lunes, 15 de julio de 2019

HOMILIA Domingo Decimosexto del TIEMPO ORDINARIO cC (21 de julio de 2019).

Domingo Decimosexto del TIEMPO ORDINARIO cC (21 de julio de 2019). Primera: Génesis 18, 1-10a; Salmo: Sal 14, 2-5; Segunda: Colosenses 1, 24-28; Evangelio: Lucas 10, 38-42 Nexo entre las LECTURAS… La primera lectura y el evangelio hablan, claramente, de la hospitalidad. Se nos habla de Abraham que, descansando a la hora de más calor, ofrece un hospedaje espléndido a tres misteriosos personajes. Se nos habla de Marta de Betania que acoge a Jesús y a sus discípulos en su casa… y de María, su hermana, que acoge como discípula atenta la palabra de Jesús en su corazón. El texto de la carta a los colosenses presenta a Pablo que hospeda en su cuerpo y en su alma al Cristo Crucificado para completar las tribulaciones de Cristo en su cuerpo, que es la Iglesia. El salmista muestra que Dios es el Hospedero por excelencia y que nos invita a entrar, hagamos el bien con rectitud e imitemos a Dios hospedando a los demás. Temas... Hospitalidad y bendición. Es sabido que la hospitalidad era, entre los pueblos nómadas, la virtud por excelencia. En cierta manera, gozaba de un cierto carácter sagrado e inviolable, digno del máximo respeto. El relato de la primera lectura narra la hospitalidad de Abraham para con tres personajes algo misteriosos, pero se trata de una hospitalidad que va acompañada de una bendición sorprendente que supera las leyes naturales. Para Abraham, esos personajes, son mensajeros (ángeles) y vienen a anunciarle algo de parte de Yahvé. La narración tiene, por tanto, signos de ser una teofanía en la que Abraham acoge y hospeda generosa y gozosamente a Dios bajo el rostro de tres delegados suyos. El mensaje de Dios no se hace esperar, y es de bendición: "Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo". ¿Qué otra mejor bendición podría esperar Abraham que la descendencia, que hasta ahora le había sido negada por la esterilidad de su mujer? Ahora se le pide a Abraham acoger sin titubeos, con absoluta confianza, esta bendición de Dios. Y Abraham acogió de nuevo esta palabra de bendición y Dios le dio un hijo en su vejez. Hospedar generosamente nos hace entrar en el misterio de Dios… hospedar confiadamente la palabra de Dios nos trae la bendición a nosotros y por nosotros a todos los demás. Dos formas de hospedar al amigo. Estas dos formas están simbolizadas por Marta y María. Son dos formas buenas, aunque la segunda sea la necesaria (y no la primera). Marta hospeda a Jesús y a sus discípulos en su casa. De esta manera, les muestra primeramente su aprecio y amistad, les protege además del calor ardiente del desierto que acaban de atravesar para llegar hasta Betania, y les da de beber y comer para reparar sus fuerzas, gastadas por la larga y fatigosa caminata. María hospeda a Jesús escuchando su palabra, sentada a sus pies, como una discípula entusiasta que no quiere perderse ni ‘una gota’ de las enseñanzas del Maestro. Este hospedaje interior, espiritualmente activo, es estimado por Jesús de más valor que el hospedaje externo, centrado en la preparación de la mesa para una comida de hospitalidad. Por eso Jesús le dice a Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola". Jesús no desprecia la hospitalidad de Marta, la considera valiosa. Pero a la vez le recuerda que hay otra hospitalidad más importante e invita a Marta a practicarla. Pablo, anfitrión del Crucificado. María ha hospedado la palabra de Jesús. Pablo hospeda la cruz de Jesús, o mejor, al Crucificado. "Completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo". Aunque el huésped sea un Crucificado, Pablo no se espanta ni se angustia, lo acoge con alegría porque sabe por experiencia que en Cristo crucificado está la esperanza de la gloria para él y para todos los cristianos. Para Pablo, Cristo crucificado no es un huésped obligado, molesto, sino la razón de su existir y de su misión. Dirá: "Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí". Marta acoge en su casa al Amigo bueno y sumamente apreciado, María acoge al Maestro que tiene palabras de vida, Pablo hospeda al Redentor, a quien con su pasión, muerte y resurrección redime al hombre de sus pecados, lo salva de sí mismo. La hospitalidad de Pablo culmina, como en el caso de Abrahán, en bendición, en la bendición suprema. ¿Queres vivir el gozo de la amistad con Dios para traer la paz al mundo?. Sugerencias... Hospedar a Quien nos ha hospedado. Es importante que tomemos conciencia de que somos huéspedes en la Iglesia y en el mundo. Al venir a la vida hemos sido hospedados por Dios que es el Creador de esta gran casa que es la tierra; Sí… porque -toda- la tierra es la casa de Dios para todo hombre que viene a este mundo. Hemos sido hospedados en una familia: nuestros padres y hermanos, nuestros abuelos, nuestros tíos... Hemos sido hospedados en una sociedad, en una nación, en una cultura, en una institución política, educativa...Y sobre todo hemos sido hospedados por Dios en la Iglesia, la casa que Dios nos ha regalado a los creyentes en Cristo. La reciprocidad nos obliga. Hemos de hospedar a quien nos ha hospedado, sobre todo al Huésped por excelencia que es Dios Nuestro Señor. Hemos de dar el debido respeto al Huésped en nuestras palabras y acciones: practicar las virtudes y las obras de misericordia y hablar a todos de la Buena noticia del Reino. Hemos de dar el debido respeto a Dios en la Iglesia, ante el Santísimo Sacramento. Un respeto que se traduce en conciencia de la presencia de Dios en la Eucaristía, en adoración humilde y agradecida, en la oración y meditación, en el reconocimiento práctico del carácter sagrado de la Iglesia… y ayudar a otros para que hagan lo mismo. Hospitalidad hacia los emigrantes (Papa Francisco). Hoy la palabra hospitalidad puede traducirse por solidaridad. El cristianismo nos recuerda enseñándonos que todos somos hermanos, y que debemos ser solidarios unos con otros como Dios lo es con todos (conmigo y con los demás). Además… no hemos de olvidar que la solidaridad es y debe ser recíproca. El anfitrión se muestra solidario acogiendo al huésped, y éste hace patente su solidaridad acogiendo con agradecimiento y respeto la hospitalidad que se le brinda, y esto con tres expresiones sencillas: “permiso”; “gracias”; “perdón”. Por sobre todo hay que comprender (y creer) que el anfitrión acoge a Cristo en el huésped y éste acoge a Cristo en el anfitrión. Todo esto resulta de gran actualidad ante el problema no pequeño ni fácil de los emigrantes que, como oleadas constantes, llegan sobre todo a los países de Europa y de Asia. Ellos son nuestros hermanos en Cristo o, al menos, en humanidad, y por eso hemos de respetarles y acogerlos. Ellos, por su parte, no han de olvidar que nosotros somos sus hermanos, a quienes deben respeto y acogida en su corazón. Un especial examen de conciencia… ¿Cómo no pensar que, tras la pantalla de la emigración, se esconde en ocasiones la microcriminalidad, la ‘mafia’ de emigrantes clandestinos, la importación ilícita, entre otros: de tabaco y de droga, la mafia inhumana de secuestro de niños para vender sus órganos o el engaño de jovencitas que serán llevadas a diversos países de Europa y vendidas a la prostitución? Cuando el respeto mutuo falla, no se debe exasperar ni generalizar, dejándose caer en el racismo o el odio a todos los extranjeros, pero debemos colaborar, también, con la autoridad pública para intervenir y, cuando sea necesario, expulsar a los delincuentes. La hospitalidad tiene sus reglas humanas y cristianas, y todos hemos de cumplirlas con fidelidad, para que la convivencia sea provechosa para todos. Virgen María, que fuiste huésped en Egipto, ruega por nosotros.

lunes, 8 de julio de 2019

HOMILÍA Domingo Decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cC (14 de julio de 2019).

Domingo Decimoquinto del TIEMPO ORDINARIO cC (14 de julio de 2019). Primera: Deuteronomio 30, 10-14; Salmo: Sal 68, 14. 17. 30-31. 36-37; Segunda: Colosenses 1, 15-20; Evangelio: Lucas 10, 25-37 Nexo entre las LECTURAS… Moisés (Primera lectura), en nombre de Dios, otorga al pueblo, con el Decálogo y el Código de la Alianza, un “proyecto de vida diferente” para salir del caos vivido en Egipto y, todavía más, es para salir del caos del pecado hacia la libertad. Jesús, nos dice san Lucas, da un paso definitivo hacia el bien del hombre renovando el “proyecto civilizatorio” de Moisés, para la salvación, comprometiéndonos a vivir en el servicio, en el amor, la compasión, la generosidad, el desinterés y la misericordia (Evangelio). Pablo insta a los Colosenses a ser testigos de la centralidad de Jesús en medio de un mundo que tienta a la comunidad con ideologías falsas y religiones ambiguas. El Papa Francisco (6 de jun de 2016) nos ha invitado a vivir las bienaventuranzas, como si fuera el "GPS" para el camino correcto frente a los ídolos del egoísmo, el dinero y la saciedad de un corazón que se ríe con satisfacción ignorando a los otros. Por eso rezamos con el salmista y manifestamos nuestra confianza en Dios que nos ayuda: “Busquemos al Señor, y revivirá nuestro corazón”. Temas... «Anda, haz tú lo mismo». La parábola del buen samaritano es aparentemente una historia en la que Jesús no aparece. Y sin embargo lleva claramente su marca; nadie más que Él podía contarla en estos términos: que los que debían practicar la misericordia, el sacerdote y el levita, se muestren indiferentes y pasen de largo, y que sea precisamente el extranjero el que tenga compasión del malherido «medio muerto», que lo cure, que vende las heridas, lo cuide y, tras su marcha, el que sigue ocupándose de él. Sólo Jesús puede contar esto así, pero no por sus sentimientos humanitarios, sino porque lo que dice que hace el extranjero con el malherido, es lo que hace Él mismo (como extranjero, es Dios que viene de lo alto) y lo sigue haciendo por todos y más allá de toda medida. El samaritano es un pseudónimo/distintivo de Jesús, y cuando le dice al doctor de la Ley: «Haz tú los mismo», lo está invitando a imitar a Cristo, a estar en sintonía con Cristo, el Maestro. En la sobreabundancia de la obra de misericordia, narrada por san Lucas, se encuentra el sello de Cristo, algo que remite a la respuesta que Jesús había dado cuando se le preguntó ¿qué hay que hacer para heredar la vida eterna?: «Amarás con todo tu corazón», no sólo a Dios, sino también al prójimo… ¡AMARÁS! «Por Él quiso Dios reconciliar consigo todos los seres». Jesús, que se oculta tras el extranjero de la parábola del evangelio, es, en la segunda lectura «el primogénito» en el que «mantiene» toda la creación. Sin este primogénito, sin este Modelo (Jn 1,1-18), no habría creación alguna. La creación sólo existe porque «en Él quiso Dios que residiera toda plenitud y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres». También la injusticia social de la que se habla en la parábola, que un hombre esté malherido en medio del camino, que las clases altas de la sociedad, los acomodados -espiritual y corporalmente-, pasen de largo sin hacer “nada”, también esto es expiado y reconciliado en la obra de CRISTO, el Buen Samaritano, que ha derramado su sangre por el mundo. Por lo demás, no conviene olvidar las palabras del final «Anda, haz tú lo mismo». Pero antes de esta acción, está la obra universal de reconciliación realizada por Jesús, y antes de ésta, su verdad como fundamento y arquetipo de la creación. Sugerencias... «El mandamiento está muy cerca de ti». La primera lectura de hoy, nos habla de los mandamientos de Dios y el Evangelio de hoy, tomado del capítulo décimo de San Lucas, nos habla de nuestro prójimo, pero hay algo que tienen en común la primera lectura y el Evangelio: en ambos casos se habla de lo que está cerca. Nos dice Moisés en el Deuteronomio: “El mandamiento está muy cerca de ti” (Dt 30,14); y nos dice el Evangelio, que el prójimo está muy cerca, aquel que tiene necesidad, aquel que requiere algo de ti, está muy cerca (cf. Lc 10,29-37). Esa cercanía es entonces el vínculo entre la primera lectura y el Evangelio: lo que Dios quiere no está lejos, nos dice Moisés; y el hermano que te necesita, no está muy lejos. Es decir, que el puente al que somos invitados hoy, es descubrir que el camino de la voluntad de Dios, es también el camino del servicio al prójimo. Moisés decía que el mandamiento de Dios no es algo que esté remoto, no es algo que está lejísimos, porque si estuviera muy lejos, sería inalcanzable; es que ¡no!, NO está tan lejos, el mandamiento está próximo (cf. Dt 30,11-14). Dios sabe que nosotros para poder cumplir su voluntad, necesitamos eso, lo que está cercano, lo que está próximo. Es lo mismo que sucede al caminar; al caminar para llegar allá, tengo que dar unos cuantos pasos desde acá… pero el primer paso que doy, está cerca de donde yo me encontraba, y el siguiente paso está cerca del primero. La vida “funciona” así: paso a paso; el amor “funciona” así: detalle a detalle; la fe “funciona” así: una obediencia tras otra; y el amor de Dios, “funciona” así. Dice San Juan en el Prólogo, que en Cristo hemos recibido gracia sobre gracia, paso a paso vamos caminando, y el camino del servicio a Dios, es también el camino del servicio a nuestros hermanos. Hay algo, sin embargo, que debemos destacar, y es que servir al prójimo, es precisamente servirlo de parte de Dios, en razón de Dios y para Dios. No limitemos la caridad únicamente a lo que ven nuestros ojos, porque el primero que nos mostró que la caridad va más allá de lo que ven los ojos, fue el mismo Cristo. Recuerda cómo, por ejemplo, en el caso de un paralítico, la parálisis la veían todos, pero Cristo fue el único que se dio cuenta que ese corazón estaba en pecado, lo cual quiere decir que el amor no debe limitarse únicamente a lo que ven nuestros ojos. En resumen podemos decir que el camino del servicio a Dios se implica/involucra con el camino del servicio al prójimo, entendiendo que el amor con el que amamos al prójimo, viene de Dios y a Dios quiere retornar. Y así, paso a paso aprendemos a ser discípulos del Señor. Área de archivos adjuntos

lunes, 1 de julio de 2019

HOMILIA Domingo Decimocuarto del TIEMPO ORDINARIO cC (07 de julio de 2019).

