sábado, 19 de abril de 2025

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR


 DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025)

Primera: Éxodo 14, 15 – 15, 1; Salmo: Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23; Segunda: Romanos 6, 3-11; Evangelio: Lucas 24, 1-12

Nexo entre las LECTURAS
Los libros históricos nos han presentado la creación del mundo y del hombre. Ahora es el nuevo Adán, el Hombre verdadero, el que centra nuestra atención. La fe de Abrahán, dispuesto a sacrificar a su hijo, es figura del Cristo que se ha entregado por salvar a todos. Dios salvó a su pueblo de la esclavitud: el paso del Mar Rojo nos prepara para entender el paso de Cristo a través de la muerte a la nueva existencia, liberándonos a todos. Los profetas, en sus cuatro lecturas, nos han dicho palabras de esperanza y estímulo: los reuniré, les daré un corazón nuevo, los purificaré, serán mi pueblo, los amaré con misericordia eterna, los llenaré de toda clase de bienes... Y sobre todo Lucas nos anuncia la gran noticia de la Resurrección y san Pablo su actualización sacramental en el Bautismo, por el que nosotros mismos hemos sido sumergidos en la nueva existencia de Cristo.

Temas... Sugerencias... (cfr.: Papa Francisco)
«Pedro fue corriendo al sepulcro». ¿Qué pensamientos bullían en la mente y en el corazón de Pedro mientras corría? El Evangelio nos dice que los Once, y Pedro entre ellos, no creyeron el testimonio de las mujeres, su anuncio pascual. Es más, «lo tomaron por un delirio» (v.11). En el corazón de Pedro había por tanto duda, junto a muchos sentimientos negativos: la tristeza por la muerte del Maestro amado y la desilusión por haberlo negado tres veces durante la Pasión.
Hay en cambio un detalle que marca un cambio: Pedro, después de haber escuchado a las mujeres y de no haberlas creído, «sin embargo, se levantó» (v.12). No se quedó sentado a pensar, no se encerró en casa como los demás. No se dejó atrapar por la densa atmósfera de aquellos días, ni dominar por sus dudas; no se dejó hundir por los remordimientos, el miedo y las continuas habladurías que no llevan a nada. Buscó a Jesús, no a sí mismo. Prefirió la vía del encuentro y de la confianza y, tal como estaba, se levantó y corrió hacia el sepulcro, de dónde regresó «admirándose de lo sucedido» (v.12). Este fue el comienzo de la «resurrección» de Pedro, la resurrección de su corazón. Sin ceder a la tristeza o a la oscuridad, se abrió a la voz de la esperanza: dejó que la luz de Dios entrara en su corazón sin apagarla.
También las mujeres, que habían salido muy temprano por la mañana para realizar una obra de misericordia, para llevar los aromas a la tumba, tuvieron la misma experiencia. Estaban «despavoridas y mirando al suelo», pero se impresionaron cuando oyeron las palabras del ángel: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (v.5).
Al igual que Pedro y las mujeres, tampoco nosotros encontraremos la vida si permanecemos tristes y sin esperanza (Jubileo) y encerrados en nosotros mismos. Abramos en cambio al Señor nuestros sepulcros sellados –cada uno de nosotros los conoce–, para que Jesús entre y lo llene de vida; llevémosle las piedras del rencor y las losas del pasado, las rocas pesadas de las debilidades y de las caídas. Él desea venir y tomarnos de la mano, para sacarnos de la angustia. Pero la primera piedra que debemos remover esta noche es ésta: la falta de esperanza que nos encierra en nosotros mismos. Que el Señor nos libre de esta terrible trampa de ser cristianos sin esperanza, que viven como si el Señor no hubiera resucitado y nuestros problemas fueran el centro de la vida.
Continuamente vemos, y veremos, problemas cerca de nosotros y dentro de nosotros. Siempre los habrá, pero en esta noche hay que iluminar esos problemas con la luz del Resucitado, en cierto modo hay que «evangelizarlos». Evangelizar los problemas. No permitamos que la oscuridad y los miedos atraigan la mirada del alma y se apoderen del corazón, sino escuchemos las palabras del Ángel: el Señor «no está aquí. Ha resucitado» (v.6); Él es nuestra mayor alegría, siempre está a nuestro lado y nunca nos defraudará.
Este es el fundamento de la esperanza, que no es simple optimismo, y ni siquiera una actitud psicológica o una hermosa invitación a tener ánimo. La esperanza cristiana es un don que Dios nos da si salimos de nosotros mismos y nos abrimos a él. Esta esperanza no defrauda porque el Espíritu Santo ha sido infundido en nuestros corazones (cf. Rm 5,5). El Paráclito no hace que todo parezca bonito, no elimina el mal con una varita mágica, sino que infunde la auténtica fuerza de la vida, que no consiste en la ausencia de problemas, sino en la seguridad de que Cristo, que por nosotros ha vencido el pecado, ha vencido la muerte, ha vencido el miedo, siempre nos ama y nos perdona. Hoy es la fiesta de nuestra esperanza, la celebración de esta certeza: nada ni nadie nos podrá apartar nunca de su amor (cf. Rm 8,39).
 
El Señor está vivo y quiere que lo busquemos entre los vivos. Después de haberlo encontrado, invita a cada uno a llevar el anuncio de Pascua, a suscitar y resucitar la esperanza en los corazones abrumados por la tristeza, en quienes no consiguen encontrar la luz de la vida. Hay tanta necesidad de ella hoy. Olvidándonos de nosotros mismos, como siervos alegres de la esperanza, estamos llamados a anunciar al Resucitado con la vida y mediante el amor; si no es así seremos un organismo internacional con un gran número de seguidores y buenas normas, pero incapaz de apagar la sed de esperanza que tiene el mundo.
¿Cómo podemos alimentar nuestra esperanza? La liturgia de esta noche nos propone un buen consejo. Nos enseña a hacer memoria de las obras de Dios. Las lecturas, en efecto, nos han narrado su fidelidad, la historia de su amor por nosotros. La Palabra viva de Dios es capaz de implicarnos en esta historia de amor, alimentando la esperanza y reavivando la alegría. Nos lo recuerda también el Evangelio que hemos escuchado: los ángeles, para infundir la esperanza en las mujeres, dicen: «Recuerden cómo [Jesús] les habló» (v.6). Hacer memoria de las palabras de Jesús, hacer memoria de todo lo que él ha hecho en nuestra vida. No olvidemos su Palabra y sus obras, de lo contrario perderemos la esperanza y nos convertiremos en cristianos sin esperanza; hagamos en cambio memoria del Señor, de su bondad y de sus palabras de vida que nos han conmovido; recordémoslas y hagámoslas nuestras, para ser centinelas del alba que saben descubrir los signos del Resucitado.
¡Cristo ha resucitado! Y nosotros tenemos la posibilidad de abrirnos y de recibir su don de esperanza. Abrámonos a la esperanza y pongámonos en camino; que el recuerdo de sus obras y de sus palabras sea la luz resplandeciente que oriente nuestros pasos confiadamente hacia esa Pascua que no conocerá ocaso.

