lunes, 1 de marzo de 2021
HOMILIA Tercer Domingo de CUARESMA cB (07 de marzo 2021)
Tercer Domingo de CUARESMA cB (07 de marzo 2021)
Primera: Éxodo 20, 1-17; Salmo: Sal 18, 8-11; Segunda: 1 Corintios 1, 22-25; Evangelio: Juan 2, 13-25
Nexo entre las LECTURAS
“Nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (segunda lectura). En esta expresión puede resumirse el mensaje central de la Liturgia de este Domingo –tercero– de cuaresma. Fuerza y sabiduría de Dios manifestada en Cristo glorificado que superan y perfeccionan la fuerza y sabiduría de Dios manifestado en el Decálogo (primera lectura). Fuerza y sabiduría de Dios que instauran un nuevo templo y un nuevo culto, situado no ya en un lugar, cuanto en una persona (‘Él hablaba del templo de su cuerpo’): Cristo crucificado, muerto y resucitado en quien la relación entre Dios y el hombre alcanza su plenitud y su esperanza.
Temas...
La hermosa simplicidad de los Mandamientos. Alguien dijo: "Tantos códigos, constituciones, decretos y leyes de los hombres... para explicar lo que ya está en los Diez Mandamientos...". Y así es. Los mandamientos son el maravilloso compendio del querer de Dios para el hombre. En los Mandamientos Dios nos cuenta para qué nos hizo. Éstos no han pasado ni se han quedado sepultados en el Antiguo Testamento. Cuando aquel joven (Mt 19) le preguntó a Jesús qué tenía que hacer para tener vida, la primera respuesta de Jesús fue: "cumple los mandamientos". En la Palabra Divina hay vida y ello es particularmente cierto cuando se trata de estas palabras a las que con razón se ha llamado "caminos de libertad".
¿Qué dicen en esencia los mandamientos? Aquello que Cristo nos hizo el favor de sintetizar. Pues si todavía nos parecía demasiado que hubiera DIEZ mandamientos, Jesús condensa todo en sólo DOS: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo" (Lc 10,27). Ser bueno es sencillo. Es posible que sea difícil, pero es sencillo. San Pablo dirá un poco más… sólo un mandamiento resume toda la ley; AMAR.
La locura de la Cruz. Al parecer, Dios se propuso curar la locura de nuestro pecado con la locura de su gracia. Si nos parece absurdo que Dios entregue a su propio y único Hijo por nosotros, meditemos si no es primero absurdo darle la espalda a un Dios tan bueno. El mandamiento principal es "amar a Dios sobre todas las cosas". Esto resulta imposible y loco, dado el atractivo y la utilidad que tienen tantas cosas que nos seducen, y dado el poder de la maldad que nos acobarda en la práctica del bien. La razón humana puede descubrir, sin esfuerzo, la belleza de una vida que tiene a Dios en primer lugar, pero luego resulta que la vida no sigue ese mismo camino que ve la mente, debido a nuestra debilidad interior, de la cobardía que nos produce la arrogancia del mal y del encanto que tienen las cosas que nos apartan y dividen de Dios. Por eso necesitamos una fuerza nueva, un poder invencible, una razón por encima de nuestra razón, que tenga eficacia en nuestras almas flacas y enfermas. Y eso es la Cruz. Es el amor que antecede y sobrepuja a todo amor. Por eso la Cruz, el amor de la Cruz, es el corazón de la predicación cristiana.
"No se fiaba de ellos". Según lo dicho, podemos fiarnos de Dios. Nos inspira confianza y gratitud infinitas desde el madero de la Cruz. Mas el Evangelio dice que Jesús "no se fiaba" de la gente. Así sucede porque nuestro amor, así esté pegado al templo, no tendrá fortaleza mientras no se una al templo vivo que es el Cuerpo de Cristo. Donde entendemos que también las cosas de Dios en un momento dado pueden apartarnos de Dios. Y que hay ídolos que no tienen cara y manos. Esto es bueno recordarlo porque, con referencia a la primera lectura, se gozan los protestantes en criticar a los católicos porque utilizamos imágenes. ¡Como si el tema de la idolatría se superara rompiendo yeso y quemando madera! El problema no está en esas imágenes de nuestros templos, las cuales si son bien utilizados más bien ayudan e inspiran a la piedad: el problema está en la perversa tendencia idolátrica del alma humana, que es capaz de hacer un ídolo incluso del templo de Dios.
Por eso todos, protestantes y católicos, tenemos que pegarnos a la Cruz de Cristo; todos, todos los seres humanos, hemos de encontrarnos en las entrañas de amor de Jesús y allí recibir y agradecer el regalo de la redención.
Sugerencias...
Poco después de la «pascua», es decir el paso libertador del pueblo de Israel de Egipto al desierto a través del cual habría de alcanzar la tierra prometida, Dios establece con él la Alianza, que se concreta en el don del decálogo. «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí» (Ex 20, 2-3). El amor de Dios hacia Israel, demostrado por sus intervenciones extraordinarias en la historia de este pueblo, es el fundamento de la fidelidad de éste a su Señor. El decálogo no se presenta como una fría ley moral impuesta desde lo alto por pura autoridad, sino como una ley que brota del amor de Dios, el cual, después de haber libertado a su pueblo de la esclavitud material de Egipto, quiere libertarlo de toda esclavitud moral de las pasiones y del pecado para unirlo a Sí, en una amistad que por parte suya se expresa con bondad omnipotente y auxiliadora y por parte del hombre con fidelidad a la voluntad divina. Por lo demás, el decálogo no hace más que manifestar explícitamente la ley del amor –hacia Dios y hacia el prójimo– que desde la creación Dios había impreso en el corazón del hombre, pero que éste había pronto olvidado y torcido. El mismo Israel no respondió a la fidelidad prometida en el Sinaí; muchos fueron sus abandonos, sus desviaciones, sus traiciones. Y muchas han sido, a través de los Siglos, las interpretaciones materiales, las supraestructuras formalísticas que han vaciado el decálogo de su contenido genuino y profundo.
Era necesario que viniese Jesús a restaurar la ley antigua, a completarla, a perfeccionarla, sobre todo en el sentido del AMOR y de la INTERIORIDAD. El gesto valiente de Cristo de echar a los profanadores del templo puede ser considerado desde esta perspectiva. Dios debe ser servido y adorado con pureza de intención; la religión no puede servir de tarima a los propios intereses, a miras egoisticas o ambiciosas. «Quiten esto de aquí: no conviertan en un mercado la casa de mi Padre», dice el Señor (Jn 2, 16). Las relaciones con Dios, como con el prójimo, han de ser sumamente rectas, sinceras; puede acontecer que en el culto divino o en la observancia de un punto cualquiera del decálogo se mire más el lado exterior legalístico, que el interior, y entonces se puede llegar a ser, en poco o en mucho, profanadores del templo, de la religión, de la ley de Dios.
Juan hace notar que Jesús purificó el templo librándolo de los vendedores y de sus mercancías, Cuando estaba próxima la Pascua de los Judíos (b 13). Y la lglesia, próxima ya la «Pascua de los cristianos, parece repetir el gesto de Jesús, invitando a los creyentes a que purifiquen el templo del propio corazón, para que de él se eleve a Dios un culto más puro. Pero Jesús habló de otro templo, infinitamente digno, el «templo de su cuerpo» (ib 21). A éste aludía al afirmar: «Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré» (ib 19); tales palabras, que escandalizaron a los judíos, fueron comprendidas por los discípulos sólo después de la muerte y de la resurrección del Señor. Mediante su misterio pascual Jesús ha sustituido el templo de la Antigua Alianza por su cuerpo–templo vivo y digno de la Trinidad, el cual, ofrecido en sacrificio por la salvación del mundo, sustituye y anula todos los sacrificios de «bueyes, ovejas y palomas» (ib 14-15) que se ofrecían en el templo de Jerusalén, el cual, por lo tanto, ya no tiene razón de ser. El centro de la Nueva Alianza ya no es un templo de piedra, sino «Cristo Crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo –judíos o griegos–: fuerza de Dios y sabiduría de Dios. (1Cor 1, 23-24).
domingo, 21 de febrero de 2021
HOMILIA Segundo Domingo de CUARESMA cB (28 de febrero 2021)
Segundo Domingo de CUARESMA cB (28 de febrero 2021)
Primera: Génesis 22, 1-2.9.10-13; Salmo: Sal 115, 10. 15-19; Segunda: Romanos 8, 31-34; Evangelio: Marcos 9, 2-10
Nexo entre las LECTURAS
El amor de Dios al hombre y del hombre a Dios, recapitula la liturgia de hoy. El amor de Dios a los discípulos que, después del primer anuncio de la pasión, les revela el esplendor de su divinidad (Evangelio). Amor misterioso, de Dios a Abraham, al infundirle una absoluta confianza en su providencia, frente al mandato de sacrificar a su hijo Isaac (primera lectura). Amor de Dios que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros (segunda lectura). Amor, por otra parte, de Abraham a Dios, al estar dispuesto a sacrificar a su hijo único en obediencia amorosa (primera lectura). Amor de los discípulos en la disponibilidad para obedecer al Padre que les dice: Éste es mi Hijo muy amado. Escúchenlo (Evangelio). Amor de Jesús que nos salvó mediante su muerte e intercede por nosotros desde su trono a la derecha de Dios (segunda lectura).
Temas...
Un papá y un hijo. Las lecturas de hoy nos hacen meditar en la entrañable relación que une a un hijo con su padre. Era costumbre, ciertamente salvaje, de los pueblos de la antigua Palestina sacrificar a sus hijos como un medio de congraciarse con sus dioses. Los métodos de sacrificio eran horrendos en grado sumo, e incluían, por ejemplo, quemarlos vivos. El "escogido" para esta bárbara práctica solía ser el primogénito, porque en él se reunía no sólo el amor paterno sino la victoria sobre la esterilidad. Al parecer lo que subyace aquí es que un acto supremo de dolor al ofrecer algo debía "comprometer" al dios o los dioses para que también ellos cumplieran "su parte" en proteger o bendecir a los que hacían tales cosas.
Ello explica por qué en la Biblia aparece tantas veces la prohibición, para nosotros obvia, de sacrificar a los hijos. Uno puede leer por ejemplo Dt 18,10-11: "No sea hallado en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni hechicería, o sea agorero, o hechicero, o encantador, o médium, o espiritista, ni quien consulte a los muertos". Aquí se condenan juntamente dos prácticas que eran comunes en Canaán. Otro caso es el de Jefté que sacrificó a su hija (Jue 11,30-40) o el de Acaz que quemó a su hijo (2 Re 16,3), lo mismo que el espantoso Manasés (2 Re 21,6). En ese contexto y rodeado de ese mundo Abrahán siente una exigencia de llegar, de una manera casi inhumana, a su propio límite, y siente asimismo que está dispuesto a obedecer hasta el extremo. Y obedece. Abrahán obedece hasta el extremo.
Por otra parte: es fácil escandalizarnos y murmurar de las bárbaras prácticas de otras sociedades. "¡Qué salvajes! ¡Sacrificar a un niño inocente para asegurar el éxito de un proyecto de su padre!". Pero es lo mismo que hoy se hace en muchas partes, todos los días. Ejemplo, dolorosamente común: una mujer adelanta estudios universitarios. Queda embarazada. ¿Solución? ¡Que aborte!. Dicen…ese niño no puede dañarle la carrera a ella. El niño es sacrificado atrozmente para que el proyecto personal de la madre, o del que embarazó a la madre, no se dañe. Seguimos en Canaán. Tanto dolor… hay necesidad de actos de amor, reparación y desagravio, podemos vivir con esta intención la penitencia propia de esta Cuaresma 2021.
Un hijo y un papá. En el evangelio de hoy aparece en otra clave el tema de papás e hijos. Esta vez se trata del Papá por excelencia y del Hijo por excelencia. La transfiguración nos deja entrever el misterio de este Hijo en quien brilla la donación de amor que le ha hecho su Padre, y el misterio de este Padre en la donación de amor que le hace su Hijo. Este precioso misterio, que ha sido llamado "luminoso" por el Papa san Juan Pablo II, nos introduce en la dinámica de la donación de vida y donación de amor propias del ser de la Trinidad. Y en ese misterio se gesta nuestra propia salvación. La palabra "Padre" es la palabra que sella la obra de la redención. Cuando Dios es mi Padre, mi Papá, mi Papito, mi Abbá, ¡se acabaron las distancias! Ya Dios no es mi rival ni mi estorbo; ya no es una idea lejana ni una energía sin nombre, ya no es un recuerdo de otra cultura ni una ideología para dominarme. Cuando Jesús me introduce en su modo de amar al Padre y en el modo de amar de Dios, mi Padre, ha quedado rota la mentira de suspicacia con que la serpiente satánica pretendía que yo desconfiara de mi Creador. Jesús conmigo, contigo… inicia la CIVILIZACIÓN del AMOR.