Domingo Decimocuarto del TIEMPO ORDINARIO cC (07 de julio de 2019). Primera: Isaías 66, 10-14; Salmo: Sal 65, 1-3a. 4-7a. 16. 20; Segunda: Gálatas 6,14-18; Evangelio: Lucas 10, 1-12. 17-20 Nexo entre las LECTURAS… Buscar en todo el fin: esta expresión puede ayudarnos a reunir el mensaje de los textos litúrgicos. El fin de la misión de los setenta y dos no es el éxito, sino que los llena de alegría saber que están colaborando con Dios en hacer un mundo diferente, están participando en la transformación del mundo y, como dice el Evangelio, "sus nombres están escritos en el cielo"… y el Cielo es el término de toda esperanza humana. El texto del profeta Isaías tiene como dos elementos característicos: la fecundidad y abundancia, por una parte, y la consolación, por otra. El profeta ve anticipadamente el fin de todos sus sueños: la ciudad de Jerusalén que reúne a todos sus hijos, como una madre (primera lectura). A esto nos une el salmista, que dice: "¡Aclamen! ¡Celebren! ¡Canten! ¡Vengan! ¡Miren! ¡Den gracias! No, no estamos a merced de los poderes del mal. ¡Dios es Dios! Y "creemos" en la acción victoriosa de Dios. Decimos los cristianos ‘Creo en la Resurrección y en la vida eterna’. ¡"Bendito sea Dios que nos salva"! Y San Pablo, dándonos consejos y recomendaciones (segunda lectura), nos anuncia que la existencia cristiana no tiene otro fin sino el de apropiarse la vida de Cristo en toda su realidad histórica, especialmente en el misterio de la cruz... para participar de la Vida junto a Él. Temas... Inscritos en el libro de la vida. Los 72 discípulos de Jesús, símbolo de los cristianos esparcidos por el mundo, en cuanto que 72 son todos los pueblos de la tierra (ver en: Génesis 10), están contentos de la misión cumplida y llegan a Jesús para contarle sus proezas misioneras. Jesús los escucha, pero a la vez les hace caer en la cuenta de algo importante: las hazañas misioneras no tienen valor en sí mismas, lo que realmente ‘vale y nos debe alegrar’ profundamente es nuestro destino eterno con Dios en la Vida. Esta búsqueda gozosa del verdadero fin de la existencia explica y da sentido a la alegría, en sí legítima y razonable, por los éxitos apostólicos, al igual que da sentido a los sufrimientos y adversidades en el desarrollo de la misión cristiana. El discípulo-misionero, en efecto, no predica realidades sensiblemente captables y atractivas… predica que el Reino de Dios ya ha llegado, predica la paz mesiánica, predica en medio de un mundo muchas veces hostil y reacio a los valores del Reino… predica valiéndose y poniendo su confianza más que en los medios humanos en la fuerza misteriosa de Dios. Indudablemente, el ‘éxito’ no es un elemento esencial en la vida del misionero. Madre de consolación y de paz. Cuando el autor de este fragmento del libro de las profecías de Isaías escribe este bellísimo texto, la dispersión judía es una grandeza extendida por todo el imperio persa y por el mediterráneo. El profeta, bajo la acción del Espíritu divino, sueña con un pueblo unido y unificado en la ciudad mística de Jerusalén. Con ojo alerta en Dios mira hacia el futuro y prevé poéticamente el momento gozoso de la reunificación. Lo hace recurriendo a la imagen de una madre de familia que reúne, entorno a sí, a todos sus hijos, tiene tiernamente en sus brazos al más pequeño y le alimenta de su propio pecho. Todos, al reunirse de nuevo con la madre, se llenan de consuelo y se sienten como inundados por una grande paz. Esta Jerusalén, madre de consolación y de paz, simboliza al Dios del consuelo, simboliza a Cristo, que es nuestra paz, simboliza a la Iglesia en cuyo seno todos somos hermanos y de cuyo amor brota la paz de Cristo que dura para siempre. Muestra maravillosamente el lugar de Santa María Virgen en el plan de salvación como Madre de Dios y Madre nuestra. Y la Iglesia, está llamada a ser, como la Virgen, madre de consolación y de paz para todos los pueblos. Llevo en mi cuerpo la marca de Jesús. Para un cristiano, nos dice San Pablo, carece de valor estar o no circuncidado, lo que vale es ser una nueva creatura. Todo ha de estar subordinado a la consecución de este fin. San Pablo es consciente de haberlo conseguido, pues lleva en su cuerpo la marca de Jesús. Es decir, lleva en todo su ser una señal de pertenencia a Jesús, como el esclavo llevaba una señal de pertenencia a su patrón, o como en otros grupos, el iniciado llevaba en sí una señal de pertenencia. Como Pablo, así deben ser todos los cristianos, por eso puede decirles: "Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo". Este es, además, el fin de la misión de Jesucristo: que el hombre se apropie de la redención que obtuvo en la cruz y resurrección y llegue así a ser y a manifestar a los demás que estamos llamados a ser “pertenencia”, templos, de Dios. ¿Llevas grabado, en tu mismo ser, la marca de Jesucristo? ¿Celebras la fecha en que fuiste bautizado, confirmado? Sugerencias... Cristiano, o sea, misionero. La imagen del cristiano que se ‘conforma’ con ir a Misa, creer en los dogmas de fe y cumplir con los mandamientos o algunos de ellos… es incompleta… Ser cristiano es tener una misión y realizarla con celo y ardor en los quehaceres de la vida y en la amplísima gama de tareas eclesiales hoy existentes (Aparecida). Más aún, el sentido de misión es el estímulo más fuerte para creer y vivir la fe, para cumplir con los mandamientos de Dios y de la Iglesia, para vivir en la fe, esperanza y caridad. En el Catecismo se lee: "Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es ‘enviada’ al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. ‘La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado" (CIC 863). Si amamos filialmente a la Iglesia, no dudemos de que la mejor manera de expresarle nuestro amor es mediante nuestro espíritu misionero. Y misionero significa conciencia viva de ser enviado y de ser discípulo; y este envío es también ‘ser cristo’ para el vecino de casa, el cliente en el trabajo, el que encuentro en la parada del ómnibus o del semáforo, a la joven pareja que se prepara para el matrimonio... Hoy en día misionar no es únicamente marchar a un país lejano a predicar la fe y el estilo de vida de Cristo, es también una tarea que se lleva a cabo en el propio barrio, en las plazas de la ciudad e incluso entre las paredes del propio hogar… llamados a ser santos ‘de la casa de al lado’ (Francisco) La misión puede más que el miedo. Parafraseando a san Juan Pablo II podríamos decir: "No tengan miedo de ser misioneros". Porque, a decir verdad, algunas veces al menos nos atenaza el temor, el respeto humano, el qué pensarán y el qué dirán. Es humano sentir miedo, pero la misión ha de superar y sobrepasar nuestros temores para vivir en caridad (no enfrentándonos). El futbolista no tiene miedo de hablar de fútbol ni el médico o el maestro de hablar de su profesión. Conociendo las distancias con los ejemplos: ¿Hemos de tener miedo, los cristianos, de hablar de Cristo: su persona, su vida, su verdad, su amor, su misterio? La fe y la misión comienzan en el corazón, eso es verdad, pero han de terminar en los hechos y en los labios. Todos hemos de recibir la fuerza que viene de lo alto, el Espíritu Santo, y con Él ‘vencer’, con la ayuda de la gracia, cualquier muestra de miedo ¡Es nuestra hora! ¿La dejaremos pasar? (Papa Francisco) También ustedes, maestros y educadores cristianos, que tienen en sus manos la niñez y la adolescencia, ¡sean misioneros en la escuela! ¿Podremos permitir que el miedo prevalezca sobre nuestra misión cristiana? Nuestra misión ha de ser nuestra corona y nuestra gloria para que todos los pueblos tengan Vida en Cristo y la tengan en abundancia. Virgen Misionera, ruega por nosotros.

sábado, 29 de junio de 2019

LA IGLESIA SE HARA PEQUEÑA . TENDRA QUE COMENZAR TODO DESDE EL PRINCIPIO

En el año 1969, Benedicto XVI todavía no era Papa. Es más, ni siquiera había sido consagrado obispo. Sin embargo, el joven Joseph Ratzinger ya era uno de los teólogos más renombrados de su tiempo. En aquel año, dio una entrevista para una radio donde le preguntaron por el futuro de la Iglesia. Su extensa respuesta incluyó una frase que hoy suena a profecía: «La Iglesia se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio«. Los años 60’s marcaron un antes y un después en la Iglesia. El Concilio Vaticano II, que concluyó en el 1965, planteaba con optimismo una reforma que ayudaría a la Iglesia a salir en busca de los que se habían alejado de ella. ¿Cómo se explica entonces que el joven Ratzinger pensara en una Iglesia pequeña en el futuro? Él mismo lo explicó de la siguiente manera: Joseph Ratzinger: Una Iglesia más pequeña «El futuro de la Iglesia puede venir y vendrá también hoy sólo de la fuerza de quienes tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe. El futuro no vendrá de quienes sólo dan recetas. No vendrá de quienes sólo se adaptan al instante actual. No vendrá de quienes sólo critican a los demás y se toman a sí mismos como medida infalible. Joven Joseph Ratzinger. Tampoco vendrá de quienes eligen sólo el camino más cómodo, de quienes evitan la pasión de la fe y declaran falso y superado, tiranía y legalismo, todo lo que es exigente para el ser humano, lo que le causa dolor y le obliga a renunciar a sí mismo. TE PUEDE INTERESAR: Hoy se cumplen 6 años de la renuncia de Benedicto XVI Digámoslo de forma positiva: el futuro de la Iglesia, también en esta ocasión, como siempre, quedará marcado de nuevo con el sello de los santos. Y, por tanto, por seres humanos que perciben más que las frases que son precisamente modernas. Por quienes pueden ver más que los otros, porque su vida abarca espacios más amplios. La gratuidad que libera a las personas se alcanza sólo en la paciencia de las pequeñas renuncias cotidianas a uno mismo. ¿Qué significa esto para nuestra pregunta? Significa que las grandes palabras de quienes nos profetizan una Iglesia sin Dios y sin fe son palabras vanas. No necesitamos una Iglesia que celebre el culto de la acción en ‘oraciones’ políticas. Es completamente superflua y por eso desaparecerá por sí misma. Permanecerá la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte. De la misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas. Pero seguirá siendo aún necesario el sacerdote que no es especialista, que no se queda al margen cuando aconseja en el ejercicio de su ministerio, sino que en nombre de Dios se pone a disposición de los demás y se entrega a ellos en sus tristezas, sus alegrías, su esperanza y su angustia. Papa Francisco junto a Benedicto XVI. Demos un paso más. También en esta ocasión, de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. TE PUEDE INTERESAR: Cuenta fake de cardenal colombiano inicia noticia falsa sobre muerte de Benedicto XVI Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros. Ciertamente conocerá también nuevas formas ministeriales y ordenará sacerdotes a cristianos probados que sigan ejerciendo su profesión: en muchas comunidades más pequeñas y en grupos sociales homogéneos la pastoral se ejercerá normalmente de este modo. Junto a estas formas seguirá siendo indispensable el sacerdote dedicado por entero al ejercicio del ministerio como hasta ahora. Pero en estos cambios que se pueden suponer, la Iglesia encontrará de nuevo y con toda la determinación lo que es esencial para ella, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin. La Iglesia reconocerá de nuevo en la fe y en la oración su verdadero centro y experimentará nuevamente los sacramentos como celebración y no como un problema de estructura litúrgica. Será una Iglesia interiorizada, que no suspira por su mandato político y no flirtea con la izquierda ni con la derecha. Le resultará muy difícil. En efecto, el proceso de la cristalización y la clarificación le costará también muchas fuerzas preciosas. La hará pobre, la convertirá en una Iglesia de los pequeños. El proceso resultará aún más difícil porque habrá que eliminar tanto la estrechez de miras sectaria como la voluntariedad envalentonada. TE PUEDE INTERESAR: [Fotos] Papa Francisco visita a Benedicto XVI para saludarlo por Navidad San Juan Pablo II y Joseph Ratzinger. Se puede prever que todo esto requerirá tiempo. El proceso será largo y laborioso, al igual que también fue muy largo el camino que llevó de los falsos progresismos, en vísperas de la revolución francesa –cuando también entre los obispos estaba de moda ridiculizar los dogmas y tal vez incluso dar a entender que ni siquiera la existencia de Dios era en modo alguno segura– hasta la renovación del siglo XIX. Pero tras la prueba de estas divisiones surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza. Porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado. Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas. A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político, que fracasó ya en Gobel, sino la Iglesia de la fe. Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte». Joseph Ratzinger, 1969. MEMES CATOLICOS

lunes, 24 de junio de 2019

HOMILÍA SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. Solemnidad cC (28 de junio 2019)

