lunes, 29 de abril de 2019

HOMILIA DOMINGO TERCERO DE PASCUA cC (5 de mayo 2019)

DOMINGO TERCERO DE PASCUA cC (5 de mayo 2019) Primera: Hechos 5, 27-32.40-41; Salmo: Sal 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b; Segunda: Apocalipsis 5, 11-14; Evangelio: Juan 21, 1-19 Nexo entre las LECTURAS Cada Domingo (como dicen los textos) debería ser, una experiencia de encuentro con el Señor, con consecuencias concretas en el estilo de vida durante toda la semana… y así todas las semanas del Año. ¿Quiénes somos la comunidad cristiana?: a) somos unos creyentes -pecadores, pero creyentes- que nos reunimos cada primer día de la semana (el Domingo) en torno a Cristo Jesús; b) escuchamos su Palabra y nos alimentamos de Él mismo, en el Pan y Vino consagrados; c) alzamos la mirada hacia el Cielo, prefigurado en esa asamblea del Apocalipsis, que celebra con entusiasmo el triunfo del Señor, así nos unimos a sus himnos de victoria (por ejemplo, el Santo Santo Santo que lo cantamos en unión con los ángeles y los santos). Y a continuación… d) nos sentimos «enviados» para vivir la Caridad en nuestras ocupaciones diarias, como signo profético en medio del mundo, para dar testimonio de esta «aparición pascual» de nuestro Señor, y ser, en nuestros ambientes, levadura, fermento y sal: un espacio de libertad, de esperanza y de entrega fraterna. Signos, nosotros mismos, del Señor Resucitado. Si es así, echaremos las redes y no será en vano… y el mundo exclamará: ¡ES EL SEÑOR! Temas... La misión de la Iglesia. Cada evangelista muestra, a su manera, la misión universal de la Iglesia. San Juan en el evangelio de hoy recurre, siguiendo su estilo propio, a los símbolos. a) El mar como imagen del mundo y del conjunto de los hombres. b) Era común -en tiempos de Jesús y del evangelista-; e igualmente común, al menos entre griegos y romanos, la imagen de la nave... Los primeros cristianos, basándose en algunos textos del Nuevo Testamento (Lc 5,3; Mt 8, 23; Mc 1,17; Jn 21, 1-14), hablaron de la nave de la Iglesia. c) Hay otro símbolo que es exclusivo de Juan… al número de peces recogidos: 153. (Es conocido que, en la cultura contemporánea de Jesús, el símbolo numérico tenía un gran valor y era usado con no poca frecuencia. Ciento cincuenta y tres indica plenitud y totalidad. Se suele explicar de dos modos: 1 + 3 + 5 es igual a 9, que siendo múltiplo de 3 subraya la plenitud en grado sumo (3x3). Otro modo de explicar el valor pleno y total de este número es el siguiente: el múltiplo de 12 es 144; si a 144 sumamos 9 obtenemos 153. Es una manera de acentuar todavía más la totalidad). En resumen, la misión de la Iglesia, en el mar del mundo, no es otra sino la de ser pescadores de todos los hombres sin excepción y llevarlos al puerto seguro de la fe y de la eternidad. d) A esta imagen de la nave y de la pesca, sigue a continuación otra: la del pastor y las ovejas. Jesucristo, Buen Pastor, encomienda a Pedro: "Apacienta mis ovejas". Ezequiel había hablado del Dios como Pastor de Israel; ahora Jesús recurre a la misma imagen para hablar de sí mismo como Pastor de la Iglesia, y da a Pedro su misma misión. Buen Pastor es aquél que cuida, ama, protege, llama (Palabra) y apacienta a sus ovejas, y las defiende de los lobos hasta dar la vida (ser comido en la Eucaristía) por ellas. La misión de Pedro y de los pastores en la Iglesia es acompañar/ayudar para que todas las ovejas alcancen la salvación de Dios. Llamados a realizar la misión. En los Hechos de los Apóstoles (primera lectura) se realiza la misión mediante la predicación. Los apóstoles han predicado a Jesucristo, sobre todo el grande misterio de su muerte y resurrección, y las redes comienzan a llenarse de peces. Es tal la eficacia de la predicación, que las autoridades judías se asustan y meten a los apóstoles en la cárcel. "Pero Pedro y los apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres". Quien ha recibido la misma misión de Jesucristo, ¿podrá renunciar a ella? ¿podrá igualarla a cualquier otra misión en la vida? A los apóstoles les parece imposible, y no tienen miedo a pagar cualquier precio por realizar su misión. Pero no se puede llevar a cabo la misión sin el culto, particularmente la actitud de adoración hacia Jesucristo, el Cordero degollado. "Digno es el Cordero degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza" (segunda lectura). Para que la misión de los apóstoles se realice plenamente, la predicación tiene que desembocar en el culto y del culto nace la misión (Concilio Vaticano II, beato mártir Enrique Angelelli). Conocer que Cristo ha muerto y resucitado por nosotros, sin llegar a adorarle como nuestro Dios y Señor, es dejar incompleta la misión, es no misionar. Sugerencias… La misión en el mundo. El mundo ha llegado a ser, en nuestros días, una aldea global. Para los medios de la información, de las finanzas, de las ideas y de las redes sociales, no existen fronteras. Una celebración/ceremonia pontificia puede verse/seguirse simultáneamente en cualquier rincón de la tierra y, gracias a internet, puedes entablar un chat sobre cualquier tema con hombres y mujeres a miles de kilómetros de distancia de tu habitación. Los cristianos, mediante todos estos instrumentos, entramos en contacto con personas que tienen otra visión de la vida, que viven según otros modelos de existencia, que practican otra ‘religión’ y aceptan otras creencias. Este fenómeno puede suscitar cierto estado de crisis en los discípulos misioneros (católicos)… puede, incluso hacernos caer en un cierto relativismo religioso… pero puede ser por mejor UNA ESTUPENDA OCASIÓN para poner en práctica, en grandísima escala y con los medios más avanzados, la misión universal de la Iglesia. ¿Cuándo ha tenido la Iglesia más medios para predicar a Cristo desde los tejados, con sus numerosísimas antenas? Estamos quizá ante el desafío histórico más imponente en la obra misionera universal de la Iglesia. Esta gran misión universal no la llevan a cabo unos pocos misioneros en tierras no evangelizadas; la puede llevar cualquier cristiano, tú mismo la puedes llevar adelante, desde tu casa o desde tu despacho, desde el lugar de trabajo o de descanso. Se ve claro que la misión universal de la Iglesia requiere que cada cristiano sea un hombre creyente que ame a Dios y a los demás como Cristo nos enseñó, y esté preparado para dar razón de la esperanza a quien se lo pida: en la calle, en la oficina, o en internet… en su vida, dando la vida… intentarán callar a los cristianos, pero no podrán callar el Evangelio (beato Carlos Murias, mártir). El culto de adoración. Tal vez se ha puesto el acento en Jesucristo amigo, maestro, modelo en cuanto hombre igual que nosotros, y se ha dejado un poco en el silencio la figura de Jesucristo, como nuestro Dios y Señor, el Cordero sacrificado que nos redime. Estas u otras razones, tal vez cada uno conozca muchas otras, han hecho bajar el sentido cristiano de la adoración. Esta semana debería ser una ocasión magnífica para renovar y recuperar el espíritu de adoración debida a Jesucristo. Nos dice el catecismo: "Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas" (CEC 1379). ¿No habrá que avivar y reavivar la conciencia de esta presencia de Jesucristo Dios en la Eucaristía? El mismo catecismo añade en el no. 2145: "La predicación y la catequesis deben estar penetradas de adoración y de respeto hacia el nombre de Nuestro Señor Jesucristo". ¡Un momento de reflexión y examen para los catequistas y predicadores! El mundo, para renovarse, tiene necesidad de una Iglesia más adorante. María, Virgen y Madre, ruega por nosotros y acompáñanos en la misión… ven con nosotros a caminar… Área de archivos adjuntos

jueves, 25 de abril de 2019

historia del hombre (Ap 22,13), ya sea individual o colectiva; y sobre todo la certeza de que este Alguien es Amor, el Amor hecho hombre, el Amor crucificado y resucitado, el Amor siempre presente en medio de los hombres. Él es el Amor eucarístico. Es fuente inagotable de comunión. Es el único a quien podemos creer sin la más mínima reserva cuando nos pide: “¡No tengáis miedo!”. 7. San Francisco de Sales (1567-1622), obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia. OC, t 9, p.290s (Trad. ©Evangelizo.org). «La paz sea con ustedes» Los apóstoles y los discípulos de Nuestro Señor, como hijos sin padre y soldados sin capitán, habiéndose retirado llenos de temor en una casa, el Salvador se les apareció para consolarlos en su aflicción, y les dijo « ¿Por qué tienen miedo y están afligidos? Si es la duda de que lo que les prometí sobre mi resurrección no va a ocurrir, la paz sea con ustedes, permanezcan en la paz, que la paz se haga en ustedes, porque he resucitado. Miren mis manos, toquen mis heridas; soy yo, no teman, la paz sea con ustedes»… Como si quisiera decir: « ¿Qué tienen mis apóstoles que están todos temerosos y llenos de miedo? ahora ya no tienen por qué, pues les he adquirido para ustedes la paz que les doy. No solamente mi Padre me la debe porque soy su Hijo, sino también porque la he comprado al precio de mi sangre y de estas llagas que les muestro. De ahora en adelante, no sean cobardes ni temerosos, pues la guerra ha terminado. Tuvieron razones de temer durante los días pasados cuando vieron que me latiguearon…, cuando me golpearon, cuando me coronaron de espinas, cuando me hirieron desde la cabeza hasta los pies y que me clavaron en la cruz. Sufrí toda clase de oprobios, de desamparos y de ignominias…Pero ahora no teman más, que la paz sea en sus corazones, porque he salido victorioso y he vencido a todos mis adversarios: he vencido al diablo, al mundo y a la carne…Hasta esta hora les he dado varias veces mi paz, ahora les muestro como la adquirí…Todo lo que doy a mis más queridos, es la paz; por eso, la paz a ustedes, y a todos los que creerán en mí.» 8. San Pedro Crisólogo (c. 406-450) obispo de Ravenna, doctor de la Iglesia. Sermón 81 (frm trad.evangelizo.org©). «Él mismo estaba allí, en medio de ellos, y les dijo: ‘La paz sea con ustedes’» La Judea en rebelión había ahuyentado la paz de la tierra…y sumido el universo en su caos primordial…Entre los discípulos, también persistía la guerra; la fe y la duda tenían una furiosa confrontación entre ellas…Los corazones, lugar en el que la tormenta desplegaba su rabia, no podían encontrar ningún remanso de paz, ningún puerto en calma. Frente a ese espectáculo, Cristo, quién sondea los corazones, quién ordena a los vientos, quién domina las tempestades y quién por medio de un solo signo cambia la tormenta en un cielo sereno, los fortaleció de su paz diciendo: “¡La paz sea con ustedes! Soy yo; no teman nada. Soy yo, el crucificado, el muerto, el sepultado. Soy yo, su Dios que por ustedes se volvió hombre. Soy yo, vivo entre los muertos, venido del cielo al corazón de los infiernos. Soy yo. No un espíritu revestido de un cuerpo, sino la verdad misma hecha hombre. Soy yo y la muerte me huyó, los infiernos me temieron. En su espanto, el infierno me proclamó Dios. No tengas miedo Pedro, tú que me negaste, ni tú Juan que huiste, ni todos ustedes que me abandonaron, que sólo pensaron en traicionarme, y que aun viéndome todavía no creen en mí. No teman, soy yo. Los he llamado por la gracia, los he escogido por el perdón, los he sostenido por mi compasión, los he llevado en mi amor, y los tomo en este día por mi bondad.".

lunes, 22 de abril de 2019

HOMILIA II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cC (28 de abril 2019)

