https://notebooklm.google.com/notebook/9da55531-bb4e-462f-8d2f-9fc5efe8d31b
martes, 15 de abril de 2025
HOMILIA DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR- MISA DEL DÍA
DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
MISA DEL DÍA (Domingo 20 de abril 2025)
Primera: Hechos 10, 34.37-43; Salmo: Sal
117, 1-2. 16-17. 22-23; Segunda: 1Corintios 5, 6b-8; Evangelio: Juan 20,
1-9
Nexo entre las
LECTURAS
Cristo resucitado, Él es el mensaje central de la liturgia de Pascua.
Ante todo, Jesucristo resucitado, como objeto de fe, ante la evidencia del
sepulcro vacío: "vio y creyó" (evangelio). Cristo resucitado, objeto
de proclamación y de testimonio ante el pueblo: "A Él, a quien mataron
colgándolo de un madero, Dios lo resucitó al tercer día" (primera
lectura). Cristo resucitado, objeto de transformación, levadura nueva y ácimos
de sinceridad y de verdad: "Sean masa nueva, como panes pascuales que son,
pues Cristo, que es nuestro cordero pascual, ha sido ya inmolado" (segunda
lectura).
Temas...
EL HECHO: El evangelista Juan nos relata dos hechos. María Magdalena, la
más madrugadora, va al sepulcro y se encuentra la piedra quitada, el sepulcro
vacío. No creyó. Se limitó a contar lo que le pareció más razonable: "se
han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto". El segundo
hecho es la visita temprana de Pedro y Juan, avisados por las palabras de María
Magdalena. Salen corriendo. Naturalmente corre más y llega antes Juan, pero
espera a que Pedro llegue y entre. Pedro ve el sepulcro vacío, pero también las
vendas por el suelo y el sudario, cuidadosamente plegado y puesto aparte. Juan
vio lo mismo. Vio y creyó. Vio la tumba vacía y las vendas y el sudario aparte,
y creyó que Jesús había resucitado. Y creyeron en las Escrituras y en las
palabras de Jesús, que había anunciado su muerte y resurrección.
EL EVANGELIO: El evangelio es la Buena Noticia de la resurrección de Jesús.
Más que un hecho, es un acontecimiento que cambia la vida y el mundo.
Pues si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos. Por eso es una
buena noticia, la mejor para todos. En el evangelio se anuncia lo imposible, sí,
pero también lo irrenunciable, la resurrección, la vida después de la vida, el
triunfo y desmitificación contra la muerte. Morir ya no es morir, es sólo un
paso, el tránsito hacia la vida perdurable y feliz. Así lo entendieron los apóstoles.
No entendieron sólo que la causa de Jesús perduraba, ni que Jesús pasaba a la
historia de los inmortales. Entendieron/comprendieron/creyeron que Jesús estaba
vivo. Y anunciaron que su promesa de vida eterna era una promesa que se cumpliría
en ellos y en todos.
LA EVANGELIZACIÓN: Y así lo proclamaron a los cuatro vientos,
haciendo hincapié en su experiencia: nosotros somos testigos, lo hemos visto
todo. Hemos vivido con él, hemos asistido atónitos a su muerte y, cuando todo
parecía acabado en la frialdad de la tumba, la tumba está vacía y el muerto ha
resucitado. Y nosotros con él. Evangelizar es siempre eso, anunciar la Buena
Noticia, proclamar la resurrección del Señor, anunciar a todos que la muerte ha
sido vencida, que la muerte no es el final, que la vida sigue más allá de la
muerte. Jesús ha derribado de una vez por todas el muro de la desesperación
humana. Ya hay camino hacia una nueva humanidad, porque lo imposible ya es
posible por la gracia y con la gracia de Dios. ¿Lo creemos? ¿lo anunciamos?
LA FE QUE VENCE AL MUNDO: Creer en la resurrección de Jesús no es sólo
tener por cierta su resurrección, sino resucitar, como nos dice san
Pablo. Creer es realizar en la vida la misma experiencia de la vida de Jesús.
Es ponernos en su camino y en el camino de nuestra exaltación, resueltamente y
sin echar marcha atrás. Jesús entendió su exaltación como subida a la cruz,
como servicio y entrega por todos, dando su vida hasta la muerte. El que ama y
va entregando su vida con amor, va ganando la vida y verifica ante el mundo la
fuerza de la resurrección, porque en "esto hemos conocido que hemos pasado
de la muerte a la vida, en que amamos a los hermanos", en que estamos
dispuestos a dar la vida y no a quitarla. Sólo esta fe viva, esta experiencia
de la nueva vida inaugurada por el Resucitado, puede discutir a la muerte y a
la violencia su dominio. Sin esa fe, nada de lo que digamos sobre la resurrección
podrá ayudar a los otros. Tenemos que ser testigos de la resurrección,
resucitando y ayudando a alumbrar la nueva vida.
EL TESTIMONIO: Creer es ser testigos de la resurrección. Creer es
resucitar, vencer ya en esta vida por la esperanza la desesperación de la
muerte. La fe en la resurrección de Jesús es la única fuerza capaz de disputar
a la muerte, y a los ejecutores de la muerte, sus dominios. La muerte (el
pecado) es el gran enemigo, el mayor enemigo del hombre. El poder de la muerte
se evidencia en el hambre, en las enfermedades y catástrofes, en la violencia y
el terrorismo, en la explotación, en la marginación, en las injusticias, en
todo cuanto mortifica a los hombres y a los pueblos. Creer en la resurrección
es sublevarse ya contra ese dominio de muerte. Es trabajar por la vida, por la
convivencia en paz. Es trabajar y apoyar a los pobres y marginados, a los
desprotegidos, a los oprimidos. Y debe ser también plantar cara a los
partidarios de la muerte, a los asesinos, a los violentos, a los explotadores,
a los racistas y extremistas. Porque sólo trabajando para la vida puede
resultar creíble la fe en una vida eterna y feliz.
Sugerencias...
