lunes, 18 de marzo de 2019
HOMILIA DE SAN JOSÉ, ESPOSO DE SANTA MARÍA VIRGEN. 19 de Marzo. Solemnidad.
SAN JOSÉ, ESPOSO DE SANTA MARÍA VIRGEN. 19 de Marzo. Solemnidad.
Primera: 2 Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Salmo: Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29; Segunda: Romanos 4, 13.16-18.22; Evangelio: Mateo 1, 16. 18-21. 24a, o bien Lucas 2, 41-51a
Nexo entre las LECTURAS… Temas... Sugerencias…
1. La Liturgia de hoy en honor de San José pone de relieve las características de este hombre humilde y silencioso que ocupó un puesto de primer plano en la inserción del Hijo de Dios en la historia. Descendiente de David, -«hijo de David», como dice el Evangelio (Mt 1, 20) emparenta a Cristo con la estirpe de la que Israel esperaba al Mesías. Por medio del humilde carpintero de Nazaret se realiza así la profecía hecha a David: «Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre» (2 Sm 7, 16; 1a lectura) José no es el padre natural de Jesús porque no le ha dado la Vida, pero es el padre virginal que por mandato divino cumple, para con él, una misión legal: le da un nombre, lo inserta en su linaje, lo tutela y provee a su sustento. Esta relación tan íntima con Jesús le viene de su desposorio con María.
José es el hombre «justo» (Mt 1, 19) al que ha sido confiada la misión de esposo virgen de la más excelsa entre las criaturas y de padre virginal del Hijo del Altísimo. Es «justo» en el sentido pleno del vocablo, que indica virtud perfecta y santidad. Una justicia, pues, que penetra todo su ser mediante una total pureza de corazón y de vida y una total adhesión a Dios y a su voluntad. Todo esto en un cuadro de vida humilde y escondida como ninguna, pero resplandeciente de fe y amor. «El justo vivirá de la fe» (Rm 1, 17); y José, el «justo» por excelencia, vivió en grado máximo de esta virtud.
Muy oportunamente la segunda lectura (Rm 4, 13.16-18. 22) habla de la fe de Abrahán presentándola como tipo y figura de la de José. Abrahán «creyó contra toda esperanza» (¡b 18) que llegaría a ser padre de una gran descendencia y continuó creyéndolo aun cuando, por obedecer a una orden divina, estaba para sacrificar a su hijo único. José frente al misterio desconcertante de la maternidad de María creyó en la palabra del ángel: «la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1, 20), y cortando toda vacilación obedeció a su mandato: «no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer» (ib). Con más fe que Abrahán, hubo de creer en lo que es humanamente inimaginable: la maternidad de una virgen y la encarnación del Hijo de Dios. Por su fe y obediencia mereció que estos misterios se cumpliesen bajo su techo.
2. Toda la vida de José fue un acto continuado de fe y de obediencia en las circunstancias más oscuras y humanamente difíciles. Poco después del nacimiento de Jesús se le dice: «Levántate, toma al Niño y a su madre y huye a Egipto» (Mt 2, 13); más tarde el ángel del Señor le ordena: «Ve a la tierra de Israel» (ib 20). Inmediatamente -de noche- José obedece. No demora, no pide explicaciones ni opone dificultades. Es a la letra «el administrador fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia» (Lc 12, 42), totalmente disponible a la voluntad de Dios, atento al menor gesto suyo y presto a su servicio. Una entrega semejante es prueba de un amor perfecto; José ama a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas.
Su posición de ‘jefe’ de la sagrada familia le hace entrar en una intimidad singular con Dios cuyas veces hace, cuyas órdenes ejecuta y cuya voluntad interpreta; con María, cuyo esposo es; con el Hijo de Dios hecho hombre, a quien ve crecer bajo sus ojos y sustenta con su trabajo. Desde el momento en que el ángel le revela el secreto de la maternidad de María, José vive en la órbita del misterio de la encarnación; es su espectador, custodio, adorador y servidor. Su existencia se consume en estas relaciones, en un clima de comunión con Jesús y María y de oración silenciosa y adoradora. Nada tiene y nada busca para sí: Jesús le llama padre, pero José sabe bien que no es su hijo, y Jesús mismo lo confirmará: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49). María es su esposa, pero José sabe que ella pertenece exclusivamente a Dios y la guarda para Él, facilitándole la misión de madre del Hijo de Dios.
Y luego, cuando su obra ya no es necesaria, desaparece silenciosamente. Sin embargo, José ocupa todavía en la Iglesia un lugar importante, pues continúa para con la entera familia de los creyentes su obra de custodio silencioso y providente, comenzada con la pequeña familia de Nazaret. Así la Iglesia lo venera e invoca como su protector y así lo contemplan los creyentes mientras se esfuerza en imitar sus virtudes. En los momentos oscuros de la Vida, el ejemplo de san José es para todos un estímulo a la fe inquebrantable, a la aceptación sin reservas de la voluntad de Dios y al servicio generoso.
San José, ruega por nosotros.
viernes, 8 de marzo de 2019
miércoles, 6 de marzo de 2019
HOMILÍA MIÉRCOLES DE CENIZA(06 DE MARZO DE 2019)
MIÉRCOLES DE CENIZA (6 de marzo de 2019)
Primera: Joel 2, 12-18; Salmo: Sal 50, 3-6a. 12-14. 17; Segunda: 2Corintios 5, 20 – 6,2; Evangelio: Mateo 6, 1-6.16-18
Nexo entre las LECTURAS.
Las tres lecturas de hoy expresan con claridad el programa de conversión que Dios quiere de nosotros en la Cuaresma: conviértanse y crean el Evangelio; conviértanse a mí de todo corazón; misericordia, Señor, porque hemos pecado; déjense reconciliar con Dios; Dios es compasivo y misericordioso...
Cada uno de nosotros, y la comunidad, y todos, necesitamos oír esta llamada urgente al cambio pascual, porque todos somos débiles y pecadores, y porque sin darnos cuenta vamos siendo vencidos por la dejadez y los criterios de este mundo, que no son precisamente los de Cristo.
Los "signos": ¿Qué hacemos con la ceniza y el ayuno-abstinencia? En sí ‘son’ nada. Las cosas, los ritos, los gestos, no valen por sí mismos, sino por el signo- significado, y por el espíritu con que los realiza la Iglesia. Es lo que bellamente nos enseña hoy Jesús en el evangelio. La limosna, para que no nos desordene el corazón la debemos practicar en la misericordia y el amor. La oración es buena si es fruto del Espíritu y el amor. El ayuno que agrada al Padre es el que se hace en humildad y caridad. Practiquemos ayunos, oraciones y limosnas para acercarnos a Dios y a los demás…
Temas...
LA CENIZA. «Eres polvo y al polvo volverás» (Gen 3, 19). Estas palabras, que el Señor pronunciara por primera vez dirigidas a Adán por razón del pecado cometido, las repite hoy la Iglesia a todo cristiano, para que podamos recordar algunas verdades fundamentales: nuestra ‘nada’, nuestra ‘condición’ de pecador, de heridos por el pecado y la realidad de la ‘muerte’, del límite.
El polvo -|a ceniza colocada sobre la cabeza de los fieles-, algo tan ligero que basta un leve soplo de aire para dispersarlo, expresa muy bien cómo el hombre es ‘nada’. «Señor... mi existencia cual nada es ante ti» (Sal 39, 6), exclama el salmista. Cómo necesita hacerse añicos el orgullo humano delante de esta verdad. Y es que el hombre por sí mismo no sólo es nada, es también pecador; precisamente él, que se sirve de los mismos dones recibidos de Dios para ofenderle. La Iglesia hoy invita a todos sus hijos a inclinar la cabeza para recibir la ceniza en señal de humildad y a pedir perdón por los pecados; al mismo tiempo nos recuerda que en pena de nuestras culpas un día tendremos que volver al polvo.
Pecado y muerte son los frutos amargos e inseparables de la rebeldía del hombre ante el Señor. «Dios no creó la muerte» (Sab 1, 13), ella entró en el mundo mediante el pecado y es su triste «salario» (Rom 6, 23). El hombre, creado por Dios para la Vida, la alegría y la santidad, lleva dentro de sí un germen de vida eterna (GS 18); por eso nos hacen sufrir ese pecado y esa muerte que amenazan impedirnos la consecución de nuestro fin y por lo tanto la plena realización de nosotros mismos. Y no obstante, la invitación de la Iglesia a meditar estas realidades dolorosas no quiere hundir nuestro espíritu en una visión pesimista de la vida, sino más bien abrir nuestros corazones al arrepentimiento y a la esperanza. Si la desobediencia de Adán introdujo el pecado y la muerte en el mundo, la obediencia de Cristo ha traído el remedio contra ellos, la salvación para nosotros. La Cuaresma prepara a los fieles a la celebración del misterio pascual, en el cual precisamente Cristo salva al hombre del pecado y de la muerte eterna y transforma la muerte corporal en un paso a la vida verdadera, a la comunión beatífica y eterna con Dios. El pecado y la muerte son vencidos por Cristo muerto y resucitado y tanto más participará el hombre de semejante victoria cuanto más participe de la muerte y resurrección del Señor.
LA CONVERSIÓN. «Esto dice el Señor: Conviértanse a mí de todo corazón, en ayuno, en llanto y en gemidos. Rasguen sus corazones y no sus vestiduras» (Joel 2, 12-13). El elemento esencial de la conversión es en verdad la contrición del corazón: un corazón roto, golpeado por el arrepentimiento de los pecados. Este arrepentimiento sincero incluye de hecho el deseo de cambiar de vida e impulsa a ese cambio real y práctico. Nadie está libre de este empeño: todo hombre, aun el más virtuoso, tiene necesidad de convertirse. es decir, de volver a Dios con más plenitud y fervor, venciendo aquellas debilidades y flaquezas que disminuyen nuestra orientación total hacia Él.
La Cuaresma es precisamente el ‘tiempo clásico’ de esta renovación espiritual: «Ahora es el tiempo propicio, ahora es el tiempo de la salvación» (2 Co 6, 2), advierte san Pablo; pertenece a cada cristiano hacer de él un momento decisivo para la historia de la propia salvación personal. «Les pedimos en nombre de Cristo: reconcíliense con Dios», insiste el Apóstol y añade: «los exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios» (ib 5, 20; 6, 1). No sólo el que está en pecado mortal tiene necesidad de esta reconciliación con el Señor; toda falta de generosidad, de fidelidad a la gracia impide la amistad íntima con Dios, enfría las relaciones con él, es un rechazo de su amor, y por lo tanto exige arrepentimiento, conversión, reconciliación.
El mismo Jesús indica en el evangelio (Mt 6, 1-6; 16-18) los medios especiales para mantener el esfuerzo de la conversón: la limosna, la oración, el ayuno: e insiste de manera particular en las disposiciones interiores que los hacen eficaces. La limosna «expía los pecados» (Ecli 3, 30), cuando es realizada con la intención única de agradar a Dios y de ayudar a quien está necesitado, no cuando se hace para ser alabados. La oración une al hombre con Dios y alcanza su gracia cuando brota del santuario del corazón, y no cuando se convierte en una vana ostentación o se reduce a un simple decir palabras. El ayuno es sacrificio agradable a Dios y redime las culpas, si la mortificación corporal va acompañada de la otra, sin duda más importante, que es la del amor propio. Sólo entonces, concluye Jesús, «tu Padre que mira en lo secreto te recompensará» (Mt 6, 4. 6. 18), es decir, te perdonará los pecados y te concederá gracias siempre más abundantes.
Sugerencias...
