miércoles, 26 de junio de 2019
lunes, 24 de junio de 2019
HOMILÍA SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. Solemnidad cC (28 de junio 2019)
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. Solemnidad cC (28 de junio 2019)
Primera: Génesis 14, 18-20; Salmo: Sal 109, 1. 2. 3. 4; Segunda: 1 Corintios 11, 23-26; Evangelio: Lucas 9, 11b-17
Nexo entre las LECTURAS… Temas...
- Somos buscados y encontrados (Lc 15, 3...7)
El amor de Dios a los hombres se expresa aquí mediante una parábola conocida y siempre emotiva: la de la oveja perdida, angustiosamente buscada, a la que el pastor coloca sobre sus hombros al encontrarla y por cuyo hallazgo se celebra una fiesta: "He encontrado la oveja que se me había perdido" (Lc 15, 3-7). No puede expresarse mejor el amor solícito con que Dios nos ama. Acude a la memoria el pasaje del evangelio de Juan en que Cristo dice: "...la voluntad del Padre que me ha enviado es que no pierda nada de lo que él me dio", y también: "Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano" (Jn 10, 27-28); o: "Yo doy mi vida por las ovejas" (Jn 10, 15). Ya conocemos el principal papel del pastor en los sinópticos: reúne a sus ovejas (Mt 15, 24), da su vida y resucita por ellas (Mt 26, 31; Mc 14, 27). Entre el buen pastor y sus ovejas existe una intimidad de conocimiento recíproco: "Yo conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen" (Jn 10, 14). Es verdaderamente la revelación del amor.
- Dios apacienta su rebaño (Ez 34, 11-16)
Es el resultado de lo que anunciaba el profeta Ezequiel: "Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro". Esta imagen del pastor, diseminada por el Antiguo Testamento, se la aplica Jeremías a Dios (48, 15) que hace de él el "pastor de Israel". Esta misma imagen la recogen numerosos salmos. El salmo 2, muy conocido, expresa la realidad de la experiencia vivida por el pueblo de Dios, que conducido por su pastor se siente gozoso, libre de toda aflicción. Ezequiel se coloca fuera de toda intención política: el pastor que él presenta conduce a todos los pueblos. El Señor buscará la oveja perdida: "Buscaré las ovejas perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré debidamente".
La parábola proclamada en el evangelio y esta profecía de Ezequiel son el verdadero retrato de Dios, valedero para siempre. Por otra parte, Él mismo se presenta así a todos nosotros.
- La prueba de que es pastor y de que nos ama (Rm 5, 5-11)
San Pablo, en su carta a los Romanos, quiere expresar la realidad de este papel de pastor, adoptado por Dios: "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros". La muerte de Cristo nos reconcilió con Dios cuando éramos todavía pecadores; ahora, reconciliados en su sangre, seremos salvos por la vida de Cristo resucitado. Anteriormente había afirmado el Apóstol que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
La celebración de este día deja libre la respuesta a este ofrecimiento del amor. A cada uno de nosotros corresponde responder a este mensaje de parte de Dios, tal como Él quiere proponérnoslo todavía hoy.
En un pasaje propuesto en el oficio de lectura de la Liturgia de las Horas, escribe san Buenaventura: De ti procede el río que alegra a la ciudad de Dios. Recrea con el agua de este deseable torrente los resecos labios de los sedientos de amor, para que con voz de regocijo y gratitud te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz (San Buenaventura).
Sugerencias...
«Va tras la descarriada, hasta que la encuentra». En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús no se habla expresamente en ningún texto del corazón, pero sí de esa forma especial de amor que solemos asociar con la idea de corazón. El evangelio lo muestra en toda su paradoja. Un buen pastor se preocupa de todo su rebaño por igual; por eso, ¿cómo puede comprenderse que el pastor del evangelio deje las noventa y nueve ovejas en el campo (en el desierto) y se preocupe sólo de la oveja descarriada? Está claro: aquí no se miden las consecuencias, no se calcula, no se piensa en el riesgo que supone dejar a la mayoría de las ovejas sin protección; únicamente se tiene ante los ojos el peligro que amenaza a una de ellas, como si sólo importara ésta. No se tienen en cuenta otras posibilidades. Para Dios no es indiferente si algunas personas se pierden, aunque se salve el ‘grueso’ de la humanidad. Un corazón humano, que aquí se convierte en receptáculo del amor divino, no piensa así, sino que para Él es importante cada hombre en particular, pues todo hombre es un destinatario irremplazable de su amor.
Los cristianos que celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús tenemos que comprender cada vez más cuánto ama Dios a cada hombre. Algunos santos han llegado a decir que Cristo habría muerto también en la cruz si sólo hubiera tenido que salvar a una única persona. La idea nos parece un tanto descabellada, pero se saca esta enseñanza de la parábola de la oveja perdida. Y con no menos énfasis que la ocupación por la oveja descarriada se describe la alegría que se produce cuando se la encuentra. En todo caso se puede decir con seguridad que cada una de las noventa y nueve ovejas es amada por el Buen Pastor de la misma manera: todas ellas son los pecadores por los que Jesús muere en la cruz, no como masa anónima, sino como personas irrepetibles.
«Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores». La segunda lectura abunda en lo que acabamos de decir. La oveja descarriada de la parábola es en realidad la persona que se aleja de Dios, la que lo rechaza y le es hostil. El amor del Buen Pastor no se basa por tanto en una reciprocidad: es un amor que sólo mediante su entrega plena y perfecta busca engendrar reciprocidad, correspondencia. La oveja salvada, cuando vuelve a casa sobre los hombros de su dueño, comienza a saber cuán preciosa es para el pastor y cuánto le debe. Pero la parábola no se pronunció con la intención de suscitar esta reciprocidad: el amor de Dios es «sin porqué». Y la segunda lectura tampoco habla propiamente del amor con el que ahora se debería corresponder a los desvelos del Buen Pastor, sino solamente de la certeza de que ahora estamos a salvo al amparo del amor divino, de que hemos obtenido la «reconciliación». Que esta certeza nos obliga a cada uno de nosotros a dar una respuesta de amor, o que más bien la produce espontáneamente en nosotros, podrá inferirlo todo el que realice lo que Él nos ha mandado.
«Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas». El texto veterotestamentario de la primera lectura traslada el amor del corazón de Jesús al corazón de Dios. Dios quiere «buscar personalmente a sus ovejas», quiere sacarlas de los lugares «donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad». Esto nos muestra una última cosa: que el corazón humano de Jesús, al que nosotros atribuimos este amor personal único, no es el arquetipo -como si el amor de Dios sólo hubiera obtenido esta cualidad cuando llegó el momento de la encarnación-, sino que ese corazón es más bien simplemente la expresión comprensible para nosotros del amor inconcebible que el Dios eterno experimenta desde siempre por sus criaturas.
Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío
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HOMILIA Domingo Decimotercero del TIEMPO ORDINARIO cC (30 de junio 2019).
Domingo Decimotercero del TIEMPO ORDINARIO cC (30 de junio 2019).
Primera: 1Reyes 19, 16b. 19-21; Salmo: Sal 15, 1-2a. 5. 7-11; Segunda: Gálatas 5, 1. 13-18; Evangelio: Lucas 9, 51-62
Nexo entre las LECTURAS…
“Llamada y respuesta”… dos palabras que pueden reunir el mensaje de las lecturas del presente Domingo. El ser humano, nosotros, es un ser llamado. Llegamos a ser nosotros mismos gracias a la llamada, la mirada, la palabra de otro... otro, con alegría y por gracia, nos puso un nombre por el que seremos llamados hasta el fin… Dios nos llama a un estilo de vida que es ‘imitar’ a Jesucristo. Jesús en su caminar hacia Jerusalén llama a algunos a seguirle y a darle una respuesta activa (evangelio). En esto Jesús supera las exigencias de la llamada y del seguimiento en el Antiguo Testamento, particularmente en la vocación de Eliseo (primera lectura). Los gálatas, y todos los cristianos, han sido llamados a la libertad del Espíritu, y por consiguiente tienen que responder, con su comportamiento, a su nueva condición de hombres libres, evitando caer otra vez en la esclavitud (segunda lectura). La opción de seguir a Jesús, lejos de ser un peso, muestra el salmista, es para nosotros fuente de dicha -incomprensible para los no creyentes-, y describe nuestra vida de intimidad con Dios… y por eso brotan de nuestros labios las palabras del salmista: "mi refugio"... "mi dicha"... "mi heredad"... "mi copa embriagadora"... "mi destino"... "suerte maravillosa"... "mi herencia"… "mi alegría"... "mi fiesta"... simplemente Él lo es todo.
Temas...
Algunas características fundamentales de la respuesta a la llamada que Cristo nos hace:
Con Jesús hacia el Gólgota. Con el pasaje evangélico comienza, dice san Lucas, la gran marcha de Jesús hacía el lugar de la muerte y del triunfo, de la glorificación (Galilea). Jesús inicia esta marcha "con firme decisión". Él camina por delante, Él, el primero, el abanderado de los designios del Padre: "para cumplir los días de su asunción", es decir, los días de su martirio fuera de los muros de Jerusalén y de su exaltación gloriosa mediante la resurrección. Los discípulos han dicho sí a la llamada y ahora siguen sus pasos, sin comprender muy bien a dónde van y/o como van. Jesús, en esta larga marcha hacia Jerusalén, les irá instruyendo, como si fuera un catecismo, y poco a poco captarán que el camino termina en una cruz. Jesús habla claro, pero la ceguera de los discípulos no es fácil de vencer. Necesitarán la luz de la Pascua. Con este pasaje empieza el difícil y apasionante catecismo de Jesús.
Como Jesús, pasar haciendo el bien. Los “hijos del trueno” quieren arrojar fuego y centellas sobre el pueblo que rechaza darles hospedaje. Seguramente habían escuchado en la sinagoga que Elías había hecho caer fuego del cielo (1 Re 18, 38) y ellos no querían ser menos que aquel gran profeta. Pero Elías hizo bajar el fuego de Dios no sobre una ciudad y sus habitantes, sino sobre el sacrificio en el monte Carmelo. Santiago y Juan, como buenos discípulos de Juan el Bautista, van más allá, porque ellos han escuchado decir a su antiguo maestro que "el Mesías quemará la paja con fuego que no se apaga" (Lc 3,17). Lucas nos dice que Jesús "los reprendió con dureza". Pero ¿es que no se han enterado de que Jesús no ha venido para hacer el mal, sino sólo el bien? ¿No entienden que Jesús camina hacia Jerusalén para vencer el mal con el bien sobre el Calvario?
Tres actitudes para seguir a Jesús. Entrega total, decisión absoluta, desprendimiento pleno. Hay que estar dispuesto a dejar el pasado, a no mirar hacia atrás, sino a tender los ojos hacia adelante, hacia la tierra que hay que labrar y que un día dará su fruto. En el seguimiento de Jesucristo no se admiten condiciones… queremos lo que el Señor quiere. Se pide entrega total, porque el reino de Dios apremia y no puede esperar: Eliseo pudo poner condiciones a Elías (ir a despedirse de sus padres), pero el cristiano, si así lo requiere el Reino, ha de librarse de esta ocupación por un bien “urgente y superior”. Finalmente, al discípulo-misionero, Jesús le pide el poner exclusivamente en Él su seguridad, renunciando a todo tipo de seguridades materiales y humanas. Jesús nada tiene, sólo a su Padre en comunión con el Espíritu. El que va detrás de Jesús tendrá que estar dispuesto a no tener (despojarse), sólo un camino (el Evangelio) y un Caminante (Cristo Jesús) que nos va llevando hacia la meta... y vamos con gozo y alegría, de la mano del Espíritu, como nos dice el Salmo de hoy.
Seguir a Cristo con alegría y libertad. Antes del bautismo el cristiano era esclavo de sí mismo (y del Maligno). Cristo lo ha liberado, pero no para arrojarle otra vez a una nueva esclavitud, sino para que viva siempre en clave de libertad, bajo la guía del Espíritu Santo. El cristiano, liberado por Cristo para hacer el bien a todos en todas partes, ha de aceptar y vivir el riesgo y el desafío de la libertad, especialmente esto se notará con la práctica de las obras de misericordia… una urgencia: conocer los mandamientos y practicarlos… conocer las bienaventuranzas y, con la fuerza del Espíritu, practicarlas.
Sugerencias...