II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cC (28 de abril 2019) Primera: Hechos 5, 12-16; Salmo: Sal 117, 2-4. 22-27a; Segunda: Apocalipsis 1, 9-11.12-13.17-19; Evangelio: Juan 20, 19-31 Nexo entre las LECTURAS Cristo, "el Viviente" "el Misericordioso". Así lo "ve" san Juan en el Apocalipsis y en el Evangelio. También a nosotros, hoy, en este Domingo el Señor nos muestra, en la Iglesia, sus llagas. Son llagas de misericordia. Es verdad: las llagas de Jesús son llagas de misericordia. «Por sus llagas fuimos sanados» (Is 53,5). Jesús nos invita a mirar sus llagas, nos invita a tocarlas, como a santo Tomás, para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso. Así lo experimentan los primeros cristianos de Jerusalén. "Yo soy el que vive; estuve muerto, pero ahora vivo para siempre" dice el Hijo de hombre a san Juan en la visión (segunda lectura). El Viviente se aparece a los discípulos atemorizados para infundirles paz, encomendarles la misión y otorgarles el Espíritu (Evangelio). El Viviente, el Misericordioso continúa operando signos y prodigios en medio del pueblo por medio de los apóstoles (primera lectura) y nos invita a ser testigos delante de todos… como dice el salmista: Que lo digan los que temen al Señor: ¡es eterno su amor! Temas... Sugerencias… El Día del Señor. Como los discípulos aquel auténtico primer día de la semana, también nosotros hacemos la ‘experiencia’ del encuentro con Cristo resucitado cada Domingo… y a la vez experimentamos la fuerza de la resurrección que, gracias al Espíritu que habita en nosotros, nos empuja hacia el Cielo… pues Domingo a Domingo, como peldaños de una escalera, vamos al Cielo, al banquete de la boda del Cordero, de quien decimos antes de comulgar: “no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. La celebración de la Misa Dominical es el momento -y a la vez el lugar- donde la experiencia de la resurrección se hace posible. Reunidos alrededor del Altar, celebrando el memorial del Señor, significamos y somos como nunca Iglesia, asamblea de hombres y mujeres que viven el misterio pascual y que salen con el compromiso de seguir viviéndolo y dando testimonio de Su presencia viva en el mundo mediante la práctica de la caridad, las obras de misericordia. - Las lecturas que proclamamos nos descubren la importancia que se da a esta experiencia dominical. La primera experiencia que hacen los discípulos del Señor resucitado tiene lugar el mismo Domingo de la resurrección: Aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a ustedes. El grupo de ‘los que tienen miedo’ se convierte en comunión de alegría, gracias a la presencia del Señor que había sido crucificado: Les enseñó las manos y el costado. Y es en la intimidad-comunión donde se experimenta a Jesús. El que no está no hace la experiencia, como Tomás, por más que pertenezca a los Doce. - Por eso, a los ocho días -el Domingo siguiente (hoy)-, Jesús se les vuelve a presentar… y esta vez sí está santo Tomás con el grupo, y Jesús resucitado, le pide a Tomás que toque y vea, EN ESE GESTO nos pide que maduremos la fe en la aceptación de la palabra apostólica, don de Dios. Palabra de Dios que nos conducirá por el camino del testimonio -el martirio- como nos ha dicho Juan en la lectura del Apocalipsis y que nos dijo la Iglesia en la Misa (ayer) en que fueron beatificados los “mártires riojanos”. También nos descubre -con el testimonio de vida del beato Enrique Angelelli y compañeros mártires- y nos hace compartir, en Jesús, las penas, la paciencia y los dolores (la vida misma) con los hermanos… El Domingo, el día del Señor, es cuando el Espíritu se apodera de nosotros y nos da la gracia para ser mártires/testigos todos los días hasta el fin de los días, como lo fueron, también, los apóstoles. Regalos del resucitado. El Espíritu es el primer fruto de la Pascua del Señor y el que da la plenitud. Juan sitúa en la tarde de Pascua, en el primer encuentro de los discípulos con el Resucitado, la donación del Espíritu Santo. Anticipamos que para Pentecostés también leemos la primera parte del evangelio de hoy. Lo que hay que recordar es que el gran don del Resucitado es el Espíritu. El Espíritu Santo nos impulsa a las obras de la caridad, las obras de misericordia. Esta memoria del Espíritu, aliento de la nueva creación, ha de ser más intensa en el tiempo que transcurre entre la Pascua y Pentecostés, especialmente cuando celebramos y recordamos los sacramentos de la iniciación cristiana que, por obra del Espíritu, nos hace criaturas nuevas. Esto concuerda con la oración colecta de la Misa de hoy en la que pedimos comprender mejor "la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer (Confirmación) y de la sangre que nos ha redimido (Eucaristía)". La donación del Espíritu por parte del Resucitado incluye la misión, como sucede también al final del evangelio: "Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Los discípulos son enviados a continuar la misión del Hijo de Dios, muerto y resucitado, misión que éste recibió del Padre. El Espíritu hará efectiva esta misión para destruir el reino del pecado y de la muerte, desvaneciendo el pecado, haciendo una creación nueva, en la que resida la "paz" eternamente, la "paz" que es un don mesiánico por excelencia y que el Resucitado comunica también hoy, de entrada, a sus discípulos. Felices los que creen sin haber visto. “San Bernardo, en su comentario al Cantar de los Cantares (Disc. 61,3-5; Opera omnia 2,150-151), se detiene justamente en el misterio de las llagas del Señor, usando expresiones fuertes, atrevidas, que nos hace bien recordar hoy. Dice él que «las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios». Es este, hermanos y hermanas, el camino que Dios nos ha abierto para que podamos salir, finalmente, de la esclavitud del mal y de la muerte, y entrar en la tierra de la vida y de la paz. Este Camino es Él, Jesús, Crucificado y Resucitado, y especialmente lo son sus llagas llenas de misericordia. Los Santos nos enseñan que el mundo se cambia a partir de la conversión de nuestros corazones, y esto es posible gracias a la misericordia de Dios. Por eso, ante mis pecados o ante las grandes tragedias del mundo, «me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. Él, en efecto, “fue traspasado por nuestras rebeliones” (Is 53,5). ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte de Cristo?» (ibíd.). Con los ojos fijos en las llagas de Jesús Resucitado, cantemos con la Iglesia: «Eterna es su misericordia» (Sal 117,2). Y con estas palabras impresas en el corazón, recorramos los caminos de la historia, de la mano de nuestro Señor y Salvador, nuestra vida y nuestra esperanza”. (Papa Francisco).

lunes, 8 de abril de 2019

HOMILÍA DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR cC (14 de abril 2019)

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR cC (14 de abril 2019) Primera: Isaías 50, 4-7; Salmo: Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Segunda: Filipenses 2, 6-11; Evangelio: Lucas 22, 14 – 23, 52 Nexo entre las LECTURAS ¡El dolor! Realidad histórica y designio de Dios. Aquí está el centro del mensaje del Domingo de Ramos. El Siervo de Yahvéh (primera lectura) sufre golpes, insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el sentido del dolor. San Pablo, en el himno cristológico de la carta a los filipenses (segunda lectura), canta a Cristo que "se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo". En la narración de la pasión según san Lucas, Jesús afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un esclavo, pero sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello confía al Padre su espíritu. Por eso decimos con fe que el dolor es redentor. Temas... HUMILDE y MANSO. Se abre la Semana Santa con el recuerdo de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, que se verificó exactamente el Domingo antes de la pasión. Jesús, que se había opuesto siempre a toda manifestación pública y que huyó cuando el pueblo quiso proclamarlo rey (Jn 6, 15), hoy se deja llevar “en triunfo”. Sólo ahora, que está para ser llevado a la muerte, acepta su aclamación pública como Mesías, precisamente porque muriendo en la cruz será, plenísimamente mostrado, Mesías, el Redentor, el Rey Vencedor. Acepta ser reconocido como Rey, pero como un Rey con características inconfundibles: humilde y manso, que entra en la Ciudad santa montado en un asnillo, que proclamará su realeza solo ante los tribunales y aceptará que se ponga la inscripción de su título de rey solamente en la cruz. La entrada jubilosa en Jerusalén constituye el homenaje espontáneo del pueblo a Jesús, que se encamina, a través de la pasión y de la muerte, a la plena manifestación de su Realeza divina. Aquella muchedumbre aclamante no podía abarcar todo el alcance de su gesto, pero la comunidad de los fieles que hoy lo celebramos (repetimos) sí podemos comprender su profundo sentido. «Tú eres el Rey de Israel y el noble hijo de David, tú, que vienes, Rey bendito, en nombre del Señor... Ellos te aclamaban jubilosamente cuando ibas a morir: nosotros celebramos tu gloria, ¡oh Rey eterno!» (MR). HONRAR LA PASIÓN DE CRISTO. La liturgia invita a fijar la mirada en la gloria de Cristo Rey eterno, para que los fieles estemos preparados para comprender mejor el valor de su humillante pasión, camino necesario para la exaltación suprema. No se trata, pues, de acompañar a Jesús en el triunfo de una hora, sino de seguirle al Calvario, donde, muriendo en la cruz, triunfará para siempre del pecado y de la muerte. Estos son los sentimientos que la Iglesia expresa cuando, al bendecir los ramos, ora para que el pueblo cristiano complete el rito externo «con devoción profunda, triunfando del enemigo y honrando de todo corazón la misericordiosa obra de salvación» del Señor. No hay un modo más bello de honrar la pasión de Cristo que conformándose a ella para triunfar con Cristo del enemigo, que es el pecado. La Misa nos introduce plenamente en el tema de LA PASIÓN. La profecía de Isaías y el salmo responsorial anticipan con precisión impresionante algunos de sus detalles: «Ofrecía la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos» (Is 50, 6). ¿Por qué tanto sumisión? Porque Cristo, bosquejado en el Siervo del Señor descrito por el profeta, está totalmente orientado hacia la voluntad del Padre y con Él quiere el sacrificio de sí mismo por la salvación de los hombres: «El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás» (ib 5). Por eso le vemos arrastrado a los tribunales y de éstos al Calvario, y allí tendido sobre la cruz: «Me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos» (Sal 22, 17-18). A esto se reduce el Hijo de Dios por un solo y único motivo: el amor; amor al Padre… cuya gloria quiere resarcir, y amor a los hombres, a los que quiere reconciliar con el Padre. ANONADAMIENTO (Kénosis). Sólo un amor infinito puede explicar las desconcertantes humillaciones del Hijo de Dios. «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo» (Flp 2. 6-7). Cristo lleva hasta el límite extremo la renuncia a hacer valer los derechos de su divinidad; no sólo, los esconde bajo las apariencias de la naturaleza humana, sino que se despoja de ellos hasta someterse al suplicio de la cruz, hasta exponerse a los más amargos insultos: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Mesías, el rey de Israel! Baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos» (Mc 15, 31-32). Al igual que el Evangelista, la Iglesia no vacila en proponer a la consideración de los fieles la pasión de Cristo en toda su cruda realidad, para que quede claro que Él (según nuestra manera de hablar), siendo verdadero Dios, es también verdadero hombre, y como tal sufrió; y anonadado en su humanidad atormentada, tanto que no se cree su naturaleza divina, se hizo hermano de los hombres hasta compartir con ellos la muerte para hacernos partícipes de su divinidad. «Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso, Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”» (MR) Del máximo anonadamiento se deriva la máxima exaltación; hasta como hombre, Cristo es nombrado Señor de todas las criaturas y ejerce su señorío pacificándolas con Dios, rescatando a los hombres del pecado y comunicándonos su vida divina. Sugerencias... Hoy es Domingo de Ramos, hoy empieza la semana más importante para nosotros -los católicos- durante el presente año. En la culminación de esta semana tendremos la Vigilia Pascual, la magna solemnidad con la cual el pueblo creyente celebra la victoria de Jesucristo, victoria sobre la muerte, sobre el demonio, sobre el pecado. Agradecidos con Dios que nos permite llegar a este momento, tal vez lo primero que podamos hacer es evaluar cuál ha sido nuestra Cuaresma como verdadero examen de conciencia porque nuestra primera actitud en la Semana Santa debe ser de humildad… seguramente hemos podido practicar en alguna medida el ayuno, la oración y las obras de misericordia, pero si hemos fallado, si nos hemos quedado cortos, por favor que nuestra actitud sea humilde. El pueblo hebreo recibiendo a Jesucristo en Jerusalén mostró esa humildad arrojando sus capas ante Cristo que entraba a la ciudad sobre un humilde borrico, arrojando así esas capas ellos estaban mostrando la infinita superioridad del que entra como Rey glorioso, así también llega Cristo a nuestra vida y así también es necesario que nuestro corazón humilde se postre ante Él para proclamarlo Rey, “¡tú eres el Rey de mi vida!”; esta es la primera actitud a la que nos convoca el Domingo de Ramos. En segundo lugar en este Domingo se proclama integra la Pasión del Señor, es uno de los dos días en todo el año en que se lee completa la Pasión del Señor, el otro día es el Viernes Santo. La lectura de la Pasión del Señor hemos de recibirla como una gran declaración del amor divino, y a la vez como una denuncia clarísima del pecado del mundo. Leer la Pasión del Señor es encontrar la traición de los amigos del Señor, la virulencia y la sevicia de sus enemigos, la indiferencia de un sistema judicial que finalmente se hace cómplice, la gran capacidad de manipulación que tienen algunos líderes falsos y la gran irresponsabilidad de las multitudes que así se dejan seducir de los grandes líderes (es un año electoral y a esto lo experimentamos más que otras veces). Todos estos mensajes nos están mostrando hasta dónde llega el pecado del mundo, porque nosotros de muchas maneras también nos hemos dejado manipular, nosotros, como Pedro o como Judas, también hemos negado a Nuestro Maestro, nosotros, como Pilato, muchas veces nos hemos lavado las manos, no solamente ante el honor de Cristo sino también ante la gloria de Dios y ante el dolor de nuestros hermanos (recordemos y recemos por la Vida… queremos la Vida, las dos vidas). Por eso la Pasión de Cristo es un recorrido por lo que podríamos llamar “lo peor” dentro de la humanidad, pero a la vez es un canto a la bondad gratuita, a la misericordia inagotable del Dios que ha venido a nuestro encuentro. Domingo de Ramos, Domingo para agradecer las maravillas del amor de Dios, para leer la Pasión del Señor, Domingo para escuchar esta proclamación de fe, y Domingo por supuesto para preparar al GRAN DOMINGO, el próximo Domingo, el Domingo de la Pascua. Si es verdad que hoy encontramos a Cristo en su dolor, ese dolor no es el final de la historia, la victoria está cercana y por eso a lo largo de estos días de Semana Santa, vamos a caminar como pueblo creyente, hasta llegar al Cenáculo en la institución de la Eucaristía, del Sacerdocio y de la Caridad… hasta llegar al calvario en la acción litúrgica de la Pasión del Señor, pero sobre todo para llegar hasta las puertas del sepulcro y allí recibir a Cristo glorioso y resucitado. María, Madre de Cristo y de la Iglesia, ruega por nosotros.

