jueves, 11 de enero de 2018

HOMILIA Segundo domingo del TIEMPO ORDINARIO cB (14 de enero 2018)

Segundo domingo del TIEMPO ORDINARIO cB (14 de enero 2018)
Primera: 1Samuel 3, 3b-10. 19; Salmo: Sal 39, 2 y 4ab. 7-8. 9. 10; Segunda: 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20;  Evangelio: Juan 1, 35-42
Nexo entre las LECTURAS
En el centro de las lecturas está la llamada o vocación, así iniciamos el tiempo ordinario. Una llamada al seguimiento, es decir, a permanecer con Jesucristo, como los dos discípulos del Evangelio. Una llamada a la que hay que dar una respuesta generosa, como hizo Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha” (primera lectura). Una llamada que implica un desprendimiento, un no pertenecerse a sí mismo, sino a Dios y a su Espíritu; de ahí, la clara conciencia y exigencia de una vida pura, lejos de los desórdenes y de todo aquello que contravenga la pertenencia al Señor (segunda lectura). Una llamada a formar parte del ‘difícil y apasionado’ catecismo discipular de Jesús. PIDAMOS el auxilio de la gracia para responder con prontitud y fidelidad como nos lo muestra el Salmista: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
Temas...
La llamada. En el origen de la concepción cristiana de la vida está la realidad de una llamada. Dios que llama a la existencia, a la fe cristiana, a la vida laical, consagrada o sacerdotal, al encuentro feliz con Él en la eternidad. Esta llamada implica ya en sí la conciencia de que el hombre no es absolutamente autónomo. Depende de Alguien que pronuncia su nombre, le llama y lo ama. En el origen mismo de la existencia está el amor  misericordioso de Dios y el llamado de Dios… y el mismo desarrollo de la vida no será sino el de las llamadas divinas. Todo hombre, varón y mujer, es "llamado", y en la correcta respuesta a la llamada se juega su identidad, su realización personal, y su felicidad temporal y eterna.
Un lugar y un modo de llamar. Cada vocación es irrepetible en el tiempo, en el espacio y en el modo. No somos los hombres los que determinamos estas circunstancias, sino el mismo Dios que llama. Dios puede llamar a los niños (Samuel), jóvenes (san Juan) y mayores (san Pedro), sin que tengamos que buscar explicaciones que nos distraigan de lo esencial, que es: la llamada y la urgencia de la respuesta fiel: ¿por qué me llamaste tan temprano? o ¿por qué tan tarde? El lugar, la manera y el momento es Dios quien lo elige: En la escuela, en casa, en una salida con amigos, en una Iglesia, en un servicio a los necesitados, en un momento de distracción y diversión. Y te llama a amar y servir en esta vida y gozar de Él después de santa muerte.
Algunos aspectos del llamado. El primer paso de la llamada es la búsqueda que el mismo Dios siembra en el corazón del hombre. La inquietud, que entraña la búsqueda, surge espontánea en el hombre, pero es Dios quien la ha puesto, como paso previo de la vocación de especial consagración o servicio. Así la llamada divina aparece, a los ojos del hombre, como una desembocadura de su inquietud y de su búsqueda. A los dos discípulos que iban tras él, junto a la ribera del Jordán, Jesucristo les pregunta: ¿Qué buscan? No buscarían si Dios no hubiese puesto en ellos el deseo de buscar, pero la búsqueda misma es algo personal, intransferible; es ya una primera respuesta.
Dios no llama, al menos de modo ordinario, por vía directa, sino a través de las mediaciones humanas. Elí fue el mediador entre Dios y Samuel, Juan Bautista lo fue entre Jesús y los primeros discípulos. Para el cristiano, la Iglesia, que es el "lugar" de la salvación, es también el lugar de la "mediación"; es en ella y a través de ella que Dios continúa llamando a los hombres. Dios no está atado a una manera ni a mediaciones.
La respuesta afirmativa a la llamada de Dios incluye un dejar lo que se tiene para ir a lo nuevo, abandonar un lugar para ir a otro, cambiar la manera de vivir por una nueva. Es empezar a vivir, de manera evangélica, la pobreza, la castidad y la obediencia. En este proceso el hombre no se "enajena", no sufre una alienación de su personalidad. Al contrario, alcanza el máximo grado de identidad y de autorrealización al responder en plena conciencia y libertad a la voz divina. Así, los santos, son plenamente hombres (varones y mujeres) como expresa el Papa Francisco en Evangelii Gaudium y lo reafirma, de manera especial, en muchos de sus viajes.
Respuesta al llamado. Cuando alguien llama hay que dar una respuesta. Usando nuestras palabras, la respuesta puede ser: positiva, negativa, neutra e indiferente. Lo que no se puede hacer es dejar la llamada sin respuesta. Cuando Jesús llama a los dos discípulos, les dice: "Vengan y vean", éstos ¿qué hicieron? "Se fueron con Él, vieron dónde vivía y pasaron con Él aquel día". Y cuando Samuel se entera de que es Dios que le llama, no duda en responder: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. El hombre es libre para dar la respuesta.
Sugerencias...
Respuestas audaces (dice Aparecida). En nuestro mundo, ambiente, Dios continúa llamando a la vida, al servicio, al sacerdocio, a la vida consagrada… Hoy se constata un descenso muy notable en el número de respuestas ‘afirmativas’ y, consiguientemente, en el número de vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras, enfermeros y médicos cristianos, docentes y profesores, servidores públicos, gobernantes, políticos, empresarios, industriales, aunque en el último decenio la flexión descendente se ha detenido y parece que comienza de nuevo un movimiento ascendente en el número de vocaciones, ayudados por el servicio petrino de san Juan Pablo, Benedicto y Francisco. A veces parece que las vocaciones es cuestión de la que se deben interesar los "de la Iglesia" y para "cosas de la Iglesia", y por eso tarea de los encargados de la "pastoral vocacional". El ambiente en que crecen los jóvenes hoy en día requiere de respuestas audaces y contra corriente, pues frente a la cultura del "ya-todo-para mí" Dios nos llama al "amor y servicio de la entrega de la propia vida". Con la ayuda-oración de todos, la audacia de la respuesta será más sólida y convincente.
El Señor llama a pertenecerle y a estar con Él. Sin una espiritualidad consistente y bien fundada, el llamado cederá fácilmente a los reclamos del mundo y se derrumbará, como un castillo de naipes. Dios, pues, llama ante todo a vivir en el amor a Él, para con Él y desde Él abrir el alma y el corazón a todos. Dios nos llama también al ministerio de la salvación. El discípulo-misionero sirve al hombre, proponiéndole la salvación de Dios. Aquí está nuestra propuesta específica.
Nuestra Señora del SI, ruega por nosotros.
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miércoles, 3 de enero de 2018

HOMILIA EL BAUTISMO del SEÑOR. Ciclo B. (07 de enero de 2018)

EL BAUTISMO del SEÑOR. Ciclo B. (07 de enero de 2018)
Primera: Isaías 55, 1-11; Salmo: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Segunda: 1Juan 5, 1-9;  Evangelio: Marcos 1, 7-11