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. Solemnidad cC (28 de junio 2019) Primera: Génesis 14, 18-20; Salmo: Sal 109, 1. 2. 3. 4; Segunda: 1 Corintios 11, 23-26; Evangelio: Lucas 9, 11b-17 Nexo entre las LECTURAS… Temas... - Somos buscados y encontrados (Lc 15, 3...7) El amor de Dios a los hombres se expresa aquí mediante una parábola conocida y siempre emotiva: la de la oveja perdida, angustiosamente buscada, a la que el pastor coloca sobre sus hombros al encontrarla y por cuyo hallazgo se celebra una fiesta: "He encontrado la oveja que se me había perdido" (Lc 15, 3-7). No puede expresarse mejor el amor solícito con que Dios nos ama. Acude a la memoria el pasaje del evangelio de Juan en que Cristo dice: "...la voluntad del Padre que me ha enviado es que no pierda nada de lo que él me dio", y también: "Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano" (Jn 10, 27-28); o: "Yo doy mi vida por las ovejas" (Jn 10, 15). Ya conocemos el principal papel del pastor en los sinópticos: reúne a sus ovejas (Mt 15, 24), da su vida y resucita por ellas (Mt 26, 31; Mc 14, 27). Entre el buen pastor y sus ovejas existe una intimidad de conocimiento recíproco: "Yo conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen" (Jn 10, 14). Es verdaderamente la revelación del amor. - Dios apacienta su rebaño (Ez 34, 11-16) Es el resultado de lo que anunciaba el profeta Ezequiel: "Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro". Esta imagen del pastor, diseminada por el Antiguo Testamento, se la aplica Jeremías a Dios (48, 15) que hace de él el "pastor de Israel". Esta misma imagen la recogen numerosos salmos. El salmo 2, muy conocido, expresa la realidad de la experiencia vivida por el pueblo de Dios, que conducido por su pastor se siente gozoso, libre de toda aflicción. Ezequiel se coloca fuera de toda intención política: el pastor que él presenta conduce a todos los pueblos. El Señor buscará la oveja perdida: "Buscaré las ovejas perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré debidamente". La parábola proclamada en el evangelio y esta profecía de Ezequiel son el verdadero retrato de Dios, valedero para siempre. Por otra parte, Él mismo se presenta así a todos nosotros. - La prueba de que es pastor y de que nos ama (Rm 5, 5-11) San Pablo, en su carta a los Romanos, quiere expresar la realidad de este papel de pastor, adoptado por Dios: "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros". La muerte de Cristo nos reconcilió con Dios cuando éramos todavía pecadores; ahora, reconciliados en su sangre, seremos salvos por la vida de Cristo resucitado. Anteriormente había afirmado el Apóstol que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. La celebración de este día deja libre la respuesta a este ofrecimiento del amor. A cada uno de nosotros corresponde responder a este mensaje de parte de Dios, tal como Él quiere proponérnoslo todavía hoy. En un pasaje propuesto en el oficio de lectura de la Liturgia de las Horas, escribe san Buenaventura: De ti procede el río que alegra a la ciudad de Dios. Recrea con el agua de este deseable torrente los resecos labios de los sedientos de amor, para que con voz de regocijo y gratitud te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz (San Buenaventura). Sugerencias... «Va tras la descarriada, hasta que la encuentra». En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús no se habla expresamente en ningún texto del corazón, pero sí de esa forma especial de amor que solemos asociar con la idea de corazón. El evangelio lo muestra en toda su paradoja. Un buen pastor se preocupa de todo su rebaño por igual; por eso, ¿cómo puede comprenderse que el pastor del evangelio deje las noventa y nueve ovejas en el campo (en el desierto) y se preocupe sólo de la oveja descarriada? Está claro: aquí no se miden las consecuencias, no se calcula, no se piensa en el riesgo que supone dejar a la mayoría de las ovejas sin protección; únicamente se tiene ante los ojos el peligro que amenaza a una de ellas, como si sólo importara ésta. No se tienen en cuenta otras posibilidades. Para Dios no es indiferente si algunas personas se pierden, aunque se salve el ‘grueso’ de la humanidad. Un corazón humano, que aquí se convierte en receptáculo del amor divino, no piensa así, sino que para Él es importante cada hombre en particular, pues todo hombre es un destinatario irremplazable de su amor. Los cristianos que celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús tenemos que comprender cada vez más cuánto ama Dios a cada hombre. Algunos santos han llegado a decir que Cristo habría muerto también en la cruz si sólo hubiera tenido que salvar a una única persona. La idea nos parece un tanto descabellada, pero se saca esta enseñanza de la parábola de la oveja perdida. Y con no menos énfasis que la ocupación por la oveja descarriada se describe la alegría que se produce cuando se la encuentra. En todo caso se puede decir con seguridad que cada una de las noventa y nueve ovejas es amada por el Buen Pastor de la misma manera: todas ellas son los pecadores por los que Jesús muere en la cruz, no como masa anónima, sino como personas irrepetibles. «Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores». La segunda lectura abunda en lo que acabamos de decir. La oveja descarriada de la parábola es en realidad la persona que se aleja de Dios, la que lo rechaza y le es hostil. El amor del Buen Pastor no se basa por tanto en una reciprocidad: es un amor que sólo mediante su entrega plena y perfecta busca engendrar reciprocidad, correspondencia. La oveja salvada, cuando vuelve a casa sobre los hombros de su dueño, comienza a saber cuán preciosa es para el pastor y cuánto le debe. Pero la parábola no se pronunció con la intención de suscitar esta reciprocidad: el amor de Dios es «sin porqué». Y la segunda lectura tampoco habla propiamente del amor con el que ahora se debería corresponder a los desvelos del Buen Pastor, sino solamente de la certeza de que ahora estamos a salvo al amparo del amor divino, de que hemos obtenido la «reconciliación». Que esta certeza nos obliga a cada uno de nosotros a dar una respuesta de amor, o que más bien la produce espontáneamente en nosotros, podrá inferirlo todo el que realice lo que Él nos ha mandado. «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas». El texto veterotestamentario de la primera lectura traslada el amor del corazón de Jesús al corazón de Dios. Dios quiere «buscar personalmente a sus ovejas», quiere sacarlas de los lugares «donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad». Esto nos muestra una última cosa: que el corazón humano de Jesús, al que nosotros atribuimos este amor personal único, no es el arquetipo -como si el amor de Dios sólo hubiera obtenido esta cualidad cuando llegó el momento de la encarnación-, sino que ese corazón es más bien simplemente la expresión comprensible para nosotros del amor inconcebible que el Dios eterno experimenta desde siempre por sus criaturas. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío ... [Mensaje acortado] Ver mensaje completo

HOMILIA Domingo Decimotercero del TIEMPO ORDINARIO cC (30 de junio 2019).

Domingo Decimotercero del TIEMPO ORDINARIO cC (30 de junio 2019). Primera: 1Reyes 19, 16b. 19-21; Salmo: Sal 15, 1-2a. 5. 7-11; Segunda: Gálatas 5, 1. 13-18; Evangelio: Lucas 9, 51-62 Nexo entre las LECTURAS… “Llamada y respuesta”… dos palabras que pueden reunir el mensaje de las lecturas del presente Domingo. El ser humano, nosotros, es un ser llamado. Llegamos a ser nosotros mismos gracias a la llamada, la mirada, la palabra de otro... otro, con alegría y por gracia, nos puso un nombre por el que seremos llamados hasta el fin… Dios nos llama a un estilo de vida que es ‘imitar’ a Jesucristo. Jesús en su caminar hacia Jerusalén llama a algunos a seguirle y a darle una respuesta activa (evangelio). En esto Jesús supera las exigencias de la llamada y del seguimiento en el Antiguo Testamento, particularmente en la vocación de Eliseo (primera lectura). Los gálatas, y todos los cristianos, han sido llamados a la libertad del Espíritu, y por consiguiente tienen que responder, con su comportamiento, a su nueva condición de hombres libres, evitando caer otra vez en la esclavitud (segunda lectura). La opción de seguir a Jesús, lejos de ser un peso, muestra el salmista, es para nosotros fuente de dicha -incomprensible para los no creyentes-, y describe nuestra vida de intimidad con Dios… y por eso brotan de nuestros labios las palabras del salmista: "mi refugio"... "mi dicha"... "mi heredad"... "mi copa embriagadora"... "mi destino"... "suerte maravillosa"... "mi herencia"… "mi alegría"... "mi fiesta"... simplemente Él lo es todo. Temas... Algunas características fundamentales de la respuesta a la llamada que Cristo nos hace: Con Jesús hacia el Gólgota. Con el pasaje evangélico comienza, dice san Lucas, la gran marcha de Jesús hacía el lugar de la muerte y del triunfo, de la glorificación (Galilea). Jesús inicia esta marcha "con firme decisión". Él camina por delante, Él, el primero, el abanderado de los designios del Padre: "para cumplir los días de su asunción", es decir, los días de su martirio fuera de los muros de Jerusalén y de su exaltación gloriosa mediante la resurrección. Los discípulos han dicho sí a la llamada y ahora siguen sus pasos, sin comprender muy bien a dónde van y/o como van. Jesús, en esta larga marcha hacia Jerusalén, les irá instruyendo, como si fuera un catecismo, y poco a poco captarán que el camino termina en una cruz. Jesús habla claro, pero la ceguera de los discípulos no es fácil de vencer. Necesitarán la luz de la Pascua. Con este pasaje empieza el difícil y apasionante catecismo de Jesús. Como Jesús, pasar haciendo el bien. Los “hijos del trueno” quieren arrojar fuego y centellas sobre el pueblo que rechaza darles hospedaje. Seguramente habían escuchado en la sinagoga que Elías había hecho caer fuego del cielo (1 Re 18, 38) y ellos no querían ser menos que aquel gran profeta. Pero Elías hizo bajar el fuego de Dios no sobre una ciudad y sus habitantes, sino sobre el sacrificio en el monte Carmelo. Santiago y Juan, como buenos discípulos de Juan el Bautista, van más allá, porque ellos han escuchado decir a su antiguo maestro que "el Mesías quemará la paja con fuego que no se apaga" (Lc 3,17). Lucas nos dice que Jesús "los reprendió con dureza". Pero ¿es que no se han enterado de que Jesús no ha venido para hacer el mal, sino sólo el bien? ¿No entienden que Jesús camina hacia Jerusalén para vencer el mal con el bien sobre el Calvario? Tres actitudes para seguir a Jesús. Entrega total, decisión absoluta, desprendimiento pleno. Hay que estar dispuesto a dejar el pasado, a no mirar hacia atrás, sino a tender los ojos hacia adelante, hacia la tierra que hay que labrar y que un día dará su fruto. En el seguimiento de Jesucristo no se admiten condiciones… queremos lo que el Señor quiere. Se pide entrega total, porque el reino de Dios apremia y no puede esperar: Eliseo pudo poner condiciones a Elías (ir a despedirse de sus padres), pero el cristiano, si así lo requiere el Reino, ha de librarse de esta ocupación por un bien “urgente y superior”. Finalmente, al discípulo-misionero, Jesús le pide el poner exclusivamente en Él su seguridad, renunciando a todo tipo de seguridades materiales y humanas. Jesús nada tiene, sólo a su Padre en comunión con el Espíritu. El que va detrás de Jesús tendrá que estar dispuesto a no tener (despojarse), sólo un camino (el Evangelio) y un Caminante (Cristo Jesús) que nos va llevando hacia la meta... y vamos con gozo y alegría, de la mano del Espíritu, como nos dice el Salmo de hoy. Seguir a Cristo con alegría y libertad. Antes del bautismo el cristiano era esclavo de sí mismo (y del Maligno). Cristo lo ha liberado, pero no para arrojarle otra vez a una nueva esclavitud, sino para que viva siempre en clave de libertad, bajo la guía del Espíritu Santo. El cristiano, liberado por Cristo para hacer el bien a todos en todas partes, ha de aceptar y vivir el riesgo y el desafío de la libertad, especialmente esto se notará con la práctica de las obras de misericordia… una urgencia: conocer los mandamientos y practicarlos… conocer las bienaventuranzas y, con la fuerza del Espíritu, practicarlas. Sugerencias... Un Camino y muchos senderos. Cristo es el único camino, un camino sobre el que se extiende poderosamente la luz de la cruz. Este es el único camino del seguimiento, de la misión, de la plenitud cristiana (experiencia de nuestras muchas peregrinaciones y procesiones). Son, sin embargo, muchos los senderos que conducen a este camino. Son muchos los modos -y tiempos- con que Cristo llama a los hombres a caminar con Él, junto a Él. Está el sendero de la fidelidad conyugal y el de la consagración especial, está el sendero del sufrimiento y el de la entrega amorosa en el servicio a los necesitados, está el sendero de la vida pública y el de la vida oculta en el quehacer diario del hogar, está el sendero del espectáculo para descanso del hombre y el de la escuela para su crecimiento en las ciencias. Está el sendero de... (pensar y reflexionar sobre el modo en que cada uno está siguiendo a Cristo). Todos los senderos pueden y deben encontrarse en el mismo y único camino: Jesucristo, maestro de los hombres, redentor del mundo, hay que seguir andando nomás, seguir andando (beato mártir Angelelli). Al entroncar nuestro sendero con el camino de Cristo percibiremos que no llegamos vacíos al Camino, sino que portamos con nosotros nuestra cruz y nuestro calvario, nuestra entrega (san Ignacio de Loyola). Y comprenderemos, de alguna manera, que la cruz de Cristo está unida a cada una de nuestras cruces, y el Calvario del Señor nos sostiene en nuestros calvarios (san José Gabriel Brochero). Es el momento de preguntarnos si el sendero de nuestra vida está entroncado al camino de Cristo. Es el momento de suplicar al Señor que nuestros senderos confluyan siempre en el camino de Cristo, Maestro y Redentor. Caminar sin “entender” del todo. En las cosas del espíritu no todo es claro, ni todo evidente. Pero uno no puede quedarse paralizado, hay que caminar aunque no se entienda todo ni del todo. Caminar mirando una estrella que un día se vió, y que ahora quizá está cubierta por una densa nube. Caminar, como Jesús, con paso firme, sin miedo, aunque la inteligencia quiera que detenga el paso e incluso que retroceda ante la niebla del camino. Caminar en el claroscuro de la fe (san Juan de la Cruz), mirando siempre hacia adelante, hacia Jerusalén, la meta de nuestra existencia. Caminar, caminar, caminar... ¿No nos sucede a veces que nuestra inteligencia nos frena en el camino de la vida espiritual, del trabajo apostólico? Caminar iluminados por la fe y la esperanza y la caridad… practicando las obras de misericordia. Nuestra Señora del Camino y de la Esperanza, ruega por nosotros. Área de archivos adjuntos