Un Camino y muchos senderos. Cristo es el único camino, un camino sobre el que se extiende poderosamente la luz de la cruz. Este es el único camino del seguimiento, de la misión, de la plenitud cristiana (experiencia de nuestras muchas peregrinaciones y procesiones). Son, sin embargo, muchos los senderos que conducen a este camino. Son muchos los modos -y tiempos- con que Cristo llama a los hombres a caminar con Él, junto a Él. Está el sendero de la fidelidad conyugal y el de la consagración especial, está el sendero del sufrimiento y el de la entrega amorosa en el servicio a los necesitados, está el sendero de la vida pública y el de la vida oculta en el quehacer diario del hogar, está el sendero del espectáculo para descanso del hombre y el de la escuela para su crecimiento en las ciencias. Está el sendero de... (pensar y reflexionar sobre el modo en que cada uno está siguiendo a Cristo). Todos los senderos pueden y deben encontrarse en el mismo y único camino: Jesucristo, maestro de los hombres, redentor del mundo, hay que seguir andando nomás, seguir andando (beato mártir Angelelli). Al entroncar nuestro sendero con el camino de Cristo percibiremos que no llegamos vacíos al Camino, sino que portamos con nosotros nuestra cruz y nuestro calvario, nuestra entrega (san Ignacio de Loyola). Y comprenderemos, de alguna manera, que la cruz de Cristo está unida a cada una de nuestras cruces, y el Calvario del Señor nos sostiene en nuestros calvarios (san José Gabriel Brochero). Es el momento de preguntarnos si el sendero de nuestra vida está entroncado al camino de Cristo. Es el momento de suplicar al Señor que nuestros senderos confluyan siempre en el camino de Cristo, Maestro y Redentor.
Caminar sin “entender” del todo. En las cosas del espíritu no todo es claro, ni todo evidente. Pero uno no puede quedarse paralizado, hay que caminar aunque no se entienda todo ni del todo. Caminar mirando una estrella que un día se vió, y que ahora quizá está cubierta por una densa nube. Caminar, como Jesús, con paso firme, sin miedo, aunque la inteligencia quiera que detenga el paso e incluso que retroceda ante la niebla del camino. Caminar en el claroscuro de la fe (san Juan de la Cruz), mirando siempre hacia adelante, hacia Jerusalén, la meta de nuestra existencia. Caminar, caminar, caminar... ¿No nos sucede a veces que nuestra inteligencia nos frena en el camino de la vida espiritual, del trabajo apostólico? Caminar iluminados por la fe y la esperanza y la caridad… practicando las obras de misericordia.
Nuestra Señora del Camino y de la Esperanza, ruega por nosotros.
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martes, 18 de junio de 2019
HOMILIA Solemnidad del SANTÍSIMO CUERPO y SANGRE DEL SEÑOR cC (23 de junio 2019)
Solemnidad del SANTÍSIMO CUERPO y SANGRE DEL SEÑOR cC (23 de junio 2019)
Primera: Génesis 14, 18-20; Salmo: Sal 109, 1. 2. 3. 4; Segunda: 1 Corintios 11, 23-26; Evangelio: Lucas 9, 11b-17
Nexo entre las LECTURAS
"Pan" es el término en que coinciden los textos litúrgicos. Jesús, en el pasaje evangélico, "tomó los cinco panes...y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición". Este gesto de Jesús, visto retrospectivamente, está prefigurado en el del Melquisedec, rey-sacerdote de Salem, que ofrece a Abrám "pan y vino" (primera lectura) como signo de hospitalidad, de generosidad y de amistad. Ese mismo gesto de Jesús, que misteriosamente sabe por anticipación lo que va a suceder… anticipa la Última Cena con los suyos y la Eucaristía celebrada por los cristianos en memoria de Jesús: "Tomó pan, dando gracias lo partió y dijo: "Éste es mi cuerpo que se entrega por ustedes" (segunda lectura). Por eso se nos propone este salmo que nos hace acercarnos a Dios, dice san Juan Pablo II y “dirigimos ahora nuestra invocación al Padre de Jesucristo, único rey y sacerdote perfecto y eterno, para que haga de nosotros un pueblo de sacerdotes y de profetas de paz y de amor, un pueblo que cante a Cristo rey y sacerdote, quien se inmoló para reconciliar consigo, en un solo cuerpo, a toda la humanidad, creando al hombre nuevo (Cf. Efesios 2, 15-16).”
Temas...
El hombre, todo hombre, tiene necesidad de una dieta integral, es lo que dicen las ciencias acerca del bienestar corporal… y también lo dice la Liturgia de este Domingo. Afirmamos de manera especial que nuestra alimentación no puede ser unidimensional, la material, la del cuerpo sino que ha de ser integral y completa… es necesario que nos alimentemos para el tiempo y para la eternidad. Gracias SEÑOR por darnos el PAN de Vida eterna.
El pan de la Palabra. Jesús, antes de multiplicar los panes para alimentar a la multitud, "les hablaba del Reino de Dios", es decir, les proporcionó el pan de su Palabra, porque "bienaventurados los que tienen hambre de la Palabra, pues serán saciados". En la fracción del pan de los primeros cristianos, se comenzaba la acción litúrgica con una lectura y explicación de la Escritura... eso muestra que los primeros cristianos se alimentaban primera (y principalmente) con el pan de la Palabra de Dios, explicada/ofrecida a la luz del misterio de Cristo y actualizada por alguno de los apóstoles a las circunstancias concretas de la vida diaria. También mostrado en la primera lectura, pues, a la ofrenda del pan y el vino, hecha a Abrám por parte de Melquisedec, sigue una bendición, que es como el pan espiritual que Dios otorga a Abrám por medio del rey-sacerdote de Salem. El hombre es espíritu, y el espíritu necesita de un alimento diferente al pan material (de harina), necesita de la Palabra del Dios vivo, “no solamente de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”
El pan de los signos. Los milagros de Jesús, además de hechos extraordinarios, más allá de las leyes naturales, son signos del Reino de los cielos, porque nos remiten a ese mundo nuevo presidido y guiado por el amor de Dios. Por eso, Jesús, después de haber repartido a la multitud el pan de la Palabra, les regala el pan de los signos. Nos dice san Lucas, que "curaba a los que tenían necesidad de ser curados", y luego nos narra el maravilloso signo de la multiplicación de los panes y de los peces. Jesucristo, como amigo y hermano del hombre, como Señor de la vida y de la naturaleza, está interesado en curar las enfermedades, en saciar el hambre natural de los hombres. Podría ser de otra manera, pero su mayor interés está en que los hombres, mediante estos signos, sean capaces de elevarse hasta Dios Padre, que misericordiosamente cuida de sus hijos, y hasta el Reino de Dios en el que habrá un mismo y único Pan para todos.
El pan de la Eucaristía. La ‘dieta cristiana’ quedaría incompleta si no tuviéramos el pan de la Eucaristía, ese pan que es el Cuerpo y Sangre de Cristo. "En el santísimo sacramento de la Eucaristía -catecismo nº 1374- están ‘contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero". Cuando san Lucas escribió el evangelio los cristianos ya llevaban algunos decenios meditando los hechos y los dichos de Jesús, predicándolos y celebrando la Eucaristía. Así se explica que el evangelista haya narrado el episodio de la multiplicación de los panes como una anticipación y prefiguración de la Última Cena: "Tomó los panes, elevó los ojos, pronunció sobre ellos la bendición, los partió, los dio". Desde aquella llamada ‘Última Cena’, preanunciada en la multiplicación de los panes, celebrada por las primeras comunidades cristianas, Cristo no ha cesado a lo largo de los siglos de dar al hombre, sin distinción de ningún género, el pan de su Cuerpo y Sangre, alimento de Vida eterna.
Sugerencias...
Hambre de pan, hambre de Dios. Es algo doloroso, que nos debe hacer pensar, el hecho de que después de 2000 años de cristianismo, haya millones de hermanos que tienen hambre de pan, y esto no a miles de kilómetros de nuestra casa, sino entre nosotros, en nuestro barrio, en nuestra ciudad, en nuestro país (Congreso Eucarístico Nacional 2004, ya hace 15 años… y el hambre parece ser más grande aún). Además, la exhortación del Papa en Laudato Si, las instituciones internacionales y los medios de comunicación social nos han hecho más conscientes de este doloroso e inhumano fenómeno en todo el mundo. ¿No multiplicó Jesús los panes para saciar el hambre? ¿No dijo a sus discípulos: "denles ustedes de comer"? ¿No habremos espiritualizado demasiado nuestra fe? ¿No habremos reducido nuestra fe al ámbito estrictamente privado? (Meditaciones diarias en Santa Marta). Ciertamente no se puede identificar el cristianismo con la ONU de la caridad y de la solidaridad (Santo Padre en EE UU), pero en la entraña misma del cristianismo está el amor al prójimo, sobre todo al más necesitado… nos ilumina la vida pobre y entregada del beato Enrique Angelelli. Y hoy, en el siglo de la globalización, no basta la ayuda individual, pasajera, LA CARIDAD ha de ser organizada (Benedicto XVI). Los cristianos tenemos que organizarnos, a nivel parroquial, diocesano, nacional, internacional para desterrar el hambre de la tierra. Incluso, donde sea necesario, hemos de colaborar con las instituciones de otras ‘religiones’ para acabar con esta plaga de la humanidad. Mientras haya un niño que muera de hambre, nuestra conciencia cristiana no puede estar tranquila.
El hambre de pan es terrible, pero ¿y el hambre de Dios? No nos conmueve tanto, porque el hambre de Dios no se ve. Es, sin embargo, real, universalmente presente, más angustiosa que el hambre de pan para el cuerpo, el hambre de Dios-Eucaristía (Mensajes de Miércoles de Ceniza del Papa Francisco y Papa emérito Benedicto). Y duele que hoy son pocos los que se ocupan de esa hambre, pocos los que buscan satisfacerla, tengamos un momento, este Domingo, para rezar por el aumento de las vocaciones sacerdotales. ¿No tendremos que abrir nuestros ojos, ojos de fe y de amor, para ver a tantos hambrientos de Dios con los que nos cruzamos por la calle, con los que convivimos en el trabajo, con quienes nos divertimos en un estadio de fútbol o en lugares públicos?... eh, ¡vayamos! que nos dice: “denles ustedes de comer”.
Un pan ‘gratis’ y para todos. La Eucaristía es eso. Dios, nuestro Padre, nos da gratuitamente el alimento del Cuerpo y Sangre de Cristo, siempre que lo queramos recibir con las debidas disposiciones. Si este alimento no cuesta, si es el "pan de los fuertes", ¿cómo es posible que sean tan pocos los que lo reciben? ¿No será que no lo descubren? Es además un mismo y único Pan para todos: la Eucaristía es el sacramento de la absoluta igualdad cristiana (en un mundo exquisitamente reclamador del igualitarismo). No existe Eucaristía para ricos y otra para pobres. Para Cristo, Alimento del hombre, todos somos iguales. Ante Cristo Eucaristía desaparecen todas las barreras económicas o sociales, raciales… y de cualquier índole.
Virgen María, Madre del Amor hermoso, ruega por nosotros.
viernes, 14 de junio de 2019
martes, 11 de junio de 2019
HOMILIA Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cC (16 de junio 2019)
Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cC (16 de junio 2019)
Primera: Proverbios 8, 22-13; Salmo: Sal 8, 4-5. 6-7. 8-9; Segunda: Romanos 5, 1-15; Evangelio: Juan 16, 12-15
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Concluido el ciclo de los grandes misterios de la Vida de Cristo, la liturgia se eleva a contemplar el misterio de la Santísima Trinidad. En el Antiguo Testamento este misterio es desconocido; sólo a la luz de la revelación neotestamentaria se pueden descubrir en él lejanas alusiones. Una de las más expresivas es la contenida en el elogio de la Sabiduría, atributo divino presentado como persona (Pr 8, 22-31; 1a lectura). «El Señor me poseyó al principio de sus tareas, al principio de sus obras antiquísimas... Antes de los abismos fui engendrada… Cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como arquitecto» (ib 22.24.29-30). Es, pues, una persona coexistente con Dios desde la eternidad, engendrada por él y que tiene junto a él una misión de colaboradora en la obra de la creación. Para el cristiano no es difícil descubrir en esta personificación de la sabiduría-atributo una figura profética de la sabiduría increada, el Verbo eterno, segunda Persona de la Santísima Trinidad, de la que escribió San Juan: «En el principio la Palabra existía, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.… Todo se hizo por ella» (1, 1.3). Pero las expresiones que más impresionan son aquellas en que la sabiduría dice que se goza por la creación de los hombres y que tiene sus delicias en ellos. ¿Cómo no pensar en la Sabiduría eterna, en el Verbo que se hace carne y viene a morar entre los hombres?
En la segunda lectura (Rm 5, 1-5), la revelación de la Trinidad es claramente manifiesta. Ahí están las tres Personas divinas en sus relaciones con el hombre; Dios Padre lo justifica restableciéndolo en su gracia, el Hijo se encarna y muere en la cruz para obtenerle ese don y el Espíritu Santo viene a derramar en su corazón el amor de la Trinidad. Para entrar en relaciones con los «Tres», el hombre debe creer en Cristo su Salvador, en el Padre que lo ha enviado y en el Espíritu Santo que inspira en su corazón el amor del Padre y del Hijo. De esta fe nace la esperanza de poder un día gozar «de la gloria de los hijos de Dios» (ib 2) en una comunión sin velos con la Trinidad sacrosanta. Las pruebas y las tribulaciones de la vida no pueden remover la esperanza del cristiano; ésta no es vana, porque se funda en el amor de Dios que desde el día del bautismo «ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (ib 5). Fe, esperanza y amor son las virtudes que permiten al cristiano iniciar en la tierra la comunión con la Trinidad que será plena y beatificante en la gloria eterna, la Jerusalén Celestial.