‘Experimentar’ a
Cristo resucitado. La experiencia se hace o no se hace, se tiene o no se tiene. No puedes
mandar un representante para que haga la experiencia por ti. El cristianismo es
una fe, pero penetrada por una experiencia vital, a fin de que la fe no
decaiga. La experiencia viva de Cristo resucitado la puede hacer cualquier
cristiano. Puesto que es un don que Dios concede, lo primero que habrá que
hacer es pedirla. ¡Qué mejor día que el Domingo de Pascua de Resurrección para
pedir al Señor la gracia de esta experiencia! El cristiano puede disponerse a
recibir el don de esta experiencia, mediante el desarrollo de una sensibilidad
espiritual creciente. Al contacto con Dios, el hombre va gustando a Dios y las
cosas de Dios, va adquiriendo una mayor capacidad de escucha y de docilidad al
Espíritu, va sintonizando más con la fe de la Iglesia (dones del Espíritu
Santo). Esto constituye el terreno cultivado para que en él pueda nacer y
florecer la experiencia de Cristo resucitado. Todos sin excepción estamos
llamados a hacer esta experiencia. No pensemos que es sólo para unos seleccionados
previamente, es para todos. Esa experiencia viva e intensa toca y cambia la
mentalidad, las costumbres, el estilo de vida, el modo de relacionarse con los
demás, los criterios de acción, las mismas obras, hasta el mismo carácter.
Pidamos al Señor que aumente nuestra fe y que nuevamente hagamos la experiencia
de Cristo resucitado en nuestra vida.
Cristo resucitado nos ha hecho partícipes de su vida divina mediante el
bautismo y la gracia santificante, y desea continuar repitiendo en nosotros su
presencia ejemplar en la historia. Vivamos la experiencia de Cristo resucitado,
y estemos seguros de vivir siempre un comportamiento moral digno del hombre… ayudados
así, la resurrección de Jesucristo será el centro de nuestra vida y de nuestra
fe y seremos sus testigos hasta los confines del mundo.
María, Reina de los Apóstoles, Madre Misionera, ruega por nosotros.
HOMILIA VIGILIA PASCUAL 2025 P. Angel
DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
lunes, 7 de abril de 2025
HOMILIA DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR cC (13 de abril 2025)
DOMINGO DE RAMOS EN
LA PASIÓN DEL SEÑOR cC (13 de abril 2025)
Primera: Isaías 50, 4-7; Salmo: Sal 21, 8-9. 17-18a.
19-20. 23-24; Segunda: Filipenses 2, 6-11; Evangelio: Lucas 22, 14 –
23, 52
Nexo entre las
LECTURAS
¡El dolor! Realidad histórica y designio de Dios. Aquí está el centro
del mensaje del Domingo de Ramos. El Siervo de Yahvéh (primera lectura) sufre
golpes, insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el sentido del
dolor. San Pablo, en el himno cristológico de la carta a los filipenses
(segunda lectura), canta a Cristo que "se despojó de su grandeza, tomó la
condición de esclavo". En la narración de la pasión según san Lucas, Jesús
afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un esclavo, pero
sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello confía al Padre su
espíritu. Por eso decimos con fe que el dolor es redentor.
Temas...
«Perdónales porque no saben lo que
hacen» (Lc 23,34)
Esta palabra parece no encajar en lo que está
ocurriendo. Porque, si nos paramos a pensar con detenimiento, ¿en qué cabeza
cabe que después de ser traicionado y negado; después de recibir golpes y
burlas y justo en el momento de ser clavado en la cruz, la primera palabra que
salga de los labios de Jesús sea «perdón»? ¿Cómo antes de buscar cobijo y
amparo para su madre –que observaba todo (cfr. Lc 23, 49)– es más, cómo antes
de confiar su espíritu al Padre lo primero que suplica e implora es compasión
para sus verdugos? En los cálculos mentales humanos es prácticamente impensable
que pueda ocurrir semejante situación. Sin embargo, hay biblistas que afirman
que esta palabra no solo es clave dentro del relato evangélico, sino necesaria,
imprescindible, vital. ¿Por qué? Pues porque es la que hace que el texto se
ajuste no a los cálculos humanos, sino a los de Dios. El tema del perdón es
fundamental en el evangelio de Lucas. La conocida como parábola del hijo pródigo
(cfr. Lc 15, 11-32), entre otros relatos, ejemplifica, y de qué manera, esto
que decimos. Por ello, lo que podemos contemplar en esta palabra es que Jesús,
en el momento de mayor dolor físico, abandono afectivo y sufrimiento racional
sigue siendo coherente con su predicación y nos ofrece su propio ejemplo. No
echemos en el olvido que Jesús de Nazaret, después de proclamar el mensaje de
las Bienaventuranzas en el sermón del llano (cfr. Lc 6,20-26), la primera
indicación que lanza es «amen a sus enemigos, traten bien a los que los odian;
bendigan a los que los maldicen, recen por los que los injurian» (Lc 6,27-28).
Y es que Jesús, al extender sus brazos en la cruz acoge tanto a ‘amigos’ como ‘enemigos’.
Porque es así como podrá condenar todo odio, toda ira y toda cerrazón y dureza
de corazón del ser humano de todos los tiempos.
«Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43)
Solo Lucas pone voz al que se conoce como «buen Ladrón ». Los otros
evangelistas –Mateo y Marcos– sobre los dos «ladrones» indican que se unían,
desde sus patíbulos, a las ofensas y reproches que las autoridades tanto
civiles como religiosas proferían contra Jesús. Pero en Lucas hemos de
centrarnos en la actitud del ‘bueno’. Y en él podemos descubrir que era
consciente de la injusticia que se estaba cometiendo con Jesús. Y no solo eso.