Invitar a globalizar la reconciliación. Especialmente el Papa quiere que extendamos la reconciliación-misericordia a todos los hombres, en todas las latitudes y en cualquier estrato de la sociedad y con todas las culturas y religiosidades. Como católicos, hemos de reconciliarnos primeramente con nosotros mismos, con nuestra conciencia puesta delante de Dios y de su voluntad. A la vez, hemos de buscar la reconciliación dentro de la misma Iglesia católica, pues una persona o una comunidad no reconciliadas no podremos tampoco reconciliar a otros ni con otros. Bajo el impulso y la guía del Santo Padre y de nuestros Obispos hemos de promover la reconciliación con todas las comunidades cristianas separadas de la Iglesia católica: con nuestra oración, con nuestro testimonio, con nuestra solidaridad, con nuestra ayuda material o espiritual. Se ha de promover por igual la reconciliación con los miembros de otras religiones (judíos, musulmanes, budistas, hinduistas...). Es probable que dentro de nuestras mismas parroquias haya miembros de otras Iglesias cristianas, o de otras religiones: habrá que comenzar por ellos el impulso y el deseo de reconciliación. ¿Cómo? Tratando de realizar las formas que nuestros obispos o párrocos nos señalan; pero además, el Espíritu inspirará a cada uno otras formas concretas, personales o grupales de hacerlo. La reconciliación global abarca otros sectores de la vida, además del religioso: reconciliación en la vida laboral, barrial, vecinal, espacios de la vida sindical, política, entre diversos sectores económicos, reconciliación en los estadios de fútbol entre los hinchas de un equipo y de otro, del equipo nacional de diversos países... En Argentina, una reconciliación Nacional con ocasión del camino de la elección de nuestros gobernantes y legisladores. Recordemos que la globalización de la reconciliación es para un bien mayor, para la mayor gloria de Dios y la salvación de todos los hombres.
La reconciliación permanente. Que no sea solo ocasional... además no nos reconciliamos de una vez para siempre, sino que necesitamos mantenernos en actitud ‘continua’ de reconciliación. En la reconciliación sucede lo que en el amor: si no se alimenta, se enfría, se arrutina, y muere. Día tras día hay que renovar la actitud del hombre hacia la reconciliación, y hay que ejercitarse en actos de reconciliación, por pequeños que parezcan o sean, para mantenerla viva y para hacerla crecer. ¿Cuántas ocasiones tienes al día de practicar la reconciliación?, ¿lo harás? No la dejes pasar, Dios te ama y te llama a practicar la misericordia. Aprovecha esta gracia. Para llegar a crear una actitud de reconciliación se requiere haberla practicado, sin cansancio, en muchas ocasiones. ¿Por qué no reflexionar, al final del día, si has tenido alguna oportunidad de reconciliarte con Dios, le has fallado en algo, has sido menos generoso con Él?, ¿has tenido alguna ocasión de practicar la reconciliación con los demás (familiares, vecinos, emigrantes, cristianos de otras Iglesias, mendigos...)? y, ¿la has sabido aprovechar? ¡Una reflexión que puede cambiar bastante nuestra vida y nuestro entorno!
INVITACIÓN: Invitar para que tengamos una buena Cuaresma y una hermosa PASCUA.
María, Madre de misericordia, ¡ruega por nosotros!
HOMILIA Primer Domingo de CUARESMA cC (10 de marzo 2019)
Primer Domingo de CUARESMA cC (10 de marzo 2019)
Primera: Deuteronomio 26, 1-2. 4-10; Salmo: Sal 90, 1-2. 10-15; Segunda: Romanos 10, 5-13; Evangelio: Lucas 4, 1-13
Nexo entre las LECTURAS
Las lecturas de hoy son toda una profesión de la fe, un "credo". Los israelitas profesan su credo en el templo: "Mi padre fue un arameo errante...Él (el Señor) nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos que tú, Señor, me has dado". (Primera Lectura). Jesús responde tres veces a Satanás como reafirmación de lo que Él cree: "no sólo de pan vive el hombre". "Al Señor, tu Dios, adorarás y él solo darás culto" "No tentarás al Señor, tu Dios". Finalmente la segunda lectura contiene una antigua profesión de la fe cristiana: "Jesús es el Señor".
Temas...
«El Señor nos dio esta tierra».
La ofrenda de las primicias aparece asociada en la primera lectura a una antigua confesión de fe de Israel, la cual narra en apretado resumen la acción salvífica de Dios: el arameo errante y sin patria debe ser Jacob, que había servido en Aram, en casa de Labán; venía del extranjero y se estableció en Egipto, una tierra aún más extranjera. Sólo la salida de Egipto merced a la fuerza de Yahvé y la tierra que Éste dio al pueblo proporcionaron a Israel el bienestar y la vida sedentaria. Por eso las primicias de los frutos del suelo pertenecen a Dios. La confesión es aquí reconocimiento. Los dones que se traen en la cesta no son más que la imagen simbólica de la actitud interior de fe.
«Durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto».
La actividad pública de Jesús comienza también, según el relato del evangelio de hoy, con un ‘vagar sin patria’ por el desierto, y aquí resuenan más fuertemente los cuarenta años que Israel anduvo errante por el desierto. Fue éste un tiempo de prueba y a menudo de verdadera tentación, a la que el pueblo sucumbió más de una vez. Fue también un tiempo de ejercicio solitario de su relación con Dios, del mismo modo que los confesores, los apóstoles y los santos cristianos con frecuencia sólo han comenzado su misión entre los hombres después de años de desierto y de estar con Dios a solas. Que durante este tiempo su fe se forjara definitivamente, muestra que han seguido el camino de su Señor, que también ayunó en el desierto y se vio sometido a las tentaciones relativas a su misión mesiánica. En modo alguno debemos poner en cuestión o subestimar la profundidad de estas tentaciones de Jesús. Él, que tomó sobre sí nuestro pecado, quiso también experimentar nuestras tentaciones, el maligno y engañoso poder de seducción. «Eva se dio cuenta de que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable porque daba inteligencia» (Gn 3,6). A Jesús, que no había probado bocado durante cuarenta días, un pan al alcance de la mano debió parecerle apetecible; la posesión de este mundo que Él debía llevar al Padre, deseable, y el milagro que se le propuso, muy útil para afirmar su posición ante el pueblo. Todo esto era tan plausible. ¿Por qué elegir un camino tan complicado de renuncia? Los tres versículos de la Escritura con los que Jesús replica y se opone al diablo, no son fórmulas aprendidas de memoria, sino respuestas “amargas y trabajosamente” conseguidas. Se las puede llamar, en un sentido más elevado, una confesión de fe existencial.
"La fe del corazón y la profesión de los labios".
Esta confesión (en la segunda lectura) no quiere decir que eso sea algo subjetivamente fácil: la palabra (de la fe que la Iglesia anuncia) «está cerca: en los labios y en el corazón» del creyente, porque esa palabra es en el fondo el mismo Cristo; pero es una palabra que el propio creyente ha de pronunciar y nadie puede pronunciar por él. Y esto de nuevo no como una fórmula aprendida de memoria, de todos conocida y sacada de la liturgia de la comunidad, sino como una afirmación que implica estar dispuesto a sacar las consecuencias para la propia vida: «Jesús es el Señor (Kyrios)» y «Dios lo resucitó» de entre los muertos. Las dos cosas se implican mutuamente: como el resucitado, Jesús es también el Kyrios que reina sobre el mundo entero, por tanto también sobre mí, sobre mi corazón, sobre mi vida; por ello también es el Kyrios «de todos, generoso con todos los que lo invocan», ya sean judíos o griegos, chinos o indios. La confesión de fe en este Señor, la entrega de sí que en ella se expresa, proporciona «justicia y salvación», y no otra cosa que podamos imaginar como instrumento de salvación o como mérito.
Sugerencias...
Confesar la fe -en un mundo relativista-. La tentación es una compañera inseparable de la vida humana. El tentador es uno solo, y tan orgulloso que no tiene reparos en tentar al mismo Hijo de Dios y tan creatura que siempre hace lo mismo, tienta de la misma manera. Las formas que adopta y los medios que utiliza para tentar a los hombres en cada tiempo, costumbres, y culturas, fundamentales son siempre las mismas: tener, poder, saber, placer. En cualquiera de las tentaciones imaginables se incluye alguno de estos ingredientes. Como creyentes en Cristo, es una gracia para nosotros y una gran oportunidad confesar nuestra fe en medio de este mundo relativista, que se ha propuesto olvidar a Dios y la vida sobrenatural, ahogar o marginar la verdadera felicidad, la piedad y la práctica de las virtudes. Las tentaciones serán, para nosotros, una ocasión importante para confesar a Jesucristo, nuestro Dios y Señor, y, mediante nuestra confesión de fe, vencer la tentación con la fuerza de Dios y mostrar al mundo la dignidad del hombre que solo se comprende de rodillas frente a Dios en actitud de adoración: "Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe".
No nos dejes caer en la tentación. Los cristianos somos débiles y lo sabemos. Pero también sabemos que tenemos la gracia de Dios y que si confiamos en Él podemos estar ‘seguros’ que los ataques del tentador, sin importar cuán poderosos sean, no pueden derrotarnos. ¿Por qué si no, pediríamos al Padre en nuestra oración diaria "No nos dejes caer en la tentación"? El supermercado de la religión y de lo sagrado está hoy día lleno de dioses y de ídolos que prometen de todo… y no pueden cumplir, y muchos escogen y eligen basándose en sus caprichos o gustos. Hay muchos católicos "culturales" que adoran el trabajo, la ciencia y la política más que a Dios. Como individuos y miembros de la Iglesia debemos rezar fervientemente el Padre Nuestro cada día, pidiendo al Señor humildemente "no nos dejes caer en la tentación".
María, Medianera de todas las Gracias, ruega por nosotros.
viernes, 1 de marzo de 2019
Matteo Farina otro adolescente camino a los altares, el “infiltrado” entre los jóvenes
material de RADIO MARIA.
Matteo Farina otro adolescente camino a los altares, el “infiltrado” entre los jóvenes
01/03/2019 – La santidad no es cosa del pasado ni tiene olor a naftalina. De hecho, entre los jóvenes existen grandes modelos de santidad que se convierten en faro para la vida de multitudes. Es el caso del Beato Pier Giorgio Frassati (1901 -1925), el joven de 24 años amante de la montaña, con fuerte fervor a la eucaristía y con un gran compromiso social con los más pobres en la Italia de la revolución industrial. También aparece la figura de la Beata focolarina Chiara Luce (1971 -1990), a quien le bastaron 18 años para vivir el evangelio en plenitud, ofreció su enfermedad a Jesús y antes de morir dijo “¡Ya no puedo correr más, pero cómo me gustaría poder pasarles la antorcha, como en las Olimpíadas! Los jóvenes tienen tan sólo una vida y vale la pena vivirla bien”.
En el último tiempo apareció con fuerza la figura del siervo de Dios Carlo Acutis (1991 -2006), el “ciber apóstol” adolescente amante de las computadoras y creador de la primera web que recopila los milagros eucarísticos de todo el mundo. Al descubrirle una leucemia fulminante que lo mataría en 12 días, ofreció sus dolores y sufrimientos por el Papa y la Iglesia.