El Evangelio del día (Jn 16, 12-15) proyecta nueva luz sobre la misión del Espíritu Santo y sobre todo el misterio trinitario. En el discurso de la Cena, al prometer el Espíritu Santo, dice Jesús «Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará hasta la verdad plena» (ib 13). También Jesús es la Verdad (Jn 14, 6) y ha enseñado a los suyos toda la verdad que ha aprendido del Padre -«todo lo que he oído a mi Padre, se los he dado a conocer» (Jn 15, 15)-: por eso el Espíritu Santo no enseñará cosas que no estén contenidas en el mensaje de Cristo, sino que posibilitará penetrar su significado profundo y dará su exacta inteligencia preservando la verdad del error. Dios es uno solo, por eso única es la verdad; el Padre la posee totalmente y totalmente la comunica al Hijo: “Todo lo que tiene el Padre es mío», declara Jesús y añade: el Espíritu Santo «tomará de lo mío y se los lo anunciará» (Jn 16, 15). De este modo afirma Jesús la unidad de naturaleza y la distinción de las tres Personas divinas. No sólo la verdad, sino todo es común entre ellas, pues poseen una única naturaleza divina. Con todo, el Padre ‘la posee’ como principio, el Hijo en cuanto engendrado por el Padre y el Espíritu Santo en cuanto que procede del Padre y del Hijo. No obstante, el Padre no es mayor que el Hijo, ni el Hijo que el Espíritu Santo. En ellos hay una perfecta comunión de vida, de verdad y de amor. El Hijo de Dios vino a la tierra justamente para introducir al hombre en esta comunión altísima haciéndolo capaz por la fe y el amor, de vivir en sociedad-comunión con la Trinidad que mora en él.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. ¡GLORIA! ¡ALELUYA!
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OTRA HOMILIA
Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cC (16 de junio 2019)
Primera: Proverbios 8, 22-13; Salmo: Sal 8, 4-5. 6-7. 8-9; Segunda: Romanos 5, 1-15; Evangelio: Juan 16,
12-15
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- UN RETRATO VIVO DE DIOS
Siempre, sobre todo en nuestra oración, nos dirigimos y celebramos a Dios Trino… y la Iglesia ha querido
que al reanudar el tiempo ordinario le dediquemos, a la Santa Trinidad, una fiesta solemne. Este día es como
recoger en el corazón -como el que reúne agua en una vasija- todo lo que acabamos de celebrar en el Tiempo
pascual: el Padre nos ha querido salvar a través de la entrega pascual de su Hijo y con el don de su Espíritu.
Es una visión global de la historia de la salvación.
Las lecturas bíblicas nos presentan un retrato de Dios, un retrato vivo, no tanto a partir de sus definiciones
filosófico-teológicas, sino de sus actuaciones salvíficas, tal como se nos describen en la Biblia. Sus rasgos
característicos son la creación inicial del cosmos, la gracia que nos ha comunicado en Cristo y en el Espíritu,
y la admirable comunión que existe entre las tres divinas personas.
No es indiferente la imagen que tenemos de Dios… ella marca como ha de ser nuestra relación con Él y con
los demás… con nuestras familias, nuestras comunidades, con todos los hombres… la vocación de todos es
contemplar (adoración y oración) a Dios y crecer en su amistad para obrar como Él en todas nuestras
acciones.
- LA CREACIÓN, PRIMERA REVELACIÓN DE DIOS
La primera lectura nos presenta a la Sabiduría de Dios, desde el principio de la creación. Un Dios que ha
creado este nuestro mundo "con sabiduría y amor" (como dice la Plegaria Eucarística IV). El salmo nos ha
hecho repetir cantando: "qué admirable es tu nombre en toda la tierra". Dios se nos da a conocer desde la
creación, ella es como la huella digital de Dios. Como manifiesta el Papa Francisco en Laudato Si:
fomentemos este aprecio y esta "lectura" religiosa de nuestra relación con lo cósmico. Los ecologistas tienen
razón en admirar la hermosura de este mundo y en querer conservarla, pero mucho más nosotros que nos
decimos y somos hijos de Dios.
- EN CRISTO Y SU ESPÍRITU SE NOS REVELA TODO EL AMOR DE DIOS
Pero si la creación es admirable, mucho más lo es la obra de la salvación que se ha cumplido en Cristo Jesús.
En Él se nos ha revelado todo el amor del Padre. En Él y en su Espíritu tenemos la paz, la reconciliación, el
acceso al Padre y la esperanza que colorea nuestra vida, aún en medio de las tribulaciones que pueden
salirnos al paso. Es lo que en la segunda lectura nos ha dicho Pablo.
Y todavía el evangelio nos hace subir a una comprensión ‘teológica’ más profunda. Nos habla de la
admirable comunión que existe entre las tres Personas divinas. El Padre nos ha enviado a Cristo, que nos
dice que "todo lo que tiene el Padre es mío", y añade que nos enviará al Espíritu, que "nos guiará hasta la
verdad plena...y recibirá de mí lo que les irá comunicando".
Puede parecer una visión demasiado elevada para los cristianos que caminamos por este mundo llenos de
‘preocupaciones’ y límites. Pero ése es nuestro Dios… Dios familia: Dios que es Padre, y se ha querido
acercar a nosotros y ha entrado en nuestra historia; Dios que es Hijo, que se ha hecho Hermano nuestro, que
ha recorrido nuestro camino y se ha entregado por nuestra salvación; Dios que es Espíritu y nos quiere llenar
en todo momento de su fuerza y su luz. Dios vivo, cálido, cercano. En la Biblia se revela como
Misericordioso (Papa Francisco, con ocasión del Jubileo de la Misericordia).
- CONSECUENCIAS PARA NUESTRA VIDA (Aparecida)
Hoy es un día para mostrar amablemente cómo nuestra vida cristiana está marcada -más de lo que parece-
por Dios, Uno y Trino, que ha actuado desde siempre para nuestra salvación:
- ya en el Bautismo fuimos signados y bautizados "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo", envueltos, por tanto, ya desde el principio en su amor;
- en nuestra celebración eucarística, al principio nos santiguamos en su nombre, y al final el
presidente nos bendice también con la fuerza del Dios Padre, Hijo y Espíritu;
- a lo ‘largo’ de la Misa: rezamos (cantamos) el Gloria, o recitamos el Credo, siempre centrados en
la actuación de las tres divinas Personas; y el sacerdote siempre dirige la oración al Padre, por
medio de Cristo y el Espíritu;
- también en nuestra oración personal nos santiguamos recordando a Dios (por ejemplo al inicio
del viaje o del trabajo, o al salir de casa), o decimos el "Gloria al Padre" como resumen de
nuestras mejores actitudes de fe.
Todo esto nos motiva para que sigamos nuestra vida con esperanza, con alegría. Estamos "sumergidos" en
ese Dios a quien oramos y a quien hoy celebramos de una manera más explícita. Dios que es nuestro origen
y nuestro destino gozoso. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
lunes, 3 de junio de 2019
HOMILIA Solemnidad de PENTECOSTÉS cC (9 de junio 2019)
Solemnidad de PENTECOSTÉS cC (9 de junio 2019)
Primera: Hechos 2, 1-11; Salmo: Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34; Segunda: 1 Corinto 12, 3b-7. 12-13 o bien Romanos 8, 8-17; Evangelio: Juan 14, 15-16.23-26 o bien Juan 20, 19-23
Nexo entre las LECTURAS
El Espíritu, presente y eficaz entre los Doce y en la primera comunidad cristiana, anima la liturgia de este Domingo. En el Evangelio Jesús resucitado dice a los Doce: "Reciban el Espíritu Santo". En la primera lectura se hace referencia a ‘cincuenta días después de la Pascua’, un viento impetuoso irrumpe en el cenáculo y "todos quedaron llenos del Espíritu Santo". Pablo, en la segunda lectura, ante la tentación que acecha a los corintios de utilizar los carismas para crear divisiones, reafirma con fuerza: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo" y "A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos". El Espíritu Santo se nos da para que comprendamos que “todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (san Pablo a los romanos). Es por eso que la Iglesia nos hace rezar, con marcada insistencia hoy, con el salmista: “Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”.
Temas...
«Se llenaron todos del Espíritu Santo». El Espíritu Santo puede manifestarse de múltiples formas: como viento impetuoso y fuego, tal y como lo presenta la primera lectura, en la que se narra el acontecimiento de Pentecostés; pero también de una forma enteramente suave, silenciosa e interior, como se lo describe en la segunda lectura, donde de lo que se trata es de dejarse guiar por su voz y su moción interior, o como agua (torrente de agua viva, según el evangelio de la Vigilia). Sea cual sea la forma en que se nos comunique, el Espíritu Santo es siempre el Paráclito, el Defensor, el Consolador, el Intérprete de Cristo. Cristo nos lo envía para que comprendamos el significado de su persona, de su palabra, de su vida y de su pasión en su verdadera profundidad.
La llegada del Espíritu como un viento impetuoso nos muestra su libertad: «El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8). Y si además desciende en forma de lenguas de fuego que se posan encima de cada uno de los discípulos, es para que las lenguas de los testigos, que empiezan a hablar enseguida, se tornen espiritualmente ardientes y de este modo puedan inflamar también los corazones de sus oyentes. Los fenómenos exteriores tienen siempre, en el Espíritu, una incidencia interior: su ruido, como de un viento fuerte, hace acudir en masa a los oyentes y su fuego permite a cada uno de ellos comprender el mensaje en una lengua que les es íntimamente familiar; este mensaje que los convoca no es un mensaje extraño que primero tengan que estudiar y traducir, sino que toca lo más íntimo de su corazón… como lo dice el texto que “llenos del Espíritu Santo, se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hch 2, 4).
«Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios». San Pablo nos muestra al Espíritu que actúa en los corazones y en las conciencias de los cristianos. También aquí tiene algo del viento impetuoso por el que debemos «dejarnos llevar» si queremos ser hijos de Dios; pero ciertamente debemos dejarnos llevar como hijos libres, esto nos diferencia de los esclavos -del pecado-, que se mueven por una orden extraña y exterior que san Pablo lo llama «carne», es decir, una manera de entender, buscar y codiciar los bienes terrenos, perecederos y a menudo humillantes, que nos fascinan y esclavizan (Papa Francisco). Lo distintivo del Espíritu divino es que hace resonar en nosotros la voz del Hijo que clama: «¡Abba! (Padre)».
«El Espíritu Santo será quien nos enseñe todo». El evangelio explica esta singularidad: el Espíritu se nos envía para introducirnos en la verdad completa de Cristo, que nos revela al Padre. Es el Espíritu del amor entre el Padre y el Hijo, y nos introduce en este amor. Al comunicarse a nosotros, nos comunica el amor trinitario, y para nosotros criaturas el acceso a este amor es el Hijo como revelador del Padre. De este modo el Espíritu acrecienta en nosotros el recuerdo y profundiza la inteligencia de todo lo que Jesús nos ha comunicado -de Dios- mediante su vida y su enseñanza.
Sugerencias…
El prefacio de hoy, pues, es una síntesis magnífica de la actividad múltiple del Espíritu Santo en la comunidad. Esta actividad se describe y concreta de distintos modos:
- El Espíritu lleva a plenitud el misterio pascual.
- El Espíritu lleva a su realización plena la obra de Jesús.
- El Espíritu es el alma de la Iglesia desde el principio. De él vive la comunidad de bautizados.
- El Espíritu infunde a todos los pueblos el conocimiento de Dios.
- Por ser Espíritu del Padre y del Hijo puede darlos a conocer.
- El Espíritu congrega en la profesión de la misma fe a los divididos por el pecado. Lo hace en el Bautismo, Penitencia y demás sacramentos.
- El Espíritu da vida a la Iglesia. Él es Señor y fuente de vida.
-Inspira a todos los hombres que buscan el Reino de Dios. Él es quien conduce a los hombres de buena voluntad por los caminos de la verdad y la justicia, hasta la plenitud de la verdad: Cristo.
Hoy, también, podemos presentar una visión global de la celebración eucarística bajo la perspectiva de la acción del Espíritu. Es decir, mostrar cómo -a través de toda la celebración- se hace la experiencia de las manifestaciones del Espíritu.