Nexo entre las LECTURAS
El tema que da unidad a los textos de hoy no es tanto el acto del bautismo como la unión entre agua y salvación. El agua es el símbolo de la gracia gratuitamente otorgada, purificante y refrescante a la vez. En el banquete de alianza entre Dios y los hombres, imaginado por Isaías, no puede faltar el agua, al lado de otras bebidas (primera lectura). San Juan en su primera carta nos dice que "Jesucristo vino con el agua y con la sangre" y que "tres son los que dan testimonio de Jesucristo: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo" (segunda lectura). En el evangelio, después de que Jesús, bautizado por Juan, salió del agua, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma. El agua es la realidad más presente en todos los textos, el agua con toda su riqueza simbólica y con los demás elementos que la acompañan y completan.
Temas...
El hombre, sediento de Dios. El hombre es un ser naturalmente sediento: sediento de gozo y felicidad, sediento de justicia y de paz, sediento de eternidad, sediento de Dios. "El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha de no cesar de buscar" (Catecismo 27). Esta sed de Dios solo Dios la puede apagar. Por eso, Dios, a través de Isaías, invita y exhorta a los hombres: "Vengan por agua todos los sedientos... presten atención, vengan a mí; escúchenme y vivirán" (primera lectura).
El agua y Jesús. El agua que apaga la sed del hombre es el agua del bautismo. Jesús, hombre perfecto, quiso sumergirse en las aguas de purificación, no por ser Él pecador, sino por cargar con el pecado del mundo. Al agua -sumergiéndose en el Jordán- Cristo, simbólicamente le dio el poder para purificar por el Bautismo, por eso se sumerge el Cirio -en la pila bautismal- en la Liturgia de la Vigilia Pascual. Así la sed de santidad que todo hombre tiene comienza a satisfacerse con el agua del bautismo y busca saciarse con el agua del Espíritu                 -Confirmación- (cfr Jn 7, 38), a través de una existencia espiritual, es decir, guiada y promovida por el Espíritu de Dios.
El agua y la sangre. ¿Basta el agua para apagar la sed? En la existencia cristiana, se muestra que no y se añade la sangre. La sangre que, junto con el agua, brotó del costado de Cristo (Jn. 19, 34). Del costado de Cristo, atravesado por una lanza, manaron, nos dirán los Padres de la Iglesia, dos sacramentos: el Bautismo y la Eucaristía. Ellos forman, junto con la Confirmación, los sacramentos de la iniciación cristiana. Ahora ya no sólo el hombre tiene sed de Dios, sino que tiene sed del Dios revelado en Jesucristo, "imagen perfecta de su ser" (Heb 1,3). "Beban todos de ella (la copa), porque ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados" (Mt 26, 28).
El agua, la sangre y el Espíritu. "Los tres están de acuerdo" (segunda lectura). ¿En qué consiste este acuerdo?: en revelar el amor de Dios que se nos ha hecho visible en Cristo Jesús. En efecto, el agua (bautismo de Jesús) y la sangre (crucifixión de Jesús) manifiestan que la humanidad de Jesús es una humanidad verdadera, contra toda idealización platónica o toda manipulación gnóstica. El Espíritu, por su parte, que viene del Cielo, revela que ese Jesús, enteramente hombre, es el Hijo en que Dios tiene todas sus complacencias. ¿En qué consiste este acuerdo?: consiste además en que el Espíritu es quien da eficacia al agua para purificar del pecado y a la sangre para saciar la sed de redención. "El Misterio de salvación se hace presente en la Iglesia por el poder del Espíritu Santo" (Catecismo 1111) y "la misión del Espíritu Santo es hacer presente y actualizar la obra salvífica de Cristo con su poder transformador" (Catecismo 1112).
Sugerencias...
La espiritualidad bautismal. Por el bautismo, el cristiano se ha revestido de Cristo, imagen y prototipo del hombre nuevo, creado a imagen de Dios, y tiene delante de sí la tarea de hacerlo crecer hasta la plena madurez interior. La verdadera novedad abarca a todo el hombre, pero radica especialmente en el corazón, un corazón nuevo capaz de conocer, amar y servir a Dios con espíritu filial, y de amar a los hombres y a las cosas de Dios. Esta es la tarea inaplazable, fundamental y permanente de toda vida cristiana, en todo estado, en toda época y situación. A partir de este nuevo modo de ser, vivido conscientemente por acción del Espíritu Santo, el hombre nuevo imprime a su vida un dinamismo interior orientado a desarrollar los rasgos de su conducta religiosa y moral, en conformidad con su modelo “Jesucristo”, y mediante la purificación incesante de sus pasiones desordenadas: sensualidad, soberbia, banalidad, deseo de bienes superfluos y conversaciones estériles que hacen daño al hombre y perjudican la humanidad (Papa Francisco, 01 de ene 2018).
La edificación, día tras día, de este hombre nuevo es la misión del cristiano y del apostolado en la Iglesia. De aquí que sea necesario meditar asiduamente en la riqueza y hondura del don del bautismo y del compromiso que conlleva, una meditación individual y comunitaria. Porque "todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo y madura en la Confirmación, ya que nos hace capaces de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo y servirlo; nos concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo; nos permite crecer en el bien mediante las virtudes morales" (cfr Catecismo 1266). ¿Tenemos los cristianos suficiente conciencia de la espiritualidad bautismal? ¿Cómo deberíamos vivir para hacer crecer esta espiritualidad en cada uno y en los demás?

 Puede ayudar también...

- En el evangelio de hoy se describe el bautismo del Señor: el cielo se rasga tras su participación obediente en el bautismo con agua al final de la Antigua Alianza, el Espíritu desciende sobre el bautizado y el Padre declara que Jesús es su Hijo amado, su preferido, arquetipo de todos los cristianos que recibirán después el bautismo: todos ellos recibirán el Espíritu de lo alto y nacerán a una nueva vida como hijos de Dios. El agua terrenal no se convertirá por ello en algo superfluo, sino que quedará integrado en el acontecimiento trinitario del bautismo de Jesús. Lo que hasta ahora era un símbolo, se convertirá en lo sucesivo en parte de un sacramento, e incluso en una parte indispensable para todo el que quiera «nacer del agua y el Espíritu» (Jn 3,5) para participar en la vida divina. Esto es así porque el Hijo hecho hombre se sumerge en la historia de la salvación e integra los antiguos signos de esta historia -como la travesía salvífica del arca de Noé por en medio del agua del diluvio (1 P 3,2Os), el paso de los israelitas a través del Mar Rojo (1 Co 10,1-2) y finalmente el bautismo de Juan- en el nuevo acontecimiento salvífico de la Trinidad divina.
- En la primera lectura el agua se convierte anticipadamente en imagen de la gracia dispensada desde lo alto, sin la que tanto la tierra como el corazón sediento del hombre se quedarían resecos. «¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también!». Todo lo que se compra con dinero «no alimenta» ni «da hartura». Con Dios no hay trueque que valga, simplemente hay que aceptar sus dones, que se comparan a la «lluvia» que baja del cielo y sin la que nada germina ni da pan sobre la tierra (v. 10). Sólo lo que ha sido impregnado por Dios es capaz de restituir a Dios, en la lluvia enviada por Él, el fruto deseado: en la palabra de Dios podemos hablarle, en su Espíritu podemos renacer para Él.
- Pero… la segunda lectura no se conforma con «Espíritu y agua», sino que necesita como tercer elemento la sangre, esa sangre que junto con el agua fluye del costado traspasado de Cristo. Jesús, que en el bautismo es reconocido por el Padre como su Hijo amado y preferido, es también el elegido para la cruz, el que tendrá que cumplir en ella toda la voluntad del Dios trinitario. Ahora los «tres: El Espíritu, el agua y la sangre» se han convertido en un único «testimonio de su Hijo». Todo bautizado tiene que comprender que debe su filiación divina a esta unidad de agua y sangre de Cristo; el que entra en la vida de Cristo con el bautismo, tendrá que acompañarle de alguna manera hasta el final, para dar testimonio «junto con el Espíritu» (Jn 15,26-27) de la fe en Cristo.