lunes, 1 de abril de 2019

HOMILIA Quinto Domingo de CUARESMA cC (7 de abril 2019)

Quinto Domingo de CUARESMA cC (7 de abril 2019) Primera: Isaías 43, 16-21; Salmo: Sal 125, 1-6; Segunda: Filipenses 3, 8-14; Evangelio: Juan 8, 1-11 Nexo entre las LECTURAS Yo estoy por hacer algo nuevo (Is 43, 19). La NOVEDAD es sin duda uno de los puntos salientes de los textos litúrgicos de hoy. El profeta, en lenguaje poético, lleno de imágenes sorprendentes y audaces, evoca un nuevo éxodo y una nueva liberación (primera lectura). La mujer ‘adúltera’, que leemos en el evangelio, descubre en la actitud de Jesús una novedad nunca vista, la respeta, la libera y transforma. San Pablo se confronta con la absoluta novedad del misterio de Cristo, y por eso todo lo tiene por basura con tal de ganar a Cristo y vivir unido a Él (segunda lectura). Con el salmista alabamos incesantemente, en todo tiempo, al Señor; su alabanza está siempre en nuestros labios. En Dios tenemos puesta nuestra esperanza: Él es nuestra felicidad, es todo. La Virgen María nos ayuda a rezar, ella se sentía dichosa y feliz viendo las maravillas del Señor y expresamos con ella: "¡El Señor hizo -por ellos- grandes cosas!» ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría!" Temas... "Tampoco yo te condeno". Curiosamente todos los textos de la Misa de hoy remiten al futuro, a la salvación de Dios que crea algo nuevo y hacia la salvación a la que nos dirigimos. Y esto precisamente como introducción a la semana de pasión y santísimo Triduo Pascual. Pero justamente aquí se realiza lo nuevo, la salvación definitiva; y toda nuestra vida consistirá en dirigirnos hacia esta acción de Dios. El evangelio nos muestra a pecadores que, en presencia de Jesús, se permiten acusar a una mujer pecadora. Jesús, que aparece escribiendo en el suelo, está como ausente. Sólo dos veces rompe su silencio: la primera vez para reunir, a acusadores y acusada, en la universalidad de la culpa (…el que no tenga pecado… que tire la piedra); y la segunda para -como nadie puede ya condenar a otro- pronunciar su perdón. Ante su mudo sufrimiento por todos, toda acusación deberá enmudecer también, pues «Dios nos encerró a todos en desobediencia», no para castigarnos, como querrían los acusadores, sino «para tener misericordia de todos» (Rom 11,32). No se debe condenar a los pecadores públicos porque Él ha sufrido por todos para conseguir el perdón del cielo para todos, y por esta razón ya nadie puede condenar a otro ante Dios. «Olvidándome de lo que queda atrás». Pablo, en la segunda lectura, está totalmente conquistado por este perdón de Dios otorgado mediante la pasión y resurrección de Cristo. Comparado con esta verdad, nada tiene ya valor: todo es abandonado como «desperdicio» para participar del misterio de la pasión y resurrección de Cristo. El apóstol sabe que esto, que ya ha sucedido, es nuestro verdadero futuro, hacia el que nos dirigimos directamente, sin mirar a derecha o izquierda, mirando siempre hacia delante, con los ojos puestos en la «meta». Porque esta meta está ya presente -el hombre ha sido ya «alcanzado» por Cristo»-, sigue corriendo como si aún no la hubiera conseguido (Pablo subraya esto dos veces). El cristiano no mira hacia atrás, sino siempre hacia lo que está por delante: toda su existencia recibe su sentido de esta carrera. Si corremos al encuentro de Cristo, todo mirar atrás, hacia una falta del pasado, para afligirse por ella, sólo puede hacernos daño, pues la falta está ya perdonada. "Miren que realizo algo nuevo". Ya el Antiguo Testamento había hecho de este mirar hacia delante un mandamiento: «No se acuerden de las cosas pasadas» (primera lectura). En Israel era una costumbre profundamente arraigada recordar el comienzo de la salvación, la salida de Egipto: ciertamente pensando que hacer memoria del comienzo podía fortalecer la fe en el Dios que camina actualmente con el pueblo. Pero Dios no quiere que Israel permanezca cautivo de este recuerdo del pasado, pues Él promete algo nuevo, y es ciertamente algo que «ya está germinando», cuya presencia se puede «notar», al igual que en la Nueva Alianza el Espíritu Santo que se otorga a los creyentes será una «prenda» de la vida eterna. De este modo Dios traza un camino para Su pueblo, a través del desierto, hacia la vida eterna; y para nosotros, que estamos redimidos, traza un camino que conduce a la bienaventuranza eterna. Sugerencias... Lo nuevo es Cristo. Al ir cerrando este tiempo cuaresmal, después de caminar cuarenta días en el desierto de nuestro mundo interior, de pronto nos encontramos con la presencia de Cristo que arroja luz y agua sobre nuestro corazón y nuestra vida. Hemos dejado al otro lado del desierto nuestro «todo», un esquema y un modo de pensar, un estilo de vivir, mas ¿cuál es nuestra ganancia? Y respondemos con Pablo: «Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo desperdicio con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía -la de la ley- sino con la que viene de la fe de Cristo...» Al entrar al desierto cuaresmal se nos pidió despojo total, descalzarnos y cambiar de vida, caminar sin equipaje y sin defensas. Y eso, a veces, da miedo. ¿Es que se nos conducía a la muerte? De alguna manera, sí. A morir a nosotros mismos, para «llegar a la resurrección», al renacimiento del hombre- nuevo en Cristo. Ahora, en la semana final de la Cuaresma, se nos llama a la total purificación para que Cristo, muerto y resucitado, nos inunde y nos vista con su luz (para morir a lo viejo, y resucitar a lo nuevo, una vida nueva en la práctica de las virtudes. «Miren que realizo algo nuevo; ya está germinando, ¿no lo notan?». ¿Queres ser nuevo en Cristo, en la novedad de Cristo? Beata Virgen María, ruega por nosotros ...