jueves, 17 de abril de 2025

HOMILIA VIERNES SANTO



VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (18 de abril 2025)

Primera: Isaías 52,13 – 53,12; Salmo: Sal 30, 2.6.12-13.15-16.17.25; Segunda: Hebreos 4, 14-16; 5,7-9 Evangelio: Juan 18, 1 – 19, 42

Nexo entre las LECTURAS

Las grandes lecturas de la liturgia de hoy giran en torno al misterio central de la cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar adecuadamente. Pero las tres  aproximaciones bíblicas tienen algo en común: que el milagro inagotable e inefable de la cruz se ha realizado «por nosotros». El siervo de Dios de la primera lectura ha sido ultrajado  por nosotros, por su pueblo; el sumo sacerdote de la segunda lectura, a gritos y con  lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el  autor de la salvación; y el rey de los judíos, tal y como lo describe la pasión según san Juan,  ha «cumplido» por nosotros todo lo que exigía la Escritura, para finalmente, con la sangre y  el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la salvación del mundo.

Temas... Sugerencias... (Cfr.: San Pablo VI)

Acabamos de contemplar/escuchar devotamente la Pasión del Señor en el SEÑOR. Queremos creer que todos hemos intuido su profundidad y riqueza.

Ahora extenderemos una mirada a la irradiación de esta Pasión, única y típica, centro de los destinos humanos, en la humanidad misma. Es el faro que ilumina al mundo: LA CRUZ ES LA LUZ.

Uno de estos aspectos es el sufrimiento humano. Está iluminado de un modo bien conocido, pero siempre singular, a la luz de la cruz el dolor (podríamos señalar todas las miserias, toda la pobreza, todas las enfermedades y hasta todas las debilidades, es decir, todas las condiciones que hacen una vida deficiente y necesitada de atenciones), el dolor aparece extrañamente asimilable a la Pasión de Cristo, como llamado a integrarse con ella, como constituyendo una condición de favor respecto a la redención obrada por la Cruz del Señor. El dolor se hace sagrado. Antes –y todavía, para quien se olvida que es cristiano– el sufrimiento parecía pura desgracia, pura inferioridad, más digna de desprecio y repugnancia que merecedora de comprensión, de compasión, de amor. Quien ha dado al dolor del hombre su carácter sobrehumano, objeto de respeto, de cuidados y de culto, es Cristo doliente, el gran hermano de todos los pobres, de todos los afligidos. Hay más, Cristo no muestra solamente la dignidad del dolor, Cristo lanza un llamamiento al dolor. Esta voz, hijos y hermanos, es la más misteriosa y la más benéfica que ha atravesado la escena de la vida humana. Cristo invita al dolor a salir de su desesperada inutilidad, a ser, unido al suyo, fuente positiva de bien, fuente no sólo de las más sublimes virtudes –desde la paciencia hasta el heroísmo y la sabiduría–, sino también de capacidad expiadora, redentora, beatificante, propia de la Cruz de Cristo. El poder salvífico de la Pasión de Cristo puede hacerse universal e inmanente en nuestros sufrimientos, sí –he ahí la condición– se acepta y soporta en comunión con sus sufrimientos. La “com–pasión”, de pasiva se hace activa; idealiza y santifica el dolor humano, lo complementa con el del Redentor (Cfr. Col 1, 24).

Todos, debemos recordar esta inefable posibilidad. Nuestros sufrimientos (siempre dignos de cuidados y remedios), se hacen buenos, preciosos. En el cristiano se inicia un arte extraño y estupendo, de saber sufrir, hacer que el propio dolor sirva para la redención propia y ajena.

Esta providencialidad del sufrimiento nos hace pensar en las condiciones, siempre tristes y ofensivas para los ideales humanos, en que la civilización moderna quisiera inspirarse, en las cuales todavía se encuentra en gran parte a la Iglesia católica. El cuerpo de Cristo está crucificado moralmente, pero con saña, todavía hoy, en muchas regiones del mundo; la Iglesia del silencio es todavía la Iglesia doliente, la Iglesia paciente, y en ciertos lugares, la Iglesia amordazada. Cristo podría preguntar, hoy también, a los modernos y hábiles perseguidores: “… ¿por qué me persigues?” (Hch 9, 4). Es triste para quien es objeto de tales tratos; es indigno para quienes los practican, aunque se enmascaren de hipocresías legales. Pero estamos seguros de que estas prolongadas pasiones están fortificadas por la asistencia divina y consoladas por nuestra com–pasión y la de toda la fraternidad universal cristiana, y esperarnos que sean precisamente, en virtud de la cruz de Cristo a la que se ofrecen y por la que sufren, fuente de gracia para cuantos las padecen, para toda la Iglesia y para todo el mundo.

Y otro aspecto, reflejo de la cruz de Cristo, sobre la faz de la tierra, es la paz. La paz, que es el bien supremo del orden humano, esa paz que es tanto más deseable, cuanto más se inclina el mundo a formas de vida interdependientes y comunitarias, de forma que una infracción de la paz en un punto determinado repercute sobre todo el sistema organizativo de las naciones; esa paz que se hace, por tanto, cada vez más necesaria y obligada; esa paz, que los esfuerzos humanos, aunque muy nobles y dignos de aplauso y de solidaridad, difícilmente consiguen tutelar en su integridad y sostener con otros medios que no sean el temor y el interés temporal. La paz de Cristo llueve de lo alto, es decir, proyecta sobre la tierra y entre los hombres motivos y sentimientos originales y prodigiosos; lo sabemos, y viene precisamente de Aquel, como escribe San Pablo, que “por divina complacencia debía recapitular en sí todas las cosas habiéndolas pacificado con su sangre desde su cruz” (Cfr. Col 1, 20), de forma que los hombres, divididos y enemigos entre sí fueran “reconciliados en un cuerpo único por medio de la cruz” (Cfr. Ef 2, 16). Cristo Redentor nos ha enseñado cómo y por qué los hombres debemos y podemos vivir en la verdadera paz, y nos la ha conseguido si de verdad queremos.