Mateo, el amigo del Padre Pío y el “infiltrado”
Matteo Farina (1991- 2009) nació en la localidad italiana de Avellino y pasó toda su vida en Brindisi. A los 9 años, una noche de enero del 2000, ve en sueños al Padre Pío que le dice :“Si has conseguido comprender que quien está sin pecado es feliz, debes hacer que los demás lo comprendan, de manera que podamos entrar todos juntos, felices, en el reino de los Cielos”. Es sólo un niño pero las palabras que el Santo de Pietrelcina le comunica le sacuden por dentro de tal manera que, en un instante, tiene clara su misión. Pero, ¿qué misión puede tener un niño de la periferia de Brindisi? Será él mismo quien lo explique en su diario: “Espero poder llevar a cabo mi misión de ‘infiltrado’ entre los jóvenes hablándoles de Dios (iluminado precisamente por Él): observo a los que me rodean para entrar entre ellos silencioso como un virus y contagiarles de una enfermedad que no necesita tratamiento, ¡el Amor!”. Una misión que Matteo ya no abandonará, ni siquiera cuando llegue el momento de dejar esta tierra, el 24 de abril de 2009, con solo 18 años. Matteo está hoy vivo en Dios y, mucho más que antes, obra por la conversión de todos los jóvenes al Amor de Dios, que hace nuevas todas las cosas.
“Te gustaría gritarle al mundo que harías todo por tu Salvador, que estás preparado para sufrir y morir por Él. Tendrás la posibilidad de demostrarle tu amor…”. Ese deseo que el muchacho madura con pasión, día tras día, parece una verdadera profecía. Sucederá realmente esto: paralizado y clavado al lecho del sufrimiento, igual que Jesús en la cruz, Matteo ofrecerá su larga enfermedad, hasta las últimas gotas de vida, “por la salvación de las almas y la conversión de los pecadores”. El Señor le compensó en la tierra con la Gracia de una fe que mueve montañas. Y lo sostuvo en los momentos más oscuros, tan pequeño y, a la vez, tan fuerte como una roca contra la que arremete el mar en tempestad: “Acurrúcate humilde entre los brazos de Dios -repite Matteo en los momentos de mayor prueba- y te sentirás seguro. Déjate ir, abandónate, porque Él te llevará dónde te quiera llevar“.
A los 13 años descubre que tiene una grave forma de cáncer cerebral. En septiembre de 2003, tras un verano feliz y despreocupado, Matteo empieza su viaje por la enfermedad, con fuertes dolores de cabeza y extraños problemas de vista. Serán 6 largos años recorriendo el vía crucis con Jesús.
Dicho todo esto, si uno se imagina a un niño angustiado y triste, comete un error gravísimo. Matteo irradia luz, las terribles fiebres que lo golpean no son nada con la fiebre de vida con la que contagia a todos los que le rodean. Esto es lo que escribe en su diario mientras la enfermedad afecta cada vez más a su vida cotidiana: “Estoy viviendo una de esas aventuras que cambian tu vida y la de los demás. Te ayuda a ser más fuerte y a crecer, sobre todo, en la fe (…). Este es el diario de un niño de trece años con una experiencia espectacular (…). Y es realmente lo hermoso de esta aventura: parece un sueño, pero todo es verdad”.
Incluso en los momentos más difíciles, el niño tiene la audacia de no verse como un enfermo. Matteo vive, vive intensamente, disfruta, ama. Está siempre rodeado de amigos, que se pegan a él como las abejas a la miel, adora la música, toca y canta en un grupo. En la medida de sus posibilidades, va al colegio y se presenta a los exámenes, consiguiendo óptimos resultados. Matteo es sonrisa, alegría, vida que pulsa. Es capacidad de amar y de donarse a los otros sin límites. Con solo mirarlo, no hay duda alguna: la luz que Matteo lleva dentro e irradia, es la luz de su amado Jesús. Un Jesús que crece dentro de él, que de niño se hace adolescente, luego hombre. Un Jesús Amigo, Compañero, Padre y Maestro. Un Jesús que sella su vida con su Amor eterno y misteriosamente vivo en el presente.
En abril de 2007, Matteo se conoció y se enamoró de Serena, quien definirá “el regalo más hermoso que el Señor podría darle”, viviendo con ella una relación de amor puro. Los dos jóvenes permanecerían juntos hasta el final, apoyándose unos a otros, incluso cuando la enfermedad se hiciera cargo, acogiendo todo con gran madurez y fe, como la voluntad del Señor.
Jesús y Matteo, una vieja amistad
En el marco excepcional de una enfermedad vivida de manera extraordinaria, asombra el hecho de que la semilla de santidad hubiera sido plantada en los días de la “normalidad”, como diciendo que Jesús y Matteo ya se habían elegido mucho antes de la Cruz: desde el principio. Esta preferencia de Dios se manifiesta en Matteo con la forma de una caridad que pulsa: “la dulzura hecha persona“, así lo describen en su barrio, donde todos le conocen.
De hecho, desde que era muy pequeño, Matteo desea llevar ese Amor que siente con fuerza dentro de su corazón a todos: familiares, compañeros, amigos. “Espero poder conservar la alegría que siento ahora y darla a quien tiene necesidad de ella –escribe en su diario–. Cuanta más alegría damos, más felices son los demás. Cuanto más felices son los otros, más felices somos nosotros“. Es un camino que, en algunas ocasiones, es arduo: aún siendo muy amado, Matteo es una persona bastante “incómoda”, sobre todo para sus coetáneos, con los que no le faltan pruebas. Sobre todo cuando tiene que enfrentarse a la experiencia de quien quiere cambiar su profunda sed de Verdad por los halagos del mundo. Como explica en su diario el 19 de septiembre de 2005, día en que cumple 15 años: “Me gustaría conseguir integrarme con mis coetáneos sin sentirme obligado a imitarlos en las equivocaciones. Me gustaría sentirme más partícipe en el grupo, sin tener que renunciar a mis principios cristianos. Difícil, ¡pero no imposible!”. Su gran amor por la Vida y su indómito deseo de amar a todos le llevan a idear caminos siempre nuevos, para recorrer la vía de la Verdad sin hacer concesiones. Y todo lo que queda incompleto, Matteo lo ofrece con amor a su Jesús que, con el tiempo, forma una unidad con su corazón.
Matteo y su vida ofrecida en la cruz
En la Cruz, Matteo crecerá cada vez más en el Amor y en la Caridad: al ritmo del Rosario a su “Virgencita”, de la Palabra de Dios y de la adorada Eucaristía, el joven ofrecerá todas sus penas y su cruz para que “cada alma pueda convertirse al Amor del Padre y cada pecador pueda encontrar la Salvación”. En especial, Matteo se preocupa por las almas de los jóvenes que lleva en su corazón. Es una Cruz que Matteo no sólo acepta, sino que llega a amar con todo su ser. Cuando su hermana Erika intenta ayudarle y consolarle después de las agotadoras terapias, él siempre responde seráfico: “Tanto es el bien que espero que cualquier dolor aprecio”.
En los últimos tiempos, cuando está ya encamado porque los miembros y varios órganos no responden, repite a su madre: “Debemos vivir cada instante como si fuera siempre el último, pero no con la tristeza de la muerte. ¡No! Debemos hacerlo en la alegría de estar siempre preparados al encuentro con el Señor nuestro Dios”. En las noches de enorme sufrimiento -cuando ya los médicos anuncian la muerte cercana y, por lo tanto, informan de la suspensión de cualquier tipo de tratamiento-, es la madre la que, conociendo bien el alma de su hijo, habla por él: “No, lo seguís tratando y hacéis lo posible hasta el último instante”. Matteo, de hecho, con gran firmeza, le repetía siempre: “¡La vida hay que defenderla hasta el último instante!”.
Matteo, con su vida sencilla y extraordinaria, siempre ha querido testimoniar con convicción que la santidad es un camino para todos, materializando las palabras que Juan Pablo II deseó a todos los jóvenes: “En realidad, es a Jesús a quien buscan cuando sueñan la felicidad; es Él quien los espera cuando no los satisface nada de lo que encuentran; es Él la belleza que tanto los atrae; es Él quien los provoca con esa sed de radicalidad que no les permite dejarse llevar del conformismo; es Él quien los empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien les lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en ustedes el deseo de hacer de su vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejarse atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejorarse a ustedes mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna”.
Adaptación de material tomando en camino católico
lunes, 25 de febrero de 2019
HOMILIA Domingo Octavo del TIEMPO ORDINARIO cC (03 de marzo de 2019)
Domingo Octavo del TIEMPO ORDINARIO cC (03 de marzo de 2019)
Primera: Eclesiástico 27, 4-7; Salmo: Sal 91, 2-3. 13-16; Segunda: 1 Corintios 15, 51. 54-58; Evangelio: Lucas 6, 39-45
Nexo entre las LECTURAS… Sugerencias...
En el Evangelio de San Lucas el discurso sobre la caridad está seguido de algunas aplicaciones prácticas que esbozan la fisonomía de los discípulos de Cristo, los cuales, como dice San Mateo, deben ser “luz del mundo» (Lc 5, 14).
Se afirma como que: no es posible alumbrar a los otros si no se tiene luz: ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?» (Lc 6, 39). La luz del discípulo no proviene de su perspicacia, de su solo ingenio… sino de las enseñanzas de Cristo aceptadas y seguidas dócilmente porque «el discípulo no está por encima del maestro» (ib 40). Sólo en la medida, con la ayuda de la gracia, que asimila y traduce en Vida la doctrina y ejemplos del Maestro hasta llegar a ser una imagen viviente del mismo, puede el cristiano ser guía luminosa para los hermanos y atraerlos a Él. Es un trabajo que empeña la vida en un esfuerzo continuo por asemejarse cada vez más a Cristo. Esto requiere una serena reflexión-discernimiento que permita conocer los propios defectos para no caer en el absurdo denunciado por el Señor: «Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo» (ib 41).
Rezar para que no suceda que el discípulo de Jesús exija de los otros lo que no hace o que pretenda corregir en el prójimo lo que tolera en sí mismo, tal vez, en forma más grave. Combatir el mal en los otros y no combatirlo en el propio corazón es hipocresía, contra la que el Señor descargó con energía intransigente. El criterio para distinguir al discípulo auténtico del hipócrita son las palabras y las obras; «cada árbol se conoce por su fruto» (ib 44). Ya el Antiguo Testamento había dicho: «El árbol bien cultivado se manifiesta en sus frutos; así la palabra, el pensamiento del corazón humano» (Ecli 27, 6). Jesús toma este símil ya conocido de sus oyentes y lo desarrolla poniendo en evidencia que lo más importante es siempre lo interior del hombre del que se deriva su conducta. Como el fruto manifiesta la calidad del árbol, así las obras del hombre muestran la bondad o malicia de su corazón. «El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo» (Lc 6, 45). El hipócrita puede enmascararse cuanto quiera; antes o después el bien o el mal que tiene en el corazón desborda y se deja ver; «porque de la abundancia de su corazón habla su boca» (ib). He aquí, pues, el punto importante: guardar cuidadosamente el «tesoro del corazón» extirpando de él toda raíz de mal y cultivando toda clase de bien, en especial la rectitud, la pureza y la intención buena y sincera… ¡cuánta necesidad tenemos de pedir la ayuda y asistencia del Espíritu Santo!.
Pero es evidente que al discípulo de Cristo no le basta un corazón naturalmente bueno y recto; le hace falta un corazón renovado y plasmado según las enseñanzas de Cristo, un corazón convertido totalmente al Evangelio. El empeño es arduo, porque la tentación y el pecado también, en el corazón del discípulo, están siempre al acecho. Para animarnos recuerda San Pablo que Cristo ha vencido al pecado y que su victoria es garantía de la del cristiano. «Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la Victoria por nuestro Señor Jesucristo!» (1 Cr 15, 57).
Temas...