También sabía que su destino –el de Jesús– iba a ser dichoso porque traspasa
las fronteras de este mundo colmado de tanto malhechor y sinvergüenza. ¡Qué
paradoja! ¿Quién iba a pensar que un absoluto desconocido; un maleante,
delincuente culpable de delitos graves y condenado a muerte por ello, fuera el
que reconoció a Jesús como portador de un Reino de felicidad plena en el que
nadie, por muy inmoral que haya sido, es olvidado para siempre? Mientras que
Pedro, el amigo, el confidente, el incondicional dispuesto a todo, incluso a lo
más extremo (cfr. Lc 22,33), había negado rotundamente pocas horas antes,
conocer siquiera la existencia de Jesús. Sabemos que bastó una mirada directa
(cfr. Lc 22,61), indescriptible, pero con toda seguridad colmada de amor y
ternura, para que el primer Papa de la historia reconociera la gravedad de su
pecado: negar a Dios. Por ello, esta palabra dirigida al buen Ladrón nos ha de
llevar a contemplar que en una vida repleta de errores siempre va a estar
presente la posibilidad de transformación. Porque la conversión nos habla del
hoy misericordioso de Dios que, actuando en la historia, cambia la necedad del
hombre por conocimiento y sabiduría. Porque el buen Ladrón no pidió un puesto
de honor en el Reino de Jesús, como otros se habían disputado (cfr. Lc 22,24).
Eso lo había conseguido sin necesidad de pedirlo. Este delincuente solo
imploraba que fuese recordado por Aquel en quien había descubierto, no la
posibilidad de ser indultado de sus delitos, sino algo mucho mayor a la par que
liberador. Porque la palabra que dirigió Jesús al Ladrón bueno antes de que
ambos cerraran los ojos en este mundo, le abrió, en ese preciso instante, las
puertas de la felicidad plena para que su conversión sincera, su confianza en
Dios y su oración de petición fueran recordadas como ejemplo a seguir, por toda
la eternidad.
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46)
Antes de que Jesús pronuncie esta última palabra, Lucas nos ha ido preparando
para que descubramos que algo grande va a ocurrir. Y es que el mundo se ha
quedado a oscuras; y en el Templo, el velo, ese que debía ocultar lo más
sagrado, se ha roto por la mitad (cfr. Lc 23, 44-45). Por ello, después de
esto, Jesús se lanza con una confianza absoluta a los brazos del Padre. A
diferencia de otros evangelistas en Lucas no encontraremos grito alguno en este
momento (cfr. Mt 27,50; Mc 15,37). ¿Es importante esta distinción? Y otra
cuestión. ¿Por qué Lucas ha puesto en labios de Jesús el salmo 31 en lugar del
salmo 22, como encontramos en otros relatos (cfr. Mt 27,46; Mc 15,34)? La
respuesta al interrogante planteado quizá sea que Jesús, sin tener duda alguna,
sabe que Dios jamás abandonará a nadie. Y menos en momentos de sufrimiento,
angustia y soledad. Así pues, en esta palabra hemos de descubrir y contemplar
el culmen de esa esperanza (Jubileo 2025) que Jesús de Nazaret había mostrado
siempre a lo largo de su vida con sus dichos y hechos. Sin embargo, la realidad
es que el mundo, en esa hora, ha quedado en tinieblas. La oscuridad lo domina
todo. Tan solo falta dar sepultura (cfr. Lc 23, 50-56). ¿Y ahora? ¿De verdad
que esta es la última palabra? ¿De verdad que no hay nada más que decir?
Sabemos perfectamente que la respuesta es no. Cristo ha entregado su espíritu.
Y aquí, en esta palabra –espíritu– está la clave. Porque será ahora el Espíritu
el que va a dar el impulso necesario para que la predicación del Evangelio
llene de luz la vida del ser humano. Para que descubra que hay una claridad
nueva más allá de lo conocido. En definitiva, para que el confiar del hombre
quede preñado de esperanza, y se siga lanzando, en cualquier situación de
adversidad, a los brazos del Padre.
Sugerencias...
El dolor, un tesoro escondido. El hombre tiene
miedo del dolor. Quisiera eliminarlo, arrancarlo de la vida humana, e incluso
de la vida animal. Parece como si el dolor fuera solo mal, un mal abominable,
un ‘agujero negro’ en el gran universo humano que devora todo lo que entra en
su campo de acción. Parece como si la gran batalla de la historia actual fuera
contra el dolor en lugar de ‘por el hombre’. Hay que rezar y reflexionar sobre
esto, porque a veces resulta que logramos destruir el dolor, pero de tal manera
que destruimos también algo del hombre. Los padres, para que sus hijos no
sufran, no les quieren negar nada, les dejan hacer todos sus caprichos, pero...
¿no están de esta manera perjudicándolos a largo plazo? A los ancianos, a los
enfermos terminales se les amortiguan los dolores con medicinas que les hacen
perder en gran parte la conciencia. ¿No se les hace perder así libertad y
nobleza de espíritu ante el dolor? No respaldar el sufrimiento en sí, es
necesario aliviarlo lo más posible, recemos por la asunción humana del
sufrimiento. No son infrecuentes los casos de jóvenes y adultos que ante el
fracaso escolar o profesional, ante una decepción amorosa, ante un escándalo de
corrupción, prefieren acabar con la vida o entran en una desilusión aplastante
que no quieren enfrentarse con el rostro doloroso de la situación. ¿Por qué? Porque
no se conoce, no se ha descubierto el tesoro escondido en el dolor (Papa
Francisco). Para el hombre es un tesoro escondido de humanización. Para el
cristiano es un tesoro escondido de asimilación del estilo de Cristo, de valor
redentor. También San Juan Pablo II ha tenido la osadía de hablar del Evangelio
del sufrimiento, ciertamente del sufrimiento de Cristo, pero, junto con Él, del
sufrimiento del cristiano. Estamos llamados a vivir este Evangelio en las
pequeñas penas de la vida, estamos llamados a predicarlo con sinceridad y con
amor, de manera especialísima este Año Jubileo.
