lunes, 9 de abril de 2018

HOMILIA DOMINGO TERCERO DE PASCUA cB (15 de abril 2018)

DOMINGO TERCERO DE PASCUA cB (15 de abril 2018)
PrimeraHechos 3, 13-15.17-19; Salmo: Sal 4, 2. 4. 7. 9; Segunda: 1Jn 2,1-5a; Evangelio: Lucas 24, 35-48
Nexo entre las LECTURAS
Debe alegrarnos hablar de conversión y misericordia en el período pascual. Ese es el tema en que se centra la atención de la liturgia dominical. Deben convertirse, ante todo, los discípulos de Jesús para aceptar, sin lugar a dudas, el misterio de la resurrección (evangelio). Deben convertirse los judíos, porque no aceptar a Jesús resucitado como Mesías es prácticamente autodestruirse (primera lectura). Deben convertirse, vivir en permanente estado de conversión, los cristianos, para no creer que por el solo conocimiento podrán alcanzar la vida verdadera (segunda lectura).
Temas...
Conversión de los discípulos. Los discípulos de Jesús no fueron ciertamente unos héroes en las largas horas de la pasión y muerte del Maestro. En su mente la resurrección de Jesús tampoco ocupaba lugar alguno. Ni siquiera en su imaginación o en su recuerdo. Estaban cerrados y cegados al misterio. Estaban sacudidos por su "fracaso" y miraban el futuro como un retorno al pasado. En su falta de fe y confianza, el Señor les sale al encuentro con muchas muestras de amor y de condescendencia, y comenzó a realizarse en ellos el proceso de conversión… Jesús les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escrituras. La conversión de los discípulos no partió de una iniciativa propia, sino de la acción de Cristo resucitado. Y así será siempre.
La conversión de los judíos. Los judíos, ante la curación del paralítico llevada a cabo por Pedro, se quedan maravillados. Pedro aprovecha este momento favorable para dar testimonio de Jesús y de su resurrección. Como si les dijera: "No es admiración lo que debe invadir su espíritu, sino arrepentimiento y conversión". Es verdad que han obrado por ignorancia, y lo que han hecho es muy grave: "Entregaron y rechazaron a Jesús ante Pilato; rechazaron al Santo y al Justo; pidieron el indulto de un asesino; mataron al autor de la vida". Ante esta gravedad y disgusto -de Dios-, ¿qué se debe hacer? ¿Encerrarse en su ignorancia culpable? ¿Considerar ridículo e infundado el testimonio de Pedro? Pero entonces, ¿cómo explicar la curación del paralítico? Pedro les indica el camino: "Arrepentirse y convertirse, para que sean borrados sus pecados" (primera lectura).
La conversión permanente de los cristianos. Cristiano quiere decir convertirse y entrar en el camino de Cristo. La conversión es constante y permanente a lo largo de la vida. Nuestra conversión y nuestra fe pueden ser probadas, estar en peligro, por tentaciones, ante nuevos modos de pensar y de comportarse; pueden sufrir el contacto pernicioso de ideas y actitudes que no provienen de Dios, sino del padre de la mentira. Es lo que les estaba pasando a los cristianos a quien Juan dirige su primera carta. Su fe corría peligro de ser contaminada en algo por el virus de movimientos que hoy podemos llamar relativismo. Quizás pensaban que, habiendo sido iluminados por Cristo resucitado, habían alcanzado el máximo grado de conocimiento, y creían, por ese mismo hecho, ya estar salvados, separando de ese modo su fe en Cristo resucitado y su conducta moral. Juan les sale al paso, poniéndoles en guardia ante el peligro: "El que dice: ‘yo lo conozco’, pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso". No basta creer, es absolutamente necesario unir las obras a la fe, practicar los mandamientos como exigencia del conocimiento íntimo que hemos recibido de Cristo resucitado.
Sugerencias...
Abrir los ojos. A quien está ciego o tiene los ojos cerrados, le resulta imposible ver la realidad. No puede ver la belleza de la luz y de los colores, no puede ver los obstáculos que se interponen en su camino, no puede ver una sonrisa ni la ternura de una mirada amiga. Si somos ‘ciegos’ en la fe o nuestros ojos están voluntariamente cerrados, jamás podremos comprender las obras maravillosas de Dios, la historia de la salvación llevada adelante por el Espíritu, el misterio de Cristo muerto y resucitado, la presencia, testimonio y acción de la Iglesia entre los hombres. Necesitamos que, como a los discípulos, Jesucristo resucitado nos abra los ojos de la inteligencia para entender las Escrituras. Pedir a Cristo resucitado que nos abra los ojos de la inteligencia. Pedirle que, una vez abiertos los ojos, nos haga testigo de lo que hemos visto y oído.
Nosotros somos testigos. La Iglesia tiene necesidad más que de maestros, de testigos, nos enseña el beato Papa Pablo VI. Todo cristiano, inmerso en el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo por el bautismo, está llamado a ser testigo. Los cristianos, discípulos-misioneros, comunidad de fe, debemos poder decir como Pedro: "Nosotros somos testigos". Y testigo es certificar con la propia vida lo que se dice y hace en virtud de la fe en Jesucristo. Como cristiano, he de estar dispuesto a poner el testimonio de Cristo resucitado, del amor infinito y paterno de Dios, de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en corazón de los hombres, por delante de mi propia vida... por sobre todas las cosas han de estar la fe, los mandamientos de Dios, el amor y el servicio imitando a Cristo… hacer presente el Reino de los Cielos, la Civilización del Amor.
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«Todo tenía que cumplirse». En su aparición a los discípulos reunidos, Jesús les quita en primer lugar el miedo -creían ver un fantasma-, haciéndoles reconocer su corporeidad del modo más tangible posible: deben ver -las llagas en sus manos y en sus pies-; deben palpar -para convencerse de que no se trata de un fantasma, sino de su propio cuerpo-; y deben finalmente verle comer un alimento terrenal el pez asado-. Pero todo esto no es más que la introducción a su auténtica enseñanza: los discípulos deben comprender que las declaraciones que Jesús hizo durante su vida mortal sobre el cumplimiento de toda la Antigua Alianza (según la clasificación judía: «La Ley, los Profetas y los Salmos»), se han cumplido ahora en su muerte y resurrección. Este acontecimiento, dice Jesús, constituye la sustancia de toda la Escritura, y esta sustancia, que tiene su centro en el «perdón de los pecados», debe ser anunciada en lo sucesivo por los testigos, por la Iglesia, «a todos los pueblos». Los lectores del Antiguo Testamento, si se atienen a los pasajes particulares, difícilmente descubrirán esta sustancia; sin embargo, toda la ‘dramática’ historia de Israel con su Dios (YHWH) no tiene otra finalidad y por tanto tampoco otro sentido que lo resumido en el testimonio que Jesús da aquí de sí mismo. El continuo y puramente terreno «descenso» de Israel al abismo (a las puertas del «infierno») y su liberación «de la perdición» por obra y gracia de Dios (1 S 2,6; Dt 32,39; Sb 16,13; Tb 13,2) es la iniciación a la inteligencia de la definitiva muerte y resurrección de Jesús por el mundo entero. Pero Jesús debe primero «abrir el entendimiento» de sus discípulos para que puedan comprender todo esto.
«Lo hicieron por ignorancia». Pedro lo ha comprendido muy bien en su predicación en el templo (primera lectura) y por eso puede reprochar al pueblo de forma tan enérgica su crimen («mataron al autor de la vida»), pero añadiendo que -el pueblo y sus autoridades- lo hicieron por ignorancia. No habían comprendido la enseñanza de los profetas, según la cual el Mesías tendría que padecer mucho; los profetas sufrientes y todo su destino eran ya quizá la mejor predicción de ello. Pedro no se pregunta si los judíos eran culpables o inocentes de semejante ignorancia; como dirá Pablo, «hasta hoy, cada vez que leen a Moisés, un velo cubre sus mentes». Un velo que sólo «se quitará» cuando Israel «se vuelva hacia el Señor» (2 Co 3,14-16). Por eso Pedro exhorta a los judíos en estos términos: «hagan penitencia y conviértanse, para que sus pecados sean perdonados». Las dos cosas son correlativas: la misteriosa «ignorancia» de Israel (Pablo hablará de ceguera, de dureza de corazón) y la exhortación a la conversión. No se habla de una superación de Israel mediante la Iglesia, pero tampoco de una doble vía de salvación: para Israel su Mesías esperado (cf. Hch 3,20ss) y para la Iglesia Jesucristo. No: esperar al Mesías y convertirse.
«Tenemos un abogado ante el Padre». Jesús dice a sus discípulos en el evangelio que su muerte y resurrección han operado el perdón de los pecados. Estas palabras se celebran en la segunda lectura como un acontecimiento sumamente consolador y lleno de esperanza para nosotros, pecadores. Todo hombre, cuando peca y se convierte, puede tener parte en la gran absolución que se pronuncia sobre el mundo. Pero para ello se requiere la conversión, porque el mentiroso que se confiesa cristiano y no cumple los mandamientos de Dios persiste en la ignorancia precristiana; más aún: vive en la contradicción y no en la verdad.