HOMILIA Solemnidad de la EPIFANÍA del SEÑOR. (6 de enero de 2018)



Nexo entre las LECTURAS
La luz de Cristo brilla de modo singular en los textos de la Epifanía. El tercer Isaías canta, bajo el símbolo de la luz, el triunfo y la centralidad de Jerusalén en el concierto de las naciones (primera lectura). La luz de Jerusalén es profecía, mira hacia una persona que será la luz de las naciones y la gloria de Israel (cf. Lc 2, 32). El evangelio nos narra la historia de unos "magos" que llegaron a Jerusalén porque habían visto en oriente la estrella del rey de los judíos y venían a adorarlo (evangelio). Y san Pablo en la carta a los efesios afirma que el misterio de Cristo ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas (segunda lectura); misterio de Cristo que consiste en ser luz y gloria de la humanidad.
Temas...
Cristo, luz universal. Es una verdad de nuestra fe que "Uno ha muerto por todos" y "que nadie más que Él puede salvarnos" (Hch 4,12). Este misterio salvífico de la muerte de Cristo (de su vida y de su resurrección) ilumina con su resplandor a la humanidad en su totalidad, sin exclusión alguna. Dice bellamente el catecismo: "La llegada de los magos a Jerusalén para 'rendir homenaje al rey de los judíos' (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David (cf Núm 24, 17; Ap 22, 16), al que será el rey de las naciones (cf Núm 24, 17-19)" (Catecismo 528). Los Padres del Concilio Vaticano II comenzaron la Constitución dogmática sobre la Iglesia con estas palabras: "Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo (...) desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas" (LG 1). Esta verdad forma parte del patrimonio perenne de la Iglesia y fundamenta su razón misma de ser en el mundo.
Cristo, misterio de Dios. La universalidad salvífica de Cristo no consta en los anales de la historia humana ni es deducible mediante estudios historiográficos profundos ni resulta del esfuerzo de penetración de una mente extraordinaria y sin igual. San Pablo, que tuvo que enfrentarse en primera persona con esta realidad y luego defenderla frente a los adversarios, quedó convencido íntimamente -y así nos lo dejó escrito- que está de por medio "un misterio", el cuál consiste en que todos los pueblos comparten la misma herencia, son miembros de un mismo cuerpo y participan de la misma promesa hecha por Cristo Jesús a través del evangelio (cfr.: Ef 3, 6). Un misterio de Dios y lo por tanto sólo Dios puede revelar y en el modo previsto por su providencia. A los magos el misterio se les reveló por medio de una estrella; a Pablo mediante la visión y experiencia de Cristo en el camino hacia Damasco. A nosotros, cada día en la oración y en la caridad y en la Misa Dominical.
A este Niño, Luz universal envuelta en el misterio de Dios, sentido y plenitud de la humana existencia (así fue para los magos, así fue para Pablo, así debe ser para todo hombre), debemos adorarlo y ofrecerle nuestros regalos, como hicieron los magos; tenemos que consagrarle nuestra vida, como hizo Pablo de Tarso. Sumisión y ofrecimiento, obediencia a la voluntad divina y donación es la manera de vivir del discípulo-misionero que acoge, con amor y gozo, el misterio de Cristo.
Sugerencias...
Cristiano, adora a Dios. Existe en el hombre una tendencia innata a "adorar", es decir, a someterse sumisamente a alguien o a algo que da razón de su existir. En la Biblia, especialmente en el Antiguo Testamento, se mencionan con frecuencia a los ídolos y se previene contra ellos. "No te harás ídolos... No te postrarás ante ellos ni les darás culto" (Dt 5, 8-9). "Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, tienen boca y no hablan... son como dioses que no pueden salvar". Esos ídolos pueden ser realidades materiales que con su poder encandilan la mirada del hombre y atraen su corazón, ídolos realmente numerosos y potentes; pueden ser también personas que, con su gracia y encanto, seducen y enajenan los pensamientos y el corazón de los hombres; el ídolo puedo ser yo para mí (mismo), haciendo del yo un sujeto adorante y adorado en un narcisismo inmaduro y cegador. Frente a los ídolos, el cristiano oye la voz de la Iglesia y de la conciencia que le dice: "Adora a Dios", el único Dios verdadero, el Dios vivo y fuente de vida. Sólo Él merece adoración, obediencia, entrega. Sólo Él te respeta sin avasallarte, sólo Él te libera de cualquier ídolo dentro o fuera de ti. Como enseña el catecismo: "La adoración del único Dios libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo" (Catecismo 2097).
Cristo y las religiones. Los magos del oriente no vinieron a Belén a convertirse a una nueva religión, sino a adorar al Rey de los judíos. Nada sabemos históricamente de ellos, después de este encuentro con el Niño Jesús, sino que "se fueron por otro camino". El hecho es que simbolizan las grandes religiones del oriente que adoran a Jesucristo, reconociendo en Él una "persona" importante capaz de hacer girar el eje de la historia, pero no necesariamente al Hijo de Dios. La figura de los magos no ha cesado de prolongarse en los siglos venideros del cristianismo, y hoy incluye a todos los no cristianos que buscan, en el claroscuro de sus creencias religiosas (san Juan de la Cruz), al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo. La actitud de dialogo (diálogo doctrinal, pero también ético y espiritual) con los no cristianos responde al designio de Dios, y es cada vez más apremiante no sólo en Oriente sino también en Occidente, dada la intensa emigración y el fenómeno de la movilidad humana y el llamado de Dios a todos (Papa Francisco). Este diálogo será fructuoso si el cristiano está firmemente asentado en su fe y busca con sinceridad discernir las "semillas del Verbo".