lunes, 25 de marzo de 2019

HOMILIA DEL DOMINGO 4 DE CUARESMA

Nexo entre las LECTURAS "Déjense reconciliar con Dios", he aquí una clave de lectura de los textos litúrgicos de este Domingo de cuaresma. En la primera lectura Dios se reconcilia con su pueblo, concediéndole entrar en la tierra prometida, después de cuarenta años de vagar sin rumbo por el desierto. En la parábola evangélica el padre se reconcilia con el hijo menor, y, aunque no parece tan claramente, también con el hijo mayor. Finalmente, en la segunda lectura, san Pablo nos enseña que Dios nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación. El Salmo 33 es un canto de acción de gracias. Son muchos los beneficios que, con el salmista, hemos recibido del Señor y nos vemos en la necesidad de agradecérselos. En tantos momentos, especialmente en las pruebas de la vida, hemos visto la mano bondadosa de Dios, su fidelidad, su solicitud, por eso expresamos, toda nuestra gratitud a Dios providente. Temas... Sugerencias Gracias a Dios, este texto del capítulo quince del evangelio según San Lucas, es bastante conocido. Es un texto que suena familiar a nuestros oídos. Es la proclamación maravillosa del poder de la misericordia de Dios. Porque en esta parábola Jesucristo une dos palabras que suelen estar muy separadas: poder y misericordia. Entre nosotros, es frecuente que el que tiene el poder es inmisericorde; y a veces, como se ha dicho dramáticamente, la escalera del poder está marcada por pisar a otros para llegar arriba. El que tiene el poder no suele tener misericordia; y los que tienen misericordia, los de corazón compasivo, suelen ser personas que tienen muy poco poder. Solemos decir: Ancianas piadosas, madres amorosas, hombres que son muy buenas personas, pero gente irrelevante, ‘irrelevante’ decimos nosotros. Los que tienen compasión no suelen lograr poder; y los que tiene poder no suelen tener misericordia. Pero aquí nos aparece Dios, nuestro Padre, y el ministerio mismo de Jesucristo como una obra al mismo tiempo de PODER y de MISERICORDIA, y esto es maravilloso. Porque tiene poder, transforma; porque tiene misericordia, levanta; porque tiene compasión de nosotros, puede mirar la herida en toda su extensión; y porque tiene poder sobre nosotros, puede sanar la herida en toda su profundidad. Y por eso este evangelio maravilloso nos llama a todos a la casa del Padre, para también nosotros recibir ese abrazo. Cuando ese hijo menor se fue de la casa, él estaba mirando sólo los bienes de su padre; tenía los bienes, buscaba los bienes, quería los bienes de su padre, pero él era un huérfano, en su corazón era un huérfano, para él su papá no existía, existían los bienes de su padre. Y por eso se resolvió acabar con todo ello de una vez, y ‘mató’, decimos, al papá, le pidió la herencia, y sabemos que las herencias (entre nosotros) se reparten después de que la gente muere. Cuando el hijo menor le dijo al papá: "Dame la parte de la herencia", lo que le estaba diciendo era: "Papá, tú no existes para mí, tú no eres un papá para mí, tu vida es tu vida, pero tú no tienes vida en mí, tú ya moriste para mí, me interesan tus bienes". Él no tenía papá, conocía los bienes del papá, quería los bienes del papá. Precisamente, padre y papá, fue lo que encontró cuando volvió de su vida, cuando volvió de su pecado. Cuando volvió, lo que encontró fue a su padre, es decir, descubrió al papá. Y todos nosotros estamos llamados a hacer ese mismo descubrimiento. Este es como el primer sentido, como la primera enseñanza que esta parábola maravillosa, llena de ternura y de gracia, tiene para cada uno de nosotros. Pero no se nos puede olvidar que la parábola fue dicha en un momento muy concreto de la vida de Cristo. Nos dice el Evangelista: "Los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban a escuchar a Jesús. Entonces los fariseos y los escribas empezaron a criticarlo, y por eso Jesús dijo esta parábola". Es evidente que esos recaudadores de impuestos y esos pecadores, que volvían a Jesús, que se alegraban del Evangelio, que sentían el amor de Dios, son los que están representados por el hijo menor. Y es evidente entonces que los escribas y fariseos, que critican a Jesús, que se disgustan de la misericordia de Dios, están representados por ese hijo mayor. Y por eso la enseñanza, aunque puede aplicarse para que cada uno de nosotros descubra a ese Padre misericordioso que es Dios, también está para que cada uno de nosotros deje a Dios ser Dios, para que cada uno de nosotros no ponga obstáculos al poder de la misericordia de Dios en las vidas de otras personas. Porque si lo pensamos bien, este papá en realidad no tenía hijos, el uno que se fue, corporalmente; y el otro, que estando ahí, tenía el corazón en otras cosas. Hay como una maravillosa coincidencia en la enseñanza que Cristo nos hace sobre los intereses de estos dos hijos… Cuando el hijo menor piensa en regresar, medita en su corazón estas palabras: "Voy a decirle a mi papá: Pequé contra el cielo y contra ti. No merezco ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros". Y ahora considera lo que dice el hijo mayor cuando vuelve. El hijo mayor no quiere integrarse a la fiesta, y le dice al papá estas palabras: "Fíjate cuántos años hace que te estoy sirviendo sin desobedecer jamás una orden tuya". El hijo mayor tampoco se sentía hijo, tenía corazón de jornalero, tenía corazón de empleado, no tenía corazón de hijo. Él sentía que su papá era su capataz, él sentía que su padre era su amo y sentía que tenía que cumplirle las órdenes. Este hijo mayor tampoco tenía papá. Y por eso va ganando el hijo menor, porque el hijo menor por lo menos descubrió que tenía padre. El hijo mayor, por lo menos hasta donde termina la parábola, todavía no lo ha descubierto. El mayor está más lejos de su padre, aunque se haya quedado en la casa; está más lejos de tener papá, aunque le vea todos los días; está más lejos de sentirse hijo, aunque habite en la misma casa. No tiene papá ni se siente hijo porque se considera un empleado. Si pudiera, si no le diera miedo, si tuviera un poco más de valor, también él pediría la herencia. Pero él está tratando de guardar sus intereses; él no ama a su papá, ni siquiera lo reconoce como padre, lo considera su capataz. Él está guardando sus intereses. Meditamos lo que sigue diciendo al papá: "A mí nunca me has dado ni siquiera un cabrito para tener un banquete con mis amigos"… "con mis amigos"… "con mis amigos". El corazón del hijo mayor está en otro sitio. Él quiere tener banquetes con "sus amigos". Él quiere tener "sus intereses". A él no le interesa alegrarse con la fiesta y con el corazón del papá. Es una historia ‘un poco triste’ la de este papá que no tiene hijos, el uno que se va corporalmente y el otro que tiene el corazón lejos, que está pensando en otras cosas, que está pensando en sus propios amigos y que está tratando de esperar, con paciencia rabiosa, el día en que el papá le dé por fin un cabrito para compartir con sus amigos, porque él siente que el novillo gordo es el del papá, ese novillo no es para él. Así que este evangelio tiene también una enseñanza para todos aquellos que a veces no pecan, que a veces no pecamos, porque dejamos de pecar por cobardía, dejamos de pecar por guardar una imagen, dejamos de pecar por respeto a la ley, dejamos de pecar por vanidad nuestra, dejamos de pecar por cualquier otra razón, pero no dejemos de pecar porque estemos amando a Dios. El que se abstiene de pecar porque es un cobarde, por guardar una imagen, o por cosa parecida, que lea esta parábola para que sepa lo que Dios está pensando de él. Ése tampoco es hijo, ése se queda sin entrar a la fiesta, en cierto modo a ése le va peor que a todos. Nosotros, entonces, tenemos aquí otra enseñanza: dejar de pecar por estos motivos, en realidad no es dejar de pecar, porque lo grande de dejar de pecar es empezar a amar. Este muchacho mayor tuvo que escuchar estas palabras de su papá: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo". Fíjate cómo el hijo mayor le había dicho -al papá-: "Apenas llega ese hijo tuyo, que derrochó sus bienes con mujeres de mala vida"… lo llamó: "Ese hijo tuyo" no dijo: "Mi hermano", él no se siente hermano -de nadie-. "Apenas llega ese hijo tuyo, que derrochó los bienes", eso era lo que le preocupaba a él, los bienes, como a los fariseos y a los escribas: "Apenas llega ese hijo tuyo, que derrochó sus bienes". Y ahora oír el lenguaje del papá: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo", "si es mi hijo, también es tu hermano". De manera que aquí hay un test maravilloso para saber si uno está sirviendo a Dios con el corazón interesado de un jornalero o con el corazón amoroso de un verdadero hijo. Si yo puedo sentir que ese pecador reconciliado, que ese pobre que recibe ayuda, que ese hombre que sale de su postración y adquiere su verdadera dignidad, si yo puedo sentir que esos hombres son mis hermanos, entonces soy hijo de Dios. En otro caso soy un gran jornalero, soy un hipócrita, que estoy esperando el momento en que Dios me dé un cabrito para, así, hacer "mi fiesta", lejos de Dios, lejos de mi Papá. Yo me descubriré como hijo de Dios cuando pueda llamar "míos" a los que Dios llama "suyos", y si Dios llama "suyos" a los pequeños, a los pobres, a los pecadores, a los mínimos, si esos son los de Dios, yo sólo seré hijo de Dios cuando yo pueda decir que esos también son los míos, que esos, en los que obra Dios, son también la alegría de mi corazón. Ahora (estamos en Misa) vamos a saciarnos en un banquete, en esta Eucaristía. Dios nos ofrece con abundancia, no el novillo gordo, el novillo que reclamara el mayorcito, dentro del texto original griego de esta parábola, ahí esa expresión "el novillo gordo", aparece con artículo determinado, es uno solo, el novillo, el único, el que está reservado para la gran fiesta. Es ése que está reservado para la gran fiesta, ése que está reservado para el banquete de Papá Dios con todos sus hijos reconciliados, ese novillo gordo es la imagen del CORDERO PASCUAL, que se ofrece en la Eucaristía. Por eso, si alguien pregunta: en esta parábola, ¿en dónde aparece Cristo? Porque aparece Papá Dios, y aparecen los pecadores, ya sean del ala de los recaudadores o del ala de los escribas, y Cristo, ¿dónde aparece aquí?. Y a mí se me ocurre que Cristo está en la figura de Ése que se ofrece en banquete de Pascua, en banquete de reconciliación, en banquete de alegría. Ése es el Cristo que se ofrece para gloria del Padre, para alimento y para comunión de todos nosotros en esta Eucaristía. Comer de este Novillo, comer de este Cordero reservado por Dios, comer de Él es entrar en la lógica de su misericordia, es aceptar que por encima de sus bienes tenemos el bien máximo de llamarle "Padre", y tenemos el bien hermosísimo de reconocernos hermanos. Bendito Dios que nos convoca a alimentarnos de su Palabra y a saciarnos de su misericordia en este banquete eucarístico. A Él nuestro amor y nuestra alabanza por los siglos arropados y acompañados por nuestra buena Mamá, MARÍA.

PARA DIOS NADA ES IMPOSIBLE

Si Dios pudo venir a nuestra tierra y hacerse uno de nosotros, ha quedado también abierto el camino para que nosotros vayamos al cielo, para que participemos de nuestra naturaleza divina, como nos dice la Carta del Apóstol Pedro. El objetivo de la Encarnación, la meta, podríamos decir, de la Encarnación, no es que Cristo se quede en la tierra. Bien sabemos que Nuestro Señor Jesucristo, terminada su misión de amor aquí, ascendió a los cielos, y en el evangelio de Juan leemos: "Salí del Padre y vine al mundo, ahora, dejo el mundo y voy al Padre" San Juan 16,28. El objetivo de la Encarnación no es que Cristo llegue a la tierra, más bien, es aquello otro que nos dice el Apóstol San Pablo: "Subiendo la altura, llevó cautivos" Carta a los Efesios 4,8. Vino Cristo solo, nos enseña San Agustín, pero no se fue solo. La Encarnación es el comienzo de una aventura de amor, de gracia, de poder, de sabiduría; y nosotros estamos en esa aventura, porque Cristo que vino solo del Padre, no vuelve solo al Padre, sino que vuelve con todos nosotros. En ese sentido, apreciaremos más el don de la Encarnación, cuanto más unidos estemos en Cristo en su retorno al Padre. El que no acompaña a Cristo de vuelta al Padre, no tiene mucho que decir de la llegada de Cristo que viene del Padre. Sólo unidos a Cristo que retorna al Padre, entendemos por qué el Padre envió a su hijo. "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad" Carta a los Hebreos 10,7, dice Cristo. Y esa voluntad, ¿cuál es? Nuestra salvación, esto es lo que decimos en el Credo Niceno-Constantinopolitano: "Por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo y se hizo hombre". Nosotros, nuestra salvación, nuestra liberación, esa es la razón de la Encarnación, esa es la voluntad del Padre, esa es la obediencia del Hijo, ese es el motivo de ese despliegue único, singular e irrepetible del Espíritu Santo, según las palabras que el Ángel le dijo a la Virgen: "El Espíritu vendrá sobre ti, la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra" San Lucas 1,35. Agradezcamos este milagro y preparémonos para el otro milagro, para ir de vuelta con Cristo, que si ya es cosa grande ver a Cristo hecho hombre, no será menor sino mayor prodigio ver que nuestra naturaleza, en Cristo y por Cristo, contempla a Dios y se hace semejante a Él.

lunes, 18 de marzo de 2019

HOMILIA DE SAN JOSÉ, ESPOSO DE SANTA MARÍA VIRGEN. 19 de Marzo. Solemnidad.