Deberíamos terminar esta “conmovida y pública adoración” del Viernes Santo pidiendo a Cristo “nuestra paz” (Ef 2, 14.) la paz para el mundo. En este momento están presentes a nuestro espíritu, los puntos geográficos y políticos, donde está herida la paz, donde está amenazada. Enviemos nuestro pensamiento lleno de buenos augurios a los hombres que se esfuerzan rectamente por salvar la paz, y para que los hombres sepan mantenerse hermanos en Cristo enviemos al mundo –y a todos los aquí presentes que oramos y esperamos (Jubileo)–, la bendición de Dios.

'Solo la misericordia salvara al mundo'. Gracias, amado Redentor, ¡gracias!

HOMILIA JUEVES SANTO 2025


JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR (17 de abril 2025)

Primera: Éxodo 12, 1-8.11-14; Salmo: Sal 115, 12-13.15-16bc.17-18; Segunda: 1Corintios 11, 23-26; Evangelio: Juan 13, 1-15

Nexo entre las LECTURAS

El Jueves Santo es un canto a la liberación. En él celebramos la Pascua cristiana: el paso liberador de Dios por la historia mediante la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, conmemorada en la celebración de la Eucaristía (segunda lectura). La Pascua –cristiana– revive y perfecciona otra pascua, otra liberación, llevada a cabo por Dios mediante su siervo Moisés: la liberación de los israelitas de la esclavitud egipcia (primera lectura). El texto evangélico nos sitúa ante una liberación interior, la liberación de nuestro egoísmo para ser libres, amar y servir a nuestros hermanos, siguiendo el ejemplo de Jesucristo.

Temas... Sugerencias... (cfr.: San Pablo VI)

Que ésta sea para nosotros la hora del renacimiento de la gran memoria. Está presente en nuestra mente todo lo que se dijo, todo lo que se realizó en esta última Cena nocturna, tan querida por el mismo divino Maestro (Lc 22, 15), en la víspera de su pasión y de su muerte. Él mismo quiso dar a ese encuentro tal plenitud de significado, tal riqueza de recuerdos, tal emoción de palabras y de sentimientos, tal novedad de acciones y de preceptos, que nunca terminaremos de meditar y explorar. Es una Cena testamentaria; Es una Cena infinitamente cariñosa (Jn 13,1), inmensamente triste (Ibíd 16,6), y al mismo tiempo misteriosamente reveladora de promesas divinas, visiones supremas. La muerte se avecina, con presagios inauditos de traición, abandono, inmolación; la conversación se apaga inmediatamente, mientras las palabras de Jesús fluyen continuamente, nuevas, dulcísimas, tendiendo a confidencias supremas, casi flotando entre la vida y la muerte. El carácter pascual de aquella Cena se intensifica y evoluciona; la antigua alianza centenaria que allí se reflejaba se transforma y se convierte en una nueva alianza; el valor sacrificial, liberador y salvador del cordero inmolado, que da alimento y símbolo a la comida ritual, se explica y se concentra en una nueva víctima, en una nueva comida; Jesús declara que Él mismo, su Cuerpo y su Sangre, son el objeto y el sujeto del sacrificio, aquí, en la mesa, previsto, significado, ofrecido, para ser realizado, consumido, sufrido en continuidad de intención y acción; hizo alimento para aquellos que tenían la capacidad y el hambre de la vida eterna. De aquella Cena de despedida, dolorosa y amorosa, brota el sacrificio eucarístico; lo sabemos y estamos deslumbrados por ello; Pero he aquí una sorpresa extrema, una que para nosotros, esta noche, forma el punto focal de nuestra atracción y de nuestra compasión; ¿Quién hubiera podido imaginar una palabra tan sintética y perpetuadora saliendo de los labios del Maestro, ahora candidato a la muerte, y a ser Él el verdadero, el único cordero pascual: «Hagan esto en memoria mía»? (1 Corintios 11,24)

Estamos en este momento cumpliendo esta palabra del Señor. Siempre, celebrando la Misa, renovando el sacrificio eucarístico, repetimos aquella palabra, que asocia la institución del sacramento de la presencia inmolada de Cristo, es decir, la Eucaristía, a la institución de otro sacramento, el del sacerdocio ministerial, mediante el cual el «memorial» de la Última Cena y del sacrificio de la cruz no es simplemente nuestro acto de memoria religiosa (como quieren algunos disidentes), sino que es una “anamnesis misteriosa”, eficaz, real de lo que Jesús realizó en la Cena y en el Calvario; es decir, el reflejo fiel de su sacrificio único, con misteriosa victoria sobre las distancias del tiempo y del espacio, y con la prodigiosa y renovada coincidencia de nuestra Misa con la presencia y acción del divino Cordero Eucarístico, reinando glorioso a la diestra del Padre, pero para nosotros, en la historia presente, verdaderamente representado en su acción sacrificial y redentora.

¡Misterio de fe! También nosotros lo sabemos y lo adoramos y lo contemplamos siempre, con fervor inagotable: reavivaremos su fuego en la fiesta del «Cuerpo y Sangre de Cristo». Pero ahora estamos en camino desde este descubrimiento, porque tal nos parece siempre la consideración del Sacerdocio católico, del poder conferido a un ministerio humano para renovar, perpetuar, difundir el misterio eucarístico.

Podemos decir dos cosas inmediatamente: que en la ofrenda de la Eucaristía participa y es activo todo el Pueblo de Dios, creyentes y fieles, revestido como está de un «sacerdocio real», como escribe el apóstol Pedro (1 Pe 2, 5 y 9) y como felizmente ha reafirmado el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium , 10); y como tal hoy, Jueves Santo, está particularmente invitado a alegrarse por la institución de la Eucaristía, a exaltar sus infinitos tesoros divinos de amor y de sabiduría, y a participar en ella precisamente respondiendo a la intención difusiva y multiplicadora que Cristo, y con él la Iglesia, han querido caracterizar este sublime misterio del Pan eucarístico puesto a disposición de todos. Y, en segundo lugar, recordaremos que la distinción esencial entre el Sacerdocio ministerial y el Sacerdocio común no se concibe como un privilegio, que separa al Sacerdote de los fieles cristianos laicos, sino como un ministerio, un servicio que el primero debe rendir a los segundos, un carácter, sí, enteramente propio de quien es elegido para actuar como ministro sacerdotal del Pueblo de Dios, pero intencionadamente social, o mejor, capacitado para la caridad, dispensador amoroso de los misterios de Dios (Cf. 1 Cor . 4,1; 2 Cor . 6,4; cf. M. DE LA TAILLE, Mysterium Fidei , p. 327 ss.).