Puede ayudar…
- El evangelio describe la llegada de los astrólogos paganos que han visto salir la estrella de la salvación y la han seguido. Dios les ha dirigido una palabra mediante una estrella insólita en medio de sus constelaciones habituales; y esta palabra les ha sobresaltado y les ha hecho aguzar el oído, mientras que Israel, acostumbrado a la palabra de Dios, ha cerrado sus oídos a las palabras de la revelación: no quiere que nada turbe el curso habitual de sus dinastías (lo mismo suele ocurrir en la Iglesia, cuando se siente molesta por el mensaje inesperado de un santo y o del Magisterio). La pregunta “ingenua” de estos extranjeros: «¿Dónde está el Rey que ha nacido?», provoca desazón e incluso susto. La consecuencia será, en el caso de Herodes, un plan criminal secreta y arteramente urdido; pero los Magos, guiados por la estrella, consiguen su meta: rinden homenaje al Niño y, conducidos por la providencia divina, evitan a Herodes, volviendo a su tierra por otro camino. El acontecimiento es claramente simbólico: anuncia y preludia la elección de los paganos; más de una vez, Jesús encontrará en ellos una fe más grande que en Israel. A menudo son los conversos (raramente deseados) los que abren caminos nuevos y fecundos a la Iglesia (cfr. Hch 9, 26-3O).
- Isaías (en la primera lectura) exhorta a Jerusalén a brillar, ahora que no quiere reconocer a su salvador, «porque llega tu luz». Jerusalén no tiene luz en sí misma, aunque ella crea que la tiene: debe ver a los pueblos y a los reyes venir con sus tesoros, pero no a ella, sino a su luz. Sólo a esta luz podrá reunirse de nuevo a sí misma y salir de su fatal diáspora, pero no cerrándose ya a los pueblos que le traen «los tesoros del mar» desde los países más remotos, sino únicamente uniéndose con ellos. La multitud que así se congregará será un nuevo pueblo, el «Israel de Dios», y por este motivo Israel debería estar radiante de alegría y «ensanchar su corazón». Ahora vienen todos de Sabá, pero no como cuando la reina de Sabá vino a Jerusalén para ver la sabiduría de Salomón; ahora se trata realmente de un pueblo de Dios elegido entre todos los pueblos de la tierra y representado por los primeros en venir: unos Magos que han seguido la luz y han rendido homenaje y adorado al Niño.
- En el fondo Israel tendría que haber presentido algo del «Mysterium» que ahora se revela a Pablo (en la segunda lectura): que el viejo Israel va a abrirse a todos los pueblos, que éstos son también «partícipes de la promesa en Jesucristo» y «coherederos» junto con Israel. Pero, a pesar del anuncio hecho por Dios a Abrahán, de que los pueblos serían bendecidos en Él, Israel no ha comprendido la promesa e incluso ha rechazado «al rey de los judíos que acaba de nacer»; únicamente por el «Espíritu Santo» se reveló a los «apóstoles» y a los «profetas» del Nuevo Testamento que la antigua promesa hecha a Abrahán y la alianza de Noé -más antigua todavía- con la creación se ha cumplido en este recién nacido. Sólo la Iglesia de Cristo ve la estrella que de Él sale y cómo su epifanía brilla sobre el mundo entero.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

HOMILIA SANTA MARÍA, MADRE de DIOS. Solemnidad. (01 de enero 2018)



SANTA MARÍA, MADRE de DIOS. Solemnidad. (01 de enero 2018)
Primera: Números 6, 22-27; Salmo: Sal 66, 2-3. 5-6. 8; Segunda: Gálatas 4,4-7; Evangeli
o: Lc 2, 16-21
Nexo entre las LECTURAS
La "MUJER" es el centro de atención de la Liturgia. Particularmente la mujer como madre. Y esa mujer y esa madre es María. San Pablo en su carta a los gálatas dice de Jesucristo: “nacido de mujer, nacido bajo la ley” (segunda lectura), para indicarnos que como hombre-Dios necesariamente ha tenido que tener una madre. La bendición litúrgica de la primera lectura parece que fue escrita dirigida a María madre: “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor te muestre su rostro y te dé la paz”. Aunque también podemos decir que esa bendición es el deseo para el año 2018, en la realidad de sus horas, días, semanas y meses: ‘que el Señor te bendiga... año del Señor 2018’.
Tengamos presente el mensaje del Papa con ocasión de la 51 Jornada mundial de la paz. El lema es: Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz. Las palabras de san Juan Pablo II nos alientan: «Si son muchos los que comparten el “sueño” de un mundo en paz, y si se valora la aportación de los migrantes y los refugiados, la humanidad puede transformarse cada vez más en familia de todos, y nuestra tierra verdaderamente en “casa común”». A lo largo de la historia, muchos han creído en este «sueño» y los que lo han realizado dan testimonio de que no se trata de una utopía irrealizable.
Temas...
Mujer y Madre de Dios. “Nacido de mujer” es Jesús. Mujer, con toda su feminidad, es María, la nueva Eva, origen y espejo de toda mujer redimida. Jesús es el Verbo de Dios, y María es la Madre de Dios, la Mujer. Dios, en su inmensa sabiduría, ha querido vivir la experiencia de tener una madre, de mirarse en la ternura de sus ojos, de acunarse en sus brazos y de ser estrechado en su regazo. Para ser Madre de Dios, María no tuvo que renunciar o dejar al margen nada de su feminidad, al contrario, la tuvo que realizar en nobleza y plenitud, santificada como fue por la acción del Espíritu Santo. Al nacer de una mujer Dios ha enaltecido y llevado a perfección "el genio femenino" (San Juan Pablo II) y la dignidad de la mujer y de la madre. La Iglesia, al celebrar el uno de enero la maternidad divina de María reconoce gozosa que María es también madre suya, que a lo largo de los días y los meses del año engendra nuevos hijos para Dios.
Además, como dijo el Papa Francisco en la Nochebuena de 2017: En los pasos de José y María se esconden tantos pasos. Vemos las huellas de familias enteras que hoy se ven obligadas a marchar. Vemos las huellas de millones de personas que no eligen irse, sino que son obligados a separarse de los suyos, que son expulsados de su tierra. En muchos de los casos esa marcha está cargada de esperanza, cargada de futuro; en muchos otros, esa marcha tiene solo un nombre: sobrevivencia. Sobrevivir a los Herodes de turno que para imponer su poder y acrecentar sus riquezas no tienen ningún problema en cobrar sangre inocente. María y José, los que no tenían lugar, son los primeros en abrazar a aquel que viene a darnos carta de ciudadanía a todos. Aquel que en su pobreza y pequeñez denuncia y manifiesta que el verdadero poder y la auténtica libertad es la que cubre y socorre la fragilidad del más débil.
Madre, bendición y memoria. En el designio de Dios, como a María, se puede decir a toda mujer-madre: "Bendito el fruto de tu vientre". Una bendición primeramente para la misma mujer y bendición para el matrimonio, en el que el hijo favorece la unidad, la entrega, la felicidad. Bendición para la Iglesia, que ve acrecentar el número de sus hijos y la familia de Dios. Bendición para la sociedad, que se verá enriquecida con la aportación de nuevos ciudadanos al servicio del bien común.
La maternidad es también memoria. "María hacía 'memoria' de todas esas cosas en su corazón" (evangelio). Memoria no tanto de sí misma, cuanto del Hijo, sobre todo de los primeros años de su vida en que dependía humanamente de ella. Memoria que agradece a Dios el don inapreciable del Hijo y toda madre de sus hijos. Memoria que reflexiona y medita las mil y variadas maneras de crecer y vivir que tienen los hijos. Memoria que hace sufrir y llorar, que consuela, alegra y enternece. Memoria serena y luminosa, que recupera retazos significativos del pasado para bendecir a Dios y cantar, como María, un "magníficat".
Sugerencias...
Hace pocos días hemos adorado la presencia del Verbo encarnado en el humilde pesebre de Belén. Ahora la Iglesia nos invita a dirigir la mirada llena de asombro a la otra persona magnífica del pesebre que es la Madre de Jesús, Dios hecho carne.
La Madre nos acompaña siempre hacia su Hijo y nunca nos aleja de Él (a Cristo por María). El Concilio Ecuménico Vaticano II lo ha dicho con estas palabras: “Todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo” (Lumen Gentium, n. 60). La Madre de Dios, con su pureza virginal, representa y defiende también la pureza de la doctrina cristiana. En el Breviario y en la “forma extraordinaria” (o rito antiguo) del Misal se encuentra la hermosa antífona mariana «Alégrate, Virgen María, tú sola has destruido todas las herejías del mundo entero».
Los primeros dogmas, que se refieren a la virginidad perpetua y a la maternidad divina, y también los últimos (Inmaculada Concepción y Asunción corporal al Cielo), son la base segura para la fe cristiana en la encarnación del Hijo de Dios. Pero también la fe en el Dios vivo, que puede intervenir en el mundo y en la materia, así como la fe en las realidades últimas (resurrección de la carne y, en consecuencia, la transfiguración del mismo mundo material) está confesada implícitamente en el reconocimiento de los dogmas marianos.
No es posible ser cristiano si no se es fuertemente mariano. En este día la Iglesia reza especialmente por la paz. Y es justamente a la siempre Virgen Madre de Dios a quienes se dirigen los fieles para obtener del Señor, a través de su intercesión, el don de la paz, para la Iglesia y para el mundo.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.