Por eso nos dice también san Pablo: "Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? El que no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo?" (Rom 8,31-32). Con esta certeza bien sembrada en el alma ya no caben los engaños del demonio, ya no tienen encanto las mieles del mundo, ya pierden su fuerza las seducciones de la carne. ¡Oh, gloria a Dios, que es Padre, y nos envió a su Hijo para mostrarnos su rostro, de modo que en Él se rehiciera la imagen perdida por el pecado!
Sugerencias...
La alianza entre Dios y Abrahán. El Antiguo Testamento está lleno de personas que se enfrentaron cara a cara con la invitación que les hacía Dios a vivir en comunión con Él, a colaborar con Él, a cumplir sus planes en favor de los demás. El Domingo pasado recordábamos la alianza de Dios con Noé, después del diluvio. Hoy estamos ‘admirando’ a Abrahán, "el padre de los creyentes": Dios le pidió cosas difíciles: que saliera de su tierra, para peregrinar a lo desconocido; que abandonara su religión pagana; que se fiara de su promesa de que le daría un hijo, a pesar de su avanzada edad; y cuando tuvo el hijo, Dios le puso de nuevo a prueba pidiéndole que se lo sacrificara. Abrahán lo aceptó, con obediencia total. Su disponibilidad tuvo el premio, la promesa de la bendición para él y su descendencia: "por haber hecho eso, por no haberte reservado tu hijo, te bendeciré... todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido".
Misteriosos los caminos de Dios. Admirable la actitud de Abrahán. Diálogo difícil que se ha repetido a lo largo de la historia en tantas y tantas personas que han dicho "Sí" a Dios no solo en los días en que todo les iba bien, sino también en las pruebas y dificultades… mucho se nota en verdaderos mártires que en la pandemia del COVID siguen amando y sirviendo a los demás a pedido de DIOS.
La verdadera Alianza por la obediencia de Jesús. Nosotros ‘admiramos’ todavía más la profundidad de la alianza en Cristo Jesús. El amor de Dios y la disponibilidad de Jesús llegan a la totalidad. Si al hijo de Abrahán, Isaac, se le perdona la vida, el plan de salvación de Dios y su nueva Alianza se cumplen con plena generosidad. Para salvar a la humanidad de su mal y de su pecado, Dios encuentra un camino asombroso: asume nuestro pecado, toma para sí nuestro castigo, reedifica los puentes rotos por nuestro pecado, restablece la amistad interrumpida por nosotros. El amor profundo de Dios vence a nuestro pecado con su propio dolor. El Hijo se entrega hasta el final, consiguiéndonos el perdón y la Nueva Alianza.
Tenemos buen patrocinador/paráclito ante Dios. Podemos alegrarnos de la garantía que Él nos da. San Pablo ha cantado con entusiasmo un himno a este amor de Dios: "Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, ¿cómo no nos dará todo con El? ¿Quién nos condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, que está a la derecha de Dios y que intercede por nosotros?". Por parte de Dios la Alianza es firme. Y nunca como en el tiempo de Cuaresma lo recordamos más gozosamente: la entrega absoluta de Jesús en la Cruz y la apuesta por la vida que Dios hace resucitándole para nuestra salvación.
La alianza es siempre costosa. Ahora bien, a Jesús le costó su obediencia. Le costó sudor de sangre, miedo a la muerte, soledad, lágrimas.
También para nosotros el camino de la alianza con Dios puede resultarnos a veces oscuro y difícil. Abrahán no debió ‘entender’ los motivos por los que Dios le pedía el sacrificio de su hijo.
Los apóstoles no lograron entender por qué Jesús les anunciaba tantas veces su muerte.
Por eso la escena de la Transfiguración que hemos escuchado hoy puede interpretarse como una ayuda que Jesús hace a los suyos (nos hace), como una lectura anticipada del sentido de su Pascua.
Y es que la Alianza pasa por la Pascua, y el camino de la Pascua es un camino serio. Como lo es el camino de toda amistad y de todo amor. La amistad y el amor no sólo saben de sonrisas y cercanías, sino también de entrega, fidelidad, sacrificio.
No son buenos modelos de alianza los que encontramos en las relaciones humanas. No parecen muy creíbles y estables las varias alianzas políticas, o comerciales, o incluso -a veces- las matrimoniales. La Alianza que Dios ha sellado con la humanidad en Cristo Jesús sí es una Alianza firme, a la que en esta Cuaresma somos invitados a sumarnos con mayor claridad que en años anteriores.
Cada año, en la Vigilia Pascual (3 de abril), somos interrogados sobre la lucidez con la que seguimos esta Alianza: ¿Crees en Dios, crees en su Hijo Cristo Jesús? ¿renuncias al pecado, al mal, a lo que no es Pascua, a lo que es antievangélico? La Pascua, para poder ser celebrada legítimamente, comporta esta actitud, sumándonos a la actitud de obediencia y novedad de vida de Cristo Jesús.
La Eucaristía, viático hacia la Pascua. A nosotros, para animarnos en nuestro camino, no se nos aparece Jesús, rodeado de Elías y Moisés, en el monte de la transfiguración. Pero sí nos sale al camino como a los discípulos desanimados de Emaús, ofreciéndonos el alimento de la Eucaristía, el alimento de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre. La Eucaristía, una Pascua ‘concentrada’, es nuestro "viático" para el camino. Para que, recibiendo como alimento al mismo Señor Resucitado, vayamos asimilando su Vida y su Alianza Nueva.
lunes, 4 de enero de 2021
HOMILIA Domingo después del 6 de enero. EL BAUTISMO DEL SEÑOR. Fiesta. Ciclo B (10 de enero de 2021)
Domingo después del 6 de enero. EL BAUTISMO DEL SEÑOR. Fiesta. Ciclo B (10 de enero de 2021)
Primera: Isaías 55, 1-11; Salmo: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Segunda: 1Juan 5, 1-9; Evangelio: Marcos 1, 7-11
Nexo entre las LECTURAS
El tema que da unidad a los textos de hoy no es tanto el acto del bautismo como la unión entre agua y salvación. El agua es el símbolo de la gracia gratuitamente otorgada, purificante y refrescante a la vez. En el banquete de alianza entre Dios y los hombres, imaginado por Isaías, no puede faltar el agua, al lado de otras bebidas (primera lectura). San Juan en su primera carta nos dice que "Jesucristo vino con el agua y con la sangre" y que "tres son los que dan testimonio de Jesucristo: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo" (segunda lectura). En el evangelio, después de que Jesús, bautizado por Juan, salió del agua, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma. El agua es la realidad más presente en todos los textos, el agua con toda su riqueza simbólica y con los demás elementos que la acompañan y completan.
Temas...
Cristo, el Siervo de Dios. Es necesario y saludable insistir, como se hace en la Iglesia Católica, en una verdad fundamental: Cristo es el Hijo de Dios. Mas esa afirmación central no anula otras que son posibles, que vienen de la Escritura y que hacen mucho bien a nuestro entendimiento del misterio de Jesucristo; entre estos otros enunciados hoy vamos a centrarnos en Cristo como "Siervo" de Dios.
Partamos de una base: proclamar el señorío de Dios es proclamar nuestra servidumbre hacia Dios. ¿Qué es, en efecto, un señor sin siervos? ¿Hay algo más burlesco que un señor que no tiene quién atienda a sus órdenes ni quién quiera agradarle con sus acciones? Si tomamos en serio que Dios es Señor hemos de tomar en serio que nosotros somos siervos suyos. Y tal es el mensaje de Cristo: mostrándose en obras y palabras como verdadero Siervo de Dios mostró con sus palabras y con sus obras que Dios es el Señor, es decir, mostró que Dios reina; nos dejó ver el Reino de Dios. Isaías, en la primera lectura de hoy, nos presenta un perfil de un siervo de Dios. De todas las características que él menciona, detengámonos en una, o mejor en la combinación de dos de ellas: compasivo y fuerte. No rompe la caña resquebrajada y a la vez manifiesta firmemente el derecho. Entiende al cansado, pero no se cansa; acoge al caído mientras conserva su propio lugar y su propia misión. ¡Admirable virtud, que bien vemos brillar en Jesucristo!
El Ungido. ¿Qué es lo propio de Cristo? Nuestra cultura, marcada por las nuevas mitologías de ídolos o super héroes, busca las claves del éxito en fortalezas singulares: una gran astucia, una ingeniería impresionante, una energía sobrehumana, un valor incomparable. ¿Es así en Cristo? ¿Cristo es Cristo porque tiene una técnica mental, una tecnología única, un saber esotérico o por qué? Esta fiesta del bautismo del Señor nos conduce al corazón de la respuesta: lo propio de Jesús es la Unción que ha recibido. Un enunciado muy sencillo, que sin embargo tiene consecuencias inmensas.
Si lo peculiar de Cristo fuera una técnica mental entonces ser cristiano significaría ser mentalista. Si lo peculiar de Cristo fuera una energía sobrehumana entonces no habría diferencia entre ser cristiano y ser un griego pagano, de aquellos que cantaban las gestas de Aquiles o el ingenio de Ulises. Si lo peculiar de Cristo fuera un saber escondido, esotérico, como lo plantean algunos autores, entonces ser cristiano es instruirse en unos misterios que, como no han sido enseñados por la Iglesia, implican que la Iglesia es una gigantesca farsa.
En sentido contrario: si lo distintivo de Cristo es la unción del Espíritu Santo, y ese Espíritu viene a habitar en nosotros, entonces ser cristiano es básicamente participar del Espíritu de Jesús, cosa que no suena nada discorde de lo que enseña Pablo: "porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios" (Rom 8,14). ¡Dios Santo! Todo está en la acción del Espíritu Santo en nosotros, y el primero, y quien ha inaugurado ese camino para nosotros, es Jesucristo.
Sugerencias...
La primera lectura de hoy es particularmente importante para comprender no sólo la fiesta que estamos celebrando, sino la persona misma de Jesús. Se trata del llamado "primer canto del Siervo de Yahvé": un cántico poético en que Isaías describe al elegido de Dios, al profeta que va a mandar al mundo: "miren a mi Siervo, mi elegido, a quien prefiero, sobre él he puesto mi espíritu para que traiga el derecho a las naciones..." En la Biblia se suele describir así la llamada de un hombre por Dios: es elegido, es mandado a cumplir una misión, y para que la pueda cumplir se le da el Espíritu de Dios. Pues bien: recordemos lo que acabamos de escuchar en el evangelio de Marcos: cuando Jesús es bautizado por Juan, en el momento de salir del río Jordán, "vio rasgarse el cielo, y el Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: tú eres mi Hijo amado, a quien prefiero". La consonancia es exacta. Estamos celebrando la fiesta de Jesús como el Enviado de Dios, que va a empezar su ministerio como profeta. Precisamente el Bautismo es su primer acto de vida pública, su presentación, su investidura como Mesías, el Ungido de Dios.
El estilo del nuevo profeta. Pero hay un aspecto muy importante que Isaías sigue describiendo en su poema: "no gritará, no voceará por las calles, la caña quebrada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará.. yo el Señor, te he llamado, para que abras los ojos de los ciegos, y saques a los cautivos de su prisión..." El elegido de Dios trabajará y batallará en favor del derecho y la justicia. Pero lo hará con un estilo muy propio: no con la violencia, no a gritos, sino con suavidad. La caña que está a punto de romperse, no la acabará de quebrar: al contrario, la ayudará a mantenerse. Abrirá los ojos de los ciegos, libertará a los cautivos... Así es como lo anuncia Isaías. Pero así es como también hemos escuchado que retrata a Jesús su discípulo Pedro: "Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él..." El resumen de la vida de Jesús no puede ser más denso y optimista: pasó haciendo el bien. Es el estilo que caracterizó a Jesús: siempre comprensivo y servicial, sobre todo con los débiles, con los marginados, los publicanos, los leprosos, los que la sociedad tachaba de indeseables.
Esto es lo que celebramos hoy. El bautismo de Jesús: el comienzo de su misión como enviado de Dios, lleno del Espíritu Santo. Desde hoy irá por los caminos de Israel curando a los enfermos, consolando a los atribulados, perdonando a los pecadores, resucitando a los muertos, enseñando y proclamando a todos la buena noticia de la salvación. Ya ha terminado Navidad. Hoy se nos presenta Jesús dispuesto a ser también nuestro Maestro y Profeta. Es como el programa para todos los domingos del nuevo año 2021. No escucharemos la voz de un hombre cualquiera: sino al del Enviado de Dios.
Testigo/Apóstol: Todos bautizados como Él. El bautismo de Jesús nos recuerda también el nuestro. Porque todos nosotros estamos bautizados: como Él, hemos recibido el baño del agua, hemos sido invadidos por su Espíritu: el Espíritu de hijos de Dios.