Es nuestro deber reafirmar en la consciente plenitud de este momento sagrado es el misterio de nuestro Sacerdocio Católico, que está junto al Sacerdocio Eucarístico, y se entrelaza y se confunde con él. Debe surgir espontáneamente en nuestro corazón una alegría inefable por la comunión específica que nos une hoy a todos nuestros hermanos en el sacerdocio y al santo pueblo de Dios que se beneficia con nuestra entrega. ¿Quién más que nosotros, Sacerdotes, podemos decir con auténtica y mística realidad: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí»? (Gal 2, 20) ¿Qué mayor caridad podría manifestar Jesucristo hacia nosotros que llamándonos, a todos y cada uno, sus amigos (Jn 15, 14; 15, 15) y transfiriendo a cada uno de nosotros el poder prodigioso de consagrar la Eucaristía? ¿Podría habernos dado mayores pruebas de confianza? ¿Y cómo podríamos cuestionar nuestra elección por un ministerio así, cuando debemos recordar que surge de su iniciativa preferencial (cf. Jn 15,16), en el encuentro con nuestra respuesta personal, libre y amorosa? ¿No deberíamos –tal vez– hacer nuestra una respuesta sencilla pero estupenda aunque estemos sacudidos, como tantos, por las inquietudes y las dudas de las protestas típicas de nuestro tiempo: diciendo con nuestra vida y nuestras palabras: “Soy feliz”?

Sí: hoy debemos dar gracias al Señor por haber instituido este divino y misterioso Sacramento, la Eucaristía; y todos debemos añadir a su gloria y a nuestro consuelo: somos felices de que, junto a ella, la Eucaristía, para hacerla actual, multiplicarla y difundirla, tú, Señor, hayas comunicado a algunas personas elegidas y responsables, en tu Iglesia, tu santo y maravilloso Sacerdocio. ¡Que ésta sea nuestra expresión espiritual para este Jueves Santo!

martes, 15 de abril de 2025

En Ingles podscat de la homilia de Pascua

 https://notebooklm.google.com/notebook/9da55531-bb4e-462f-8d2f-9fc5efe8d31b

HOMILIA DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR- MISA DEL DÍA

 


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

MISA DEL DÍA (Domingo 20 de abril 2025)

Primera: Hechos 10, 34.37-43; Salmo: Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23; Segunda: 1Corintios 5, 6b-8; Evangelio: Juan 20, 1-9

Nexo entre las LECTURAS

Cristo resucitado, Él es el mensaje central de la liturgia de Pascua. Ante todo, Jesucristo resucitado, como objeto de fe, ante la evidencia del sepulcro vacío: "vio y creyó" (evangelio). Cristo resucitado, objeto de proclamación y de testimonio ante el pueblo: "A Él, a quien mataron colgándolo de un madero, Dios lo resucitó al tercer día" (primera lectura). Cristo resucitado, objeto de transformación, levadura nueva y ácimos de sinceridad y de verdad: "Sean masa nueva, como panes pascuales que son, pues Cristo, que es nuestro cordero pascual, ha sido ya inmolado" (segunda lectura).

Temas...

EL HECHO: El evangelista Juan nos relata dos hechos. María Magdalena, la más madrugadora, va al sepulcro y se encuentra la piedra quitada, el sepulcro vacío. No creyó. Se limitó a contar lo que le pareció más razonable: "se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto". El segundo hecho es la visita temprana de Pedro y Juan, avisados por las palabras de María Magdalena. Salen corriendo. Naturalmente corre más y llega antes Juan, pero espera a que Pedro llegue y entre. Pedro ve el sepulcro vacío, pero también las vendas por el suelo y el sudario, cuidadosamente plegado y puesto aparte. Juan vio lo mismo. Vio y creyó. Vio la tumba vacía y las vendas y el sudario aparte, y creyó que Jesús había resucitado. Y creyeron en las Escrituras y en las palabras de Jesús, que había anunciado su muerte y resurrección.

EL EVANGELIO: El evangelio es la Buena Noticia de la resurrección de Jesús. Más que un hecho, es un acontecimiento que cambia la vida y el mundo. Pues si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos. Por eso es una buena noticia, la mejor para todos. En el evangelio se anuncia lo imposible, sí, pero también lo irrenunciable, la resurrección, la vida después de la vida, el triunfo y desmitificación contra la muerte. Morir ya no es morir, es sólo un paso, el tránsito hacia la vida perdurable y feliz. Así lo entendieron los apóstoles. No entendieron sólo que la causa de Jesús perduraba, ni que Jesús pasaba a la historia de los inmortales. Entendieron/comprendieron/creyeron que Jesús estaba vivo. Y anunciaron que su promesa de vida eterna era una promesa que se cumpliría en ellos y en todos.

LA EVANGELIZACIÓN: Y así lo proclamaron a los cuatro vientos, haciendo hincapié en su experiencia: nosotros somos testigos, lo hemos visto todo. Hemos vivido con él, hemos asistido atónitos a su muerte y, cuando todo parecía acabado en la frialdad de la tumba, la tumba está vacía y el muerto ha resucitado. Y nosotros con él. Evangelizar es siempre eso, anunciar la Buena Noticia, proclamar la resurrección del Señor, anunciar a todos que la muerte ha sido vencida, que la muerte no es el final, que la vida sigue más allá de la muerte. Jesús ha derribado de una vez por todas el muro de la desesperación humana. Ya hay camino hacia una nueva humanidad, porque lo imposible ya es posible por la gracia y con la gracia de Dios. ¿Lo creemos? ¿lo anunciamos?

LA FE QUE VENCE AL MUNDO: Creer en la resurrección de Jesús no es sólo tener por cierta su resurrección, sino resucitar, como nos dice san Pablo. Creer es realizar en la vida la misma experiencia de la vida de Jesús. Es ponernos en su camino y en el camino de nuestra exaltación, resueltamente y sin echar marcha atrás. Jesús entendió su exaltación como subida a la cruz, como servicio y entrega por todos, dando su vida hasta la muerte. El que ama y va entregando su vida con amor, va ganando la vida y verifica ante el mundo la fuerza de la resurrección, porque en "esto hemos conocido que hemos pasado de la muerte a la vida, en que amamos a los hermanos", en que estamos dispuestos a dar la vida y no a quitarla. Sólo esta fe viva, esta experiencia de la nueva vida inaugurada por el Resucitado, puede discutir a la muerte y a la violencia su dominio. Sin esa fe, nada de lo que digamos sobre la resurrección podrá ayudar a los otros. Tenemos que ser testigos de la resurrección, resucitando y ayudando a alumbrar la nueva vida.