Misa de La SAGRADA FAMILIA. Fiesta. cB (31 de diciembre 2017)




Primera: Génesis 15, 1-6; 17, 5; 21, 1-3; Salmo: Sal 104, 1b-6. 8-9; Segunda: Hebreos 11, 8. 11-12. 17-19; Evangelio: Lucas 2, 22-40
Nexo entre las LECTURAS
Podemos rezar, como tema central de este Domingo, la fe y la familia. La primera lectura trata de la fe de Abraham, una fe inquebrantable, probada. Esta misma fe es objeto de la segunda lectura en la que el autor de la carta a los Hebreos nos hace una verdadera ponderación de los grandes hombres de fe en la historia de la salvación. Finalmente, el evangelio resalta la fe de la Virgen María, al escuchar las palabras que Simeón dirige a su niño: ‘gloria de Israel y luz de las naciones’, y a ella: “Una espada te atravesará el alma”.
Temas...
Fe en el Dios de la promesa, de la prueba y del cumplimiento. “Por la fe Abraham (…) se fió del que se lo había prometido” (Heb 11, 8.11). Dios promete a Abraham tierra y descendencia, y Abraham, fiado de Dios, no duda un instante en dejar su patria y en esperar lo humanamente imposible (primera lectura). María y José contemplan a Simeón que tiene en sus manos a su hijito, el Niño Dios, y dice de Él cosas maravillosas y sorprendentes. Pero María es mujer de fe, es la madre de los creyentes, y no admite la más mínima duda sobre el destino y la misión grandiosa de su Hijo, en ese momento ‘Niño pequeño y necesitado’: gloria de Israel y luz de las naciones. Comprendemos en el caso de Abraham y de la Virgen María que “no hay imposible para Dios” y que ‘todo es posible para el que tiene fe’. Las promesas de Dios no han terminado con aquellas familias. Las promesas de Dios continúan, son presente: la gran promesa de la salvación, la promesa de unos cielos nuevos y una tierra nueva en donde reine la justicia... Nosotros, creyentes, ¿tenemos fe en las promesas de Dios? Así como Dios cumplió la promesa hecha a Abraham y a María, así cumplirá su promesa a los hombres y familias de todos los tiempos.
Dios no ahorra a ningún creyente las pruebas de la fe: La cruz forma parte de la misma ‘lógica’ divina. Una fe no probada, ¿sería fe? Fue probado Abraham, el padre de los creyentes; fueron probados los patriarcas, y Moisés y David, y los profetas...Y fue probada, al llegar la plenitud de los tiempos, la Virgen María. ‘Será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón’. Nuestra fe es probada por Dios como Educador y Padre que quiere afirmar y perfeccionar nuestro abandono total a Él mismo. Ante las pruebas de la fe, la actitud del hombre debe ser la de Abraham, la de María, la de san Pedro, ‘que una vez convertido tiene que confirmar en la fe a sus hermanos’. Podemos hacer mención de la ceguera y lepra del Cura Brochero y de la afonía de san Juan Pablo II…
La familia de la fe. Así como cada familia de sangre puede mostrar su árbol genealógico, existe también la familia de la fe, con su árbol genealógico y con su historia concreta. Tal vez no podamos determinar documentalmente ese árbol ni esa historia, pero existe, es un dato que no se puede cancelar, por más que nos sea desconocido, y lo muestra el autor de la carta a los Hebreos, que  hace desfilar por el capítulo 11 grandes figuras de ese árbol genealógico en la historia de Israel. Cada Iglesia particular y doméstica tiene también su árbol genealógico. Recordemos por ejemplo las primeras: Jerusalén, Antioquía, Galacia, Corinto, Roma. Cada nación y cada Iglesia particular (diócesis) y doméstica, hoy en día se gloría también de su ‘padre en la fe’. La fiesta de la Sagrada Familia hace referencia en primer lugar a cada familia de sangre, pero incluye además esa otra familia de la fe, pues María, la creyente, es Madre de la Iglesia, y José es su patrono especial (León XIII). Podríamos hablar de los anteriores Párrocos de nuestras parroquias, de los matrimonios de antes que pueden ser puestos como modelos de los nuevos… catequistas… religiosas, religiosos… hablemos-recemos de la genealogía de la fe de la Comunidad y de cada uno de nosotros.
Sugerencias...
Los padres en la fe. Los padres de sangre dan la vida, pero no basta; tienen que dar también la fe para ser verdaderamente padres (san Juan Pablo II). La primera escuela de la fe, desde los inicios del cristianismo, ha sido la familia y deberá continuar siéndolo. La familia por la evangelización y la catequesis debe ser escuela de fe. Los padres y los adultos deben ocuparse de la educación religiosa de sus hijos, al menos hasta la mayoría de edad y rezar siempre, por ellos, hasta el fin de sus días para que conserven la fe. En una familia en la que los padres creen, pero no hay coherencia entre la vida y la fe ofrecen un mal modelo creyente a sus hijos. Para los padres cristianos el transmitir la fe no es algo opcional, ni algo que pueden transferir a los maestros del colegio o a los catequistas de la parroquia, ni algo carente de interés frente al estudio de otras materias llamadas o consideradas más importantes. Para los padres cristianos transmitir la fe es inherente al hecho mismo de transmitir la vida. Si todos los padres cristianos transmitieran a sus hijos, de palabra y con el ejemplo, la fe de la Iglesia, algo cambiaría en este mundo... (Beato Pablo VI y san Juan Pablo II).
La Iglesia es familia. Los hombres podemos formarnos imágenes diversas de la Iglesia, que subrayan aspectos reales de ella o secuelas históricas: la Iglesia-institución, la Iglesia-poder, la Iglesia-carisma, la Iglesia-sociedad perfecta, la Iglesia-pueblo... En este día dedicado a la Sagrada Familia es una valiosa oportunidad para subrayar que la Iglesia es familia: familia de Dios entre los hombres, familia de hermanos que se aman y se ayudan mutuamente en su fe y en su vida cristiana, familia herida en su unidad, pero que la busca sincera y ardientemente, familia que tiene una misma fe, un mismo bautismo, un mismo Dios y Padre, un mismo Señor y un mismo Espíritu. Si, somos Iglesia somos familia, por eso vivamos todos, con nuestros comportamientos, actitudes, pensamientos y palabras, el espíritu de familia.