«El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón». Conviene partir de esta sentencia, que es final en el texto, para reflexionar sobre el evangelio de hoy (que contiene además otras sentencias). La relación entre lo que pensamos interiormente y lo que expresamos, entre el corazón y la palabra, es normalmente una relación de correspondencia. En Dios el Verbo, su Palabra encarnada, es la expresión exacta del que habla, el Padre. En los seres creados, su forma externa revela su esencia: si un animal ladra, se sabe que es un perro. En cambio en los hombres, que pueden mentir, hay que andar con más cuidado y examinar detenidamente su conducta: a la larga será no una palabra sino todo su comportamiento lo que revele su actitud interior. Al igual que el árbol se conoce por su fruto, así también el hombre se conoce por todo su comportamiento. Jesús nos da dos indicaciones al respecto: ante todo el hombre que ha de juzgar a otro debe ser alguien que ve espiritualmente ayudado por la Luz de Dios y no un ciego o alguien que duda o no cree, o no pide ayuda a Dios para ver. Después, antes de intentar enmendar el equívoco en otro, debe examinar si entre lo que siente su corazón y lo que dice su boca hay una auténtica correspondencia. Conviene primero ajustarse a la medida de Cristo, que es la verdad total y definitiva de su Padre; y tras haberse apropiado realmente de esta medida, se estará más cerca de la forma correcta de ser veraz. Las indicaciones de Jesús para juzgar a los hombres se mueven entre la prudencia humana práctica y su propia comprensión divino-humana de la verdad (Él es Dios Hombre).
«No elogies a nadie antes de oírlo razonar, porque allí es donde se prueban los hombres» El texto del Antiguo Testamento establece la misma proporción entre las convicciones de un hombre y su expresión. (En el texto no se trata de probar a un hombre, sino del criterio válido para probarlo). Del mismo modo que Jesús quiere que se juzgue al corazón según lo que habla la boca (como se conoce al árbol por su fruto), así también el sabio recomienda ya no elogiar a nadie antes de haber escuchado su palabra como prueba de su corazón. Como los hombres pueden mentir y disimular hay que observar en cada persona si realmente se da una correspondencia entre su corazón y su boca. Seremos santos como nos pide el Señor, como Él es Santo.
«Queridos hermanos, permanezcan firmes e inconmovibles, progresando constantemente en la obra del Señor». Si se quiere insertar la segunda lectura en este contexto, hay que tener presente la recomendación de Pablo de que el cristiano tiene que trabajar siempre -lo que también puede incluir nuestro juicio sobre los hombres y las relaciones humanas- «sin reservas», según el criterio con el que Jesús juzga las cosas de este mundo. Él las valora a la luz de la verdad eterna, donde lo perecedero ha recibido su forma final definitiva e imperecedera. Si se nos dice que «el día del juicio los hombres darán cuenta de toda palabra falsa que hayan pronunciado» (Mt 12,36), entonces no sólo Jesús sino también su discípulo puede distinguir ya en la tierra entre un discurso fecundo y un discurso estéril. El Señor «no dejará sin recompensa esta fatiga». Ciertamente hay discursos que sólo conciernen a los asuntos temporales, pero también éstos deben ser pronunciados con una responsabilidad definitiva.
Nuestra Señora del diálogo y del discernimiento, ruega por nosotros.
jueves, 21 de febrero de 2019
Carta del Santo Padre Francisco al Pueblo de Dios
Este es el texto completo de la Carta que el Papa Francisco dirige a los católicos del mundo tras el informe de Pensilvania que detalla abusos cometidos por sacerdotes en los últimos 70 años.
Carta del Santo Padre Francisco al Pueblo de Dios
«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Estas palabras de san Pablo resuenan con fuerza en mi corazón al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. Un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar, en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes. Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse. El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad.
1. Si un miembro sufre
En los últimos días se dio a conocer un informe donde se detalla lo vivido por al menos mil sobrevivientes, víctimas del abuso sexual, de poder y de conciencia en manos de sacerdotes durante aproximadamente setenta años. Si bien se pueda decir que la mayoría de los casos corresponden al pasado, sin embargo, con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas “nunca prescriben”. El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad. Clamor que el Señor escuchó demostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar. El cántico de María no se equivoca y sigue susurrándose a lo largo de la historia porque el Señor se acuerda de la promesa que hizo a nuestros padres: «Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,51-53), y sentimos vergüenza cuando constatamos que nuestro estilo de vida ha desmentido y desmiente lo que recitamos con nuestra voz.
Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños. Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando, en el Via Crucis escrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! [...] La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf. Mt 8,25)» (Novena Estación).
2. Todos sufren con él
La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria. Si bien es importante y necesario en todo camino de conversión tomar conocimiento de lo sucedido, esto en sí mismo no basta. Hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu. Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura, en un ámbito donde los conflictos, las tensiones y especialmente las víctimas de todo tipo de abuso puedan encontrar una mano tendida que las proteja y rescate de su dolor (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228). Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, «porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165). La llamada de san Pablo a sufrir con el que sufre es el mejor antídoto contra cualquier intento de seguir reproduciendo entre nosotros las palabras de Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).
Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos en estado de vulnerabilidad, así como de la implementación de la “tolerancia cero” y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos. Nos hemos demorado en aplicar estas acciones y sanciones tan necesarias, pero confío en que ayudarán a garantizar una mayor cultura del cuidado en el presente y en el futuro.
Conjuntamente con esos esfuerzos, es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira. Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 49). Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia. Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor,[1] que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el “nunca más” a todo tipo y forma de abuso.
Es imposible imaginar una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más, cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida[2]. Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, esa actitud que «no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente».[3] El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo.
Siempre es bueno recordar que el Señor, «en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6). Por tanto, la única manera que tenemos para responder a este mal que viene cobrando tantas vidas es vivirlo como una tarea que nos involucra y compete a todos como Pueblo de Dios. Esta conciencia de sentirnos parte de un pueblo y de una historia común hará posible que reconozcamos nuestros pecados y errores del pasado con una apertura penitencial capaz de dejarse renovar desde dentro. Todo lo que se realice para erradicar la cultura del abuso de nuestras comunidades, sin una participación activa de todos los miembros de la Iglesia, no logrará generar las dinámicas necesarias para una sana y realista transformación. La dimensión penitencial de ayuno y oración nos ayudará como Pueblo de Dios a ponernos delante del Señor y de nuestros hermanos heridos, como pecadores que imploran el perdón y la gracia de la vergüenza y la conversión, y así elaborar acciones que generen dinamismos en sintonía con el Evangelio. Porque «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11).
Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión.
Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males. Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias. Un ayuno que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia.
De esta forma podremos transparentar la vocación a la que hemos sido llamados de ser «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1).
«Si un miembro sufre, todos sufren con él», nos decía san Pablo. Por medio de la actitud orante y penitencial podremos entrar en sintonía personal y comunitaria con esta exhortación para que crezca entre nosotros el don de la compasión, de la justicia, de la prevención y reparación. María supo estar al pie de la cruz de su Hijo. No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie y a su lado. Con esta postura manifiesta su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos la desolación que nos produce estas llagas eclesiales, con María nos hará bien «instar más en la oración» (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 319), buscando crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. Ella, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos cómo hemos de detenernos ante el sufrimiento del inocente, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo.
Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra compunción y nuestra decisión de luchar con valentía.
Vaticano, 20 de agosto de 2018
Francisco
[1] «Esta clase de demonios solo se expulsa con la oración y el ayuno» (Mt 17,21).
[2] Cf. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 mayo 2018).
[3] Carta al Cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (19 marzo 2016).
martes, 19 de febrero de 2019
HOMILIA DEL Domingo Séptimo del TIEMPO ORDINARIO cC (24 de febrero de 2019)
Domingo Séptimo del TIEMPO ORDINARIO cC (24 de febrero de 2019)
Primera: 1 Samuel 26, 2. 7-9. 12-14. 22-23; Salmo: Sal 102, 1-2. 3-4. 8 y 10. 12-13; Segunda: 1 Corintios 15, 45-49; Evangelio: Lucas 6, 27-38
Nexo entre las LECTURAS…
El discurso de Jesús en la montaña capta hoy nuestra atención. La enseñanza es profunda y novedosa: Jesús invita a sus discípulos a amar a los enemigos (Ev). Tal enseñanza era desconocida por el mundo judío y extraña para el mundo griego. Era una novedad que expresaba el amor con el que Dios ama a los hombres. Esta enseñanza se expresa en dos sentencias de Jesús: traten a los demás como quieren que ellos los traten, es decir no trates a los demás como ellos te traten a ti, sino como tú quisieras ser tratado por ellos; y la segunda sentencia reza así: sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso, que nos revela el grande amor de Dios Padre. La primera lectura nos presenta precisamente a David que perdona a Saúl cuando lo tenía a punto para matarlo (1L). David, figura del Rey mesiánico, muestra entrañas de misericordia ante sus enemigos. Por su parte, Pablo nos habla del primer Adán (el hombre creado) y el último Adán (Cristo). Aquí se revela la gran vocación del hombre a ser un hombre nuevo en Cristo (2L). Invitados a la magnanimidad.
Temas...
Traten a los demás como quieren que ellos los traten. Esta sentencia se presenta al final de una serie de exhortaciones de Jesús sobre el modo de tratar a los demás. "Hay que amar a los enemigos", es decir, no se puede seguir a Jesús si se aplica, como norma suprema, la ley del talión: ojo por ojo... No se puede seguir a Jesús si se guarda rencor, resentimiento, odio y deseo de venganza. Todo esto denigra la dignidad humana. Y, sin embargo, con qué facilidad nosotros y todos los hombres somos presas de estos sentimientos. ¡Cómo nos cuesta perdonar! No solo cuando alguien haya cometido contra nosotros ultrajes y daños irreparables, sino aun cuando simplemente han sido descuidos, faltas de atención. El egoísmo, en la naturaleza herida de la humanidad, es una pasión grande que brinca por todas partes. Es pues, imprescindible pasar del "hombre viejo", el primer Adán, al hombre nuevo, el último Adán, Cristo mismo. Ejemplo de este paso los tenemos y los hemos experimentado: recordemos a aquel joven que en la vigilia de Tor Vergata en el año 2000, año del gran Jubileo, y por tanto, del gran perdón, perdonaba en público -en presencia del Papa san Juan Pablo- a los asesinos de su hermano. ¿Cómo es posible llegar a un amor de esta naturaleza? Sólo es posible en Cristo, cuando Cristo ha tocado el íntimo del corazón y habla a la persona y le revela el verdadero camino de la felicidad. Aquel muchacho había pasado del rencor al amor, tendía una mano a los asesinos de su hermano y se tendía una mano a sí mismo. El perdón lo condujo al amor. Hoy, purificada la memoria, puede caminar por las rutas de la vida con esperanza. Si él no hubiese perdonado, hoy su memoria infectada sería fuente de amargura, de desesperación, de rabia.
El santo Papa Juan Pablo II en su mensaje del 1 de enero de 1997 decía: "es verdad que no se puede permanecer prisioneros del pasado: es necesaria, para cada uno y para los pueblos, una especie de ‘purificación de la memoria’, a fin de que los males del pasado no vuelvan a producirse más. No se trata de olvidar todo lo que ha sucedido, sino de releerlo con sentimientos nuevos, aprendiendo, precisamente de las experiencias sufridas, que sólo el amor construye, mientras el odio produce destrucción y ruina. La novedad liberadora del perdón debe sustituir a la insistencia inquietante de la venganza. Pedir y ofrecer perdón es una vía profundamente digna del hombre y, a veces, la única para salir de situaciones marcadas por odios antiguos y violentos".
De aquí, pues, nace la máxima de gran alcance: traten a los demás como quisiera que a mí me trataran. Si deseo que me traten con respeto, debo tratar con respeto; si quiero ser amado, debo amar; si quiero ser comprendido y perdonado, debo aprender a comprender y perdonar. Está máxima es sumamente práctica y de gran actualidad, supone sin embargo, una profunda renuncia de sí mismo… y muy bien lo expresan los santos, especialmente san Francisco de Asís. Supone que el "yo egoísta" no es el centro de la personalidad y de los propios intereses, sino el "tú". No puede haber plena realización de la persona si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás. Por lo demás la experiencia nos dice que quien no perdona, poco a poco se amarga la vida y los resentimientos empiezan a corroer su alma.
Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso. Importa mucho ver el término de comparación: el Padre es misericordioso. Sabemos que el Padre es misericordioso porque Cristo nos ha revelado el rostro del Padre. Lo sabemos porque Cristo, muriendo en la cruz y resucitando, nos ha dicho cuán valioso es el hombre a los ojos del Padre. Lo sabemos porque la parábola del Hijo pródigo en su sencillez, nos anuncia verdades magníficas al mostrarnos cómo nos recibe el Padre eterno cuando volvemos a su hogar. Así, pues, nadie desespere, nadie se abandone, nadie lance por la borda su vida: el Padre es misericordioso y la prueba es su Hijo Jesucristo en quien tenemos acceso a Él y mucho nos los repitió el Papa Francisco. Quien hace experiencia honda de esta paternidad, es capaz, a la vez, de expresar esta paternidad ante el mundo. Esos son los santos al estilo de Francisco de Asís, San Maximiliano Kolbe, Madre Teresa, Santa Teresa de Lisieux... Ellos han tenido una experiencia profunda de que Dios es Padre y que cuida de todas y cada una de sus creaturas, especialmente del hombre, creado a su imagen y semejanza. Ellos, lo santos, descubren a Cristo en todos los hombres, porque el Verbo al encarnarse se ha unido de algún modo a todo hombre. Ellos se sienten solidariamente hermanos de todos los hombres, porque se sienten hijos del Padre.
Sea pues, la consigna: MISERICORDIA. Que nuestras entrañas se revistan de misericordia para ver nuestra propia vida y para ver la vida del prójimo. Todos tenemos necesidad de misericordia. En la canonización de Sor Faustina Kowalska (30 de abril de 2000), san Juan Pablo II decía: "No es fácil, en efecto, amar con un amor profundo, hecho de un auténtico don de sí mismo. Este amor se aprende en la escuela de Dios, al calor de su caridad divina. Fijando la mirada sobre Él, sintonizando con su corazón de Padre, nos hacemos capaces de mirar a los hermanos con ojos nuevos, en una actitud de haber recibido todo gratuitamente y para compartirlo con los hermanos, una actitud de generosidad y de perdón". ¡Todo esto es misericordia!.
Sugerencias...
Aprender a perdonar desde pequeños. Aquí las familias tienen un gran campo de acción. Son ellas las que van formando el corazón de sus hijos. No cabe duda que en los años tiernos de la infancia el corazón es más moldeable. En este corazón se puede ir formando una gran capacidad de amor y perdón, pero por desgracia, también se pueden ir alimentando rencores y rencillas. Educar en el amor misericordioso, en el perdón a los otros hermanos o niños de la escuela. Educar en el amor a la verdad, a la justicia, en la capacidad de experimentar misericordia por el pobre, por el que sufre, por el enfermo. Los niños, paradójicamente, pueden ser muy crueles con sus compañeros menos dotados física o intelectualmente, cuando no están educados en el verdadero amor. La canonización de los niños de Fátima ha puesto en evidencia que es posible la santidad para los pequeños.
La generosidad. Un alma generosa es una alma que da sin medida, un alma que no calcula su entrega, sino que se dona hasta donde le alcanzan sus fuerzas. Estas almas las conocemos son los “santos de la casa de al lado” dice el Papa Francisco: los que ayudan en la parroquia, los voluntarios que anda girando el mundo ayudando en servicio social, los médicos que no le ‘cobran’ a los pobres, los docentes que tienen una paciencia ilimitada con sus alumnos. En fin, personas generosas existen y son las que sostienen el mundo. En cada uno de nosotros existe esa persona generosa que quiere vivir así "donándose sin cesar". Sin embargo, también en cada uno de nosotros existe la contrapartida, el hombre que quiere vivir sólo para sí. Enfrentemos la noble batalla para hacer vencer la generosidad por encima del egoísmo.
Nuestra Señora del amor y del servicio, ruega por nosotros.
martes, 12 de febrero de 2019
HOMILIA Domingo Sexto del TIEMPO ORDINARIO cC (17 de febrero de 2019)
Domingo Sexto del TIEMPO ORDINARIO cC (17 de febrero de 2019)
Primera: Jeremías 17, 5-8; Salmo: Sal 1, 1-4.6; Segunda: 1 Corintios 15, 12.16-20; Evangelio: Lucas 6, 12-13.17.20-26
Nexo entre las LECTURAS…
La Liturgia, hoy, nos invita a poner toda nuestra confianza en Dios (Salmo). Jeremías, con un oráculo de carácter sapiencial anuncia esto mismo: Sólo en Dios hay fuerza y garantía de conseguir el fruto y el resultado adecuado para los hombres. San Pablo llega a afirmar contra toda certeza humana que por la gracia de Dios vamos a resucitar… y a confiar, eh… pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. En las manos de Dios -confiando en Él-, Jesús nos presenta las bienaventuranzas que son como ‘congratulaciones’ de Jesús que tenemos que interpretarlas dirigiendo la mirada en tres direcciones: al presente: situación en que nos encontramos los oyentes de ahora; al pasado: quién las proclama y quién sale garante de su eficacia y que sucedía mientras lo oían; al futuro: sólo las pueden vivir los que son movidos por una gran esperanza que se recibe como don gratuito de Dios.
Temas...
«Dichosos los pobres». En el evangelio de hoy aparecen cuatro bienaventuranzas (bendiciones) y cuatro maldiciones. ¿Qué significa «dichoso»? Ciertamente no «feliz» en el sentido que le da a esta palabra la cultura relativista. No se trata de una invitación a que cada cual marche por su camino con tranquilidad y buen humor. No significa realmente nada que pertenezca al hombre, o que el hombre sienta y experimente, sino algo en Dios que concierne al hombre redimido. Jesús hablará en este contexto de «recompensa», aunque esto a su vez no es más que una imagen; se trata del valor que el hombre tiene para Dios y en Dios. Es algo en Dios que se manifestará al hombre a su debido tiempo, mientras tanto el hombre se sigue entregando a Dios. Y análogamente para las maldiciones.
Los pobres a los que pertenece el reino de Dios, es decir, los pobres de Yahvé, como los llamaba la Antigua Alianza, muestran que a su pobreza corresponde una posesión en Dios: Dios los posee, y por eso mismo ellos poseen a Dios. Lo mismo puede decirse de los que tienen hambre y de los que lloran, y también de los que son odiados por causa de Cristo: éstos son amados por el Padre en Cristo, que también fue odiado y perseguido por los hombres por causa del Padre. Si los pobres han de ser considerados como pobres en Dios, entonces también los ricos han de ser considerados como ricos sin Dios, ricos para sí mismos, saciados y sonrientes, alabados por los hombres; éstos no tienen porque no quieren un tesoro en el cielo, y por eso todo cuanto poseen no es más que apariencia pasajera.
Los Salmos repiten esto continuamente igual que las parábolas de Jesús (del rico ‘epulón’ y del pobre Lázaro, del labrador avariento) también. Los pobres son en último término realmente pobres, aquellos que no poseen nada, y no son ricos a escondidas que acumulan un capital en el cielo. Dios no es un banco; el abandono en manos de Dios no es una compañía de seguros. Es en el propio abandono, en la entrega confiada donde se encuentra la dicha.
«El hombre bendito es el que pone su confianza en el Señor». La Antigua Alianza conoce ya todo esto suficientemente, como lo demuestra la primera lectura. El hombre bendito es el que pone su confianza en el Señor, el que extiende sus raíces hacia la «corriente/agua» de Dios o, como dice Agustín, tiene sus raíces en el cielo y desde allí crece hacia la tierra. Este simple abandono confiado en manos del Señor le basta para ser «dichoso» (bienaventurado) en el sentido de Jesús, es decir para cualquier adversidad terrestre que se le pueda presentar, por amarga que sea, no tener que inquietarse por la sequía. A este hombre se contrapone el hombre que «confía en el hombre», en lo humano y lo terreno, y que por eso «aparta su corazón del Señor»: aquí tenemos el comentario de lo que significa la maldición de Jesús a los ricos y ‘epulones’. La sencilla antítesis del profeta, repetida en el salmo responsorial, divide a los hombres, prescindiendo de todas las sutilezas psicológicas, en dos campos: o viven por Dios y para Dios, o bien pretenden vivir para sí mismos y por sí mismos que hasta desean que Dios haga lo que a ellos les parece. También en el juicio de Jesús sólo hay dos clases de hombres: las ovejas y las cabras (Mateo 25).
«Los que creen en la resurrección de Cristo y con Él en la nuestra…». La segunda lectura divide también a los hombres en dos categorías: los que creen en la resurrección de Cristo y en la nuestra, y los que la niegan. Si Cristo no ha resucitado, entonces "la fe no tiene sentido", los muertos «se han perdido» y «somos los hombres más desgraciados» del mundo; los que no creen en ella ponen su confianza en bienes terrenos reales a los sentidos… y no en un Dios “del más allá” que, afirman que, no existe. Su vida está, de alguna manera, llena… llena de relaciones humanas gratificantes, de placeres de todo tipo, de autosatisfacción. Mientras que la fe en la resurrección es jugárselo todo a una carta, una apuesta total en la que el apostante finalmente pierde según la lógica del mundo y gana según el anuncio de nuestro Señor. Todos los textos de la celebración de hoy exigen de nosotros una decisión última, definitiva: ¿nos bastamos a nosotros mismos o nos debemos permanentemente a nuestro Creador y Redentor? No existe una tercera vía, no hay solución intermedia.
Sugerencias...
La humildad de corazón, labrada no sin esfuerzo por parte de cada uno, y con el auxilio imprescindible de la gracia de Dios, forma los cimientos sobre los que se levanta y se construye el Cristo en nosotros. Los autores espirituales clásicos dedicaron muchísimas páginas a combatir la soberbia y a alimentar el deseo de la sencillez y de la humildad en los cristianos. De eso hace mucho, y seguro que los tiempos nos reclaman una nueva insistencia aquí. Renovarse uno mismo en la humildad es el mejor servicio que podemos hacernos, es abrir la puerta principal al Espíritu, ese Espíritu que huye de lo "sabios" y es amigo de los pobres y sencillos de corazón, de los que aman rectitud y aborrecen la tortuosidad y el engaño sistemático e interesado… un pequeño examen para conocernos en esto es preguntarnos, por ejemplo, si seguimos leyendo el Catecismo, si seguimos profundizando, en el conocimiento y en la práctica, las obras de Misericordia. Hasta parece que el Jubileo de la Misericordia “ya fue”…
"Excava en ti el cimiento de la humildad, y así llegarás a la altura de caridad", dice san Agustín. Y para que comprendamos más exactamente qué quiere decir, el santo obispo de Hipona afirma al hablar de la humildad: "No se te dice que seas menos de lo que eres; lo que se te dice es que conozcas lo que eres".
He aquí nuestra oración de hoy. Que el Señor nos conceda conocer lo que somos, para que, con un corazón sediento de humildad, Dios sea para nosotros la fuente de agua viva donde saciar nuestra sed de caridad.
Nuestra Señora de las bienaventuranzas, ruega por nosotros
MEDITACIÓN…
EI cristiano no funda su esperanza ni en sí mismo, ni en los otros hombres, ni en los bienes terrenos. Su esperanza se arraiga en Cristo muerto y resucitado por él. «Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida -dice S. Pablo-, somos los hombres más desgraciados» (1 Cr 15, 19). Pero la esperanza cristiana va mucho más allá de los límites de la vida terrena y alcanza la eterna, y justamente a causa de Cristo que, resucitando, ha dado al hombre el derecho de ser un día partícipe de su resurrección.