martes, 18 de junio de 2019

HOMILIA Solemnidad del SANTÍSIMO CUERPO y SANGRE DEL SEÑOR cC (23 de junio 2019)

Solemnidad del SANTÍSIMO CUERPO y SANGRE DEL SEÑOR cC (23 de junio 2019) Primera: Génesis 14, 18-20; Salmo: Sal 109, 1. 2. 3. 4; Segunda: 1 Corintios 11, 23-26; Evangelio: Lucas 9, 11b-17 Nexo entre las LECTURAS "Pan" es el término en que coinciden los textos litúrgicos. Jesús, en el pasaje evangélico, "tomó los cinco panes...y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición". Este gesto de Jesús, visto retrospectivamente, está prefigurado en el del Melquisedec, rey-sacerdote de Salem, que ofrece a Abrám "pan y vino" (primera lectura) como signo de hospitalidad, de generosidad y de amistad. Ese mismo gesto de Jesús, que misteriosamente sabe por anticipación lo que va a suceder… anticipa la Última Cena con los suyos y la Eucaristía celebrada por los cristianos en memoria de Jesús: "Tomó pan, dando gracias lo partió y dijo: "Éste es mi cuerpo que se entrega por ustedes" (segunda lectura). Por eso se nos propone este salmo que nos hace acercarnos a Dios, dice san Juan Pablo II y “dirigimos ahora nuestra invocación al Padre de Jesucristo, único rey y sacerdote perfecto y eterno, para que haga de nosotros un pueblo de sacerdotes y de profetas de paz y de amor, un pueblo que cante a Cristo rey y sacerdote, quien se inmoló para reconciliar consigo, en un solo cuerpo, a toda la humanidad, creando al hombre nuevo (Cf. Efesios 2, 15-16).” Temas... El hombre, todo hombre, tiene necesidad de una dieta integral, es lo que dicen las ciencias acerca del bienestar corporal… y también lo dice la Liturgia de este Domingo. Afirmamos de manera especial que nuestra alimentación no puede ser unidimensional, la material, la del cuerpo sino que ha de ser integral y completa… es necesario que nos alimentemos para el tiempo y para la eternidad. Gracias SEÑOR por darnos el PAN de Vida eterna. El pan de la Palabra. Jesús, antes de multiplicar los panes para alimentar a la multitud, "les hablaba del Reino de Dios", es decir, les proporcionó el pan de su Palabra, porque "bienaventurados los que tienen hambre de la Palabra, pues serán saciados". En la fracción del pan de los primeros cristianos, se comenzaba la acción litúrgica con una lectura y explicación de la Escritura... eso muestra que los primeros cristianos se alimentaban primera (y principalmente) con el pan de la Palabra de Dios, explicada/ofrecida a la luz del misterio de Cristo y actualizada por alguno de los apóstoles a las circunstancias concretas de la vida diaria. También mostrado en la primera lectura, pues, a la ofrenda del pan y el vino, hecha a Abrám por parte de Melquisedec, sigue una bendición, que es como el pan espiritual que Dios otorga a Abrám por medio del rey-sacerdote de Salem. El hombre es espíritu, y el espíritu necesita de un alimento diferente al pan material (de harina), necesita de la Palabra del Dios vivo, “no solamente de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” El pan de los signos. Los milagros de Jesús, además de hechos extraordinarios, más allá de las leyes naturales, son signos del Reino de los cielos, porque nos remiten a ese mundo nuevo presidido y guiado por el amor de Dios. Por eso, Jesús, después de haber repartido a la multitud el pan de la Palabra, les regala el pan de los signos. Nos dice san Lucas, que "curaba a los que tenían necesidad de ser curados", y luego nos narra el maravilloso signo de la multiplicación de los panes y de los peces. Jesucristo, como amigo y hermano del hombre, como Señor de la vida y de la naturaleza, está interesado en curar las enfermedades, en saciar el hambre natural de los hombres. Podría ser de otra manera, pero su mayor interés está en que los hombres, mediante estos signos, sean capaces de elevarse hasta Dios Padre, que misericordiosamente cuida de sus hijos, y hasta el Reino de Dios en el que habrá un mismo y único Pan para todos. El pan de la Eucaristía. La ‘dieta cristiana’ quedaría incompleta si no tuviéramos el pan de la Eucaristía, ese pan que es el Cuerpo y Sangre de Cristo. "En el santísimo sacramento de la Eucaristía -catecismo nº 1374- están ‘contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero". Cuando san Lucas escribió el evangelio los cristianos ya llevaban algunos decenios meditando los hechos y los dichos de Jesús, predicándolos y celebrando la Eucaristía. Así se explica que el evangelista haya narrado el episodio de la multiplicación de los panes como una anticipación y prefiguración de la Última Cena: "Tomó los panes, elevó los ojos, pronunció sobre ellos la bendición, los partió, los dio". Desde aquella llamada ‘Última Cena’, preanunciada en la multiplicación de los panes, celebrada por las primeras comunidades cristianas, Cristo no ha cesado a lo largo de los siglos de dar al hombre, sin distinción de ningún género, el pan de su Cuerpo y Sangre, alimento de Vida eterna. Sugerencias... Hambre de pan, hambre de Dios. Es algo doloroso, que nos debe hacer pensar, el hecho de que después de 2000 años de cristianismo, haya millones de hermanos que tienen hambre de pan, y esto no a miles de kilómetros de nuestra casa, sino entre nosotros, en nuestro barrio, en nuestra ciudad, en nuestro país (Congreso Eucarístico Nacional 2004, ya hace 15 años… y el hambre parece ser más grande aún). Además, la exhortación del Papa en Laudato Si, las instituciones internacionales y los medios de comunicación social nos han hecho más conscientes de este doloroso e inhumano fenómeno en todo el mundo. ¿No multiplicó Jesús los panes para saciar el hambre? ¿No dijo a sus discípulos: "denles ustedes de comer"? ¿No habremos espiritualizado demasiado nuestra fe? ¿No habremos reducido nuestra fe al ámbito estrictamente privado? (Meditaciones diarias en Santa Marta). Ciertamente no se puede identificar el cristianismo con la ONU de la caridad y de la solidaridad (Santo Padre en EE UU), pero en la entraña misma del cristianismo está el amor al prójimo, sobre todo al más necesitado… nos ilumina la vida pobre y entregada del beato Enrique Angelelli. Y hoy, en el siglo de la globalización, no basta la ayuda individual, pasajera, LA CARIDAD ha de ser organizada (Benedicto XVI). Los cristianos tenemos que organizarnos, a nivel parroquial, diocesano, nacional, internacional para desterrar el hambre de la tierra. Incluso, donde sea necesario, hemos de colaborar con las instituciones de otras ‘religiones’ para acabar con esta plaga de la humanidad. Mientras haya un niño que muera de hambre, nuestra conciencia cristiana no puede estar tranquila. El hambre de pan es terrible, pero ¿y el hambre de Dios? No nos conmueve tanto, porque el hambre de Dios no se ve. Es, sin embargo, real, universalmente presente, más angustiosa que el hambre de pan para el cuerpo, el hambre de Dios-Eucaristía (Mensajes de Miércoles de Ceniza del Papa Francisco y Papa emérito Benedicto). Y duele que hoy son pocos los que se ocupan de esa hambre, pocos los que buscan satisfacerla, tengamos un momento, este Domingo, para rezar por el aumento de las vocaciones sacerdotales. ¿No tendremos que abrir nuestros ojos, ojos de fe y de amor, para ver a tantos hambrientos de Dios con los que nos cruzamos por la calle, con los que convivimos en el trabajo, con quienes nos divertimos en un estadio de fútbol o en lugares públicos?... eh, ¡vayamos! que nos dice: “denles ustedes de comer”. Un pan ‘gratis’ y para todos. La Eucaristía es eso. Dios, nuestro Padre, nos da gratuitamente el alimento del Cuerpo y Sangre de Cristo, siempre que lo queramos recibir con las debidas disposiciones. Si este alimento no cuesta, si es el "pan de los fuertes", ¿cómo es posible que sean tan pocos los que lo reciben? ¿No será que no lo descubren? Es además un mismo y único Pan para todos: la Eucaristía es el sacramento de la absoluta igualdad cristiana (en un mundo exquisitamente reclamador del igualitarismo). No existe Eucaristía para ricos y otra para pobres. Para Cristo, Alimento del hombre, todos somos iguales. Ante Cristo Eucaristía desaparecen todas las barreras económicas o sociales, raciales… y de cualquier índole. Virgen María, Madre del Amor hermoso, ruega por nosotros.

martes, 11 de junio de 2019

HOMILIA Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cC (16 de junio 2019)

Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cC (16 de junio 2019) Primera: Proverbios 8, 22-13; Salmo: Sal 8, 4-5. 6-7. 8-9; Segunda: Romanos 5, 1-15; Evangelio: Juan 16, 12-15 Nexo entre las LECTURAS. Temas... Sugerencias... Concluido el ciclo de los grandes misterios de la Vida de Cristo, la liturgia se eleva a contemplar el misterio de la Santísima Trinidad. En el Antiguo Testamento este misterio es desconocido; sólo a la luz de la revelación neotestamentaria se pueden descubrir en él lejanas alusiones. Una de las más expresivas es la contenida en el elogio de la Sabiduría, atributo divino presentado como persona (Pr 8, 22-31; 1a lectura). «El Señor me poseyó al principio de sus tareas, al principio de sus obras antiquísimas... Antes de los abismos fui engendrada… Cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como arquitecto» (ib 22.24.29-30). Es, pues, una persona coexistente con Dios desde la eternidad, engendrada por él y que tiene junto a él una misión de colaboradora en la obra de la creación. Para el cristiano no es difícil descubrir en esta personificación de la sabiduría-atributo una figura profética de la sabiduría increada, el Verbo eterno, segunda Persona de la Santísima Trinidad, de la que escribió San Juan: «En el principio la Palabra existía, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.… Todo se hizo por ella» (1, 1.3). Pero las expresiones que más impresionan son aquellas en que la sabiduría dice que se goza por la creación de los hombres y que tiene sus delicias en ellos. ¿Cómo no pensar en la Sabiduría eterna, en el Verbo que se hace carne y viene a morar entre los hombres? En la segunda lectura (Rm 5, 1-5), la revelación de la Trinidad es claramente manifiesta. Ahí están las tres Personas divinas en sus relaciones con el hombre; Dios Padre lo justifica restableciéndolo en su gracia, el Hijo se encarna y muere en la cruz para obtenerle ese don y el Espíritu Santo viene a derramar en su corazón el amor de la Trinidad. Para entrar en relaciones con los «Tres», el hombre debe creer en Cristo su Salvador, en el Padre que lo ha enviado y en el Espíritu Santo que inspira en su corazón el amor del Padre y del Hijo. De esta fe nace la esperanza de poder un día gozar «de la gloria de los hijos de Dios» (ib 2) en una comunión sin velos con la Trinidad sacrosanta. Las pruebas y las tribulaciones de la vida no pueden remover la esperanza del cristiano; ésta no es vana, porque se funda en el amor de Dios que desde el día del bautismo «ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (ib 5). Fe, esperanza y amor son las virtudes que permiten al cristiano iniciar en la tierra la comunión con la Trinidad que será plena y beatificante en la gloria eterna, la Jerusalén Celestial. El Evangelio del día (Jn 16, 12-15) proyecta nueva luz sobre la misión del Espíritu Santo y sobre todo el misterio trinitario. En el discurso de la Cena, al prometer el Espíritu Santo, dice Jesús «Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará hasta la verdad plena» (ib 13). También Jesús es la Verdad (Jn 14, 6) y ha enseñado a los suyos toda la verdad que ha aprendido del Padre -«todo lo que he oído a mi Padre, se los he dado a conocer» (Jn 15, 15)-: por eso el Espíritu Santo no enseñará cosas que no estén contenidas en el mensaje de Cristo, sino que posibilitará penetrar su significado profundo y dará su exacta inteligencia preservando la verdad del error. Dios es uno solo, por eso única es la verdad; el Padre la posee totalmente y totalmente la comunica al Hijo: “Todo lo que tiene el Padre es mío», declara Jesús y añade: el Espíritu Santo «tomará de lo mío y se los lo anunciará» (Jn 16, 15). De este modo afirma Jesús la unidad de naturaleza y la distinción de las tres Personas divinas. No sólo la verdad, sino todo es común entre ellas, pues poseen una única naturaleza divina. Con todo, el Padre ‘la posee’ como principio, el Hijo en cuanto engendrado por el Padre y el Espíritu Santo en cuanto que procede del Padre y del Hijo. No obstante, el Padre no es mayor que el Hijo, ni el Hijo que el Espíritu Santo. En ellos hay una perfecta comunión de vida, de verdad y de amor. El Hijo de Dios vino a la tierra justamente para introducir al hombre en esta comunión altísima haciéndolo capaz por la fe y el amor, de vivir en sociedad-comunión con la Trinidad que mora en él. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. ¡GLORIA! ¡ALELUYA! ------------------------------------------------------------------------------------------- OTRA HOMILIA Solemnidad de la SANTÍSIMA TRINIDAD cC (16 de junio 2019) Primera: Proverbios 8, 22-13; Salmo: Sal 8, 4-5. 6-7. 8-9; Segunda: Romanos 5, 1-15; Evangelio: Juan 16, 12-15 Nexo entre las LECTURAS. Temas... Sugerencias... - UN RETRATO VIVO DE DIOS Siempre, sobre todo en nuestra oración, nos dirigimos y celebramos a Dios Trino… y la Iglesia ha querido que al reanudar el tiempo ordinario le dediquemos, a la Santa Trinidad, una fiesta solemne. Este día es como recoger en el corazón -como el que reúne agua en una vasija- todo lo que acabamos de celebrar en el Tiempo pascual: el Padre nos ha querido salvar a través de la entrega pascual de su Hijo y con el don de su Espíritu. Es una visión global de la historia de la salvación. Las lecturas bíblicas nos presentan un retrato de Dios, un retrato vivo, no tanto a partir de sus definiciones filosófico-teológicas, sino de sus actuaciones salvíficas, tal como se nos describen en la Biblia. Sus rasgos característicos son la creación inicial del cosmos, la gracia que nos ha comunicado en Cristo y en el Espíritu, y la admirable comunión que existe entre las tres divinas personas. No es indiferente la imagen que tenemos de Dios… ella marca como ha de ser nuestra relación con Él y con los demás… con nuestras familias, nuestras comunidades, con todos los hombres… la vocación de todos es contemplar (adoración y oración) a Dios y crecer en su amistad para obrar como Él en todas nuestras acciones. - LA CREACIÓN, PRIMERA REVELACIÓN DE DIOS La primera lectura nos presenta a la Sabiduría de Dios, desde el principio de la creación. Un Dios que ha creado este nuestro mundo "con sabiduría y amor" (como dice la Plegaria Eucarística IV). El salmo nos ha hecho repetir cantando: "qué admirable es tu nombre en toda la tierra". Dios se nos da a conocer desde la creación, ella es como la huella digital de Dios. Como manifiesta el Papa Francisco en Laudato Si: fomentemos este aprecio y esta "lectura" religiosa de nuestra relación con lo cósmico. Los ecologistas tienen razón en admirar la hermosura de este mundo y en querer conservarla, pero mucho más nosotros que nos decimos y somos hijos de Dios. - EN CRISTO Y SU ESPÍRITU SE NOS REVELA TODO EL AMOR DE DIOS Pero si la creación es admirable, mucho más lo es la obra de la salvación que se ha cumplido en Cristo Jesús. En Él se nos ha revelado todo el amor del Padre. En Él y en su Espíritu tenemos la paz, la reconciliación, el acceso al Padre y la esperanza que colorea nuestra vida, aún en medio de las tribulaciones que pueden salirnos al paso. Es lo que en la segunda lectura nos ha dicho Pablo. Y todavía el evangelio nos hace subir a una comprensión ‘teológica’ más profunda. Nos habla de la admirable comunión que existe entre las tres Personas divinas. El Padre nos ha enviado a Cristo, que nos dice que "todo lo que tiene el Padre es mío", y añade que nos enviará al Espíritu, que "nos guiará hasta la verdad plena...y recibirá de mí lo que les irá comunicando". Puede parecer una visión demasiado elevada para los cristianos que caminamos por este mundo llenos de ‘preocupaciones’ y límites. Pero ése es nuestro Dios… Dios familia: Dios que es Padre, y se ha querido acercar a nosotros y ha entrado en nuestra historia; Dios que es Hijo, que se ha hecho Hermano nuestro, que ha recorrido nuestro camino y se ha entregado por nuestra salvación; Dios que es Espíritu y nos quiere llenar en todo momento de su fuerza y su luz. Dios vivo, cálido, cercano. En la Biblia se revela como Misericordioso (Papa Francisco, con ocasión del Jubileo de la Misericordia). - CONSECUENCIAS PARA NUESTRA VIDA (Aparecida) Hoy es un día para mostrar amablemente cómo nuestra vida cristiana está marcada -más de lo que parece- por Dios, Uno y Trino, que ha actuado desde siempre para nuestra salvación: - ya en el Bautismo fuimos signados y bautizados "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", envueltos, por tanto, ya desde el principio en su amor; - en nuestra celebración eucarística, al principio nos santiguamos en su nombre, y al final el presidente nos bendice también con la fuerza del Dios Padre, Hijo y Espíritu; - a lo ‘largo’ de la Misa: rezamos (cantamos) el Gloria, o recitamos el Credo, siempre centrados en la actuación de las tres divinas Personas; y el sacerdote siempre dirige la oración al Padre, por medio de Cristo y el Espíritu; - también en nuestra oración personal nos santiguamos recordando a Dios (por ejemplo al inicio del viaje o del trabajo, o al salir de casa), o decimos el "Gloria al Padre" como resumen de nuestras mejores actitudes de fe. Todo esto nos motiva para que sigamos nuestra vida con esperanza, con alegría. Estamos "sumergidos" en ese Dios a quien oramos y a quien hoy celebramos de una manera más explícita. Dios que es nuestro origen y nuestro destino gozoso. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

lunes, 3 de junio de 2019

HOMILIA Solemnidad de PENTECOSTÉS cC (9 de junio 2019)

Solemnidad de PENTECOSTÉS cC (9 de junio 2019) Primera: Hechos 2, 1-11; Salmo: Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34; Segunda: 1 Corinto 12, 3b-7. 12-13 o bien Romanos 8, 8-17; Evangelio: Juan 14, 15-16.23-26 o bien Juan 20, 19-23 Nexo entre las LECTURAS El Espíritu, presente y eficaz entre los Doce y en la primera comunidad cristiana, anima la liturgia de este Domingo. En el Evangelio Jesús resucitado dice a los Doce: "Reciban el Espíritu Santo". En la primera lectura se hace referencia a ‘cincuenta días después de la Pascua’, un viento impetuoso irrumpe en el cenáculo y "todos quedaron llenos del Espíritu Santo". Pablo, en la segunda lectura, ante la tentación que acecha a los corintios de utilizar los carismas para crear divisiones, reafirma con fuerza: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo" y "A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos". El Espíritu Santo se nos da para que comprendamos que “todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (san Pablo a los romanos). Es por eso que la Iglesia nos hace rezar, con marcada insistencia hoy, con el salmista: “Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”. Temas... «Se llenaron todos del Espíritu Santo». El Espíritu Santo puede manifestarse de múltiples formas: como viento impetuoso y fuego, tal y como lo presenta la primera lectura, en la que se narra el acontecimiento de Pentecostés; pero también de una forma enteramente suave, silenciosa e interior, como se lo describe en la segunda lectura, donde de lo que se trata es de dejarse guiar por su voz y su moción interior, o como agua (torrente de agua viva, según el evangelio de la Vigilia). Sea cual sea la forma en que se nos comunique, el Espíritu Santo es siempre el Paráclito, el Defensor, el Consolador, el Intérprete de Cristo. Cristo nos lo envía para que comprendamos el significado de su persona, de su palabra, de su vida y de su pasión en su verdadera profundidad. La llegada del Espíritu como un viento impetuoso nos muestra su libertad: «El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8). Y si además desciende en forma de lenguas de fuego que se posan encima de cada uno de los discípulos, es para que las lenguas de los testigos, que empiezan a hablar enseguida, se tornen espiritualmente ardientes y de este modo puedan inflamar también los corazones de sus oyentes. Los fenómenos exteriores tienen siempre, en el Espíritu, una incidencia interior: su ruido, como de un viento fuerte, hace acudir en masa a los oyentes y su fuego permite a cada uno de ellos comprender el mensaje en una lengua que les es íntimamente familiar; este mensaje que los convoca no es un mensaje extraño que primero tengan que estudiar y traducir, sino que toca lo más íntimo de su corazón… como lo dice el texto que “llenos del Espíritu Santo, se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hch 2, 4). «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios». San Pablo nos muestra al Espíritu que actúa en los corazones y en las conciencias de los cristianos. También aquí tiene algo del viento impetuoso por el que debemos «dejarnos llevar» si queremos ser hijos de Dios; pero ciertamente debemos dejarnos llevar como hijos libres, esto nos diferencia de los esclavos -del pecado-, que se mueven por una orden extraña y exterior que san Pablo lo llama «carne», es decir, una manera de entender, buscar y codiciar los bienes terrenos, perecederos y a menudo humillantes, que nos fascinan y esclavizan (Papa Francisco). Lo distintivo del Espíritu divino es que hace resonar en nosotros la voz del Hijo que clama: «¡Abba! (Padre)». «El Espíritu Santo será quien nos enseñe todo». El evangelio explica esta singularidad: el Espíritu se nos envía para introducirnos en la verdad completa de Cristo, que nos revela al Padre. Es el Espíritu del amor entre el Padre y el Hijo, y nos introduce en este amor. Al comunicarse a nosotros, nos comunica el amor trinitario, y para nosotros criaturas el acceso a este amor es el Hijo como revelador del Padre. De este modo el Espíritu acrecienta en nosotros el recuerdo y profundiza la inteligencia de todo lo que Jesús nos ha comunicado -de Dios- mediante su vida y su enseñanza. Sugerencias… El prefacio de hoy, pues, es una síntesis magnífica de la actividad múltiple del Espíritu Santo en la comunidad. Esta actividad se describe y concreta de distintos modos: - El Espíritu lleva a plenitud el misterio pascual. - El Espíritu lleva a su realización plena la obra de Jesús. - El Espíritu es el alma de la Iglesia desde el principio. De él vive la comunidad de bautizados. - El Espíritu infunde a todos los pueblos el conocimiento de Dios. - Por ser Espíritu del Padre y del Hijo puede darlos a conocer. - El Espíritu congrega en la profesión de la misma fe a los divididos por el pecado. Lo hace en el Bautismo, Penitencia y demás sacramentos. - El Espíritu da vida a la Iglesia. Él es Señor y fuente de vida. -Inspira a todos los hombres que buscan el Reino de Dios. Él es quien conduce a los hombres de buena voluntad por los caminos de la verdad y la justicia, hasta la plenitud de la verdad: Cristo. Hoy, también, podemos presentar una visión global de la celebración eucarística bajo la perspectiva de la acción del Espíritu. Es decir, mostrar cómo -a través de toda la celebración- se hace la experiencia de las manifestaciones del Espíritu. El centro de esta presentación debe ser, evidentemente, las epíclesis (invocar al Padre para que envíe al Espíritu, o bien al Espíritu para que venga. Lo invocamos en orden a una acción que está por encima de nuestra capacidad, que compete a Dios mismo) de la plegaria eucarística. La primera, como epíclesis de consagración: la fuerza del Espíritu creador es la que hace pasar el pan y el vino a ser el Cuerpo y la Sangre del Cristo glorioso, y por tanto la que nos hace posible el realismo pleno del memorial. La segunda, como epíclesis de comunión (o eclesiológica): la fuerza del Espíritu de Cristo es la que reúne en el cuerpo eclesial de Cristo a los participantes del Cuerpo sacramental, dándoles la unidad y el amor. En ambos casos, sin embargo, hay que destacar que la acción del Espíritu está estrechamente unida a la persona de Cristo: la narración de la institución, palabra de Cristo, y la comunión sacramental con el Cuerpo y la Sangre del Señor. También la liturgia de la Palabra es una manifestación del Espíritu. Es la actualización de la proclamación de las maravillas de Dios, la inspiración apostólica, la iluminación constante hacia toda la verdad. Y la profesión de fe es, toda ella, testimonio de que el Espíritu se nos ha dado. La misma asamblea reunida manifiesta la diversidad de los dones del Espíritu: los ministerios expresan los dones recibidos "para utilidad", dentro del conjunto de una Iglesia toda ella llena del Espíritu. Un tercer aspecto, aún, de esta misma actualización, es la derivación hacia la vida y el testimonio, que viene de la Eucaristía y es fruto del Espíritu. En este sentido se podría ‘aprovechar’ el texto de la oración sobre las ofrendas de la Misa de la Vigilia. La idea que se encuentra en ella es magnífica: la Eucaristía es la fuente del amor porque -bajo la bendición del Espíritu- es la actualización del misterio pascual; este amor vivido por los participantes se convierte en la manifestación "a todo el mundo" de la verdad del misterio de salvación. Área de archivos adjuntos