viernes, 6 de abril de 2018

Sor Faustina escribió en su Diario: El Señor me pidió que rezara este rosario (la coronilla) durante los nueve días que preceden a la Fiesta de la Misericordia, comenzando el día de Viernes Santo. Entonces, me dijo: Por esta novena concederé todas las gracias posibles a las almas (11, 197). También se puede hacer esta novena en otros momentos y por cualquier necesidad.
Palabras de Nuestro Señor que Sor Faustina tomó por escrito: 
Deseo que durante estos nueve días encamines almas hasta el manantial de Mi misericordia, para que encuentren allí la fortaleza, el refugio y toda aquella gracia que necesiten en las penalidades de la vida, y especialmente en la hora de la muerte. Cada día traerás a Mi corazón un grupo de almas diferentes y las sumergirás en el océano de Mi misericordia y Yo conduciré todas esas almas a la mansión de Mi Padre...   Todos los días implorarás a Mi Padre gracias para esas almas en atención a los méritos de mi amarga Pasión.
Yo (Sor Faustina) contesté: Jesús, no sé cómo hacer esta novena y qué almas traer al abrigo de Tu Compasivo Corazón. Jesús contestó que El me haría saber qué almas encaminar hasta su corazón cada día. (Diario HI, pp. 57-65)

Tiene Indulgencia Plenaria, establecida por Juan Pablo II para toda la Iglesia el segundo Domingo de Pascua, tal como pidió Jesús en el Diario de Santa Faustina.

martes, 3 de abril de 2018

II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cB (8 de abril 2018)

II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cB (8 de abril 2018)
PrimeraHechos 4, 32-35; Salmo: Sal 117, 2-4. 16-18. 22-24; Segunda: 1Jn 5, 1-6 Evangelio: Jn 20, 19-31
Nexo entre las LECTURAS
En el texto evangélico encontramos juntas la fe y la paz: primeramente, la paz como don de Cristo resucitado a sus discípulos: "La paz esté con ustedes", luego la confesión de fe del incrédulo Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!" y la añadidura de Jesús: "¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto". En la primera lectura se indican los efectos de la fe y de la paz: la unión de mentes y corazones, la comunidad de bienes, el testimonio de los apóstoles sobre Cristo resucitado. Finalmente, en la primera carta de san Juan se pone de relieve el gran don de la fe, que es capaz de vencer al mundo (segunda lectura).
Temas...
La divina misericordia. En el centro de este Domingo, con el que se termina la octava de pascua y dedicado a la Divina Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado. Las llagas de Jesús forman parte del escándalo de la Cruz, pero son también como la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para confirmar y creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: «Sus heridas nos han curado» (1 P 2,24; cf. Is 53,5) (cfr.: Francisco, 27 de abr). Sucedió el milagro, ellos creyeron en la resurrección de Cristo, creyeron en la misericordia de Dios y ya no pudieron dejar de comunicar, a quienes encontraron en su camino, esta experiencia inefable y magnífica. Y gracias a ellos, a su testimonio de fe, nosotros, veinte siglos después, seguimos creyendo y anunciando la salvación, el amor de Dios… como rezaba el Cura Brochero: “por los que fueron, los que son y los que vendrán”.
La eficacia de la fe. Una fe que no cambia la vida del hombre, que no transforma sus categorías mentales y vitales, relacionales y operativas, no es verdadera fe en Cristo resucitado. San Lucas, muy consciente de ello, nos habla de la eficacia de la fe entre los primeros cristianos de Jerusalén. El primer fruto es la unión en el mismo pensar y el mismo querer, porque su pensamiento se nutría de la enseñanza de los Apóstoles y su querer era guiado únicamente por el amor sincero de unos para con otros. Cuando la experiencia de Cristo resucitado, misericordioso, ocupa el centro de la vida, entonces no hay diferencias entre pensar y querer hasta el punto de poder fácilmente vivir el amor sincero. Un segundo fruto es la comunidad de bienes materiales que surge de la comunión de bienes espirituales. El tercer fruto es el testimonio que los Apóstoles dan de Cristo resucitado: la frecuencia, el ardor, la audacia con que predican este misterio que les ha transformado para siempre. No pueden dejar de hablar lo que han visto y oído, como dirá Pedro en los Hechos de los Apóstoles (cfr.: Aparecida). Esta eficacia de la fe se manifiesta sobre todo mediante la paz, esa paz integral que impregna la persona entera del creyente en Cristo y que florece en la alegría, y sobre todo en el amor. Esa paz que es un don del Espíritu que Cristo resucitado "insufló", como en una nueva creación, sobre los discípulos haciéndolos misioneros de la misericordia, de la paz, del perdón.
Sugerencias...
Hemos visto al Señor. En medio de un grupo desanimado, aparece el Señor misericordioso. El primer Domingo y el Octavo, en éste último ya Tomás entre ellos. Este encuentro con el Resucitado cambió a la primera comunidad: "se llenaron de alegría al ver al Señor". Fue un momento decisivo: les dio su Espíritu... les envió, como el Padre le había enviado a Él... les dio el encargo de la reconciliación siendo testigos de la misericordia instaurando la civilización del Amor: "a quienes perdonen los pecados"... "perdónanos como nosotros perdonamos" (cf.: Beato Pablo VI). Esto sucede en nuestra reunión Dominical, al celebrar la Eucaristía. También nosotros, en medio de una situación que para algunos les parece de desánimo y para otros de desesperación, experimentamos, desde la fe, la presencia del Señor y de Su misericordia. Presente en la comunidad misma, en la Palabra que Él mismo nos dirige, en su Eucaristía. Cuando el que preside -también él signo de Cristo- nos saluda, invoca su presencia: "el Señor esté con ustedes". Como dice la introducción al Misal (n. 28), con ese saludo "manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor", y con la respuesta de la asamblea "queda de manifiesto el misterio de la Iglesia congregada". Cada Domingo es para nosotros una nueva experiencia de fe que nos reafirma en que Jesús, el Señor, vive y está con nosotros. El evangelio fue escrito para eso: "para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre". Estamos aquí (en Misa) precisamente porque creemos eso, porque también a nosotros nos sale desde dentro la invocación: "Señor mío y Dios mío". Aunque no faltan dificultades en nuestra vida cristiana, porque también nuestro caso es el de los que "creemos sin haber visto". Una alabanza a la fe de los presentes. Debemos valorar el Domingo como nuestro día de celebración, porque es el "día del Señor" resucitado y por eso el día de la Comunidad (Asamblea) convocada.
Cada Domingo es Pascua y somos una Comunidad Pascual. La fe en Cristo resucitado, la alegría y el amor que provoca la fe en la resurrección, deben estar presentes y activos todos los días de nuestra vida. Pero de modo especial el Domingo, en que celebramos precisamente el triunfo de Cristo sobre la muerte, sobre el pecado y sobre todo mal. Cada Domingo los cristianos festejamos la Pascua de Cristo resucitado y glorioso por nuestras vidas. Un paso de perdón, de salvación, de gozo, de amor que san Juan Pablo II llama ‘paso de la divina misericordia’. Un paso con que Cristo glorioso nos invita a hacer lo mismo: a perdonar, ayudar a otros a salvarse, a gozar y a amar. Estamos llamados a vivir cada vez con más conciencia el rico significado de la Eucaristía Dominical y del Domingo. Parece que para muchos bautizados hay una idea equivocada e injusta de lo que el Domingo es en los designios de Dios, y hasta les parece ‘pesado’ ir a Misa todos los Domingos. Hoy es una ocasión estupenda para leer en el catecismo de la Iglesia los números dedicados a esta celebración eclesial (nn. 2174-2188; 1166-1167) y/o la carta Dies Domini de san Juan Pablo II.