Con este espíritu se han de entender las bienaventuranzas proclamadas por el Señor, las cuales exceden cualquier perspectiva de seguridad y felicidad terrenas para anclar en lo eterno. Con sus bienaventuranzas Jesús ha trastocado la valoración de las cosas: éstas ya no se ven según el dolor o el placer inmediato y transitorio que encierran, sino según el gozo futuro y eterno. Sólo el que cree en Cristo y confiando en Él vive en la esperanza del reino de Dios, puede comprender esta lógica simplicísima y esencial: «Dichosos los pobres... Dichosos los que ahora tenemos hambre... Dichosos los que ahora lloramos... Dichosos ustedes cuando los odien los hombres» (Lc 6, 20-22). Evidentemente no son la pobreza. el hambre, el dolor o la persecución en cuanto tales los que hacen dichoso al hombre, ni le dan derecho al Reino de Dios: sino la aceptación de estas privaciones y sufrimientos sostenida en la confianza en el Padre celestial (los mártires, los santos de la casa de al lado, dice el Papa). Cuanto el hombre carente de seguridad y felicidad terrenas se abra más a la confianza en Dios, tanto más hallará en Él su sostén y salvación. «Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza» dice Jeremías (17, 7). Al contrario los ricos, los hartos, los que gozan, escuchan la amenaza de duros «¡ayes!» (Lc 6, 24-26), no tanto por el bienestar que poseen, cuanto por estar tan apegados a ello que ponen en tales cosas todo su corazón y su esperanza. El hombre satisfecho de las metas alcanzadas en esta tierra está amenazado del más grave de los peligros: naufragar en su autosuficiencia sin darse cuenta de su precariedad y sin sentir la necesidad urgente de ser salvado de ella. El reino de la tierra le basta hasta el punto de que el Reino de Dios no tiene para él sentido alguno. Por eso dice de él el profeta: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor» (Jr 17, 5). Las bienaventuranzas del Señor se ofrecen a todos, pero sólo los hombres desprendidos de sí mismos y de los bienes terrenos son capaces de conseguirlas.
jueves, 7 de febrero de 2019
lunes, 4 de febrero de 2019
HOMILIA Domingo Quinto del TIEMPO ORDINARIO cC (10 de febrero de 2019)
Domingo Quinto del TIEMPO ORDINARIO cC (10 de febrero de 2019)
Primera: Isaías 6, 1-2a. 3-8; Salmo: Sal 137, 1-5. 7c-8; Segunda: 1Corintios 15, 1-11; Evangelio: Lucas 5, 1-11
Nexo entre las LECTURAS
El misterio de la libre y gratuita elección de Dios está presente en las tres lecturas litúrgicas. Isaías es elegido durante una acción litúrgica en el templo de Jerusalén: "Oí la voz del Señor que me decía: ¿A quién enviaré? (primera lectura). Pedro, por su parte, percibe la elección divina en el misterio de su oficio de pescador: "No temas, desde ahora serás pescador de hombres" (evangelio). Finalmente, Pablo evoca la aparición de Jesús resucitado, camino de Damasco, a él, "el menor de los apóstoles... pero por la gracia de Dios soy lo que soy", aparición que sigue siendo viva y cierta en cada celebración de la Eucaristía (segunda lectura). Con el salmista la Iglesia nos invita a cantar y alabar a Dios por su “amor y fidelidad” acompañando a los que Él llama.
Temas...
Dios es libre y misericordioso en la elección. Dios, que es libre, apela a la libertad del hombre cuando lo llama… por eso hablamos de elección y no de coacción. La Biblia da testimonio de la libertad de Dios en todas sus páginas y lo atestiguan los textos de este Domingo. Dios elige a las personas por amor: a Isaías, nacido en Jerusalén de familia acomodada, posiblemente de estirpe sacerdotal; a Pedro, proveniente de Betsaida, pescador en el lago de Tiberíades; a Pablo, oriundo de Tarso de Cilicia, con título académico de Rabino y por un tiempo perseguidor de la Iglesia de Cristo. Dios es libre para elegir en el modo y en el tiempo que desee: a Isaías durante una liturgia en el templo de Jerusalén, mediante una teofanía con características cultuales; a Pedro, sobre una barca, después de una pesca milagrosa; a Pablo, en el camino hacia la ciudad de Damasco, con el corazón ardiendo ‘de odio’ por los seguidores del Camino. Isaías, Pedro, Pablo, Vos, Yo, el Papa llamados a la gran tarea de colaborar con Él en la redención de la humanidad.
Elección y experiencia de Dios. En sus misteriosos designios, nos muestra la Liturgia, que Dios ha querido unir la elección a una experiencia fuerte de encuentro con Él. Las formas de llevarse a cabo tal experiencia difiere de unos a otros, pero esta experiencia es común a toda elección. Isaías, por un lado, entra en el misterio de Dios, Rey y Señor todopoderoso, por otro, se siente perdido e impuro para ver y hablar de parte de Dios (primera lectura). A Pedro, ante la grandiosidad de la pesca, sólo posible por el poder de Dios, tiene la reacción de exclamar: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador" (evangelio). La aparición de Jesús resucitado a Pablo le hace caer a tierra, quedar ciego, humillarse ante el poder de Dios, y finalmente recibir el bautismo de manos de Ananías. La Liturgia muestra que Dios, tres veces santo, quiere irrumpir en la historia del llamado sacándolo de sus seguridades humanas, y lo invita a poner toda su confianza en Él para el bien de todos.
La respuesta digna. El hombre, que Dios ha elegido, tiene que dar su respuesta en la humilde obediencia. Nos llama a estar con Él y crecer en el amor y servicio para su mayor gloria, para nuestro bien y el bien de toda su santa Iglesia. Tenemos ejemplos en los textos litúrgicos de hoy: Isaías, a la pregunta de Dios: "¿A quién enviaré?", responde: "Aquí estoy yo, envíame". Pedro, al escuchar a Jesús que le llama a ser "pescador de hombres", junto con sus compañeros de trabajo diario, reacciona generosamente: "Dejaron todo y lo siguieron". No menos generosa es la actitud de Pablo, después de la caída en tierra y de haber oído la voz de Jesús resucitado, él pregunta: "¿Qué quieres que haga?". Luego, en la primera carta a los corintios (segunda lectura), al recordar esa visión de Jesús, por un lado se considera el menor de los apóstoles e indigno de llevar ese nombre, pero, por otro, está convencido de que "he trabajado más que todos los demás; bueno, no yo, sino la gracia de Dios conmigo".
Sugerencias...
En la historia de la salvación aparece claro que Dios ha querido salvar a los hombres por medio (con la ayuda) de otros hombres. El único Salvador es Dios, pero los hombres son sus manos para distribuir la salvación a todos los que la pidan, son sus labios para predicar (la salvación) en las miles de lenguas de nuestro planeta, son sus pies para llevarla a todos los rincones de la tierra, sobre todo allí donde todavía no la conocen, aunque la anhelen vivamente. ¡Es un gesto inmenso de la misericordia de Dios para con la humanidad… un gesto de su infinito amor hasta hacerse mendigo del hombre! Dios mendiga de ti, sacerdote o laico, religioso o voluntario, quiere que le ayudes: ¿vas a ayudar? ¿eh? Mendiga de ti, joven, tu juventud para ofrecer su salvación a los jóvenes del mundo, y quizás no sólo tu juventud, sino toda tu vida para salvar al hombre, para liberarlo de sí mismo, para ennoblecer su vida de hijo de Dios. Mendiga de ti, adulto, tu adultez, en el estado de vida en que te halles, para que colabores con Él en la salvación de ti mismo, en la salvación de quienes viven en tu entorno familiar, profesional, social, cultural. Mendiga de ti, jubilado, anciano, tu tiempo, tu experiencia humana y espiritual, tu sabiduría de la vida, para que la transmitas a los demás, para que contribuyas a construir un mundo más humano y más cristiano. ¿Escucharemos los hombres el grito de Dios que pide nuestra ayuda? Recemos especialmente por el aumento de las vocaciones.
Nuestra Señora del SI, ruega por nosotros.
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HOMILI
viernes, 1 de febrero de 2019
*LETANÍA POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO:*
*LETANÍA POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO:* gentileza de Carlos
*Oh Jesús, que Sufriste y moriste para que toda la humanidad pudiera ser Salvada y traída a la Felicidad Eterna.
Oye nuestras súplicas, Apiádate de las Benditas Almas del Purgatorio.*
*(A cada Invocación se contesta:
¡Jesús mío, Misericordia! .*
*Ayuda a mis familiares y amigos,*
*Ayuda a cuantos debo Amor y Oración,*
*Ayuda a cuantos he perjudicado y dañado,*
*Ayuda a los que me han ofendido,*
*Ayuda a aquellos a quienes Profesas predilección,*
*Ayuda a los que están más próximos a la Unión Contigo,*
*Ayuda a los que te desean más Ardientemente,*
*Ayuda a los que sufren más,*
*Ayuda a los que están más lejos de su liberación,*
*Ayuda a los más olvidados,*
*Ayuda a los que menos Auxilio reciben,*
*Ayuda a los que más méritos tienen por la Iglesia,*
*Ayuda a los que fueron ricos aquí, y allí son los más pobres,*
*Ayuda a los poderosos, que ahora son como viles siervos,*
*Ayuda a los ciegos que ahora reconocen su ceguera,*
*Ayuda a los vanidosos que malgastaron su tiempo,*
*Ayuda a los pobres que no buscaron las riquezas Divinas,*
*Ayuda a los tibios que muy poca oración hicieron,*
*Ayuda a los perezosos que no hicieron Obras de Misericordia,*
*Ayuda a los de poca Fé que descuidaron los Santos Sacramentos,*
*Ayuda a los reincidentes que sólo por un milagro de la Gracia se han Salvado,*
*Ayuda a los padres que no vigilaron bien a sus hijos,*
*Ayuda a los superiores poco atentos a la salvación de sus súbditos,*
*Ayuda a los pobres, que sólo se preocuparon del dinero y del placer,*
*Ayuda a los de espíritu mundano que no aprovecharon sus riquezas o talentos para el servicio de Dios,*
*Ayuda a los necios, que vieron morir a tantos no acordándose de su propia muerte,*
*Ayuda a los que no dispusieron a tiempo de su casa, estando completamente desprevenidos para el viaje más importante,*
*Ayuda a los que juzgaste más severamente, debido a las grandes cosas confiadas a ellos,*
*Ayuda a los Pontífices, reyes y príncipes,*
*Ayuda a los Obispos y Cardenales.*
*Ayuda a mis maestros y guías Espirituales,*
*Ayuda a los fallecidos Sacerdotes y Religiosas,*
*Ayuda a los Sacerdotes y Religiosas de la Iglesia Católica,*
*Ayuda a los defensores de la Santa Fe,*
*Ayuda a los caídos en los campos de batalla*
*Ayuda a los sepultados en los mares y tierra,*
*Ayuda a los que murieron en accidentes,*
*Ayuda a los que sufrieron y murieron de enfermedad,*
*Ayuda a los muertos repentinamente,*
*Ayuda a los fallecidos sin recibir los Santos Sacramentos,*
*Ayuda a los que van a morir en este día,*
*Ayuda a mi pobre Alma cuando vaya a ser juzgada ante Dios Nuestro Señor,*
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lunes, 28 de enero de 2019
HOMILIA Domingo Cuarto del TIEMPO ORDINARIO cC (03 de febrero de 2019)
Domingo Cuarto del TIEMPO ORDINARIO cC (03 de febrero de 2019)
Primera: Jeremías 1, 4-5.17-19; Salmo: Sal 70, 1-4a. 5-6ab. 15ab. 17; Segunda: 1Corintios 12, 31 - 13, 13; Evangelio: Lucas 4, 21-30
Nexo entre las LECTURAS
Jesucristo, Jeremías, Pablo: Tres relatos cuya cumbre es Jesucristo, plenitud de la revelación y de la misión salvífica de Dios. Jesús es el enviado del Padre para la salvación de los hombres, sin distinción alguna entre judíos y gentiles (evangelio). La misión profética de Jesús está prefigurada en Jeremías, el gran profeta de Anatot durante el primer cuarto del siglo VI a.C, de cuya vocación y misión, en tiempos de la reforma religiosa del rey Josías y luego durante el asedio y la caída de Jerusalén, trata la primera lectura. Pablo, segregado desde el seno de su madre, prolonga en el tiempo la misión profética de Jesús, poniendo el acento en el amor cristiano, como el carisma que da plenitud a todos los demás. Con el salmista pedimos auxilio al Señor: “Porque Tú, Señor, eres mi esperanza y mi seguridad desde mi juventud. En ti me apoyé desde las entrañas de mi madre; desde el seno materno fuiste mi protector” y nos comprometemos: “Mi boca, Señor, anunciará tu salvación”.