Consuelo en el dolor. La medicina está
descubriendo que la presencia amiga junto al lecho del enfermo puede aliviar el
dolor más que una inyección de morfina. Hay una relación estrecha entre el alma
y el cuerpo, y el consuelo espiritual de una cercanía suaviza los más terribles
sufrimientos. Nos dice de manera buena y paternal el Santo Padre que las obras
de misericordia espirituales (instruir, consolar, confortar, sufrir con
paciencia...) y corporales (dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo
tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los
muertos...), son formas tradicionales y novedosas de ayudar al hombre en su
dolor. Son formas que continúan siendo válidas e indispensables. Junto a ellas
surgen y surgirán nuevas formas según las necesidades de nuestro tiempo. Lo que
importa es tener conciencia de que, como discípulos misioneros, hemos de
acompañar a los hombres en su dolor, hemos de ser serviciales con aquel que
padece sufrimientos, hemos de aliviar con nuestra cercanía y nuestro consuelo
sus sufrimientos y los nuestros. ¿No es una buena forma de alivio el enseñar a
los que sufren a dar sentido y valor a sus sufrimientos? ¿y aprenderlo nosotros
mismos?
Nuestra Señora de los dolores, ruega por nosotros.
viernes, 28 de marzo de 2025
HOMILIA Cuarto Domingo de CUARESMA cC (30 de marzo 2025)
Cuarto Domingo de CUARESMA cC (30 de marzo 2025)
miércoles, 19 de febrero de 2025
TOCAME SEÑOR JESUS
https://youtube.com/shorts/t33XDxus-ys?si=78PTqNXp2MDhIDt3
https://youtube.com/shorts/QgXOztozoY0?si=LhvG9c-ySioSjVFf
lunes, 30 de diciembre de 2024
homilia SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS. (01 de enero 2025).
SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS. (01 de enero 2025).
58 Jornada mundial de la paz (en el Jubileo Ordinario). Un camino de esperanza: Perdona
nuestras ofensas, concédenos tu paz.
EN EL ALBA DE UN NUEVO AÑO
En la liturgia de la iglesia, el año nuevo es simplemente el día octavo después de la Navidad, después del
nacimiento del Señor. En esta subordinación del comienzo del año civil bajo el misterio de la fe y de su
nuevo inicio, se advierte a las claras la transformación del tiempo que se opera mediante la fe. Sin la fe,
nuestro calendario no es otra cosa que la medida de las rotaciones de la tierra: en un poco más de
veinticuatro horas gira la tierra en torno a sí misma, y más o menos en trescientos sesenta y cinco días, en
torno al sol. Día y año son dimensiones puramente mecánicas, expresión de una marcha circular que siempre
se repite de nuevo. El tiempo es un círculo; no tiene ningún de dónde y adónde. La tierra realiza su carrera,
prescindiendo del sufrimiento y de las esperanzas de los hombres que sobre ella viven.
La fe transforma el tiempo. Su unidad de medida no son los movimientos de los astros, sino las acciones de
Dios, en las cuales él nos aplica su corazón. Los dos grandes acontecimientos que proporcionan al tiempo un
nuevo eje son el nacimiento y la resurrección del Señor. A partir de estos hechos de Dios, surge la festividad
cristiana, que no tiene nada que ver con las órbitas descritas por los astros. La repetición de las fiestas es
algo totalmente distinto del discurrir de los días desde el principio del año al final del mismo. No es un
circular eterno, sino la expresión de lo inagotable del amor, del corazón que apunta hacia nosotros en la
acción del recuerdo. Así el comienzo cristiano, que significan las navidades, posee también un nuevo
contenido frente al inicio del año civil: es, ni más ni menos, que la posibilidad siempre nueva de retornar a la
bondad de Dios encarnada, y de convertirnos en hijos y de vivir de nuevo a partir de ello.
Pero se hace, asimismo, patente algo nuevo: el octavo día después de la Navidad tiene, en la liturgia y en el
derecho de Israel, un significado bien determinado: es el día de la circuncisión y de la imposición del
nombre, esto es, el día de la aceptación legal en la comunidad de Israel, en su promesa y de la recepción
responsable de la carga que supone la ley. Un hombre no nace propiamente con su nacimiento biológico.
Porque no consta sólo de lo biológico, sino de espíritu, de lenguaje, de historia, de comunidad. Pero, para
ello, necesita de los otros, que le otorgan el lenguaje, la comunidad, la historia y el derecho. El día octavo en
la vida del Niño Dios significa que él se naturalizó legalmente con su pueblo. Dios se naturalizó en ese
mundo y recibió su nombre, Jesús, que le muestra como ciudadano de nuestra historia y que hace que se le
pueda denominar o nombrar como hombre. Y sólo por su naturalización en nuestra historia llega a plenitud y
se completa, a la inversa, el oscuro misterio de nuestro propio nacimiento: el comienzo humano, que se halla
indeciso entre la bendición y la maldición, entró en el signo de la bendición. Nuestro signo estelar es, a partir
de ahí, él, el Niño nacido y naturalizado entre nosotros, el cual lleva nuestra historia humana hacia Dios.
Finalmente, se puede también afirmar esto: el octavo día es asimismo el día de su resurrección y, al mismo
tiempo, el día de la creación; la creación no queda establecida estéticamente, sino que se orienta hacia la
resurrección. Así el día octavo se convierte en el símbolo del bautismo, en el símbolo de la esperanza
cristiana en fin de cuentas: la resurrección, la vida del Niño es más fuerte que la muerte. Nuestro camino es
esperanza: en medio del tiempo que pasa se halla el nuevo comienzo, que ha entrado en la marcha del amor
eterno. Seguimos en tiempo de Navidad, estrenando un Año Santo de gracia para fortalecer y compartir la
Esperanza.
EL JUBILEO DEL AÑO DEL SEÑOR 2025.
Según el Papa Francisco, podrá ser un signo de renacimiento, y de confianza, de paz y bendiciones para
todos, como Peregrinos de Esperanza, pero sin perder de vista tantos vacíos y sufrimientos de nuestro
mundo, que sólo puede llenar Dios. Hay un hueco con forma de Dios en el corazón humano, que sólo lo
puede llenar Él (San Agustín: nos hiciste para Ti y solo en Ti hallamos descanso/gozo/paz).