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sábado, 31 de marzo de 2018

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cB (31 de marzo 2018)


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
VIGILIA PASCUAL cB (31 de marzo 2018)
Primera: Éxodo 14, 15 – 15, 1; Salmo: Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23; Segunda: Romanos 6, 3-11; Evangelio: Marcos 16, 1- 8
Nexo entre las LECTURAS
“Llevemos una vida nueva, pues Cristo ha resucitado”. Esta vida nueva del cristiano, de la que nos habla la carta a los Romanos (segunda lectura), es sólo participación de la vida nueva de Cristo resucitado, es decir, del que vive para siempre (Evangelio). En la primera lectura (del Éxodo 14) vemos a Dios actuando en favor de los israelitas: el paso del mar Rojo, que es paso de frontera, es sobre todo cambio de vida, de una vida miserable en esclavitud y opresión a una vida de libertad. El cristiano, mediante el bautismo, recoge toda la experiencia del pueblo de Israel (paso a la libertad por la victoria sobre el pecado) y el misterio insondable de la resurrección de Cristo (paso a la vida nueva, la inmarcesible e inmortal) (segunda lectura).
Temas...
La vida nueva, don de Dios. La vida nueva es la vida que no conoce frontera alguna de tiempo. Es vida, plenitud de vida, pero de naturaleza diversa a la existencia temporal, que está sometida a ley espacio-temporal. La primera expresión de vida nueva nos la ofrece la primera lectura: es la vida nueva en la libertad. Para que sea auténtica vida no basta la libertad de (de la esclavitud de Egipto y de la opresión del faraón), hay que ir más allá y llegar a la libertad para (para servir a Dios en la tierra prometida, que es la tierra de la propia identidad). Se trata de ser libre para vivir sirviendo al Dios vivo. Esto es don de Dios, no mérito ni fruto de las fuerzas humanas. Sin la intervención de Dios, Israel seguiría experimentando en carne propia la desgracia de la esclavitud. Ese don de Dios a Israel alcanza su vértice en el don de la vida inmortal al cuerpo de Cristo resucitado, y se prolonga en la vida de gracia y de verdad, que late en el corazón de cada creyente.
Cristo y la vida nueva. Las mujeres, que nos habla el texto evangélico, iban en busca de un cadáver, y se encontraron con el Viviente: “Ha resucitado. No está aquí”. El ángel, mensajero de Dios, anuncia a las mujeres la entrada de Jesús en la Vida, esa vida definitiva, por encima de la temporalidad, que dimana de la vida misma de Dios. Lo importante no es el sepulcro vacío, que podría admitir otras explicaciones, sino que Cristo está Vivo, ha entrado con toda su humanidad en la esfera divina de una vida nueva, sin fin, sin fronteras de espacio, de tiempo, de materia. Su vida nueva es primicia de la nuestra, esperanza segura de una vida que nos pertenece, no porque la hayamos ganado a pulso, sino porque nos ha sido concedida por el bautismo: “Si hemos muerto con Cristo, confiemos en que también viviremos con él”.
La vida nueva y el cristiano. Ser cristiano, discípulo misionero, es participar de la vida misma de Cristo, pues en Él todos los pueblo tienen vida (cfr.: Aparecida), no lógicamente de la vida terrena de Jesús, cosa imposible, sino de su vida en Dios y para Dios, en su vida de eterno Viviente. Por el bautismo se nos concede a los hombres el don inicial y primigenio de participar de la vida nueva en Cristo; por los demás sacramentos, la vida de oración, la práctica de la caridad, la escucha de la Palabra de Dios, la sumisión filial a la voluntad de Dios, la participación inicial va creciendo y adquiriendo madurez, asemejándose lo más posible a la vida de Cristo, hasta el punto de poder decir con san Pablo: "Vivo yo, mas no soy yo ya el que vivo, es Cristo quien vive en mí", o en términos de la liturgia de hoy, hasta el punto de “estar vivos para Dios, en unión con Cristo Jesús” (Rom 6,11). A esta vida nueva estamos llamados todos los hombres, y todos recibimos la gracia                  -suficiente- de Dios para responder afirmativamente al llamado. Vida que vivimos en alegría con el Resucitado (cfr.: Evangelii Gaudium).
Sugerencias...
Vivir para Dios. Se trata de una vida, caracterizada por la presencia activa, amorosa y eficaz de Dios en el corazón del creyente. Es decir, una participación histórica, concreta, humana, de la misma vida de Dios. La vida moral del cristiano ha de ser fruto de esta vida divina en el alma, con lo que la vida jamás estará separada de la fe, dirá el Señor en un momento de Su vida pública: "felices los que escuchan la palabra de Dios y la practican y enseñan a otros a hacer lo mismo". Quien vive para Dios, no vive para sí mismo, ya que el egoísmo es el enemigo número uno de Dios (cfr.: Colosenses). Quien vive para Dios, vive para los demás, ya que en los demás descubre la presencia viva de Dios. Quien vive para Dios, quiere comunicar a otros esa misma vida divina, y así se convierte en apóstol de la vida verdadera. Quien vive para Dios, vive en felicidad y así contagia a otros y despierta en ellos el deseo de Dios, de vivir para Dios como él.
El bautismo, sacramento de vida. Por el bautismo comienza la vida en la fe, la filiación divina, entramos a formar parte de la comunidad eclesial. Como es común que los padres, y hacen bien, se interesan mucho por que el niño crezca sano, fuerte, con un desarrollo llamado normal, con un peso equilibrado y con destrezas exitosas para el orden temporal, igualmente se exigen y exigen, porque vaya aprendiendo a hablar, a leer y escribir y vaya adquiriendo una buena educación, a fin de prepararlo lo mejor posible para la vida y asegurar su futuro. Asumamos el compromiso de la evangelización y el apostolado para que se ocupen virtuosamente porque crezcan -los hijos- en la vida de la gracia, vida de fe que comenzó el día del bautismo, que comenzó con la Pascua de Resurrección. Que no olvidemos que el crecimiento en la fe y en la vida de oración, de amistad con Dios, constituye un fundamento firme de la vida en el tiempo, de la felicidad en el presente y alcanzar la vida bienaventurada en la Jerusalén Celestial. Sabemos que un ‘verdadero’ creyente será siempre, siempre, un hombre que desborda felicidad y paz, será bienaventurado (cfr. Evangelii Gaudium).


Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR MISA DEL DÍA (01 de abril 2018)


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
MISA DEL DÍA (01 de abril 2018)
Primera: Hch 10, 34.37-43; Salmo: Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23; Segunda: Col 3, 1-4 Evangelio: Jn 20, 1-9
Nexo entre las LECTURAS
Los cristianos estamos llamados a ser "testigos de esperanza" en el mundo. El evangelio menciona diversas actitudes ante el sepulcro vacío: la del discípulo amado, que "vio y creyó", es la única que permite la apertura a la esperanza de que Cristo ha resucitado. Pedro, en la casa de Cornelio, el centurión romano que ejercía su servicio en Cesarea Marítima, da testimonio abierto de que Jesús ha sido resucitado por Dios de entre los muertos, infundiendo así una esperanza en el mundo pagano, representado por el centurión (primera lectura). En la segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los colosenses, el apóstol invita a poner la esperanza no en las cosas de este mundo, sino en las cosas de arriba, en Cristo resucitado y glorioso.
Temas...
Hoy «es el día que hizo el Señor», iremos cantando a lo largo de toda la Pascua. Y es que esta expresión del Salmo 117 inunda la celebración de la fe cristiana. El Padre ha resucitado a su Hijo Jesucristo, el Amado, Aquél en quien se complace porque ha amado hasta dar su vida por todos.
Vivamos la Pascua con mucha alegría. Cristo ha resucitado: lo celebremos llenos de alegría y de amor. Hoy, Jesucristo ha vencido a la muerte, al pecado, a la tristeza... y nos ha abierto las puertas de la nueva vida, la auténtica vida, la que el Espíritu Santo va dándonos por pura gracia. ¡Que nadie esté triste! Cristo es nuestra Paz y nuestro Camino para siempre. Él hoy «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 22).
El gran signo que hoy nos da el Evangelio es que el sepulcro de Jesús está vacío. Ya no tenemos que buscar entre los muertos a Aquel que vive, porque ha resucitado. Y los discípulos, que después le verán Resucitado, es decir, lo experimentarán vivo en un encuentro de fe maravilloso, captan que hay un vacío en el lugar de su sepultura. Sepulcro vacío y apariciones serán las grandes señales para la fe del creyente. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20,8). Supo captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana donde estuvo envuelto Jesús y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del paso de Dios, de la nueva vida. El amor sabe captar aquello que otros no captan, y tiene suficiente con pequeños signos. El «discípulo a quien Jesús quería» (Jn 20,2) se guiaba por el amor que había recibido de Cristo.
“Ver y creer” de los discípulos que han de ser también los nuestros. Renovemos nuestra fe pascual. Que Cristo sea en todo nuestro Señor. Dejemos que su Vida vivifique a la nuestra y renovemos la gracia del bautismo que hemos recibido. Hagámonos apóstoles y discípulos suyos. Guiémonos por el amor y anunciemos a todo el mundo la felicidad de creer en Jesucristo. Seamos testigos esperanzados de su Resurrección.
Sugerencias...
«¡Pongámonos en camino!» «Releer todo a partir de la cruz y de la victoria». «Un rayo de luz en la oscuridad». «Con esta chispa se enciende una alegría humilde, que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena». Con el Evangelio de la resurrección de Jesucristo: «Jesús ha resucitado, como había dicho». Con las palabras del ángel a las mujeres, que encuentran la tumba vacía, y las palabras del Señor Resucitado: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán». «Galilea es el lugar de la primera llamada, donde todo empezó. Volver allí, volver al lugar de la primera llamada» «Releer todo: la predicación, los milagros, la nueva comunidad, los entusiasmos y las defecciones, hasta la traición; releer todo a partir del final, que es un nuevo comienzo, de este acto supremo de amor».
«También para cada uno de nosotros hay una «Galilea» en el comienzo del camino con Jesús». Y en que «ir a Galilea» tiene un significado lindo, significa «redescubrir nuestro bautismo como fuente viva, sacar energías nuevas de la raíz de nuestra fe y de nuestra experiencia cristiana». «Volver a Galilea significa sobre todo volver allí, a ese punto incandescente en que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino. Con esta chispa puedo encender el fuego para el hoy, para cada día, y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas».
Subrayando que en la vida del cristiano, después del bautismo, hay también «una «Galilea» más existencial: la experiencia del encuentro personal con Jesucristo, que me ha llamado a seguirlo y participar en su misión». «Recuperemos la memoria de aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los míos, el momento en que me hizo sentir que me amaba».
Rogar la ayuda del Señor para volver a nuestra Galilea, para encontrarlo y dejarnos abrazar por su misericordia. «Para ver a Jesús resucitado, y convertirse en testigos de su resurrección. No es un volver atrás, no es una nostalgia. Es volver al primer amor, para recibir el fuego que Jesús ha encendido en el mundo, y llevarlo a todos, hasta los confines de la tierra». ¡Pongámonos en camino! (Cfr.: Papa Francisco, Pascua 2014)


lunes, 26 de marzo de 2018

HOMILIA JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (29 de marzo 2018)

JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (29 de marzo 2018)
PrimeraÉxodo 12, 1-8.11-14; Salmo: Sal 115, 12-13.15-16bc.17-18; Segunda: 1Corintios 11, 23-26; Evangelio: Juan 13, 1-15
Nexo entre las LECTURAS
“Llevó su amor hasta el fin” (Evangelio). Estas palabras son la clave de comprensión de la Palabra de Dios en este Jueves Santo. Este amor es el que celebraban los israelitas anualmente al conmemorar la fiesta de Pascua, fiesta de liberación de la esclavitud egipcia (primera lectura). Este amor lo manifestó Jesús de forma suprema en el lavatorio de los pies (Evangelio) y en la donación de sí mismo en pan y en vino, convertidos en su Cuerpo y en su Sangre (segunda lectura). Éste es el amor que se repite cada vez que los cristianos nos reunimos para celebrar la Cena del Señor (segunda lectura).
Temas...
El amor de Dios. La historia del amor de Dios para con el hombre resulta no pocas veces incomprensible, porque Dios ama siempre con un amor puro, desinteresado, buscador del bien de la persona amada, mientras que el amor humano no siempre goza de estas características. En la historia del amor de Dios para con el hombre, la liturgia de hoy nos sale al encuentro con momentos importantes de ese amor: el éxodo de Israel de Egipto en la segunda mitad del siglo XIII a. de C. y la última Cena de Jesús con sus discípulos para celebrar con ellos la nueva Pascua en su sangre. No por mérito propio, sino por el amor que Dios tiene a Israel, éste pasa de una condición de esclavitud y opresión en tierra ajena a una situación de libertad y en camino hacia la tierra prometida. Israel conocía perfectamente que jamás se hubiera podido liberar por sí mismo de la mano poderosa del faraón egipcio. Pero Dios, que ama a Israel, si podía y lo hizo de modo sorprendente, imprevisible, desconcertante.
Amor paciente y misericordioso. Pasaron los siglos y el pueblo israelita se olvidó de Yahvéh y de sus maravillas, siguió su propio camino y se ‘embarró’ en el pecado. Los profetas, sabiendo que Dios es fiel a su amor, comenzaron a hablar de un nuevo éxodo, de una nueva Pascua, como algo que habría de venir en el futuro y revelar de modo todavía más maravilloso y sorprendente el amor de Dios. Jesucristo es el nuevo éxodo y la nueva Pascua. Él realiza la nueva liberación de la esclavitud del pecado y concede a los liberados el don de poder entrar en la patria definitiva, la Jerusalén celestial. Este amor definitivo y último de Dios al hombre es lo que los primeros cristianos celebraban cuando se reunían para la Fracción del Pan, para comer el Cuerpo y la Sangre de Cristo que alimentará nuestra mirada por toda la eternidad en el cielo.
El amor "humilde" de Dios. En el antiguo éxodo, Dios se mostró al faraón y a los israelitas con poder extraordinario y temible; en el nuevo éxodo, inaugurado por Jesucristo, Dios nos muestra su amor en la humillación y abajamiento, con lo que nos invita a cambiar nuestras categorías. En efecto, solemos pensar, de modo muy humano, que Dios puede triunfar sólo con la fuerza y el poder, y necesitamos ver cómo triunfa por el camino irreconocible de la humillación, es el “estilo de Dios” dice el Papa Francisco. En la última Cena Jesús muestra el amor "humilde" de Dios humillándose en el lavatorio de los pies a los discípulos. ¡Es impresionante! Se hace esclavo para señalar que es Señor. Se humilla para manifestar su divina grandeza. Sin humillación no hay humildad.
El amor de Dios continúa actuando en la Eucaristía. …humillándose en las especies del pan y del vino y  …también, queriendo que su presencia se ‘lleve a cabo’ por hombres llamados a la consagración sacerdotal y a entregar su vida fielmente en el ejercicio del ministerio de la caridad pastoral… por eso hoy también rezamos por los sacerdotes y por el aumento de las vocaciones sacerdotales.
Sugerencias...
Vivir es servir amando. En las comunes categorías humanas relacionamos ‘vivir’ con ‘pasarlo bien, disfrutar, tener éxito, etc.’. No es que haya que reprobar todo eso, pero tampoco identificarlo con el ‘vivir’. Al menos el concepto cristiano del ‘vivir’ se relaciona más con el “servir”, pero no de cualquier manera, sino por amor. El gran peligro que nos puede acechar es confundir el servir a los demás con el servirse de los demás. Esto puede suceder dentro de la familia: los padres -se sirven- de los hijos en lugar de servirlos, o los hijos de los padres, que también es posible. Puede suceder en la parroquia: servirse de la parroquia o del párroco para el propio beneficio, o al revés: que el párroco se sirva de sus feligreses para fines egoístas. Esto puede suceder igualmente en una empresa, en un banco, en una oficina administrativa, en un ministerio. Porque todos sabemos que las instituciones están al servicio del bien común, pero no pocas veces los hombres las ponemos al servicio de nuestro bien particular. Quien quiera ser discípulo misionero deberá examinarse a fondo para ver si para él la vida es un servicio, como lo fue para Jesucristo, y pedir aumento de gracia para servir.

Es la hora del encuentro. La última Cena es la hora del encuentro con Jesucristo bajo el velo del misterio, y la Eucaristía es el lugar donde se encuentra al Amado. Cuando se ama a Jesús y se le ama con pasión, como el amor de la vida, entonces se anhela la hora y el lugar del encuentro. Jesucristo no tiene horarios para la cita, somos nosotros los que podemos escoger “la hora del encuentro”. Puede ser en la mañana, antes de ir al trabajo. Puede ser al final de la tarde, cuando fatigados de la actividad diaria, nos rejuvenecemos al contacto con Jesucristo Eucaristía. Puede ser en cualquier momento de la jornada, porque Él siempre está a la espera. Lo importante es que busque de veras encontrarme con el amor de Jesucristo y al contacto con el fuego de su amor pueda sentir que se enciende también mi corazón de amor a Dios y de amor a los hombres. Jesucristo, sin embargo, es un amante verdadero y por eso exigente: su amor es hondo, transformante, eterno. Hay que perseverar en el “encuentro” y hay que perseverar en el amor. Demos gracias a Dios que haya muchas personas para quienes el encuentro diario con Jesucristo en la Eucaristía les sea tan imprescindible como el respirar. Recemos para que haya sacerdotes que celebren la Eucaristía en todos los altares del mundo y feligresía que, creyendo y amando, quiera comulgar.
Concédenos, Señor, la protección de tu Madre, consuelo de los afligidos, para poder nosotros consolar a los que están atribulados, mediante el consuelo con que tú nos consuelas.



Otra manera de acercarse a la Liturgia del Jueves...
La liturgia de esta celebración se sale de lo normal en cuanto que la primera lectura describe la anticipación veterotestamentaria de la cena: la comida del cordero pascual, y la segunda lectura, de san Pablo, su consumación en el Nuevo Testamento, por lo que el evangelio no necesita narrar otra vez la institución de la Eucaristía, sino que más bien describe la actitud interior de Jesús en esta su entrega a la Iglesia y al mundo: en la conmovedora escena del lavatorio de los pies. Esta escena, seguramente histórica, debe abrir los ojos de los discípulos para que comprendan lo que en verdad se realiza en la institución de la Eucaristía y a partir de ella en toda celebración eucarística de la Iglesia.