¿Para qué? Para lo mismo que Él: para cumplir en nuestra vida la misión de testigos de Dios en medio de la sociedad. Para batallar por la justicia, por la verdad, por los valores que Dios quiere hacer triunfar en la vida. Y también para hacerlo con el mismo estilo de Jesús, Siervo de Dios: no con la violencia, sino con la comprensión, la servicialidad, y si es necesario, con la entrega total de nosotros mismos. El bautismo, también para nosotros, no ha sido una meta, sino el comienzo. El final no sabemos cuándo llegará. Pero mientras tanto, cada Domingo vamos celebrando la Eucaristía, escuchando a Cristo, creyendo su mensaje de salvación y alimentándonos con su Cuerpo y Sangre. Que ocurra en todos nosotros que se pueda decir, resumiendo nuestra vida, lo mismo que Pedro pudo decir de Jesús. "Pasó haciendo el bien, porque Dios estaba con él".
La Eucaristía actualiza nuestro bautismo. Hagamos un esfuerzo, hermanos, para internalizar bien las dos enseñanzas que hemos sacado de las lecturas de hoy: la necesidad de renovar nuestro contacto con el Espíritu, recibido en el bautismo, y la necesidad de reavivar en nosotros la actitud de justicia no violenta, de acuerdo con el modelo que nos ofrece Jesús. Esta celebración eucarística que estamos realizando nos ayudará: cada eucaristía/misa renueva el dinamismo interior de nuestro bautismo y en cada eucaristía se hace presente aquél que cumplió toda justicia y "pasó haciendo el bien".
San José, ruega por nosotros.
HOMILIA Solemnidad de la EPIFANÍA del SEÑOR. (6 de enero de 2021)
Solemnidad de la EPIFANÍA del SEÑOR. (6 de enero de 2021)
Primera: Isaías 60, 1-6; Salmo: Sal 71, 1-2. 7-8. 10-13; Segunda: Éfeso 3, 2-3.5; Evangelio: Mateo 2, 1-12
Nexo entre las LECTURAS
La luz de Cristo brilla de modo singular en los textos de la Epifanía. El tercer Isaías canta, bajo el símbolo de la luz, el triunfo y la centralidad de Jerusalén en el concierto de las naciones (primera lectura). La luz de Jerusalén es profecía, mira hacia una persona que será la luz de las naciones y la gloria de Israel (cf. Lc 2, 32). El evangelio nos narra la historia de unos "magos" que llegaron a Jerusalén porque habían visto en oriente la estrella del rey de los judíos y venían a adorarlo (evangelio). Y san Pablo en la carta a los efesios afirma que el misterio de Cristo ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas (segunda lectura); misterio de Cristo que consiste en ser luz y gloria de la humanidad.
Temas..
Estrella y Camino. Los "Magos" ven la estrella y observan que en ella había algo muy especial; descubren un mensaje, una noticia importante para su vida. En eso consiste la sabiduría de esos "sabios" en que no sólo ven la superficialidad de las cosas, no sólo ven en la estrella una estrella y, más tarde, en el niño, sólo un niño, sino que en el fondo descubren algo más, digamos que descubren la base y fundamento del conjunto que observan y, por eso, siguen sus huellas.
En la sonrisa de una persona podemos ver no sólo un rostro distendido, sino también una expresión generosa. No cabe duda de que todo el mundo tiene un rostro, una faceta, una cara: nuestra vida, nuestros encuentros, nuestras experiencias... En muchas cosas puede aparecer una estrella que indique el camino. Pero también ocurre que a menudo sólo vemos los contornos de un asunto y no notamos la expresión, el contenido, el mensaje que se encuentra dentro. En esto consiste, pues -como decimos-, la sabiduría de los sabios, en saber ver realmente lo que la estrella quiere indicarles. No ven en ella un simple cuerpo celeste que por salir y ponerse es objeto de estudio, sino que tras él descubren una llamada, una provocación, una revelación. Que ¿cómo reconocen eso? No cabe duda de que en ellos existe ya un amor por las estrellas o, mejor dicho, por otro y mejor resplandor que de hecho puede tener la vida humana. Podemos decir que muchos en el COVID-19 solo vieron un virus, otros una oportunidad para dañar o para enriquecerse… y Dios nos dio la posibilidad de descubrir (nos llamó) que estamos en el mundo para el amor y servicio a Él sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos… muchos vimos que podemos vivir mejor pareciéndonos a Jesús, a la Virgen y a san José.
Los Magos se esfuerzan en buscarlo por encima de sus propias vidas cuadriculadas. Sabios son desde el momento en que su mirada y su atención corren tras lo maravilloso de este mundo y del hombre. Una tal revelación, una aparición así desde el interior de la aparente superficialidad de las cosas necesita hombres abiertos, los magos se abren. Esto se puede decir en un doble sentido. Por una parte, se abren ante la aparición del nuevo rey del mundo y se ponen en el camino de la vida. Por otra parte, se abren realmente en cuanto salen de sí mismos y de su mundo para ponerse en el camino que señala la estrella, por donde ella les marca. Así el Papa en Fratelli Tutti nos invita a vivir en salida, en fraternidad y en solidaridad. Una estrella amanece en su vida y se ponen en marcha hacia Jerusalén donde encontrarán la luz de su vida. Todos los demás se cierran, se quedan en su mundo y en su casa; la cuestión sobre el fondo, es decir, sobre lo más importante de nuestra vida no es importante para ellos y el mundo queda como está: ni cambia ni cambiará. Generalmente, siempre son sólo unos pocos los que se abren y los que se ponen en camino… ¡ven! Señor… y ayúdanos a CAMINAR.
Dos reyes. Una adoración. La estrella los lleva a Jerusalén. Allí les espera la mayor decepción y también la más importante decisión. Porque en Jerusalén encuentran dos reyes. En primer lugar, encuentran a Herodes, el que poco antes había hecho ejecutar a sus hijos por miedo a perder el trono. Pero Herodes no está aquí en un primer plano; él es más que nada un signo, una señal del poder, del éxito, del prestigio, de la autosuficiente y el desprecio con todos sus miedos. Y ante él, los Magos, manifiestan de nuevo su sabiduría, de los sabios que no se quedan parados frente a las intrigas de aquel hombre, frente a su ambición de poder y su egocentrismo. No se detienen, pues, ante el primer rey que encuentran, porque no lo reconocen como tal para sus vidas; la estrella no les señala en él el sentido último que buscan. La estrella sigue adelante y ellos van detrás, hasta encontrar al otro rey de los judíos, un niño, sin poder y necesitado de ayuda. Esa pobreza no les lleva a confusión (Papa Francisco). Ante Él se postran y lo adoran. Y le ofrecen sus tesoros; su corazón, su entrega, su esfuerzo. Para ellos está claro que la epifanía de Dios en la tierra no acontece en el poder y la riqueza del mundo, sino en la impotencia por causa del amor. Naturalmente, este es el fundamento de una gran noticia, de una gran alegría para ellos y para todos.
A Casa por otro Camino: Los tres sabios (llamados reyes magos) vuelven a su tierra por otro camino. Esto es muy significativo: quien experimenta a Dios tan sencillamente y a la vez tan profundamente no puede volver a recorrer el mismo camino. El 2021 lo recorramos con la novedad del Evangelio de la Vida. Ellos dieron la espalda a Herodes con el que nada tenían que ver, ni del que nada querían saber. Hay ahora más motivo para seguir el camino que marca la estrella: el camino del rey de reyes, que por nuestro amor se ha hecho pequeño, para que nosotros seamos grandes. Este es el amor universal que tal rey nos ofrece para que nosotros seamos pequeños en bien de los otros; un amor que se extienda a los que nos son difíciles, no sólo a los que nos caen bien, a los creyentes y a los que no lo son, a los cercanos y a los lejanos, a los conocidos y a los extraños.
El que, según los valores de este mundo, se hace aparentemente insignificante -éste es quizá el mensaje de hoy- y así se manifiesta por su estrella y con los magos, pero es el verdadero rey del mundo, ése es el único al que nosotros podemos aceptar como auténtico rey de nuestra vida. Porque es su estrella la que nos dará luz y pleno sentido para vivir con alegría y esperanza y paz el nuevo año del Señor. Aunque seguramente con esta luz también nosotros aparecemos como insignificante a los ojos de los poderosos y tendremos que elegir otro camino, lejos de sus intrigas. Es fácil que, si profundizamos en todo esto, reconozcamos el esplendor de una vida en Jesús, no con Herodes. El futuro de Jesús es garantía de que resucitaremos y seremos glorificados con Él. Todos los demás "reyes" a la postre nos harán caer y tan mentirosos son, que, si les va mal, no culparan a nosotros.
Sugerencias...
Desde sus orígenes la solemnidad de la Epifanía ha contado con gran variedad de aspectos -reducidos entre nosotros a nivel popular al episodio de la adoración de los reyes magos- que hacen difícil un enfoque central y unitario. "De todos modos, en su evolución histórica, la Epifanía ha conservado en gran modo su carácter de solemnidad antigua, trascendiendo los episodios históricos que son su objeto: es la celebración de la manifestación, en general, de Dios a los hombres en su Hijo, es decir, la primera etapa de la redención".
De acuerdo con este tema central, podemos orientar la ‘homilía’ según dos aspectos de la manifestación de Dios a los hombres: su carácter humilde y poco espectacular, y su dimensión universal.
La manifestación de Dios elude toda espectacularidad.
Tradicionalmente son tres las manifestaciones que celebra la Epifanía: la adoración de los magos, el bautismo de Jesús, el milagro de Caná, como podemos ver en la antífona del cántico de María correspondiente a las segundas vísperas de la solemnidad: "Celebramos un día santificado por tres milagros: hoy la estrella condujo a los magos, hoy el agua se convirtió en vino, hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, aleluya". (Actualmente, sin que la Epifanía deje de conmemorar los tres aspectos, el bautismo es especialmente recordado el domingo siguiente, y las bodas de Caná en el evangelio del otro domingo correspondiente al ciclo C).
Si nos fijamos bien en ello, las tres manifestaciones tienen un cariz común: son apariciones de Dios no en poder y en gloria, sino en humildad y ausencia de espectacularidad. Jesús se presenta a los magos, que traen presentes espléndidos, como un niño impotente y débil. Cristo obra su primer milagro en el marco de una fiesta popular y familiar. El Hijo de Dios se coloca en la cola de los pecadores, que se someten al bautismo de penitencia.
No hay, en ninguna de estas manifestaciones, algo que evoque pujanza, riqueza o dominio. Son manifestaciones de un Dios bien extraño. Es que a Dios no le ha dado miedo el escándalo de los puritanos, de aquellos que lo habrían hecho de un modo bien diferente. Si es que Dios debía manifestarse, la mentalidad meramente natural y humana esperaba algo esplendoroso. Pero los pensamientos de Dios no son los pensamientos de los hombres. Este estilo epifánico de Dios, en la pobreza, tiene una repercusión bien clara en el campo eclesial, puesto que la Iglesia continúa en el mundo la manifestación de Dios entre los hombres. También ella corre el peligro de caer en la tentación de la espectacularidad, pero los cristianos debemos comprender que tanto más manifestaremos la verdadera presencia de Dios cuanto menos nos presentemos al mundo con voluntad de poder y dominio y más bajo los velos humildes del servicio y el amor. Somos ovejas y no lobos… si dejamos de ser ovejas, perdemos el cielo y lo más punzante es que perdemos de ser pastoreados por Cristo, el Buen Pastor.
La manifestación de Dios tiene una dimensión universal.
Evangelio de la Epifanía es, en su totalidad, una parábola que de un modo plástico quiere que nos demos cuenta de un aspecto esencial del mensaje de la Buena Nueva. Como en cualquier parábola, la anécdota es secundaria y lo verdaderamente importante es la intención teológica de la narración. Tras la escena pintoresca de unos personajes misteriosos que vienen del Oriente para rendir homenaje al Niño nacido en Belén, se encuentra lo mismo que, en lenguaje diferente, nos dicen las otras dos lecturas, y que podemos resumir así: la manifestación de Dios se dirige a todos los hombres y pueblos de la tierra y no conoce fronteras de ninguna clase. En efecto, Isaías, usando el género de la poesía poética, dice "Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti: tus hijos vienen de lejos, a tus hijas las traen en brazos". Y san Pablo, en un estilo ya directamente teológico, afirma: "Se me dio a conocer por revelación el misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio".
Los magos del relato evangélico son una representación de todos estos pueblos -en esto resulta muy acertada la intuición popular, que atribuye a cada uno de los magos una raza diferente- que han oído el anuncio del evangelio y que se disponen a destruir para siempre las barreras de separación, excelente mensaje para nosotros que tenemos que derribar los muros del distanciamiento y del aislamiento social para convertirlo en fraternidad y solidaridad. De este modo la Epifanía se convierte en la fiesta de la universalidad de la salvación y, por tanto, de la catolicidad de la Iglesia. Universalidad y catolicidad que en modo alguno significa uniformidad, sino que respeta y promueve las ricas diferencias de raza, lengua y cultura (Evangelii Gaudium).