SAN JOSÉ, ESPOSO DE SANTA MARÍA VIRGEN. 19 de Marzo. Solemnidad. Primera: 2 Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Salmo: Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29; Segunda: Romanos 4, 13.16-18.22; Evangelio: Mateo 1, 16. 18-21. 24a, o bien Lucas 2, 41-51a Nexo entre las LECTURAS… Temas... Sugerencias… 1. La Liturgia de hoy en honor de San José pone de relieve las características de este hombre humilde y silencioso que ocupó un puesto de primer plano en la inserción del Hijo de Dios en la historia. Descendiente de David, -«hijo de David», como dice el Evangelio (Mt 1, 20) emparenta a Cristo con la estirpe de la que Israel esperaba al Mesías. Por medio del humilde carpintero de Nazaret se realiza así la profecía hecha a David: «Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre» (2 Sm 7, 16; 1a lectura) José no es el padre natural de Jesús porque no le ha dado la Vida, pero es el padre virginal que por mandato divino cumple, para con él, una misión legal: le da un nombre, lo inserta en su linaje, lo tutela y provee a su sustento. Esta relación tan íntima con Jesús le viene de su desposorio con María. José es el hombre «justo» (Mt 1, 19) al que ha sido confiada la misión de esposo virgen de la más excelsa entre las criaturas y de padre virginal del Hijo del Altísimo. Es «justo» en el sentido pleno del vocablo, que indica virtud perfecta y santidad. Una justicia, pues, que penetra todo su ser mediante una total pureza de corazón y de vida y una total adhesión a Dios y a su voluntad. Todo esto en un cuadro de vida humilde y escondida como ninguna, pero resplandeciente de fe y amor. «El justo vivirá de la fe» (Rm 1, 17); y José, el «justo» por excelencia, vivió en grado máximo de esta virtud. Muy oportunamente la segunda lectura (Rm 4, 13.16-18. 22) habla de la fe de Abrahán presentándola como tipo y figura de la de José. Abrahán «creyó contra toda esperanza» (¡b 18) que llegaría a ser padre de una gran descendencia y continuó creyéndolo aun cuando, por obedecer a una orden divina, estaba para sacrificar a su hijo único. José frente al misterio desconcertante de la maternidad de María creyó en la palabra del ángel: «la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1, 20), y cortando toda vacilación obedeció a su mandato: «no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer» (ib). Con más fe que Abrahán, hubo de creer en lo que es humanamente inimaginable: la maternidad de una virgen y la encarnación del Hijo de Dios. Por su fe y obediencia mereció que estos misterios se cumpliesen bajo su techo. 2. Toda la vida de José fue un acto continuado de fe y de obediencia en las circunstancias más oscuras y humanamente difíciles. Poco después del nacimiento de Jesús se le dice: «Levántate, toma al Niño y a su madre y huye a Egipto» (Mt 2, 13); más tarde el ángel del Señor le ordena: «Ve a la tierra de Israel» (ib 20). Inmediatamente -de noche- José obedece. No demora, no pide explicaciones ni opone dificultades. Es a la letra «el administrador fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia» (Lc 12, 42), totalmente disponible a la voluntad de Dios, atento al menor gesto suyo y presto a su servicio. Una entrega semejante es prueba de un amor perfecto; José ama a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas. Su posición de ‘jefe’ de la sagrada familia le hace entrar en una intimidad singular con Dios cuyas veces hace, cuyas órdenes ejecuta y cuya voluntad interpreta; con María, cuyo esposo es; con el Hijo de Dios hecho hombre, a quien ve crecer bajo sus ojos y sustenta con su trabajo. Desde el momento en que el ángel le revela el secreto de la maternidad de María, José vive en la órbita del misterio de la encarnación; es su espectador, custodio, adorador y servidor. Su existencia se consume en estas relaciones, en un clima de comunión con Jesús y María y de oración silenciosa y adoradora. Nada tiene y nada busca para sí: Jesús le llama padre, pero José sabe bien que no es su hijo, y Jesús mismo lo confirmará: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49). María es su esposa, pero José sabe que ella pertenece exclusivamente a Dios y la guarda para Él, facilitándole la misión de madre del Hijo de Dios. Y luego, cuando su obra ya no es necesaria, desaparece silenciosamente. Sin embargo, José ocupa todavía en la Iglesia un lugar importante, pues continúa para con la entera familia de los creyentes su obra de custodio silencioso y providente, comenzada con la pequeña familia de Nazaret. Así la Iglesia lo venera e invoca como su protector y así lo contemplan los creyentes mientras se esfuerza en imitar sus virtudes. En los momentos oscuros de la Vida, el ejemplo de san José es para todos un estímulo a la fe inquebrantable, a la aceptación sin reservas de la voluntad de Dios y al servicio generoso. San José, ruega por nosotros.

miércoles, 6 de marzo de 2019

HOMILÍA MIÉRCOLES DE CENIZA(06 DE MARZO DE 2019)

MIÉRCOLES DE CENIZA (6 de marzo de 2019) Primera: Joel 2, 12-18; Salmo: Sal 50, 3-6a. 12-14. 17; Segunda: 2Corintios 5, 20 – 6,2; Evangelio: Mateo 6, 1-6.16-18 Nexo entre las LECTURAS. Las tres lecturas de hoy expresan con claridad el programa de conversión que Dios quiere de nosotros en la Cuaresma: conviértanse y crean el Evangelio; conviértanse a mí de todo corazón; misericordia, Señor, porque hemos pecado; déjense reconciliar con Dios; Dios es compasivo y misericordioso... Cada uno de nosotros, y la comunidad, y todos, necesitamos oír esta llamada urgente al cambio pascual, porque todos somos débiles y pecadores, y porque sin darnos cuenta vamos siendo vencidos por la dejadez y los criterios de este mundo, que no son precisamente los de Cristo. Los "signos": ¿Qué hacemos con la ceniza y el ayuno-abstinencia? En sí ‘son’ nada. Las cosas, los ritos, los gestos, no valen por sí mismos, sino por el signo- significado, y por el espíritu con que los realiza la Iglesia. Es lo que bellamente nos enseña hoy Jesús en el evangelio. La limosna, para que no nos desordene el corazón la debemos practicar en la misericordia y el amor. La oración es buena si es fruto del Espíritu y el amor. El ayuno que agrada al Padre es el que se hace en humildad y caridad. Practiquemos ayunos, oraciones y limosnas para acercarnos a Dios y a los demás… Temas... LA CENIZA. «Eres polvo y al polvo volverás» (Gen 3, 19). Estas palabras, que el Señor pronunciara por primera vez dirigidas a Adán por razón del pecado cometido, las repite hoy la Iglesia a todo cristiano, para que podamos recordar algunas verdades fundamentales: nuestra ‘nada’, nuestra ‘condición’ de pecador, de heridos por el pecado y la realidad de la ‘muerte’, del límite. El polvo -|a ceniza colocada sobre la cabeza de los fieles-, algo tan ligero que basta un leve soplo de aire para dispersarlo, expresa muy bien cómo el hombre es ‘nada’. «Señor... mi existencia cual nada es ante ti» (Sal 39, 6), exclama el salmista. Cómo necesita hacerse añicos el orgullo humano delante de esta verdad. Y es que el hombre por sí mismo no sólo es nada, es también pecador; precisamente él, que se sirve de los mismos dones recibidos de Dios para ofenderle. La Iglesia hoy invita a todos sus hijos a inclinar la cabeza para recibir la ceniza en señal de humildad y a pedir perdón por los pecados; al mismo tiempo nos recuerda que en pena de nuestras culpas un día tendremos que volver al polvo. Pecado y muerte son los frutos amargos e inseparables de la rebeldía del hombre ante el Señor. «Dios no creó la muerte» (Sab 1, 13), ella entró en el mundo mediante el pecado y es su triste «salario» (Rom 6, 23). El hombre, creado por Dios para la Vida, la alegría y la santidad, lleva dentro de sí un germen de vida eterna (GS 18); por eso nos hacen sufrir ese pecado y esa muerte que amenazan impedirnos la consecución de nuestro fin y por lo tanto la plena realización de nosotros mismos. Y no obstante, la invitación de la Iglesia a meditar estas realidades dolorosas no quiere hundir nuestro espíritu en una visión pesimista de la vida, sino más bien abrir nuestros corazones al arrepentimiento y a la esperanza. Si la desobediencia de Adán introdujo el pecado y la muerte en el mundo, la obediencia de Cristo ha traído el remedio contra ellos, la salvación para nosotros. La Cuaresma prepara a los fieles a la celebración del misterio pascual, en el cual precisamente Cristo salva al hombre del pecado y de la muerte eterna y transforma la muerte corporal en un paso a la vida verdadera, a la comunión beatífica y eterna con Dios. El pecado y la muerte son vencidos por Cristo muerto y resucitado y tanto más participará el hombre de semejante victoria cuanto más participe de la muerte y resurrección del Señor. LA CONVERSIÓN. «Esto dice el Señor: Conviértanse a mí de todo corazón, en ayuno, en llanto y en gemidos. Rasguen sus corazones y no sus vestiduras» (Joel 2, 12-13). El elemento esencial de la conversión es en verdad la contrición del corazón: un corazón roto, golpeado por el arrepentimiento de los pecados. Este arrepentimiento sincero incluye de hecho el deseo de cambiar de vida e impulsa a ese cambio real y práctico. Nadie está libre de este empeño: todo hombre, aun el más virtuoso, tiene necesidad de convertirse. es decir, de volver a Dios con más plenitud y fervor, venciendo aquellas debilidades y flaquezas que disminuyen nuestra orientación total hacia Él. La Cuaresma es precisamente el ‘tiempo clásico’ de esta renovación espiritual: «Ahora es el tiempo propicio, ahora es el tiempo de la salvación» (2 Co 6, 2), advierte san Pablo; pertenece a cada cristiano hacer de él un momento decisivo para la historia de la propia salvación personal. «Les pedimos en nombre de Cristo: reconcíliense con Dios», insiste el Apóstol y añade: «los exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios» (ib 5, 20; 6, 1). No sólo el que está en pecado mortal tiene necesidad de esta reconciliación con el Señor; toda falta de generosidad, de fidelidad a la gracia impide la amistad íntima con Dios, enfría las relaciones con él, es un rechazo de su amor, y por lo tanto exige arrepentimiento, conversión, reconciliación. El mismo Jesús indica en el evangelio (Mt 6, 1-6; 16-18) los medios especiales para mantener el esfuerzo de la conversón: la limosna, la oración, el ayuno: e insiste de manera particular en las disposiciones interiores que los hacen eficaces. La limosna «expía los pecados» (Ecli 3, 30), cuando es realizada con la intención única de agradar a Dios y de ayudar a quien está necesitado, no cuando se hace para ser alabados. La oración une al hombre con Dios y alcanza su gracia cuando brota del santuario del corazón, y no cuando se convierte en una vana ostentación o se reduce a un simple decir palabras. El ayuno es sacrificio agradable a Dios y redime las culpas, si la mortificación corporal va acompañada de la otra, sin duda más importante, que es la del amor propio. Sólo entonces, concluye Jesús, «tu Padre que mira en lo secreto te recompensará» (Mt 6, 4. 6. 18), es decir, te perdonará los pecados y te concederá gracias siempre más abundantes. Sugerencias... Invitar a globalizar la reconciliación. Especialmente el Papa quiere que extendamos la reconciliación-misericordia a todos los hombres, en todas las latitudes y en cualquier estrato de la sociedad y con todas las culturas y religiosidades. Como católicos, hemos de reconciliarnos primeramente con nosotros mismos, con nuestra conciencia puesta delante de Dios y de su voluntad. A la vez, hemos de buscar la reconciliación dentro de la misma Iglesia católica, pues una persona o una comunidad no reconciliadas no podremos tampoco reconciliar a otros ni con otros. Bajo el impulso y la guía del Santo Padre y de nuestros Obispos hemos de promover la reconciliación con todas las comunidades cristianas separadas de la Iglesia católica: con nuestra oración, con nuestro testimonio, con nuestra solidaridad, con nuestra ayuda material o espiritual. Se ha de promover por igual la reconciliación con los miembros de otras religiones (judíos, musulmanes, budistas, hinduistas...). Es probable que dentro de nuestras mismas parroquias haya miembros de otras Iglesias cristianas, o de otras religiones: habrá que comenzar por ellos el impulso y el deseo de reconciliación. ¿Cómo? Tratando de realizar las formas que nuestros obispos o párrocos nos señalan; pero además, el Espíritu inspirará a cada uno otras formas concretas, personales o grupales de hacerlo. La reconciliación global abarca otros sectores de la vida, además del religioso: reconciliación en la vida laboral, barrial, vecinal, espacios de la vida sindical, política, entre diversos sectores económicos, reconciliación en los estadios de fútbol entre los hinchas de un equipo y de otro, del equipo nacional de diversos países... En Argentina, una reconciliación Nacional con ocasión del camino de la elección de nuestros gobernantes y legisladores. Recordemos que la globalización de la reconciliación es para un bien mayor, para la mayor gloria de Dios y la salvación de todos los hombres. La reconciliación permanente. Que no sea solo ocasional... además no nos reconciliamos de una vez para siempre, sino que necesitamos mantenernos en actitud ‘continua’ de reconciliación. En la reconciliación sucede lo que en el amor: si no se alimenta, se enfría, se arrutina, y muere. Día tras día hay que renovar la actitud del hombre hacia la reconciliación, y hay que ejercitarse en actos de reconciliación, por pequeños que parezcan o sean, para mantenerla viva y para hacerla crecer. ¿Cuántas ocasiones tienes al día de practicar la reconciliación?, ¿lo harás? No la dejes pasar, Dios te ama y te llama a practicar la misericordia. Aprovecha esta gracia. Para llegar a crear una actitud de reconciliación se requiere haberla practicado, sin cansancio, en muchas ocasiones. ¿Por qué no reflexionar, al final del día, si has tenido alguna oportunidad de reconciliarte con Dios, le has fallado en algo, has sido menos generoso con Él?, ¿has tenido alguna ocasión de practicar la reconciliación con los demás (familiares, vecinos, emigrantes, cristianos de otras Iglesias, mendigos...)? y, ¿la has sabido aprovechar? ¡Una reflexión que puede cambiar bastante nuestra vida y nuestro entorno! INVITACIÓN: Invitar para que tengamos una buena Cuaresma y una hermosa PASCUA. María, Madre de misericordia, ¡ruega por nosotros!

