilidad", dentro del conjunto de una Iglesia toda ella llena del Espíritu. Un tercer aspecto, aún, de esta misma actualización, es la derivación hacia la vida y el testimonio, que viene de la Eucaristía y es fruto del Espíritu. En este sentido se podría ‘aprovechar’ el texto de la oración sobre las ofrendas de la Misa de la Vigilia. La idea que se encuentra en ella es magnífica: la Eucaristía es la fuente del amor porque -bajo la bendición del Espíritu- es la actualización del misterio pascual; este amor vivido por los participantes se convierte en la manifestación "a todo el mundo" de la verdad del misterio de salvación. Área de archivos adjuntos

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

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