San José, ruega por nosotros.
lunes, 28 de diciembre de 2020
HOMILIA II Domingo de NAVIDAD (03 de enero 2021)
II Domingo de NAVIDAD (03 de enero 2021)
Primera: Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Salmo: Sal 147, 12-15. 19-20; Segunda: Efesios 1, 3-6. 15-18; Evangelio: Juan 1, 1-18
Nexo entre las LECTURAS
La Palabra encarnada, Jesucristo, es un don del Padre. En esta frase intentamos resumir el sentido de la liturgia de este segundo Domingo después de Navidad. El Padre nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales, entre los que sobresale el don mesiánico, por medio de Cristo (segunda lectura). En la historia de las bendiciones divinas, que corresponde con la historia del hombre, Dios se ha dado como don de Sabiduría, primeramente, al pueblo de Israel (primera lectura) y luego al pueblo de la nueva alianza, ya que Jesucristo es Sabiduría de Dios, el único que ha visto a Dios y que nos lo puede revelar (Evangelio). En esa misma larga historia, Dios se nos ha dado como Palabra eterna, que ha tomado carne mortal en Jesús de Nazaret (Evangelio).
Temas...
Don para Israel, don para el mundo. Nada hay más extraordinario el hecho que Dios haya querido ser don para el hombre. No se trata de darle cosas, objetos materiales. Eso ya sería grande, pero se queda chico ante la maravilla de Dios, dándose a Sí mismo. En la historia de las relaciones de Dios con el hombre, inicialmente, es un don que se encarna bajo la forma de sabiduría. Es una sabiduría divina, la que hallamos en la primera lectura. Preexistía cerca de Dios y ha salido de su boca, y a la vez ha puesto su tienda en Jerusalén y tiene su lugar de reposo en Israel. Es decir, en medio de la sabiduría humana, tan extraordinaria, de los pueblos circunvecinos, como Mesopotamia y Egipto, Israel goza de una sabiduría superior, por la que Dios le revela sus designios y proyectos y le manifiesta el sentido de las cosas y de la historia. Con el paso de los siglos, al llegar el momento culminante de toda la historia, se verifica un cambio singular: Dios no se da sólo como don espiritual (sabiduría), sino personal/físico (encarnación del Verbo, de la Palabra de Dios). Ningún signo de admiración es capaz de expresar este don excepcional. Que Dios rasgue el misterio de su trascendencia, entre en la historia y se nos dé en una creatura humana recién nacida, ¿quién lo podrá comprender? (Evangelio). No bastará la eternidad para sorprendernos ante este gran misterio. No es una "necesidad" de Dios; no se siente obligado por nadie; no le perfecciona en su divinidad. Sólo el amor lo manifiesta, el amor que es difusivo y generoso. Además, no sólo es un don personal, es también un don universal, mundial. "Luz para todas las naciones". Mientras exista la historia, Dios será un don para todos (tutti), sin distinción alguna. Los hombres podrán decir: "No lo quiero", "No lo necesito", pero jamás podrán pronunciar con sus labios: "Estoy excluido", "No es para mí". Jesucristo es el don del Padre para toda la humanidad.
Un don en plenitud. Son hermosas las imágenes que utiliza el Eclesiástico para comunicarnos esa plenitud: la sabiduría, recurriendo a imágenes vegetales, dice de sí misma que es como un cedro del Líbano, como palmera de Engadí, como un rosal de Jericó o un frondoso terebinto. También echa mano de imágenes aromáticas para describir, con distintos lenguajes, la misma plenitud: el aroma del laurel indiano (cinamomo), el perfume del bálsamo o de la mirra, el olor penetrante del gálbano, ónice y la estacte; sobre todo, el incienso que humea en el templo, y en cuya composición entran todos los aromas aquí mencionados. La belleza y elegancia de los árboles, la frescura y colorido del rosal, la intensidad de los perfumes, se aúnan para subrayar la plenitud del don divino de la sabiduría. El Evangelio es más sobrio en imágenes, pero más rico en significado. Habla de la "gloria del Hijo único del Padre, LLENO de gracia y de verdad" y, poco después, "de su PLENITUD todos hemos recibido gracia sobre gracia". Y el himno de la carta a los efesios, ¿no se refiere a la plenitud del hombre cuando dice que "Dios nos ha destinado a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo? La grandeza y plenitud del don nos remiten a la grandeza y plenitud del Donante. ¡Nobleza obliga a agradecer!
Sugerencias...
Un don venido de lejos. No son los astros distantes los que, después de muchos años o siglos, nos regalan sus rayos de luz; no es la tierra la que, en rincones tan diversos y lejanos, ofrece al hombre la prodigalidad de sus minerales o de sus frutos vegetales; no es el hombre quien nos dona su creatividad, su trabajo, su genio. Todas estas realidades pertenecen al mundo creado. El Don nos viene del mundo y de la distancia increados, del más allá de toda creatura, del Dios trascendente. Jesucristo, el Don de Dios, viene de la eternidad, pero se introduce en el corazón de los acontecimientos y del ser humano hasta el punto de ser uno más entre los hombres. Aquí radica nuestra perplejidad. Lo vemos tan igual a nosotros, que se nos puede ocurrir pensar que no viene desde la intimidad Divina. En brazos de su Madre nada hay que lo muestre divino. Y desgraciadamente en no pocas ocasiones los hombres, del hecho de no aparecer como Dios, concluimos que ni puede serlo ni lo es. Diremos que es un gran personaje de la historia, que su personalidad es enormemente seductora, que su moral es de una altura y nobleza grandiosas, cuya capacidad de arrastre es imponente, que es una paradoja viviente al ser el más amado y el más odiado de los nacidos de mujer... Pero en nuestro razonamiento no podemos llegar a la afirmación fundamental: "Es un Don de Dios, venido del mismo seno de Dios". Al venir al mundo y hacerse hombre, ha venido a quedarse con nosotros; a la vez, estando con nosotros, pero proviniendo del mundo de Dios, ha venido a llevarnos con Él al mundo lejano del cual ha salido, el mundo desconocido, pero que es nuestra patria verdadera y definitiva. ¿Aceptamos con fe y con amor este Don cercano, como lo es un niño, pero trascendente, como el mismo Dios?
Testigos del don divino. Juan, el Bautista, es llamado en el Evangelio "testigo de la luz, a fin de que todos crean por él". Testigo Juan, de esa luz, de esa sabiduría divina que es Jesucristo. Siguiendo al Bautista, todos en cierta manera estamos llamados a ser testigos del don divino, Jesucristo. El mundo creerá si aumentan los testigos, con hechos y palabras, de Cristo. Y si la fe disminuye en nuestra, provincia, municipio, país, ¿no será porque han disminuido los testigos? Los maestros pueden aclarar la verdad del Don divino, pero los testigos viven la verdad, y viviéndola la acreditan y garantizan. Cristo, Don de Dios para el hombre, necesita de testigos. Niños, testigos de Cristo para los niños y para los mayores; jóvenes, testigos de Cristo para los jóvenes y los no tan jóvenes; adultos, testigos de Cristo para los adultos, y para los niños y jóvenes. Testigos convencidos y audaces, al estilo de los santos, recordemos a san Pablo VI, san Juan Pablo y san Juan XXIII. Cristo necesita padres de familia que no tengan miedo de entregar la antorcha de su testimonio cristiano a sus hijos; educadores que sean testigos de Cristo para sus alumnos; párrocos que testimonien con su vida santa el Don de Cristo a todos sus feligreses. ¿Soy un auténtico testigo de Jesucristo? ¿Qué hago ya y qué más puedo hacer para que mi testimonio sea creíble y Dios lo haga eficaz?
HOMILIA Solemnidad de la Bienaventurada VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS. (01.01.2021)
Primera: Números 6, 22-27; Salmo: Sal 66, 2-3. 5-6. 8; Segunda: Gálatas 4,4-7; Evangelio: Lc 2, 16-21
Nexo entre las LECTURAS
La "MUJER" es el centro de atención de la Liturgia, particularmente la mujer como madre. Y esa mujer y esa madre es María. La bendición litúrgica de la primera lectura parece que fue escrita dirigida a María-Madre: “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor te muestre su rostro y te de la paz”. Y también podemos decir que esa bendición es para el año 2021, en la realidad de sus horas, días, semanas y meses: ‘que el Señor te bendiga... año del Señor 2021’.
Tengamos presente el mensaje del Papa con ocasión de la 54 Jornada mundial de la paz. Estas son sus palabras que nos iluminan: «Es doloroso constatar que, lamentablemente, junto a numerosos testimonios de caridad y solidaridad, están cobrando un nuevo impulso diversas formas de nacionalismo, racismo, xenofobia e incluso guerras y conflictos que siembran muerte y destrucción. Estos y otros eventos, que han marcado el camino de la humanidad en el último año, nos enseñan la importancia de hacernos cargo los unos de los otros y también de la creación, para edificar una sociedad basada en relaciones de fraternidad. Por eso he elegido como tema de este mensaje: La cultura del cuidado como camino de paz. Cultura del cuidado para erradicar la cultura de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación, que suele prevalecer hoy en día» (…) La cultura del cuidado, como compromiso común, solidario y participativo para proteger y promover la dignidad y el bien de todos, como una disposición al cuidado, a la atención, a la compasión, a la reconciliación y a la recuperación, al respeto y a la aceptación mutuos, es un camino privilegiado para construir la paz. «En muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia».
Temas...
Una bendición. La primera lectura de hoy nos trae una bendición, pero sobre todo nos enseña a bendecir. No es un acto trivial ni una simple costumbre social; es nuestro modo de acoger en cada aspecto de la vida al Dios de la alianza. Nuestras bendiciones mutuas son prenda de la bendición del Señor. Podemos compendiar los buenos deseos de esta hermosa bendición del libro de los Números en tres aspectos, que son también los mejores deseos para el año que empieza: protección, amistad con Dios y paz. Defendidos del mal y fortalecidos en el bien: este es el rostro de la raza bendecida. La bendición bíblica, que han popularizado especialmente los frailes franciscanos, no habla directamente de la amistad con Dios, sino del resplandor de su rostro, la cercanía de su favor y benevolencia. Una vida bendecida va acompañada del brillo del rostro de Dios y de una cálida proximidad a su amor y su bondad. Corresponde, pues, a lo que solemos llamar "permanecer en la gracia de Dios". El gran anhelo al bendecir es en realidad la vida de la gracia.
Nacido de mujer. La segunda lectura abre un tema distinto, relacionado con la solemnidad litúrgica de este día. Jesús el hijo de María; María es la madre de Jesús. La humildad del "nacido de mujer" se convierte en exaltación de la "madre de Dios". Jesús es el nacido en la "plenitud de los tiempos". El tiempo de Jesús es el tiempo cumplido, o mejor: Jesús es el que da su cumplimiento, su plenitud al tiempo; no hay tiempos plenos sin Jesús; sin Él, la vida queda sin plenitud; queda vacía. Nació de mujer; nació bajo la ley. Las dos cosas van paralelas, en la mente del apóstol Pablo. Y es lógico: nacer de mujer es entrar a participar de las leyes y condiciones fundamentales de la vida humana. Nacido de mujer significa: sometido a las leyes de nuestra existencia. En el otro sentido también hay una semejanza. Nacer "bajo la ley" es también "al amparo, en el seno de la ley". A su modo la ley era una madre, y alguna vida quería propagar, o por lo menos, no dejar perder. El paralelo continúa. El que nació de mujer trasciende esa condición a favor nuestro, pues nos hace hijos de Dios (Francisco, Nochebuena 2020). El que nació bajo la ley trasciende esa condición liberándonos del dominio de la ley de Moisés, al concedernos "el Espíritu de su hijo". Así pues, la condición humillada de Jesús, por la que se hace "nuestro", es el punto de partida de un movimiento trascendente que nos hace "suyos". En el corazón de esa maravillosa transformación cósmica está María.
El Nombre de Jesús. El evangelio de hoy nos ofrece el tercer tema: el Nombre de Jesús. Antiguamente la Iglesia celebraba el 1° de enero la fiesta de la Circuncisión del Señor. El tema como tal queda hoy en un segundo o tercer plano, pero no deberíamos dejarlo oculto: por su circuncisión Jesús pertenece a la alianza que Dios selló con Abraham, y así como interesa ver que en Cristo se cumple lo prometido a David, así también interesa ver que la alianza con Abraham alcanza su plenitud en la plenitud de Cristo. En otro sentido, este es un día precioso para meditar en el significado del nombre de nuestro Salvador. Este es el nombre que fue revelado a José (Mt 1,21) y a María (Lc 1,31). Quiere decir: "Yahvé salva". ¡El hijo de María lleva la salvación ya en su nombre! Tanto es de valioso este NOMBRE que tiene Memoria Libre propia el 3 de enero. Invocar a menudo el nombre de Jesús es un modo místico de acercarnos al Nombre sobre todo nombre. No son las letras, no es magia; es la gloria de Dios hecha próxima, es la bondad de Dios entre nosotros, es verdaderamente el Dios-con-nosotros. Con el nombre de Jesús sucede como con la Hostia Consagrada, puede ser tan grande o tan pequeña como nuestra fe o como nuestro amor. "Jesús" puede ser el título de un recuerdo o el nombre que nos revela la más preciosa historia de gracia y de amor de todos los tiempos.