El cordero pascual. En el relato del Éxodo (que se compone de diversos elementos) de la cena pascual todo debe comprenderse en función de su futura consumación en la celebración cristiana. Primero se exige «un animal sin defecto, macho (de un año), cordero o cabrito» como víctima: sólo el mejor será lo bastante bueno para ello, pues debe ser sin tacha. Después la cena ha de comerse «con la cintura ceñida, las sandalias en los pies y un bastón en la mano», y «a toda prisa». Cristianamente hablando esto sólo puede significar que el cristiano debe estar dispuesto a dejar el mundo (lo temporal) para ir hacia Dios a través del desierto de la historia y de la muerte, para entrar en la tierra prometida y vivir al lado de Dios; no para continuar viviendo en la comodidad o caminar sin preocupaciones hacia un futuro terrestre. Porque el Cordero cristiano es el Resucitado que nos introduce, tras resucitar con Él, en «una vida escondida con el Mesías en Dios» (Col 3,3). Y finalmente con la sangre del cordero debemos rociar las jambas y dinteles de nuestras puertas para que el juicio de Dios pase de largo. Sólo si se encuentra sobre nosotros la sangre de Cristo el tentador pasará de largo no haciéndonos daño y, más todavía, nos libraremos del justo juicio y entraremos en la Patria definitiva.
La Eucaristía. Pablo refiere la «tradición que ha recibido»: la oración de acción de gracias de Jesús sobre el pan: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía». Lo mismo con el cáliz, que es «la nueva alianza sellada con mi sangre». Y añade que toda comida eucarística es «proclamación de la muerte del Señor». La ceremonia veterotestamentaria adquiere ahora todo su sentido, de una profundidad insondable: «El cuerpo que se entrega por nosotros, la alianza sellada con la sangre», significa abnegación, entrega de amor hasta el extremo, y esto hasta tal punto que el que se sacrifica se convierte en comida y bebida de aquellos por los que se entrega. Y no sólo esto, sino que el poder de seguir realizando este sacrificio se deja en manos de aquellos por los que se ha ofrecido: se dice «hagan esto» y no simplemente «reciban esto». Lo mismo se repetirá en Pascua cuando el Resucitado diga: «A quienes les perdonen los pecados», y no simplemente «reciban mi perdón y el de mi Padre». Es como si lo máximo que podríamos imaginarnos, que el Hombre-Dios se entrega a nosotros, sus ‘asesinos’, como comida para la vida eterna, quedara superado una vez más: que nosotros mismos debemos realizar lo que ha sido hecho por nosotros, ofreciendo el sacrificio del Hijo al Padre.

El lavatorio de los pies es una «prueba del amor hasta el extremo» (Jn 13,1), un acto de amor que Pedro percibe, y es comprensible que así lo perciba, como algo completamente inadmisible, como el mundo al revés. Pero precisamente esta inversión de la realidad es lo más correcto, lo que hay que dejar que suceda primero en uno (y exactamente así, como lo hace Jesús, ni más ni menos), en la humillación por su amor infinito, para después tomar «ejemplo» de ello (Jn 13,14) y realizar el mismo abajamiento de amor con los hermanos. En el evangelio esto es la demostración tangible de lo que se dará inmediatamente después a la Iglesia en el misterio de la Eucaristía: en correspondencia, los cristianos deben convertirse en comida y bebida agradables los unos para los otros, para TODOS.

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HOMILÍA VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (30 de marzo 2018)

VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (30 de marzo 2018)
PrimeraIsaías 52,13 – 53,12; Salmo: Sal 30, 2.6.12-13.15-16.17.25; Segunda: Hebreos 4, 14-16; 5,7-9 Evangelio: Juan 18, 1 – 19, 42
Nexo entre las LECTURAS
"Nosotros", "nuestros" son términos repetidos en los textos litúrgicos del Viernes Santo. No es un "nosotros" sin adición alguna, sino con una nota muy propia: en cuanto pecadores. En el cuarto canto del Siervo de Yahvéh los términos son frecuentes: "Con sus llagas nos curó", "nosotros lo creíamos castigado...", "llevaba nuestros dolores", "eran nuestras rebeliones las que lo traspasaban", etc. (primera lectura). En la segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos hallamos frases como "mantengámonos firmes en la fe que profesamos", o "no tenemos (en él) un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades;". También en el Evangelio, aunque no se empleen los términos, están implícitos en toda la narración de la pasión y muerte de Jesús según san Juan, que fue "por nosotros los hombres y por nuestra salvación".
Temas...
Jesús, siervo de Yahvéh. El misterio de Jesús, Varón de dolores, constituye una paradoja a la mentalidad común de los hombres. Es el misterio formidable de la cruz, no como suplicio o castigo, sino como instrumento de salvación y trono de gracia. En el siglo V antes de Cristo, el autor de los cantos del Siervo de Yahvéh intuyó ya con gran realismo el desafío, imponente para la razón humana, de un hombre amado por Dios y al mismo tiempo humillado en su dignidad hasta el punto de "no parecer hombre ni tener aspecto humano". ¿Cómo es posible tal situación? No son los hombres quienes la hacen posible, sino únicamente el poder de Dios. Ciertamente, el amor de Dios brilla en la bendición que otorga a sus elegidos y amigos, y esto la mente humana lo percibe con claridad. Pero no resulta tan claro para el hombre el resplandor del poder divino en el desprecio, sufrimiento y muerte ignominiosa de aquellos que Él ama. ¿Cómo comprender que el poder divino se nos muestre tan impotente? He aquí el misterio del Siervo de Yahvéh, el misterio de Jesús en las largas horas de la noche del jueves y del viernes de pasión. Jesús, sufriendo hasta la muerte de cruz, encarna en sí y realiza plenamente la figura del Siervo de Yahvéh, y pone así en evidencia el gran misterio del poder-amor de Dios, desconcertante si lo consideramos aisladamente, pero eficaz y profundo si no lo separamos del misterio de la resurrección.
Cristo, sumo sacerdote. La carta a los Hebreos nos ofrece otro rostro de Jesús: el de sumo sacerdote que expía por los pecados del pueblo. En la liturgia hebrea, sólo el día de la expiación podía el sumo sacerdote descargar sobre el chivo expiatorio los pecados de toda la nación y así entrar purificado en el lugar santísimo del antiguo Templo y, en la presencia misma de Dios, ofrecerle la sangre purificadora de las víctimas sacrificadas. Para nosotros, los cristianos, el verdadero día de la expiación es el viernes de pasión, en que Jesús rasga el velo del templo, entra en el santuario de Dios y se ofrece a sí mismo como víctima de propiciación por los pecados del mundo. La sangre de Jesús oferente es la sangre preciosa del Hijo que purifica los pecados del mundo y reconcilia la humanidad con Dios. En la pasión, Cristo, sacerdote de la nueva alianza, abre las puertas del perdón y de la salvación a todos los hombres bien dispuestos: "Se hizo causa de salvación eterna para todos los que le obedecen". Para el hombre salvarse equivale, por tanto, a reconocer a Cristo como sumo sacerdote de la nueva alianza en su sangre.
Cristo, rey sobre el trono de la cruz. Es algo característico del evangelio según san Juan presentar la figura de Jesús, en todo el camino de la pasión, como un gran rey que va a tomar posesión de su reino. En Getsemaní revela, a los que quieren prenderle, que abraza libremente la pasión, mediante un gesto de poder divino (Jn 18,6). A Anás le responde con una dignidad verdaderamente real (Jn 18, 20.21). A Pilato le confiesa su realeza, una realeza asentada sobre el poder de la verdad y del amor (Jn 18,36-37). Pilato, por su parte, presentará a Jesús ante los judíos con estas palabras: "¡He aquí a su rey!" (Jn 19,14). Finalmente, aunque los judíos han declarado que no tienen otro rey que el César, Pilato manda colocar sobre la cruz un letrero con esta inscripción: "Jesús de Nazaret, el rey de los judíos" Jn 19,19), y además en tres lenguas (hebreo, latín y griego), para que todo el mundo se enterara. Sólo Dios puede hacer de la cruz un trono, de un ajusticiado un rey soberano, de un hombre viejo un hombre nuevo, y más, prototipo de la humanidad. Sobre la cruz refulge el rostro de Cristo, sangriento y deforme, pero ya transfigurado por un poder real que lo corona y lo ensalza y lo constituye vencedor del pecado y de la muerte, Señor de los hombres y de la historia.
Sugerencias...
Jesús, hermano universal. Se suele decir que todos somos hermanos porque todos somos hijos de Adán. Como cristianos, hemos de decir, además, que somos hermanos porque Cristo nos ha hermanado a todos haciéndonos hijos de Dios. Jesús, tanto por su condición humana como por su filiación divina. Además, amó y ama a todos, perdonó y perdona a todos, recibió y recibe a todos, a todos les ofreció y ofrece su salvación, a todos ayudó y ayuda con su poder sobre las fuerzas naturales. Es Hermano que nos comprende, porque ha vivido la experiencia humana en plenitud, ha sido tentado como nosotros, ha sufrido como nosotros y más que nosotros. Es Hermano cuyo poder nos fortalece ante nuestro pecado y debilidad, cuyo amor nos anima a amar a nuestros hermanos como Él nos ama, cuya ayuda nos conforta en los momentos de prueba y dificultad, cuyo consuelo nos infunde paz y alegría aun en el dolor, cuya grandeza de espíritu nos eleva hacia las alturas de Dios y nos invita a vivir y practicar las virtudes... Hemos de confesar a Jesús como Dios-Hermano ante los demás, para que Él nos reconozca ante el Padre celestial. Todos somos hermanos de Jesús porque nos ha redimido, y todos estamos llamados a practicar la fraternidad en Cristo Jesús, el hermano verdadero que nunca nos fallará. En un mundo en que los lazos familiares son a veces tan efímeros y quebradizos, ha de ganar cada vez mayor consistencia la fraternidad fundada en Jesucristo (cfr. Catequesis del Papa Francisco).
Confianza en Cristo salvador. Jesús, como Siervo de Yahvéh ha descargado sobre sí nuestros pecados. En cuanto sumo Sacerdote de la nueva alianza ha rasgado el velo que separaba al hombre de Dios y ha dado acceso al hombre a la misma intimidad del Padre y del misterio de Dios. Como rey, que tiene su trono en la cruz, ha dignificado el dolor humano y lo ha puesto al servicio de su reino de verdad, de justicia y de amor. ¿Cómo no vamos a tener confianza en él? Es la confianza de quien se apoya en roca y no en arena movediza; de quien sirve a un rey poderoso, que nos asegura la victoria sobre nuestro egoísmo y nuestro pecado, cualquiera que éste sea; de quien, como sumo y eterno sacerdote, nos purifica de toda mancha y nos otorga el don de su gracia y amistad. Confianza porque es un rey, no altanero, sino manso y humilde de corazón; porque es el siervo de Yahvéh, muy consciente de que ha venido no a ser servido sino a servir y a dar su vida para rescate de muchos; porque es un sumo sacerdote que nos comprende porque aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer (Heb 5,9). ¿Seremos capaces de confiar en Él? Escuchemos con gozo la voz de Jesús: “Tengan confianza. Yo he vencido al mundo”, como enseña el Papa Francisco en muchas de sus homilías.
María, Madre del Amor Hermoso, ruega por nosotros. Pedimos al Señor que, así como ha querido que la Virgen Madre estuviera junto al Hijo moribundo para participar de sus dolores, también nosotros, imitando a la Virgen, acompañemos generosamente a tantos hermanos que sufren para llevarles Su amor y Su consuelo.