EL TESTIMONIO: Creer es ser testigos de la resurrección. Creer es resucitar, vencer ya en esta vida por la esperanza la desesperación de la muerte. La fe en la resurrección de Jesús es la única fuerza capaz de disputar a la muerte, y a los ejecutores de la muerte, sus dominios. La muerte (el pecado) es el gran enemigo, el mayor enemigo del hombre. El poder de la muerte se evidencia en el hambre, en las enfermedades y catástrofes, en la violencia y el terrorismo, en la explotación, en la marginación, en las injusticias, en todo cuanto mortifica a los hombres y a los pueblos. Creer en la resurrección es sublevarse ya contra ese dominio de muerte. Es trabajar por la vida, por la convivencia en paz. Es trabajar y apoyar a los pobres y marginados, a los desprotegidos, a los oprimidos. Y debe ser también plantar cara a los partidarios de la muerte, a los asesinos, a los violentos, a los explotadores, a los racistas y extremistas. Porque sólo trabajando para la vida puede resultar creíble la fe en una vida eterna y feliz.

Sugerencias...

‘Experimentar’ a Cristo resucitado. La experiencia se hace o no se hace, se tiene o no se tiene. No puedes mandar un representante para que haga la experiencia por ti. El cristianismo es una fe, pero penetrada por una experiencia vital, a fin de que la fe no decaiga. La experiencia viva de Cristo resucitado la puede hacer cualquier cristiano. Puesto que es un don que Dios concede, lo primero que habrá que hacer es pedirla. ¡Qué mejor día que el Domingo de Pascua de Resurrección para pedir al Señor la gracia de esta experiencia! El cristiano puede disponerse a recibir el don de esta experiencia, mediante el desarrollo de una sensibilidad espiritual creciente. Al contacto con Dios, el hombre va gustando a Dios y las cosas de Dios, va adquiriendo una mayor capacidad de escucha y de docilidad al Espíritu, va sintonizando más con la fe de la Iglesia (dones del Espíritu Santo). Esto constituye el terreno cultivado para que en él pueda nacer y florecer la experiencia de Cristo resucitado. Todos sin excepción estamos llamados a hacer esta experiencia. No pensemos que es sólo para unos seleccionados previamente, es para todos. Esa experiencia viva e intensa toca y cambia la mentalidad, las costumbres, el estilo de vida, el modo de relacionarse con los demás, los criterios de acción, las mismas obras, hasta el mismo carácter. Pidamos al Señor que aumente nuestra fe y que nuevamente hagamos la experiencia de Cristo resucitado en nuestra vida.

Cristo resucitado nos ha hecho partícipes de su vida divina mediante el bautismo y la gracia santificante, y desea continuar repitiendo en nosotros su presencia ejemplar en la historia. Vivamos la experiencia de Cristo resucitado, y estemos seguros de vivir siempre un comportamiento moral digno del hombre… ayudados así, la resurrección de Jesucristo será el centro de nuestra vida y de nuestra fe y seremos sus testigos hasta los confines del mundo.

María, Reina de los Apóstoles, Madre Misionera, ruega por nosotros.

HOMILIA VIGILIA PASCUAL 2025 P. Angel

 DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025)

Primera: Éxodo 14, 15 – 15, 1; Salmo: Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23; Segunda: Romanos 6, 3-11; Evangelio: Lucas 24, 1-12