Sugerencias...
La bendición para el año. La solemne fórmula de bendición del Antiguo Testamento abre en la primera lectura la liturgia del nuevo año civil 2021. La fórmula es prescrita por el propio Dios a Moisés y contiene la doble plegaria del que bendice: que Dios se digne volver su rostro y hacer brillar su resplandor sobre nosotros para concedernos así la gracia y la salvación. La mirada de Dios sobre nosotros es (según Pablo) mucho más saludable que nuestra mirada sobre él («al que ama, Dios lo reconoce», 1Cor 8,3). «Ver al que ve» es según Agustín la bienaventuranza suprema (Videntem videre). Pero nosotros somos mirados al mismo tiempo por la Madre de Dios con un amor infinito, como hijos suyos, y somos bendecidos por ella. Según el Nuevo Testamento esta bendición es inseparable de la de su Hijo y de la de todo el Dios trinitario, con lo que su maternidad queda profundamente entroncada y enraizada en la fecundidad divina. Ella nos bendice al mismo tiempo como la Madre personal de Jesús y como el corazón de la Iglesia «inmaculada» (Ef 5,27), que es la Esposa de Cristo (Apocalipsis).
María conservaba todo en su corazón. Estas sencillas palabras del evangelio, repetidas dos veces (Lc 2,19.51), muestran que la Bienaventurada Virgen es la fuente inagotable de la memoria y de la interpretación para toda la Iglesia. Ella conoce hasta en lo más profundo todos los acontecimientos y fiestas que nosotros celebramos a lo largo del Año Litúrgico. Este es también el sentido del rosario: los misterios de Cristo deben contemplarse y venerarse con los ojos y el corazón de María para poder entenderlos en toda su amplitud y profundidad, en la medida que esto nos es posible. La veneración y la festividad del corazón de María no tienen nada de sentimental, sino que conducen a esa fuente inagotable de comprensión de todos los misterios salvíficos de Dios, que afectan a todo el mundo y a cada uno de nosotros en particular. Poner el año bajo la protección de su maternidad significa implorar de ella, como hermanos y hermanas de Jesús que somos, y por tanto como hijos de María, una comprensión continua para un constante seguimiento de Jesús. Como la Iglesia, de la que ella es la célula primigenia, María nos bendice no en su propio nombre, sino en el nombre de su Hijo, que a su vez nos bendice en el nombre del Padre y del Espíritu Santo.
La segunda lectura concede una gran importancia al Espíritu Santo. En ella se habla de María como de la mujer por la que nació el Hijo, quien con su pasión consiguió para nosotros la filiación divina. Pero como somos hijos de Dios, «Dios envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba! Padre». No seríamos hijos del Padre, si no tuviéramos el Espíritu y las impresiones del Hijo; y este Espíritu nos hace gritar al Padre con agradecimiento e incluso con entusiasmo: «Sí, Tú eres realmente nuestro Padre». Pero no olvidemos que este Espíritu fue enviado por primera vez a la Madre, como el Espíritu que le trajo al Hijo, y de que de este modo es, como «Espíritu del Hijo», también el Espíritu del Padre. No olvidemos tampoco que el júbilo por ello, ese júbilo que nunca cesa a lo largo de la historia de la Iglesia, resuena en el Magnificat de la Madre. Es una oración de alabanza que surge enteramente del «Espíritu del Hijo» y se eleva hacia el Padre; una oración personal y a la vez eclesial que engloba toda acción de gracias desde Abrahán hasta nuestros días; es la mejor forma de comenzar el año nuevo 2021.
Parte del mensaje del santo padre Francisco.
5. La cultura del cuidado en la vida de los seguidores de Jesús: Las obras de misericordia espirituales y corporales constituyen el núcleo del servicio de caridad de la Iglesia primitiva. Los cristianos de la primera generación compartían lo que tenían para que nadie entre ellos pasara necesidad (cf. Hch 4,34-35) y se esforzaban por hacer de la comunidad un hogar acogedor, abierto a todas las situaciones humanas, listo para hacerse cargo de los más frágiles. Así, se hizo costumbre realizar ofrendas voluntarias para dar de comer a los pobres, enterrar a los muertos y sustentar a los huérfanos, a los ancianos y a las víctimas de desastres, como los náufragos. Y cuando, en períodos posteriores, la generosidad de los cristianos perdió un poco de dinamismo, algunos Padres de la Iglesia insistieron en que la propiedad es querida por Dios para el bien común. Ambrosio sostenía que «la naturaleza ha vertido todas las cosas para el bien común. [...] Por lo tanto, la naturaleza ha producido un derecho común para todos, pero la codicia lo ha convertido en un derecho para unos pocos». Habiendo superado las persecuciones de los primeros siglos, la Iglesia aprovechó la libertad para inspirar a la sociedad y su cultura. «Las necesidades de la época exigían nuevos compromisos al servicio de la caridad cristiana. Las crónicas de la historia reportan innumerables ejemplos de obras de misericordia. De esos esfuerzos concertados han surgido numerosas instituciones para el alivio de todas las necesidades humanas: hospitales, hospicios para los pobres, orfanatos, hogares para niños, refugios para peregrinos, entre otras».
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.
miércoles, 23 de diciembre de 2020
HOMILIA Misa de La SAGRADA FAMILIA. Fiesta. cB (27 de diciembre 2020)
Primera: Génesis 15, 1-6; 17, 5; 21, 1-3; Salmo: Sal 104, 1b-6. 8-9; Segunda: Hebreos 11, 8. 11-12. 17-19; Evangelio: Lucas 2, 22-40
Nexo entre las LECTURAS
Podemos rezar, como tema central de este Domingo, la fe y la familia. La primera lectura trata de la fe de Abraham, una fe inquebrantable, probada. Esta misma fe es objeto de la segunda lectura en la que el autor de la carta a los Hebreos nos hace una verdadera ponderación de los grandes hombres de fe en la historia de la salvación. Finalmente, el evangelio resalta la fe de la bienaventurada Virgen María, al escuchar las palabras que Simeón dirige a su niño: ‘gloria de Israel y luz de las naciones’, y a ella: “una espada te atravesará el corazón”.
Temas...
Una Familia Sagrada. A veces un sencillo cambio en el orden de las palabras nos ilumina un aspecto de las cosas que no habíamos visto. Hoy celebramos a una familia "sagrada", y, desde luego, lo primero que preguntamos es: "¿que no eran sagradas todas las familias?", a lo cual Dios nos respondería prontamente: "¡Por supuesto! Tal es mi designio, tal es mi deseo, tal es mi plan para el mundo". La familia es sagrada porque viene de Dios. Es anterior al Estado y a sus leyes, y por supuesto, va primero que los acuerdos entre los mismos Estados o las conveniencias de las empresas o asociaciones humanas. De Dios viene toda paternidad, nos enseña Pablo (Ef. 3,15). Dar origen a la vida humana es asemejarse a Dios, y por ello es preciso que la paz, la bondad y la sabiduría de Dios abunden allí donde ya se hizo presente su magnífico poder.
Honra a tu Padre y a tu Madre. Este mandamiento realmente despierta muchas preguntas. ¿Cómo es posible honrar a un papá que ha sido irresponsable, o injusto, o cruel, o que simplemente ha desaparecido huyendo se sus responsabilidades mínimas? Para responder necesitamos algunos criterios bíblicos. Ante todo, la Escritura jamás nos invita o permite que sea honrado lo que ofende a Dios. Honrar al papá y a la mamá no es celebrar lo que él es simplemente porque él lo es. Este mandamiento, como todos, por lo demás, requiere de nosotros luz, y discernimiento.
Así como la Iglesia ha sostenido que existe el principio de la "defensa propia" que da un matiz particular al mandamiento de no matar, así también en la honra al padre y a la madre se entiende el deber previo de descubrir qué hay en ellos que sea digno de honra. Esto no disminuye nuestro deber, sino que lo purifica, porque puesto como un enunciado general nos está indicando que siempre hay algo honorable, algo que pide reverencia y gratitud en aquellos que nos han dado algo que no podemos retornarles de ningún modo. Así que, aunque en varias ‘cosas’ fallaren (malograran su misión), es claro que en el misterio de ser instrumentos de la vida hay siempre un misterio de donación en que Dios se ha hecho presente, y por tanto requiere nuestra gratitud y honra.
La Familia en la segunda lectura. San Pablo nos ayuda a situar la vida de familia en el conjunto del mensaje cristiano. Lo primero es que cada miembro de la familia se reconozca como "elegido" por Dios, sumergido en la gracia, bañado por el perdón, fortalecido en la paz, iluminado por la Palabra, lleno de motivos de gratitud y gozo. Sin esta base, la familia será pacto de intereses no santuario del amor divino. Otro modo de decir esto es: en la medida en que reconocemos que la gracia nos hermana en Dios y nos hace familia de Dios, llegamos a ser familia humana. No pensemos entonces que la sola intensidad de los sentimientos, así se trate de sentimientos muy poderosos de pareja o de paternidad, basta: todo lo humano necesita ser sanado, y todo lo que ha de ser sanado ha de serlo en Cristo Jesús.
Sobre esta base se comprende que en la familia hay un misterio de complementariedad que es propio de la vida cristiana. Los deberes y derechos, aunque Pablo no utiliza esa terminología en su Carta, tienen un doble referente. En primer lugar, hacia adentro, lo que cada uno tiene de propio y característico, esto es: la mujer es mujer, y el hombre es hombre; el papá es papá, y el hijo es hijo. No son "seres humanos" abstractos, idealmente igualados por un concepto racional ni ideológico, sino historias particulares que Dios conoce bien y desde dentro. Lo que les hermana no es una naturaleza abstracta expresada en derechos ante una ley positiva, sino la condición de creaturas amadas, pecadoras y redimidas.
El segundo referente en el pensamiento de Pablo es un destino común que sobrepasa lo que cada uno puede lograr por su lado. El gran criterio no es la felicidad de un hombre rodeado de despotismo y egoísmo; no es tampoco la complacencia de una mujer que ha logrado su realización como esposa y como madre, como mujer, y así se siente bien consigo misma. El criterio que, en últimas, da dirección a todo se condensa en expresiones como "eso lo quiere el Señor"; "eso es agradable al Señor." ¿Qué es la familia, según este profundo planteamiento del apóstol? Es la expresión del amor cristiano sanando, bendiciendo y fecundando los orígenes mismos de la vida humana.
La infancia de Cristo. El evangelio nos invita a asomarnos, aunque como de lejos, a la vida de Nazareth. ¿Qué pasó con Jesús durante esos años? La curiosidad o también un sentimiento intenso de devoción nos llevan a preguntarlo. Y las respuestas no han faltado. Ya desde antiguo circularon manuscritos que contaban cosas llenas de ternura o de espectacularidad, y que pretendían dar detalles sobre la vida oculta del Hijo de Dios. Muchos hemos oído historias como la del niño Jesús haciendo pájaros de barro y convirtiéndolos luego en pájaros de verdad. La Iglesia Católica no ha sido muy entusiasta de esa clase de relatos, ni siquiera cuando parecen llenos de respeto y de piedad. En ellos suele destacarse un lenguaje que va negando más y más la humanidad de Cristo y que depende más de nuestra fantasía o de aquellos poderes que a nosotros nos hubiera gustado tener. Lo que nos salva, sin embargo, no es nuestra fantasía, ni la belleza que le queramos poner a Cristo. Más bien: fue su anonimato, su anonadarse, lo que mayor bien nos hizo, y así lo predica san Lucas, y así lo ha enseñado la gran tradición de la Iglesia.
Sugerencias...
La fe de Abrahán. Es muy significativo que toda la liturgia de esta fiesta esté bajo el signo de la fe. La familia, que se funda tanto en la Antigua como en la Nueva Alianza, es en las dos lecturas una nueva obra de Dios; el cuerpo de Abrahán está ya viejo, Sara, su mujer, es estéril y Abrahán ha designado ya como heredero a un criado de casa, al hijo de su esclava. Pero Dios interviene e ilumina el destino: Abrahán y Sara se vuelven fecundos milagrosamente y el hijo de la promesa será un puro don de Dios. Este episodio constituye por así decirlo el distintivo de todos los matrimonios de Israel: su fecundidad, orientada hacia el Mesías, recibirá siempre algo de la gracia sobrenatural de Dios: el hijo es un don de Dios, en el fondo le pertenece y sirve para que sus planes se cumplan; a la familia no le está permitido cerrase en sí misma, sino que, al igual que Dios la ha abierto en el origen, así también debe permanecer abierta a los designios de Dios.