HOMILIA Primer Domingo de CUARESMA cC (10 de marzo 2019)

Primer Domingo de CUARESMA cC (10 de marzo 2019) Primera: Deuteronomio 26, 1-2. 4-10; Salmo: Sal 90, 1-2. 10-15; Segunda: Romanos 10, 5-13; Evangelio: Lucas 4, 1-13 Nexo entre las LECTURAS Las lecturas de hoy son toda una profesión de la fe, un "credo". Los israelitas profesan su credo en el templo: "Mi padre fue un arameo errante...Él (el Señor) nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos que tú, Señor, me has dado". (Primera Lectura). Jesús responde tres veces a Satanás como reafirmación de lo que Él cree: "no sólo de pan vive el hombre". "Al Señor, tu Dios, adorarás y él solo darás culto" "No tentarás al Señor, tu Dios". Finalmente la segunda lectura contiene una antigua profesión de la fe cristiana: "Jesús es el Señor". Temas... «El Señor nos dio esta tierra». La ofrenda de las primicias aparece asociada en la primera lectura a una antigua confesión de fe de Israel, la cual narra en apretado resumen la acción salvífica de Dios: el arameo errante y sin patria debe ser Jacob, que había servido en Aram, en casa de Labán; venía del extranjero y se estableció en Egipto, una tierra aún más extranjera. Sólo la salida de Egipto merced a la fuerza de Yahvé y la tierra que Éste dio al pueblo proporcionaron a Israel el bienestar y la vida sedentaria. Por eso las primicias de los frutos del suelo pertenecen a Dios. La confesión es aquí reconocimiento. Los dones que se traen en la cesta no son más que la imagen simbólica de la actitud interior de fe. «Durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto». La actividad pública de Jesús comienza también, según el relato del evangelio de hoy, con un ‘vagar sin patria’ por el desierto, y aquí resuenan más fuertemente los cuarenta años que Israel anduvo errante por el desierto. Fue éste un tiempo de prueba y a menudo de verdadera tentación, a la que el pueblo sucumbió más de una vez. Fue también un tiempo de ejercicio solitario de su relación con Dios, del mismo modo que los confesores, los apóstoles y los santos cristianos con frecuencia sólo han comenzado su misión entre los hombres después de años de desierto y de estar con Dios a solas. Que durante este tiempo su fe se forjara definitivamente, muestra que han seguido el camino de su Señor, que también ayunó en el desierto y se vio sometido a las tentaciones relativas a su misión mesiánica. En modo alguno debemos poner en cuestión o subestimar la profundidad de estas tentaciones de Jesús. Él, que tomó sobre sí nuestro pecado, quiso también experimentar nuestras tentaciones, el maligno y engañoso poder de seducción. «Eva se dio cuenta de que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable porque daba inteligencia» (Gn 3,6). A Jesús, que no había probado bocado durante cuarenta días, un pan al alcance de la mano debió parecerle apetecible; la posesión de este mundo que Él debía llevar al Padre, deseable, y el milagro que se le propuso, muy útil para afirmar su posición ante el pueblo. Todo esto era tan plausible. ¿Por qué elegir un camino tan complicado de renuncia? Los tres versículos de la Escritura con los que Jesús replica y se opone al diablo, no son fórmulas aprendidas de memoria, sino respuestas “amargas y trabajosamente” conseguidas. Se las puede llamar, en un sentido más elevado, una confesión de fe existencial. "La fe del corazón y la profesión de los labios". Esta confesión (en la segunda lectura) no quiere decir que eso sea algo subjetivamente fácil: la palabra (de la fe que la Iglesia anuncia) «está cerca: en los labios y en el corazón» del creyente, porque esa palabra es en el fondo el mismo Cristo; pero es una palabra que el propio creyente ha de pronunciar y nadie puede pronunciar por él. Y esto de nuevo no como una fórmula aprendida de memoria, de todos conocida y sacada de la liturgia de la comunidad, sino como una afirmación que implica estar dispuesto a sacar las consecuencias para la propia vida: «Jesús es el Señor (Kyrios)» y «Dios lo resucitó» de entre los muertos. Las dos cosas se implican mutuamente: como el resucitado, Jesús es también el Kyrios que reina sobre el mundo entero, por tanto también sobre mí, sobre mi corazón, sobre mi vida; por ello también es el Kyrios «de todos, generoso con todos los que lo invocan», ya sean judíos o griegos, chinos o indios. La confesión de fe en este Señor, la entrega de sí que en ella se expresa, proporciona «justicia y salvación», y no otra cosa que podamos imaginar como instrumento de salvación o como mérito. Sugerencias... Confesar la fe -en un mundo relativista-. La tentación es una compañera inseparable de la vida humana. El tentador es uno solo, y tan orgulloso que no tiene reparos en tentar al mismo Hijo de Dios y tan creatura que siempre hace lo mismo, tienta de la misma manera. Las formas que adopta y los medios que utiliza para tentar a los hombres en cada tiempo, costumbres, y culturas, fundamentales son siempre las mismas: tener, poder, saber, placer. En cualquiera de las tentaciones imaginables se incluye alguno de estos ingredientes. Como creyentes en Cristo, es una gracia para nosotros y una gran oportunidad confesar nuestra fe en medio de este mundo relativista, que se ha propuesto olvidar a Dios y la vida sobrenatural, ahogar o marginar la verdadera felicidad, la piedad y la práctica de las virtudes. Las tentaciones serán, para nosotros, una ocasión importante para confesar a Jesucristo, nuestro Dios y Señor, y, mediante nuestra confesión de fe, vencer la tentación con la fuerza de Dios y mostrar al mundo la dignidad del hombre que solo se comprende de rodillas frente a Dios en actitud de adoración: "Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe". No nos dejes caer en la tentación. Los cristianos somos débiles y lo sabemos. Pero también sabemos que tenemos la gracia de Dios y que si confiamos en Él podemos estar ‘seguros’ que los ataques del tentador, sin importar cuán poderosos sean, no pueden derrotarnos. ¿Por qué si no, pediríamos al Padre en nuestra oración diaria "No nos dejes caer en la tentación"? El supermercado de la religión y de lo sagrado está hoy día lleno de dioses y de ídolos que prometen de todo… y no pueden cumplir, y muchos escogen y eligen basándose en sus caprichos o gustos. Hay muchos católicos "culturales" que adoran el trabajo, la ciencia y la política más que a Dios. Como individuos y miembros de la Iglesia debemos rezar fervientemente el Padre Nuestro cada día, pidiendo al Señor humildemente "no nos dejes caer en la tentación". María, Medianera de todas las Gracias, ruega por nosotros.

viernes, 1 de marzo de 2019

Matteo Farina otro adolescente camino a los altares, el “infiltrado” entre los jóvenes

material de RADIO MARIA. Matteo Farina otro adolescente camino a los altares, el “infiltrado” entre los jóvenes 01/03/2019 – La santidad no es cosa del pasado ni tiene olor a naftalina. De hecho, entre los jóvenes existen grandes modelos de santidad que se convierten en faro para la vida de multitudes. Es el caso del Beato Pier Giorgio Frassati (1901 -1925), el joven de 24 años amante de la montaña, con fuerte fervor a la eucaristía y con un gran compromiso social con los más pobres en la Italia de la revolución industrial. También aparece la figura de la Beata focolarina Chiara Luce (1971 -1990), a quien le bastaron 18 años para vivir el evangelio en plenitud, ofreció su enfermedad a Jesús y antes de morir dijo “¡Ya no puedo correr más, pero cómo me gustaría poder pasarles la antorcha, como en las Olimpíadas! Los jóvenes tienen tan sólo una vida y vale la pena vivirla bien”. En el último tiempo apareció con fuerza la figura del siervo de Dios Carlo Acutis (1991 -2006), el “ciber apóstol” adolescente amante de las computadoras y creador de la primera web que recopila los milagros eucarísticos de todo el mundo. Al descubrirle una leucemia fulminante que lo mataría en 12 días, ofreció sus dolores y sufrimientos por el Papa y la Iglesia. Mateo, el amigo del Padre Pío y el “infiltrado” Matteo Farina (1991- 2009) nació en la localidad italiana de Avellino y pasó toda su vida en Brindisi. A los 9 años, una noche de enero del 2000, ve en sueños al Padre Pío que le dice :“Si has conseguido comprender que quien está sin pecado es feliz, debes hacer que los demás lo comprendan, de manera que podamos entrar todos juntos, felices, en el reino de los Cielos”. Es sólo un niño pero las palabras que el Santo de Pietrelcina le comunica le sacuden por dentro de tal manera que, en un instante, tiene clara su misión. Pero, ¿qué misión puede tener un niño de la periferia de Brindisi? Será él mismo quien lo explique en su diario: “Espero poder llevar a cabo mi misión de ‘infiltrado’ entre los jóvenes hablándoles de Dios (iluminado precisamente por Él): observo a los que me rodean para entrar entre ellos silencioso como un virus y contagiarles de una enfermedad que no necesita tratamiento, ¡el Amor!”. Una misión que Matteo ya no abandonará, ni siquiera cuando llegue el momento de dejar esta tierra, el 24 de abril de 2009, con solo 18 años. Matteo está hoy vivo en Dios y, mucho más que antes, obra por la conversión de todos los jóvenes al Amor de Dios, que hace nuevas todas las cosas. “Te gustaría gritarle al mundo que harías todo por tu Salvador, que estás preparado para sufrir y morir por Él. Tendrás la posibilidad de demostrarle tu amor…”. Ese deseo que el muchacho madura con pasión, día tras día, parece una verdadera profecía. Sucederá realmente esto: paralizado y clavado al lecho del sufrimiento, igual que Jesús en la cruz, Matteo ofrecerá su larga enfermedad, hasta las últimas gotas de vida, “por la salvación de las almas y la conversión de los pecadores”. El Señor le compensó en la tierra con la Gracia de una fe que mueve montañas. Y lo sostuvo en los momentos más oscuros, tan pequeño y, a la vez, tan fuerte como una roca contra la que arremete el mar en tempestad: “Acurrúcate humilde entre los brazos de Dios -repite Matteo en los momentos de mayor prueba- y te sentirás seguro. Déjate ir, abandónate, porque Él te llevará dónde te quiera llevar“. A los 13 años descubre que tiene una grave forma de cáncer cerebral. En septiembre de 2003, tras un verano feliz y despreocupado, Matteo empieza su viaje por la enfermedad, con fuertes dolores de cabeza y extraños problemas de vista. Serán 6 largos años recorriendo el vía crucis con Jesús. Dicho todo esto, si uno se imagina a un niño angustiado y triste, comete un error gravísimo. Matteo irradia luz, las terribles fiebres que lo golpean no son nada con la fiebre de vida con la que contagia a todos los que le rodean. Esto es lo que escribe en su diario mientras la enfermedad afecta cada vez más a su vida cotidiana: “Estoy viviendo una de esas aventuras que cambian tu vida y la de los demás. Te ayuda a ser más fuerte y a crecer, sobre todo, en la fe (…). Este es el diario de un niño de trece años con una experiencia espectacular (…). Y es realmente lo hermoso de esta aventura: parece un sueño, pero todo es verdad”. Incluso en los momentos más difíciles, el niño tiene la audacia de no verse como un enfermo. Matteo vive, vive intensamente, disfruta, ama. Está siempre rodeado de amigos, que se pegan a él como las abejas a la miel, adora la música, toca y canta en un grupo. En la medida de sus posibilidades, va al colegio y se presenta a los exámenes, consiguiendo óptimos resultados. Matteo es sonrisa, alegría, vida que pulsa. Es capacidad de amar y de donarse a los otros sin límites. Con solo mirarlo, no hay duda alguna: la luz que Matteo lleva dentro e irradia, es la luz de su amado Jesús. Un Jesús que crece dentro de él, que de niño se hace adolescente, luego hombre. Un Jesús Amigo, Compañero, Padre y Maestro. Un Jesús que sella su vida con su Amor eterno y misteriosamente vivo en el presente. En abril de 2007, Matteo se conoció y se enamoró de Serena, quien definirá “el regalo más hermoso que el Señor podría darle”, viviendo con ella una relación de amor puro. Los dos jóvenes permanecerían juntos hasta el final, apoyándose unos a otros, incluso cuando la enfermedad se hiciera cargo, acogiendo todo con gran madurez y fe, como la voluntad del Señor. Jesús y Matteo, una vieja amistad En el marco excepcional de una enfermedad vivida de manera extraordinaria, asombra el hecho de que la semilla de santidad hubiera sido plantada en los días de la “normalidad”, como diciendo que Jesús y Matteo ya se habían elegido mucho antes de la Cruz: desde el principio. Esta preferencia de Dios se manifiesta en Matteo con la forma de una caridad que pulsa: “la dulzura hecha persona“, así lo describen en su barrio, donde todos le conocen. De hecho, desde que era muy pequeño, Matteo desea llevar ese Amor que siente con fuerza dentro de su corazón a todos: familiares, compañeros, amigos. “Espero poder conservar la alegría que siento ahora y darla a quien tiene necesidad de ella –escribe en su diario–. Cuanta más alegría damos, más felices son los demás. Cuanto más felices son los otros, más felices somos nosotros“. Es un camino que, en algunas ocasiones, es arduo: aún siendo muy amado, Matteo es una persona bastante “incómoda”, sobre todo para sus coetáneos, con los que no le faltan pruebas. Sobre todo cuando tiene que enfrentarse a la experiencia de quien quiere cambiar su profunda sed de Verdad por los halagos del mundo. Como explica en su diario el 19 de septiembre de 2005, día en que cumple 15 años: “Me gustaría conseguir integrarme con mis coetáneos sin sentirme obligado a imitarlos en las equivocaciones. Me gustaría sentirme más partícipe en el grupo, sin tener que renunciar a mis principios cristianos. Difícil, ¡pero no imposible!”. Su gran amor por la Vida y su indómito deseo de amar a todos le llevan a idear caminos siempre nuevos, para recorrer la vía de la Verdad sin hacer concesiones. Y todo lo que queda incompleto, Matteo lo ofrece con amor a su Jesús que, con el tiempo, forma una unidad con su corazón. Matteo y su vida ofrecida en la cruz En la Cruz, Matteo crecerá cada vez más en el Amor y en la Caridad: al ritmo del Rosario a su “Virgencita”, de la Palabra de Dios y de la adorada Eucaristía, el joven ofrecerá todas sus penas y su cruz para que “cada alma pueda convertirse al Amor del Padre y cada pecador pueda encontrar la Salvación”. En especial, Matteo se preocupa por las almas de los jóvenes que lleva en su corazón. Es una Cruz que Matteo no sólo acepta, sino que llega a amar con todo su ser. Cuando su hermana Erika intenta ayudarle y consolarle después de las agotadoras terapias, él siempre responde seráfico: “Tanto es el bien que espero que cualquier dolor aprecio”. En los últimos tiempos, cuando está ya encamado porque los miembros y varios órganos no responden, repite a su madre: “Debemos vivir cada instante como si fuera siempre el último, pero no con la tristeza de la muerte. ¡No! Debemos hacerlo en la alegría de estar siempre preparados al encuentro con el Señor nuestro Dios”. En las noches de enorme sufrimiento -cuando ya los médicos anuncian la muerte cercana y, por lo tanto, informan de la suspensión de cualquier tipo de tratamiento-, es la madre la que, conociendo bien el alma de su hijo, habla por él: “No, lo seguís tratando y hacéis lo posible hasta el último instante”. Matteo, de hecho, con gran firmeza, le repetía siempre: “¡La vida hay que defenderla hasta el último instante!”. Matteo, con su vida sencilla y extraordinaria, siempre ha querido testimoniar con convicción que la santidad es un camino para todos, materializando las palabras que Juan Pablo II deseó a todos los jóvenes: “En realidad, es a Jesús a quien buscan cuando sueñan la felicidad; es Él quien los espera cuando no los satisface nada de lo que encuentran; es Él la belleza que tanto los atrae; es Él quien los provoca con esa sed de radicalidad que no les permite dejarse llevar del conformismo; es Él quien los empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien les lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en ustedes el deseo de hacer de su vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejarse atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejorarse a ustedes mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna”. Adaptación de material tomando en camino católico