El centro de esta presentación debe ser, evidentemente, las epíclesis (invocar al Padre para que envíe al Espíritu, o bien al Espíritu para que venga. Lo invocamos en orden a una acción que está por encima de nuestra capacidad, que compete a Dios mismo) de la plegaria eucarística. La primera, como epíclesis de consagración: la fuerza del Espíritu creador es la que hace pasar el pan y el vino a ser el Cuerpo y la Sangre del Cristo glorioso, y por tanto la que nos hace posible el realismo pleno del memorial. La segunda, como epíclesis de comunión (o eclesiológica): la fuerza del Espíritu de Cristo es la que reúne en el cuerpo eclesial de Cristo a los participantes del Cuerpo sacramental, dándoles la unidad y el amor. En ambos casos, sin embargo, hay que destacar que la acción del Espíritu está estrechamente unida a la persona de Cristo: la narración de la institución, palabra de Cristo, y la comunión sacramental con el Cuerpo y la Sangre del Señor.
También la liturgia de la Palabra es una manifestación del Espíritu. Es la actualización de la proclamación de las maravillas de Dios, la inspiración apostólica, la iluminación constante hacia toda la verdad. Y la profesión de fe es, toda ella, testimonio de que el Espíritu se nos ha dado.
La misma asamblea reunida manifiesta la diversidad de los dones del Espíritu: los ministerios expresan los dones recibidos "para utilidad", dentro del conjunto de una Iglesia toda ella llena del Espíritu.
Un tercer aspecto, aún, de esta misma actualización, es la derivación hacia la vida y el testimonio, que viene de la Eucaristía y es fruto del Espíritu. En este sentido se podría ‘aprovechar’ el texto de la oración sobre las ofrendas de la Misa de la Vigilia. La idea que se encuentra en ella es magnífica: la Eucaristía es la fuente del amor porque -bajo la bendición del Espíritu- es la actualización del misterio pascual; este amor vivido por los participantes se convierte en la manifestación "a todo el mundo" de la verdad del misterio de salvación.
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lunes, 27 de mayo de 2019
HOMILIA Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR cC (02 de junio 2019)
Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR cC (02 de junio 2019)
Primera: Hechos 1, 1-11; Salmo: Sal 46, 2-3. 6-9; Segunda: Efesios 1, 17-23 o bien, Hebreos 9, 24-28; Evangelio: Lucas 24, 46-53
Temas... Sugerencias…
Jesús que asciende a los cielos, no asciende despojado de la naturaleza humana que había tomado de nosotros… y asciende hasta la derecha de Dios Padre, expresión hebrea que indica la igualdad de dignidad, la igualdad en el poder, la igualdad en el designio, la igualdad en el amor. Además se nos está diciendo que nuestra naturaleza humana, la que tomó por nosotros y la que no dejó después de resucitar, -porque después de resucitar se presentó con esa naturaleza ante los testigos, ante los Apóstoles-, esta naturaleza nuestra ha ascendido con Jesucristo hasta lo más alto de los cielos.
Y esto quiere decir que en el misterio de la Ascensión de Jesucristo se rebela la profundidad de la verdadera vocación del ser humano. Aquí se muestra que Dios, lejos de ser un estorbo para nuestra realización, es precisamente la perfección y plenitud de nuestra realización humana.
Aquí se nos está diciendo que la realización humana y la santidad en Dios, son dos expresiones iguales, son sinónimos; y que sólo aquel que encuentra su camino en Dios, tiene verdaderamente encontrada su verdadera vocación y tiene verdaderamente encontrada su verdadera realización. Sin este encuentro, sin el encuentro con Dios, el problema de la vejez, de la enfermedad, de la soledad, de la muerte, el problema del mal en el mundo se quedan sin solución.
Si no hay una Pascua que pueda transformar el sepulcro en recinto de gloria, si no hay una Pascua que pueda transformar el dolor de la Cruz en cántico y alabanza, si no hay una Pascua que pueda transformar la injusticia del pretorio en cánticos de Ángeles, si esa Pascua no existe, ninguna teoría, ningún trabajo, ningún proyecto, logrará calmar las angustias del corazón humano. Es decir que la fiesta de la Ascensión de Jesucristo es la fiesta de la verdadera vocación del ser humano. Cristo sube a los cielos llamado por la voz del Padre, la misma voz que le había enviado a esta nuestra tierra; y esa misma voz llama a cada uno de nosotros para que descubra, en ese camino celestial, su verdadera vocación.
Cristo pasó su vida en el servicio a nosotros sus hermanos, sus manos llenas de bendición, sus palabras llenas de sabiduría, su mirada llena de pureza, sus pensamientos llenos de luz, fueron todos en servicio de nosotros y en alabanza de Dios Padre, pues bien, el último y más glorioso servicio de Jesucristo es precisamente el que le vemos prestar hoy. Y… como dice bellísimamente San Agustín, "bajó solo, pero ya no sube solo": con Él sube nuestra naturaleza, con Él sube nuestra carne, con Él sube el alimento de nuestros campos, el agua de nuestros torrentes, con Él sube nuestro sudor y lágrimas, con Él sube la sangre que tantas veces se quedó sin respuesta cuando era regada en esta tierra.
Bajó solo, pero no sube solo; con Él asciende la humanidad, con Él tenemos, como dice la Carta a los Hebreos, una firmísima ansia. Aquí sucede como en esos peñascos arduos que suelen subir los montañistas; el más avisado y experimentado de ellos logra divisar el pico al que hay que llegar, y entonces tira un garfio y adhiere la esperanza de todos a ese garfio, y cuando ya siente firme la cuerda, él de primero, y luego los que van con él, suben hasta lo más alto de la cumbre. Así ha hecho Cristo, Cristo ha echado un ancla en el océano de la misericordia de Dios, Cristo ha tirado el gancho y ahora sabemos que el peñasco más duro, el de la perfecta realización humana y la perfecta glorificación de Dios, está conquistada.
La naturaleza de Cristo ha conquistado la cumbre más alta, y todos nosotros, unidos por esa cuerda, vamos detrás de Él, sabiendo que ése es el camino también para nosotros. Como se ve, mis amigos, esta es una Fiesta maravillosa y apenas empezamos a decir cuáles son sus bellezas, desde luego, no las vamos a declarar todas hoy. Permítanme que les cuente una última, que la aprendí hace poco y que me parece muy bella para esta fiesta de la Ascensión: Esta fiesta de la Ascensión es también la proclamación de la soberanía de Jesucristo sobre toda potestad espiritual; nuestra vida no está en el juego de los Ángeles o de los demonios, de la suerte, del destino; nuestra vida no está sujeta al querer de astros, potestades, maleficios, hechicerias; nuestra vida está en las manos del más fuerte, del más poderoso y ese es Jesucristo. ¡Viva Cristo Rey!.
Esta proclamación de Cristo en gloria por encima de toda potestad espiritual, nos está indicando que nadie puede deshacer lo que Él hace, que nadie puede abrir lo que Él cierra y nadie puede cerrar lo que Él abre, que en definitiva Él es el más fuerte, y que el que está unido a Él nada tiene que temer. El que está unido a Él, aunque sepa que haya poderes parapsicológicos, o aunque sepa que haya maleficios, brujerías, demonios, satanismo, persecución, envidia, soledad, sabe que está unido al más fuerte. En últimas, esa cuerda que nos une a Jesucristo es la cuerda de la firmísima fe, cuerda que Él mismo, como celestial montañista nos tiende a nosotros; y puesto que es cuerda es de calidad celestial, jamás se reventará/cortará a menos que nosotros queramos reventarla o soltarnos de ella.
En esta Fiesta grande alegrémonos de tener esa ancla en la misericordia de Dios, esa cuerda que nos vincula a la altura más alta, a la mayor de las cumbres; regocijémonos con Jesucristo y sepamos a qué estamos llamados.
Decíamos, al principio de la Eucaristía, esta es la fiesta para abrir el corazón, para ampliar el horizonte. A veces vivimos en mundos tan demasiado pequeños, en intereses tan demasiado pequeños, amargados por tres o cuatro cosas pequeñas, ¿no has vivido la fiesta de la Ascensión del Señor? ¿No sabes qué horizontes hay en esa cumbre y qué aire se respira allá?
Vamos a pedirle a Jesús que en esta Eucaristía nos dé a respirar aire de las cumbres altas, despejar la vista para esos horizontes amplios, y ahí gozarnos de la victoria que Él tuvo para sí mismo, para gloria del Padre y bien de todos nosotros.
Nexo entre las LECTURAS
En la solemnidad de la Ascensión el conjunto de la liturgia parece decirnos: "Misión cumplida, pero no terminada", YA SÍ y TODAVÍA NO. En el evangelio, Lucas resalta el cumplimiento de la misión: misterio pascual y evangelización universal. La narración del libro de los Hechos se fija principalmente en la tarea no terminada: serán mis testigos... hasta los confines de la tierra; este Jesús... volverá... Finalmente, la carta a los Hebreos sintetiza en el Cristo glorioso, sumo sacerdote del santuario celeste, la misión ‘cumplida’ (entró en el santuario de una vez para siempre), pero ‘no terminada’ (intercede ante el Padre en favor nuestro...vendrá por segunda vez...a los que le esperan para su salvación). La segunda lectura (opcional, Efesios), y todas las oraciones que nos ofrece el Misal para esta fiesta, son una ilustración magnífica del contenido pascual de este misterio. Se trata de la exaltación de Jesús a la derecha del Padre, que confesamos en el Símbolo apostólico
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martes, 30 de abril de 2019
ALMUD.ORGI- HOMILIA DEL PAPA FRANCISCO DE HOY
Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Martes, 30 de abril de 2019
Acabamos de leer en el Evangelio (Jn 3,7-15): «Jesús dijo a Nicodemo: tenéis que nacer de nuevo». Entonces «Nicodemo le preguntó: ¿Cómo puede suceder eso?». Una pregunta que también nosotros nos hacemos. Jesús habla de “renacer de lo alto” y ahí está el vínculo entre la Pascua y el renacer. Solo podemos renacer de ese poco que somos, de nuestra existencia pecadora, con la ayuda de la misma fuerza que hizo resucitar al Señor: con la fuerza de Dios y, por eso, el Señor nos envió al Espíritu Santo. ¡Solos no podemos!
El mensaje de la Resurrección del Señor es el don del Espíritu Santo y, de hecho, en la primera aparición de Jesús a los apóstoles, el mismo domingo de la Resurrección, les dice: «Recibid el Espíritu Santo». ¡Esa es la fuerza! No podemos nada sin el Espíritu, pues la vida cristiana no es solo comportarse bien, hacer esto, no hacer aquello. Podemos hacer eso, hasta podemos escribir nuestra vida con “caligrafía inglesa”, pero la vida cristiana renace del Espíritu y, por tanto, hay que dejarle sitio.
Es el Espíritu quien nos hace resurgir de nuestras limitaciones, de nuestras “muertes”, porque tenemos tantas, tantas necrosis en nuestra vida, en el alma. El mensaje de la resurrección es el de Jesús a Nicodemo: hay que renacer. ¿Y cómo se deja sitio al Espíritu? Una vida cristiana, que se dice cristiana, pero que no deja espacio al Espíritu ni se deja llevar por el Espíritu es una vida pagana, disfrazada de cristiana. El Espíritu es el protagonista de la vida cristiana, el Espíritu –el Espíritu Santo– que está con nosotros, nos acompaña, nos transforma, vence con nosotros.
Continúa el Evangelio: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre», es decir, Jesús. Él ha bajado del cielo. Y Él, en el momento de la resurrección, nos dice: «Recibid el Espíritu Santo», será el compañero de la vida cristiana. Por tanto, no puede haber una vida cristiana sin el Espíritu Santo, que es el compañero de cada día, don del Padre, don de Jesús.
Pidamos al Señor que nos dé esa conciencia de que no se puede ser cristiano sin caminar con el Espíritu Santo, sin actuar con el Espíritu Santo, sin dejar que el Espíritu Santo sea el protagonista de nuestra vida. Así pues, hay que preguntarse qué lugar ocupa en nuestra vida, porque –repito– no puedes caminar por una vida cristiana sin el Espíritu Santo. Hay que pedir al Señor la gracia de entender este mensaje: ¡nuestro compañero de camino es el Espíritu Santo!
lunes, 29 de abril de 2019
HOMILIA DE LA BEATIFICACION DE ENRIQUE ANGELELLI Y COMPAÑEROS
Diócesis de La Rioja – ARGENTINA
Beatificación de Monseñor Enrique Angelelli, de los Sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longueville y del laico Wenceslao Pedernera
HOMILÍA
Excelentísimo Cardenal Ángelo Becciu
Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos
La Rioja, sábado 27 de abril de 2019
“Este es el día que hizo el Señor:
Alegrémonos y regocijémonos”.
Queridos hermanos y hermanas,
La invitación que la Liturgia nos renueva constantemente en este tiempo de Pascua, encuentra hoy en nosotros, reunidos en el solemne rito de la beatificación de cuatro mártires, una respuesta particularmente pronta y alegre.