El sacrificio de Abrahán. Esto llega hasta lo incomprensible, raya en lo intolerable humanamente hablando, con la prueba a que se somete a Abrahán, cuando Dios le exige que le sacrifique al hijo de la promesa, a cuya existencia el propio Dios había vinculado sus promesas (descendencia tan numerosa como «las estrellas del cielo»). Israel ha considerado siempre este episodio como uno de los más importantes de su historia. Dios entra en la familia que Él mismo ha fundado milagrosamente ¿y la destruye? Humanamente hablando, Dios se contradice claramente a sí mismo; pero como se trata de Dios, Abrahán obedece y se dispone a devolver a Dios lo más precioso para él, lo que el mismo Dios le ha dado. La segunda lectura hace también participar a Sara en este acontecimiento; la familia, que se debe a Dios, se convierte ahora no solamente en una familia abierta sino también en una familia martirial/oferente.
La espada en el alma de María. El acontecimiento sobre el que se funda Israel encuentra su pleno cumplimiento en la Sagrada Familia, que en el evangelio de hoy aparece en el templo. A José, el último patriarca, Dios no le hace carnalmente fecundo, sino que debe -¡suprema plenitud de la fecundidad humana!- retirarse para dejar su sitio a la única fuerza generadora de Dios. El sacrificio personal que José ofrece, lo oculta en lo litúrgico, en lo aparentemente insignificante: en el par de palomas, el sacrificio de los pobres. ¡Bendito sea San José! Y gracias sean dadas al Papa Francisco que nos regala el año de San José para el 2021. La bienaventurada Virgen Madre también se ofrece en sacrificio de entrega total a Dios con el espeso velo de la ceremonia de purificación prevista por la ley. Se produce entonces la profecía que establecerá la forma interna de esta familia: por un lado la suprema significación del Niño ofrecido, donde ya se puede ver que esta familia se dilatará mucho más allá de sus dimensiones terrenales; por otro lado la espada que traspasará el alma de la Madre, que será así introducida en una realidad más grande, en el destino de su Hijo: no solamente dejará que el Hijo se marche, con lo que esto supondrá de sacrificio para ella, sino que será incluida en el sacrificio del Hijo cuando llegue el momento, con lo que la antigua familia carnal se consumará en una familia espiritual en la que María -traspasada por la espada- se convertirá de nuevo en Madre de muchos.
Jesús, María y José, intercedan y rueguen por nosotros
lunes, 21 de diciembre de 2020
HOMILIA Misa de NAVIDAD (25 de diciembre 2020)
Misa de NAVIDAD (25 de diciembre 2020)
Primera: Isaías 52, 7-10; Salmo: Sal 97, 1-6; Segunda: Hebreos 1,1-6; Evangelio: Juan 1, 1-18
Nexo entre las LECTURAS
Las lecturas del día de Navidad se centran, todas ellas, en el misterio escondido en la eternidad de Dios.
Temas...
El Don de Dios. La liturgia de la misa de Navidad comienza entonando una letra de Isaías que dice: "Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado". Y estas palabras, que nos introducen en el gozo de la fiesta, sirven también sin duda para interpretar su misterio. La Navidad aparece así, de pronto, como un don de Dios, el mayor de todos porque nos da a su propio Hijo. En la oración colecta se dice que Jesús, el Hijo que nos ha sido dado, ha querido compartir con nosotros la condición humana, y, más adelante, en la oración después de la comunión, se afirma que "nos ha nacido el Salvador para comunicarnos la vida divina". Navidad: el Hijo de Dios toma nuestra vida para darnos la suya. El nacimiento de Jesús en Belén significa que Dios está de nuestra parte. Queremos decir que ya no es un Dios lejano y frente a nosotros para juzgarnos, sino el Dios-con-nosotros y en favor nuestro: el Emmanuel. En Jesucristo y por Jesucristo ha hecho suya la causa del hombre ha empeñado su palabra en la salvación del mundo.
La Palabra de Dios. Todo cuanto los hombres podamos imaginar o decir acerca de Dios por nuestra cuenta no significa nada, no vale nada. Porque a Dios nadie lo ha visto nunca y es inaccesible a todas las especulaciones humanas, de manera que sólo podemos conocerlo si El nos habla y nos dice quién es y qué quiere ser para los hombres. A diferencia de la religión o la filosofía, que pretenden escalar el cielo y sorprender a Dios en su misterio, el evangelio es la buena noticia de que Dios ha querido bajar a la tierra para sorprendernos a todos con su palabra. Jesucristo es la Palabra de Dios hecha carne, la Palabra y la presencia de Dios en el mundo, la revelación de Dios. Ahora podemos conocerlo. Por medio de esta Palabra, que confunde a los sabios y llena de gozo a los humildes. Dios se comunica a los creyentes. Cuantos reciben esa Palabra reciben al mismo Dios y son hijos de Dios, entran así por la fe en el ámbito de una solidaridad y de una convivencia divina que es pura gracia y no depende en absoluto de los vínculos de la carne y de la sangre.
Relaciones-Humanas: convivencia cristiana, convivencia humana: La comunión con Dios en Jesucristo nos advierte que debemos configurar nuestras relaciones humanas según el modelo de nuestras relaciones con Dios. Porque a veces parece que la vida consiste en comprar y vender, el hablar de esto y de aquello, y no alcanzamos a ver que la salsa de la vida, la gracia y la misma felicidad, es dar y recibir y hablarse con todos. De modo que lo que llevamos entre manos y entre lenguas no tiene sentido alguno si no es un pretexto para el amor y el encuentro de las personas. Si queremos humanizar la convivencia, habrá que descubrir de nuevo la importancia del don y la palabra. Y tendremos que aprender a ser generosos para dar y recibir por encima de la justicia; sí, también a recibir por encima de la justicia. Porque esto es un modo de ser generosos con uno mismo y con el que nos da lo que no podemos merecer. Superemos los esquemas y las reglas del mercado y de la propaganda. Hagamos de la palabra algo más que un código para almacenar y expender información útil, hagamos de ella comunión y encuentro personal. Dejémonos sorprender a los otros con nuestro amor en la vida cotidiana. Porque todo esto es Navidad: si Dios nos ha dado a su Hijo y nos ha dirigido la Palabra, si se ha acercado a todos nosotros y nos ha sorprendido con su amor, también nosotros debemos acercarnos los unos a los otros no para traficar, sino para convivir fraternalmente.
Resumiendo. Navidad es el amor de Dios que se avecina a los hombres con su Don y su Palabra, con el regalo de su Hijo. Por eso debemos acercarnos los unos a los otros y convertir las relaciones de estilo ‘mercantil’ y de ‘simple justicia’ en relaciones personales y de amor fraterno.
Sugerencias...
La fiesta de Navidad es tan rica en luces, en sentimientos, en ideas, en motivos de reflexión y estudio, que es preciso detenernos un momento, dado nuestro interés por recibir los tesoros que la Iglesia, la liturgia, la evocación de los misterios del Señor, ofrecen a nuestras almas.
Ordinariamente consideramos la Navidad en su aspecto humano. La narración evangélica es suficiente para suscitar en nosotros una fascinación literaria; es tan bella, encantadora y persuasiva. Se puede reconstruir el prodigioso acontecimiento con todo su atractivo humano, su poesía, sus cantos, sus cuadros sencillos y maravillosos, tan verdaderos, tan elocuentes, que nuestra devoción ha hecho del Pesebre, reconstruyendo la Navidad en nuestras casas y familias, con el fin preciso de evocar cuanto aconteció en Belén. Se trata, sin embargo, de las escenas humanas, sensibles de la Navidad, pero no son las únicas.
Detrás de éstas hay otra, inmensamente profunda, misteriosa, rica, que debe atraer no precisamente nuestros ojos humanos, sino nuestro espíritu, nuestra mente. Es el aspecto más verdadero y devoto de la Navidad; nos lo presenta de forma especial la Misa del Día, y podríamos definirlo como la Teología de la Navidad, con los divinos resplandores que en ella se encierran.
El Misterio de la Encarnación. ¿Qué hay tras la escena externa del Pesebre? La Encarnación, Dios que baja a la tierra. Esta es la sublime realidad; basta su simple enunciación para encender y nutrir nuestra meditación para siempre. El primer comentario será una palabra, sencilla y también rica, tanto que despierta en las almas una ferviente contemplación llena de gozo. ¿Qué es la Navidad? Es la Encarnación, es la venida de Dios a la tierra. Esto es: podemos ver a Dios que entra en la escena del mundo, ¿cómo y por qué? Cualquiera que tenga un poco sentido de la realidad que nos rodea, del universo, queda ciertamente admirado de su grandeza inconmensurable, de la arcana ciencia que lo ha dirigido. Las leyes que se reflejan en este universo son tan variadas, complejas e infalibles, que nos ofrecen, sí, una imagen del Creador, pero una imagen que nos deja llenos de consternación y casi de temor. Son tan inexorables estas leyes del universo, tan insensibles, tan fatales, que a veces nos dejan incapacitados para poner en el vértice, sobre ellas, a un Dios personal, a un Dios que siente, que habla, que nos conoce, a nosotros invitados al diálogo precisamente con las normas maravillosas que regulan lo creado.
Pero hay un punto en el complejo de la gran realidad que nosotros podemos conocer, y este punto brilla hoy de una forma especial, es la Navidad. En Navidad Dios aparece en su infinita caridad: se muestra a Sí mismo. ¿De qué forma, de qué manera? ¿En la del poder, en la de la grandeza, en la de belleza? No; el Señor se ha revelado como amor, como bondad. “Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo unigénito”. El corazón del Omnipotente se abre. Tras la escena del Pesebre está la infinita ternura del Creador que ama. En una palabra, está la bondad infinita. Dios, que nos ama, quiere entablar un diálogo con los hombres, establecer con nosotros relaciones de familiaridad. Quiere que lo invoquemos como Padre nuestro; se convierte en nuestro hermano y quiere ser nuestro huésped. Es la Santísima Trinidad que infunde sus rayos a aquellos que tienen ojos para distinguir y capacidad para comprender y admirar, de esta forma, el misterio patente de Dios.
Efusión infinita de la divina bondad. ¡La bondad de Dios! ¡Dios es bueno! Este es el mensaje de Navidad; éste es el tema de reflexión que conviene para todos. Que recuerden continuamente la bondad de Dios, y que cada uno de nosotros ha sido recordado y amado en Cristo. Cristo es el centro que irradia las riquezas de la benignidad del Señor, y un rayo, si nosotros lo queremos aceptar, se refleja desde Cristo hacia nosotros.
Cada uno de nosotros ha de sentir hoy cómo ha sido amado por Dios. La bondad de Dios se interesa por todas las creaturas humanas, y despierta, a su vez, un acto de gozo, alegría, canto, gratitud. Por ello es inagotable el himno de gloria a Dios por su excelsa bondad, por su infinita misericordia. ¿Pero —es la principal e inefable deducción— cuando pensamos que somos amados, no sentimos que se modifica toda nuestra psicología? Un niño si descubre que sus padres le aman, crece en docilidad afectuosa, y cuando uno, en el curso de su vida, siente, se percata de que alguien le quiere, endereza en esa dirección el camino de su existencia.
Una transformación análoga se da en el ámbito espiritual. Si descubrimos que somos amados por Dios, encontramos la orientación precisa de nuestra vida. ¡Qué fácil es, entonces, que nuestro culto se transforme en una piedad ardiente y nuestra ‘religión’ muestre una activa caridad, que tenga necesidad de expandirse, y que el deber sagrado deje de ser un yugo diario impuesto a nuestras almas, sino un respiro, un deseo de efusiones, el anhelo por llegar al diálogo supremo con Dios, que, a través de Cristo, pregunta, habla, afirma que nos ama!
La gran alegría de sentirse amado por Dios. Conducidos por un sendero tan luminoso es fácil también mejorar nuestro modo de vivir, nuestras costumbres. La carta de san Pablo a Tito que hemos leído en la Misa de Nochebuena nos indica, deduciéndolo de la Encarnación, el programa de nuestra peregrinación: “Sobria, justa y piadosamente vivamos, aguardando la bienaventurada esperanza, y la gloria del gran Dios y Salvador, Jesucristo”. Así es como se ha de vivir en cristiano, si es que hemos comprendido que el Señor nos ama. Y también, nosotros que somos tan pobres, egoístas y tenemos miedo de perder el tesoro de la vida y de que otro nos lo arrebate, cuando nos sentimos amados por Dios nos hacemos generosos, y la prodigalidad de lo poco que tenemos se hace casi instintiva. En una palabra: somos capaces de amar a los demás, de hacer el bien y ser caritativos, porque hemos intuido el secreto de Dios, que es Caridad. Por tanto, habiendo recibido su grande e infinito don, seremos, por nuestra parte, ministros de caridad y de bien. Esto es la Navidad, esta es la reflexión que todos nos proponemos, con la dicha y alegría de conocer la riqueza de la bondad de Dios y saber que Él nos ama.