Nexo entre las LECTURAS
Los libros históricos nos han presentado la creación del mundo y del hombre. Ahora es el nuevo Adán, el Hombre verdadero, el que centra nuestra atención. La fe de Abrahán, dispuesto a sacrificar a su hijo, es figura del Cristo que se ha entregado por salvar a todos. Dios salvó a su pueblo de la esclavitud: el paso del Mar Rojo nos prepara para entender el paso de Cristo a través de la muerte a la nueva existencia, liberándonos a todos. Los profetas, en sus cuatro lecturas, nos han dicho palabras de esperanza y estímulo: los reuniré, les daré un corazón nuevo, los purificaré, serán mi pueblo, los amaré con misericordia eterna, los llenaré de toda clase de bienes... Y sobre todo Lucas nos anuncia la gran noticia de la Resurrección y san Pablo su actualización sacramental en el Bautismo, por el que nosotros mismos hemos sido sumergidos en la nueva existencia de Cristo.
Temas... Sugerencias... (cfr.: Papa Francisco)
«Pedro fue corriendo al sepulcro». ¿Qué pensamientos bullían en la mente y en el corazón de Pedro mientras corría? El Evangelio nos dice que los Once, y Pedro entre ellos, no creyeron el testimonio de las mujeres, su anuncio pascual. Es más, «lo tomaron por un delirio» (v.11). En el corazón de Pedro había por tanto duda, junto a muchos sentimientos negativos: la tristeza por la muerte del Maestro amado y la desilusión por haberlo negado tres veces durante la Pasión.
Hay en cambio un detalle que marca un cambio: Pedro, después de haber escuchado a las mujeres y de no haberlas creído, «sin embargo, se levantó» (v.12). No se quedó sentado a pensar, no se encerró en casa como los demás. No se dejó atrapar por la densa atmósfera de aquellos días, ni dominar por sus dudas; no se dejó hundir por los remordimientos, el miedo y las continuas habladurías que no llevan a nada. Buscó a Jesús, no a sí mismo. Prefirió la vía del encuentro y de la confianza y, tal como estaba, se levantó y corrió hacia el sepulcro, de dónde regresó «admirándose de lo sucedido» (v.12). Este fue el comienzo de la «resurrección» de Pedro, la resurrección de su corazón. Sin ceder a la tristeza o a la oscuridad, se abrió a la voz de la esperanza: dejó que la luz de Dios entrara en su corazón sin apagarla.
También las mujeres, que habían salido muy temprano por la mañana para realizar una obra de misericordia, para llevar los aromas a la tumba, tuvieron la misma experiencia. Estaban «despavoridas y mirando al suelo», pero se impresionaron cuando oyeron las palabras del ángel: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (v.5).
Al igual que Pedro y las mujeres, tampoco nosotros encontraremos la vida si permanecemos tristes y sin esperanza (Jubileo) y encerrados en nosotros mismos. Abramos en cambio al Señor nuestros sepulcros sellados –cada uno de nosotros los conoce–, para que Jesús entre y lo llene de vida; llevémosle las piedras del rencor y las losas del pasado, las rocas pesadas de las debilidades y de las caídas. Él desea venir y tomarnos de la mano, para sacarnos de la angustia. Pero la primera piedra que debemos remover esta noche es ésta: la falta de esperanza que nos encierra en nosotros mismos. Que el Señor nos libre de esta terrible trampa de ser cristianos sin esperanza, que viven como si el Señor no hubiera resucitado y nuestros problemas fueran el centro de la vida.
Continuamente vemos, y veremos, problemas cerca de nosotros y dentro de nosotros. Siempre los habrá, pero en esta noche hay que iluminar esos problemas con la luz del Resucitado, en cierto modo hay que «evangelizarlos». Evangelizar los problemas. No permitamos que la oscuridad y los miedos atraigan la mirada del alma y se apoderen del corazón, sino escuchemos las palabras del Ángel: el Señor «no está aquí. Ha resucitado» (v.6); Él es nuestra mayor alegría, siempre está a nuestro lado y nunca nos defraudará.
Este es el fundamento de la esperanza, que no es simple optimismo, y ni siquiera una actitud psicológica o una hermosa invitación a tener ánimo. La esperanza cristiana es un don que Dios nos da si salimos de nosotros mismos y nos abrimos a él. Esta esperanza no defrauda porque el Espíritu Santo ha sido infundido en nuestros corazones (cf. Rm 5,5). El Paráclito no hace que todo parezca bonito, no elimina el mal con una varita mágica, sino que infunde la auténtica fuerza de la vida, que no consiste en la ausencia de problemas, sino en la seguridad de que Cristo, que por nosotros ha vencido el pecado, ha vencido la muerte, ha vencido el miedo, siempre nos ama y nos perdona. Hoy es la fiesta de nuestra esperanza, la celebración de esta certeza: nada ni nadie nos podrá apartar nunca de su amor (cf. Rm 8,39).
El Señor está vivo y quiere que lo busquemos entre los vivos. Después de haberlo encontrado, invita a cada uno a llevar el anuncio de Pascua, a suscitar y resucitar la esperanza en los corazones abrumados por la tristeza, en quienes no consiguen encontrar la luz de la vida. Hay tanta necesidad de ella hoy. Olvidándonos de nosotros mismos, como siervos alegres de la esperanza, estamos llamados a anunciar al Resucitado con la vida y mediante el amor; si no es así seremos un organismo internacional con un gran número de seguidores y buenas normas, pero incapaz de apagar la sed de esperanza que tiene el mundo.
¿Cómo podemos alimentar nuestra esperanza? La liturgia de esta noche nos propone un buen consejo. Nos enseña a hacer memoria de las obras de Dios. Las lecturas, en efecto, nos han narrado su fidelidad, la historia de su amor por nosotros. La Palabra viva de Dios es capaz de implicarnos en esta historia de amor, alimentando la esperanza y reavivando la alegría. Nos lo recuerda también el Evangelio que hemos escuchado: los ángeles, para infundir la esperanza en las mujeres, dicen: «Recuerden cómo [Jesús] les habló» (v.6). Hacer memoria de las palabras de Jesús, hacer memoria de todo lo que él ha hecho en nuestra vida. No olvidemos su Palabra y sus obras, de lo contrario perderemos la esperanza y nos convertiremos en cristianos sin esperanza; hagamos en cambio memoria del Señor, de su bondad y de sus palabras de vida que nos han conmovido; recordémoslas y hagámoslas nuestras, para ser centinelas del alba que saben descubrir los signos del Resucitado.
¡Cristo ha resucitado! Y nosotros tenemos la posibilidad de abrirnos y de recibir su don de esperanza. Abrámonos a la esperanza y pongámonos en camino; que el recuerdo de sus obras y de sus palabras sea la luz resplandeciente que oriente nuestros pasos confiadamente hacia esa Pascua que no conocerá ocaso.


lunes, 7 de abril de 2025

HOMILIA DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR cC (13 de abril 2025)

 

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR cC (13 de abril 2025)

Primera: Isaías 50, 4-7; Salmo: Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Segunda: Filipenses 2, 6-11; Evangelio: Lucas 22, 14 – 23, 52

Nexo entre las LECTURAS

¡El dolor! Realidad histórica y designio de Dios. Aquí está el centro del mensaje del Domingo de Ramos. El Siervo de Yahvéh (primera lectura) sufre golpes, insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el sentido del dolor. San Pablo, en el himno cristológico de la carta a los filipenses (segunda lectura), canta a Cristo que "se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo". En la narración de la pasión según san Lucas, Jesús afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un esclavo, pero sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello confía al Padre su espíritu. Por eso decimos con fe que el dolor es redentor.

Temas...

«Perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)

Esta palabra parece no encajar en lo que está ocurriendo. Porque, si nos paramos a pensar con detenimiento, ¿en qué cabeza cabe que después de ser traicionado y negado; después de recibir golpes y burlas y justo en el momento de ser clavado en la cruz, la primera palabra que salga de los labios de Jesús sea «perdón»? ¿Cómo antes de buscar cobijo y amparo para su madre –que observaba todo (cfr. Lc 23, 49)– es más, cómo antes de confiar su espíritu al Padre lo primero que suplica e implora es compasión para sus verdugos? En los cálculos mentales humanos es prácticamente impensable que pueda ocurrir semejante situación. Sin embargo, hay biblistas que afirman que esta palabra no solo es clave dentro del relato evangélico, sino necesaria, imprescindible, vital. ¿Por qué? Pues porque es la que hace que el texto se ajuste no a los cálculos humanos, sino a los de Dios. El tema del perdón es fundamental en el evangelio de Lucas. La conocida como parábola del hijo pródigo (cfr. Lc 15, 11-32), entre otros relatos, ejemplifica, y de qué manera, esto que decimos. Por ello, lo que podemos contemplar en esta palabra es que Jesús, en el momento de mayor dolor físico, abandono afectivo y sufrimiento racional sigue siendo coherente con su predicación y nos ofrece su propio ejemplo. No echemos en el olvido que Jesús de Nazaret, después de proclamar el mensaje de las Bienaventuranzas en el sermón del llano (cfr. Lc 6,20-26), la primera indicación que lanza es «amen a sus enemigos, traten bien a los que los odian; bendigan a los que los maldicen, recen por los que los injurian» (Lc 6,27-28). Y es que Jesús, al extender sus brazos en la cruz acoge tanto a ‘amigos’ como ‘enemigos’. Porque es así como podrá condenar todo odio, toda ira y toda cerrazón y dureza de corazón del ser humano de todos los tiempos.

«Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43)

Solo Lucas pone voz al que se conoce como «buen Ladrón ». Los otros evangelistas –Mateo y Marcos– sobre los dos «ladrones» indican que se unían, desde sus patíbulos, a las ofensas y reproches que las autoridades tanto civiles como religiosas proferían contra Jesús. Pero en Lucas hemos de centrarnos en la actitud del ‘bueno’. Y en él podemos descubrir que era consciente de la injusticia que se estaba cometiendo con Jesús. Y no solo eso. También sabía que su destino –el de Jesús– iba a ser dichoso porque traspasa las fronteras de este mundo colmado de tanto malhechor y sinvergüenza. ¡Qué paradoja! ¿Quién iba a pensar que un absoluto desconocido; un maleante, delincuente culpable de delitos graves y condenado a muerte por ello, fuera el que reconoció a Jesús como portador de un Reino de felicidad plena en el que nadie, por muy inmoral que haya sido, es olvidado para siempre? Mientras que Pedro, el amigo, el confidente, el incondicional dispuesto a todo, incluso a lo más extremo (cfr. Lc 22,33), había negado rotundamente pocas horas antes, conocer siquiera la existencia de Jesús. Sabemos que bastó una mirada directa (cfr. Lc 22,61), indescriptible, pero con toda seguridad colmada de amor y ternura, para que el primer Papa de la historia reconociera la gravedad de su pecado: negar a Dios. Por ello, esta palabra dirigida al buen Ladrón nos ha de llevar a contemplar que en una vida repleta de errores siempre va a estar presente la posibilidad de transformación. Porque la conversión nos habla del hoy misericordioso de Dios que, actuando en la historia, cambia la necedad del hombre por conocimiento y sabiduría. Porque el buen Ladrón no pidió un puesto de honor en el Reino de Jesús, como otros se habían disputado (cfr. Lc 22,24). Eso lo había conseguido sin necesidad de pedirlo. Este delincuente solo imploraba que fuese recordado por Aquel en quien había descubierto, no la posibilidad de ser indultado de sus delitos, sino algo mucho mayor a la par que liberador. Porque la palabra que dirigió Jesús al Ladrón bueno antes de que ambos cerraran los ojos en este mundo, le abrió, en ese preciso instante, las puertas de la felicidad plena para que su conversión sincera, su confianza en Dios y su oración de petición fueran recordadas como ejemplo a seguir, por toda la eternidad.

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46)

Antes de que Jesús pronuncie esta última palabra, Lucas nos ha ido preparando para que descubramos que algo grande va a ocurrir. Y es que el mundo se ha quedado a oscuras; y en el Templo, el velo, ese que debía ocultar lo más sagrado, se ha roto por la mitad (cfr. Lc 23, 44-45). Por ello, después de esto, Jesús se lanza con una confianza absoluta a los brazos del Padre. A diferencia de otros evangelistas en Lucas no encontraremos grito alguno en este momento (cfr. Mt 27,50; Mc 15,37). ¿Es importante esta distinción? Y otra cuestión. ¿Por qué Lucas ha puesto en labios de Jesús el salmo 31 en lugar del salmo 22, como encontramos en otros relatos (cfr. Mt 27,46; Mc 15,34)? La respuesta al interrogante planteado quizá sea que Jesús, sin tener duda alguna, sabe que Dios jamás abandonará a nadie. Y menos en momentos de sufrimiento, angustia y soledad. Así pues, en esta palabra hemos de descubrir y contemplar el culmen de esa esperanza (Jubileo 2025) que Jesús de Nazaret había mostrado siempre a lo largo de su vida con sus dichos y hechos. Sin embargo, la realidad es que el mundo, en esa hora, ha quedado en tinieblas. La oscuridad lo domina todo. Tan solo falta dar sepultura (cfr. Lc 23, 50-56). ¿Y ahora? ¿De verdad que esta es la última palabra? ¿De verdad que no hay nada más que decir? Sabemos perfectamente que la respuesta es no. Cristo ha entregado su espíritu. Y aquí, en esta palabra –espíritu– está la clave. Porque será ahora el Espíritu el que va a dar el impulso necesario para que la predicación del Evangelio llene de luz la vida del ser humano. Para que descubra que hay una claridad nueva más allá de lo conocido. En definitiva, para que el confiar del hombre quede preñado de esperanza, y se siga lanzando, en cualquier situación de adversidad, a los brazos del Padre.

Sugerencias...

El dolor, un tesoro escondido. El hombre tiene miedo del dolor. Quisiera eliminarlo, arrancarlo de la vida humana, e incluso de la vida animal. Parece como si el dolor fuera solo mal, un mal abominable, un ‘agujero negro’ en el gran universo humano que devora todo lo que entra en su campo de acción. Parece como si la gran batalla de la historia actual fuera contra el dolor en lugar de ‘por el hombre’. Hay que rezar y reflexionar sobre esto, porque a veces resulta que logramos destruir el dolor, pero de tal manera que destruimos también algo del hombre. Los padres, para que sus hijos no sufran, no les quieren negar nada, les dejan hacer todos sus caprichos, pero... ¿no están de esta manera perjudicándolos a largo plazo? A los ancianos, a los enfermos terminales se les amortiguan los dolores con medicinas que les hacen perder en gran parte la conciencia. ¿No se les hace perder así libertad y nobleza de espíritu ante el dolor? No respaldar el sufrimiento en sí, es necesario aliviarlo lo más posible, recemos por la asunción humana del sufrimiento. No son infrecuentes los casos de jóvenes y adultos que ante el fracaso escolar o profesional, ante una decepción amorosa, ante un escándalo de corrupción, prefieren acabar con la vida o entran en una desilusión aplastante que no quieren enfrentarse con el rostro doloroso de la situación. ¿Por qué? Porque no se conoce, no se ha descubierto el tesoro escondido en el dolor (Papa Francisco). Para el hombre es un tesoro escondido de humanización. Para el cristiano es un tesoro escondido de asimilación del estilo de Cristo, de valor redentor. También San Juan Pablo II ha tenido la osadía de hablar del Evangelio del sufrimiento, ciertamente del sufrimiento de Cristo, pero, junto con Él, del sufrimiento del cristiano. Estamos llamados a vivir este Evangelio en las pequeñas penas de la vida, estamos llamados a predicarlo con sinceridad y con amor, de manera especialísima este Año Jubileo.