Otra manera de acercarse a la Liturgia del Viernes...
Las grandes lecturas de la liturgia de hoy giran en torno al misterio central de la cruz… un misterio que ningún concepto humano puede expresar adecuadamente. Pero las tres aproximaciones bíblicas tienen algo en común: que el milagro inagotable e inefable de la cruz se ha realizado «por nosotros». El siervo de Dios de la primera lectura ha sido ultrajado  por nosotros, por su pueblo; el sumo sacerdote de la segunda lectura, a gritos y con  lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el  autor de la salvación; y el rey de los judíos, tal y como lo describe la pasión según san Juan,  ha «cumplido» por nosotros todo lo que exigía la Escritura, para finalmente, con la sangre y  el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la salvación del mundo.

El siervo de Yahvé. Que amigos de Dios intercedieran por sus hermanos los hombres, sobre todo por el pueblo elegido, era un tema frecuente en la historia de Israel: Abrahán intercedió por Sodoma, la ciudad llena de pecado; Moisés hizo penitencia durante cuarenta días y cuarenta noches por el pecado de Israel y suplicó a Dios que no abandonara a su pueblo; profetas como Jeremías y Ezequiel tuvieron que soportar las pruebas más terribles por el pueblo.  Pero ninguno de ellos llegó a sufrir tanto como el misterioso siervo de Dios de la primera lectura: el «hombre de dolores» despreciado y evitado por todos, «herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes... que entregó su vida como expiación". Pero este sacrificio produce su efecto: «Sus cicatrices nos curaron». Se trata ciertamente de una visión anticipada del Crucificado, pues es imposible que este siervo sea el pueblo de Israel, que ni siquiera expía su propio pecado. No, es el siervo plenamente sometido a Dios, en el que Dios «se ha complacido», sólo Dios, pues ¿quién sino Él se preocupa de su destino? Durante siglos este siervo de Dios permaneció desconocido e ignorado por Israel, hasta que finalmente encontró un nombre en el Siervo Crucificado del Padre.

El sumo sacerdote. En la Antigua Alianza el sumo sacerdote podía entrar una vez al año en el Santuario y rociarlo con la sangre sacrificial de un animal. Pero ahora, en la segunda lectura, el sumo  sacerdote por excelencia entra «con su propia sangre» (Hb 9,12), por tanto como sacerdote  y como víctima a la vez, en el verdadero y definitivo santuario, en el cielo ante el Padre; por  nosotros ha sido sometido a la tentación humana; por nosotros ha orado y suplicado a Dios en la debilidad humana, «a gritos y con lágrimas»; y por nosotros el Hijo, sometido eternamente al Padre, «aprendió», sufriendo, a obedecer sobre la tierra, convirtiéndose así  en «autor de salvación eterna» para todos nosotros. Tenía que hacer todo esto como Hijo de Dios para poder realizar eficazmente toda la profundidad de su servicio y sacrificio obedientes.
El rey. En la pasión según san Juan Jesús se comporta como un auténtico rey en su sufrimiento: se deja arrestar voluntariamente; responde soberanamente a Anás que Él ha hablado abiertamente al mundo; declara su realeza ante Pilato, una realeza que consiste en ser testigo de la verdad, es decir, en dar testimonio con su sangre de que Dios ha amado al mundo hasta el extremo. Pilato le presenta como un rey inocente ante el pueblo que grita «crucifícalo». «¿Al rey de ustedes voy a crucificar?», pregunta Pilato, y, tras entregar a Jesús para que lo crucificaran, manda poner sobre la cruz un letrero en el que estaba escrito: «El rey de los judíos». Y esto en las tres lenguas del mundo, irrevocablemente. La cruz es el trono real desde el que Jesús «atrae hacia él» a todos los hombres, desde el que funda su Iglesia, confiando su Madre al discípulo amado, que la introduce en la comunidad de los apóstoles, y culmina la fundación confiándole al morir su Espíritu Santo viviente, que infundirá en Pascua.