viernes, 22 de diciembre de 2017

HOMILIA MISA DE NAVIDAD

Misa de NAVIDAD (Lunes 25 de diciembre 2017)
Primera: Isaías 52, 7-10; Salmo: Sal 97, 1-6; SegundaHebreos 1,1-6;  Evangelio: Juan 1, 1-18
Nexo entre las LECTURAS
Las lecturas del día de Navidad se centran todas ellas en el "misterio". Se trata primeramente de un misterio escondido en la eternidad de Dios (evangelio), preanunciado y prefigurado por medio de los profetas a lo largo de siglos (primera y segunda lectura), revelado en la "carne" del Verbo (evangelio), testimoniado por Juan el Bautista y por todos los que aceptaron a Jesús, al venir a este mundo (evangelio).
Temas...
Misterio escondido y revelado. “Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios” (Jn). En el ámbito misterioso de lo eterno es la Palabra junto al Padre y al Espíritu. Una Palabra pronunciada, Engendrado no creado, por el Padre de una vez para siempre. Una Palabra sin palabras, Única, definitiva, completa. El Padre, rico en misericordia, quiso que su Palabra comenzara a resonar en la historia y en la vida de los hombres, “muchas veces y de diversos modos por medio de los profetas” (Heb), “mensajeros que anuncian la paz, que traen la buena nueva y proclaman la salvación” y “centinelas que ven con sus propios ojos que el Señor vuelve a Sión” (Isaías). De este modo, al resonar en labios proféticos, la Palabra se hizo múltiple, la Palabra, de alguna manera por Dios querido, vino a ser parcial y limitada, la Palabra definitiva se hizo provisoria. ¡Gran misterio de la Palabra, misterio que culminará en la Encarnación en el seno de María Santísima! ¡Qué abismo de misterio nos revela este acontecimiento imprevisible, inefable, infinitamente gratuito, aunque esperado y ardientemente deseado por la humanidad entera!
Misterio testimoniado y que pide respuesta. “Juan dio testimonio de él”. “La luz resplandece en las tinieblas y las tinieblas no la sofocaron”, la recibieron (cfr. Evangelio). Es el testimonio de quienes han visto y han oído. ¿Qué cosa? O mejor, ¿a quién? Han “visto” y “oído” la Palabra en la carne y en los labios de Jesús de Nazaret. El Espíritu les ha hecho “ver” y “oír” la Buena Nueva, el Evangelio traído del cielo y que conduce al cielo. ¿Qué Evangelio? Jesús es la Luz que con su venida al mundo ilumina a todo hombre; Jesús es la Vida por la que nacemos de Dios y llegamos a ser hijos de Dios; Jesús es la Gracia y la Verdad, que estando en el seno del Padre nos puede revelar y explicar el misterio del Padre (cfr. Evangelio). Jesús es el resplandor de la gloria del Padre e imagen perfecta de su ser (segunda lectura), es decir, plenamente igual al Padre en su ser, en su poder y en su amor.
Este Jesús, que nos llega mediante el testimonio de Juan el Bautista y de los apóstoles y primeros cristianos, interpela a cada uno para que acepte su misterio personal y sea su testigo entre los demás. Ante el misterio de Jesús, hay quienes lo rechazan y quienes lo aceptan, quienes se ponen a su servicio y quienes se desinteresan de Él. La Navidad es magnífica ocasión para que el hombre examine su actitud ante el Niño Dios: ¿Acogida y testimonio, o rechazo e indiferencia?
Sugerencias...
Mensajeros y centinelas. Desde los inicios de la historia de la salvación ha habido mensajeros y centinelas de Dios para anunciar el designio de Dios y proteger a los hombres, especialmente al pueblo de Israel y a la Iglesia, como nuevo Israel, de sus enemigos. Mensajeros para anunciar y proclamar las maravillas de Dios para con los hombres, para con su pueblo. Centinelas para avizorar el horizonte de la historia, prever los movimientos culturales, religiosos, ideológicos, políticos y sociales que van a afectar la vida de los hombres y de los cristianos. Podemos reflexionar: Jesucristo es "la clave, el centro y el fin de toda historia humana" (CIC 450) –Navidad, Pascua, Glorificación–, y por consiguiente de las culturas, religiones, ideologías, política y sociedad. Cada uno estamos llamados a ser mensajero y centinela (discípulo-misionero): mensajero que proclama con su vida y su palabra la conversión y la salvación en Jesucristo, porque en Cristo tenemos vida y vida abundante (Aparecida); centinela que advierte al hombre de las cosas buenas que aportan los movimientos históricos y que le previene y defiende de los peligros que los mismos encierran (Evangelii Gaudium). Al rezar, este 25, podemos preguntarnos –como hizo el Papa en Roma–: ¿eres mensajero y centinela para con los que entran en contacto contigo?, ¿eres mensajero y centinela en tu familia, barrio?, ¿eres mensajero y centinela con los niños, alumnos, jóvenes o adultos, con quienes compartes la vida cotidiana?
Aquí-hoy-ahora. El misterio escondido, revelado y testimoniado se celebra y actualiza "hoy–aquí". Es decir, en el lugar en que un sacerdote y una comunidad cristiana se reúnen para celebrar la Navidad. Aquí quiere decir Roma, Ámsterdam, Tokio, La Paz o Buenos Aires. Aquí quiere decir en tu parroquia, en tu comunidad religiosa, en el movimiento o grupo eclesial al que perteneces. El misterio además se celebra y actualiza " hoy–aquí ": esta Navidad de 2017. Esta Navidad, en la que no han cesado las guerras y hasta aumenta la persecución religiosa (Papa Francisco), en la que algún niño morirá o simplemente no participará del Banquete de la Vida, pues en muchos lugares no habrá Misa –recemos por el aumento de las Vocaciones–. Además, muchos hombres y mujeres si unirán sus manos en oración y sus vidas en la acción para orar y trabajar por la paz, para arrancar de la humanidad los males que la afligen, muchos celebrarán la Misa y comulgaran en gracia. El misterio finalmente se celebra y actualiza "ahora": en este momento de nuestra vida, de nuestra experiencia religiosa, de la madurez humana y cristiana, de la situación familiar y profesional. En este momento de la vida nuestra, Dios viene para transformar y ayudar en la carne de un Niño. El "aquíhoyahora" de la Navidad es un despertador y un impulso para nuestra vida cristiana.

martes, 19 de diciembre de 2017

HOMILIA Cuarto Domingo de ADVIENTO cB (24 de diciembre 2017)