Nos alegramos y nos regocijamos en el Señor por el don de los nuevos Beatos.
Son hombres que han dado valientemente su testimonio de Cristo, mereciendo ser propuestos por la Iglesia a la admiración e imitación de todos los fieles. Cada uno de ellos puede repetir las palabras del libro de la Apocalipsis, proclamadas en la primera lectura: “Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías” (Ap 12,10): el poder de Cristo resucitado, que, a lo largo de los siglos, por medio de su Espíritu, continúa viviendo y actuando en los creyentes, para impulsarlos hacia la plena realización del mensaje evangélico.
Conscientes de esto, los nuevos Beatos siempre contaron con la ayuda de Dios, incluso cuando tuvieron que “sufrir por la justicia” (1Pe 3,14), de modo que siempre estaban dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pidiese razón de la esperanza que ellos tenían (cfr 1Pe 3,15). Se ofrecieron a Dios y al prójimo en un heroico testimonio cristiano, que tuvo su culmen en el martirio. Hoy a la Iglesia se complace en reconocer que Enrique Ángel Angelelli, Obispo de La Rioja, Carlos de Dios Murias, franciscano conventual, Gabriel Longueville, sacerdote misionero fidei donum, y el catequista Wenceslao Pedernera, padre de familia, fueron insultados y perseguidos a causa de Jesús y de la justicia evangélica (cfr Mt 5, 10-11), y han alcanzado una “gran recompensa en el cielo” (Mt 5,12).
“¡Felices ustedes!” (Mt 5,11; 1Pe 3,13). ¿Cómo podríamos no escuchar dirigida a nuestros cuatro Beatos esta sugestiva manifestación de alabanza? Ellos fueron testigos fieles del Evangelio y se mantuvieron firmes en su amor a Cristo y a su Iglesia a costa de sufrimientos y del sacrificio extremo de la vida. Fueron asesinados en 1976 [mil novecientos setenta y seis], durante el período de la dictadura militar, marcado por un clima político y social incandescente, que también tenía claros rasgos de persecución religiosa. El régimen dictatorial, vigente desde hacía pocos meses en Argentina, consideraba sospechosa cualquier forma de defensa de la justicia social. Los cuatro Beatos desarrollaban una acción pastoral abierta a los nuevos desafíos pastorales; atentos a la promoción de los estratos más débiles, a la defensa de su dignidad y a la formación de las conciencias, en el marco de la Doctrina Social de la Iglesia. Todo esto, para intentar ofrecer soluciones a los múltiples problemas sociales.
Se trataba de una obra de formación en la fe, de un fuerte compromiso religioso y social, anclado en el Evangelio, en favor de los más pobres y explotados, y realizado a la luz de la novedad del Concilio Ecuménico Vaticano II, en el fuerte deseo de implementar las enseñanzas conciliares. Podríamos definirlos, en cierto sentido, como “mártires de los decretos conciliares”.
Fueron asesinados debido a su diligente actividad de promoción de la justicia cristiana. De hecho, en aquella época, el compromiso en favor de una justicia social y de la promoción de la dignidad de la persona humana se vio obstaculizado con todas las fuerzas de las autoridades civiles. Oficialmente, el poder político se profesaba respetuoso, incluso defensor, de la religión cristiana, e intentaba instrumentalizarla, pretendiendo una actitud servil por parte del clero y pasiva por parte de los fieles, invitados por la fuerza a externalizar su fe solo en manifestaciones litúrgicas y de culto. Pero los nuevos Beatos se esforzaron por trabajar en favor de una fe que también incidiese en la vida; de modo que el Evangelio se convirtiese en fermento en la sociedad de una nueva humanidad fundada en la justicia, la solidaridad y la igualdad.
El Beato Enrique Ángel Angelelli fue un pastor valiente y celoso que, nada más llegar a La Rioja, empezó a trabajar con gran celo para socorrer a una población muy pobre y víctima de injusticias. La clave de su servicio episcopal reside en la acción social en favor de los más necesitados y explotados, así como en valorar la piedad popular como un antídoto contra la opresión. Icono del buen pastor, fue un enamorado de Cristo y del prójimo, dispuesto a dar su vida por los hermanos. Los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville fueron capaces de individuar y responder a los desafíos concretos de la evangelización siendo cercanos a las franjas más desfavorecidas de la población. El primero, religioso franciscano, se distinguió por su espíritu de oración y un auténtico desapego de los bienes materiales; el segundo, por ser hombre de la Eucaristía. Wenceslao Pedernera, catequista y miembro activo del movimiento católico rural, se dedicó apasionadamente a una generosa actividad social alimentada por la fe. Humilde y caritativo con todos.
Estos cuatro Beatos son modelos de vida cristiana. El ejemplo del Obispo enseña a los pastores de hoy a ejercer el ministerio con ardiente caridad, siendo fuertes en la fe ante las dificultades. Los dos sacerdotes exhortan a los presbíteros de hoy a ser asiduos en la oración y a hallar, en el encuentro con Jesús y en el amor por Él, la fuerza para no escatimar nunca en el ministerio sacerdotal: no entrar en componendas con la fe, permanecer fieles a toda costa a la misión, dispuestos a abrazar la cruz. El padre de familia enseña a los laicos a distinguirse por la transparencia de la fe, dejándose guiar por ella en las decisiones más importantes de la vida.
Vivieron y murieron por amor. El significado de los Mártires hoy reside en el hecho de que su testimonio anula la pretensión de vivir de forma egoísta o de construir un modelo de sociedad cerrada y sin referencia a los valores morales y espirituales. Los Mártires nos exhortan, tanto a nosotros como a las generaciones futuras, a abrir el corazón a Dios y a los hermanos, a ser heraldos de paz, a trabajar por la justicia, a ser testigos de solidaridad, a pesar de las incomprensiones, las pruebas y los cansancios. Los cuatro Mártires de esta diócesis, a quienes hoy contemplamos en su beatitud, nos recuerdan que “es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal” (1 Pe 3,17), como nos ha recordado el apóstol Pedro en la segunda lectura.
Los admiramos por su valentía. Les agradecemos su fidelidad en circunstancias difíciles, una fidelidad que es más que un ejemplo: es un legado para esta diócesis y para todo el pueblo argentino y una responsabilidad que debe vivirse en todas las épocas. El ejemplo y la oración de estos cuatro Beatos nos ayuden a ser cada vez más hombres de fe, testigos del Evangelio, constructores de comunidad, promotores de una Iglesia comprometida en testimoniar el Evangelio en todos los ámbitos de la sociedad, levantando puentes y derribando los muros de la indiferencia. Confiamos a su intercesión esta ciudad y toda la nación: sus esperanzas y sus alegrías, sus necesidades y dificultades. Que todos puedan alegrarse del honor ofrecido a estos testigos de la fe. Dios los sostuvo en los sufrimientos, les ofreció el consuelo y la corona de la victoria. Que el Señor sostenga, con la fuerza del Espíritu Santo, a quienes hoy trabajan en favor del auténtico progreso y de la construcción de la civilización del amor.
Beato Enrique Ángel Angelelli y tres compañeros mártires, ¡rogad por nosotros!
Cardenal Ángelo Becciu
Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos
La Rioja, sábado 27 de abril de 2019
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Oficina de Prensa
Conferencia Episcopal Argentina
HOMILIA DOMINGO TERCERO DE PASCUA cC (5 de mayo 2019)
DOMINGO TERCERO DE PASCUA cC (5 de mayo 2019)
Primera: Hechos 5, 27-32.40-41; Salmo: Sal 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b; Segunda: Apocalipsis 5, 11-14; Evangelio: Juan 21, 1-19
Nexo entre las LECTURAS
Cada Domingo (como dicen los textos) debería ser, una experiencia de encuentro con el Señor, con consecuencias concretas en el estilo de vida durante toda la semana… y así todas las semanas del Año.
¿Quiénes somos la comunidad cristiana?:
a) somos unos creyentes -pecadores, pero creyentes- que nos reunimos cada primer día de la semana (el Domingo) en torno a Cristo Jesús;
b) escuchamos su Palabra y nos alimentamos de Él mismo, en el Pan y Vino consagrados;
c) alzamos la mirada hacia el Cielo, prefigurado en esa asamblea del Apocalipsis, que celebra con entusiasmo el triunfo del Señor, así nos unimos a sus himnos de victoria (por ejemplo, el Santo Santo Santo que lo cantamos en unión con los ángeles y los santos). Y a continuación…
d) nos sentimos «enviados» para vivir la Caridad en nuestras ocupaciones diarias, como signo profético en medio del mundo, para dar testimonio de esta «aparición pascual» de nuestro Señor, y ser, en nuestros ambientes, levadura, fermento y sal: un espacio de libertad, de esperanza y de entrega fraterna.
Signos, nosotros mismos, del Señor Resucitado. Si es así, echaremos las redes y no será en vano… y el mundo exclamará: ¡ES EL SEÑOR!
Temas...
La misión de la Iglesia. Cada evangelista muestra, a su manera, la misión universal de la Iglesia. San Juan en el evangelio de hoy recurre, siguiendo su estilo propio, a los símbolos. a) El mar como imagen del mundo y del conjunto de los hombres. b) Era común -en tiempos de Jesús y del evangelista-; e igualmente común, al menos entre griegos y romanos, la imagen de la nave... Los primeros cristianos, basándose en algunos textos del Nuevo Testamento (Lc 5,3; Mt 8, 23; Mc 1,17; Jn 21, 1-14), hablaron de la nave de la Iglesia. c) Hay otro símbolo que es exclusivo de Juan… al número de peces recogidos: 153. (Es conocido que, en la cultura contemporánea de Jesús, el símbolo numérico tenía un gran valor y era usado con no poca frecuencia. Ciento cincuenta y tres indica plenitud y totalidad. Se suele explicar de dos modos: 1 + 3 + 5 es igual a 9, que siendo múltiplo de 3 subraya la plenitud en grado sumo (3x3). Otro modo de explicar el valor pleno y total de este número es el siguiente: el múltiplo de 12 es 144; si a 144 sumamos 9 obtenemos 153. Es una manera de acentuar todavía más la totalidad). En resumen, la misión de la Iglesia, en el mar del mundo, no es otra sino la de ser pescadores de todos los hombres sin excepción y llevarlos al puerto seguro de la fe y de la eternidad. d) A esta imagen de la nave y de la pesca, sigue a continuación otra: la del pastor y las ovejas. Jesucristo, Buen Pastor, encomienda a Pedro: "Apacienta mis ovejas". Ezequiel había hablado del Dios como Pastor de Israel; ahora Jesús recurre a la misma imagen para hablar de sí mismo como Pastor de la Iglesia, y da a Pedro su misma misión. Buen Pastor es aquél que cuida, ama, protege, llama (Palabra) y apacienta a sus ovejas, y las defiende de los lobos hasta dar la vida (ser comido en la Eucaristía) por ellas. La misión de Pedro y de los pastores en la Iglesia es acompañar/ayudar para que todas las ovejas alcancen la salvación de Dios.
Llamados a realizar la misión. En los Hechos de los Apóstoles (primera lectura) se realiza la misión mediante la predicación. Los apóstoles han predicado a Jesucristo, sobre todo el grande misterio de su muerte y resurrección, y las redes comienzan a llenarse de peces. Es tal la eficacia de la predicación, que las autoridades judías se asustan y meten a los apóstoles en la cárcel. "Pero Pedro y los apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres". Quien ha recibido la misma misión de Jesucristo, ¿podrá renunciar a ella? ¿podrá igualarla a cualquier otra misión en la vida? A los apóstoles les parece imposible, y no tienen miedo a pagar cualquier precio por realizar su misión. Pero no se puede llevar a cabo la misión sin el culto, particularmente la actitud de adoración hacia Jesucristo, el Cordero degollado. "Digno es el Cordero degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza" (segunda lectura). Para que la misión de los apóstoles se realice plenamente, la predicación tiene que desembocar en el culto y del culto nace la misión (Concilio Vaticano II, beato mártir Enrique Angelelli). Conocer que Cristo ha muerto y resucitado por nosotros, sin llegar a adorarle como nuestro Dios y Señor, es dejar incompleta la misión, es no misionar.