Los tres caminos conducen, desde sitios distintos, al «refulgente misterio de la cruz» (fulget crucis mysterium); ante esta suprema manifestación del amor de Dios, el hombre sólo puede prosternarse en actitud de adoración.

jueves, 22 de marzo de 2018

SOR LUCIA LA VIDENTE DE FATIMA- Y EL ABORTO


... para manifestar más la unidad de la sociedad humana que obliga a la vigilancia mutua con el fin de evitar el mal e insistir en la detestación del pecado, ya que el castigo de uno recae sobre los demás como si fuese  un solo cuerpo.

"LUCIA, con su sencilla fe, lo expresaba así "Sí Portugal no aprueba el aborto, esta a salvo, más si lo aprueba tendrá mucho que sufrir . Por los pecados de la persona, paga la persona que de él es responsable, más por el pecado de la Nación paga todo el pueblo. Porque los gobiernos promulgan las leyes inicuas lo hacen en nombre de todo el pueblo que los elige"

miércoles, 21 de marzo de 2018

HOMILIA Domingo de RAMOS en la PASIÓN DEL SEÑOR cB (26 de marzo 2018)

Domingo de RAMOS en la PASIÓN DEL SEÑOR cB (26 de marzo 2018)
PrimeraIsaías 50, 4-7; Salmo: Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Segunda: Filipenses 2, 6-11; Evangelio: Marcos 14, 1 – 15, 47
Nexo entre las LECTURAS
La liturgia de hoy nos ayuda a ‘entrar’ en el misterio de la entrega y sufrimiento de Jesucristo por la salvación de muchos. “En su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (segunda lectura). En los labios de Jesús hemos escuchado: "Abba, Padre. Todo te es posible. Aparta de mí esta copa de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú" (Evangelio). Siglos antes, el siervo de Yahvéh, figura de Jesucristo, había pronunciado proféticamente estas palabras: “El Señor me ha abierto el oído, y yo no me he resistido ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mi mejilla a los que mesaban mi barba; no volví la cara ante los insultos y salivazos” (primera lectura).
Temas...
El realismo de la pasión. La profecía del Siervo de Yahvéh se ha quedado ‘corta’, por más que sus expresiones impresionan al escucharlas: golpes a la espalda, burlas tirándole de la barba, insultos y salivazos. Jesús realiza y vive una pasión física, que sacude todo su cuerpo; y una pasión moral, una pasión del corazón, un dolor inexplicable porque los hombres, sus íntimos, eligen el pecado. En Getsemaní Jesús sufre pavor, angustia, tristeza mortal, y es prendido y maniatado con violencia por la gente que vino a Él con espadas y palos (14,33-34.46). En el sanedrín, después de ser considerado blasfemo, algunos comenzaron a escupirle y a darle de bofetadas (14,65). En el pretorio, los soldados romanos trenzaron una corona de espinas y se la ciñeron (15,17). Ahí mismo, le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían y, poniéndose de rodillas, le rendían homenaje (15,19). Marcos escuetamente escribe: Después le crucificaron (15,24). El evangelista termina el relato diciendo: Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró (15,37). Grito de dolor, grito en que resume toda la pasión. Al lado de la pasión corporal, entrelazada con ella, la pasión del corazón. ¿Cómo se comportan los suyos? Judas le traiciona (14,10), Pedro miente -de Él- (14,66-72), todos los discípulos le abandonan y huyen (14,50). ¿Cómo se comportan las autoridades? Las autoridades buscaban el modo de prenderle con engaño y darle muerte (14,1), pagan a Judas para que traicione a su Maestro (14,11), envían un tropel de gente armada para que prenda a Jesús (14,43), buscan una acusación para darle muerte (14,55), lo condenan como blasfemo (14,63-64), azuzan a la gente para que Pilato suelte a Barrabás y mande a Jesús al suplicio de la cruz (15,11-13), sobre el Gólgota triunfantes se burlan de él (15,31-32). Él, el inocente, es juzgado y condenado. Él, el Señor, es abofeteado por un siervo, escarnecido por los soldados, objeto de burla y escarnio de la gente. Y sobre todo, Él, el Hijo de Dios, siente en lo más íntimo, el abandono del Padre (15,34). Este realismo de la pasión recobra un brillo particular, inédito, si lo observamos con la certeza de que Jesús lo hubiese podido evitar, pero no quiso. Asumió todo el dolor de la pasión voluntariamente, en pleno ejercicio de su libertad, como expresión suprema de su libertad entregada al amor a su Padre y a sus hermanos, nosotros, los hombres.
Los frutos del sufrimiento. El primer fruto (si se pudieran enumerar) se produce en la humanidad del mismo Jesús: “Dios lo exaltó y le dio el nombre sobre todo nombre” (segunda lectura); es decir, su humanidad volvió a la vida, a una nueva vida, y el Padre glorificó su humanidad haciéndola partícipe de la misma vida de Dios. El segundo fruto que los textos nos indican es la salvación obtenida mediante el amor del que sufre hasta el heroísmo de la muerte en una cruz. Ese amor doliente salva al que implora misericordia; ese amor que culmina en un grito impresionante y salva al que cree (centurión que reconoce en el crucificado al Hijo de Dios). Salva a Pedro que, enseguida después de haberle negado, rompió a llorar como un niño. En Cristo, Siervo Sufriente, la humanidad es recreada -tocada- por el dedo de Cristo salvador.
Sugerencias...
Una soledad acompañada. En la actual sociedad no son pocas las personas que viven en soledad y la sienten como una pesada losa sobre sus vidas, a pesar de la multiplicación increíble de los medios de comunicación que se ha desarrollado. Los ancianos que se sienten solos, abandonados quizás por su misma familia. Los niños huérfanos, y los abandonados por sus padres a la puerta de un hospital o en el atrio de una Iglesia. Los mendigos que carecen de familia y de techo bajo el cual cobijarse. Los jóvenes que viven "solos" y no pocas veces con angustia los primeros problemas de la existencia: el vacío de sentido, la imposibilidad de un trabajo, la angustia ante el futuro, el escape fugaz y engañoso de la droga, el sexo, el alcohol... La soledad de los inmigrantes, arrancados de sus raíces culturales, de su patria y familia, y no pocas veces maltratados (Catequesis del Papa en las audiencias de los miércoles). Estos solitarios forzados, y todos los demás que pueda haber en nuestro ambiente, tienen que hallar en los cristianos una compañía buena y sincera, una acogida fraterna, una ayuda eficaz, una solidaridad abierta e incluso contra corriente, una compasión verdaderamente cordial. Sepan además éstos solitarios forzados que Jesucristo les acompaña en su soledad y en cierta manera la vive y comparte con ellos; no sólo eso, sino que también Cristo asume y redime su soledad con la suya propia a lo largo de la pasión y muerte en la cruz. Cristo en su gran soledad desde la Cruz se supo acompañado misteriosamente por el Padre, por su madre María, por las santas mujeres... En la más inclemente soledad el hombre ha de saber que alguien le acompaña y reza por él, que Alguien está a su lado.
Confianza en el dolor. Es una de las maravillosas enseñanzas que Jesucristo nos deja sobre el Gólgota. Él ha sufrido y en medio del sufrimiento, ha confiado. A quien cree, el dolor no le hace perder la confianza. Cuando sufres, ¿cómo reaccionas? Dime cómo sufres, y te diré quién eres. A quienes somos cristianos, nos ilumine la actitud confiada de Cristo en su Padre celestial y de cara al futuro. Nos sostenga la Santísima Virgen María, que estuvo de pie al pie de la Cruz.

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...