Consuelo en el dolor. La medicina está descubriendo que la presencia amiga junto al lecho del enfermo puede aliviar el dolor más que una inyección de morfina. Hay una relación estrecha entre el alma y el cuerpo, y el consuelo espiritual de una cercanía suaviza los más terribles sufrimientos. Nos dice de manera buena y paternal el Santo Padre que las obras de misericordia espirituales (instruir, consolar, confortar, sufrir con paciencia...) y corporales (dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos...), son formas tradicionales y novedosas de ayudar al hombre en su dolor. Son formas que continúan siendo válidas e indispensables. Junto a ellas surgen y surgirán nuevas formas según las necesidades de nuestro tiempo. Lo que importa es tener conciencia de que, como discípulos misioneros, hemos de acompañar a los hombres en su dolor, hemos de ser serviciales con aquel que padece sufrimientos, hemos de aliviar con nuestra cercanía y nuestro consuelo sus sufrimientos y los nuestros. ¿No es una buena forma de alivio el enseñar a los que sufren a dar sentido y valor a sus sufrimientos? ¿y aprenderlo nosotros mismos?

Nuestra Señora de los dolores, ruega por nosotros.

viernes, 28 de marzo de 2025

HOMILIA Cuarto Domingo de CUARESMA cC (30 de marzo 2025)

 Cuarto Domingo de CUARESMA cC (30 de marzo 2025)

UNA PARÁBOLA FAMILIAR. Hoy sale a nuestro encuentro una parábola muy familiar. Familiar en un doble sentido. Por un lado, nos es muy conocida. Por eso nos parece que ya tenemos claro qué nos dice y no nos paramos demasiado a profundizar en ella. Por otro, nos plantea unos problemas de relaciones familiares, a través de las cuales Dios quiere hablarnos de nuestras relaciones con él, y de las que hemos de tener con todos los que se reúnen en el interior de su casa en el seno de su familia.
Para empezar a acercarnos, en nuestro caso, a esta parábola, será bueno recordar que se nos presenta en el marco de los Domingos en que la Iglesia nos propone decididamente sumergirnos en lo que significa "conversión" en la cuarta semana. Así pues, bajo esta óptica, básicamente tendrá que ser considerada.
EL HIJO MENOR. El hijo menor es el que habitualmente ha dado nombre a la parábola. De hecho, es de quien más cosas se explican. En lo referente a la enseñanza que hoy hemos de obtener, hemos de afirmar que, avanzando en lo dicho el pasado Domingo que se "paraba" en la necesidad que tenemos de conversión, aquí se nos describen todos los pasos que la conversión implica. El hijo menor, el que llamamos "pródigo", se prodiga en el pecado hasta que toca fondo y empieza a llorar su estado miserable. Puede parecer un punto de partida débil para que se reconozca pecador; pero se reconoce como tal y hace todo lo que requiere la más sincera conversión: rehacer el camino que lleva a la casa paterna, confesar arrepentido —ante Dios— su pecado, entrar a celebrar la fiesta del perdón. Se trata de los tres pasos que debemos plantearnos cómo damos, en concreto, cada uno de nosotros.
El HIJO MAYOR. Sabemos del hijo mayor que ha sido fiel al trabajo en la propiedad paterna. Pero no se ha fijado en la manera de ser del padre. Y eso le conduce hasta no querer entrar en casa cuando se encuentra frente a situaciones que no acaba de entender. Se trata de quien se cree justo y no tiene necesidad de conversión. ¿Cuál es su pecado? Podría pensarse en la envidia. En realidad es un pecado más sutil: la falta de misericordia. No se nos dice qué más hace, pero nos da ocasión, a partir de la respuesta del padre, para que aprendamos a comportarnos con los "pecadores arrepentidos"
EL PADRE. El padre, el tercer personaje de la parábola, respeta la libertad de los hijos con la confianza de que se comportarán como hijos. Desde lo lejos contempla el camino que hace el hijo que vuelve a casa. Sale al encuentro del hijo menor y también del hijo mayor. Se muestra misericordioso con el uno y con el otro. Hace que uno y otro se sepan invitados a la mesa familiar, a la comunión de la fiesta de los hijos reencontrados. Al hijo arrepentido lo abraza. Al hijo que cree estar libre de pecado, lo llama a la conversión mostrándole el sentido que tiene tratar con misericordia festiva a los pecadores arrepentidos.
NOSOTROS. La parábola ha sido narrada y escrita para nuestra enseñanza. Nosotros, por el bautismo, hemos llegado a ser hijos. Desde esta perspectiva, la parábola nos habla muy directamente. Cada cual sabrá en qué situación se halla en relación con Dios, a cuál de los hijos de la parábola se parece más. En todo caso, nos hemos de sentir llamados a conversión por la misericordia del Padre, y movidos a tratar a todos con misericordia para que Dios sea también misericordioso con nosotros (Cf. St 2,12-13 y el Jubileo 2025)).
CRISTO. En el evangelio de hoy vemos a Cristo, nuestro "hermano mayor" en la gran familia de los hijos de Dios, comportándose al revés del hijo mayor de la parábola: "Este hombre —Jesús— acoge a los pecadores y come con ellos". La comprensión de esta frase, o mejor, de esta manera de proceder de Jesús con los pecadores —un comportamiento que nos da a entender cómo en él se refleja el amor, la compasión y la misericordia del Padre— viene introducida con el texto de hoy de san Pablo a los Corintios: "Dios, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo". Y añade: "Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios". En Cristo el Padre nos ha abierto los brazos y nos ha dado el abrazo del perdón.
Por eso podemos afirmar que el apóstol Pablo presenta un cambio de acento: de la conversión pasa a la "reconciliación". Nos exhorta —en nombre de Cristo—a reconciliarnos con Dios, a vivir reconciliados con Dios. Cristo cambia los términos de la parábola del "hijo pródigo". En Cristo, Dios sale a nuestro encuentro por medio del hijo mayor, quien nos acoge en nombre del Padre y nos invita a entrar en el banquete de la reconciliación. Cristo nos ofrece asiento en la mesa de los hijos (y él come con nosotros). Los pecadores convertidos reciben de este modo el trato de criados que esperan fieles cuándo volverá su amo de la fiesta de bodas: "El amo se ceñirá, los sentará a su mesa y empezará a servirles" (Lc 12,37). El Señor se muestra "pródigo" hasta tal punto en todo tipo de bienes con todos los pecadores que se convierten.
La Eucaristía es el banquete abundante de la misericordia divina, El banquete que hace afirmar a los pecadores arrepentidos: "Gusten y vean qué bueno es el Señor" (Salmo responsorial).

miércoles, 19 de febrero de 2025

TOCAME SEÑOR JESUS

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Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...