Temas...
Características de la misión. Son varias las que los textos litúrgicos resaltan…
1. La misión viene de Dios. Es Dios quien dice a Jeremías: "Antes de formarte en el vientre te conocí; antes que salieras del seno te consagré, te constituí profeta de las naciones" (Jer 1,5). Jesús en la sinagoga de Nazaret no se atribuye a sí mismo la misión, sino que la lee ya profetizada en las Escrituras, es decir, ya prevista por el mismo Dios. San Pablo, por su parte, sabe muy bien que todo carisma proviene del Espíritu de Dios, máxime el carisma por excelencia que es el amor.
2. Una misión en doble dirección. Por un lado destruir, por otro edificar (Jer 1, 10). Por un lado, el anuncio: proclamar la Buena Nueva a los pobres, por otro, la denuncia: ningún profeta es bien acogido en su tierra (evangelio). Por un lado, la devaluación de todo sin la caridad, por otro, la caridad como virtud suprema (segunda lectura). Así será nuestra vida cristiana, desde sus inicios hasta nuestros días, morir al pecado y vivir, con la ayuda de la gracia, para la gloria de Dios, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia (Misa).
3. Una misión universal. Jeremías es llamado por Dios a ser "profeta de las naciones"; Jesucristo ha sido ungido por el Espíritu para ayudar a los pobres, a los cautivos, a los ciegos, a los oprimidos, y para proclamar a todos un año de gracia del Señor, es decir, un jubileo... ¡qué bien nos vino recordarlo en el Año Jubileo de la Misericordia! Si Dios es Creador y Padre de todos, todos somos, por igual, destinatarios de su amor y de su redención.
4. Una misión con riesgos. El riesgo principal de que los hombres no escuchemos ni aceptemos el mensaje de Dios, comunicado por el profeta. El riesgo también está en ser maltratados, considerados enemigos público, tenido por aguafiestas y profetas de desventuras. La biografía de Jeremías está entretejida con episodios de este género y la nuestra también. Jesús estuvo a punto de ser apedreado por los nazarenos, y Pablo vivió unas relaciones ‘tensas’ con los cristianos de Corinto, cuando les escribió su primera carta. Que los santos mártires nos animen a seguir alegremente, porque “hay que seguir andando nomás”… (Mons. Angelleli)
5. Una misión con la fuerza de Dios. Dios dice a Jeremías: "No les tengas miedo... Yo te constituyo hoy en plaza fuerte, en columna de hierro y muralla de bronce frente a todo el país". Jesús, ante los nazarenos que quieren despeñarle, nos dice san Lucas que, "abriéndose paso entre ellos, se marchó". ¡Qué valentía sobrehumana y qué poder de Dios en la actitud de Jesús! ¿Y acaso no muestra Pablo una fuerza sobrenatural cuando antepone el amor cristiano a la ciencia, a la pobreza total, a las llamas, y a la misma fe?
6. Una misión que exige una respuesta. Pueden responder con rechazo, como en el caso de Jeremías: "Ellos lucharán contra ti" (primera lectura). Pueden responder con ambigüedades, como en el caso de Jesús: por un lado, asentimiento y admiración, por otro, indignación y deseo de despeñarlo por un precipicio (evangelio). Y Pablo, en la segunda lectura, al proponer a los corintios el carisma de la caridad, no hace sino pedirles que respondan con generosidad a dicho carisma.
Sugerencias...
La misión cristiana, una interpelación. Para el hombre, cualquiera que sea su circunstancia, toda propuesta que venga de Dios es una interpelación, porque le saca de su rutina, de sus esquemas mentales, de su refugio en la mediocridad (Francisco). Jesús interpela a los nazarenos, al sacarlos de sus convicciones de ‘pueblo privilegiado’ por no hacer en Nazaret los milagros realizados en Cafarnaún, y les provoca poniendo fin a esos pretendidos privilegios, además dando preferencia a los marginados al poner los ejemplos de Elías y Eliseo. El Amor que Pablo propone a la Iglesia de Corinto es una interpelación mayúscula para aquellos griegos educados en el culto a la razón y al eros. Ser y vivir hoy como discípulos misioneros es también interpelar de manera saludable (para la salvación). Hay que llamar, con nuestra manera de vivir la fe, a superar la mentalidad del conformismo materialista y hedonista, para que se realice una verdadera conversión, cambio de mentalidad, y vivir, virtuosamente, el amor y el servicio, para alcanzar el Paraíso. Hay que avivar el fuego del amor de Dios en el mundo con nuestra entrega humilde y sencilla, como lo hace la Virgen María, para que adquiera relevancia y sentido, en toda vida humana, la fuerza y el poder de Dios. Hay que anunciar a quienes creen en la falsa felicidad temporal del comprar y del tener, de la cultura del relativismo y del hedonismo, para que abran los ojos a la auténtica felicidad que está en Dios y que Dios nos la da. Hay que evangelizar al hombre en sus miserias y ruindades, para que tome conciencia de su grandeza como imagen de Dios, como hijo de Dios. Si el discípulo del Señor no interpela ni sacude al hombre en su interior, es que ha dejado de peregrinar y comenzó a instalarse en la mundanidad.
Nuestra Señora del SI, ruega por nosotros.
lunes, 21 de enero de 2019
Homilia del 27 de enero de 2019
Domingo Tercero del TIEMPO ORDINARIO cC (27 de enero de 2019)
Primera: Nehemías 8, 2-4a.5-6.8-10; Salmo: Sal 18, 8. 9. 10. 15; Segunda: 1Corintios 12, 12-31a; Evangelio: Lucas 1, 1-4; 4, 14-21
Nexo entre las LECTURAS
Los textos de este Domingo descubren nuestra vocación de ‘pueblo atento’ a la Palabra de Dios (primera lectura y evangelio) y también nuestra condición de ‘discípulos-misioneros’ llamados a ser amigos de Dios, como nos llama san Lucas, Teófilos, que debemos conocer la solidez de las enseñanzas de la fe que hemos recibido. Por eso el clima de nuestra meditación lo ofrece el Salmo de la Misa: "tus palabras, Señor, son espíritu y vida". Una oración que, aprendida en el corazón, puede ayudarnos a hablar con este Dios amigo, siempre cercano, y que con sus Palabras nos infunde verdadera vida, nos da la liberación. Conviene, hoy, considerar el valor que otorgamos a las Sagradas Escrituras. Su desconocimiento, en frase de san Jerónimo, es desconocimiento de Jesucristo. Para crecer en la lectura de la Escritura y hacerla vida en la entrega diaria, Dios hizo a algunos apóstoles, a otros profetas, a otros maestros, y a otros les dio el don de lenguas, y el don de interpretación a otros..., de modo que la Palabra de Dios sea viva, vivifique y permanezca para siempre (segunda lectura).
Temas...
«Hoy es un día consagrado a nuestro Dios». Este «hoy» de la lectura solemne de la ley a cargo de Esdras ante todo el pueblo reunido en asamblea (primera lectura) es un preludio veterotestamentario del «hoy» que pronuncia Jesús en el evangelio. Esta solemne lectura de la ley en tiempos de Esdras se describe de forma impresionante, añadiéndose algunas explicaciones al respecto; el pueblo está visiblemente emocionado: se inclina y se postra rostro en tierra en señal de adoración; llora porque desconocía lo que acaba de escuchar, pero se le invita a regocijarse y a celebrar un banquete porque su acogida de la Palabra de Dios hace que este episodio sea un acontecimiento gozoso: «Pues el gozo del Señor es la fortaleza de ustedes». Por eso nos extraña tanto más que “un «hoy»” mucho más importante salido de la boca de Jesús (en el evangelio) provoque entre sus oyentes reacciones totalmente diversas.
«Hoy se cumple esta Escritura». En el evangelio escuchamos solamente la parte introductoria de la escena, cuando Jesús, en la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde se había criado, lee también la Escritura y pronuncia unas palabras “incomprensibles y blasfemas” para sus oyentes: que hoy se ha cumplido la profecía de Isaías, que «el Espíritu del Señor está sobre mí, que me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar la libertad a los oprimidos». Jesús aplica estas palabras a su persona: sale de la oscuridad de sus años de juventud y aparece ante todos sus conocidos con una luz nueva e inaudita, asumiendo precisamente la realidad de ser el Mesías. Se nos muestra (revela): la fortaleza del Señor para asumir su misión, y la humildad de Él, al designar su actividad como obediencia al «Espíritu del Señor» que está sobre Él. Ambas cosas unidas caracterizan su convicción más profunda y muestran su singularidad: su misión es el cumplimiento de todas las promesas más excelsas de Dios, pero Él la lleva a cabo como el verdadero «Siervo de Dios», en el espíritu del Siervo de Yahvé proclamado por Isaías.
«Todos hemos bebido de un solo Espíritu». Pero, ¿qué significa para nosotros el hoy? Algo completamente distinto de lo que significaba para el antiguo pueblo de Israel. La segunda lectura lo describe: nosotros somos un cuerpo, asumido en el HOY de Cristo. Los judíos no eran miembros de un cuerpo, sino individuos dentro de la comunidad del pueblo; nosotros somos los unos para los otros, miembros dentro del cuerpo de Cristo. Pablo describe esto detalladamente. Ya no hay individuos, sino “órganos”, cada uno de los cuales actúa para el todo vivo del organismo, que es el Cuerpo Místico de Cristo, Cristo y nosotros: en el siempre-hoy de Cristo nosotros vivimos para Él y los unos para los otros. Por eso cada uno tiene una tarea personal, insustituible, pero no para sí mismo, sino para el todo vivo; una tarea que cada cual debe cumplir en el Espíritu Santo, que es el que le ha conferido su singularidad. Y como todos «han bebido de un solo Espíritu», todo el que posee el Espíritu ha de vivir también fuera de sí mismo, en el amor a los otros, en los otros. Este es el hoy que resulta del hoy plenificador de Cristo.
Sugerencias...