HOMILIA Misa de NOCHEBUENA (24 de diciembre 2020)
Misa de NOCHEBUENA (24 de diciembre 2020)
Primera: Isaías 9, 1-6; Salmo: Sal 95, 1-3. 11-13; Segunda: Tito 2, 11-14; Evangelio: Lucas 2, 1-14
Nexo entre las LECTURAS
Nacimientos. Sí, también la resurrección es un nacimiento; pues aun cuando como solemnidad litúrgica se encuentre todavía muy lejos, viene incluida, sin embargo, en la solemnidad de Hoy, de la Navidad. Porque la resurrección es, a su vez, un nacimiento. Nacimiento de la tumba, que da plena perfección al nacimiento del seno de la Virgen. Encontramos al Cristo Niño en el pesebre y mejor aún, al Cristo resucitado, así lo muestra la liturgia de esta noche (la Eucaristía, Él vivo). El Apóstol nos invita a nacer para la vida eterna, el encuentro definitivo. Por la resurrección Cristo se muestra como Señor de la creación y punto central de todo el cosmos. En el Resucitado se complace el Padre celestial en contemplar la imagen ya madurada de la creación: el hombre. Por eso es muy natural que la liturgia de esta noche, al celebrar el primer nacimiento de Cristo, de la Virgen, evoque también la mística presencia de su segundo nacimiento, la Pascua. Detrás de la imagen del Niño, como Iglesia vemos resplandecer la gloria del Hombre y del Vencedor, y al tiempo que escuchamos las palabras de los pastores: “Vamos a Belén”, oímos también la palabra del Señor: “Miren, subimos a Jerusalén” (Lc 18, 31). Este es, pues, el “HOY vendrá y nos salvará”. Viene a salvarnos.
Temas...
El Amor lo hizo posible. Isaías, que nos ha acompañado a lo largo de este precioso adviento, ahora nos invita a entrar en la navidad. Es el idóneo servidor de la casa de Dios que hoy nos abre la puerta y nos deja entrever el tamaño de las promesas que nuestro corazón ha venido acunando con paciencia y cierto temor. ¡Gracias, Isaías, gracias!
La primera lectura, pues, deja claro un hecho: Jesús está entre nosotros, ante todo, como cumplimiento de las promesas hechas a nuestros padres. La fidelidad de Dios se ha hecho carne en Jesús. Pero esa fidelidad tiene una raíz más profunda: el amor. Esta es la gran lección de la Navidad: la fidelidad brota del amor; y el amor que es amor es fiel.
Una paz sin límites. Entre las numerosas promesas del anuncio del profeta hay una que nos enamora: "la paz no tendrá límites" (Is 9,7). El reino de David se hizo famoso porque en aquel tiempo Dios puso "paz en sus fronteras" (Sal 147,14). Ya era algo maravilloso y memorable: un límite para el mal. Lo que ahora se anuncia es mejor: la victoria sobre la maldad. No se trata de tener a los enemigos a raya, se trata de desaparecer la amenaza misma de la acechanza del mal.
Cristo trae la paz sin límites. ¿Por qué no vemos llegar esa paz? Porque se nos muestra como un proceso y es porque la llegada de Cristo -que trae esta paz- es la de su retorno y no solo la de su nacimiento en nuestra carne. Tal vez la explicación es otra. Esa paz, aunque tendrá su plenitud en el desenlace de la historia humana, al retorno de Cristo, ya tiene su inicio en todo lo que hizo y padeció Cristo. Su mansedumbre, su ofrenda de sí mismo, su amor que acoge son genuinas expresiones de una paz que no se deja vencer por el mal. El mismo Niño que padece un nacimiento tan sufrido padece una muerte de espanto. Y en ambos extremos la paz de su alma se deja sentir. Esa es la paz sin límites: la que sigue siendo paz en medio de la tribulación, el desaliento, la burla y la deshonra.
La Gracia de Dios se ha manifestado. La segunda lectura resume bien el regalo de la Navidad: "la gracia de Dios se ha manifestado" (Tito 2,11). Sabíamos que Dios nos amaba, lo habíamos oído, ahora lo ven nuestros ojos (cf. Sal 48,8). ¡Los ojos del Niño nos dejan ver el rostro del amor!
Es litúrgicamente bien significativo el texto que la Iglesia ha escogido. ¡El día mismo de Navidad se proclama la Pasión del Señor! Se ha manifestado la gracia, en la ternura de ese cuerpecito; pero, sobre todo: se ha manifestado la gracia en las llagas de ese Cuerpo en la Cruz. No podemos celebrar la querencia del Niño sólo porque es niño: le amamos porque nos ama, y nos ama para salvarnos. Lejos de una explosión de estéril afectuosidad que poco deja, la Navidad es el comienzo contemplativo del misterio de un amor que se dona hasta el extremo. La Hostia, Cuerpo suyo de Belén y del Calvario, está ahí para recordárnoslo cada día.
Sugerencias...
Navidad. Tanto en el evangelio de Lucas, que se lee en la misa de medianoche, como en el de Juan, que se lee en la del día, se insiste en un dato sorprendente. Lucas afirma que cuando José y María llegaron a Belén no encontraron posada, teniendo que cobijarse fuera del pueblo, en una gruta. Por su parte, Juan da testimonio de que “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Hoy celebramos la Navidad, recordamos aquella primera navidad, en que Dios-hombre nació en el mundo y el mundo que no quiso recibirlo. Hoy celebramos la navidad en un mundo que, después de tantos siglos, también parece no tener sitio para Dios. Parece que, en este mundo, al que viene Jesús, no hay sitio para todos (rezamos para que no aprueben la interrupción voluntaria del embarazo). No hay vivienda para los sintecho, no hay trabajo para los parados, no hay alimentos para los que se mueren de hambre, no hay sitio para los migrantes, no hay respeto hacia los diferentes... y por precariedad, casi que no hay ayuda suficiente para los que sufrimos las consecuencias del COVID-19 y de la cuarentena. En este mundo falta caridad, falta amistad social, falta solidaridad, falta hospitalidad y parece sobrar egoísmo, indiferencia, insolidaridad.
Encarnación. Navidad es la conmemoración del nacimiento de Jesús, el hijo de Dios que nace en Belén. Es un misterio de encarnación. Dios se hace hombre, toma nuestra condición con todas sus consecuencias hasta la muerte, para que nosotros podamos asumir la condición de hijos de Dios, con todas sus consecuencias, también de inmortalidad y resurrección. Es un misterio, pues, de solidaridad, que funda una nueva relación de Dios con los hombres, y debe fundar también una nueva relación de solidaridad entre los hombres. En Jesús, Dios se hace solidario de nuestra causa, para que todos seamos en Jesús solidarios en la causa de los hombres (Concilio Vaticano II), sobre todo, la de los pobres y excluidos. Dios está con nosotros, por nosotros, para nosotros, a fin de que también nosotros estemos los unos con los otros, por los otros, para todos.
Presencia. Que Dios esté con nosotros no significa que Dios esté contra los otros. Y mucho menos que los creyentes nos arroguemos una predilección divina ‘contra’ otros pueblos o religiones. Al contrario, Dios con nosotros significa que Dios está en todos los seres humanos, está en nosotros para que seamos útiles a los otros, pero está también en los otros para que le respetemos y escuchemos y amemos. De modo que nuestras relaciones interpersonales, las relaciones sociales, debemos ir conformándolas según esta nueva perspectiva de Navidad, como relaciones de solidaridad, de amistad social, de disponibilidad, de colaboración y de ayuda hacia todos, pero de modo especial hacia aquellos que más necesitan de nosotros.
Pesebre. A los primeros testigos de la Navidad, los pastores, les dieron los ángeles esta señal: “encontrarán un niño en pañales y acostado en un pesebre”. Dios se deja ver, sobre todo, en la debilidad, en la pobreza y en la candidez de un niño. Al hacerse niño se ha puesto al alcance de nuestro cariño y de nuestra ternura. Pero los niños pueden ser también fáciles víctimas de nuestra violencia y desconsideración. De ahí la posibilidad de descubrirlo y amarlo y servirlo en los pobres, con los que ha querido identificarse; pero de ahí también el riesgo de que pasemos de largo, de que no lo veamos o no queramos verlo, e incluso de que lo rechacemos. Jesús, que es la Palabra de Dios, se ha hecho apenas balbuceo en el niño de Belén, y se hará silencio al morir en la cruz. Así se ha puesto en su sitio, para indicarnos el nuestro, el último lugar, a la cola, al servicio de todos. Que para eso estamos, para servir, para ser útiles, para amar.
Solidaridad. La encarnación, la Navidad, al descubrirnos la solidaridad de Dios con el hombre, funda también la solidaridad entre los hombres. Frente a la cultura de la competitividad, que amenaza con convertir la convivencia en una lucha sin cuartel de todos contra todos, debemos sentar las bases de una nueva cultura, la de la amistad social, que nos predisponga a todos en favor de todos. Más allá de la competitividad, entendida y practicada como selectiva y eliminatoria de los débiles, hay que apostar por la competencia, entendida y practicada como capacitación para un servicio cada vez mejor y más operativo y con todos. Se trata de ir convirtiéndonos de nuestra cultura con todos los rasgos de inhumanidad que ha ido adquiriendo con la violencia, la explotación, la exclusión, la hostilidad y hostigamiento... a la nueva vida con rasgos nuevos de humanidad, de ayuda mutua, de ‘buen samaritano’, de comprensión y respeto, de amor y de servicio, de tolerancia y cooperación, de solidaridad, de caridad.
Podemos preguntarnos: ¿Cómo celebramos la Navidad 2020? ¿Qué celebramos, la Navidad o las navidades? ¿Un acontecimiento de salvación o unos días de vacaciones, de tradición cultural o solo recuerdos de días de niño y reunión de familiares? ¿Creemos de verdad que el Señor está con nosotros? ¿Con quién estamos nosotros? ¿Con Dios o con el dinero? ¿Con los ricos o con los pobres? ¿Con los poderosos o con los débiles? ¿Vivimos la encarnación? ¿Estamos encarnados con nuestro mundo? ¿O tratamos de vivir al margen de todo, a nuestro modo? Navidad es solidaridad, ¿somos solidarios? ¿Sólo en las grandes ocasiones? ¿Lo somos cada día, en los detalles, siempre y son todos?
¡Feliz NAVIDAD!
lunes, 14 de diciembre de 2020
HOMILIA Cuarto Domingo de ADVIENTO cB (20 de diciembre 2020)
Cuarto Domingo de ADVIENTO cB (20 de diciembre 2020)
Primera: 2 Samuel 7, 1-5. 8b-12. 14a. 16; Salmo: Sal 88, 2-5. 27. 29; Segunda: Romanos 16, 25-27; Evangelio: Lucas 1, 26-38
Nexo entre las LECTURAS
Dios muestra a David su gratuidad anunciándole que le construiría una casa, es decir, una dinastía y que sería para él y sus descendientes como un padre (primera lectura). La misma gratuidad divina se hace evidente en el anuncio del ángel Gabriel a María sobre su vocación de Madre de Dios por obra del Espíritu Santo. María será la ‘nueva casa’, la ‘nueva arca’ construida por Dios en la plenitud de los tiempos (evangelio). La acción gratuita de Dios se manifiesta siempre en su poder para consolidar a los hombres en la fe, en su revelación del misterio mantenido en secreto desde la eternidad, y ahora dado a conocer a todas las naciones para que respondan a esta revelación con la fe (segunda lectura).
Temas...
Hagamos una Casa. En un brío de piedad David quiere hacerle una casa al arca de la alianza; una casa para Dios. Le parece poca cosa una tienda de campaña, sobre todo si la compara con la casa de cedro que él mismo habita. De algún modo David se siente fuerte en su magnífica casa y quiere darle de su fortaleza y esplendor a la humilde casa de la alianza. Humanamente este proyecto le suena de lo más razonable a Natán, pero no es ese el pensamiento del Espíritu, y Natán tiene que retractarse. Hay una hermosa lógica en el nuevo mensaje que Natán tiene que darle a su rey. Es Dios quien ha guardado a David y David debe recordarlo hasta el final de sus días. "Yo te daré una casa a ti", le dice el Señor, y así brota por primera vez la maravillosa promesa davídica que marca toda la historia de Judá hasta Cristo mismo. En el fondo el mensaje dice: "¿quién da la fortaleza?". El mensaje honra la soberanía de Dios y canta su fidelidad y su gracia a la vez.