Primera: 2 Samuel 7, 1-5. 8b-12. 14a. 16; Salmo: Sal 88, 2-5. 27. 29; Segunda: Romanos 16, 25-27; Evangelio: Lucas 1, 26-38
Nexo entre las LECTURAS
Dios muestra a David su gratuidad anunciándole que le construiría una casa, es decir, una dinastía y que sería para él y sus descendientes como un padre (primera lectura). La misma gratuidad divina se hace evidente en el anuncio del ángel Gabriel a María sobre su vocación de Madre de Dios por obra del Espíritu Santo. María será la ‘nueva casa’, la ‘nueva arca’ construida por Dios en la plenitud de los tiempos (evangelio). La acción gratuita de Dios se manifiesta siempre en su poder para consolidar a los hombres en la fe, en su revelación del misterio mantenido en secreto desde la eternidad, y ahora dado a conocer a todas las naciones para que respondan a esta revelación con la fe (segunda lectura).
Temas...
La gratuidad de Dios. La redención es ante todo obra de la Santísima Trinidad. Es Dios quien promete a David una "casa", quien envía el ángel Gabriel a una virgen de nombre María y quien revela a los hombres su misterio; es en el Hijo de Dios (hijo de David según la carne) en quien tal promesa logra su perfecto cumplimiento: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”, y en quien el Padre se revela a los hombres; es por obra del Espíritu que el Hijo de Dios se hizo hijo de David en el seno de María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”, y por quien los cristianos somos hechos hijos de Dios. Esta gratuidad trinitaria se caracteriza por tres notas: La absoluta iniciativa divina (ni David, ni María, ni los hombres han emprendido algo merecedor de la intervención de Dios), una iniciativa que tiene que ver exclusivamente con la salvación del hombre sin interés alguno por parte de la divinidad, y una salvación caracterizada por la universalidad: todas las naciones.
Los caminos de la gratuidadEl primero es el de la elección: Dios elige a quien quiere para realizar sus designios en la historia. Eligió a David, y no a Samuel o Saúl, para fundar la monarquía y la dinastía mesiánica. Eligió a María, no a Isabel o a Ana, para ser la Madre del Mesías y Madre de Dios. Eligió a Pablo y a los apóstoles para revelar a los hombres el misterio escondido desde la eternidad. Segundo camino de la gratuidad divina, es la misión que Él encomienda. No son los hombres quienes la buscan y se ocupan por alcanzarla; es Dios quien la da y quien acompaña al hombre en su realización. La misión concreta en la vida no se la inventó David, ni María Santísima ni Pablo. El inventor, dador e impulsor de la misión es sólo y exclusivamente Dios. Un tercer camino es la salvación. Sólo Dios salva. Los hombres somos únicamente instrumentos racionales y libres, colaboradores responsables de Dios en la realización de su obra salvífica. Quien quisiera proponerse como salvador por propia voluntad, buscaría usurpar un derecho exclusivo de Dios, como el relato del Génesis. En estos ámbitos de la gratuidad, hemos de colocar la Navidad. No es este acontecimiento ni su memoria litúrgica algo que nos es debido cada año. Como en su mismo origen, sigue siendo hoy absolutamente gratuito. Es un misterio, y éste es siempre don, gracia, pura liberalidad divina.
Sugerencias...
La Navidad, un don. En nuestra mentalidad "cristiana", damos por descontado que el día 25 de diciembre es Navidad. Esta fiesta forma parte del calendario civil, y marca, con sus tradiciones populares en los diversos países "cristianos", unos días de especial carga de ternura y de gozoso ambiente familiar y hogareño. En muchos países es costumbre intercambiar regalos, y abrir el corazón a los más necesitados con una sonrisa o con una ayuda en dinero o en especie. Todo eso es bueno y hermoso, y puede estar inspirado por el mismo acontecimiento de la Navidad, pero es obra del hombre, es resultado de la historia o exigencia de las circunstancias presentes. Todo eso rodea al misterio, pero no entra en él. Para poder entrar en el misterio de la Navidad requerimos de la intervención de Dios. Entonces la Navidad es sobre todo una realidad interior, una honda transformación, un compromiso exigente de Dios y del hombre. El Adviento es tiempo de preparación para acoger el don, para abrir la puerta del alma al poder de Dios sobre mi vida. ¿Cómo me estoy preparando, cómo me puedo preparar mejor para recibir esa gratuita y estupenda donación de Dios?
María, figura del Adviento. La vida de María, antes de la primera Navidad, puede ser considerada como el primer y más verdadero "adviento". María se preparó para acoger el don de Dios en un clima de oración, siendo como era una fervorosa hija de Israel. Se preparó viviendo la vida sencilla de una niña y adolescente judía, cumpliendo con perfección sus deberes religiosos y familiares. Se preparó con la lectura y la meditación de la Escritura y de las grandes maravillas de Dios en ella narradas. Se preparó con la docilidad al Espíritu Santo, que había llenado su alma desde su misma concepción haciéndola una mujer “llena de gracia”. Y tú, ¿cómo te estás preparando? ¿O ni siquiera has pensado que haya que prepararse al acontecimiento más crucial de la historia humana? ¿Qué estás haciendo para ayudar a otros a abrir el corazón a la irrupción misteriosa y gratuita de Dios en su vida personal y en la vida de sus hermanos?

lunes, 4 de diciembre de 2017

Segundo Domingo de ADVIENTO cB (10 de diciembre 2017) HOMILIA 2

Segundo Domingo de ADVIENTO cB (10 de diciembre 2017)
Primera: Isaías 40, 1-5. 9-11; Salmo: Sal 84, 9-14; Segunda: 2 Pedro 3, 8-14; Evangelio: Marcos 1, 1-8
Temas... Sugerencias...
El Bautista, que aparece en el evangelio, como «una voz en el desierto». Nuestro mundo es un desierto y hoy parece que lo es más que nunca; «el desierto crece»: materialmente, por la deforestación de los bosques, contra la que todos los planes de cultivo, conservación y repoblación forestal parecen impotentes. Además, para constatarlo solo es preciso caminar con los ojos bien abiertos a través de los barrios de nuestras ciudades, por los lujosos y por aquellos que vergonzosamente ocultamos, establecidos al margen de nuestras ciudades. Los desconsuelos tienen nombres, causas y densidades distintas: soportar día tras día el sinsabor de una vida sin sentido; no poder asegurar los elementales gastos cotidianos para vivir sobriamente; convivir con un cuerpo o una mente enfermo sin remedio; padecer el aparente silencio de Dios, su fingida malévola indiferencia. Y tantos otros desconsuelos…; y espiritualmente, por la desertización del paisaje religioso, pues la humanidad apenas puede oír ya la voz que clama «prepárenle el camino al Señor». La «voz» se va extinguiendo en el griterío confuso y turbulento de los medios de comunicación, de las primicias informativas, de las noticias sensacionalistas que se pisan y devoran unas a otras y de las mismas redes sociales. Y si el profeta aparece con unos hábitos sorprendentemente anti-culturales -vestido de piel de camello; saltamontes y miel silvestre como alimento-, nosotros hoy estamos bastante habituados a un comportamiento similar por parte de la juventud inconformista; pero estos jóvenes que ahora protestan, a menos que quieran explícitamente convertirse en seres marginales, terminarán entrando por el aro y participarán en el gran juego de los adultos, más todavía, hay movimientos que quieren ser tan fuertes en la protesta que tienden a sacarse la ropa o cubrirse, para no ser identificados. Hoy sólo es noticia, a lo sumo, la teología que se inmiscuye en los asuntos políticos o promueve los cambios sociales. El Bautista lo tendría hoy más difícil que entonces, cuando la gente acudía a oírle, confesaba sus pecados y le concedía al menos un ‘cierto crédito’, creyendo que alguien más grande, al que había que preparar el camino, vendría después de él.
La primera lectura aporta todo el contexto de su mensaje. El contenido de éste es mucho más grande que lo que se puede realizar mañana y pasado mañana: que los israelitas desterrados en Babilonia podrán volver a su patria y reconstruir su templo. El mensaje habla de un futuro, un futuro que está ciertamente próximo y en el que «todos los hombres juntos verán la gloria del Señor», en el que Dios mismo, como un pastor, reunirá a toda la humanidad para conducirla finalmente a casa. Este acontecimiento escatológico debe ser proclamado desde «lo alto de un monte», pues es un mensaje de gozo. La turbulenta historia del mundo, con sus hondonadas y sus colinas -es decir, con sus caminos escabrosos y tortuosos- se manifestará finalmente como el camino recto y llano por el que Dios ha transitado desde siempre. La historia, que desde el punto de vista intramundano parece encaminarse hacia catástrofes imprevisibles, es, vista desde el final -con esperanza-, una vuelta a casa segura y entrañable.
El tiempo de Dios. La segunda lectura nos dice que no tenemos una visión panorámica del tiempo; calculamos los días y los años, pero nuestros cálculos resultan siempre falsos. En todos los siglos se ha pronosticado el día de la venida de Dios, pero éste nunca ha llegado. Esto ocurre porque el tiempo de Dios no es como el de los hombres: para Dios «mil años son como un día». Por eso algunos hablan con un tono de superioridad y de sarcasmo de «retraso», de una espera ingenua del fin. Pero el Señor no tarda en cumplir su promesa. Está viniendo constantemente y saca como un pescador la gigantesca red de la historia del mundo sobre la playa. Que el fin del mundo, visto de una forma puramente intramundana, deba ser catastrófico, no turba ni el plan de Dios ni la confianza de los cristianos. Estos simplemente deben procurar que Dios los encuentre «inmaculados» y «en paz con Él» cuando vuelva. El Adviento prepara esta paz y ayuda a vivir en paz, preparando, también, la jornada mundial de la paz (1 de enero de 2018).