“Por tanto, hermanos, puesto que creemos en Cristo, permanezcamos en su palabra. Pues si permanecemos en su palabra, somos en verdad discípulos suyos. No sólo son discípulos suyos aquellos Doce, sino todos los que permanecen en su palabra. Y conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres, es decir, Cristo el Hijo de Dios que dijo: Yo soy la verdad (Jn 14,6). Nos hará libres, es decir, nos liberará no de los bárbaros, sino del diablo; no de la cautividad corporal, sino de la iniquidad del alma. Él es el único que otorga esta liberación. Que nadie se considere libre, para no permanecer esclavo. Nuestra alma no permanecerá en la esclavitud, puesto que cada día se nos perdonan nuestras deudas” (San Agustín, Sermón 134,3-4.6)
Nuestra Señora, Madre del Amor Hermoso, ruega por nosotros
miércoles, 9 de enero de 2019
PAPA FRANCISCO AUDIENCIA DEL 9 DE ENERO
¿Cómo rezar para pedir algo a Dios? Papa Francisco lo explica en la audiencia general
ALETEIA
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“Dios nunca olvida a sus hijos que sufren”, expresó el papa Francisco en la audiencia general, en la cual prosiguió su ciclo de catequesis sobre el Padrenuestro e instruye a los fieles sobre la oración, según enseña el Evangelio : ”llamen a la puerta y les abrirán” (Lucas 11, 9).
El Pontífice invitó a “perseverar en la oración, porque aunque a veces pareciera que Dios no nos escucha, sin embargo no es así”. Lo explicó en el aula Pablo VI del Vaticano durante la audiencia general del miércoles 9 de enero de 2019.
Delante de 7000 fieles y peregrinos congregados para escuchar la catequesis dedicada al “Padrenuestro’, el obispo de Roma afirmó que hay que rezar como hijos, así como hacen los niños que tienen hambre y son escuchados por sus padres y abuelos, “porque ninguna oración queda desatendida”.
La oración siempre transforma
“El Padre celeste nos da todo aquello que hace plena nuestra vida”, sostuvo e ilustró que la oración transforma el corazón y la realidad. Incluso si a veces, hay que rezar toda una vida por una gracia.
“La oración siempre transforma la realidad: si no cambian las cosas que nos rodean, al menos cambiamos, cambiamos nuestro corazón. Jesús prometió el don del Espíritu Santo a todo hombre que ore”, expresó.
“A la perseverancia se une la confianza puesta en Dios, porque Él es un Padre bueno y nunca olvida a sus hijos que sufren. La oración cambia la realidad, y nos cambia también a nosotros.
Es, ya desde ahora, la victoria sobre la soledad y la desesperación; un camino que nos lleva a Dios, nuestro Padre, que espera todo y a todos con los brazos abiertos”.
Ilustró que la oración de Jesús parece “suavizar las emociones más violentas, los deseos de venganza y revancha, reconcilia al hombre con su enemigo más amargo: la muerte”.
El Pontífice explicó que Jesús puso el ejemplo cuando se trata de la oración: “Jesús es, sobre todo, el orante. En cada paso de su vida, es el Espíritu Santo quien lo guía en su actuar. Antes de tomar decisiones importantes, Jesús ora, dialoga con el Padre”.
¿Habrá un padre entre todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan?”, se preguntó en referencia al Evangelio (Lucas 11).
Los discípulos suplican a Jesús que les enseñe a orar, explicó. Por ello, “Jesús les muestra con qué palabras y qué sentimientos deben tener para dirigirse a Dios”.
“Lo hace enseñándoles el Padrenuestro las actitudes que el creyente debe tener cuando ora, que son la perseverancia y la confianza”, añadió.
Jesús reza en el bautismo en el Jordán, dialoga con el Padre antes de tomar decisiones muy importantes, a menudo se retira en soledad, intercede por Pedro que luego lo renegará” (Lc 22,31-32).
“En este sentido”, el Papa expresó que esto consuela a las personas, es decir, “saber que Jesús reza por nosotros”. ¿Pero, padre todavía lo hace? Sí!, insistió.
Asimismo, predicó sobre el clima de oración que acompañó a Jesús hasta la Muerte, y en las horas de la pasión marcadas por un “clima de sorprendente calma”.
“Podemos estar seguros de que Dios responderá” a la oración. “La única incertidumbre se debe a los tiempos, pero no dudes que Él responderá. Tal vez tengamos que insistir por toda la vida, pero Él responderá. Nos lo prometió (Lc 18, 7)”.
Por último saludó a los peregrinos: “Que el Señor Jesús nos dé la gracia de entender que la oración conmueve el corazón de Dios, Padre compasivo, que nos ama y nos da su Espíritu Santo; y que la Virgen Santa nos ayude a ser hombres y mujeres de oración y a confiar en la bondad del Señor que siempre nos escucha”.
ARTICULO SOBRE EL NOVIAZGO- ALETEIA
Los 10 “no” del noviazgo para un buen matrimonio
ALETEIA
Por Alejandra María Sosa
Artículo publicado originalmente por Desde la fe
Desde la Fe | Mar 09, 2017
Evalúa ahora tu relación
Un buen matrimonio depende en gran parte de un buen noviazgo, de que él y ella aprovechen bien ese tiempo para conocerse. Además de amor, ¿qué se necesita para tener un buen noviazgo? He aquí diez recomendaciones que conviene considerar:
1. NO dejar fuera a Dios
Antes que nada, pregúntale a Dios si tu vocación es el matrimonio. Consulta un director espiritual. Cuando creas haber conocido a la persona indicada, oren juntos, vayan juntos a Misa, encomiéndense a Dios y a María. Antes de casarse, acudan a un retiro para novios. Y después no se atengan a sus solas míseras fuerzas para amarse: no se vayan a vivir juntos ni se unan sólo por lo civil, sino mediante el sacramento del matrimonio, para recibir de Dios la gracia sobrenatural de ser fieles y amarse mutuamente como Dios los ama.
2. NO engañar
Esto abarca dos aspectos. Primero: no finjas lo que no eres. No digas que te gusta lo que no te gusta, que haces lo que nunca haces, etc. sólo para ser como crees que tu novia o novio espera que seas. Descubrirá tu engaño al casarse, y puede ser motivo para separarse. Sé tú mismo, tú misma. Si no es compatible contigo, ni modo, no fuerces las cosas, ya encontrarás a quien lo sea. Recuerda que “siempre hay un roto para un descosido”. Y, segundo: no seas infiel. La infidelidad en el noviazgo es motivo para terminar la relación, porque los novios infieles, suelen ser cónyuges infieles.
3. NO querer cambiar al otro
Hay quien piensa: “mi pareja tiene esta forma de ser, o este hábito, o este vicio que no me agrada, pero yo la voy a cambiar”. Es una falsa expectativa. La gente no suele cambiar. El introvertido nunca se volverá extrovertido; la parlanchina no sabrá quedarse callada; el novio que nunca se acomide a ayudar será un marido haragán; la novia desaliñada será una esposa de bata y pantuflas. Y las características que te molestan en el noviazgo, en el matrimonio pueden aumentar y resultarte intolerables. O le aceptas como es, o no te cases.
4. NO justificar lo injustificable
Si en el noviazgo, cuando se supone que están enamorados y desea complacerte, tiene desatenciones, te deja esperándole y no se disculpa; se la pasa viendo el celular, llega tarde, no te pregunta cómo estás, te calla, te critica, en el matrimonio será peor. No busques pretextos para justificar sus malas actitudes, busca mejor otra pareja.
5. NO violencia
Si en el noviazgo ya hay gritos, malos modos, insultos y hasta golpes, ¡hay que salir huyendo! Un novio que te levanta la voz, será un esposo que te levantará la mano; una novia que te humilla ante tus amigos, será una esposa que te humillará ante tus hijos. ¿A qué arriesgarse a casarse con alguien que puede poner en riesgo tu integridad y la de tu familia?
6. NO relaciones sexuales
El sexo es fabuloso. Decir esto parecería razón para practicarlo en el noviazgo, pero es justo lo contrario: puede hacer que una pareja crea que son compatibles, cuando en realidad sólo lo son en la cama. Un amante habilidoso no necesariamente es un buen esposo. Y hay muchos momentos en el matrimonio en que no será posible tener relaciones sexuales, así que si el sexo es lo único que los une, su relación irá a pique.
Una amiga me contó que su hija fue a confesarse de haber tenido relaciones sexuales con su novio, y el padre le dijo: “si se aman, no es pecado”. Sorprende semejante respuesta, porque Jesús menciona, en la lista de maldades que manchan al hombre, la fornicación, es decir, la relación sexual fuera del matrimonio (ver Mc 7, 14-23). La relación sexual está pensada para ser una donación total entre esposos que prometen, con la gracia de Dios, amarse toda la vida. No hay que banalizarla adelantándola, ni arriesgarse a un embarazo no deseado. Y, sobre todo, no hay que olvidar que para unos novios católicos tener relaciones sexuales pre-matrimoniales no es algo que alguien pueda autorizar por encima de la Palabra de Dios y de la Iglesia, que enseñan que es pecado (ver Catecismo de la Iglesia Católica #1755; 1852; 2353).
7. NO desoír opiniones y consejos
Por tener una visión desde fuera, puede suceder que tus familiares y amigos capten actitudes de tu pareja que tú no has percibido. “ay, mijita, tu novio toma demasiado”, “ay, hijo, ella trata muy feo a su mamá”, “oye, amiga, como que tu novio es ojo alegre, lo he visto coqueteando…”; “híjole carnal, me late que esa chava sólo te busca por tu dinero, se la pasa haciéndote gastar…”; “uy, le vi fumando mariguana”. Presta atención, no cierres los oídos. En los procesos de declaración de nulidad matrimonial, suelen preguntar cuál era la opinión de quienes rodeaban a los novios. Y es casi seguro que hubo muchas críticas que fueron desoídas…
8. NO suponer, mejor preguntar
El noviazgo es un tiempo para conocerse, para hablar, hablar y hablar de todos los temas habidos y por haber, para preguntar. Muchos matrimonios se rompen porque no descubrieron a tiempo que pensaban muy distinto: “¡creí que sí querías tener hijos!”; “¡no pensé que te molestara que trabaje!”; “¡no sabía que tu mamá vendría a vivir con nosotros!”. Más vale dialogar que lamentar.
9. NO dejar de considerar a la familia
No sólo hay que fijarse en la pareja, sino en su familia. ¿Cómo es?, ¿cómo se llevan sus miembros entre sí?, ¿cuáles son sus valores? Recuerda que muy probablemente tendrás que convivir con ellos en Navidad, año nuevo, cumpleaños, aniversarios, algunos fines de semana, etc. Sus papás serán abuelos de tus hijos, y tus cuñados, sus tíos; querrán pasar tiempo con ellos, ¿qué clase de ejemplo les darán? ¿Es ésta la familia a la que quieres pertenecer?, ¿o vas a discutir y a pelearte cada vez que tu cónyuge la quiera ver?
10. NO sólo buscar “que te haga feliz”
Muchos se casan pensando: “ésta me hará feliz” (porque es bonita y puede lucirla en las fiestas de la oficina, o porque cocina rico, o es hacendosa), o éste me hará feliz, (porque es tan guapo que sus amigas la envidiarán; o porque gana tanto que podrá darle una vida de lujos). Buscan la pareja que los haga felices. Pero si la bonita se pone fea o se enferma, al guapo le sale panza, o pierde la chamba, ya no “hace feliz”, es hora de descartarlo. La motivación para casarse no debe ser “que me haga feliz”, sino “quiero hacerle feliz”. Y qué mayor felicidad que santificarse mutuamente para llegar al cielo. Si tanto él como ella dicen: “le amo tanto que quiero dedicarme a que sea feliz aquí y por toda la eternidad”, eso sí que con la ayuda de Dios, se puede lograr pase lo que pase, en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso, hasta que la muerte los separe en este mundo y puedan reencontrarse en la vida eterna para siempre.
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