VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (18 de abril 2025)
Primera: Isaías 52,13 – 53,12; Salmo: Sal
30, 2.6.12-13.15-16.17.25; Segunda: Hebreos 4, 14-16; 5,7-9 Evangelio: Juan 18,
1 – 19, 42
Nexo entre las
LECTURAS
Las grandes lecturas de la liturgia de hoy giran en torno al misterio
central de la cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar
adecuadamente. Pero las tres
aproximaciones bíblicas tienen algo en común: que el milagro inagotable
e inefable de la cruz se ha realizado «por nosotros». El siervo de Dios de la
primera lectura ha sido ultrajado por
nosotros, por su pueblo; el sumo sacerdote de la segunda lectura, a gritos y
con lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo
como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el autor de la salvación; y el rey de los
judíos, tal y como lo describe la pasión según san Juan, ha «cumplido» por nosotros todo lo que exigía
la Escritura, para finalmente, con la sangre y
el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la
salvación del mundo.
Temas... Sugerencias...
(Cfr.: San Pablo VI)
Acabamos de contemplar/escuchar devotamente la
Pasión del Señor en el SEÑOR. Queremos creer que todos hemos intuido su
profundidad y riqueza.
Ahora extenderemos una mirada a la irradiación
de esta Pasión, única y típica, centro de los destinos humanos, en la humanidad
misma. Es el faro que ilumina al mundo: LA CRUZ ES LA LUZ.
Uno de estos aspectos
es el sufrimiento humano. Está iluminado de un
modo bien conocido, pero siempre singular, a la luz de la cruz el dolor
(podríamos señalar todas las miserias, toda la pobreza, todas las enfermedades
y hasta todas las debilidades, es decir, todas las condiciones que hacen una
vida deficiente y necesitada de atenciones), el dolor aparece extrañamente
asimilable a la Pasión de Cristo, como llamado a integrarse con ella, como
constituyendo una condición de favor respecto a la redención obrada por la Cruz
del Señor. El dolor se hace sagrado. Antes –y todavía, para quien se olvida que
es cristiano– el sufrimiento parecía pura desgracia, pura inferioridad, más
digna de desprecio y repugnancia que merecedora de comprensión, de compasión,
de amor. Quien ha dado al dolor del hombre su carácter sobrehumano, objeto de
respeto, de cuidados y de culto, es Cristo doliente, el gran hermano de todos
los pobres, de todos los afligidos. Hay más, Cristo no muestra solamente la
dignidad del dolor, Cristo lanza un llamamiento al dolor. Esta voz, hijos y hermanos,
es la más misteriosa y la más benéfica que ha atravesado la escena de la vida
humana. Cristo invita al dolor a salir de su desesperada inutilidad, a ser,
unido al suyo, fuente positiva de bien, fuente no sólo de las más sublimes
virtudes –desde la paciencia hasta el heroísmo y la sabiduría–, sino también de
capacidad expiadora, redentora, beatificante, propia de la Cruz de Cristo. El
poder salvífico de la Pasión de Cristo puede hacerse universal e inmanente en
nuestros sufrimientos, sí –he ahí la condición– se acepta y soporta en comunión
con sus sufrimientos. La “com–pasión”, de pasiva se hace activa; idealiza y
santifica el dolor humano, lo complementa con el del Redentor (Cfr. Col 1, 24).
Todos, debemos
recordar esta inefable posibilidad. Nuestros
sufrimientos (siempre dignos de cuidados y remedios), se hacen buenos,
preciosos. En el cristiano se inicia un arte extraño y estupendo, de saber
sufrir, hacer que el propio dolor sirva para la redención propia y ajena.
Esta providencialidad del sufrimiento nos hace
pensar en las condiciones, siempre tristes y ofensivas para los ideales
humanos, en que la civilización moderna quisiera inspirarse, en las cuales
todavía se encuentra en gran parte a la Iglesia católica. El cuerpo de Cristo
está crucificado moralmente, pero con saña, todavía hoy, en muchas regiones del
mundo; la Iglesia del silencio es todavía la Iglesia doliente, la Iglesia
paciente, y en ciertos lugares, la Iglesia amordazada. Cristo podría preguntar,
hoy también, a los modernos y hábiles perseguidores: “… ¿por qué me persigues?”
(Hch 9, 4). Es triste para quien es objeto de tales tratos; es indigno para
quienes los practican, aunque se enmascaren de hipocresías legales. Pero
estamos seguros de que estas prolongadas pasiones están fortificadas por la
asistencia divina y consoladas por nuestra com–pasión y la de toda la
fraternidad universal cristiana, y esperarnos que sean precisamente, en virtud
de la cruz de Cristo a la que se ofrecen y por la que sufren, fuente de gracia
para cuantos las padecen, para toda la Iglesia y para todo el mundo.
Y otro aspecto,
reflejo de la cruz de Cristo, sobre la faz de la tierra, es la paz. La paz, que es el bien supremo del orden humano, esa paz que es tanto
más deseable, cuanto más se inclina el mundo a formas de vida interdependientes
y comunitarias, de forma que una infracción de la paz en un punto determinado
repercute sobre todo el sistema organizativo de las naciones; esa paz que se
hace, por tanto, cada vez más necesaria y obligada; esa paz, que los esfuerzos
humanos, aunque muy nobles y dignos de aplauso y de solidaridad, difícilmente
consiguen tutelar en su integridad y sostener con otros medios que no sean el
temor y el interés temporal. La paz de Cristo llueve de lo alto, es decir,
proyecta sobre la tierra y entre los hombres motivos y sentimientos originales
y prodigiosos; lo sabemos, y viene precisamente de Aquel, como escribe San
Pablo, que “por divina complacencia debía recapitular en sí todas las cosas
habiéndolas pacificado con su sangre desde su cruz” (Cfr. Col 1, 20), de forma
que los hombres, divididos y enemigos entre sí fueran “reconciliados en un
cuerpo único por medio de la cruz” (Cfr. Ef 2, 16). Cristo Redentor nos ha
enseñado cómo y por qué los hombres debemos y podemos vivir en la verdadera
paz, y nos la ha conseguido si de verdad queremos.
Deberíamos terminar esta “conmovida y pública adoración”
del Viernes Santo pidiendo a Cristo “nuestra paz” (Ef 2, 14.) la paz para el
mundo. En este momento están presentes a nuestro espíritu, los puntos
geográficos y políticos, donde está herida la paz, donde está amenazada. Enviemos
nuestro pensamiento lleno de buenos augurios a los hombres que se esfuerzan
rectamente por salvar la paz, y para que los hombres sepan mantenerse hermanos
en Cristo enviemos al mundo –y a todos los aquí presentes que oramos y esperamos
(Jubileo)–, la bendición de Dios.
'Solo la misericordia
salvara al mundo'. Gracias, amado Redentor, ¡gracias!

No hay comentarios:
Publicar un comentario