San Pablo VI, con la Fiesta de María, Madre de Dios, puso de manifiesto el vínculo del Nacimiento de
Cristo con la Maternidad de María. Desde María, Madre de Dios, contemplamos hoy el Misterio central del
Nacimiento del Verbo, en la humildad de nuestra carne, con el deseo de hacerlo nuestro como ella.
María es conocida por todos como la Madre de Jesús, pero ¿cómo es que la Iglesia católica le dio el título de
Madre de Dios? Porque en ella la Palabra se hizo Carne y acampo entre los hombres el Hijo de Dios,
príncipe de la Paz, cuyo nombre, Salvador, está por encima de todo otro nombre.
Esta Fiesta de María, Madre de Dios, nos ayuda a acoger hoy la Palabra como ella en el corazón, y
entregarla hecha vida en la fe. El Hijo de Dios se hizo hombre naciendo como todos, de una mujer, marcado
por la fragilidad y la debilidad inherentes a toda carne, que Jesús hizo suyos. Por eso, Él es el ancla de
nuestra esperanza.
En este día en que el Papa abre la puerta de la Basílica de Santa María la Mayor a todos los peregrinos de la
Esperanza, nos abrimos nosotros en oración, a la Misericordia y la Caridad de la Salvación para todo el
año.
homilia SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS. (01 de enero 2025).
SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS. (01 de enero 2025).
martes, 17 de diciembre de 2024
jueves, 12 de diciembre de 2024
jueves, 24 de octubre de 2024
jueves, 29 de agosto de 2024
martes, 11 de junio de 2024
homilia Domingo Undécimo del TIEMPO ORDINARIO cB (16 de junio de 2024)
Domingo Undécimo del TIEMPO ORDINARIO cB (16 de junio de 2024)
Primera: Ezequiel 17, 22-24; Salmo: Sal 91, 2-3. 13-16; Segunda: 2Corintios 5, 6-10; Evangelio: Marcos 4, 26-34
Nexo entre las LECTURAS
Las parábolas que nos ofrece la Liturgia nos dan un mensaje de confianza, de esperanza. También es el mensaje en la 2 L –de san Pablo–: "Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos, estamos desterrados". Viene bien este mensaje pues, ser discípulo–misionero de Jesucristo, creer en su Reino, seguirlo a Él, no es fácil, no lo fue y no lo será. No habría que culpar a otros o a la cultura por lo que padecemos ni apagar la entrega que nos pide Dios porque es difícil. Qué bien que nos hace meditar en los santos mártires… esperar, amar, servir, entregarse… –como ellos– hasta que duela.
Lo que nos ha dicho Jesús es muy sencillo: el Reino de Dios está dentro de nosotros, quizá sin que nos demos cuenta, como una semilla que no sabemos quién ha sembrado, que parece pequeña. Y esta humilde semilla (Dios hecho hombre) germina y crece, sin que sepamos cómo. Germina y crece y se hace fuerte y echa ramas (de modo que incluso otros pueden venir a anidar, a reposar, a vivir en ellas). Esta es nuestra fe, esta debe ser nuestra gran confianza, nuestra firme esperanza. ¡GRACIAS, SEÑOR, POR TANTO AMOR!
Temas...
Dejando aparte, por esta vez, el pasaje de Pablo, que nos presenta la vida palpitante de un apóstol que camina por esta existencia, en medio de momentos felices y críticos, cara al examen final ante el tribunal de Cristo, el mensaje de la homilía de hoy podría centrarse claramente en las dos parábolas del evangelio, las dos referentes a la semilla y su crecimiento.
A veces la palabra de Dios nos conduce a unas consecuencias de tipo moral (cómo actuar), y otras, a una perspectiva de comprensión: cómo "ver" e interpretar la Historia de la salvación, también en nuestra vida. Hoy es esta segunda perspectiva la que prevalece. Las lecturas nos ayudan a entender cómo Dios conduce nuestra historia y cuál es nuestra actitud ante su estilo de actuación.
-La semilla que crece sin saber cómo.
El protagonista de la primera parábola es la semilla. No tanto el labrador o la calidad del terreno (como en la parábola del sembrador). La semilla tiene dentro de sí una fuerza ("virtus", "dynamis") que es la que la hace germinar, brotar, crecer, madurar... Cuando en nuestro actuar humano hay una fuerza interior (el amor, la ilusión, el interés), la eficacia puede crecer notablemente.
Pero cuando esa fuerza interior es el amor que Dios nos tiene, o su Espíritu, o la gracia salvadora de Cristo Resucitado, entonces el Reino germina y crece poderosamente. El hombre (nosotros, los cristianos) puede y debe colaborar, pero la fuerza es de Dios. Él es el "autor", aunque su presencia esté escondida. La energía del Espíritu en el mundo, en la Iglesia, en cada uno de nosotros: este es el factor decisivo. La parábola es una invitación a que sepamos descubrir la presencia de este Espíritu y de esta fuerza interior. El "Reino" crece desde dentro, porque Cristo está activo, porque su Espíritu es protagonista. El Reino ya está en marcha, está ya "sucediendo".
Esto es algo que debería invitarnos a no caer en el orgullo por nuestras técnicas, aplicadas también a la "salvación del mundo": es bueno que apliquemos las técnicas mejores, pero el Reino va adelante por su fuerza interior. No cabe en nuestros ordenadores.
Como la semilla no germina porque lo digan los sabios botánicos, ni la primavera espera a que los libros señalen su inicio o su actuación. La fuerza del Evangelio, la eficacia dinámica de la Palabra de Dios, son algo que viene del mismo Dios, no de nuestras técnicas.
Naturalmente no es una invitación a la pereza: nuestra colaboración también entra en el plan salvador de Dios. Y además esta convicción de la fuerza intrínseca de la semilla nos debe hacer colaborar con optimismo, con esperanza, porque el Reino está en buenas manos.
La parábola apunta también a que no nos impacientemos. La semilla tiene su ritmo. Tal vez alrededor de Jesús también había quien quería ver frutos inmediatos, y él les remite a esta comparación expresiva: la semilla dará su fruto, pero lentamente. Sin efectos espectaculares. También nosotros podemos tener la tentación de la eficiencia a corto plazo.