Sugerencias…
La misión en el mundo. El mundo ha llegado a ser, en nuestros días, una aldea global. Para los medios de la información, de las finanzas, de las ideas y de las redes sociales, no existen fronteras. Una celebración/ceremonia pontificia puede verse/seguirse simultáneamente en cualquier rincón de la tierra y, gracias a internet, puedes entablar un chat sobre cualquier tema con hombres y mujeres a miles de kilómetros de distancia de tu habitación. Los cristianos, mediante todos estos instrumentos, entramos en contacto con personas que tienen otra visión de la vida, que viven según otros modelos de existencia, que practican otra ‘religión’ y aceptan otras creencias. Este fenómeno puede suscitar cierto estado de crisis en los discípulos misioneros (católicos)… puede, incluso hacernos caer en un cierto relativismo religioso… pero puede ser por mejor UNA ESTUPENDA OCASIÓN para poner en práctica, en grandísima escala y con los medios más avanzados, la misión universal de la Iglesia. ¿Cuándo ha tenido la Iglesia más medios para predicar a Cristo desde los tejados, con sus numerosísimas antenas? Estamos quizá ante el desafío histórico más imponente en la obra misionera universal de la Iglesia. Esta gran misión universal no la llevan a cabo unos pocos misioneros en tierras no evangelizadas; la puede llevar cualquier cristiano, tú mismo la puedes llevar adelante, desde tu casa o desde tu despacho, desde el lugar de trabajo o de descanso. Se ve claro que la misión universal de la Iglesia requiere que cada cristiano sea un hombre creyente que ame a Dios y a los demás como Cristo nos enseñó, y esté preparado para dar razón de la esperanza a quien se lo pida: en la calle, en la oficina, o en internet… en su vida, dando la vida… intentarán callar a los cristianos, pero no podrán callar el Evangelio (beato Carlos Murias, mártir).
El culto de adoración. Tal vez se ha puesto el acento en Jesucristo amigo, maestro, modelo en cuanto hombre igual que nosotros, y se ha dejado un poco en el silencio la figura de Jesucristo, como nuestro Dios y Señor, el Cordero sacrificado que nos redime. Estas u otras razones, tal vez cada uno conozca muchas otras, han hecho bajar el sentido cristiano de la adoración. Esta semana debería ser una ocasión magnífica para renovar y recuperar el espíritu de adoración debida a Jesucristo. Nos dice el catecismo: "Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas" (CEC 1379). ¿No habrá que avivar y reavivar la conciencia de esta presencia de Jesucristo Dios en la Eucaristía? El mismo catecismo añade en el no. 2145: "La predicación y la catequesis deben estar penetradas de adoración y de respeto hacia el nombre de Nuestro Señor Jesucristo". ¡Un momento de reflexión y examen para los catequistas y predicadores! El mundo, para renovarse, tiene necesidad de una Iglesia más adorante.
María, Virgen y Madre, ruega por nosotros y acompáñanos en la misión… ven con nosotros a caminar…
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jueves, 25 de abril de 2019
historia del hombre (Ap 22,13), ya sea individual o colectiva; y sobre todo la
certeza de que este Alguien es Amor, el Amor hecho hombre, el Amor crucificado y resucitado, el Amor
siempre presente en medio de los hombres. Él es el Amor eucarístico. Es fuente inagotable de comunión. Es
el único a quien podemos creer sin la más mínima reserva cuando nos pide: “¡No tengáis miedo!”.
7. San Francisco de Sales (1567-1622), obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia. OC, t 9, p.290s (Trad.
©Evangelizo.org).
«La paz sea con ustedes»
Los apóstoles y los discípulos de Nuestro Señor, como hijos sin padre y soldados sin capitán, habiéndose
retirado llenos de temor en una casa, el Salvador se les apareció para consolarlos en su aflicción, y les dijo «
¿Por qué tienen miedo y están afligidos? Si es la duda de que lo que les prometí sobre mi resurrección no va
a ocurrir, la paz sea con ustedes, permanezcan en la paz, que la paz se haga en ustedes, porque he resucitado.
Miren mis manos, toquen mis heridas; soy yo, no teman, la paz sea con ustedes»…
Como si quisiera decir: « ¿Qué tienen mis apóstoles que están todos temerosos y llenos de miedo? ahora ya
no tienen por qué, pues les he adquirido para ustedes la paz que les doy. No solamente mi Padre me la debe
porque soy su Hijo, sino también porque la he comprado al precio de mi sangre y de estas llagas que les
muestro. De ahora en adelante, no sean cobardes ni temerosos, pues la guerra ha terminado. Tuvieron
razones de temer durante los días pasados cuando vieron que me latiguearon…, cuando me golpearon,
cuando me coronaron de espinas, cuando me hirieron desde la cabeza hasta los pies y que me clavaron en la
cruz. Sufrí toda clase de oprobios, de desamparos y de ignominias…Pero ahora no teman más, que la paz
sea en sus corazones, porque he salido victorioso y he vencido a todos mis adversarios: he vencido al diablo,
al mundo y a la carne…Hasta esta hora les he dado varias veces mi paz, ahora les muestro como la
adquirí…Todo lo que doy a mis más queridos, es la paz; por eso, la paz a ustedes, y a todos los que creerán
en mí.»
8. San Pedro Crisólogo (c. 406-450) obispo de Ravenna, doctor de la Iglesia. Sermón 81 (frm
trad.evangelizo.org©).
«Él mismo estaba allí, en medio de ellos, y les dijo: ‘La paz sea con ustedes’»
La Judea en rebelión había ahuyentado la paz de la tierra…y sumido el universo en su caos
primordial…Entre los discípulos, también persistía la guerra; la fe y la duda tenían una furiosa confrontación
entre ellas…Los corazones, lugar en el que la tormenta desplegaba su rabia, no podían encontrar ningún
remanso de paz, ningún puerto en calma.
Frente a ese espectáculo, Cristo, quién sondea los corazones, quién ordena a los vientos, quién domina las
tempestades y quién por medio de un solo signo cambia la tormenta en un cielo sereno, los fortaleció de su
paz diciendo: “¡La paz sea con ustedes! Soy yo; no teman nada. Soy yo, el crucificado, el muerto, el
sepultado. Soy yo, su Dios que por ustedes se volvió hombre. Soy yo, vivo entre los muertos, venido del
cielo al corazón de los infiernos. Soy yo. No un espíritu revestido de un cuerpo, sino la verdad misma hecha
hombre. Soy yo y la muerte me huyó, los infiernos me temieron. En su espanto, el infierno me proclamó
Dios. No tengas miedo Pedro, tú que me negaste, ni tú Juan que huiste, ni todos ustedes que me
abandonaron, que sólo pensaron en traicionarme, y que aun viéndome todavía no creen en mí. No teman,
soy yo. Los he llamado por la gracia, los he escogido por el perdón, los he sostenido por mi compasión, los
he llevado en mi amor, y los tomo en este día por mi bondad.".
lunes, 22 de abril de 2019
HOMILIA II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cC (28 de abril 2019)
II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cC (28 de abril 2019)
Primera: Hechos 5, 12-16; Salmo: Sal 117, 2-4. 22-27a; Segunda: Apocalipsis 1, 9-11.12-13.17-19; Evangelio: Juan 20, 19-31
Nexo entre las LECTURAS
Cristo, "el Viviente" "el Misericordioso". Así lo "ve" san Juan en el Apocalipsis y en el Evangelio. También a nosotros, hoy, en este Domingo el Señor nos muestra, en la Iglesia, sus llagas. Son llagas de misericordia. Es verdad: las llagas de Jesús son llagas de misericordia. «Por sus llagas fuimos sanados» (Is 53,5). Jesús nos invita a mirar sus llagas, nos invita a tocarlas, como a santo Tomás, para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso. Así lo experimentan los primeros cristianos de Jerusalén. "Yo soy el que vive; estuve muerto, pero ahora vivo para siempre" dice el Hijo de hombre a san Juan en la visión (segunda lectura). El Viviente se aparece a los discípulos atemorizados para infundirles paz, encomendarles la misión y otorgarles el Espíritu (Evangelio). El Viviente, el Misericordioso continúa operando signos y prodigios en medio del pueblo por medio de los apóstoles (primera lectura) y nos invita a ser testigos delante de todos… como dice el salmista: Que lo digan los que temen al Señor: ¡es eterno su amor!
Temas... Sugerencias…
El Día del Señor. Como los discípulos aquel auténtico primer día de la semana, también nosotros hacemos la ‘experiencia’ del encuentro con Cristo resucitado cada Domingo… y a la vez experimentamos la fuerza de la resurrección que, gracias al Espíritu que habita en nosotros, nos empuja hacia el Cielo… pues Domingo a Domingo, como peldaños de una escalera, vamos al Cielo, al banquete de la boda del Cordero, de quien decimos antes de comulgar: “no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. La celebración de la Misa Dominical es el momento -y a la vez el lugar- donde la experiencia de la resurrección se hace posible. Reunidos alrededor del Altar, celebrando el memorial del Señor, significamos y somos como nunca Iglesia, asamblea de hombres y mujeres que viven el misterio pascual y que salen con el compromiso de seguir viviéndolo y dando testimonio de Su presencia viva en el mundo mediante la práctica de la caridad, las obras de misericordia.
- Las lecturas que proclamamos nos descubren la importancia que se da a esta experiencia dominical. La primera experiencia que hacen los discípulos del Señor resucitado tiene lugar el mismo Domingo de la resurrección: Aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a ustedes. El grupo de ‘los que tienen miedo’ se convierte en comunión de alegría, gracias a la presencia del Señor que había sido crucificado: Les enseñó las manos y el costado. Y es en la intimidad-comunión donde se experimenta a Jesús. El que no está no hace la experiencia, como Tomás, por más que pertenezca a los Doce.
- Por eso, a los ocho días -el Domingo siguiente (hoy)-, Jesús se les vuelve a presentar… y esta vez sí está santo Tomás con el grupo, y Jesús resucitado, le pide a Tomás que toque y vea, EN ESE GESTO nos pide que maduremos la fe en la aceptación de la palabra apostólica, don de Dios. Palabra de Dios que nos conducirá por el camino del testimonio -el martirio- como nos ha dicho Juan en la lectura del Apocalipsis y que nos dijo la Iglesia en la Misa (ayer) en que fueron beatificados los “mártires riojanos”. También nos descubre -con el testimonio de vida del beato Enrique Angelelli y compañeros mártires- y nos hace compartir, en Jesús, las penas, la paciencia y los dolores (la vida misma) con los hermanos… El Domingo, el día del Señor, es cuando el Espíritu se apodera de nosotros y nos da la gracia para ser mártires/testigos todos los días hasta el fin de los días, como lo fueron, también, los apóstoles.
Regalos del resucitado. El Espíritu es el primer fruto de la Pascua del Señor y el que da la plenitud. Juan sitúa en la tarde de Pascua, en el primer encuentro de los discípulos con el Resucitado, la donación del Espíritu Santo. Anticipamos que para Pentecostés también leemos la primera parte del evangelio de hoy. Lo que hay que recordar es que el gran don del Resucitado es el Espíritu. El Espíritu Santo nos impulsa a las obras de la caridad, las obras de misericordia. Esta memoria del Espíritu, aliento de la nueva creación, ha de ser más intensa en el tiempo que transcurre entre la Pascua y Pentecostés, especialmente cuando celebramos y recordamos los sacramentos de la iniciación cristiana que, por obra del Espíritu, nos hace criaturas nuevas. Esto concuerda con la oración colecta de la Misa de hoy en la que pedimos comprender mejor "la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer (Confirmación) y de la sangre que nos ha redimido (Eucaristía)".
La donación del Espíritu por parte del Resucitado incluye la misión, como sucede también al final del evangelio: "Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Los discípulos son enviados a continuar la misión del Hijo de Dios, muerto y resucitado, misión que éste recibió del Padre. El Espíritu hará efectiva esta misión para destruir el reino del pecado y de la muerte, desvaneciendo el pecado, haciendo una creación nueva, en la que resida la "paz" eternamente, la "paz" que es un don mesiánico por excelencia y que el Resucitado comunica también hoy, de entrada, a sus discípulos.
Felices los que creen sin haber visto. “San Bernardo, en su comentario al Cantar de los Cantares (Disc. 61,3-5; Opera omnia 2,150-151), se detiene justamente en el misterio de las llagas del Señor, usando expresiones fuertes, atrevidas, que nos hace bien recordar hoy. Dice él que «las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios». Es este, hermanos y hermanas, el camino que Dios nos ha abierto para que podamos salir, finalmente, de la esclavitud del mal y de la muerte, y entrar en la tierra de la vida y de la paz. Este Camino es Él, Jesús, Crucificado y Resucitado, y especialmente lo son sus llagas llenas de misericordia. Los Santos nos enseñan que el mundo se cambia a partir de la conversión de nuestros corazones, y esto es posible gracias a la misericordia de Dios. Por eso, ante mis pecados o ante las grandes tragedias del mundo, «me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. Él, en efecto, “fue traspasado por nuestras rebeliones” (Is 53,5). ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte de Cristo?» (ibíd.). Con los ojos fijos en las llagas de Jesús Resucitado, cantemos con la Iglesia: «Eterna es su misericordia» (Sal 117,2). Y con estas palabras impresas en el corazón, recorramos los caminos de la historia, de la mano de nuestro Señor y Salvador, nuestra vida y nuestra esperanza”. (Papa Francisco).
lunes, 8 de abril de 2019
HOMILÍA DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR cC (14 de abril 2019)
DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR cC (14 de abril 2019)
Primera: Isaías 50, 4-7; Salmo: Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Segunda: Filipenses 2, 6-11; Evangelio: Lucas 22, 14 – 23, 52
Nexo entre las LECTURAS
¡El dolor! Realidad histórica y designio de Dios. Aquí está el centro del mensaje del Domingo de Ramos. El Siervo de Yahvéh (primera lectura) sufre golpes, insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el sentido del dolor. San Pablo, en el himno cristológico de la carta a los filipenses (segunda lectura), canta a Cristo que "se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo". En la narración de la pasión según san Lucas, Jesús afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un esclavo, pero sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello confía al Padre su espíritu. Por eso decimos con fe que el dolor es redentor.