lunes, 27 de mayo de 2019

HOMILIA Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR cC (02 de junio 2019)

Solemnidad de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR cC (02 de junio 2019) Primera: Hechos 1, 1-11; Salmo: Sal 46, 2-3. 6-9; Segunda: Efesios 1, 17-23 o bien, Hebreos 9, 24-28; Evangelio: Lucas 24, 46-53 Temas... Sugerencias… Jesús que asciende a los cielos, no asciende despojado de la naturaleza humana que había tomado de nosotros… y asciende hasta la derecha de Dios Padre, expresión hebrea que indica la igualdad de dignidad, la igualdad en el poder, la igualdad en el designio, la igualdad en el amor. Además se nos está diciendo que nuestra naturaleza humana, la que tomó por nosotros y la que no dejó después de resucitar, -porque después de resucitar se presentó con esa naturaleza ante los testigos, ante los Apóstoles-, esta naturaleza nuestra ha ascendido con Jesucristo hasta lo más alto de los cielos. Y esto quiere decir que en el misterio de la Ascensión de Jesucristo se rebela la profundidad de la verdadera vocación del ser humano. Aquí se muestra que Dios, lejos de ser un estorbo para nuestra realización, es precisamente la perfección y plenitud de nuestra realización humana. Aquí se nos está diciendo que la realización humana y la santidad en Dios, son dos expresiones iguales, son sinónimos; y que sólo aquel que encuentra su camino en Dios, tiene verdaderamente encontrada su verdadera vocación y tiene verdaderamente encontrada su verdadera realización. Sin este encuentro, sin el encuentro con Dios, el problema de la vejez, de la enfermedad, de la soledad, de la muerte, el problema del mal en el mundo se quedan sin solución. Si no hay una Pascua que pueda transformar el sepulcro en recinto de gloria, si no hay una Pascua que pueda transformar el dolor de la Cruz en cántico y alabanza, si no hay una Pascua que pueda transformar la injusticia del pretorio en cánticos de Ángeles, si esa Pascua no existe, ninguna teoría, ningún trabajo, ningún proyecto, logrará calmar las angustias del corazón humano. Es decir que la fiesta de la Ascensión de Jesucristo es la fiesta de la verdadera vocación del ser humano. Cristo sube a los cielos llamado por la voz del Padre, la misma voz que le había enviado a esta nuestra tierra; y esa misma voz llama a cada uno de nosotros para que descubra, en ese camino celestial, su verdadera vocación. Cristo pasó su vida en el servicio a nosotros sus hermanos, sus manos llenas de bendición, sus palabras llenas de sabiduría, su mirada llena de pureza, sus pensamientos llenos de luz, fueron todos en servicio de nosotros y en alabanza de Dios Padre, pues bien, el último y más glorioso servicio de Jesucristo es precisamente el que le vemos prestar hoy. Y… como dice bellísimamente San Agustín, "bajó solo, pero ya no sube solo": con Él sube nuestra naturaleza, con Él sube nuestra carne, con Él sube el alimento de nuestros campos, el agua de nuestros torrentes, con Él sube nuestro sudor y lágrimas, con Él sube la sangre que tantas veces se quedó sin respuesta cuando era regada en esta tierra. Bajó solo, pero no sube solo; con Él asciende la humanidad, con Él tenemos, como dice la Carta a los Hebreos, una firmísima ansia. Aquí sucede como en esos peñascos arduos que suelen subir los montañistas; el más avisado y experimentado de ellos logra divisar el pico al que hay que llegar, y entonces tira un garfio y adhiere la esperanza de todos a ese garfio, y cuando ya siente firme la cuerda, él de primero, y luego los que van con él, suben hasta lo más alto de la cumbre. Así ha hecho Cristo, Cristo ha echado un ancla en el océano de la misericordia de Dios, Cristo ha tirado el gancho y ahora sabemos que el peñasco más duro, el de la perfecta realización humana y la perfecta glorificación de Dios, está conquistada. La naturaleza de Cristo ha conquistado la cumbre más alta, y todos nosotros, unidos por esa cuerda, vamos detrás de Él, sabiendo que ése es el camino también para nosotros. Como se ve, mis amigos, esta es una Fiesta maravillosa y apenas empezamos a decir cuáles son sus bellezas, desde luego, no las vamos a declarar todas hoy. Permítanme que les cuente una última, que la aprendí hace poco y que me parece muy bella para esta fiesta de la Ascensión: Esta fiesta de la Ascensión es también la proclamación de la soberanía de Jesucristo sobre toda potestad espiritual; nuestra vida no está en el juego de los Ángeles o de los demonios, de la suerte, del destino; nuestra vida no está sujeta al querer de astros, potestades, maleficios, hechicerias; nuestra vida está en las manos del más fuerte, del más poderoso y ese es Jesucristo. ¡Viva Cristo Rey!. Esta proclamación de Cristo en gloria por encima de toda potestad espiritual, nos está indicando que nadie puede deshacer lo que Él hace, que nadie puede abrir lo que Él cierra y nadie puede cerrar lo que Él abre, que en definitiva Él es el más fuerte, y que el que está unido a Él nada tiene que temer. El que está unido a Él, aunque sepa que haya poderes parapsicológicos, o aunque sepa que haya maleficios, brujerías, demonios, satanismo, persecución, envidia, soledad, sabe que está unido al más fuerte. En últimas, esa cuerda que nos une a Jesucristo es la cuerda de la firmísima fe, cuerda que Él mismo, como celestial montañista nos tiende a nosotros; y puesto que es cuerda es de calidad celestial, jamás se reventará/cortará a menos que nosotros queramos reventarla o soltarnos de ella. En esta Fiesta grande alegrémonos de tener esa ancla en la misericordia de Dios, esa cuerda que nos vincula a la altura más alta, a la mayor de las cumbres; regocijémonos con Jesucristo y sepamos a qué estamos llamados. Decíamos, al principio de la Eucaristía, esta es la fiesta para abrir el corazón, para ampliar el horizonte. A veces vivimos en mundos tan demasiado pequeños, en intereses tan demasiado pequeños, amargados por tres o cuatro cosas pequeñas, ¿no has vivido la fiesta de la Ascensión del Señor? ¿No sabes qué horizontes hay en esa cumbre y qué aire se respira allá? Vamos a pedirle a Jesús que en esta Eucaristía nos dé a respirar aire de las cumbres altas, despejar la vista para esos horizontes amplios, y ahí gozarnos de la victoria que Él tuvo para sí mismo, para gloria del Padre y bien de todos nosotros. Nexo entre las LECTURAS En la solemnidad de la Ascensión el conjunto de la liturgia parece decirnos: "Misión cumplida, pero no terminada", YA SÍ y TODAVÍA NO. En el evangelio, Lucas resalta el cumplimiento de la misión: misterio pascual y evangelización universal. La narración del libro de los Hechos se fija principalmente en la tarea no terminada: serán mis testigos... hasta los confines de la tierra; este Jesús... volverá... Finalmente, la carta a los Hebreos sintetiza en el Cristo glorioso, sumo sacerdote del santuario celeste, la misión ‘cumplida’ (entró en el santuario de una vez para siempre), pero ‘no terminada’ (intercede ante el Padre en favor nuestro...vendrá por segunda vez...a los que le esperan para su salvación). La segunda lectura (opcional, Efesios), y todas las oraciones que nos ofrece el Misal para esta fiesta, son una ilustración magnífica del contenido pascual de este misterio. Se trata de la exaltación de Jesús a la derecha del Padre, que confesamos en el Símbolo apostólico Área de archivos adjuntos

martes, 30 de abril de 2019

ALMUD.ORGI- HOMILIA DEL PAPA FRANCISCO DE HOY

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta Martes, 30 de abril de 2019 Acabamos de leer en el Evangelio (Jn 3,7-15): «Jesús dijo a Nicodemo: tenéis que nacer de nuevo». Entonces «Nicodemo le preguntó: ¿Cómo puede suceder eso?». Una pregunta que también nosotros nos hacemos. Jesús habla de “renacer de lo alto” y ahí está el vínculo entre la Pascua y el renacer. Solo podemos renacer de ese poco que somos, de nuestra existencia pecadora, con la ayuda de la misma fuerza que hizo resucitar al Señor: con la fuerza de Dios y, por eso, el Señor nos envió al Espíritu Santo. ¡Solos no podemos! El mensaje de la Resurrección del Señor es el don del Espíritu Santo y, de hecho, en la primera aparición de Jesús a los apóstoles, el mismo domingo de la Resurrección, les dice: «Recibid el Espíritu Santo». ¡Esa es la fuerza! No podemos nada sin el Espíritu, pues la vida cristiana no es solo comportarse bien, hacer esto, no hacer aquello. Podemos hacer eso, hasta podemos escribir nuestra vida con “caligrafía inglesa”, pero la vida cristiana renace del Espíritu y, por tanto, hay que dejarle sitio. Es el Espíritu quien nos hace resurgir de nuestras limitaciones, de nuestras “muertes”, porque tenemos tantas, tantas necrosis en nuestra vida, en el alma. El mensaje de la resurrección es el de Jesús a Nicodemo: hay que renacer. ¿Y cómo se deja sitio al Espíritu? Una vida cristiana, que se dice cristiana, pero que no deja espacio al Espíritu ni se deja llevar por el Espíritu es una vida pagana, disfrazada de cristiana. El Espíritu es el protagonista de la vida cristiana, el Espíritu –el Espíritu Santo– que está con nosotros, nos acompaña, nos transforma, vence con nosotros. Continúa el Evangelio: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre», es decir, Jesús. Él ha bajado del cielo. Y Él, en el momento de la resurrección, nos dice: «Recibid el Espíritu Santo», será el compañero de la vida cristiana. Por tanto, no puede haber una vida cristiana sin el Espíritu Santo, que es el compañero de cada día, don del Padre, don de Jesús. Pidamos al Señor que nos dé esa conciencia de que no se puede ser cristiano sin caminar con el Espíritu Santo, sin actuar con el Espíritu Santo, sin dejar que el Espíritu Santo sea el protagonista de nuestra vida. Así pues, hay que preguntarse qué lugar ocupa en nuestra vida, porque –repito– no puedes caminar por una vida cristiana sin el Espíritu Santo. Hay que pedir al Señor la gracia de entender este mensaje: ¡nuestro compañero de camino es el Espíritu Santo!