Segundo Domingo de ADVIENTO cB (10 de diciembre 2017) HOMILIA 1


Primera: Isaías 40, 1-5. 9-11; Salmo: Sal 84, 9-14; Segunda: 2 Pedro 3, 8-14; Evangelio: Marcos 1, 1-8
Nexo entre las LECTURAS
La imagen del "desierto" aparece en la primera lectura y en el evangelio y en ella se compendia el mensaje litúrgico de este Domingo de Adviento. En el exilio babilónico, a punto ya de que se acabe, una voz grita: "Preparen en el desierto un camino al Señor" (primera lectura). En el evangelio la voz que así grita es la de Juan Bautista, el precursor del Mesías, cuya venida está ya cerca. También en el "desierto" el hombre debe prepararse para la Última Venida del Señor, en la que "esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en que habite la justicia" (segunda lectura).
Temas...
Un "desierto" necesario. En el mundo hay fenómenos nada evangélicos, nada cristianos. Como los judíos exiliados de Babilonia estaban encandilados por la grandeza del imperio y por la fastuosidad de sus ritos religiosos, los hombres de hoy sienten la seducción del progreso técnico, el prurito de otras religiones que no son cristianas, el reclamo de paraísos alucinantes en que reinan la droga, el sexo y el alcohol, la dulce y adormecedora inconciencia del pecado incluso ante las exigencias básicas de los diez mandamientos... (cfr. Francisco). En estas circunstancias surge la necesidad del "desierto": lugar o estado del espíritu donde recrear el ambiente propicio y favorable para encontrarse con Dios y con la propia dignidad de imagen e hijo de Dios, mediante el silencio interior y el recogimiento de los sentidos, mediante la meditación y la plegaria asiduas. Ante la pérdida del sentido de Dios y del sentido del pecado se requieren "espacios", sean exteriores o interiores, de recuperación de sentido, de readquisición de principios, valores y convicciones anclados en el mismo ser del hombre y del cristiano.
La intervención divina. Dios desea intervenir en la historia y en la vida del hombre, día a día. El espíritu del mundo no acepta la intervención divina, es más, la niega. Por eso se nos llama a una actitud interior de "desierto", abandonarnos en las manos de Dios con confianza y fortalecer el deseo de la conversión. Sólo así nos daremos cuenta, como los judíos de Babilonia, que hay ‘valles que elevar’, ‘colinas que abajar’ y ‘caminos torcidos que enderezar’, y podremos encaminarnos a la tierra prometida (primera lectura) que ya no es en este mundo, sino en el Cielo. Sólo en este abandono en la Divina Providencia podremos escuchar la Palabra que nos llama a convertirnos y recibir el bautismo y, los ya bautizados, renovar las promesas bautismales. Dios continúa interviniendo en nuestros días -nos da su gracia- en la vida de cada uno y de los pueblos. No podemos reconocer y aceptar Su presencia si no vivimos la experiencia purificadora y meditativa del "desierto".
El "desierto" florece. En el ambiente sereno y silencioso de "desierto" nos vamos empapando de la verdad de Dios, del sentido del tiempo, de la norma suprema de la existencia. Dios es nuestro rey que viene con poder y brazo dominador para liberarnos del pecado y de sus secuelas; Dios es nuestro Señor que trae consigo su salario de vida y salvación eternas; Dios es nuestro pastor, que reúne al rebaño y lo cuida amorosamente (primera lectura). En el "desierto" conoceremos que el día del Señor llega como un ladrón y que el cómputo del tiempo que Dios hace no coincide con el de los hombres. En el "desierto" sabremos que Dios no quiere que alguien se pierda, sino que todos se conviertan. En el "desierto" veremos con claridad que la espera de la venida del Señor debe llevar al hombre a una conducta santa y religiosa, es decir, al cumplimiento perfecto de la voluntad santísima de Dios (segunda lectura).
Sugerencias...
Un "desierto" en tu vida. La vida es movimiento, acción, ir y venir, hacer, proyectar, progresar, cambiar. El hombre contemporáneo, desde la mañana a la noche, está lleno de trabajos y tareas, de citas y reuniones, de contactos y relaciones, de ruido, smog, tensión nerviosa... (cfr. San Juan Pablo II). A veces se puede pensar que, más que vivir, uno es "vivido" por las cosas de cada día. ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo ser plenamente humano (cristiano)? ¿Cómo infundir espíritu cristiano a lo cotidiano -materialista-? Tenemos necesidad de “estar con Quien sabemos que nos ama” (Santa Teresa). Pidamos la gracia de la paciencia, para vivir el "desierto" y nos será posible vivir bien y prepararnos para una buena celebración de Navidad.
¿Sabes quién viene? La respuesta catequética: "El Verbo de Dios que se hizo hombre y nació de María la Virgen en Belén de Judá". La respuesta espiritual, la debe dar cada uno examinando como incide Jesucristo en su vida (pensamientos, decisiones, ideales, proyectos) y en la relación personal con Dios; y finalmente, la respuesta moral, la debo dar con los comportamientos virtuosos diarios según el estilo de Cristo, aceptando que Cristo modele mi forma de vivir y de actuar, todos los días, hasta el fin de los días.

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...