JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (17 de abril 2025)
Primera: Éxodo 12, 1-8.11-14; Salmo: Sal
115, 12-13.15-16bc.17-18; Segunda: 1Corintios 11, 23-26; Evangelio:
Juan 13, 1-15
Nexo entre las LECTURAS
El Jueves Santo es un canto a la
liberación. En él celebramos la Pascua cristiana: el paso liberador de Dios por
la historia mediante la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo,
conmemorada en la celebración de la Eucaristía (segunda lectura). La Pascua –cristiana–
revive y perfecciona otra pascua, otra liberación, llevada a cabo por Dios
mediante su siervo Moisés: la liberación de los israelitas de la esclavitud
egipcia (primera lectura). El texto evangélico nos sitúa ante una liberación
interior, la liberación de nuestro egoísmo para ser libres, amar y servir a
nuestros hermanos, siguiendo el ejemplo de Jesucristo.
Temas... Sugerencias... (cfr.: San
Pablo VI)
Que ésta sea para nosotros la hora del renacimiento de la gran memoria. Está
presente en nuestra mente todo lo que se dijo, todo lo que se realizó en esta
última Cena nocturna, tan querida por el mismo divino Maestro (Lc 22, 15), en
la víspera de su pasión y de su muerte. Él mismo quiso dar a ese encuentro tal
plenitud de significado, tal riqueza de recuerdos, tal emoción de palabras y de
sentimientos, tal novedad de acciones y de preceptos, que nunca terminaremos de
meditar y explorar. Es una Cena testamentaria; Es una Cena infinitamente
cariñosa (Jn 13,1), inmensamente triste (Ibíd 16,6), y al mismo tiempo
misteriosamente reveladora de promesas divinas, visiones supremas. La muerte se
avecina, con presagios inauditos de traición, abandono, inmolación; la
conversación se apaga inmediatamente, mientras las palabras de Jesús fluyen continuamente,
nuevas, dulcísimas, tendiendo a confidencias supremas, casi flotando entre la
vida y la muerte. El carácter pascual de aquella Cena se intensifica y
evoluciona; la antigua alianza centenaria que allí se reflejaba se transforma y
se convierte en una nueva alianza; el valor sacrificial, liberador y salvador
del cordero inmolado, que da alimento y símbolo a la comida ritual, se explica
y se concentra en una nueva víctima, en una nueva comida; Jesús declara que Él
mismo, su Cuerpo y su Sangre, son el objeto y el sujeto del sacrificio, aquí,
en la mesa, previsto, significado, ofrecido, para ser realizado, consumido,
sufrido en continuidad de intención y acción; hizo alimento para aquellos que
tenían la capacidad y el hambre de la vida eterna. De aquella Cena de
despedida, dolorosa y amorosa, brota el sacrificio eucarístico; lo sabemos y
estamos deslumbrados por ello; Pero he aquí una sorpresa extrema, una que para
nosotros, esta noche, forma el punto focal de nuestra atracción y de nuestra
compasión; ¿Quién hubiera podido imaginar una palabra tan sintética y
perpetuadora saliendo de los labios del Maestro, ahora candidato a la muerte, y
a ser Él el verdadero, el único cordero pascual: «Hagan esto en memoria mía»?
(1 Corintios 11,24)
Estamos en este momento cumpliendo esta palabra del Señor. Siempre,
celebrando la Misa, renovando el sacrificio eucarístico, repetimos aquella
palabra, que asocia la institución del sacramento de la presencia inmolada de
Cristo, es decir, la Eucaristía, a la institución de otro sacramento, el del
sacerdocio ministerial, mediante el cual el «memorial» de la Última Cena y del
sacrificio de la cruz no es simplemente nuestro acto de memoria religiosa (como
quieren algunos disidentes), sino que es una “anamnesis misteriosa”, eficaz,
real de lo que Jesús realizó en la Cena y en el Calvario; es decir, el reflejo
fiel de su sacrificio único, con misteriosa victoria sobre las distancias del
tiempo y del espacio, y con la prodigiosa y renovada coincidencia de nuestra
Misa con la presencia y acción del divino Cordero Eucarístico, reinando
glorioso a la diestra del Padre, pero para nosotros, en la historia presente,
verdaderamente representado en su acción sacrificial y redentora.