Todavía otro matiz: la semilla germina sin que el labrador sepa cómo. En la labor con que los cristianos contribuimos a la obra salvadora de Cristo en este mundo, muchas veces tenemos que conformarnos con “no entender” y no poder “medir” y controlar el crecimiento de este Reino…
-Una semilla pequeña y un arbusto grande.
La segunda parábola, que es la que empalma con la lectura de Ezequiel, nos presenta otro aspecto del estilo con que Dios conduce la historia de la salvación, o sea, el Reino. Los medios más humildes, los orígenes más sencillos son los que él prefiere para realizar su obra salvadora. Como tantas veces en el AT y el NT va eligiendo a personas y pueblos que humanamente no tendrían ninguna garantía de éxito.
El Reino no viene como un ejército de ocupación o una revolución espectacular: viene como una semilla insignificante (pero llena de vigor interior, como ha dicho la primera parábola), y por eso crece y da fruto.
La comparación de Ezequiel nos recuerda el fracaso del árbol grande y orgulloso que había sido Israel, y que es tronchado.
Pero también un rayo de esperanza: una ramita de este tronco roto, el "resto" de ese Israel maltrecho, se convertirá en un árbol grande, el pueblo mesiánico. No por los propios méritos, sino por obra de Dios. Una invitación también para nosotros, a saber, ver cómo también en nuestra historia lo humilde y sencillo, lo cotidiano y poco espectacular, puede ser el lugar del encuentro con un Dios que salva. Solemos apreciar las técnicas llamativas. Dios actúa con otro estilo. Como dijo la Virgen en su Magníficat, precisamente a los humildes y los pobres y los hambrientos es a los que Dios enaltece, hace fecundos y colma de bienes. Y no a los ricos y los que se crecen poderosos.
Todo esto tiene aplicaciones en la vida de la Iglesia, y de cada grupo, y de cada persona concreta. Es cuestión de "saber ver" esta presencia y este estilo de Dios en nuestra historia. Es Él quien conduce y hace eficaz el Reino. Y busca nuestra colaboración, humilde y confiada a la vez. Dios y su Reino no son domesticables a nuestro gusto. Son sorprendentes. No caben en nuestros esquemas.
También en la Eucaristía podemos encontrar reflejo de este mensaje. Tanto la Palabra de Dios, semilla fecunda y vigorosa, como el Cuerpo y Sangre de Cristo, el alimento que Cristo nos da como garantía y semilla de vida eterna en nosotros, tienen mucho de oculto, son elementos sencillos, pero con una eficacia salvadora. Con ese doble alimento que Cristo Resucitado nos comunica tenemos la mejor fuerza para que la vida sea en verdad fecunda para los demás.
Sugerencias...
1. «Sin que él sepa cómo».
Jesús cuenta en el evangelio dos parábolas sobre el crecimiento del reino de los cielos, cada una de ellas con un objetivo diferente. La primera pone el acento sobre el crecimiento mismo de la simiente. El labrador no ha dado a la semilla la fuerza que necesita para crecer, ni puede influir en el crecimiento progresivo de la misma: «La tierra va produciendo la cosecha ella sola». Esto no significa que el hombre no tenga nada que hacer: tiene que preparar la tierra y echar en ella la simiente. Pero no es él quien realiza el trabajo principal, sino –y esto es lo que acentúa la parábola– el propio Dios, mientras el hombre «duerme de noche y se levanta de mañana» día tras día. El reino de Dios tiene sus propias leyes, unas leyes que en modo alguno le son impuestas por el hombre; el reino de Dios no es un producto de la técnica; la semilla, el tallo, la espiga, el grano, el momento de la cosecha: todo esto pertenece a la estructura propia del reino y en modo alguno depende de las prestaciones humanas. Esto es precisamente lo que muestra la segunda parábola: el fruto en sazón, que al principio parecía tan ridículamente pequeño a ojos de los hombres, se revela al final más grande que todo lo que el hombre hubiera podido realizar. ¿Y la cosecha? Será ciertamente la cosecha de Dios, pero en beneficio del hombre que prepara la tierra y esparce en ella la semilla. Dios cosecha, como dice el empleado negligente y cobarde de la parábola de los talentos, «donde no siembra», pero cosecha en el fondo para ambos: pues encomienda al empleado fiel y cumplidor el gobierno de un amplio territorio.
2. «Siempre tenemos confianza».
La actitud del labrador que espera pacientemente la cosecha es la de una permanente seguridad de que la ley que Dios ha puesto en la naturaleza se cumplirá. Del mismo modo la confianza de Pablo en la segunda lectura es una confianza permanente, sea cual sea la apariencia del clima espiritual en su vida o en la de su comunidad. «Caminamos guiados por la fe». El hombre preferiría dirigir el tiempo, manejar el clima a su antojo, ser el dueño de los imponderables; Pablo preferiría vivir ya junto al Señor antes que vivir en la fe, en el «destierro», pero, como para el labrador, el abandono en manos de Dios es más importante que sus preferencias, ya «estemos en destierro o en patria». También el apóstol es sólo un labrador: «Yo planté, Apolo regó, pero era Dios quien hacía crecer» (1 Co 3,6).
3. «Más alta que las demás hortalizas».