lunes, 29 de abril de 2019

VIDEO BEATIFICACION - LA RIOJA 2019

HOMILIA DE LA BEATIFICACION DE ENRIQUE ANGELELLI Y COMPAÑEROS

Diócesis de La Rioja – ARGENTINA Beatificación de Monseñor Enrique Angelelli, de los Sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longueville y del laico Wenceslao Pedernera HOMILÍA Excelentísimo Cardenal Ángelo Becciu Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos La Rioja, sábado 27 de abril de 2019 “Este es el día que hizo el Señor: Alegrémonos y regocijémonos”. Queridos hermanos y hermanas, La invitación que la Liturgia nos renueva constantemente en este tiempo de Pascua, encuentra hoy en nosotros, reunidos en el solemne rito de la beatificación de cuatro mártires, una respuesta particularmente pronta y alegre. Nos alegramos y nos regocijamos en el Señor por el don de los nuevos Beatos. Son hombres que han dado valientemente su testimonio de Cristo, mereciendo ser propuestos por la Iglesia a la admiración e imitación de todos los fieles. Cada uno de ellos puede repetir las palabras del libro de la Apocalipsis, proclamadas en la primera lectura: “Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías” (Ap 12,10): el poder de Cristo resucitado, que, a lo largo de los siglos, por medio de su Espíritu, continúa viviendo y actuando en los creyentes, para impulsarlos hacia la plena realización del mensaje evangélico. Conscientes de esto, los nuevos Beatos siempre contaron con la ayuda de Dios, incluso cuando tuvieron que “sufrir por la justicia” (1Pe 3,14), de modo que siempre estaban dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pidiese razón de la esperanza que ellos tenían (cfr 1Pe 3,15). Se ofrecieron a Dios y al prójimo en un heroico testimonio cristiano, que tuvo su culmen en el martirio. Hoy a la Iglesia se complace en reconocer que Enrique Ángel Angelelli, Obispo de La Rioja, Carlos de Dios Murias, franciscano conventual, Gabriel Longueville, sacerdote misionero fidei donum, y el catequista Wenceslao Pedernera, padre de familia, fueron insultados y perseguidos a causa de Jesús y de la justicia evangélica (cfr Mt 5, 10-11), y han alcanzado una “gran recompensa en el cielo” (Mt 5,12). “¡Felices ustedes!” (Mt 5,11; 1Pe 3,13). ¿Cómo podríamos no escuchar dirigida a nuestros cuatro Beatos esta sugestiva manifestación de alabanza? Ellos fueron testigos fieles del Evangelio y se mantuvieron firmes en su amor a Cristo y a su Iglesia a costa de sufrimientos y del sacrificio extremo de la vida. Fueron asesinados en 1976 [mil novecientos setenta y seis], durante el período de la dictadura militar, marcado por un clima político y social incandescente, que también tenía claros rasgos de persecución religiosa. El régimen dictatorial, vigente desde hacía pocos meses en Argentina, consideraba sospechosa cualquier forma de defensa de la justicia social. Los cuatro Beatos desarrollaban una acción pastoral abierta a los nuevos desafíos pastorales; atentos a la promoción de los estratos más débiles, a la defensa de su dignidad y a la formación de las conciencias, en el marco de la Doctrina Social de la Iglesia. Todo esto, para intentar ofrecer soluciones a los múltiples problemas sociales. Se trataba de una obra de formación en la fe, de un fuerte compromiso religioso y social, anclado en el Evangelio, en favor de los más pobres y explotados, y realizado a la luz de la novedad del Concilio Ecuménico Vaticano II, en el fuerte deseo de implementar las enseñanzas conciliares. Podríamos definirlos, en cierto sentido, como “mártires de los decretos conciliares”. Fueron asesinados debido a su diligente actividad de promoción de la justicia cristiana. De hecho, en aquella época, el compromiso en favor de una justicia social y de la promoción de la dignidad de la persona humana se vio obstaculizado con todas las fuerzas de las autoridades civiles. Oficialmente, el poder político se profesaba respetuoso, incluso defensor, de la religión cristiana, e intentaba instrumentalizarla, pretendiendo una actitud servil por parte del clero y pasiva por parte de los fieles, invitados por la fuerza a externalizar su fe solo en manifestaciones litúrgicas y de culto. Pero los nuevos Beatos se esforzaron por trabajar en favor de una fe que también incidiese en la vida; de modo que el Evangelio se convirtiese en fermento en la sociedad de una nueva humanidad fundada en la justicia, la solidaridad y la igualdad. El Beato Enrique Ángel Angelelli fue un pastor valiente y celoso que, nada más llegar a La Rioja, empezó a trabajar con gran celo para socorrer a una población muy pobre y víctima de injusticias. La clave de su servicio episcopal reside en la acción social en favor de los más necesitados y explotados, así como en valorar la piedad popular como un antídoto contra la opresión. Icono del buen pastor, fue un enamorado de Cristo y del prójimo, dispuesto a dar su vida por los hermanos. Los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville fueron capaces de individuar y responder a los desafíos concretos de la evangelización siendo cercanos a las franjas más desfavorecidas de la población. El primero, religioso franciscano, se distinguió por su espíritu de oración y un auténtico desapego de los bienes materiales; el segundo, por ser hombre de la Eucaristía. Wenceslao Pedernera, catequista y miembro activo del movimiento católico rural, se dedicó apasionadamente a una generosa actividad social alimentada por la fe. Humilde y caritativo con todos. Estos cuatro Beatos son modelos de vida cristiana. El ejemplo del Obispo enseña a los pastores de hoy a ejercer el ministerio con ardiente caridad, siendo fuertes en la fe ante las dificultades. Los dos sacerdotes exhortan a los presbíteros de hoy a ser asiduos en la oración y a hallar, en el encuentro con Jesús y en el amor por Él, la fuerza para no escatimar nunca en el ministerio sacerdotal: no entrar en componendas con la fe, permanecer fieles a toda costa a la misión, dispuestos a abrazar la cruz. El padre de familia enseña a los laicos a distinguirse por la transparencia de la fe, dejándose guiar por ella en las decisiones más importantes de la vida. Vivieron y murieron por amor. El significado de los Mártires hoy reside en el hecho de que su testimonio anula la pretensión de vivir de forma egoísta o de construir un modelo de sociedad cerrada y sin referencia a los valores morales y espirituales. Los Mártires nos exhortan, tanto a nosotros como a las generaciones futuras, a abrir el corazón a Dios y a los hermanos, a ser heraldos de paz, a trabajar por la justicia, a ser testigos de solidaridad, a pesar de las incomprensiones, las pruebas y los cansancios. Los cuatro Mártires de esta diócesis, a quienes hoy contemplamos en su beatitud, nos recuerdan que “es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal” (1 Pe 3,17), como nos ha recordado el apóstol Pedro en la segunda lectura. Los admiramos por su valentía. Les agradecemos su fidelidad en circunstancias difíciles, una fidelidad que es más que un ejemplo: es un legado para esta diócesis y para todo el pueblo argentino y una responsabilidad que debe vivirse en todas las épocas. El ejemplo y la oración de estos cuatro Beatos nos ayuden a ser cada vez más hombres de fe, testigos del Evangelio, constructores de comunidad, promotores de una Iglesia comprometida en testimoniar el Evangelio en todos los ámbitos de la sociedad, levantando puentes y derribando los muros de la indiferencia. Confiamos a su intercesión esta ciudad y toda la nación: sus esperanzas y sus alegrías, sus necesidades y dificultades. Que todos puedan alegrarse del honor ofrecido a estos testigos de la fe. Dios los sostuvo en los sufrimientos, les ofreció el consuelo y la corona de la victoria. Que el Señor sostenga, con la fuerza del Espíritu Santo, a quienes hoy trabajan en favor del auténtico progreso y de la construcción de la civilización del amor. Beato Enrique Ángel Angelelli y tres compañeros mártires, ¡rogad por nosotros! Cardenal Ángelo Becciu Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos La Rioja, sábado 27 de abril de 2019 _________________ Oficina de Prensa Conferencia Episcopal Argentina

HOMILIA DOMINGO TERCERO DE PASCUA cC (5 de mayo 2019)

DOMINGO TERCERO DE PASCUA cC (5 de mayo 2019) Primera: Hechos 5, 27-32.40-41; Salmo: Sal 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b; Segunda: Apocalipsis 5, 11-14; Evangelio: Juan 21, 1-19 Nexo entre las LECTURAS Cada Domingo (como dicen los textos) debería ser, una experiencia de encuentro con el Señor, con consecuencias concretas en el estilo de vida durante toda la semana… y así todas las semanas del Año. ¿Quiénes somos la comunidad cristiana?: a) somos unos creyentes -pecadores, pero creyentes- que nos reunimos cada primer día de la semana (el Domingo) en torno a Cristo Jesús; b) escuchamos su Palabra y nos alimentamos de Él mismo, en el Pan y Vino consagrados; c) alzamos la mirada hacia el Cielo, prefigurado en esa asamblea del Apocalipsis, que celebra con entusiasmo el triunfo del Señor, así nos unimos a sus himnos de victoria (por ejemplo, el Santo Santo Santo que lo cantamos en unión con los ángeles y los santos). Y a continuación… d) nos sentimos «enviados» para vivir la Caridad en nuestras ocupaciones diarias, como signo profético en medio del mundo, para dar testimonio de esta «aparición pascual» de nuestro Señor, y ser, en nuestros ambientes, levadura, fermento y sal: un espacio de libertad, de esperanza y de entrega fraterna. Signos, nosotros mismos, del Señor Resucitado. Si es así, echaremos las redes y no será en vano… y el mundo exclamará: ¡ES EL SEÑOR! Temas... La misión de la Iglesia. Cada evangelista muestra, a su manera, la misión universal de la Iglesia. San Juan en el evangelio de hoy recurre, siguiendo su estilo propio, a los símbolos. a) El mar como imagen del mundo y del conjunto de los hombres. b) Era común -en tiempos de Jesús y del evangelista-; e igualmente común, al menos entre griegos y romanos, la imagen de la nave... Los primeros cristianos, basándose en algunos textos del Nuevo Testamento (Lc 5,3; Mt 8, 23; Mc 1,17; Jn 21, 1-14), hablaron de la nave de la Iglesia. c) Hay otro símbolo que es exclusivo de Juan… al número de peces recogidos: 153. (Es conocido que, en la cultura contemporánea de Jesús, el símbolo numérico tenía un gran valor y era usado con no poca frecuencia. Ciento cincuenta y tres indica plenitud y totalidad. Se suele explicar de dos modos: 1 + 3 + 5 es igual a 9, que siendo múltiplo de 3 subraya la plenitud en grado sumo (3x3). Otro modo de explicar el valor pleno y total de este número es el siguiente: el múltiplo de 12 es 144; si a 144 sumamos 9 obtenemos 153. Es una manera de acentuar todavía más la totalidad). En resumen, la misión de la Iglesia, en el mar del mundo, no es otra sino la de ser pescadores de todos los hombres sin excepción y llevarlos al puerto seguro de la fe y de la eternidad. d) A esta imagen de la nave y de la pesca, sigue a continuación otra: la del pastor y las ovejas. Jesucristo, Buen Pastor, encomienda a Pedro: "Apacienta mis ovejas". Ezequiel había hablado del Dios como Pastor de Israel; ahora Jesús recurre a la misma imagen para hablar de sí mismo como Pastor de la Iglesia, y da a Pedro su misma misión. Buen Pastor es aquél que cuida, ama, protege, llama (Palabra) y apacienta a sus ovejas, y las defiende de los lobos hasta dar la vida (ser comido en la Eucaristía) por ellas. La misión de Pedro y de los pastores en la Iglesia es acompañar/ayudar para que todas las ovejas alcancen la salvación de Dios. Llamados a realizar la misión. En los Hechos de los Apóstoles (primera lectura) se realiza la misión mediante la predicación. Los apóstoles han predicado a Jesucristo, sobre todo el grande misterio de su muerte y resurrección, y las redes comienzan a llenarse de peces. Es tal la eficacia de la predicación, que las autoridades judías se asustan y meten a los apóstoles en la cárcel. "Pero Pedro y los apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres". Quien ha recibido la misma misión de Jesucristo, ¿podrá renunciar a ella? ¿podrá igualarla a cualquier otra misión en la vida? A los apóstoles les parece imposible, y no tienen miedo a pagar cualquier precio por realizar su misión. Pero no se puede llevar a cabo la misión sin el culto, particularmente la actitud de adoración hacia Jesucristo, el Cordero degollado. "Digno es el Cordero degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza" (segunda lectura). Para que la misión de los apóstoles se realice plenamente, la predicación tiene que desembocar en el culto y del culto nace la misión (Concilio Vaticano II, beato mártir Enrique Angelelli). Conocer que Cristo ha muerto y resucitado por nosotros, sin llegar a adorarle como nuestro Dios y Señor, es dejar incompleta la misión, es no misionar. Sugerencias… La misión en el mundo. El mundo ha llegado a ser, en nuestros días, una aldea global. Para los medios de la información, de las finanzas, de las ideas y de las redes sociales, no existen fronteras. Una celebración/ceremonia pontificia puede verse/seguirse simultáneamente en cualquier rincón de la tierra y, gracias a internet, puedes entablar un chat sobre cualquier tema con hombres y mujeres a miles de kilómetros de distancia de tu habitación. Los cristianos, mediante todos estos instrumentos, entramos en contacto con personas que tienen otra visión de la vida, que viven según otros modelos de existencia, que practican otra ‘religión’ y aceptan otras creencias. Este fenómeno puede suscitar cierto estado de crisis en los discípulos misioneros (católicos)… puede, incluso hacernos caer en un cierto relativismo religioso… pero puede ser por mejor UNA ESTUPENDA OCASIÓN para poner en práctica, en grandísima escala y con los medios más avanzados, la misión universal de la Iglesia. ¿Cuándo ha tenido la Iglesia más medios para predicar a Cristo desde los tejados, con sus numerosísimas antenas? Estamos quizá ante el desafío histórico más imponente en la obra misionera universal de la Iglesia. Esta gran misión universal no la llevan a cabo unos pocos misioneros en tierras no evangelizadas; la puede llevar cualquier cristiano, tú mismo la puedes llevar adelante, desde tu casa o desde tu despacho, desde el lugar de trabajo o de descanso. Se ve claro que la misión universal de la Iglesia requiere que cada cristiano sea un hombre creyente que ame a Dios y a los demás como Cristo nos enseñó, y esté preparado para dar razón de la esperanza a quien se lo pida: en la calle, en la oficina, o en internet… en su vida, dando la vida… intentarán callar a los cristianos, pero no podrán callar el Evangelio (beato Carlos Murias, mártir). El culto de adoración. Tal vez se ha puesto el acento en Jesucristo amigo, maestro, modelo en cuanto hombre igual que nosotros, y se ha dejado un poco en el silencio la figura de Jesucristo, como nuestro Dios y Señor, el Cordero sacrificado que nos redime. Estas u otras razones, tal vez cada uno conozca muchas otras, han hecho bajar el sentido cristiano de la adoración. Esta semana debería ser una ocasión magnífica para renovar y recuperar el espíritu de adoración debida a Jesucristo. Nos dice el catecismo: "Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas" (CEC 1379). ¿No habrá que avivar y reavivar la conciencia de esta presencia de Jesucristo Dios en la Eucaristía? El mismo catecismo añade en el no. 2145: "La predicación y la catequesis deben estar penetradas de adoración y de respeto hacia el nombre de Nuestro Señor Jesucristo". ¡Un momento de reflexión y examen para los catequistas y predicadores! El mundo, para renovarse, tiene necesidad de una Iglesia más adorante. María, Virgen y Madre, ruega por nosotros y acompáñanos en la misión… ven con nosotros a caminar… Área de archivos adjuntos