lunes, 25 de febrero de 2019

O todo o nada: Hna. Clare Crockett (Película completa)

ORACIÓN POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO

HOMILIA Domingo Octavo del TIEMPO ORDINARIO cC (03 de marzo de 2019)

Domingo Octavo del TIEMPO ORDINARIO cC (03 de marzo de 2019) Primera: Eclesiástico 27, 4-7; Salmo: Sal 91, 2-3. 13-16; Segunda: 1 Corintios 15, 51. 54-58; Evangelio: Lucas 6, 39-45 Nexo entre las LECTURAS… Sugerencias... En el Evangelio de San Lucas el discurso sobre la caridad está seguido de algunas aplicaciones prácticas que esbozan la fisonomía de los discípulos de Cristo, los cuales, como dice San Mateo, deben ser “luz del mundo» (Lc 5, 14). Se afirma como que: no es posible alumbrar a los otros si no se tiene luz: ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?» (Lc 6, 39). La luz del discípulo no proviene de su perspicacia, de su solo ingenio… sino de las enseñanzas de Cristo aceptadas y seguidas dócilmente porque «el discípulo no está por encima del maestro» (ib 40). Sólo en la medida, con la ayuda de la gracia, que asimila y traduce en Vida la doctrina y ejemplos del Maestro hasta llegar a ser una imagen viviente del mismo, puede el cristiano ser guía luminosa para los hermanos y atraerlos a Él. Es un trabajo que empeña la vida en un esfuerzo continuo por asemejarse cada vez más a Cristo. Esto requiere una serena reflexión-discernimiento que permita conocer los propios defectos para no caer en el absurdo denunciado por el Señor: «Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo» (ib 41). Rezar para que no suceda que el discípulo de Jesús exija de los otros lo que no hace o que pretenda corregir en el prójimo lo que tolera en sí mismo, tal vez, en forma más grave. Combatir el mal en los otros y no combatirlo en el propio corazón es hipocresía, contra la que el Señor descargó con energía intransigente. El criterio para distinguir al discípulo auténtico del hipócrita son las palabras y las obras; «cada árbol se conoce por su fruto» (ib 44). Ya el Antiguo Testamento había dicho: «El árbol bien cultivado se manifiesta en sus frutos; así la palabra, el pensamiento del corazón humano» (Ecli 27, 6). Jesús toma este símil ya conocido de sus oyentes y lo desarrolla poniendo en evidencia que lo más importante es siempre lo interior del hombre del que se deriva su conducta. Como el fruto manifiesta la calidad del árbol, así las obras del hombre muestran la bondad o malicia de su corazón. «El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo» (Lc 6, 45). El hipócrita puede enmascararse cuanto quiera; antes o después el bien o el mal que tiene en el corazón desborda y se deja ver; «porque de la abundancia de su corazón habla su boca» (ib). He aquí, pues, el punto importante: guardar cuidadosamente el «tesoro del corazón» extirpando de él toda raíz de mal y cultivando toda clase de bien, en especial la rectitud, la pureza y la intención buena y sincera… ¡cuánta necesidad tenemos de pedir la ayuda y asistencia del Espíritu Santo!. Pero es evidente que al discípulo de Cristo no le basta un corazón naturalmente bueno y recto; le hace falta un corazón renovado y plasmado según las enseñanzas de Cristo, un corazón convertido totalmente al Evangelio. El empeño es arduo, porque la tentación y el pecado también, en el corazón del discípulo, están siempre al acecho. Para animarnos recuerda San Pablo que Cristo ha vencido al pecado y que su victoria es garantía de la del cristiano. «Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la Victoria por nuestro Señor Jesucristo!» (1 Cr 15, 57). Temas... «El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón». Conviene partir de esta sentencia, que es final en el texto, para reflexionar sobre el evangelio de hoy (que contiene además otras sentencias). La relación entre lo que pensamos interiormente y lo que expresamos, entre el corazón y la palabra, es normalmente una relación de correspondencia. En Dios el Verbo, su Palabra encarnada, es la expresión exacta del que habla, el Padre. En los seres creados, su forma externa revela su esencia: si un animal ladra, se sabe que es un perro. En cambio en los hombres, que pueden mentir, hay que andar con más cuidado y examinar detenidamente su conducta: a la larga será no una palabra sino todo su comportamiento lo que revele su actitud interior. Al igual que el árbol se conoce por su fruto, así también el hombre se conoce por todo su comportamiento. Jesús nos da dos indicaciones al respecto: ante todo el hombre que ha de juzgar a otro debe ser alguien que ve espiritualmente ayudado por la Luz de Dios y no un ciego o alguien que duda o no cree, o no pide ayuda a Dios para ver. Después, antes de intentar enmendar el equívoco en otro, debe examinar si entre lo que siente su corazón y lo que dice su boca hay una auténtica correspondencia. Conviene primero ajustarse a la medida de Cristo, que es la verdad total y definitiva de su Padre; y tras haberse apropiado realmente de esta medida, se estará más cerca de la forma correcta de ser veraz. Las indicaciones de Jesús para juzgar a los hombres se mueven entre la prudencia humana práctica y su propia comprensión divino-humana de la verdad (Él es Dios Hombre). «No elogies a nadie antes de oírlo razonar, porque allí es donde se prueban los hombres» El texto del Antiguo Testamento establece la misma proporción entre las convicciones de un hombre y su expresión. (En el texto no se trata de probar a un hombre, sino del criterio válido para probarlo). Del mismo modo que Jesús quiere que se juzgue al corazón según lo que habla la boca (como se conoce al árbol por su fruto), así también el sabio recomienda ya no elogiar a nadie antes de haber escuchado su palabra como prueba de su corazón. Como los hombres pueden mentir y disimular hay que observar en cada persona si realmente se da una correspondencia entre su corazón y su boca. Seremos santos como nos pide el Señor, como Él es Santo. «Queridos hermanos, permanezcan firmes e inconmovibles, progresando constantemente en la obra del Señor». Si se quiere insertar la segunda lectura en este contexto, hay que tener presente la recomendación de Pablo de que el cristiano tiene que trabajar siempre -lo que también puede incluir nuestro juicio sobre los hombres y las relaciones humanas- «sin reservas», según el criterio con el que Jesús juzga las cosas de este mundo. Él las valora a la luz de la verdad eterna, donde lo perecedero ha recibido su forma final definitiva e imperecedera. Si se nos dice que «el día del juicio los hombres darán cuenta de toda palabra falsa que hayan pronunciado» (Mt 12,36), entonces no sólo Jesús sino también su discípulo puede distinguir ya en la tierra entre un discurso fecundo y un discurso estéril. El Señor «no dejará sin recompensa esta fatiga». Ciertamente hay discursos que sólo conciernen a los asuntos temporales, pero también éstos deben ser pronunciados con una responsabilidad definitiva. Nuestra Señora del diálogo y del discernimiento, ruega por nosotros.