Puede entenderse de otro modo, sin embargo. Las tiendas de campaña son la vivienda propia del desierto. En el desierto no se construye con cedro porque hay que permanecer en camino. David ya se estableció, Dios no. Dios sigue en camino, Él es el Eterno Peregrino. Además, el desierto es el gran lugar de la alianza, como lo proclama sobre todo Oseas (cf. Os 2,14). Allí, sin la estorbosa competencia de los ídolos, sin la prepotencia que dan las riquezas, sin la suficiencia que da el poder, David fue más David que nunca, y Dios no olvida eso ni quiere que David lo olvide.
La estirpe de David. La promesa pronunciada por Natán atraviesa la esperanza de todo el Antiguo Testamento y finalmente desemboca, de modo inesperado y maravilloso, en otra promesa, la del ángel Gabriel a la bienaventurada Virgen María: "Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús... el Señor Dios le dará el trono de David, su padre" (Lc 1,31-32). ¡Qué maravillosa unidad, qué magnífica belleza toma la historia humana leída a la luz de esta promesa, que tensa nuestro adviento hasta darle música y encanto de cielo!
En la primera lectura vemos cómo Dios rechaza que se le haga una casa. Después, es Él mismo quien dispone cómo se ha de edificar el templo, a cuidado del gran Salomón. Pero el templo verdadero no lo hará Salomón, sino el Espíritu Santo, y no en Jerusalén, sino en María. "El templo era su cuerpo...", anota Juan refiriéndose a Cristo (Jn 2,21). Y este es principio que podemos aplicar a tantas cosas: sólo Dios hace obras dignas de Dios; sólo Dios sabe cómo se alaba a Dios, cómo se sirve a Dios, cómo se ama a Dios. Nada somos, nada podemos en su honor si Él mismo no viene con su Espíritu a darnos la luz, la voluntad y la constancia.
El templo era su Cuerpo. El templo es su Cuerpo. Ese Cuerpo bendito, ese Cuerpo glorioso que contempla nuestra fe en los altares, que come nuestra boca en cada Eucaristía. El Cuerpo tejido de amores en María; el Cuerpo y Templo y Casa que David hubiera querido ver, ese es el Cuerpo que comulgamos, esa es la verdad que nos sacia, ese es el Amor que nos colma de alegría y de gozo.
Sugerencias...
- La liturgia de la palabra nos presenta, en este Domingo, una de las más transcendentales profecías mesiánicas y su cumplimiento. El rey David deseaba construir una «casa, un templo al Señor; pero el Señor le hace decir por el profeta Natán que su voluntad es otra: que más bien Dios mismo se ocupará de la «casa de David, es decir, de prolongar su descendencia, porque de ella deberá nacer el Salvador. «Permanente será tu casa y tu reino para siempre ante mi rostro, y tu trono estable por la eternidad» (2Sam 7, 16). Muchas veces a través de las incidencias de las decisiones personales en la historia pareció que la estirpe davídica estuviese para extinguirse, pero Dios la salvó siempre, hasta que en ella tuvo origen «José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1, 16): a él «dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará... por los siglos, y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 32-33). Todo lo que Dios había prometido se cumplió, a pesar de las alternativas contrarias en la historia: los pecados de los hombres… las culpas e impiedad de los mismos sucesores de David... ¡Qué buena noticia! Dios es siempre fiel: «He hecho alianza con mi elegido, he jurado a David mi siervo... Yo guardaré con él eternamente mi piedad, y mi alianza con él será fiel» (Sal 89, 4. 29). ¡Eh! Arriba, Ánimo, Adelante “DIOS NO FRACASA” aunque el hombre malogre los dones con sus decisiones.
- Paralela a la fidelidad de Dios la liturgia nos presenta la fidelidad de María, ¡otra gran noticia!, en quien se cumplieron las Escrituras. lodo estaba previsto en el plan eterno de Dios y todo estaba ya dispuesto para la encarnación del Verbo en el seno de una virgen descendiente de la casa de David; pero para el momento en que este plan debía hacerse historia, «el Padre de las misericordias quiso que precediera a la encarnación la aceptación por parte de la Madre predestinada» (LG 56 San Lucas refiere el diálogo sublime entre el ángel y Mars que se concluye con la humilde e incondicionada aceptación por parte suya: «He aquí a la sierva del Señor, hágase en mi según tu palabra» (Lc 1, 38). El «hágase» de Dios creó de la nada todas las cosas; el «hágase» de María dio curso a la redención de todas las criaturas. María es el templo de la Nueva Alianza, inmensamente más precioso que el que David deseaba construir al Señor, templo vivo que encierra en sí no el arca santa, sino al Hijo de Dios. María es la fidelísima abierta y totalmente disponible a la voluntad del Altísimo; y precisamente con el concurso de su fidelidad se actúa el misterio de la salvación universal en Cristo Jesús.
- San Pablo se llena de gozo ante este misterio que estaba en secreto en los tiempos eternos, pero se ha manifestado ahora mediante los escritos proféticos, conforme a la disposición de Dios bueno y a todas las gentes y no es solo para la salvación del pueblo de Israel sino, ordenado, a la salvación de todos los pueblos. Y precisa que el fin de tal revelación es para que todos los hombres vivamos en la obediencia de la fe porque sólo la fe hace al hombre capaz de acoger, en adoración, el misterio de un Dios hecho hombre. Nuestra fe debe modelarse a imitación de la fe de la Virgen María, que aceptó lo increíble y lo imposible para el ser humano “ser Madre permaneciendo virgen”, Madre del Hijo de Dios. María, humilde sierva profesa tan grande fe sin mezcla de duda alguna. Por eso, san Pablo, escribe: «A Dios, el único sabio» sea «por Jesucristo» la gloria por este gran misterio de salvación, Y hoy, con la Liturgia decimos también gloria a la humilde Virgen de Nazaret, dulce instrumento para la actuación del plan divino… esto es lo que reconocemos todos los que somos salvados por Jesucristo.
¡Bendito sea Dios! Y que tengamos una buena preparación para el NACIMIENTO y para una vida santa y piadosa hasta el fin de nuestros días.
lunes, 7 de diciembre de 2020
HOMILIA Tercer Domingo de ADVIENTO cB (13 de diciembre 2020). Domingo del GAUDETE
Tercer Domingo de ADVIENTO cB (13 de diciembre 2020). Domingo del GAUDETE
Primera: Isaías 61, 1-2a. 10-11; Salmo: Lc 1, 46-48. 49-50. 53-54; Segunda: 1Tesalónica 5, 16-24; Evangelio: Juan 1, 6-8. 19-28
Nexo entre las LECTURAS
"El espíritu del Señor me ha enviado para dar la buena nueva...me ha enviado para anunciar..." (Is 61,1-2). Un personaje, figura de Cristo, se siente investido de una misión liberadora y salvífica. También Juan Bautista, que reconoce honestamente su ‘misión’ en el plan de Dios, se sabe enviado no como suplantador ni usurpador, sino como testigo de la Luz, del Mesías por todos esperado (Evangelio). Finalmente, Pablo, apóstol-enviado, discípulo-misionero, de Cristo, lleva a cabo su misión mediante la predicación y mediante cartas. En ésta, a los tesalonicenses, les exhorta a vivir en conformidad con la salvación que Cristo, el enviado de Dios, nos ha conferido (segunda lectura).
Temas...
¿Quién eres tú? La vida y la palabra de Juan tenían que despertar esta pregunta: ¿quién eres? Marcos, por ejemplo, nos ha contado cómo vivía Juan: "llevaba un vestido de pie de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre" (Mc 1,6). Su manifiesta ruptura con la sociedad era un inmenso interrogante que un día tenía que dispararse: ¿quién eres?, es decir: ¿por qué vives como vives y hablas lo que hablas? Hay que destacar quiénes hacen la pregunta: son enviados de las autoridades. Su pregunta no es simple curiosidad ni, lamentablemente, parece ser el espontáneo deseo de conversión que las multitudes sintieron al oírle. Interrogan porque quieren saber qué autoridad está detrás de Juan, o con otros términos, quien y por qué podría hacer competencia sombra a la autoridad de ellos. Esto explica la razón de la interpelación que le hacen en Jn 1,25, del evangelio de hoy: "Entonces ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?". En las Apariciones marianas, se nota la misma manera de proceder… elegir videntes para que el mundo del poder pregunte ¿quién eres? ¿quiénes son? (Lourdes, Fátima, Guadalupe).
Soy una voz. La respuesta del Bautista es extraña, sin duda, para aquellos fariseos. Soy una voz, les dice. Un modo terriblemente abstracto de referirse a sí mismo. Mas no cualquier voz; es la voz que anunció Isaías, aquella que proclama la redención después del destierro. Isaías hablaba de rectificar los caminos para que brillara la gloria de Dios (Is 40,3ss). El espectáculo maravilloso que debía darse en esa calzada recta o rectificada era el paso de victoria del pueblo que vuelve del destierro. La realidad fue bastante distinta. Los judíos volvieron de su destierro a Babilonia, pero en condiciones humildes y precarias, y con el corazón abatido, como lo describen bien los libros de Esdras y Nehemías. Hoy, en Fratelli Tutti el Papa nos hace la misma invitación de esperanza y alegría contándonos que Dios nos llama del destierro en que parecemos vivir con la cuarentena a una nueva relación con Dios y con los demás… que el Papa llama “amistad social”. Podemos comprender este contexto que nos permite entrever la fuerza de la palabra del Bautista (de Dios): él dice que es esa voz que en aquel retorno no se dejó oír. Dice entonces que la gloria que no brilló en el retorno de Babilonia ahora se apresta a lucir ante todos los pueblos. De modo que si las autoridades están inquietas y quieren saber a qué se están enfrentando, que entiendan que es Dios mismo quien está detrás de todo esto. Esas autoridades no son lo que anunció Isaías; su poder es provisorio y quedará empañado. El mensaje es claro.
Dios se sale con la suya. Las palabras de Juan al final del evangelio de hoy son un acto de humildad, pero también, si lo pensamos bien, una advertencia. Si Juan, el rebelde, el indómito del desierto, es tan pequeño ante aquel que viene, ¿quién viene, por Dios? Isaías dijo: "el Señor hará brotar la justicia y la alabanza ante todas las naciones" (Is 61,11). Entonces Dios toma nuestra historia en serio. La vida no es un botín para provecho de los más fuertes. Ningún hombre puede creerse indefinidamente señor y dueño de otros hombres. La vanidad cede y retrocede; la justicia de Dios brilla. ¡Qué hermosa visión de Adviento!
Sugerencias...
Cristianos con misión. No se puede separar el nombre de cristiano de la misión. Por definición, cristiano es el discípulo-misionero de Cristo, el que participa de la misma misión de Jesucristo. Los cristianos hemos de ser conscientes de la misión que tenemos en la Iglesia y en el mundo es la de santificar la vida y colaborar en la santificación de la de los demás. Los primeros destinatarios de la misión somos nosotros mismos (san Pablo VI, papa), porque sólo cuando nosotros somos evangelizados podemos ayudar en la evangelización de otros. ¿Cómo ser "misioneros" de nosotros mismos? El Espíritu Santo, que nos habla al corazón mediante la Biblia –Palabra de Dios– y a través de las enseñanzas de la Iglesia, nos irá mostrando a cada uno las formas personales y concretas de conseguirlo. Somos “discípulos-misioneros” entre nuestros hermanos independientemente de las circunstancias existenciales en que nos hallemos (Papa Francisco). Somos "de Cristo", y enviados por el mismo Cristo a anunciar (especialmente en esta pandemia) en la escuela, en la casa, en la oficina, en la calle, en el club, en el parlamento, etc.: que Él es el Salvador de todos, que Él es la Luz del mundo que ilumina todas las oscuridades de la conciencia individual y de la existencia social y colectiva, que Jesucristo Salvador crea un hombre nuevo y un estilo de vida nuevo, dignos de vivirse (cfr.: Papa León XIII y Pío XI).
Testimonio y Eucaristía. El “discípulo-misionero” vive en fidelidad su misión sobre todo cuando es testigo, es decir, cuando encarna en su vida de todos los días lo que va predicando de palabra en los diversos lugares y circunstancias diarias (san Pablo VI). El encuentro con Cristo Eucaristía consolida la vocación de testigo. En efecto, se da testimonio ante todo de que la Eucaristía es el centro de convergencia y punto de referencia de la fe y de la santidad, de todo el año, de toda la semana, de todo el día. Además, participando al misterio de la redención y alimentándonos con el Cuerpo y la Sangre del Señor, se recibe una fuerza espiritual inimaginable para ser testigo de Cristo Salvador, Luz del mundo y Rey de los corazones de los hombres. Finalmente, con la Eucaristía damos testimonio de pregustar ya al Señor que VIENE -en la Navidad mediante la actualización litúrgica del misterio- y VENDRÁ al fin de los tiempos para la plena comunión (abrazo definitivo) … misterio que ahora pregustamos sacramentalmente.
María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.
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