Temas...
HUMILDE y MANSO. Se abre la Semana Santa con el recuerdo de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, que se verificó exactamente el Domingo antes de la pasión. Jesús, que se había opuesto siempre a toda manifestación pública y que huyó cuando el pueblo quiso proclamarlo rey (Jn 6, 15), hoy se deja llevar “en triunfo”. Sólo ahora, que está para ser llevado a la muerte, acepta su aclamación pública como Mesías, precisamente porque muriendo en la cruz será, plenísimamente mostrado, Mesías, el Redentor, el Rey Vencedor. Acepta ser reconocido como Rey, pero como un Rey con características inconfundibles: humilde y manso, que entra en la Ciudad santa montado en un asnillo, que proclamará su realeza solo ante los tribunales y aceptará que se ponga la inscripción de su título de rey solamente en la cruz. La entrada jubilosa en Jerusalén constituye el homenaje espontáneo del pueblo a Jesús, que se encamina, a través de la pasión y de la muerte, a la plena manifestación de su Realeza divina. Aquella muchedumbre aclamante no podía abarcar todo el alcance de su gesto, pero la comunidad de los fieles que hoy lo celebramos (repetimos) sí podemos comprender su profundo sentido. «Tú eres el Rey de Israel y el noble hijo de David, tú, que vienes, Rey bendito, en nombre del Señor... Ellos te aclamaban jubilosamente cuando ibas a morir: nosotros celebramos tu gloria, ¡oh Rey eterno!» (MR).
HONRAR LA PASIÓN DE CRISTO. La liturgia invita a fijar la mirada en la gloria de Cristo Rey eterno, para que los fieles estemos preparados para comprender mejor el valor de su humillante pasión, camino necesario para la exaltación suprema. No se trata, pues, de acompañar a Jesús en el triunfo de una hora, sino de seguirle al Calvario, donde, muriendo en la cruz, triunfará para siempre del pecado y de la muerte. Estos son los sentimientos que la Iglesia expresa cuando, al bendecir los ramos, ora para que el pueblo cristiano complete el rito externo «con devoción profunda, triunfando del enemigo y honrando de todo corazón la misericordiosa obra de salvación» del Señor. No hay un modo más bello de honrar la pasión de Cristo que conformándose a ella para triunfar con Cristo del enemigo, que es el pecado.
La Misa nos introduce plenamente en el tema de LA PASIÓN. La profecía de Isaías y el salmo responsorial anticipan con precisión impresionante algunos de sus detalles: «Ofrecía la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos» (Is 50, 6). ¿Por qué tanto sumisión? Porque Cristo, bosquejado en el Siervo del Señor descrito por el profeta, está totalmente orientado hacia la voluntad del Padre y con Él quiere el sacrificio de sí mismo por la salvación de los hombres: «El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás» (ib 5). Por eso le vemos arrastrado a los tribunales y de éstos al Calvario, y allí tendido sobre la cruz: «Me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos» (Sal 22, 17-18). A esto se reduce el Hijo de Dios por un solo y único motivo: el amor; amor al Padre… cuya gloria quiere resarcir, y amor a los hombres, a los que quiere reconciliar con el Padre.
ANONADAMIENTO (Kénosis). Sólo un amor infinito puede explicar las desconcertantes humillaciones del Hijo de Dios. «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo» (Flp 2. 6-7). Cristo lleva hasta el límite extremo la renuncia a hacer valer los derechos de su divinidad; no sólo, los esconde bajo las apariencias de la naturaleza humana, sino que se despoja de ellos hasta someterse al suplicio de la cruz, hasta exponerse a los más amargos insultos: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Mesías, el rey de Israel! Baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos» (Mc 15, 31-32). Al igual que el Evangelista, la Iglesia no vacila en proponer a la consideración de los fieles la pasión de Cristo en toda su cruda realidad, para que quede claro que Él (según nuestra manera de hablar), siendo verdadero Dios, es también verdadero hombre, y como tal sufrió; y anonadado en su humanidad atormentada, tanto que no se cree su naturaleza divina, se hizo hermano de los hombres hasta compartir con ellos la muerte para hacernos partícipes de su divinidad. «Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso, Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”» (MR) Del máximo anonadamiento se deriva la máxima exaltación; hasta como hombre, Cristo es nombrado Señor de todas las criaturas y ejerce su señorío pacificándolas con Dios, rescatando a los hombres del pecado y comunicándonos su vida divina.
Sugerencias...
Hoy es Domingo de Ramos, hoy empieza la semana más importante para nosotros -los católicos- durante el presente año. En la culminación de esta semana tendremos la Vigilia Pascual, la magna solemnidad con la cual el pueblo creyente celebra la victoria de Jesucristo, victoria sobre la muerte, sobre el demonio, sobre el pecado. Agradecidos con Dios que nos permite llegar a este momento, tal vez lo primero que podamos hacer es evaluar cuál ha sido nuestra Cuaresma como verdadero examen de conciencia porque nuestra primera actitud en la Semana Santa debe ser de humildad… seguramente hemos podido practicar en alguna medida el ayuno, la oración y las obras de misericordia, pero si hemos fallado, si nos hemos quedado cortos, por favor que nuestra actitud sea humilde.
El pueblo hebreo recibiendo a Jesucristo en Jerusalén mostró esa humildad arrojando sus capas ante Cristo que entraba a la ciudad sobre un humilde borrico, arrojando así esas capas ellos estaban mostrando la infinita superioridad del que entra como Rey glorioso, así también llega Cristo a nuestra vida y así también es necesario que nuestro corazón humilde se postre ante Él para proclamarlo Rey, “¡tú eres el Rey de mi vida!”; esta es la primera actitud a la que nos convoca el Domingo de Ramos.
En segundo lugar en este Domingo se proclama integra la Pasión del Señor, es uno de los dos días en todo el año en que se lee completa la Pasión del Señor, el otro día es el Viernes Santo. La lectura de la Pasión del Señor hemos de recibirla como una gran declaración del amor divino, y a la vez como una denuncia clarísima del pecado del mundo. Leer la Pasión del Señor es encontrar la traición de los amigos del Señor, la virulencia y la sevicia de sus enemigos, la indiferencia de un sistema judicial que finalmente se hace cómplice, la gran capacidad de manipulación que tienen algunos líderes falsos y la gran irresponsabilidad de las multitudes que así se dejan seducir de los grandes líderes (es un año electoral y a esto lo experimentamos más que otras veces).
Todos estos mensajes nos están mostrando hasta dónde llega el pecado del mundo, porque nosotros de muchas maneras también nos hemos dejado manipular, nosotros, como Pedro o como Judas, también hemos negado a Nuestro Maestro, nosotros, como Pilato, muchas veces nos hemos lavado las manos, no solamente ante el honor de Cristo sino también ante la gloria de Dios y ante el dolor de nuestros hermanos (recordemos y recemos por la Vida… queremos la Vida, las dos vidas). Por eso la Pasión de Cristo es un recorrido por lo que podríamos llamar “lo peor” dentro de la humanidad, pero a la vez es un canto a la bondad gratuita, a la misericordia inagotable del Dios que ha venido a nuestro encuentro.
Domingo de Ramos, Domingo para agradecer las maravillas del amor de Dios, para leer la Pasión del Señor, Domingo para escuchar esta proclamación de fe, y Domingo por supuesto para preparar al GRAN DOMINGO, el próximo Domingo, el Domingo de la Pascua.
Si es verdad que hoy encontramos a Cristo en su dolor, ese dolor no es el final de la historia, la victoria está cercana y por eso a lo largo de estos días de Semana Santa, vamos a caminar como pueblo creyente, hasta llegar al Cenáculo en la institución de la Eucaristía, del Sacerdocio y de la Caridad… hasta llegar al calvario en la acción litúrgica de la Pasión del Señor, pero sobre todo para llegar hasta las puertas del sepulcro y allí recibir a Cristo glorioso y resucitado.
María, Madre de Cristo y de la Iglesia, ruega por nosotros.
lunes, 1 de abril de 2019
HOMILIA Quinto Domingo de CUARESMA cC (7 de abril 2019)
Quinto Domingo de CUARESMA cC (7 de abril 2019)
Primera: Isaías 43, 16-21; Salmo: Sal 125, 1-6; Segunda: Filipenses 3, 8-14; Evangelio: Juan 8, 1-11
Nexo entre las LECTURAS
Yo estoy por hacer algo nuevo (Is 43, 19). La NOVEDAD es sin duda uno de los puntos salientes de los textos litúrgicos de hoy. El profeta, en lenguaje poético, lleno de imágenes sorprendentes y audaces, evoca un nuevo éxodo y una nueva liberación (primera lectura). La mujer ‘adúltera’, que leemos en el evangelio, descubre en la actitud de Jesús una novedad nunca vista, la respeta, la libera y transforma. San Pablo se confronta con la absoluta novedad del misterio de Cristo, y por eso todo lo tiene por basura con tal de ganar a Cristo y vivir unido a Él (segunda lectura). Con el salmista alabamos incesantemente, en todo tiempo, al Señor; su alabanza está siempre en nuestros labios. En Dios tenemos puesta nuestra esperanza: Él es nuestra felicidad, es todo. La Virgen María nos ayuda a rezar, ella se sentía dichosa y feliz viendo las maravillas del Señor y expresamos con ella: "¡El Señor hizo -por ellos- grandes cosas!» ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría!"
Temas...
"Tampoco yo te condeno". Curiosamente todos los textos de la Misa de hoy remiten al futuro, a la salvación de Dios que crea algo nuevo y hacia la salvación a la que nos dirigimos. Y esto precisamente como introducción a la semana de pasión y santísimo Triduo Pascual. Pero justamente aquí se realiza lo nuevo, la salvación definitiva; y toda nuestra vida consistirá en dirigirnos hacia esta acción de Dios. El evangelio nos muestra a pecadores que, en presencia de Jesús, se permiten acusar a una mujer pecadora. Jesús, que aparece escribiendo en el suelo, está como ausente. Sólo dos veces rompe su silencio: la primera vez para reunir, a acusadores y acusada, en la universalidad de la culpa (…el que no tenga pecado… que tire la piedra); y la segunda para -como nadie puede ya condenar a otro- pronunciar su perdón. Ante su mudo sufrimiento por todos, toda acusación deberá enmudecer también, pues «Dios nos encerró a todos en desobediencia», no para castigarnos, como querrían los acusadores, sino «para tener misericordia de todos» (Rom 11,32). No se debe condenar a los pecadores públicos porque Él ha sufrido por todos para conseguir el perdón del cielo para todos, y por esta razón ya nadie puede condenar a otro ante Dios.
«Olvidándome de lo que queda atrás». Pablo, en la segunda lectura, está totalmente conquistado por este perdón de Dios otorgado mediante la pasión y resurrección de Cristo. Comparado con esta verdad, nada tiene ya valor: todo es abandonado como «desperdicio» para participar del misterio de la pasión y resurrección de Cristo. El apóstol sabe que esto, que ya ha sucedido, es nuestro verdadero futuro, hacia el que nos dirigimos directamente, sin mirar a derecha o izquierda, mirando siempre hacia delante, con los ojos puestos en la «meta». Porque esta meta está ya presente -el hombre ha sido ya «alcanzado» por Cristo»-, sigue corriendo como si aún no la hubiera conseguido (Pablo subraya esto dos veces). El cristiano no mira hacia atrás, sino siempre hacia lo que está por delante: toda su existencia recibe su sentido de esta carrera. Si corremos al encuentro de Cristo, todo mirar atrás, hacia una falta del pasado, para afligirse por ella, sólo puede hacernos daño, pues la falta está ya perdonada.
"Miren que realizo algo nuevo". Ya el Antiguo Testamento había hecho de este mirar hacia delante un mandamiento: «No se acuerden de las cosas pasadas» (primera lectura). En Israel era una costumbre profundamente arraigada recordar el comienzo de la salvación, la salida de Egipto: ciertamente pensando que hacer memoria del comienzo podía fortalecer la fe en el Dios que camina actualmente con el pueblo. Pero Dios no quiere que Israel permanezca cautivo de este recuerdo del pasado, pues Él promete algo nuevo, y es ciertamente algo que «ya está germinando», cuya presencia se puede «notar», al igual que en la Nueva Alianza el Espíritu Santo que se otorga a los creyentes será una «prenda» de la vida eterna. De este modo Dios traza un camino para Su pueblo, a través del desierto, hacia la vida eterna; y para nosotros, que estamos redimidos, traza un camino que conduce a la bienaventuranza eterna.