jueves, 25 de abril de 2019

historia del hombre (Ap 22,13), ya sea individual o colectiva; y sobre todo la certeza de que este Alguien es Amor, el Amor hecho hombre, el Amor crucificado y resucitado, el Amor siempre presente en medio de los hombres. Él es el Amor eucarístico. Es fuente inagotable de comunión. Es el único a quien podemos creer sin la más mínima reserva cuando nos pide: “¡No tengáis miedo!”. 7. San Francisco de Sales (1567-1622), obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia. OC, t 9, p.290s (Trad. ©Evangelizo.org). «La paz sea con ustedes» Los apóstoles y los discípulos de Nuestro Señor, como hijos sin padre y soldados sin capitán, habiéndose retirado llenos de temor en una casa, el Salvador se les apareció para consolarlos en su aflicción, y les dijo « ¿Por qué tienen miedo y están afligidos? Si es la duda de que lo que les prometí sobre mi resurrección no va a ocurrir, la paz sea con ustedes, permanezcan en la paz, que la paz se haga en ustedes, porque he resucitado. Miren mis manos, toquen mis heridas; soy yo, no teman, la paz sea con ustedes»… Como si quisiera decir: « ¿Qué tienen mis apóstoles que están todos temerosos y llenos de miedo? ahora ya no tienen por qué, pues les he adquirido para ustedes la paz que les doy. No solamente mi Padre me la debe porque soy su Hijo, sino también porque la he comprado al precio de mi sangre y de estas llagas que les muestro. De ahora en adelante, no sean cobardes ni temerosos, pues la guerra ha terminado. Tuvieron razones de temer durante los días pasados cuando vieron que me latiguearon…, cuando me golpearon, cuando me coronaron de espinas, cuando me hirieron desde la cabeza hasta los pies y que me clavaron en la cruz. Sufrí toda clase de oprobios, de desamparos y de ignominias…Pero ahora no teman más, que la paz sea en sus corazones, porque he salido victorioso y he vencido a todos mis adversarios: he vencido al diablo, al mundo y a la carne…Hasta esta hora les he dado varias veces mi paz, ahora les muestro como la adquirí…Todo lo que doy a mis más queridos, es la paz; por eso, la paz a ustedes, y a todos los que creerán en mí.» 8. San Pedro Crisólogo (c. 406-450) obispo de Ravenna, doctor de la Iglesia. Sermón 81 (frm trad.evangelizo.org©). «Él mismo estaba allí, en medio de ellos, y les dijo: ‘La paz sea con ustedes’» La Judea en rebelión había ahuyentado la paz de la tierra…y sumido el universo en su caos primordial…Entre los discípulos, también persistía la guerra; la fe y la duda tenían una furiosa confrontación entre ellas…Los corazones, lugar en el que la tormenta desplegaba su rabia, no podían encontrar ningún remanso de paz, ningún puerto en calma. Frente a ese espectáculo, Cristo, quién sondea los corazones, quién ordena a los vientos, quién domina las tempestades y quién por medio de un solo signo cambia la tormenta en un cielo sereno, los fortaleció de su paz diciendo: “¡La paz sea con ustedes! Soy yo; no teman nada. Soy yo, el crucificado, el muerto, el sepultado. Soy yo, su Dios que por ustedes se volvió hombre. Soy yo, vivo entre los muertos, venido del cielo al corazón de los infiernos. Soy yo. No un espíritu revestido de un cuerpo, sino la verdad misma hecha hombre. Soy yo y la muerte me huyó, los infiernos me temieron. En su espanto, el infierno me proclamó Dios. No tengas miedo Pedro, tú que me negaste, ni tú Juan que huiste, ni todos ustedes que me abandonaron, que sólo pensaron en traicionarme, y que aun viéndome todavía no creen en mí. No teman, soy yo. Los he llamado por la gracia, los he escogido por el perdón, los he sostenido por mi compasión, los he llevado en mi amor, y los tomo en este día por mi bondad.".

lunes, 22 de abril de 2019

HOMILIA II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cC (28 de abril 2019)

II DOMINGO DE PASCUA o DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA cC (28 de abril 2019) Primera: Hechos 5, 12-16; Salmo: Sal 117, 2-4. 22-27a; Segunda: Apocalipsis 1, 9-11.12-13.17-19; Evangelio: Juan 20, 19-31 Nexo entre las LECTURAS Cristo, "el Viviente" "el Misericordioso". Así lo "ve" san Juan en el Apocalipsis y en el Evangelio. También a nosotros, hoy, en este Domingo el Señor nos muestra, en la Iglesia, sus llagas. Son llagas de misericordia. Es verdad: las llagas de Jesús son llagas de misericordia. «Por sus llagas fuimos sanados» (Is 53,5). Jesús nos invita a mirar sus llagas, nos invita a tocarlas, como a santo Tomás, para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso. Así lo experimentan los primeros cristianos de Jerusalén. "Yo soy el que vive; estuve muerto, pero ahora vivo para siempre" dice el Hijo de hombre a san Juan en la visión (segunda lectura). El Viviente se aparece a los discípulos atemorizados para infundirles paz, encomendarles la misión y otorgarles el Espíritu (Evangelio). El Viviente, el Misericordioso continúa operando signos y prodigios en medio del pueblo por medio de los apóstoles (primera lectura) y nos invita a ser testigos delante de todos… como dice el salmista: Que lo digan los que temen al Señor: ¡es eterno su amor! Temas... Sugerencias… El Día del Señor. Como los discípulos aquel auténtico primer día de la semana, también nosotros hacemos la ‘experiencia’ del encuentro con Cristo resucitado cada Domingo… y a la vez experimentamos la fuerza de la resurrección que, gracias al Espíritu que habita en nosotros, nos empuja hacia el Cielo… pues Domingo a Domingo, como peldaños de una escalera, vamos al Cielo, al banquete de la boda del Cordero, de quien decimos antes de comulgar: “no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. La celebración de la Misa Dominical es el momento -y a la vez el lugar- donde la experiencia de la resurrección se hace posible. Reunidos alrededor del Altar, celebrando el memorial del Señor, significamos y somos como nunca Iglesia, asamblea de hombres y mujeres que viven el misterio pascual y que salen con el compromiso de seguir viviéndolo y dando testimonio de Su presencia viva en el mundo mediante la práctica de la caridad, las obras de misericordia. - Las lecturas que proclamamos nos descubren la importancia que se da a esta experiencia dominical. La primera experiencia que hacen los discípulos del Señor resucitado tiene lugar el mismo Domingo de la resurrección: Aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a ustedes. El grupo de ‘los que tienen miedo’ se convierte en comunión de alegría, gracias a la presencia del Señor que había sido crucificado: Les enseñó las manos y el costado. Y es en la intimidad-comunión donde se experimenta a Jesús. El que no está no hace la experiencia, como Tomás, por más que pertenezca a los Doce. - Por eso, a los ocho días -el Domingo siguiente (hoy)-, Jesús se les vuelve a presentar… y esta vez sí está santo Tomás con el grupo, y Jesús resucitado, le pide a Tomás que toque y vea, EN ESE GESTO nos pide que maduremos la fe en la aceptación de la palabra apostólica, don de Dios. Palabra de Dios que nos conducirá por el camino del testimonio -el martirio- como nos ha dicho Juan en la lectura del Apocalipsis y que nos dijo la Iglesia en la Misa (ayer) en que fueron beatificados los “mártires riojanos”. También nos descubre -con el testimonio de vida del beato Enrique Angelelli y compañeros mártires- y nos hace compartir, en Jesús, las penas, la paciencia y los dolores (la vida misma) con los hermanos… El Domingo, el día del Señor, es cuando el Espíritu se apodera de nosotros y nos da la gracia para ser mártires/testigos todos los días hasta el fin de los días, como lo fueron, también, los apóstoles. Regalos del resucitado. El Espíritu es el primer fruto de la Pascua del Señor y el que da la plenitud. Juan sitúa en la tarde de Pascua, en el primer encuentro de los discípulos con el Resucitado, la donación del Espíritu Santo. Anticipamos que para Pentecostés también leemos la primera parte del evangelio de hoy. Lo que hay que recordar es que el gran don del Resucitado es el Espíritu. El Espíritu Santo nos impulsa a las obras de la caridad, las obras de misericordia. Esta memoria del Espíritu, aliento de la nueva creación, ha de ser más intensa en el tiempo que transcurre entre la Pascua y Pentecostés, especialmente cuando celebramos y recordamos los sacramentos de la iniciación cristiana que, por obra del Espíritu, nos hace criaturas nuevas. Esto concuerda con la oración colecta de la Misa de hoy en la que pedimos comprender mejor "la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer (Confirmación) y de la sangre que nos ha redimido (Eucaristía)". La donación del Espíritu por parte del Resucitado incluye la misión, como sucede también al final del evangelio: "Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Los discípulos son enviados a continuar la misión del Hijo de Dios, muerto y resucitado, misión que éste recibió del Padre. El Espíritu hará efectiva esta misión para destruir el reino del pecado y de la muerte, desvaneciendo el pecado, haciendo una creación nueva, en la que resida la "paz" eternamente, la "paz" que es un don mesiánico por excelencia y que el Resucitado comunica también hoy, de entrada, a sus discípulos. Felices los que creen sin haber visto. “San Bernardo, en su comentario al Cantar de los Cantares (Disc. 61,3-5; Opera omnia 2,150-151), se detiene justamente en el misterio de las llagas del Señor, usando expresiones fuertes, atrevidas, que nos hace bien recordar hoy. Dice él que «las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios». Es este, hermanos y hermanas, el camino que Dios nos ha abierto para que podamos salir, finalmente, de la esclavitud del mal y de la muerte, y entrar en la tierra de la vida y de la paz. Este Camino es Él, Jesús, Crucificado y Resucitado, y especialmente lo son sus llagas llenas de misericordia. Los Santos nos enseñan que el mundo se cambia a partir de la conversión de nuestros corazones, y esto es posible gracias a la misericordia de Dios. Por eso, ante mis pecados o ante las grandes tragedias del mundo, «me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. Él, en efecto, “fue traspasado por nuestras rebeliones” (Is 53,5). ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte de Cristo?» (ibíd.). Con los ojos fijos en las llagas de Jesús Resucitado, cantemos con la Iglesia: «Eterna es su misericordia» (Sal 117,2). Y con estas palabras impresas en el corazón, recorramos los caminos de la historia, de la mano de nuestro Señor y Salvador, nuestra vida y nuestra esperanza”. (Papa Francisco).

Homilia DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

  DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR VIGILIA PASCUAL cC (Sábado 19 de abril 2025) Primera : Éxodo 14, 15 – 15, 1;  Salmo : Sal 1...