jueves, 21 de febrero de 2019

Carta del Santo Padre Francisco al Pueblo de Dios

Este es el texto completo de la Carta que el Papa Francisco dirige a los católicos del mundo tras el informe de Pensilvania que detalla abusos cometidos por sacerdotes en los últimos 70 años. Carta del Santo Padre Francisco al Pueblo de Dios «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Estas palabras de san Pablo resuenan con fuerza en mi corazón al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. Un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar, en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes. Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse. El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad. 1. Si un miembro sufre En los últimos días se dio a conocer un informe donde se detalla lo vivido por al menos mil sobrevivientes, víctimas del abuso sexual, de poder y de conciencia en manos de sacerdotes durante aproximadamente setenta años. Si bien se pueda decir que la mayoría de los casos corresponden al pasado, sin embargo, con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas “nunca prescriben”. El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad. Clamor que el Señor escuchó demostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar. El cántico de María no se equivoca y sigue susurrándose a lo largo de la historia porque el Señor se acuerda de la promesa que hizo a nuestros padres: «Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,51-53), y sentimos vergüenza cuando constatamos que nuestro estilo de vida ha desmentido y desmiente lo que recitamos con nuestra voz. Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños. Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando, en el Via Crucis escrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! [...] La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf. Mt 8,25)» (Novena Estación). 2. Todos sufren con él La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria. Si bien es importante y necesario en todo camino de conversión tomar conocimiento de lo sucedido, esto en sí mismo no basta. Hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu. Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura, en un ámbito donde los conflictos, las tensiones y especialmente las víctimas de todo tipo de abuso puedan encontrar una mano tendida que las proteja y rescate de su dolor (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228). Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, «porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165). La llamada de san Pablo a sufrir con el que sufre es el mejor antídoto contra cualquier intento de seguir reproduciendo entre nosotros las palabras de Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos en estado de vulnerabilidad, así como de la implementación de la “tolerancia cero” y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos. Nos hemos demorado en aplicar estas acciones y sanciones tan necesarias, pero confío en que ayudarán a garantizar una mayor cultura del cuidado en el presente y en el futuro. Conjuntamente con esos esfuerzos, es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira. Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 49). Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia. Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor,[1] que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el “nunca más” a todo tipo y forma de abuso. Es imposible imaginar una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más, cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida[2]. Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, esa actitud que «no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente».[3] El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo. Siempre es bueno recordar que el Señor, «en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6). Por tanto, la única manera que tenemos para responder a este mal que viene cobrando tantas vidas es vivirlo como una tarea que nos involucra y compete a todos como Pueblo de Dios. Esta conciencia de sentirnos parte de un pueblo y de una historia común hará posible que reconozcamos nuestros pecados y errores del pasado con una apertura penitencial capaz de dejarse renovar desde dentro. Todo lo que se realice para erradicar la cultura del abuso de nuestras comunidades, sin una participación activa de todos los miembros de la Iglesia, no logrará generar las dinámicas necesarias para una sana y realista transformación. La dimensión penitencial de ayuno y oración nos ayudará como Pueblo de Dios a ponernos delante del Señor y de nuestros hermanos heridos, como pecadores que imploran el perdón y la gracia de la vergüenza y la conversión, y así elaborar acciones que generen dinamismos en sintonía con el Evangelio. Porque «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11). Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión. Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males. Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias. Un ayuno que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia. De esta forma podremos transparentar la vocación a la que hemos sido llamados de ser «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1). «Si un miembro sufre, todos sufren con él», nos decía san Pablo. Por medio de la actitud orante y penitencial podremos entrar en sintonía personal y comunitaria con esta exhortación para que crezca entre nosotros el don de la compasión, de la justicia, de la prevención y reparación. María supo estar al pie de la cruz de su Hijo. No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie y a su lado. Con esta postura manifiesta su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos la desolación que nos produce estas llagas eclesiales, con María nos hará bien «instar más en la oración» (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 319), buscando crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. Ella, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos cómo hemos de detenernos ante el sufrimiento del inocente, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo. Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra compunción y nuestra decisión de luchar con valentía. Vaticano, 20 de agosto de 2018 Francisco [1] «Esta clase de demonios solo se expulsa con la oración y el ayuno» (Mt 17,21). [2] Cf. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 mayo 2018). [3] Carta al Cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (19 marzo 2016).

martes, 19 de febrero de 2019

HOMILIA DEL Domingo Séptimo del TIEMPO ORDINARIO cC (24 de febrero de 2019)

Domingo Séptimo del TIEMPO ORDINARIO cC (24 de febrero de 2019) Primera: 1 Samuel 26, 2. 7-9. 12-14. 22-23; Salmo: Sal 102, 1-2. 3-4. 8 y 10. 12-13; Segunda: 1 Corintios 15, 45-49; Evangelio: Lucas 6, 27-38 Nexo entre las LECTURAS… El discurso de Jesús en la montaña capta hoy nuestra atención. La enseñanza es profunda y novedosa: Jesús invita a sus discípulos a amar a los enemigos (Ev). Tal enseñanza era desconocida por el mundo judío y extraña para el mundo griego. Era una novedad que expresaba el amor con el que Dios ama a los hombres. Esta enseñanza se expresa en dos sentencias de Jesús: traten a los demás como quieren que ellos los traten, es decir no trates a los demás como ellos te traten a ti, sino como tú quisieras ser tratado por ellos; y la segunda sentencia reza así: sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso, que nos revela el grande amor de Dios Padre. La primera lectura nos presenta precisamente a David que perdona a Saúl cuando lo tenía a punto para matarlo (1L). David, figura del Rey mesiánico, muestra entrañas de misericordia ante sus enemigos. Por su parte, Pablo nos habla del primer Adán (el hombre creado) y el último Adán (Cristo). Aquí se revela la gran vocación del hombre a ser un hombre nuevo en Cristo (2L). Invitados a la magnanimidad. Temas... Traten a los demás como quieren que ellos los traten. Esta sentencia se presenta al final de una serie de exhortaciones de Jesús sobre el modo de tratar a los demás. "Hay que amar a los enemigos", es decir, no se puede seguir a Jesús si se aplica, como norma suprema, la ley del talión: ojo por ojo... No se puede seguir a Jesús si se guarda rencor, resentimiento, odio y deseo de venganza. Todo esto denigra la dignidad humana. Y, sin embargo, con qué facilidad nosotros y todos los hombres somos presas de estos sentimientos. ¡Cómo nos cuesta perdonar! No solo cuando alguien haya cometido contra nosotros ultrajes y daños irreparables, sino aun cuando simplemente han sido descuidos, faltas de atención. El egoísmo, en la naturaleza herida de la humanidad, es una pasión grande que brinca por todas partes. Es pues, imprescindible pasar del "hombre viejo", el primer Adán, al hombre nuevo, el último Adán, Cristo mismo. Ejemplo de este paso los tenemos y los hemos experimentado: recordemos a aquel joven que en la vigilia de Tor Vergata en el año 2000, año del gran Jubileo, y por tanto, del gran perdón, perdonaba en público -en presencia del Papa san Juan Pablo- a los asesinos de su hermano. ¿Cómo es posible llegar a un amor de esta naturaleza? Sólo es posible en Cristo, cuando Cristo ha tocado el íntimo del corazón y habla a la persona y le revela el verdadero camino de la felicidad. Aquel muchacho había pasado del rencor al amor, tendía una mano a los asesinos de su hermano y se tendía una mano a sí mismo. El perdón lo condujo al amor. Hoy, purificada la memoria, puede caminar por las rutas de la vida con esperanza. Si él no hubiese perdonado, hoy su memoria infectada sería fuente de amargura, de desesperación, de rabia. El santo Papa Juan Pablo II en su mensaje del 1 de enero de 1997 decía: "es verdad que no se puede permanecer prisioneros del pasado: es necesaria, para cada uno y para los pueblos, una especie de ‘purificación de la memoria’, a fin de que los males del pasado no vuelvan a producirse más. No se trata de olvidar todo lo que ha sucedido, sino de releerlo con sentimientos nuevos, aprendiendo, precisamente de las experiencias sufridas, que sólo el amor construye, mientras el odio produce destrucción y ruina. La novedad liberadora del perdón debe sustituir a la insistencia inquietante de la venganza. Pedir y ofrecer perdón es una vía profundamente digna del hombre y, a veces, la única para salir de situaciones marcadas por odios antiguos y violentos". De aquí, pues, nace la máxima de gran alcance: traten a los demás como quisiera que a mí me trataran. Si deseo que me traten con respeto, debo tratar con respeto; si quiero ser amado, debo amar; si quiero ser comprendido y perdonado, debo aprender a comprender y perdonar. Está máxima es sumamente práctica y de gran actualidad, supone sin embargo, una profunda renuncia de sí mismo… y muy bien lo expresan los santos, especialmente san Francisco de Asís. Supone que el "yo egoísta" no es el centro de la personalidad y de los propios intereses, sino el "tú". No puede haber plena realización de la persona si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás. Por lo demás la experiencia nos dice que quien no perdona, poco a poco se amarga la vida y los resentimientos empiezan a corroer su alma. Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso. Importa mucho ver el término de comparación: el Padre es misericordioso. Sabemos que el Padre es misericordioso porque Cristo nos ha revelado el rostro del Padre. Lo sabemos porque Cristo, muriendo en la cruz y resucitando, nos ha dicho cuán valioso es el hombre a los ojos del Padre. Lo sabemos porque la parábola del Hijo pródigo en su sencillez, nos anuncia verdades magníficas al mostrarnos cómo nos recibe el Padre eterno cuando volvemos a su hogar. Así, pues, nadie desespere, nadie se abandone, nadie lance por la borda su vida: el Padre es misericordioso y la prueba es su Hijo Jesucristo en quien tenemos acceso a Él y mucho nos los repitió el Papa Francisco. Quien hace experiencia honda de esta paternidad, es capaz, a la vez, de expresar esta paternidad ante el mundo. Esos son los santos al estilo de Francisco de Asís, San Maximiliano Kolbe, Madre Teresa, Santa Teresa de Lisieux... Ellos han tenido una experiencia profunda de que Dios es Padre y que cuida de todas y cada una de sus creaturas, especialmente del hombre, creado a su imagen y semejanza. Ellos, lo santos, descubren a Cristo en todos los hombres, porque el Verbo al encarnarse se ha unido de algún modo a todo hombre. Ellos se sienten solidariamente hermanos de todos los hombres, porque se sienten hijos del Padre. Sea pues, la consigna: MISERICORDIA. Que nuestras entrañas se revistan de misericordia para ver nuestra propia vida y para ver la vida del prójimo. Todos tenemos necesidad de misericordia. En la canonización de Sor Faustina Kowalska (30 de abril de 2000), san Juan Pablo II decía: "No es fácil, en efecto, amar con un amor profundo, hecho de un auténtico don de sí mismo. Este amor se aprende en la escuela de Dios, al calor de su caridad divina. Fijando la mirada sobre Él, sintonizando con su corazón de Padre, nos hacemos capaces de mirar a los hermanos con ojos nuevos, en una actitud de haber recibido todo gratuitamente y para compartirlo con los hermanos, una actitud de generosidad y de perdón". ¡Todo esto es misericordia!. Sugerencias... Aprender a perdonar desde pequeños. Aquí las familias tienen un gran campo de acción. Son ellas las que van formando el corazón de sus hijos. No cabe duda que en los años tiernos de la infancia el corazón es más moldeable. En este corazón se puede ir formando una gran capacidad de amor y perdón, pero por desgracia, también se pueden ir alimentando rencores y rencillas. Educar en el amor misericordioso, en el perdón a los otros hermanos o niños de la escuela. Educar en el amor a la verdad, a la justicia, en la capacidad de experimentar misericordia por el pobre, por el que sufre, por el enfermo. Los niños, paradójicamente, pueden ser muy crueles con sus compañeros menos dotados física o intelectualmente, cuando no están educados en el verdadero amor. La canonización de los niños de Fátima ha puesto en evidencia que es posible la santidad para los pequeños. La generosidad. Un alma generosa es una alma que da sin medida, un alma que no calcula su entrega, sino que se dona hasta donde le alcanzan sus fuerzas. Estas almas las conocemos son los “santos de la casa de al lado” dice el Papa Francisco: los que ayudan en la parroquia, los voluntarios que anda girando el mundo ayudando en servicio social, los médicos que no le ‘cobran’ a los pobres, los docentes que tienen una paciencia ilimitada con sus alumnos. En fin, personas generosas existen y son las que sostienen el mundo. En cada uno de nosotros existe esa persona generosa que quiere vivir así "donándose sin cesar". Sin embargo, también en cada uno de nosotros existe la contrapartida, el hombre que quiere vivir sólo para sí. Enfrentemos la noble batalla para hacer vencer la generosidad por encima del egoísmo. Nuestra Señora del amor y del servicio, ruega por nosotros.

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...