Sugerencias...
Lo nuevo es Cristo. Al ir cerrando este tiempo cuaresmal, después de caminar cuarenta días en el desierto de nuestro mundo interior, de pronto nos encontramos con la presencia de Cristo que arroja luz y agua sobre nuestro corazón y nuestra vida. Hemos dejado al otro lado del desierto nuestro «todo», un esquema y un modo de pensar, un estilo de vivir, mas ¿cuál es nuestra ganancia? Y respondemos con Pablo: «Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo desperdicio con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía -la de la ley- sino con la que viene de la fe de Cristo...» Al entrar al desierto cuaresmal se nos pidió despojo total, descalzarnos y cambiar de vida, caminar sin equipaje y sin defensas. Y eso, a veces, da miedo. ¿Es que se nos conducía a la muerte? De alguna manera, sí. A morir a nosotros mismos, para «llegar a la resurrección», al renacimiento del hombre- nuevo en Cristo. Ahora, en la semana final de la Cuaresma, se nos llama a la total purificación para que Cristo, muerto y resucitado, nos inunde y nos vista con su luz (para morir a lo viejo, y resucitar a lo nuevo, una vida nueva en la práctica de las virtudes. «Miren que realizo algo nuevo; ya está germinando, ¿no lo notan?». ¿Queres ser nuevo en Cristo, en la novedad de Cristo?
Beata Virgen María, ruega por nosotros
...
lunes, 25 de marzo de 2019
HOMILIA DEL DOMINGO 4 DE CUARESMA
Nexo entre las LECTURAS
"Déjense reconciliar con Dios", he aquí una clave de lectura de los textos litúrgicos de este Domingo de cuaresma. En la primera lectura Dios se reconcilia con su pueblo, concediéndole entrar en la tierra prometida, después de cuarenta años de vagar sin rumbo por el desierto. En la parábola evangélica el padre se reconcilia con el hijo menor, y, aunque no parece tan claramente, también con el hijo mayor. Finalmente, en la segunda lectura, san Pablo nos enseña que Dios nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación. El Salmo 33 es un canto de acción de gracias. Son muchos los beneficios que, con el salmista, hemos recibido del Señor y nos vemos en la necesidad de agradecérselos. En tantos momentos, especialmente en las pruebas de la vida, hemos visto la mano bondadosa de Dios, su fidelidad, su solicitud, por eso expresamos, toda nuestra gratitud a Dios providente.
Temas... Sugerencias
Gracias a Dios, este texto del capítulo quince del evangelio según San Lucas, es bastante conocido. Es un texto que suena familiar a nuestros oídos. Es la proclamación maravillosa del poder de la misericordia de Dios. Porque en esta parábola Jesucristo une dos palabras que suelen estar muy separadas: poder y misericordia.
Entre nosotros, es frecuente que el que tiene el poder es inmisericorde; y a veces, como se ha dicho dramáticamente, la escalera del poder está marcada por pisar a otros para llegar arriba.
El que tiene el poder no suele tener misericordia; y los que tienen misericordia, los de corazón compasivo, suelen ser personas que tienen muy poco poder. Solemos decir: Ancianas piadosas, madres amorosas, hombres que son muy buenas personas, pero gente irrelevante, ‘irrelevante’ decimos nosotros.
Los que tienen compasión no suelen lograr poder; y los que tiene poder no suelen tener misericordia. Pero aquí nos aparece Dios, nuestro Padre, y el ministerio mismo de Jesucristo como una obra al mismo tiempo de PODER y de MISERICORDIA, y esto es maravilloso. Porque tiene poder, transforma; porque tiene misericordia, levanta; porque tiene compasión de nosotros, puede mirar la herida en toda su extensión; y porque tiene poder sobre nosotros, puede sanar la herida en toda su profundidad.
Y por eso este evangelio maravilloso nos llama a todos a la casa del Padre, para también nosotros recibir ese abrazo.
Cuando ese hijo menor se fue de la casa, él estaba mirando sólo los bienes de su padre; tenía los bienes, buscaba los bienes, quería los bienes de su padre, pero él era un huérfano, en su corazón era un huérfano, para él su papá no existía, existían los bienes de su padre.
Y por eso se resolvió acabar con todo ello de una vez, y ‘mató’, decimos, al papá, le pidió la herencia, y sabemos que las herencias (entre nosotros) se reparten después de que la gente muere. Cuando el hijo menor le dijo al papá: "Dame la parte de la herencia", lo que le estaba diciendo era: "Papá, tú no existes para mí, tú no eres un papá para mí, tu vida es tu vida, pero tú no tienes vida en mí, tú ya moriste para mí, me interesan tus bienes". Él no tenía papá, conocía los bienes del papá, quería los bienes del papá. Precisamente, padre y papá, fue lo que encontró cuando volvió de su vida, cuando volvió de su pecado. Cuando volvió, lo que encontró fue a su padre, es decir, descubrió al papá.
Y todos nosotros estamos llamados a hacer ese mismo descubrimiento. Este es como el primer sentido, como la primera enseñanza que esta parábola maravillosa, llena de ternura y de gracia, tiene para cada uno de nosotros.
Pero no se nos puede olvidar que la parábola fue dicha en un momento muy concreto de la vida de Cristo. Nos dice el Evangelista: "Los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban a escuchar a Jesús. Entonces los fariseos y los escribas empezaron a criticarlo, y por eso Jesús dijo esta parábola". Es evidente que esos recaudadores de impuestos y esos pecadores, que volvían a Jesús, que se alegraban del Evangelio, que sentían el amor de Dios, son los que están representados por el hijo menor.
Y es evidente entonces que los escribas y fariseos, que critican a Jesús, que se disgustan de la misericordia de Dios, están representados por ese hijo mayor.
Y por eso la enseñanza, aunque puede aplicarse para que cada uno de nosotros descubra a ese Padre misericordioso que es Dios, también está para que cada uno de nosotros deje a Dios ser Dios, para que cada uno de nosotros no ponga obstáculos al poder de la misericordia de Dios en las vidas de otras personas.
Porque si lo pensamos bien, este papá en realidad no tenía hijos, el uno que se fue, corporalmente; y el otro, que estando ahí, tenía el corazón en otras cosas.
Hay como una maravillosa coincidencia en la enseñanza que Cristo nos hace sobre los intereses de estos dos hijos… Cuando el hijo menor piensa en regresar, medita en su corazón estas palabras: "Voy a decirle a mi papá: Pequé contra el cielo y contra ti. No merezco ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros". Y ahora considera lo que dice el hijo mayor cuando vuelve. El hijo mayor no quiere integrarse a la fiesta, y le dice al papá estas palabras: "Fíjate cuántos años hace que te estoy sirviendo sin desobedecer jamás una orden tuya". El hijo mayor tampoco se sentía hijo, tenía corazón de jornalero, tenía corazón de empleado, no tenía corazón de hijo. Él sentía que su papá era su capataz, él sentía que su padre era su amo y sentía que tenía que cumplirle las órdenes. Este hijo mayor tampoco tenía papá.
Y por eso va ganando el hijo menor, porque el hijo menor por lo menos descubrió que tenía padre. El hijo mayor, por lo menos hasta donde termina la parábola, todavía no lo ha descubierto. El mayor está más lejos de su padre, aunque se haya quedado en la casa; está más lejos de tener papá, aunque le vea todos los días; está más lejos de sentirse hijo, aunque habite en la misma casa.
No tiene papá ni se siente hijo porque se considera un empleado. Si pudiera, si no le diera miedo, si tuviera un poco más de valor, también él pediría la herencia. Pero él está tratando de guardar sus intereses; él no ama a su papá, ni siquiera lo reconoce como padre, lo considera su capataz. Él está guardando sus intereses.
Meditamos lo que sigue diciendo al papá: "A mí nunca me has dado ni siquiera un cabrito para tener un banquete con mis amigos"… "con mis amigos"… "con mis amigos". El corazón del hijo mayor está en otro sitio. Él quiere tener banquetes con "sus amigos". Él quiere tener "sus intereses". A él no le interesa alegrarse con la fiesta y con el corazón del papá.
Es una historia ‘un poco triste’ la de este papá que no tiene hijos, el uno que se va corporalmente y el otro que tiene el corazón lejos, que está pensando en otras cosas, que está pensando en sus propios amigos y que está tratando de esperar, con paciencia rabiosa, el día en que el papá le dé por fin un cabrito para compartir con sus amigos, porque él siente que el novillo gordo es el del papá, ese novillo no es para él.
Así que este evangelio tiene también una enseñanza para todos aquellos que a veces no pecan, que a veces no pecamos, porque dejamos de pecar por cobardía, dejamos de pecar por guardar una imagen, dejamos de pecar por respeto a la ley, dejamos de pecar por vanidad nuestra, dejamos de pecar por cualquier otra razón, pero no dejemos de pecar porque estemos amando a Dios.
El que se abstiene de pecar porque es un cobarde, por guardar una imagen, o por cosa parecida, que lea esta parábola para que sepa lo que Dios está pensando de él. Ése tampoco es hijo, ése se queda sin entrar a la fiesta, en cierto modo a ése le va peor que a todos. Nosotros, entonces, tenemos aquí otra enseñanza: dejar de pecar por estos motivos, en realidad no es dejar de pecar, porque lo grande de dejar de pecar es empezar a amar.
Este muchacho mayor tuvo que escuchar estas palabras de su papá: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo". Fíjate cómo el hijo mayor le había dicho -al papá-: "Apenas llega ese hijo tuyo, que derrochó sus bienes con mujeres de mala vida"… lo llamó: "Ese hijo tuyo" no dijo: "Mi hermano", él no se siente hermano -de nadie-. "Apenas llega ese hijo tuyo, que derrochó los bienes", eso era lo que le preocupaba a él, los bienes, como a los fariseos y a los escribas: "Apenas llega ese hijo tuyo, que derrochó sus bienes".
Y ahora oír el lenguaje del papá: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo", "si es mi hijo, también es tu hermano".
De manera que aquí hay un test maravilloso para saber si uno está sirviendo a Dios con el corazón interesado de un jornalero o con el corazón amoroso de un verdadero hijo. Si yo puedo sentir que ese pecador reconciliado, que ese pobre que recibe ayuda, que ese hombre que sale de su postración y adquiere su verdadera dignidad, si yo puedo sentir que esos hombres son mis hermanos, entonces soy hijo de Dios. En otro caso soy un gran jornalero, soy un hipócrita, que estoy esperando el momento en que Dios me dé un cabrito para, así, hacer "mi fiesta", lejos de Dios, lejos de mi Papá.
Yo me descubriré como hijo de Dios cuando pueda llamar "míos" a los que Dios llama "suyos", y si Dios llama "suyos" a los pequeños, a los pobres, a los pecadores, a los mínimos, si esos son los de Dios, yo sólo seré hijo de Dios cuando yo pueda decir que esos también son los míos, que esos, en los que obra Dios, son también la alegría de mi corazón.
Ahora (estamos en Misa) vamos a saciarnos en un banquete, en esta Eucaristía. Dios nos ofrece con abundancia, no el novillo gordo, el novillo que reclamara el mayorcito, dentro del texto original griego de esta parábola, ahí esa expresión "el novillo gordo", aparece con artículo determinado, es uno solo, el novillo, el único, el que está reservado para la gran fiesta. Es ése que está reservado para la gran fiesta, ése que está reservado para el banquete de Papá Dios con todos sus hijos reconciliados, ese novillo gordo es la imagen del CORDERO PASCUAL, que se ofrece en la Eucaristía.
Por eso, si alguien pregunta: en esta parábola, ¿en dónde aparece Cristo? Porque aparece Papá Dios, y aparecen los pecadores, ya sean del ala de los recaudadores o del ala de los escribas, y Cristo, ¿dónde aparece aquí?. Y a mí se me ocurre que Cristo está en la figura de Ése que se ofrece en banquete de Pascua, en banquete de reconciliación, en banquete de alegría. Ése es el Cristo que se ofrece para gloria del Padre, para alimento y para comunión de todos nosotros en esta Eucaristía.
Comer de este Novillo, comer de este Cordero reservado por Dios, comer de Él es entrar en la lógica de su misericordia, es aceptar que por encima de sus bienes tenemos el bien máximo de llamarle "Padre", y tenemos el bien hermosísimo de reconocernos hermanos. Bendito Dios que nos convoca a alimentarnos de su Palabra y a saciarnos de su misericordia en este banquete eucarístico.
A Él nuestro amor y nuestra alabanza por los siglos arropados y acompañados por nuestra buena Mamá, MARÍA.
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