La segunda parábola sobre el reino de los cielos que se expone en el evangelio de hoy, es un nuevo ejemplo de las numerosas declaraciones de Jesús a propósito de que «el más pequeño» en el reino de Dios se convertirá en «el más grande», precisamente porque se ha hecho pequeño y se ha colocado en el «último puesto», algo de lo que el propio Jesús dio ejemplo en su vida terrena y sigue dándolo en su Eucaristía. Con esta imagen Jesús retoma el pasaje de Ezequiel, que describe en la primera lectura cómo gracias a la fuerza del Señor la frágil rama del pueblo de Dios ha crecido hasta llegar a convertirse en el más poderoso de los árboles, de suerte que «las aves de toda pluma pueden anidar al abrigo de sus ramas». El profeta atribuye esto inequívocamente a la fuerza de Dios; todos los demás árboles (es decir, todas las demás naciones) deben saber «que yo soy el Señor», el que tiene poder para humillar a los árboles altos y para ensalzar a los árboles humildes, para secar a los lozanos y hacer florecer a los secos. Tanto en la Antigua como en la Nueva Alianza la parábola nada tiene que ver con la moralidad humana, sino que se refiere enteramente al poder superior de Dios, que trata al hombre según esta ley cuando el hombre se somete a Él.
lunes, 25 de marzo de 2024
HOMILIA VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (29 de marzo 2024)
VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (29 de marzo 2024)
Primera: Isaías 52,13 – 53,12; Salmo: Sal 30, 2.6.12-13.15-16.17.25; Segunda: Hebreos 4, 14-16; 5,7-9 Evangelio: Juan 18, 1 – 19, 42
Nexo entre las LECTURAS
"Nosotros", "nuestros" son términos repetidos en los textos litúrgicos del Viernes Santo. No es un "nosotros" sin adición alguna, sino con una nota muy propia: en cuanto pecadores. En el cuarto canto del Siervo de Yahvéh los términos son frecuentes: "Con sus llagas nos curó", "nosotros lo creíamos castigado...", "llevaba nuestros dolores", "eran nuestras rebeliones las que lo traspasaban", etc. (primera lectura). En la segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos hallamos frases como "mantengámonos firmes en la fe que profesamos", o "no tenemos (en él) un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades;". También en el Evangelio, aunque no se empleen los términos, están implícitos en toda la narración de la pasión y muerte de Jesús según san Juan, que fue "por nosotros los hombres y por nuestra salvación".
Temas...
La pasión según Juan: la victoria de Jesús. La Iglesia tiene ‘predilección’ por el evangelio de Juan. Cada año, el Domingo de Ramos, leemos la Pasión según uno de los tres primeros evangelios, el que toque; este año ha sido Marcos. Pero el día propiamente dicho de la Pasión, que es hoy, cada año se lee la pasión según san Juan.
En comparación con los otros tres evangelistas, la pasión según san Juan nos presenta a Jesús vencedor, triunfante en la cruz. Es como aquellos ‘cristos majestad románicos’, que lo representan en la cruz como en un trono, con corona real en vez de la de espinas y manto señorial, y a veces con casulla, como ofreciendo sacerdotalmente desde la cruz su propio sacrificio.
El centro de este relato es el juicio ante Poncio Pilato. Sin negar los sufrimientos y las burlas que Jesús sufre, Juan nos lo presenta dominando la escena, como si fuese él quien juzga a Pilato, y no al revés. Jesús está dentro del pretorio, mientras sus acusadores están fuera, ya que si entrasen en una casa pagana quedarían impuros y no podrían celebrar la Pascua. El evangelista distingue claramente siete escenas, ritmadas por las entradas y salidas de Pilato, que habla dentro con Jesús y fuera con los dirigentes judíos, hasta que les saca a Jesús azotado, burlado y escarnecido. Las idas y venidas de Pilato evocan nuestras propias ambigüedades. Pilato le manda poner una corona de espinas y un manto real, Lo hace por burla, pero en la intención del evangelista, Pilato, representante del emperador de este mundo, sin saberlo, está proclamando a Jesús como rey.
La adoración de la cruz: memoria de la Pasión. El rito más característico del Viernes Santo es la adoración de la cruz. Decimos que la adoramos, no porque la cruz sea Dios, sino porque en la cruz Dios hecho hombre mortal murió por nosotros.
Este día, en Jerusalén, en la basílica edificada en el lugar del Calvario y del Santo Sepulcro, los fieles pasaban a adorar y besar la reliquia de la Vera Cruz que se decía que había encontrado santa Elena. No hace falta que sea una reliquia auténtica: lo que importa es el signo de la cruz, símbolo del instrumento de la Pasión de Jesucristo y de nuestra redención. No tengamos prisa ni nos impacientemos cuando pasemos uno a uno a venerar la santa cruz mientras nos unimos a los cantos; y dediquemos también estos minutos a meditar el relato que acabamos de escuchar en el evangelio. Lo que los evangelistas nos explican con gran riqueza de detalles, ha quedado condensado en este signo, de forma que la religión cristiana es la religión de la cruz. La cruz proclama el amor infinito del Padre revelado en el Hijo, hecho por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
La comunión: unirse a la Pasión. Finalmente, recibimos la sagrada comunión. Hoy propiamente no hay Misa, porque no hay consagración, sino que comulgamos de la reserva eucarística guardada ayer. Con todo, al comulgar, nos unimos a la Pasión de una manera sacramental mucho más real que escuchando el evangelio de la Pasión o adorando a la cruz.
San Pablo nos decía ayer que cada vez que comemos de este pan y bebemos del cáliz anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva.
Escuchar el relato de la Pasión, besar la cruz o recibir la comunión de nada nos servirían, si no estuviéramos dispuestos a morir también nosotros al pecado, para resucitar con Cristo a una vida de gracia y santidad.
Que él derrame sobre nosotros la gracia que brota de su cruz. Que él derrame su salvación, su amor, su paz, su vida inagotable, sobre todos los hombres y mujeres del mundo entero, y de un modo especial sobre aquellos que más de cerca viven el dolor y el abandono que Jesús vivió.