¡Misterio de fe! También nosotros lo sabemos y lo adoramos y lo
contemplamos siempre, con fervor inagotable: reavivaremos su fuego en la fiesta
del «Cuerpo y Sangre de Cristo». Pero ahora estamos en camino desde este
descubrimiento, porque tal nos parece siempre la consideración del Sacerdocio
católico, del poder conferido a un ministerio humano para renovar, perpetuar,
difundir el misterio eucarístico.
Podemos decir
dos cosas inmediatamente: que en la ofrenda de la Eucaristía participa y es
activo todo el Pueblo de Dios, creyentes y fieles, revestido como está de un
«sacerdocio real», como escribe el apóstol Pedro (1 Pe 2, 5 y 9) y como
felizmente ha reafirmado el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium , 10); y como
tal hoy, Jueves Santo, está particularmente invitado a alegrarse por la
institución de la Eucaristía, a exaltar sus infinitos tesoros divinos de amor y
de sabiduría, y a participar en ella precisamente respondiendo a la intención
difusiva y multiplicadora que Cristo, y con él la Iglesia, han querido
caracterizar este sublime misterio del Pan eucarístico puesto a disposición de
todos. Y, en segundo lugar, recordaremos que la distinción esencial entre el
Sacerdocio ministerial y el Sacerdocio común no se concibe como un privilegio,
que separa al Sacerdote de los fieles cristianos laicos, sino como un
ministerio, un servicio que el primero debe rendir a los segundos, un carácter,
sí, enteramente propio de quien es elegido para actuar como ministro sacerdotal
del Pueblo de Dios, pero intencionadamente social, o mejor, capacitado para la
caridad, dispensador amoroso de los misterios de Dios (Cf. 1 Cor . 4,1; 2 Cor .
6,4; cf. M. DE LA TAILLE, Mysterium Fidei , p. 327 ss.).
Es nuestro deber reafirmar en la consciente plenitud de este momento
sagrado es el misterio de nuestro Sacerdocio Católico, que está
junto al Sacerdocio Eucarístico, y se entrelaza y se confunde con él. Debe
surgir espontáneamente en nuestro corazón una alegría inefable por la comunión
específica que nos une hoy a todos nuestros hermanos en el sacerdocio y al
santo pueblo de Dios que se beneficia con nuestra entrega. ¿Quién más que
nosotros, Sacerdotes, podemos decir con auténtica y mística realidad: «Ya no
vivo yo, sino que Cristo vive en mí»? (Gal 2, 20) ¿Qué mayor caridad podría
manifestar Jesucristo hacia nosotros que llamándonos, a todos y cada uno, sus
amigos (Jn 15, 14; 15, 15) y transfiriendo a cada uno de nosotros el poder
prodigioso de consagrar la Eucaristía? ¿Podría habernos dado mayores pruebas de
confianza? ¿Y cómo podríamos cuestionar nuestra elección por un ministerio así,
cuando debemos recordar que surge de su iniciativa preferencial (cf. Jn 15,16),
en el encuentro con nuestra respuesta personal, libre y amorosa? ¿No deberíamos
–tal vez– hacer nuestra una respuesta sencilla pero estupenda aunque estemos
sacudidos, como tantos, por las inquietudes y las dudas de las protestas
típicas de nuestro tiempo: diciendo con nuestra vida y nuestras palabras: “Soy
feliz”?
Sí: hoy debemos
dar gracias al Señor por haber instituido este divino y misterioso
Sacramento, la Eucaristía; y todos debemos añadir a su gloria y a
nuestro consuelo: somos felices de que, junto a ella, la
Eucaristía, para hacerla actual, multiplicarla y difundirla, tú, Señor, hayas
comunicado a algunas personas elegidas y responsables, en tu Iglesia, tu santo
y maravilloso Sacerdocio. ¡Que ésta sea nuestra expresión espiritual para
este Jueves Santo!

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