Sugerencias... Meditación
— Fratelli Tutti. Jesús, hermano universal. Se suele decir que todos somos hermanos porque todos somos hijos de Adán. Como cristianos, hemos de decir, además, que somos hermanos porque Cristo nos ha hermanado a todos haciéndonos hijos de Dios. Jesús, tanto por su condición humana como por su filiación divina. Además, amó y ama a todos, perdonó y perdona a todos, recibió y recibe a todos, a todos les ofreció y ofrece su salvación, a todos ayudó y ayuda con su poder sobre las fuerzas naturales. Es Hermano que nos comprende, porque ha vivido la experiencia humana en plenitud, ha sido tentado como nosotros, ha sufrido como nosotros y más que nosotros. Es Hermano cuyo poder nos fortalece ante nuestro pecado y debilidad, cuyo amor nos anima a amar a nuestros hermanos como Él nos ama, cuya ayuda nos conforta en los momentos de prueba y dificultad, cuyo consuelo nos infunde paz y alegría aun en el dolor, cuya grandeza de espíritu nos eleva hacia las alturas de Dios y nos invita a vivir y practicar las virtudes... Hemos de confesar a Jesús como Dios-Hermano ante los demás, para que Él nos reconozca ante el Padre celestial. Todos somos hermanos de Jesús porque nos ha redimido, y todos estamos llamados a practicar la fraternidad en Cristo Jesús, el hermano verdadero que nunca nos fallará. En un mundo en que los lazos familiares son a veces tan efímeros y quebradizos, ha de ganar cada vez mayor consistencia la fraternidad fundada en Jesucristo (cfr. Fratelli Tutti).
— La Liturgia del viernes santo es una conmovedora contemplación del misterio de la Cruz, cuyo fin no es sólo conmemorar, sino hacer revivir a los fieles la dolorosa Pasión del Señor, pidamos la gracia del “asombro” para vivir una vida nueva desde este Viernes. Dos son los grandes textos que la presentan: el texto profético atribuido a Isaías (Is 52, 13; 53, 12) y el texto histórico de Juan (18, 1-19. 42). La enorme distancia de más de siete siglos que los separa queda anulada por la impresionante coincidencia de los hechos, referidos por el profeta como descripción de los padecimientos del Siervo del Señor, y por el Evangelista como relato de la última jornada terrena de Jesús. «Muchos se espantaron de él —dice Isaías—, porque desfigurado no parecía hombre... Despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos» (52, 14; 53, 3). Y Juan, con los demás evangelistas, habla de Jesús traicionado, insultado, abofeteado, coronado de espinas, escarnecido y presentado al pueblo como rey burlesco, condenado, crucificado. El profeta precisa la causa de tanto sufrir: «Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes», y se indica también su valor expiatorio: «Nuestro castigo saludable vino sobre él, y sus cicatrices nos curaron» (Is 53, 5). No falta ni siquiera la alusión al sentido de repulsa por parte de Dios —«nosotros lo estimamos herido de Dios y humillado» (ib 4)— que Jesús expresó en la cruz con este grito: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46). Pero, sobre todo, resalta claramente la voluntariedad del sacrificio: voluntariamente, el Siervo del Señor «entregó su vida como expiación» (Is 53, 7. 10); voluntariamente Cristo se entrega a los soldados después de haberlos hecho retroceder y caer en tierra con una sola palabra (Jn 18, 6) y libremente se deja conducir a la muerte, Él, que había dicho: «Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente» (Jn 10, 18). El profeta vislumbró incluso la conclusión gloriosa de este voluntario padecer: «A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará... Por eso —dice el Señor— le daré una parte entre los grandes... porque expuso su vida a la muerte» (Is 53, 11. 12). Y Jesús, aludiendo a su pasión, dijo: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Todo esto demuestra que la Cruz de Cristo se halla en el centro mismo de la salvación, ya prevista en el Antiguo Testamento a través de los padecimientos del Siervo de Dios, figura del Mesías que salvaría a la humanidad, no con el triunfo terreno, sino con el sacrificio de sí mismo. Y es éste el camino que cada uno de los fieles debe recorrer para ser un salvado y un salvador,
— Entre la lectura de Isaías y la de Juan, la Liturgia inserta un tramo de la carta a los Hebreos (4, 14-16; 5, 7-9). Jesús, Hijo de Dios, es presentado en su cualidad de Sumo y Único Sacerdote, no tan distante, sin embargo, de los hombres «que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado». Es la prueba de su vida terrena, y, sobre todo, de su pasión, por la que ha experimentado en su carne inocente todas las arrugas, los sufrimientos, las angustias, las debilidades de la naturaleza humana. Así, a un mismo tiempo, Él se hace Sacerdote y Víctima, y no ofrece en expiación de los pecados de los hombres sangre de toros o de corderos, sino la propia sangre. «Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte». Es un eco de la agonía en Getsemaní: «¡Abba! (Padre): tú lo puedes todo, aparta de mí ese cáliz. Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres» (Mc 14, 36). Obedeciendo a la voluntad del Padre, se entrega a la muerte, y, después de haber saboreado todas sus amarguras, se ve liberado de ellas por la resurrección, convirtiéndose, «para, todos los que obedecen, en autor de salvación eterna» (Heb 5, 9). Obedecer a Cristo Sacerdote y Víctima significa aceptar como Él la cruz, abandonándose con Él a la voluntad del Padre: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (LC 23, 46; Cf Salmo resp.).
Pero a la muerte de Cristo siguió inmediatamente su glorificación. El centurión de guardia exclama: «Realmente, este hombre era justo», y todos los presentes, «habiendo visto lo que ocurría, se volvían, dándose golpes de pecho» (Lc 23, 4748). La Iglesia sigue el mismo itinerario, y tras de haber llorado la muerte del Salvador, estalla en un himno de alabanza y se postra en adoración: «Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos, Por el madero ha venido la alegría al mundo entero», Con los mismos sentimientos, la Liturgia invita a los fieles a nutrirse con la Eucaristía, que, nunca como hoy, resplandece en su realidad de memorial de la muerte del Señor. Resuenan en el corazón las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía» (Lc 22, 19), y las de Pablo: «cada vez que comen de este pan y beben del cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1Cor 11, 26),
Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1; Salmo : Sal 1...
-
“Si no sabes hacia dónde vas, nunca sabrás cuando llegarás” Éxito es una palabra que causa controversia en algunas personas, muchos lo anhel...
-
Estaba participando en un evento del Ministerio Compasión en el Salvador, y una mañana entré al salón de reuniones y pasé por el lado de una...
-
DOMINGO QUINTO DE PASCUA cC (15 de mayo 2022) Primera: Hechos 14, 21b-27; Salmo: Sal 144, 8-13a; Segunda: Apocalipsis 21, 1-5a; Evangelio:...
.jpeg)
.jpeg)

